EL LIBRO DE LOS DIPUTADOS Y SENADORES. . r j j j j j j j j ...
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EL LIBRO
DE LOS


DIPUTADOS Y SENADORES.




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EL LI BRO
DE LOS


JUICIOS CRÍTICOS DE LOS ORADORES MÁS NOTABLES
DESDE LAS CÚRTES DE C.iDIZ IIAST.\. ¡.¡t"ESTR0S DIAS,


con la insercion integTa


DEL MEJOR DISCURSO QUE CADA UNO DE ELLOS HA PRONUr'CIADO.


(2.' PARTE DE LA HISTORIA POLiTICA y PARLAMENTARIA DF. ESPAf\A.)


POR


D, JUA~ RICO y AJIAT,
Abogado de los Tribunales del Reino,


Secretario honorario de S. M.,
Comendador do la Real Orden nrneric~na de Isabel la CatólicR,


é individuo do varias c~rporacioncs científicas
y literarias.


MADRID :


1862.


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ESTABLEGDIlENTO T1POGnAFlco DE VICENTE, Y LAVAJOS,
calle de llreciados, nú.m. 74.


~ c." 41
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INTHODUCCION.


Cuando hace ocho años acariciábamos la idea de
escribir' la HISTORIA POLÍTICA Y PAltLA.MENTARIA DE Es-
PAÑA, 'publicada recientemente, y trazúbarnos el plan de
tan árdua y comprometida empresa, comprendimos la
necesidad y la conveniencia de acompaüar á aquel tra-
bajo, como su ilusteacion y complemento, una colec-
cion de biografías y discursos de nuestl'OS más distin-
guidos oradores en las Íl'es distintas épocas del go-
biel'llo representativo que intentábamos historial'.


Natmal nos parecia que instruido el lector en los
acontecimientos políticos consignados en nuestra HISTO-
RIA, Y familiarizado con los personajes que los promo-
vieron ó en ellos figuraron, desease detalles más minu-
ciosos respecto á los hombres más importantes de la
revolucion española, procurando conocerlos y juzgarlos
como políticos de doctrina, ya que los conocia y habia
juzgado como políticos de accion; que quisiese apre-
ciarlos como oradores, como hombres de parlamento,




VI lNTUODUCCION.


puesto que por la historia habíalos ya apreciado como
hombres prácticos.


Esta lógica presuncion y el natural y patriótico de-
seo de presentar al juicio de las demás naciones una idea.
algo aproximada del carácter de los congresos españoles
y del mérito de nuestros oradores parlamentm'ios, son
los únicos móviles que nos han impulsado á emprender
hoy este trabajo, ímprobo por la falta de datos y escritos
de la misma especie, y arriesgado sobremanera por la
dificultad de retratar á personajes que aun viven y figu-
ran, sin qne se sospeche que al pintados hemos mojado
el pincel en el negro colorido de la pasion y del odio, ó
en las dulces y suaves tintas de la parcialidad y la li-
sonp.


No siendo escritores noveles en esta clase de traba-
jos, creemos escl1sada toda protesta de imparcialidad é
independfmcia. Los tres tomos de la HISTORIA POLÍTICA Y
PAn:".\.MJ<:~TAn.TA DE ESPA~A que llevamos publicados, y
que forman la primera parte de esta obra, responden
por nosotros.


Ellos son una firme y verdadera garantía de la im-
parcinlidad y exactitud con que hemos dibujado estos re-
tratos histórico-políticos, ya qne no arguyan mucho en
favor del mérito y habilidad del dibujante.


De todos marIas abl'igamos la Íntima persuasion de
que prestamos con este trabajo un especial servicio á
nuestra patria pregonando sus glorias, olvidadas ó más
bien desconocidas de propios y de estraños.


Conócese y aprecia desde inmemorial á los españoles
por su valor y sus hazañas, y aun por sus obras de ima-
ginacion y de talento, figurando muchos de ellos en pri-




Jl'íTRODUCCIO\" • VII


mer lugar en los anales de la fama y de la civilizacion
corno guerreros, corno novelistas y como poelas, siendo
universalmente conocidos y reverellciados en ese con-
cepto los preclaros nombres de GONZALO DE CClRDOVA,
CERVANTES Y CALDERON.


¿Sucede lo mismo ú España respecto de sus orado-
res parlamentarios? De ningun modo.


Escepluando á algun literato, á algun erudito es-
tranjel'o, nadie sabe en las naciones vecinas si han exis-
tido ó si existen en España muchos de nuestros orado-
res, dignos por su talento y sus discursos de UIla fama
europea.


Preguntemos, por el contrario, en nuestro pais por
3ImAflE\u, DANTON, VERG:"!IACD, BENJAlIHN CONSTANT, BEn-
RYER, CASIlILIno PÉRmn, THlEHS, GurZOT y otros orna-
mentos de la tribuna parlamentaria francesa, y pocos
serán los que no nos contesten dúm10nos los menores
detalles sobre esos personajes, esplicanc10 el papel que
han desempeüado en las diversas revoluciones de Fran-
cia, definiendo su mérito y clase de oratoria, y citando
las frases más célebres de sus discursos.


¿,Consiste tal vez en que esos oradores, esos hom-
bres de Estado, esos políticos sean superiores á los ora-
dores, ú los hombres de Estado, á los políticos espa-
flOles?


No ciertamente. Consiste en que los historiadores
franceses han reproducido profusamente los discursos
más notables de sus oradores; en que los biógrafos han
retratado á porfía á sus más famosos personajes, y en
que en aquel pais, donde como en ninguno sobresale e:
noble espíritu de la nacionalidad, no se escasea medie'




vm INTRODUCCION.


ni fatiga para divulgar y enaltecer las glorias naciona-
les, valiéndose del pincel, de la pluma y de la palabra,
hasta con exagerado, si bien disculpable patriotismo,
para dar una publicidad asombrosa á todo cuanto puede
contribuir al aumento del esplendor y brillo de la
Francia.


Es que en ese país, abundando las historias de todas
épocas, las colecciones de discursos, los trabajos bio-
gráficos, y viviendo los franceses más de su pasado que
de su pt'esente, no caen nunca en el olvido los hombres
ilustl'es ni los hechos gloriosos.


Ahora bien: 1,no podremos nosotl'os proclam:1l' con
orgullo las glOl'ias de nuestra nacion, respecto á nues-
tros oradores parlamentarios'? ¿Qué pais podrá presen-
tar como el nuestro un catálogo más numeroso y lucido
de oradores, una coleccion de discul'sos más elocuentes,
más elevados, más brillantes que los pronunciados des-
de 1810 en las cámaras españolas'?


¿No puede competir España ventajosamente en este
punto aun con la Francia misma, pais privilegiado de la
ol'atol'ia parlamentaria?
¿~o pueden ponerse en parangon con sus mús dis-


tingnidos oradores, y sin desmerecer en nada, nuestros
eompatriotas LOPEZ, ALCALÁ GALIANO, :\rARTI~EZ DE LA
BOSA, ARGtELLES, PACHECO, CORTI~A, OLClZAGA, Do-
NOSO CORTÉS, ARRAZOLA, PASTOR DIAZ, firos ROSAS, APA-
RISI y GUIJARRO, RIVERO, GO~ZALEZ ERAno y otros ciento
que con sus magnificas peroraciones han colocado á una
altura inmensa la reputacion y la gloria de nuestros
parlamentos?


¿ Qué pais, como el nuestro, puede exhibir tantas y




Il'iTRODUCCION. IX


tan acabadas muestras de oratoria política, modelos
más perfectos de elocuencia parlamentaria?


Quien conozca la historia de los parlamentos espa-
ñoles; quien corno nosotros haya tenido precision de re-
pasar los numerosos volúmenes del Diario de las se-
siones, habráse sorprendido y admirado do la fecundi-
dad asombrosa de los oradores españoles, estasiándose
al encontrar tantas ignoradas perlas de oratoria, tantos
primores de locucion, tan arrebatadores arranques de
pasion y de sentimiento, tan bellas y tan poéticas imá-
genes como sus páginas encierran.


Más asombro yadmiracion causa todavía el número
de verdaderos y distinguidos oradores que España puede
registrar con orgullo en sus analos parlamentarios.


No cabe duda que el clima de un pais, su carúcler y
SIlS costumbres, y la Índole y estructura de su idioma
influyen poderosamente en el desarrollo, en la brillantez,
en la fecundidad de la oratoria.


A estas causas se deLe en nuestro concepto esa abun-
dancia de oradores parlamentarios con que España cuen-
ta, yesos rnngnífieos y deslumbradores discursos que
con tanta ft'ecuencia resuenan en nuestros parlamentos.


A esas causas principalmente se debe que jóvenes
sin práctica, sin esperiencia, sin grande instruccion po-
lítica con(1uisten en un dia y con un solo discurso los
difíciles laureles de la elocuencia, desmintiendo la añeja
máxima de (Iue el poeta nace ?J el oradol' se hace.


En Espaüa no puede aplicarse con exactitud ese
manoseado axioma.


Los oradores aquí, merced al ardiente clima de la
Península, al carácter abierto y franco de los españoles,




x I:'íTRODUCCION.


á la sonoridad, á la pompa, á la música, digámoslo
así, de nnestro idioma, no se forman lentamente como
en otros paises, sino que nacen formados, brotan de
repente al calor de las revoluciones, corno brotan las
plantas al calor del sol en las regiones tropicales.


En Francia, en Inglaterra, y en cuantos paises están
arraigadas las prácticas del gobierno representativo, es
un fenómeno cada nuevo orador que se ah re paso por
entre las más reputadas celebl'idades y logra se consigne
su nombre en los anales de la oratoria.


En Espaüa á nadie sorprende la frecuente aparicion
de esos artífices de la palabra, de esos declamadores
elocuentes, de esos discutidores sagaces y atinados, de
esos oradores, en fin , apasionados y brillantes, que se
dan á conocer en casi todas las legislaturas sin más
preparacion que unos cuantos años de leyes, algun tomo
de poesías ó una docena de artículos de periódico, y
aun muchos de ellos sin una ordenada carrera y sin un
continuo estudio de los filósofos y publicistas, que sil'-
ven á otros de maestros y de modelos.


Verdad csque los discursos de los oradores españoles
no son por lo general muy profundos, gTaves y ordena-
dos, pero en cambio pocos de los estranjeros les igualan
en lo poéticos, en lo hrillantes, en lo cadenciosos.


Por efecto, pues, del clima, del carácter de los es-
pañoles y de la índole y mecanismo de su lengua, son
sus discursos producto mús bien de la imnginacion que
del talento, de la fantasía que del estlHlio, y srtlen de
sus labios rica y profusrtlDentc csmallados de galrts
poéticas, de imágenes deslumbradoras, de figuras atre-
vidas, de pensamientos sublimes, de arranr¡nes de sen-




INTROnCCClO:-I " XI


timiento, y adornados de giros felices, de frases bellas,
de periodos sonoros, rotundos y cadenciosos, si bien
escasean de dialéctica, de profundidad y de método.


y hé aquí la causa tambien de que tengan doble
mérito los discursos de los oradores espaüoles, oidos
desde la tribuna que leídos en el Diario, porque la vi-
veza de ademanes, la pronunciacion clara é intencionada
ú que se presta el idioma castellano, y el eco armonio-
so, musical y agradable de nuestea lengua, revisten ú la
oratoria esparlOla de galas y adornos que solo puede
prestarles el habla italiana, más dulce y más suave, sin
embargo, que la nuestra, pero no tan grave, tan variada
y tan á propósito para espresar una idea poética, un
pensamiento elevado, un arranque de patriotismo.


Hechas estas ligeras observaciones acerca del objeto
del pl'esente trabajo, y de la índole y carácter de la
oratoria de nuestros parlamentos, réstanos indicar úni-
camente el órden y método con que pensarnos publicar
las biografías de los oradores españoles.


Proponiéndonos tan solo dar uoa idea ligera pero
exacta de sus cualidades oratorias, hemos creído necesa-
rio eliminar de estos bocetos esos detalles empalagosos
y que ú nada conducen sobre la vida privada y aun pú-
blica de los personajes de que vamos á ocuparnos, en
todo aquello que "no tenga relacion con su cualidad de
oradores de parlamento, trazando á grandes rasgos su
fisonomía de tales, para que se reconozca á nuestros
políticos por el lado de la oratoria, principal y casi es-
elusivo objeto de este trabajo.


La insercion integra del mejor discurso que cada
uno de ellos ha pronunciado en las córtes españolas de




XII Il'iTRODUCCION.


las tres épocas en que se ha practicado el sistema re-
presentativo, será el mejor justificante de nuestras apre-
ciaciones crítico-biográficas, formando su coleccion un
tratado completo de derecho público constitucional, y
una obra de estudio y de consulta, por la variedad de las
materias en ella tratadas, y por la vasta y profunda ins-
truccion que encierra, como producto de muchos talen-
tos, de muchos estudios, de muchas ilustraciones.


Respecto al órden de colocacion de los oradores en
nuestra galería, hemos preferido las épocas á las cate-
gorias, de modo que nos iremos ocupando de ellos se-
gun vayan llegando los tiempos de su mayor auge y re-
putacion.


Tambien hemos creido oportuno dar una idea del
carácter de las asambleas donde han figurado, porque
conociendo de antemano la Índole de los congresos y
las circunstancias políticas en que se ha verificado su
convocacion, podrá conocerse mejor el mérito y la im-
portancia de sus oradores.


En este supuesto, ocupémonos ya de las córtes de
Cádiz y de sus miembros más distinguidos, como el
origen aquellas de nuestro actual sistema representati-
vo, y como maestros y modelos los últimos de nuestros
oradores contemporáneos.




CORTES GENERALES Y ESTRAORDINARIAS
DE 1810·


La asamblea española congregada en la Isla de Leon
el 21 de setiembre de 1810, es sin disputa la más nota-
ble de cuantas se han conocido en Europa bajo la forma
de gobierno representativo, si no por los sangrientos re-
sultados de las revoluciones que promoviera, por la so-
lemnidad de su congregacion, por la majestad de sus
actos, por sus gloriosos esfuerzos, por lo grave y terrible
de las circunstancias en que se reunia, y por el carácter
de originalidad y de grandeza que en ella se revelaba.


Ni el la1'go parlamento de Inglaterra, ni la asam-
blea legislativa de Francia fueron, en verdad, más no-
tables que nuestras córtes de Cádiz, compuestas de filó-
sofos y de sábios, al paso que las cámaras citadas se
componian de sangrientos revolucionarios ó de sistemá-
ticos reformadores.


Las córtes generales y estraordinarias de 1810 se
congregaban efectivamente en circunstancias las más
difíciles y arriesgadas.


La nacion desquiciada, abatida, presa de la violen-




14 CÓRTES GENEnALES
cia y arbitrariedad del poder real, ejercido por las tor-
pes manos de un orgulloso favorito; un ejército estl'an-
jero, el más aguerrido del mundo, üueüo de las plazas
más importantes y de las cuatro quintas partes del terri-
torio espaüol; dividido el reino en hntos gobiernos como
provincias; el pueblo resistiendo aisladamente y sin ór-
den ni concierto la usurpacion estranjera; cautivo en es-
traño pais el legítimo monarca, y apoderado del trono
de San Fernando un rey intruso, con su ejército, sü
corte y su gobierno, ¿ qué iba a hacer aquella asamblea
sin recursos, sin centro de accion, sin m~ts territorio que
el que pisaba, aislada en un rincon de la Península, y
viendo solemnizada su congregacion por los caüonazos
de sus enemigos?


¿Con qué medios contaban para dominar al clestino,
para vencer á la desgracia aq uenos ciellto y cuatl'o pro-
curadores de la nacion espaüola, que jurabau al pió de
los altares reconquistar su patria, rescatar á su rey y
defender y salvar á todo trance su libertad é indepen-
dencia?


¡Ah! Contaban con una fé incontrastable, con una
constancia sin límites, con el más puro y ardiente patrio-
tismo.


U na asamblea en tan críticas circunstancias congre-
gada; sin prácticas parlamentarias á que sujetarse; ejer-
ciendo de hecho la suprema soberanía, y cuyos indivi-
duos se reunian sin conocerse, sin combinar de antemano
el plan de su conducta futura; una asamblea, repeti-
mos, sin mayoría y sin minoría, sin fórmulas parlamen-
tarias, sin organizacion, sin reglamento, sin espíritu de
partido, precisamente habia de tener un carácter espe-
cial de originalidad en sus sesiones, de grandeza en sus
miras, de heroismo en sus actos.




y ESTRAORDINARlAS DE 1810. 15
La necesidad y el buen juicio de aquellos legislado-


res obligóles ante todo á adoptar un reglamento que or-
denase el cnrsoc1e los dehates, y estableciese las prácti-
cas más convenientes para evitar la confusion, facilitan-
do sus acuerdos.


Filósofos más bien que publicistas, los discursos de
aquellos diputados eran, en lo general, disertaciones
académicas, sermones políticos, alegatos forenscs, con
su exonlio, su proposicion, su argumentacion y su epí-
logo.


Pecando casi todos aquellos oradores del escolasti-
,cismo ~ bn en moda por entonces en las aulas, ordena-
ban sus discursos con sujccion á reglas retóricas, anun-
ciando el tema en el exordio, sentando premisas y sa-
cando consecuencias.


Esto hacia que aquellas peroraciones apareciesen
lánguidas, acompasadas, monótonas; y que si bien gra-
ves, lógicas y pomposas, careciesen de gracia, de ani-
macíon y de vida.


La poca ó ninguna costumbre de hablar en público,
la falta de liceos, de academias y de otras corporaciones
análogas en que pudiera ejercitarse la palabra, era la
causa de que en un principio muchos de los legisladores
de Cádiz llevat-;en escritos sus discursos, siendo a]gun
catedrático, algun abogado, algun sacerdote, por sus
hábitos de perorar en la cátedra, en el foro ó en el púl-
pito, los únicos que pronunciaban discursos y animaban
las diseusiones.


Eran escepciones de esta regla general algunos pocos
diputados como A1'güelles, ftfejia, Carda Herreros,
G 1ltie7'l'ez de la.! Huerta, y otros que, naturalmente
oradores, daban calor y vida á los debates con sus im-
provisaciones y sus réplicas.




16 CÓRTES GE~ERAL[S
Largos, pesados y monótonos solian ser los discursos


leidos por los diputados de las córtes de Cúdiz, pues re-
dactados en la soledad del gabinete, atestúbanlos de
citas históricas, de máximas y sentencias, y entregá-
banse en ellos á divagaciones metafísicas, haciendo
alarde de una erudicion fatigosa é inoportuna.


A tal grado de estension y pesadez llegaban aquellas
disertaciones, que habiéndose in vertido cerca de dos
horas en la lectura de un discurso, propuso el Sr. Es-
piga ~que en adelante no se permitiese á diputado algu-
no la lectura de escritos que escedieran de un pliego,
sin que antes por una comision se examinasen y decla-
rara si merecian leerse al congreso.»


Como anteriormente indicamos, las córtes de Cádiz
tenian un aspecto de originalidad y de novedad que las
hace distinguirse de todas las asambleas conocidas.


En realidad, ni eran una cámara popular ni un esta-
mento aristocrático, si bien en su composicion entraron
todos los elementos más elevados de la sociedad, pues
el talento y la posicion social fueron entonces los princi-
pales títulos que abrieron ú los espafioles las puertas de
la l'epresentacion nacional.


Entre los ciento ochenta y cuatro diputados que san-
cionaron y firmaron la cOllstitucion de 1812, contúbanse
dos grandes de España de primera clase, cuatro títulos
de Castilla, treinta y dos caballeros hidalgos, nueve
oficiales generales, diez y siete corondes, tenientes co-
roneles y capitanes del ejército y de la marina, tres obis-
pos, un inquisidor, cuatro dignidades, veintiun canóni-
gos, quince curas párrocos, once presbíteros, cuatro
consejeros, once magistrados, ocho oficiale·s de secreta-
ría, nueve catedráticos y treinta y tres abogados.


Por la reseña anterior se observa que entre aquellos




y ESTRAORDINARIAS DE 1810. 17
ciento ochenta y cuatro legisladores no habia uno solo
que perteneciese al estado llano, y sin embargo de su
carácter aristocrático, las córtes de Oadiz iniciaron y
realizaron desde un principio las más populares y demo-
craticas reformas.


¿En qué consistia, pues, estQ fenómeno? En que to-
das las clases de la sociedad estaban ofendidas y me-
nospreciadas por el favoritismo de tiempos anteriores;
en que las ideas de libertad y de derechos políticos ha-
bíanse infiltrado en todas las imaginaciones al atravesar
los Pirineos en 1789; en que por tradicion., por carácter
y por instinto son los españoles, pertenezcan a cualquier
clase, por alta y privilegiada que sea, demócratas en sus
ideas é independientes en sus hechos; y en que aque-
llos legisladores comprendian que siendo popular la
guerra, sostenida tan heróicamente con Napoleon, era
preciso y conveniente alentar al pueblo y re compensarle
sus esfuerzos y sacrificios con útiles y halagüeñas re-
formas.


De aquí las contradicciones, la originalidad de las
córtes generales y estraordinarias.


Debiendo ser monárquicas y conservadoras por la
posicion y calidad de sus individuos, se declaran sobe-
ranas de hecho y de dereeho, adoptan el título de Ma-
jestad, y hablan y obran en sentido popular y revolu-
cionario.


De aquí el que no se estrañara entonces, ni se haya
comprendido despues, que el apasionado monárquico,
obispo de Mallorca, esclamase en la jura de la constitu-
cíon: «¡Ya feneció nuestra esclavitud!. ... ¡Oompatriotas
mius, habitantes de las cuatro partes del mundo, ya he-
mos reeobrado nuestra dignidad y nuestros derechos!. ...
¡Somos españoles!. ... ¡Somos libres!. ... )




18 CÓRTES GEr\ERALES
De aquÍ tambien el fenomeno de que el furioso rea-


lista Ostolaza propusiese el restablecimiento del J usti-
cia mayor de Aragon, y que el absolutista acérrimo
Gutiermz de la Huerta esclamase en cierta ocasion:
,Como el pueblo llegue á persuadirse de estas verdades,
vengan todos los franceses, pues primero es ser libre
que ser espafíol. El nombre sea cualquiera, mas la li-
bertad, la independencia, esto es lo único que el hom-
bre debe apetecer ..... »


Nada prueba tanto esa originalidad en los pensa-
mientos, y esa alta idea que abrigaban todos los consti-
tuyentes de Cádiz respecto á su posicion política, á su
soberanía y á sus derechos, como la célebre frase del di-
putado Zorl'aquin: «Nosotros estamos en el caso en que
estaban los reyes nuestros anteceS01'es.» U na de las cua-
lidades que más resaltan en las discusiones de las cor-
tes generales 'Y estraordinarias es la sobriedad de dis-
cursos sobre una :misma materia, el desembarazo con
que los debates caminaban, y la brevedad con que se
daba el punto en cuestion por suficientemente discutido.


Practicando aquellos legisladores el sistema parla-
mentario con más sencillez y buena fé que los diputados
modernos, no abusaban nunca de las enmiendas y sub-
enmiendas, de las proposiciones, preguntas y demás
pretestos de que los últimos se valen hoy, en uso de su
derecho, para alargar ciertas discusiones ó evitar la
adopcion de una ley que no conviene á la política de las
oposiciones.


Tampoco se abusaba en aquella célebre asamblea de
las réplicas y rectificaciones; así es que hasta las refor-
mas más trascendentales se resolvian y acordaban con
plausible brevedad,)in que por esto dejasen de ser bien
dilucidadas y combatidas. Y solo así se comprende que




y ESTItAORDHíA.RIAS DE 1810. 19


en tres aiios discutieran ámpliamente y votaran una
constitucion, la más estensa y detallada de las constitu-
ciones modernas, y adoptasen imlOvaciones radicales en
todos los ramos de la pública administracion.


Contribuyó y no poco á este resultado la laboriosi-
dad sin ejemplo de los constituyentes de 1812, que ce-
lebraban con mucha frecuencia sesiones nocturnas, y
que pasaban las horas de asueto trabajando todos en sus
respectivas secciones, donde realmente se discutian y
aprobaban las leyes y decretos que casi por fórmula se
presentaban despues á la pública discusion.


La falta d8 prácticas parlamentarias y el carácter
particular de aquella reunion de soberanos eran causa de
que no se observasen en algunos debates la calma y la
gravedad tan propias de los legisladores, y que se al-
terase algunas veces cl órden de la discusion con brus-
cas interrupciones, con imprudentes murmullos y otras
demostraciones ruidosas que alentaban al público á fal-
tar tambien por su parte al decoro, consideracion y res-
peto que debe siempre guardarse en el santuario de las
leyes.


Hállase confirmado nuestro aserto en el estracto de la
sesion secreta de 1. o de julio de 1811 en la que, al tra-
tar de poner freno á los escesos que los espectadores
cometian, esclamaba uno de aquellos diputados: «El
congreso mismo es el que da ocasion á estas libertades
del pueblo, pues nosotros somos los primeros á hablar y
á notar á los compaiieros en público, cuando no hablan
en ciertas materias segun nuestra opinion. D


Otro dato sobre la parte que el público tomaba en
las discusiones de aquellas córtes, en la época en que,
como era natural, habíanse dividido sus miembros en
las indispensables mayoría y minoría, lo tenemos en la




20 CÓRTES GENERALES
sesion del 31 de diciembre del mismo año, en la cual,
tumultuariamente interrumpido por las galerías el dipu-
tado realista Laguna, gritaba en medio del alboroto:
«Yo no me puedo contener; no, señor. Yo soy realista;
quiero para la Regencia una persona real. Vosotros,
dignos militares, que estais en este santo recinto, dos
veces habeis hecho juramento de sostener los derechos
de Fernando VII. Vosotros, clérigos, que estais intimi-
dados con las palmadas del pueblo ..... (murmullos re-
petidos) no temais, que estais apoyados.» (Continuó el
alboroto. El señor presidente volvió á reclamar el
órden).


A pesar de todo, será siempre de admirar el valor
con que las córtes generales y estraorc1inarias acome-
tieron la reorganizacion completa de la desquiciada so-
ciedad española, y la calma y serenidad con que discu-
tian y legislaban en un estremo de la Península, ocupada
casi toda por un ejercito usurpa(lor y aguerrido.


La época de las córtes de Cádiz fu6 un período en la
historia de nuestra patria de gloria y c1e mortandad, de
hazaflas y desventuras, de ilustracion y de audacia. Pe-
ríodo político-parlamentario que empezó por una monar-
quía medio destruida, y terminó con una repúhliea me-
dio edificada; que fue inaugurado por las bombas y gra-
nadas enemigas, y despec1ido por los horrores de una
peste.


Lazo de continuidad entre una sociedad preocupada
y una generacion que quiere despreocuparse. Eslabon
que en la inmensa cadena de los siglos y c1e las ideas
une lo antiguo con lo moc1erno, el derecho divino con la
soberanía nacional, el exagerado absolutismo de los re-
yes con la libertad desmedida ae los pueblos.


Resumiendo lo que llevamos indicado sobre los ora-




y E';TRAORDINARIAS DE 1810. 21


dores de nuestra primera asamblea legislativa, diremos
que sus debates se resintieron naturalmente de inespe-
1'iencla parlamentaria. Sus discursos, leidos muchos de
ellos, eran más bien disertaciones académicas que aren-
gas de pOJ'lamento. Salvo algunas escepciones, hablaban
m{ts aquellos diputados con la cabeza que con el cora-
zon; discutian más que declamaban; pensaban más que
sentian.


Su oratoria era una oratoria natural, sin reglas, sin
formas, sin adornos. Tenia en lo general algo de hincha-
zon y de pedantería; habia en ella más de escolasticis-
mo que de doctrina, más de raciocinio que de entusias-
mo, más de sabiduría que de elocuencia.


Lo que de ninguna manera puede negarse á los cons-
tituyentes de Cádiz, en los primeros tiempos de las CÓl'-
tes, fué el deseo del acierto, la pureza de sus intencio-
nes, la imparcialidad de sus jnicios, el patriotismo de
sus actos, la buena fé de sus palabras. Cualidades y vir-
tudes que oscurecieron más adelante el interés de par-
tido, el esclusivismo de las opiniones, la vanidad ele la
política.


Pero lo que sobresalió siempre y en todos los diputa-
dos de las córtes generales y estraordinarias, fué su
honradez y su probidad, su abnegacion y su desinterés.
El mayor lauro de los soberanos constituventes de Cá-


. "


c1iz es el haber vuelto á sus hogares, despues de ejercer
el gobierno supremo de España, sin una cruz, sin una
gracia, sin un destino.


A pesar de lo nuevo ele "sus ideas, todavía aquellos
hombres no pertenecian al mundo moderno, corrompido
por la ambicion, cancerado por el egoismo, gangrenado
por la inmorali(1art. Eran los antiguos caballeros de la
edad rnedia, nobles', generosos, espiritualistas; no eran




22 CÓRTES GE:'<ERA l.ES


aun los políticos del siglo XIX, mezquinos, materialistas
y especuladores.


Representaban los legisladores de Oádiz la España
caballer'esca de ayer, no la España industrial de hoy;
eran aun los honrados y altivos procuradores de Sego-
via, de Valladolid, de Salamanca y de r.l"oledo, que sin
otra idea que el bien público, cerraban su corazon á todo
sentimiento de medro personal, y escudados en su hon-
radez é independencia, ni adulaban bajamente al tronO,
ni se arrodillaban ,ante el pueblo.


No podemos resistir á la tcntacion dc insertar á se-
guida, como complemento de este ligero exámen de las
famosas cortes de Oádiz, el magnífico discurso pronun-
ciado por su presidente Sr. Gordoa al cerrar las sesiones
de su larga legislatura de tres aflos, pues él da una
exacta y cabal idea del carácter político de aquella
asamblea, de su laboriosidad, de su abnegacion, de sus
sacrificios y de su grandeza.


(1 Señor: entre las aclamaciones del pueblo más generoso de la
tierra se instalaron estas córtes generales y estraordinarias, y ahora
vienen de ciar gracias á Dios, autor y legislador supremo de la socie-
dad, porque les ha concedido la gracia de llegar al término de sus
trabajos, despues de haber puesto las pieuras angulares rlel suntuoso
edificio que ya se levanta para la prosperidad y gloria del suelo es-
pañol.


))Sumida en un sucüo vergonzoso, hundida en el polvo del abati-
miento, destrozada, vendida por sus mismos bijas, despreciada, in-
sultada por los ajenos, rotos los n~rvios de su fuerza, rasgada la ves-
tidura real, humilde y humillada y esdava, yaGia la señora de cien
provincias, la reina qlle dió leyes ú dos lIlundos.-¿Qué fué de Sll~
primeras instituGiones? ¿Qué de sus leyes que contenian mejol'aLla la
sabiduría de toda la anLigüedad, y que sirvieron de ejemplar á lo~
c(ídigos de las naciones modernas? ¿Qué de sus antigllas libcrtades y




y ESTRAORDINARIAS DE 1810. 23
fueros? ¿Qué de su valor, de su constancia y de la severidad de sus
virtudes? ....


nEI mismo peso de su grandeza, el poder de reyes soberbios que
lentamente iban estendiendo sus limites, la ambicion de los poderosos,
la corrupcion de costumbres, hija de la riqueza, la peste de los pri-
varlo~, torlo oontribuyó al olvido y menosprecio de las leyes, y á la
disolucioIl moral del Estado. Entonces los reyes mal aconsejados todo
lo emprendieron; no encontraron pueblos que les resistieran; las que-
jas se calificaban de crímenes de Estado; y en nuestros mismos dias,
á nuestros mismos ojos, una mano sacrilega osó tocar y rasgar el
sagrado depósito de la alianza de los pueblos con el príncipe.


nEn esta deplorable situacion, solamente los adormidos en las ca-
denas no veian los males que tan de cerca nos amenazaban: mas para
aquellos en quienes aun no estaba estinguido el noble orgullo espa-
ñol, para los que impacientes lloraban en secreto la suerte de la pa-
tria, y veian que su tirano feliz habia sustituido al derecho de gentes
el derecho de la espada, la desoladora irrupcion de nuestros pérfidos
vecinos, fué un acontecimiento inevitable por su fuerza y por nuestra
debiliuad, por su exaILacion y por nuestro abatimiento.


))Clamaron los pueblos oprimidos por la fuerza estranjera y por
el despotismo doméstico; clamaron á su tiempo por libertad y por
leyes. Torrentes de sangre corrian por :todas partes, y los perjuros
adelantahan sus conquistas, efímeros gobiernos se sucedian unos á
otros, y no mejoraba la condicion de los pueblos. La miseria comun
reunió entonces todos los ánimos, todos los votos en uno, y este voto
general fué por las córtes.


nLas c61'tes, pues, se presentaron como la única áncora que
podía salvar la nave del Estado en medio de tan horrible tormenta: se
instalan al fin en la época más desgraciada, pero bajo los auspicios
de la Providencia divina tienen al cesar la intima y dulce satisfaccion
de haber dado á los pueblos lo qlle les pidieron con tanta ánsia: leyes
y libertad.


nPara llegar á este fin, las córles encontraron y vencieron obs-
táculos de todo género, insuperables á cualquiera que hubiese tenido
dflseof menos ardientes del bien, menos amO!' á la patria, menos firmc-
zapara resistir á sus enemigos y menos constancia en las adversidades.




24 CÓRTES GENERALES
» El til'ano del continente todo lo tenia subyugado entonces, todo


servia á su ambidon, todo se humillaba ante él, todo menos la vir-
tuosa y constante nacion española.


»El emperador de las Rusias, ó tranquilo en el conocimiento de
su poder, ó engañada su alma noble y candorosa con las aparentes
ventajas dc la neutralidad, ú, lo que es más de ul'eer, no bien infor-
mado de los estraol'dinarios acaecimientos de la Península, nada ha-
cia pOI' la imlepcnclencia general, ni pOI' su propia independencia
amenazada.


)) El Austria, forzada tal vez por la necesidad, acababa de rOI'mal'
poco antes con el bárbaro que la habia invadido y dividido á su placer
esa alianza tan fatal para Al género humano, el enalle demandaba y
le demanda con más ardor en la crisis presente, se apresure á noopA-
l'ar á la obra de la libertad comun en que trabajan de uonsuno nacio-
nes poderosas, y á revestirse ella misma de su antigua grandeza y
dignidad, rompiendo de una vez los lazos que tan sin yentaja ni ho-
nor suyo estrechaba cada dia.


nLa SUAcia y la Prusia casi ni aun mUAstras daban de existir po-
Iílicamente, y en general el influjo maléfico elel que ¡lomina á los
franceses para su oprobio y su desgracia, tenia aletargados á los
príncipes de Europa, ó en la servidumbre ó en la más ominosa indo-
lencia.


»Elrey de Nápoles y Sicilia era, como es hoy, nuestro aliado y
amigo; pero despojado de gran partA de sus pueblos y precisado ú
invertir todos sus recursos en conservar la tranquilidad interior y
esteriOl' de sus Estados, no podia prestarnos auxilios que él nece-
sitaba.


nNu8stro amigo el Portugal, envuelto en la misma luella, ycía
depender su suerte de la nuestra; mas no se hallaha en posibilidad de
atewler á otra cosa qUA á la t!r,fensa de su propio snelo.


))La magnánima Inglatena, seguia en Sil efleaz y generosa ooope-
raoian, que nos prestaba desLle los principios de la contienda; pero
no bastó á impedir ni detener el torrente que lo asoló todo hasta las
puertas de Cádiz. ¿ y quién será el que pueda clesnribir sin incligna-
cion y sin lágrimas la situanion de la patria á flnes del año 1810?


)) Esta nacían huérfana, desarmada y menesterosa 110 contó al




y ESTRAORlil)iAI:JAS DE 1810. 25
emprender la guerra con otro apoyo que con el de Dios, protector
de la inocencia oprimida, y con su propio valor; mas la Proyiucncia
tiene sus arcanos, y los hombres no pueden apresurar los tiempos
escritos en el libro uc los consejos eternos.


))Repetíuose hA muuhas yeces, y todo buen español debe gloriarse
de repetirlo, nosotros cntramos en la lid sin ninguno de los recursos
necesarios para sostenerla, y admiraron los primeros frutos de nues-
tro levantamiento. Pero un desórden general, consiguiente á la ge-
neral y repentina mutacion de cosas, se estendió á todos los ramos
de la administracion; se malgastaron los tesoros que con largueza
dcrramó la América; crecieron las necesidades, y la llama del entu-
siasmo, ó por falta de pábulo, ó siguiendo la suerte de las gramles
pasiones, pareció entibiarse y debilitarse, y las fuerzas que al prin-
cipio nos dió la indignacion debilitáronse tambien.


nLas o.esgracias se SIlcedian; crecia el orgullo de los Yándalos, y
á pesar de los últimos esfuerzos de los pueblos libres, y del calor que
profJllraban inspirar los patriotas con sus palabras y con su ejemplo,
la Península gemia casi toda en la opresion, y no presentaba otro
punto de seguridad m<'ts que la fiel y opulenta Cádiz, cuyo decidido
amor, respeto y adhesion al congreso nacional y á sus decisiones la
harán por siempre acreedora á la gratitud de los pueblos todos. ¿Mas
por qué ocultaremos ya que tampoco fué en aquella época un asilo
seguro este recinto de donde habia de salir, como en otro tiempo de
los montes asturianos, la libertad de España?


nEntonces las córtes presentaron el espectáculo más grande que
ha visto la tierra. Todos los dipntados y ciudadanos se congregaron
en medía de tantos peligros para saIYar la patria, cuando casi ya no
habia más patria qU0 el terreno donde se juntaron. i Oh 21 de se-
tiembre, dia para siempre memorable! Tú y el otro primero de
l1IHlstra revolucion bastaís solos para hacer inmortales nuestros fas-
tos; y nuestros últimos nietos leerán con igual admiracion y gratitud
las sangrientas hazañas del Dos de l}[ayo, y las pacíficas sesiones
primeras del congreso. En el uno sacudirnos el yugo estranjero; en
el otro el yugo doméstico; en el uno escribimos con ~angre el voto
de vengarnos ó morir, y ya esa sangre fecunda de los primeros
m<'trtirc~ produjo lo~ valientes que, ceñidos al principio con laureles


.,
'~


.,;0. ..... >
..... ·.l~·




26 CÓRTES GE~EnALES
andaluces, acaban de coronarse de otros inmarccsibles en las faldas
del Pirineo, en las mál'genes del Vidasoa; en el otro se escribieron
las leyes que nos han reintegrado en los derechos que nos convenian
como á hombres libres y como á españoles.


)jEn efecto, levantar á la nacion de la esclavitud á la soberanía;
distinguir, dividir los poderes antes mezclados y confundidos, reco-
nocer solemne y cordialmente á la religion católica y apostólica ro-
mana por la única verdadera y la única del Estado; conservar á los
reyes toda su dignidad, concediéndoles un poder sin límites para ha-
cer el bien; dar á la escritura toda la natural libertad que deben te-
ner los dones celestiales del pensamiento y la palabra; abolir los an-
tiguos restos góticos del régimen feudal; nivelar los derechos y obli-
gaciones de los españoles de ambos mundos, estos fueron los prime-
ros pasos que dieron las c6rtes en su árdua y gloriosa carrera, y
esas fueron las sólidas bases sobre que levantaron des pues el edificio
de la Constitucion, el alcázar de la libertad.


)) Despues que las córtes nos habian proporcionado tantos bienes,
aún no estaba satisfecha su sed insaciable de hacer bien. Dieron
nueva y más conveniente forma á los tribunales de justicia; arregla-
ron el gobierno económico de las provincias; prOCUl'ill'On fOl'mar una
constitucion para el ejército, y un plan de educacion é instruccion
verdaderamente nacional de la juventud; organizaron la abatida Ha-
cienda; simplificaron el sistema de contrilmcionc.s; y lo que no puede
ni podrá nunca oirse sin adrniracion, en la época dc mayor pobreza
y estrechez, sostuvieron, ó más bien, han crearlo la fé pública.


»Finalrnente, no contentas con haber roto las cadenas de los hom-
bres, librándoles de la servidumbre y de injustos y mal calculados
pecbos y tributos J estendiel'on su liberalidad á Jos animales, á los
montes y á las plantas, derogando ordenanzas y reglamentos contra-
rios al derecho de propie:lad, y al mismo fin que se proponian, y á su
debido tiempo cogerán el fruto de tan heneficiosas providencias l<t
agricultura, la industria, la, artes, el comarcio y la navegacion.


)j Los individuos del congl'eso han procurado mostrarse dignos de
Sil <tIto puesto, no solo por las proyidencias que han dictado en bien
de la nacion, sino tambien por la conducta grave y circunspecta que
han observado interiormente. El desprendimiento general y gene-




y ESTRAOllDINAflTAS DE 1810. 27
roso, y tal vez sin ejemplo, que manifestaron desde el memorable 24
de setiembre, y en que se han sostenido con la más rigl1l'osa austeri-
dad á pesar de las pruebas en que se les puso, los hará siempre
apreciables para los hombres de bien. La maleuicencia llamó á esa
virtud hipocresía ó afectacion ue generosidad. ¡Oh! ipluguiera Dios
que todos, y especialmente esos ingratos, abrazando el mismo sistema,
hubiesen contribuido, siquiera se tuviese por afectada generosidad,
con parte de sus caudales para las urgencias de la patria, ó la hu-
biesen defendido alistándose en sus banderas!


nEste congreso, el primero que se ha visto entre los hombres,
compuesto de indiviuuos de las cuatro partes del mundo, presenta
otro punto de vista igualmente grande y generoso. Los venerables
sucesores tIe los apóstoles, los ministros del Señor, los miembros de
la primera clase del Estado, los militares, los magistrados, los sim-
ples ciudadanos, la respetable y tranquila ancianidad y la fogosa
.iuventud, reuniQos todos dia y noche pOi' espacio de tres años, dan
hoy el singular ejemplo de separarse todos en paz, todos amigos.


>lE! que considere que se han agitado aquí tantos asuntos capa-
ces de escitar todas las grandes pasiones; el que conozca que por
nuestro anterior sistema no solo habian de estar en contradiccion
los intereses de algunas provincias, sino tambien los de algunas cla-
ses, y que estos han tenido que ventilarse por individuos de esas
mismas clases y provincias; el que reflexione cuán mdos y terribles
choques debian producir multitud de ideas y proyectos que unos fa-
vorecian por creerlos comlucentes á la libertad, por que todos anhe-
lamos, y otros repugnaban creyendo que nos conducian á la servi-
dumbre que detestamos todos; el que recuerde con cuánto calor se
ha espresado el celo en aquellas augustas asambleas presididas por el
espíritu de caridad y mansedumbre, y compuestas solo de personas
en quienes por la edad, la dignidad y el ministerio se habia hecho
un hábito la virtucl y amortiguado el ímpetu de las pasiones; el que,
finalmente, medite todos los obstáculos y acontecimientos que prece-
dieron y acompañaron hasta hoy al Congreso nacional, y observe
que son tantos los hechos de las córtes que oprimen al tiempo en
que han estado congregadas; ó no sabrá conocer ni apreciar las vir-
tudes, ó habrá de pagar el tributo de alabanza que merecen, no las




28 CORTES GE~ERAL!<.S
de los diputados, las de la nacion española, que no podian desmentir
los que han cirrado toJa su gloria en csforzarse á representarla dig-
namente.


» i Beneméritos ciudadanos, que revestidos de la reprcsentacion
nacional, estais destinados á sucedel'l1os l Yenid á consumar y pel'-
fecGiol13.r la grande oura qne dejamos cn vuestras manos. Kucstro
[uó el honor de prepararos el camino: sea vuestra la gloria de llegar
a! término. Todo nos anuncia quc ya sc acelera el dja de la salud y
libertad de la péllria, y vosotros sois quizú los que el cielo lla se-
ñalado para Ojal' su destino. Y lo fijareis, sin más trahajo qne el de
no impedir ni turbar el CUl'SO de las cosas, y el de éll'l'oveulJaI' las
ventajas que ofrece la situacion política y militar ¡Je la Europa, yes-
pecialmente de ESPCÜÜ1, tan distinta ¡ah! tan distinta de aquella en
(jlle las presentes córtes 59 instalaron.


)) Entonces) conmovidas y vacilantes todas las columnas del edi-
ficio sOI~ial, encontraron casi disuelto el Estarlo; vosotros lo encon-


• trais üonstituillo yú sobre bases sólidas y firmes: al'diente era en-
tonc~es el entusiasmo eSlnfiol) pero e,la llama se habria amortigui1Llo
Illcgo ql¡;~ los plll~blos Illlhiesen adrertido que, subsistiendo las anti-
gllas lf~yes y los alllignos abnsos del poiler) el inestimable sacrificio
de sus vidas se dalla por la valla idea de no mUllar el Hombre de sus
opresores; al prGsenlo üsa llama patriútieCl scrú duradera, inesLingui-
ble, porque los pue',!os pelean ya y \'(;ncen ú mUf'ren por unas be-
néficas instituciones) . 101' U!11 verdadera patria, y por el bien real de
su illllepemlencia.


iJ Entonces casi tOlla la Europl estal,a oell paila y oprimirla; casi
no existia la patria mas qlw eu el coraZOll de los espaf1oles, y I()s
enemigos nos amenaza han basta en las rnlC'rtas de Cüdiz; allüra casi
todo estlt libre ~ y amenazamos ú los enemigos en sus mismas fron-
teras.


» Tenernos hoy con potencias poclcro:::as, alianzas de que antes
eareciamos; y nuestros aul ignos amigos, hallándose por nuestra
conslancia el1 mejor ~ituac¡on, contribuyell más cfic::tzmcnte Ü nues-
tra libertad. Tropas sicilianas lidian con 110:::011'08: el numeroso y
aguerrido ejl'rcito portugués so ha üubicl'to de gloria en nuestros
eaw]los: la gramle y generosa Inglalorra ve á sus hijos coronados ele




y ESTRAORD1NARIAS DE 1810. 29
laureles españoles que no se marchitarán nunca, y además de los
poderosos auxilios que presta á la causa comun, tiene la fortuna y la
gloria de haber dado al siempre invicto Wellington, al inmortal cau-
dillo de los ejérci to:; aliarlos siempre triunfadores.


nElltoIlces lodo el i'lorte estaba adormccido; ahora el magnánimo
sucesor do Catalina ha abatido y destrozado más de una vez las alti-
vas ftgnilas fran.¡csas, y ú su ejemplo SR han levantado tambien los
sucesores de Gustavo y de Federico. El Austria, parece que revis-
tiéndose de su antigua dignidad y desdeñando pactos indecorosos,
se decide ya por la causa de las mciones, por la del género hu-
mano.


nTenemos hoy un millon de enemigos menos que entonces, y los
que re3tan nos son menos temibles por la fuerza moral que hemos
ganado y que ellos han perdido. Teníamos un gobierno que por su
vacilante y mal entendida autoridad no era el q!"~ convenia en aque-
llns ci['cunstnllcia~; y vosotros encontrareis uno, OTIlpuesto de perso-
nas que por su moLleracion, su virtud y su amor al sistema que han
establecido las córles, en bien de los pueblos, puede hacer su fe-
liciLlad.


nDesvelaos i oh beneméritos herederos de nuestro honor y ele
nuostros trabajosl para que no se malogren circunstancias tan favo-
rables. Ell vosotros estún l'undadas todas las esperanzas del pueblo
espaüol; y no, no ellgaüareis las esperanzas ele este pueblo tan
grande, tan virtuoso y tan digno de ser feliz. Consenad ileso el
sagrario y queritl0 depósito tle la constitncion que os legamos y en-
comem!amos con el mayor encarecimiento. Ella hace las delicias ele
los r"r,uüoles que la recibieron can el sacramento más voluntnrio y
mús solemne.


)) Velall cuidadosamente en su obsenancia ,pues ella solo puede
mantener sicmpre vivo el fuego elel amor patrio, ella solo puede ser
el it'is ele paz en las crullas tempestades que agitan ú la desgraciada
América, y ella sola sorá el lazo qlle una y estreche cordialmente á
todus los hernmnu.s lle esta inmcnsa y virtuosa familia.


\)POI'O estos votos que forma la nacion poI' su prosperidad, van
ínlimamenle mezulal:us con otros no menos ardientes y sinceros por
el mils amado 11e sus reyes, por el inocente y desgraciado Fernanelo




30 eón TES GE~ERALES
de Borbon. Y si aun en la época de la esclavitud este amable pr[ncipe
era el ídolo de los pueblos, y todos esperahan que romperia sus cade-
nas con mano fuerte en el dia de su poder, ¿cuáles no serán hoy
nuestros deseos de verle libre en mSilio de nosotros, y cuáles nuestras
e;peranzas de que hará la felicidad de sus pueblos uuando se le ha
oido clamar por la reunion de córtes, que son el baluarte de la Iiber-
tal! española, cuando ha sentido el peso de la persecucion y de la des-
gracia, y cuando para hacer el bien no encontraba ya los obstáculos
que en otro tiempo le habrian puesto el interés de los que vivian en
el desórdcn, la fuerza de la costumbre y el ejemplo respetable de sus
antecesores?


» ¡ Oh 1 j Quiera el cielo cumplir cuanto antes tan justas esperanzas,
y aceptando el largo sacrificio de nuestra sangre, escuchar propicia-
mente los votos que resuenan dia y noche en las plazas p~blicas, en
nuestras paredes domésticas, en nuestros santos templos, y en el au-
gusto techo del congreso nacional!


))Podamos verlo con nuestros mismos ojos en el scno de su gran
familia, y pueda con SUR mismos oirlos oirse llamar el padre y el amigo
de sus pueblos.


)) y vosotroOi, dignos y generosos representantAs del pueblo espa-
ñol, ¡gloriaos de vuestros trabajos y de vuestros afanes! Los aplausos
de las naciones, el parabien de los buenos, las murmuraciones de los
malos, y la indignacion de la envidia, ese es vuestro elogio. El amor
y la gratitud de los españoles es vuestra recompensa.


nSin embargo, yo os diria que llegado el momento de separarnos
se os preparaban males y persecuciones, porque esa es de ordinario
sobre la tierra la suerte de los que, desarraigando los abusos, pro-
mueven el bien y la virtud. Pero no: nuestra singular y gloriosa re-
volucion ha devuelto á los españoles su antiguo carácter y sus prime-
ras virtudes; y yo os anuncio que por do quiera ireis recogiendo la
rica mies de las bendiciones de vuestros conciudadanos.


nld, pues, á instruirle::; de los beneficios que les prepara la Cons-
titucion; decid les como queda pnra, Integra, ilesa la religion de sus
padres; fijad su opinion, si se hubiese estraviado; y á aquellos pueblos
que aun se hallan disidentes porque no conocen los deseos y verdade-
ras intenciones del congreso nacional, decidles que los mayores ene-




y ESTRAORDINARIAS DE' 1810. 31
migas de la esclavitud no pueden desear mayor libertad que la que
les asegura esta memorable carta de nuestros derechos.


nHaced que bien instruidos en sus obligaciones, y noblemente
orgullosos de su dignidad, piensen y obren como españoles; que por
sus virtudes sociales y morales sean el modelo de todos los pueblos
de la tiern; y que la ciudadan!a española SC;1, como fué en otro
tiempo la romana, ambicionada y querida por los reyes .J)


Concluida esta arenga, dice el Dial'io de las sesio-
nes, el numeroso concurso de todas clases y edades que
coronaba las galerías, enternecido hasta el es tremo de
verter lágrimas, derramándolas tambien muchos de los
diputados, prorumpió en repetidos aplausos y aclama-
ciones, distinguiéndose entre las voces del regocijo y de
la gratitud, entusiastas vivas á la nacion, á la Constitu-
cion, á las córtes y al gobierno.




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MUNOZ TORRERO.


En ninguna carrera como en la política ejercen las
circunstancias un imperio tan absoluto, una influencia
tan marcada, un dominio tan despótico y duradero.


Para los hombres públicos, en los pril1leros pasos de
su vida, el talento, la gloria y la fortuna no dependen
de otra cosa que de la oportunidad y las circunstancias.
Un discurso pronunciado en ocasion conveniente, una
palabra dicha en momento oportuno, un ademan ejecu-
tado en situacion apurada y solemne, han sido lo bas-
tante para adquirir cierta celebridad, imposible de con-
seguirse con cien discursos más bellos, con cien pala-
bras más sensatas, con cien ademanes más espresivos
en otras circunstancias menos favorables, en otras oca-
siones menos apropósito.


A la oportunidad, á las circunstancias únicamente,
han debido muchos hombres su fama de oradores, su
reputacion de gobernantes, su celebridad de guerreros.


¡ Las circunstancias! ¡ La oportunidad! lIé aquí el
secreto de ciertas reputaciones inj ustificadas, de ciertas
celebridades inconcebibles.


A ese protector misterioso, á ese talisman invisible,
ú esa verdadera diosa de la fortuna, debió únicamente el





34 I\IUÑOZ TORREItO.


personaje que nos ocupa su renombre en la política es-
pañob, y el primer puesto de nuestra galerh de orado-
res de la primera época constitucional.


No fué ciertamente D. Diego Jfnfíoz J'OlTel'O un
orador de not:1 en las córtes de Oádiz; ni por su facun-
clia, ni p01' su elocuencia poclia compararse con muchos
ele nuestros primeros legisladores; pero tuvo la fortuna,
la oportunidad ele inaugurar los elebates de la primera
cámara española, y ele imprimir con su discur'3o el tono
á la política liberal ele España.


Oomo el abate Sieyés en Francia, á quien tomó por
modelo, se adelantó á sus compa11eros en el camino de
las reformas, y así como aquel enalteció la omnipoten-
cia elel estado llano sobre las demás clases, proclamó
este la soberanía nacional sobre el derecho divino de los
reyes.


Uno y otro, sin ser oradores, sin ser políticos de
gran talla, y sí solo por sabel' aprovecharse de las cir-
cunstancias, adquirieron prestigio y autoridad entre los
suyos, y abrieron la puerta á la revolucion y á las re-
formas.


y es que en momentos de crÍsis, en momentos de
vacilacion y de eluda, el arrojo domina al talento, y la
decision sujeta á la fortuna. Es que en los solemnes ins-
tantes en que se ve de cerca la l'evolucion, pero sin que
aún se escuchen sus rU~'ido~ hablar es perorar indicar


. b , ,


es resolver. Uua palabra terminante es un discurso, UBa
idea nueva un sistema, un pensamiento atrevido una
revoluciono


Al reunirse las córtes espaflOlas en la isla de Leon el
24 de setiembre de 1810, el estado de la nacion era
por demás aflictivo, espantoso, imponente. El reino, sin
monarca, sin política, sin gobierno, alzábase como un




MU~OZ TORRERO. 35
solo hombre peleando como pelea España cuando ve
atacadas su honra, su religion, su nacionalidad.


Las córtes, h~jas de la necesidad y de la convenien-
cia, traian la sagrada y espinosa mision de organizar
aquel combate, de eonstituir sobre sólidas y duraderas
bases la desquiciada sociedad. La antigua monarquía
espaflOla, desprestigiada por el favoritismo de Godoy,
abatida por la debilidad de sus legítimos representantes,
vacilaba en su asiento, carcomido por el tiempo y por
los errores, y al menor empuje debia necesariamente
venir al suelo.


Tal era el estado de la nacion al reunirse nuestras
primeras eórtes en 1810.


Sin práctica de gobierno representativo, rodeada de pe-
ligros y de contrariedades, combatida á la vez de la duda
y de la esperanza, ¿que iba á hacer aquella cámara que
no redundase en su propia ruina, en su.propio descrédito?


En aquella confusion, en tal incertidumbre, solo ha-
bia dos caminos que seguir: parodiar las antiguas córtes
de Castilla, y ceñir su papel á presentar proposiciones,
como cuerpo consultivo del poder real, representado á
la sazon por la regencia, ó imitar á la asamblea consti-
tuyente francesa, y proclamándose soberana como esta,
apoderarse del poder supremo, mandar y administrar á
la vez, y plantear la revoluciono


Todo dependia del primer orador que tomase la ini-
ciativa, de las primeras palabras que resonasen en aquel
recinto, de la primera idea que se arrojase entre aque-
llos inespertos y vacilantes diputados.


El partido reformador, más impaciente, más re-
suelto, más atrevido siempre que su contrario, adclan-
tóse en aquella memorable sesion y pronunció la pri-
mera palabra, arrojó la primera idea.




36 MUÑOZ TORRERO.
D. Diego lJfufíoz Torrero, antiguo rector de la uni-


versidad de Salamanca, sacerdote de alguna fama y no
vulgar instruccion, fué el elegido para inaugurar los
debates y colocar la primera piedra en el proyectado
edificio de las reformas liberales.


En un corto y razonado discurso, con reposado con-
tinente, y con un aplomo y serenidad propios de persona
acostumbrada á las luchas parlamentarias, y no de quien
hablaba por primem vez ante un numeroso congreso y
en presencia de un público escogido y de una plebe im-
presionable y bulliciosa, presentó el Sr. Muí'ío:::, Tor-
rero á la deliberacion de las córtes una especie de tabla
de derechos, en la cual se consignaba, como principal
base, la soberanía nacional, y se proclamaban la dinastía
de Fernando VII, la division de los públicos poderes, la
responsabilidad ministerial, la confiJ'll1acion interina de
todos los tribunales y justicias del reino, y la abs::lluta
inviolabilidad de los diputados.


Aprobad:1s estas proposiciones, la reforma política
estaba planteada, hundida la monarquía de derecho di-
vino, consumada la revoluciono


Desde aquel paso, tan atrevido como inesperado,
adquirió el Sr. lUzdíoz Torrero inmenso prestigio en el
partido reformador y en la mayoría de aquellas córtes,
que lo nombraron presidente ele la comision encargada
de formar la famosa constitucion de CáctÍz, cuyas bases
principales fueron aprobadas por indicacion suya en la
mencionada sesion de 24 de setiembre.


No se distinguió el Sr. ltluñoz Torrero ni por el nú-
mero ni por el mérito de sus discursos. Solia hablar pocas
veces, y solo en asuntos políticos ó religiosos. Dotado de
gran memoria y de espíritu analizador, esplicaba la cons-
titucion, desentrañándola hasta en sus más Ínfimos deta-




MUÑOZ TORRERO. 37
Hes; la descomponia y volvia á componer con rara habi-
lidad, ya reduciéndola á principios, ya consignándola en
fórmulas.


Sacerdote ilustrado, de vasta instruccion adquirida
en las aulas y en la soledad del gabinete, no conocia á
los hombres ni sabia apreciar las circunstancias. Por eso
la constitucion, en cuya redaccion influyó tanto, fué
más bien determinativa que preparatoria, como debió
serlo.


Decíase de Muño% Torrero que era como un libro
que no podia aprovecharle á él mismo, sino al que lo le-
yese. Realmente, en su cabeza pululaban sanos princi-
pios,~ideas sensatas, que solo podia aplicar quien cono-
ciese mejor que él los hombres y los tiempos.


Razonador y analítico, con dificultad se hallará en
sus discursos un arranque declamatorio, una imágen
brillante y deslumbradora. Modesto y de buena fé en el
ejercicio de su cargo de diputado, ofendíale toda mues-
tra de aprobacion popular, así como le desagradaban las
hostiles interrupciones de las galerías dirigidas á sus
contrarios.


Qué majestuosidad y qué noble independencia reve-
lan sus palabras, cuando interrumpido por un murmullo
de aprobacion en su discurso contra el Santo Oficio,
apostrofaba á las galerías, esclamanuo: «Protesto que
no volveré á hablar en el congreso si se repiten estas
señales, bien sean de aprobacion ó de desaprobacion; lo
que todos deberán tener entendido para abstenerse de
hacerlo otra vez.»


El único discurso del Sr. Muño% Torrero en que su
oratoria deja de ser discutidora y fria, es el que pronun-
ció en defensa de la libertad de imprenta, en el cual hay
frases tan elocuentes, tan elevadas y tan significativas




38 ~!Ui\oz TORRERO.
como estas: «La libertad sin la imprenta libre, aun-
que sea el SUBlio del hombre honrado, será siempre 1m
sueño .... »


Notable es por cierto la conclusion de aquel discur-
so, que produjo gran sensacion en la cámara, y que
arrastró ti la mayoría á votar la libertad de imprenta.
,Por fin, decia el venerable sacerdote, creo que haría-
mos traicion á los deseos del pueblo, y que daríamos
armas al gobierno arbitrario que hemos empezado á der-
ribar, si no decretásemos la libertad de imprenta .... La
pr6via censura es el último asidero de la tiranía, que
nos ha hecho gemir por siglos. El voto de las córtes va
á desarraigar hoy esa tiranía, ó á confirmarla para
siempre. »


Aquí se veja ya al orador político, al declamador in-
tencionado, al hombre de parlamento. Pero la oratoria
del St. iUwioz Torrero no pocHa sostenerse á esa altura,
porq ue en su esencia, por el carácter y estudios de aquel
diputado, era la oratoria del filósofo, la oratoria del aca-
démico.


Su discurso en defensa de la soberanía nacional, que
á continuacion insertamos, da una muestra evidente de
las cualidades del orador que nos ocupa, y de sus prin-
cipios como político. En él resaltan su erlldicion, su ra-
ciocinio, su método en la esposicion de las ideas, la cla-
ridad y la llaneza de su estilo.


Elevado más adelante al episcopado de Guadix, ne-
góse el Papa á confirmar su eleccion, y fué perseguido
más tarde como revolucionario y jansenista.


Nadie, sin embargo, podrá negar al Sr. }luiíoz Tor-
rero honradez y bondad de corazon, y buena fé y con-
viccion en las doctrinas que profesaba.


El Sr. lUuñoz Torrero, verdadero patriarea del par-




MU.\OZ TORRERO. 39
ti do liberal de España, representa una noble y respeta-
ble figura en el agradable cuadro de los legisladores de
Cidiz.


Discurso pronunciado en defensa de la soberanía nacional.


«Permítaseme, como á individuo de la comision, fijar el estado
de la cueslion presente, porque veo que se estra vía demasiado, y va
degenerando en varias especulaciones ú ideas vagas é indeterminadas,
que no pueden servir dA base á nuestros razonamientos. El Sr. Pre-
sidente ha mirado la cuestion bajo su verdadero aspecto, citando los
fueros de ~avarra, de los cuales consta que aquel reino ha ejercido
siempre el derecho de establener sus leyes, y de oponerse á las órde-
nes del gobierno cuando hallahiln que eran contra fuero.


nAquí se ve que los reyes no tienen en Navarra la plenitud de la
autoridad suprema, puesto que no pueden por sí solos dar y publicar
las leyes: este es hecho conocido allí por todos, y no es una teoría ó
especulanion Iilosófiea. Las cúrtes, antes de entrar en su carrera po-
lítica, creyeron de su deber empezar haciendo una protesta solemne
contra las usurpaciones de ~apoleon, declarando la libertad é inde-
pendencia y soberanía nacional; y que por consiguiente era nula la
renllnciü llecha en Rayana, no solo por la violencia que intervl~no en
aquel acto, sino prinCI}Jatmente por la falta del consentimiento de la
naClOn.


nEste paso se considerú entonces absolutamente preciso para que
sírviese de cimiento á las ulteriores providencias, cuya fuerza legal
dependia de la autoridad legítima de las córtes, convocadas de un
mojo estraorrlinario y nuevo en España, por exigirlo así la salvacíon
de la patria, quo es la suprema ley ii la que deben ceder en todos los
casos cualquiera otras consideraciones ó intereses particulares. Na,
poleon, sl1poniendo que todos los derechos de la nacion pertenecían
única y privativamente á la familia real, obligó á esta á renunciarlos,
y en virtud de este hecho solo pretende haber adquirido un derecho
legítimo á dar~os una constitucion y á establecer el gobierno de Es-
paña, sin contar para nada con la voluntad general.




40 Dlscunso pnONUNCIADO
)lAhora, pues, pregunto yo: ¿será oportuno repetir al principio


de nuestra constitucion la espresada protesta, y declarar del modo
más auténtico y solemne que la nacion española tiene la potestad so-
berana ó el derecho supremo de hacer sus leyes fundamentales, sin
que se le pueda obligar de ninguna manera legitima á aceptar el go-
bierno que no crea convenirle? Entiendo que es de la mayor impor-
tancia hacer esta declaracion ¡le los espresados derechos, cuya de-
fensa es el grande objeto de la lucha sangrienta en que e"tamos
empeñados, y el medio más legitimo de defender los que correspon-
den al Sr. D. Fernando VII, reconocido y proclamado rey de España
por toda la nacion. En una palabra, el artículo de que se trata, redu-
cido á su espresion más sencilla, no contiene otra cosa sino que Na-
poleon es un usurpador de nuestros más legítimos derechos: que ni
tiene ni puede tener derecho alguno para obligarnos á admitir la
constitucion de Bayona, ni á reconocer el gobierno de su hermano,
porque pertenece esclusívamente á la nacion española el dereeho su-
premo de establecer sus leyes fundamentales, y determinar por ellas la
forma de su gobierno.


»Desdc luego se echa de ver que aquí no hay teorías ni hipótesis
filosóficas, sino una esposicion breve y clara del derecho que han
ejercido nuestros mayores, con especialidad los navarros y aragone-
ses. Para espresar que la nacion no puede ser despojada de este de-
recho ~oberano, por ser un elemento constitutivo de ella en calidad
de Estado libre é independiente, se dice que le pertenece esencialmen-
te. Un Estado se llama libre cuando es dueño de sí mismo, y tiene el
derecho de hacer sus propias leyes, sin que se le pueda precisar á
obedecer sino á aquellas que haya consentido. Así es que el art. 3.°
no es más que el desenvolvimiento ó una consecuencia nocesaria
del 2. 0


»En cuanto al E'jercicio de este supremo derecho ó soberanía, ya
se previene en el capítulo III del título I1, que la potestad de hacer las
leyes reside en las córtes con el rey, y en este solo la de hacerlas
ejecutar, porque el gobierno de la nacion española ha sido siempre
una monarquía model'ada; y no hubiera podido serlo si el ejercicio
de la autoridad suprema perteneciese esclusivamente al rey.


llLa comision, para esponer estas máximas conocida::; y observa-




POR EL SR. ~!TJr::OZ TORRERO. 41
das por nuestros mayores, ha seguido religiosamente el espiritu de
las antiguas constituciones de los diferentes reinos ó provincias que
componen la Península, á fin de manifestarlos á todos y dar á la na-
cion entera una misma ley fundamental. Pues cesen ya las vanas de-
clamaciones, y no se vuelva á oir en este recinto que se quieren in-
troducir teorías filosóficas é innovaciones peligrosas.


¡)Nosotros no hemos hablado una palabra del orígen primitivo de
las sociedades civiles, ni de las hipótesis inventadas en la materia por
los filósofos antiguos y modernos; solo hemos tratado de restablecer
las antiguas leyes fundamentales de la monarquía, y declarar que la
nacion tiene derecho para renovarlas y hacerlas observar; tomando
al mismo tiempo aquellas oportunas providencias y precauciones que
aseguren de un modo estable y permanente su entero cumplimiento
para que no volvamos á caer en los pasados desórdenes.


»Sin embargo de ser esta doctrina tan evidente, se ha dicho aqui
que la soberanía reside originaria y radicalmente en la nacion; pero
que por la institucion misma de la monarquía el pleno ejercicio de
los poderes que constituyen aquella pertenecia al rey. A esto respon-
derán los navarros que sus córtes ejercen la potestad legislativa
cuando consienten en el establecimiento de nuevas leyes; suspenden
en varios casos la publicacion de las cédulas y órdenes del rey, y de-
cretan las contribuciones ó sea donativos. Otro tanto dirán los ara-
goneses respecto á sus antiguas córtes, como se demuestra por la
fórmula usada para la publicacion de las leyes: el rey, de voluntad
de las córles, establece y ordena.


nEl Sr. Inguanzo ha preguntado si en esta cuestion podia hablar
con libertad, porque no tratándose de verdades reveladas, parece que
no se le debe privar del derecho de esponer su dictámen en una ma-
teria puramente política. A esta pregunta responderé con otra. Un
diputado ¿podrá en el congreso impugnar el gobierno monárquico
que la nacion ha establecido y que quiere conservar? Digo que no se
debe hablar aquí contra la institucion de la monarquja, aunque la
conveniencia de este gobierno para la España no sea una verdad re-
velada, y otros Estados antiguos y modernos hayan adoptado la forma
democrática ó aristocrática.


nLa naCÍan tiene el derecho de establecer sus leyes fundamen-




42 DlSCl'RSO i'P,O:'\U:-<CTADO


tales, y habiendo escogido desde los tiempos más remotos la monar-
quía templada, no es lícito á un diputado votar contra la voluntad
nacional manifestada en la presente época de la manera más ~ública
y solemne. Pues esto mismo deberá decirse del decreto del dia 24 de
setiembre, que es una declarado n del supremo derecho que la nacion
juzga pertenecede, y cuyo decreto ha sido consentido y aprobado por
todas las pl'Ovincias, tanto de la Península como de la América. El
artículo que se discute no hace más que repetir esta misma decla-
raciono


))Dispútese muy en hora buena sobre los términos en que está COIl·
cebido el artículo, y háganse las variaciones que se crean más opor-
tunas para cspresar con más exactitud y precision la idea principal;
mas ya no ¡meue ponerse en duda la soberanía nacional, porque este
es un derecho declarado por el único juez legítimo, que es la misma
nacion, y cuya voluntad general debe ser nuestra regla en este ne-
gocio, así como en todos los demás que interesen á su conservacion
y seguridad.


)Ayer dije que me serÍü fácil responder á los argumentos con
que el seilor obispo de Calahorra se propuso probar que en los pri-
meros sigolos de la Iglesia se hahia creido que la potestad de los reyes
traia su origen inmediato de solo Dios) y no de la yoluntad de las
naciones; y para esto cité á San .luan Crisóslomo) que en la homi-
lía 23 sobre la carta de San Pahlo á los romanos, esplica con cla-
ridad la doctrina del apóstol. El Sr. Lera trae eopiadas en parte las
palabras de dicho padre, y me parece oportuno leerlas (leyó). Con-
tinúa el mismo santo diciendo que Dios es autor del órden; y no
pudiendo este conservarse en la sociedaij sin ulla autoridad pública,
quiere que se establezca en ella. Sigue más adelante, y propone el
f'jemplo rIel matrimonio, que ha sido instituido por Dios mismo, y
con loclo es un contrato libremenle hecho entre las personas que le
cclebran.


nDe aquí se infiere que Dios es autor de potestad pública, por-
que lo es de la sociedad y del órden que debe reinar en ella; y esta
es la !'azon por quÁ en el proyecto se invoca el nombre de Dios como
autor y supremo legislador de la sociedad. As! con una sola palabra
se desechan todos los vanos sueños 6 hipótesis inventadas por algunos




POR EL SR. HG~OZ TORRERO. 43


filósofos para dar razon del orígen y condicion primitiva de los hom-
bres, á quienes suponen en un estado salvaje ó de ignorancia y bar-
barie. Pero este no es el estado primitivo y natural del hombre, que
fué criado para la sociedad, y educado por Dios mismo, que fué su
maestro.


nDije tambien que el discurso del señor obispo de Calahorra con-
tenia algunas contradicciones, ent¡'e las cuales referiré dos que tengo
presentes. Despues de haber pretendido probar con los padres de la
Ig'lesia que la potestad de los reyes pro venia inmediatamente de Dios
solo, nos habló largamenl.e de los dereehos del hombre, del origen
primitivo de las sociedades, y dijo que la autoridad real habia sido
eslableeida por el consentimiento ó convenio de los mismos hombres.


llPor último, propone como máxima cierta que la soberanía re-
side esclusivamente en nuestros reyes, y sin embargo pide que las
córtes pongan á la autoridad real aquellas restricciones ó trabas que
parezcan más oportunas para evitar el despotismo. Pero si la sobe-
ranía pertenece eselusivamentc al rey de España, ¿qué derecho tienen
las córtes para poner trabas ó restricciones al ejercic:io de la potestad
real? Lo lIlis podrian hac:er representaciones al rey; mas de ninguna
manera ejercer derecho alguno para limitar su autoridad. Esta es una
contradiccion manifiesta, y la que no es posible evitar cuando se re-
husa reconocer la soberanía de la nacion, y por otro lado se pretende
restablecer particularmente las constituciones de Aragon y de Navar-
ra, por las cuales no se concede al rey la plenitud de la potestad le-
gislativa.


llConcluyo, pues, pidiendo que se apruebe el artículo, que se re-
duce únicamente a hacer una protesta solemne contra las usurpacio-
nes de Napoleon, y á declarar que la nacion española tiene el deredlO
eselusivo de establecer sus leyes fundamentales. lIé aquí el punto de
vista bajo el (mal quisiera que se mirase la cuestion, y uo bajo un
aspecto odioso, contrario á las sanas intenciones de la comision.))






ARGÜELLES.


Si hubiera de juzgarse á los oradores parlamentarios
por la fecundidad de su palabra, por la facilidad de su
espresion, por la variedad de sus conocimientos, ningu-
na nacion podria presentar un orador más acabado, más
perfecLo que D. Agustín Al'güelles.


Ni en el parlamento español ni en ninguno de los
eBtranjeros se hJ. levantado nunca un orador más verbo-
so, más espontáneo, más general, más fácil y más fe-
cundo que el célebre orador de las córtes de Oádiz, cuya
biografía vamos á dibujar á grandes rasgos.


Lo elevado de su estatura, la viveza de sus ojo:;;, lo
suelto de sus ademanes, lo noble y espresivo de su figu-
ra y hasta su poco agradable rostro, daban mayor real-
ce :'t sus ~ualidades oratorias, prestando á sus discursos
la espresion y la elocuencia de que esencialmente ca-
recian.


Dotado de una memoria privilegiada, de una varie-
dad de conocimientos inconcebible á sus cortos años,
de una erudicion vasta y confusa, de una ilustracion
nada vulgar, conocedor profundo de la ciencia política
que tuvo su cuna en la revolucion francesa, enterado á
fondo del mecanismo del gobierno parlamentario inglés,





46 ARGÜELLES.
vivo en sus afectos, dominado por las ideas reformado-
ras, ávido, en fin, de fama y de renombre, por precision
debia sobresalir D. Agustín Argüelles entre los <liputa-
dos de las córtes generales y estraordimrias, donde la
discusion contínua, la libertad y animacion de los deba-
tes y lo crítico y solemne de las circunsr,ancias, motivos
eran para que brillasen hombres que, como el diputado
por Asturias, poseian las aventajadas dotes de político y
de orador.


Así fué en efecto. Desde la primera sesion distinguió-
se Argüelles como argumentador ingenioso, como orador
fácil, como consumado político y hombre <le gobierno,
si bien en ninguna de sus peroraciones no1jabanse eso'3
rasgos de verdadera elocuencia, hijos de una imagina-
cion ardiente ó de un corazon apasionado.


Pecó, por el contrario, D. Agllslin de poco lógico
en sus arengas, de falta de método en la esposicion de
sus i<leas, y de poca fuerz;a y exactitud en sus argumen-
tos. Levantábase por lo comun á hablar sin haber medi-
tado bien la materia de que iba á ocuparse, y confiado
en su afluencia prodigiosa, peroraba sin plan, y era por
consiguiente difuso y destartalado en sus peroraciones.


Brillaba, aunque pocas veces, por lo sentido de sus
frases, si bien para arreb:1tar á sus oyentes faltábale
imaginacion, no siendo por lo mismo sus imágenes no-
tables por la viveza ó por la hermosura.


El metal de su voz, agradable y Ronora, escepto
cuando se acaloraba, que era chillona y desapacible,
daba cierta entonacion y realce á sus discursos, por lo
general acompasados, frias y monótonos, como diserta-
ciones académicas.


Desde las primeras sesiones, como ya hemos indica-
do, adquirió A1'güelles la palma de primer orador, di s-




ARGÜELLES. 47
putada en un pr-incipio por sus compai"íeros ll"Iejia, Gar-
cía Herreros, GulielTez ele l(L Huerta é Inguanzo, ora-
dores, en verdad, tan elocuentes, pero muy inferiores
al diputado asturiano en conocimientos políticos, en fa-
cilidad y en afluencia.


Solo hojeando las Actas de las cortes de Cádiz se
comprende hasta qw'~ grado poseia Al'güelles estas últi-
mas cualidades. Rarísima era la sesion en que su VOJl; no
resonase para tratar de toda clase de asuntos, haciendo
alarde de una variedr.d de instruccion, de una generalidad
de cOllocimientos que sus mayores enemigos no podian
menos de admirar y respetar á la vez. Así es que se le
veía terciar en cliscusiones canónicas con los eclesiásti-
cos más instruidos, sostener puntos de derecho con j u-
risconsultos famosos, y ocuparse con igual lucimiento en
materias políticas, administrEttivas, rentísticas y mili-
tares.


Con cualidades tan superiores á todos sus compai"íe-
ros, fácil le fué al jóven orador de Asturias dar el tono
en un principio á una asamblea inesperta y desorgani-
zada, y arrastrar á la mayoría hacia el lado que más le
interesaba, imponiéndole sus opiniones y hasta sus ca-
prichos.


Desde el primer debate formal de las eórtes de la isla
SOJi'G la libertad de imprenta, ó más bien sobre la abo-
licion de la prévia censura, ya se echaron de ver el
prestigio y la importancia de Argiielles; pues merced á
sus discursos votósc 1;::. imprenta libre por considerable
mayoría, á pesar de la tenaz oposicion del partido anti-
reformista.


y no es que aquellos primeros discursos de A1'giie-
lles fuesen muy notables, ni muy convinc.:ontes y sólidas
sus razones, sino que agradabr. sobremanera oir por pri-
~/,,¡;,_.-....,",


" ... ~1)11 .. ;"-,
(' ... ". -." .. ~':.


;t,.




48 ARGÜELLES.
mera vez en España tratar en público una cuestion se-
mejante, y oirla sustentar como lo hacia Argüelles con
copia de erudicion, con cierto desenfado y desusada osa-
día en el estilo, con frases animadas, en tono declama-
torio y con modales, si bien decorosos y mesurados, más
del trato del mundo y más espresivos é insinuantes que
los empleados en el púlpito ó en los tribunales, únicos
puntos donde hasta entonces habian oido hablar ante
una numerosa concurrencia los españoles.


No hay duda en que la forma influia en el público
tanto ó más que la sustancia de aquellos debates, y que
los ademanes, el tono y el estilo causaban en los espec-
tadores acaso mayor impresion que las ideas y pensa-
mientos, por nuevos y atrevidos que fuesen.


El aspecto del salon, la forma teatral en que se pe-
roraba, la animacion de la cámara, la vista pintoresca
que formaban los representantes del pueblo por sus di-
versos trajes, todo esto era una gran novedad para el
público, que habria de entusiasmarse y simpatizar ne-
cesariamente con quien representase su papel en aquel
teatro político con más desembarazo, con más propie-
dad, con más perfecciono Y como Argüelles era por sus
modales, por su declamacion, por su soltura y serenidad
un orador d;~ parlamento, al paso que casi todos sus
compañeros rliscutian conio académicos, leyendo unos
sus discursos, ó perorando otros sin ademanes, y con ese
tono reposado y frio, y en ese estilo llano y familiar,
usado en amistosas y científicas conferencias, de aquí el
que arrancase con frecuencia entusiastas aplausos á las
galerías, y que dominase sin rival entre sus admirado-
res y envidiosos.


Colocado Argi¿elles al frenie del partido liberal, á su
iniciativa se debieron las principales reformas introdu-




AHGÜELLES. 49
cidas en la política de España, y la formacion del famo-
so código de Cádiz, que defendió tenaz y brillantemente
como el individuo más importante de la comision que lo
redactára.


Empapado D. Agustin en las doctrinas político-filo-
sóficas, tan en boga en Francia en 1789, estribaban las
reformas por él iniciadas, y sobre todo la Constitucion
de 1812, en el exagerado desarrollo del elemento demo-
crático, gérmen de su ruina y su descrédito, si bien tan
perniciosos principios hallábanse mezclados con buenas
miximas de gobiúrno, proclamadas por la escuela ingle-
sa, de la que Al'güelles fué constante panegirista y sec-
tario fervoroso.


Muchos y notables fueron los discursos pronunciados
por él en t1efensa de la Constitucion y en cuantas discu-
siones importantes se suscitaron en las córtes de Cádiz,
primera época <lel gobierno representativo de España y
la más envidiable y gloriosa de la vida parlamentaria de
Al'güelles.


Como quiera que ,este diputado por sus ideas libera-
les, por su prestigio en la cámara popular y por su fama
de orador y hombre de gobierno representa ó mas bien
simboliza á las córtes de 1810, solo en aquella epoca
principalmente debemoEi juzgarle. Entre sus numerosos
discursos de aquel tiempo merecen particular mcncion
los pronunciados en defensa de la libertad de imprenta,
en contra de los señoríos y de la Inq uisicion, y en pró
de una sola cámara.


Pero el discurso que más aumentó la fama de A1'-
güelles y remontó hasta lo infinito su reputacion de ora-
dor parlamentario fué el pronunciado en defensa de aque-
llas mismas cortes, atacadas bruscamente por el diputa-
do Vera y Pantoja, instrumento inocente del bando


4




50 ARGÜELLES.
reaccionario que, débil por su número y sus talentos,
trataba de soliviantar la opinion pública contra la cáma-
ra popular, ya por medio de manifiestos denigrat;vos, ya
con discursos y proposiciones alarm:mtes como la que
motivó aquellos debates.


A D. A[justin Argüelles, como el primer orador y
jefe de la acusada mayoría, tocaba principalmente salir
á la defensa de las córtes, y así lo hizo en un largo dis-
curso, que insertamos á continuacion, no porque sea el
mejor de los que pronunció en su larga vida parlamen-
taria, sino más bien porque fué una cumplida vinuiea-
cion de la conducta de las córtes de Cá<liz, y por consi-
guiente de la suya propia como jefe y director, y sobre
todo porque á él debió el orador de Asturiai'< el sobre-
nombre de divino con que desde entonces le apellidaron
sus parciales y admiradores.


Si se examinan los eliscursos elel SI'. LÍl'[j üelles en
aquella época, se verá que torlos ellos pecan (le la forma
académica y del estilo razonador y frio, propios (le un
congreso (lL1e mas tenia ele junta ó concilio que de par-
lamento. Así es que, á pesar elel inmenso número de sus
peroraciones é improvis¡:wiones, apenas se encuentra en
ellas un periodo, une1- frase que indi(l ue al orador parla-
mentario, al oradO!' de las asambleas modcrnas, de ('11-
tonacion elevada, de pensamientos atrevidos, de imáge-
nes brillantes yarl'chatadoras.


Cuando mas, solo se nohn en sus arengas lle enton-
ces algunas frases Iutl'iótieas y atreviebs, hijas del en-
tusiasmo por la independencia nacional que en todos los
corazones rebosaba, como las siguientes: «No olvidemos
nunea lo que respondió el senado de noma it las propo-
siciones de Aníbal: Sal de nuestro tel'l'itorio, y enton-
ces trataremos contigo.»




ARGÜELLES. 51
y mas adelante: «Mientras haya españoles habrá


quien pelee por la libertad; habrá quien haga la guerra
al tirano. Las provincias están prontas á sacrificarse con
gloria antes que sucumbir á la ignominia de ceder. Esta
disposicion subliele es característica de los españoles.
Ellos defenderán constantemente su independencia, y
cuando solo quedase un español, ese clamada en el mo-
mento mismo de espirar por la libertau de su patria. »)


El uso ue las prácticas parlamentarias, los estuuios
sobre el mecanismo de los gobiernos representativos, y
acaso más que todo el aprenuizaje de las costumbres
políticas de otros paises, hecho por los liberales en sus
forzosas emigracicmes, dieron á las córtes de la segunc1a
época constitucional, y señaladamente á los estamentos
de 1837, ese tinte de parlamentarismo, ese carácter de
asambleas deliberantes, ese aspecto de cuerpos políticos
de que carecieron las córtes ue 1812. Así es que el mis-
mo A1'güelles, al aparecer como ministro de la Goberna-
cion en 1820, no era ya el antiguo uiputauo por Asturhs,
el raciocinauor tranquilo, el razonauor metódico, el dis-
cutidor acompasado, de estilo sencillo, de entonacÍon fa-
miliar, de erudiciol1 empalagosa, sino el moderno dipu-
tado, fogoso, declamador, poético y elocuente.


V óase, en prueba de e!lo, cómo se espresaba AJ'-
güeUes en la célebre sesion del 7 de setiembre del ci-
tado al1o, conocida por la de las páginas, en la cual,
aconsejando á los impacientes que trataban de introdu-
cir en el gobierno la anarquía y la revobcion, esclama-
ba: «Las convulsiones populares no son una cosa nueva;
y la esperiencia debe haber demostrado á los más ilusos
que las convulsiones políticas devoran como Saturno á
sus propios hijos.»


Censurando en otra ocasion la conducta de Riego que




52 AB,GÜELLES.
queda poner su esplda sobre la cabeza del gobierno y
sobre la misma Constitucion, prorum pía con acento de
noble indignacion 6 independencia: « ¡Quél ¿No hay más
valor que el militar?»


» Ciudadanos hay que han sabido acreditarlo en cala-
bozos, no desmintiendo jamás la dignidad de su inves-
tidura.


)¡No puede disputarse el valor cívico de los que ac-
tualmente componen el gobierno. Ya han acreclitado su
entereza y que no les arredran las amenazas, porque así
como han arrostrado con pecho firme los mayores peli-
gros, sabrán morir por salvar su patria. Si seis años han
aguardado con firmeza una muerte ignominiosa, tendnln
el mismo valor para arrostrar la que les cubriria de
gloria. .


y más adelante: «¡Pero hablar de transacciones!
¿Qué significa esta palabra? ¡Cómo! ¿Cuándo un gobier-
no ha transigido con un súbdito? Indigno seria de gober-
nar á una nacion grande, ú la nacion española, el que
transigiera con un individuo. ~


i Qué diferencia de estilo y de entonacion con la
usada en sus discursos en las córtes extraordinarias
de 1812!


A esa misma altura de orador político, de orador par-
lamentario, vemos al S1'. Al'güelles en las importantes
discusiones en que tomó parte en los congresos de 1820
á 1823, en los cuales no usó de la palabra con la fre-
cuencia que en las córtes de Cádiz, ni tuvo en ellos la
autoridad y el prestigio antiguos como orador, cuya pal-
ma le arrebataron Jlal'tine% de la Rosa, Toreno, Galia-
na, y algunos otros diputados nuevos en el estadio del
parlamento.


Sin embargo, en las grandes ocasiones, en los mo-




ARGÜELLES. 53
mentos más críticos y solemnes la palabra y la autoridad
de Al'güelles eran respetadas y obedecidas, imponiendo
sus opiniones á la mayoría de aquella cámara popular,
más desorganizada é independiente que la de 1812, y
elevándose como orador á la altura de los más distin-
guidos.


Notables fueron entonces sus discursos en defensa del
proyecto de ley para refrenar las sociedades patrióticas,
y rebatiendo una proposicion sobre el punto, tan debati-
do entonces, de que los diputados no pudieran recibir
empleos ni merced alguna de la corona hasta dos años
despues ~e cerradas las córtes en que hubiesen tomado
asiento. Echase de ver en ellos al hombre de gobierno,
al político previsor, al orador moderado y juicioso que
aconseja con razones fundadas en ~a esperiencia el ver-
dadero camino que debe seguir la revolucion, pero no al
orador elocuente y fogoso que arrastra á la mayoría de
una cúmara con un pensamiento atrevido, con una imá-
gen seductora.


Los principios de órden que sustentaba Al'güelles
como jefe de los ministeriales enajenáronle su antigua
popularidad, decayendo su prestigio entre los impacien-
tes reformadores, cuyo partido capitaneaba Alcalá Ga-
liano desde el primer dia en que abrió los labios en
aquel impresionable congreso y vertió á torrentes su elo-
cuencia tribunicia y arrebatadora.


Sin embargo, Argüelles no era en realidad modera-
do ni realista, corno entonces se llamaba á los que de-
fendian el órden; era, sí, lo que ha sido toda su vida: un
constitucional severo é inflexible que no tenia más ídolo
que el Código de 1812, y que proclamaba su estricta
observancia aunque ella fuese causa del menoscabo del
trono y de los escosos de la libertad.




54 ARGÜELLES.


No obstante, no dejaba el tenaz doceafíista de mirar
con ojos de envidia la preponderanci'1 del demagogo
Galiano, y ávido de compartir con él los aplausos de la
muchedumbre y el favor de los revolucionarios, no titu-
beó en cambiar su papel de orador modera(~o por el de
agitador de la plebe.


Con este carácter le vemos ya en las célebres sesio-
nes de 9 y 11 de enero 1823, proponiendo y apoyando
con Galiano la traslacion del gobierno á Sevilla, y pre-
parando y llevando á cabo despues en esta ciudad el
temporal y ridículo destronamiento de Fernando VII,
en cuyos memorables debates arrancó entusiastas aplau-
sos, haciendo uso por primera vez de esa elocuencia tri-
bunicia, de esas ideas demagógicas que, más que por
su brillantez, por su atrevimiento causan tan viva imprc-
sion en los oidos de la plebe.


Aplaudíale esta con freneSÍ, cuando anatematizando
la proyectada intervencion de las potencias del Norte la
calificaba de una injusticia todavía más illülme que la
del mismo Napoleon, aüadiendo: « y lo digo con tanta más
lihertad, cuanto que fuí en mi pequeüez un enemigo de
Bonaparte, y le hice cuanto darlo pude; pero á lo caste-
llano, cara á cara.))


Iguales aplausos arrancaba en la sesion de 23 de
mayo del mismo año, abogando por la resistencia á la
invasion francesa, y esclamando: « Si la nacion por Sl1
propia voluntac1 quisiera rendir la cerviz á sus opreso-
res, en todo caso hágalo sin participaeion de sus repre-
sentantes. Por lo que á mí toca, mientras estos labios
puedan pronunciar una sola palahra, será la de sostener
á todo trance unidas la independencia y la libertad. ))


y más adelante: «Se afecta por nuestros enemigos
que S. M. no está libre. S. M. lo está tan completamen-




ARGÜELLES. 55


te, que solo puede decirse con propiedad que si le falta
alguna libertad es únicamente para hacer mal .... »


Por lo que dejar:.l0s trascrito, Al'güelles aquí no es ya
el radical inglés, ni el enciclopedista de Francia, ni el
filósofo de las córtes de Cádiz, sino el declamador inten-
ciollado, el demagogo, el tribuno de 108 tiempos moder-
nos que sacrifica el ónlell á la popularidad, la justicia,
la moeleracion y la conveniencia á la vanidad, a la lison-
ja y {t los aplausos de la muchedumbre.


Huwlido el gobierno representativo en 1823, perma-
neció Argüelles en la emigracion hasta que, amnistiado
1)01' la reina o'obernadora en 18:33 reOTesó de Ino laterra <:) '<:) \:)
á ocupar en la política española el elevado puesto que
por su mérito, sus desgracias y sus servicios le corres-
pondia.


Siempre h:1n sido el tiempo, los desengaños y la des-
gracia los mejores consejeros del hor~lbl'e, y á tan bue-
nos maestros debieron los liberales emigrados en 1823
la moderacíon ele sus antiguas ideas exaltadas, la solidez
y corclura de sus principios políticos, la marcada tras-
formacion en su lenguaje y aspiraciones con que se pre-
sentaron ele nuevo en la escena política al inaugurarse la
tercera época constitucional. J.1Ial'tinez de la Rosa, To-
TeIlO y Gal'clly, liberales moderados al emigrar, regre-
sakm ahora haciendo alarde de retroceso y monarquis-
mo. 1stú1"iz, Galiano y el dz¿que de Rivas, demagogos
en 1823, se afiliaban en 1835 en el partido moderado,
manifestando así que no en balde habian pasado para
ellos el tiempo, los desengaños y la desgracia.


Solo AJ'güelles dejó de someterse á su natural influ-
,io; solo él desoyó sus consejos, despreció sus lecciones.
Vol vió, pues, ú la península el antiguo y famoso orador
de las córtes de Cádiz, con su inflexible constituciona-




56 ARGÜELL~.
lismo de lR12, con sus tendencias revolucionarias de
1820, con su carácter suspicaz y desconfiauo, con la pre-
vencion, si no ojeriza, con que aparentaba mirar siempre
á los reyes.


Guiado por estas añejas cualidades, dominado porsu
primitivo e impaciente espíritu innovador, aconsejado
de sus instintos democráticos, hallámosle en el estamen-
to de procuradores alIado y casi capitaneando á los más
fogosos y exigentes, como Lopez, Cctballero, Trueba y
Cosío y conde de las Navas, pidiendo ilimitados dere-
chos y garantías populares, abogando rencorosamente
por la rebaja de los presupuestos de la casa real, censu-
rando con saña la conducta de la córte de Roma y exi-
giendo la reforma del reglamento en menoscabo de las
prerogati vas de la corona y de la jurada observancia del
Estatuto.


En aquella época soñaba Al'güelles como ha soñado
siempre, con.la restauracion del Código de Cádiz, obra
en su concepto perfecta y acabada, y á la que ha tribu-
tauo siempre un cariño extremado, una iuolatría ciega,
disculpables como prouucto de su vanidad de autor, de
sus afecciones de padre.


Cuidadoso como nunca de su popularidad, avaro como
el que más de los aplausos de la plebe, sostenia en las
épocas á que nos referimos todas las cuestiones de par-
tido, todas las reformas más revolucionarias, todos los
principios más democráticos y desorganizadores. Así le
vemos prestar su apoyo á la c1esamortizacion, anárqui-
camente planteada por Mendizabal, y atacar violenta-
mente al ministerio presidido por Mal'tinez de la Rosa
á consecuencia del tmtado de ElUot, aconsejado única-
mente por el orgullo del partidario, por la vanidad del po-
lítico, por sus compromisos de sistemático oposicionista.




ARGÜELLES. 57


En el largo y violento discurso pronunciado por el
Sr. Argüelles cn tan encarnizados debates, tuvo un
rasgo de verdadera elocuencia, de esa elocuencia tribu-
nicia que tanto agrada en los parlamentos, el más poé-
tico y brillante que se encuentra en sus numerosas pe-
roraciones, y que si bien no habla muy alto en favor de
sus ideas humanitarias, revela imaginacion, erudicion y
buen gusto oratorio. H6 aquí sus palabras: «Por lo de-
más, yo bien sé qt1e muchas veces la misma severidad
evita que se derrame más sangre, y no me he olvidado
de que Bruto se cubrió con la toga para no ver correr la
de sus hijos, necesaria en la república para evitar ma-
yores males.»


Sin embargo de estas pequeñas ráfagas de elocuen-
cia, su rcputaeion de orador desmereció notablemente
en esta última 6poca, no comprendiendo muchos al oirle
cómo habia adquirido tanta fama y renombre en tiempos
pasados sin poseer dotes y cualidades que justificasen, ni
con mucho, su general nombradía, su dictado de divino.


La esplicacion de este fenómeno es fácil y clara. Por
un:t parte los afio s y los achaques debilitaron natural-
mente el ardor de su imaginacion, la viveza de sus mo-
vimientos, la cntonacion de su palabra. Los defectos de
su oratoria aumentaron con la edad; así es que en algu-
nos de sus últimos discursos era por demás difuso, mo-
nótono, prolijo y desbarahustado.


Por otra, y es la causa principal, la ciencia política
y el buen gusto en materia de elocuencia se han desar-
rollado sobremanera en la moderna sociedad, al paso
que en 1812 eran las lides parlamentarias un espectáculo
enteramente nuevo para el público, que acudia á ellos
sin reglas y sin práctica, y era muy fácil seducirle y
fascinarle.




58 DISCURSO PRONUNCIADO
Además, Al'[Jüelles entonces en que no habia cos-


tumbre de perorar en público, en aquellas córtes en que
los más de sus representantes en un principio escribian
sus arengas y las recitaban como si fuesen memorias ó
disertaciones, pudo y debió conseguir fácilmente su in-
mensa reputacion de orador, que por necesidad tenia
que quedar oscurecida en los tiempos modernos ante un
público acostumbrado ya á la verdadera oratoria parla-
mentaria, y en parlamentos donde tanto han abundarlo
los oradores de imaginacion más brillante, de palabra
tan fácil como la suya, y de elocuencia más ardiente y
desl umbraclora.


Á pesar de todo, D. Agnstin A1'[jiielles ocupará siem-
pre una gloriosa página en los anal e,., parlamentarios de
nuestro pais, y servirá de modelo como lwmbre honra-
do, político consecuente y ciudadano modesto y vir-
tuoso.


Despues de una larga carrera parlamentaria, en la
que desempeüó el ministerio de la G obe1'11<1cion, y pOl'
dos veces la presidencia de las eórtes, rué elevado al
alto y delicado puesto de tutor de 8 .. M. Y A., ¡x~jando
al sepulero á los 68 aüos (le edad, sin Ulla banda; sin
una cruz, Siíl la menor insignia que indicase orgullo y
vanidacl, pobre de bienes cuanto rico de fama y (le
virtudes.


Discurso pronunciado en defensa de las córtes de Cádiz.


((~o necesito asegurar al señor preopinante que yo no me perso-
nalizaré. Creo haber dado pruehas de que lo repugna mi carácter.
Soy el primero á convenir, que por parte del Sr. Vera hay el mis-
mo celo por la causa pública que en todos los dem¡'ls señores dipula-




EN DEFE~SA DE LAS CÓRTES DE CÁDlZ. 59
dos. Cualesquiera que sean sus opiniones, son para mí muy respeta-
bles. La impugnacion que yo haga al papel que ha presentado deja.
cn su fuerza el espíritu patriótico que le anima. Estoy de él bien con-
vencido. Pero aunque se presenta al congreso bajo la firma de un
diputado; aunque el mismo Sr. Vera, escitado á esponer las razo-
nes que ha tenido para presentarlas, asegura que son suyas, el ca-
rácter del papel en el todo de sus circunstancias, y el añadir que las
ha estendido con arreglo á lo que tiene oido á sus amigos, y á otras
personas con quienes ha tratado sobre la materia; todo esto, digo,
me autoriza á examinarle con la libertad y desembarazo que convie-
ne á un diputado, que ve acusado públicamente al congreso á la faz
de la nacion por otro diputado. Señor, es triste y doloroso ver que
sea necesario hacer la defensa de las córtes. Aunque e,l señor dipu-
tado no lo crea así, cl preámbulo de sns proposiciones es una acu-
sacion formal contra cl congreso, hecha en sesion pública, provo-
cada la atenciOll y espectacion general.


))Scñor, no hayequivocacion, porque yo no hablo de lo ocurrido
antes dCl leer las proposiciones. Ni lo sé, ni me importa saberlo. Es
un hocho que so ha dado cuenta de este papel on sosion públiea, de
lo que yo me al~gro, porqne puntos do esta trascendencia deben dis-
cutirse y rosolverse con publicidad; además hay una resolucion del
congreso para que se discuta en público toda proposicion relativa á
poner en la regencia una persona real; véase la resolllcion. Prosigo.
«El papel del Sr. Vera concluye pidiendo que se inserte en las actas
su papel. En ellas tambien debe constar el juicio que hagan de su
mérito los diputados que le analizan. Todo el preámbulo de las pro-
posiciones va dirigido á apoyar la segunda de ellas. Y todo el papel
no tieno más objeto quo entregar el gobierno de España á un prín-
cipe estranjero,bajo el disfraz ele poner al frente de la regencia una
persona roal. El artiflcio con que está escrito el preámbulo; el estu-
dio con que se presentan hechos aislados, inconexos, resultados de
causas que preexistieron á la instalacion de las córtes; el singular
cuidado con que se habla de la desnudez del soldado, ele la pérdida
de plazas, de derrota de ejércitos, y de todo cuanto puede escitar
más el interés, y aun las pasiones ele los que lean este escrito ó sepan
su contenido, exige que se examine, que se desentrañe con toda es-




60 DlSCUllSO PllOl'iUi\"CIADO
crupulosidad un papel cuyas consecuencias, con la mejor huena fé
por parte del señor diputado qne le presenta, serian entregar el reino
á nuestros enemigos. Hablo siempre bajo la suposicion de estar au-
sente el rey.


nDice el preámbulo que las córtes no han llenado la espectacion
pública. Si esta se estendia á que se terminase en pocos meses una
guerra pOi' su natlll'aleza larga, difícil y tan arriesgada, que tal vez
la imprmlencia ó la inconsideracion hubieran acarreado un éxito mi!
veces más funesto, puede ser así. ¡Ah! jA. cuántos se oye maldecir
el gobierno porque no consigue victorias, que se reian al principio de
los que creian se podia resistir á los franceses! ¡Cuántos otros hay
que solo sienten que la lucha se prolongue tG.nto! Su lenguaje los
descubre, y Y9 los he conocido, cuando más creian ocultarse. Mús,
si la buena fé en reconocer cl estado de la nacion al cesar la última
regencia; si el juicio y cordura de los homhres sensatos y verdaderos
patriotas han de entrar á rectificar la opinion pública en esta parte,
la espectacion general no pudo tener aquella latitud.


nNada más natural que el que reclamc contra las desgracias el
que sufre el peso de ellas en su persona ó su familia; que se desen-
tienda y aun desconozca las verlladerds causas que la~ han acarrea-
do; los insLlper~Lles obstáculos que se oponen á su pronto remedio.
Pero nada es más de admirar q,¡e el qne un señOl' diputado, qne lo
conoce todo, que ha visto al congreso, de que es indil'iduo, afanarse
dia y noche en buscar medios, arbitrar recl1l'SOS, eX<lminar proyectos,
desvivirse, en fin, por hacer cuanto estaba de su parte para conse-
guir el objeto de su gloriosa reunion, haya condescendido en pre-
sentar contra las c(¡rtes una denllncia trel1lencla por torlas sns cir-
cunstancias, sin ofrecer comprobantes, sin declararse dispuesto á
hacer bueno el cargo sosteniendo la aeusacion, como debia esperarse
del aparato y estruendo con que se anuncian las proposiciones en el
preámbulo.


nEI señor diputado, (¡ se ha olvidado de cuanto ha ocurrido en
el congreso en sesiones públicas y secretas, ó no son suyas las pro-
posiciones. Yo creo esto último, porque para ello le he oillo lo bas-
tante, cuando dijo que sus amigos y otras personas, y varios impre-
sos, le han sugerido las ideas que contienen. Su coincidencia con la




El'i DEFE;,\SA DE LAS CÓR'IES liE CÁPIZ. 61
doctrina y deseos de algunos, manifestados en otras ocasiones fuera
del congreso, me seüala el rumbo que debe seguir mi impugna-
cion. Lo que yo aseguro, sí, al señor diputado, es que sin la instala-
cion del congreso, y sin Sil permanencia. basta el dia, esas plazas
perdidas de que habla el preámbulo que nos ha traido no hubieraIl
sido defendidas con tanta gloria. Esas derrotas de ejércitos tan exa-
geradas hubieran servido de pretesto para capitular con el enemigo;
esa desnudez del soldado, tan artificiosamente ponderada, no estaria
en parte cubierta con el lisonjero prospecto de una reforma que está
próxima á verillcarse bajo los ausllicios de una constitucion libre; en
una palabra, sin esas mismas córtes, que tan poco han correspon-
dillo á lo que esperaban de ellas los autores del preámlmlo, el pabe-
Han enemigo tremolaria hoy sobre los muros de Cádiz.


))Sin entrar en un exámen histórico de los sucesos ocurridos en
tiempo de la primera regencia, de un gobierno, digo, absoluto y sin
más freno que la buena voluntad de sus individuos, con un prelado
tan respetable al frente, IIlle como ya se ha dicho en otra ocasioll,
casi se le atribuian milagros sin córte~ que entorpeciesen ó espiasen
sus providencias; sin libertad de imprenta que censurase su conduda;
sin insurreccion de Aml~l'ica que distraj0se su atencion y disminu-
yese la fuerza necesaria en la Península; con ingresos cuantiosos que
llegaron de ultramar en diferentes ocasiones, sin haber acometido la
árdua empresa de contener el desarreglo y dilapidacion de los cauda-
les públicos y otros abusos de la administracion; sin entrar, repito,
en este exámen, debe tener entendido el señor diputado, que el pro-
gTeso inevitable de las desgracias que hemos sufrido, solo pudo con-
trabalancear la reunion de un cuerpo soberano, cuya fuerza moral y
cuyo influjo son muy superiores á lo que puede concebir el genio
mezquino y limitado de los que se dejen alucinar por los lugares co-
munes de que tanto abunda el preámbulo.


nAsí es visto tambien que no está el defecto en la falta de poder
absoluto por que tanto suspira el preámbulo. Sus autores se desen-
tíenden que á lo que acabo de indicar se une un hecho esencialísimo.
La primera regencia tuvo además á su favor por administradora á
una corporacion respetable por la opulencia personal de sus indivi-
duos, por la riquezu. del pueblo que los haLia nombrado, por el in-




62 DISCURSO PRONUNCIADO
memo crédito do que podia disponer. Hablo do la junta de Cádiz,
que habiendo hecho de tesorero mayor del primer consejo de regen-
cia, puJo sacarle de todos los apuros, ninguno de los cuales es com-
parable al menor de los que afligen en el dia al congreso nacional.
Túvose buen cuidado de deshacer el cOIlVenio que existia entre el
gobierno y lajunta de Cádiz, precisamente en el momento de insta-
larse las córtes.


))Privadas estas de aquel recurso, exhausto el erario de fondos,
carecienJo de ingresos de las provincias, acabadas las remesas de
América, y perdida hasta la esperanza de ulteriores socorros con el
progreso de la insurreccion, el congreso se vió envuelto en un caos
de dificultades y de urgencias. Fomentada, como se sabe, la rivali-
daJ y desunion entre los cuerpos y personas á que recurrian las c(¡r-
tes en solir;itud de préstamos y anticipaciones por la misma mano
oculta de que se vale el enemigo para lograr su 11n, fué imposible
pmporcionar medios para socorrer las necesidades públicas.


»La urgencia se aumentaba, como se aumcnta caua dia. Los re-
cursos se disminuian: fué inevitable acuuir á las reformas, á evitar
gastos poco necesarios. Este paso, por más útil que aparezca, es
siempre el más odioso, el que más descontentos produce, el que au-
menta los enemigos del gobierno que le intenta: y el señor diputado
que ha traido las proposiciones, testigo como yo del conflicto y
amargura del congreso al decretar estas reformas, y á que ha con-
tribuido oon su voto, no ve que es instrumento de los que no le quie-
ren bien, pues le precipitltrl basta el punto de que acuse al congreso,
porque es jnsto y severo á costa de su ternura paternal.


))Las provincias de acá y allá del mar no envian á Cádiz un solo
maravedí para atenuer á los gastos de la guerra. En Cádiz no cae
alguna lluvia de oro. Lo que producen sus ingresos no bastan ni con
mucho para cubrir las atenciones de este importantísimo recinto. La
penuria no iJay para qué disimularla. El preámbulo acusa de falta
de providencias al congreso. En las provincias, en América, en Eu-
ropa, es preciso que se sepa que atendidos los recursos de que pode-
mos disponer, es prouigioso cuanto se hace; y que el preámbulo es
una impostura dirigida á sorprende!' ti los que ignoran ó no pueden
conocer nuestra amarga pero gloriosa situacion. Es necesario que




El" DEFE~SA DE LAS CORTES DE CÁDlZ. 63
conozcan que nuestra resistencia es por tOllas sus circunstancias es-
traonlinaria: que cmtnlo S8 hace en Españ::t parece milagroso. Es
preciso quc conozcan que es debiclo ú causas de úrden muy superior á
las miserables ideas del preúmbulo. El amor á la libertad, el deseo
de la independencia, el ódio implacable de los pueblos á la domina-
cion estranjera, la alteza de los sentimientos de gloria y pundonor
de nuestros venlillleros militares; hé aquí el suplemento al défi'cit de
tt~sorería, que en vano se intentaria reemplazar con un príncipe es-
tl'anjel'o Ú la cabezCl. del gobiel'llo, revestido clel poder absoluto, que,
segun por tocios los poros llol preámbulo traspirCl., se intcIllCl. arran,
ear á la irwautil sem:il1ez de los dipulados.


))Pe1'o no anticipemos las ideas, Conviene no perder nunca de vista
el pOLler por que suspira el preámbulo en el gobierno. Lo que quiere
es un poder absoluto sin freno Cl.lguno que le contenga, cuanclo quie-
ra vellller á la mcion ú atropellar sus derechos. Dejemos la apología
del congreso; hág'anlu sus decretos y la série de sus resoluciones. Ni
loo autores del prcúmbu]o ni yo podemos ser jueces imparciales. La
mcion y 1:1 postcrichll juzgarún ú las córtes, cuando hayan cesado las
pasiones Llo la envidia y del údío, y las miras particulares de los que
prefieren la ruina Lle la patria á que se salve por medio de instittwio-
nes que detesta su comzon.


))Preriso es que entremo~ en el exámen de los principales puntos
del preúmblllo. La libertar! de imprenta, dice, ha producido muchos
111eJ.leo, ningnll bel1cflcio. Ha injuriado á pcrsonas respetables en toc]¡¡s
bs c!élses. XI) lny para qué reproducir lo que tantas veces se ha es-
puesto en la lmtcria. El ahuso es hijo de la impunidad, y esta está
promO\"ida con el objPlo ele haGe¡- odioso el establecimiento de la ley.
¿Quién ha ilbusal10 de ella? ¿Los que la promovieron y sostuvieron?
Seguramente no. Tal vez no han usado de ella en ningun sentido.
Pero los que la dC:iacl'editan y aborrecen no están en este caso. Re-
cuerde el congrcso, aunquc sea solamente los escritos dirigidos á des-
truir abiertamente la institucion de córtes. Compare la trascendencia
de sus escritos con las indiscretas declamaciones del autor del Robes-
pierre, quc olvidado qllizá por los que le persiguieron, yace medio podri-
do en una cárcel, sin que se sepa todavía el éxito de su causa, cuando
autores ele otra clase de libelos gozan de toda libertad y proteccion.




DISCURSO PRO:-¡U;-;CIADO


))Pero, y el daño ocasionado por la libertad de imprenta, ¿dónde
está demostrado en el preámbulo? ¿Bastan pequeños inconvenientes,
inscparables de todos los establecimientos humanos, para desacredi-
tar una medida que tiene por objeto la felicidad de una nacían, to-
mada en la latitud á que no alcanza la cortedud de génios limitados?
La libertad de imprenta es ciertamente incompatible con la impostu-
ra; rasga el velo y quita la máscara que encubre al hipócrita, al mal-
vado y al inepto: destruye las reputaciones usurpadus. En este senti-
do podrá ser un mal para el que vive á costa del misterio ó del en-
gaño; pero no para la nacion, que tiene el mayor interés en exami-
nar la conducta pública de los que la gobiernan. La vida doméstica
hasta ahora ha sido respetada; las virtudes privadas apreciadas; y el
preámbulo mismo da á conocer que no es de esto de lo que se quejan
sus autores. Hágase cumplir la ley, yel abuso si existe cesará.


neuando el preámbulo se contrae á injurias dichas al gobierno,
lo hace con tul ambigüedad, que no sé si alude á los debales de las
córtes, ó á los impresos que puedan circular en el público. En este
último caso el congreso no es responsable. Hu señalado con la ley el
camino que debe seguirse para perseguir á los calumniadores. Lo
que yo puedo decir es, que aun en ese punto ignoro que haya abuso.
Los regentes han sido tratados con la consideracion que merecen sus
virtudes. Los demás agentes del gobierno podrán haber esperimen-
tado más ó menos censura en sus operaciones. Esto no es de mi in-
cumbencia. Si se alude en cl preámbulo á nuestras discusiones, yo
satisfaré á este cargo, al mismo tiempo que conteste al que se nos ha-
ce sobre tmbas puestas al gobierno; pero antes deshagamos otro, cuya
naturaleza irrita al más pacífico.


nL08 diputados intentan perpetuarse para disfrutar' unos sueldos
que la nacion no puede pagar. La diputacion en Cortes es de suyo
temporal, y en vano se presume escitar recelos de que quiera. :con-
vertirse en plazas de magistratura ni otros empleos vitalicios, que
con tanto patriotismo conservan ó buscan los que sugirieron las ideas
del preámbulo. La nacion no se dejará sorprender en un lazo tan
grosero. Sus diputados no han perdido su confianza. La constitucion,
el decreto de señoríos, la abolicion de la ordenanza de montes, y tan-
tos otros decretos de esta naturaleza, la convencerán que es una ca-




EN DEFENSA DE lAS CÓRTES DE CADIZ. 65
lumnia contra sus procuradores la idea de perpetuidad promovida por
los enemigos del bien público. La duracion de su encargo se habrá
de determinar por la urgencia de las circunstancias. Concluida y con-
solidada la obra, los diputados dejarán con gusto sus asientos. Re-
nunciarán unos destinos que solo tienen amargura y odiosidad, no
provision de empleos, ni pingües dietas, como se sienta en el preám-
bulo. Este caq;o no sé si deshonra más á quien le hace, que al con-
greso contra quien se dirige. Me lleno de rubor, porque creo inde-
coroso contestar a él. La lista de tesorería tal vez desharía mejor la
calumnia. En ella se vr,ria que, observadas todas I:l.S circunstancias, el.
que presenta este cargo no ha echado de ver que le han comprome-
tido l1:l.sta el punto de faltar á la decencia.


))Como se pide que este escrito se inserte en las actas, y como la
publiciLlad con que se ha leido hará que sea llevado, no por las cien
lJoeas de la fama, sino por mil y mil conductos á todos los puntos en
que se intenta produzca su efecto, es preciso que se sepa al mismo
tiempo quc, además de no ser cierto el cargo, se descubre en él todo
el espíritu de sus autores. Se clama en el escrito altamente contra el
gasto que hace la nacion en las dietas de sus diputados.


nVea ahora. el congreso que el ardiente celo y el espíritu de par-
simonia. elel preámbulo concluye con pedir que el modesto y económico
consejo de regeneia se convierta A11 el ostentoso y pródigo gobierno
de una cúrte estranjera. ¡Qué contradiccion! ¡Qué hipocresía tan cho-
cante! No quiero distraer al congTeso con reflexiones que para todos
son obvias.


)) Vamos á otro cargo. Que las córtes no han dado facultades al
consejo de regeneia. Para hacer el mal es verdad; para hacer el bien
no es cicdo. Si las providencias del gobierno no han de poder ser
cxamínadas por las c(¡rtes; si diselltit' libremente eada uno con la
calma ú vehemeneia propia de su temperamento es entorpecer las fa-
cultades del gobierno, dlgase que no debe haber eúrtes, que el go-
bierno no deber ser responsable, que debe ser absoluto, que debe
obrar segun su capricho. Pero si no ha de ser así; si la regencia se
ha de dirigir, como yo creo, por el camino de la ley, debe entenderse
que el congreso no es culpable de que el gobierno no sostenga sus
proyectos y sus providencias por el medio legal y conveniente que se


5




66 DISCUnsO PRONUNCIADO
acostumbra en otras partes, y que tantas, tantas veces se ha recla-
mado aquí. ¿Por qué no asisten á las discusiones los secretarios del
despllcho? ¿No está abierta la puerta del congreso para que vengan á
apoylll' lo que propone la regencia en todas las materias de grave-
dad'? ¿No seria esle el moJo de volver á su camino las discusiones es-
traviadas, los diputados equivocados? Por lo demás, si la alusion es
á opiniones manifesladlls en el congreso, que pudieran ofender la
buena opinion del gobierno, yo no puedo menos de decir que el señor
diputado se olvida de lo que llllya ocurrido acerca de esto. Yo no sé
cómo no ha advertido á sus amigos que este cargo, si fuera cierto,
iba á recaer sobre ..... El sagrado del secreto me impone la obliga-
cion de respetarle, y esta reticencia podrá recordar al congreso cómo
se abusa de su moderacion.


llYO sostengo contra el preámbulo que el gobierno jamás ha en-
contrado en las c(Jrtes el menor obstáculo á sus providcneias, aun en
los casos en que pudieron haber mirado eomo insulto lo que tal vez
fué solo efecto de inadvertencia. El congreso, en el acto de manifestar
la mayor confianza á un general, depositando en él las riendas del
gobierno, esperimenta cuando menos un desacato. Insep8.l'able de los
principios de conciliacion y clemencia que le distinguen, se desentiende
de la injuria recibida, y conviene en l[ue se rehabilite al l[ne habia
estado suspenso en la confianza de las córtes. El gobierno á poco
tiempo le rla el mando de tres provincias y de tres ejércitos; y el con-
greso, aunque veja que cuando no otra consideracion, bastaba la
delicadeza para no esponel'le á manifestar ~u desagrado, sin embargo,
más prudente, más sabio que lo que supone el preámbulo, supo dis-
cernir lo l[ne importaba á su decoro y al honor del gobiel'llo, soste-
ner una proviLlcncia que pudo dr,saprobar con to,la jnsticia y discre-
cion. Se desentenrlió de todo, y honró á la regenc;,t contestando sola-
meate l[ue quedaba entemdo. Este suceso, seüalaLlo por todas cir-
cunstancias, hace ver que ni el gobierno carece de facultades, ni el
congreso entorpece su ejercicio.


llHe elegido cutre otros este hecho porque es capital; y cuando
en asuntos de esta clase proceden así las córtes, no es capaz el preám-
bulo de sorprender á otras personas que á las quc no observan y me-
ditan. Estas siempre están sorprendidas. Si estuviera presente el mi-




EN DEFE\~A DE LAS CÓHTES DE c\D1Z. 67
nistro de la Guerm, y uuu sus COmpa118rOS, no dudo harian justicia
al congreso, CO!lviniendo en que jamás ha entorpecido bs operaciones
del gobierno en los puutos que influyen esencialmente en el servicio
público.


nEI preúmbulo solo presenta declamaciones, y estas pueden estra-
vial' 1)01' un momento b opinion de los irreflexivos. No contento con
haLlar vagamente sobre el entol'penimiento que esperimenta el go-
bierno, quiere suponer que la respollsabiliLlad á que se le sujeta cles-
trnyr. su rlllr.rgía. Solo la persona del rey puede ser imiolable; todas
las delIlú, personas que gobiernen han de estar sujetas ú residencia
legal, á no proclamarse antes por el congreso, que para oaharnos es
preciso establecer el sistema arbitrario. Crecria llaccr una injuria ú
las curtes si me detuviera 8n 8xaminar la tendennia de la doeLrina del
prfúmbulo (][l esle punto. Sus principios e.,tán bien maniflestos. No
uomprenden sus autores que pueda haber gobierno que nos ~ülre cin
que sea ahsoluto. No permita Dios que la nacion se deje sorprender
por un instaute uoa idea tan falsa y tan perjudicial. Los dl'spolaR ja-
más salvaron las naniones que se hallaron como nosotros. Los espa-
ñoles pelean por ser libres, y en el instante que tan noble y digno
objeto desapareciese de su vista, el gobierno que llesconociese el prin-
cipio y fomento de nuestra lucha, seria víctima ele su imprudencia Ó
estupidez. Luego daré más estensiOll á estas ideas. Preciso es seguir
el hilo del preámbulo.


llContinÍla este haciendo cargos al congreso, acumulando inepcia
sobre inepcia. Entre otl'US i!lLlica que las córtes hun clescuidado las
negociaciones con las potencias estranjeras, etc. Si la discrecion y la
delicadeza pudieran abandonnl' á los diputados en la rliscusion de es-
tas matcrias, el pl'cúmbulo no triunful'ia con una impostora deelama-
cion del silencio que me impone la prudencia. llago con gusto el sa-
crificio más costoso para mí en estas uiruuIlstancias. Conozco dema-
siado lo que exige el deuaro de una disnnsion pública. Mas separán-
dome por ahora de tollas las razone~, véase si el consejo de regencia
no está. plenamente autorizado para [mtar con absoluta libertad y
desembarazo con tollas las potencias estranjeras. Véase si la bue-
na fé puede Llesear más fauultades que las que le están concedi-
das, atendida la naturaleza y circunstancias de un gobierno proviso-




68 DISCURSO PRONUNCIADO
rio; de un gobierno que en el estado en que se halla la nacion inva-
dirla, ¿qué uigo? ocupada en gran parte por el enemigo más astuto y
elepravarlo que existe, no puede menos de tener suborelinaua su auto-
ridau á la del congreso en el esencialísimo punto ele la ratificacion de
tratados.


))Los gobiernos mismos estranjeros no podrían menos de desearla,
atendidas las circunstancias de la revolucion en que nos hallamos en-
vueltos. Ellos serian los primeros á solicitar que interviniesen las
córtes con su sancion para dar más ¡¡rmAza á las estipulaciones, es-
pecialmente en el dia, en que nuestras leyes fundamentales nada [ie-
nen establecido con respecto á este punto. Pero sobre todo, ¿qué más
quisiera Napoleon que ver al frente del gobieruo personas plonamenle
autorizadas para concluir y ratificar tratarlos, sin que la nacian !m-
diese atajar los males que produjese tan funesta facultad, sin reeur-
rir á otro nuevo dos de mayo? El que presAnta el preámbulo pudo ha-
ber indicarlo á los que le sugirieron tan absmclo cargo, cuúnto se
afana el congreso eaLla dia para facilitar 'pOl' su parte el bueJl éxito
ele convenios y alianzas. No es ciertamente á las c(Jl'tes á rluien el
Sr. Vera debió presentar la recon vencion. El eong¡'()so pudo, yen
mi dictámen debió, pedir algunas veces que se le instruyese del es-
tado de las negociaciones, sin perjurliear por eso al seereto y direreion
que hayan merecido al consejo de regencia. Mas un esceso de delica-
deza le aülLlTea tal vez un eargo tanto más injusto, cuanto apal'eee
hecho por un señor diputado, que no ha debiLlo omitir lo que no
puede ignorar ó callar sin faltar á sus obligaciones. Los ministros en
Inglaterra satisfacen á las cámaras cuando üonvicne informarlas de
los negocios diplomáticos. El congreso pudo haber observarlo igu:lI
eonducta. Y hubiera sido muy digno ele un diputado hacer justicia Ú
las córtes por SIl eircunspeccion en esta materia, en vez de acusarlas
de un descuido en que no han ineurrido ..... no deuo decir mús.


))El preámbulo mira corno defecto la amovilidad Lle los regentes.
Confieso, sellar, que esta idea para mí es original. Es un fenómeno
en política. ¿Pues qué? ¿Se queria acaso que la regencia se obtuviese
por juro de heredad? ¿No solo habian de estar absueltos de respon-
sabilidad, sino que tambien hahian de ser inamovibles los regentes
del reino? ¿Si será tambien defecto el no haber organizado el gouier-




E:-i DEFEI'\SA m: LAS CÓRTES DE CÁDlZ. 69
no á la manera de la junta suprema de :\fadrid, para que pudiese co-
locar á su frente, como lo hizo esta con Murat, otro príncipe igual-
mente benéfico y am~nte de los españoles? ¡Qué poco se han acor-
dado al estender el preimbulo sus autores de la conducta que obser-
"aban nuestros padres cuando nombraban regentes del reino! Amo-
"ibles y responsables i la nacion los elegian, en lo que manifestaLan
tener ideas más exactas y caLales de la ciencia del gobierno que las
que al parecer tenemos hoy nosotros. Pero en este punto tal vez hay
en el preámbulo más hipocresía que ignorancia.


Mas dejemos ya los cargos, y vamos á examinar lo que i:TIporta.
Hablo de la propuesta de persona real, que es en la composiciol1 el
verdadero héroe de este cuadro. Como la proposiciol1 no designa per-
sonas, me abstendré de hacer aplicaciones que no sean en general,
y así se guardari mejor el decoro de la diseusion. Se quiere suponer
que el gohierno no puede ser obedecido ni respetado mientras no ten-
ga á su frente una persona real. La obedieneia y el respeto son inse-
parables do todo g'olJierno, cuando procede con justificacíon y energía.
Es/as doles 1a3 hay y las ha habido entre los españoles, aun conside-
nulos como particulares, y es una calumnia contra la revolucion su-
!J0ller lo contrario. 11~s nna injuria hecha á la nacion, es desconocer
sus virtudes, es poner en duda lo que ha manifestado la esperiencia.
La nacion es por carácLer oherlíente ú las leyes, sumisa á las autori-
dades 0lwndo obran con rectitud y acierto. La nacían ha obedecido
gustosa COi! respeto y deferencia á las juntas provinciales, á la junta
l'enLriLl, y á Jos consejos de regeneia, y hasta jef/;s y autoridades muy
sllhalternas, siempre que le han ofrecido la libertad y la independen-
cia por objeto de sus sacrificios. Si la ineptitud, la ignorancia tí el
desacierto han desconocido los grandes y verdaderos medios de go-
bernar, cúlpense á sí mismos los que estén en este caso, y no con-
fllndan las \'erdad0ras causas de nuestros desastres. No omitan tam-
poco los antores del prelllIlLulo lo que ha contribuido á nuestras des-
grllcias, la falta de auxilios de toda especie que la nacían no tiene den-
tro de sí misma; que solo puede solicitar con ruegos, y sin los cuales
es inevitahle que padezca descalabros.


E! preámbulo provoca la discusion; más yo no debo decir mis. Yo
80ria el primero á votar que se autorizase la regencia con una persona




70 DISCURSO PRONUNCIADO
real, si no viese el inminente peligro en que está la libertad de la na-
dan, y los mismos derechos del sellor don Fernamlo VII, que tantas
veces hemos reconocido y jurado. Supongamos. por un momcnto lIue
se coloca un príncipe al frente de la regeneia. Aunque no apareee de
la proposicion cuál sea el designado, no dudo que sus autores inten-
tarán que se tome de entre las personas qne tengan derecho á la su-
cesion de la corona. Este príncipe durante su gobierno ha de ser fe-
liz ó desgraciado. En el primer caso quedan inevitablemente compro-
metidos los derechos del rey.


))Es preciso ignorar la historia de las usurpaciones, y señalada-
mente las oeurridas en España; es preciso no tener el menor conoci-
miento del corazon humano para creer qno un príncipe victorioso
gobernando el reino dejase pacíficamente el trono á nuestro desgra-
ciado y cautivo rey. La ambicio n de mandar, el atractivo de la co-
rona son más poderosas que la virtud de la modcracion. Y la loy de
Castilla, que prohibe la guarda elel rey menor al que tenga derecho
á succderle, acusarla siempre al congreso de imprudencia y aun de
temeridad. El reyes todavía ele peor condicioll quo un menor. Este
podria estar en el reino, criarse entre sus súbditos, conllrmar con su
presencia de tanto en tanto su obeLlírJtlcia y lralta(l. ~Ias el Sr. don
remando vn está ausente, está cautivo, y sohre todo es rJesgraeiado.
Se halla en poder de un inrame usurparlor, para quien la viltud y el
pundonor son un juguete y un motiro de ejercitar su inmoraliclad.
¿Quó de ardides no formaria su fecunda detlrC1Vacioll para dividimos
y clesacreditarnos para con nosotros mismos y para con los esl¡'aüos?
¿f;uánto no perderia la nacion en el concepto de los soheranos de En-
ropa, que tanto han sabido apreciar la gcncrosa resolucion (¡no he-
mos tomado de vengar á toda costa el ultraje cometido en la persona
dell'ey, si \'iesl~ll (¡Ile hs c(¡rtes incurrian en el dcséuJuerc10 de dar
ocasion á que un príncipe más 6 menos estraño le suplantase al favor
ele un trataclo secreto, de una victoria, de un partillo, de ulla guerra
civil, ú de una intriga eloméstica?


)) ¿ Qué medio reserva el congreso á la Ué10ion para conservar el
reino á quien hu jurado rescatar y restablecer cn su trono? ¿Podrian
entonces las córLes despedir con urbanidad y cortesanía al príncjpc
ó princesa regente, eliciéndole: «V. A. puede retirarse á sus estados;




Eri DEFEriSA DE LAS CÓRTES DE CÁDlZ. 71
la nacion queda sumamente agradecida á los favores que le ha mere-
cido en su gobierno; en recomponsa le declara benemérito de la pa-
tria, le erige estátuas y toda especie de monumontos que perpetúen
entre los españoles su memoria .... » Señor, ¿á dónde vamos á pa-
rar?Delirios de esta especie no son para distraer á las córtes espa-
ñolas.


>lCuamlo no otras razones, bastaba el respeto á lo moralidad de
la nacion, al decoro debido á la persona del rey, para que, mientras
exista, no so hiciera en el congreso proposicion somejante. Yo no es-
toy acostumbrado á hacer más que un solo reconocimiento y ju-
ramento que se nos ba exigido con toda solemnidad el dia de nuestra
instaIucion; y 01 congreso debe mirar como una ocasion próxima de
prevaricar lo que se pide en la proposicion.


>lPor otra parto, ya quo se intenta probar nuestra constancia,
¿cómo no so presenta un aliciente que puoda disculpar la tontacion sí
cayésemos en ella? ¿Cuál es el príncipe destinado para salvarnos?
¿Cómo no se nos manitlostan sus cualidades personales para que vea-
mos si podemos oponer á nuestro onemigo un advorsa['io cupaz do
vencerle y rescatarnos? ¿Cuáles sus recursos pecuniarios, sus fuer-
zas de mar y tierra, sus titulos, en fin, que lo hagan acroodor á la
eontlanza nacional? ¡A.h señor! yo veo, por desgracia, que los prínci-
pes de Europa, á que puede aludir la proposicion, se hallan en situa-
cion muy diferente de la que era necesario para que se adoptase.
Esta insinuacion, al paso que no puede ofender á determinada porsona,
es mús que suficiente para pulverizar un proyecto fundado en una
verdadera qnimera. Pet'O, señor, si 01 regente fuese desgraciado,
¡qué de males no acarrearia sobre nosotros la proposicion!


)) Nótese que entre otras cosas pide que se den á la regencia, que
propone, las mismas facullacles Cjue concede al rey la Constitucion.
Entre ellas so comprendo el terrible derecho de la paz, de la guerra y
de los tratados. Esta guerra, señor, es nacional. Setenta batallas
perdidas solo han servido para convertirnos en potencia militar. Adop-
tada la proposicioIl, la guerra, como domostraré bien pronto, pasa-
ria á ser guerra de gabinete; y en tal caso un desastre, una derrota
produciria los mismos resullados Cjue la batalla de Jona ó la de Wa-
gran. El que desconozca estas verdades es incapaz de escarmiepto.




72 DlSCURSO PRONUNCIADO
No pasaria mucho tiempo sin que la nacion viese otros tratados como
el de Fontainebleau.


))Señor, seamos circunspectos, . seamos suspicaces, conozcamos
alguna vez ú nuestro enemigo; el estado de la Europa y las miras de
los que meditan nuestra destruccion, sin que para ello sea necesario
recurrir á lo que pensaba Napoleon hace catorce años, cuando era
general en Italia, cuya política se nos ha querido eomo descubrir el
otro dia: política que nunca fué un misterio para los que quisieron
penetrarla, y que por desgracia solo parece que fué desconocida de
los que tuvieron en su mano prevenir lo que tan á costa suya ha
aprendido la nacion.


))EI éxito inevitahle del gobierno de un príncipe estraño y des-
graciado, revestido de las facultades que pide la proposicion, especial-
mente antes que el sistema constitucional se consolide y que los prin-
cipios de libertad é independencia se arraiguen en el corazon de los
españoles, seria la ruina de la patria. Dasta solo ver lo que ha suce-
dido á tantos estados de Europa, euyos soberanos debian preferir mil
muertes á la humillacion de rendirse á un enemigo tan vil y tan
perverso; pero vuelvo á decir que sobre este punto no debo es tender-
me más.


))Todavía me falta contestar á otro argumento del preámbulo en
que se supone que la regencia de España no será respetada de las po-
t~neias estranjeras mientras no vean á su frente una persona real.
Yo me atrevo á asegurar que solo la mala fé y la doblez de un gabi-
nete, podria alegar este pretesto para cubrir sus miras hostiles eon
una razan tan frívola y aun tan ridícula. Las potencias que clesern
nuestra amistfld la solicitarán por la conveniencia y po!' el interés que
les ofrezca una nacion grande, leal y generosa, no porquo se lmlle
accidentalmente en su gobierno un príncipe ú qnien jamás podrian
considerar como permanente, sin concebir por el mismo heeho ideas
poeo ventajosas á la eslabilillad y legitimidad de este mismo gobier-
no. Además las potencias estranjeras observarian con mucha atou-
cion su conducta, y si no correspondiese á la espectacion pública; si
conociesen que la nacion !la estaba satisfecha de sus procedimientos,
la persona real no seria capaz de suplir por sí sola la confianza ú que
no se hacia acreedor su gobierno.




E:'\ DEFE~SA DE LAS CÓRTES DE c.Á.DJZ. 73
))Las naciones amigas y aliadas estiman demasiado el precio de la


independencia, para que desconozcan estas y otras muchas razones que
yo podria esforzar. Lil costosa leccion de los gobiernos que entraron
en las coalicionos les ha heeho eonocer euanto debe esperarse de una
guerra nacional, dirigilla por principios de verdauera libertad. Tienen
innllmerilbles testimonios de la lealtad de los españoles; de su perse-
"erilncia en las r.esolllciones; de S11 solemne declarilcion en el dia 21 de
setiembre, en el que sancionaron libre y esponlúlle,lluente una mo-
narquía hcreLlitilriil, proclamando y juranuo de nuevo por su rey al
señor n. Fernanclo VII y sus legítimos sucesores, sin que puedan ig-
norar que todo esto acaba de adquirir nueya firmeza por la ley fun-
damental que estú sancionada en el congreso. Así que, señor, este
miserable subterfugio, que solo puede dar recelos á ineptos ó cobar-
des, queda deshecho en humo.


\)Conviene que examinemos ahora la proposicion con respeeto al
influjo, que, por uecirlo ilsí, puede tener en nuestros asun;os Llomésti-
coso Mas hú de tres meses que se han visto por el congreso documen-
tos auténticos que illaniJlestan una abierta guerra contra la lihertad
de la nacion, declararla y sostenida por los que solo pueden prosperar
bajo el sistema arbitrario. Sus disfraces, sus ardilles, sus proyectos
todos, todos lliln silla desbaratados en diferentes oCilsiones. Pero ad-
heridos ú un sistema ú que no s\lben renunciar, se reunen de contí-
nuo y vuelven de nuevo ú la carga. Las Lliscusiolles del congreso so-
bre los principios en qne estriba el proyecto de Constitueion hill1 dado
un golpe mortal al régimen arbitrario. La naciol1 lla recono¡;iclo sus
dCl'(-:nhos, las luces cunden, y el espíritu lJúblico se difunde por Ladas
las clasE's gananuo Lle día en dia nuevos defensores de la libertad na-
cional. Oponerse de frenLe ú su progreso, no solo conocen (iue es
inúLil, sino qne produce deutos contrarios. Por tanto, solo les queda
un recurso: nombrar un gobierno ele quien puedan esperar que jamás
se plantee la Conslítueion. Puesto al frente de él un príncipe estran-
joro ó nna persona real, quo necesariamenLe ha de desconocer los
principios y verdadero objeto de nuestra lucha, por no haberse halla-
do en ella, les ofrece un punto de reunion en que poderse atrincherar
lJara resistir 01 ímpetu de los decretos y loyes del congreso.


»)Estil persona real, rodeada necesarimllente de personas que tie-




74 DISCURSO PRONUNCIADO


nen poca costumbre de oir las necesidades de los pueblos, de ente-
rarse de sus sacrificios, y cuyos intereses no están lntimamente en-
lazados con los de todos los españoles, que no se han comprometido á
defender y promover los de la comunidad, no podrán evitar que sea
sorprendida y engañada por los que aborrecen la libertad. El fausto
y la etiqueta de este gobierno alejará inevitablemente á los que pu-
dieran acercarse á aconsejarle y dirigirle en la árdua empresa de
salvarnos.


nNo serán los diputados de la nacion ni los verdaderos patriotas
los que tengan cabida ni acceso libre á los que gobiernen. Por el
contrario, la mano oculta que los persigue en todas sus operaciones,
siempre que en ellas se advierte algun calor y vehemencia en favor de
la buena causa, acabará de desterrarlos de todos los parajes en que
puedan reclamar la libertad y derechos de la nacion. Todos los que
se crean agraviados por la constitucion formarán una barrera im-
penetrable al rededor del gobierno. El plan de deshacer la grande
obra se trazará al momento. Su ejecucion se confiará á las personas
más señaladas por su oposicion á la libertad. Yo preveo todos los
males de un retroceso, que miro como inseparable de lo que pide la
proposicion.


HPor poco que se haya observado no puede menos de advertirse
que aun ahora que hay un gobierno creado por las eórtes, revestido
de una autoridad emanada de su seno, de una autoridad verdadera-
mente nacional, existe un desvío, una frialdad inesplicahle para con
todas las personas que han pl'Omovido y rooperado de buena fé á la
revolucion. Esta observacion es cierta, y solo el iluso puede desco-
nocerla. Pues si tal sucede en el dia, ¿qu(~ podemos esperar instalado
el gobierno como pide la proposieion? Disueltas las c(¡rtes dentro de
un mes, diferida la convocaeion de las ordinarias basta el aüo 13,
¿qué? Un trastorno general antes de pocos meses. Sí, señor, tal vez
no pasará uno sin que la nacion viese revocado el decreto de 24 de
setiembre, abolida la libertad de imprenta, derogado el decreto de
señoríos, anulada la constitucion, proscrita la institueion de córtes,
acusados, encarcelados y perseguidos los diputados de este congreso;
en una palabra, dada la señal de una guerra civil y entregada la na-
cion á si misma. Sí, señor, á si misma, porque un pueblo valiente




EI'i DEFE:'lSA DE LAS CÓRTES DE CÁDIZ. 75
y generoso puede ser sorprendido por una coojuracion ó una trama;
pero jamás subyugado por los enemigos de su libertad.


llTal seria, scflor, ell'esullado do una proposicion adoptada con
poco acuerdo, tle una proposidon que presentada bajo el seductor
aliciente de autorizar al gobierno y hacerle más respetable, envuelve
todos los elementos de nuestra destruccion.


II Yo fatigo al congreso con estenderme más en una materia en
que basta solo hacer indicaciones. Por lo mismo no hallo medio más
propio para contrarestar la funesta tendenoia de este escrito, que
oponer á las proposiciones que contiene otras enteramente contrarias.
Si, seiíor, este es el caso en que contraria conlrariis curanlur.


II Yo sé, señor, qne estas proposiciones darán motivo á que se
alce el grito contra mí. En hora buena; me resigno á todo. Yo pro-
pongo que no se disuelva el congreso hasta que haya provisto á todo
lo que sea necesario para que el gobierno pueda salvarnos. Sí, señor,
yo lo propong'o, Llámesome, si se quiere, ambicioso. Yo lo soy; pero
no de perpetuarme en un cargo que me abmma, que no tiene el
atractivo que afectan atribuirle los enemigos de esta institucion.


II Yo anllelo más que nadie, si se quiere, por pouer contribuir,
aunque sea en un ápice, ú la libertad de mi patria. No tengo otro ob·
jeto ni otras miras. Fortalecido con el sentimiento íntimo de mi C011-
cinncia, yo, yo pi Jo al congreso que no se disuelva hasta ver asegu-
rada la rjecucion de la constitucion.


llPara ello piclo con el señor diputado Vera que se forme á la ma·
yor brevedad un gobierno correspondiente, pero sin persona real. Que
en seguida se nombre el ConsAjo de Estarlo yel Tribunal Supremo de
Jllsticia, compuestos Je personas amantes de la constitucion, sincera-
mente dispuestas á sostenerla y á sacrificarse por la libertad de su pa-
tria; porsonas que en yez Je tramar conjuraciones para restablecer el
sistema arbitrario que nos ha perdido, se dirijan por los principios
de justiCÜ1, ele libertad y de verdadera política; finalmente, personas
que cstén íntimamente convencidas de que solo la Constitucion, de
donde emana su autoridad, puede legitimar sus providencias, hacer-
las obedecer y respetar. Pido tambien que se espida, sin pérdida de
momento, la convocatoria para las futuras córtes, sin que bajo ele ,:
Ilillgun preLesto pueda dejarse al gobierno este encargo. De la mism{:',


''''-


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76 DISCURSO PRONUNCIADO EN DEFENSA DE LAS CÓRTES DE CÁDIZ.
suerto pido que en el intermedio de estas á las futuras córtcs se nom-
bre en el seno del congreso una diputacion numerosa con las faculta-
des que parezcan oportunas. Digo numerosa, porque atendidas las
circunstancias estraordinarias en que se halla el reino, solo por este
medio puede ser respetable é incorruptible en el ejereieio de sus fun-
ciones.


»Por último, señor, pido que mientras se forma el gobierno, se-
gun la proposicion del Sr. Vera, se nombre una comision que pro-
ponga á las córtcs lo que deba hacerse para asegurar el aeicl'to do
tan importante negocio.))





o/VVVVVVVVVVVVVVvVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVV~


NIEJÍA.


Entre los diputados de la primera época constitucio-
nal descuella indud2Nemente el americano D. José Me-
fía como el orador mas fogoso, mas elocuente, mas par-
lamentario de la cámara popular de 1810.


Hombre entendido, muy ilustrado, astuto, <le estre-
mada perspicacia, de sutil argumentacion, rivalizó con
A1'güelles desde las primeras sesiones y disputóle el
triunfo de la popularidad y de la oratoria, que no pudo
alcanzar, no obstante su mejor imaginacion y superior
agudeza de ingenio, por parecerle al público algo sospe-
chosas sus manifestaciones en favor de la libertad y un
tanto falaz é interesado su patriotismo.


Jefe de los li!Jerales americanos, como lo era A1'güe-
lles de los espaiioles, dirigia con suma sagacida<l y acier-
to las opiniones y la conducta de su parcialidad, y au-
xiliaba con sus votos á la de los reformadores en las
resoluciones que podian convenir de algun modo á los
intereses y aspiraciones de la América.


Hombre de mundo, y conocedor como nadie de las
personas y de las circunstancias, preveia los aconteci-
mientos y esplotaba su posicion en beneficio de su pais.
A preciábanle los liberales españoles como liberal, pero




78 ~IEJíA.
le temian como americano, porque sabia muy bien cómo
se iba y venia de América por las discusiones, sin que
lo notasen los diputados que respecto á este asunto an-
daban allí muy alerta.


Con una habilidad portentosa, con admirable ingenio
sabia torcer el curso de los debates, y de la discusion
mas nacional y nus española en su fondo, hacia él una
discusion americana que fuera preparí1ndo 1:1 proyectada
independencia de aquella parte del globo. Los argücllis-
tas viéronse burlarlos mas de una vez por la sagacidad
de llIcj ia, pues creyendo decretar en sus acuerdos el
bien de España decretaron el de América, á pesar suyo.


La elocuencia de Mcjia era por lo general una elo-
cuencia declamatoria, brillante y apasionada; y no obs-
tante su ardiente y poética imaginacion, su agudeza y
su sentimentalismo, deslustraba los primores de esas
arengas con el mal gusto de su estilo, fruto cle sns des-
ordenados estudios.


En las réplicas era donde mostraba Mejía sus cuali-
dades de orador parlamentario, de argumentador inge-
nioso, discutidor atinado y profundo. Afectando gener[LI-
mente en sus discursos indiferencia y frialdad, no po-
dia comprender su contrincante á dónde iban á parar sus
consideraciones, vagas y confusas, ni cuil era el objeto
á que se encaminaban sus peroraciones. Yaliéndose de
esta táctica insidiosa, preparab:1 astutamente una embos-
cada á su contrario, y en las réplicas qlle se lo hacian
se aprovechaba por sorpresa de la imprevision ajena, y
era imposible resistir á la lógica de sus argumentos, á la
exactitud y fuerza de sus raciocinios.


Era llIejia, de esos oradores que dan mas valor á la
oportunidad que á su talento, y que saben hablar y ca-
llar cuando les conviene, dando á sus c1isclJl'sOS mas au-




MEJÍA. 79
toridad é importancia, por lo mismo que son mas opor-
tunos.


Esceptuando á Al'(Jüelles, nadie aventajaba al dipu-
tado americano en la universalidad de conocimientos,
pues aparentaba no serle estraña ninguna de las infinitas
y diversas materias que se ventilaron en aquellas cór-
tes. Si se trataba de disciplina eclesiástica, parecia un
casuista; si de leyes civiles, un jurisconsulto; si de mili-
cia, un general; si de política, un embajador; si de Ha-
cienda, un economista; si de epidemias, un médico.


Indudablemente el constituyente iYlejía aparenhba
saber mas de lo que en realidad sabia, y lo que no com-
prendia lo adivinaba. Mucho de arte y mañosida,d habia
ciertamente en presentar todo el caudal de sus conoci-
mientos en cada materia que trataba, como si fuese solo
una corta parte del que poseia, dando diestramente á su
saber una ilusion óptica que aumentase su magnitud;
pero esto no se hace sin poseer un gran talento, un in-
genio privilegiado y una fértil y brillante imaginacion.


Una de las cualidades sobresalientes del diputado
M~j'ia era la serenidad pasmosa con que improvisaba
sobre cualquier materia, aunque no la conociese ni se
hallase preparado. Era tal su impasibilidad, y tal el pre-
dominio que ejercia sobre sus palabras, que sin la menor
turbacion aparente sos tenia á veces al remate de un dis-
curso lo contrario de lo que habia defendido al principiar-
le, dando estos giros á sus ideas y estos cambios á su
pensamiento con tal maestría, con tal serenidad, con tal
ingenio, que lo que era falta de conocimientos ó de sis-
tema, pasaba á los ojos de todos como un ardid oratorio,
como un alarde de imaginacion y de destreza.


En medio de tantas y bellas cualidades que consti-
tuian 3.1 Sr. Mejín en el primer orador de las córtes es-




80 MEJÍA.
traordinarias de Cádiz , ya hemos indicado que tenia el
defecto de usar de metáforas de mal gusto, de frases im-
propias y de estilo pedantesco y estravagante.


Habland') de la revolucion que empezaba á minar
sordamente varios Estados de América, aconsejaba á las
córtes que concediesen mas derechos y franquicias á
aquel país, y decia entre otras cosas: «Apague V. l\T. ese
fuego con el fado de la justicia. ))


En otra ocasion, abogando por la reforma de nuestra
antigua legislacion, esclamaba: « ¿Cómo podrún saber
todos tan intrillcadas leyes como las que forman el in-
1l1Cll.SO pielago de nuestra legislacion? ¡Cu:íntas propieda-
des, honras y viclas habrán naufrag~tlló en la inculpable
impericia COlllun, preeariamente suplida por unos pocos
que hacen profesion lle pilotos de Astl'ea! Así que, aun
cuando creamos que todas las perlas preciosas de la jus-
ticia se encierran en nuestrJS códigos, como no todos los
españoles son buzos, á lo menos tan diestros como los
autores del reglamento, bueno será que, aprovechánclo-
nos de sus fatigas, regalemos este joyel á Esparta.))


No obstante la exactitud de In comparacion, no pue-
de darse una metáfora mas cstravagank y un lenguaje
mas rebuscado y gongorino.


P0r el contrario, cuánta prudencia y energía, cuán-
ta sensatez, cuánta dignidad revela la conclusion del clis-
eúl'SO en que se oponia tÍ, la clisoh~cion precipitada de las
cÓl'tes; yeso que sus palabras emn sencillas, llano su
cstilo, desnudo de todo adorno y sin el mas pcqncño ras-
go de imaginaeion ni de oratoria. "lIemos empezado la
obra, decia; hemos cmpuüaclo la esteva; cuidado con
volver la cara. La patria nos impone obligaciones casi
I'61igiosas. Vea V. M. si aquello por que se ha decidido
es lo que conviene á la patria, y si convienc no debe




MEJÍA. 81
abandonarae. Abandonar V. M. su obra, es abandonarse
á sí misma.»


Pero ns,da demuestra tanto la oratoria pintoresca del
constituyente 1t[(~jía, como su célebre discurso sobre la
nulidad de las renuncias de Bayona, y sobre todo trata-
do 6 transaccion que hiciese Fernando VII mientras du-
rase su cautiverio en Francia. No obstante que en tan
famosos debates tomaron parte los mas notables orado-
res de las córtes, elevóse sobre todos ellos el diputado
americano, quien conquistó en aquella ocasion el titulo
de orador elocuente, erudito y apasior.ado.


Su discurso, tan vehemente como los mejores de
Danton y tan patriótico y elevado como los mas sobre-
s:::,lientes de jUimbean, es sin disputa uno de los mas
bellos que en ese género de elocuencia ueslumbrauora se
han pronunciauo en nuestros parlamentos, pues en él,
mezclados á veces con ideas vulgares y frases impro-
pias, resaltan primores de oratoria clásica, arranques de
verdadera elocuencia, bellezas de locucion , máximas
profundas é imágenes delicadas o arrebatadoras.


Muy corta fué la vida parlamentaria de itlejía. Ata-
cado de la fiebre amarilla en Cádiz, al disolverse las cor-
tes estraordinarias, fue víctima de tan pestífera enferme-
dad, encargándose la muerte de desmentir así su aser-
cion, hech::t en el congreso pocos días antes, de que no
existia en Cádi~ semejante epidemia.


Discurso pronunciado por D. José Mejía contra todo tratado
que hiciese Fernando VII durante su cautiverio en Francia.


«Señor: bastante circunspecto V. l\L por si mismo, ha sido más
y más ilustrado por los llignos diputados de E8paña que me han pre-
cedillo en este día. Oiga V. M. por fin ti la América.


s




82 DISClJRSO CO:'\TRA
))501101', sé muy hien clcJ:1ile hablo, quién es el que viene ú hablar,


y Ú Cjuié;¡ e~toy J¡ablanrlo, Húllome en la tribuna dI:! congreso na-
cional (lo la poJel'ma monarquía espaflOla, en mudio de tollas las ¡Ja,-
sus del Estallo, y d::lanle ele los respetables ministros de las potencias
aliadas, atentos ahora todos el mi balbuciente voz, Quisiera aUll (igu-
rarme otro génel'o de oyente:;, un nuevo úrelen de eircunslante
público, qne, soterrado bajo este salon, sufriese el ardor y peso de
los sentimientos que la grandiosidall de la causa y los discursos émtl'-
rim'es me han inspirado, Si rocleado do sns armarlos s:lt¡>! ites el so-
berbio Bonaparte sacase bajo mis pié s Sil am('nazclIlora cabeza, con
la misma serenidad, sí, sel1or, y acaso con más \'alentia: ((Coronado
))Jlaquiabelo! (le dijera): ticmbla sobre tu enot'mt1, pero vacilanle


))trono: cuando el último de los españoles te habla así, ¿quó te resta
})que esperar de la nacion entera?))


))Pero ¡ah! felizmente solo veo á la dócil gente castellrl.l111, á los
venerables padres de la patria y al amalllc y adora(lo rcy nuestro,
¡ Inviolables representantes de la sobcmuíll del pueblo, llIirad y estre-
meceos! Ya tocais el úpice de la sublime clignid:ul dI'! hombrn, Anles
de ahol'a grandes príncipcs han slIjetaclo sus causas ú vncstrll dccision
soberana; ahora viene vuestro rey á ser por vosotros jnzgarlo, ¡ (Jn6
de riesgos! ¡cuánta respon~abilidad! Ka es un retrato el que allí esLú:
en mi pecho vive su original; aqní le vco, lo oigo y le venero",.
(1 ¡Desgraciado príncipe; iluslre empero, no por el resplall'loi' ¡Ir VIlC:S-
))tro solio; si porque reinais seguro en nueslros denodados corazones!


nEI lenguaje que he de halJIaros, scrú cl eco lle la razon; escu-
llchad las leeciones de la verdad, pues muy pOl~O mand:l.c;teis para que
)) hayais llegado ú odiarlas; inspíranme su tono vuestras dcsgTacias
))para mi clesellgaüo, y mi obligacion (\ vuestros altos rrcprtos, Los re-
nconocen las cúrtcs, y su madura dclilJeracioll reeomienda la Ileccsi-
nelad de la más enérgica y s,'L!Jia providencia en tan úrduil eoyunlura,
nPor eso resuenan hoy reanimarlas las elocuentes yaces de los diputa-
))dos de vuestros pueblos; ¡vuestros, rcy católico! porqne vuestra ClU-
))gusta dignidad y persona son y serün de ellos, n


lJlnteresantísimas proposiciones he oido, sellor, Toelas deben exa-
minarse, y aun la :nia tambien: ¡tal es la gravedad del asunto!-
Primera proposicion del Sr, Borrltll: «Que se declarc nulo torJo lo he-




TODO TRAL\DO DE FERl'iA:'íDO \'II, 83
lloho y pactado por los reyes ele Espaüa que estén Cllllli\'os, y ceda en
np(1I'jniuio del ';':,[éll]O)) .-Segunda Jel Sr. Capmany (primer molor de
esta ¡liscllsioa illl portante:) Itl}U J se l1cc[llrcn lIU[O) [0,:103 los malrimo-
linios (juu [os lllisluiJ:i conlrélig;m siu el eonsentimiento Il(lcion;:t!I).-
Tercera. de[ SI'. Oliveros: ((QllC l1(l111l se trate con los franceses sin que
))lll'imcl'o C\'élClICll la Pcnínsnla. n-Cuarta del 81'. Pere:, de Castro:
«(Que se est icm[a \lll decreto iutimando ú, lodo., los espaüoles h obliga-
))cicH! do IlO olJI:,leccl'las ('Jl'Jcmes del H\y, si se 1l0S presenLa roclüaelo
))lli3lus enelnig"-I, 1) "liS s8;:uacc"; y que se forme y circule un malll/iesto
)¡(lUü espouga y fll11l1e los del'cdJOs üe esLa getlerosa naeion en tim lle-
I)ligl'osas Cil'Ct1ilSlanl~ias. ))-Quinta del Sr. Jiu!!r: (¡{jugase entcl1ller al
))pucblo (lUf: las cúrles están obligadas y dispueslas ú, clcfentler ú, tollo
)) lrétllCC la integt'iLlaLlé independenciél de la monarquía)) .-Sestadcl se-
flOr Gallego: ((Dcc]úresc traidor ú. lo. p,tlriét ú, todo el que propague,
))pl'Oleja Ú o.pruebc) 103 :lccretos y proclamas qur: salgiln ú nombre del
IIrey, JJliUllll'as 11('1'Jll,lllCZUl ClJ poder ú lJujo el influjo elo Xapoleon.»


IlSdima, ¡¡nalmellle, la mia: ((Que V. M., como pocos dias hú' rati-
n!icú m Íulima alianza con laGl'ílu-Dl'etaüa, asimismo, y siguiendo el
))lalllbblo r:jem[l[o de lajunta central que, cuando se acercaba un de-
n"asl,dor rjl"rcito á las frágiles puertas de MaLll'ill (y aunque es lo
)Ino era necesariu, pues nnajl1sta, general y ~irnnlUll1ea revolucion lo
»)habia llecrelaclo mucho anles) dec:lo.rú solcrrllleIlleute la guerra á Na-
ll)lOleOIl, alwm qlle esliUllOS sobre el último borde de la Península, y
l)cuanll0 tal \"eZ so crecrú que Yamo~ Ú pr:re,;er oprimidos por el tiro.uo,
))ú ser, huyéndole, sumergidos en el Océano, declare y ratiüque una
)¡guerra eterna, no yo. solo al pérfido "'apoleon y su raza, sino ú, tOlla
))ía Fl'llncia misma y SllS coh1rde~ aliados; intimú'ndolos Je una vez
npará siempre, que jmnús oirú V. M. proposieion alguna de capitu-
nlétcion 6 acomodo, mientras FcrlUwdo VII con toda su real familia
Ilno S8,t restituido libre al seno de su nacion, desembarazada en todos
»sus puntos de bs fcroccs huestes que la mancillan.»


1l,\trc\'iL!o pal'eeerú' mi pensamiento á algunos; pero los grandes,
los inllomables p11eJ)103, Ú mayores reyeses, ú, más inminentes peli-
gros oponen m{Ls cntera constancia, mús osadéls resolueiones. Grande
es la causa, señur, y el solo tratarla no puede menos ele inspirar gran-
des ideas. Las quo se han manifestado "n este augusto congreso lo




84 DISCURSO CONTRA
son, no tanto por la santidaLl de los designios y la nobleza del valor
que respiran, cuanto por la solidez L1e las verdaues en que se fundan,
pues nacen y se uemuestran por las brillantísimas fuentes de la justi-
cia, de la cspcricnáa y de la poUtica,


))La justiáa, señor, no es más que la exacta propol'cion entre el
deber y su desempeño, Pero ¿cm'tl es el deber de los 1'cyes? ¿euál el
de los pueblos? Erigiéronse aquellos para que cuiLlaran de estos, pues
estos no fueron criados por cl imparcial cuanto omnipotente Autor de
la naturaleza para el servicio de ningun hombre, ¿Y quién ignora
que siendo todos iguales, pues constan de iguales (1 y ciertamente bien
miserables!) principios, las respectivas necesidades é insuficientes re-
cursos de cada uno les inspiraron á muchos la idea de reunirse, y L1e
oponer á sus comunes enemigos y males la conjunta fuerza é industria
ue todos, conviniéndose para recom:entrarlas y darles aülividaLl y
energía, en depositi.lr en una 6 pocas personas el saluuable ejercicio
del poder y derechos populares, conforme II los pactos y reglas que
voluntariamente establecieron?


»SacriOcaron, puos, las gentes ulla pequeña parte de su libertad
para oonservar tranquilos el resto; y prestando obelliencia á unos jefes
cuya subsistencia y respetos aseguraban, les impusieron la obligacion
ele dirigirlas al bien comutl, y do vclar y sacrificarse por ellas, Tal es
el orígen de la sociedad, En la tierra y cntrc los esr:al'mentaLlos hom-
bres nació: jamás ha llovido reyes el cieio, y es propio solo de los
oscuros y aborrecidos tt'ranos, de esas negras y ensangrentadas aves
de rapiña, el volar á esconderse entre las pardas nubes, buscando
sacrílcgarnente en el trono del Altísimo los rayos desoladores del
despotismo, en que trasforman su precaria y ceüidísima ilutoriLlad,
toda destinada en su establecimiento y fin ti la felioidad general.


))Bieu persuadidos de osto los españoles desde la fundacion de la
monarquía, han regulado la instalacioll y sucesion Lle sus reyes por
el solo santo principio de ser la suprema, la única inviolable ley la
salud del Estado, Así es que on Aragon se les docia al colocarlos
sobre el trono: Nosotros que cada uno de por sí, somosiguates á
vos, y todos juntos tlmy supcr/'ores á vos, etc,; y la corona Lle Célsti-
Ha no dejó la augusta frente de los infantes de la Cerda pal'él ceñir la
del príncipe D. Sancho su tia; ni el conde de Trastarnara fué prefe-




TODO TRATADO DE FERt'iANDO VII. 85
rido al legítimo suceoor D. Pedro el Cruel (de cuyos troncos descien-
den, y por cuya sucesion reinan los Barbones de España), sino por la
utilidad y exigencia pública, manifestada la decisiva voluntad de la~
córles, aunque débil representacion entonces de la soberanía del
pueblo.


))¿Quién es, pues, señor, entre nosotros el rey? El primero de los
ciudadanos, el padre de los pueblos, el supremo administrador del
Estado, responsable esencialmente á la naCÍan de sus desgracias y
desaciertos, y deudor á cualquiera súbdito de la seguridad, la justi-
cia y la paz. ¿Seria despnes de esto justicia que por llevar adelante
las funestas consecuencias de la involuntaria situacion lastimosa de un
príncipe tan inespcrto como amable, se perdiese la nacion española?
PreguIlto: representándonos en la mano de los destinos un peso equi-
librado, si cn un platillo se pano un hombre, y en otro veinte y cinco
millones de ellos, ¿á dóndc ~e inclinará la balanza?


))Jlás: aun prescil1llie~,lo de la justicia inherente á la naluraleza
de las cosas, y atendiendo solo á la que dan las circunstancias de los
sueesos, vuelvo á pl'eguntar: si en una dolorosa pero inevitable co-
yuntura hubiese de perecer un hombre á quien nada deben los pue-
blos, más que la compasion y el respeto consiguiente á su desventura
y persecuciones no merecillas, á trueque de que no perezca una na-
cion generosa que está her6icamcnte sacrificándose por aliviarle, ¿de-
beria esta perderse porque no dejasen de triunfar los caprichos, la
ignorancia (¡ la flaqueza lle aquel?


» j Ah! ¡perezca una y mil veces por la salud de su pueblo, á quien
le debe tanlo amor, tantas privaciones y tantas vidasl Y pnes á su
real nomhre se exige, tres años há, de todos los españoles que estén
siempre dispuestos á perecer antes que recibir otro rey; la inflexible
justicia pille á V. }I., por mis trémulos labios, que ya no se tarde más
en declarar de una vez que este rey mismo debe perecer, y ser 5a- .
crificado primero que concurrir á sacrificar con la más negra ingra-
titud tí la benemérita España, mártir sin ejemplar de lealtad y de
honor.


))Por esta misma resolncion clama, señor, la voz de la esperiencia.
~o hablo de aquella que es fruto de los acontecimientos de todos los
siglos, sino de la bija de nuestros propios sentidos; de la que siéndo~




86 DISCURSO COXTRA
nos más dolorosa, debe hacernos más impresiono ¿:\ qué Gil acudir á
la historia, cuando tenemos á la vista el mayor de los tiranos y el
más clóeil de los príneipes? ....


nSeñor; ¿ por cruó nos hallamos en este sitio, reducida la España
libre á tan estrechos rincones? Porque nUflstro jr')\'(m monarca, en el
lleno de su candor, besó la cadena con que un falso amigo le ataba,
y corrió preeipitaLlo ú pcnlerse creyendo ljue tal vez á su eosta nos
ahorraria tan lastimosa ea[ús[rofo. ¡ Ojal;'( llllbiera escuchado los me-
gos del puelJlo fiel, que preyiendo la triste suerte quo le 8speraha,
no temió ineurrir en 'u desagrado por l](leerse acreedor el su agra-
decimiento! 1 :\febles veeinos de Yitoria! ¡ IIcrúicll jJle])8 de "Iadrid,
reina de todos los pueblos! I CU{lllto de amarg'lll'a y d8 srll1gre os I~ost¡'¡
la respetuosa pero imperturbable cntercz~t eon qU8 os al'l'ojústeis á
detener el despeño de vuestro rey y de su régia familia I Dijo, seüor,
que iha á traernos la felioiclacl, y no volvimos ú verlc. ¿ Cómo habia
[le volrer del lago de los Leones, de ese avcrno donde no hay I'C-
dencion?


n Pero aun C111ntlo hnbiese vuelto ú nosotros, ¿ !in(' feliciL1ad podria
traernos (\e la mazmOLTa de la esclavitud) de la fragua de los frau-
lles, la impiedéll:l y la muerte'? ¿ Ka vió [oda la Ellrnpa empellado el
tirano comun en obligar ú FcrnaIlílo {l publioar que restituia, corno
si fuese robadll, una oorona que habia pasado á sus sienes Jlor la alJ-
dioaGion más cspOnUl!lCil y más jnsta? ¿ Ignora Y. -'1. lo lIno en el
palacio do AranjuPl pasó en su memorahlo rryolucion entre el asluto
Beau!wrnm's y el desengañado Cárlus 1 V, Pll cuyo ¡'lllimo pUllo m¡ís
el tedio ú los trabajos elel mamlo y sn decidida y antigua dütlje:wj(JJl ti
las materias privadas que el amor del mejor Ile los purblos, rcli¡Isado
solo por el enternecillo entusiasmo y simpúticit !,a~ioll al jll'lsc;;'uido
Fernando, antes víctima de sus cle3amomclos lladres que del IlS11rp,l-
dor amhicioso?


nTodn esto es eOllstante, señor; prro no Jo es ml'nos ú tollo el
mundo que esa serpiente de Francia rlerram¡'¡ la ponzoü<t r]8 la discor-
dia en el seno de la l'llmiJia reinall te , y (llle comprlí!', ú rsle inocentA
uordero ú despojarsr, de las hrillantes insignias eOIl que le balJian
allornado, no menos los derechos del nacimirnlo que la gracie~ll
eleGüÍon del pueblo; es decir, tollo lo mús sagrado de III sociúllad y




TODO TnAT.\Il0 DE FErrl'lA:'fDO VII. 87
de la naturaleza. (\ Cuanto me es útil se me vuehe licito (dijo Napo-
nleon); y pues me conviene la España, no cabe duda en que es mia,
j) Tal es la modestia do los tiranos: tales los títulos de los conquista-
)¡dores.


nLa constilllcioll y actas de Bayona serún eternamente la prueba
Mle esta verdad, y el más propio y peculiar adorno de los archivos
j¡ im pcriales tle Francia.))


nIIubo sin embargo un prelado españollmstante virtuoso y resuelto
para recol'llar ;l la nacion sus derechos, y demasiado ilustrado para
que no previese las miras y resllltarlo de aquel congre20. Hubo tam-
hien (¡licho Sl'a en obsequio do la justicia y para honor do la patria)
hubo ministros y srcretarios del rey que con agrado de su amo y COIl
noblc alegría tlel valientc infante D. elidas propusiel'on y recomenda-
ron el glorioso ejemplo de Leónidas, la envidiable muerte de Codro y
el conocido heroismo de Guzman el Bueno, vástago inmortal de los
antiguos reyes de Espaüa.


)) Celebn'¡se no oh:::tante afluel conventículo, y los magnates y ma-
gistrados que concurrieron (bien ajenos sin duda del precipicio que
les ocultaban las flores de los hulag'üeños Sinones franceses ..... por-
(lue si uo, i.. cómo hahrian vola(lo en pos de un delito e¡ c1esgraciu (lue
llabia de cubrirlos pcrpétuamente de dolor y yergücnza?) formaron
fuera LIc1 reino estas cúrLes esclavas que sancionaron la forzada re-
lluncia de unos derechos inenajenables en obsequio de un soldado es-
triwjero, para cuya exaltaeion derribaba un padre desnaturalizado {¡,
todos sus hijos y cles(;enc1ientes riel plausible poseido trono de sus
abllclos. ¡ Hasta p'lra esto hay congresos!.... Cuidado, señor,
i euillaLlo! que el estar juutos los hombres no impide que cada uno
leng'a su flaco; pues una lllultitud do preocupados y débiles no es
mús que HIla lllultiplicada obstinacion ó flaqueza.


)) y en vista de tan clamoroso, tan escandaloso suceso, ¿ hay toda-
vía algo de bueno que prometerse del inmoral BonaparLe, do ese
lllónstruO que de~t1c entonces m[lS descaradamente se gloría de tener
su ciencia, su religioll, SIl- política aparte: es decir, tan privativa y
o]'igimtl que d solo es su ley, su felicidad y su Dios?


)j Hesllelvo, pues, valerse de este mismo Fet'l1ando para cautivar á
sus indolllables libertadores; y encarnizada su rabia al ver cuán poco




88 DISCURSO CONTRA
ha conseguido en arrebatarlo del trono y sepultarlo en el interior de
la Francia, emprende la oSlldía de vestido de su librea, y volvirnrlole
á nuestros ojos odioso, arrancarle hasta del fondo de nuestros cora-
zone3, último, pero in vio labIo asilo de su inocencia, de sus derechos
y de su esperanza. Si le hubiera casado con alguna de sus antiguas
sohrinas, habria sido tan pasajero el triunfo como Sil efímera raza,
qlle ap3.l'eció hoy dia y no existirá mañana. Pero su orgullo aspira á
perpetuar su memal'Ía en las inmensas usurpaciones de la embrute-
cida y ensangrentada Fl'ancia, y para consegliirlo tocante á España,
viéndose y,l enlazado con las primems casas de la Europa, forma de
estos dorados eslahones la pesada cadena con que ha de atarnos) im-
poniendo á nuestro mismo de.;;graciado monarca la dolol'Osa necesidad
de echárnosla con sus propias manos al cuello.


))Sustituye á una aventurera de ~lartinica una hija del emperador
de Austria, y aquel antiguo imperio, que tantos agravios tiene que
vengar en la nueva dillClslía francesa, se halla comprometido al bár-
b3.ro empeño de consolidarla, envileciendo más y más ú sns imbéciles,
pero todavía veIlenL1lo'l sellores. Tal es el mecanismo ele ][ls ideas y
operaciones de Bonaparte; aquí estll la usurera enmienda del malo-
grado plan primitivo ele su rastrera política, y arrní es, señor, donde
deben brillar los aciertos de la venbdera y sublime de V. M.


nEn vano se lisonjean los que pretenden limitar su justo resenti-
m:ento y enojo á la persona y familia de este Atila moderno, y espe-
ran que algun dia, vol viendo la Francia en sí misma, 1 e aborrecerá
pal'a amarnos, le destronará para exaltar á nuestro idolatrado Fer-
nando. i La Francia amiga de España! i Qué caprichoso delirio I Dcsdr,
que las dos naciones existen, ban sido siempre ri vales; la recindad lo
exigía, y habria mucho hit sucumbido una de ellas si el poder físico
de la una no hubiera sido constantemente, aun1lue con fortuna varia,
contrapesado por la fuerza moral de la otra.


nGuerra eterna; guerra de sangre y muerte contra la pérfida
Francia: antes perecC'!' mil veces que capítular con ella. Si hemos de
dar oídos á sas insultantes cuanto falsas promesa') , i que vcinte bom-
bas caigan ahoril en este salan y nos aplanen á todos! .... ¡.\Ialhacla-
dos asilos del heroismo, Zaragoza, Gerona, Ciudild-Rodrigo! ¿ Por
IJu6 no os sepuILi'lsLeis bajo de vuestras gloriosas ruinas ante~ que ~ll-




TODO TRATADO DE FERNANDO YII. 89
frir la l'abiosa afrenta de ver entrar triunfantes por vuestras calles, y
atropellando los palpitantes cadáveres de vuestros oprimidos, pero no
espantados defensores, á esos cobardes Brenos que no habian osado
presentárseles en los combates?


)) l Señor! Sea la Espafla toda otra N umancia ó Sagunto, y vere-
mos desdc el empíreo si estos impíos espíritus fuertes se atreven á
pasearse tranqtlilos por la silenciosa morada de nuestros tremendos
manes: pero (¡necio de mí!) ¿ cómo nos hemos de ver reducidos á se-
mejante trance, cuando nuestro denuedo se apoya en la poderosa
alianza de la Gran-Bretafla, en la inagotable generosidad fraternal
dc la Amét'Íca y en los sagrados aerechos de todo el género humano
y nuestros constantes y redoblados sacrificios, última tabla del pre-
sente mufragio de la libertad del hombre?


))Los mismos principios que n05 constituyen enemigos natos de
Fran(jia, nos ponen en la dulce obligacion y necesidad de ser eterna-
mente aliados de la Gran-Bretaña, único contrapeso capaz de equili·
brar la enormc preponderancia del impe]' io francés, que como un3-
inmensa montaña oprime ya todo el continenle ele h Europa. Por
otra parte, cuanclo nosotros nos vimos acometidos y casi opresos,
cuando sentirnos [tIlles que el amago la herida, ¿ quién se acordó de
auxiliamos? ¿ No fué sola la Inglaterra, esa poderosa, esa gener08:1,
esa sábia socieda(l de hombres libres? Su generosidad la movió á
compasion de un pueblo tan valiente y leal como el nues[ro, y su po-
der la ha presentado sufieientes recursos ¡Jara sostenernos de mil ma-
neras, y mantener todavía dudoso el éxito de lucha tan desigual. Mí
es que mira Inglaterra como suyos nuestros peligros.


)) ¿ Quién podrá pues eludar ele (Iue no continuará protegiénelonos
sinreramente con eS[!'aordinal'ios esfuerzos? Repútese enemigo nues-
tro al que nos indujese á desconfiar de la estrecha amistad de la In-
glaterra. La Inglaterra ha visto, señor, por la esperiencia de un si-
glo, que los inagotables metales del Perú y Méjico han pasado por
nuestras manos, como por un insensible canal, á la Francia, y que
todo nuestro poder se ha convertido en formillable arsenal contra
ella. ¿ Y querremos que en caso de tener la menor condescendencia
de los enlaces que podrian hacerle firmar á nuestro amado Fernando,
no procurase la Gran-Bretaña vengarse justamente en nueslras ricas




90 DlSCURSO CO~TRA
Américas y en todo cuanto nos pertenece, esa tierra de proruision
sin la cual ya nada valemos ni somos?


»Sin pensarlo me hallo, señor, en mi patria ospncial. Pnro ¿ cómo
he de olvidarme dellugm> de mi nacimiento, si el Espíritu Santo mo
dice: Rene rae loco iUi. in qua na!ns es? l Cuán lamontahle es su
estado! Aclos hostiles y sangriontísimos; escenas lan lr{lgicas é irre-
pambles como la del !Jos de J[aya en Ma!lrid; ejeeuciones horribles
en personajes que no há mucho eran sus ídolos; guerras eiviles de
pueblo á pueblo, llamando los unos esclavos á sus hermanos, detes-
tando los otros eorno t!'aidores ú sus propio.'] padres, é invocllndo
lod03 el augusto nombre de Fomando VII para (lnrramar sin motivo
ni objeto hl escasa y preciosa sangre española, esa rubicunda sangre
en cuyos torrentes hllbíamos pensado ahogar la perfidia y altanería
francesa.


II Tal es la situacion dolorosa de algunas provincias de Am6rica.
Yo pregunto, señor, ¿ de dónde procede t11 imitarion? ¿De dónde ha
de proeeelur sino ele esa multitud de cstranjcl'os quc contra la rigurosa
proltibiciol1 de las s:íbias leyes de Indias (jamás obsenadas sino en
lo que presentan de Ollioso) S8 han establecido en aqucllos pLiises para
sembrar la discordia, y aprovechúl1Llose de las divisiones doméstieas
atraen al partido ele sus respectivas naciones cuantos personajes y
familias pudieren?


llNo han faltado muchos entre estos, que tal vez vibrando los (lar-
dos de los sofismas polítieos, tal vez abmando del favor y elel nombre
de los gobernadores enviados ti osas remolas provÍIwias, las han que-
rielo iniciar en las profanas no\'eclaeles elel catecismo de la indolencia,
\'cngLinza é irreligion. A vanzáronse hasta predicar la tolerancia !le la
¡nf,une raza de nonap1rte sobre el trollO rle San Fernando, y horro-
rizados Liquellos mturales con tan escandalosa propuesta, que lal vez
se les hizo r.:omo espres:on elel gobierno de la metrópoli, gritaron to-
rios Ú llna : « l\Iomentáneamente nos separamos, no elel gremio ele la
!lnacion española, no de la vener:.tcion ú la madrü patria, sino de los
II proYisiOt1ales gobiernos que la dirigen con tan varia y éUTiesg,llla
llSUel'tc, porque tcmcmos que plisando nuestra obediencia ¡Jn unas
II manos á otras, acaso segun la inevitable vicisilml de los sucosos
)) llUlllauos y la yolubiliLlael de la fortuna, tan fugaz en la gncl'l'a,




TODO THATADO DE FEl\:'iA\DO nI. 91
))cn.ign.mos n.l fln, y sill poder remediarlo, en las impurus de los
))franceses, torlavía empctpadas en la inocente sn.ngrc de nuestros pa-
n elros y hermanos. ))


)) Esto han temido, señor, las di3irlentr:s provincias de América, y
yo no digo con el derecho de inviolabili(lall que V. JI. decretó á 10'\
ruprcscnlluitcs del [llwblo, pero con salo lener una lengua en lLL boen.,
me hallo suficientemente resuelto y autorizado á decir que, si seme-
jante temor Illlb!e,e sido fllll lhl do , serin. su conductn. plansible; por-
(Ille la A:n(~rieJ, toda, ~cílol', anles se sUi11crgirú en ln.s cn.vcrnas tlel
mar, como en otro tiempo la isla dl~ Delos, y postüriol'mente la
gnmle :\ll:'tnlida, qlle l'el~ihir el yugu ele es le tirano, que ha degra-
dado ft Sll rry, asobtlo h sn patria y profanado su religion. Para (;SO
lictlo el Au(;ro-}Illl1l]O un FCl'ilaI1l10, y este posee en aquel un trollo,
(L llolllle no n.Icn.nzarán los tiros de su enemigo mortal.


Ill3ien pncLle Napoleon onviar emisarios ú Porsia, persuaLlido que
donclú ellu~ pellolran ~o a])]'(;¡] las puertas ~L sus ejércitos; pues Filipo
de :llaccdon;[l ha oIl~eíiado Ú loo cOllqui>,taLlores tlel antiguo mundo
IJlW desde qllo la plaza m{ts fuerte arista lln asno cilrgacln de oro, to-
das ,us mnrallas se 11csrnnronan y yan ú ticrra. Pero en América,
pa! ria de la ii(lelidarl y (lel oro, no hallar:'lll los apústoles del protedor
del ,Índaismo u~rlt acogiila que la que b,Ul esperimen!aclo yn. lus lemo-
rM'ios (Ino éLrrillaron {L In. lIabana, Cal'll.CéLS, Bueuo:3-Aires y Filipinas.


))Aeaso en 1111 acto 11e su fariosa epilepsia cn.rr{l el eorzo en el de-
lirio de cmiar escLlculras contra la Arnériea. Pero ¡ah! Neptuno en-
lonces, clrsearg:'ll1clole nn duro golpe con su tridente, «( Jlliserable
))so}Jrano ((liria) : tú que pisa, osado mi imperio, siente el fimni-
))dable effcto de mi indl!¡l/acúm subc)'ana.)) Y como el Coloso lle
UOllas, se sopultarin. en los abismos del mar el gig'ante orgl1lloso.


nJTahlamlo L!e n.SUlltos grandcs es necesario hablar con grandeza.
No abogo, señor, aqní por la causa ele España; y no porque Españn.
de.ie de ser dignísillla ele que el mundo entero hable por ella, sino
porque en I'sta CLlUsa se yersan los intereses y los derechos de todos
lo" lwmlJres; y así, aun cllando el teatro de estos sucesos fuera el
Japoll ó Laponia, miraria yo su fayorable ó adverso éxito como muy
llIio pl'Opio : /Jomo sllm, lwmani nihil it me alienum pulo.


))La suerte del género lJUl1lano pende actualmente ele la Europa;




92 DISCURSO CONTRA
la de Europa de España; la de España ele la sabidurfa y firmeza de
estas córtes estraordinacias; y si la nave del Estarlo zozobra) la úl-
tima tabla que ha de salvar á las córtes) á la patria y á la humani-
dad) es la América.


)) Es preciso, pues, que no olvidemos que los cetros pasan de lme-
blo en pueblo, segun la iniquidad va or;upando el solio de la .iusticia.
Estoy en un congreso católico; ¿ por qué he de avergonzarme de ha-
blar católicamente?


))En vano buscaríamos hoy los antiguos imperios: ¿dúnrle están
los egipcios, los babilonios, los medos, los persas, los macedonios,
los sirios y los romanos? i Ah! donde á vuelta de poco tiempo estarán
los franceses y sus ejércitos, su saber y su gloria. Todo lo flue nace
muere: todo se disipa y elesaparece; solo snbsiste la verdad, que es
eterna; y de la verdad se derivan los derechos del hombre, las obli-
gaciones de los monarcas y la responsabilidad de los jueces que se
sientan á decidir del destino de estos y aquellos.


nHacerlo con imparcialidrtd y decoro, es el primer principio de la
jastida universal; y V. M. faltaria criminalmente ti ella, si desenten-
di6mlose de sus preceptos, ohidando la propirt esperiencla, y despre-
ciaI1llo las máximas de la sana po{(lica, dudase siquiera un punto en
declarar derna guerra it la Francia, cerrando (como la avisarla ser-
piente á los encantos del mago) los oidos á cualquiera proposicion
que nos haga, mientras sus tropas no evacuen el territorio español,
y Fernando VII sea restituido á su trono libre de toda conrlieioIl,
tratado y pacto; pues todos son sospechosos y nulos, corno hechos en
la cueva de Polifemo entre un inocente cautivo y un envejecido tira-
no, euyo lenguaje es seduccion, sus ofrecimientos disfrazada amena-
za, y SIl mayor generosidad la dilatada muerte de sus enemigos.


nPrescimlo del divulgado matrimonio, no porque (como alguno
ha dir;ho) sea su validez superior á la esfera de las facultades de este
augusto congreso; pues para castigar al malvado con su misma mal-
dad, no hllbria más que aplicar ú Feruamlo la ley do que Napolcon
se valió para anular el casamiento de su hermano Gerónúno con la
americana Patersson, para luego ingerlarle en el árbol de los reyes
de Sajonia.


llApenas hay quien ignore que siendo el matrimonio uno de los




TODO TRATADO DE FERl\'Ai\DO "J[. 93
contratos civiles, y pudiendo los soberanos lig'ar el valor de estos á
cualesquiera condiciones honestas, no es ajeno de su autoridad el
poner impedimentos dirimentes al matrimonio; pues necesariamente
ha de ser este un contrato válido para poderse elevar á sacramento.
DAjO aparte el examinar si en Francia bay matrimonio sacramental,
porque aunque me seria muy fácil probar que no, es justo no moles-
tar más tiempo la ocupada atencion de V. M. con inútiles 6 no nece-
sarias reflexiones.


))Repasen pues los franceses el Pirineo: venga Fernando YII como
salití; detestemos para siempl'e al encarnizado perseguidor de 103
augustos Borbones; ojo alerta con las lisonjeras arterías de Francia,
risueña mansion de tigres; y todo, todo está concluido. Para esto nos
desvivimos los diputarlos de la nacion; para esto el respetable pueblo
español ha jurado morir y aniquilarse mil veces antes que retroceder
un paso en la espinosa carrera de su árdua empresa. ¿ Quién podl'd,
arl'edrarle por el tenlOr?


)) ¡Pero qué espuesta se baila su candorosa generosidad II rendirse
á las persuasiones, á la compasion, al respeto! Crea V. 1\1. quc quien
le lisoujca, Ijuiere perderle: en el arte de los engaños somos niños Jos
españoles, y tOlla la sabiduría de V. 11. será infructuosa, será nin-
guna, desde que olvide que las habemos con el refinador del maquia-
velismo, con el padrc dc los ardides cuyas lecciones recibirian ad-
mirallos los Ulises, los Silas y los Mahomas.


n'fema V. M. y prepárese aun para lo que parezca imposible .....
Habria, señor, ctírtes contra c61'tes, como hay autores que defienden
opiniones comunes c<,mtm comunes. Y ¿qué resultaria flnalmente? qne
el mismo FCl'llando \'11 sin saber lo que se hiciera, 6 tal vcz n? siendo
nalla (porque suplantarian su real firma), nos haria esclavos misera-
bles de los franecses. Y entonces ¿qué dirian, señor, los varones sen-
satos, y aun los labradores sencillos en quienes no se haya estinguido
del todo el luminoso instinto del bien, ni el innato amor á la libertad?
¿Qué dirian los valientes suecos, que desde los estl'eehos rincones de
sus pantanosos bosques, han desafhido al poderoso Alejandro, com-
prado con la molicie para instrumento de la presente destruccion de
sus animosos vecinos, y de la inevitable ruina futura de su mismo
imperio? .....




91 DISCURSO CÜ'iTRA
n ¡Funesta insnfkieneill de los rprmrsos hnmllllOS! :\1 nuevo Poro,


Gnstavo IV, le hll faltado por fin su pueblo; y al infatigable puchlo
e~paüol dicen que empieza á f;dtarle F"l'l1:tndo VII"", Pi'ro pal\L 8S0
consena la P¡'ovillencia las inconrjuistalJles islas brilúnicas, asilo de
l,)s elüsgraeiados, pero pundonorosos reyes: para eso los libres y hon-
¡'lldos castellanos tienen Américas; y los americanos haceu alarde ele
~\l fratel'LllLlbimo [tlnor, olJseencrltíJ llOspitali,laLl é il imit,ula filautropia,


»XO es llegado toLlll"la, sellor, el doloroso 1fI0111rn[o (le srpal'ar-
IIU] Lle Troya con lúgrimas ¡Je pieclad en el 1'0:;11'0, lJCI'o cOilül segmo
c(jn~urlo en el pecho dA yolver Lien pronto dr nlle,stra llwjoratla Ilalill
ú besar las J'escllladas tumbas de nuestros parlres, y lIemr la espada
y el fuego ele la venganza á las soberhias c(¡rtes cl(~ estos ¡Jesa¡¡iacla-
dos Aquiles y Agamemnolles, P(1rÍs y PeLrrsbllrgo, ¿Üll(; dirian de nues-
tra prematura retiracla esas nobles pI'O\'illc:ias , más viGlOl'iosas mien-
tras mús desoladas? Pero ¡ay! ¿cuánto mús tendrian dor¡llé qnrjarsc,
si hubieran de ser wndiclas Ú llll rellcoro~o y vil cnemigo, ú cuyos
ojos 01 mayor mérito es músmotivo de pcrsccllcion y (le ;::añil?


» Todo yo mc trastorno cuando imagino qnc haya n:1 solo espa-
fiol qne consienta en entregar atadas con un infame tralado ú esas
ltcróicas poblaciones Llel Ebro, antemurales Ürl la itll1cl'cl1L1r!lf'ia espa-
flola, Llande trwtos ej(\rGÍtos de \f,ncetlnres ¡Jo Austerlilz y Jena se han
estrellado COil10 las yallllS espumas en jos pl'lIllSCOS., .. ,


n¿c;s o,:;to el premio qne el heroísmo espera de la gratitud caste-
llana? ¿para esto se ha uerramaLlú tanlll sangre inocente? ¿p(1ra esto
sacriflcamos tantas preciosas YÍctimas'? ¿para Asto se han llec!lO corno
ú porfia tan las viulbs y huérfanos? ¿eon que les jlrivaremos lwsia del
santo l:opsuclo de llamarse m{lrtircs rIel pnJriolismo? ¿conrertircl1los
con nuestm ignorilnlc (¡ Mbil cOlllle;::ci'lltlcncül en villano::: y traidores
é ilTeligiosos Ú tantos cspatriatlos lllilgnates y padres conscriptos, ú
tantos laurea(los campeones, ú tantos sahadores ele! cnlto de nuestro
Dios? .. , ,


nJlalditas sean entonces las victorillS de Bailen, Talavera y Ta-
mames; bórrense de la memoria de los palriotas los oLliosos nombrcs
de Tortosa, Valencia, Badajoz y Cádiz; Cllvernas entonces de obslina-
cion y rebeldía, no ya a!cúzares como hasta aquí gloriosísimos de va-
lar, de lealllld y de rcligion.




TODO TRATADO DE FEIl:'iAI'iDO VII. 95
))Seüor, señor, ocúpese V. M. esclusivamente de tan importante


como difícil materia. Decl;irese en ses ion pcrm:illente hasta su feliz
condusion. Padl'es de la p'ltria, ¿por flllé no hemos de trabajar sin
cesar por tantos millones de patriotas que no cesan de combatir más
bien por nuestra felicillau que por la suya propia?


))Pensacllo que por esta misma patria hicieron en más apuradas
angustias los Pelayos, los Cieles, los Íñigos y Jaimes; y tened enten-
elido que á eso y á mucho más somos hoy obligados; pues gozando
ele los mismos derechos, tenemos para más cargo el estímulo de sus
ejemplos y las IU0es ele nuestro siglo. He dicho.))






GUTIERREZ DE LA HUERTA.


Solian deeir los amigos y parciales de Gutiel'1'ez:
de la Huerta que cuando hablaba sobre la legislacion
ó sobre la práctica de los tribunales, era un Ciceron.
Leidos hoy sus discursos sobre aquellas materias, á
cuya discnsion tenia realmente una aficion marcaJa,
solo pued(~ decirse que era un jurisconsulto profun-
do, un entendido y prúctico abogado. ¿A qué debió,
sin embargo, esa gran repuLacion de orador que alcanzó
entre sus contemporáneos, y que ha llegado hasta nos-
otros aumentada por la tradicion y por el tiempo? Ya lo
hemos il1L1icado en otra ocasion: Ú 1.:1, falta de verdaderos
oradores <le parlamento; al carácter pacífico y académico
que resaltaba en los éÍebates de las eórtes de 1810, en
las cuales sobresalia y fijaba la atencion del público el
diputado que peroraba con algun calor, y que se espre-
saba eOl! faeilida(l y desembarazo.


Acostumbrado Gutierl'ez de la Huerta, como uno
de los ab0ts'ac1os de más crédito, á hablar ante los tribu-
nales, hízose notar pronto en aquellas córtes por sus
improvisaciones y sus réplicas, hechas con fácil locu-
cion, sueltos ademanes y entonacion de estilo.


Fué Gutierre% de la Hue1'11l en los primeros tiempos




93 GUTlERREZ DE LA HUERTA.


de las córtes de Cáaiz, uno de los oradores que trataron
de ctsputar á Argüelles la pahua de la elocuencia y de
la popularidad; pero notablemente inferior en l::l.S artes
de la oratoria, desistió de su empeño, y dedicóse á or-
ganizar un partido ael que se nombró, ó le nombraron,
jefe y director. Este cambio de posicioll vino á reflejarse
inmediabmente en :sus ideas de tal rno(lo, que el liberal
exagerado, el apailionado reformador d(~ HHO era ya en
el año siguiente el encarnizado caudillo del bando reac-
cionario.


Desde que por de apecho ó por cálculo hizo tan 1'c-
perüino cambio 811 su conducta política GutieJ'l'C,7" de la
Huerta, viósele incansable y tenaz oponerse á cuantas
innovaciones proyectaban los liberales, disputándoles el
terreno palmo á palmo, y flescoacertándoles algunas ve-
ces, no con su elocuencia, porque en verdad no era mu-
cha, sino con la lógica irresistible de sus peroraciones.


Metódico en SU'l ideas, claro en sus argumentos, ra-
ciocinador hábil, discutidor profundo, sus discursos, frios
como la lógica, gr:1\'es y acompasados como el racioci-
nio, no conmovian, pero ilustraban; no entasiasmaban,
pero pe:'suadian. Aunque Cutle/'re:::, de la lllleJ'ta tenia
facilidad para espresarse y no carecia c1e ingenio y de
instrucclon, faltáhanle much,ls dotes para ser un orador
perfecto y pasar á la posterichd como modelo en la elo-
cuencia parlamfmtaria.


Declamador poco profundo, na¿h, verboso, fueron po-
cos sus discursos y sobradamente cortos, habbndo casi
siempre incidentalmente, y como haciendo alarle de su
autoridad y suprem:1cÍa para encaminar por donde le
acomodaba el curso rle las discllsioues. Toda la illlpor-
t:mcia de aquel diputado provenia de su espedicion en
los trabajos legislati vos, alcanzando grande influencia en




GUTIERREZ DE LA HUERTA. 99
las ~omisione8 principales por el buen criterio con que
orilhba las dificultades.


Como por lo regular solo tomaba parte en los deba-
tes sobre puntos de derecho, organizacion de tribunales
y formalidades de los juicios, con dificultad se encuen-
tea en sus peroraciones una frase leva!ltaela, una idea
desl urnbradora, una imágen poética, un arranq ne ora-
torio.


Entre sus discursos, que tienen más ele disertaciones
académicas, de alegatos forenses, que de arengas parla-
mentarias, no se halla uno siquiera que por su intencion
y por sus formas pueela acreditarle de orador sobresa-
liente, de discutidor elocuente y arrebatado.


Fué sin duda notabilísimo, y así lo hemos visto eali-
ficado en resefias y flpuntes d0 escritores contrarios en
polítiea al orador de quien nos oeupamos, el que pro-
nUllció en defensa de los sefiorÍos jurisdiccionales, sin-
tiendo IlJ podcr copiarlo al pi0 de esta biografía, por la
imposiLilidad en q He se vi~ron los taquígrafos de orde-
narlo en sus notas y reproducirlo con exactitud, á causa
de la velocidad con que fué pronunciado y de la enfer-
medad del autor, que le impidió corregirlo.


El que como nosotros se haya entretenido en leer
todos los discursos de los legisladores de 1812, habrá
notado tal contracliccion de ideas y de principios políti-
cos entre los primeros y los últimos tiempos de la dipu-
tacion de Gutierrez de l(t Huerta, que no dejará de sor-
prenderse de tan repentino cambio, de tan brusca evo-
lucion. Solo el despeeho, como ya indicamos, de no
hab(~r podido alcanzar entre los bulliciosos espectadores
de las galerias una popularidad su perlor á la de Argüe-
lles, (;arcia HelTeros y otros corifeos del bando liberal,
pudo contribuir á que el diputado por Búrgos se mostra-




100 GUTIERREZ DE LA HUERTA.


se tan realista, tan ultramon:"lllo, tan reaccionario en sus
últimos discursi)s contra las pl'erogativas ele las córtes,
en d{~L~ll'n ,Iel VC\t:J de S:wtiag-o, de la, eontinuacion del
Swt" Okiu y oti',):j asu:1tos pal'eci(lus, sill :lcordal'se de
lubl~l' scnLulo al principio de la legislatura entre otras
máximas demoerit",icas, las siguientes: «Elre!J es 1'e!J p01'
la volunttul de la nacton.» y lllÚS adelante, atacando la
régia prerogativa, consignada en la constitncion, de
proveer el monarca todos los emplcos civiles y milita-
res, decia: «La razon que tengo es la desconfianza que
tiene y ha tenido b nacion y que ha debido tener (le los
anteriores empleados; porque hasta aquí el rey ha, sido
árbitro en dar los destinos. ¿QuereIlH'S conCe(1e1' al mo-
narca un poder que sea infInito para hacer el bien? Crco
que esto es lo ciue quiere el congreso, y yo soy el pri-
mero á convenir en ello; pero concedáse le de modo que
no lo pueda convertir en daüo del Estado. Siempre y
cuando se den al rey facultades absolutas para elegir á
los que se le antoje, es muy probable que convierta ese
poder en daüo de la nacion. En adC'lante no clelJe tencr
más, facultades q ne laR que necesita para pl'OpOreiOlJal'
el bien del Estado. iYo debe perderse de vistn que ell'ey
es para los pueblos y no los ]Jlleblos parn el '}'{~y .... )


No usaban un lenguaje más antilllonúrquico 103 más
fogosos liberales de aquellas cÓl'tes.


Terminada la discusipll del código, de cuya comision
fue inclividuo, y vienclo derrotado su partido y más pro-
bable el pronto regreso ele Fernando, se aUS(~IÜÓ repen-
tinamente de las córtes para marcar llJás con )iU ausen-
cia su protesta y oposicion á las reformas que sc pl'aeti-
caban.


Al disolverse el congreso de 181;~ por la v()luntad so-
berana de Fernando VII, justo y natural pal'ecia que, al




GUTIERREZ DE LA HUERTA. 101


paso que se castigaba con encarnizamiento á los liberales
reformadores, se premiase con largueza á los apasiona-
dos defensores de la monarquía absoluta. Gntierrez de la
lflle1'ta rué uno ele los agraciados con la fiscalía d81 Con-
sejo ele Castilla, üe"tino á que era muy acreedor, no por
su tardío y sospcehoso m0'1arquisl110, sino por sus bue-
1l0S y anteriores Fiervicios en la magistratura, por su
gran prüctica en los negocios y por sus justos y mereci-
(los titulos de profundo .i urisconsulto y de hombre ilus-
trado.


Discurso en defensa de una proposicion para que ciettos
negocios se tratasen en junta, de ministros.


((Scüor: por car{li:lcJ', [lUI' convencimiento y por esperiencia soy
enemigo d!.] lacIo minislro; tolo lo que sea darles unas facultades ili-
mitadas, ns para mí lo mismo (J110 dool'etar la ruina de la patria. Pa-
nel' 1111 [1I)(lel' ilimitado en manos ele lIn hombro que puede abusar de
61, es hacerle efectivamente malo, y ponerle en una tentacion de que
no se plleda librar. Para mí, señor, no hay Ull ministro íntegTo en
el mundo ell el llcr;ho que no quiera sujetarse al parecer de otro; por-
quo OIÜ'J:WUS os claru que no 113sea el bien ~ino que ama la arbitra-
I'ieda 1, Y pmtrmrle dar ú todos los negocios el üaráctrr ele sus pasio-
nes: Ll2 modo que yu s¡Jlo tendré por !llenos injusto al que menos
rehuse sll,ietarse ;'\ las restricciones qne las leyes le imponen.


»PilI'IIJ de e,te principio para decir que el pl'Oyeoto de la comísion
tielle en mi enl"llclcl' tolla la justieia qne cxige la salud de la patria:
pOI'l¡ue su único objeto es jlonel' márgen ú esas voluntrrdes capricho-
sas de ]0,;; ministros quc han decidido dc l:J. suerte del reino estos
treinla (¡ eunrenl.a aIlDs últimos. Seilor, se ha objetado que lajunta
que so va ú eslahle¡··'j[' destruirá el poller dol ('onsejo de Estado, y li-
mitará el rIela reg·p,ncia. Yo siento por lo contrario la [Jl'oposicion si-
gniente: siempre que los ministl'os queden libres PaJ'¡l hacer ó no la
couslllta al rey, dejarán de existir el consejo de Estado y las córtes ..




102 DISCURSO EN DEFENSA


yel rey vendrá á ser un esclavo de sus ministros. Voy á pro-
barlo.


llPor el órden establecido antiguamente, la ejecucion de las leyes
estaba distribuida en varios tribunales, y el poder supremo residia
en distintas comisiones. En los negocios que se estimaban guberna-
tivos entendian el Consejo de Castilla y su l~ámara, y tenia negocios
conocidos. Teníalos tambien el de 6rdenes, el de Indias, el tribunai
de comercio y moneda y otros tribunales que antes existian, y ahora
quedan suprimidos por la constitucion, pues que no habrá más que
un supremo tribunal de Justicia y el Consejo de Estado. Por consi-
guiente touos los negocios gubernativos que iban á aquellos diferen-
tes tribunales, pasarán ahora ó al consejo de Estado ó á los mi-
nistros.


nSupongamos que van á los ministros. La forma antigua de exa-
minar estos negocios era distinta: unos los despachaban los tribuna-
les por si mismos, y otros prévia consulta con el rey: otros disfruta-
ban de las dos nuturalezas, ó se despéwhaban por las vias reservadas.
Las vías reservadas se inventaron para quitar el conocimient.o á los
tribunales, de milnera qua esta forma ele despachar los minislros por
sí solos dí6 el último golpe á la libertad del reino . .No se diga que
esto fué por falla de los reglamentos. A pesar de ellos y de su sabi-
duría, ningun negocio se despachaba si no era avoeado por el minis-
tro. Mandado estaba que el Consejo de Castilla entendiese en el ramo
de baldíos, concesion de terrenos, institutos religiosos, etc., etc., y
jamás iban á la cámara estos negocios si no querian enviarlos los
ministros ....


n No acabaria de referir la multitud de negocios que estaban adju-
dicados á los tribunales, que jamás iban á ellos, porque los minis-
tros se los reservaban para hacer el uso que mejor les parecia. Pues
si ahora se les deja este paJel', para lo sucesivo no enviarán más ne-
gocios al Consejo de Estado que aquellos que sean más odiosos y
que puedan comprometer su responsabilidad y opinion; pero todos
los demás en que tenga interés en despachados, ¿crce Y. JI. que los
enviará? No, señor; porque no habiendo dieho V. M. que el Consejo
ele Estado haya de eonOl;eL' ell; tales y tales t1l'goeios determinada-
Ill'.mto, ser<Ín ¡j,rhilro' los minisLros en dirigir los negoc:ios qlll) les




DE C:\A JUNTA DE }IlNISTROS. 103
acomode al Consejo de Estado, y solo en ellos oir su dictámen. Esto
exige la naturaleza de las pasiones humanas; y mucho más las de
los ministros, cuya ambicion es como una hidra, que cuanto más se
le da, menos se halla satisfecha.


La espericllcia nos ha hecho ver que las vías reservadas han sido
la desolaeion del Estado. Si S8 ha conservado entre nosotros algo de
cal'áder nacional, creamos de buena fé que no ha dependido del go-
bierno ministerial, sino de lo que han trabajado los tribunales cole-
giados, [¡ue eonservaron ciertas sabias rutinas que mantenian el
órden Ile los ncgoeios. Las vías reservadas hoy dicen negro, y maña-
na dicen blanco; hoy bueno, mañana malo: esto es lo que haeian las
vías reservadas; por euyo medio han desaparecido de entre nosotros
nuestras venerables costumbres, la sinceridad, buena fé y homadez
que tanto ennobleció al carácter español.


))Digo que no pueele haber ConsAjo de Estado si no se quita esta
funesta inOuenria ministerial. V. M. ha dicho que en los asuntos de
paz y guerra, cte., sel'ú oido el Consejo de Estado por la regencia;
lllUS 110 lla señalado los demás negocios que tocan á este Consejo. r
¿(',nAntas recrs se ofrrer,fú en un siglo haeer tratados de paz y de
suhsidios, y deelarar la gl.lcrra? ¿Para [¡ué se habra creado un euerpo
llumeroso eonstitucional, Ull cuerpo de quien se dice que pende la
f'al\'acioll de la ¡mlria, si la constitlleion no le da más oeupaeioll que
lct (¡tle C¡:1Íeran Ji.lrlc los ministros, los euales si no quieren solo ten-
dril que harer en diez años tres ó cuatro ncgocios ... ?


)) ¿ Es este el fin que V. 1\1. se ha propue"to con este estableei-
miento? V. JI. le ha LIado nombre, pero no facultades: no ha dicho
que habrá asuntos que no se puedan resolver sin la consulta de est'e
Consejo de Estado, ni ha dieho euáles eran, ni ha deslinrlado todas
sus atribuciones; y mientras no lo haga, triunfará el minislerio de
esta corporacion, y de las inteneiones de V. JI. Si queremos evitar
este inconveniente, es necesario establecer una línea de dernarcacion
que separe los negocios; porque el Consejo de Estado no puede exis-
tir si no se señala en los términos más preeisos la potestad de los mi-
nistl'os que pueden abusar de la confianza del rey.


))Por otril parte, ¿cómo es posible que tantos negocios que antes
ot.:lI jlaball las luces de distintos trihunales, sean ahora bien despacha-




104 DlSCURSO EN DEFENSA


dos por un hombre solo? ¿B,eposará tranquilo V. M. en este punto
confiado en que Ull ministro, jefe en su ramo, coja un espediente que
solo ha sido examinado por un oficialito criado entre vidrieras, y sin
más exámen que pasar por las mllnos del mayor en la secretaría? No,
señol', no es esle el modo Je asegurar el aeierlo. Podrá suceJer que
llegue el dia en que no sea así; pero siempre estaremos un uescon-
fianza. No es esto para lo que se ha reunido V. M. La nacíon qniere
que se establezcan las bases de su felicidad, y que hayit segnridad pú-
blica, borrándose de la memoria Je los hombres las injusticias que
hasta aqllí hemos sufrido.


»Vuelvo á decü', seüor, que no pueJe salvarse el reino si Y.;\l. no
señala las facultades del Consejo de Estado; no hablo para las circulls-
tancias del dia, en que todo es bueno, porque hay pocos negocios,
sino para cuando tengamos nacion y las co,as mel van ú su calma:
digo que en el dia todo es bueno, porque las provincias, ú están ocu-
padas en sacudir la esclavitud que las oprime, ó preparámlosc para
resistirla. La parte de América es la que solo tenemos y la que alta-
mente reclama la consideracíoll de V. M.; porque sejJaL'llda la aulo-
ridad qne estaba reunida en el Consejo de Indias, si no se señalan
estas atribuciones que digo, queJarán todos los asunlos en manos de
los ministros, y los uaños que de aquí han eJe resultar solo pueden
calcularlos los que han manejado estos negocios y han reconoeido su
carácter.


» Aseguro á V. JI. que los espedientes que de un golpe van ú
parar:i los ministerios, adoptado el sistema de la conslilucioll, llAg'a-
rán á ocho ú diez mil, los cuales antes ocupaban siAle Íl or,l1o secre-
tarías encargadas de estos particulares, y más de ciento sesenla hum-
bres que pasaban dias enteros para leerlos y resolverlos; ¡,y ahora
deberá fiarse esto al único informe de un otlcialito, con cuyo es tracto
y sin olL'll preparacion, informe el ministro de palabra á la regencia
(¡ al rey? Señor, ¿dónde estamos? ¿y es de creer que salga esto bien'?
No puede ser ....


»Creen muchos seüores que establecidas las juntas propueslas se
entorpece el despacho de los negocios. Yo creo lodo lo contrario. Aquí
se han confundido los negocios con los espedientes. Hay negocios,
como los militares, en que se necesita una suma rapidez. Hay otros,




DE U:'iA JUNTA DE MI:'iISTROS. 105
como los puramente legislativos, en que es necesaria la mayor paU8a
y circunspeccion. Entre estos hay otros que son los de la ejecucion
de las leyes, y que resuelven las dudas que se ofrecen en el curso de
los negocios. Estos necesitan exámen y deliberacion más ó menos
prolija, la cual no debe quedar espuesta á un solo ministro, porqu e
puede haber peligro de ignorancia; no siendo posible que pueda. de-
cidirlo todo bien: puede haber tambien malicia, porque queda en en
arbitrio sorprender ú la regencia ó al rey, puesto que no se le puede
hacer cargo de los espedientes en ningun caso.


))Se elice que habrti disensiones entre los ministros, y que se li-
mitará al ('onsejo de regencia en sus decisiones. Disensiones entre 103
ministros siempre las habr{t, y solo se unirán cuando se trate de ello·
ear contra llll poder estraño: sí, seüor, se unirán contra cualquiera
cuerpo ó particular que les d.ispute sus facultados; pero cuando se
trate d.e sus respectivas facultades siempre estarán divididos, procu- -
raudo usurjlltl'se mútuamente los neg-ociac1Qs. Este es el carácter del
hombre. Destruya, pues, V. M. esta enemistad, dígales: «no os po-
ndreis quejar si el otro ministro conoce en tal y tal negocio, porque
nla ley lo previene.))


llDícese tambien que esto causará dilaciones; y yo digo que causará
brevedad; porque no hemos de considerar la celeridad de nn nego-
cio por el tiempo que se tarde en resolver, sino por el que se gasta
en ejeeutar. De lo que resulta que cuando no hay nnion en los minis-
tros, es menes te!' que usen de la violencia para ejeeutar las órclene~,
y así el remedio es establecer prineipios fijos.


nSe dice que se debilita el pOLler de la regeneia, y yo digo que se
aumenta. Porque yo no tengo por poderoso al rey, á quien se le puede
sOl'prender; al contrario, el que está sujeto tí, los que le rodean es el
mas impotente. Esto sucede cuando un hombre solo y sin consrjo de-
libera; pero no cuando tiene que poner sus opiniones á, la crnsura de
los demás. En una junta donde cada uno espone su dictámen, no
puede haber engaüo) y sí cuando el ministro tellga arbitrio tIe dar al
negocio la forma que quiera. En esta pürte hay grandes ventajas, y
únicamente la eseepeion que hallo que poner en el artículo es que
deben esceptultrse todos los casos que exigen grande celeridad; pero
yo todavía, en consecuencia de mis principios y ele mi larga eSjle-




106 DISCURSO E:'l I>EFEl\SA


riencia sobre los males de las secretarías, digo: que despues de acor-
dada la resolucion, se haga presente en junta tle ministros para lIue
coadyuven, y no haya necesidad de competencias, de contestaciones,
de oficios, tic dutlas , y de todo lo tiemás que ocurre constantemente.


nSeñol', no puedo desechar de mi cabeza el pensamienlo de cómo
se ha de establecer el Consejo de Estado, en que se apoya nuestra
seguridad, y que es la base sobre que descansa el bien de la nacion,
y como ha dicho el Sr. Espiga, es quien la ha de salvar. El Consejo
de Estado, tal cual se ha puesto en la constitllcion, he dicho qUD es
nada, porque todas sus faeultades se las alJsorberán los ministros.
Yo qllisiera> señor, que para prevenir estos inconvenientes hiciéra-
mos una sencilla declaracion, y dijéramos: (( Haorá junta de minis-
))t1'os para examinár los asuntos graycs de los ministerios, á escep-
))CÍon de los que requieran celeridad, entendiAnoose los que son
))propios de las secretarías del rlespacho, y no los que eran propios
nele la anclicncill de los consejos.» De este modo salmmos todos los
inconvenientes, y no hacomos que soan iÍroitros los mi¡¡istros; por-
(IlIe ~i so dicCl « corran todos los dcmCls negocios por las secretarías
))del despacho, n uada hemos llc(~ho, y 1;1 espericncia IIOS hará ver
qtle no Jwmos COIlOI;ic1o pI lf·rrcno quu pi::amos; y así conviene qne
se apl'll9be el artíunlo como está en todas sus p:irtes, con la escep-
-cion que he indicado. ))




11 J ~VV'V'VVVVV'V'VV·-.lVVVVV I./VVVVVVVVVV", rv .:'V'VVVVVVVVVVVVV'l!


GARClA Hrmp.EROS.


No fué seguramente D. Manuel García Herl'cl'oS de
los diputados que usaron con más frecuencia de la pala-
bra en las córtes extraordinarias de Oádi7" y sin embar-
go, desde sus primeras sesIones se colocó en primera lí-
nea como orac~ol' y hombre de gobierno, siendo uno de
los jefes reconocidos del bando liberal, entre cuyos in-
dividuos ejerció siempre suma influencia y no poca au-
toridad.


Antiguo procurador general del reino, abogado de fa-
ma y hombre instruido y de alguna erudicion, tenia
cierbt superioridad sobre sus compañeros, y más desell1-
baraw y espedicion para tratar los c1istintos negocios que
tÍ la discusion se presentaban, nuevos m1lchos de ellos
en ]D, esfera de la teoría, y c::tsi to(los en la práctica.


Por estas cualidades especiales, más bien que por su
mérito como orador, figuró tan notablemente Gat'ciaHcJ'-
1'eros entre los constituyentes de 1810. En las comisio-
nes, sobre toc1o, era donde aquel diputado ejercia un
inmenso influjo, pues incansable en el trabajo y con ar-
diente afan por plantear reformas en todos los ramos de
la administracion, redactaba informes, ~resentaba pro-




108 GARCíA HERI1EROS.


posiciones, iniciaba los debates más df~licac10s y peligro-
sos, dejando á otros oradores que sostuviesen sus doc-
trinas y que defendiesen las reformas por él propuestas.


y no es porque G({'l'cia HC1'J'ems caréciese de talen-
to y de elocuencia pam ter~iar en las discusiones y dis-
tinguirse en ellas; sino que, hombre de accioll más que de
palabra, dedicóse desde un principio :i preparar la mar-
cha innovadora de aquellas córtes, y á dirigir sus pasos
por la senda liberal, de la que unos se apartaban y otros
no querian atravesar por los escollos y peligros que la
ilJterrumpian.


Puede decirse que A.J'güelles y GMcia Herreros
constituian pOI' sí solos el p~trticlo reformador de las cór-
tes extraordinarias, el último como iniciador y el prime-
ro corno abogado de la. reforma; 'lieado el uno el filó so-
t(), el político, el publicista qtW pensaba y meditaba en
la soleJad de su gabiuete, yel otl'O el oráculo que reve-
laba alll':lfJIíeo 'lql!.cllos pct1S:1micmtos, aquellas medita-
ciones, aclornándol:1s, para q uo más fascinas'en, con el
majestuoso ropaje de la p::Llabra, con las galas desl'1m-
bradoras de la oratoria.


y no era, como ya indicamos, q ne á Gal'cín Iler-
J'eros le faltasen üato~ y cnalirLules ele orador. Al con-
trario; su palabra era fácil, su instrue(~ion notable, y su
imaginacion i veces demasiado fogosa y apasionada. Lo
severo ele su aspecto, lo atez:trlo de Sil rostro, lo grave c1p,
sus ademanes da1mn á sus PC1'Ol'itciones un sello de auto-
ridad y de conviccion que producían gran efecto entre
su::-: oyentes.


Impetuoso, acalorado en SU~ afectos, er.érgico yac-
tivo, le imp::teientaban las dilacionc:'i en el p1alltl~amiento
<le las ref'wmas, y pretenclia que todos participa'lcn dd
conveneimient,o que {~l alJl'igaha al proponerlas. Por eso:




GARciA !IERREROS. 109


a.l tratarse de hJ abolicion de los sei'íoJ'íos, y oponiéndose
:í qll~ pasase el asunto á informe del Consejo de Hacien-
da, csclamaba: « V. M. puede hacerlo con un solo rcn-
glon. En dicicndo: Ab(~jo todo, a{lle1'[(, los señoríos y
sus ereelos, está concl u ido. ))


Comprenuienc1o que la energía contribuyc más en las
t'cvo:llcioIles que la Jiscusion, y que en las situaciones
criticas se adelanta más con UGa medida pronta y vigo-
rosa que COIl cien arengas padamentarias, aconsejaba
como Danton el rigor y la fmcrgía para conjurar el pe-
ligro, aprcmiando á la asamblea para que antepusiese los
hechos á las pa labras.


Proponiendo quc se forr~mse un consejo de guerra
para jUJigar á los generales torpes ó desgraciados, decia:
o, COllq ue sa.biendo V. :1\1. que la caasa Je nuestros males
ha sido la falta de gobierno y vigor, es menester que
Y. lVI. tomc sobre sí este cn~Jado; es menester que apa-
rezca un Iwq neCIO l{obespiul'e. En la sit'JacioIl en que
nos hallamos todo es inútil si no hay energía. rrodos co-
nocemos que se deben e.iecutar las cesas con fuerza y
con sanp:r(~. V. 1\1. llccnsita derramar más sangre de es-
paüoles que de franceses, y sino no salimos del letargo.
Esto est,i ll~ás clar0 q uc la luz del dia. l)


Por jo general tomó parte Garria Herreros en las
discusiones sobre materias eclesiásticas y de legislacion,
siendo notables sus peroraciones sobre los puntos de de-
recho ó práctica de los teibunales, en cuyos debates mos-
traba profulldos conocimientos, suma eruc1icion, y un
criterio fi~osótlco en armonía con los adelantos de la
ép()(~a y las exigencias ele las circclllstancias, no sin pre-
cipitar algunas reformas ó plant,earlas inj usta y atrope-
lladamente, ofuscarlo por su exagerado liberalismo.


A sus esfuerzos, á su mas acabado discurso, se uebió




110 GAHCÍA HEllREROS.


entonces el planteamiento de l:na de las principales re-
formas llevadas á cabo por las córtes de Cádiz, cual fué
b abolicion de los sefíotíos. Aquella peroracion notabi-
lí'lima por más de un cC'llcepto, y que más adelante co-
pÍCU110S, acrerlitó al S7'. G(¿l'cía lIcl'/'el'os (k oradvl' par-
bil121ltario, de atinado razonador, de hombre erudito 6
instruido en la m::tteria q ne trataba.


A pes],r de ser esta tan áril1a, y de prestarse muy
poco, como cuestion histórica y de derecho, á las galas
(k la imaginacion, á los primores de la elocuencia, ¡q1lé
al"l'a:1q ues de sentimiento y de patriotismo, de oratoria
tribunicia, de estilo elevado y patdico se descubren en
esa peroracion entre reflexiones filosóficas, entre argu-
mentos jurídicos, cntre datos históricos!


¡Con qué talento, con qué habilidad, con qué destreza
sabe mezclar la política con la ciencia, y escudar el espí-
ritu de partido con la justicia! Pocos pasajes se enCOll-
trar:'m en los anales parlamentarios de nuesLro pais más
bellos, más sentidos y elevados que el siguiente: «¿Qué
diría de su representante aquel pueblo numantino (era
diputado por la provincia de Soria), que po!' no sufrir la
servidumbre quiso ser pábulo de la hoguera? Los padres
y tiernas madres que arrojaban á ella á sus hijos, ¿me
j uzgarian digno del honor de representarlos, si no lo sa-
crificase todo al ídolo (le la libertad? Aun conservo en
mi pecho el calor de aquella,,> llam3.s, y él me inflama
para asegurar á V. M. que el pueblo numantino no reco-
nocerá ya más sellorío que el de la naciorl. Quie1'e sel'
libre, y sabe el camino de set'lo.


Aq uel fogoso liberalismo, aquel insflciable afan por
las reformas fueron calmando con el tiemp8 y los desen-
gaños, y al aparecer de nuevo García HerJ'eros en la
escena política en 1820, ocu pa1ll1o el ministerio de Gra-




GARCÍA HERREROS. 111


cia y Justicia, sus id8as como su oratoria respiruban más
gravedad, más calma, más moderacion.


En las raras veces que como ministro usó de la pa-
labra en el primer Congreso de la segunda época cons-
titucional, mostl'ábase hombre de órden y gobierno,
acérrimo campean de la ley, enemigo de toda anarquía,
y como constitucional inflexible, contrario á toda refor-
ma que no estuviese basada en los principios constitu-
'2ionales del Código de 1812.


Emigrado el año 2;j, regresó á España al iuaugnrar-
se pOl' tercera vez el gobierno representativo, y decidi-
damente afiliado ya en el partido moderado, fué nom-
brado prócer y secretario del despacho de Gracia y Jus-
ticia en 1835 en el gabinete presidido por el conde de
TOl'eno.


Discurso pronunciado en contra de los señoríos.


«Para Ojal' el sentido de esta proposicion diré como antor de ella
alguna ea 'él con el ohjeto tambien de que la cliscusion no vague sin
concretarse iÍ lmnto~ determinados como le slleede á la rel'resenta-
t:ion que élI3aha de leerse.


llCuanrlo hice la pl'oposicion no dudaba que habria tantas re(~la­
maciones eomo interesados en kl1strar Sil aprobacion, que bien ha-
llados con las cuantiosas rentas que les producen sus pretendidos
dCl'I;chos, no podl'{w oir sin susto que V. M. quiera examinar sus
titulos de üllqllisicion, pues de C'llus ha de resultar la injusticia de su
eri¡;en en HilOS, y la natul'üleza de reversibles en otros, debiendo este
cx,imen producir una provillencia, que restituyendo á la nacion al
gocr~ de sus impre:::eriptihles derechos, despoje de ellos á los CJlle los
obtengan sin justo tílulo, é incorpore los de natUl'aleza revol'sible
]Alr las reglas establecidas.


}) El reino, .imito en cúrtes, ha clamado incesante y vigorosamente
por csta providencia; y hasta 1m; reyes más pródigos dietaron algu-




DISCURSO PRONUNCIADO


nas reglas al efecto; pero estaba reservado á V. M. el consumar esta
obra, vclllciendo los obstáculos que hasta ahora la habian entorpecido.
lIay reglas muy justas y sábias que prescriben los medios y modos
de hacer estas incorporaciones; pero la esperiencia ha mostrado que
no ,O(Jll suflcientes: la prepotencia de los intel'esados ha sahido frus-
trarlas; !l1!l'0 la justicia de V. :\1. sabrá restableeerlas de un modo qne
ponién:lolas á cubierto de sus asechanzas fije su observancia.


nDiee la proposicion que se ineorporen á la corona todos los se-
Jloríos juris(liceionales y territoriales, y todo lo lIue se haya vendido ó
donado de los bienes pertenecientes á ella, y de aquellos que por su
naturaleza tengan la. condicion de retro ó revcl'sion. No se trata de
los bienes adquiridos por otros títulos.


)) Dos pal'le'l principales contiene la [1l'oposicion: señoríos jurisdic-
cionales y territoriales, en que se eomprenden los derechos anejos á
ellos, y lineas pertenecientes á la eorona que se hayan segregado de
ella por ventas, donaciones gratuitas ó remuneratorias, ya di) gran-
des servicios ó en especie de pagos de eróditos, en que pueden COlTI-
prenill'rse los privilegios, ú seaIl derechos esclusi\'os, Ijue algunos
disfrulan, como son los de caza, pesca, molinos, ete.


nEn enllllto Ct 103 señ.oríos juselic:;iollales no se Imede oir sin escán-
dalo que se quiera süstener que pueda haber otra j nrisdiceion que la
inherente á la soberanía que reside en V. ~I., pues por ese mero he-
cho se Llisloc:lrian y destruirian los primeros y má', esenciales fUIllla-
mentos de la sociedad. V. M. decretó solemnemente el clia 24 de se-
tiembre próximo que la soberanía reside inherentemente en la nacion;
decreto justísimo y fundamental ele la gramle obra ~l Ijuc Y. 1\1. C~
!amado, y con el que sou incompatibles semejantes señoríos; pues
siendo inhol'l'llte á la soberanía el soñorío de la justi~ia, ¿cómo poLlrCl
existir s8j,arado de aquellar Y si al seliorío es inltercnte la solJcrauía,
¿cómo pueLl8 haber otro que la Ilaeion en quien resido? Disfr;tcese
como se qniera el señorío juriscliceional, ó estas voces naLla significan,
ó son una verdadera desmembraeion de la soberanía, mas 6 menos
úmplia, segun los términos de la concesion; y si lJinglln particular
puede llamarse sob~rano, ¿cómo podrá obtener el seüorío de la juris·
diecion? ¿cómo es tolerable que se llame sellor ele Y!lcallos? y no como
C¡U[<2!'il sino SellOl' natural. La soberanía reside en la nacion, que no




EN CONTRA DE LOS SEÑORíos. 113
es otra cosa que el pueblo espaüol, ¿y si estando este reunido es el so-
berano, cómo podrá tener otro señor estando separado? á no ser que
se quiera sostener la paradoja de que muchos esclavos reunidos son
soberanos de sus seüores.


))La soberanía, ya se considere en sí misma ó por atribuciones
esenciales, es indivisible; á nudll puedo comparllrla mejor que á la
alma racional, que está torla en todo el cuerpo, y si este separa dA
s1 aiguna parte, no p¡wlle enajenarle prrrUl del alma. ¿ Concibe
Y. M. 110sible que á una parle del cucrpo, por principal que sea, se
le puclle atribuir la potencia intelectiva, ó parte de ella? Pues tan in-
herente y esencial es á la soberanía el señorío jurisdiccional eOIIlO al
alma ¡a potencia inteleetiva, y por consiguiente tan inseparable é in-
divisible es Ulla como otra atribucion; porque ambas son esenciales.
y á presencill de estos incontestables principios, ¿ qué significan esos
señorío~ con alto y mero misto imperio, con facultlld de nombrar
jucces, y ('on atrevimiento de poner horcas y cuchillos en los lugares
de que se titulan señores?


))Drsde quo los espaüoles se reunieron para constituir una familia;
euando eligieron la naturaleza y forma ele su golJierno y establecieron
las leyes que lo afianzasen; cuando restringieron la autoridad de sus
príncipes de modo que Sil ejel'l:ieio no pudiese Jegenemr en arbitrario
y despútino; cuando les prescribieron sus obligaciones y les deslinda-
ron con rnudla eSGl'lllmlosidaLl sus derechos; ¡JUando esplicaron con
elaridlld Ill, franquicias, libertades y derechos de los pueblos, sujeta-
ron los príncipes á la ley CUyll obscnancia juraban) y la primera de
todas es la del Fuero Viejo, ley 1. a, tít. 1) lib. 1, que dice: (( Estas
líquatl'o cosas son naturales al señorio del rey no , que non las debe
nrlar rí ninglln home, uin las partir de sí; ca pertenecen á él por
n/'{lzon det sei¡orío, justicia, moneda, fonsadera é suos yantares.ll
A esta ley se reficre y la reproduce la 5: det tít. xv de la Partida II
cuando diGe : « Fuero é establecimiento (u eran antiguamel/te en Es-
))plllta que el sellaría del reyno non fuese departido nin enagenado;
»11 por ende pusieron que cuando el rey Fuese finado, é el otro nuevo
»elltrase en su [ligar, que luego jurase que nunca en la vida depar-
») liese el sellar io nin lo enage nase. ))


)) y para asegurar más esta dispo~icion, previene la misma ley que
8




114 DISCURSO PRONUJ:\CIADO


el reino jure de no permitirle al rey ejecutar lo contrario. (1 Todos los
))que se acercasen é eOIl el que jurasen de guardar siempre que el
»senodo sea uno, é que nunca en dicho nin (echo consientan m' (a-
ngan porque se enagclle nin parta. E de esto deben (acer !wtl/enage
))los mas kmrados dell'eyno , así como los pertados, los ricos-lwmes
))é los caballeros, é los f/jos-dalgo, é los homes buenos de las cillda-
))des é villas.» El rey D. Alonso juró esta ley en las c(¡rtes de Valla-
dolid, y jamás se ha derog'allo; antes por el contrario , ~c ha llevado
y confirmado sU8esivamente, de modo que ha llegallo hasta nosotros
con tollo su vigor. (Véase la ley 8.a, tí!. v, lib. 111 de la n~copilacion.)


))Aun no habia reyes: todavía los esp!floles no tmbian esperirnen-
tado los alentarlos de la arbitrariedad y despotismo; pero conocian
bien el corazon humano, y que era imposible que el orgullo) la am-
bician y otras pasiones de lns príncipes, incollt;iliahles con la libertad
de los pueblos, no destl'uypsell la obra que iban á odilicar, sino la
construian sobre cimientos sólidos. Sujetaron la autoridad de los re-
yes con el sagrado freno de la ley, y su poder no se üstendia más allá.
de los límites que ella le sefl,llaba.


))Por principio fundamental les prohibieron partir y enajenar el
seclOrío; y mientras estas y otras leyes coet~lllea3 estuvicJ'O!I en ob-
servancia, el pueblo español.floreciú en armas y letras, ['u(' rico y fe-
liz, venció á sus enrmigos y oel1pú el primer lugar en la Europa. Pero
la ambieion, esta pasion primogénita de los pl'íneipes, que sirlllpre
está en acecho para sacudir el yugo de la ley, sobreponerse á ella y
haeerse árbitra del reino, aprovechó las frecnentes ocasiones que le
proporcionaron las contínuas guerras de aquellos tiempos, las rivali-
dades de familias y pl'oyincias, el carácter guerrero de los españoles
y el espíritu de conquista, para romper el lazo moral que une al prin-
cipe con el pueblo: cesó el imperio de la ley, y su subrogó la arbi-
trariedad.


» lIé aquí el orígen de los seltoríos y de las desmembraciones de
que tratamos. En yana clamó el pueblo por el restablecimiento tle sus
leyes, porque 103 príncipes supieron interesar á los encargados de su
custodia, uniendo su fortuna á la infraccíon de la ley para que jamás
se restableciese. ¿ Cómo babian de ser señores si la ley lo prohibia?
¿ y cómo habían de procurar su observancia, Ú, que estaban obligaé' os




EN CONTRA DE LOS SEÑORios. 115
por juramento, si querian ser señores? Roto el lazo moral, que es la
ley, ya no hubo union entre pueblo y príncipe; se desquició la so-
ciedad española, y los pueblos pasaroIl á ser recompensa de servicios
hechos para subyugarlos.


»PosLeriormente se fueron dando por dichos motivos verdaderos ó
aparentes, pero siempre injustos, y la prostitucíon ha llegado hasta
la abycccíon de venderlos como manauas de cerdos. No obstante esta
infame degradacion, no ha habido siglo ni reinado en que no se haya
clamado con tanta fuerza como inutilidad por el remedio de este abuso;
pero la propension al despotismo lo ha sostenido, pues al mismo
tiemp9 y por la misma autoridad que se dictaba el remedio se conce-
dian gracias de esta especie, indicando que sus providencias eran
para sus predecesores ú sucesores, mas no para ellos.


»Asi ha continuado este asunto hasta nuestros dias; y cuando un
representante del pueblo español \lama la atencion á V.M. hácia este
punto; CUi.lUUO pidc que restituya á la nacion al goce de sus natura-
les é imprescriptibles derechos, espresados y sancionauos en sus leyes
funuam';ntales, desde la primera que se escribió, entonces al mismo
tiempo se le lee á V. M. una representacion fria é insulsa en que con
arrogancia se le alegan derechos adquiridos para qne no se corrija el
abuso, propasándose hasta la temeridall de llamarse señores naturales
de los pueblos.


))¿Qué es esto, señor? ¿Hasta qué punto ha de llega, el sufrimiento
de V. Al.? ¿ Así se le habla á la nacÍon española por los poseedores de
aquellas inicuas egrüsionas de la corona? ¡ Aun se atreven á pretender
que subsista la nacíon sumergida en el vilipendio á que la condujeron
aquellas dilapidaciones! ¡Así cumplen con el pleito-homenaje de opo-
nerse á que el rey venda 6 departa el señoríol ¡Pero no es esto lo
másl Sil arrogancia se avanza hasta querer persuadir á V. M. que la
nacion 110 podrá estar bien gobernada sin tales señoríos; que la pro-
yidencia que los estinguiese causaria UIl trastorno general y acos-
tumbraria al pueblo á no obedecer, siguiéndose de todo esto la más
horrorosa anarquía. Todo esto equivale á decir que estas fmcciones
de la soberanía son necesarias para el buen gobierno de la naCÍon y
para mantener los pueblos en la obediencia al soberano ó á las leyes.
¡Se podrá forjar otra paradoja más descabellada!




116 DISCURSO PRO:'iUNCIADO
»Estas desmembraciones son hijas de la arbitrariedad y el despo-


tismo, que es decir, que mientras la nacion se gobernó por sus sábias
leyes, aquellas que prohibieron dividil' el señorio, las que mandaban
á los ricos homes que hiciesen homenaje de no consentírsnlo á los
reyes, no hubo ni pudo haber semejantes señoríos. La naeion era en-
tonces rica y feliz, y su decadencia se empieza ft contar desde la mis-
ma fecha de los señoríos; y no obstante esta verdad tan conocida, tan
recomendada hasta por los mismos tiranos de la libertad española,
los poseedores de ellos quieren vincular en su goce el buen gobierno
y prosperidad de la nacion: quieren persuadir que sin ellos se intro-
ducirá en el pueblo el desórden y la anarquia.


n¿Y cuándo dicen esto? ¿en qué ocasion? Cuando el pueblo español
por sI solo, y á impulsos de su generosidad y hcroismo, ha jurado
morir primero que sucumbir al yugo; cuando no hay género de sa-
crificio que no ofrezca para conservar el decoro y libertad de la patria;
cuando todos sus esfuerzos se dirigen á restituir al trono á Sil amado
monarca, y ha jurado no dejar las armas de la mano hasta conseguir_
lo; cuando en medio de la verdadora anarqlJía en que nos sumergió
la perfidia francesa, ha estado clamando por un gobiemo sabio, justo
y legítimo. Cuando ha celebrado la instalacion de V. \L con unos
trasportes de alegría que han debido servir de ejcmplo á muchos, y ha
jurado su obediencia con tanta pureza, como era vehemente el rleseo
de que se reuniesen las córtes: cuando á sus representantes les ha dado
un poder ilimitado para que salven la patria, y últimamente cuando
su heroismo ha fijado la admiracion de la Europa, y el mundo entero
tributa alabanza á sus virtuues; entonces aparecen unos individuos
que lo deshonran, y que á pretesto de unos derechos injustos en Sil
orígen, y reclamados en todos tiempos, quieren impedirles que reco-
bren la dignidad de hombres libres.


))¿Oirá V. M. con indiferencia sus clamores? ¿Dejará por más
tiempo sumergido en la ignominia al pueblo que representa? ¿Titu-
beará V . .\1. un momento en declarar li~re de la servidumbre domés-
tica á un pueblo que con su sangre libra á V. M. de la estranjera?
No me lo puedo persuadir así; más si por una desgracia, y por los
motivos que hasta ahora han frustrado el decreto que propongo,
V. M. suspendiese su sancion para otro tiempo que jamás llegaría, me




EN CONTRA DE LOS SEÑORíos. 117
atrevo á anunciarle que el pueblo no lo sufrirá; no quiere ni debe
reconocer más señorío que el de la nacion, el del mismo pueblo re-
unido, que ef¡ V. i\I. De él ha recibido V. M. la soberanía que ejerce;
él dictó la ley fundamental en que prohibia departir el señariu con
otro hame, pide su observancia; los pretendidos señores piden su in-
fraccion: ¿cuál duda en la deliberacion'?


)JLa representacion habla de contratos, recompensas y títulos
onerosos en que afianza el derecho que reclaman, y la posesion en
que se hallan, pretendiendo que esos títulos tengan más fuerza que
una ley constitucional. ¿Con quién hicieron esos contratos, de quién
recibieron esas recompensas? ¿No estaban prohibidas pOI' la ley cons-
titucional que jamús se derogó, y siempre se reclamó? Por dichos tí-
tulos no pueden tener Illás derecho que el que se le reserva al com-
prador de una alhaja robada cuando aparece su legítimo dueño, y
para restituírsela no se le exige que deposite el precio por que la ad-
l[uil'ió el comprador, aunque 10 fuese de buena fé. Pero en mi pro-
posicion no avanzo tanto; soJo aspiro en la incorporacion que reclamo
á que dcsde hoy se estingan los señoríos jurisdiccionales por cual-
(luiera título que se hayan segregado; que igualmente se incorporen
y cstingan respectivamente los privilegios y derechos esclllsivos; yen
euanto á las fincas ú posesiones que por su naturaleza deban incor-
porarse, se deelaren incorporadas desde I llego , recogiéndose los títulos
de adqllisicion, y permaneciendo dichas flncas en poder de los dona-
tarios ó compradores Goma hipoteeas, hasta que Se les reintegre el
precio de la egresion, yel de las mejoras si las hubiese.


nPor este medio se precaven esos tan poderosos inconvenientes
couljue se quiere hacer de tanta gravedad este asunto, que por su
naturaleza es tan sencillo. Lus grandes dificultades han consistido en
todos tiempos en 1<1 presentar,ion de los títulos de adquisicion, y en el
influjo de los poseedores pam entorpecer el curso de los espedientes;
y en las mismas tropezamos ahora si V. M. accede á la solicitud de
que una junta ú el Consejo de Hacienda conozca de este asunto por el
método qne hasta aqllÍ: véanse las incorporaciones qne se están re-
clamando, y se convclwcrú cualquiera de que por ese es tilo jamás se
reintegrará el Estado ele los bienes enagenados.


))Otra clase de dificultades hay, que consisten en la imposibilidad




118 DlSCtJRSO PRONUNCIADO


de la nacion para el reintegro, sin el cual seria injusta la providencia
de incol'poracion. ¿Yen qué se funda esta opinion? Supongamos que
el medio propuesto no ocurriese á esa dificultad, y que la nacíon jamás
pudiese reintegrar el precio de la egresion, ¿cnál seria mayor injusti-
cia, que la nacion perdiese los bienes de que injustamente se la despo-
jó, ó que pierdan el capital los que por siglos enteros lo han disfru-
tado por un título vicioso en su orígen, que no han querido presen-
tarlo cuando se les ha pedido, y habia disposicion para el reintegro?


)) Yo no sé, señor, de qué principios parten los que arrugan la
frente cuando oyen estas opiniones. ¿QUé dase de clerecho privilegia-
do tendrian estos acreedores que no sea comun á los demás del esta-
do? Será el de hipotecarios, y por eso el despojo seria injusto sin la
devolucion del capital; ¿pues qué, los demás créditos no lo tienen es-
pecíal y general? Concretémonos á los vales realcs, y véanse las hi-
potecas especiales y generales con que se afianza Sil crédito, y no por
una escritllra cualqlliera, sino por una pragmática-sancioll, y no obs-
tante eso se hacen esos aspavientos porque á los tenedores de los
vales se les haya despojado de Sil hipoteca sin abonarles rf!tlilo y prin-
cipal. Y porque no faltará quicn diga 'lue estos no estún en posesion
de la hipoteca, y no es igual el argumento, recordaré á V. M. otros
acreedores tan iguales, que creo no habrá sutileza que aplicarles para
distinguirlos.


)JEI año de 36 del siglo pasado se vendió por órden del Sr. Fe-
lipe V, y prévias muchas y largas consultas, una porcion de baldíos,
separando en cada pueblo los que necesitaba con proporcion al ganado
que tenia; y no obstante esta precaucion, el reino y Al ConsAjo oe Cas-
tilla reclamaron hasta que consiguieron, no solo que se suspendiesen
las ventas, sino que se restituyese á los pueblos lo enajenado, despo-
jando á los compradores de las fincas; y á consulta del mismo Consejo
mandó S. M. que en tesorería general quedase impuesto el capital
que desembolsaron hasta que los apuros, que no eran pocos, permi-
tiesen redimirlos . No graduó de injusto el Consejo este despojo, por-
que lo habia sido la enajenacion , y no se detuvieron en restituir las
fincas sin dcpositar el precio de la egresion, ni obligar á los pueblos á
que lo aprontasen; ¿pues por qué no se ha de hacer ahora lo mismo?
¿Qué diferencia se puede hallar entre uno y otro caso? Y si aun esto




EC\ CONTRA DE WS SEÑORíos. 119
no caracterizaría de justa la providencia, retl'Ocedamos hasta el origen
de estas adquisiciones, y hallará V. M. que han caducado por los


mIsmos principios que se adquirieroll y se quieren sostene/'.
))EI orígen más noble es el de aquellas que descienden de contrato


celebrauo con los poseedores para que auxiliasen á las conquistas, y
aunque dejo á los señores valencianos que espliquen y reclamen los
pretendidos derechos que por este título creen algunos aragoneses te·
ller sobre la misma ciudau Ull Valencia, deduciré mi argumento de
otras provincias GOllquistadas. Si el conquistauor por solo este título
se pudo apropiar y trasmitir á otro unas fincas que no eran suyas sin
que quedasen afectas al dominio Je su antiguo poseedor, ¿por qué no
han de regir ahora los mismos principios? ¿Por qué no ha de adqui-
rir ahora el pueblo español, que reconquista su patria, los mismos
derechos que estos conquistadores de la ajena? Si con la irrupcion
de los moros penlieron los üueüos su propiedad, de modo que el re-
conquistador la pudo hal;er suya, ¿pOl' qué no la pCl'derán ahora con
la irrupcion de los franceses?


))Si con la conqnista desaparellen esos daüos, ¿por qué especie
de milagTo reviven en la conquista? ¿Por la donacion ó enajenacion
del seilOrío pudo imponérseles á los pueblos la obligacion de defen-
derlo y reconquistarlo para el señor? Esa obligacion se contrae para
la patria, y los pueblos le restituyen el Lel'reno que reconquistan tan
libre como estaba cuando se reunieron para constituir una familia y
una nacion, sin mtlS obligaciones que las impuestas por aquella pri-
miiiva constitueion, y las naturales y legitimas que desciendan de ella,
entre las cuales seguramente que no se pueden contar las que se re-
elaman. Si el pueblo reGono¡}c y cumple las obligaciones del pacto
social, ¿,se podrá V. M. deseutender de las recíprocas? ¿Y son estas
compatibles con los señoríos?


))euando el pueblo espaüol pide á V. 1\1. que le resitllya al goce
de sus inherentes dereehos, no pide una gracia que pueda negarse sin
injusticia; no habla como Ull esclavo á su señor, se presenta con la
digllidau de hombre libre, pidiendo como miembro del Estado el cum-
plimiento de las leyes 4ue se impuso á sí mismo como legislador. La
primera y más principal es la que prohibe los señoríos, otras igual-
mente fllllllamentales hay que prescriben el uso de los terrenos y




120 DÍSCURSO PRONUi'iCIADO
demás cosas de que pnede aprovecharse el hombre que tambien las
reclama. ¿Qué obstáculo puede haber para no administrarle justicia?
¿Le merecerán á V. NI. más considcracion 1111 puñado de hombres
que el resto de la nacion? ¿ Son ellos á quien V. M. representa, (¡ de
ellos ha recibido la soberanía que ejerce'? Han concUlTido con los üe-
más, y en ese acto que es el mayor, el más digno y apreciable de
cuantos el hombre ejeroo, tod:JS son iguales.


nSi los españoles pudieran persuadirse que ~llS herlÍicos sacri-
!idos no habian de producir otro efecto qne el de vol ver á quedar su-
mergidos en la ignorancia á que los condujo el despotismo de los go-
biernos antCl'iores, que todavía se les habia de enajenar como mana-
das de bestias pam constituir ó aumentar el patrimonio de algunos
particulares, que por el mismo motivo se habian do conservar los
odiosísimos cuanto injustos privilegios ó derechos esclusivos; y últi-
mamente, que no Imbian de ser considerados como homhres libres,
nombrarian otros representantes que se ocupasen más del decoro y
dignidad del pueblo que representan.


»¿Qu6 diria de su re¡wesentante aquel pueblo numantino que por
no sufrir la servillumbre quiso ser pábulo de la hoglleril~ Los padres
y tiernas madres que arrojaban ü ella á sus hijos, ¿me juzgarian
digno del honoí' de representados si no lo S:lt;L'illcusü to([o al ídolo
de la libertad'? Aun conseno en mi pecho el calor de aquellas llamas,
y ól me inflama para asegurar á V. M. que el pueblo numantino no
reconocerá ya más señorío que el de la nacion. Quiere 3Cl' libre, y
sabe el camino de serlo.


ll¿ Y qué dirian los demás pueblos de la monarquía que con tanlo
heroismo han imitarlo aquel terrible ejemplo? Habitantes de Manresa
y Molina, y otros mil que habeis abandonado vuestras üasas y fortu-
nas á la voracidad de las llamas y del saqueo, ¿por qué lo hicisteis?
1,A. quién ofreüisteis este sacrificio? Trasladaos aquÍ y vereis una re-
presentacion en que se asegura que no puede haher órden ni buen
gobiemo si se estinguen los señoríos particulares; que esta providen-
cia produciria una horrorosa anan[uía, Y otras es presiones que os de-
gmdan más que la servidumbre ell que pretenden üonservaros. Oireis
que no pudiendo actualmente la naCÍon reintegrar á los posee-
dores del precio de la egresion, no hay justiüia para despojarlos de




EN CONTRA DE LOS SEÑORÍOS. 121


esos títulos, por m;¡s que se reconozcan injustos en su orígen.
n¿Qué recompen~a ó reintegro le pide á V. M. el pueblo, que no


solo contribuye con los impuestos ordinarios y estraúrdinaros, sino
que da Cll:lnto tieD8, hasta qnit.ar á Sll~ hijos el preciso alimento por
dárselo al soldado? En lugar de exigir reintegro, cuando ni aun casa
le ha quedado en qué recogerse, va al campo á consumar con su vida
el sacrificio que le exige la patria. Coteje Y. 'L este mudo lenguaje
de la conducta del pueblo con el de esta representacion. i Qué con-
traste! Pero entretanto se quieren ha0er valer unos derechos que
descienden de un contrato injusto, de una recompensa, las mú's veces
imaginada, y rl8una venta lw}ha sin autoridad.


»Ya es tiempo, señor, (le poner remedio á estas cosas. Decre-
te Y. '1. la estincion de los señoríos jurisdicr:ionales con todos los
privile;;io3 y dcrechos que le son anejos, cualquiera que sea el título
de su egre~ion.


nEn cuanto ú los territoriales deberú examinarse si por su parte
han cumplido los poseedores con las condiciones de la concesion. En
lo" de CartapueLla se pueele asegurar que ninguno ha cumplido, pues
tocla la poblacion qne han lleeho se reduce al palacio elel señor que
hasta en llamarle así á su casa han querido marcar su soberanía; un
meson, si ('s lug';u' de tránsito, y algun otro corral ó pajar, con lo
ljue ciertamente no han cumplirlo con el objeto para que se les die-
ron. Si el seüorío contenia alguna poblacion, ha iclo á menos. Díganlo
las provincias de Castilla y Leon; y no podia ser otra cosa, porque
el interés del señor está en contradiceion con el de la poblaeion.


>lEn las inmeJiaciones de la c6rte llay ejemplares de esta verdad.
Pero si no obstante esto se les ha de tener tanta consirleracion á esos
contratos y clonaciones por el dercdlO que les trasmitió el eonqllist a-
dor contratanln que adqnirió dominio 8n 10 conquistado, diremos
ahora qll8 nuestro ejército se hace dueño de lo que se reconquista, y
podrá contratar con quien le parezca, (¡ sea la nacion á qllien sirye el
ejército, pero siempre re~llltará que por la reconquista adquiere V. M.
un clominio y propiedad corno los otros conquistadores.


IlSeñor, V. II. se ha reunido pan correg'ir los estravÍos y arbi-
trariedades de los gohiernos anteriores. El que reclamo es ele los más
ominosos ó injustos: bastantes siglos ha gemido la nacion bajo su




122 DISCURSO PRONUNCIADO
yugo; ya es tiempo de que recobre sus derechos naturales. ¿Qué ha-
brá hecho el pueblo con arrojar á sus enemigos más allá del Pirineo,
si al volver el rostro á su patria encuentra en ella una servidumbre
más indecorosa que la que ha sacudido? ¿Será ese el fruto de tanta san-
gre derramada? Cuando vea los pueblos desiertos, las casas arruina-
das, las familias errantes y misembles, los campos cubiertos de vícti-
mas inmoladas por la suspirada libertad; ¿no podrá hacerle á V. M.
esta terrible reconvencion: ((\Iira lo que yo he hecho por conservar
ntu dignidad de nacion libre, qué has hecho tú por conservarme la
nmia?n


nSeñor, el dia que V. M. aspedida el rlecl'eto por el tenol' de la
proposicion, recobrará el pueblo español su verdadera libertad: desde
este dia pondrá la fecha á su existencia política: ese dia serú más
gmnde que el Dos de Mayo, porque si en aquel de~plegó el puehlo su
carácter, en este otro recobrará el (jerecho y la dignidad de hombre
libre. No se vea ya por mús tiempo emancipada la soberanía: reine
la ley en (:liya presenl1Ía no hay rliferencia de un grande á un carbo-
nero; estos son los verJaderos derechos del homhre, tantas veces re-
damatlos, pero la gloria de san¡:ionarlos estaba reservada á V. M.))




o/VVV\JVVV'V"JVVVVVVVVVVVV\JVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVvVVVV~


INGUANZO.


Si alglln orador pudo disputar dignamente á Argüe-
lles la palma de la oratoria en las Córtes de Cádiz, fué
sin disputa el canónigo Inguanzo, uno de los jefes, aca-
so el de mús importancia y valer del banuo llamado ser-
vil en aquella epoca, ó antireformista.


Instruido como el que más, con esquisita erudicbn,
con facilidau para espresarse, con convicciones profun-
das en las materias que se ventilaban, distinguió se el
señor Inguanzo desde un principio entre los constitu-
yentes de Cádiz como orador concienzudo, como político
hábil, como hombre de gobierno, profundo yesperimen-
tado.


Acaso fue el diputado lnguanzo el único que resis-
tió desde un principio á la fascinacion que causaba en
sus compañeros la idea de la reforma i regeneracion de
España. Sin vacilar en sus opiniones y en sus actos,
como Gutierrezde la Huerta, Terrero y otiOS individuos
notables de su partido, opúsose con habilidad y constan-
cia á cuantas innovaciones exageradas se proyectaron ó
introdujeron en los distintos ramos de la pública admi-
nistracion.


Defensor desapasionado de lo antiguo, solo deseaba




INGUANZO.


y aprobaba las alteraciones y novedades que corregian
añejos abusos, ó que podian servir para evitarlos en lo
sucesivo. Así lo vemos combatir con teson y talento
cuantas reformas innecesarias se presentaban á la deli-
beracion de las Córtes, sin llevar otro objeto que destruir
lo antiguo porque lo era, ó dar culto á las ideas filosó-
ficas del siglo pasado, que á la sazon fascinaban las
imaginaciones de casi todos aquellos diputados.


Apenas hubo en la célebre y popular Asamblea de
1812 una cuestion importante que se rozase con la polí-
tica, con el gobierno ó con la Iglesia, en q,le el canónigo
Inguanzo no tornase una parte muy activa, sosteniendo
los principios conservadores, el elemento monárquico
ante todo, la ortodoxia y los fueros de la Iglesia.


Antagonista temible de Argüelles, terc:iaLa con d
en los más solemnes debates, y á las vagas declamacio-
nes filosóficas del mador de Astúrias oponia el diputado
lnguanzo una lógica tan indestructible, una a~'gumenta­
cion tan ingeniosa, tal solidez de principios, tal copia y
profundidad de doctrina, que más de una vez salia ven-
cedor en la contienda, sostenida con desventaja por su
parte, pues tenia que vencer á las cir~unstancias anLes
que vencer á su enemigo.


Sin ser Inguanzo un orador elocuente por la entona-
cion de su estilo y la elevaCÍ:m de sus ideas, sobresalía
en <:l.quellas Oórtes por la variedad y profundidad de sus
conocimientos, por el tino con que heria las dificnltades:
por la calma y la gravedad de sus peroraciones.


En la improvisacion particularmente tenia pocos que
le igualasen. Dotado de una Illemoria feliz, y de un gol-
pe de vista pronto y exacto, recordaba los discursos de
sus contrarios hasta en sus menores detalles, y com-
prendiendo el objeto de algunas peroraciones, por ocul-




INGUANZO. 125


to y embozado que vini~se, lo atacaba de frente, y deja-
ba á sus compañeros descubiertos y desarmados.
~o 'obstante su impasibilidad, su lenguaje mesurado,


y el tono nada prov8cativo de sus disel!l'sos, era inter-
l'llmpicb con frecuencia por los voceadores de las gale-
rías, al sentar iaeas contraria,:; á las reformas liberales,
y fué el unico diputado en nquellas Córtes llamado á la
barra por muchos de sus compafíeros en medio del ma-
yor desórden, por haber manifestado en cierta ocasion
crítica «que el acuerdo sobre que el COI.igreso quedase
en sesion permanente, sin admitirse acerca de él ningu-
na discusion como prevenía el reglamento, 2ra propio de
la Convencion francesa .•


il'Iuchos fueron los discursos de In{Jllanzo en las
constituyentes Je Cádiz, siendo muy notables los pronull-
ciaJos en defensa de la nobleza al abolirse el privilegio
de clases para la entrada en el colegio militar; el en que
atacaba la consignacion de la SOL(TanÍa popular en el
código de 1812; el en que apoy'1ba la formacion de una
regencia con una persona real al fre'1te, durante la cau-
tividad de Fernando vn y sin cortapisa alguna para
ejercer el poder ejecutivo; el en que def-:ndia la instala-
cion de la Cámara alta, y 81 pl'onunciado en defensa de
la Inquisícion, y que fué acaso el más importante de
euantos se oyeron en pro y en contra en los ruidosos
cuanto célebres debates que su abolicion produjo.


Nombl'ado más tarde cardenal y arzohis}!o de Toledo,
fa,lleció á una edad avanzada, dejando una grata memo-
ria como prelado virtuoso, tolerante y sabio.


", '




126 DISCURSO PRONUNCIADO


Discurso pronunciado en defensa de la Cámara alta.


«Dos son los objetos para los cuales se han eongregauo estas oór-
tes. El primero, para atender al estado y urgencias de la patria, y
proveer de remedio á las calamidades que la afligen. El segundo,
para precaver que en lo futuro se reproduzcan iguales males) asegu-
rando los derechos é independencia de la nacion con providencias sá-
bias que afiancen su constitucion. ¿Y cuál es el medio, pregunto yo,
de afirmar esta, ue mantener los derechos nacionales, de impedir que
la monarquía degenere en un poder absoluto y arbitrario? ¿Serán las
leyes? ¿Serán las modificaciones y restricciones parciales que se ha-
gan de aquella autoridad en la constitucion misma? Nada de esto. Con
las disposiciones y leyes mejores del mundo un monarca se hará ar-
bitrario, despótico, y todo cuanto quiera, si no se pone el remedio
radical conveniente.


))El gobierno de la nacion española es una monarquía moderada.
dice otro capítulo de la constitucion. ¿Pero Lasta que lo diga para que
lo sea en la práctica? ¿Podremos contentamos y quedar satisfechos
de haberlo declarado así? ¿Qué quiere deeir, vuelvo á preguntar, (¡
en qué consiste que una monarquía sea moderada ó deje de serlo?
Estarnos en el caso de averiguar sobre qué fundamentos podremos
contar para que esta moderacion se verifique.


))Las córtes, las córtes son sin duda el contrapeso que puede tener
la autoridad real para mouerar su poder . .Mas aquí está la gran difi-
cultad. Cómo yen qué forma deben constituirse las córtes, para que
sean un verdadero contrapeso del poder monárquico, y resulte un go-
bierno misto.


))ElIo es una verdad indudable que la templanza ó moderacion de
una monarquía pende no de ideas ni planes arbitrarios, sino de re-
gias y principios constantes de política, principios reconocidos inva-
riables. Pende ab:iolutamente de la combinacion que se haga de las
diferentes formas de gobierno, del monárquico, uel aristocrático y
tlel democrático. De manera que segull que estos tres ónlenes, ó al-




EN DEFENSA DE LA CÁMARA ALTA. 127
gunos de ellos, se enlacen, casen y combinen unos con otros, resulta-
rá 6 dejará de I'esullal' lo que se llama una mOllul'q uía mista, templada
6 lIlodcratla.


IlEstu supuesto, veamos ahora cuál es la combinucion que se for-
ma por el plan l[LlC en esta eOllstitucion se presenta. Segun este plan,
los elementos que entran en la composicion del gobiel'llo español, son
·le una parte el rey, ele otra parte las córtes, y estas meramente po-
pularcs, una vez que sean, corno dice el artículo, la reunion de todos
los diputados que representan la nacion nombrarlos por los ciudadanos.
Es decir, que entra la democracia con la monarquía, y que las dos en-
[I'e sí constituyen la forma del gohiel'llo moderado.


nPero, señor, ¿cabe en ningun principio de política, ó hay publi-
cista sensato que diga qne la monarquía y la democracÍJ. puedan cons-
tituir un gobierno mOllerado? ¿Estas dos potencias contrarias y ene-
migas, que cada una titme una tendencia esencial y directa á destruir
á la otra? Tan imposible me parece esto, como el que el fuego y el
agua puedan formar un Guerpo físiGo.


))Esta es la cuestioll del dia, y este es el punto de vista bajo del
cllal deLe mirarse sin prevencion ele clases ni e~tados, cuyo derecho
es lo menos, ni procede de él, SillO del que tiene la naeion á que se
la consolide un gobierno verdaderamente moderado por medio de las
partes y elementos que encierra.


)) y oy á manifestar mi opinion, que apoyaré en la historia y la
política, y en las ["flexiones que una y otra ofrecen; como tambien
ca los al'g'llJncntos tIlle produce la comision en Sil discurso pt'elimi-
nar, para fundar la suya, de todos los Guales, ó de los principales)
rne haré cargo, y los traeré al medio para darles su justo valor. El
campo es muy vasto; pero he procurado compendiarIo, y reducirme
todo lo posible, contrayéndome á los puntos capitales de la materia.


lleuando se trata de la forma y organizacion de las córtes, se
trata, á mi entender, de su consisteneia, ó de su instabilidad: quiero
decir, para decirlo en una palabra, se trata de saber si la naeiotl ten-
Jrá c61'tes 6 no las tcudrá: porque lo mismo es decir qlle no habrá
cúrtes, que estab!neerlas sobre bases que no sean sólidas, ó sobre
fundamentos deleznables, incapaees de asegurar su subsistencia. Sien-
do, pues, las eórles una de las parles esenciales Lle la antigua cons-




128 DISCURSO PRONUNCIADO
titucíon de España, una de sus leyes fundamentales, el mayor, el úni-
co recurso que tiene la nacion para conservar sus derechos, y para
contener los abnso'i y estravíos ucl poder rcal y rninistel'ial, considero,
señol', ele suma, ue la primera importancia, que 110 nos equivoquemos
en cl plan y estructura ue este grande edificio, y que examillemos
este punlo con toda 1ft madurez y con toda la profuncliuad que mcrece
por su gravedad, y que el bien de la patria exige de nosotros.


IlLa angustia del tiempo, la agitacion en quc vivimos, y más que
todo la absolutn, dcstitucion en que yo 11IC hallo dA todo género de
auxilios literarios, no me permite á la verdad ilustrar la materia
Clllnto hn, menester y convcnia; pero en medio dc ello, apelando úni-
camente ú la meditacion y á las reflexioncs que ofrece, he podido Ojar
mi opinion, y es la que voy á esponer á V, JI.


llEsta cuestion, señor, se puede y se debe mirar bajo de dos as-
podo.): b \jo el aspecto histórico y bajo el aspecto político; y yo
al1ul1cialhlo desde luego mi opinion, afirIno que la historia, la política,
f'l in ('oré:=; del Estado y de las mismas cúrtcs, y toJas las raZOlles per-
suaden que estas no deben ser un cucrpo simple homogéneo, sino
compuesto de cámaras (¡ estamentos.


llSi se consulta la historia, será en vano buscar en las monarquías
antiguas estas I'epresentaeiones nacionales en nillgun sentido; siendo
as! qne enanto rl1ás nos l'I'montásemos al orígen dc ellas, n,llí era don-
ele debíamos encon~rar mús pura y vigorosa la constitucion del Estado,
y más elaramente marcados los dereühos (]e las naciones ó de los pue-
blos. No será fácil tampoco hallar el orígen y forma que hayan te-
nido las eOl'poraeiones de esta clase en las naeiones que las han co-
nocido; y aunque yo no trato, ni puello apurarlo en estas l:ircumta!l-
cias, me atrevo á asegllrar desde luego erne no ha existido en el mUlldo
imp8rio ni ffionarquia alguna, en la cual se hayan visto córtes, dietas
ú asambleas constitutivas de su forma de gobierno que se hayan es-
tablecido por el rnétouo y sistema popular que aquí se propone, y que
no ha habido un solo ejemplo, hasta la asamblea nacional ú conven-
cion de Francia, cou la eual pereció aquella monarquía,


») POi' el contrario, en todos los estados monú'rquicos en que han
existido, se hallará uonstantemente seguido otro si,tellla, y organiza-
diB por estamentos ú cámaras, ya más, ya menos en número, que




129


en esto ha habido variedad. Así han existido en Fl'ilncia los estados
generales; en Sueeia, e11 donde constaban Lle cuatro; en Alemania,
Hungría, Polonia, Inglaterra; y sobre todo en España en los diferentes
reinos, quo en otros tiempos la dividian, como Lean, Castilla, Valen-
cia, \'anlrra, Aragoll y Cataluña, todos los cuales tuvieron sus eórtes
y conserV:lll algunos, y en todos se observó inviolablemente el sistema
de estamentos.


))"\[¡ora, puos, sellor, una cosa on que las naciones han conve-
nido goneralmente; que cn cuanto á la mstaIlcia ó al sistema, ha sido
adoptada y observada pOl' todas nniformemente, constituye ya un
derecho tIe gentes que tieno á su favor la prcsullcion de la razon y
conveniencia pública, la política y tOlla la fuerza de la autoridad: fuerza
á que no pucde rcsistirsc sin muy concluyentes y evidenles razones.


llConlrayéudome á nuestra España, no se hallará hasta el tiempo
de la momrquía gOlla rastro ni monumento alguno que iudique haber-
se conocido en ell:l córles ni estados representativos de ningun género.
Ni esto es de c.slraüal', lo mismo que de las monarquías más antiguas,
cuando la fuerza sola y el poder militar era quien dominaba y decidia
la suerte de los imperios. La época verdadera ele nuestras c(lrtes es
sabido que rué la de la cOll\'cl'sion de los godos á nuestra santa fé,
y de Sil incorporacion en el gremio de la Iglesia católica. La constitu-
ciLl!1 y gobierno de la Iglesia, que es una monarquía mista con aristo-
cracia, rué la norma que dictó los primeros temperamentos del poder
real; y ciertamente que no podia hacerse una cosa mejor que imitar
la forrna de un gobierno planteado por el divino y soberano Autor de
ladas las potestades ele la tierra.


))L05 concilios que en España se cell'bl'Uban antes de aquella épo-
ca, y en uno de los cuales abrazaron los godossolemnementc la reli-
gion católica, fueron el tipo y la cuna de nuestras córtes. AlIi se
estrecharon los (los brazos ó potestades de la tierra; se unió el impe-
rio con el sacenlor;io, buscando en el seno de la religion las luces y la
sabiduría para asrgurar el acierlo del gobierno. Allí la córte real y
la eGlesiástica forrnaron las cúrtes; esto es, un cuerpo en el eual se
yentilaban los negocios Illás importantes del Estado, se propollian las
leyes, y se decretaban con Ir. confirmacÍon Ó sanrÍon elel rey. Aun
mandaban los reyes á los gobernadores y jueces de las provincias
~




130 DISCURSO PRO:'\UNCIADO
que aprendiesen [1 ser jueces rectos. Consta tambien por los mismos
monumentos que hacian á los obispos inspectores de los jueces
reales, sujetándolos á su correccion como á tntol'es y padres de los
pueblos, qU8 velasen s0bre su buem administracion, y los libertasen
de malos tralos y vejaciones.


nTal fué. el orígen y lu forma primitiva de nuestras córtes, y con
la misma continuaron y progresaron antes y clespues Je la irrupcioIl de
los sarracenos por los tiempos <le la restaurarion: (le suerte que á
aquellas sagradas congregaciones debemos los españoles el haberse
üonsoiídado entre nosotros una representacion nacional, que bien ei-
mentada será siempre el baluarte más firme de nuestra libertad.


))Despues de muchos siglos (de seis ó siete á lo menos) se agre-
garon diputétdos de algunas villas y ciudades principales, con que se
formaron los tres estadüs ó brazos, con los cuales continuaron rele-
bránrlose las córles, segun comenia CIl la clase de a:,arnblcas pu-
ramente civiles. La ópoca de Sil der:adencia fué aquella en que los mo-
narcas elevados á un grado más <lito ele poder, por el qllo habia
adquirido la nacion, asestaron los primcl'I}s golprs á los estamentos, ;l
los graneles y miembros princi¡nlcs que [es lweian sombra, y cuya re-
solucion y firmeza no podian sufrir, para dominar dcspues m;'lS libre-
mente sobre los diputados del pueblo, lo') cua[o~ sol,os, y natural rnen te
más déhiles y dependientes del influ.io riel gobierno, cayeron abruma-
rlos de Sil peso bajo de Sil imperio absoluto, y quedaron con ellos
reducidas las córtes á un vano simulacro, y á la nulidad; y aun [o que
es peor que esto, á suscribir servilmente á todos los antojos yarbitra-
riedades de los ministros.


llPor manera, e.eñor, que las eúrtes fueron c(Jrtes, tuvieron consi-
derarion y valimiento mielltms que se observú el antiguo sistema de los
brazos; mientras que reuniendo en sí la ,irtud Üe todos los elementos
de una monarquía constituyeron un cuerpo perfecto, qne ostentando
toda la digniJad y fuerza que reconcentraba, podia obrar con la ener-
gía correspondiente. Decayeron yaeabaron por el lodo cuando la po-
lítiea ministerial barrenó este sistema, invadió los brazos, y redujo las
córles á un estado simple de los diputados de los pueblos.


lJEs de notar tambien que aquellas provincias, tan justamente
alabadas por haber sabido conservar sus fuel'Os, como Aragon y




E~ DEFENSA DE LA CÁMARA ALTA. 131


;\Iavar!'a, mantuvieron sus córtes compuestas invariablemente de esla-
mentm; y al cOlltrario Astúrias, que hasta lloy 1mo tambien las
suyas con el nomLre de juntas generales trienales con su diputacioll
intcrmrdia; pero constituidas en forma simple y popular, perdió poco
á poco los suyos, y ca~i hasla su cOIlSideracioIl politica.


))Y Líell, sOllor, si la historiCi presenta estas yerdades y estos ejem-
plos, ¿po(lrl'mos negarnos á lo que ella nos dieta, y ú, seguir el cami-
no que SC-IUlit? ¿Hayal¡;nna más cierta, mú's sabida ni más prudente
en materias de ¡;obierno que la 1m de la esperiencia, y una observa-
cion atenta del r:urso ordinario de las cosas humanas? ¿Diela la pru-
dencia q\lP abramos 1111 camino torIo nuevo y desconocido, y aun pe-
ligroso, y que nos ilpartemos de ar¡l1rl que la historia ofrece corno el
único, y consagra como el mús seguro, para llevarnos al término de
nuestros deseos?


llNo quiero salir ¡]fl este punto sin hacer algunas observaciones
sobre lo que se lee en el discurso preliminar relativamente al objeto.
Dice la comision, aunque solo lo propone como conjetura, que el ori-
gen de los brazos (¡ estamentos ha sido el sistema feudal, que lmjo Ú
España los derechos selloriales, como es notorio. "Xo quiero por ahora
c1etenerme en esto; y solo diré, que sea el orígen el llllC fuere, debe-
mos ectar muy recono¡¡i(los á quien quiera que hayil introducido en-
trI: nosotros Hila iusliLucion [an salullable, fuente y apoyo de los de-
rer:hos m;:lS preciosos de la nacion.


))Si el sÍslerml fmlllal ha sido el orígen de los brazos, ó lo que es
lo mismo du las I.;{¡¡·tes, dAbemos bajo de este punto (le vista yenerar
Ull ól'llcll ¡le cosas que nos ¡¡a traido y supo plantar en la monarquía
un cw'rpo na(;ional presnJ'Y¡ltiro de sus derechos; y no corresponde al
carlldcJ" hÚIlJ"ado, noble y demllo de los e~pañoles menguar el con-
celJtü y estilJlucion dehida Ú llucstros mayores, por haber fundado y
tra:::rnití.lollos lo qlle tanto aprecimno.s , :,in los cuales, y sin su esfor-
zadu y paLriótico celo, ni se hubieran conocido córtes en Esparm, ni
nosotros existiríamos aquí.


))Pero dista mucho de la vcrdad lo que asienta el discurso citado
en apoyo de su conjetura, qlle los magnates y los prelados asistian á
los congresos uacionales como dueños de tiArra con jurisdiceion, y que
no podian menos de asistir como talc~, pues que en ellos se habian de




132 DISCURSO PRONUXCJADO
ventilar negocios graves, que podian perjudicar sus intereses y privi-
legios: añade que iban á ellos, no por eleccion ni en rcpl'esentaeion
de ninguna clase, sino como defensopes de sus fueros y partes, directa
y pe!'30nalmente interesadas en su conservacioll.


» Pilra hablar así era menester presuponer las córtes constituidas
sin grandes ni prellldos, una vez qne estos coneurrian á ellas acciden-
talmente por lo quo pudieran perjudicarles on sus inloreses privados.
Pero desde que se considere que no habia en aquellos tiempos más
córtes que las juntas de dichas dos clases, queda dosvaneciJa seme-
jante idea; pues seria contradietorio yaun ridículo pensar que los
prelados y grande3 asistian á las córtes como defensores de sí mis-
mos, ó para evitar que estas le;; dañasen personalmente cuando no so
conocian otras cÓl'tes que las que ellos solos componian. JIas están
por otra parte desmentidas tales aserciones con solo volver la vista so-
bre el principio de las cLÍrtes.


» ~s constante que estas principiaron y continuaron en los COl1L'i-
lios de Toledo desde rl tercero hasta el diez y siete, ósea d diez y
ocho, último de los que se celebraron antes de la irrupc,ion sarracé-
nica, y fué la primera época de nuestras cLÍrtes, de que no tenernos
otros documentos que los mismos concilios. Ahora, pues, en aquc-
llos tiempos no poseian los obispos tales tierras señoriales, con juris-
diccion ni sin ella, ni podian tenerlas cuando los goclos abrazaron la
santa fé católica en aquel concilio. Existieran hasta entonces en Es-
paña luchando con las potestades seculares, que losaborrecian, y aun
perseguian. No fué sino mucho despUéS cuando adquirieron señoríos
por los importantes servicios que hicieron á la patria en la época de
la restauracion.


» Y si antes de poseer tales señoríos tuvieron los obispos parte en
las córtes, y aun, puode decirse asl, dieron á estas 01 sel' y la consis-
tencia, sin otro titulo ni carácter que el de prelados de la Iglesia, yel
de constituir como tales un cuerpo y clase tan principal, que aun á
la luz de la polilica entra necesariamellte en la composinion de los 0S-·
tados católicos, y respectivamente ele los [la católicos: ¿podrá aGr-
Illarse, señor, t¡ne no tm<ieron lugar en las córtes, sino como defen-
sores {le sus fueros y señoríos? ¿Será justo, será buena fé figurar su
antigua intervcncion en ellas bajo un aspecto dA odiosidacl que puede




EN DEFE:\SA n¡,; LA CÁMARA ALTA. 133
imponer á los incautos, é inclinar cl ánimo de cualquiera que no ob-
sene atentamente los pasos de la historia?


))Si no terniel'il alargarme demasiado, y molestar á V. M., yo ha-
ria ver aquí otro principio y causa más legitima de los brazos, seña-
hJamente del eclesiástico, ell todos los eotados católicos, en los cua-
les ha tenido siempre el primer lugar; que no es mucho cuando en-
tre los paganos y gentiles ban tenido sus sacerdotes la primera con-
sideracion on la r('p(¡bliea. Haria ver cúmo siendo la religion el alma
y e[ apoyo más súlido de uu eslulIo, porque sin ella no hay obedien-
cia ú las lryes, ú no es mús que aparente y forzada, el respeto á las
alItoridacltJs es nulo; las costumbres se corrompen, y una nacion sin
costumbres perece; los principales miembros ú ministros de la religion
han sido en toclas rcputados por el brazo derecho de sus estados por
razones de muy alta política. Ptlro vuelvo <Í. las que presenta el dis-
curso preliminal'.
))nencxi()ne~e la pintura que hace ~n el asunto para persuadir el


oríg-en vinioso de los estalllent.os, como,:dimiwados del sistema fcudal,
ó de un pi'ill'Jipio de intereses privados y personales a efecto de des-
terrarlos tIc las cúrtes. Vuélvase la vista pocas páginas mas atrás,
cuando trata de la soberanía y dercGhos del pueblo, y alli se verá
discurrir en un scntido inverso. Allí se verán justamente encomiados
los desvelus antigllos dG la !lacioa paril cstablecer su cOIlstitucion.
AlU se confiesan con entusiasmo afianzados los derechos de la nacían,
Llell'l?y y de los nilldadanos sobre las leyes elel Fuero Juzg'o. Allí se
hace COl1 razon mrrito g-rallllc de la eleccion del rey por los magnates
y prelados del reino, de las úblig'ac;ioIlcs prcscritas á aquel, del dcre-
r:!1O de Imeo]" las ll'yes con cl rey, de la subordinaeion de este á las
mismlls leyes, y [le los ¡lerecllos ele tocios y de cada l1no de los ciuda-
llano:,: se ensalza ell fin el vigor, la firmeza y hasta la fuerza que se
ha opuesto frecuBrllecnente á los monarcas pura resistir sus empresas
ú los abusos de su autoridad.


)) Así habla la comision cuando trata de comprobar el punto de la
solJenlllía llllcional. Y pregunto yo ahora, aque!la antig'ua constítucion
y aquellas leyes, ¿,qnién las establecía? Aquellas rcslrieeiones del po-
der real, aqncllos derechos del pueblo y riel ciudadano, ¿quién los
presci'l"t'l? Allllella re~istcllt'ia, aquel valor resuelto y firme) con que




134 DISCURSO rRONU1iCIADO
en ocasiones se hizo frente á la autoridad de los reyes, ¿á quién se
debe? ¿No fueron esos mismos mag'nates y prelados los autores de
todo esto'? ¿~o eran estos los que componian las córtes, los que ha-
cian los brazos del estado, los que ordenaron esas leyes fundamenta-
les, esa soberanía muchos siglos ántes que en las córtes se conocie-
sen otros diputados? ¿Es posible que un mismo ónlen de cosas haya
sido el fundamento de los derechos de la nacion, y al mismo tiempo
se represente como destructivo de ellos?


))Los brazos del reino crearon y consolidaron nuestras cúrtes,
fundaron los d~rechos nacionales, ¿y estos mismos brazos han de ser
hoy escluidos, figurando no haber sido admitidos en ellas sino para
atender á intereses y privilegios personales? ¿Y quc lliga la C'omision,
que no teniendo en el (Ha los grandes, {ítulos, ni prelados dcrrc!ws
ni privilegios I'sclusivos que los ljongall fllcra dc la comunidad de
SMS conciudadanos, ni les dé intereses diferentes Ijll(', los del ¡irocO/llIl-
nal de la nadon, falta la causa que en fuicio de oque{[ll (M ori!Jen á
los brazos? Así una misma verdad es forzQcla [1 presentar sistemas con·
trarios, y tan cierto es, señor, que es preciso im:t1l'l'ir en contradic-
ciones cuando uo se examinan con imparcialirlacllos bochos.


nDemostrado pOI' lél hisloI'iil que las córtes rlrben su sel' y exis-
tencia á los estamentos (¡ hrazos riel reino, y l'esllltanllo de ella mis-
ma la importancia de este sistema, poco resta que a[¡aclir para com-
probarlil tambien pOI' el lado de la política. En esta parte puede ase-
gurarse que está demostri:lda en política la misma verdad si son cier-
tos los hechos, como no puede negarse. Porquc la historia es madre
<le la polílica; y lo repito, la primera regla del gobierno es conducir á
las naciones, no por especulaciones ó planes de imaginaeion, sino por
[as lecciones ele la esperiencia y el conocimiento práctico (le los hombres,


Si todas las monarquías de dentro y fuera de España, aquellas que
fueron más celosas de su libertad é indepemlencia, aquellas que me-
jor la conservaron, convinieron todas eIl un mismo principio, usaron
de unos mismos medios) ¿será prudencia, serft política emprender
nosotros un rumbo nuevo, y arrojarnos ;í un piélago, que si alguno
quiso surcarle fué para sumergirse y anegarse en sus aguas?


.))Las instituciones, señor, rle cualquiera estado deben ser análo-
gas al carácter y naturaleza de su gobierno. Unas son las que convÍc-




El\' DEFE[\'SA DE I,,\ C.,\.\JARA ALTA. 135
nen á la monarquía, otras las que se adoptan á la democracia, etc. Un
estarlo monárquico es un estado gerárquico. Las diferentes clases en
que se divide son los elementos que le componen, y forman aquella
armonía y enlace de un03 miembros con otros, para constituir un
lodo perfecto por aquella gradual y reciproca correspondencia de ill-
lcreces y relaciones, ¡Je justicia y solicitud en unos, de obedienciB
y respeto en otros, sin lo cual no puede compaginarse el compuesto
nacional en una vasta estension de territorio. De aquí la imposibili-
dad de acomodar á una region muy estensa la forma de gobierno Fe-
pnblicano, y de aquí la dinll'sa manera de que son estos susceptibles
en sus representaciones políticas.


»Pong-amos las córtes constituidas como se propone en un cuel'po
simple y forma toda popular, y calculemos sus resultados. Debe su-
ponerse ante todas cosas que el caráeter de monarquía templada ó
moderarla que tiene y debe tener la nacían, segun consta de otro ca-
pítulo ¡Jt' la constitllcion, ppnric tocio de la combinacion ele los dos po-
deres, del rey y las cúrle". OrgllJizauas estas de aquella manem, re-
sulta, puos, que la moclcJ'aciun do la monarquía consiste en la mez-
cla del gobicruo lllOW'u'qllico con el democrático, y en el equilibrio de
estas dos fuerzas. Pero, señor, estas dos fuerzas no IlllcLlen chocar
entre sí sin romper el equilibrio. La democracia está en oposicion
directa con la monarquía. Es forzoso (jue, () una de estas dos polen-
cias 'se paralice, ú q\l'\ aproximálldose, se snsc,iten intereses encon-
trados que puodan turhar su eoncierto yarmonía; armonía qne si una
yez se rompe entran en una lucha de que habrá de resulLar una de
dos cosas: (¡ qne las c(¡r!.es opriman al rey y peligre la monarquía, él
que el rey oprima á las c(¡rtes y perezcan estas.


»i,Cnál es, pues, Al intcré'l de uno y otro? El que haya una fner-
za intcrmeclia que reuna los intereses de todos, que trnga los conm-
nes de la nadon y riel pueblo, y que le tenga tambien en mantener
los derechos del rey. He este modo, si estp emprende algo contra los
de la nacioll, tendrán las c(¡rtcs una fuerza doble (¡ triple que opo-
nede, y lo harán con toda la dignidad y enerp:ia que presta la in-
fluencia de todos los estarlos del reino: esta fuerza moral, que tanto
necesitan, y la única que Pllede arredrar al gobierno; y al contrario,
si se ato.ellsen los justos derechos del monarea, habrá un medio legal




136 DISCURSO I'RO:'\UIíC1ADO
y llano pal'a contenerlo, é impedir de3avenpncia~ funestas. Por eso
no hay publicista juicioso que no enseñe que la verdadera tempera-
tura (¡ moderacion de nn gobierno está cifrada en la meu:la de los
tres poderes (¡ formas de gobierno, y en e~to consiste la eSCC1CllGia
de la COtlstitllciotl inglesa, que las renne todas, af1allzarla eu las d¡;¡s
cámaras del parlamento y el rey.


nLos españoles tenem03 la prueba de la misma \'erchd sin salir
de casa. Mientra~las cÚl'les reunieron con los estamentos esta [ripIe
fuerza, tuviel~on consideracion y porlerío, enfrenaron el poder rral, y
no hubo ministros que levantasen la cabeza. Abalió CÚI'lo~ V ú las
clases altas en las cúrtes de Toledo de j 5:)t¡ po!' un go)pe dn mano y
de política, y desde entonce:;, como ya he dicho, puede tlel'i)'sn qne
espiraron las córtes. De allí adelante los procuradores de las villas y
ciudades, y cuantos concurrian ú ellas, no hicieron mús papel que el
tie la debilidad y condescendencia para todo; otorgar y deferir ciega-
mente á las ideas de los ministros; se olyielaron los derechos de la
mcion, y se convirtió cada lino á los suyos propios; lo mismo que
probablemente sucederá en todos tiempos, porque las mismas causas
producirán siempre los' mismos efectos.


))Desengaliérnonos, selior, si alguna cosa ¡mOlle consolidar las
cúrtes, darles vigor y energÍrr, y hacerlas respetables, es su constilll-
cion intrínseca, orgánica; que lIO sean una masa informe y confusa,
sino un compuesto de partes ú miembros combinados, que reuna la
poteneia de cada uno, es decir, la fuerza de todas las formas rle go·
bierno. Sin esto las córles no SCI'ÚIl más que un nombre vano, no se-
rán córtes snfleienle.3 Ú la presencia de un monarca; la monarr¡llía
pierde la calidad de templada ó mOllcrada, y vnehe á SIT absoluta,
despótica, y todo Clnnto se fluiera.


»Col1vieue esto mismo á las córtes bajo de otro aspecto. Porque
hasta un ligero conocimiento del corazon humano para eomencerse
de que las asambleas muy numerosas no son siempre las mús re-
flexivas. Los partidos, la rivalidad, 103 intereses particulares se eru-
zan fácilmente, las pasiones se exaltan, y si uIla faecion (lomina, pue-
de arrastral' á los demás y al cuerpo entpro á su ruina; por lo que
nada es tan impvrtante para este como cl con)Lar de elementos flue
nonlrapescn y equilibren sus fuerzas.




EN DEFENSA DE LA C . .\MARA ALTA. 137
nEjemplo bien triste nos ofrece la Francia cuando I'edujo sus es-


tados generales á uno simple en la asamblea nacional y la convencion.
Los facciosos, que en ella dominaron, no solo arruinaron a.l rey yal
reino, sino tambien ú sus propios compañeros; y los tumultos, des-
(I/'denes y atentados i'jue se esperimentaron hicieron conocer, aunque
tarde, el yerro de haber constituido la representacion nacional de
aquella manera; por lo que luego en la segunda ó tercera constitu-
cion volvieron á <l.rloptar la forma compuesta, si no con el nombre de
estados, quc ya no los hilbia, pues habian desterrado el clero y la
nobleza, diridiemlo la autoridad en dos consejos, el de Quinientos y el
de los Ancianos, bien que ya esto no podia alcanzar, por otras cau-
sas, y porque no eran verdaderos elementos.


\)XO me detongo, seltor, ú rofutar las dificultades que tanto exa-
gera la comision como irl'mpcrables para restablecer los estamentos;
porque mientras no se arlrnita esta base, es ocioso cansarnos en lo que
toca al modo. Poro no ilUodo mOllaS do decir que es, á mi entender,
á cuanto puede llegar la cavilaGion, querer desechar por impractica-
bl() lo qnu ~e ha practicado por tantos siglos, y lo que torlavÍh se
practiea (Ientro de España y fuera de ella, como en Inglaterra.


llConvengo en que debe haber modificaciones y aclaraciones; mas
esto pel'tr,nr,re á los accidentes, no á la sustancia du la cosa; y a(!uí
entra la autoridarl de las córtes, que es para afirmar y mejorar nuestra
imponderable constitnciol1, no para destruirla, como en mi conceplo
se c!f1strllyil, por el sistema cont.rario en la parte tan esencial de sus
córles, por las razones históricas y políliG:ls que dejo cS¡JUestas . . luz-
gol, pues, qne 8S c!f1 nuestra obligacion la más üstreuha restableeer las
t:ól'les en Sil furma legítima constitucional, conforme á la cllal debe-
rán componerse, !lO de un estado c.irnple lodo popular, como propo-
ne la comision, sino del misto, tí sea lle dos partes ó cámaras; una
de los dos 6rdenes Jel reino, los prelarlos ele la Iglesia y la alta lloble-
za; y otra de la Ilni\'crsalidarl del pueblo poI' medio de sus diputados.


))Si [ludiera descontlarse de nuestras instituciones por ser viejas,
tenernos 01 ejemplo de las na()iunes más sabias é ilustrarlas. Todo el
mUl1llo COlJoce la osceleneia ele la eonstil.ueion inglesa: en la organi-
zar:ion y combinaeion do sus poJel'cs, e~ sustancialmente la misma que
la española antigua; sigámosla. Este es mi voto.))






'!tV\JVVVVVVVVVVV'V'VVJ\../VVVVV·JVVVVVVV·"",VVVVVVVVVVV"VVVVVV~


CAP~IANY.


~uelen llamar la atencion en las asambleas delibe-
rantes ciertos individuos para .quienes son lo menos en
los trabajos legislativos las ideas de un discurso, la in ten-
cion política ele un elictámen, el objeto alarmante de una
proposicion. Esos diputados, idólatras de la forma, enco-
miadores ele la apariencia, son los eruelitos, los hombre8
de letras, los literatos.


Tmpasibles y graves en las discusiones, puesto el co-
razon en el oido, sacrifican la política á la gramática, y
anteponen gustosos el lenguaje á la elocuencia, la pnJa-
bra al pensamiento. Por más elocuente, por más poéti-
co, pUl' más elevado que sea el orador á quien escuchan,
los diputados litcrat08 ni se conmueven ni se entu-
siasman.


Por el contrario; asombrados é indignados de que
los espectadores acojan con frendicos aplausos una imá-
gen atrevida, un pensamiento delicado, un arranque de
sentimiento ó de patriotismo, clavan sus ojos en ellos, y
con sonrisa ele ira, de lástima ó de desprecio, exclaman:
«¡Illlbé~cilesl ¡Pues no aplauden y se entusiasman sin no-
tar la impropiedad de ese verbo y la mala colocacion ele
ese artículo!»




140 CAPMANY.
Artífices del lenguaje, los literatos se apoderan de un


dictámen, de cualquier documento parlamentario, y lo
desmenuzan, lo descomponen y lo pulimentan, variando


,


la colocacion de un adverbio, suprimienr10 un adjetivo,
ó sustituyendo un vocablo moderno, de orígen sospecho-
so, son otro clásico, castizo y anticuad,) de que hicieron
uso en sus obras Cervantes y Quevedo.


Á esta clase de diputados pertenecia en 11:oS córtes ex-
traordinarias de Oádiz el catalan D. Antonio Capmany.
Desde las primeras sesiones se constituyó en dÓ~Dine de
la asamblea, y al repetirse la lectura de su reglamento
interior, rronunció un discurso alabando las escelencias
de la gramática, rccomen(lando la pureza de lenguaje,
tanto en 103 discursos como en los escritos ele los diputa-
dos, y censurando varias palabras del reglamento nada
propias y castizas. En la redaccion de los decretos l~l'a
(londe Capmany lucia sus conocimientos filológic.os, dan-
elo rienda suelta á su m::tn:a (le al:Llll}Jicar y purificar el
lenguaje de todo modismo ó espresion que no trajese la
patente ele una remota antigüedad; manía que 10 arras-
traba á usar de palabras ridículas é intolerables ar-
caísmos .


. ( tal estl'emo llegaban su escrupulosidad y pulcritud
de lenguaje, que más de una vez eran objeto de sus dis-
cursos la colocacion de una coma, la eti


'
llología de un


nombre ó el uso de una letra; y un pl'ctl~rito perfedo Ó
un gerundio serdanle otras ele proteste para cntr(~tener
á las rórtes un largo rato. ~olian oir ~sbs con gusto sus
disertaciones gramaticales~ pero apurábaseles tambi8I1 la
paciencia alguna vez, y le atajahan eon bl'usea:o inter-
rupciones, él el público con sus l11mmullos, p~lCs no Pl-
dian tolerar que en ocasiones críticas en que ::;e discutian
medidas urgentes ó se ventilaban punto." de suma impol'-




CAPMA;\Y. 141


tancia, ter~ia.se el Sr. Capmany y emplease una hora
para esplicar el verdadero significado de una palabra o
el odgen etimológico de una frase.


Mas no se crea que el diputadCl catalan se acobardaba
y elllllUdecia al verse tan inconsideradamente interrum-
pido. :Nada de eso. Oon la mayor impasibilidad recla-
maba el orden y seguia, el hilo de sus pedagogicas es-
plicaciones. Aclarando en cierta ocasioll, y solo para rec-
tificar, el sentido genuino y verdadero de la palabra
mando, y la (liferencia que mediaba entre aquella voz
y las de grado y empleo, rué estrepitosamente interrum-
pido por los diputados y el público de las galerías, y di-
rigiéndose al presidente, esclamaba: «Sírvase V. S. oir-
me, y lllandar que se me oiga. Ya que permite á los de-
más seüores haeer preámbulos y exordios, déjeme á mí
hacer epílJgus.»


Su vanidad de escritor, su ol'gullo de literato, obl i-
gábale á censurarlo todo, y uo pudiendo descollar como
orador, procuraba distinguirse comu sabio, haciendo es-
fuerzos ridículos, y cometiendo [10 pocas veces estrava-
gancias é inconveniencias. Lo raro era que, no obstante
su afectada maestría en el lenguaje, s01ia caer Capma-
ny como sus compaüeros, en algunos deslices, y no eran
por cierto sus peroraciones las que menos abundaban de
faltas gramaticales, de voces impropias y de marcados
galicismos.


No se crea, por ]0 que llcvalllos dicho, que el cons-
tituyente catalall era uno :le 8su', ol'ador,;s l'cmilg::cclu;s y
empalagosos qlH~ b\l6Can antes las palabras que las ideas,
y que dan tortura al pensamiento en una frase atildada
y escogida. Al contrario. El diputado Capnwny, el maes-
tro ele cel'emoni,ts de la asamble.1 popular de 1812, era
llano y hasta vulgar en su estilo, agudo y aun choear-




142 CAPlIIANY.
rero en algunas ocasiones, rara vez elocuente, nunca
peético y levantado.


Distinguióse además Cctpmany en las famosas cons-
titeycntcs de Các1iz por su cxag8rado españolismo, por
su ciego amor á la patria, q I]e le hacia prorumpir en fie-
ras amenazas contra Napül(~()n y Sl;S secw,ces, C01110 cuan-
do decia que la guerra debin hace1'se con {¡¿I'OI', y CU3,n-
do refiriéndose á la espedicion de D. l\~dr() 111 para la
conq uista de Sicilia, exclamaba: « De las costas ele Afri-
ca se dirigió á Sicilia, de cuya espedicion resultaron las
famosas Víspems sicilianas ¡que ~jnla se l'cpitiemn
alwrft entre 'nosotros toel(tS las se IíULn(U;! ))


H;se mismo espíritu de insensato patriotismo y de cie-
go cariño á las córtes y sus reformas le inspiró las si-
guientes frases contra el ex-regente [aJ'{liznbal, que
neg'aba en un manifiesto la soberanía nacional. «(El modo


'-'


de que ese cscl'itor rcconozea la soheranía de las córtes
e:-,; castiga,l'le; así la cOnfeSill':í., scfwr; tcnorr cntendido
quc el verdugo de Cádi:;; Iw mudado ele oficio, ]Jm'fj/w
l/(u.'c dos (UIOS fjlle está con los úrazos crnzados.)) La in-
(lit'(~cta no podia ser más clara ni m:is cruel.


Hablando tambien sobre la necesidad de que el con-
greso sustanciase por sí la causa formada ti dicho ex-re-
gente por desacato á las mismas córtes, decia: "La es-
periencia ele be enseüarnos en este momento las provic1en-
C.i;L~ que de bemos tomar . Nuestra manu es la CJ ue ha ele
sal val' el E:-,;bdo; nuestra mano es l::t q lle ha de conducir
la nacion á la independencia, nuestra Illano es la que ha
de hacer la justícia, el verdugo la ejecutarú" .. )


No dejaba algunas veces Capmany de teller alTan-
ques oratorios de buen efecto. Véase cómo esclamaba en
la acalorada discusioll que produjo la derrota de nuestro
ejército en las llanuras de Castalla. d!Jl daño ya está




CAPMA:"Y. 143


hecho, pero la indignacion debe provocarnos á echar
mano del último remedio sin perder la esperanza de sal-
varnos, animando á los amedrentados ó desconfiados. En
la gucna de los 1)(U'tos, Marco Craso, despues dc perdi-
da la batalla, vió la cabeza de su hijo llevada en la punta
de una lauza de los enemigos. Lloró el padre; y vienflo
el abatimiento de sus soldados, les alentó diciendo: sol-
daaos, d~iad el dolor pum mi, y gnardad Zn venganza
para vosotros.»


Inspirado de su patriotismo, de su desinter~s y de su
almegacion, en cuyas cualidades, si alguno le igualaba
nadie le esccdia, propuso el célebre decreto de las córtes
de Cidiz en el que se prohibia á los diputados solicitar y
admitir para sí y sus parientes gracia ó empleo del go-
bierno (1urante el ejeréicio de la diputacion, y un año
despucs. Al apoyar su proposicion el Sr. Capmany con-
clnia su discurso con estas frases tan tiernas y sentidas~
tjlle honraban su corazon y revelaban su carácter, y que
interpretaban fielmente el patriotismo, la pureza de sen-
timientos y la buena fé con que aquellos padres de la
patria se dedicaban á la defensa y á la regeneracion de
Espaüa, ~\jellos á todo cálculo personal, desnudos de Loda
aspiracion intei'~sada, de toda ambicion, de toda mira de
medro y egoismo. q La confianza, decia, que la llacion
tiene en nosotros, se ael'editará con el voto público y so-
lemne de huir hasta la tentacion ele acordarnos ele nU8S-
tras propias personas, para no despojar á la virtud del
nombre de austeridad que debe ser nuestra divisa. Cuan-
do la mala ventura nes redujese á la pobreza, el Estado
nos dará pan como lo reciben los padres ancianos de los
buenos hijos. ¡Y qué pan tan sabroso el que comeremos
¡le Illanos de la caridad nadonal! D
i()U(~ delic::vleza, que sublimidad encierran las últi-




144 DISCURSO CONTRA


mas palabras dichas con la verdad, con el candor, con
el sentimiento con que en aquellos tiempos pensaban, ha-
blaban y sentian los diputados espaüoles!


Era una creenc~a, muy generalizada entre 1m; políti-
cos de entonces, que el SI'. Capmany tenia dos opiniones,
una pública, liberal, y otra secreta, absol utista, sostenien-
do la primera con el propósito de contrapesar el crédito
que tenia Al'güelles entre los aplaudidores de las ga-
lerías.


A pesar de que usó de la palabra con algUlllt frecuen-
cia en el primer aíio de aquella larga legislatura, no hay
un discurso suyo (lue por la estcnsion, por la importan-
cia del objeto, y por lo notable de las formas pucela rc-
producirse como modelo ó como munsLl'a ele 1<1 elocuen-
cia de nuestros primeros ol'adores padamen tarios. A
continuacion, sin embargo, insertamos dos cortas pero-
raciones que dan idea del género de oratoria ele aquel
diputado, y en las que no faltan entonaciün de estilo,
pensamientos felices y arranques de sentimiento y elo-
cuencia.


Discurso contra la proposicion de que se colocase al frente de
la regencia una persona real.


((Pues que el seitor cura de Algeciras (Terrero) en la sesion de
ayel' tuvo la ocurrencia de citarme como testo de furor patriótico, á.
cuyo favor le estoy mlly agradecillo, no pude escu~arrne ue COl'l'es-
pn!1,ler á su memoria pidiendo la palabra para esponer en pocas mi
opillion, ['undada en mi ciencia y coneicDcia: lbmo cienl~ia á la previ-
sion. ¿lJué poclré yo añadir, ni ron q1lÁ corrobor;lrlo, á lo qlJe solJl'e
el espíritu de la proposicion ha dicho nuestro digno compañero el
Sr. A.rgüelles? ¿Necesita de ilustl'acion mia lo que acaba de leer
y de glosar tan oportuna, científica y politicamente el Sr. Calatrava?
Pues que la imprudencia é inoportunidad de la pl'oposicion que pr8-




LA REGE:'iCIA DE UNA PERSONA REAL. 145
sentó el Sr. Vera nos ha conducido tí, la necesidad de manifestar
nuestro modo de pensar, y un nuevo macla de hablar; es menester
que no se nos interprete á los que espaDemos un dictámen contrario el
sentido de las palaoras, que siempre se dehen tornar en el más recto,
sano y patriótieo.


)¿,Habia n8cesirlad de hacer estas proposiciones, tratándonos Sil
autor de descuidados, euando trabajamos dia y noche para la felicidad
de la patria? ¿Yen ljué momento? Precisamente cuando se iba á
echal' la bóveda á la magnilica obra de la constitucion, que cs su par-
te tercera, desp'les ele tantos aranes y desvelos como ha costado á
V. M. levantarla hasta la cortina? ¿Y cuándo, repito? Cuando se
acercaba aquel dia tan deseado de todos, de ver cerrado y encumbra-
do el edilicio de la l'estauracion española, como otro etel'l1o capitolio,
fijando el orazo de V. M. en su cúpula la bandera de la libertad na-
cional. Y al punto de conclnir esta grande obra, ¡se pretendia atar las
manos á los arquitectos! iY á estos arquitectos, yo el primero, yo el
último, y todos iguales los que estamo::; aquÍ presentes, se nos injuria
con la Ilota (le descuidaclos y desavenidos!


»Aquí podrá habor opiniones diversas, y cOIl\'iene que las haya:
como dice Sllll Pablo, podrá haber voces y estilos diferentes; pero una
sola es la voz y una la voluntad cuando se trata ele la defe nsa y sal-
"aeion ele la patria. Me abstengo de combatir estas acusaciones con
las armas que me son propias, una vez que las de otro señor preopi-
nante cortaron antes de ayer las cabezas ele esta hidra.


» i Que impaciencia la del autor de las proposiciones cuanelo solo
fallan estas pocas piedras para cubrir y consolidar el templo de nues-
tras leyes y de nuestra futura felicidarl! Este edificio, levantado á la
visladel enemigo y ele sus baterías, para cuyo diseñLl no nos dió lu-
gar el apuro de las circunslancias, ni la precipitacion del plazo para
.iuntamos á concertar tamaña empresa! ¡Tuvimos que cortar la piedra
y hacer la Géll y 01 la(lrillo (digámoslo así)~ ¡Tuvimos que ser peones,
oficiales, maestros ysobrostantes, y sufrir los temporales de la mur-
muracion é íngraliluLl! Algun dia haré, con líceneia de V. M., la apo-
logía de los trabajos del congreso; presentaré su historiadesde el pri-
mer dia en que ~e encelTó en la Isla de Leon á los diputaLlos sin co-
nocerse; ~in amarse y sin 1l0ral'se, como se lliee de otra gente.


10




146 DISCURSO CONTRA
)) Bien sabe el público el mouo cómo nos juntó el gobiemo en aquel


sitio, á manera de 1I1I rebaño de ovejas de distintos dueños y comar-
cas metidas en un corral. No tuvimos 11Igar ¡Je hablarnos ni de salu-
darnos, no ¡Jigo de abrazamos; y ahora pareee no nos quisieran ¡Jar
lugar ni para rIamos el último abrazo qlIe touos deseamos, y yo el
primero. ¡ Ojalá pasado mañana pudiéramos despedirnos! Hoy no po-
demos, porque seria dejar la patria huérfana y desamparada y sin
abrigo eontra la inclemeneia de sus enemigos. Pronto nos despedire-
mos, digo yo á los impacientes, por no darles otl'O nombre; pero
será cuando quedemos satisfechos de haber cumplido con nuestro
deber. La posteridad juzgará la obra, y despreciará, si quiere, á
sus autores.


))Se nos trata de descuidados, de indolentes y de ... en el muy
estudiado y venenoso proemio del referido escrito, antipolítieo por las
circunstancias actuales, injusto en los cargos que se hacen al con-
gres o , indiscreto y precipitado en sus consejos, cubiertos torpemente
con el velo del bien público. Este mismo preámbulo manitlesta las
miras de su autor; los que lo hayan oido verán si son patriótieas , si
conspiran á la conveniencia pública, y si encierran en su espíritu el de
alguna ley nacional. La nacion no tiene más ley en esta crísis que la
necesidad de eonservarse contra sus enemigos, así esteriores corno
interiores.


ll¿Estamos ahora en una pacífica córte como en tiempo de
Cárlos III? Estamos in castris, ó, por decirlo mejor, en un castillo y
sitiados. Repásense las historias antiguas y modernas, y véase qué
nacion se ha hallado en igual conflicto y peligro, ni qué senado re-


l uucido á tanta estrechez y angustia. Pues en medio de estas apuradas
circunstancias y terribles cuidados se nos viene á presentar nuevos
peligTos sobre nuevos insultos. Perdono los insultos; no perdono los
designios. Sepa el mundo que ahora es cuando debemos mostrar más
entereza, más serenidad, más constancia, y más desprecio de toda
prcocupacion y temor. ¿ Acaso está vacante el trono '1 ¿ No vive Fer-
nando VII? ¿ No viven sus hermanos? ¿ No tenemos en este saloll la
efigie de nuestro monarca para que nunca sc nos caiga de la memoria
ni de la vista para el respeto y la compasion? Yo ie veo ahora, y
quisiera que me oyera; así hablall los patriotas.




¡,A REGENCIA DE U:'iA PERSONA REAL. 147


»Hombres repúblicos somos los diputados, y no republicanos:
tan necesario es entender bien nuestra propia lengua. Por el bien de
la república trabajamos: república quiere decir tambien en castellano
estado, la C03a pública, y no democracia. Nuestro estado es monár-
quico, y hereJitaria la monarqula; la regencia no es hereditaria. Ha
dicho muy bien el Sr. Calatrava que el artículo sancionado Jel pro-
yecto Je constitucion que citó en su lectura supone que el rey se ha-
lla entonces dentro del reino, y tambien su sucesor. Este caso nu
tiene lugar ni aplicacion en la ocasion presente.


)) Vuel va la vista ahora al estado politico en que algunos señores
preopinantes han querido pintar la Europa, proponiéndose si las po-
tencias estranjeras tendrian reparo de tratar con nuestro gobierno,
no estando presidido por una persona real. Los estados tratan con los
otros estados cuando hay un gobierno constituido y reconocido para
sus reciprocas relaciones. ¿ Con quién han tratado las potencias, em-
pezando por nuestra noble aliada? Hasta ahora con España, y con !~l
gobierno supremo que nos ha regido y rige. Si alguna vez pueden te-
ner alguna desconfianza ó tibieza los gabinetes en sus oficios de amis-
tad y buena correspondencia, no será por no ser las personas reales,
imperiales 6 ducales, ni por la forma constitutiva del gobierno que se
elige una nacion, sino por la fi.llta de energía, de actividad, de con-
formidad, y de aquella franca armonía que debe siempre reinar entre
aliados que hacen causa comun en una lucha comun.


))Se ha dicho tambicn que seria más venerada una persona real:
si es por lo real, tan venerada será antes como despues de ser re-
gente: la virtud y los talentos roban la veneracion y el amor de los
pueblos, y no las personas ... ¿Acaso se nos ha presentado, para es- •
coger la más digna, algun largo catálogo de todas las adornadas de
aquellas eminentes dotes? Reducirnos quisieran algunos, segun pa-
rece, á unaeleccion forzada por una alternativa más forzada todavía,
riolentamlo á la voluntad con capa de necesidad ó de peligro.


»La8 personas que forman la persona real y moral de una regen-
cia deben tener por carácter y divisa, y por primera recomendacion,
la sabiduría, el rigor y el patriotismo acrisolado. Me aparto de tra-
tar ahora la cuestion si solo en las personas reales se pueden hallar
dichas (~alidades, y especialmente la última, la más importante en




148 DISCURSO CONTRA
estos críticos contratiempos. Sin escluir al mismo Felipe II, que era
tan español y tan empeñado en estendor su nombre en las cuatro
partes del mundo, la palabra patria j::unás ha salido de boca de sobe-
rano alguno: mi corona, mis estados, mis vasallos, son los únicos
nombres que han pl'Onunciado para defender sus derechos, y alguna
vez para abandonarlos.


))] Lamentable recuerdo para los que vivimos y lo padecernos! La
palabra patria, tan magnífica y halagüeña en este calamitoso tiempo,
esta patria que antes no era más que un vano nombre en la vida po-
lítica, hoy la vemos realizada en nuestros corazones. La invasion del
tirano del mundo le ha dado á nuestros ojos y á nuestra compasion
un ser que antes no tenia; de necesidad nos ha constituido á todos
soldados para deFenderla. Todo español, Je cnalquier clase, con di-
cio~ y estado, es hijo legítimo y natural de esta madre, cuya sa-
lud está á cargo de todos y de cada uno, para no e~ponerla á nue-
vos peligros sobre los muchos lIue la ccrcan, sin llecesidad de
buscarle otros. Suspendo alargar más mis reflexiones sobre este
punto.


nMe abstengo de decir tantas y tantas cosas á que provoca la ma-
teria ... Me abstengo, repito, de estendenne á otros puntos, porque
el cruel y astuto Napoleon, que estudia nuestras obras y palabras, lo
habria de saber y leer. Yo le conozco y él me conoce, y {'I sabe tam-
bien que le conozco: no quisiera enseñarle tal vez á ser peol" de Jo
que ha sido y de lo que será. ~o le demos con lIuestros recelos y
pronósticos más motivos para que forme nuevos designios, que todos
serán tan infernales como suyos.


4 nSeñor, hay algun desórden en la série de mi razonamiento¡ lo
confieso, porque despues de tres dias de sesiones, y de babel' oido tan
varios discursos y opiniones ventilando esta rlelicada materia, traigo
poco LJordinadas las ideas, y algo confundida la memoria. Sin embar-
go, conservo aun dos de los puntos principales que presentó á nuestra
admiracion uno de los señores preopinantes, defensorAs de las p1"OpO-
sido.oes del Sr. Vera. Se trató de si el consentimiento general de la
nacíon presidia á las deliberaeiones de V. M., y si en una cuestion
tan importanto como la que ahora se ventila, tiene dApositada la con-
fianza de todas las clases elel Estarlo.




LA REGE'\CIA DE UNA PERSONA REAL. 149
)) Yo podria responderle, sin lener necesidad de amplificar mi


pensamiento, que V. M. tiene reasumida toda la soberanía nacio-
nal, viva y en ejen;icio. Todos los estamentos están aquÍ refundidos
ron ónlen rlesonlenadamente. Aquí está el clero, afluí la nobleza,
aqllÍ el pueblo, uciuí la milicia. A esta llamo y la dibo: hace tres años
y medio que careeemos de la presencia y vista de la persona de nues-
tro amado rey Fel'l1ando, cuya vida guarde Dios Omnipotente, ¿qué
pretensiones han tCllido ni deseos nuestros ejél'{:itos sino los de espe-
lel' al enemigu que le roLó su rey? ¡,No le han defendido hasta ahora,
y le deflen,len? ¿:'{o pelean en su nombre los guerreros para defender
su persona y la patria que les di(¡ el ser, y que los mantiene y debe
mantenerlos?


nSe di6 á entender entonces qUfl seria menester consultar á los
e.iército~; espresion que me escandalizó, por no decir que me indignó.
No se hubiera dicho más en tiempo ele las revoluciones del imperio
romano, cuando las legiones disponían de la aclamaeion del empera-
dor sin esperar la eleccion del senado; así se vieron en un mismo
dia treinta tiranos á la vez. Corramos el velo á estos rasgos de la bis-
toria antiglld, que no sin'en de leccion sino de escarmiento. Invoco
ahora á los defensores armados de la patria, á esos gueneros que
pelmm y derraman Sil sangre, y les preg'unto: ¿por quién pelean? y me
responderán: por la patria, por esta España eterna, que lo será, si,
lo será, como los nombres de los que la defienden. ¿Acaso no han
jurado cl reeolloeirnienlo :l V. M.? ¿Acaso no obedecen con ejemplar
cOllstancia las órdene3 del cuerpo supremo que representa al mismo
Fenmlldo Vil? ¡,POI' ventura vaca la soberana autoridad que sostiene
la unidad de la nadon'? .....


)) Yo quisiera que aquella flspresion se borrara de la memoria de
los hombres; pero, pues HO ti:me lugar, suplico oJ señor diputado que
la prollrió se sirva recog'erla en su pecho, si salió de allí, declarando
que Sil intencion y el espíritu de aquellas palabras no rué llamar la
atcnciOll de los guerreros, sino para que continúen peleando y defen-
diendo la patria con nuevo brio, á fin de ver prontamente realizada
la cOl1:;titucion polttiea de la nacÍon, que ha de abrazar todas las par-
tes que constituyen un estado en la guerra y en la paz. Entonces sa-
brán llue Y. M. estiende los ojos á todas las clases, cuanuo vean plan-




150 DISCURSO CO!'iTRA


teada una nueva constitucion militar, en la que está entendiendo este
augusto congreso.


ll8in necesidad de recapitularme, sino de acogerme á mi opinion,
no apruebo que se ponga por ahora á la cabeza de la regencia perso-
na real; y solo aprobaré que se constituya el nuevo gobierno en la
forma y con las personas que más convengan á la nacion; pues creo
que la proposicion del Sr. Al'güelles se debe rrlÍral' como un decreto
de necesidad y de conveniencia pública.))
~---------


Discurso pidiendo castigos para los afrancesados.


«Señor: ninguna enfermedad corporal puedo alegar que me obli-
gue á pedir á V. M. la licencia que se ha servido conceder á tantos
señores diputados para salir á lomar aires. Mi enfermedad no es fI-
sica, es moral, es enfermedad de amor, de amor de la patria, dolen-
cia que no la curan ni médicos ni medicinas. Deseo, no la salud, que
á Dios gracias la disfruto, sino la prolongacion de la vida sobre mi
avanzada edad! y este remedio solo de la benigna mano de V. ]U.
puedo recibirlo. Necesito, para dilatar y refrescar mi razon, besar las
piedras de ;\ladrid rescaLado, suelo santo, que trasforma á cuantos le
habitan en criaturas de acerado temple. Pero, señor, no oiga V. M.
mi ruego, no; porque ni debe concederme esta gracia, ni yo puedo
admitirla, aunque aquÍ fallezca.


ll¡Qllé me importa que hayan salido de la eapitallos enemigos ar-
mados de la España por una puerta, si entran por la otra les enemi-
gos de la patria, teniéndose por más seguros entre los mismos pacien-
tes patriotas á quienes habian oprimido cuatro años continuos, con su
insolencia y despt'ecio unos, con sus escritos y discursos otros; otros
con el terror y la amenaza, y algunos con la prision y el dogal! Por
más seglJ;'os, repito, se creen que entre las bayonetas francesas, que
habian sido hasta ahora su guarda y su defensa. Muchos no han sa-
lido de sus nuev,s domicilios, levantados de las ruinas de otros tími-
dos y vacilantes; y muchos han tenido que volver despachados de sus
mismos infames valedores, que se han desprendido de ellos como ins-
trumenLos viles de que ya no necesitan.




LOS AFRA'iCESADOS. 151
~Cobardes y avergonzados huyeron de la vista de los buenos, y


vuelven con rostro sereno, esto es, con esperanza de prot~ccion, á
presentarse en aquella desolada capital, sepulcro de mártires y cuna
de héroes, sin temor de que las piedras ensangrentadas de sus calles
se levanten contra ellos, ya que la discrecion y paciencia de aquel
pueblo magnánimo les permita respirar.


lJNo faltarán algunos que aun padirán premio por el mal que han
dejado de hacer, ó por el menor mal que hicieron pudiéndole haber
hecho mayor. Parece que muchos, no solo esperan la impunidad, se-
gun la confianza con que se presentan allí y aquí, sino gracias por su
pasada conducta.


)¡No faItarán escusas y diseulpas de la pérfida inaecion de mu-
ehos y de muchas clases, quienes no quisieron comprometerse con los
leales ni con los desleales,porque así como CIlIos espías, hay tambien
hipócritas dobles; pero aparenerá al fin la luz, que descubrirá las sen-
das ocultas de los que las aborrecian.


)) V. lH., que 85 el centro de la justicia como de la representacion
nacional, debe enjugar las I{igrimas de los que han p,lliecido tantas
afrentas y tormentos, haciendo que esperimenten que solo los buenos
son sus hijos pl'imog(mitos, no confundiéndolos con los malos.


))Purifír¡ucse antes, y muy pronto, el suelo y entresuelo de Ma-
drid, manchado por las inmundas plantas, é inficionado por el aliento
pestífero de los sacrílegos y bárbaros satélites del gran ladron de
Europa, y ahora profalJado por la presencia de Hluchos infelices hijos
de la madre España, yif:\ja elema, á pesar del que la queria remozar,
y de los que d8 entre nuestra familia le habian vllelto la espalda des-
pues de haberla escarnecido y acoceado. Lloren ahora de alguna ma-
nera su pecado, como pide la justicia, los que de tantas lágrimas de
inocentes han sido causadores. ¡Yo me despido de ti, córtc de Fer-
nando, cabeza y nentro (le los patriotas españoles! Seré yo el dester-
rado mientras vivan otros dentro de tus muros (indignos ele ser tus
moradorcs) salvos y salvados, justificados, y quién sabe si despues en-
salzados.


»Gran dia de juicio aguarda la nacion en todas partes, pues en
todas hay rincones apestados que desinficionar, para que nunca más
pueda retoñar tamaño mal. Y no hay que esconderse allá los desleales




Hi2 mSCUHSO CO;liTflA


eclesiásticos, porque allí serún iJUSCULlos: no hay sagrado para ellos.
La ley, la pall'ia y la religion los llamará á juicio; les hará cargos, y
muy rigurosos, porque han pocado á dos !t111nOS, como hombres y
como ministros del SAñor. Claman por este dia de juicio los desrlicha-
Ilos inocentes, los robado'3, los apaleados, los hollados, los martiriza-
dos pOI' los desleales españoles, servidores y siervos del intruso rey, á
quien tan á costa de S11 propia patria han complaoirlo. Claman jnsti-
cia los niños qne quedaron sin padre, quo murió por Ii.t patria, ó en
batalla, (¡ en la horca. Claman las esposas, desamparadas de SIlS es-
pmos fugitivos de la cruelclacl de los tlelalores y jlleces intrusos. Cla-
man los ancianos, que no verán más su familia reunicla como antes,
comiendo debajo de la hig'uera: todo desapareció, ]¡ombres, animales
y árboles.


))Ya es tiempo de regenerarnos: la constit.ncion, esta sagTada dá-
diva que la benéfica mano de V. M. ha hecho á los pueblos, les da
reglas para que sea conservada su libertad y gnal'(kda la justicia: esta
está escrita en la frente de todos los españoles, como lo está el nomo
bre de Dios. La gran diflcultar! consiste en hacerla observar, en ha-
llar pagadores cuya incorruptible rectitud y patri(¡tico celo les haga
olvidar de que son de carne y sangre; que no conowan paisanaje,
Oompadrazgo, amistad, intercesion, confabulacion, parenteseo, COfl-
discipulado, colegialismo, confllosofismo, jansenismo, ni francmaso-
nismo literario ni teológico, etc.


l) Todos los que han padecido constantes los trabajos que ha des-
carg'ado sobre ellos la inhumanidad de los fr:lllccses, deben llamarse
propiamente héroes, porque la virtud característica del egoismo es la
fortaleza: esta será para siempre la virtud y la dil'isa del pueblo espa-
ñol, y por esceleneia del de Madl'id, en donde se encAnclió el primer
fllego de la libertad, y se ha guardado hasta hoy inestinguible, aun-
que escondido á los ojos infieles: semejante al fuego eterno de Ves-
ta, nl1 cuya conservacion estaba librada la duracion del imperio ro-
mano. Ahora se trata de merecer otro título y otro nombre, el de lu-
rias; sí, furias contra nuestros opresores: guerra nueva, y valor de
otra especie, quiero decir; coraje, furol' sagrado. El que no teng;l
rilsolllcion pal'a mostrarlo con obras ó palabras, renuncie al nombre
de espaüol. Ya es pl'eciso que seamos lodos delincuentes ante Napo-




LOS AFRAl'iCESADOS. 153
leon: este es el uesafio que todos debemos anunciarle. ¿Qué nos res-
ta, pues, que hacer? Quemar las naves como hizo Hernan-Cortés para
no esperar retirada.


nHe dicho más arriba ante ~apoleon, y he dicho mal, porque Na-
¡Jalean ni es santo, ni es hombre, ni es nombre, ni monstruo tampo-
co, porque no estú en el catálogo de los animales raros elo la natu-
raleza. Con miÍs propiedad pudiera haberse llamado volean ó peste,
esto es, estrago y azote del género humano.


))Perdúneme la cirGun;peccion de V. M. si me hubiese estraviado
del aSlllllo principal íjU3 está destinado hoy al eXilmen y discusion de
este aug'U';to congreso: Sl he rocleadD, nunca he perJido de yista el
punto adonoe c1it"ijo mis reflexiones. Sina á lo menos esta esposiciot1
preparatoria de (l~~ahogo (¡ mi combatido corazon, y como 00 preli-
minar ;i la grétvo cuostion elel dia: ¡dia memorable y dichoso si acer-
tamos á unir á su tronco tantas ramas desgajadas por la ventisca d(~
pasiones y de opiniones! He dicho tooo esto con protesta de no renun-
ciar la palabra en el curso de la discusion. ))




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tl,i ,-::'
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ESPIGA.


Entre los muchos e ilustrados eclesiásticos que con-
currieron á las Córtes estraordinarias de 1810, figuraba
en primer tl~l'mino el diputado cuya biografía vamos á
trazar ligeramente, no solo por la facilidad de espresar-
se en público, sino tambien, yacaso más principalmente,
por la solidez de sus juicios, la lógica de sus apreciacio-
nes, su no vulgar erudicion, sus estensos conocimientos
en la ciencia política y sus profundos estudios del dere-
cho público constitucional, tan roco generalizados en
aq uella época, y casi ignorados de la mayoría de los
españoles.


Afiliado desde un principio en el partido liberal, sos-
tuvo alIado de Argüelles y demás jefes reformadores
cuantas innovaciones se propusieron y llevaron á cabo
por aquellas Córtes soberanj,s en los distintos y variados
ramos de la pública administracion, con copia de razo-
nes y persuasivos argumentos, fundados en la lógica
más irrebatible y en ejemplos de nuestra historia anti-
gua y moderna.


Nombrado individuo de la célebre comision confec-


.... "




156 ESPIGA.


cionadora del Código de 1812, defendió como tal sus
principales y más combatidos artículos, llevamlo la con-
viccion al ánimo de la mayoría, no por los arranques de
su elocuencia, ni las galas (le su oratoria, sino por sus
juicios'ls consideraciones, pOl' sus citas opürtunas sobre
el gobierno constitucional ele otros paises, y por el t0!10
de persuasion que sabia dar á sus cliscursos y que rCY8-
laba su buena fé política, y la profundidad de sus con-
vicciones.


Sin grandes dotes de orador parlamentario, sin esa
oratoria que conmueve y afrastra en ocasiones criticas,
sin usar en sus peroraciones ele imágenes de efecto, de
frases espresi vas y elevadas, ejercia una influencia suma
en aquellas córtes la palabra grave y reposada del sefwr
Espiga, y tenian inmensa autoridad sus peroraciones
por la intencion conciliadora que las inspü'aba, y por la
lógica, la claridad y la mocleracion que en todas ellas
sobresalian.


Discutidor hábil y sereno, razonador lógico y atina-
do, argumentador diestro y oportuno, logró llamar la
atencion del púhlico y de sus compañeros desde las pri-
meras sesiones, y á pesar de carecer en su entonacion,
en su estilo y en sus ideas de todo tint~ tribunicio,
alcanzó por algun tiempo las simpf1,tías y los aplausos de
las tribunas, hast3. que Argüelles, con su elocuencia po-
pular, su si~llpático acento y entonado estilo, oscureció
con su inusitada popularidad la del diputado Espiga y
la de otros como Gutierl'e::: de la Hllel'tn, Garria Her-
reros Ó Inguanzo, que pugnah:m en un principio por
conseguir las ruidosas aprobaciones ele las galerías.


Sin embargo, lllel'Cert á las cualidades que dejamos
insinuadas, representó Espiga mientras duraron aquellas
córtes un papel principal en el partido reformador, dis-




ESPIGA. 157


tinguiéndose sobremanera en su oposIClOn á las exigen-
cias de la fraccion de los americanos, que luchf'.ban sin
descanso por alcanzar derechos -y franquicias para su
pais, en recompensa del apoyo que prestaban para el
planteamiento de las l'eformas liberales en la Península .


.Más prudente, más previsor, más espafiol Espiga
que muchos de sus compaüeros reformadores, resistía
tenazmente los cálculos y aspiraciones de la fraccioll
americana, y preferia perder su interesado apoyo y sus
votos en pró de las reformas liberales, antes que coad-
yuvar con el suyo á la indepenrlencia y cmancipacion de
América, á que indit'ectamente y con sobrada astucia
aspiraban los diputados de aquel pais.


Notables son sus discursos oponiéndose á la exage-
rada representacion que se pretem1ia dar á los estados
ele América en el gobierno de Espaüa, rcvclándose en
ellos el diplomático, el publicista, el verdadero pa-
triota.


Oscurecido durante los seis aüos de la restauracion
del gobierno absoluto, apareció en la pública escena en
1820, y fué 1l00abrado arzobispo de Sevilla y presidente
de las primeras córtes de aquella época, dirigien(~o á
Fernando VIl en el acto de la apertura un discurso es-
tremadamente atinado y hábil, atendida la necesidad de
recordar al rey sus pasados enores y rigurosa eonducta
con los que ahora, merced ~t una sublevacion militar, le
imponian el yugo de sus ideas, y con su sola presencia
le recordaban su,.; agravios.


La posieion ó los c1esengaüos produjeron como en
otros muchos yen clistintas l~pocas, notable mudanza en
las opiniones y conc1uda c1el ex-eonstituyente Espiga,
en virtud ele h cual lllostróse en el congreso de 1820
1I1ÚS moderarlo en las reformas, ruellOS enemigo de las




158 DISCURSO SOBRE
reglas prerogativas, menos constitucional y casi ultra-
montano en s us doctrinas religiosas.


Apenas tomaba parte en aquella época en las cuestio-
nes políticas, 1 solo terciaba en las canónicas y religio-
sas en favor del Papa y de los fueros de la Iglesia, olvi-
dando sus idelis liberales de 1810, y casi abjurando de
hecho de sus antiguos principios constitucionales.


La Santa Sede, no obstante su arrepentimiento y tar-
día aclhesion, le negó las bulas, y murió más adelante sin
arzobispado y con fama de político inconsecuente.


Discurso en defensa del artículo constitucional que conferia al
rey la facultad de declarar la guerra.


«Señor: habiendo tenido el disgusto de haber estado indispuesto
en estos dos últimos dias en que se ha discutido este grande objeto
qne ocupa tan dignamente á V. M., no he podido tener la satisfaccion
de oir los sábios discursos que se han dieho sobre este importante
arlíeulo; y V. M. me disimulará si no contesto á. todas las reflexiones
que se hayan hecho en contrario, y si acaso repito lo que ya puede
haberse hecho presente.


)¡Nadie duda, señor, que la facultad de declarar la guerra, te-
niendo su origen en aquel derecho que tuvieron los hombres de de-
fenderse á si mismos contra cualquiera agresor, se trasmitió, como
todos los demás derechos, al cuerpo soberano de la nacion, quc esta-
blecieron para asegurar la felicidad comnn; pero nadie duda tampoco
que el ejercicio de estos derechos se dividió entre varios poderes,
para que fijándose así el equilibrio polilico, y formándose una sábia
constitucion, se conciliasfl la libertad civil y la independencia nacional
con la activídad y energía del gobiemo. Fué fácil marcar los límites
que habian de separar el poder judicial del ejecutivo; pcro no lo rué
lanto señalar la línea divisoria entre el ejecutivo y el legislativo.


nEste es el orígen de las diversas formas de gobierno que se ob-
servan en las naciones, y este es tambien el principio de la Yílrieclad y




LA FACULTAD DE DECLARAR LA GUERRA. 159
diversa modificacion que se halla en las monarquías templadas, y de
que en unas se concedan al rey los mismos derechos y facultades que
se da en otras al cuerpo legislativo. Asi es que no son los principios
generales del derecho público los que han de decidir esta cuestion,
sino, como ha dicho el señor preopinante, la conveniencia pública.
¿Conviene á la nacion española que el rey tenga el derecho de decla-
rar la guerra, ó será más conveniente que le tengan las córtes? Esta
es la cuestioll que debe decidirse.


» Yo no he podido dejar de estrañar que el señor preopinante,
que ha fijado estos mismos principios de conveniencia pública, haya
querido decidir la cuestion por l~s leyes generales del derecho públi-
co. Tal es, señor, su primer raciocinio. Si pertenece á la nacion for-
mar las leyes, debe igualmente pertenecerle el derecho de declarar la
guerra; pues al mismo á quien cOITesponde lo primero, debe asimis-
mo concedérsele lo segundo. Señor, ¿en dónde estamos? Si la conve-
niencia pública ha de decidir esta cucstion, ¿no se ve la grande dife-
rencia que hay entre declarar una guerra y establecer una ley? ¿Pue-
de ignorarse que es tan necesario para formar una ley el reposo, la
calma, la circuospeccion, un madlll'o exámeo y la opinion pública,
como lo es para declarar la guerra el secreto, la celeridad y la opor-
tunidad de los momentos?


»¿Se duda que mientras que no puede haber el menor inconve-
niente en que se dilate la publicacion de una ley, se puede esponer la
libertad é independencia de la nacion si se embaraza ó dilata la de-
claracion de una guerra? Igual diferencia se halla respecto de las
contribuciones, cuyo derecho pertenece justamente á la nacion.
¿üuién no ve que para imponer contribuciones con aquella propor-
cion que exigen los haueres de los ciudadanos, y los gastos que ha de
presentar el gobierno, basta saber los productos generales de la na-
cion y de las provincias, cuyos estados deben manifestarse al congreso
nacional con tanta exactitud como evidencia, y la necesidad y verdad
de los gastos que eslún sujetos á un cálculo matemático; mientras
que para declarar una guerra es necesario conocer las grandes y
cOlIllJlicadísirnas relaciones de los gabinetes, los encontrados yopues-
tos intereses de las naciones, su sistema político, y los tortuosos ca-
minos que suelen abrirse para lle~'ar á sus fines ocultos?




160 DISCURSO SOBRE
))Confesemos que la conveniencia pública es el principio de donde


debemos partir en esta discusion; y desde luego yo no puedo menos
de observar que tollas los señores que han opinado por la facultad
de declarar la guerra en favor de las c6rtes, no han presentalla una
prueba deducida de la conveniencia esencial) inherente é inseparable
de la naturaleza y circunstancias de la cosa; que todos sus funda-
mentos consisten en inconvenientes que solo son posibles, y que pue-
den ser comunes, ora se conceda el dereehu de declarar la guerra al
rey, ora á las c6rtes; es decir: que los mismos señore~ preopinantes
que pretenden que se dé ú la nacion el derecho dé dedara!' la guer-
ra, deben convenir en que si esta cucstion se hubiera de resolver por
los principios de la natnraleza dl~l ohjeto, se c1eh8ria decidir en rayor
del rey. ¿Y t:uúles son estos inconveniente3 qlIe rBI;olaIl'(


))El Sr. Capman!J ha obscrya~lo jll~tamclltll ljUO so habla del rey
como de un enemigo de 103 derechos ¡Je la nacion; y este modo de
hablar ni es exacto, ni es justo, ni es decoroso ú ¡¡m naciun grande
y generosa, que se ha constituido en una monarquía, y que ha puesto
ú la cabeza de su gobierno ú un rey que hable en su nombre ú la Eu-
ropa y al mundo entero con dignidad y majestad. Yo convengo en
CJllB el poder ejecutivo tíelle una natural tendencia ú aumentar su au-
toriLlad; ¿pero no es menos cíerto que un cuerpo nacional la tiene
ig'ual á la democnwia? ¿Y por esto se han inspirado temores de par-
tidos, de cOllvulsiunes, de dísoluGion y de anarquía? Sin emharg'o, yo
no sé cllúl es mús rál'ÍLlo, si el paso de este cuerpo legis¡aliyo Ú QlliCll
se concedBll facultades desmedidas á la anarquía, y por consiguiente
al despotismo, él el de una monarquía templada con una justa ba-
lanza.


, nConl'undirnos los tiempos, y no es JJlucho I¡lle eonfuuclamos las
iJeas. Salimos de un tiempo de esclavitud en que si habio, alguna ley
fUllLlamcntal era solamente conocida por los sClbios como Ull monu-
mento .tu erllclicion antigua, y el citarla IllllJiera sido un lTíml'n ele
lesa majestar.l; y ocupados todavía de aquellos temores no nos acol'-
claIDos de que una constitucion sancionada sulemnemente pOI' la ua-
cioll, y sellada con la sangre de nuestros ilustres defensores, es una
D,llTera irnpeuetrable que 110 I'Urnper:l jamás pI tlC'spot ísmo. Ya no
voh'Crán aquellos tiempos en que Jos reyes disponian L1e lus derechos




LA FACULTAD DE DECLARAR LA GUERRA. 161
de los pueblos como de un patrimonio familiar; porque se borrarán
de nuestros códigos las leyes que inspiraban estas ideas, y recobra-
rán su vigor las que la arbitrariedad del último gobierno pretendió
que no volvieran á ver los españoles.


)) ¿ Qué podremos temer de los reyes, cuando juntándose las cór-
tes anualmente se reformará cualquiera infraceion para que nunca se
introduzcan los abusos, y se presentará al rey la constitucioIl, este
evangelio político de la nacían, para elecirle: estas son vuestras facul-
tades, estos vuestros deberes? ¿Cuál puede ser el influjo de un minis-
tro, á quien una efectiva responsabilidad anuncia sus destinos? Hubo,
es verdad, UIl Seyan, un GOlloy, un Caballero; pero ¿qué era ya el
senado en tiempo de Tiberio, y cuál la constitucion en los dias de
Cúrlos IV? Parece, señor, que no son temibles los incomenientes que
se proponen, y es justo que examiüemos ahora las razones de con-
veniencia pública, por las cuales el rey debe tener la facuItad de de-
clarar la guerra.


))Si para declarar la gnerra no fuera necesario más que conoeer
la justicia de las quejas quc la puedan haber c3citado, quizús las eól'-
tes pOllrÍln declararla con acierto y con oportunidad; pero cuando es
preciso ser tan sabio y prudente, como justo, en una empresa que
compromete la existencia de h nacion; cuando es nece8ario comparar
nuestras fuerzas con las del enemigo, los aliados con quienes pode-
mos contar con los que aquel puede tener en su ayuda; cuando deben
tenerse preseutes todos los intereses y relaciones recíprocas de las na-
ciones y penetrar todos los mistArías ocultos de sus gabinetes, ¿ po-
drá espf'rarse que un cuerpo na¡;ional que no es permanente, cuyos
individuos han Je renovarse de dos en dos años, y saliendo de sus
privados destinos, ni pueden haber observado la conducta de los ga-
binetes, ni tener aquella esperiencia y sabiduría que se nccesita en
los negocios Jiplomúticos, tenga aquella tan difícil como oscura cien-
cia que se ha procurado siempre cubrir con nubes misteriosas y tan
necesaria para elegir el momento oportuno de la guerra?


l) ¿ Podrán tenerla unos diputados ocupados, UIlOS en sus negocio~
domésticos, otros An pequeños objetos municipales, quién en la in-
dustria, quién en el comercio, este en el foro, aquel en la ense-
ñanza, y ninguno en el sistema político de la Europa y en los grun-


11




162 DISCURSO SODRE


des intereses que tienen en perpétua lucha á las naciones? ¿ QUé
importa que haya de presentarse á las córtes el espediente en donde
se espresarán las causas y motivos para declarar la guerra y esperar
un suceso feliz? Cualquiera que conoce la naturaleza de los negocios,
¿ ignora por ventura que no se puede concebir por una sola lectura
una idea tan clara como la habrán adquirido los que han observado
los negocios, los que han seguido su marcha desde el principio
hasta el cabo, los que han descubierto los caminos tortuosos por
donde venia encubierta la injusticia?


ll¿Se ignora que, como los hombres, así los gabinetes tienen sus
pasiones, sus intereses, su carácter, que es preciso observar) estu-
diar y conocer? Si cuando el emperador Cárlos V pretendió subyugar
los príncipes de Alemania con pretesto de religion hubiera de haberse
resueIto en un congreso católico de la misma naturaleza que estas
córtes la declaracion de guerra contra esta empresa, ¿ es creiblc que
la Francia se hubiera opuesto á las ambiciosas pretensiones del empe-
rador? :\fo, señor; pero Francisco 1 conoció bien pl'esto que no era
la religion la causa de esta guerra; sostuvo la libertad con los prín-
cipes de Alemania, y evitó un golpe que amenazaba á la Fl'ancia,


)) Tal es la previ3ion con que debe conducirse un gobierno si quiere
evitar funestas consecuencias que de8pues tendrán muy difícil reme-
dio; pero no es ménos necesario el secreto en las negociaciones si se
ha de aprovechar aquel feliz momento que suele decidir de los glorio-
sos sucesos de una guerra. ¿ Y podrá guardarse estc secreto, sin el
cual no habrá correspondencia política, entre naciones cuyos intere-
ses son opuestos y complicados, por trescientos diputados que, sin
haberse formarlo por los hábitos y lecciones de la política, han de vol-
ver á la libertad de su vida privada?


llIncautos, inespertos y sencillos, ¿ estarán prevenidos para re-
sistir la astucia, la sagacidad y otras usadas artes de IOR ministros de
las potencias estranjeras? Yo no solo no lo puedo concebir. sino que
estoy seguro que ni tendrian un suceso feliz nuestras empresas, ni las
naciones querrian negociar con quien habia de descubrir sus miras
políticas á su rival. He oido decir á un señor preopinante que ni es
necesario secreto ni se puede observar. Yo convengo en que por úl-
timo llega á saberse cualquiera negociacion; pero tambien es preciso




LA~FACULTAD DE DECLARAR LA GUERRA. 163
confesar que esto suele suceder cuando el golpe ya no se puede evitar.


nPor lo demás, es preciso negarse á todo lo que dicta la espe-
riencia y la conducta de todas las naciones para empeñarse en per-
suadir la inutilidad del secreto. Podria ser quizás poco importante
alguna vez el deliberar sobre la paz y la guerra en un congreso per-
manente y poco numeroso de una nacion cuyos intereses no tuvieran
grandes relaciones, y que no teniendo contactos con grandes poten-
cias uo tuviera tampor:o que tem0r. Pero cuando la España es tiende
sus relaciones á todas las potencias, y sus intereses están unidos con
todas ella.s ; cuando desde el gabinete de Cádiz se da un impulso que
se hace sentir en Constantinopla y An San PetcrsiJurgo; cuando debe
t1jarse más que nunca nuestra vigilancia sobre los preciosos dominios
Je la América, que han escilado siempre los celos de las cortes de
París y de Lónures, y que actualmente son el objeto de sus especu-
laciones, ¿ podrá ser conveniente que se discllta la paz ó la guerra,
que trae consigo intereses y relaciones de potencias rivales y pode-
rosas, en un congreso numeroso, para qlle se hagan públicas nues-
tras deliberaciones, nuestras intAnciones y nuestras providencias?
Cllando las demás naciones más poderosas y más sagaces que la nues-
tra deliberan en lo más secreto de SllS gabinetes el modo más seg'uro
de prevenirnos y de sorprendernos, ¿ nosotros deliberaremos en un
cllerpo nacional?


» i Qué desigualdad! I Qué desnivel! I Qup desgraciados resulta-
dos! Si las naciones que están quizás meditando en este momento las
providencias y medidas que han de tomar sobre las Américas en las
criticas circunstancias en que se hallan, las discutieran en sus congre-
sos, ¿ dudaríamos nosotros 'Io que debiéramos hacer? Si las intere-
~antes negociaciones de Tilsit se hubieran tratado en los congresos de
San Petersbul'go y de París, ¿ no se hubiera prevenido mejor la córte
de Viena? ¿ ~o se hubiera desengañado 13. de Constantinopla, y no
se hubiera manifestado al emperador de Rusia el lazo en que iba á
caer? La seducida España, ménos contlada, ¿ no hubiera podido pre-
venir la rápida invasion de su infiel aliado? ¿ Se hubiera dudado en-
tonces del destino de sus tropas? ¿ Se hubiera insultado al pueblo es-
pañol alllcinándole con aparentes desembarcos en África ó en Irlanda?
y ya que el sórdido privado hubiese vendido tan vilmente la nacíon,




164 DISCURSO SOBRE
el cándido y mal aconsejado príncipe, ¿ se hubiera puesto él mismo
en manos del tirano?


)) Estas son, señor, las lecciones que da una sábia esperiencia,
para que V. M. sepa cómo ha de obrar en adelante. Es necesario
prevenir, sorprender y aprovechar un feliz momento; y ele otra ma·
nera la guerra no podrá tener otro efecto que la estéril gloria de com-
batir' , muchas víctimas inmoladas á la patria, y esta humillada des-
pues de ser vencedora.


nPero los que conceden á las córtes el derecho de declarar la
guerra, dicen que no por eso el rey debe dejar de tener la facultad
de empezar las hostilidades antes de la declaracion para prevenir al
enemigo; y yo pregunto: ¿las córtes mandarán en el caso de que co-
nozcan que es injusta la guena que sigan las hostilidades empeza-
das, ó determinarán que cesen desde luego que se declare su injusti-
cia? Si lo segundo, la nacion se hallará en el mismo compromiso qU'l
en el caso de que teniendo el rey el derecho de dedarar la guerra, las
córtes se vieran obligadas á mandar cesar las hostilidades convenci-
das de su injusticia. La misma sangre espaüola derramaLla, quejas y
reclamaciones igualmente justas de la potencia rival, y acaso indem-
nizaciones no menos necesarias. Si lo primero, es il1lliferente que las
(lórtes ó el rey tengan la facultad de declarar la guerra, pudiendo el
rey empezar las hostilidades cuando le parezca oportuno, y no de-
biendo cesar sino en virtud de su resolucion.


))¿ y quién no ve que en ambos casos amenaza el peligro, si tal
puede llamarse, el de que el rey puede abusar de la fuerza arrm-
da? Si este solo temor nos hubiera de obligar á privar al rey del de-
recho de declarar la guerra, nos veríamm conducidos por este mismo
principio ú. un estravío impolítico y funeslo ; á llegarle tambien la di-
reccion de los ejércitos. La nacion deLe tl'aI1lluilizarse sobre la justa
balanza que se fij1 por la constitucioll; y si esto no basta, no hay
fuerza moral que asegure la libertad nacional.


nYo bicn sé que hay algunas naciones en quc un congreso cons-
titucional delibera sobre la guerra y la paz; ¿pero son iguales las cir-
cunstancias? ¿Han por ventura asegurado por cso su independencia'!
¿Se tiene presente que los Estados-Unidos son IIna república, y que
España es una monarquía? ¿Que aquellos se circunscriben á un pe-




J.A FACULTAD DE DECLARAR LA GUERRA. 165


quena espacio sin potencias limítrofes que IJuedan inspirarles descon-
fianzas y rivalidad, y que esta se estiende ú inmensos dominios, que
han sido y serún siempre el objeto de los celos y de la ambician de
muchas naciones? ¿QIIO Sil congreso es permanente y las córtes tem-
porales? ¿ Y que si aquella moion llega á engrandecerse mudará de
política y se pondrá al nivel de las demás?
))~o ignoro tampoco que habiendo tenido el rey de Suecia la fa-


cultad de declarar la guerra, las victorias de Cárlos XII, mas brillan-
tes que justas, más funestas que ventajosas, obligaron á los Estados
reservarse este derecho; pero ¿,quién no sabe que en esta época em-
pieza la inconstancia de principios y la esencial debilidad de su go-
bierno? ¿Quién ignora qlleentonces empezaron los proyectos ambicio-
sos de la emperatriz sobre este reino, y que han seguido tenazmente
des pues sus sucesores? ¿Quif~n duda de las diversas y opuestas p¡'eten-
siones de los gabinetes de San Pctcl'sburgo y Copenhague, sostenidas
desde aqnel tiempo alternativamente segun la mudanza y variedad de
los partidos? ¿ QIIÓ mucho que por último haya venido á ser esta na-
cion presa desgraciada de la tiranía?


»Si fuera necesario hablaria yo con más estension de las repúbli-
cas de Holanda, tle GI~nova y de Venecia; pero cualquiera que haya
leido su historia, estará bien convencido de que estas fueron en el
principio m(tS bien unas juntas de comerciantes que unos Estados po-
líticos: que si despues merecieron esta consideracion, conservaron su
independencia, más que por la fuerza de su gobierno, por la rivalidad
Ile las potencias, que se imperlian recíprocamente su conquista, y que
desde luego que se levantó una nacion bastante poderosa para esta
empresa, dusílpal'ecieron de la earta.


nConc]nid' contestando á las observaciones del Sr. Sombl"ela, que
por la constitllcion de Aragon el rey tenia el derecho de declarar la
guerra y la pa:. con 1'1 consejo, y segun otros, eon el conocimiento de
los ancianos; que siendo Valencia una parte de la corona de Aragon,
los !1ruhos que se han nitado no pu·lieroTJ. alterar su eonstitucion, y
que jamás las córtcs de Castilla tuvieron esta faellItad, de la que usa-
ron librAmente sus reyes, consultando la esperieneia y sabiduría de Sil
con~ejo. Por todas esta~ r-onsideraciones me parece que V. M. debe
aprobar el artículo como propone la comision.»




166 DISCURSO DEFENDIENDO


Discurso defendiendo el derecho de la corona á la sancion de
laa leyes.


({Sei'lor: he observado que el punto de vista sobre el que se ha
mirado la cuestion, es el choque que ha de haber necesariamente en-
tre el poder ejecutivo y legislativo, y el empeño que se supone en el
rey de estender su autoridad y debilitar la de las córles, entorpe-
ciendo el ejercicio de sus atribuciones; pero aunque yo convengo que
este es uno de los principales objetos que deben tenerse p!'escutcs en
esta discusion, y que la comision ha meditado detenidamente, tambien
es preciso advertir que hay otras poderosas consideraciones que han
obligado á la comision á proponer á V. M. la sancion del rey del
modo espresado en los artículos, y que aquel se presenta con unas
suposiciones demasiadamente exageradas.


nYo sé muy bien que es necesario contener la tendencia, que por
lo comun se observa en los que gobiernan, á estender y aumentar su
poder; pero yo deseana que no se considerara al rey como un ene-
migo que está siempre preparado para bati!' en brecha al cuerpo le-
gislativo. Los intereses del rey están íntimamente enlazados con los
derechos y la prosperidad de la nacion; y aunque se suponga que
puede alguna vez desentenderse del amor á la justicia, del bien gene-
ral de los pueblos, de la opinion, del espíritu público, y de su misma
seguridad, fuerza á la verdau muy poderosa que es difícil resistir,
tendda que vencer todavía el parecer de unos ministros responsables,
y el dictámen de un consejo de Estado nacional. No estarán al lado
del rey C0mo hasta aquí ministros seductores, que abusando de su
bondad, y prevaliéndose de la inviolabilidau real, introducían la arbi-
trariedad, y hacian servir á los reyes de instrumento de su despotis-
mo. Responsables á la nacion, que se ha de juntar anualIIiente, y ha
de juzgar los agravios que hayan cometido, saben que no han de que-
dar impunes sus delitos; y no es creible que se repitan los funestos
ejemplos de los gobiernos anteriores.


))Pero cuando por una desgracia pudiera suceder un esLré\,vio de
la ambicion de los ministros, ¿puede temerse que se combine al mis-




I.A SANCJON DE LA CORONA. 167
mo tiempo el de todo el consejo de Estado? ¿Es posible qlleun conse-
jo de Estado, en que no solo se han de reunir las lnces, los conoci-
mientos, la esperieneia y la sabiduría, sino que siendo una produccion
de las córtes ha de tener los mismos intereses que la nacion, haya
de oponerse no solo á la justicia, sino tambien al interés naeional, á
la censura públiea, y á la opinion general? Los tristes ejemplos que
ha citado el señor preopinante no se han presentado con aquella exac-
titud que exige una maleria tan delicada.


nLa libcrtad de Roma no pasó rápidamente á mano~ de los empe-
radorcs; y mueho antes que estos se apropiasen las atribuciones del
senado, habia ya perecido la república. Tiempo hacia ya que habia
desaparecido, y aun es muy estraüo que durase tanto el equilibrio
político sostenido, más que por un sistema, por el choque continuo
entre el senado y los tribunos, y por las violentas convulsiones, en
que estos tuvieron quizá la mayor parte. Ilabia precedido la conjura-
cion de Mario, á quien seguramente no se puede imputar la afeccion
á la clase y derechos del senado: esla habia escilado la de Sila; siguió-
se luego el falal triunvirato que derramó la discordia, el terror y la
anarquía, y el pueblo romano cansado y faligado de pl'oscripciones,
de opresion y de sangre, se echó sobre los brazos de Augusto, que-
riendo más bien una tranquila servidumbre que una libertad funesta.
Si volvomos los ojos á una desgraciada nacion que en pocos aüos ha
corrido muchos siglos, veremos que la disolu!;ion de los gobiernos, que
se sucedieron unos á otros, no podian menos de producÍl' la tiranía.


nLa debilidad de la asamblea legislatim hizo necesaria otra cons-
tituyente; á la inconstancia y contradiccion de principios de esta si-
guió una sanguinaria convencion que privó á la Francia de loshom-
bres más sábios y virtuosos, é inspiró el terror á los demás; á esta
sucedió un directorio com puesto de opiniones é intereses encontrados,
que ni supo sofocar los partidos y facciones que dividian la nacion, ni
pudo restablecer el órden, la unidad y la energía; yel pueblo francés
hOl'l'orizado de ver empapada en sangre toda la superficie del reino,
y cansado de pasar de gobierno á gobierno, que lejos de ofrecer la
esperanza de ver recobrada la tranquilidad, todos inspiraban recelos
de nuevas revoluciones, no podia dejar de ceder al imperio de un ge-
neral que, si bien era temible, fijaba á lo menos sus destinos.




168 DISCURSO DEFENDIENDO


» EStaR son, señor, las peligrosas convulsiones que ha pensado
prevenir la comision, y esta es la anarquía que ha procurado evitar,
poniendo unos justos límites entre las córtes y el rey; estableciendo
con la sancion la unidad tan necesaria al g'obierno, para que así las
leyes sancionadas por el rey fueran obedecidas; y meditadas con cir-
cllnspeccion por las córtes, fueran respetadas. Pero se dice, señor,
que para esto seria bastante el dar al rey la facultad de negar una
vez la sancion, obligándole á darle la segunda.


nCuando yo fijo la vista sobre esos inmensos códigos, y veo la va-
riedad y contradiccion de leyes y pragmáticas, y qne han sido publi-
cadas algunas, cuando ha sido necesario esplicarlas, variarlas ó revo-
carlas, no me convenzo menos dc la ligereza y precipitacion ron que
fueron formadas, que de la detencion, madurez y sabiduría con que
deben establecerse; y que no solo no son bastantes nueve meses sino
que quizá será corto el espacio de veintiuno, que es la mayor dilacion
que puede sufrir una ley. ~o seria estraño, como se ha propuesto,
que fuese urgentísima la ley; pero ¿quién no ve que en este caso su
justicia ha d~ ser tan pública y notoria como su necesidad? ¿Es vero-
simil, eomo he dicho otra vez, que en estas circunstancias el rey, los
ministros y el consejo se opongan á lo que conoce y desea toda la
nacion?


)) Yo no puedo concebír que el rey en este caso deje do saneÍonar la
loy en la primera propuesta. Por otra parto es nece~ario inspirar á la
nacion la mayor confianza, si hemos dE) conseguir que sean obedeei-
das las leyes y l'03petac\a la autoridad. Y yo pregunto, ¿cuándo la na-
cian estanl más convencida de la justieia y sabiduría de una ley?
¿Cuanclo obligando al rey á dar la sancion en la segunda propuesta,
podrá no estar todavía Lien convencido de la necesidad, y manifestar


.algun disgusto, ú cuando persuadido por el tercer exámen y discusion
la sanciona y publica, acompañada del impulso de su convencimiento?


llCuanto más se examine y medite una ley, :se manifestará más
su justicia, se inspirará más confianza, y será más bien obedecida.
Por consiguiente yo juzgo, señor, que debe aprobarse el proyecto de
sancion que propone la comision.»)




CALATRAVA.


Al revés de los hombres de gerüo, hay medianías
parlamentarias que, en fuerza de figurar años y años en
la escena política, logran cierta reputacion que autoriza
al historiador y aun le obliga á consignar sus nombres
en el catálogo de los repúblicos notables.


Tal nos sncedo con D. José María Calatrava, uno
de los diputados de mas importancia en los parlamentos
españoles, no por sus altas cualidades de orador, sino
por su instruccion, por su talento, por su consecuencia
política y por el distinguido lugar que ha ocupado en la
revolucion de España, inaugurada por las córtes gene-
rales y extraordinarias de Cádiz.


Desde las primeras sesiones ya descolló Calatrava
entre los más exagerados reformadores, formando con
A1'{Jüelles, Gm'cía Herreros, Mnfíoz Torrero y otros el
núcleo del partido liberal que desde entonces acá ha ve-
nido sosteniendo muchas de las innovaciones de 1812, y
proponiendo y realizando otras nuevas, aconsejadas unas
veces por la conveniencia, por la necesidad ó por las
circunstancias, inspiradas otras por la pasion ó por el es-
píritu de partido.




170 CALATRAVA.


Hemos insinuado ya que Calatrava no era un gran
orador'parlamentario, porque carecia de esa elocuencia
brillante, hija de la imaginacion ó del sentimiento.
Apenas se hallarán en sus peroraciones, yeso que son
muchas las pronunciadas en su larga carrera política,
una imágen poética, un pensamiento sublime, una frase
delicada, una idea bella y deslumbradora.


Sus discursos, nutridos de doctrina, sóbrios de pala-
bras, lógicos, ordenados y concretos, gozaban siempre
el privilegio de llamar la atencion en los distintos par-
lamentos en que ha figurado el Sr. Calatrava, no por lo
vehementes y elevados, sino al contrario, por la senci-
llez, por la naturalidad, por la persuasion que respi-
raban.


Acérrimo defensor del Código de 1812, comprendia,
sin embargo, en la segunda época constitucional, lo
mismo que en 1836, siendo presidente del Consejo de
ministros, que era preciso salirse del círculo legal tra-
zado por la constitucion, y adoptar el despótico siste-
ma de las medidas estraordinarias.


Hombre de principios fijos, conocia y confesaba, sin
embargo, que con la exacta observancia de aquel Códi-
go no podia seguir adelante la revolucion, y luchaba y
se desvivía por ser á un tiempo hombre de órden y re-
volucionario. Así es que vacilaba y ponia cn c::mtradic-
cion sus ideas y sus hechos, pues, como Al'(Jüelles y
otros doceañistas, sen tia la necesidad dc las reformas, y
palpaba la imposibilidad de llevarlas á cabo.


Nada prueba tanto la lucha enL'c las idcas de lega-
lidad constitucional y los hechos rcvolucionarios que
trabajaba constantemente el espíritu de CCtlatmva, como
el sutil y contradictorio dictámen presentado por él á las
córtes de 1821, dividido en dos pliegos, uno abierto y




CAUTRAVA. 171


otro cerrado, condenándose en el primero la sublevacion
de Oádiz contra el ministerio, y declarando en el segun-
do que el gobierno carecía de fuerza moral, y que era
preciso que 8. M. lo reemplazase con otro más liberal y
patriota.


Modo antipolítico y antiparlamentario de amalgamar
el órden y la an~rquía, ó más bien, de atacar á la vez á
la anarquía y al órden.


Si se examinalllos discursos de CaJatr'avl~ pronuncia-
dos en las primeras córtes modernas de España, se verá
en él al publicista, al fiL'>sofo, al hombre de instruccion
y de vastos conocimientos. En la defensa constante de los
artículos del Código gaditano más exageradamente refor-
madores, dejábase traslucir un tinte democrático, apren-
dido de los revol ucioaarios franceses, y un sabor enci-
clopedista, resabio de la lectura de bs filósofos del siglo
anterior.


Ese espíritu de libertad y de reforma que dominaba
en las ideas del constituyente Calatrava, sohresalia
siempre en todas sus peroraciorres, siquiera el objeto de
ellas fuese enteramente ajeno á la política militante.
V é:tse en pru.eba de ello cómo empezaba uno de sus más
notables discursos sobre el arreglo de los procedimientos
judiciales, en cuyas materias era el diputado estremeño
muy entendido y muy profundo: «Como hemos nacido
en la opresion, decia, las primeras ideas de libertad pa-
rece que nos deslumbran y ofenden nuestros ~jos. Ha-
bituados desde la niñez á ver la libertad del ciudadano
hech:t el juguete de la arbitrariedad, y violada conti-
nuamente la ley por una justicia corrompida, hemos lle-
gado á consagrar los abusos y mirarlos como leyes, y
creemos hoy que no pueden ser cortados de raiz sin tras-
tornar todo el órden de las cosas. ~




172 CALATRAVA.


Más político que filósofo en la segnnda épJca consti-
tucional, dejábase arrastrar por el espíritu demagógico,
que exaltaba entonces muchas c[!.bezas, si bitm su amor
á la constitucÍ8n, y su severidad y fijeza de principios
de orden y justicia, hucÍanle vacilar algun tanto, y su
templan~a y rectitud contrabalanceaban en parte los es-
fuerzos anárquicos ele los más exaltados.


Grande autoridad ejerció Calatrava, y distinguido
papel desempeñó en los parlamentos de 1820 al 23, es-
cuchándose su gr3.ve y respetada palabra en cuantas
cuestiones importantes se dH ucidaron en ellas, muy es-
pecialmente en las largas disc!lsiones sobre el Códig'o
penal que redactó en gran parte, y cuyos discursos, si
bien poco brillantes y elevados, porque ni la materia ni
el carácter de oratoria de Calatmva lo permitian, le
acreditan de jurisconsulto y criminalista, y de hombre
instruido y raciocinador.


Nombrado ministro nI agonizar el gobierno represen-
tativo en 1825, defendió con toclas sus fuerzas la causa
liberal, contribuyendo con su energía revolucionaria, y
en armonía con la conducta del congreso, á su completa
perdicion y hundimiento.


Sin embargo, preciso es hacer justicia al Sr. Cala-
trava, que si bien revolucbnario de ideas, condenaba
indignado todo hecho anárquico, toda manifestacion ile-
gal y revolucioi1aria contra el gobierno establecido, con-
tra fa of)servancia de La constítucíon y eI libre juego de
las instituciones. Digno es de recordarse aquí el corto y
sentido discurso en que anatematizaba el motín promo-
vido por las sociedades secretas, en el que JJlartinez de
la Rosa y Toreno escaparon por milagro del puiial de
los demagogos.


Así esclamaba entre otras cosas el diputado estreme-




CALATHAVA. 173
ño, con acento de indignacion y de franqueza, conde-
nando tan repugn?nte tropelía, tan inaudito escándalo.


«Hay, no lo podemos dudar, hay una faccion liberticida; una
faccion liberticirla, digo, que afectando amor á la constitucion y sir·
viendo acaso por el influjo estranjero de instrumento á los mayores
enemigos del sistema constitucional, no trala sino de priva!' á esta
infeliz patria de la libertad de que apenas principia tL disfruta!'. Es
indispensable, repito, que las c6rtes no descansen hasta conocer la
raiz del mal, üITi.lnearla y esterminarla; y para ello no nos queda
otro recurso que aproba!' la proposicion del Sr. Sancho.


nVue!YO á decir que me considero en esto más interesado que
nadie, por lo mismo que he tenido una opinion favorable á la que
aparenta esa faccion. ~o; Calatrava jamás deliere á opiniones aje-
nas: dice las slly&S pndiendo errar de buena f¿; pero cuando se trata
de insultar ú diputados tan ilustres, que tantos méritos han contraido
en la carrera de la libertad, yo me considero tan insultado en los
aplausos que con mala intencion se me prodig'lJel1, como en las ill-
jnrias que se hagan á mis eompañeros. ¿ Qué diputado habrá que
mire con incliferenc.ia tan cscandalo:::o atentado? ¿ Dónde está la cons-
titucion, dónde la libertad, y d69de el respeto á esas leyes que tanto
proclaman?


»Se dicen liherales. 1 Infames! El liberal respeta la constitucion,
obedece las leyes, es esclavo de ellas y enemigo de los déspotas. El
que no obedece la ley no es liberal; no es ciudadano; es un malvado.
La eonstitucion, no en obsequio de las personas, sino como medio
indispensable para sostener las libertades públicas, ha asegurado á
los diputados la inviolabilidad en sus opiniones. ¿ Y son constitucio-
nales, son liberales, son ciudadanos los que atacan esta inviolabili-
dad, esta libertad? Son traidores: traidores los llama la constitucion
y In, ley, y traidores los llamo yo, y traidores es preciso que aparez-
can á la faz de la narian y de la Europa entera: traidores son los que
coartan la libertad á las córtes, y traidores los que turban la tran-
quilidad de sus se,siones.


)) y ¿ cómo hab!'j, libertad en las deliberaciones de las córtes si los
diputados que espresan en ellas francamente sus opiniones son insul-




174 CALATRAVA.
tados al salir de este sagrado recinto, y las casas en donde se alber-
gan las viudas, restos de las víctimas de la libertad, son allanadas,
sin respetar este asilo tan digno de serlo por los que tienen amor á la
libertad y á las leyes?


)) l Ingratos 1 ¡ Hombres que se han espue~to mil veces á perder la
vida por conservarles la libertad; viudas de los que han perecido en
un cadalso por rceobrarla; Lliputados que han sacrificado cuanto te-
nian pOI' sostener esta constitllcion, se ven atacados por los que co-
bardemente se la dejaron al'rebatar, por infamcs que acaso entouces
se comp!aciel'On en su l'uina!


)) ¿ Estos son los que ahora se llaman liberales? No : estos jamás
encontrarán en Calatrava un protector. Calatrava scrá el primero
que no oese de clamar contra ello:;; Calatrava será el primero que
pida que caiga sobre ellos la cuchilla dc la justicia.))


Vuelto á la vida pública con la restauracion del go-
bierno representativo en 1833, siguió figurando Cala-
tt'ava en el partido liberal exaltado, pero sin sobresalir
como orador, pues nuevos hombres y con otra elocuen-
eia mas ardiente y mas deslumLradora, oscurecieron en
las modernas córtes á sus modelos y maestros de las
épocas anteriores.


Restablecido por el motin de la Granja el Código de
1812, subió Calatl'aV(¿ al poder como el más firme y ge-
nuino representante de la política en que aquel se fun-
dab'1. Reflejóse en el ministerio, á que dió nombre el
lintiguo constituyente, el constante carácter de vaci!a-
ci:m y de duda de quien lo presidia, siendo a medias
revolucionario, y poniendo en contradiccion á cada ins-
tante sus Idnci;:¡ios de órden, de legalidad y constitu-
cionalismo con su conducta arbitra.ria, ilegal y despó-
tica.


Consignados estos breves apuntes biográficos, résta-
nos decir que D. José !~Ia1'ia Cctlat'l'va bajó al sepulcro




CALATRAVA. 175


cargado de años y servicios á la causa liberal, y dejando
en los anales políticos del pais una esclarecida memoria
como hombre consecuente, probo y honrado.


Discurso pronunciado contra las prisiones arbitrarias.


«Como hemos nacido en la opresion, las primeras ideas de liber-
tad parece quc nos deslumbran y ofenden nuestros ojos. Habitlludos
desde nuestra niñez á ver la libertad del ciudadano hecha el jnguete
de la arbitrariedad, y violada c:ontínuamentc la ley por una práctica
corrompida, hemos llegado á. consagrar los abusos y mirarlos como
leyes, y creemos hoy que no pueden ser cortados de raiz sin trastor-
nar todo el órden de las cosas.


«Principios erróneos nos 11l1n acostumbrado á confundir el cul-
pado con el inocente, y á no encontrar más el inocente en aquel que
una vez llega á ser preso; sin acab:.!1' de desengaüarnos que ni la pri·
sionni las sospechas constituyen á un hombre delincuente, sino la
sentencia final del juez, con vista de las pruebas del delito, y que
mientras no recaiga esta sentencia, el reo merece toda la considera·
cíon que se debe á un ciudadano.


nEI artículo del proyeülo de ley que está en cuestion, aunque no
trato de defenderlA en todo, ni desconozco que es susceptible de algu-
nas esplicaciones, le creo sin embargo muy conforme en la sustancia,
y apoyado en principios incontestables de.i usticia. Le he visto comba-
tido en concepto de ser contrario á nuestras leyes; y á pesar de que
este modo de atacarle es muy impropio (porque V. M. no es juez sino
legislador, ni trata de llilcer justicia conforme á las leycs cstableci-
das, sino de establecerlas de nuevo, y para establecer las más conve-
nientes no debe atenerse á lo que se halla mandado, sino ;í, los sanos
principios de razol1, de utilidad y de justil~ia, y á las consecuencias
que de ellos se llel'ivco), procuraré no obstante hacer ver que lo sus-
tancial del artículo es arreglado á lo que disponen nuestras leyes.


nEl artículo (te leyó) contiene estas ideas principales. Primera,
que no haya prisioll sino por delito que merezca pella corporis a(fficti-




176 DISCURSO PRONU:'\CIADO
va; y segunda, que á la prision preceda sumaria informacion del he-
cho, castigándose al juez que proceda de otro modo con la destitucion
de su empleo, es decir, que al que abuse de sus facultades se le prive
de que vuelva á hacer daño con ellas.


nYo creia, señor, que despllcs de la consulta hecha últimamenLe
por el consejo supremo de lu. Guerra, Llespuestdc tantas quejas dadas
á las Córtes, despues de tantos ejemplares como hemos visto en esta
época y las anteriores, no se dntend"ia ya V. ~I. en asegurar la liber-
tad de los españoles, y dar una regla fija Cjne cO\'ta~e para siempre
las arbitrariedades. 1\'lucho hay prevenido en las leyes, prro estas le-
yes no se guardan. El ",buso de muchos años las ha hecho raer en
una inobservancia casi absoluta; y hoy no basta decir que esUl man-
dado. Es necesario dar ó renovar las que nonvengan, y hacer que lo
que se mande se ejecute.


n Primer punto: que no se imponga prision sino por delito que
merezca pena corporis afflzdiva. Esto está espreso en nuestras leyes.
Cuando en comprolJauion de ello uitó la comision de justicia el pró-
logo de un título de las Partidas, se dijo que aquello no era ley, ni
tenia fnerza de tal; pero esta (leyó la ley XVI, titulo I, Partida VII)
no es prólogo, y no puede e . ,Lal' más terminante. Esta ley exige en
las cansas criminales por acusacion, que si el yerro sobre qlie filé
acusado es tal que probado merece pena de muerte ó perclinúento de
miembr'o Ú oLra pena en el cuerpo, sea guardado el acusado de ma-
nera que se pueda cumplir en él la .iusticia: de esta disposicion es
consecuencia legítima, que no debe ser guardarlo el acusado cuando
el yerro de que se le acusa no es tal que probado merezca pena de
muerte ó perdimiento de miembro, ú otra en el Guerpo; y yo creo que
para el caso de la cuestion nadie hallará diferencia entre las causas
por acusacion de parte y las que se siguen de oficio.


)) El prólogo citado por la comision) qne es este si no me equivo-
CO, y qllB merece más aleneion que la LJlle se le ha dado (leyó el del
titulo XXIX, Partida VII) inculca el mismo principio que la ley an-
teriol', esto es, que deben ser recabdados los que fueren acusados de
tales yerros; que probados deben rfW1'ir por ende, ó ser danados de
algunos de sus miembros; porque como añade muy bien, si des pues
entendiesen que les era probado el delito, huiriall ó se esconderian




CO'iTRA LAS PRISIONES ARBITRARIAS. 177


con miedo del castigo, no se podria cumplir en ellos la justicia.
nVea aquí V, M. pcrfectamente aclarados Jos principio;; que deben


tener presentes los legisladores acerca de la pl'Ísion de los reos: que
la sufran solamente los que mcrezcan pena corporal, porque estos son
los que huyendo Ú ocultúndose podrán frustrar la sentencia; que la
prision no sea más que para la segllrillall de la per80na en que deba
hacersejnstieia. Aun hay más: (leyó la ley IV del mismo tifulo XXIX).
Esta ley, mús fayorable ú los reos que todos los artículos del pro-
yecto de la comi~ion; esta ley, que despues de encargar la mesura y
buena manera con que ha de hacerse la recabdacion, quiere que el
reo siendo de buena fama pueda ir antes á su casa para dar sus dis-
posiciones, y que rlospues lo presenten al juez, y este le examine so-
bre el hecho porque lo recabdaron, y haga escribir su cleclaracion,
repite el propio principio, y aun añade que confesando el preso su
delito, si por él mereciese muerte ú otra pena corporal, no le man-
den meter con los otros presos si fuere hombre honrado; mas háganlo
gual'l1ar en algnn lugar seguro. La ley V siguiente (la leyó) no piercle
tampoco la ocasion de volver á enseñarnos que los cielitos de pena
corporal son los que mereeen prision enando trata del lugar en que
rleben ser recabdadas las mujeres,


» Y á vista de todas estas leyes, y de tantas otras, así ele las Par-
tidas r;omo de la Heeopilaeion, que encareciendo el precio de la liber-
tad y la dignidad de la persona del hombre, deelaran que la prision
no es para pena ni otro mal, sino para guarda del reo, y disculpan el
hedlO de privarle de la libertad con la necesidad rle evitar que se
frustre la sentencia: ú vista de la declaracion que hace otra ley reco-
pilada de que so tengan por delitos livianos los que no merecen pena
corporal, galeras ó destierro del reino, ¿quién podrá dudar de que es
un atentado contra estas mismas leyes poner preso á un hOmDI'O que
uo mereciendo pena en su persona no hay necesidad alguna dc que
esté asegurado para que se pueda hacer justicia? ¿Qué otros delitos
exigen esta seguridad sino los que merecen pena corporal? ¿La exi-
girá por ventura una simple borrachera, una cantaleta en 11 calle, y
otras pequeñeces de esto jaez? ¿La exigirán aquellos escesos que al
cabo no m8reCer~1l1 más que nna pon a pecuniaria Íl otras semejantes'l


nNo habiendo por qué castigar en la personu, no siendo creible
12




178 DISCURSO PRONti1'iCIADO


que se fugue, ni importando que lo haga, pues sus bienes 6 su opinion
son los que han de sufrir la pena, la custodia es inútil, y la prision tan
injusta como contrarios al verdadero espíritu de nuestras leyes, que
no la disponen para molestar al reo, sino para que no quede ilusoria
su condeDil.


lJSi conforme á nuestras leyes no debe tener lugar la prision sino
en delitos que merezca u pena corporal, no es menos conforme á ellas
el segundo punto del artículo que se discute, á saber: que á la prision
preceda una sumaria informrwion del hecho. La ley XV! que he
leido del titulo 1, partida Vll, no solamente supone la sumaria an-
tes de la prision, sino que para que el acusado sea preso quiere que se
le haya dado traslado de la acusacion y que haya respondido á ella.
La ley IV del titulo XIX, que tambien he leido, presupone asimismo
la sumaria, pues manda que el reo antes de ser conducido á la pri-
sion sea presentado al juez, 'leste le reciba su dcelaracion por escri-
to. La ley VIII, titlllo XXVIl, libro IVde la Novísima Recopilacioll
antepone tambien la recepcion de la informacion al precepto de
prender.


>lLa IX, título XII, libro XXXV de la misma, una de las del cua-
derno ele la santa hermandad (de aquel establecimiento del despo-
tismo y la política oscura de Fernando el Católico) cuando lrala elel
modo con que debian proueder los alcaldes y jueces comisarios en los
casos do hermandad, pt·escribe igualmente la informacion antes de
prender al malhechor, ya se procediese de oficio ó por querella de
parte; sin embargo de que, como todos saben, la hermandad cono-
cia de los delitos más graves, y aquel cuadorno trat6 ~e dar mayor
actividad y espedicion á los procedimientos; y por último, para evitar
otras citas, aun la ordenanza de vagos de 1775, sin embargo de que
se para bien poco en términos y formalidades, y de que la clase de
de los reos y de la pena que se les impone podria inclinar á un rey
absoluto á tratarlos con monos miramientos, exige tambien que para
proceder á la prision del vago ú ocioso se justifiquon antos sus malas
cualidades en informacion sumaria con citacion del sindico.


>lEsto es lo que mandan nuestms leyes, aunque sus autores esta-
ban poseidos de principios muy distintos dEl los que deben animar
á. V. M.; yereo no quedará duda do la equivocacion de los que han




CO:'iTRA LAS PRISIONES ARBITRARIAS. 179


impugnado el artículo en cuestion como contrario á nuestras leyes, Ni
el artículo en cuestion, ni el proyecto todo, concede tanto á los reos
como lo que les dispensan las de las Partidas, que llegan hasta impo-
ner penas de muerte al carcelero que dé míl.l de comer á los presos ó
que les haga daño; y el código de las Partidas no es por cierto de los
más favorables á la humanidad, sin embargo de que el Sr. Huerta,
creyéndolo nn libro de ángeles y un código perfecto é inimitable, nos
haya hecho el desafio de que ninguno se atreverá ú decir lo contl'ario.
Yo acepto el de sallo , y cuando el Sr. Huerta haga ver lo que dice,
estoy pronto á demostrar por mi parte que el código de las Partidas,
especialmente en lo criminal, si tiene muchas C03as buenas, tiene mu-
chisimas malas, y se resiente de la barbarie del siglo en que se formó,
y del vicio de las fuentes de que fué tomada.


))Pero aun cuando no fuese tan claro, que segun nuestras leyes
debe haber para la prísion informarion bastante del hecho, creo que
V. M. no deberia detenerse en sancionarlo as!, porque creo no hay
cosa más justa y necesaria. La informacion que exige el articulo no
es la prueba concluyente del delito, sino la de indicios bastantes para
creer que pueda haberlo cometido el <-¡ue se manda poner preso. El
Sr lluerla, aunque impllgnó el artículo, reconoeló, si no me equivo-
co, la necesidad de la informacion antes de la prisíon, y dijo que en
solo un caso estaba el juez dispensado de la necesidad de hacer la in-
formacíon antes de decretar la prision, á saber: cuando podia justifi-
car ante el superior que tUYO motivos suficientes para prender al reo;
mas yo ignoro en qué ley se halle autorizada esta escepcion.


»Supongamos el mismo ejemplo en que el Sr. Huerta) figurán-
dose juez criminal, y noticioso de haber un cadáver en tal calle, des-
pues de acreditado el cuerpo del delito, pOIle presos á los dl1eños de la
casa á cuya puerta estaba el cadáver, y cree que para ello no era
necesal'ía más informacioIl. Bien sé que este es el modo ordinario de
proceder, y que as! se hace todos los di as . Pero, ¿es justo? ¿es con-
forme á las leyes? Si de'lpues de presos todos los de la casa solamente
porque á su puerta estaba un cadáver; si despues de tenerlos muchos
meses en la cárcel resultase que se hallaban sin culpa, como era lo
más verosímil, y qlle era otro el asesino, ¿qué se haria entonces?
¿Cómo les resarciría el Sr. /luerta los irreparables perjuicios que su




180 DISCURSO PRONUNCIADO
precipitacion habia causado á una familia inocente? ¿Y cómo se evita-
rán en lo posible estos y otros males semejantes, mientras que antes
de prender á un hombee no resulten ya justificados motivos bastantes
para tenerlo por reo?


») Dígase en hora buena que no siempre hay lugar para hacer la
informacion, y que eslo seria dar tiempo para que se ocultase el delin-
cuente; pero yo diré que no hay delincuente sin prueba de que lo
sea; que, conforme á un axioma de nuestra jurisprudencia, vale más
se deje de castigar á veinte culpados que se ojlJ'ima ú un inocente,
cuyo m.al es irreparable; y que si pllede haber alglJnos inconvenien-
tes en que para la prision sea necesaria la informacion, nada deben
importar, comparados con los infinitos más qne resultan de dejar al
arbitrio de los jueces la facultad de prender á Cllantos sean sospecho-
sos, facultad de que con buena y mala fé siempre se ha abusado, se
abusa y se abusará si V. M. no lo remedia.


llEvílese siempre la arbit.rariedad, y que jamás se persiga en nom-
bre de la ley, sino á aquel que aparece culpado 6 sospecboso en la
forma señalada por la ley misma.


HEl artículo hace de la regla general la única escepcion que cor-
responde, y dispensa la necesidad de préviª infol'rnacion cuando el
reo es aprehendido Út lraganti, en cuyo caso nadie duda de que cual-
quiera tiene facultad para prel1derle. Creo que el 8t'. Gome::, Fernan-
de;; se equivoc6 en la inteligencia de las tres loyes que citó como con-
trarias al artículo; porque en los cuatro casos que señala la partida,
y en los cuales puede cualquiera prender ¡'t los reos sin mandato del
juez, se trata de los delitos gravísimos y de una aprehension que ver-
daderamente se hace in lraganti.


La ley que autoriza á cualquíera para prender al blasfemo es en
el caso de que le oyere blasfemar, y no como díj o el Sr. Gomez Fer-
nandez; y la otra del monedero falso no autoriza para que se le pren-
da sin necesidad de probar su delito; aquella ley bárbara no hace
más que eximir de pena al acusador del monedero falso, aunque no
pruebe su acusacion. Ninguna conexion tiene lo uno con lo otro.


llConvengamos pues, señor, en que lejos de ser contrario á nues-
tras leyes lo sustancial del artículo que se discule, nada hay en él
que no sea conforme á aquellas, aunque el largo hábito de no cum-




CONTBA LAS PBISro:XES AnmTRARJAS. 181
plirlas nos haya hecho olvidarlas. Y si el articulo fuera contrario á
lllICstras leyes, V. ~l. no aseguraria la libertad de los españoles sí no
las revocase, sancionando los principios propuestos por la comision,
aunqne no se apl'uebém, si así se quiere, los ~érminos en que los pro-
pone, en cuyo caso tendré el honor de presentar á V. M. otro pro-
yecto de ley que he trabajado.


)) Dictes e Ullil regla fija y constante; desaparezcan ya los abu-
sos, y púngasc un freno ú la arbitrariedad que ha sacrificado tantos
inol~entes. Recuerde V. JI. las consultas que se le han hecho, las con-
tinuas ljurjas qne tantas veces han escitado su sensibilidad é indigna-
cion. En vano se declamará sobre que S8 castiguen las arbitrarieda-
des; siempre las. habrá si no S8 evitan por el medio propuesto. Siem-
pre habrá un Ruano que llene las cárceles de víctimas sacrificadas á
~u ignorancia (, (L su antojo, un P. Ruiz que arranque á los patriotas
do sus camas, entre bayonetas, en medio de la noche, para sepultar-
los en nn calabozo del que salen despues de muchos dias sin saber
siquiera por qné los prendieron.


)ji.Qué satisfaccion borrar,{ este agravio? ¿Y tmándo se dará una
competonte ú los oprimidm? .Jam{ts, señor, y jamás dejaremos de Ver
estos escándalos, mientras V. l\I. no señale los casos determinados
AH que se debe hacer una prision, y la formalidad con que se debe
decretarla. :\sí se prevendrán los abusos, que es el fin principal de la
ley, porque la que se limita á castigarlos despues de cometidos, no
llena más qUA una pequrña parte de su objeto.


llSeñor, por Al interés de la patria, ]101' el de V. M. mismo, díg-
nese V. M. saneionar 'jI artículo propuesto: sepan de una vez los 05-
p'iñoles por qué delitos, cómo y cuándo puedAn ser presos, y que na-
die se atreva más á privarlos de su libertad, sino en los casos y en la
forma que determine la ley.))




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"VVVV""'VV"V'JVVV'V"'V"VV"'VVV'VV'V'-~ .rvvVVV\./VVVVVVVV'\./"\FVVV"VVVV'V'VV\!?


ANER.


Es muy frecuente ver en los congresos deliberantes
algunos diput:ldos que, tímidos para avanZéLr Ó pruden-
tes para no retroceder, se colocan en el centro de los
partidos, sirviendo con sus cOl13ejos y conducta de ante-
mural á los contínuos y violentos choques (lt~ los estre-
mos. No son muchos, en verc1ad, en los parlamentos mo-
dernos eSGS diputados sin partido, de espíritu indepen-
diente, de voluntad libre y de inalterable buena fé, que
sujetan sus votos á su opin~on ó á su conciencia, sin tener
en cuenta para nada la ambicion personal, los compro-
misos, los intereses ó las cábalas y combinaciones de los
bandos donde militan.


Hoy que en la eleccion de un diputado mÍrase más el
color político que las cualicLl,(les personalef. del candida-
tü, es difícil, si n() imposible, hallar luego en la cámara
un representante que no tome puesto en lasfilasdealguna
fraccion política, y que no vote siempre, á pesar de sus
cOllvicciones, lo que vote su fracciono Esta es una de
las muchas diferencias que se notan entre la asamblea
de lRlO y las que posteriormente le han sucedido.




184 Al"EI\.
Esceptuando unos cuantos de aquellos soberanos le-


gisladores, que se señalaron c1esde un principio por sus
üoctl'inas y aspiraciones, encaminadas á un solo objeto,
á la reforma raJic~tl del gobierno, la generalidad de los
diputados de Cidiz, :,in Im1s norte que su patriotismo,
sin más consejo que su conciencia, sin otro guia que su
opiniol1, votaba!:ls proposiciones de la asamblea, no
admirando á nadie que p~'oclamas(m algllnos hoy con su
voto la soberanía de la nacíon, y que se opusiesen llla-
fiana á una reforma liberal, si la creían perjudicial ó
inoportuna.


Jefe ue ese centro irnpa1'cia1 ó independiente, que
apoyaba ó resistia la inconvenientl~ reaocion ó la exage-
raüa reforma, era D. Francisco Aner, diputado catalán,
y uno de los representantes que más se distinguieron en
el Congreso nacional de 1812, por su saber, su modera-
cion y fácil palabra.


Más prudente qne los liberales, que daban más im-
portancia á la política que á la guerra, levantábase con
frecuencia pidielldo á las córtes actividad, energía y re-
cursos para terminar la dcvastauora lucha con los fran-
ceses, mientras aquellos pedian reformas políticas para
regenerar la nacion. Hó aquí cómo se espresaba, recla-
mando socorros para C'l,taluña: «¿Nosomostodos espaílo-
les? ¿N o hemos jurado todos defender nuestra indepen-
dencia? Hagamos, pues, los últimos esfuerzos para con-
seguirlo. ¿Cómo se ha de salvar la patria, si el miser3,-
ble egoista i'etiene cuanto posee, y, sordo á los gemidos
ele la patria, esconde a varo lo que pudiera librarla de
1m; males que padece? Aun hay, sellor, recursos en la
nacion; y el primee medio es ced6rselos todos á ella;
que no querre un clavo en la Península; todo, todo es
preciso consumirlo en la hoguera de la independencia.




ANER. 185


A lo menos, sefior, que no que ele nada que hacer rOl'
nuestra parte. Que parlamos decir á la posteridad: Todo
se sacrificó pal'(t conservar elllonor, la independencia
y la gloJ'üt nacional. »


No habrá segurc1merlte en las anteriores frases imá-
genes poéticas, ni bellezas de estilo, pero en cambio nó-
tase en ellas el más acen:1rado patriotismo, ese senti-
miento de independencia y naciGnalidad que conmueve
en ocasiones como aquella más que una hermosa figura
ó un brillante rasgo de imaginacion.


En otra ocas ion decia: «¿Qué diria Gerona, qué las
c1elllús plazas y pueblos de Catalufla, si despues de ha-
berse desplomado sus murallas sobre sus magnánimos
defensores se vieran entregados para siempre á nuestros
enemigos? ¿Qué dirian Zaragoza, Ciudad-Rodrigo y As-
torga c1espues c1e haber hecho tantos sacrificios? Los
muertos en el campo del honor levantarian su cabeza y
nos acusarian de débiles, de pusilánimes, de inconse-
cuentes y de cobardes por habernos separado del cami-
no de la gloria que ellos nos allanaron.»


Más patriota á la vez que los realistas, defendía la
independencia y la integridad del territorio, mientras
ellos abogaban únicamente por las prerogativas del mo-
narca.


No se distinguia el Sr. Ana en ese género de orato-
ria parlamentaria en que la elcvacion de ,3stilo y el tono
declamador lo suplen todo. Era el (liplltado catalan sen-
cillo y claro en su lenguaje, si hien correcto y hasta ele-
gante algunas veces. Ordenado en sus ideas, lógico en
sus raciocinios, profundo en sus observaciones, sus dis-
cursos eran escuchados por toda la c:ünara con respe-
tuoso silencio, porque el objeto del orador no era otro
que conciliar las opiniones estremadas y quitar á los




186 DISCURSO EN DEFElI"SA


acuerdos de las córtes ese tinte de parcialidad, de in-
oportunidad y de injusticia que suelen darle los par-
tidos.


Inclinándose últimamente el Sr. Aner al bando ab-
solutista, combatió con tenacidad algunas reformas li-
berales, especialmente la venta de propios y baldíos,
pronunciando sobre la materia un notable discurso. Pero
siemprt( en sus ataques ó defensas veíase al constitucio-
llal moderado, al diputado patriota, rlispuesto á sacrifi-
carlo todo á la salvacion de la independencia y de leí li-
bertad de su patria.


Discurso en defensa de la estabilidad de la constitucion.


«De nada servirian los desvelos y afanes de V. M. en restablecer la
sábia, respetable y antigua constitucion de la monarquía e~pañola, si
al mismo tiempo no adoptase Y. M. todas las medidas convenientes
para su estabilidad y observancia. Si una dolorom cspericncia hama-
nifestado que el desprecio y olvido de nuestra constitueiotl ha condu-
eido á la naeion al estado deplorable en que se halla, ¿querremos toda·
vía que esta misma constitueion que ahora se establece, quede espuesta
a los mismos tiros, y quedemos privados de la felieidad que nos pro·
mete? Entonces, señor, ¿de qué habrian servido nuestros trabajos, de
qué lanta sangre vertida gloriosamente en todo el ámbito de la pe-
nínsula para mantener la independencia nacional que la constitucíon
trata de asegurar? ¿Qué dirían, sellor, nuestros comitentes si despues
de tantos sacrificios los dejáramos espuestos á los mismos males, y no
les presentasemos un porvenir venturoso por medio de la constitucion?
No, no debe ser así.


nEn ning'una cosa han estado más exactas y solicitas todas las
naciones, así antiguas como modernas, que han querido darse una
constitncion, como en asegurar su estabilidad y observancia. ¿Qué de
afanes y desvelos no costó á los legisladores griegos el establerer su
constitucion, y el contener la impaciencia y veleidad del pueblo (siern-




DE LA ESTABILWAD DE LA CONSTITUCION. 187
pre amante de novedades) para que no variasen las leyes constitucio-
nales? ¿Qué cuidado tan esquisito no han tenido los ingleses para
precaver cualquiera alteracion en su sábia constitucíon, y para ase-
gurar su ob~ervancia?


)) y nosotros, despues de tantos males y trastornos sufridos, ¿se-
remos menos cautos en adoptar los medios más análogos á perpetuar
la constitucion que restablecemos, y que por su escelencia es uno de
los monumentos más perfectos de la legislacion? La constitucion, se·
ñor) es la ley que por su naturaleza debe llamarse estable; es la área
donde se asienta y reposa el grande edificio de la sociedad; es la tabla
donde cada ciudadano lee los derechos que le corresponden y las obli-
gaciones á que está sujeto; es en suma la gran carta en que la nacion
establece su gobierno, declara su relígion, y asegura sus imprescrip-
tibles derechos.


))Ko tratemos, señor, como algunos se han persuadido, de for-
mar una nueva constitucion, ó hacer un nuevo pacto social; tratemos,
sí, únicamente de restablecer nuestras leyes fundamentales, cuyo olvi-
tlo ha acarreado á la nacíon tantas desgracias, porque la nacían es-
paüola no ha dejado de ser nacion: á pesar de la actual insurreccion
ha conservado sus leyes, ha tenido go¡'ierno, y los individuos que com-
ponen la nacion se han conservado en sociedad y en un ion para re-
sistir al poder y á las maquinaciones de Donaparte.


))Las leyes fundamentales, que compiladas en un código resta-
blecemos á su observancia, por su naturaleza ú importancia deben
ser estables; y puede asegurarse que la mutabilidad en los principios
constitucionales es el preludio de las agitaciones y convulsiones de los
estados, y el precursor del trastorno y de la anarquía. La mutabili-
dad de la eonstitucion conduce como de la mano ásu desprecio, pasan-
do sucesivamente con las alteraciones que en ella se hacen del despre-
cio á su inobservancia, de la inobservancia al olvido, y de esteal des-
<írden y á los males que sufrimos.


IlDe aqul se siguen las persecuciones arbitrarias de los ciudadanos,
las ocupaciones de sus propiedades, y últimamente la tiranía, y con
ella el abatimiento de la nacíon. Las leyes fundamentales no se han
establecido únicamente, como se ha dicho, para ayuntar á los hom-
bres, sino para su felicidad, que debe ser el objeto de todas las leyes.




188 DISCURSO E" DEFENSA
Entre las leyes ronstitucionales unas deben llamarse perpétuamente
eslables, cuales son las que determinan los derechos de los ciudada-
nos, su religion, la forma del gobierno etr. Otras menos estables,
eomo son las que determinan las calidades ljU8 deban lener los dipu-
tados en c6rtes, el modo de hacer las elecciones, que las c6rtes se
l1elebren anualmente etc., etc.


))Annqne todas estas leyes no deben reputarse de igual importan-
ei<l, no por eso sc debe tener menos cuid<ldo en d<lrlas toda la estabi-
lillail posible para qne la alteraciotl, val'iacion Ó abolicion de algunos
¡Je estos principios secundarios, no minen insensiblemente el grai1de
eJitkio de la eonsti lucion. Es eonstante que la ley que determina qne
to:1m los años so junten las c6rtes, no es una de las principales bases
de la constitucion; pero sin embargo de ~u inobservancia podria se-
guirse la deslruccion ele toda la constitucion, porque si se variase la
ley, y se estableeiese que no se reuniesen todos los aüos sino cada
tres 6 caela siete, suc8deria que la falta ne ejerr;icio en el poder le-
gislativo daria m(trgen ú qlle el ejecutivo se cscedicse ¡Je sus límites.
llsnrpando facultades que no les corresponden, é insensiblemente ven-
clríll!J10S tal vez á parar en que la institl1cion ele eúrte~ se mirase con
poco interés, sc aCllmulasen en el l'ey los dos poderes, y viniese á
quedar nula la scplll'acion de estas bases principales de la cOIlstitu-
eion y ele una monarquía moderada, resultando de todo por una con-
seeuencia infalible el rles(¡rden, la arbi lrariedad y el despolismo, con-
tra lo que tanto hemos declamado.


nLo mismo puede decirse de las leyes que señalan el modo de
verifiear las eleeeiones para diputados en c(¡rtes, sus calidades, ele.;
porque de exigirse estos () los otros requisitos, se signe que las e6rtes
se eompongan de diputados en c¡uienes se reunan las calidades nece-
sarias pura hacer el bien de la nacion. Me parece, pues, que el argu-
mento que se produce por algunos señores de que no todo lo que
previene la constitucion es constitucional, no es bastante para que
se pmnitan hacer alteraciones, adiciones, modificaciones ete. á ar-
bitrio de las e6rles sucesivas pOI" la rebcion qne todos los artículos
tienen entl'0 sí, y porque es fácil que una variaeion en una parte que
parer;e menos sustancial, Ileglle i I1sensiblemenle á dflstruir las bases
principales.




DE LA ESTABILIDAD DE LA CONSTlTUCION. 159


))Tampoco debe servír de obstáeulo á 1:1 aprobaríon de este ar-
ticulo la doetrina que por varios señores se ha reproducido, ele que
por este artículo se coartan las facultades de la nacion, y se limitan
las de las córtes futuras, que igualmente que estas representarán ti
la nacion; porque si esta doctrina fuese cierta resultaria que las cúrtes
actuales en nada podrían obligar á la HaL:ion, ni porlrian asegl1l'ar
su felicidad de un mo¡)o estable y duradero; y si tienell l'l,cllltallc3
(eomo es imlmlable) fl1ra proel1l'ar la felicidad de la nacion, y ponerla
le salvo de los males que ahora padece, deben tarnLien tenerla" para
ligar II la nacion siempre quc de ello la resulte S11 felicidad.


))La nacion considerada generalmente ni puede reunir~e para
darse leyes, ni puede gobernarse por ella misma. Neeesita valcrse de
cierto número de representantes ú diputados para que plenamente
autorizados ejerzan las facultades que aquella por sí no puede cjel'ect'.
Estos diputados deben obrar siempre con arreglo á las facultades que
tienen, y sin escedcrse de ellll~, dirigiendo todos sus conatos al bien
y prosperidad nacional. Todos los actos que estos diputados hacen
con arreglo á sus facultades obligan á la. nacíon, y no se entiende que
la perjudican.


)) Bajo estos supuestos contraigámonos á las cÓl'tes actuales.
Reunidas estas por el voto general de la nacion, y con ámplios é ilimi-
tados poderes para libertarla de la escla yitud que la amenazaba, y para
asegurar de un modo duradero su independeneia y libertad, creycron
que uno de los me :ios más eficaees, Ó quizá el único para lograr tan
interesante objeto, seria el restablecer la constitlleion de la monar-
quía, cuya inobservancia y olvillo debia considerarse el orígell de to-
dos los males. Por esta eonstitucion se señalan las facultades de la na-
cion, el modo legítimo de ejeroerlas; se estableo e la forma de su go-
Lierno, y se hace la division de los trcs poderes, base constitutiva de
una monarquía moderada, y el modo con que cada uno de ellos debe
ejereerse.


nEn estas bases reposa indudablemente la felicidad de la nacion.
Por ellas se limitan las facultades de la misma, y se establecen prin-
cipios cuya inokrrvaneia perjudicaria notablemente ú la misma
naCÍoll. ¡,Y se dirá por eso que el artículo que se diseute peljudica á
la nacion, y se le coartan sus facultades -porque no se permite variar




190 D1SCURSO EN DEFENSA
los principios de la constitucion? Todolo contrario debe inferirse, por-
que si en el concepto de las córtes actuales el bien de la nacion con-
siste en la observancia de los principios constitucionales, la falta de
libertad en que se deja á la nacion para variarlos, lejos de serie per-
judicial la es provechosa y útil, pues la preserva de las convulsiones
políticas á que está sujeta una. nacion que no tiene IJna constitucion
estable.


))La nacion se sujeta á ciertas reglas, á ciertos principios, porque
le trae cuenta; renuncia ciertas facultades, porque le seria dañoso
ejercerlas, yen una palabra, la naeion no podria llamarse tal si no se
sujetase á ciertas leyes que, observadas puntualmente, conservan el
órden en sociedad, y la preserva~ de las convulsiones políticas, que
tantos males causan á los imperios.


)) Ahora bien; sentado como principio indudable que la felicidad de
los estados consiste en IIna buena constitllcion, y en su estabilidad y
ob~ervancia; y sentado tambien por principio que no puede ser esta-
ble una constitucion en la que se permita hacervariaciones, alteracio-
nes, etc. sin haberse consultado la esperiencia, ¿poLlrá decirse con
razon que el artículo que se discute perjudica á la nacion, y coarta
las facultades de las córles futuras? Si los mismos preopinantes oonfie-
san la utilidad que ha de producir la consLitllcion; si ellos mismo~
convienen en que esta debe ser la ley eterna del Estado, ¿por qué no
convienen de buena fé qne esos objetos no pueden lograrse sino adop-
tando las precauciones que indica el artículo? ¿Qué comparacion tie-
nen los perjuicios qne puede sufrir la nacion de no poder alterar la
constitucion en el término de ocho años, con los que se le podrian
causar permitiéndose su alteracion contínua?


))Las córtes sucesivas ni deben tener las mismas facultades que
las actuales, ni conviene que las tengan. No deben tenerlas, porque
declarada como está por la constitllcion la dívision de los poderes,
no deben las cllrtes sucesivas ordinarias traer más facultades que
las que les competen en fuerza de la indicada diyision. !'io conviene
qlJ3las tengan, porque entonces ni la constitllcion seria estable, ni se-
ria fácil conservar inalterables los principios constitutivos de la mo-
l1arqllh moderada.


))La saneion de la constitucion y su observancia toca indudable-




DE LA ESTABILIDAD DE LA CONSTITUClON. 191
mente á las córtes actuales, que tienen mision espresa para ello, y
cuyos ámplios é ilimitados poderes las autorizan para hacer todo cuan-
to entiendan conveniente al bien y felicidad de la nacion. Digo que
Jos diputados de las córtes actuales tenemos mision espresa para res-
tableeer la constitucion, y sancionar su observancia, para que no se
crea, como dijo el Sr. Jllendiola, que nosotros no éramos más que
unos negotionun gestores. Estos no están autorizarlos ni por el con-
~entimiento espreso ni tácito del sugeto, cuyos bienes ó negocios ad-
ministran; pero los diputados de las córtes actuales obran porque
tienen poderes ámplios para ello, están autorizados por un consenti-
miento espreso de la nacion, de que resulta la ninguna semejanza de
los diputados con los negotlorum gestores.


nAhora bien; si los diputados de las córtes actuales están autori-
zados plenamente, como indudablemente lo están, para restablecer y
sancionar la eonstitllcion, cuyo arreglo y discusion nos ha costado más
de un año, ¡,será prudente dejar su s:lDcion á las córtes futuras? En"
tonces los trabajos dc las actuales serian meros proyectos, cuya apro-
bacion dependia de la voluntad de las córtes futuras. ¿Y es conciliable
esta doctrina con nuestras obligaciones, y con lo que la nacion espora
de nosotros?


n¿Qué reconvenciones tan amargas no sufriríamos de nuestros co-
mitentes, si dospues de quince meses de sesiones, ó más, no les pre-
sentásemos algun fruto de nuestros trabajos en la constitucion política
que restablecemos, tan necesaria para la prosperidad del estauo? Y
supuesto que es de nuestra obligacion presentar á la nacion la grande
carta en que conozca sus derechos y obligaciones, ¿será acertado pre-
sentarla sin tomar de antemano todas las precauciones para que se
conserve y obedezca? Estas son cabalmente las precauciones que la
cornision presenta en el articulo que discutimos, sin cuya aprobacion
creeria aplicable á nosotros el versículo del salmo in vanum labora-
verunt.


»Hablomüs, señor, sin rebozo: el nuevo órden de cosas que se es-
tablece por la eonstitucion tiene muchos enemigos; todos sus tiros se
dirigirán á desunirla, y el mejol' modo para que lo lograsen era de-
jarles espedito el campo para hacer en ella las variaciones que quisie-
sen. Seamos cautos, señor; no edifiquemos sobre arena. Nunca está




192 DISCURSO EN DEFE1\SA DE LA ESTABILIDAD DE LA CO~STlTUCION.
más es puesta la cónstitucion que en los primeros años de su publica-
eion. Su mérito y utilidad no están todavia bien conocidos; es preciso
que una esperiencia larga haya hecho conocer su bondad. Entonces
eqtoy seguro qne no se harán otras variaciones que las que exija la
variacion del tiempo y de las cÍI'cllllstanr,ias; pero entre tanto queda
espuesta á todo;; los tiros de In. maledicencia, de la ignorancia y de la
preocupacion si una sábia prevision no los detiene.


nEI artículo que so discute es en mi concepto una rlo ht3 áncoras
m:1S fnel'tes de la constitucion; sin él, como he dicho, queda espllesta
{l terribles vicisitudes. El tiempo que el artículo señala es en mi con-
r,epto muy limitado; deberia es tenderse á veinte aüos para que cual-
quiera variacion viniese bien indicada por la espcri!mcia. Do todos
marIas, seüor, aprucbo el artículo como está, y espero qlle en esta me-
dilla hallarán íos españoles presentes y futuros suficiente motivo para
benrler,ir la memoria de V. i\I.))




o/V'VVVVVVV'VVVVVVVVVVVVV'VVVV\,/'V\.IVVVVV'.J'...!VV"\.J"VV\.fVVVVVVVVV...s!


VILLANUEV A.


Es comun y muy natural en las trasformaciones polí-
ticas de los Estados que, los que en ellas intervienen,
duden y vacilen en un principio sobre el camino por
donde debe irse, ó acerca del término á que debe llegarse.


En esas crísis supremas en que el ánimo se halla per-
plejo, y aletargada ó encadenada por la duda la voluntad
de los políticos, solo las circunstancias pueden enseñar-
les el verdadero y salvador camino que no veian, y solo
ellas inspirarles la resolucion que les faltaba para recor-


'rerlo hasta llegar al límite más oportt:no y conveniente.
Hallábase en ese caso de incertidumbre el diputado


Villanueva al comenzal' en 1810 la l'evolucion político-
social de España, que á todos cogió desprevenidos y des-
armados, y cuyo rumbo trazáronle los acontecimientos
más bien que los esfuerzos de sus entonces aun no resuel-
tos partidarios.


El carácter sacerdotal de Villanueva, sus estudios
teológicos, y más que todo sus relaciones y amistades
con personas de valía, interesadas en sostener lo antiguo
y en oponerse á toda reforma liberal, como su protect,or
el inquisidor general Reterac, motivos eran, al inaugu-
rar sus tareas las córtes de Cádiz, para que el diputado


15




194 VlLLANURVA.
por Játiva se resistiese á inscribir su nombre en la lista
de los filósofos y reformadores, que desde la primera se-
sion imprimieron al gobierno de España el tinte de la re-
volucioll política, social y filosófica que ponia el término~
despues de diez y ocho siglos, á la antigua monarq uÍa de
derecho divino.


Despreocupado en materias eclesiásticas, como pro-
fundo conocedor de todas ellas, de una erudicion vasta
y esquisita, instruido como pocos de aquella asamblea,
donde se congregaron los hombres más eminentes en
todos los ramos del saber humano, puesto q Lle á diferen-
cia de los parlamentos posteriores fueron la ciencia y la
virtud los principales y acaso los únicos títulos que abrie-
ron las puert~s de la representacion nacional, no tardó
mucho Villallueva, en afiliarse en el bando liberal, al que
sostenian ó más bien empujaban en sus aspiraciones re-
formadoras las terribles y críticas circunstancias que 'atra-
vesaba el reino.


Pronto se dió á conocer Villanucva en la cámara po-
pular de 1812, si no por su elocuencia, por la variedad
de sus conocimientos, la solielez ele sus juicios y la pro-
fundidad de su saber en materias religiosas. No S8 ven-
tiló cuestion ele esa clase en las córtes de Cádiz, en que
Villanueva no tomase una parte activa, defendiendo con
copia de razones y sobra de erudicion y de talento bs
trascendentales reformas que, á imibcion qne en el polí-
tico y el económico, en el ramo eclesiástico se reali-
zaron.


Indudablemente necesitaba Villanueva poseer más
recursos y hacer dobles esfuerzos que /lrgüelles, defen-
sor de las innovaciones políticas, para defender por su
parte las elesiásticas, porque no solamente tenia que
luchar en las lides parlamentarias con saceruotes ins-




VILLANUEVA. Hl5


truidos, con filósofos ergotistas y con teólogos consuma-
dos, que tanto abundaban en aquel Oongreso, sino que
las preocupaciones religiosas hallábanse mucho más ar-
raigadas que las políticas en todas las clases de la na-
cíon, y cuanto se rozaba con el dogma ó con la discipli-
na eclesiástica era mirado con temor y veneracion por
la mayoría de los españoles, y con respeto y deferencia
hasta por los má~ avanzados liberales.


No fueron estas consideraciones obstáculos para que
Villanueva desmayase en su propósito de reformar
abusos y depurar la religioIl de manchas y de errores
que en su concepto la afeaban y ofendian. Así le vemos
proponer y abogar por la reforma de los monacales, apo-
yar la venta de la plata sobrante de las iglesias para
atender á los gastos de la guerra con Napoleon, y sobre
todo, atacar la institucion del Santo Ofiéio con valor,
que entonc6S se necesitaba y mucho para ello, con eru-
dicíon estremada, con argument?s y consideraciones
políticas, sociales, filosóficas y religiosas á que no sabian
contestar los tenaces defensores de la Inquisicion, sino
con vagas declamacioi1es, con teorías insostenibles, con
subterfugios y sofismas.


Hay quien acusa á Villanueva de haber sido dema-
siado regalista, de haberse ensañado mas de lo que con-
venia contra la dominacion de la curia romana, siendo
uno do sus más fuertes ataques la proposicion para que
se celebrasen concilios nacionales. Algo se trasluce de
eso en la forma de los discursos y escritos de Villanue-
va, pero no se puede dudar que su propósito era la ma-
yor pureza de la religion y el esplendor y enaltecimien-
to de la misma Iglesia.


Oomo oraJor pecaba Villanueva del Jcfecto de que
adolecian casi todos sus compañeros; disertaba en vez




196 VILLANUEVA.
de discutir; filosoül,ba en vez de declamar. Era, como
muchos de aquellos legisladores, un filósofo, un acadé-
mico más bien que un orador parlamentario. El estilo
de sus discursos, muchos de ellos leidos, era sencillo y
claro á la par que elegante y castizo; su argumentacion
era indestructible, natural y contundente su lógica.


A pesar de su aspecto de beato, tranquilos ademanes;
tono suave y humilde, solia el Sr. Villanueva usar en
sus peroraciones de amarga ironía, y lanzitba venenosos
tiros sobre sus contrarios, puesta la mano en el pecho y
fijos sus ojos en la tierra. En corroborarion de la impa-
sibilidad y dulzura con que fulminaba sus ofensas y
vertia á veces ideas de energía y aun d0 venganza, CUt~n­
tase que, cuando en la segunda época constitu(~ional dis-
cutian las Córtes sobre el castigo qll¡; debia imponerse ú
los 69 ex-diputados de 1813, conocidos por los persas,
propuso el Sr. Villanueva en una reunion patriótica,
y delante de los principales jeles de aqudla situacion,
que lo que debia hacerse era desterrarlos á su casa para
toda la vida.


No dejó de estrailar á todos tanta suavidad y toleran-
cia; y acusándole algunos de re:::.ccional'iu y pastelero,
contestó el ex-constituyente con tono melífluo y con iuo-
celite y cándida sonrisa: «Sí; lo sostengo; desterrados á
su casa por toda la vida. ¿No son persas? pues á Persia
con ellos; enviarlos itllá para que nunca vuelvan á Es-
paña.»


Preso y desterrado á un convento al regreso de Fer-
nando VII á la Península en 1814, volvió :'t figurar Yi-
llanueva en la restaur·acion liberal de 1820, y nombrado
ministro plenipotenciario cerca de la córte de Roma,
negó se el Papa á recibirle como á tal enviado, nega-
tiva que, unida á-·otros desaires, obligó al gabinete es-




YIUANUEVA. 197


paliol á entregar sus pasaportes al legado Ele Roma, cor-
tando así toda relacion diplomática con la córte pon-
tificia.


A la caida elel gobierno eonstitllcional en 1823, emi-
gró Villanucva con los demás liberales, y establecióse
definitivamente en Dublin, donde continuó sus trabajos
literarios hasta 1837 que bajó al sepulcro dejando muy
agradables recuedos, entre los que le dieron honrosa
hospitalidad, por la ameniClad y sencillez de su trato, por
sus recomendables prendas y austeridad de sus costum-
bres.


Si en la historia política ocupa el Sr. Villanueva un
puesto distinguido, lo es mucho más el que le designa
la crítica en los anales literarios de nuestro pais. El nú-
mero y la importanci:t de sus obras le aclaman como es-
crito!' diUgente y castizo, corno teólogo profundo, corno
erudito y corno sahio.


Tildáronle sus enemigos, que los tenia muchos yen-
carnizados, de jansenista y protestante por sus discursos
en las córtes, y sus opúsculos y tratados sobre varios
puntos de c10ctrina eclesiástiea, y especialmente por su
folleto titulado Incompatibilidad de la lnonal'qnia 'uni-
versal y absoluta y dc las 1'CSCl'vas dc la cUf'ia }'o-
11wna con los dcrechos !J l (L libef'tad de las nacioncs.


Encumbráronle, por el contrario, sus secuaces y
apasionados defensores mús de lo que realmente merecia
como político y hombre de letras. En los apuntes biográ-
ficos que quedan trazados está consignado nuestro juicio
sobre el ex-eonstituyente de 1812, sin odio y sil} lisonja;
cou la buena fé, con la justicia y con la imparcialidad
con que hasta aquí hemos retratado y pensamos retratar
a los oradores de esta Gale1'üt.




198 DISCURSO pnONU~CIADO


Discurso pronunciado en defensa del fuero eclesiástico.


((Señor: me levanté ayer obligado por el hilo de la discusion, á ver
si podria aclarar algunas cosas oscuras. En primer lugar parece ocur-
rir duda en (¡rden á la inteligencia del artículo.


nLa proposicion que se discute, como lo denota su mismo CO!l-
testo, no trata de las causas puramente eclesiústicas ó e~piritualesen
que los clérigos, por derecho divino, cslún cxentos de la jurisJiccion
de los príncipes seculares. Respecto de estas no naho fuero privile-
giado, siendo cierto que los príncipes no tienen imperio sobre las per-
sonas y cosas eclesiásticas en IllS mllterills espirituales, que de suyo
están sujetas al conocimiento y juicio de la Iglesia. Cuúles sean estas,
lo dice D. Alfonso el Sabio en las Par tiJas : cuéntanlas tarnbien algu-
nos concilios nuestros.


nEs claro que la Iglesia, siendo una sociedad ordenada, debe
tenor potestad independiente de la civíl para gohernllrsc en todo
cuanto le perten(~(le, que es lo que los antiguos llamaron cátedra,
ministerio, autoridad, y despues de San Gregorio Magno jurisdic-
cion, tomando esta palabra del derecho civil. De estas causas debp.
entenderse lo que elice el concilio de Trento Pll el decreto De refor-
mationc de la sesion 13 , Y lo que previene en el capítulo JI[ de la se-
sion 22 sobre la re3istencia Ú la exeomunion : Cum non ael sreculares,
sed ad ecclesiasticos hrec cognitio perf1'neat.


nHabla, pues, la proposicion solamente de los clérigos y sus bie-
nes en las cosas temporales; porque perteneciendo de suyo bajo este
respecto á la autoridad del príncipe por ser miembros del estado,
solo en órden á esto cabe fuero; esto es, privilegio ó exeneion de
la jurisdiccion secular ú que están sujetos los súbditos del príncipe.
En virtud ele este fuero los eclesiásticos no quedan exentos de las le-
yes civiles, que es otra duda qne oí ayer, sino de ser reconvenidos
ante los tribunales seculares, en vez de los cuales concurren ante los
jueces eclesiásticos, los cílaJes deciden SIlS causas por las leyes mis-
mas á que están sujetos los legos; de suerte que por el fuero no queda




EN DEFENSA DEL FUERO ECLES1ÁSTICO. 199
el clérigo libre de ser juzgado segun las leyes del reino, sino do serlo
ante un juez secular como lo son los demás individuos del Estado.


))SÓ que algunos escritores, corno se dijo tambien ayer, han que-
rilin fundar este privilegio en el derecho divino. Pero además de lo
que ya se contestó á aqnellil. indicacion, es notorio lo que dice Santo
Tom{ts (opúse. 73, cap. 11') : «Que el derecho canónico, largamente
»halJlanclo, snele llamarse derecho divino por las autoridades que
))()ontiene de los concilios generales y otros monumentos de la Igle-
))sia.)) Y tambien lo que a,!rierte Covarrllhias: (( Que los papas y los
«cánones suelen llamar (üúno lo que en algun modo puede apoyarse
»en la IAy antigua, aunque no sea derecho espreso ni ley que deba
nregil' en la nueva.))


)) y así es loable la prlldencia de Bonifacio VIII, el cual, prohi-
biendo la prision de los clérigos por jueces seglares, se abstiene de
apoy3.r su rrmndalo en el derecho divino. Los mismos cánones dicen
que en las causas temporales y del siglo son los soberanos superiores
de los clérigos, y hay inuurnembles ejemplos de haber obedecido á
los emperadores los mismo:; romanos pontífices.


Sea esto didlO para que, desvanecida aquella duda, podamos
indagar el orígen del Cuero eclesiástico; esto es, no de la exencion
del clero I'espeeto de las leyes civiles, sino de su separacion de los
tribunales sllculure~ dese3.da por los antiguos Pastores y apoyada por
los prírleipes, no p3.r:l eximir al dero de la autoridad eivil, sino para
separarle del llstrépito fonmse, que se eonsicleraba como ajeno de las
ocupacioues anejas á los ministros del altar.


nEI horror que manifestó San Pablo á los cristianos pleitistas
por intrreses peenniarios , y aquella recomendan: quare non magis
injuriam accl}Jitis? Quare non magis fraudem patimini? causó tan
buen ef(~()t.o en los primf'l'os fieles, que tuvo aUento Atenágoras para
decir en su apolog'ía: «Los cristiJ.nos á nadie demandan en juicio por-
que les hayan robado sus bienes.)) Mas esto debe entenderse de los
autores; no de los clem3.ndados; porque los que lo eran ante los jue-
ces ¡¡¡viles, rmmplian con lo qne manda el mismo apóstol acerca de la
sumisioll y obediencia á las potestades.


))Este espíritu de 0al'itlad y mansedumbre que por mucho tiempo
retrajo á los fieles de dcmawlar á nadie, no solo ante los jueces intle-




200 DISCURSO PRONUNCIADO
les, sino ante los mismos cristianos, resplandeció principalmente en
los clérigos, los cuales en sus disensiones comenzaron á buscar por
árbitros á los obispos, de dono e nació el uso, que duró muchos siglos
aun én Espaüa, de decidirse muchos pleitos aun de legos por los obis-
pos: llegando esto al estremo de que el concilio Toledano 111 (cán. 13)
condenase á perdimiento de su causa y tl la pena de escomunion al
clérigo que dejando á su obispo demandase á otro clérigo ante el
tribunal secular. Esta práctica habia surtido tan huen efecto, qlJe
Honorio y Arcadio, y Valentiniano JII y otros emperadores, dejaron
á la voluntad de las partes presentar sus querellas ante el obispo {l
cuya decision debian sujetarse. Añadióles Justiniano la facultad de
visitar semanalmente las cárceles, examinar las causas de los presos,
y otras que son peculiares de la potestad civil.


llDegeneró esta autoridad en jurisdiccion á fines del siglo VIII, y
más cuando se publicó la ley atribuida á Constantino sobre Que fuese
libre cualquiera de las partes en traer á su contrario aun contm su
volnntad al tribunal del obispo. Hasta poco tiempo antes hahia regido
en OcciLlellte la ley de Marciano, que obligaha á comparecer ante el
juez civil al clérigo demandado por causas pecuniarias. Varió este (¡r-
den .Tustiniano, eximiendo de esta jurisdiccion en tales cansas ú los
clérigos y á los monges, bien que luego permitió apelar de la senten-
cia del obispo al juez secular.


nEI fin de este emperador fIJé separar al clero del estrépito foren-
se, por cuya causa encargó á los obispos que dirimiesen estos pleitos
lwnestJ et sacerdotaliter: yen otra parte dice que el obispo concluya
las causas brevísimamente sin costas y sin formal' autos. Esto sufrió
alteraciones notables en los tiempos siguientes, y aun ahora se ob-
serva gnm variedad respecto del fuero en los diversos estados que
pl'Ofesan la religion católica.


))Otro tanto ha sucedido en órden á la persecucion y castigo de
los delitos. No hablemos de los delitos eclesiásticos, sujetos ú las pe-
nas canónicas, y por consiguiente á la potestad de la Iglesia, sino de
los comunes ó civiles, por los cnales se perturba el órden político de
la sociedad. Desde luego los príncipes cristianos tuvieron á hien qne
los deliLos menores de los fMrigos se sujetasen al juicio de los sínodos
y de los obispos; pero no los muy graves, en los cuales los dejaron




EN DEFEl'\SA DEL FUERO ECLESIÁSTICO. 201
al juicio de los tribunales civilcs. Estas leyes dc Teodosio el mayor,
de Honorio y Valentiniano III rigieron hnsta que Constancia, tal vez
instado por los arrianos, como sospechan Gotofredo y algunos criti-
cas, mandó que los obispos solo pudiesen ser acusados 1I.nte otros
obispos. Porque no pudiendo entenderse esto de los delitos puramente
eclesiásticos, que por su naturaleza y sin necesidad de aquella ley per-
tenecian al conocimiento de la Iglesia, miÍs bien debe mirarse como
un lazo armado á los obispos católicos, para que con cualquier pre-
testo pudiesen ser condenaclos por aquellos herejes.


nMas Justiniano, por principios de verdadera piedad, prohibió que
los obispos contra su voluntad fues:m demandados ante los jueces se-
culares en causas criminales ó civiles; estableciendo que los clérigos
y monges delincuentes, si antes fueron depuestos ó castigad<Js por
el obispo; fuesen presentados ante el juez para ser juzgados segun las
leyes civiles; y si antes lo fuesen por el juez, sean remitidos con el
proceso al obispo para que si se conviniese con lo actuado cn la cau-
sa, procediese á la degradacion del reo, y sino fuese todo elevado
al sabor ano .


llDesde aquella época, yen toda la edad media, se hizo general en
Occidente lo mandado por Cárlo Magno y otros príncipes, que todos
los individuos del clero fuesen juzgados en los delitos comunes por los
sínodos ó por los obispos. Algunos intentaban apoyar este fuero en
decretales, que despnes so descubrió ser apóerifas, como lo atestiguan
Labhe, D . .Juan nautista Perez y otros; pero no habia neeesidad de
recurrir á aquellos fundamentos, cuando variada la disciplina en mu-
chos puntos, respecto de este tenia el clero á su favor la condescen·
doncia de los príncipes. Especialmente tuvo esto lugar en Espaüa
desde la publicacion de las Partidas, pues desde entonces ha sido
opinion constante en nuostros príncipes que á los ciérigos les com-
pete 01 fuero, esto es, la separaeiol1 de los tribunales seculares, por
apartarlos de los riesgos del foro, por el alto ministerio que ejercen
en la Iglesia, y por el carácter del órden.


nIIánse aüadido á esto varias decisiones de romanos pontífices
admitidas en Espaüa, y que en el dia forman parte del derecho na-
cional por let anuencia de nuestros reyes. Esto, aun en aquellos tiem-
pos, tuvo varias escepciones, eomo por ejemplo la ley 118 del Estilo,




202 DisCURSO PRO~UNCIADO


que dice: el que es clerigo, si recaudó los pechos y las rentas del rey,
é face alguna falta en ellos, q1W le puedan los alcaldes del rey man-
dar prender, é ser preso en la prislon del rey. Para eximir al cle-
ro de estos compromisos, dijo el rey n. Alonso que los clérigos non
deben ser mayordomos, nin arrendadores, nin cogedores de estas
cosas de que mn pueden ser fiadores; añadiendo qne si lo fueren,
estén sujetos á las penas de los demás. Pero asf en la ley general del
fuero, corno en sus limitaciones, no hallo yo pacto ó contrato de la
autoridad eclesiástica con la civil, como oí ayer, sino concordia en la
piedad y Ilnidad en los intereses.


nl'odo esto, y mucho más que omito por la brevedad, pareco ha-
berlo tenido presente la comísíon para creer, como dice en el prólogo,
quo no dobo hacerse alteracion en el fuero de los clérigos, hasta qne
las dos autoridades civil y eclesiástiea, arreglen este punto conforme
al verdadero espíritu de la Iglesia española, y á lo que exige el bien
general del reino.


nY que esla alteracion deba hacerse, para mí es indudable. Porque
á este fuero se le han puesto y so le están poniendo tales cortapisas,
aun por la misma autoridad eclesiástica, qno ha de venir tiempo en que
sea preciso estableeer sobre ello en EspaDa una regla que liberte á los
clérigos de la arbitrariedad á que no estún sujetos los demás súbditos.
El Papa, por ejemplo, se ha resenado lrr autoridad de cometer á un
lego el juicio civil ó criminal de un rclesiástieo. Al c1t'rigo delincuen-
te y sospechoso de hllida puede lambicn prcnllerle el juez seg\:lr para
enviarle ú su prelaclo; en lo cual no eabe abuso de la fuerza en cle-
trimfmto de la libertad inclividnal de uno que puede ser tratado como
eriminoso no siéndolo. Por eso cnticndoCjlle está en su lugar lo que
dice el artículo, qne los clérigos gocen del fucro de su estado en los
términos que prescriben las leyes ó en adelante prescribieren.


nPor lo que toca al abuso que p::Jr a1lora pudiera hal;cl'se de este
fuero en daño de la autoridad civil, no hay de ello riesgo ninguno.
Porque si los eolesiásticos, de cualquier grado, usurpasen la jnrisdic-
cion real ú otras regalía~, son habidos por estraDos tlel reino, y piC'r-
den las temporalidad es. Tampoco los exime este fnero de comparecer
ante los tribunales reales cuando fuesen llamados pOI' ellos. En el Gilo
1590 mandó el consejo comparecer al obispo de Osma sobre una




EN DEFE:'iSA DEL FUERO ECLESIÁSTICO. 203
causa jurisdiccional que se trató en Aranda de Duero. La causa fa-
mosa del obispo de Cuenca es de nuestros dias. El rey puede echar de
su obispado al obispo promovido por simonía; cualquiera de sus mi-
nistros es juez competente para quita!' las armas ofensivas á los ecle-
siásticos, y p!'enderlos pata remitirlos, si quebrantaren la carta de
amparo 6 seguro real concedido á alguna universidaJ, colegio 6 per-
sona, y proceder en este caso contra sus bienes á la ejecucion de las
penas pecuniarias.


n Tambien está previsto el ea'3O de que faltase la potestad eclesiás-
tica episcopal, ó fuese muy rcrnisa, en el cual dicen Bobadilla y otros
defemores del fuero que podria la potestad seglar concgir á los cléri-
gos por prision y torna de bienes, ó suplir por medio Je los jueces
seglares su descuido 6 tardanza en la administracion de justicia. Otro
tanto debe deeirse del caso en que fuesen seclieiosos 6 ineorregibles
despues de amonestados, (¡ hieiesen eisma, y no pudiesen ser compri-
millos, eorno sucedió en el de Pellro de Luna, en cuya larga duracion
dc treinta años D. Juan Ir tle Castilla y su lio D. Fernando 1 de Ara-
gon llespaeharon provisioncs, embargaron las rentas pontificales, é hi-
cieron otras diligencias con la potestad temporal contra los obispos y
clérigos que no aecedian á los partidos rnzonables que se les pro-
pusieron.


))Ayrr se dijo lo bastante acerca de la autoridad real para alzar
las fuerzas que hiciesen los jueces eclesiásticos en las eausas que co-
nocen; costumbre inmemorial como la llaman nuestras leyes, ó bien
sea fundada en el cánon XII del concilio XIlI de ToleLlo del aüo 683,
la cllal está en priwtica en el dia, sin que se repitan los lances fuer-
tes que en otro tiempo so vieron sobre esto en España, eomo por
ejemplo el Lle 1580, Cll ql1e el nuncio de Su Santidad encarceló á algu-
nos religiosos y ecksiústicos porque: ocurrieron al Consejo Real eon este
recurso. Con estas y otras disposiciones legales se han procurado
evitar los abusos que pudiern haber causado el fuero clerical en la po-
lítica interior del reino.


nDe suerte que la falla de castigo que se cit6 ayer de varías de-
lito:; atroces de eelesiústicos, no pende de la natlll'aleza del fuero, ni
de falta de provideneias tomadas en Espafü para evitar la impuni-
dad de estos crímene~, sino de otras causas que deben atajarse, pero




204 DISCURSO PRONUNCIADO EN DEFENSA DEL FUERO ECLESIÁSTICO.
que nada influyen en este negocio. Por lo mismo apruebo el artícu-
lo como está; y no dudo que la indicacion que en él se hace de las
leyes con que conviene rectificar el uso dcl fuero, eseitará el celo de la
autoridad civil y eclesiástica, á que en tiempos más tranquilos cum-
plan fln esta parte lo que desea la comision en obsequio del estado y
de la misma Iglesia.))




TERRERO.


No i)or su elocuencia, su erudicion ni sus conoci-
mientos científicos, sino por lo exagerado de sus ideas,
por lo romántico de su estilo y por lo original y estra-
vagante de su oratoria, llamó sobremanera la atencion
entre los diputados de nuestras primeras Córtes el serior
TeJTerO, conocido generalmente entonces por el CU1'a
de Algecil'as.


Furioso liberal en los primeros tiempos de aquella
legislatura, servia de eco fiel á ¡il'güelles y á los dipu-
tados estremerios, que componian la estrema izquierda,
repitiendo en su raro y pintol'esco lenguaje las ideas
más democráticas y los más innovadores principios pro-
chmados por aquellos.


Consagrado casi únicamente en su juventud al estu-
dio dé la historia sagrada, plagaba sus peroraciones,
con oportunidad ó sin ella, de citas del antiguo Testa-
mento, de bíblicas comparaciones y de máximas de los
Santos Padres. Con dificultad se hallará un solo discur-
so suyo en que no se vea mezclado lo sagrado con lo
profano, en que no tratase de probar con algun testo del
Evangelio la jc¡sticia de las proposiciones que presen-
taba.




206 TERRERO.
Era el Sr. Terrero más bien que un filósofo, que


un hombre de gohierno, que un orador parlamentario,
un declamador de mal gusto, un predicRdor de sermones
políticos. Sin imporbncia y sin autoridad entre sus com-
pañeros, tenia gran partido, sin emlJurgo, entre la bulli-
ciosa plebe gaditana, que aplaudia sus arranques pa-
trioteros, sus principios ultra-democráticos, sus propo-
siciones socialistas.


Los apasionados ataques á la nobleza, la atrevida y
constante defensa de los derechos é intereses de la clase
baja, el desenfado de su lengUf,je, sus descompasaüos
gritos y violentos ademanes, todo contribuia á conseguir
gran popularidad, como realrllente la consiguió, entre
los revoltosos concurrentes á las galerías, que acogian
con aplaw~os y algaílara sus gracias y sus rarezas, y se
entusiasmaban con sus protestas de patriotismo, como
cuando decía: «Soy patriota ..... pero lo principal es c:ue
ódio y detesto á Napoleon y á toda la raza napoleónica;
he jurado sobre las aras, como otro Aníbal: una saña
eterna á ese monstruo ..... La indiferencia es un crímen;
la mediana, energía es otro crímen. Debemos todos,
como onzas fieras, despues do robados sus cachorros,
abalanzarnos á despedazar á los que nos han invadido;
todas las leyes divinas y humanas nos compelen á ello.
¿. Quién se dirige á consultas y entra en pausadas re-
flexiones para deshacerse de un dogal que le anuda y
estrecha la garganta?"


En los debates sobre el proyecto de la constitucion
hizo Terrero tan estraorclinario alarde de ideas demo-
cráticas, y presentó tan radicales enmiendas, que hasta
los más exagerados partidarios del elemento popular las
combatieron y reprobaron. üpúsose tenazmente á que
se diese al rey la. sancion de las leyes, sosteniendo que,




TERRERO. 207
en todo caso, el monarca debia saneionarlas por fórmula
ó por necesidad, pues el veto absoluto y aun el suspen-
sivo era contrario á la soberanía de las córtes.


Defendiendo esta última, en un breve y apasionado
discurso como todos los suyos, esclamaba: «Sepan, pues,
las cabezas coronadas, que en un fatal estremo, en un
evento estraordillario, no fácil mas sí posible, la nacion
reenÍC1a podría derogarles su derecho.))


En otra ucasion decia: «Se11or, he pedido la palabra
para felicitar á V. IVI. y á la nacion entera por haber
aparecido la aurora de la libertad y felicidad del ciuda-
dano español. Siglos y más siglos habian corrido, acaso
desde los tiempos cercanos á J afeth, primer habitador
de nuestro continente, sin que el hombre constituido en
sociedad gozase del libre derecho de sus facultades. Des-
de las épocas remotas de la barbarie y paganismo, y aun
desde las ilustradas con las luces dd la verdadera reli-
giOIl, el hombre humilde era el ·oprobio, el ludibrio y
aun el despojo del noble, este lo era del grande, y el
grande lo era del monarca.


1\ El monarca se estimaba un Dios sobre la tierra, el
grande una semidivinidad, y el noble un magl1/U'11t ali-
quid en coteju del ciudadano honrado. El monarca se
atrilmia un derecho estensivo sobre las vidas y hacien-
das de los ciudadanos. ¡Que v~rgüenza! ¡Que ignominia!
iY que éiegradacion de la especie humana!.. Dimanaban
de aquí los homicidios impunes, las violencias, los sa-
queos ó robos, los destierros, las deportaeioncs y todo
género de usurpacion que en la mayor parte descargaba
sobre los pobres y humildes á quienes se les llama.ba
pueblo bajo con la mayor injuria. V. M., reconociendo
felizmente el derecho del hombre al cual no puede pres-
cribir ningun otro, ha debido concebir este sentimiento




208 TERRERO.
novilísimo, y encargó á la comision de justicia formase
un reglamento para que pusiese en salvo los derechos
del ciudadano ... D


Oareciendo Terrero de sistema fijo en política, sin
conocer, aun en sus más claros y vulgares detalles, el
mecanismo de los gobiernos representativos, mezclaba
lastimosamente los principios y los sistemas más con-
trarios, é incurriaá cada paso en las más absurdas con-
tradicciones.


Por eso, al paso que negaba al rey la menor partici-
pacion en el poder legislativo, queria dejar á su 3.rbitrio,
en ciertas ocasiones, el judicial; con lo cual proclamaba
sin notarlo el absolutismo más temible y peligroso.


Así es que, oponiéndose al artícub constitucional,
que negaba á las córtes y al monarca el ejercicio de las
funciones judiciales, esclamaba: «Ni el rey . Vengo en
ello, ordinariamente hablando, pero en un caso estraor-
dinario no quiero yo privar al monarca de lo que el mis-
mo Dios ha querido que tenga como primer magistrado.
En un concurso asombroso de desórdenes, no fácilmente
remediable, apruebo yo y benGigo la práctica de nuestro
rey español, de cuyo nombre no hago memoria ahora,
que formó una campana de cadáveres de magnates, aun-
que hubiese de ser el badajo un arzobispo. D


A pesar de sus arranques sentimentales ó patrióticos,
de sus comparaciones históricas ó sus figuras poéticas,
apenas se encuentra en los discursos del CU1'a de Algeci-
n¿s una frase bella, una imágen deslumbradora, un
verdadero rasgo de elocuencia. Solo al proponerse la
abolicion de la tortura estuvo elevado, filosófico, elo-
cuente. «Tratar de discutir este a.:mnto, decia, es degra-
dar el entendimiento humano. D


En su fatal manía de usar en sus peroraciones de un




TERRERO. 209
lenguaje figurado, resabio sin duda de su profesion de
predicador, ensartaba palabras y formaba frases que,
pretendiendo fuesen poéticas y delicadas, aparecian em-
palagosas y ridículas. Felicitando á las córtes por una
"ictoria conseguida sobre los franceses, comenzaba así
su arenga: «Tiempo habia que se hallaban colgadas nues-
tras cítaras de los melancólicos sáuces en las márgenes
de los rios de nuestras amarguras y penalidades; pero
plugo á Dios que tOrl1J1sen á resonar entre nosotros los
gratos y suaves ecos de la gloria y del triunfo.»


Originalísimo fué tambien su discurso en defensa del
Santo Oficio, cuyas últimas frases eran estas: «Cuando
entro en tales ideas, me abismo; cuando considero sus
resultados, me confundo; cuando se presentan á mi ima-
ginación las consecuencias, me desvanezco; absorto, callo
y acabo.»


Condusion pretenciosa y afectada con visos de grave
y de patética.


Inconstante en sus opiniones, y obedeciendo tal vez
á sus estudios, antecedentes é inclinaciones, separ6se
brusca y repentinamente de los reformadores ó liberales,
y cambiando de banco tomó asiento al lado de CaJ1edo,
uno de los principales caudillos del bando absolutista,
cuyas doctrinas y proyectos apoyó despues cl faInoso
cura de Algecil'as con el mismo fervor y exageracion que
apoyára antes las ideas y las reformas propuestas por
11l'güelles y sus amigos.


Discursos sobre varias cuestiones.


«Señor: oyenrlo esto no puedo tan fácilmente reprimir los afectos
que abruman mi alma. Y así he pedirlo licencia á V. iVI. para espla-
yarlos algun tantu. HEI enemigo es vano, bárbaro, ül'uel, arrogante.


u




210 DISCURSOS


Juzgó que ya no habia cuenta con nosotros en el cielo, y que Dios
yacia sumergiuo en un profundo sopor, cubierto además de mm;has
y opacas l1nhes, y no haciendo caso ue lluestros infortunios y nues-
tras plegarias. En este concepto, decia él entumecido: sacaré mi es-
pada, arremeteré á ellos, los perseguiré, y di viuiré despues con los
mios todos sus despojos.))


» Así decia su COl'azon y su mente torpemente seducidos; pero por
último uespertó el Señor, dió una terrible voz, conrnovióse la tierril,
y en la Albuera hizo que se uerrocasc toua su aIti voz. Allí, ibi, ues-
hizo las crueles lanzas, desmenuzó los petos, los esellLlos, las espa-
das; allí se coneluyó la guerra y apareció el presagio de nuestras
subsiguientes victorias, así como el ejército (pronto acabo; perrní-
tame V. 1\1. esta pequeña digresion y efusion ó desahogo de mi alma).
Así corno el egipcio Faraon arrogante perseguia al pueblo uo Dios,
y sin embargo en medio del torrente del mar Rojo uescendió al pro-
fundo como peñasco y mole grave (Quasi plumbum in aqws vehe-
rnentibus) , corno un plomo absorbido y arrebatado ue un torrente
impetuoso de las aguas, visituron sus cóncuyos senos para siempre,
así el Dios omnipotente, habiendo despertado Lle su aparente letargo,
¿ qué hizo? Lo consumió, lo estinguió corno un menullo polvo de los
caminos trillados.


»Sea magnificado Dios vehementemente. Doy ú V. !\l. el para-
hien más feliz y venturoso. i Venciste, patria mia, yenciste! Lo digo
con el mayor placer. Este es el felicísimo presagio del fin de nuestros
trabajos. Repito la enhorabuena á V. M. ¿ DÓl1Lle están, digo ahora,
aquellas águilas vencedoras? ¿ Dónde aquella táctica tan decantada,
tan vociferada y tan blasfemarnente tiLulaua dfvina? ¿ DÓl1Lle está
aquella bizarría y denuedo increible en el resto de los demás hom-
bres? ¿Dónde está Soult ahora? Confundido con su vergonzosa fuga
y cubierto con su oprobio.


» Véase bien, y desengañémonos nosotros, de que en los españo-
les se encuentra la bizarria, el valor, la táctica, la prLlLlellcia y tollas
las virtudes politicas, militares y cristianas. ¡ Loor eterno, señor, á
esos ínclitos y á nuestros aliados generosos y guerreros, ú quienes
se les debe dignamente la alabanza despues del Dios de las viutoriasJ
Nada tengo que decir, porque todo lo demás ya lo tiene dispuesto el




SOBRE VARIAS CUESTIONES. 211


consejo de regencia; solo pido á V. l\I. que disimule e~te rasgo de
afecto patriótico.»


«Habiendo de hablar casi siempre el último, por mi afecto á es-
cuchar antes de esplicarme, breves y compendiosas serán mis razones,
si es que la imaginacion exaltada puede ser reprimida. En la presente
cuestion se han tocado dos puntos. Primero, el derecho de la nacíon;
y segundo, el úrden de las providencias que deban adoptarse en la
terrible crisis que nos agita. Sobre uno y otro se han vertido pensa-
mientos sancionados pOI' una l'a2On eterna. Sin embargo, juzgo no ser
fuera de propósito reproducir algunas ideas con rasgos tambien sa-
grados. Acaso por este medio calmarán algunas inquietudes de ciertos
espíritus débiles.


\lEn los primeros tiempos, cuando las fieras inundaban las campi-
ñas, en las llanuras de Sennaar. erigió su cabeza :\f emLrot, entonces
agradable á Dios mientras tanto que conservó el renombre de director
de montería, magnus venator coram Domino; pero acostumbrado á
ejercer esta clase de soberanía sobre sus semejantes, se apropió des-
pues la absoluta direccion en todos los ramos de la sociedad. Tal es
el orígen de los imperios y monarquías. Las naciones se atropellaron
á imitar aquella conducta; y aun el pueblo escogido se agolpó á Sa-
muel, pidiéndole les destinase un rey que los dirigiese y caminase por
delante de ellos. Bien á su despecho unge á Sanl por eleccion de Dios;
pero quiere el mismo Señor que le elija el pueblo por sorteo. Repro-
bado este, es ungido David; pero el mismo pueblo le proclama.


»A Salomon sucede 1\oboam, y el pueblo reunido le dice de esta
manera: «Justo es que nos aligeres la gt'iln carga que nos impuso vues-
tro padre, y con laque yano podemos.-¿Eso quereis? pues tened en-
tendido, les contesta, que el más pequeño decio de mi mano será más
ámplio y dilatado (1ue la anchurosa espalda de mi padre; y si mi pa-
dl'e os castigó con azotes, yo os castigaré (Jon eS(Jorpíones.» El pueblo
entoIll~es dijo: «Vuélvete á tus tabernáculos, Israel, nada tienes que he-
redal' del hijo de Isaí. ¿Qué tenemos nosotros que ver con el hijo de
David?» Rohoaffi al momento, observando aquella aparente rebelion,
congrega 180.000 combatientes para reducirlos. {(jAlto ahí! le gritll.




212 DlSCCRSOS


un profeta: nada cual vuélvase ¡¡ su casa; han obrado justamente, y
esta es la vo1uulacl de Dios.))


) y digo yo ahora, ¿y este es el derecho del pueblu? Mas qué, nues-
tro católico monarca el Sr. D. Fernando VII, ¿serú tal que quiera
intentar abl'1lllJarnos y vejamos con cargas insoportables? i Ah! es
demasiadamente pio, elemente, amado, benigno, cat(¡lico.... basta,
basta. Sin embarg·o, asociado con el sangriento monstruo, no sé si
podría presentarnos en lugar de panes piedras, en lugar lle peces sier-
pes, y en lugar de huevos eSGorpioncs.


))Puede, puos, la nacion, y tiene dercüho abso1nfo de repeler las
piedras, de ahuyenta!' las sierpes, y de desmenuzar los escorpiones
que intenta introdm:irnos el tirano. La nacion se halla autorizada le-
gítimamente para proyectar y tomar providencias que aseguren sus
legítimos cle!'cchos, y con las que confunda y prosterne al bullicioso
usurpador. La nacion española, y este augusto congreso que la repre-
senta en ambos mundos, jamás entrará en pados, [ormarú alianzas,
estrechará vínculos, ni sancionará conciertos con ese aborto de la
especie humana, aborto por antonomasia, Kapoleon y 5US l!apoleones,
aunque venga y se presente enmascarado con nuestro amado Fer-
nando VII.


nEn consecuencia, señor, apoyo la guerra eterna: ojalá fuera de
esterminio, de manera que no se diese lugar al cuartel ni á la picJaJ.
Blando por constitucion, en esta presente materia me siento revestido
de una piel cerdosa, que me impide la scnsibilidaJ. A poyo el decrdo
mencionado, apoyo la espedicion y manifestacion de los justísimos
motivos, apoyo la introdnccion de estos papeles ]lor donde quiera que
puedan es tenderse en Ladas las ciudades, villas y lugares; apoyo
nuestra total ruina antes de dejarnos suLyugar Laja la dominacion di-
recta ó indirecta de ese infernal Cerbero, á quien el Altísimo por su
derecho imprescriptible avoque ú sí cuanto antes para sosiego del
mundo. Todo lo apoyo, pero bajo las siguientes esplicaciones. Decreto:
este se debe espedi!' en términos magníficos, pero no tan generaliza-
dos como aquellos en que lo presenta la propuesta.


))Debe hacerse singular mencion del rumor del casamiento; pero
prescindiendo de su validez ó invalidez, cuya declaraeion siempre se-
ria incierta, y espuesta á gravísimos errores, y soLre todo porque no




OBRE VARIAS CUESTIONES. 213
se considera del Jia. Bsposiciun de los incidentes ú nW{úJOs: no deLe
salir emanada de V. M. Deben formarla los labios de la mcion, á
quienes se les provoca para que hagan brillar sus talentos y sudar
sus plumas, ilustrando en la materia al pueblo español. Pido, pues,
que se nombre una comision, para qne se presente nueva forma de
decreto y la sobredicha esposicion.))






PORCEL.


D. Antonio POl'cel, de cuyos apuntes biográficos va-
mos á ocuparnos, fué uno de los diputados notables del
congreso nacional de 1812. Nada prueba tanto el mérito
de aquel repre~cntante como la circul13tancia de haber
figurado en aquella asamblea, llegando á ella cilando es-
taba muy próximo el término de sus trabajos y sus
glorias.


y no erJ. porque el diputado POJ'cel fuese uno de
esos oradores brillantes y deslumbradores que cautivan
en su primer discurso la atcncion de UNa asamblea, y le
imponen su nombre, y le arrancan sus simpatías, no. El
diputado granadino noposeia ciertamente esa elocuencia
arrebatadora que no deja reflexionar al auditorio, y que
alcanza el laurel del triunfo en un momento de inspira-
cion, y con un solo arranque de poesía y de sentimiento.


Porcel carecia de imaginacion exaltada, de estilo
elevado, de palabra fácil y vehemente. Su oratoria no
era la oratoria del corazon, sino la del entendimiento. Sus
discursos eran sencillos, aunque castizos y correctos,
lógicos, graves, templados, convincentes.


Rarísima era la vez en quc el diputadoPoJ'cel se en-
tregaba á las declamaciones violentas, tan propias y de




216 PORCEL.


tanto efecto en las asambleas deliberantes, á los esfuerzos
de Sll imaginacion, á los recursos de una erudicion indi·
gesta y fastidiosa. Razonador hábil, argumentador con~
cienzudo, lógico y fundado en sus apreciaciones, arras-
traba á las córtes por la persuasion de sus consejos, por
la templanza de sus principios, por la tolerancia de sus
ideas.


Estricto observador de las bases constitucionales
aprobadas por las córtes en su primera y famosa ses ion
del 24 de setiembre de 1810, no consentia que los pode-
res públicos girasen fllera de la órbita por aquellas ka-
zada, y oponíase á que la asamblea se estralimitasa en
la práctica del sistema representativo. Por eso se opuso
fuertemente á la pretension de la mayoría, que quitaba la
inviola bilidad á la regencia en el :eglamento donde se
marcaban sus atribuciones.


Conciliador por carácter, previsor como pocos, enca-
minábanse sus discursc>s á unir los partidos y á amalga-
mar las opiniones, con el único y plausible objeto de li-
brar á la nacion del cruel azote de la. guerra, y de plan-
tear las reformas proyectadas sin violencia y sin graves
pertl1~baciones. Era uno de los pocos reformadores que
anteponían el patriotismo á la política, la independencia
y la tranquilidad de la nacion á las reformas.


Hombre de suma espedicion en el manejo de los ne-
gocios, de gran saber y estraordinaria laboriosidad,
ejercia marcada influencia en las comisiones de que for-
maba parte, que eran las mas imi)ortantes, y su voto
era de gran peso en -las de hacienda y administracíon,
en cuyos ramos poseia estensos y profundos conoci-
mientos.


A ellos se debió la regularizacion del sistema rentís-
tico y la organizacion del crédito público, cuyos proyec-




PORCEL. 217


tos presentó con una i\'Iemoria hábilmente redactada, á
nombre ele la comision de H.lcienda, de q ue e~'a indi-
viduo.


Al revós de otros constituyentes, prefería el diputado
por Granada los principios á todo, y no hubiera consen-
tido en faltar en un ápice á la constitucion ni aun para
salvar la libertad y l:"t i1l(lependencia de la nacion.


Era Porcel un liberal en la teoría y un cortesano en
la práctica, Antiguo consejero de Indias, no podia ave-
nirse en la vida social á la igualdad de las clases, por
mas que sus ideas fuesen populares y aun á veces indi-
rectamente democráticas. Algo infatuado con su :tlta po-
sicion, gustábanle los usos y ceremonias palaciegas, y
para él no habia otra forma de gobierno que la monar-
quía, má~ ó menos constitucional, con un rey y una cór-
te, aunque pecase algo de espléndida y fastuosa.


En una palabra: Porcel hablaba como liberal, pero
sen tia corno absolutista. Por eso aparecia su liberalismo
a.lgo sospechoso en la segunda época constitucional á los
ojos de los demagogos de las sociedades secretas, cuyos
escesos resistia con teson en union de Argüelles, que lo
a,soció á él al formar su ministerio en 1820.


Tambien fué corta la vida parlamentaria del diputa-
do Parcelo Perseguido, aunque no con encarnizamiento,
al regreso del monal'ca en 1814, volvió á figural' al res-
tablece¡'sc el sistema repl'esentativo en 1820, ocupando
la secreta:'ía de Ultramar en el pril.1er ministerio de la
segunda época constitucional, :i cuyo puesto le llevó su
reputacion de hombre laborioso y entendido, más bien
qllC AU fama de orador y de político.






~VVVV'VV'VVVVVVVV'VVVVV'VVVVVVVVVVVVVVVV\I"J'VVVVVV'VVVVVVV~


ANTILLON.


Son en cualquier carrera el tiempo y la constancia
medios tan seguros como el talento para ocupar en la so-
ciedad un puesto distinguido, y conquistar un no~bre
que solo al genio debiera estar reservado. De ellos se
valen las medianías para sobresalir entre sus iguales, la-
brando trabajosamente el pedestal de su fama, que si no
brillante y deslumbradora, es al menos respetada y du-
radera.


En ninguna carrera pueden aplicarse las anteriores
observaciones con más exactitud q ae en la parlamenta-
ria, en la cual logran figurar. como oradores y políticos
de valía, muchos diputados cuyo mérito estriba princi-
palmente en la frecuencia con que toman parte en las
discusiones, y en las muchas y continuas legislaturas en
que logran consignar sus nombres. Acostumbrado el pú-
blico á oir sonar estos con repeticion, á escuchar fre-
cuentemente á esos diputados, recogiendo en un discur-
so un buen pensamiento, una poética frase en otro; ad-
mirando hoy una imágen delicada, mañana un arranque
de sentimiento, concluye por dar á aquellas medianías
el título de oradores y la reputacion de políticos emi-
nentes.




220 ANTILLON.


Por el contrario; el hombre de genio, el diputado de
talento, el verdadero orador parlamentario al presentar-
se en escena, al abrir sus labios, al pronunciar las pri-
meras palabras, ejerce un dominio irresistible sobre el
auditorio, y sin aguardar á que la opinion pública le dé
una honrosa calificacíon, él se la impone. El con su ta-
lento, con su elocuencia, con su genio, arroja sobre sus
oyentes un nombre, hasta entonces desconocido, que
aquellos se apresuran á inscribir en el libro de la fama,
y á ensalzarlo y respetarlo fascinados y vencidos. Hé
aquí esos inesperados y ruidosos triunfos parlamentarios,
esas reputaciones improvisadas, esos oradores, célebres
ya desde su primer discurso.


¡\. esta clase de oradores perteneció en las córtes de
Oádiz el diputado Antillon, y ciertamente se necesitaba
tener dotes especiales para la oratoria, y un talento pri-
vilegiado para conquistar desde sus primeras peroracio-
nes un puesto distinguidísimo en un congreso donde
brillaban ya tantas reputaciones adquiridas en dos años
y medio de científicos combates y de repetidos esfuerzos
de ingenio, de erudicion y de elocuencia.


En honor de la verdad, D. Isidoro Antillon no era un
hombre oscuro, un político adocenado. Al presentarse en
las córtes estraordinarias, cuando estas tocaban á me-
diados de 1813 el término de 'su gloriosa carrera, Anti-
llon gozaba ya de inmensa reputacion como jurisconsul-
to, como geógrafo, como literato.


Al remitir en 11 de setiembre de 1812 el acta de su
juramento á la eonstitucion recien publicada, como ma-
gistrado que era á la sazon de la audiencia de Mallorca,
acompañábala de una esposicion, cuya lectura produjo
suma sen sacian en la asamblea, mereciendo la honra de
que se acordase su insercion íntegra en el Diario de las




Al'iTILLOl'i. 221


sesiones. Hé aquí algunos párrafos notables de aquel do-
cumento, que creemos oportuno reproducir como mues-
tra del estilo y dc la vehemencia p:n las ideas del dipu-
tado cuyo retrato vamos bosquEjando.


« •••••• Nadie ha podido invocar el nombr8 sacro-
saIlto del Eterno por testimonio de sus promesas mas
ue corazon que yo en este dia afortuGado, el cual ser.á
distinguido con solemnes caractéres de recordacion en-
tre todos los que compongan el periodo de mi existen-
cia. Ya soy ciudadano espaiíol; ya soy hombre libre; ya
no reconozco más imperio q uc el de la ley para j tlzgar y
ser juzgado. Encarnizado enemigo de la tiranía, atrevido
defensor de la libertad y de los derechos del hombre,
aun antes que ninguna instituclon §,arantiese la seguri-
dad de mi persona, ¿cuál será hoy el fuego y la valentía
de mi alma cuando en la carta sagrada que acabo deju-
rar tengo un escudo de mis operaciones contra todos los
manejos y atentados de la fuerza, contra la insoleneia
del despotismo? ......................... .


~ Que si por un fatal retroceso tuviera la nacion cs-
paflola el aciago destino de sucumbir nuevamente á las
violencias de la tiranía interior, milit::..r ó civil, si 10R
clamores hipócritas de la supersticion, las detracciones
interesadas del egoismo, ó el influjo maléfico de la igno-
rancia lograsen reencender la hoguera del fanatismo y
de la discordia, dando al través con el código nacional
que hoy solemnemente he jurado, yo que vivo solamen-
te por ser ciudadano, y á quien, respirada una vez el
aura saludable de la libertad, fuera insoportable el soplo
corrompido del mortífero despotismo, esclamaria como
un escritor célebre por sus desgracias y sus talentos: No
puedo ya conduci'r' mi pluma por en medio de los hQr-




222 ANTlLLON.


rores que despedazan mi patria. No pftedo vivir sobre
sus ruinas; más bien quiero sepultarme en ellas .....
¡Naturaleza, abre tu seno!»


Quien así escribia, quien con tanta vehemencia se
espresaba, quien tal alarde hacia de sentimientos libe-
rales, quien tan solemne tributo pagaba á las ideas de
libertad, de independencia y de reforma, tan en boga
entonces, y que tanto dominaban en las córtes constitu-
yentes de Cádiz, por precision habia de distinguirse al
sentarse en sus escaños, reuniendo á la imaginacion y al
sentimiento una palabra fácil, una improvisacion espon-
tánea, una erudicion esquisita, una instruccion nada
vulgar, una lógica irrebatible y un estilo enérgico, una
frase nerviosa, y tal fuerza de espresion, en cuyas cua-
lidades nadie le escedia si alguno le igualaba.


Liberal apasionado, pecaban sus arengas de ese tinte
tribunicio que tanto halaga en las discusiones de parla-
mento á la muchedumbre qU0 las presencia. Era la elo-
cuencia del diputado Antillon concisa y punzante, sin
que por esto dejase de ser grave, profunr]a é inten-
cionada.


Hé aquí cómo alentaba en cierta ocasion á los revol-
tosos espectadores de las tribunas, y aun disculpaba sus
tumultuosas manifestaciones:


«Es necesario cierta agitacion entre los espectadores
para qlle tengan interes en la formacion de las leyes.
N osotros no hacemos leyes para las paredes sino para los
hombres, y es necesario que los que nos oyen no sean
unos autómatas. En tiempo de Tiberio, era cuando se
rodeaba de armas el senado infame, vil instrumento de
su tiranía. En el campo donde los romanos libres se jun-
taban, no se les ponian, con mengua de la dignidad de
legisladores, semejantes obstáculos. Yo quiero una mo-




A:'iTlLLON. 223
narquía moderada, hereditaria, y una constitucion como
la que V. M. ha sancionado; quiero un pueblo libre como
quiere la constitucion; no quiero que V. M. dé á los es-
pañoles en su mismo seno el carácter de esclavos.


Lo que importa es que Espaíia sea libre, que no
vuelva á las antiguas cadenas, y que no pueda el pueblo
decirnos algun dia, que en vez de haber sido represen-
tantes dignos de defender sus derechos y su independen-
cia, hemos contribuido por miserables contemplaciones
á traerle nuevas y mas insufribles calamidades.»


Impetuoso y algunas veces hinchado en la forma, eran
sus discursos, á pesar de ello, lógicos, convincentes y
ordenados en el fondo. Admiraba verle sostener una pro-
posicion en el congreso, y defenderla con un órden, con
una energía, con una consecuencia tal, que se veia salir
una prop()sicion de otra; no sentaba una premisa que no
viniera un consiguiente. Solia decirse de Antillon, que
lo que en Al'güelles era facilidad de palabr3os, era en él
facilidad de ideas.


Sus profundos conocimientos en todos los ramos del
saber humano, su feliz memoria, su esquisita percepcion
para abarcar de una ojeada todos los puntos defendibles
de la materia puesta á discusion, su facilic.ad para es-
presarse y su ingenio y destreza en la argumentacion,
constituian al diputado Antillon en el mejor improvisa-
dor de las córtes de Cádiz, y en uno de sus más fecun-
dos y de sus más brillantes oradores. Yeso que á su lle-
gada á la asamblea habíanse discutido ya las más impor-
tantes reformas, y dilucidado los puntos más difíciles y
controvertibles del derecho público constitucional.


A haber tomado asiento Antillon en aquellas córtes
al inaugurar sus trabajos y sus lides parlamentarias en
1810, de seguro hubiera ocupado en ellas el sitio de don




224 ANTILLON.
Agustin Argüelles, pues si no igualaba al diputado por
Astúrias en verbosidad y en instrnccion política, le eSC8-
dia en elocuencia y en sentimiento.


No era Antillon de los constitucionales que sacrifica-
ban todo á sus principios. Liberal exagerado, reformador
impaciente, queria, con los principios ó sin los principios,
llegar brevemente al término de la reforma, al limite de
la libertad, sin detenerse en el camino, saltando, si era
preciso, por la legalidad para llegar á la conveniencia.
Aspiraba á conseguir el fin sin reparhl' en los medios.


Endeble, achacoso y de figura cadavérica, no se com-
prendia, á no verlo, aquella fibra, aquella entonacion.
nerviosa, aquel temple de alma, aquella impetuosidad
que respiraban todos sus discursos. Todo en él era espí-
ritu, todo idea, todo sentimiento; y formaban especial
contraste las fuerzas poderosas de su inteligencia con las
flacas y desfallecidas de su cuerpo.


Nada indica tanto la influencia que ejercia Antillon
en el bando liberal, como el proyecto de asesinato, de
que fué blanco en la isla de Leon al inaugurar sus sesio-
nes las córtes ordinarias de 1813, cayendo mal herido, y
salvándose milagrosamente de los pufl::¡}es de los sica-
rios.


Gortísima fué la vida parlamentaria de D. Isidoro
Antillon, y, sin embargo, figurará siempre en los anales
del parlamento espaflol como uno oc los oradores más
elocuentes, más famosos y más dignos de las córtes es-
traordinarias de 1812.




ANTILLON. 22;:)


Dis('urso oponiéndose á la traslacion de las córtes.


«Señor: Si los designios de la divina Providencia fuesen claros,
ú al mellOS se descubriesen en términos que supiera yo que queria
que fuésemos á Madrid, estaria conforme con que ahora mismo se
verificase la traslacion. Lo que debía haber hecho cl Sr. Ostola:.a
era abrirnos el libro de los destinos, y manifestarnos cuáles son los
dccrctos de la Divinidau, y en dónde estaba escrito el de nuestro
viaje.
))~O sabiendo estos arcanos, lo más que podremos hacer será


suplicar á Dios que nos ilumine y dé acierto; y estándonos encarga-
da la salvacíon de la patria y la defensa de sus derechos, mientras
no tengamos otros medios que los humanos para salir adelante en
nuestra empresa, por ellos deberemos juzgar y conducir nuestras
Jeliberaciones. Si el Sr. Ostolaza, que ha venido á invocar la Pro-
videncia, para dar cierta odiosidad á la discusion que nos ocupa, y
que será tratada por razones puramente políticas, pudiera habernos
descubierto y demostrado cuál era espresamente la voluntad de Dios
para venerarla y cumplirla, no tendríamos necesidad de quebrarnos
la cabeza, y acaso perder el tiempo, como débiles humanos, sujetos
al error y á la ignorancia. Especies semejantes á la que ha promo-
vido el Sr. Ostolaza son ya argumentos muy conocidos, usados con
solJrada fre<.:ucncia, y dirigidos malignamente á que el Congreso no
delibere con la libertad que debe proceder en todo.


))Jamás pudiera yo haber creído que un asunto tan interesante
como éste, del que se ha de juzgar por la consideracion más ma-
dura del estado político en que SA halla la nacían española, se hu-
biese querido emolyer bajo el velo de la l'eligion, que tan solemlHe-
mente ha proclamado el congreso, ni que se llegase á decir falsa
y osadamente que los diputados no tienen libel'tad para manifestar
en las córtes su dictámen. (Le interrumpió el Sr. Ostolaza.)


))8í yo creyera qUA las espresiones del Sr. Ostolaza pudieran in-
fluir en mi honor, le preguntaria qué quiere decir eso de (tngl~r ....
(Se le interrumpió de nuevo.)




DISCURSO OPOi'iIÉi'iIlOSE


))1'0 he manifestado, sÍ, señor, siempre, con las palabra::; y las
obras lo mucho que me intereso en que se conserven el decoro de
la religion pura y la dignidad del congreso. He sacritlcado mis ro-
sentimientos personales. He sufrido las injurias con que han pre-
tendido deshonrarme mis detractores .... lle sido demasiado valiente,
á pesar de que mi salud no me ha permitido~sostener la espada. He-
cho este preámbulo, á que se me ha forzado con interrupciones in-
debidas, entro en la discusion. No invoco libertad, porque la tengo
absoluta, y no hay individuo en las córtes que no la tenga. Sin em-
bargo, nadie podrá tener más especioso pretesto para invocarla que
yo; porque voy á anunciar una opinion que no tiene ninglln vi~o de
popularidad, con el cual se cubren las opiniones más torcillas. Pero
cuando se trata del bien de la nacion, no hay en los buenos españo-
les respeto humano ni miras subterráneas, como en algunos egoistas
desconocidos, en asuntos que debian considerarse celestiales por la
pureza con que deben examinarse y decidirse.


nNo se trate de suponer que aqní hay di\'ision de pareceres sobre
si queremos ir ó no á 'IadriLl: suposicion falsa, sllposicion calumnio-
sa. Todos queremos ir á Madrid, que es el centro de la monarquía:
todos queremos dar á la Europa este ejemplo de lo mejorada que se
halla nuestra situacion militar y civil; pero debemos qUf'rer lodos an-
tes la sal vacion de la patria, la existencia de la representacioll nario-
nal y la del gobierno, sin cuya existencia la anarquía, que se supone
asoma ya su horrible cabeza, pero que si asoma es por causas muy
distintas de las que divulga el fanatismo, vendria á sentarse ~obJ'e
nuestras ruinas, y traeria al tirano triunfante, gozándose en su presa,
y riendo de nuestra imprevision.


nEl asunto debe examinarse bajo este aspecto; pero cuidado con
personalidades ..... Caminemos en la inteligencia de que la opinion de
todos los diputados y la de todos los buenos españoles es que el go-
biel'l1o y las córtes deben residir en Madrid.


nQue todos deseamos ir á Madrid es indudable; pero, ¿es flota la
época de trasladarnos á la antigua córte de nuestros reyes? ¿Hay la
seguridad suficiente para hacerlo? Esta es la cuestion: este es el punto
de vista bajo el cual debe examinarse. Lo demás será olvidar el ór-
den, no atender de buena fé á los intereses del pueblo español, no




Á LA TRASLACIOI'i DE LAS CÓRTES. 227
guiarse por principios de sana. lógica ni discurrir con prudencia.


»Si la cuestion se examina así, mientras nadie responda á las ra-
zones que espone el gobierno, debe decidirse segun propone en su
informe; y en vez de escitar á que hablen los secretarios del despa-
cho, se les debe proponer argumentos para que respondan.


» Yo no soy de los que deben teme¡' la traslacion á Madrid, ni
muchos rle mis dignos compaüeros, á quienes se ha querido atribuir
la susponsioll de este viaje, tienen motivo para no desear establecerse
en aqllel gran pueblo, y visitar desde luego aquellas calles, regadas
el Dos de mayo con la sangre de los dos eminentes patriotas, cuyos
nombres están inscritos en letras de oro sobre esas tablas ..... No ha-
llaremos allí ni testimonios para nuestro oprobio, ni documentos para
nuestra confusion. Esta será la suerte de otros que hayan tenido en la
revolucion diferente conducta.


nlremos, seüor, gustosos á Madrid; pero iremos cuando nuestra
liberta:l é independencitl tengan la estabilidad necesaria; iremos
cuando el congreso no tenga al lado de la perspectiva necia. y despre-
ciable de su viajo halagüeño la perspectiva triste de una disolueion
temible que aseguraria nuestra esclavitud.
»Entt'(~ tanto no es posible. ¿Y tenemos ahora esta seguridad?


¿Creemos destruidos á los enemigos? ¿Creemos que la espada de Sil
venganza está ya embotada? ¿Ignoramos que el tirano, hábil Y acti-
vo, continuará haciendo los mayores esfuerzos para enviar á España
nuevas tropas?


» Yo no he estado en Francia como el Sr. Ostolaza, que dice que
no hay allí más que mancos, cojos y tullidos. Lo que creo con mu-
cho sentimiento es que no cojos ni mancos, sino jóvenes muy perfee-
tos y robustos han venido por dos veces, y nos han echado de Ma-
drid. Eso mismo se decía Guando se les arrojó la primera vez en 1808;
pero llegó el mes de octubre, y los que se habian ido al Ebro vol-
vieron á Madrid, teniendo que fugarse precipitadamente de Aranjuez
la j un ta cen tral.


)) y note V. M. que desde aquel aciago suceso ningun gobierno
rle los que se hau sueedido en España puede decirse que haya ejer-
cido sobre las provineias -con vigor y porler la autoridad suprema.
¡Tan fatales son las con~ecuencias de un desconcierto en la arlminis-




228 DISCURSO OPONIÉNDOSE
tl'acion general, ocasionado por la invasion enemiga, y tan grande el
sobresalto que produce!


lJLa misma junta central desde entonces fué casi impnnemente
desobedecida, y acabó su carrera en las convulsiones anárquicas del
federalismo insolente, dejando á la Península, y más todavía á las
Américas, entre desórdenes y agitaciones horribles. Pertnitame, pues,
el Sr. Ostolaza que yo no dé asenso á sus datos estadísticos, segun
los cuales la poblacion de Franuia está reducida á cojos y mancos;
pero si llegara á creérmelo, esta noche me parecería tarde para que
nos trasladásemos á Madrid.


»Estoy lejos de pensar que para ser buen español sea preciso des-
conoce!' la fuerza de que pueden disponer los enemigos; y no ignoI'o
que muchas veces los franceses mismos y sus partidarios esparcen
noticias falsas, pero halagüeñas, para adormecernos, y lograr ellos sus
infames planes de opresion y tiranía ..... Yo me espliuo asi, sin temor
de que se me tenga por francés; porque entre tantas injurias como me
han dicho las gentes de cierto partido, y que por lo comun he despre-
ciado altamente, nadie se atrevió lodav[a á llamarme a(mncesado, ni
hubiera podido callar al leerlo ú oírlo ..... Temo, señor, á Napoleon:
lo digo sin rebozo. Estoy bien persuadido que insistiendo la nacion
en que ha de ser libre, todos los ejércitos del mundo no podráu sub-
yug'arla; pero, ¿euántas serán todavía las vicisitude::; de esta guerra,
cuánta la fuerza que de nuevo nos presentará el tirano? Esto es dificil
de calcular; y el que diga que puede calcularlo, ó es suma su necedad,
ó tiene un talento superior que hasta ahora no ha manifestado (le.
interrumpió el Sr, PI'esidenle. No son estas digresiones defectos de
mi discurso, sino defectos del órden de la discusion; pero debo hablar
as[ para que algunos beneméritos diputados se libren de la nota de
mala fé que la malignidad ha querido suponer en sus opiniones, La
cuestion es muy fácil y sencilla: más segun el giro que ha tomado,
es menester no dejar un argumento siquiera sin examinarlo ni reba-
tirlo.


))Venero al ayuntamiento de Madrid, respeto su patriotismo, y
a más invocaré á aquel pueblo sin una emocion triste pero agrada-
ble; porque all1 he visto nacer las primicias de la libertad: allí he vis-
to desplegarse el ardor noble y heróico que nos hizo superiores á la




Á LA TRASLACION DE LAS CÓRTES. 229
coyunda estranjera. Esta memoria está bien grabada en mi coralOn.
Pero no porque yo ame al pueblo de Madrid olvido ni desconozco
que los intereses de la nacion deben siempre preferirse á los votos
de un pueblo particular, por acreedor que sea á nuestra admiracion y
gratitud. Los pueblos desean siempre el bien; pero no siempre saben
dónde este b~en se encuentra. El gobierno es el que debe ilustrarles
sobre sus verdaderos intereses, considerando la situacion del Estado
y lo que conviene para su felicidad. El ayuntamiento de Madrid no
debe imponer la ley; porque si los aynntamientos espresasen la vo-
luntad del pueblo, ¿qué representaba entonces este congreso? Todos
los intereses individuales deben sacrificarse en el altar de la patria;
más á es~e altar solo deben acercarse los sacerdotes que ella misma
ha escogido, y Astas son sus diputados en las córtes generales. Para
nosotros en esta discusion desaparece Sevilla, desaparece Madrid;
solo se presenta la imágen de la nacÍon entera, cuyos intereses nos
están recomendados. Reconozeo el beneficio que resultaría de la tras-
lacion del g-obierno al pueblo de Madrid: mas esto no es del dia. Me
persuado antes bien qUA dando al ayuntamiento de aquella capital
toda la consideracion que se merece, no deberá agraviarse porque se
le suponga mal enterado de la sítllacion militar y política del reino,
pues ni tiene motivos ni obligacion por su instituto de conocerla bien;
y mucho menos deberá agraviarse de que no le permitamos dictar
leyes al congreso nacional.


))Si hubiese alguno por desgracia persuadido que importaba poco
el que la rrpresAntacion nacional se disolviese, no seria estraño que
accediera á lo que pide aquel distinguido ayuntamiento. Pero quien
crea, como yo, que el mayor mal que nos podría sobrevenir es la
dispersion de los representantes del pueblo y la fuga del gobierno,
que siempre desacredita y aterra, quien piense, como justamente
¡lebe pensarse, que el tirano más que eiEln batallas quisiera que pere-
ciese la constitucion, no dudará preferir á los sentimientos loables,
pero prematuros, de aquella illlstre eMporacion, la salud de la patria,
rifrada en lIue exista íntegro el cuerpo de sus representantes. Si los
franceses SA internasen de nueyo en la Península, ¿seria fáeil hallar,
huyendo de Madrid, un punto de reunion para las eórtes y el gobier-
no? Y con un paso que se d~je abierto al tirano, ¿no estará en su ar~




230 DISCURSO OPONIÉNDOSE


bitrio nuestm disolucion? Pero ¡ah, señor! ¡cuántas intrigas, cuántos
intereses pueden cruzarse de parle de unos y de otros para que este
paso se le deje abierto 1. .. , y no se me provoque á que corra el velo
á estas indicaciones. Dispuesto estoy ya á hacerlo si ~e me exige, y á
probar por argumentos irresistibles de política, que si se verifica
ahora la traslacion del supremo gobierno á Madrid, peligra nueslr"
independencia, peligra el congreso y la existencia misma de la pa-
tria; porque no es la patria el terreno que pisamos, sino los vínculos
sociales con que nos unimos.


»Todavla tengo que contestar á algunos señores, cuya opinion ha
sido que con trasladarnos á Madrid dábamos á la Europa la prueba
más evidente de nuestro valor y constancia. Yo no pienso así. Eso
seria bueno cuando pudiésemos calcular que, asentando una vez
nuestra resiuencia en Madrid, nunca se nos obligaria á salir de aque-
lla capital; más cuando entra en el cálculo que podrá dcspucs el
enemigo obligarnos á una salida precipitada, lejos de dar esperanzas
entonces de mejor suerte, daríamos al mundo nueva prueba de nues-
tra falta Je prevision. Las capitales, señor, principalmente no sien-
do plazas fuertes, nunca han tenido el! ninguna nacían grande in-
flujo sobre el éxito de su conquista. El ejemplo que ha citado el señor
Vitlagomez es tan desgraciado, que aunque lo hubiera traido para
prohar la asercion contraria, no pudiera citar otro mejor. (El señor
Villagomez intern!mpió al orador para dar mas claridad al ejemplo
'lne habia puesto) ..... Ese mismo hecho, segnn ahora lo ha contado
su señoría, prueba que nada influye la posesion de la capital en la
suerte de un Estado, aun cuando no se trate de una guerra nacional
como la nuestra; pucs entonces influye todavía menos. El archidu-
que Cárlos entró en Madrid con un número corto ele tropas estrun-
jeras. y ¡,qué sucedió? Que vino luego Felipe V, y al que pretendia
~erdueño de España porque ocupaba á :\Iadrid, le ohligó á salir
muy apriaa de allí; y más adelante, ganada la batalla de Brihllega,
le arrojó de todo el territorio español, reduciéndole al recinto de los
muros de Barcelona.
»~o confundamos ideas diferentes. Tengamos buena fé y la lógi-


ca necesaria: el que no tenga lógica para discurrir, no discurra. He-
mos ganddo, dicJn los señores preopinantes, una 'gran victoria en los




,o. U TRASLAClON DE LAS CÓRTES. 231
campos de Alava; han adelantado nuestros ejércitos y los aliados de
un modo estraol'dinari0; luego la suerte de España está decidida.
Niego esta consecuencia. La que yo saco es la absoluta necesidad en
que ahora nos hallamos, para evitar los peligros y males con que el
tir.1no nos amenaza en una nueva imasion, de organizar numerosos y
bien provistos ejérGitos nacionales para resistirle. Existe en el dia un
armisticio entre llonapartc y las pntencias del Norte, que por desgra-
cia terminará acaso en una paz. La esperiencia de lo pasado justifica
nuestra sospecha. Entonces podl'ia cargar Napoleon sobre nuestro
desvenlul'ado suelo, no solo eon sus fuerzas propias, sino con las de
sus nuevos aliados. Los señores que á pesar de estos riesgos quieren
que el congreso se traslade á Madrid, y dan ya por libre á la España,
echen (1 Jos bmceses de las plazas que ocup:m en Cataluña; échenlos
de Jaea, S3.n Sebastian, S:mtoña y Pamplona; y entonces, convi-
niendo en que ya es ocasion de establecernos en Madrid, confesaré
que hay bastante probabilidad de que no volverán tan pronto á
ocupar estn capit:.tl las huestes enemigas. Entre tanto me atrevo á
decir que quien en hs circunstancias presentes insista en que las cór-
tes se vayan á 1fadrid, ni es buen español ni buen patriota (murmu-
llo). Hepito que ni es buen patriota ni buen español quien crea que
estamos hacielldo una guerra galana; quien se persuada que por cual-
quiera aeeion eontraria que ocurra en esta lucha está todo perdido,
(¡ que por una victoria se ha concluido todo. El triunfo absoluto de
Espana no es obra del momento, sino obra de muchas campañas, de
mllchas alternativas, y do muchas victorias; obra en fin de la perse-
vcrancia y magnanimidad del pucblo. No tiene ideas de buen español
ni de buen patriota el que piense de otra manera. Este, luego que
".obrevenga una Llenota, creerCt que ya está perdida la España; pero,
señor, la España no se gana ni se pierde por una batalla: el propó-
sito fll'llle y decidido de no sllcllmbir por tílulo alguno á la domina-
cían estranjera, es lo que ha de sacarnos de las orillas mismas del
abismo. Este es el título y garante rle nuestra libertad, no el persua-
dirnos estúpidamente que Bonaparte solo tiene por conscriptos unos
cuan lo;; cojos y estropeados (murmullo de aprobacion).


))Coneluyo, pues, con que la cuestion, segun buena lógica, está
reducida á si las uircunsLancias son oportunas para que las córtes y




232 DISCURSO OPONIÉNDOSE Á LA TRASLACION DE LAS CÓRTES.
el gobierno se trasladen á Madrid. No se trata de si debemos ir ó no
allá, porque en esto todos estamos acordes y todos lo deseamos,
sino de si el actual es el momento conveniente para hacerlo, y si
PI verificarlo podrá traer mucho.:; más perjuicios que ventajas. Yo he
procurado probar que la traslaciou nos espone á que se disuelva la
representacion nacional, y por consiguiente á la anarquía. Si toma
ahora la palabra algun señor diputado, y nos demuestra lo contrario
con argumentos concluyentes, entonces vúmonos desde luego. Pero
siempre que con este viaje se comprometa la existeneia del cong'l'eso
y la salud de la patria, me opongo, y lo rr.sistiré constantemente con
todas mis fuerzas. Por lo que hace á establecernos en I;:cija, Cór-
doba ó Sevilla, á tal proyecto no contesto: eso seria gana de pasear-
nos, y no es esta nuestra misiono Cuando se trate de salir de aquí, ha
de ser para Madrid; pero mientras las circunstancias políticas no nos
lo permitan, permanezcamos en Cádiz, que es punlo más seguro.
¿Qué sacamos de ir á Córdoba (¡ Sevilla? La misma seg'uridad hay
allí que en Yladrid; pues si lo,; franceses avanzasen con fuerza, del
mismo modo nos harian venir huyendo á las columnas de IMrcu-
les. Por otra parte, seria este un paso desagrÜ!lahlA al pueblo de
l\hl'lrid, fijándonos en otro que no ofrezca notabilísimas ventajas
militares, ni los títulos de prefereneia que j:lmás olvidará el congreso
respecto de aquella villa heróica y ejemplar en patriotismo. Vótense,
pues, las propuestas del gobierno: pregunten antes los señores dipu-
tados cuanto gusten á los secretarios del Despacho, ó si no hagan
desplles las adiciones que les parezcan. ~ o he hablado de la falta de
fondos en la tesorería, porque á mí me bastan las razones del go-
bierno, y si yo creyese que debíamos ir á Madrid, cual(luicr medio
pudiera adoptarse, á pesal' de todos los apuros, para qUA se hiciese
el viaje desde luego. No por eso me desentiendo de que los emplea-
dos padecen grandes atrasos en el eobro de sus sueldos, y que la ma-
yor parte de los diputados apenas cobran una parte de sus dietas.
En público se dice lo contrario, porque no se escusfl. calumnia, por
mezquina que sea, pam desacreditar al congt'eso, y haeer odiosos á
Jos representantes del pueblo. ¡Vana tentatival)l




..


CÓRTES DEt820 A '1823.


Reflejo exacto de la sociedau española las cJrt'js de
la segunda época úonstitucional, distinguiéronse por un
afan insaciable de revolucion y de reformas, por el mis-
mo ueseo de venganzas y de trastornos que agitaba á los
pueblos todos, profundamente divididos por la políLica,
por los <lgra vios pasados y por las persecuciones pre-
sentes.


Enteramente distintas eran por cierto las córtes de
1820 á 1823 de las generales y estraordinarias inaugu-
radas en la isla de L~on en la primera época del sistema
representativo. Ni el objeto de su convocacion fué igual,
ni iguales por consiguiente el caracter de sus discusio·
nes, el espíritu y las tendencias de sus actos.


Oongregadas las famosas córtes de Oádiz para uar
unidad y concentracion al supremo gobierno de España,
para organizar la defensa del territorio, sal val' el trono,
la independencia y la religion do 10s espafloles, eran
realmente un congreso nacional, animado del más puro
patriotismo, sin otros deseos, sin otras miras que la s3ol-
vacion de la patria y la organizacion política del Estado,
hecha por todos y en beneficio de todos.


Hé ahí el que, como hemos apuntado en otra parte,




234 CÓRTES DE 1820 Á 1823.


llG hubiese en ellas mayorías ni minorías, fracciones ni
partidos, y de ahí tambien el que la escuela absolutista
contase allí numerosos partidarios, que defendi:!n y vo-
talJan, no óbstante, las más liberales reformas.


Por el contrario, las córtes de 1820, producto esclu-
sivamente de un partido, resultado de la lucha entre el
trono y la revolucion, dieron á sus discusiones y á sus
actos el tinte revolucionario, el carácter anárquico y
trastornador del partido que representaban.


Por eso los diputados de 1820 á 1823, en contraposi-
cion de los de 1810 á 1814, declamaron más que discu-
tieroa; oprimieron más que' administraron; fueron, en
suma, más revolucionarios que filósofos, más partida-
rios que legisladores.


Por eso sus discursos no eran las disertaciones enci-
clopedistas de los primeros diputados de Cádiz, sino co-
pias, más ó menos felices, más ó menos oportunas, de
las declamaciones apasionadas de los constituyentes
franceses.


Las córtes de 1810 tenian algo del Senado romano:
sus oradores principales conservaban algunas reminis-
cencias de la oratoria clásica y solemne de Ciceron. Por
el contrario, en las cÓl'tes de la segunda época constitu-
cional, habia cierta semejanza en un principio CO~1 la
asamblea legislativa, y últimamente con la convencion
francesa; Mirabeau y Robespierre tenian en ellas admi-
radores y discípulos.


Ya hemos dicho que el congreso de 1820 y los que en
aquellos tres años se reunieron, pertenecian á un solo
partido, al partido liberal, y que eran el resultado de la
victoria contra el pouer real y el sistema absoluto.


Natural y forzoso era que al apoderarse del mando
los afortunados revolucionarios de 1820 tratasen á sus




CÓRTES DE 1820 A 1823. 235


contrarios con h opresion y tirania de conquistadores.
Asi es que las cúrLes de .que nos ücupamos dieron más
importancia á los hechos que á las ideas, á las personas
que á los principios, :1 la rovol ucion q 11e al gobierno.
De ahí el que en su marcha polítiea destruyesen sin ecli-
ficar, al revés de las cortes de Cádiz, que edificaron des-
tn.;.yendo.


En realidad, el objeto que se propusieron las cortes
de 1820 no rué, ni por entonces debió ser otro, que la
restauracion ele las reformas establecidas por sus ante-
cesores, sistem:í.tica y violentamente anuladas por los
absolutistas en ifH4.


Si al restablecer ahora aquellas reformas se hubiese
introducido en ellas cuantas modificaciones aconsejaban
las circunstaneias y la esperiencia; si al plantearlas de
nuevo hubiese dominado á los modernos legisladores el
espíritu de conciliacion y tolerancia quc debe presidir
siempre en los cambios politicos; si se hubiese practica-
do el sistema representativo, despojado de la violencia y
la veng:>nza, las córtes de 1R20 habrían Ee12aclo su ve1'-
da(lera y patriótica mision, haciendo más simpática la
causa qne dcfemlian y proclamaban, evitando nuevas
cattistrofcs al país, y aaclanta~;c1o la reorganizacion polí-
tica y soci::tl q no t.anto necesitaba.


Otro rumbo muy c1istido y altamente peligroso ac1or-
taron los congresos ¿le 1820 á 1823. Dando alas á la
anarquía, proelamada como ley por las sociec1ad~s sc-
cretas, tratando genoralmente con desden y hasta con
cncono ;1 la persona elel monarca, en pugna casi siempre
con el poder ministerial, irritando y oprimicLdo á las
altas clases con yiolertn,s y poco meditadas reformas, ni
pndieroll consolidar el nuevo órden de cosa,,;, ni propor-
(;¡ol1,lr mejoras positivas y estables al país.




236 CÓRTES DE 1820 Á 1823.
Por estas causas y por la guerra sorda y encarnizada


que sos tenia el rey contra las córtes y su sist~ma, tuvie-
ron estas que vivir en lucha constante con sus numero-
sos y osados enemigos, sin tiempo para dar leyes, sin
calma para discutir las reformas á su aprobacion some-
tidas.


Divididas profundamente desde un principio, al con:-
pás de la nacion, por partidos y banderías, eran sus dis-
cusiones más animadas, más personales que las de bs
córtes de Oádiz.


Más prácticos los diputados de 1820 en la marcha del
gobierno representativo, más conocedores de las fórmu-
las parlamentarias, acostumbrados algunos de ellos i
presenciar las asambleas de otros paises, y empapados
en su mecanismo, en sus prácticas y en su oratoria, no
eran ya los académicos, los eruditos, los filósofos de
1810, sino los fogosos declamadores, los improvisadores
apasionados, los diputados de los parlamentos modernos,
brillantes, elocuentes y espresivos.


Oomo consecuencia de sus adelantos en la ciencia del
gobierno representativo, en las prácticas parlamentarias,
en el mecanismo de la p;)lítica palpitante, eran sus dis-
cursos más sobrios y más intencionados, más políticos
que filo~óficos, más provocativos que razonados, mas
deslumbradores que lógicos.


Abundaban por la misma causa las interpelaciones al
gobierno, desconocidas en las córtes de 1810, al menos
en la forma, y preferíanse los debates políticos, los de-
bates de circunstancias, á los administrativos y econó-
micos.


Las luchas entre las per~;onas habian sustituido á las
luchas de los principios, y el espíritu de partido domina-
ba por completo en las asambleas de la segunda época




CÓRTES DE 1820 Á 1823. 237


constitucional. El elemento moderado y el 'democrático
ó demagógico pugnaban en ellas encarnizadamente por
dirigir el gobierno de España y consolidar el restauradu
sistema r8presentativo.


Más conocedores los moderados del carácter y creen-
cias del pueblo español, más escarmentados por las per-
secuciones anteriores, más desengañados por los años y
la dcsgracia, hacian notables esfuerzos por establecer un
gobierno representativo con el conveniente equilibrio
de los poderes públicos, sin notar que le ponian como
base la constitucion de 1812, con la cual era imposible
toda amalgama, toda 3.rmonía entre el poder legislativo
y el ejecutivo, entre el trono y el pueblo.


Más jóvenes los exaltados, con más ilusiones y can-
dor político, más dominados por las ideas democráticas
de la revolucion francesa, procuraban fundar en la Pe-
nínsula una república disfrazada de monarquía, en con-
traposicion de aquellos que aspiraban á establecer, acaso
sin queredo, una monarquía disfrazadq, de república.


Definidos el carácter y deseos de los dos partidos que
componian los congresos de la época que vamos rese-
flando, fácilmente se comprenderán sus apasionadas lu-
chas, sus contÍnuas vacilaciones, sus tempestuosos de-
bates.


Lleváronse en ellos la palma de la oratoria los mode-
rados ó doceafíistas, probando lo que entonces y aun
hoy se cree difícil, si no imposible; y es que pueden pro-
ncnciarse en las asambleas deliberantes discursos tan
elocuentes, tan arrebatadores, tan levantados, uefcndien-
do el órden, la ley y el gobierno, como los que suelen
pronunciarse por algunos tribunos en defensa del pue-
blo, de sus derechos y de la libertad.


Pruébanlo bien claramente las magníficas peroracio-




238 CÓRTES DE 1820 Á 1823.


nes de Mal'tinez de la Rosa, T01'eno y Argüelles, cuau-
do fué ministro, y otros diputados conservadores, que
conquistaban aplausos por sus arranques declamatorios
y sus pensamientos poéticos y elevados.


Hemos indicado ya que las córtes lle la segenda época
constitucional tuviercm que vivir en lucha abierta y cons-
tante con enemigos irreconciliables y poderosos, como
eran el rey, el clero, la nobleza, y los !lumerosos y atre-
vidos partidarios del régimen absoluto. Por esta razon
se ocuparon más de política tiue de administracion, y
por consecuencia habia en sus debates más pagion que
gravedad, y en sus acuerdo') más precipitacíon que
aciertJ.


Estas cualidades sobresalian más, cuanto más gran-
des y más próximos eran los peligros que las amena-
zaban.


Por eso las últimas córtcs de a(luella época, despoja-
das lle su ca l'ácter deliberante, de su tranquilo aspedo
de cuerpo legislativo, convil'tiéronse en una aS~1Tnhle'1 re·
volucionaria, tan osaaa y decidida e01110 la eonvencíon
francesa, y tan resuelta como esta á jugar el todo por el
todo, á defenderse y salvarse de toda e1ase de enemigos,
ó á sucumbir primero que ceder una línea en sus prin-
cipios y aspiraciones.


Desafiando con una arrogancia digna de mejor suer-
te las iras del monarca y de sus numerosos partidarios,
y el enojo ele L1,s potencias europeas conjuradas en la
completa ruina de nuestro sistema representativo, ejer-
cieron aquellas córtes el acto más at,'eviclo y trascenden-
tal de la revolucion española: el destronamiento tempo-
ral de Fernando VII. Atentado qIle manifiesta con clari-
dad el verdadero carácter de aq nenos legisladores: el de
revolucionarios sin plan y sin objeto; r1e ahí el que su




CÓRTES DE 1820 Á 1823. 239
temerario acuerdo tuviese más de ridículo que de ter-
rible.


Se comprende muy bien que en momentos decisivos
y apurados, como los que pasó en ciertas ocasiones la
convencion francesa, ó los que atravesaron las córtes de
Sevilla en 1823, la revolucion se desboque y atienda
únicamente á su propia conservacion y á su futuro triun-
fo. En ese caso nada tiene de estraño verla destronar
monarcas, arrastrarlos al cadalso, apoderarse del mando
supremo, y ejercerlo por medio del terror, único recurso
de conservarlo a]gun tiempo.


Cuando la revolucion, siendo lógica con su ambicion
y S:lS instintos, se con vierte en verdugo, h3.y víctimas
como Cárlos 1 de Inglaterra y Luis XVI de Francia.


Las cortes revolucionarias de Sevilla no tenian en
aq ud apurado trance más q ne dos caminos: Destronar
definitivalllente y para siempre á Fernando, y dar el ce-
tro á otro príncipe, ó proclar.:tar la república y reunir sus
ejércitos, y encender la guerra civil, y triunfar ó morir
en el campo; si esto no, convencerse de que España era
más ab·;olutista que liberal; y dejando al rey en Sevilla,
someterse á la inflexible ley ele las circunstancias y
abandonar la Península, como lo hicieron en Cádiz, y es-
perar en estranjero suelo que esas mismas circunstancias
les preparasen de nuevo el camino para vol ver á ensayar
sus principios y poner en práctica su idolatrada consti-
tucion.


No siendo capa~ nuestra revolucion de seguir el pri-
mer estremo de violencia, y de cuya incapacidad debe-
mos felicitarnos todos, debió adoptarse el segundo, y
mostrarse resignada y no vengativa, prudente y no des-
(~sperada.


Por lo que dejamos espuesto se comprenderá que los




240 CÓRTES DE 1820 Á 1823.
Gebates de las córtes, cuya biografía vamos tratando,
fueron pJr necesidad agitados, violentos y borrascosos.
La oratoria parlamentaria habia hecho grandes adelan-
tos en nuestros congresos, cuyos oradores sustituian en
sus discursos al método escolástico, á la forma académi-
ca de los legisladores de 1812, el tono declamatorio, el
tinte tribunicio de los modernos parlamentos.


Por esta razon eran sin duda más eloc'lent8s los di-
putados de la segunda época constitucional, si no tan eru-
ditos y filósofos como los de la primera, porque su elo-
cuencia era la que brota del corazon, la que nace del
sentimiento, y sus discursos menos metodizados, menos
artístIcos, eran en cambio más intencionados, más vivos,
más deslumbradores.




MARTINEZ DE LA ROSA.


Así como en el órden histórico hay acontecimientos
que simbolizan un siglo, en el órden ;.noral hay tambien
personajes que dan nombre á una época, sintetizando en
su persona los sucesos, las ideas y los adelantos ó las
desgracias que la caracterizan.


En política, principalm.3nte, es donde pueden apli-
ca!'se con mas exactitud las anteriores observaciones,
porque en política están ~iempre más en relieve las per-
sonas que las ideas, los nombres que los hechos. Impo-
sible es recordar la república de Atenas, sin que se pre-
sente á la imaginacion la majestuosa figura de Demós-
tenes, ni pensar en el Senado romano sin acordarse de
Ciceron, ni hablar de la revolucion de Inglaterra sin
nombrar á Cromwell, ni referirse á la asamblea legis-
lativa francesa sin alabar á Mirabeau, ni recordar la re-
volucion de aquel pais sin ocuparse de Robespierre.


No es nuestro ánimo, al mencionar á los personajes
anteriores, establecer comparaciones entre ellos y el per-
sonaje espaüol cuya biografía vamos á trazar. Solo pre-
tenuemos probar con esas citas, que cn todos los paises
han ex.istido hombres que por sus vicios ó sus virtudes,
por sus hazañas ó por su talento han dado su nombre á


t6




242 l\JARTINEZ DE LA ROSA.
la época en que han vivido, resumiendo en sí la hiRtoria
de una nacion y la vida política de un pueblo. Est,o exac-
tamente sucede con el Sr. lUartinez de la Rosa respecto
á ciertas épocas de nuestra moderna revolucion, y es-
pecialmente á la segunda del gobierno representativo,
cuyos oradores vamos á presentar en esta galería.


¿Y por qué, se nos dirá, ese privilegio en favor del
diputado granadino, anteponiendo su persona á la de
otro orador más elocuente, más notable en aquella mis-
ma epoca, al no menos famoso representante, en 1822,
Alcalá Galiana?


La raZOll es muy obvia, y muy fundada la causa de
la importancia y preferencia que al Sr. Jlal'tinez de la
Rosa atribuimos. Este era en la época mencionada la
encarnacion viva del gobierno representativo; el símbolo
d8 esa forma de gobierno ba~;;ada en el justo y prudente
equilibrio de los públicos poderes; el planteauor, el 01'-
ganizador de la monarquía constitucional en España,
fundada en la amalgama de la libertau y del órden, en
la estrecha union del trono y del pueblo.


Alcalá Galiana, por el contrario, era únicamente el
representante más terrible, si bien más brillante, de la
anarquía política, del desgobierno, ue la revolucion su-
cial, estéril, perjudicial é inoportuna.


A las ideas sensatas de J.lfartinez de la Rosa en la
ópoca de los tres aúos, á su templado liberalismo, á sus
principios monárquico-consp.rvadores, á su constante de-
fensa de las verdaderas prácticas parlamentarias se de-
bió entonces el conocimiento del gobierno representati-
vo, y más tarde, merced tambien á sus esfuerzos y dis-
cursos, su planteamiento en la Península, si no tan per-
fecto y acreditado como Martinez de la Rosa se propo-
nía, al menos, eon elementos de larga existencia y con




MARTll'iEZ DE LA nOSA. 243
muchas probabilidades de ser con el tiempo tan estable
y provechoso como en otros paises.


Justificada la importancia de Ma1·tinez de la Rosa en
la política espaüola de los últimos tiempos, pasemos á
bosquejar su retrato como político, como hombre de go-
bierno y como oraJol' parlamentario.


Diputado por primera vez en las córtes ordinarias de
1814, colocóse desde el primer dia al frente del bando
liberal, que lleno de fé en el porvenir de la patria lu-
cImba ya C0n numerosos y formidables enemigos, por
sostener las reformas planteadas por los constituyentes
de 1812, y por practicar con un rigor, con una inflexibi-
lidacl inoportuna é inconveniente la recien jurada consti-
tuclon.


Sus ideas políticas resentíanse entonces de csa exa-
geracion propia de los pocos años, de ese afan de la ju-
ventud por precipitarse en el descubrimiento de mundos
desconocidos, ele esa manía de reformas que se apodera de
los pueblos cuando salen de una situacion estacionaria y
opresora, como la que acababan de derrocar el alzamien-
to elel Dos de mayo y las córtes constituyentes de Cádiz.


La desgracia y los años calmaron la exaltada imagi-
nacion del eliputaa.o granadino, modificaron sus ideas po-
líticas, y con más práctica, con mas conocimientos, con
más estudio ele la ciencia del derecho público constitu-
cional viósele aparecer en la escena en 1820, y dar co-
mienzo á su verdadera vida parlamentaria, adquiriendo
esa reputacion de político y de orador sobre todo que ha
constituido hasta hoy, y constituirá siempre, una de las
más puras y más envidiables glorias nacionales.


En la época que vamos reseñando, la más honrosa y
más célebre de la vida pública de Martinex de la Rosa,
probó con sus actos y con sus palabras un3, cosa ignora-




244 lIIARTINEZ DK LA ROSA.
da de todos é imposible para muchos de los políticos de
entonces, y era que se puede ser liberal sin ser revolu-
cionario, que las prcrogati va s del trono en los gobier-
nos constitucionales no se oponen á los prudentes dere-
chos del pueblo, y que, como decía elocuentemente el
mismo seüor j}[al'tinez de la Rosa en la famosa sesion
conocida por la de las Páginas, defendiendo al Gobierno
se defiende tcunbien la libertad.


En esta frase tan sensata como significativa, pucde
decirse qGe se ha encerrado siempre el sistema político
del diputado cuya biografia estamos trazando. En su
dilatada carrera política, ya como gobernanle, ya como
representante de la nacíon, sus actos, sus ideas, sus con-
sejos no han tenido otro objeto que fortalecer el princi-
pio de autoridad sin menoscabar las garantías populares;
sostener el poder real sin detrimento del poder legisla-
tivo; dar prestigio y fuerza al Gobierno sin encadenar :1
la nacion: defender el imperio de la ley, sin abogar por
la arbitrariedad; hermanar, finalmente, la libertad y el
órden, armonizar los derechos con los deberes, sobrepo-
ner á todo la constitucion del Estado, y asegurar la paz,
aun á costa de sacrificar en parte las opiniones y los
principios.


Con este credo político que sirvió en 1820 de bande-
ra al partido moderado, y á la sombra de la cual ha ido
organizándose en tiempos posteriores el bando conserva-
dor, hizo frente el Sr. llIa1'tinez de la Rosa á la desen-
frenada revolucion, á la espantosa anarquía de la segun-
da época constitucional, evitando muchas desgracias, y
sacrificando con plausible abnegacion su alltigua popu-
laridad, y esponiéndose como en 1822 á Sér víctima Jel
asesino puñal de las sociedades secretas.


Muy pocos, acaso ninguno de nuestros personajes po-




~IARTlNEZ DE LA ROSA. 245
líticos, ha sido mas consecuente en sus principios ni más
constante en la defensa de sus opiniones. Habrán podido
l:ls circunstancias obligar en ciertas ocasiones á ilfarti-
nez de la Rosa á flojear un tanto en Ir. defen::;a de su
sistema; pero no ha habido nunca poder bastante ni en
el trono ni en la revolucion á conseguir que abdicase en
lo más mínimo de sus principios de templado liberalis-
mo, de sus ideas mon{l.fCplÍcn-constitucionales.


Cosa estraña parecerá que un hombre tan severo en
política, tan inflexible en sus principios, tan tenaz en sus
opiniones, haya sido como gobernante débil á veces,
contemporizado!' en demasía, tímido é irresoluto ea no
pocas ocasiones.


y 1:0 es en verdad porque su carácter como hombre
adoleciese de esos defectos. Al contrario: pocos de nues-
tros políticos han dado en momentos de peligro p~'nebas
más patentes eJe valor personal, muestras ele mayor osa-
día, l1e más serenida(l, de más entereza de corazon. Solo
poseyendo un valor cívico que rayase en la temeridad,
podb apostrofar osadamente a las turbas populares al
dia siguiente en que se l~brára por milagro de sus puña-
les como en 1822, ó arrojarse entre los grupos de amo-
tinados que pedian su cabeza en 1835. Pues bien; á pe-
sar de su estraonlinario arrojo para resistir, estaba
dotado el Sr. J.}lartinez de la Rosa, cuando era gober-
nante, de una inconcebible cobardía para aCO:llcter. Oon
valor para dejarse matar en el banco del ministerio por
defender la ley y sostener sus principios, era incapaz de
adoptar una medida violenta, de apelar á un golpe de
auc1ácia y de osadía para conjurar un peligro, para des-
baratar una ccnjnracion.


¿ Era esto prudencia, era miedo, era un respeto es-
crupuloso á la ley? No, ciertamente. Era que Martinez




246 MARTINEZ DE LA ROSA.
de la Rosa, como ministro, no conocia la ciega ambicion
de los partidos, el poder de las circunstancias, las aspi-
raciones de la revoluciono Político de buena fé, poco co-
nocedor del mundo, hombre de ilusiones, creia qtW la
bondad de las ideas puede sobreponerse siempre á la
ambicion de las personas, y que en los partidos políticos
ejercen más influencia los principios que los cálculos, la
ley que el egoismo, la conveniencia pública que la va-
nidad individual. De aquí el que haya querido atajar
siempre á la rcvolucion con halagiicftas concesiones, el
que haya tratado siempre de calmar un motin con un
decreto en sentido popular, sin acordarse de los consejos
de guerra.


Resultado de esta irresolucion en acometer, de esta
cobardía en el obrar, ha sido que en los distintos minis-
terios del Sr. 1J!Iartinez, de la, Rosa haya triunfildo siem-
pre la revolucion, y hayan sobrevenido hondas perturba-
ciones, que otro espíritu más entero, otrn, mano más
fuerte hubiese podido fácilmente coujurar.lléstanos ocu-
parnos del 51'. llIartinez, de la Ro/m como orador, y por
cierto que esta ha de ser siempre la tarea más grata para
el historiador ó para el biógrafo.


Galano en la frase, metódico en el raciocinio, claro en
la esposicion, ordenado en ]a forma, el famoso diputado
granadino figurará siempre en los fastos parlamentarios
espafloles como uno de los oradores más simpáticos, más
fáciles y más fecundos.


Su oratoria no es la del sentimiento, sino la oratoria
de la persuasion; por eso sus discursos con vencen y no
entusiasman, recrean y no irritan. Sin una imaginacioG
fogosa, pero dotado de un talento claro y de bien orde-
nada instruccion, el Sr. Ma.rtinez de la Rosa era más
razonador que elocuente, y sus peroraciones pecaban un




;\IARTINEZ DE LA ROSA. 247


tanto de académicas, por lo metódicas y bien pensadas.
Otra cualidad poseia el orador de quien nos ocupa-


mos, y era la lW1.S difícil por cierto: la de la igualdad.
Sus discursos, largos por lo general, rara vez decaian del
tono elevado de la buena oratoria, rara vez bajaban de
la altura en que desde las primeras frases el orador se
colocaba; yeso que, amplificador con frecuencia y ana-
lítico por costumbre, desleia :1 vcees un pensamiento más
¡le lo que convenia á la forma del discurso ó á la situa-
clon del auditorio.


No era esto un obstáculo para que en alas del senti-
miento ó de una eonviccion profunda se remonta,se hasta
una consideracion de trascendencia, hasta un arranque
de patriotismo, hasta un apóstrofe de verdadera elo-
cuencia ..


Nada más bello por la frase, más elevado por el pen-
samiento, que la siguiente esclamacion: « ¡No, no veo la
imágcn de la libertad en una furiosa bacante recorriendo
las calles con hachas y alaridos; la veo, la respeto, la
adoro en la figura de una grave matrona que no se hu-
milla ante el pod.er, que no se mancha con el desórden! ))


No menos notable que las anteriores fueron las frases
con q uc el 51'. Martinez de la Rosa anatematizaba los
escesos de la revolucion: "Todos estamos convencidos,
decía, de que no hay lihertad sin órden, y de que, si al-
gunos individuos se creyesen autorizados para ejercer
la justicia por su mano y sobreponerse á las leyes, seria
un insulto el decir á los espaiioles que viven sujetos á la
sombra de la constitucion, y la libertad seria en breve
como esos fuegos fatuos que se levantan sobre los sepul-
cros. ))


y en otra ocasion: (Pero, ¿quién es, pregunto, quién
es el que puede unir las elos ideas ele constitucion y pu-




248 MAl\TlI'iEZ DE LA ROSA.


ñales? La constitucion se defiende con la noble espada de
a ley, más no con el arma alevosa de los asesinos.»


Pero estos arranques declamatorios no eran muy fre-
cuentes en las peroraciones del Sr. Martine:;; de la Rosa.
Sus discursos más floridos que vigorosos, más convin-
centes que agitadores, no sublevaban á una cámara, pero
la preparaban en cambio para una votacion.


Su oratorh era la del hombre de Estado, la del mi-
nistro ó jefe de una mayoría, más no la del tribuno, la
del oposicionista.


Más i propósito el orador-poeta para defenderse que
para acometer, ni le provocaban sus enemigos ni le te-
mian. Los dardos oratorios, envueltos en una frase poé-
tica, en un concepto alambicado, entre flores y adornos
de estilo, no llegaban á los bancos de en frente, y si por
casualidad tocaban al contrario, no solo no se clavaban
en su corazon, sino que ni aun le atravesahan el frac.


Solo en una ocasion hemos visto al SI'. ilfartinez de
la Rosa abandonar su oratoria ministerial, suave y flo-
rida, y adoptar el lenguaje mismo de ]a oposicion, si no
agresivo y provocador, como el que ella usaba, intencio-
nado y grave como á su posicion y carácter correspondia.


Nos referimos á la célebre legislatura de 1838, en la
que, defensor como siempre del gobi8rno y del partido
moderado, de que era digno jefe, no solo defendia sus
actos y sus principios, sino que atacaba á la vez á sus
contrarios, echándoles en cara lo infecundo de su domi-
nacion, lo perjudicial y trastornador de sus ideas y as-
piraciones.


Sentado en la punta de la tercera fila del centro iz-
quierdo, levantábase con frecuencia á combatir con una
numerosa y encarnizada oposicion, lanzándole los tiros
más certeros, y oponiendo á sus envenenadas flechas el




MARTINEZ DE LA ROSA. 249


impenetrable escudo de su elocuencia, de su raciocinio
y de su lógica.


Nunca se levantó á mayor altura el Sr. Martinez de
la Rosa ni como orador, ni como político, que en las
discusiones ardientes de aquel congreso. Imponderable
efecto causaban en el auditorio las palabras de libertad,
de órden y de justicia que brotaban grave y solemne-
mente de sus labios, conmoviendo y agitando al audito-
rio con aquellos periodos rotundos, con aquellas frases
sentidas y elevadas, con aquel estilo pausado y grandi-
locuente, con aquella elocuencia en fin, hija de una
im~ginacion lozana, de un talento profundo, de una con-
ciencia pura.


Al ver la agitacion de su blanquecina cabellera, sus
vivos adcm<lnes y su apostura arrogante 8in provocacion;
al percibir aqnellas modulaciones de voz, tan en armo-
nía con las palabras y con las ideas de sus discursos; al
escuchar aquellas grandes verdades, aquellas sentidas
efusiones de patriotismo, remontábase la imaginacion á
los tiempos pasados, y creia estar escuchando á los famo-
sos oradores de la ~ntigüedad, en el Ágora de Atenas ó
en el Forum de Roma.


'Tal es, á grandes rasgos trazado, el retrato del señor
Martine;:, de let Rosa. Huyendo de los inmerecidos elo-
gios que le han tributado sus partidarios, y de las injus-
tas censuras con que le han per3eguic1o sus enemigos,
hemos procur~o marcar su fisonomía política con los
toques más exactos y con el colorido más verdadero que
la historia nos suministra. Pocos como el Sr. jUartine;:,
de la Rosa han sido en nuestras revueltas civiles objeto
de más alabanzas y vituperios. Ni de unas ni otros era
merecedor, segun confesion propia.


En lo que 11, envidia y la calumnia no pudieron 111ll1-




250 DISCURSO SOBRE


ca hincar su venenoso diente, fué en su honradez. Aun-
que careciese de otras virtudes, ella sola bastaba para
que fuese siempre su memoria á los ojos de la posteridad
digna de consideracion y de respeto.


Más bien que como hombre de Estaüo, como orador
de parlamento, como literato, figura en primera línea el
nombre del Sr. llfartinez de la Rosa en los fastos de
nuestra moderna revolucion, como maestro de los mo-
nárquicos constitucionales, como iniciador del gobierno
repreRentativo en España, como creador y jefe del par-
tido moderado español, que como el de Francia á Casi-
miro Pél'ier, debe al Sr. Martinez de la Rosa su exis-
tencia política, su bandera, sus errores y sus glorias.


«(Ilustres Próceres: En 1. de abril próximo pasado, cuando los
secretarios del despacho tuvieron la honra de proponer á S. M. la
reina gobernadora la restauracion de las antiguas leyes de la monar-
quía, como el cimiento más firme para asegurar el trono y hermanar
la causa de este con la libertad y derechos de la nacíon, espnsirron
á S. 1\1. las poderosas razones que habia para la conmcacion de las
córles generales del reino, con arreglo á nuestras antiguas institu-
dones, y con solo aqucllas rcformas y variaciones que exigia la mu-
danza de tiempos y de circunstancias.


)) Entre laR varias razones que entonces espusieron, fueron unas
de las principales las signientes: (Leyó). ((Ante las córtes generales
ndel reino, con el libro de la ley en la mano, de l.í¡. manera más so-
»lemne de que se halle ejemplo en los fastos ele la monarquía, se es-
llpondrá á la faz de la nacion y del mundo hl conduda del mal acon-
llsejado príncipe, que promoviendo la discordia civil y aspirando á
))usurpar el trono, provoca más y más cada dia las medidas severas
»que puede emplear legítimamente la nacion para su resguardo y
))defensil..


»La reunion de la~ l;órles del reino es el único medio legal, re-




LA ESCLUSlON DE D. CÁRLOS. 251
lJconocido, sancionado por la costumbre inmemorial en semejante::;
ncasos, para acallar pretensiones injuslas, quitar armas á los parti-
»dos, y pl'OImnuiox un fallo irrevocable que sirva de fianza á la paz
l) fulllra del Estado.» Esto deeian los secretarios del despacho en 4 de
abril del presente año. S. M. la reina gobernadora, al abrir las
córtcs gcnerales elel reino, en aquel dia que será para siempre me-
morable en los faslos de la nacion española, se dignó decir que el
asunto que hoy va á ocupar la atendon de este Estamento, seria uno
de los primeros que se someterian á la decision de las córles; porque
él es sin duda el de mayor gravedad é ímportancia.


))1,08 secretarios del despacho, deseosos de obedecer con aquella
soberana resolllcion y mandato, y tratándose hoy del dictámen de la
comision sobre la medida propuesta pOI' el gobierno, en los térmi-
nos más claros y precisos, de la e3clusion del Sr. Infante D. Cárlos
y de su descendencia de la sUGesion al trono de España, vienen á
oum plir con a,c¡uella ¡¡rom es'!. solemne elel trono, vienen á llenar esta
ohligacion, si bien con cierta especie de lemor y respeto que es
inherente al negoeio presente por las personas de que en él se trata;
porr¡ne en llegando al pi6 de los escalones del trono, no puede si-
qlliera tOllarse á sns cimipntos, aunque sea para robusteeerle, sin que
~[) conmueva algLln tanto el edifieio de la sociedad.


»Los secretarios del despacho reconocieron como un principio
indndable que esta materia, esta Inedida de tanta trascendencia, per-
tenecia esclusi\'ümpnle á las córtes: principio derivado de nuestras
Icye~, sancionado por lo, costumhre, rolmstecido por la práetica de
oLras naciones, fundado eu la justicia y conveniencia pública, que re-
cl1man rjUP' aquellas personas que deben sel' las más interesadas en
el bieu8slar y felieiclad de la nacion, sean las que decidan en tan im-
portantes cuestiones.


)):\0 so trata por forluna de ventilar aquí una cuestion entre dos
aspirantes al trono. Los derechos de nuestra reina no pueden ser
eontroycJ'ti(]ns: se apoyan en la costumbre inmemorirtl, en la práctica
inconcusa de tantos siglos, en los ejemploR no interrumpidos de
nnflslra. hisl,orirt, y en las disposiciones fundamentales de nuestra le-
gislacion. Estos derechos fueron sancionados en nuestras córtes al
reconocer y jurar lJOlIlO heredera del trono paterno á la reina nuestra




252 DISCURSO SOBRE


señora; y recibiendo el consentimiento unánime de la nacion, son tan
firmes y valederos que bastan para acallar como injustas todas las
pretensiones, y para desarmar á los partidos. Más como no se puede
desconocer que, á pesar de las leyes que han servido siempre para
arreglar la slIcesion en Ec:paña, ese mal aconsl,jado prínuipe se atreve
hoy á querer disputar la corona; como la sucrte del Estado no debe
nunca quedar espuesta á los azares, ni ponerse á riesgo la nacion
(por una série de fatalidades) tí ver desaparecer en un dia sus insti-
tuciones, su ventura, hasta sus esperanzas, debemos tratar hoy do
cerrar la puerta tí todo temor, y fijar para siempre el destino de
España.


» ¿ Y á quién sino á las córtes corresponde el declarar á un prín-
cipe y su descendencia escluidos del del'echo de suceder á la corO:1a?
Abrase la historia di) nuestra nacion, y veremos en ella qne cuando
por las revueltas y calamidades de los tiempo~ se han suseitado dudas
y d)sputas sobre la sucesion, cuando se ha derramado por esta ('ansa
sangre española por manos e"plñolas, no ha habido más mellio de
decidir tan importantes cuestiones que 11S c6rtes; las cÓl'tes, qne se
han mirado siempre corno el áncora de salvacion, cuando ha snfrillo
recias tormenta~ la nave del Estarlo. Ante su voz augusta se han aca-
llado los clótmores de los partidos; contra su constancia y firmeza se
han estrellado hs injustas tentativas, las infundadls pretensiones. Se-
rian muchos los ejemplos que pudiera citar de nuestra historia; pero
bastará recordar lo ocurrido en tiempo de los hijos de D. Fernando
de la Cerda, yen tiempo de la reina doña Isabel, cuyo solo nomhre
despierta tan gloriosos recuerdos, y parece que alienta ú la rSI1P-
ranza .....


))Se verá siempre que cuando lIlás peligros ha corrido el Estado,
se ha recurrido con3tanternente á las eól'tes para atajar la avenida de
males, y salvar al mismo tiempo á la nacion y al trono. No cabia ni
cabe otro tribunal más solemne, más .iusto. y no se crea por lo que
digo que sea esta una causa que se haya de fallar con arreglo {t lo
prevenido en los códigos; es una de aquellas causas en que los esta-
dos, por el instinto de su propia conservacion, tienen que pronunciar
el fallo.


»'lirando, pues, bajo este aspecto la cuestion presen te, entremos




LA ESCLt:!310N DE D. CÁRLOS. 253


á observar cuál ha sido la conducta del príncipe, y á presentarla bajo
este punto de vista; y cotejando la conducta con las leyes, obsel'vare-
mos que ha sido una violacion manifiesta de todas ellas.


nEs t:osa singular que ya desde el año de 1822, al primer anun-
cio de rracciones políticas, se oyó proclamar, á la sombra del nombre
del señor infante, lIn pl'incipio de oposicion á la autoridad soberana,
si bien bajo el pretesto de darle más firmeza y en~anche.


n No entro en la cuestioIl de cuáles fueséln en aquellos dias sus
miras é intenciones; y llamo solo la atencion á que so color entonces
de robustecer á h potestad real y re~ntPgrarla, como se decia, en la
pleni tud de sus derechos, se ve ya á este príncipe presentando un
punto de reunion ó apoyo; sobl'eviniendo despues los sucesos que
trastornaron aquel sistema politico, cualesquiera que fuesen las cau-
sas que á ello contribuyeron.


)) Despues de restablecido el trono en lo que se llamó entonces pie
nitud de sus derechos, vemos renacer ar¡uel mismo partido, del cual
se pudiera decil' (segun la espresion de un monarca ihlstrado) que
Ijufria ser lIuíl' realista que el rey; vemos reaaCllr á ese partido más
in'~orregible, más alldaz, más opuesto á todo lo conveniente á la fe-
liciLlad de la ¡Bcion; constante en sus errores, en sus odios, en sus
renganz:ls.


)) Ya entonces ese partido se presenta en España abiertamente;
invoca el nombre de este príncipe, y levanta con descaro la bandera
de la rebelion. No PI\! la cuestion de que se trataba la de la sllcesion;
no la de si tenia más derecho la línea masculina de D. Cárlos que la
de las hembras: para subir tll trono era necesario arrojar con violen-
cia al que estaba en él sentado.


nPoco tiempo habia tr:lscurrido, cuando vemos que al frente de
este partido se presenta un jefe tlventurero proclamando al mismo
príncipe, sin que este jamás haya dicho á la faz de la nacion: ((yo no
soy cómplice de tales atentados.))


nDespues de esta tentativa malograda, vemos deBplegarse aun
UIl plan más estemo en una provincia que por su localidad, por el
ca,rácter belicoso y decidido de sus habitantes debía infundir los ma-
yores recelos al gobierno; se intenta la sublevacion en otras provin-
cias, como en la de Sevilla, donde por fortuna se apagó en un dia con




254 DISCURSO SOBRE
severidad y firmeza; yen la de Granada, domle no prendió el fuego
por falta de alimento.


l¡'foJas estas tentativas para lanzar al monarca legítimo Jel tro-
no, se hicieron en tiempo en que no tenia lugar la cuestion de suce-
sion; cuando el príncipe de que se trata era el sucesor inmediato,
cuando tenia fundadas esperanzas de poseer legalmente la corona.


)) Vimos entonces otro espectáculo doloroso, estraño; vimos á la
misma autoridad real presentarse; no C0:110 mediadora, sino péll'él evi-
tar el castigo de los delincuentes, estendienclo los brazos para sal-
varlos. No se trató de meditar los resultados pollticos de tal comluc-
ta, ni da prevenir los males para un plazo müs Ó mellaS lejélno; el
gobierno cerró los ojos para no ver el abismo á que le conducian; se
hizo cómplice de sus enemigos; se suicidó.


))Entre tanto el ambicioso príncipe, encubricndo sus miras, aGe-
chaba la ocasion oportuna; ¿pero qué momento esperó? Una gravísima
enfermedad en que el monarca se hallaba al borde del sepulcro; y
precisamente en aquellos instantes que escitan la lástima y compasion
aun en las almas indiferentes; en aquellos momentos se ülTanm ül
monarca una declaracion para desheredar & sus hijas. El engaño, las
amenazas, el triste anullcio de Ulla guerra próxima á estallar en el
reino, de todo se echa mano para el logro del criminal intento, sin
que tenga que detenerme á presentar un cuadro que ha quedado con-
signado en la historia por un documento tan solemne como ladcclara-
cíon del mismo monarca, hecha delante de tantos testigos ilustres,
algunos de los cl,lales habian presenciado los recientes sucesos.


))El destino de España, ó más bien 18. Divina Providencia que
veh sohre los españoles, salvó por entonces el trono. Mas no se de-
sistió del intento; llevóse adelante el plan de usurpacion, aunque dila-
tándolo para más adelante, esperanrJo mejor ocasion, jnzganllo que
esta se presentaria en breve por la salud quebrantada del rey.


nRazones de politica influyeron para alejar á este príncipe del
suelo español, á fin de quitar motivos y pretestos á rJistlll'bios y con-
mociones. I1allándose en un reino vecino, sc le rJesignó despues otro
punto más lejano para su residencia con torJo el decoro debido: ¿y
qué es lo que contestó á estos mandatos? 10 quo se acaba de leer: dit'1
por escusa de su desobediencia las calamidades públicas, el cólera, la




tA ESCLUSION DE D. CÁRLOS. 255
guerra, la toma de Lisboa, y hasta pretestos de religion, de todo
echó mano: ¿para qué? para eludir los mandatos del monal'ca, para
no alejarse del codiciado trono, para Ilsté1r más cercano en el momento
en que falleciese el mOllarca, y proclamarse rey.


nSiguielldo la costumbre arraigada por siglos en España, el señor
D. Fernando VII habia dispuesto que las córtes reunidas en Madrid
jurasen á su primogénita como heredera de la corona; y poco tiempo
antes se preguntó al príncipe si estaba pronto á prestar el juramen-
to, previendo que este era el momento de hacerle descubrir por
primera vez sus designios: ¿qué cosa más natural, conociendo las le-
yes de la monarquía, que invocar las córtes para que se los decla-
rasen?


» Una de las cosas notables en la contestacíon es haber invocado
los derechos liue reclamaba, como habiéndolos recibido del mismo
Dios. Suponiendo que solo el mismo Dios podia quitárselos, rehusando
de esta manera pesar sus derechos en la balanza de la ley, temiendo
el fallo de la nacíon, intentaba poner á salvo su ilegítima causa, pre-
sentando el sello del Supremo Hacedor, cuyo nombre profanaba.


»IIay más: al mismo tiempo que el príncipe remitió esta especie
de protesta, encargaba al rey que la comunicase á los soberanos es-
tranjeros; por manera que se ve ya la tendencia de este partido á
rehusar someterse á nuestras leyes, á desconocer las antiguas insti-
tuciones de la nacían, recurriendo á los estranjeros para sostener sus
pretensiones. lIé aqul su carácter, su índole, sus mira~ é intencio-
nes; porque segun las mismas palabras de que aquel príncipe se ha
valido al dirigirse á algunos gobiernos: esta no es una cuestion de s'/(-
cesion, sino de prinCl}Jios.


llLa respuesta del Sr. D. Fernando VII estaba llena de dignidad,
y recibió del modo debido la indicacion de dar parte de esta protesta
á los soberanos.


)}Esta es una cueslion nacional, doméstica por decirlo aSi, que
nada tiene que ver con los cstranjcros; y la respuesta de S. M. con
este motivo está llena de nobleza y decoro, No se limitó á esto, sino
que di6 6rden á su ministro de Estado para que de ningun modo en-
trase en cuestiones, ni admitiese esplicaciones directas ó indirectas
acerca de este punto.




256 DISCURSO SOBRE
))Por fortuna todos los gobiernos de Elll'Opa han reconocido el


principio de que no debian mezclarse en nuestros negocios domésti-
cos; y sí un solo gabinete se creyó autorizado para protestar en ra-
zon de sus derechos al trono, protesta que hizo en tiempo de la jura,
y que habia anunciado ya desde que se publicó la Prag:nática san-
cíon en 1830; por el ministCl'io de Estado se le contestó que habia
órden espresa de S. M. para no tomar en consideracion ninguna 1'13-
clamacíon de esta clase. Siento este hecho para que se vea que el go-
bierno español ha sostenido siempre el principio de independencia
nacional; y lo he recordado tambien para que resalte el contraste con
la conducta de un príncipe que parecia apelar en Sil apoyo á la deci-
sion de los estranjeros.


))Despues de hecha esta protesta, continuó la resistencia de este
príncipe á salir de Portugal; y en el momento del fallecimiento del
rey declaró abiertamente que él era el monarca legítimo de España,
principiando á ejercer actos de su supuesta soberanía; y en los pape-
les que se le aprehendieron en Guarda, y que menciona la cornision
en su dictámen, existen varios documentos originales que prueban el
carácter que ya habia tomado de rey. En ellos se encuentran datos y
testimonios de que mientras ha permanecido en el vecino reino de
Portugal ha procueado, en cuanto le ha sido posible, llevar adelante
sus tramas, alentando á los malcontentos, y no desistiendo de sus
planes hasta que las tropas del ejército español penetraron en aquel
reino, no para mezclarse en sus disensiones domésticas, sino para
alejar a[ perturbador de nuestro sosiego, que amenazaba sin cesar
nuestra frontera.


))En el momento en que estaba á punto de caer en manos de
nuestras tropas, huyó, y se salvó en Evora.


»A la entrada de las tropas españolas en Portugal aun no se ha-
bia celebrado el tratado de la cuádruple alianza; y cuando se ratificó
en Lóndres, ya estaba espulsado del territorio el usurpador do aque-
lla COl'Ona, y se hallaba ['establecida en el trono la legítima soberana
de aquel reino. En uno de los artículos de dicho tratado se establecia
(siguiendo los sentimientos nobles do S. ~L la reina g'obel'lladora, y
condescendiendo con la generosa intercesion de sus augustos aliados)
que al príncipe D. Cárlos se le señalada una asignacion decorosa




LA ESCLUSION DE DON CÁRLOS. 251
para durante su vida, bajo la condicíon de no elegir para lugar de su
residencia ningun punto que pudiese inspirar justos recelos al gobier-
no de S. M., Y que no habia ue valerse de los mismos auxilios que
recibia en eontl'a de sn patria. Se veja aqnel príncipe vencido; se veia
espulsQuo del reino que habia escogiuo por asilo; se veia en un buque
estranjero; pero S. M. la reina gobernadora no miró á la situacion
en que se hallaba ni al partido qne de ella podia sacar, sino que le
hizo la generosa oferta que he indicauo, y que se negó á aceptar,
insistiendo por el contrario en que estaba resuelto á sostener sus so-
ñados derechos.


nEI gobierno de S. :\1. B., lleno de lealtad y deseoso de contri-
buir de buena fé al sosiego y bienestar de los españoles, cooperó á
las rectas miras del gabinete español, auaque sin ningun éxito; y sin
entrar en detalles ni en más indagaciones para saber hasta qué punto
era este príncipe el instrumento ciego de un partido, le vemos fugado
de aquel reino, atravesar rápidamente la Francia, y penetrar en Es-
paña presumiendo que su presencia en ella habia de levantar en su
favor á todo el reino ..... Ya ha recibido un desengaño; y es posible
que reciba tambien un escarmiento.


nYemos, pues, que sin examinar por menor los sucesos, sin más
que recorrer la conducta de este príncipe, se descubre claramente
que nunca ha desistido ni desiste de su intencion criminal de usurpar
la corona.


n ¿ Y en qué derechos pudiera fundar este príncipe sus pretensio-
nes? ¿Cuáles son los títulos que puede presentar para alimentar su
esperanza? ¿Son las leyes? ¿Son las costumbres de la nacion? ¿Son
los tratados? No, señores: basta hacer una ligera reseña para mani-
festar elningun fundamento en que se apoya.


)) Respecto de las leyes de España, claro está que no tenemos que
remontarnos á los primitiros tiempos de la monarquía viso-goda.
Entonces la corona no era hereditaria, eea electiva; porque las costum-
bres guerreras de aquellos pueblos, que llevan consigo el sello de la
rudeza de la época, exigian que el jefe del Estado fuese un caudillo
que los condujese á los combates; y mal podria echarse mano para
esto de una mujer. Por consiguiente nada hace á la cuestion actual la
práctica observada en aquellos remotos siglos.


t7




258 DISCURSO SOBRE
nOcurrió luego la invasion sarracénica, y reducida la nacion á un


estrecho recinto, en que su único asilo era, por decirlo así, una cue-
va, no tenia aun reyes, eran solo caudillos: el cetro era una espada.
Pero aun cuando se trataba solo de rescatar el terreno á palmo::;, y de
conservar lo conquistado con torrentes de sangl'e, se encuentra ya en
la sucesion á la corona oierta tendp,ncia á la monarquía hereditaria;
vemos ya que se tiene cierta consilleracioll á los que se casan con las
hijas ó hermanas de 103 reyes; vemos que se hacian ciertas designa-
ciones para des pues de la muerte de los que estaban investitlos con lü
dignidüd real; así como en sus últimos tiempos lo hacian los cmpet'a-
dores romanos asociando al imperio á los que Cjucriüll que fuesen sus
sucesores. As! se practicó más de una vez en Espüña, hasta que con
el trascurso del tiempo llegó á establecerse en beneficio público la
monarqnía hereditaria.


nEs de advertir qne apenas se hizo esta mudanza importantísima,
ya hubo ejemplares de concederse á las hembras la sucesion de la
corona. Una particularidad, peculiar de la monarquía española, es la
jura de los príncipes heretleros. Temieron nuestros mayores que se
pudiese romper el eslabon de la sucesion, si no se ataba anticipada-
mente este nudo, y se esperaba á la muerte de los reyes; de este modo
se evitabü el que hubiese la menor suspension en la autoridad real,
en esta autoridad eminentemente tutelal' y conservadora, que no puede
cesar un solo instante sin que se conmueva el Estado.


»Otra circunstancia muy notable es que cabalmente esta jura em-
pezó por una hembra. La hija de Alonso el VI fué la primera reco-
nocida por heredera de la corona en vida de su padre. Ensayo rué
este de tanta utilidad, que ya desde aquellos tiempos se fué arraigando
en la costumbre, y ha continuado hasta nuestros días.


))Pero la sucesion de las hembras á la corona no estaba revestida
todavía con el carácter del derecho escrito; era solo una costumhre,
una práctica, que muchas veces tiene un poder más fuerte que la
misma ley. Entonces no existian códigos españoles; porque el primer
cuerpo legal que hubo en España despues de la restauracíon, fué un
bosquejo que hizo D. Alonso el Sabio, como el que suele hacer un
pintor al trazar un magnífico cuadro; y en este bosquejo ya se ven
llamadas á suceder las hembras, no por imitacion estranjera, sino por




LA ESCLUSION DE DON CÁRLOS. 259


hábito ó costumbre nacional, establecida siglos antes entre los espa-
üoles.
~)POCOs años Llespues del Especulo y del Fuero Real, en cuyos dos


códigos se halla establecido el derecho de las hembras al trono, se
compusieron las Partidas; monumento eterno del sabio Alfonso, y
obra la más perfecta de aquel siglo, que recordaba la grandeza ro-
mana, y que se parece á los monumentos de aquel gran pueblo, que
apenas han envejecido. Pues ya en las Partidas vemos una ley termi-
nante, espresa, por lo que son llamadas las hembras á la sllcesion;
esta es la 2.' del título xv, Purtida 2. a. En ella y en la siguiente se
establece, además del órden de la sucesion, lo que se ha de hacer á
la muerte de los reyes, para contener la ambicion de los que puedan
aspirar á usurpar la corona durante la minoría de los príncipes.


nDebemos notar que dicha leyes un dechado de prevision y de
filosofía, conciliando los sentimientos del corazon con las máximas de
una sana política; enc3.rganclo la guarda del rey niño ú su propia
madre, así como que estuviese ú la cabeza del gobierno; es decir,
que la ley elig'e á la persona más interesada en la defensa del mo-
narca menor y en la conservadon de su reino, y de quien no puede
recelarse ningun proyecto ambicioso ó de usul'pacion; recelo que
dictó á la ley previsora alejar de la regencia al principe más cel'cano
al trono.


nConforme con estas disposiciones del código de las Partidas, ve-
mos á Alfonso el Sabio que hace reconocer como su sucesora á su
hija, nacida antes de D. Fernando de la Cerda: y como la jura lleva
consigo un reconocimiento del derecho; como en aquel caso y en
otros semejantes, no hubo ni pudo haber más esclusiva que el naci-
miento posterior de un principe varon, de ahí es que deben tambien
venir en apoyo de la sucesion de las hembras no solo los ejemplares
de las que han reinado, sino de las que han sido juradas como prin-
cesas herederas.


nDespues de aquel príncipe sucedió en el reino su hijo D. Sancho
el Bravo; y en las mismas córtes en que se verifleó su reconocimiento
como rey, vemos ulla cosa notable que debe llamar mucho la aten-
cíon. La ley de Partida que establecia la sucesion al trono, contenia
dos disposiciones, que una y otra parecían hermanarse: una era que




260 DISCURSO SOBRE
se llamase á las hembras á la sucesion á la corona á falta de varan, y
otra la de admitirse en ella el derecho de reprcsentacion en los hijos
del primogénito, ca!! prefcren'cia ti otra línea; derecho deseonocido
hasta entonces de España, importado de las leyes romanas. ¿Y qué
sucedió? que en las mismas córtes vemos á D. Salll:ho el Bravo
hacer jurar á su hija como princesa heredera; es decir, reconocer
el derecho de sucesioll en las hembras, como ya se habia reconocido
antes de nacer aquel príncipe, en la persona de su hermana doña
Bercngue la.


nPor manera que vemos que las mi~mas córtes pagan este tribulo
á la antigua costumbre de Castilla que llamaba al trono [t las hem-.
bras, y no admiten el inusitado derecho de representacio/l, de origen
estranjero. Aparece por primera vez en las Partidas; no se halla ell
los ens.lyos de legislaciones anteriores; pero á pesar de haberse intro·
ducido en Ulll ley, no es reconocido, ni menos puesto en práctica; y
aun el mismo código de las Partidas no tiene fuerza ni valor hasta
despues de un siglo.


nContinuando la série de nuestra historia, llegamos á Hna época
lamentable y de escándalos, cual fué la de Enrique IV. Entonces,
cuando parecia que el trono y el Estado iban á sepultarse bajo sus
ruinas, en medio del furor de tantos y tan encontrados partidos, se
proclamó, sin atreverse ú poner en duda este derecho de las hem-
bras, se juró por heredera del trono á doña .Juana; y los mismos qul'
proclamaron al hermano del rey en vida del monarca; los que pre-
sentaron ~la nacion y al mundo la escandalosa escena de Avila (bor-
ran de nuestra historia), no se atrevieron á alegar contra aquella
princesa que su sexo la alejase del tro:1o; sino que para invalidar sus
derechos tuvieron que apelar á su orígen, y osaron penetrar hasta
en los secretos del tálamo real.


nMuere el infante D. Alonso, y faltando esta cabeza al partido,
empezó la nacion á manifestarse indinada á favor de la prim:esa
doña Isabel. Ya la cuestion es entre dos hembras: una es la hija del
rey, y la otra su hermana ...... )Illere el débil monarca, y queda la
nacion en el más lamentable desconcierto, despedazada por una gue:'-
ra civil, dividida en parcialidades y bandos. Un partido se declara
abiertamente por doña Juana} el otro patrocina á doña Isabel¡ y una




LA ESCLUSION DE DON CÁRLOS. 261
parte de la grandeza toma las armas en favor de aquella princesa,
sosteniendo el tpstamento del rey, que diz que decia (valiéndome de
la espresion candorosa del cura de los Palacios en su curioso manus-
C1'i to) que la dejaba por su f!lj'a heredera.


))Disput'¡se, pues, ~obre cuál habia sido la última voluntad del
rey, no sobre el derecho de las hembras, sino sobre la legitimidad
de la persona.


)) Una cosa singular observo en nuestra historia, y es que no se
haya puesto nunca en duda el derecho de las hembras ú suceder al
trono, esccpto en una sola ocasion (á lo menos que yo recuerde), y
esa es la mús infllmlada y estraña.


»Cllando por pI curso de los sucesos de la guerra fueron vencidos
los partidarios rle cloñCl .Juana, y espulsados los portugueses del ter-
ritorio de CClstilla, se trató de arreglar el gobicl'llo, renunciando con
ilificnlt,ui los partidos al influjo que tenian, porque con él iban á dejar
el poder.


))Imaginaron algunos que la !'Aina no tendria firmeza bastante
para sostener sus dfll'echos; y creyeron granjear valimiento y medrar,
introduüicnclo la clivision entre ambos esposos. Los que pretendian
que el mando debia recaer sobre el marido, alegaban que la corona
pertenecia más bien al varon que á la hembra; y que, por lo tanto,
el cetro de Castilla no perteneciaá doña I3abel, sino á D. Fernando,
por los derechos que habia heredado de su padre.


nEste es el único ejemplo que presenta nuestra historia de haher·
se querido suscitar dudas acerca del derecho de las heftbras. Por
fortuna, la firmeza de doña Isabel, y la prudencia y sagacidad de su
marido, ahogaron aquellas semillas de division y de desórden antes
f[ne brotasen; y las córtes y la nacion reconocieron con júbilo á doña
Isabel como reina propietaria de Castilla.


))Es de notar lambien que en esta época, en que puede decirse
que se formó la monarquía por la agregacion de varios Estados, es
en la que vem0S más ejemplares de reconocerse como ley fumlamen-
tal del reino este principio de sucesion de las hembras.


))En virtud de este derecho sucede doña Isabel al trono; se reco-
no(~e á su hija primogénita á falta de varan; reconocimiento que no
tuvo efeclo por haber nacido el inf'ante D. Juan; muere este malogra-




262 DISCURSO SOBRE
do príncipe, y vuelve doña Isabel á ser reconocida por sucesora legíti-
ma del trono. Fallece la princesa; muere tambien su hijo, aquel prín-
cipe D. Miguel, hijo de una infanta de Castilla y del rey D. Manuel
de PortugaL .... ¡Cuántas esperanzas arrebató á la nacion, y cuál
otra hubiera sido su suerte!


))Despues de tantas pérdidas y desgracias ocurridas en pocos años
á la familia real, reconoce la nacion por heredera del trono á doña
Juana, á pesar de la flaqueza de su juicio.


))En todos estos sucesos vemos el apego constante de los españo-
les á conservar las leyes, las costumbres, la práctica de sus antepasa-
dos, y de este mOGO triunfaron de las ambiciosas pretensiones de un
príncipe tan sagaz como Fernando el Católico; triunfaron tambicn
de las de Felipe el Hermoso, cuyos deseos eran mandar solo, y no
con su esposa; y vemos al rey D. Fernando, que si llega al fin á apo-
derarse del mando, lo ejerce á nombre de su hija, con arreglo al tes-
lamento de la reina doña Isabel y respetando la voluntad de la nacion.


))Pero á breve tiempo ocurrió otro ejemplo más convincente y
dásico qne este: viene el príncipe D. Cárlos á España, y jura las le-
ye::; fnndamentales de la monarquía en las córtes de Vall:tdolid de
1518: jóven, gallardo, pródigo, generoso, distribuyendo favores ú
todos, en fin, con todas las cualidades capaces de g'anar las volunta-
des y formar en su favor un poderoso partido; mas 11 pesar de todo,
los procuradores del reino insisten en reconocer y pro0lamar que
doña Juana, su madre, era la reina propietaria; y si consienten en
que mande'i\, su nombre D. Cárlos, es con tales miramientos y corta-
pisas que manifest:tban que esta condescendencia misma era un sacrifi-
cio que hacian. El nombre de la reina debia ir siempre el primero;
n. Cárlos solo debía apellidarse príncipe, y aun con todas estas pre-
cauciones daban á entender que sentian cierta t'specie de repugnan-
cia, por no decir remordímie:1to; y al conceder á D. Cárlos el ejerci-
cio de la potestad suprema, fué con la cláusula de que aquello lo ha-
cian por la triste situacion en que se encontraba la reina; pero que si
esta recobraba el juicio, (¡011 el favor del cielo, deberia ~er ella la
única que mandase.


))Por manera que, observando la Historia de España, vernos
constantemente este derecho de <:llccsion en las hembras firme; legl-




LA ESCLtJSJON DE DO!\' CÁRLOS. 263
timo, valedero. Pero ¿qué más? Aun habiéndose formado la monar-
quía española de tan diferentes Estados, cuya legislacion era tan va-
ria, vemos que en este punto, á pesar de la diferencia de usos, hábi-
tos y costumbre), y alguna vez hasta de clialel~to, no hay uno solo
en que se esülnya á las hembras lle la sucesion á la corona. Vemos
esta práctica establecida en Lean, y aun en ella contribuye á unir
este reino con el de Castilla; en C"stilla la vemos comprobada con re-
petidos ejemplos y enlazar este reino con el de Aragon: en Aragon
vemos reinar las hcml)l'as; y aun cuando aquel ¡meblo ejerce el acto
más solemne llamando á un príncipe al trono, usando de su libre
eleccion, le vemos lomar en cuenta los derechos que derivaba de una
hembra el infante D. Fernando de Castilla, el que ganó á Antequera.


»Lo más singular es que cabalmente en una de las provincias
sublevadas es donde se ha seguido más constantemente esta regla.
Lo, [uoms pal'ticnlal'cs de i\"avarra" de.sde los tiempos más remotos,
han jonfirmudo con tanta fuerza esta ley de suceder las hembras en
la corona, que antes de su reunion con la de Castilla habia ya ha-
bido cinco reinas en Navarra. Con tanta firmeza sostenian aquellos
pueblos este derecho, que cuando se casaban las herederas al trono
con príncipes estranjcros, cual aconteciü con la mujer de Felipe el
Hermoso, rey dA Francia, exigian de estos que jurason esplíeita y
terminantemente que no alterarian ni consentirian que se alterase por
ninguna ley ni estatuto el principio fundamental de la sucesion de las
hembras. Así es que despues de la reunion del reino de Navarra al
de Francia (reunion qne apenas nantó de duracion medio siglo), se
veriticó un deslinde muy notable cuando la princesa doña Juana, hija
de Luis Hutin, rey ele Francia, no pudo suceder en este trono, por-
que la ley sálica lo vedaba; pero rué llamada á la sucesion de la co-
rona de Navarra, que segun fuero espreso admitia á las hembras.
IIiciéronse algunas gestiones para impedirlo; pero los navarros con-
testaron resueltamente qne en su reino no tenia cabida la ley francesa
qne esolnia á las hembras; y en las córtcs convocadas en Pamplona,
tan numerosas que se 0elebraron en una plaza, se proclamó á doña
Juana por reina de Navarra.


)) Este hecho es muy notable; pel'O aun lo es más el que voy á ci-
tal'. Ese auto aeordado de 1713, única ley á que se acoge el partido




264 DISCURSO SOBRE
de D. Cárlos, halló precisamente oposiuion en Navarra, resistiéndose
la diputacion de aquel reino á registrarlo, por ser contrül'io á sus
fueros. Creyó que no alcanzaba para la del'Ogacion de la antigua ley
de sucesion una ley reciente, advenediza, contraria á los fueros de
aquel reino.


»Asi es que ni en nuestros antiguos códigos, ni en leyes posterio-
res, ni en los fueros particulares de las diferentes provincia.s, se en-
cuentm una sola disposicion que contradiga el derecho de las hem-
bras á la sucesion de la corona.


))No entraré oí. examinar lo que se sabe acerr,a de la historia se-
creta de ese auto acordado: aunque siempre nos quedall documentos
y vestigios de que las córtes de 1713 no obraron en este punto con
aquella libertad y legalidad que debieran para la abolieion de una
ley tan constantemente observada en España. ¿~fas qué razon se ale-
gó entonces para ello? Ninguna.


»No se presenta tampoco hoy una sola razon que sea poderosa;
plles si la Fmncia, por influjo de su legislacion civil en la polItica ha
admitido la esclu"ion de las hembras como ley de suce~ion, desde muy
antiguo en Espnña (aSí como en otros paises, y casi en todas las mo-
narquías de Europa), nunca tuvo lugar semejante tlisposicion. Ni esa
ley de Felipe V puerle pl'opiamente lIamal'se ley Sálica, porque solo
estahlece la agnacion, llamando solo oí. reinar á las hembras,


» Esta disposicion, pues, esta ley, ó más bien este auto acordado
(que hasta el mismo nombre de reglamento parece que le da un ca-
rácter mezquino) de llrígen estranjero, recibido con tan la dificultad
entre nosotros, y que ni una sola vez ha lleg:ldo oí. ponerse en prác-
tica, ¿se deberá mirar con tanta veneracion y respeto qUA se niegue oí.
la nacion hasta el derecho de poderlo anular por los mismos trámites
y en la misma forma con que se estableció? Tan respetable, tan firme
y tan valedero es lo acordado en las córtes de 1789, como cuanto
pudo detet'minarse en las de 1713. Así es que, estrechallos pOI' to-
das parte~ los defensores ¡le la usurpacion, han teniLlo que recurrir al
supuesto falso de mirar la corona de lj~spaña como un mayorazgo;
compal'aCiOll vaga, inexacta, peligrosa; y mirando á Felipe V como al
fundador de un vínculo, han negado á sus sucesorAS la facultad de
poder variar las cláusula, rle la fllndacion. No Ita faltado tampoco




LA ESCLUSIO]'; DE DO" CÁRLOS. 265
quien, suponiendo á aquel monarca conquistador del reino, le ha con-
siderado como árbitro para disponer de la nacion: idea falsa, escanda-
losa, indigna en boca de espaüoles.


nOtros hilt1 inlentilflo mirar la cuestion, no como doméstica y pe-
culÍlr de España, sino como europea; y bajo este aspecto han que-
rido suponer que no estaba autorizada la nacion para prescindir de
un tratado solemne. No es tan eslraño que semejante especie haya en-
contrado acogida en los partidarios ele! obcecado príncipe, como entre
personas al parece¡' imparciales: y en nn reino estraño la hemos visto
adoptada por un orarIO!' de un cuerpo representativo, que ha asegu-
radIJ en estos L1ias que no podia allerarse el ónlen de sucesion esta-
blecido por Felipe V sin echarse por tierra los tratados.


)) '\[as ¿qué prucbas ha dado de su ascrto, con el cual ha inten-
tallo vanamente buscar un motivo de inculpacion contra el ministerio
inglés? Citar las palabras dirigidas al parlamento por la reina Ana,
rlrspups de celebrarla la paz; maníffJ3tando que se habia conseguido
plenamente el objcto de ¡'establecer el equilibrio europeo; que en vir-
turl de las reciprocas renuncias se habia impedido que pudieran re-
unirse en ningnn caso las eorOllas de España y Franeia, las cualef:
(segun las espresíones de que se valit) la misma reina para acallar las
quejas que se oian contra la celebracion de la paz) estaban más apar-
tadas que antes.


)Resulta, pues, que el fin principal del tratado, como en su con-
testo se espresa, fué establecer un justo equilibrio entre las potencias
(le Europa, como principio de jllsticia y fundamento de una paz csta-
ble; que el objeto del tratado fué impedir la agrp.gacion de España á
la Cilsa de Austria, que habia amenazado un tiempo la libertad de
F:mopa, y la llnion á la Francia que podia comprometer igualmente'
la comun independencia. Recordaba aun la Europa los tiempos de
Cárlos V, y acababa de ver los desmesurados planes de Luis XIV:
habia formado una liga general para refrenar la ambicio n de este,
así como la habia formado en otro siglo para contener la de Cár-
los Y; Y así como hemos visto otra semejante en nuestros dias para
poner á raya los designios de Bon<1parte. El objeto de la paz de
Utrecht fué por lo tanto general, eumpeo: fué como el del tratado
de Westphalia, restablecer entre las potencías el debido equilibrio.




266 DISCURSO SOBRE
nMás una vez conseguido este objeto, impidiendo que pudiese


pasar la corona de España al Austria ó á la Francia, el arreglo de
la sucesion á la corona de estos reinos ya se consideró como interior,
meramente de familia ó dinástico; así es que Felipe V, en el anto
acordado, admitió tambien las hembras á la succsion despucs que se
estinguiescn los varones de las varias líneas de su estirpe; introdu-
ciendo en estos reinos una ley bastarda, que. ni era la ley francesa,
ni mucho menos la antiqllÍsima ley española.


nHablo en esta materia con tanta más libertad y desembarazo,
cuanto cabalmente el ilustrado príncipe que ocllpa el trono de Fran-
cia dió el testimonio más señalado de prevision y de prndencia, al
abrazar desde luego y con tanta dccision la causa de la REI:;A nuestra
señora. Sobreponiéndose á tradiciones de familia, á antiguas preven-
ciones, á conceptos políticos arraigados por la costumbre y pOI" el há-
bito, conoció aquel monarca que los intereses reales de la Francia, y
hasta los peculiares de la actual dinastía, estaban íntimamente enla-
zados con el triunfo de la causa de la REINA nuestra señora; y al mo-
mento mismo de recibir la nueva de la muerte del Sr. D. Fernan-
do vn, of¡'eció á la augusta heredera de su trono el apoyo más firme
y sincero. La Francia aplaudió unánime esta noble tiecision de su
rey; y España no olvidará nunca esta muestra de interés pOI' su
suerte.


nEs singular y estraño por otra parte que se invoque el tratado
de Utrecht por [os que quieren sostener la desesperada causa de don
CárIos; porque es imposible recordar aquel tratado sin notar ciertas
analogías que deben llamar muy particularmente nuestra atcn(;ion.
España reconoció por él á una reina de Inglaterra, como ahora la
Inglaterra reconoce una REINA de España: reconocia por sur;esora á
otra hembra, como [o es igualmente la llamada al trollo dr. España;
y por una semejanza notable con la época actual, España convino en
reconocer como válida la esclusion de una línea tiel tl'OTlO de IlIglél-
terra (J[nea privada de suceder en aquel reino, por no ser compati-
ble con sus instituciones y leyes); y se obligó además solemnemente á
no prestar auxilio por mar ni por tierra, ni suministrar socorros, ar-
mas ni municiones á los que intentasen alimentar la guerra civil, y
perturbar la quietud de aquel reino, Difícil es encontrar un tratado




LA ESCLUSION DE DO:'i CÁRLOS. 267
que presente más puntos ue comparacion con sucesos del dia, si se
ponen en paralelo.
))¿~lús hubo alguna causa de interés nacional, algun motivo tic


lltilirlarl pública, para echa!' ptJl' tierra la ley de sucesion casi tan an-
tigua en España como la misma monarquía? No. Para la rormacion
del allt0 acordado de Felipe V no se tuvo en cuenta el bien de la na-
cion; se atendió meramente á Illl interés privado de familia.


))Pero pregunto ahora: cualquiera que fuese su fuerza y yalimien-
to; cualquiera que sea el valor que ~c dé á esa ley advenediza, que
no llegó sirllliera iÍ cebar raiz en n11e5tro suelo, ¿cómo ha podido
disputarse la facultad de anularla por los mismos medios con que fué
formada? Si Felipe V y las c6rtes de 1713 se creyeron con derecho
par<l altArar la obra de tantos siglos, mayor derecho ha habido para
restablecerla. Esto fué lo que se hizo en tiempo del Sr'. D. Cárlos IV
en las cMtes de 178D; esto lo que se ha ratifi(Yldo de nuevo en las
cól'tr~ de )farlrid del año p¡,óximo p1sac!o, al reconocer y jurar como
sncesot'a en estos reinos á la hija primogénita del Sr. D. Fernando VII.


nPor eonsiguiente, allmitiendo el principio de que Felipe V y
aqnellas córtes pudiesen alterar la ley lle sucesion, el mismo derecho
ha habirlo despne~ para restablecer la ley de Partida.


)):'\0 se puede salir de cste círculo; y por más valor que quiera
darse al auto acordarlo (le Felipe V (único apoyo en que se funda el
partido del pretendiente), se ve que ha sido invalidado por leyes pos-
teriores, por la misma autorirlad soberana, con el concurso de las
córlrs y la esplícita yoluntad de la nacion.
))~o se trata, puos, de un mayorazgo, node una herencia; se tra-


la de la sncesion á la corona, vinculada en una familia por la utilidad
publica, para asegurar la tranquilidad de estos reinos.


lJ l Cosa singularl En el testamento de Cárlos n, en que se halla-
han las leyes funLlamentales de la monarquía, se tributó una especie
do hOlllrna.ifl {L las mismas leyes, porque al disponer de la corona,
corno si fw't'll una propiedad, dice: «que yalga como si fuera ley
h,~chcL on córtes generales del reino.)) )las ya habia casi desaparecido
esta institl1cion saludable; yaponas hubo qnifln sllsurrase el nombre
(In C(JI\TE~, al tratarse (le la sllncsion á la corona. RCllníanse en paises
h.iano~ l'!onipotcn;'.iario~ de príncipes estl'anjeros para decidir de la




268 DISCURSO SOBRE
suerte futura de España, para repartir' sus despojos como se t'epartiría
una herencia; y á tal punto de degl'aclacion y abatimiento habi3. llega-
do la monarquía de Cárlos V, esa monarquía inmensa con cuyos es-
combroq se han formaclo tantos Estados, qne el mismo príncipe qUA Gil
aquella época la regia, pedia dictámen á [toma para invalidar las re-
nnncias heehas pOI' la esposa deLlIis XIII y la de Luis XIV; consulta-
ba sobre [a sueesion á la corona á jurisconsultos, á te<Ílogos, hasta á
Axorcistas (¡qué vergüenza!). No olvidaba más que una cosa ..... El
consultar á [a nacion.
n~i quisiera omitir', ya que la ocasion se presenta, que de los ll'e~


príncipes que aspiraban ú hr.redar la corona de España, queriendo
haeer valer sus respeetivos títu [os, to,jos (ine[usa ia casa del cIento\' ¡j,l
Ríviera, incluso el mismo Felipe V, que publieó des pues el auto acor-
dado, establrciendo la agnaeion rigurosa) uerivaban sus deredlo:' de
hembras.


nEs, pues, evidente, palpable, que bien se "tienda á la legislaeion
de estos reinos, ora. á SIlS costnmbl'es, á sus hábitos, á la práutiea
nunca uesmentiua en la sucesion á la corona, hajo ninglln a~p('do
que se eonsidere esta materia imlortantisima, aparece en fa 1'01' tlcl
príncipe D. CárIos la menor sombra de derecho.


llLo que si estableeen las leye~, y especialmente la ley de Partida,
es que suceda á la corona el legítimo heredero, en su caso y lugar,
siempre que no haya hecho cosa por la que deba perder aquel dere-
cho; lo que sí pt'esCt'iben las 18ye~, desde las antiguas de la monar-
quía, es que el que aspira á usurpar la eorona, el que intenta despo-
jar al monarea legítimo, el que toma indebidamente el titulo rle re:',
este eomete el crimen de lraicion conocida.


)) ¿Se halla el príncipe D. Cál'los en ese naso? ... No tratarnos aquí
el asunto bajo un aSpc0to criminal, sino meramente político; debe
consiclemrsc por lo tanto si el proyecto de ley que presenta el gobir,r-
no está fundado en las leyes de la \'i.twrt, ele la jllstieia, riel bien y qllie-
tud del Estado; y creo que no haya uno qne así no lo conozca. Mas
corno se propone igualmente privar del dereeho eventual que pudiera
tener á la corona la descendencia de aquel prineipe, ya es necesario
trasladar la cuestion á oLI'O terreno, y examinarla bajo Sil verdadero
punto de visla.




LA ESCLUSION DE DOl'i CÁRLOS. 269
nNo me perderé en el laberinto ue los mayorazguistas, para re-


solver sus intrincauas cuestiones sobre á quién ~ucede el heredero de
un vínculo, y si debe ó no pel'Jerlo por el crímen que no ha cometi-
uo. El reino no es un patt'imonio, ni la corona Ull mayorazgo: ha
solido decirse así; pero estas traslaciones uel derecho civil al político,
no solo son inexactas, sino á veces tambien peligrosas. Tal es, sin
embargo, la tenuencia comun que suele de ordinario confundirse,
segun el curso de los tiempos. Cuanuo dominaba el régimen feudal,
se decía que la corona era un gran feudo: arraigada despucs la manía
ue vinculaciones y mayorazgos, se dijo que la. sucesion á la corona era
el tipo Je ellos.


))No es así; la corona no es una herencia ni mayorazgo, es la
dignillaJ suprema del reino, á la cual se suceue con arreglo á las le-
yes estalJlecidas en pl'ocomunal del Estado. La opcion, la espectativa
á heredar la corona es un derecho político que no puede oqui pararse
con los derechos eivilcs, ni está sujeto á las mismas reglas. Estos solo
interesan á un particular, á una familia, aquellos al Estado; y por eso
hay que atender á un principio superior á todos; al principio de la
propia conservauion, inherente á la sociedad como á los individuos;
que la autoriza á tornar las precauciones oportunas para atajar los
males presentes y prevenir peligros para lo porvenir.


l)No es necesario, por lo tanto, para aprobar la medida propuesta,
adoptar el principio de nuestra legislacion, que castiga en los hijos
inocentes el delito del padre traidor: la humanidad y la filosofía han
desterrado ya de muchos códigos la pena de confiscacion, por no cas-
tigar á la descendencia de una culpa que no ha cometido; más aquí
no se tralade la aplieacion de una pena; se trata, sí, de una precau-
cion accesoria, urgente, para no dejar espuesta á peligros y azares la
s nerte del Estado.


nNo es menester buscar ejemplos en las naciones estranjeras; yo
me atreveré á preguntar desde luego: ¿Qué seria de España si las
cúrtes no aprobasen ese proyecto de ley como lo ha presentado el
gobierno? ¿Cuál pudiera ser la suerte de esta nacían, no en una época
remota, 110 en un plazo lejano, sino tal vez mañana, hoy mismo? ...
Puntos hay tan delicados que hasta el tocarlos estl'emece; pero la
pr(~vision da los legisladores debe abrazarlo todo; tal es su obliga-




270 DISCURSO SOBRE
cion, talla inmensa responsabilidad que ::;obre ellos pesa. i No pueden
dejar pendiente de una desgracia, de un acaso, el destino de una na-
cion; no pueden olvidar el sexo, la edad, hasta estas mismas circuns-
tancias calamitosas de una plaga desoladora, que da ¡i esta discusion
un aspecto más severo, más gravel


))No solo el rebelde príncipe ha perdido sus derechos eventuales
á la sucesion de la corona, sino sus hijos, los herederos de nstos,


, todos sus descendientes. Sufran la tristísima suerte que SllS padres
les han deparado; que ellos han sido, no nosotros, los que los han
alejado del trono, por querer colocarlos en él bollando la nacion y
las leyes.


))Df\ otra manera, ¿qué seria de la nacion si llegase por desgracia
el caso de heredar uno de ellos la corona? Porque, conviene decirlo
de una vez: es triste, es peligroso, y por fortuna no se repite con
frecuencia en las monarquías; pero si la Inglaterra no hubiera alejado
para siempre de su suelo á la línea de los Estuardos; si no los hubie-
ra privado de sus derechos á la corona y hasta de la esperanza de re-
cobrarlos en ningun tiempo, ¿cuál hubiera sido el destino de aquella
nacion?


))Por fortuna, el caso en que nos hallamos es diferente; y pode-
mos librar á España de gravísimos males y lJeligros, con solo privar
á una línea de la aptitud legal para poder heredar la corona. Contra
el principio conservador de la sociedad nada valen los derechos even-
tuales á la sucesion; es preciso anular de una manera pública, so-
lemne, los derechos que pudieran alegar D. Cárlos y sus hijos.


))Este es el único medio de quitar armas á los partidos, de ase-
gurar las libertades de la nacion, de afianzar su suerte futura. ¿Cuál
seria en otro caso la suerte de los españoles más beneméritos, de lus
mismos que con tanta gloria defienden el trono de :mestra IIEINA y
SEÑORA DO~A ISABEL II? La prision, la ignominia serian Sil recompen-
sa; sus servicios serian castigados Gomo otros tantos crímenes; y
hasta sus mismas heriuas servirian de pruebas para conducirlos al
cadalso. El príncipe D. Cárlos, desplegando el estandarte U0 la reoe-
lion, no ha hecho más que autorizar á la nacion á que mire por su
propia suerte. Y esta es otra de las razones que deben impulsar á las
córtes, y primero á este ilustre Estamento; esta es otra razon, repito,




LA ESCtUSION DE DON CÁRLOS. 271


para quitar al infante y á sus hijos hasta el último asomo de espe-
ranza. Esta medida es necesaria, es justa; la ambicion de un príncipe
rebelde no debe compromete¡' un Estado. D. Cárlos, no solo no puede
suceder srgun las leyes fundamentales juradas solemnemente por la
nacion, sino que es preciso que tampoco puedan nunca reinar sus
hijos. ¿Qué seguridad, qué fianza tendrian con ellos nuestras insti-
tuciones, nuestras leyes? ¡Acabamos de recobrarlas, y ya nos espon-
driamos á perderlas!


))No hay que temerlo, no; vuestra resolueion será cual corres-
ponde á vuestra dignidad, á vuestros juramentos, á lo que en casos
semejantes practicaron vuestros mayores.))




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ALCALÁ GALIANO.


U na de las reputaciones con más justicia alcanzadas,
con más gloria sostenidas en nuestl'O país, es la reputa-
cion que de orador parlamentario goza el personaje cuyo
nombre sirve de epígrafe á esta biografía.


Es la carrera del parlamento la más difícil para con-
servar el prestigio y la fama en ella adquiridos. Obliga-
do un orador por su misma l'cputacion á terciar en todas
las discusiones solemnes, á poner ele manifiesto con fre-
cuencia sus elotes oratorias, su talento parlamentario,
preciso es de todo punto que este talento sea verdadero,
y aquellas dotes sobresalientes para no caer elel pedestal
ele la fama, dando lugar á que sus antiguos admiradores
se arrepientan y avergüencen de su falta de criterio,
convirtiendo en indiferencia ó en desprecio sus anterio-
res alabanzas, su injustificad::t admiracion.


Solo los verdaderos oradores, los hombres de genio,
los que poseen cualidades propias, no prestadas por la
adulacion y el espíritu de partido, son los que salen in-
cólumes de tan contínuas y arriesgadas pruebas, aumen-
tando con cada discurso nuevo un nuevo timbre á su
reputacion, una nueva hoja á la corona de su fama.


De ahí el que en la época de gobierno representativo
1B




274 ALCALÁ GAL1MW.


que atravesamos, se hayan levantado á inmensa altura
no pocas reputaciones de hombres nuevos en la carrera
política, al paso que han venido á tierra el renombre y
la fama de antiguos y reputados oradores.


I..Jos años trascurridos desde 18~4 acá, esta tercera
época del gobierno representativo, ha sido un período de
prueba, en que se han hundido muchas medianías, que
en tiempos pasados conquistaron con facilidad el título
de oradores, los costosos laureles de la elocuencia par-
lamentaria.


Algunos políticos de 1820, ciertos oradores de la se-
gunda época constitucional, que merced á su mérito, á
la fortuna ó á las circunstancias adquirieron una exage-
rada reputacion, al aparecer en las lides parlamentarias
de nuestros ¿lias y Cl'Uzar sus envejecidas y ya mohosas
armas con los modernos campeones, han quedado venci-
dos en el campo, sacando destrozado en la pelea el his-
tórico é inquebrantable escudo de su uS'lrpada reputa-
cion.


y es que la época actual, más escéptica y menos en-
tusiasta que la de 1820, examina á sus hombres con sc-
veridad y cordura, y otorga, despues de largas y difíci-
les pruebas, el premio de su homenaje y admiracion, sin
que influyan en sus fallos el poder de las circunstancias
ni el espíritu de partido.


En aquellos tiempos en que emileZal'On á ensayarse
• en España las prácticas del gobierno representativo, en


q ne en las asambleas dominaba ya cl parlamentarismo
inglés y las costumbres y las fórmulas de las cámaras
francesas, la novedad influia mucho en los triunfos de
los oraéiores, y más que todo el espíritu de partido. Así
es que en aq uella época en que los bandos políticos sen-
tian mas q ne filosof~lhan, y en que la pa:sion se sobl'epo-




AI,CAd. GALIA:'iO. 275


nía a todo, como sucede siempre en los partidos nacien-
tes, el ora(lor más fogoso era el rr'.ás elocuente, el escri-
tor más vehemente, el más pr0fundo, y el militar más
impetuoso, el más entendido en el arte de la guerra.


Nada tiene, pues, de estraño qne en h época pre-
sente, época de analizadores y de envidiosos, se hayan
recogido tantas patentes de antigua celebridad y se ha-
yan calificado de medianÍas tantas notabilidades políti-
cas, tantos oradores eminentes, tantos escritores famosos,
tantos guerreros reputados.


Entre las pocas escepciones Clue de esa regla gene-
ral ha hecho la opinion pública, entre las contadas repu-
taciones que han resistido al análisis y á la envidia, há-
llase la de D. Antonio Alcalá Galiana basada en pren-
das poco comunes de talento, de ingenio y de instruc-
cion.


De los oradores de fama en la segunda época consti-
tucional, únicamente Martine;:, de l(t Rosa y el personaje
de quien nos ocupamos, no solo han sostenido su antiguo
renombre, sino que en los tiempos presentes han aumen-
tado su fama y consolidado su reputacion.


Conocido ya como periodista y como revolucionario,
ap~]'eció en la escena política Alcalá Galiana al inaugu-
rarse el gobierno constitucional en 1820, ebndo á cono-
cer por primera vez sus grandes prendas oratorias en la
sociedad patriótica de la Isla de San Fernando, donde
los más furiosos demagogos, que á ella concurrian, aho-
gaban entre frenéticos aplausos sus peroratas tribunicias
en defensa de la soberania del pueblo y contra el despo-
tismo de los reyes.


Trasladándose poco despues á la córte, no tardó en
dejar oir su voz en la famosa sociedad de la Fontct1w de
Om, desde cuya tribuna lanzaba terribles arengas contra




276 ALeALA GAL1A¡I;O.


el gobierno, y proclamaba las doctrinas más democráti-
cas, los principios más desorganizadores.


Elocuente y apasionado, dech:.mador y agresivo,
como conviene á un tribuno del pueblo, dirigia á su pla-
cer la imaginarion de su exaltado auditorio que enlo-
quecia á los mágicos nombres de patria; y libertad, de
Franquicias y derechos, de soberanía y de independen-
cia, pronunciados por el jóven orador, entre imágenes
deslumbradoras, entre raudales de esa elocuencia popu-
lar que irrita los sentimientos y enardece los corazones,
sojuzgando la razon y ofuscando la inteligencia.


Desde el primer dia en que Galiana apareció en la
tribuna de la sociedad, no hubo ya quien se atreviese á.
disputarle el triunfo. Ni el poeta GO'1'osti%Ct, ni COl'ta-
bm'1'ía, ni Adan, ni otros oradores de club, que eran
antes de su llegada los ídolo.o; de los demagogos, podian
igualarse al jóven trihuno, porque nadie entonces ni
despues ha poseido como él más dotes reunidas de ver-
dadero orador; pocos han poseido ni poseen un acento
más simpático, una memoria más prodigiosa, una ima-
ginacion más lozana, un ingenio más agudo, y sobre
todo más facilidad en el decir, más propiedad de locu-
cion, más arte en las modulaciones, más naturalidad en
los ademanes.


Pero las sociedades patl'iótieas no eran ciertamente
el teatru mús ú propósito pam los triunfos oratorios de
Alcalá Galiano. Sus brillantes cualidades debian desple-
garse en un campo más ancho, y las córtes de 1822
abrieron sus puertas al popular orador que, merced á la
mágica influencia ele su palabra, colocose desde el pri-
mer día al frente del partido exaltado.


No es nuestro ánimo, ni es tampoco el objeto de esta
obra, escribir la historia política de este personaje, sino




ALCAL..\ GAUANO. 277


delinear su retrato ele orador parlamentario~ con los to-
ques políticos que sean convenientes para su mayor se-
meJanza.


Continuos y seiíaLulos triunfos alcanzó Galiana en
aquellas córtes, últimas de la. segunda época constitu-
cional. Sus violentos discursos, sus re,,-olucionarias pro-
posiciones contribuyeron, y no poco, á precipitar la cai-
da del gobierno repres~ntativo. Revoluciomlrio de em-
puje, partidario resuelto, político de accion, á su inicia-
tiva se debieron las medidas más arbitrarias, las resolu-
ciones más peligrosas y atrevidas. Cada diséurso de Ga-
liana, en aquellas córtt)s, era una ovacion; cada frase,
un aplauso; cada ademan, cada gesto, un triunfo_


Acaso niagun orador de nuestros parlamentos lo ha.
conseguido mayor que el que alcanzó Galictna al pro-
nunciar su famosa catilina.ria contra las potencias es-
tranj 3ras en la célebre cuestion (le las Notas. Los dipu··
tados lo ahogaba.n con sus abrazos al finalizar su a1't'0-
gante pel'oracion; las galerías lo vitoreaban entre el más
frenético entusiasmo; y las masas, al salir del congres(J,
lo llevaron en hombros hasta su casa, como al sal vadO!'
de la patria, como al más valiente defensor de las liber-
tades populares.


Acompañado de tradicionales recuerdos, precedido
de su inmensa (ama de oraelor pal'lamenéario, presentóse
Galiana en el Estamento de procuradores de 1834, y si
bien sus cualidades oratorias justificaban su antigua
fama, su lenguaje era más circunspecto, y sus ideas, si
bien liberales, no tenían ya el colorido tribunicio y de-
magóg'ico de 1823.


No pasó mucho tiempo sin q'lC la opinion y los par-
tidos notasen en Alcalá Galútno Ulla marcada trasfor-
macion, calificada por unos de apostasía, justificada por




278 ALCALÁ GALIAi'lO.
otros con las enseñanzas del tiempo y las lecciones de la
desgracia. Realmente, la mudanza de Alcalá Galiano en
1835 era dpmasiado radical. Su espíritu, sus ideas, y por
consiguiente su lenguaje, habíanse modificac1o en tal es-
tremo, que la murmuracion podia cebarse en el con apa-
riencias de justicia. Una consideracion, sin emlxi.rgo,
debieron tener presente sus encarnizac10s detractores,
antes de atribuir á aquel cambio político el móvil c1e la
ambicion y del egoísmo.


Falto do todo eálcu]o y de toda pl'evísíon debía &UPO-
nerse al famoso tribuno de la Prmtann de Oro, al pre-
tenuer fundar su llamltua apostasía en el deseo de medro
personal, en la impaciencia por alcanzar el poder y la
fortuna. ¿No comprendian los enemigos de Alcalá Ga-
liano, como comprendia él, como comprende el menos
avisado, que al principio de una revolucion consiguen
siempre el poder los m~ls revolucionarios? ¿Ko es ley
constante en los cambios polÍticos de las naciones que se
encumbren á la mayor altura los que personifican sus
nuevas aspiraciones, los que simbolizan el nuevo órden
de cosas que se intenta establecer? ¿Negará nadie que si
Alcalá Galict]w hubiese permanecido en su puesto de
liberal exaltado habria sido ministro en 18:36 y en otras
upocas parecidas, 'como lo fueron Calatrava, Lopez y
otros hombres importantes del bando progresista? Lo
cierto ello es que Alcalá Galiano al convertirse en
moderado perdió algo ue su antigua elocuencia; porque
así como hay oradores que por su caráctcr, por su in s-
truccion y por sus tenucncias son mús á propósito para
brillar como ministeriales, existen otros quc por las mis-
lilas causas lucen doblemente sus dotes oratorias desde
el banco de los oposicionistas.


Martine:z de la Rosa, hacicndo la oposicion, CJIl Jifi-




ALCALÁ GALlANO. 279


cultad hubiera podido arrancar un aplauso, como Alcalá
Galiana, defendiendo al ministerio, apenas podría, á pe-
s~r de su gran talento, de su poderosa palabra, entusias-
mar á los espectadores de la tribuna.


Indudablemente Alcalá Galiano es el mejor de nues-
tros oradores oposicionistas. Agresivo en el ataque, con-
tundente en la réplica, desarma á su contrario en el pri-
mer descuido, y vuelve á acometerle y á estrecharle sin
darle tiempo á bajarsp para recoger el arma y defender-
se. A veces grave y patético, á veces festivo y sarcás-
tico, ora arrastra al convencimiento y conmueve, ora
hace asomar la risa á los labios de sus oyentes, con grave
mal para su contrario.


En las polémicas personales punza sin insultar, y ri-
diculiza sin hacer uso de frases bajas ni de imágenes
groseras.


Contrarío terrible, pero no rencoroso, no retrocede
hasta ver en tierra á su enemigo, y en vez de rematarle
con la puñalada de gl'acia, arroja sobre el moribundo el
manto de su majestuosa elocuencia, para ocultarle á las
despreciativas miradas del vulgo mal intencionado.


Dotado de un clarísimo talento, de una imaginacion
viva y amena, de una erudicion variada y profunda, de
una facilidad de espresion admirable y de una pronun-
ciacion perfecta, no podia menos de ser Galiana uno de
nuestros primeros oradores. Su estilo correcto siempre,
sencillo y llano más que levantado y hueco, produce gran
efecto en el auditorio, no por las ideas que encierran,
sino por la manera musical y artística con que resuenan
las palabras.


Hay tal artificio en su pl'onunciacion, tal claro oscu-
ro en su acento, tal mecanismo e~ su lenguaje, que no
se sabe qué vale más, si lo que dice ó la manera cómo




280 DISCURSO CONTRA
dice. Su lengua vale tanto como su imaginacion, sus
labios seducen más que su talento.


Hemos dicho que Alcalá Galiana por las cualidades
de su oratoria, por la viveza de su espíritu, por la espre-
sion de sus ademanes, por la lozanía de su imaginacion,
es un orador de oposicion, un tribuno del pueblo, un
agitador de las masas. Por eso sin duda sus diseursos
más notables en los últimos años ele su carrera parla-
mentaria, son más bien el fruto de la observacion, de la
esperiencia y del talento, que el destello de una imagi-
nacíon atrevida, de un espiritu fogoso, de un alma ar-
diente y apasionada.


Para juzgar á Galiana como orador de parlamento,
hay que examinar sus arengas tribunichs de 1823, en
que, como Dant(lll, con quien tenil:l_ entonces por su ora-
toria y su posicion en la asamblea algunos puntos de se-
mejanza, imponia su voluntad y su opinion al pueblo, y
empujaba con su irresistible acento y con sus osadas pro-
posiciones á la revolucion espailola hasta estrellarla, como
se estrelló la francesa, en el muro de sus propios escesos.


Mucho se parecía Galiana al convencional francés,
cuando aprobando la suspension de garantías constitu-
cionales y abogando calurosamente por el régimen del
terror en las córtes estraordinarias de 1822, esclamaba:
• Yo diré lo que decia siempre aquel elocuente romano
al concluir sus discursos: Delenda est CaJ'tltago. Sí, se-
ilores; destruyamos á nuestros enemigos, y no perdone-
mos medio para cortar la eabeza á la víbora que quiera
selllbrar la muerte entre nosotrüs.))


Más se asemejaba todavía á Dantan cuando en la ma-
llrugada del 12 de junio de 1823, con espanto de los dipu-
tados y sorpresa del público, pedia y lograba en las córtes
(le Sevilla el destronamiento temporal de Fernando VII.




LA l:'\TERVE:'iClON ESTRAiíJERA El'i 1823. 281
Concluiremos esta biografía diciendo que D. Antonio


Alcalá Galiano es el primero de rJuestl'os oradores par-
lamentarios, y que si no puede pasar por el dios de la
elocuencia, nadie negará que ha sido en nuestro pais el
rey de la palab1'a.


Discurso contra la intervencion estranjera en 1823.


«Señores: cuando ayer al concluirse la sesion, juntamente con mi
digno amigo y compañero Sr. Argüelles, tu ve la honra de proponer
á las córtes que alargasen cuanto posible fuese los debates sobre esta
materia, no perdí de vista el importante principio de que conviene que
los contrarios á la máxima que la comision asienta como base de su
dictámen, y sujeta á la deliberacion de las córtes, la impugnasen tan
completamente que diesen á su~ opositores márgen para rebatir sus
argumentos, y alcanzar aquella victoria que deben conseguir, no por
sus cortas luces y eseasos conocimientoil, sino en gracia de la justi-
cia y nobleza de la causa que defienden. Cuantas impugnaciones se
han hecho ha¡Sta ahora al dictámen de la comision en los dos discur-
sos de los señores preopinantes (los Sres. Soria y Flores Calderon),
mas se han dirigido á eOlToborar el principio en que la comision se
apoya, que no á atacarle, y lejos de ser opuestas al noble afecto de
independencia y de gloría que movió á la comision, han sido por el
contrario efusiones del mismo afecto y deseos de que se espusiese más
y más la perfidia de nuestros enemigos, y lo acertado de la conducta
del gobierno y de la representacion nacional en el discurso de las úl-
timas negociaciones. Y parecia seguramente imposible, señores, que
el dictámen que la comision ha presentado sufriese otra clase de im-
pugnacíon; porque ¿qué otra cosa es si no un resultado forzoso, im-
prescindible, de las famosas sesiones de 9 y 11 de enero? pespues de
aquellas sesiones memorables; dcspues de la unanimidad que reinó al
votar un mensaje que no espresaba más que estos mismos principios;
despues de las felicitaciones de toda la nacíon, parecia seguramente
,dificil que todavía la cuestion misma volviese ú ser agitada de nuevo,
y su principio encontrase oposicion.




282 DISCURSO COiiTRA
»~o se crea por esto que trato en manera alguna ni de privar la


libertad, ni de hacer odiosos á los que tratan de illlpugnar el dictá-
men que discutimos; el corazon humano está sujeto {t mil mudanzas;
¿y quién sabe si los dias que han trascurrido, la fuerza de los aconte-
cimientos, razones nuevas que se hayanofreciLlo han padilla pradur:ir
una variacion notable y de buena fé en el ánimo de muchos espaüoles,
que hoy desaprueba~ lo que anteriormente aprolJaron? Yo respetaré,
pues, las causas, y trataré de los efectos. Nada ha ocurrido rlesde los
dias mencionados que varíe nuestra situaeion, á no ser qne habiendo
sentado entonces doctrinas incontestables, al llegar á su aplicacion
nos retraig'amos asustados de las consecuencias, y estemos en oposi-
cion con nosotros mismos y con nuestros sagrados juramentos, de qne
naLla ha podido relevarnos, los cuales invoco en este momento, por-
que los representantes de una naden religiosa no pueden dcscnten-
d erse de sn fnerza.


llPero como desde entonces acá se han multiplicaLlo los argumen-
tos contra aquellas resoluciones; como la seduccion ha ~mpleado to-
das sus armas; como una mulLitud de papeles, que no calificaré,
porque no me toca, ha tachado de imprudentes determinaciones re-
putadas entonces heróicas; como los sucesos de una invasion que
debió preverse han traido muchos y graves perjuicios, en el día la
cuestion parece que se presenta bajo un nuevo aspecto. Sin embargo,
tan lejos estoy yo de creer que los argumentos contra la conducta del
gobierno hayan debilitado los que hacemos los defensores del dictá-
men de la comision, que al contrario, cl concurso mismo de impug-
naciones que snfrimos en ese clamor popular, que yo miraré como
ficticio, es donde haEo yo los principales argumentos para afirmarme
en mis opiniones y para sostener que son puros, y que ahora más
que nunca aparece clara su justicia.


Los argumentos á que aludo aun no han penetrado hasta el sagra-
do de este recinto, ni se han oido en haca de los señores que han
hablado en contra de lo que propone la comision. Agradable seria ~t
esta verlos presentados; y yo annque el menos ilustrado de sus indi-
viduos, me comprometo (y no parezca á las córtes presuneion) á rc-
batirlos, y conteaigo el empeño de reducirlos á polvo. Pero no ha-
biendo oido hasta ahora impugnacion ninguna de esta naturaleza,




LA llHERVE:-;CION ESTRA:SJERA EN 1823. 283


preciso es que en mi discurso esplique las razones que han mo\'ido ;i.
la comision á dar este dictámen, y me dirija á refutar los argumentos
quo se han hecho fuera de estas puertas. Si yo lograse probar á las
()órtes que el gobierno de S.M. ha procedillo de un modo digno de la
nacion á cuyo frente se hallaba, «porque la guerra que la España ~e
ve precisada á f;ostone!', etc.» (leyáel orador el dt'ctámen), eraim-
posible de evitar, á no infringíl' sns juramentos. Si consiguiese gra-
ba!' esta idea en 11l ánimo de los señores C\i¡mta(los, y de una gran
¡nrte de mis coneiudaLlanos, sellaria mis labi()s, y estas serian las últi-
mas razones que cspusicra sobre esta materia; y si ellas no bastaren
(como me prometo bastarán) para despertar el patriotismo dc la na-
nion; si fuese tal el desaliento, que el pueblo, no movido por ellas,
tendiese el cuello al yugo de la opresioll, llada nos queJaba que lla-
cero Ciertos de haber seguido la senda de la justicia y del honor, no
debíamos cuidamos de las consecuencias, y si el edificio social, que
nuestm gloria y honor y la debida atencion al bien de la patria nos
mandaba;} sostener, so Jesplomase sobre nuestras cabezas, t'rnpavi-
dum ferient 'I'uínw. (Jplausos.)


nEI primer objeto que se prcsenta tl la eonsideracion del que
atentamente examinare la materia quc da márgen ú la discusion ac-
tual, Jebe ser si realmente pudo el gobierno eyitar la guerra; de ahí
debe pasar á. examinar una euestion no menos impol'lante, á. saber:
si debiú negociar, y como consecucn0ia forzosa de la resolucion de
estos problemas, si una negociacion no hubiera producido males ma-
yores que los qne deben resultar de la resistencia y de la guerra: y
si la nacion no hubiera tenido peor suerte negocianJo que sujetándo-
se á los males que debe producir la invasion, resultado (segun supo-
nen, y yü no concedo) de la resistencia. La rcsolucion que se diere á
estas cuestiones calificará la justicia y cOllveniencia de la l'esolucion
que la comision desea ver adoptada por las cúrtes.


»Corre muy válida la opinion, seflol'es, de (jne tanto eí gobierno
por su ligereza é imprcvision, cuanto el Gongl'cso por un movimíento
noble, pero imprudente, desaprovecharon una ocasion oportuna para
negociar, ú ya haciendo modificaciones de leve importancia en la
constitllcion, ya cediendo Ull tanto del org'ulIo nacional, y cvitar la
guerra corno otros gobiernos deseaban por su parle. Yo creo qlW




284 DISCURSO CONTRA
quien hubiere fOl'mado tal opinion desconoce la situacíon en que se
hallaba la Europa desue que empezaron las terribles revoluciones que
en los últimos siglos han causado tras tomos espantosos, y que 110
terminarán por ahora, sino que habrán de durar muchos años, hasta
que se fije la suerte de los pueblos sobre bases conformes al estallo
actual de la sociedad ;curopea. No bien los filósofos del siglo XVIII
hubieron aplicado (como tuve la honra de decir al congreso en otra
ocasion) la metafísica á la politica; 110 bien sus opiniones, teóricas
hasta cierto punto, se vbron puestas en práctica en los Estados-Lni-
dos, cuando empezó á tlotarse el movimiento que produjo el gran rc-
sultado M la revolueion de Francia. Inútil es recordar á los que me
escuchan la agitacion que se m:l.l1ifestó en todos los gabinetes de Eu-
ropa, y su casi unánime declaracion contra los principios adoptados
por la Francia, De ahí se siguió la invasion de aquel pais y la derrota
de los invasores.


llLa revolucion siguió su curso más ó menos beneficioso, más Ó
menos violento, hasta que logró asegurar la independencia del ¡mc-
blo francés, ¡Así hubiera tambien fijado su libertad! ¡Así un hombre
nacido de la l'evolucion misma, inventando una especie nueva de des-
potismo rodeado de gloria, no se la hubiera arrebatado! !\fas las
ideas de conquista deslumbraron al pueblo á cuyo frente se bailaba
aquel caudillo: es'3 pueblo, idólatra poco antes ele la libertad, la trocó
por los lau/'eles de su victoria; defensor de su independencia, atentó
á la de otras naciones. Pero atentando contra clla, despertó y avivó
en Europa el amor de esa independencia; y la libertad, su compañera
inseparable, ó como dijo ayer con sumo acierto mi digno amigo el
Sr. Argüelles, una con ella misma, empezó á sel' deseada é invocada
por los pueblos. Entonces se formó esa liga dogmática generalmente
convocada con el nombre de santa alianza, destinada en apariencia á
conservar la paz general, y en realidad á sofocar las ideas liberales
donde quiera que apal'eciesen; lo cual, si no ha conseguido, mas ha
sido pOI' falta de su poder que de su libertad, pues no eran sus fuer-
zas, aunque grandes, bastantes á tamaiía empresa.


nDos princípios dividieron la Europa al modo de dos ejércitos que
están al frente uno de otro, y no empiezan la pelea porque respetan
recíprocamente sus fuerzas. Dos principios que estahan en guerra, y




LA l:'iTE!WEIiC¡O;'\ EStRANJERA E:'i 1823. 285
que tarde ó temprano habian de chocar porque no pueden existir
juntamente, y debe caer uno Ú Otl'O; uno el principio de la soberania
nacional, de donde nace la dicha de los pueblos y la estabilidad de los
tronos: el otro el principio del despotismo, que solo trae la miseria y
la inseguridad hasta para el déspota mismo que tanto se ensoberbece
con su poder. Estos principios empezaron á luchar cnando la naCÍon
francesa en 181a, por un movimiento todavía no bien definido ni
juzgado, llamó á gobernarla á ~apoleon, no al conquistador insacia-
ble, sino al hombre elevaLlo al trono por la voluntad del pueblo, al
qne santificaba con un hecho el dogma de la soberanía nacional. Des-
de entonces formaron los déspotas su coalicion, y cayeron con todo
su poder sobre la Francia, pretendiendo apagar el incendio que sabian
iba Ú <.:onsumil' á la Europa entera.


nEntre tanto, y mientras trataban de sofocar esta llama en el pais
el! que creiaa haber más combustible, despreciaron á la miserable
España, dejándola entregada al despotismo de que la creian digna;
pero como no habian calcularlo con el aliento de los españoles, hé
aqul que micntl'íl s ellos estaban encomiando el sistema de gobierno
establecido entre nosotros, y que miraban como el modelo de la mo-
narquía, cn! 820 esa fábrica del despotismo se vino aJJajo. ¿Y cómo
se vino? De un soplo. Desde entonces la guerra rstaha declarada de
henho en~re 103 soberanos de Europa y la nacion española. La imila-
cion de nuestra conducta hecha por Nápoles y el Piarnonte fué un pre-
testo pr..ra empezar la 'ejecucion de ~us planes; pero la declaracion
del modo de pensar de 1(1. Rusi(1. respecto de la constitucion de 1812,
la llamada á las armas hecha por aqnel gabinete sin ser (~orrespondi­
do por otro alguno, era anterior á los sucesos de l\'ápoJes, era hija
solamente del deseo de sostencr ú toda costa el principio del despo-
tismo que entre los gobiernos absolutos se llama principio monárqui-
co. y no se crea que es solamente el deseo de dogmatizar ó una pe-
dantería filosófica la que nos lleva á sostener ese sistema. Yo comparo
ú los gobiernos de ahora con respecto á los principios monárquicos y
populares con los gobiernos del siglo XVI, cuando empezaron las
contiendas religiosas, peleando parte pOI' opinion, parte por inte-
reses; y sin sabel' los hombres cuál motivo preponderaba en su cora-
wn, se encubría de hipoeresía con la m{¡srara (lel fanatismo, ya por




286 f\ISCURSO CONTRA
el contrario bajaba el fanatismo á disfrazarse de hipocresía. Los mo-
narcas mismos que tanto pl'Oclarnaban ese principio monárquico, se
alegrarian de vet'le destruido en algunos paises por más que lo disi-
mulen con protestas, cuya fil.lsedad es notoria á los mísmos que con
ellas aparentan quedar satisfechos.


))Pero sea de esto lo que quiera, lo cierto es que la guerra contra
España estaha resuelta de antemano, y no podia acabarse sin la des-
truccion del principio, que es el fnnoamento de nuestro pacto sodal.
Así es que tan luego como la Francia viú qne podia tener un portillo
por donde entrar á destruir nuestras instituciones, form(¡ un ejército
contra nosotros. Creería absolutamente inútil probar en este recinto,
donde ya se ha probado de antemano, que el llamado cOl'don sanita-
1'10 no fué más que un ejército enemigo falto de fuerzas para verificar
la ínvasion; pero contínuamente ocupado en favorecer á las partidas
de reheldes que aspiraban {tIa destruccion absoluta del sistema, y res-
tablecimiento del despotismo civil y religioso. Los papeles franceses
ministeriales, como eran casi todos en Fmncia durante los años
de 1820 y 1821 cuando existia la pl'évia censura, ¿no desig'naban á
España como un pais destinado á la proscripcion, donde era necesario
que interviniesen los demás gobiernos de Europa? ¿Hay quien ignore
que esta era la conversacion diaria de esos célebres salones de París,
que tanto influyen en la política europea, y que era propagada entre
los individuos que componían el cardan sanitario, que hablaban de la
imasion como de una cosa que no podia menos de tener efecto? Lue·
go la guerra estaba determinada por el gobierno francés; luego lo
que quería era la destl'llccioll completa del sistema constitucional. Y
así es, señores, que, á pesar de toda esa apariencia de negociaciones
que á tantos deslumbra, vemos que el ministerio francés siempre ha
llevado la guerra pOI' objeto. Los sucesos del j de julio movíeron á
algunos diputados en las cámaras de Francia á pedir una esplicéJcion
sobre el objeto del cordon sanitario. ¿Y qué dijeron lo ministros? Ver-
dad es que todavía no se trató de romper con nosotros; ¿pero no su-
puso el Sr. Montmorency 11 necesidad de que el ejército volase al
auxilio de la familia de Barban que suponia en peligro? L'1 proteccion
dispensada á la llamada regencia de Ergel, el permiso para levanta!'
en Francia nn prt,qtamo ú su rayo!', la mudanza dpl nomhre del ejér-




LA INTERVE:\CION ESTRANJEnA EN 1823. 281
cito francés, no manifestaban más que un progreso constante seguido
por el gobierno francés, que nada desaprovechaba para adelantar en
su proyecto de invasion . ¿Y {t qué se encaminaba esta? A establecer
en Espaüa el despotismo, á sostenrr el principio que llaman monár-
quico. No em su olJjcto el q1le el rey tuviese mayor ú menor libertad;
no era que el Consejo de Estado, que ningun afecto puede merecerle,
gozase de mayor ó menor consideracion; no era ninguna de estas
causas; era el principio que estaba gralJado en aquelia l{tpida, y que
ser<'t eterno mientras los e,~'paüoles conozcan sus intereses; que la so-
beranía reside en el pueblo, que este debe hacerse sus leyes funda~
mentales y no recibirlas como concesion de un déspota. Perdónenme
las cÚl'les esta espresion, y no crean que mi labio puede ofender al
actual monar(ja de España; Ite querido pintarle tal como seria si vol-
viese <'t la plenitud del poder L{ue los estranjcros quieren concederle.
(Aplausos.)


))Hé ahí, señorlOs, el objeto ~t que constantemente se han encami-
nado las lleg'ociaciones tic Yerona, á que tan impropiamente se da
este no:nhre. ¿A qué se redujeron? ¿Qué vemos en ladas ellas, con-
sultando esus papeles célebres presentados al congreso británico, y á
los cuales me será permitido recurrir como documento bastante au-
téntico, aunque para la comision, no ele oficio? ¿ Qué consta de todos?
lJ na protesta cuya sinceridad no quiero calificar; de que no se ereia al
principio que aquel congreso célebre se ocupase en las cosas de Es-
paüa. Volvamos la vista al mes de octubre último; recordemos la si-
[nacion dc España respecto ¡j, Fnmcia; la ansiedad con que todos mi-
rábamos la reunion de Verona, y convendremos en que no hay un
solo hombre de buena fé que en el momento que se anunció no cre-
yese que era España su principal, sino su único objeto. Pero demos
crédito <'t los ilustres negociadores que sostienen lo contrarío; corra-
mos sobre nuestra vista un \'elo, y encontraremos que, no tratándose
en Verona de los negocíos de EspaLia por tres cuestiones útiles é hi-
potéticas presentadas por el ministro de relaciones esteriores de Fran-
cia, que representaba en el congreso á la potencia de cuyo gobierno
hacia parte, aparece de repente una determinacíon de rompimiento
con España. Pues qué ¡ esas tres cuestiones hipotéticas, ¿hicieron en
IIn momento abrazar una l'csolucion de tal tamaño? Tres cuestiones




288 I.JISCUltW eOHIlA
que bien examinadas casi carecen de sentido, ¿pudieron producir en
un instante la resolucion de una invasion? ¡Ah! No, señores, que es-
taba determinada de antemano; ¿y con qué objeto? Si atendemos á los
altos potentados que tuvieron pal'te en el congreso de Verona (y me
aparLo de la Fl'ancia que se dice constitucional), ¿qué modificaciones,
qué clase de libertad, por restringida y por incompleta que fuese, po-
díamos espeml' de ellos? Los pal·tidores de la Polonia, los despojado·
res de Sajonia, los destructores de la libertad é indepellllencia de Gé-
nova, los comprimidore3 de toda idea liberal y generosa, los que han
intentado repartirse la Europa, los que no han sabido mas que besar
la planta del déspota más poderoso, é imitarle despues con menos
valor, aunque con menor éxito, ¿de esos se esperaba la carta de Juan
sin Tierra, el bill of l'ig!tt del parlamento inglés? i Ah! no, seño-
res. ¿Cómo es posible que ni uno solo pueda creerlo? ¿Cabe en un
buen entemlímiento esperar libel'tad de los que no solo no la tienen,
pero ni siquiem la conocen? Pues esos eran los que influian en las de-
terminaciones de la Francia; esas las potencias cuyo influjo, aunado
con el influjo aristocrático fl'ancés, estaban decidiendo el arrancar á
España su libertad. El resultado, sin embargo, del cC'ngreso de Ve-
rona no fué una declal'ücion de guerra, fué una cosa más absurda
y más ridícula de que la nacion ha hecho justicia; pero que pOI' una
ceguedad ó trastorno de ideas inconcebibles, si bien fué calificado en
enero como un pecado absurdo, ahora es mil'üdo como una basa de
negociaciones.


))1\0 quiero reconlar, señores, los efeclos que produjeron las no-
tas en nosotros; solo preguntaré: ¿qué contenian? ¿Dónde se presen-
taba en ellas una basa de negociacion? ¿Lo eran las inculpaciones he-
chas á los soldados del ejército de la Isla, al gobi0rno y al congreso
nacional? ¿Lo eran las ragas y absurdas imputaciones hechas á la
constitucion? ¿Lo era la crítica de las operaciones riel ministerio? ¿Lo
era el pretc:1dido celo por la Iglesia? ¿Pedian nada en ellas? No; bus-
caban lo que em preciso que resultase; un resentimiento de nuestra
parte proporcionado á la gmndeza del insulto. Sí, señores; si elob-
jeto de aquellos eslraños papeles no fué otro que hacer dar al go-
bierno español y á las córtes una cOlllestacion vigorosa y alentada, lo
consiguieron; y si den veces lo repitiesen, eíen veces 10 conseguirían;




LA ¡:'íTERVE:iCION ESTRANJEHA EN 1823. 289
Y mientras hubiese fuerza en mis labios, mientras mi VOZ pudiese te-
ner alg11n intlujo en mis compañeros, yo les exhortaria á que siempre
diesen igual respuesta. (Aplausos.)


))Produjel'on este ereeto, y era imposible que produjesen otro; y
de ahí se empezó á organizar con la retirada de los diplomáticos es-
I.ranjeros la g'uerra que ahora tenemos sobre nuestra desgraciarla
patria, Entonces, señores, es cuando ya se presentó un asomo, ulla
yislumbre de negociaciones, de esa negociacíon que ha seducido á
algunos incautos que la suponen clara y terminante; con cuánta equi-
yocaeion, harlo demostrado está por la comision en el preámbulo de su
¡\ietámen; harto lo estuvo ayer por el Sr. Arg'üelles, y hoy por mí lo
estará de nueyo. Dícese que una potencia que hasta ahora habia eom·
hatido siempre por la libertad de Europa y por la independencia
de los puehlos; una poteneia que eonoce por la pl'áetica las ventajas
que resultan tIe nnfi constitucion libre; una potencia, cuyo interés es
conservar los principios de la libertad en todas partes, porque puede
verse atacada en ellos por esos mismos ambieiosos qne queriendo
aparecer eelosos ele un dogma, lo serán solo de sus propios intereses,
interpuso su poderoso inDujo para que se suspendiese la guerra; y
aqu[ se nos inculpa cabalmente poI' no habor aprovechado esta oca-
sion favorable para conseguir buenas condiciones. Pero es menester
estar absolutamente 01 viciado de todos los principios diplomáticos; es
menester no tener conocimionto ninguno de lo que son neg'ociacio-
lles, para asegurar que existe alguna en todo 01 contexto de los pa-
pelos prcscntados al parlamento inglés. En cuantos ha examinado la
comisivn, solo una vez se oye hablar de mBdiacion. ¿Y para qné?
Para ser desechada por el gobierno francés. Se me dirá que si no '13.
habido mediaciol1, ha habido buenos oficios por parte de la Inglater-
ra, ¡Ah, señores! ¡Qué poco conooe las arterías de los gohiernos el que
desprecia las f61'mulas cn que descansan las nAgociaciones! ¿Qué sc-
g'uridad presentaban aquellos buenos oficios al gobierno español?
¿Cómo debia fiarse, no digo yo de un gobierno como el de Francia,
que al paso que tenia un ejél'l:ito amenazador, protestaba que solo la
maledicencia podia tIarle este nombre, no digo yo de ese gobierno
rnaquia vélico, sino de cualquiera otro m(LS puro y más sincero que
fnesp'i Pues qnt', l,no se Yeia en el hecho mismo de no admitir nin-


Ifi




290 DISCURSO CONTRA
gllna mediacion, un deseo de evadir la cucstion? Pues hé ah! lo q lIe
PI g'obierno francés ha hecho; sin admitíl' la mediaciOll de la Ingla-
[¡'ITa, ha sentado proposiciones vagas. ¡,Pam qné? Para dividir la
opinion en España; para fOl'tiOcar su ejército; para haCe!' las separa-
I~iones do oficiales que creía convenientes, y, en fin, para preparar la
ilwasioll ahora efectuada.


}) ~Iíentras por S[ pl'eparaba estos mcdios, hemos visto en España
folletos incendiarios caminando bajo distintas banderas; pero idénticos
lodos en su fundamento; hemos yisto la monstruosa reunion de hom-
bres que siempre habian e~tado separados para atacar al gobierno y
;'t las córtes mismas; hemos visto formarse un tercer partido, que pa-
1'1;1:0 va cobrando una estension poco proporcionada á la debilidad de
sus eirnientos. Los bu ellOS oficios de la Inglatena solo han servido,
pIWS, para uar á la Fl'an()ia el tiempo necesario para preparar mejor
la im'asÍon por lIleLlio tic las artes más "iles. Aquí, señores, repetiré
yo la protesta que hizo ayer el Sr. Argüelles: tampoco se crea que
yo hablo ahora el! nombre de la comision; cargo gustoso con la res-
ponsabilidad que me toca, y digo que no puedo menos de estrañal'
que aquAI gobierno, ('uyos buenos oficios se interpusieron, haya cor-
respomlido tan poco á la fama de su sagacidad, ó se haya oIYidado
tanto de sus intere~8s, que haya dado pasos tan débiles para impedir
una gllcrra que !la le cÜllviene, pudiendo hacerlo, no por el medio de
tomar parte en la gllelTa, sino por una declaracíon solemne que hu-
biera aterrado al g'obierno frall,?és, sin acudir á las discusiones famo-
sas que últimamente han tenido lugar en el parlamento británico: me
atrevo á repetir que aquel gobiemo no ha. dado todos los pasos nece-
c:arios para impedir la invasÍon de Espafla. ~o le culpo pOI' eso; digo,
como a ye l' nllo de los señores preopinantes, qne cada gobierno es el
mejor juez de ~llS propios intereses: quizás el gobierno de la Gl'an-
Bretaiía se va abriendo un precipicio ..... dicho sea esto de paso, para
qne se vea fllle estamos enterados de los pormenores de esta cuestion;
pero corramos un velo sobre ella, no se crea que por medio de aeri-
mi naciones tratamos de escitar una eonmiseracion que no necesita-
mos. (A plausos.)


»No es á ella á lo que se ha de deber la salvacion de la patria;
~erá, si, al eonvencimiento qne tengan los gabinetes de que sus inte-




I.A INTERVENCION ESTRANJERA EN 1823. 291
reses son los del mundo civilizado; y si los olvidan, será más grande
nuestro peligro, pero será más glori6sa la victoria si triunfamos; y
si caemos, caeremos con gloria; con nuestra ruina se abrirá una sima
en que habrán de ser precipitadas todas las naciones que blasonan de
libertad. No se crea que son estas declamaciones vagas, no. ¡Ay de
todo pensamiento grande 1 i Ay de todo afecto noble si una vez llega á
apagarse la llama que brilla en nuestro suelo, y que indica como Ull
fanal el puerto á donde han de hallar abrigo la seguridad de los tro-
llaS y la felicidad de las naciones!


nVísto, pues, que no hubo un gobierno que diese semejantes pasos
llirigidos á impedir que la guerra tuviese lugar, ¿cómo, ó por dónde,
se puede decir que había de entablarse esa negociacion? ¿Se encuen-
tran acaso sus pasos en un famoso Jlemorandum que es ya demasiado
público? Yo me abstendré de hacer ninguna reflexion sobre él; por-
que cualquiera que hiciese deshonraria mis labios. ¿Qué contenia ese
iJlemorandllm, que ni siquiera llegó á ser presentado á nuestro mi-
nisterio? ¿ Y qué contenia, repito? ¿Acaso alguna proposicion clara
de algun ministro francés? No. Opiniones de una persona respetable,
sí, áEspaña; pero al cabo estranjera: opiniones fundadas en conversa-
ciones con ministros franceses. Pero esas conversaciones, ¿eran segu-
ridades de que seria respetada la independencia de España «si se pees-
tase á ciertas condescendencias?» ¿No apareció por entonces el dis-
curso del rey de Francia, que las desmentia completamente?


nSe me dirá que este discurso rué interpretado por el gobierno
francés; pero ¿cómo lo fné? En secreto. Hé ahi la astucia, el artificio
demasiado vulgar, demasiado ratero, ele que aquel gobierno se ha va·
lido, y me admira que haya podido darle valor ninguno. El gobierno
francf~s sigue una condncta sostenida en sus papeles; declara el abso-
lutismo como prineipio dominante, porque absolutismo llamo yo á la
baja pl'omesa de que pudiéramos esperar algunas concesiones del mo-
naeca, promesa que se hace tanto más vaga é incierta, cuanto más
atendemos á los años de nuestra reciente historia. (Aplausos.) Este
absolutismo fué defendido por el gobierno francés como primer prin-
cipio de su conducta, lo rué por sus ministros, lo fué por el discurso del
rey que se interpretaba en secreto. ¿Y por qué se interpretaba? Aqlll
lhmo yo la atencion del congreso; en una conferenoia, que no me





292 D~scunso CONTRA
atreverÁ ú calificar, un ministro Je una potencia estl'anjera, sin-
ticndo la imlignacion quc no podia menos de inspirar el discurso del
r('y cl~'. Francia, insinuó que no sabia cómo entenderle; y esta idea,
aprovechada por la sagacidad del ministro francés, prodnjo el efecto
que este apetecia. Ya no era el rey vuelto á 1i1 plenitud d\~ su podel' lo
que la Fl'alllja proponia; era solo algunas ligeras modificaciones; era
que 103 diputados turiésemos algunas propiedades; en fin,hagatelas
qne daha lástima p:trar la atenl'ion en ollas. Sin C'lllba¡'go, no perda-
mos de vist,,- ¡¡ue aunque hubiesen sillo sincrras estas ofertas, toclavía
ellvolYi¡ltl \ln 11l'incipio peligrosísimo. La rariacion m{lS leve en la cons-
titllcion traeria grandes males, y sobrc tallo la faIt" de nuestros jl1l'a-
mentas; y entonces, ¿qué fuerza quedaba á la nacíon? Si concediése-
mos á los eslranjeros el derecho de emiti!' una opinion qne produjese
efucto en lluustras cosas, ¿quién uos aseguraba que mañana no qui-
siesen varitl!' de nuevo nuestras leyes? ¿Quién que pidiesen despllcs
llna cámara aristocl'(Llica? i, Qllién (I11e no pretendiesen en seguida que
por ulla ley ue clc~;ciones artificiosamente combinaua la cámara po-
¡mIar se redujese á ser una cmanacion de la primera? ¿Quién qne no
atentasen á la lihel'lad de imprenta? ¿Quién, últimamente, que no
aeonsejasell all'ey que retirase la cada qne nos habia concedido y nos
dejase el despotismo sencillo y puro? rIó ahí las conseclleneias que eran
11e temer de cualquiera COIW8Sioll. Por lere~, pues, que fnesen las
que de llosotros se exigian, siempre eran peligrosas; y, ¿qué seri,l
sicl1,lo fcllscLs, siendo soic!mente unas miserables ~1il~gazas? Porc¡ne,
clesengañl'monos, seüores, !lO hay un solo documenlo de otlcio (Iue
presentc tales proposifjo1l8S. Dice MI'. de Cbalcaubl'iancl, que es [lro-
hahle que nuestras concesiones satisfaciesen al gobierno francés; y el
gobierno ing'll's, di' nn modo (':1.~i indiferente, apl'Oveclla esta oca~ioll
para llaeer patente C¡!le seria 1111 delirio por cosas tan leves no impedil'
la guerl'é1, ljlle elebe traer gTallcles males á la causa de la patria. El
gobierno cstl'anjero que haeia estas pl'oposieiones, como no cuidaba
¡lo! punto de nuestro honor, pOtlia muy bien aconsejarnos un saerifi-
CiD doloroso y funesto; poro nosotros no podíamos haberle pregun-
tado: ¿por dónde teneis seguridad de flue concediendo esto la guerra
cesal'ia? ¿Qué promesas solenwes se os han hecho en este punto? Una
~(\lamente habia <¡Uf) illllicaba cl¡;,d debia ser la. comluda del gobierno





LA InER\"E:\GIO:'\ ESTHA:>iJERA EN 182:1. 29;{
fmncés; ¿y cu{l! era esta? La de que la Francia no re~al'ia en sus pre-
parativos de gnerra. lIé allÍ la scgnridarl qne habia; h{\ ahí las venla-
ja:, Illle la l)(itria parEa prometerse ds cedm'; lll' ahí lo que sr cxig'ia
sin rctl'ibllciün alguna, qno la uacion se dcgl'aclase, y h degraLlacioil
jamás ha sido el medio ¡]~ conservar la, imlepenrlcncia ni las libertades
pllblicas.


nNo vco, pues, por más que lo examino, una sola neg'oci<lcion,
no "eo un solo medio por don ele ello. fllese aclmi,iblc. Si cn "cz ele
tener España un congreso, como me complazco en decirlo, aunque
me alcance alguna parte do este honor corno el último rle sus m iem-
bros; si en vez de lener un congreso digno de representar ú la na-
cion, y empapado en 103 intereses nanionales; un gobierno pundono-
roso y un pueblo ccloso de su gloria, !Jubiese tcuiLlo un cougreso co-
Larde, un gOlJiUi':1O degradado, qne Ilubiese querido acccclcl' Ú estas
cOlwesiones viles, y Ull pueblo pronto á someterse al yugo, la infame
condescenLlencia ú las prolJosiciones ele los estralljcros hubiera milll-
c!Jmlo el honor llllcional, y no nos huLiera sal\'l\llo de la ruina, sino
que la hubiera traillo acompañada ele ignominia elerna. La imasion
se hubiera cl'ecluado porque estaba ya determinad::!, porque estaln cn
los inlereses del gobierno frallcés, porque ella sola poelia asegurarle
en la ~illlaeion en que se el1contJ'[\ba. Era, pues, la imasion resul-
lado iucyitable de las eireul1staneias, ¿y no lo ~eria la resistencia'!
¡Ah señores! Para quien conoce lo que es el pocillo español, il1\'asion
y resistenria son sinónimos.


nPl'obado ya, como ú mi entender he probado, CJue el gobiel'l1n
no pudo negociar, y que jamás se le han presentaLlo términos admi-
sibles, veamos si debió negociar; y aquí no crea ninguno ele los qUll
me escuchan, ni la Europa entera, que atenderá á estas cue,~tione:~
importantes, porqtle atll1C]1l8 pobres pig'mcos estamos eleyado~ sobr:'
Illl pedestal inroenw; no crea que somos, como dijo ayel' un seüol'
preopinallte , pedantes dO!jlllatizadol'l's, üuamlo decimos que nn(,3tI'O:~
juramentos nos ligaban, y que nos era imposiblé quebrantarlos sin Ilc-
lito y sin daüo de la patria. :\{) recurriJ'l~ yo tí. rn:'tXimlls Yulgal'cs, aun-
Ijue ciürtrrs; 110 diré que la jusficia C3 la \'erLladera políLica; no di!('
qne la fidelidad al juramento ha sido siempre dislintivo del lJueblo
español, y debe serlo dAI r:OIl:j'rC,O que le representa; me valdré de




294 DISCURSO CO:'iTRA


consideraciones de distinta índole, y probaré que no debimos quebran-
tar nuestras obligaciones, porque el infI'ingirlas, lejos de ahorrar males
á la nacíon, le hubieran causado otros mayores. Acordémonos, seño-
res, de la época en que nuestro gobierno recibió las primeras invita-
ciones de los estranjeros: ¿cuál era entonces la situacioll de España?
Facciones levantadas en las provincias, partidos poderosísimos dentro
de ella misma ..... Bien conozco que estos partidos eran atizados por
el esLranjero; pero al cabo su influjo era poderoso.


llExisLia unaso~pecha infundada, propag'ada qllizá pOI' lo~ misml)~
conspiradores á nuestra ruina, de qne el gobierno eslaba entendiendo
en algnnas reformas; yen este caso, ¿qué tlebia hacer esle gobiernoY
¿Debia examinar la base sobre que esLribaba? Porquc no debemos
perder de vista que en el momento que las córtes, antes de lleg'ar el
término, ysin usa\' delos t!'limites que lamisma constitucionprescl'ibc,
alargasen una mano profana al arca santa de nuestr[¡3 leyes fundamen-
tales, su poder se desmoronaba, y la obediencia que les pl'CSLllSen los
pueblos seria una obediencia de conveniencia, pero no de derecho.
No, no perdamos de vista ese sagrado principio; allí eslá el ara á que
debemos abrazarnos, porque con ella podremos triunfar con gloria;
fuera de ella no tenemos más que percticion.


))8i las c6rtes) pues, hubicscn faItado á sus juramenlos, la guerra
de partidos hubiera empezado: quién hubiera apellidado el despotis-
mo; quién hubiera pedido cámaras; la ,·oz de la república tal vez hu-
biera levantado su cabeza, aclamada por quien menos la apetecia,
para da\' crédito á la falsa opinioll de que habia entre nosotros una
fraccion que la deseaba: en fin, ¿,]uién puede calcular lo que baria
un pueblo abandonado á sí mismo? ALandonar nosotros la cOllstitu-
eion, seria proced8\' lo mismo que un hm¡ue flue cuando la tormenta
le combatiese con más fuerza, arrojase su timan, y quedase hecho
juguete de los vientos y de las olas. No hubo, pues, nillgun medio
honroso que proporcionase seguridad á la patria, siguiendo aIro ca-
mino que el que fué seguido pOI' las córLes y el gobierno; y por una
consecuencia forzosa ninglln otro camino podia habernos puesto en
salvo, ni en ninglln otro podíamos haber encontrado un resultado
linal menos doloroso que el que vamos siguiendo; porque suponga-
mos en hora buena qne la constitncion hubiese sido modilleaLla, ¿cómo




LA INTERVENCION ESTHANJETL\ E:i 1.823. 295


se hacia esta modificacion? Ko puede menos de causarmc risa, al
paso que indignacion, un papel que anteayer oyeron las cúr[e,:, cuyos
argumentos solo merecen su atencion presentados en una forma mas
respetable.


»En e3e papol se presenla UD procurador de la ¡Iatria, y en nom-
bre ele ella nos promete que cesarún las facciones en el punto cn (jue
se modifique la con3titLlcion. Yo voy á considerar esta cuestion corno
político y no como dogmatizador, y aprovecj¡ar(~ la idea riel Sr. Ar-
güelles Je quc no soy apologista de la constitucion, sino su defensor.
Crco y sostengo 111113 en nuestra situacion actual, cualqlJiera mudanza
en ella produciria males gra vísimos á la patria. Y no me arredra el
clamor que fuera del reino se ha levantado contra ella, ni las dispo-
sieiones estraorJinarias á que para defenderla. es forzoso recurrir;
nonozoo qne clIil.lquiera constitllcion qne hubiera sufrido golpes lan
poderoso~, hubiera caido. No los sufrió mayores ni tan fuertes la
cOllstitucion ingles", cuando vino á tierra en tiempo de Cell'los 1, Y
estuvo próxima á desplomarse ett"ticmpo de Cários U y su SLlce~or y
hermano Jacobo H, como hubiera sncerlido á no haber acudido á Sll
"ocorro un liberlarJor con un ejército. Cualquiera sistema de gobier-
no es puesto á embates tan violentos como los que reeihe el nl1e~tro
hubiera caido sin duda.


))Vuel\'O á repeti!' <¡ne ni censllI'o Ili elogio la constitucion, llUO
HO me toca juzgar; más sí defiendo una múxima que forma su base,
y á la cual se hace p!'incipallllente guerra; máxima que yo por mi de-
claro que estoy di~rllesLo ú so~tener, mient.ras l'e;;pire, la máxillla ele
la soberanía popular. Yo creo cn ella uo ~olo una verdarJ innegable,
cuya mayor prueba es qne los mismos que no la quieren reconocer
traen en apoyo de sus pretel1sioues la opinion del lmeblo (¡homemtje
hm'moso rendido por los enemigo" de la liberl[ld á ese principio, al
tiempo mismo que tratan de L1e~[lr;redilarle y proscribirle!), SillO tam-
IJicn un principio fecundo en hermosos resllItaLlos, y lo que es mi'¡~
estraño, mal Cjue les pese ¡'l los que le impugnan, el único, el único,
~í, seüores, que pUCllr dar estabilidad á las constituciones. Llamo la
atendon de mis compañeros y de todos cuantos me escuelJan, no ,"l
las teorías Cjue han sentado los que han escrito sobre el contrato so-
dal, sino á las leceioues que nos da el gran libro ele la historia. ¿,Cu,í-




296 DISCURSO COYfRA
les son las naciones que conservan su constitucion por más tiempo
ilesa, y que la han hecho salir triunfante de los combates de SUS
enemigos por más tiempo? ¿Acaso aquellas cuyas leyes emanan de la
voluntad real? ¿Cuáles son las naciones que se nos presentan con Ull[l
Gonstitucion más duradera? La Inglaterra: ¿y por qué? Porquo sus
varones, con la fuerza de SlIS lanzas, hicieron flrmar la mag'na carta
ti lino de sus monarcas; porque los hijos de aquellos mismos "arones,
cuando IlllO de los reyes posteriores quiso privarles de las libertades
concedidas, le dijeron con firmeza: iYútllmllS teges Ji ¡¡[¡{¡'m Jlllllari;
porque despues en todos tiempos resistieron al porler de los reyes, y
porque despues en tiempo de Cárl03 I supieron resistit· {t aquel im-
prudente rey, aunque con estra\'íos, sí. ..... Pero apartemos la vista
de estos sucesos, teniendo presente cuando hablemos de estos 6stra-
yíos que no deben confundirse con la libertad misma, y acordémonos
que siempre son provocados por los escesos elel despotismo . (Ji ]llG/ESOS.)
Porque cuando lanzado elel tl'ono el último (le los Stuurdos, vinieron
á ocuparle, llamados por el pueblo,..Guillermo y María, tmieron que
aceptar en el biH de derechos la capitulacion cun arreglo ú la clla!
habian de reinar sobre los ingleses.


nCol1sideremos la constituciol1 de otras naciolles. AllÍ se UDS pre-
seuta un pais único que consena en Europa el nOl1ibre de república,
y que para ello algo deberá ciertamente á sus instituciones, cuando
cn medio del torrente de la revolucion fmncesa, qlle ha mudado la faz
de tantos imperios, ha sabido sacar salms sus leyrs y gobierno popu-
lar. Esta es la Suiza; y, ¿á qné debe Sil libertad? A la resistencia y á
la sobel'anía del pueblo.


nVolvamos la vista ú los Estados-Unidos, cuyo país presenta el
bello ideal, por decirlo así, de la~ instituciones humanas, y el vcrlla-
clero camino de la prosperidad y de la gloria. Y i.ú qué deben su po-
der? ¿A qué la estabilidad de Sil conslitncion? A let rcsistencia y ~t la
sobcl'anía nacional. Por el contrario, los paises donde los reycs Ilan
liado cartas ú sus pueblos, aquellos cuya suerte penlle de la varia
voluntad de los déspotas, ¿qué nos presentan? Miseria y degradarioll,
y no solo degradacion, sino inseguridad pam pueblos y tronos, g'U81'-
ras civiles contínuas, ningnna estabilidad; y tocIo esto ¿rOl' qué? Por-
qlle las voluntarIes de los reyes son tan varias y mUllables como sus




LA Híl'ERVEtiCIOX ESTRANJERA Er\ 1823. 297
diversos caract8l'eS y los de su::: ministros y favoritos. Esa misma
carta francesa, Lajo la cual dice la misma Francia que goza de liber-
lilfl completa, y yo así lo creo, porque no me meteré á definir cuál sea
la libertad qne á cada nacion conviene; esa misma carla, ¿.por qué se
"ú amenazada? ¿Por quú atacada á cada paso? Porque emana del po-
(ler real, y por eso cada hora se presentan los ministros del rey
de Francia, díeiellilo: ((Elrcy, ('uyct honrlad suma concedió esta carla
ú, sus súbditos, "iene alwl'il Ú interpretal'h; sentiremos que se crea
CIllO se trata ele alacar los dcrccllOs olorgados por S. M. á sus pue-
blos; pero estad seg'llros ele que en ese caso debeis snponer que el
rey, de quien emanan torlas las leyes, 03 dar¡'l las mejores.


» En eonsecuencia ele esto, h cámara popular se eonviel'le en
aristocracia; la libertad de irnprenta cae, y todas las instituciones
perecen, y de la libortall no queda ni ~ornbra, Porque, ¿qué es la
carta actual de la Francia comparada con la dada por el tey mismo
en 1814? i Ah! i Con que las cartas otorgadas por los reyes en solo 01
corto espacio de algunos años aparecen ya tan desfiguradas que na-
die las conoco, c:uuudo las cartas qnc emanan de la soberanía nacio-
nal por el contrario, lejos de esperimentar semejantes trastornos,
existcn intactas é ile,as, dando enl'idia Ú los demCts pueblos, y mani-
festando tt todos los hombres que los que "iven hajo su imperio go-
zan por largos lUjOS de los preciosos derechos ele la libertad é inde-
pendencia, y ele la seg'llriclad y "entura, hi.ias de la estabilidad de sus
leyes!


»Lllego la sobcranía de la nacíon, ese dogma impugnado ó como
falso, ú corno inútil, ó como pernicioso, aparece no por teorías dis-
putables, sino por el testimonio de la historia, el m~lS conducente
]Jara asegurar la felicidad de los pueblos. Pero si una carta dictada
po\' L111l'ey, en teoría general, no asegnra la estabilidad de las leyes,
así como tampoco la felicidad del pueulo, mucho menos las asegura-
ria en España, en la cnal ¿ClJmO se sostiene esa carta? ¿Cuál era el
partido que tendl'ia en sn apoyo? Yo no din' que haya en España dos
partidos; pero si por un momento conviniera on que los huuicse; ~i
pudiera darse el nomhre .le partido 11 esa rcunian asquerosa y mal
aVfmida de fl'ailes y palaciegos eon gellte seducida pOI' el libertinaje
y el des"o del robo y el saqneo; si la seduecion c!e un pueblo infeliz,




298 DISCURSO COXTRA
que no sabe lo que se quiere, hubiera de considerarse como 111 es-
presion de la voluntad general; y si en fin las bandas de facciosos tlue
infestan algunas provinoias pudiesen entrar en paralelo con el glo-
rioso ejército espaüol, con esa parte sana que estil resuelta á pel'cucr
en defensa de la libertad, entonces sí se verian llos partidos en Es-
paüa; pero el uno decidido por el más oLlioso absolllti~ITlÜ, y el otro
por la libertad, tal cual nos la da la Constitl1eion de 1812.


))Pero, ¿dónde estaria el partido medio que se supone eutre estos
dos estremos? ¿Acaso en unos pocos de literatos que pueden haber
heuho uso de unas doctrinas conocidas ya deslle el tiempo de Montes-
quieu y toda vía muy disputadas? ¿Acaso en las gentes prontas ~t re-
cibit' cualquier partido, servidoras del tiempo y del poder? Esas dos
clases formarian el tercer partido; ¿pero con qué secuaces eontaria'?
¿QUé intereses conciliaba acaso el inquisidor que se ha ,'isto despo-
jar de sus pingües rentas, el eelesiástico que ha visto disminuidas
las suyas con la rebaja de los diezmos, y en fin, toJos los que han
perdil{o por efecto de las reformas, todos los que antes vivian ~l la
sombra de los abusos? ¿se contentarian con las dos c{¡maras y el
veto absoluto? ¡Qué absurdo! Pues qué, ¿acaso es eso por lo rlue ellos
pelean? ¿Qué se les da á ellos cuanclo todo lo que no es fanatismo
absoluto y puro debe series absolutamente indiferente? Acaso les serú
más odioso ver que cierta clase que contaba como aliada suya iba
contra sus intereses.


»El partido verdaderamente nacional, el partillo firmemente adiu-
to á la Constitucion, ¡,se a vendria eon estas reformas? ¡ Ah señores!
Sobre este punto apelo ú la voluntad espaüola, tün ul1(¡nime y tan
solemnemente manifestada. Y no se diga que desde el momento de la
imasion han variado las cosas: yo oigo á todos quejarse del general
desaliento: yo tambien lo confieso, no observo aquel entusiasmo ge,
neroso que reinaba en otra époea.


»Conozco que los artificios de nnestl'OS eucmig'os han intluido de-
masiado sobre nosotros; pero, sin embargo, COllozeo lambien que
nuestra posicion es más bien que la de la :11uerle la de un sueüo li,
gero, que tendrá un despertar tenible: sí, la nacion duerme, pero
despertarú; y ¡ay de sus opresores el dia qne despierte verdadera-
mentel (¡1plausos.) La nacion duerme, es verdad; pero se ya 1'1'epa-




LA IWEIWENCION ESTRAl'iJERA EN 1823. 299
rando una escena terrible. Verdad es que en algunos pueblos han
sido obsequiados los invasores; tambien 10 fué Napoleon: aquel rué
recilJido con aplausos y festejos mandados por los mismos que se V2n
obligados á hacerlo por las circunstancias; tal vez aquí habrá más:
la scduceion habrá adelantado; pero por ventura, ¿es esta la masa
general de la nacion? Pues qUÉ', ¿no vemos que los que están compro-
metidos huyen del enemigo; que el malvado busca en la algazara una
ocasion de venganza y robos, y que llna no pequeña parte de los que
gritan son los que están pagados pOI' los agentes del despotismo y
por los mismos estranjel'Os? N o es pues, señores, el desaliento de la
nacíon tal como algunos suponen, ni ella se a ü:me bien con la opre-
sion J ni aguarda con ansia á los invasores. Pues bien; sí la constilu-
CÍon del año 1812 debe ser nuestro norte, si cualquiera tentativa
para mudarla seria perjudicial á la nacíon, ¿por qué en algunos la
porfia de decir que las córtes y el gouierno han procedido con lige-
l'eza é imprudencia en negarse á admitir proposiciones? Ni pierelan ele
vista los que lal dieen, que para mantener una reforma, sea la que
fuere, en Espaüa; para traer ú ella y estauleeer una eonstitucion
elaborada, permítaseme esta espresion, por manos estranjeras, era
menester que hubiese quien la g'uardase. Era preciso que los mismos
amables jardineros que trajesen la preciosa simiente qUfluasen entre
nosotros para atender al erecimiento de la planta hasta naturalizarla
y aclimatarla en nuestro suelo.


nTendríarnos, para dejarnos de alegorías, que conservar un ejér-
(jito de oeupacion con todo el gTavúmen y tOllos los males que siem-
pre trae consigo, y como la genermidad caballeresca de los gabinetes
e~ solo una frase galana, que queda en la pluma de los escritores de-
dicados á su elogio, y como no hay nacion tan desinteresada que es-
penda su sustancia en pais ajeno, tendl'Íamos que dedicar sumas por
eierto cuantiosas para mantenel' este ejército de legisladores y este
senado de lJayonelas. (Aplausos.) lIé ahí, seüores, los efectos de lla-
ber seguillo otra senda que la adoptada por el gohierno; hé ahí des-
hecha esa fábrica ele argumentos qne se quieren levantar contra no~_
utl'OS; ni cómo habíamos ele seguir Otl'O camino que el porque cami-
namos J cnalHlo solo en él podíamos encontrar el honor y la seguridad.
Diputados [01' la constitucion, á la constilucíon debemos atenernos;




300 DISCURSO CONTRA
representantes de la nacion, debimos consenar su independcncia;
hombres de honor, no pudimos menos de aprobar la conducta del
gobierno, dictada por sus obligauiones y pOl el pundonor propio de
la nacioll á cuyo frente estaba. ¿Pues qué puede detenernos, seño-
res, en yotar el dictámen de la comision?


llLejos do mi la idea de querer dominar hasta lal punto las opi-
niones de mis dignos compañeros, que pretenda en este momouto
que se presente en el congreso aquella hermosa unanimidad que ofrc-
cieron las sesiones de 9 y 11 de enero; unanimillaLi que produjo unos
efectos tan generales en la nacion; y unanimidad que si allora sc rc-
pitiese tal vez bastaria por si sola para escitar en todos los pechos
españoles el noble entusiasmo que se necesita para aterrar á nuestL'OS
invasores. Sin embargo, si me fuera dado esforzar el convencimiento
con aquel sentimiento patriótieo con que ayer se cspl'esó un oraLlor
distinguido, conmoviendo al congreso entero, yo me atreveria (i es-
perar que si la votacion se hiciera cn este momento, el entusiasmo
corroborado por las razones, produciria la unanimidad.


¡¡Votemos, señores, votemos el dictámcIl ¡Jc la uomision, y no
crearnos que al votar votamos otra cosa que la confirmacion de nues-
tros juramentos; yotémosle, y creamos que votamos, no un libro ni
la ventaja de una ó de dos cúmaras, ni que el poder sea de este ú dc
otro modo repartido, sino la gloria, la independencia, el honor, la
felicidad de la patria y de nuestros hijos. (Grandes aplausos.)


»No votamos la aprobacion de la conducta de U11 ministerio: iqué
son los hombres en cuestiones tan importantes! En ellas ¿qué lugar
merecen las consideraciones personales? Xo eanonizamos á hombres
que ya no existen como poder. Votamos, sí, la opinion que será in-
dudablemente la del ministerio actual, la de todos los ministerios es-
pañoles, si no es que llega el momento de la degradacion de mi pa-
tria, que la nacían no ha podido evitar la guerra atroz que se le hace
y lIue debe resistir con todo su poJel'. YoLcmos el dicLámen de la 1:0-
misíon, y despues nos sentaremos tranrjuilarncnte, y ya podremos cla-
mar con un rey wrcladeramente caballerü, si despues de esta yotaciún
solemne todavía la desgracia nos persigue, y la patria (como no l'~
creíble) sucumbe: tout est perdú /¡ors l1wnneur. Estemos Gicrto~,
señores, de que si el pueLlo es como dicen, y yo 110 puedo creerlo




LA HiTERVEl\'ClON ESTnAl\'.JERA Eé'i 1823. 301
contrarío á la causa de la libertad, de nada serviria esta votacion; él
mismo se haria justicia y tomaria otra resolucion, y sin que 10 ímpi-
die~e una ley en contrario.


)) Pero si el pueblo español fuese capaz de tal bastal'llia, aun en-
lonces seria necosario en nosotros este paso. Si la nacion quisíes()
rendirse ¿para qué necesitaba nuestro yolo? Si quisies~ olra constitu-
cion la tomaria sin buscar nuestro apoyo: ¿,qué se pide pues? ¿Qué se
pretendo? ~\lestra degraLlacion. Nuestra degradacíon vale pano por
10 q11e Ú nosolros toca; pero mucho, atendido el carácter que nos
distingue. Votemos con la comision, niertos de qne si otra mudanza
Je sistema fl1e~8 rl deseo ó la necesidad del pueblo espaüol, para efec-
tuar esta mudanza y consolidar el nuevo sistema, serian indispen~a­
bIes muchos sacrificios.


))Sí: la especie de sacerdocio político de que estamos revestidos
nos haria huéspcdes incómodos en cualquier edificio social que no
fuese aqllel de que somos principales sostenedores. El despotismo (¡
ellalquiera otra forma de gobiel'l1o que se establecic8e en España,
considerando Ijue sumos los Iqrítimos representantes de la naCÍan hasta
el tiempo fjne espiren nuestros poderes, temeria el carúcler de que
estamos revestidos y miraria nuestm existencia como incompatible
con sn seguridad.


nNo nos lisonjeemos, señores; nuestra suerte es terrible, y el
único camino para salir ele ella con felicidad y con honra, dignos de
la Bation que representamos y satisfechos con nosotros mismos, es
el que la comision indica. Si se sigllicé'e, nos senlaremos para no vol-
ver (l trala)' esta cuestion, sino para esperar el éxito de la lucha em-
pezada: el triunfo de nuestra causa, y con ella la gloria y felicidad
nuestra y de la patria: ó pam esta la esclavitllu, y para nosotros ó el
puñal de Catan, () el caclalso de Cidney, ó la Sllerte del errante pros-
cripta. (Grandes y repf'fidos aplausos de los señores d¡imtados y es-
]l1'ctadores .) n







EL CONDE DE TOHENO.


Es privilegio esclusi vo de los grandes hombres, tris-
te y á la vez glorioso privilegio, el servir de blanco á la
murmuracion y á la envidia de las medianías, en épocas
de agitacion y de revueltas, y el triunfar al fin, dcspues
de rudos comhates, de sus innohles enemigos, colocando
sobre las pasiones y la inj usticia la .reputacion que por
sus yirtudes 6 su talento la posteridad les tiene reservada.


A ningun homorc importante de nuestro pais puede
aplicarse con más exactitud que al conde de T01'C1W la
observacion que dejamos apuntada.


Acaso ningun político de los que en primera fila han
figurado en nuestras revoluciones contemporáneas ha
sido mas maltratado por el espíritu de partido, más vili-
pem1iado ante la opinion pública, más injustamente ofen-
dido por sus contrarios que el conde de TOY'eno. Pero
tambien es verJac1 que ningun hombre ha sido más dig-
llamente rehahilitado por la historia que su nombre, que
ninguna reputacion ha salido má3 esplendorosa Je las
nubes con que la enviJia y la maleJicencia la ofuscaban,
que la reputacion Jel hombre público que hoy retra-
tamos.


Para el pueblo, siempre voluble y veleiJosQ, las mis-




304 EL CO~D1, ¡lE T(JI:E~(¡.
mas prendas distinguidas, el talento, la virtud o la osa-
día del personaje que ensalza en un momento de entu-
siasmo, sÍrvenle más adelante ele escusa y de pretesto
para derrocar a su ídolo, avergonzado o furioso, pues
cree que aquellas cualidades solo han servido para sor-
prenderle y engañarle.


Por eso vemos con frecuenci::'_ en las revoluciones
políticas de los pueblos, alzarse hasta la cumbre de la
popularidad, y en alas de su genio, los homhres m~ls
eminentes, y caer a poco, vilipendiados y escarnecü10s
por el mismo pueblo que los encumbrara, y ser sepulta-
dos en la tumba de la indiferencia ó del 01 vido, ó arras-
trados sin piedad por el fango de la deshonra.


Como ejemplo de esa ingratit,nd y veleidad de los
pueblos, nos presenta la historia contemporánea al conde
de T01'eno, cuya vida política, llena (le peripecias y
vaivenes como las épocas en quc ha corrido, es un exae-
to reflejo de la revolueion, un fiel trasunto de sus cam-
bios, de sus vicisitudes y sus inj nsticias.


Nada prueba tanto la capacidad del conde de To1'c-
no, su saber, su talento, y las relevantes prendas que ya
en la adolescencia le adornaban, como la circunstancia
de haherle dispensado las cortes estraordinarias de Cá-
diz de la edad que marcaba la ley para ejercer la dipu-
tacion, y el hecho de ver alternar dignamente con aque-
llos graves y sabios legisladores á un jóven de veinti-
cuatro años, y verle ejercer suma autoridad é influen-
cia entre ellos desde el momento en que, con asombro
de todos, pronunció en tan respetable asamble:t su prí-
mer discurso.


Empapado el conde de TOl'eno en las ideas (le re-
forma, dominantes en aquella época; alucinado como
tantos otros por los vagos y metafísicos principiCls de la





EL CO;'iDE DE TOHE;'iO. 305
Enciclopedia; resonando aun en sus oidos las democrá-
ticas máximas de la revolucion de Francia, claro es que
el jóven diputado por Astúrias, cuyos estudios políticos
hasta entonces se reducian á la lectura del Emilio y del
Contrato social de Roussenu, habia de proclamar en su
primera peroracion la soberanía nacional y las conse-
cuencias democráticas de aquellnesplicable axioma.
Discutías~ sobre la abo1icion de los seJ1ol'ios ,jurisdic-


cionales, y abogando por ella el conde de Toreno, no
obstante que era poseedor de algunos, espresósc con el
calor de sus cortos años, descubriendo, á pesar de su
tono vehemente, declamatorio é hinchado, el carácter
distintivo de 8n oratoria, y anunciando ya al orador ra-
~onaelor y lógico, más que palabrero y divagador.


Empeñada su vanidad, como la de otros muchos
de los constituyentes de Cádiz, en captarse las simpa-
tías y los aplausos de los bulliciosos concurrentes de las
galerías, tenia buen cuidado el generoso impugnador de
los señoríos en sembrar, entre sus consideraciones his-
tóricas y sus razones de derecho, ideas alarmantes, fi-a-
ses huecas y atrevidas, ele esas que atronando los oidos
llegan hasta el corazon de la plebe, removiendo cn ella
sus mal adormidas pasiones.


Con ese intento esclamaba el aristócrata tribuno en
tono dogmático y de amenaza: Los llOmb'l'es se constitu-
yen en sociedad pam su felicidad, no para dm'se gri-
llos. Las naciones no son manadas que se dan y toman tí
gusto de su llllC11o. Los reyes jamás pudieron ni debie-
ron IIncel' 1'egnlos con los pueblos como si {'uel'Wt joyas.


Efecto de su buen juicio, producto de su claro ta-
lento fué la paulatina pero progresiva modificacion que
aun en aquellas córtes se operó en el lenguaje y en las
ideas del conde de TOl'eno.


20




306 EL CONDE DE TORE~O.
Terciando siempre con los principales oradores de


aquella cámara en todas las discusiones más solemnes é
importantes, pcrdia en vehemencia lo que ganaba en ra-
ciocinio, y sus arengas parlamentarias eran cada vez
más sesudas, más meditadas, más frias, mis lógicas.


Muchos y notables fueron sus discursos en los deba-
tes sobre la constitucion, y aunque en alguno de ellos se
revestia de su primitivo traje de tribuno y arrancaba
aplausos y ovaciones de la plebe, en los demás, y sobre
todo e"n los pronunciados sobre la organizacion de la
guerra y el arreglo de la Hacienda, mostrábase profun-
do estadista, hombre de gobierno, orador templado, po-
lítico de práctica, de órden y de prevision. Pero donde
el conde de Toreno puso el sello á su reputacion de ora-
dor de parlamento y hombre de Estado, fué en la época
de 1820 á 1823, sosteniendo con Martinez de la Rosa
las ideas conservadoras, las prácticas parlamentarias, las
teorías del verdadero gobierno representativo.


Adalid temible y resuelto, luchaba frente á frente
con la anarquía, y más de una vez conjuró con su pla-
bra osada y hasta agresiva motines y conjuraciones que
lo eligiéran por su primera víctima.


Nada prueba tanto su arrogancia como su discurso
en la sesion del 7 de setiembre de 1820, en que acusan-
do de débiles á los ministros y dirigiéndose á los alboro-
tadores de las galerías que le interrumpian con sus gritos
y amenazas, decia: "Los diputados de la nacion conser-
varán el carácter que les corresponde, y primero con-
sentirán verse sepultados bajo las ruinas de este edificio
que dejar de cumplir con los deberes que la nacian les
ha impuesto. D


Lanzado ya el conde de Toreno en la senda de la mo-
deracion y la templanza, afiliado resueltamente en el




EL COl'iDE lJE TORENO. 307
bando conservador, la causa del órden, el principio de
autoridad, el respeto á la ley tenian en él un abogado
incansable, un defensor celoso, un partidario decidido.
Es verdad que su elocuencia habíase despojado de sus
antiguas galas y atavÍos; pero ostentábase en cambio más
razonadora, más práctica, más robusta. Sus discursos no
eran ya vehementes, sino graves, y en vez de ser des-
lumbradores eran profundos. Sin embargo de la mode-
racion y de la templanza de sus arengas, descubríase en
ellas aquel carácter severo, aquella entereza de corazon,
aquella alma altiva é imperturbable para quien no habia
peligros ni coacciones bastantes á vencerla, ni aun á in-
timidarla.


Sn fama de estadista, su reputacion de orador, su
consideracion de hombre de gobierno, le elevaron al mi-
nisterio de Hacienda, y poco despues á la presidencia del
consejo, al restaurarse por tercera vez en España las ins-
tituciones representativas.


Difícil era por cierto la posicion del conde de Toreno
al encargarse del departamento de Hacienda en 1834 y
al subir á la presidencia del ministerio en 1835. En am-
bas situaciones dió pruebas de su claro talento, de sus
conocimientos profundos, de la energía de su carácter,
de sus dotes parlamentarias.


Más afortunado como estadista que como político,
organizó la Hacienda, fundó el cr¿dito, metodizó las con-
tribuciones y arregló el sistema rentístico en cuanto lo
azaroso de las circunstancias lo permitian.


Menos conocedor de la política que de la Hacienda,
ó más bien, neutralizada su osadía por la contemporiza-
cion de j}Iartinez de la Rosa, no supo ó no pudo domi-
nar á la revolucion que lo arrastró en su corriente, des-
truyendo en su gérmén al partido conservador de que




308 EL CO~DE DE TORE~O.
Toreno era uno de los principales jefes. A haber sido el
primero, y ¿ encontrarse r1esde un principio en la posi-
cion de illartinez de la Rosa, 110 sabemos si la revolu-
cion hubiera traspasado sus límites convenientes, si la
política espaüola se hubiese manchado con algunos esce-
sos, por los que siempre la reconvendrá la historia.


Natural era que el espíritu de partido, que la contra-
riada revolucion se ensafíase contm el conde de 1'Ol'eno,
uno de sus más temibles y vigorosos adversarios. Siem-
pre son las torres más elevaaas y las más fronaosas en-
cinas las preferiaas por el huracan y el rayo.


No pudienao los enemigos del conde ele TOI'elw ta-
charle ae ignorante, le acusaron de dilapidador de los
intereses públicos. Ya que no pudieron vulnerarle en su
talento, le vulneraron en su honra. Su dl'fensa en el con-
greso, donde reeibi6 el ataque, fué tan cumplida como
injusto el agravio.


El discurso que con este motivo pronunci6 en la le-
gislatura de 1840 fuó grave, digno y mesurac1o, como
cumplia á la crítica y solemne situacion en que el ora-
dor se encontraba. Suma sensacion causó en todos los
lados de la cámara su lar;::'a y razonac1a peroracion, de-
janc10 traslucir por entre su knguaJe mesurado y tran-
quilo toda la amargura que en su alma se encerraba,
todo el veneno que sus enemigos habian filtrac10 en su
corazon.


La rehabilitacion del conde de To}'cno fué completa.
Hombres de hnta importancia como JJal'tine;:, de la
Rosa, Oló;:aga y Pacheen salieron á su defensa, y la hon-
ra (181 diputac10 por Asturias quedó ilesa, y su reputacion
á la altura en que su talento y sus prendas la c!eúran.


Recapitulemos: El cOIllle de TOI'ellO, tribuno en su
juventud, moc1erado en su virilidad, conservac1or en su




EL CO:'iDE DE TORE!'IO. 309


edad madura, fué modificanrlo su estilo al compás de
sus creencias. Vehell1cnte, declamaJor y apasionaeJo en
las córtes eJe 1812, vémosle en los congresos eJe 1821 y
1822, lógico, profLlnc~o y razonador, y en los Estamentos
de 1834 y 8n las CÓl'tcs sucesivas, hacer alarde de ar-
gumentador, de analítico, ele sóbrio en sus peroraciones.


Despojada su oratoria de las imágenes pomposas, de
las vagas declamaciones ele sus primeros tiempos, mos-
trábase en la última época de la vida parlamentaria del
conde de To¡'eno, sencilla y grave, pcrsuasiv3y reposada.


Poco aficionado el diputado por Asturias á los deta-
lles oratorios, á los rodeos de lenguaje, penetraba sin
detenerse en la esencia de las cuestiones, y las analizaba
y las descntraüaba, y las presentaba á la vista, de todos,
tales como eran en sÍ, desnudas del falso atavío con que
sus contrarios las engalanaban.


Hahil discutiüor, hablisLa facil y castizo, agradaban
generalmente sus discursos por la :::laridad, por la cor-
reccion, por-la cultura dcllenguaje, y si no entm:iasma-
ban como los de otros oradores, persuadian y llevaban el
convencimiento más completo al ánimo de los oyentes,
por la abundancia y concentt'acion ele 1:13 razones, la na-
turalidad de los raciocinios y el enlace Íntimo y lógico
entre las premisas y las deducciones.


Ya indicamos en otra parte que sus cualidades ora-
torias eran más á propósito para las réplicas que para las
im provisaciones. Merced á una estensa memoria y á una
sagaciJad 8special, el conde de Toreno clasificaba con
admirable método las aserciones de sus contrarios y las
desvanecia y las inutilizaba en el mismo ól'den que se
presentaban, adoptando el lenguaje y la entonacion más
adecuados á la cuestion I~ue se ventilaba ó á la impor-
tancia del orador que le combatía.




310 EL CONDE DE TORENO.


En honor de la verdad, tantas y tan recomendables
prendas oratorias quedaban deslucidas en ciertas ocasio-
nes por la acritud, por la il'onía, por la mordacidad que
en las réplicas empleaba el conde de TOl'eno. Envane:-
cido acaso con su reputacion y su talento, no podia tole-
rar que sus contendientes se lo mostrasen arrogantes y
osados en la lucha. Queria que al esgrimir sus armas le
salu<lasen con el respeto y la consi<leracion con que sa-
ludan los discípulos á un maestro de esgrima, en sefial
do que reconocen su superioridad y categoría.


Si el enemigo era importante y le miraba con auda-
cia ó con indiferencia, desgraciado de él. La hiel del
sarcasmo se derramaba hasta en las palabras más senci-
llas de su discurso, y en los ademanes, en la sonrisa, en
las miradas del conde de Tore1w notábase un no sé qué
de incisivo y violento, con apariencias de serenidad, que
herido su contrincante en el fondo <lel corazon, se encon-
traba sin fuerzas para sostener la lucha.


Un arma material poseia el conde de Tm'eno más te-
mible que las armas de su elocuencia: el lente de que
hacia uso mientras peroraba su contrincante. No habia
diputa.do, por muy sereno que fuese, incluso el Sr. Oló-
zaga, que alguna semejanza tieno por lo irónico é inci-
sivo con el personaje en cuestion, que pudiera resistir las
insolentes miradas que al través del cristal lanzaba el
conde de Toreno.


Fascinados sus adversarios por aquella mirada fija y
pertinaz, que daba á la fisonomía de Toreno una espre-
sion sardónica y agresiva, perdian la calma, y quedaban
desconcertados por la ira ó por la ofuscacion, ab9.ndo-
nando el campo á su enemigo, entre las sonrisas y mur-
mullos de los espectadores.


En tales casos solo tenían dos medios de librarse de




DISCURSO SOBRE LA REPRESlO~ DE LA PREl'iSA. 311


tan molesta fascinacion los adversarios del conde de To-
reno: 6 sentarse al momento para no hacer visible su
derrota, 6 arrojar el sombrero á su rival y romper sobre
sus ojos los fascinadores cristales.


El conde de Toreno bajó al sepulcro en edad no
muy avanzada, dejando entre sus contemporáneos la
memoria de un entendido estadista, de un orador emi-
nente, de un historiador castizo y elegante.


DisCllrso sobre la represion de la prensa.


«S~ñores: A.I oil' los clamores que estos dias se han es tendido por
Madl'id respecto de estas leyes, no se creerá sino que se va á destruir
la lihertad de imprenta, á dar facuItades ilimitadas al gobierno, y á
proceder contra el espíritu y tenor de nuestros poderes, faltando á las
más sagradas obligaciones. Los diputados cuya opinion es la de que
há lugar á I'otar sobl'e la totalidad de este proyecto, se opondrian si
creyesen (lue aun por asomo se iban á atacar estos del'echos. Empe-
zaré por hacerme cargo de varias de las reflexciones del señor preopi-
nante que se ha opuesto al dictámen de la comision en su tota-
lidad.


)) El Sr. Gaseo ha creido que este era un ataque directo á las
libertades públicas, y que no estábamos en el caso de entrar en
la discusion; y de este principio ha deducido varias consecuencias, y
hecho argumentos á que deberé contestar. Su señoría ha manifes-
tado que era esencial á la naturaleza del hombre el derecho de im-
primir sus pensamientos, y que no se podia atacar sin destruir un
derecho tan necesario para la existencia de las naelones. En est.o ha
padecido su señoría una equivocacion, nacida del calor con que im-
provisando se suele hablar. No puede ser esencial é inherente á la
naturaleza del hombre un derecho que ha nacido con el progreso de
la civilizacion. Pueblos ha habido en la antigüedad libres, felices,
grandes y prósperos sin este derecho, y sin que existiese la libertad
de imprenta, ni la imprenta misma, que como se sabe principió en




312 DISCURSO
el siglo XV: no pudo por consiguiente ser conocida de los pueblos de
la antigüedad.


»Pero aun la facultad de escl'ibil' tuvo sus límites en las repúbli-
cas más libres. ¿Quién ignora quo 103 libros elo PnJtagoras fueron
(IUemJ.uos en Atenas públicamente, y que en Boma trató el pueblo de
eehar á los sabios de Grecia, siendo uno de sus mayores antagonistas
Catan Censorino? Si de aquellos tiompos pasamos ti los nuestros, ¿no
sabemos que en las sociedades m011ernas, cuanrlo se estableci(¡ la li-
bertad se eslarn lejos de creOt' que fuese tiln importante y tan útil
el establecimionto do la libertar1 do impronta? ¿Sll imaginaron por
ventura la necesidad de este nue\'o elemento social, y que en la
práctica haria las veces de la antigua magistratura ue los cen-
sores?


))1\'03 ha recordado el Sr. Gasco que el origen de la cenSUl'a
se debe á Alejandro VI, cuya memoria es ciertamente poco recomoIl;-
dablo. Verdad os; pero así eomo se ha citado este heeho, deberian
citarse otros, por los que se veria que en los pueblos modernos han
puesto limites á esta libertad los hom\)res qne se decian por escc-
loncia libres, 103 que querian gozar dc la rcputacion esclusiva de li-
berales.


))CUallelo el largo pat'lamento do Inglaterra, así qne se lleg'ó á
flpoJerar elel 11l1ndo 01 partido puritano, que era como el jacobino en
Francia, con solo el color diferente del siglo, esto partido estableció
una censura tan rigurosa, que tomó pOl' modelo las leyes quo sobre
esta materia habia dado la eámara estrellada; y no se recoLr(¡ en
Inglaterra hasta que habiendo pasado por la anarquía, república, pro-
tectorado de Crom",ell, la restauracien al trono de Cárlos II y reina-
clo de JacoLo lI, tl'iunf(¡ el pal'litlo liberal moderado y la restableció
en 1604. En Francia la asamblea constituyento quiso establecer le-
yes contra los abusos de la libertad ele imprenta, y el partiuo repu-
blicano, Robespierre y demás liberalos esdusi vos so oponian: y
cuando triunfaron y fueron dueños de la Conveucion ¿qué leyes no
impusieron? Hasta eon pena de muerte castigaban á todo el que eri-
ticase al gobierno.


))Pues se t!'ata de referir la historia del género humano, digamos
Lambien los eSC8S()S do los hombres que so creyeron libl'es, y que el




SOBRE LA REPRESION DE LA PRENSA. 313
tiempo hizo ver que solo usaron este lenguaje para apoderarse del
gobierno. Los que en el año 91 se creyel'On amigos del pueblo,
fueron los que lo encadenaron despues con leyes tiránicas y
crueles.


nSi el Sr. Gasco hubiera dicho que la libertad de imprenta es
un derecho esencial é inherente á los gobiemos represimtativos de la
Europa modema, estaria Je acuerdo con su señóría; pero no nos es
dado considerarla como esencial á la naturaleza del hombre. Pasemos
ahora á lo que se ha dichl) sobre la importancia de esta ley. El señor
Gareli ha manifestado ya que hay paises en donde se cree que es me-
jor no tenel' ley ninguna de imprenta, y solo dejarlo al juicio del
jurado; y citó en comprobacion los Estados-Unidos y la Ingla-
terra.


n¿Qué se diria de nosotros si diésemos leyes como en Inglaterra,
en donde bajo el nombre de libelos se comprenden, como dice el ju-
risconsulto Blackstone en sus comentarios, los cinco casos siguientes:
cuando se ofende y se habla mal contra la religion, contra la moral,
contra el rey, contra el parlamento, contra los magnates y contra los
particulaJ'cs? Estos son los casos, y segun ellos se hacen las cali-
ficaciones por el jurado inglés; jurado que para estas ocasiones suele
ser especial, y escogido por un empleado del gobiemo. ¿Qué se diria
de esta ley si propusiera se diese la facultad de recusar que tiene en
los Estados-Unidos el attorney?


nDice el Sr. Gaseo que esta leyes insuficiente. Luego por esta
calificacion parece que su señoría deberia haber pedido que fuera aun
más rigurosa. Si hubiera dicho que no es necesaria porque se ha
visto pueden ser reprimidos los delitos con la que existe cuando se
aplica como conviene, hubiera raciocinado con consecuencia; pero
ha dicho que era insuficiente, y ha foemado un análisis del que in-
fiere que se da una autoridad ilimitada al gobierno en esta ley, y
al mismo tiempo qne no se pone á cubierto la libertad del ciu-
dadano.


nEI modo de analizar los artículos seria presentar lo contra-
rio de lo que ellos dicen, para conocer los absuedos que debian re-
sultar. Por ejemplo, dice el primero (lo leyó). Pues dígase lo opues-
to: «no son subversivos los escritos en que se injuria la sagrada é




314 DISCURSO
inviolable persona del Rey, etC.ll Si as! se fueran analizando todos
los articulas, no habria ninguno que no se hallase justo.


llIla dicho el Sr. Gaseo que lo que deberia hacel'se seria formar
una escala justa, en que se marcasen bien y exactamente los deli-
tos. Pues, señor, de esto se trata; con la particularidad de que los
jurados lograrán por esta nueva ley tener un auxilio para ilustrar
su conciencia. Descendiendo ahora al proyecto de ley, en esta pri-
mera parte comprende la calificacion de los escritos y la variacion
que se debe hacer en la ley de 22 de octubre para que esta quede
con perf eccion.


llLa esperiencia ha demostrado que como el jurado de España no
estaba acostumbrado á estas calificaciones, siempre que creia que
estos delitos no estaban en el testo de la ley se abstenia de calificarlos
por una especie de delicadeza: tales son las alegorías injuriosas, que
en ocasiones no se ha atrevido á calificarlas por no creerlas compren-
didas en la ley. Nuestro jurado es un establecimiento naciente y no
conocido entre nosotros: es necesario ayudar á sus individuos, dando
leyes mas espresas á que deban atenerse. Si estuviera entre nosotros
tal cual se halla en otros paises, no habria esta necesidad. Ahora
solo se trata de dar algunos pasos para ayudar la conciencia de los
jurados, que son los que califican los escritos, no el gobierno ni sus
empleados, ni tampoco los magistrados: cosa que no debe olvi-
darse.


llEn cuanto á las penas correspondientes á los abusos, si la co-
mision las ha aumentado, ha sido porque ha conocido que no han
bastado las anteriores para reprimir los abusos que tanto han escan-
dalizado. Es necesario tener cerrados los ojos y los oidos para no
ver ni oir los escesos que se cometen por el mal uso de la libertad
de la imprenta, y no hay diputado alguno que no haya confesado
que se deben reprimir, pues si alguno se ha opuesto, ha sido solo
por el modo con que el gohierno lo disponia.


llLa pena de prision impuesta ha sido preciso especifica!' que sea
en un castillo ó fortaleza, porque ha habido cacos en que los jueces
no se han atrevido á poner á una persona condenada por estos delitos
en prision, porque la ley dice que no sea en la cárcel; y han recla-
mado que no se les debia llevar á ellas, sino dejarlos en sus casas;




SOBRE LA REPRESION DE LA PRENSA. 315
y el tribunal, no habiéndose atrevido á tomar sobre sí esta respon-
sabilidad, ha dejado aquellos reos ó libres ó en sus casas. Ahora se
propone que esta prision sea en un castillo; lo cual es beneficioso
á los reos, porque de este modo se les separa de aquellos que están
por delitos comunes, en atencian á que se debe suponer que los hom-
bres condenados por delitos de imprenta, son de cíerta educacion y
han seguido alguna carrera, no siendo justo confundirlos con los ase·
sinos y con los facinerosos.


llEn cuanto á que sean responsables las personas que reimpriman
un papel, es muy conveniente. En algunos puntos en que por su si-
tuacion particular ó circunstancias del momento no hay ley que haga
responsables á los que impriman algunos papeles, era necesario que
se tomase esta precaucion. Tales han sido las provincias de Cádiz y
Navarra en los últimos acontecimientos: sus papeles reimpresos hu-
bieran podido contribuir á alterar y trastornar el órden público. Es-
tas son cosas que todos hemos visto, y no hace veinte dias que han
ocurrido en los dos estremos de la península. Las personas que han
de determinar los impresos, ya ha dicho el SI'. Careli que conviene
que sean empleados con este objeto y con esta obligacion, y no con-
tentarse con una escitacion simple, de la que no han solido hacer caso;
y el gobierno tendrá más medios, como encargado que está por las
leyes y la constitucion de conservar el órden y la tranquilidad: y
para que nunca pueda disculparse de que no tiene los medios suficien-
tes de llenal' todos sus deberes, es necesario darle esta facultad.


llSobre el modo de proceder en los juicios de esta clase, la comi-
fiion ha tratado de poner á salvo las personas que se vieren infama-
das por algunos escritos infamantes. Debe castigarse con rigor, si se
usa de la imprenta, no pal'a ilustra¡', sino para calumniar y meterse
en la vida privada, lo cual incomoda á todos, y de nada sirve. Cen~
súrense en hora buena, atáquense aquellos actos de un funcionario
público, de los cuales pudiera temerse justamente que sobrevenga
algun mal á la sociedad; pero examinar, e,'lcudríñar lo más recóndito
de su vida privada, que ningun influjo ní conexion tiene con el bien
general, es una cosa que debe producir males sin cuento, y que exi·
gía un pronto y eflcaz remedio.


llEn esta parte han sido cometidos los mayores escesos de la li-




316 DISCURSO
hertad de la imprenta, y sobre ello hay un clamor general para que
se repriman, porque nadie se ve libre de la maledicencia y calumnia
de ciertas personas; y la medida que propone la comision, lejos de
atacar la libertad de los ciudadanos, es una garantía que se da á tollas
para su mayor seguridad. Los pueblos modernos no son como los
pueblos antiguos, en que la masa general eran esclavos, y solo un
corto número gozaba los derechos de ciudadanos. Estos se reunian
para tratar los asuntos de la patria, y los demás se iban ú trabajar;
pero en sociedades como la nuestra, en que torios deben trabajar, en
que todos tienen derechos iguales, á estas garantías sociales es nece-
sario que acompañe la tranquilidad y sosiego como parte principal de
la felicidad del pueblo.


»La comision, continuando en dar su opinion, trata de variar el
modo de establecer ó nombrar el jurado y la apelacion. En esto no
estoy conforme con sus ideas. Una cosa es votar en la totalidad un
proyecto, y otra aprobar todos los artículos: sin embarg'o no faltarán
á la comision razones en que apoyar este artículo. Las diputaciones
provincíales no se componen, como equivocadalliente ha dicho el
Sr. Gaseo, de siete individuos, sino que siempre han de constar de
nueve personas, de las cuales dos son empleados del gobierno, que
podrian ser escluidos de este nombramiento. Las córtes pueden hacer
esto, porque no siendo estas facultades que se dan ahora á las dipu~
Laciones provinciales de la constitucion, pueden determinarlo como
les parezca más oportuno.


)) Yo, cuando se trató del establecimiento del jurado, no fuí de los
que se opusieron á que el nombramiento se hiciese por la diputacion;
pero aun cuando no fuera así, no seria una razon para que persistiese
en aquella idea, especialmente en una materia (lomo la de las leyes de
libertad de imprenta, á cuya perfeccion solo se llega por medio de la
esperiencia y del tiempo. Así que, aun en esta parte podría adoptarse
lo que la comision propone, por una razon sencillísima, y es porque
siendo los ayuntamientos de las capitales la autoriLlad de aquel llis-
trito solamente, y poniéndose en manos del jurado una autoridall es-
tensiva á toda la provincia, la autoridad popular de toda ella debe in-
tervenir en este nombramiento. Si en una provincia como la de Ga-
licia fuese un ayulltamiento el que nombrase el jurado para todas las




SOBRE tA REPRES\o\ DE U PREl'íSA. 317


provlllClas Ó partillos, ¿qué conocimiento podria tener de los sugetos
de Orense, de )fondoñedo, etc., si el ayuntamiento que nombraba era
el de la Coruiia? ¿Cuánto mejor podria hacerlo la diputacion, porque
tiene conocimiento en todas partes de la provincia?


)lA lo que sí me opondré es á esta especie de apelacion que se
establece á la junta suprema protectora de la libertad de imprenta,
porque seria sujetar á ella el jurado, y porque, segun los principios
de huena legislacion, si se podia apelar del juicio del jurado cuando
este decidiese que no habia lugar á la formacion de causa, deberia
darse este derecho tambien para aquellos casos sobre que recayese la
resolucion de que habia lugar á la formacion de causa.


)) El legislador , al paso que debe procurar el castigo de los delin-
cuentes, no debe olvida!' lo que importa defender la inocencia; y no
hay quien dude que no importa tanto que un criminal quede impune,
como que se condene á un inocente: por lo que de ningun modo apro-
baré este artículo; pero esto nada tiene que ver eon la totalidad del
proyecto. Estas leyes represivas que ahora se presentan, es preciso
que se adopten, debiendo hacerse una diferencia entre las leyes pre-
ventivas y represivas.


)lEn cuanto á las primeras, ya se ha dicho que no se pueden ni
deben aprobar. Por ellas se establecería la censura, y se destruiría la
libertad de imprenta, barrenando el sistema representativo. Tales
ideas es~ún muy lejos de nosotros. Lo que se propone son leyes re-
presivas adicionales á la ley de 22 de octubre; y creer que por ellas
se dan nuovas facultades al gobierno, es una equivocacion enormísi-
ma. El gobierno no es el que juzga, ni sus tribunales: juzga ó califi-
ca el jurado; y aunque se apruebe el proyecto, queda eon tal latitud
que no hay en todo el mundo imprenta más libre ni más independien-
te. Para ser jurado no se exigen las circunstancias que en Inglaterl'a
y en los Estados-Unidos, y son eseluidos los empleados del gobierno;
pues ¿eómo se dice que se va á dar fllerza al gobierno?


nSe da, sí, una ley que impedirá algo más; que se destruya im-
punemente el buen nombre de los ciudadanos, que mine la fuerza de
las autoridades constituidas, con lo que, en vez de perjudicar á la li-
bertad, se la sirve. Digo la verdad: en mi eoncepto, si un gobierno
desorganizador quisiese destruirla, no tenia que seguir otro camino




318 IlIS(;URSO
ni adoptar más medios que hacer que continuasen estos abusos. Lle-
garia el caso en que no se oyera más que un clamor general, y de que
los ciudadanos se arrojasen mejor en manos del dl3spotísmo más cruel
que vivir en una libertad tan bormscosa, que no les asegurase sus
verdaderos derechos.


))Pues qué, ¿acaso es gozar de sus derechos el que porque uno
piense de diferente manera que otro, se le ha de incomodar y se le
ha de atacar? Esto seria establecer una tiranfa, y una tÍranfa la más
cruel de todas, la popular. Por desgracia vemos en los sucesos parti-
culares ocurridos en nuestra nacion una tendencia que si no se hubie-
ra estrellado contra la prudencia y sensatez de los españoles, nos hu-
biera sumido en los males que tratamos de evitar.


llSi la asamblea constituyente de Francia hubiera escuchado ó
podido escuchar los clamores de los unos, y los avisos prudente~ y
juiciosos de los hombres sensatos, la Francia no hubiera pasado por
los horrores en que la sumió la Convencian, y despues el despotismo
de Napoleon, ni se hallaria en la situacion en que actualmente se
halla; y aunque en aquel tiempo se motejaba á los sensatos con epUe-
tos indignos de hombres tan respetables, los que han podido sobre-
vivir á los males y persecuciones que padecieron, reciben ahora los
elogios de los hombres justos y sábios, así como recibirán los de toda
la posteridad.


))Si no vemos más que las circunstancias del momento, si porque
creemos que el gobierno está constituido de esta ó de la otm mane-
ra, no procedemos como deben hombres que están al frente de una
nacion, dentro de poco tiempo seremos el escarnio del mundo entero,
y seremos responsables de los males que acaezcan. Este no es el
modo con que un legislador debe ver las cosas, y más cuando están
tan marcados los medios que indica la prevision humana para preca-
~'er estos males.


»Se ha procurado interesar nuestra delicadeza diciendo que yendo
á concluir nuestras sesiones, y tal vez oyéndonos ya nuestros suceso-
res, seria una falta de confianza no dejar este asunto para su resolu-
cion. Pero, ¡qué poco conoce á los diputados quien hace este argu-
mento, y las circunstancias en que nos hallamos! Cuando el rey envia
un proyecto de ley á las cÓ¡'les, no debemos dirigirnos por los prin-




SOBRE LA REPRESION /lE LA PRENSA. 319
cipios de delicadeza, sino por los principios constitucionales. Si el
rey nos dice que tratemos de este asunto, tenemos que t¡'atar de él,
ya aprobándole, ya desaprobándole, porque la ley nos obliga á tomar-
le luego en consideradon.


»No puede ser desconfianza de nuestros sucesores: españoles
dignos y escogidos por la nadan para representarla, no serán arreba-
tados por ningun espíritu de faccion. Los que se engañarán son 103
que fundan esperanzas locas en nuestros sucesores: no, nosotros les
hacemos la justicia que se merecen. Pero aunque no fuera la ley cons-
titucionalla que nos obliga á no diferir la resolucion de este asunto;
si el interés del Estado, si la salvacion de la patria exigen que frate-
rnos ahora de él, ¿dejaremos pasar un mes en ~l que se agraven los
males que padecemos, hasta que nuestros sucesores puedan tratar de
ello?


)) y si en este tiempo peligrase el Estado, ¿no serian los primeros
nuestros sucesores los que dijesen: «vosotros teneis la culpa porque
no habeis prevenido estos males, porque habeis evitado tratar de este
asunto para no cargar con la odiosidad que lleva consigo? Habeis
querido que empezásemos nuestra carrera por dictar leyes represivas,
en lugar de dejarnos en camino de proseguir las mejoras y reformas
que habíais empezado. Yo bien sé que en concepto de nuestros suce-
sores y de todo hombre sensato, esto que se pinta con colorido tan
odioso, será lo que haga nuestro mayor elogio.


»No hay cosa más fácil que adular las pasiones del momento: no
habrá cosa más fácil que de~trllil' la libertad, conviniendo con las
opiniones de aquellos que se dicen enemigos del despotismo: en lo
que no hago alusion á ninguno de los que se sientan en el congreso;
digolo por otra gente que ha aparecido afectando popularidad y amor
á la libertad, y son los que más gritan y claman, á los cuales para
confundirlos bastaria que se leyese la hístoria suya en estos seis
años.


)) Yo que no soy amigo de meterme en las cosas particulares; yo
que siempre los he despreciado; si me apuran ahora que voy á pasar
á la dase de particular, y que no tendré qne guardar las considel'a-
ciones de diputado, quizá escribiré la histeria de los que me han ca-
lumniado. Yo, creyendo que el mejor medio de conservar nuestra




320 DISCURSO SOBRE LA REPRESIO:-I DE LA PRENSA.
libertad es adoptar leyes que defendiendo y protegiendo los derechos
de los ciudadanos, repriman los abusos que hay entre nosotros y con-
tengan á los desorganizadores de todas clases, opino que sobre las
leyes de que tratamos, y sobre esta de imprenta de que hoy se habla,
debe haber lugar á votar, sin que obsten las razones que he espuesto
contra algunos artículos en particular, y las que espondré lal vez en
la discusion.)





o/'JVV'VVVVVVVVVVVVV\JV"VVVVVVV~VVVVVVV\.lVVVVVVVVVVVVVV ~


ISTÚRIZ.


No solo por el poder de la palabra adquieren los hom-
bres públicos influcllch en las cámaras y preponderancia
en los partidos. Existen otras cualidades tambien, otras
prendas de valía en los sistemas representativos, que
elevan á cierta altura á muchos políticos, aun dentro de
los mismos parlamentos, sin necesidad de que sean muy
aventajados en el arte de la oratoria.


En realidad no son los oradores parlamentarios los
hombres más á propósito para organizar un gobierno ó
para ¿lirigir un partido. Políticos de imaginacion más
que de accion, creen dominar siempre las circunstancias
con las ideas y disipar un motin con un discurso, sin te-
ner en cuenta para nada que la revolucion es enemiga de
la poesía, y que la política se alimenta de pasiones y no
de principios.


Los oradores son ciertamente necesarios y provecho-
sos en la lucha de los partidos, pero no sirven por lo ge-
neral sino de instrumentos de ataque ó de defensa, de
armas de guerra que -esgrimen oportunamente los políti-
cos prácticos, los verdaderos jefes de partido, que dando
forma y aplicacion á los pensamientos de sus oradores,
dirigen el rumbo de la política hácia :el punto que les


'21




322 ISTÚRIZ.


conviene, materializando la elocuencia y sustituyendo
las personas á las palabras.


y hé aquí esplicada la causa de por qué en los go-
biernos representativos figuran en primera línea orado-
res medianos, y por qué en los parlamentos alcanzan
prestigio y autoridad ciertos políticos, cuyos nombres
figuran en segundo y aun en tercer término en los ana~
les de la elocuencia.


Teniendo en cuenta las anteriores observaciones se
comprenden fácilmente la importancia y nombradía del
personaje, cuya biografía escribimos, en la política es-
pañola, y su influencia y significacion en las distintas
córtes de que ha formado parte.


Fué D. Francisco Javier Istúriz en la segunda épo-
ca constitucional, como lo fuero? casi todos los políticos
que empezaron su vida pública entonces, liberal exalta-
do, revolucionario impetuoso, demagogo intransigente.
Sin pronunciar notables discürsos, ejercia suma influen-
cia en las córtes de la época citada, por la osadía de SGS
proposiciones, la energía de su carácter y su empüje re-
volucionario.


Mientras Alcalá Galiana pronunciaba magníficos
discursos, soliviantando la opinion pública con sus de-
mocráticas ideas, Istúl'iz presentaba á las córtes los pen-
samientos del tribuno trasformados en decretos, y pedia
medidas de rigor, y deposiciones de autoridades, y radi-
cales y violentas reformas. El uno era la lengua y el
otro el brazo de aquella situacion, que tan dócil seguia
los consejos de Galiano y los movimientos de l<;túrÍ'Z.
Emigrado en 1823, regresó á España al inaugurarse la
tercera época constitucional, y siguió en su conducta
política casi los mismos pasos que su antiguo compañe-
ro. Colocado como Galiana en los bancos de la oposicion




ISTÚnIZ. 323
exaltada en el estamento de procuradores, hacia la
guerra al primer ministerio liberal presidido por 1Jfar-
finez de la Rosa, pidiendo más prerogativas para los di-
putados y más franquicias para el pueblo; y no obstante
In, dureza de la frase y lo agresivo de la forma, resabio
de tiempos pasados, ó mas bien consecuencia de su ca-
rácter irritable y acometedor, traslucÍase ya en sus cor-
tas y nada notables perol't1Ciones, algo de la modificacion
de sus ideas, algo de sus tendencias al modcr"antismo,
que poco despues habia de proclamar, en union de Ga-
liano, y de cuya escuela y partido habia de ser desde
entonces Istúl'iz uno de sus más fervientes défensores,
uno d~ sus más influyentes caudillos.


Sin embargo de que Istúriz comprendia que era por
demás peligrosa la marcha que á la revolucion trazaban
los procuradores jóvenes, los hombres de accion de 1835,
no se atrevia aun á combatir de frente el espíritu exage-
radamente exaltado de los inespertos políticos, y atado
todavía á sus demagógicos antecedentes de 1822, lu-
chaba por dar un rumbo más conveniente á la revolu-
cion, tratando en vano de que las reformas políticas se
planteasen cuerda y paulatinamente, sin conmociones y
trastornos.


La revolucionaria y desorganizadora aoministracion
de Mendizabal acabó de decidir á Istúriz, y con el mis-
mo brío y fuerza de carácter con que defendió en otro
tiempo la causa popular, constituyóse defensor ahora de
la causa del órden, del gobierno monárquico-constitu-
cional templado y conservador.


Aquella fué sin duda la época de su larga vida par-
lamentaria, en que se colocó á más al tura corno orador
y jefe de una minoría, que no por ser escasa dejaba de
ser brillan te.




324 ISTtRIZ.
Aprovechando la oportunidad de discutirse la con-


testacion al discurso de la corona, pronunció varios dis-
cursos contra el ministerio, atacándole principalmente
en el ramo rentístico y en su tolerancia con la revolu-
cion, cuyos escesos deploraba y anatematizaba con ver-
daderos arranques de patriotismo, con sentidos apóstro-
fes de verdadera elocuencia. Entonces profirió, conde-
nando la impia muerte de la madre de Cabre1'a, aquellas
frases que tanta celebridad le dieron y Ífm profunda sen-
sacion causaron. «Su, sang1'e agrupada" dijo, caerá gota
á gota, sobre la cabeza, de los müdstl'OS.))


Terribles fueron los cargos y recriminaciones á que
dieron orígen aquellos debates. De sus resultas, J.l1endi-
zabal é Istúl'iz llevaron sus resentimientos al terreno de
las armas, y defendieron su honra como caballeros.


En la maüana del 15 de abril de 1836, acompañado
el primero del general Seoane, y del conde de Za,.') Navas
el segundo, salieron á h ermita de San Isidro, y cru-
zando dos tiros sin sensibles consecuencias, pusieron fin
á sus apasionados y personales debates sobre el discurso
de la corona. Este hecho indica por sí el carácter violen-
to del procurador gaditano, la ÍlTitabilidad en que se ha·
lIaban entonces los partidos, las exigencias de aquella
política, que ponia las pistolas de duelo en manos de los
gobernantes.


rrriunfante la oposicion, subió Istú1'iz á la presiden-
cia del consejo de ministros. Nadie con justicia podia
disputarle aquel puesto de honor y de peligro á la vez.
J efe ele la venc;edora minoría, presidente del Estamento
en las córtes anteriores, y representante de la escuela li-
beral templada, entre la exaltada dirigiela por Lopez y
Ca,ba,llero, y la estacionaria representada por Martinez
de la Rosa, y TOl'eno, su subida al poder era necesaria.




ISTÚRlZ. 325
Asociado Istúriz á GaUano, al duque de Rivas y


otros hombres importantes ele la nueva escuela que se
proponia reformar sin revolucion, sus primeros pasos en-
camináronse á procurar una transaccion entre los parti-
dos estremos, dándoles como lazo de union un código
político, ni tan monárquico como el estatuto ni tan de-
mocrático como la constitucion de Oádiz.


¡ Vanos esfuerzos! 'rodo el espíritu conciliador de Is-
tÚJ'iz en un principio, todo su vigor ministerial despues,
su habilidad, su energía, su elecision, estrelláronse en
las pasiones revolucionarias, y sin medios materiales
para resistir y poner un dique al impetuoso torrente de
la anarquía, fué arrollado por él, y lanzado, contra su
vohmtad tal vez, al campo de los conservadores.


El motin asqueroso de la Granja hizo moderado á
Istúl'iz como á Gaüano, al duque de Rivas y á tantos
otros que, prácticos y desengañados, no veian marchar
la política por el camino de la gloria y de la felicidad de
su patria.


Desde entonces ha venido figurando IstúTiz en el
bando conservador como uno de sus más importantes je-
fes, siendo en los últimos años el formador de los minis-
t.~rios de transicion, el representante de las situaciones
incoloras y pas~~jeras, el puente, digámo810 así, de otros
ministerios más decididos y más marcados.


Oomo orador, no es el Sr. Istúl'iz de Jos que más se
han distinguido en nuestros parlamentos. Escasos sus
discursos y de cortas dimensiones, han ejercido más in-
fluencia que por su mérito, por la autoridad de quien Jos
pronunciaba. Sobrio de palabras, argumentador inten-
cionado, llano y sencillo en la frase, sentido y elevado á
veces, no ha hecho nunca un papel desairado en las dis-
cusiones parlamentarias.




326 DISCURSO PROPO:\'IEl'iDO
Agresivo y retador en sus tiempos juveniles, la nieve


de los años hft enfriado aquel ardor oratorio que le hacia
elocuente en ocasiones, y ha dado á sus discursos más
raciocinio, más ihcion á sus ideas, y una gravedad a su
entonacion, á veces monótona y pesada.


Diplomático mediano, hábil presidente de una C:1-
mara popular, orador poco notable, es sin duda el se/lor
Istú1'iz persona de importancia en la política cspaflola,
y digno de figurar en esta galería de retratos, consagra-
da á dar á conocer á nuestros principales oradores, y á
los personajes que más han brilla Jo en nuestras revolu-
ciones modernas.


Discurso proponiendo un mensaje á S. M.


«Señores: Mi posicion es sumamente desventajosa despues del
discurso que acaba de pronunciar el señor secretario del despacho de
Estado, el más elocuente de cuantos he oído desde que estoy sentado
en estos bancos. S. S. en la larga estension que le ha dado, ha to-
cado varios puntos; pero yo no tengo la presuncion de que podrú
contestar á todos, ni el tiempo suficiente para entrar en ellos. Así
qU9 JDS 1'90D1'1'01';;' rápjiJaml:'nJo, ]' n,2r¿' )f.JS )J}'{'l'OS o}}sorraclOl1¿'S qua
creo más del caso.


n8. S. habló primero del deseo manifestado pOI' varios señores
procuradores á cúrtes, ú por mejor decir por el estamento (porqulJ
cuando su mayoría ha aprobado una peticion (¡ proposicion cual-
quiera, se puede decir que el estamento es 01 que la ha aprobado)
al elevar una poticion á S. l\l. á fin de que se declare que la libertad
civil es lino de los derechos fundamentales de los españoles. S. S.
ha preguntado: ¿para qué? ¿Qué necesidad hay de tal declaracion?
Pues qué, ¿no es un derecho oonsagrado en nuestros códigos? Poro
si es aSÍ, ¿qué dificultad tieno S. S. en que se esprese de Huero de
una manera terminante? Por consecuencia, creo que S. S. en esta
parte no ha satisfecho á la exig-encia, á los deseos ele los señorC's




UN MENSAJE A S. ~J • 327
procuradores, indicados ayer tan oportunamente por el Sr. Argüelles.


llS. S. ha dicho igualmente que en cuanto á la libertad de im-
prenta, reclamada tambien como derecho por el estamento, el go-
bierno no consideraba oportuno su establecimiento en las circunstan-
cias actuales. En esta parte mis 11I'incipios son enteramente distintos
de los de S. S. Puede que los suyos sean más acertados que los mios;
pero yo creo íntimamente 'que la libertad de imprenta es siempre
útil á la nacion, y tanto á los gobernantes como á los gobernados;
y creo tambien con S. S., ljue efectivamente la libertad de imprenta
no puede existir sin la institucioll del jurado.


))En seguida S. S. Ita abierto el libro de la historia de la re"o-
lucion francesa, y M ella ha sacado consecuencias para la revolu-
cion espaüola, sobre todo respecto al período de ese régimen, que
es generalmente el blanco de las acusaciones del ministerio actual.


llEs un principio, señores, reconocido hoy por toda Europa, que
los horrores de la revolucion fl'ancesa no fuel'on producidos sino por la
resistencia que opusieron Luis XVI y su gobierno á las bases de la
carta de 1789. Sin aquella resistencia á que contribuyó la coopera-
cion estranjera, jamás creo yo que hubieran sucedido los horrores
que tan justamcnte ha lamentado S. S., y que le han dado pié para
hacer comparaciones, é infundir en el ánimo de todos el miedo y el
horror á aquellos escesos, á fin de evitar que por desgracia se repro-
dujesen en nucstra patria.


llPal'tiendo de esta misma base, ha manifestado S. S. muchos
principios qne dice motivaron los acontecimientos de España en la
época del año 20 al 23. S. S., que está tan dentro de los negocios,
y que estuvo tan próximo al foco donde se armaban todas las conspi-
raciones que dieron en tierra con la constilucion en el año 23, toda-
vla no atribuye parte en los sueesos de aquella época á otras causas,
y parece que se complace en decir que la única de la caida del sis-
tema constitucional fueron las exageraciones y los escesos del partido
liberal. Si S. S. con más franqueza hubiera omitido una gran parte
de las acusaciones hechas á los hombres de aquella época, ó hubiera
convenido al menos en la participacion que en todos los sucesos de
entonces tenian personajes que no me es lícito nombrar en este sitio.
hubiera yo pasado por alto esta parte de su discurso.




328 DISCURSO PROPONIENDO
))8.8. sabe muy bien que hasta la última época no tuvieron las


sociedades secretas el influjo que se les quiere dar en el movimiento
que restableció el sistema constitucional; y que la situacion personal
de S. S., de la mia, y de tantos otros patriotas, no se desplegó
hasta el fin; S. S. sabe que antes de esta época otro era el partido que
aspiraba á derrocar las instituciones, y que so color de moderarlas,
envolvió á muchos patriotas antiguos.


nS. S., que tiene tan presentes tolas las épocas y todos los acon-
tecimientos de aquel tiempo, no puede haber olvidado una sesion se-
creta en que los ministros de dicha época fueron invitados por perso-
nas de las mismas que hoy se honran en estos bancos, á un cambio
de sistema que asegmase la libertad y concluyese con las esperanms
y con los complots de nuestros enemigos. S. S. se acordará muy bien
que entonces, como ahora, dijo que el gobierno se encontraba en una
situacíon crítica, luchando con un brazo contra los enemigos de la
constitucion, y con el otro contra los que querian exgeraciones, y que
pensaba que no debia alterar su sistema en nada; pero á pocos clias
se justificó la existencia de la conspiracion tramada contra el sistema
constitucional por los sucesos del 7 de Julio. Yo hubiera deseado que
el gobierno actual no hubiese echado en olvido aquella lcccion. Al 7
de Julio contribuyeron dos clases de pal'tidos: uno engaiíado, que creia
que iba á hacerse uso de la fuerza material y efectiva contra los prin-
cipios exagerados, que entonces no podian llamarse tales, por haber
sido jurado por toda la nacíon el sist.ema constitucional: contribuyó
tambien el partido de las que se llamaban entonces modificaciones,
vulgarmente cámaras; pero el resultado fué que la guardia real de
aquel tiempo, que no queria cámaras ni modificaciones, ni ninguna
especie de libertad, gritó: ¡v(va el rey absoluto!


nEn tal situacion, pues, como no podrá menos de confesar S. S.,
viendo las personas encargadas entonces de dirigir la nave del esta-
do que su fuerza moml estaba agotada, se hallaban obligadas á en-
tregar sus carteras y abandonar el timon de los negocios públicos.
¿Y cuándo? Cuando estaba casi disuelto el edificio social; cuando habia
una discordancia absoluta de opiniones; cuando toda la nacíon estaba
dividida; cuando no habia ni podía haber confianza en la persona que
debia llevar adelante las instituciones constitucionales. Entonces fué




UN ~IE[I;SAJE Á S. M. 329
cuando entraron ú. gobernar esos hombres que tantas y tantas veces
han sido acriminados con una saña que me duele mucho, y que con
más frecuencia que en boca del señol' pl>esidente del consejo de minis-
tros se deja vel' en h del señal' secl'etario del despacho de hacienda.
Pero ya que S. S. al tornar la palabra empez6 aeriminando dicha
época por medio de una esclamacion, seria una cobardía en mí no
levantarme para responderle con la valentía é intrepidez que me es
propia: «¡Ay si fuera ú escribir, ha dicho S. S., la historia de aque-
II Uos años, cuán pocos serian los que se podrían presentar con frente
llserena á la faz de la nacion!)) Yo en este punto abandono mis opinio-
nes á la histol'ia que S. S. pueda escribir; yo ruego á S. S., y le reto
pel'sonalmcnte, á que me diga .....


llYO respeto la historia del Sr. Presidente; pero jamás permitiré,
en cuanto mis fUBl'ZaS me lo permitan, que su autoridad se estrelle
con este 6 aquel.


}} Yo deseo oir en este punto el voto del estamento, incluso el de
los señores ministros, Ijue no podrán menos de decir .....


llDoy gracias á S. S., y paso á las medidas escepcionales que en
su misma denominacion llevan la manifestacioll de su carácter. La na-
cion se hallaba entonces en estado de disolncion, y amenazada de una
invasion provocada pOI' la debilidad del gobierno. En semejante situa-
cion no habia gobierno ninguno que pudiera marchar sin las medidas
de escepcion que se tomaron; sin embargo, estas medidas jamás se
pens6 que comprendieran á la libertad de imprenta: se hicieron, si,
algunas proposiciones en el cOl1¡;reso , y 8J modific6; pero no se pro-
hibiú absolutamente. Esto lo podré repetir siempre, y muchos de mis
dignos compañeros podrán atestiguarlo.


llHay otra circunstancia muy especial que los señores secretarios
del despacho no han tenido presente al hablar de estas medidas escep-
cionales, y es que se acordaron únicamente por el tiempo que es tu-
"ieron las cúrles cerradas, por manera que desde el momento en que
volvieron á abrirse hs c6rtes, quedaron sin efecto; al paso que por
otm parte se aument6 la libertad política, pues al mismo tiempo se
abrieron las so~iedades patriúticas, que dieron lugar á corregir los
defectos de dichas medidas.


}jNo me detendré mús en recorrer la historia de aquel tiempo.




330 DISCURSO PROPONIENDO


Creo que los que hemos pedido la palabra hemos abusado más ó me-
nos h:1'3ta cierto punto, y dado márgen al gobierno para que nos puc-
da decir con una sJnrisa de desprecio que nuestros cargos son in-
fundados, que no presentamos pruebas, y quc no morocíamos casi la
contestacion de parle del gobierno; sin embargo, hago la justicia á los
ministros de que han dado todas las contestaciones posiblos, y satis-
fecho en tanto cuanto han podido. Vengo ahora al punto esencial, á
un punto por dondo no pasará ni la barca en que se salvaron las otras
veces, vengo en fin al acontecimiento del domingo pasado.


))Yo no insistiré en accidentes que no conozco. El señor secretario
del despacho de Estado acaba de hablar mucho de sociedades secre-
tas, de sociedades que dice existen; pero yo no pertenezco á ninguna,
ni conozco á nadie de los que se hallan comprendidos en esa causa
célebre de que está ocupado el poder judicial, y de que su selloría ha
hecho una relacion tan lata, que sus palabras dan demasiado peso á
la consideracion conque puede haber sido formada la misma causa.
Vengo, pues, al acontecimiento del domingo, repito, sin examinar
sus acontecimientos: hablo solo de un hecho positivo, consumado, y
la única deduccion que yo saco de él es, que desde el momento en que
la prerogativa real se llevó á efecto hasta el punto más alto que pnede
llevarse; desde que se concedió el indulto á los militares que se apo-
deraron de Correos, desde ese momento el ministerio abdicó su poder;
desde ese momento el ministerio ha perdido su fuerza moral, y su
prestigio ha desaparecido clavado en las puntas de las bayonetas del
batallan segundo del regimiento de Aragon. l\Ianifiéstolo en cumpli-
miento de mi deber con mucho pesat' mio; más lo hago por no poder
prescindir de llenar mi obligacion en este sitio, en que los sellOres
procuradores están autorizados para hacer inculpaciones al g'Obierno
en cumplimiento de sus deberes.


llEn vista de esto diré lo que en mi opinion debe hacer el esta-
mento.


llEl estamento de procuradores del reino, si es que esta discusion
no ha de ser una mera comersacion, como ha dicho el Sr. Galiano,
si ha de tener un objeto, un fin, el estamento, rep'ito, creo yo que
está en el caso de elevar á los piés del trono un respetuoso mensaje,
lamentándose de las ocurrencias del domingo, asegurando á S. M. de




UN MENSAJE Á S. M. 331
nuestra cooperacion para sostener las leyes restablecidas por el ESTA-
TUTO REAL, la libertad y el trono, y esponiendo al mismo tiempo que
01 estamento ha visto con profundo respeto, y ha aplaudido el uso
que S. M. ha hecho de la prerogativa real, concediendo el indulto á
los militares que se apoderaron de la casa de Correos: que el es-
tamento espera que e3te indulto, este perdon, no será una palabra
vana que quede sin efecto por ningun pretesto de política ni otro al-
guno. y finOllrnente, que el ostamento, habiendo tornado en considera-
cion las necesidades del pais, est;i en el caso de indicar á S. M. la do
que su ministerio adopte un sistema que sea capaz de llevar á efecto
los deseos manifestados de levantar sobre el ESTATCTO REAL el edificio
de lihertad y de seguridad que han de disfrutar tanto el trono como
sus súbditos. Es la proposicion que no puedo menos de presentar al
estamento, y creo tomará el mismo en consideracion.))






EL DUQUE DE RIVAS.


Es la política en las sociedades modernas un humean
tempestuoso, que conmoviendo en su base el órden mo-
ral en las naciones, destruye las costumbres más arrai-
gadas, cambia y tuerce el destino de los hombres, y SJ-
focando instintos y sembrando esperanzas, trastorna las
sociedades y arrastra tras sí hombres, creencias y cos-
tumbres.


Es tambien un crisol la política en el que, fundidas
las sociedades, aparecen tarde ó temprano los hombres
de verdadero génio, y conoce cada cual sus fuerzas y
sus medios, sus cualidades y sus instintos.


Al mágico poder de la política se han debido esas
asombrosas trasformaciones, esas metamorfosis maravi-
llosas, por medio de las cuales ha salido un general de
un pastor, un filósofo de un labriego, un orador de un
menestral. Pero si bajo este punto de vista es beneficiosa
la política para la gloria y prJsperidad de los estados,
es altamente perjudici::tl cuando truncando voluntades y
sofocando instintos, se empeña en trasformar á un poeta
en hombre de estado y á un literato en orador.


Sugierenos las anteriores reflexiones la vida del per-
sonaje con cuyo nombre encabezamos esta ligera bio-




334 EL DUQUE DE Rl V AS.
grafía, y de cuya exactitud nos úonvencel'emos más ade-
lante.


Pocos hombres públicos han tenido cualidades de
carácter menos á propósito que el duque de Rivas para
ser buenos políticos, por lo mism0 que las ilusiones de
la poesía y el sentimiento del corazon se amalgaman mal
con el frio cálculo de la política, con el interesado racio-
cinio de la diplomacia, con las bastardas pasiones de la
revoluciono


Dotado D. Angel de 8cwvedm de una imaginacion
harto florida, de un alma elevada y generosa, de una
instrnccion artística, sus instintos, sus deseos, sus ambi-
ciones no tuvieron otro norte que la gloria literaria, á
cuyo templo le conducian pacíficamente desde sus pri-
meros años su génio, su corazon y sus inclinaciones.


Pero el huracan de la política le arrebató, como á
otros muchos, de su verdadero camino, y le impuso su
voluntad, su ley y sus caprichos.


Oomo Alcalá Galiano y como Istúl'iz, apareció l'l
duque de Rivas en las CÓl'tes de la segunda época cons-
titucional dominado por las exageradas ideas democrá-
ticas y desorganizadoras que tanto contribuyeron á los
excesos de la revolucion de los tres años, y á la ruidosa
y precipitada caida del sistema representativo.


Declamador fogoso, hábil agitador de las turb:1s, su
voz resonaba poderosa y valiente en las situaciones de
más peligro, y los aplausos de la plebe recompensaban
con frecuencia los arranques patrióticos y los vehemen-
tes apóstrofes deljóven tribuno. Su simpátiea figura, sus
nobles ademanes y hasta sus títulos de nobleza influian
no poco en las populares ovaciones, y daban más im-
portancia y autoridad á sus manifestaciones democrútico-
demagógicas.




El. DUQUE DE RlVAS. 335
Inesplicable fué el efecto que produjo en las córtes


de 1823 y el frenético entusiasmo con que le aplaudie-
ron los bulliciosos espectadores de las galerías, cuando
en la célebre cuestion de las notas, esclamaba con la
mayor vehemencia: «~osotros estamos todos unidos:
todos queremos libertad: en los principios, todos estamos
conformes: la libertad de la nacion y la independencia
es 10 que queremos, y no hay enemigos suficientes
para .arrancárnoslas. El que se atreva á insultarnos, ven-
ga, pues, i este suelo, donde encontrará en vez de mala
fé, la virtud y el hierro. »


Perseguido encarnizadamente por la restauracion ab-
solutista de 1824, y condenado á pena capital como todos
los diputados que firmaron en Sevilla el temporal Jes-
trona miento de FernanJo VII, regresó el duque á la pe-
nínsula en 1834, cuando la reina gobernadora abrió mag-
nánimamente á los proscriptos liberales las puertas de la
patria.


Habiendo heredado á la saílon el título y la grandeza
c1eEspaña, por muerte de su hermano mayor, fué nom-
brado prócer y posteriormente s~nador en muchas legis-
laturas.


Arrepentido de sus extravios democráticos como ls-
tútiz y Alcalá Galiana, y amaestrado como ellos en la
escuela d0 los mios y de la desgracia, ocupó en su com-
pañía el ministerio de la Gobernacion en 183ü, y cayó
del poder al violento empuje del escandaloso motin que
pisoteó en la Granja el cetro de San Fernando.


Desde entonces ha figurado dignamente el duque de
Rivas en el partido moderado, y ejercido en la política
la influencia que á su posicion, á su talento y á sus re-
comendables dotes le correspondia.


En varias ocasiones ha defendido en la alta cámara




336 EL ¡¡UQUE DE RIV AS.
la causa del órden y el principio de autoridad, si no con
la fogosidad y el tono elcvado y declamatorio del tribu-
no de 1823, con la gravedad y mesura del senador mo-
derado, con la fuerza de raciocinio, la conviccion de
ideas y la profundidad de miras del orador concienzudo,
del político práctico.


La escuela conservadora ha tenido siempre en el Se-
nado un decidido defensor en el duque de Rivas, cuya
autorizada palabra ha resonado siempre en las cuestio-
nes de partido más solemnes y en la discusion de las le-
yes más importantes.


Antes de ser embajador en 1857, habia vuelto á
figurar ostensiblemente en la escena política en la revo-
lucion de 1S54, en cuya época fué nombrado presidente
del consejo ue ministros á la caida uel conde de San
Luis, cargo que no pudo desempeñar por lo azaroso de
las circunstancias, que se sobreponian á la. convenien-
cia, y cuyo nombramiento, quince dias antes, hubiera
sido aceptado por todos y evitadu una revoluciono


Concluyamos. El duque de Rivas, á pesar de la alta
posicion política que ocupa y del notable papel que ha
desempeñado en nuestras revueltas civiles, tiene más
consideracion como literato q ne como hombre (le gobier-
no, más fama como poeta que como político, más repu-
tacion de erudito q [le de orador parlamentario.


La posteridad se 01 vidará tal vez del ministro, del
publicista, del oradOl', pero nunca dejará de tributar un
recuerdo ele admiracion y de respeto al romántico autor
del Don Alvaro, al intencionado y elegante versificador
de los Romances históricos.




EL DUQUE DE nrVAS. 33í


Discurso contra la. venta de los bienes de las monjas.


((SoflOros: Con mucha desconfianza tomo la palabra para impug-
nar el dictámen de una comision compuesta de personas tan respeta-
bIes, pel'O me ,obliga á hacerlo el contesto mismo del informe que
acabél de leerse, porque advierto que hay en él falta de armonia entre
la importancia CLUB la corhision da á la proposicion hecha por el señor
Sanchez, y el final que propone; ¿pOI' qué si la proposicion del Sr. San-
chez está reconocida por ser ele una utilidad tan gramle, y de unos
efectos tan dignos por el senado, ha ,de desentenderse de entrar en
ella? Porque yo creo, señores, que no habrá senador alguno que des-
eonozca lo importante que es la proposieioll que se discute. Yo por
mi parte empczaI'¡j felicitando do todo comzon por ella al Sr. San-
chez, porqnr ha sitio el primero que, espresanclo la voluntad de todos
los españoles, ha alZQc10 la voz para reclamar contra la injusticia más
escandalosa, y contra el atentado más horrendo cometido en nombre
de la libertad.


))El int(mto elel Sr. Sanchez es noble, generoso, propio de un ca-
ballero amigo de la humanidad, y que yo siento que su señoría no
haya ido más allá proponiendo una eompleta reparacion, que es lo
que exige el espíritu del ~iglo, del atentado cometido en nombre de la
liberti.lll y del progreso contra las desventuradas religiosas.


)) Mas antes do entmr de lleno en esta cllcstion importante, cues-
tion que examinaré bajo tallos aspectos, porque todos so~ ventajosos
y favorables ú mi pl'Opúsito, me haré curg·o para refutarle de un argu-
mento, de !loa Cllr;stion oe úrden, ql18 tal yez poJri intentarse para
cortar este debate; argumento ele tanta más fuerza, cuanto que
aparentemente puuiera fnndarse en un artículo de la constitucion;
este O.l'gllmento es, que siendo esta una cnestion de crédito público,
no puede ventilarse en primera instancia en este cuerpo colegislador.
Pero este argumento es falso, y yo lo refutaré; porque aunque es
cierto que la proposicion se roza con el crédito público, si despues se
ha de determinar otra cuostion más importante, la)roposicion no es
de crédito púhlieo, sino ele justicia, de humanidad; y por lo tanto yo
2~




338 DISCURSO CONTRA LA VEl'iTA


estoy seguro que están de acu~rdo en estas ideas todos aquellos espa-
ñoles que no tengan un alma empedernida, y que no cerrando los
oirlos á los clamores (le unas mujeres desvalidas, no vean en esto más
que una proporcion para hacer una negociacion del fj por 100 ó de
deuda sin interés.


i) Demostrado, pues, señol'es, que esta cuestion es más grande que
la de crédito público, y que por lo tanto es propia del senado, entraré
á examinarla, tratando de demostt'ar que las medidas tomadas con las
religiosas de España ha sido un atentado á la libertad, un atentado
contra la propiedad particular, un procedimiento bárbaro, atroz,
cmel, y además una medida anti-económica yanti-política. Pero an-
tes de entt'ar en mllterill, protestaré que al referir esto, al hablar de
cosas conocidas de todo el mundo, no es ni puede ser mi ánimo resu-
ci tal' pasiones, ni tampoco inculpar á persona alguna de las que pue-
dan haber tenido parte en estos sucesos; porque yo sé que los hom-
hres son siempt'e inferiores á la~ circ\lnstancias, y lJue todos tienen
que inclinar la frente y ceder ú las exigencias d ~ las pasiones. j ~o
permita Dios que en este lugar levante yo mi voz para resucitar pa-
siones, cuando las mías las puse á un lado el dia que juré la consti-
tucion espontáneamente aceptada por mi reina y por mi patria como
emblema de union, y como bandera que dehe guiarnos á todos los
'lefensores de la libertad!


» En dos elases se pueden dividir las religiosas que existen en Es-
IHüa: una de mendicantes, esto es, aquellas que vivian de la limosna
de los fieles, y otras de las ricas y propictarias que vivian del producto
,le sus fincas más (l menos cuantiosas. El haber despojado á las pri-
mcl'aS de los humildes y pobres conventos en que morilban; el haber-
las quitado sus esperanzas y consuelos espirituales; el haberlas pri-
vallo de la subsistencia que les procuraba la limosna de los fieles, es,
en mi concepto, un atentado á la libertad, á aquella libertad que tie-
nen todos 1m individuos de vivir reunidos con otros de su especie,
ocupados en esto ó lo otro, con tal que su ocupacion no sea perjmli-
eial á los de:más, y vivienrlo, no á costa del Erario público, sino de
las limosnas de sus amigos. Su subsistencia no pesaba sobre el Teso-
ro; no pesaba sobre la industria; su subsistencia, en fin, no pesab~
sobre la sociedad, sino sobre aqnellas personas timoratas que funda-




DE J.0S BIE:'i'ES DE LAS 1II0l'lJAS. 339


ban en esto Sil salvacion. ¿Y por qué privar á los hombres de SIlS es-
peranzas cuando estas no son perjudiciales á la sociedad?


lJSi se cometió este atentado con las mendicantes, igual atentado
se cometió sin duda con las propietal'ias y ricas; pero á este atentado
se agrega en estas un despojo, un atentado hOl'l'iblc contra la pro-
piedad particula!'. Señores, todos sabemos que la mayor parte de los
bienes que disfl'Utaban estas religiosas era el producto de sus dotes,
el proJuclo Je su pmpio capital, y el haberlas despojado de este ca-
pital, ¿no es un robo? Esta propiedad pa!'ticular, señores, proceJia
de bienes dolales que en lodos los códigos del mundo es muy respe-
table, y es otra cosa que debe tenerse en cuenta, y yo espero que este
argumento será esforzado por los ilustres prelados que me escuchan,
y que lo hal'án mejor que yo, lego en esta materia; y digo que estoy
seguro que se csforza!'ún, porque es un argumento importante en
que se vel'sa un principio vital. Yo concedo la facultad ó el derecho
de reformar estas corporaciones; pero reformarlas uespues de madu-
r¡simo exámen; mas no cotlceueré el derecho á despojar á los indivi-
duos de una propiedad particular.


n Y este atentado á la libertad y á la propiedad particular, ¿cómo
se ha ejecutado, ó en rirtud de qué? ¿De una ley? No: de la trasgl'e-
sion de una ley. Estos aGtos contra las religiosas se cometieron abu-
samio ue la célebre ley del voto de conllanza : es verdad que despues
se han hecho leyes sobre el modo de proceJer á la venta de eslos bie-
nes, pet'o el despojo se ejecutó abusando de aquel voto de con-
fianza.


n y este atentauo contra la libertad, contra la propiedad partícular,
esta ilegalidad, ¿de qué manera se ha cometido? ¿Vemos que al
tiempo de (lespojar á las inocentes religiosas de SllS bienes, se IIsasen
aquellos miramientos corteses, aquellas atenciones justas, aquellas
consideraciones, señores, aljuella hipocresía, porque al fin y al cabo
hipocresía es la que en estas ocasiollos se usa? 1\0, señores, no; en
medi.) de la precipitacíon con que se ejecutó esta medida, se ve la in-
considoracion más inmoral, y que se las ha hecho apurar el cáliz de la
amargura hasta las heces.


nHan siuo lanzadas de sus hogares; lanzadas de las mansiones
que habian elegido para acabar sus dias; han visto que se les han




340 DISCURSO CO!'iTRA LA VENTA
arraneado SUS bienes, y han visto que con mofa se han tomado los ob-
jetos de Sil culto y adoracíon, los emblemas ¡Je su fidelidad. Y todo
esto, ¿para qué? ¿Para ql1~? Para que se cnriquezcan una docena de
especuladores inmorales que viven de la miseria públira. Señores,
hablo en general, que en particular en esta clase los hay muy bene-
méritos, para que los comisionados de amortizaeion en poco tiempo
hayan formado una fortuna colosal que contrasta ron la miseria
que se nota en las pl'Ovineias. r de todo esto, ¿qué bienes han resul-
tatlo á la llllcion? Ninguno; por el contrario, ha perdi¡Jo mucho, por-
qGe ha perdido con la desaparicion de muchos monumentos, orgullo
de las artes.


)) y en esa misma demolicion se perdió un capital considerable, el
')apital de la mano de obra, f¡Ue no supieron clllcular esos mezquinos
economistas.


nIlan desapal'ecido los conventos, se han malvendido sus bienes,
se han roLado sus alhajas y preseas, y ¿se ha aumentado con los in-
gTesos ni un solo batallan en el ej(\rcito, ni una trineaLlura en la es-
cuadra? ¿Se ha mejorado en algo la suerte de los proletarios? No.
Los comentos han desaparecido, tocIo se lo llevó el viento; y ¿qué
queda en pos de esto? Escombros, lodo, lágrimas, abatimiento.


))Si el despojo de las religiosas ha sido, corno he tenido el honor
de decir al senado, un atentado á la libertad indivi¡Jual, y un despo-
jo (le la propiedad, cometido del modo más áspero y más duro, la
estineion de las religiosas, señores, ha sido una medida anti-económi-
ca y anti-política; más claro, ha sitIo una falta solemne, yen politica
las faltas son peores que los crímenes.


)) Ha sido una medida anti-económica, en primer lugar, porql1o lo
es haber sacado al mercado una gran cantidad de géneros, cuando
los mercados estaban encomlwados de ellos. Ha sido una medidll. anli-
económic~, porque se ha echado la nacían encima una carga pesadí-
sima, que no tenia, sin ventaja alguna, pues es sabido que los Lienes
de las religiosas, no ya habiendo desaparecido como se 1m veriucado,
no ya rnalbaratándose como sucede, no ya administrados de una ma-
nera tan rapaz como se administran, sino admiuistrados por un San
Francisco, no producirian lo necesario para cubrir las pensiones
asignadas; de suorte que el Erario público, ya harto barrido, tiene




DE LOS BIENES DE LAS MONJAS. 341
que cargar con esa obligacion. Pues esto, señores, no se calculó; y si
se calculó, ¡qné inmoralidad! cuando se hizo, se sabia que talef; pen-
siones no iban á pagarse.


)) y no se escuden los autores y fautores de esta medida con esa
multitud de reales órdenes insignific8.11tes, recomendando el exacto
pago de sus pene iones á esas infelices; :los mismos que las firmaban
sabian que no se habian de cumplir, y uo sé qué nombre tenga en
política y en economía una aCCÍon semejante; en bonradez y en vir-
tud tiene el de iniquidad.


nNo me detendré en hablal' de la mentira hecha publicar por los
papeles ef;tranjeros, de que la suma de 8stos hienes montaba á 37 mi-
llones de libras esterlinas, creyendo que de Poste modo se aumentaria
el crédito, y queriendo aplicat' ú un estado las prácticas reprobadas
con que procura dilatar su quiebra una casa de banca.


nPara califlear esta medida de impolitiea, bastará, señores, exa-
minar el cfeeto que ha producido en todos los españoles. Los españo-
les, que componen una naCÍon timorata de suyo, con ciet'tas creen-
cias y costllmhl'es que no pueden destruirse de una vez, y que es pre-
ciso que pasen generaciones enteras para que puedan desaparecer,
¿hau podido ¡ver á sangre fL'ia escarnecidos los objetos de su culto?
No; el que cree que sí, es porque no ha salido de aquí, ni recorrido
las provincias. En Malll'id, donde todos los objetos, todas las ideas se
suceden rápidamente, en este mar de pasiones contínllamente agitado,
puede no saberse el efecto que esa medida ha causado en los pueblos;
pero yo imoco á los que han venido de las provincias, y, como yo, han
l'ecorriLlo una larga estension de terreno, que digan si no han oido las
qllejas de todos los homhres de bien y razonables. Una medida como
esta, que ha tocado á la moral pública, ha sido funestísima, y ha
petjudicado mucho á los intereses de la libertad.


»No militan, señores, las mismas circunstancias en cuanto á reli-
giosos, pues estos, aunque han padecido y padeeen muehó, son poI'
la mayor parte robustos, y unos pueden vivir con su misa, otros sien-
do capellanes de establecimientos piadosos, y otros en fin pueden
tl'abajar; pero á una infeliz religiosa sacada de su convento ¿qué le
qncda? Llorar y padecer. Y los pueblos ¿ven ('.on tranquilidad llorar
y padeuor á las YÍütirnlls? :\'0, sellores, !lO lo ven, porque la mayoría




342 DISCURSO COlURA LA VE~TA DE LOS BIE~ES DE LAS MONJAS.
de los pueblos se compone de hombres de bien, y muy especialmente
la mayoría del pueblo español.


nSiendo, pues, tantos en realidad los males, creo que de ningun
modo puede el senado desatender la proposicion ele mi amigo y com-
pañero el Sr. Sanchez, sino que deberá tomarla en consideracion, y
ver por qué medio se puede consegui!' remediar tantos males, y bor-
rar de la opillion pública la impresion que han causado. Sé muy bien
que los crímenes politicos no se vengan, pero se remedian, como ha
dicho un célebre ministro francés en una obra que circula con aproba-
cían por toda Europa; pues esto es lo que yo quiero que haga el se-
nado. Me guardaré muy bien de desear medidas reaccionarias, por-
que en política las cosas se deben tomar del punto en que se encuen-
tran, sin ir ni un paso atrás. Así, los bienes que se hayan vendido de
estas desgraciadas, sea como quiera la venta, deben quedar vendidos;
lo hecho, hecho. ¿Pero se han de ver tambiell despojadas de los bie-
nes dotales? Estos son los que yo reclamo, los que deben ser recono-
cidos como tales, y resarcidos de un modo ú de otro, segun sea
posible.


nReconózcanseles, proclámese el prin¡;ipio de la propiedad, y sal-
vado este principio, si la comision misma ~e sirve fijarle en un se-
gl1l1do dictámen como lmse del proyecto que presente, yo le votaré
con mucho gusto. Sé que el actual gobierno, reparador por la índole
personal de los individuos que le componen, reparador por la índole
de las mayorías que le sostenemos, y reparador por las mismas cir-
cunstancias, no desoirá los clamores de las víctimas, ni los argumen-
tos que he tenido el honor de esponer; de él lo espero todo, pero me
atrevo á rogarle que el principio de la propiedad sobre que estriban
las sociedades no le desconozca, y que cuando venga á presentar su
proyecto de ley, porque creo que es una ventaja que tome la inicia-
tiva en este caso, como en casi todos, no olvide que la felicidad pú-
blica se compone de las felicidades partirlUlares, que la opinion nacio-
nal 110 es la opinion de las pasiones del momento ni la opinion de los
especuladores, que la propiedad, y sea cual fuere, merece tanto
respeto que cuando se la toca se conmueve la sociedad hasta sus má5
profundas raices.))




o/VVVVVvVVVVVVVVVVVJVVVVVV'./VVV~VVVVVV'JVVVVVVV\./VVVVV~


FLOREZ ESTRADA.


Si la oratoria fuese hija del estudio y no de la imagi-
nacion; si en la formacion de los oradores entrase en ma-
yor cantidad la instruccion que el genio, y si fuesen más
elocuentes Jos que más saben y los que mejor piensan,
D. Alvaro Florez Estmda hubiera sido indudablemente
entre los diputados de la segunda época constitucional
uno de los más elevados, de los más profundos, de los
más notables oradores.


Pero como para serlo se necesitan ciertas prendas
puramente físh~as en armonía con las morales; como para
ser elocuente aprovecha más el sentimiento que la cien-
cia; como la oratoria brilla más cuando se adorna con las
deslumbradoras galas de la imagina.cion que cuando se
envuelve en el grave y majestuoso ropaje del talento,
Flore;:, Estrada no fuó ni pudo ser nunca un orador
eminente, porque era hombre de ciencia más que de ge-
nio, porque pensaba más que sentía, porque tenia más
perfecto el cerebro que la lengua.


Esta es la razon por qué el famoso economista pro-
nunciaba pocos y breves discursos, sin entusiasmat' á sus
oyentes, sin embargo de que por lo profundos y amenos





344 FLOREZ ESTRADA.
cautivaban la atencion de los hombres graves y pensa-
dores.


Falto d~ entonacion su acento, desnudas sus arengas
del atractivo de un estilo florido y elegante, sin acci-
dentes esteriores que dieran más importancia á las ideas,
de ademanes monótonos y acompasados, el diputado de
quien nos ocupamos parecia en sus peroraciones frio,
divagador y pesado.


Muy semejante Florez Estrada por la f'ol'ma y esen-
cia de sus discursos á los legisladores de Cádiz, hasta en
la costumbre de leer algunos de aquellos, disertaba más
bien que discutia, y en vez de ser un publicista era un
filósofo, en lugar de un diputado, un académico.


No se crea, por lo que aCJ,bamos de manifestar, que
F'lorez Estr'ada carecia de fibra en sus ideas, de vigor y
de valentía en sus pensamientos. Al contrario. Sus máxi-
mas rentísticas, sus ideas filosóficas, sus pensamientos
políticos producian notable sensacion por su novedad,
por su radi.,;alismo, por su osadía.


Defensor acérrimo de todas las libertades, cualquier
medio le parecía bueno con tal de llegar á donde se pro-
ponia. Para él, siempre el poder era un enemigo de la
libertad, y creia impecable al pueblo, asustándole más
las arbitrariedades y demasÍas de los gobiernos que los
escesos de las revoluciones.


Austero en SUB ideas, morigerado en sus costumbres,
abogado fervoroso de la justicia y la igualdad, soñaba
con una república por el estilo de la de Platon, y la hu-
biese establecido con la sola condicion de ser en ella el
primer cónsul.


Adicto en economía y en política á la escuela ingle-
sa, proclamaba sus máximas con suma solidez, y aboga-
ba con aJan y constancia por la libertad de imprenta, la




FLOREZ ESTRADA. 345
libertad civil, la libertad política, la libertad de adua,-
nas, la libertad de comercio, la libertad de hablar, la
libertad de todo.


N o obstante su exageracion y la falta ele elotes orato-
rias, era respetado y considerado de todos los partidos,
(lue no veian en él al político sino al sabio. Especial-
mente en materias de Hacienda, eran de gran peso en
las córtes su opinion y su voto, porqu8 nadie podia com-
petir con Florez Estrada en el estudio y conocimiento
Je las ciencias económicas.


Sus obras de ese género, que le han Jado una repu-
tacion europea, prueban la autoridad y el prestigio que
ejerció siempre eh las córtes de 1820 á 1823. Su renom-
bre Je sábio oscureció bien pronto los recuerdos del po-
lítico, y si hoy se pregunta por Flo1'ez Estrada, muy
pocos, acaso ninguno sepa que fué un diputado influyen-
te, un orador mediano en la segunda época constitucio-
nal; pero de 15eguro nadie ignorará que fué un profundo
economista para 1015 tiempos en que brilló, un sábio cu·
yo nombre constituye una de las glorias científicas de
E8pafla.


Discurso en defensa de las sociedades patrióticas.


«Señores: Todo obstáculo al descubrimiento de la vel'dad, á la
mayor ilustracion de los pueblos, y á que estos por todos los medios
posibles se habituen á interesarse en la conservacion de sus dere-
cho~, por más leyes y autoridades que se citen, no puede menos de
ser efecto de varios temol'es, de añejos abusos 6 de ridículos paralo-
gismos, á que eontinuamente acuden los hombres no connaturalizados
con la verdadera libertad. El carácter distintivo de las leyes en socie-
dades por constituir, ó aun no bien constituidas, es la tendencia
constante á ~·ofocar las luces y á reprimir la firmeza de los individuos
menoscabando los medios, y de la eficacia de sus reclamaciones con-




346 DISCURSO EN DEFENSA
tea la injusticia de sus gobernantes. El que se detenga a: examinar sin
pt'evencion el cuadro de las calamidades humanas, fácilmente se pe-
netrat'á de tan triste verdad. Cuando una vez se llega á privar al pue-
blo de un solo medio de ilustrar~, de reciamar del modo más enérgi-
co contra la opt'esion de las auOOridades, de esponer individual ó co-
lectivamente al gobierno cuanto crea. oportUtlo á SUR intereses y
mejor estar, no pasará mucho tiempo antes que se le pt'Íve de otro y
luego de otro, hasta que se destruya por entero todo gérmen de li-
bertad. Si el pueblo español desde la ~poca de Cárlos J, hastacn 1808,
hubiese gozado de la facultad de reunirse libremente para discutir sus
intereses políticos y económicos, aun cuando no conociese otra insti-
tucion de libertad, ¿quién"es el hombre de buena fé que suponga hu-
biera sido sumido en la esclavitud yel embrutecimiento á que lecondujo
el fanatismo, impidiéndole ilustrarse y reclamar consecuencias indis-
pensables del reunirse?


nEl primer paso Mcia la esclavitud es atacar la libertad de la
prensa, é impedir las reuniones Jibt'es de los ciudadanos, sin las cua-
les, desengañémonos, jamás existió ni puede existir sólidamente el
imperio de la ley . ¿Y será posible ql1e un cuet'po legislativo que aca-
ba de ser restablecido por un efecto en gran parte debido á e.'itas
mismas reuniones patrióticas, se proponga auoptar la abolicion, que
tal seria el resultado del dictámen que se va á discutir? La voluntad
general del pueblo debe ser siempre el norte que dirija las resolucio-
nes de sus representantes, y de ningun modo puede espresarse con
más acierto esta voluntad, que reuniéndose los ciudadanos para ma-
nifestrtrla al cuerpo representativo por medio de solicitudes que sean
el fruto de sus discusiones. Este derecho inherente á todo pueblo li-
bre, además de contribnir á la ilustracion, es el acto más principal
con que un pueblo demuestra ejercer la soberanía que reside esen-
cialmente en la comunidad. Es el recurso más natural, más podero-
so, y tal vez el único para acudir ú sus representantes, á fin de que
reformen y mejoren las leyes establecidas y hagan observar las pro-
mulgadas, y sean ellos mismos más justos y reflexivos en sus delibe-
raciones. Finalmente, la libertad de la palabra que constituye la de
las reuniones, es un derecho más fuerte, más natural y mucho más
antiguo que el de escribir, naciendo este de aquel. SI pues hoy la ley




DE LAS SOCIEDAD!S PATRIÓTICAS. ·347
fundamental protege la libertad de la prensa, ¿cómo se osa atacar su
origen y principal base? ¿Por qué lógica singular se nos dice hoy que
la constituciOll implícitam'ente se opone á la form~cion de sociedades
patrióticas bajo el sutil pretésto de q¡j'e no las a~toriza? Por igual ló-
gica tambien deberíamos deducir qui. ninzuno puede legalmente
respirar, pues qGe en ninglln artícu:o de la constitucioll se autoriza
este acto.


llE! puelJlo delJe estar persuadido de que "á,solo" sus representantes
pertenece la formacion de las leyes; pero debe estarlo igualmente de
que así como al congreso no puede displltlÍl'sele esta facultad y la su-
prema iuspeccion en la conducta de todos los funcionarios públicos,
sin embargo de las diferentes atribuciones de los otros poderes, as!
tambien la nacion, en quien esencialmente reside la soberanía, tiene el
derecho de vigilar en sus propios intereses, y con preyia deliberacion
el de solicitar de sus representantes cuanto considere oportuno y
comeniente al bien del Estado. Decir lo contrario es lo mismo que
decir que quien concede sus poderes por un tiempo limitado ó ilimi-
tado á determinadas personas, renuncia y se desposee hasta del dere-
cho de conocer cómo sus apoderados desempeñan el encargo que les
han confiado y del de dades nuevas instrucciones. Los procuradores
de una nacion, igualmente que los de un simple particular, no reciben
los poderes para hacer su voluntad, sino la del pueblo de quien di-
manan, el cual no pudo concedérselos para otro objeto que el de pro-
moyer su felicidad. Desgraciadamente por esperiencia hemos visto
que lo.s representantes de una nacion son capaces de convertir sus
poderes en la destruccion de aquellos mismos objetos para los que
les fueron concedidos; y si los ciudadanos quedasen imposibilitados de
reunirse, ¿cuáles serian los medios de reparar estos males¡ y sobre
todo, cuáles los medios de precaverlos? La comunidad, dice Locke, el
más profundo y moderado de todos los políticos, siempre retiene un
poder sBbemno de salvarse á sí misma de las empresas y proyectos
de cualquiera persona ó cuerpo, aunque sea el de sus legisladores, no
teniendo ningun hombre ni sociedad de hombres poder para abando-
nar y entregar su conservacion, y por consiguiente sus medios, á la
absoluta voluntad de otro.


n¿Quién es el que puede desconocer que privar á los ciudadanos




348 DISCURSO EN DEFENSA
de reunirse, es privarles del medio más natural y sencillo que tie-
nen para velar en el desempeño de sus apoderados, para hacerles ó
comunicarles la~ instl'llcciones que tengan por oportuno, para hacer-


..


les entender cuál sea su voluntad, y para contenerlos en sus mismas
trincheras? L'ls reuniones son la principal escuela pr:'lclica el.] los pue-
blos libres, la más provechosa que se les puede ofrecer, y la única
á que pueden asistir, y en donde pueden instruirse léts dases pobres
que no tienen medios para métntener á sus hijos en otras cátedras y
universidades, por más que estas abundan. ¿Ha podido creer la comi-
sion que los pobres asisten á las cátedras, para suponer que en ellas
se instruycsen ó que estas clases no merecen ser instruidas?


nLa libertad misma de la imprenta, á pesar de su importancia, no
puede proporcionarles las grandes ventajéts que se acaban de mencio-
nar. Por consiguiente, privar las reuniones libres eil injusto y contm-
rio á todo sistema representativo, fundado en no variar en cosa al-
guna la volnntarl e~pl'esa Ó táGita de la mayorla, ni cuanto sea rela-
tivo á mejOJ'ar su educacion y sus ideas. En el momento que sean
prohibidas las reuniones libre:;, las (~órtes no pueden menos de con-
trariar la yoluntad general y de perder la fuerza moral, que es el
único apoyo que lo:; sostiene. Esta sola consideracion y la de la in-
gmtitud en que incurririan, dehen ser motivos demétsiado poderosos
para que el dictAmen sea descchado. La comision misma se ve forzada
á confesar los grandes méritos y servicios de estas corporaciones;
empero esta confesion no es anunciada con aquel lenguaje que lleya
consigo toda la f¡'anqueza qlle era de esperar de la sabiduría de sus
inrlirirlnos. Nos dice que, erigidas por el más desinteresado patrio-
tismo para sostenel' la oscilante opinion públira en los dias ele mityOJ'
crísi~, cooperaron tal vez á presenar ú la nacion de las reacciones
más ominosas, calmando la ansiedad de los leales, enfrenando las ma-
quinaciones de los disidentes, y templando la vehemencia de los im-
petuosos. ¿Por qué el artificio de espl'esal' con duda que cooperaron
á preserva¡' tal vez la nacion, y asegurar en seguida sin la menor
duda que calmaron la ansif1dad de los leales, que enfrenaron la~ ma-
quinaciones de los disidentes, y que templaron la \'ehemf1ncia de los
impetuosos? ¿Polrá jamás semejante lenguaje inspirar á nuestros
constituyentes aquella noble contlanza que da vida y vigor á todas las




DE LAS SOCIEDADES PATRlÓT!CAS. 349
resoluCÍones de un cuerpo deliberativo? Me abstengo de decidir, y
apelo al sentimiento de los hombres dJ razon.


nSigamos algun tanto más el testo literal del dietámen. oPero
sentado ya majestuosamente el edificio de nuestra libertad civil, y ob-
tenida en 9 de julio toda la garantía que es dauo uesear en lo huma.
no, la regeneracion política consiguiente al nuevo sistema, debe ser
obra de los elementos que ha señalado la constitucion misma sin la
cOllCll l't'enci<1 de otro alguno, por plausible que fuere.») Segun esta
doctrina, seriCl un esceso, Ó cnanelo menos Ull erl'Or, toda reforma he-
cha por bs CÓl'tes y no indicada por la constitucion, y veríamos califi-
car como tales la aboliCÍon ele vínculos, supresion de monges y otras va-
rias por no ser obra de los elementos que ha señalado la constitucion.


nNo me detendré le recordar el uso que hicieron ele este derecho
otros pueblos de la antigüedad, y actualmente los Estados-Unidos y la
Ingla terra, en donde las reuniones se consideran como el primer ba-
luarte de la libertad y el único freno del pal'iamenlo. Me detendr8 á
examinar, aunque muy ligeramer.te, la consideracion que flstas cor_
poraciones lograron en España ante la ley. En Castilla, Lean y Gali-
cia hubo asoeiaciones llamadas hermandades, conoeidas en Aragon
por el nombre [le Union. Tales asociaciones, siempre que las necesi-
dalles del Estado Jo exigian, eran permanentes, y ~u objeto era aun
munho más estensivo que en el dia, como que se echa de ver en las
pa1a.bras con que las reuniones en BÚl'gos de 1282 y 1295 anuncian
la nausa de su reunion: (Veyendo (dicen) los muchos males que he-
mos recibido fasta aquí (le los homes poderosos, la verdad es consu-
mida, la fuerza é el roho se frecuenta l' el homicidio se usa, la tiranía
pt la codicia prevalece, é ve yendo que todo esto se usa en estos mal
a\"cnturarlos reynos, acordamos de face!' union é hermandad para que
guardemos todos rll1e~tros lmenos fueros, é buenos llSOS é buenas
costumbres. »)


»Siu embargo, !la fueron censL1radas con los odiosos nombres de
asoeiadas conmociones popnlares, ójnntas tumnltuarias del populacho.
Lejos de (leslruir la constitueion y las leyes, se propusieron darles vi-
g'Ol' y energía, desterrar los abusos, considerar los derechos mlciona-
les, garantir el trollo, y resistir al despotismo de los ministros, gran-
deza y alto ('lera.




350 DISCURSO EN DEFENSA


!lEI objeto de las reuniones verificadas en 1315 fué, segun ellas
mismas dicen, ((para guardar de nuestros cuerpos é de lo que habe-
mos, é para que se cumpla é fa~a justicia, é vivamos en paz é en so-
siego.» Las que se establecieron por los años de 1469, dicen que
aquella hermandad (Ifué establecida é ordenada para ejecucion de la
justicia, del Lien público de estos reinos y conservacion de la corona
real.)) La junta de Villacastin en 1473, dijo: (IFacamos y celebramos
hermandad porque entendemos que es cumplidel'O así al servicio de
Dios y del rey nuestro señol', é á pro é bien comun de estos reinos é
á la seguridad et guarda é defensa de todas las personas.» Los de
Toledo, cuando se reunieron en Taita, concluyen su proclama respon-
dicndo oportunamente á las personas á quienes llenan de espanto se-
mejantes asociaeiones, porque sus argllmentos eran los mismos que á
pesar de las luces del siglo aun se oyen en la actualidad: (INo pongais
escusa, señores, diciendo que en los reinos de España las semejantes
congregaciones y juntas son por' fuerza reprobaLla~, porque en esta
santa jllnta no se ha de tratar sino del servicio de Dios: lo primero la
fidelidad del rey, lo segundo la paz del reino, lo tercero el remedio del
patrimonio real, lo cuarto los agravios hechos ú, los naturales, lo
quinto los desafueros que han becho los estralljeros, lo sesto las tira-
uías que han imentado algunos de los nuestros, lo sétimo las imposi-
ciones y cargas intolerables; de manera que para destruir estos siete
pecados se inventen siete remedios en esta santa junta. Parécenos,
setiores, que tajas estas cosas tratando, y en todas ellas remedio po-
niendo, no podráu de¡;ir nuestros enemigos que nos alllotinamos con
la junta, sino que somos otros tantos Brutos de Roma, redentores de
su patria; de manera que donde pen.;arcII los malos condenarnos poI'
traidores, de allí sacaremos renombre de inmortalcs para los siglos
venideros. »


»Estos hombres se propusieroll derender la justa causa de la liber-
tad, dice el Sr. Mariua en su inmortal obra, y arrostraron bel'úica-
mente todos los peligros de la cmpresa. Kada fué capaz de acobarclar-
los, ni de inspil'í11' sobl'csalto Ú temor en sus pechos, ni las contradic-
ciones de los poderosos, ni los falsos razonamientos de los inertes y
eobanles, ni el mal ejemplo de los egoistas, ni la artifil;iosa y sagaz
conducta de los palaciegos, ni el vil temor de desagradar (t los déspo-




DE LAS SOCIEDADES PATRIÓTICAS. 351
tas, ni la vulgar opinion que condenaba su conducta de atentado con-
tra la majestad y autOl'idade3 establecidas.)) Superiores á estas pre-
ocupaciones, todos sentían lo mismo que en 1520 escribió la ciudad
de Toledo á las restantes del reino: «Pl'esupuesto que en lo que está
por venir, todos los negocios nos salieran al revés de nuestros pen-
samientos, conviene á saber, quc peligrasen nuestras personas, dcr-
rocasen nuestras casas, nos tomasen nuestras haciendas, yal fin per-
diésemos todos las vidas, en tal naso decimos que el desfavor es favor,
el pcligro es seguridad, el robo es riqueza, el destierro es gloria, el
perder es ganar, la persecucion es corona, el morir cs vivir; porque
no hay otra muel'te tan gloriosa como morir el hombre en defensa de
su república.))


))Estas he!'mandades reunidas en lodas las convulsiones políticas
para resisti!' el sistema opresivo, eran aprobadas por las c(¡l'tes, y siem-
pre fueron considerauas como legítimas á no sel' por los enemigos de
la libertad. Cuando las córtes sc rcunieron en Búrgos en J315, Jos
individuos ue la hermandad les pidicron que jurasen hacer guardar y
cumplir el cuaderno de ordenanzas de la hermandad, y aquellas sin
la. menor resisteneia accedieron á dicha solicitud. Las córtes de Car-
I'ion en 1317 aprobaron y respetaron los acuerdos y determinacio-
nes de las hermandades de BÚl'go3, Cnéllal' y Cal'l'ioll.


»euando aun existiese algllna dnda contra la legalidad de seme-
.íantes reuniones, nos la deberian desvancccr complctamente 11s razo-
nes espresadas en la carta que Enrique IV escribió á la hel'mandad
reunida en 1463: ((Dado vos es (dice) el poderío de Dios, pOI' tanto
quiell '1llisierc puede razonar en cualquier ayuntamiento, cuanto aque-
llo que ~e trata más general se denlllestrd, y tanto de aquello entre
ellos disputar, cuanto el noml1n interés lo toma en causa propia; por-
que al\[ donde en bien comutl Ú el mal se trata, quicnqlliera tiene la
lieeneia de llegar á dar su vot.o, como sea cosa cierta, quc la mesrna
propiedail haee á carla lIIlO juez de lo suyo, é presta osadía de hablar
en gUll'lla de su derecho. Por ende, padres eonscl'iptos é honorables
srñorcs, oidas las nlleras de mestras congregaciones, como por la vo-
luntad ele Dios Cl'ivles aYllntados para redimir y reparar las grandes
tiranías, ¿1!l1it~Ll fuera poderoso en santa conformidad á junta!' tan
grandes gentíos, si la mano de aquella soberana Bondad pOI' su inl1-




~52 DISCURSO El\" DEFENSA
nita clemencia en ello no pusiera su gracia? Los cuales unidos en de-
seo tan católico, allegados con deseo tan noble, fechas tan canfor-
m~3 en deseo tan justo, de tan diversas voluntades tomadas en una,
de tan vario3 corazone3 en un querer, é todos finalmente tras un viro.
tuoso fin aguisando, bien péu'ece sin duda lo tal ser descendido del
cielo, ó proprio nombre de santa hermandad haber alcanzarlo. 10 bien-
aventurados los elias en que tal obra se hizo, y tiempos dignos de glol'ia
que tal meroed rescibieron, que levantase Dios á los bajos en con-
fusion de los mayores, clispertase los flacos en vergüenza de los fuer-
tes é pl'ivase de consejo á los grandes para darle á los chicosl Podre-
mos decir por ello cantando con el ProfeLa: agllero es freho por Dios
y es maravilloso en nuestros ojos. Mas vosotros, honorahles señores,
ú quienes dispcrtó la virtud para repél.l'OS de tantos males, srtlicl con
vuestros pendones, despleguense las ué1llderas, que diez sobrepujarán
á ciento, é ciento serán mil, é mil vencerán á todos, que si vos0tros
no fueredes ya, dejara de SCI' Castilla; si vos uo vos leyantaraeles ag'o-
ra, ella cayera por siempre, é si vos no elespertaraeles, ella sin duda
dormiera.n


nTodos estos datos, igualmente que la ley de Partida, la que pa-
rece á la comision una paradoja, espresan que reconocen en térmi-
nos claros é indudables la legitimidad de estas asociaciollcs, y se pue-
dc desatiar eon seguridad II que se cite UIla sola ley hecha en córtes
que Ia.s desapl'llebe. La comision, despreciando la cita ele la ley l.",
Partida 2.", título 1.0), se funda únicamente en quc no es esta la vez
primera que se ha abusado del testo de las loyes rara apoyar actos
contrarios á su verdadero sentido, p')r lo qlle se vió turbarla la segl1-
ridad del Estado. Aun euanelo esta asercion no fllese demasiado yaga,
yo no puedo persuadirmc qne sus autores ignoren qlle mucho mas
comunes son los casos en que se ha aeudido ú este subterfugio por
los enemigos de la libertad, sin que este fundamento pueda por nin-
gun pretesto servir de razoa para establecer la ley que nos presentan.
Mas si atenllemos á lo que la misma comision nos dico, cl1anclo en
seguida asegura qne la ley invoeada para el sosten de 1,('3 coeiclll1!li'~,
literalmente tomalla, no es más qnc un relazo copitvJo de las auras
polítieas de Aristóteles en donde se d'l la detinicioll del tirano 11-::111'-
¡ndor de los tron03, y sc hace la descripeion de las malas mafias quc




DE LAS SOCIEDADES PATnIÓTICAS. 353
emplea para sostenerse, tales como la persecucion de las letras, el
empobrecimiento de sus esclavos, la prohibicion severa de toda re-
union, etc., prueba precisamente la idea contraria á la que ha queri-
do espresar. Si la ley no venia al caso, ¿por qué para desecharla por
inoportuna alegar que es un retazo de las obras de Aristóteles? Y si
viene al caso, ¿por qué decir que no es la vez primera que se ha
abusado d~l testo de las leyes para apoyar actos contrarios á su
verdadero sentido, por lo que se vió turbada la seguridad del es-
tado?


nAntes de concluir responderé al principal y único argumento en
que se apoyan los enemigos ue las públicas y libres reuniones de 10:3
ciudadanos, á saber: las convulsiones políticas ó conspiraciones que
pueden causar trastornando el estado. Suponiendo ciertos todos esos
males con que se nos pretende arredrar, los que se seguirian de la
total supresion de las sociedades patrióticas serian mucho mayores,
pues que infaliblemente pClrdel'Íamos la libertad, y en la alternativa
de dos males el menor nunca puede ser una objecion para el que
sabe calcular. Los establecimientos humanos más sábiamente medi-
tados no llegan á ser tan perfectoR que no lleguen á tener algunos
vicios y defectos irremediables capaces de abrir la puerta á mayores
abusos, pero no por eso los debemos condenar. La libertad misma
de la imprenta, sancionada por la ley como uno de los derechos más
preciosos de todo español, ¿á cuántos abusos aun mucho mayores
de los que pueden seguirse de las asociaciones, no se halla espuesta?
A pesar de sus abusos, ¿cuál seria hoy el que para evitarlos tratase de
privarnos de tan precioso derecho?


»Pero dejando á un lado las hipótesis, yo estoy convencido por lo
que la historia nos enseña, sin olvidar lo acaecido en Francia, que
tales temores son enteramente ridículos. Eulos paises en que se gozó
y en que se goza ue la libertad de reunirse los ciudadanos para (Escu-
tir sobre materias públicas y políticas, el interés particular se halla
tan estrechamente ligado con el interés general, que la mayoría de
los individuos procura que el crimen jamás quede impune, y de este
modo ni el delincuente ni el maligno nunca pueden tener muchos se-
(maces y prosélitos en un gobiel'llo justo. Es innegable que entonces
el hábito de pensar, la necesidad misma de ocuparse CIlIos asuntos




354 DISCURSO E:'\ DEFENSA
públicos y la facultad de criticar las operaciones del gobierno dan á
los ciudadanos más vigor, más dignidad y más firmeza; es constante
que entonces la energía de sus espíritus se comunica á sus corazones,
más no hay que temer ni que foemen conspiraciones y empresas eri-
minales, ni aun cuando tratasen de formarlas que sean auxiliados pOI'
sus conciudadanos. Su objeto Re limita únicamente á asegurar y bus-
car medios de mejorar las leyes y a reclamar su cumplimiento. Las



conmociones que produce esta libertad son siempre el conservador
de la constituoion. No pasan de una ligera fcnnentacion qne en vez
de ser pcrjmlicial es utilísima al procomunal, es indispensable para
que se rectifique la opinion general, y es necesaria para que se pre-
vengan los escesos á que camina todo gobierno, si no hubiese esta
vigilancia de parte de todos los interesados. Jamás los fundamentos
de la sociedad están más fuertes, ni más distantes las guerras civiles
y las conspiraciones, que en los paises en que hay esta. libertad de
las reuniones, las cuales solo producen aquella útil fermentacion, sin
la cual los pueblos inmediatamente pasarian á aquel estado de inercia
A inmovilidad, compallcras inseparables de la esclavitud. Sus movi-
mientos son los naturales de todo cuerpo vigoroso, y que tiene mucha
vitalidad; no son las convulsiones temibles de un cuerpo moribundo
romo equivocadamente se quiere suponer. Las facciones terribles de
los Marios y Silas no se forman en la publicidad ni en los paises que
gozan la libertad; se verifican únicamente en paises en que el gobierno
e:'l duro é injusto, y euando presentan como base alguna injusticia
muy cllOcante de este. Mientras que el gobierno sea justo no hay que
temel' facciones. Entonces los intereses del Estado y del ciudadano no
forman máfl que un mismo interés, y seria necesario suponer que
contrariaria sus intereses porque tuviese libertad de hacerlo, y tan
absurrlo destl'l1ir esta libertad como lo seria promulgar una ley que
prohibiese á los ciudadanos el uso de un cuchillo por temor de que Re
matasen á sí mismos.


llEn Rusia, Pedro, llamado allí el Grande, hizo una ley por la
que ninguno pudiese representar al emperador en derechura sin ha-
ber acudido antes con solicitud á dos ministros sucesivamente, y en
la misma ley se ordenaba que ningun memorial, aun de los presen-
tados al ministro, llevase las firmas de más de diez individuos. Esta




DE LAS SOCIEDADES PATRIÓTICAS. 355


segunda parte de una ley tan tiránica infaliblemente vendrá á ser el
resultado indirecto de la destruccion de las asociaciones.


))La legislaci0n inglesa con respecto á las asociaciones, que son
de dos especies, á saber: asociaciones puramente para discutir, y aso·
ciaciones para discutir y hacer peticiones para el gobierno ó para el
p::lrlamento, se reduce á lo siguiente: En aquellas no se puede discu-
tir ninguna cuestion ó punto sin que se publique con cuatro dias de
anticipacion el asunto de que se ha de tratar, poniendo para la publi-
cacion carteles en sitios señalados por la ley; esto solo parece su-
ficiente para evitar to,la mala consecuencia, pues el gobieruo y auto-
ridades subalternas, teniendo noticia antiCIpada, no son sorprendidos
y tienen tiempo para tomar medidas si se prevé que pueda resultar
algnn riesgo. Estas asociaciones es necesario que se reunan en un
edificio, porque á campo raso las prohibe la ley. Las asociaciones de
discntir y hacer peticiones no pueden reunirse sin que preceda el per-
miso de la autoridad, pedido en un memorial firmado de doce pro-
pietarios. Cuando la autoridad niega el permiso sin más motivo que
su capricho, la ley no le impone pena alguna; pero pierde la popula-
ridad, y en este caso la asociacion puede reunirse, siendo entonces
responsables á todas las consecuencias los doce que hahian firmado.


))Pido, pues, que las eórtes determinen que el dictámen presen-
tado vuelva á la comision.»






BENICIO NAVARRO.


No hay duda que en la carrera parlamentaria entran
con gran ventaja los que han ejercido antes ciertas pro-
fesiones, y han adquirido en su desempeño la práctica
de espresarse en público, y la serenidad y el desemba-
razo, cualidades principales de un buen orador.


Como prueba de esta observacion hicimos notar, al
hacer la reseña de las famosas córtes de Cádiz, que los
catedráticos, los abogados y los predicadores se distin-
guieron desde un principio en el uso de la palabra, lla-
mando la atencion del auditorio por la facilidad con que
se espresaban, por la espontaneidad de sus improvisacio-
nes, por la naturalidad de sus ademanes, por la impasi-
bilidad y el aplomo con que empeñaban y sostenian en
aquella asamblea las lides parlamentarias.


y es muy natural que así suceda. El profesor, habi-
tuado á perorar todos los dias delante de sus discípulos;
el letrado, que acude con frecuencia á informar ante los
tribunales; el eclesiástico, que se dedica á la predicacion
de las verdades religiosas, llevan hecho ya su aprendi-
zaje á las córtes, y como la imaginacion y el talento les
ayuden, y como posean algunas verdaderas dotes de ora-
toria, pronto dominan á su auditorio y se colocan á una




358 BENICIO NAVARRO.
altura, á la que por falta de práctica en el uso de la pa-
labra no pueden llegar otros hombres de más talento,
de más erudicion, de más estudios.


y es que en la oratoria, la forma, lo esteríor, Jigá-
moslo aSÍ, influyen poderosamente en el ánimo del audi-
torio, acaso más que la esencia, que la sustancia de las
peroraciones. Pero si bien los oradores de la cátedra del
foro y del púlpito consiguen llamar la atencion más pron-
to que otros diputados en las asambleas polít.icas por las
formas esteriores de su oratoria, no suelen ser nunca
verdaderos oradores de parlamento, porque les es difícil
olvidar su antigua profesíon y desprenderse de ciertos
resabios que afean y deslustran sus peroraciones parla-
mentarias.


Tan cierto es esto, que no hay un catedrático que al
hablar en los parlamentos deje de ser difuso, ni un abo-
gado que no sea monótono por lo metódico y ordenado,
ni un predicador que al sentar tésis políticas no aparezca
dogmático y absoluto.


Nos ha sugerido las anteriores reflexiones el exámeu
que hemos hecho (le la vida parlamentaria del diputado
valenciano con cuyo nombre encabezamos estos apuntes
biográficos.


Si la verbosidad fuese facundia, si las palabras fue-
ran conceptos, el método, lógica, y argumentos las conse-
cuencias, el diputado Benicio Navarro hubiese sielo un
orador eminente, porque tenia facilidad en la locucion,
serenidad en el ataque, lógica en el raciocinio y grave-
dad en la entonacion.


A pesar de estas y otras buenas cualidades fué un ora-
dor mediano, porque su costumbre de abogar en el foro
le hacia ser difuso, analizador y desleido en demasía.
Más razonador que elocuente, más lógico quc elevado,




BEl\'lCIO NAVARRO. 359
má).¡ argumentista que declamador, sus peroraeiones
tenian por lo mismo más de alegatos forenses que de clis-
cursos parlamentarios. Tenia más aJan en probar una té-
sis política ó fisiológica que en conmover al auditorío
con una idea brillante, con un rasgo de oratoria, con
un pensamiento deslumbrador.


De voz llena y vibrante, de ademanes sueltos y es-
presivos, de carácter enérgico y decidido, no tardó mu-
cho en llamar la atencion en las córtes de 1820, figuran-
do desda un principio en el bando más exaltado.


El triunfo de la revolucion en los famosos sucesos
del 7 de julio, y la omnímorta influencia de las socie-
dades secretas, en las que estaba afiliado, eleváronle al
ministerio de Gracia y .rusticia, formando parte, y muy
principal, del gabinete de las notas, y contribuyendo
con su energía y su fuerza de voluntad á crear la violen-
ta situacion de 1823, cuyo natural y lastimoso término
yahemos referido y comentado en la Historia política !I
pa1'lamental'ia de EspaFía.


Discurso en defensa del derecho de peticiono


« Señores: Voy ú h"blar sobre uno de los derechos más grandes y
más interesantes que tienen los ciudadanos españoles, cual es el de
pelicion; en cuya idea no puede comprenderse más que la accíon de
representar al gobierno todo lo que se crea conveniente al bien de la
patria, en cuyo círculo entra el reclamar contra el quebrantamiento
de nuestras leyes. Este derecho de petieion se ha tenido siempre en
todos los gobiernos líbres por una de las salvaguardias más esencia-
les de la lihertad y de las nuevas instituciones; y seguramente los le-
gisladores no se han propuesto en la eonecsion de este derecho otro
objeto qne el de garantir á la sociedad con una especie de recurso nue-
vo que antes era desconocido, y que la autoriza en su totalidad para




360 DISCURSO EN DEFENSA
velar sobre su propia conservacion. Todo establecimiento humano va
acompañado ordinariamente de la imperfeccion; y sabido es por todos
que en la cortedad del entendimiento nuestro jamás cabe llegar á la
perfectibilidad. Díeese que este derecho ha producido, como la prácti-
ca lo ha hecho ver, efectos contrarios á aquellos que el legislador se
propuso al establecerle, porque se han notado abusos en su ejercicio.
Esta, señor, es una de las miserias y males an~jos á la especie huma-
na, y especialmente en ciertas circunstancias, que por fortuna de los
hombres dejan de aparecer con frecuencia. No es estraño que se de-
clame contra los abusos, y que efectivamente los haya; pero yo no
puedo convencerme, ni de manet'a alguna creer, que este derecho de
peticion por sí, ahora, en todo tiempo y circunstancias dé un produc-
to ominoso á la sociedad. Se señalan una porcion de efectos escanda-
losos eomo producidos por esta causa: pero, señor, estos efectos tie-
nen otro orígen, otra es su causa: no diré que esta no sea una con-
causa; pero si aseguraré que la principal y esencial no ha sido el
derecho de peticion. Yo, forzado de la necesidad de presentar en este
augusto congreso el derecho de peticion sin los peligros que se le su-
ponen, debo decir que mirado en su orígen y bajo el aspecto que yo
le entiendo, se debe considerar como uno de los recursos saludables
para impedir en los gobiernos libres que las autoridades pasen más
allá de la linea de lo justo y de lo conveniente. ¿Por qué no hemos de
creer que este derecho de peticion es una especie de anodino que en
el úl'den político se aplica ú los pueblos cuando se ven dolorosamente
resentidos de la condueta de los gobernantes? ¿por qué no hemos de
creet' que cuando el ciudadano amíg'o de la paz aconseja á los pueblos
que no se alarmen, que no tomen medidas violentas ya que tienen
espedito el derecho de representar sus quejas, no sea este un motivo
para precaver un sacudimiento general ó un movimiento ruinoso,
como único moJio que se les deja? Pues tales son á los ojos del filó-
sofo político los efectos que puede producir este derecho. Así se vé que
en las crísis en que una cOllmoeion rápida y violenta arrastraría en
los gobiernos esclavos á los estravíos más horrorosos, en los gobiernos
libres se sofoca en nn instante por la sola consideracion de poder ele-
var sus quejas, sus recelos y sm temores sobre la conservacion de la
Ilociedad al trono del monarca y al santuario de las leyes. Tápeseles la




DEL DERECHO !lE PETICION. 361
boca á los ciudadanos; no se les deje este desahogo, y entonces espe-
remos "el' que estas quejas y temores revientan por medios desastro-
sos y siempre temibles á la sociedad. Es fácil hacerles entender, en
caso de que abusen, que no deben pasar una línea de su derecho.
¿Pero se quiere para remediarlos quc los pueblos callen; que viendo
la causa de sus temores pongan un candado en sus lábios, que equi-
vale á querer que una campana, siendo herida, deje de dar el conve-
niente sonido? Esto es querer que el mundo en el ól'den f!sico y moral
falte á las reglas que se le prescribieron en su creacion. La Francia
ha conocido bien esta verdad luminosa, y así es que tratándose de
aquellos cuerpos que ppr razon del influjo que tienen en la sociedad
pudieran ser ominosos á ella, ya que les quitaron el derecho de deli-
berar, no les quitaron el derecho de pedir. Es fácil demostrar que en
el quinto año de la república, cuando la Francia tenia dos ejércitos en
pié, uno en la Italia y otro en laEl márgenes del Rhin, no solo se per-
mitió este derecho, sino que se le dió entrada franca y libre. No se les
negó, porque conocieron aquellos sábios que tapándoles la boca y qui-
tándoles el derecho triste de quejarse, les comprometian á que usasen
de otras medidas más violentas, que en vez de cortar los abusos sobre
que querían reprcsentar, los aumentasen.


n¿Pero estos abusos no son efecto de las circunstancias? Vamos á
VOl' esta ley, que es de puras circunstancias, si tiene oportunidad
atendidas las que se observan de los abusos que han dado ocasion á
ella. España, te declaraste libre, y libre de un modo singular: entraste
en la posesion y uso de las prerogativas que son propias de una na-
cion libre: como tal, hiciste uso del derecho de peticion; ¿ y para qué?
para dos efectos: primero, para pedÍ!' córtes estraordinarias, y segun-
do para la destitucion del ministerio. ¿Podrá decirse por los legisla-
dores actuales de España que en uno ú en otro caso los pueblos se
han escedido usando de este derecho? No hablal'é en cuanto al modo,
porque este como todas las cosas tiene su más y su menos, y si
entramos en un exámen filosófico, descenderemos á pormenores que
es provechoso callar: me contentaré con tratar primeramente del ob-
jeto de las primeras petíciones, del apoyo que estas han tenido y de
su rcsul tado.


))Piden lDs pueblos por una voz general que se convoquen las córles




362 DISCURSO EN DEP'ENSA
estraordinarias: se presentan al principio dificultades de diversa na-
turaleza; pero al fin, viendo la uniformidad de los votos de los pueblos;
viendo que la nacion entera no prorumpe en otro grito que el de
c(¡rles estraordinarias, se convocan estas. Este uso que del del'echo
de peticion hicieron por primera vez los pueblos, les atrajo los aplau-
sos del poder legislativo. ¿Qué inculpacion puede hacerse á los pue-
blos que, colectivamente, ó ya como simples ciudadanos, ó ya eomo
funcionarios públicos ó autoridades, elevaron SU'l representaciones,
pidiendo aquello mismo que las córtes deseaban? Se dirá que para
hacer estas representaciones habia amaños. ¿Yen qué especie de
operacion política y no política deja de haberlos? Doblemos la hoja
sobre este punto: no descendamos á cosas que nos obliguen á hacer
una protesta vergonzosa de nuestra debilidad y del estravío de nues-
tras pasiones. El resultado toLal es que los pueblos piden lo que pi-
dieron las córtes; que estas aprobaron lo que los pueblos deseaban, y
que el gobierno accedió á los votos de estas y aquellos. ¿Qué se con-
siguió por medio de esta peticion? Lo que deseaba el poder legislativo,
á saber: que los miembros ilustres á quienes se habia eonfiado en
estas cil'cunstancias particulares la salvaeion de la patria, reunieran
sus luees y recursos para salvarla; y la han salvado en efecto. Los
pueblos, pues, haciendo uso de este derecho de peticion, no han que-
rido más que la salvacion de su patria. Reflexiónese, pues, euán inte-
resante y necesario ha sido el uso de este derecho en el primer caso
en que el pueblo ha usado de él.


nSegundo ensayo del derecho de peticíon. Los pueblos, revesti-
dos del carácter de amantes celosos de su libertad civil y política, y
temerosos de que se les quiera arrancar este ídolo á que ofrecen sus
homenajes, hasta de los mismos elementos desconflan y recelan. No
recuerdo los dos dictámenes que la comision especial presentó á este
augusto congreso, y prescindo de examinar las causas de estos temo.
res y recelos; pero sí diré que los resultados, el juicio que las córtes
han formado y sus resoluciones los justifican. No espresaré las cau-
sas, porque son harto notorias á toda la nacion; pero sí lliré que
cuando los pueblos temieron; cuando vieron que se les estaba minando
la tierra que pisaban, tmieron fundados motivos para temer, y as! lo
calificó el congreso en su célebre declaracion del 15 de diciembre. Es




DEL DERECHO DE PETlcroN. 363
sabido que el segundo ensayo que han hecho los pueblos de España
del derecho de peticion, ha sido por un objeto tan saludable y patrió-
tico como el primero. ¿Tendrian los pueblos rll.zon para quejarse,
cuando observando atentamente la conducta del gobiel'llo, creyeron
que este no procedia de Luena fé? Yo prescindo de si se equivocaron
ó no , porque esto de obrar de buena fé es muy estenso en su esplica-
oion, y son muchas sus aplicaciones; pero en cuanto al resultado, los
pueblos creyeron por lo menos que el gobierno no tenia la aptitud, ni
la energía, ni la opinion necesaria para gobel'llar á los españoles: ¿y
este juicio fué infundado? ¿Salió de los verdaderos principios de un
raciocinio justo y regular? De ninguna manera. Las córtes, exami-
nando detenidamente este negocio, declararon que el gobierno no te-
nia la fuerza moral necesaria. Pues en vista de esta calificacion, ¿qué
concepto podrá formarse del procedimiento de los pueblos cuando, ya
individual, ya colectivamente, se pronunciaron contra el gobierno?
¿Hicieron más que emplear el justo y prudente medio que les facili-
taba la constitucion para evitar la ruina á que veian próxima h na-
cion? ¿No lo reconocieron despues las córtes? Con que el único de-
lito de que se les puede acusar á los pueblos usando de este del'echo,
no ha sido otro que preceder á las córtcs. ¿Y será estraño que los
pueblos se anticipen al poder legislativo? Para mí no lo es. Mientras
las medidas que tomen sean justas; mientras los deseos que les ani-
man sean buenos, pal'a mí es un bien que los pueblos anticipen sus
votos al poder legislativo, porque este, aislado y destituido de noti-
cias, que muchas veces no tiene el menor contacto con lo que en ge-
neral interesa á la patda, desconoce las que pueden Sfll' causa irre-
mediable de su ruina. Las provincias que las tocan y conocen más de
cerca, y que sienten más inmediatamente los desacierlos del gobierno,
no deben callar; su anticipacion es laudable, y muy justo que la ha-
gan notoria. Se ha dicho que algunos pueblos habian avanzado más
allá de lo que prescriben las leyes, y que en vez de hacer peticion han
hecho una amenaza; y valiéndome de la espresion de uno de los seño-
res preopinantes, lwn representado con el rewrso en tina mano y
con el puñal en la otra. Pero, señor, si recorremos la escala progre-
siva que han seguido estos negocios, tanto en la capital como en los
demás pueblos, veremos que no se ha abusado del derecho de peticion




364 DISCURSO EN DEFENSA
del modo que se pinta. Los pueblos sufl'en: representan de un modo
enérgico, pero respetuoso, contra unas autoridades que, en su con-
cepto, conducian á la patria á la última ruina: hacen presentes al go-
bierno los males que afligen á la sociedad; y como que aquel se hace
sordo á sus quejas, las redoblan con valentia y con la energía propia
de hombres libres, y que están interesados pOI' el bien de la socie-
dad, sin que jamás hayan traspasado los límites que unen el órden
con la energía y decision en conservar la ley fundamental del Estado.
No se ha hecho en esto otra cosa que un uso 10gal del derecho de pe-
ticion, derecho que principalmente está concedido para casos estraor-
dinarios como los que han sucedido, pues en estos puede producir
los saludables efectos que hemos visto por fortuna, aunque no todos
los que los pueblos deseaban, y solo de un modo parcial. Cuando el
gobierno marchase majestuosamente por la senda de la ley, ¿de qué
servieia el deeecho de peticion sobee quebt'antamientos de ley? Seria
un deeecho insignificant@. Pero cuando el gobierno infunda sospechas,
sea por ineptitud ó por malicia; cuando aletargado en su miseria, y
anonadado en su ineptitud esencial, no dé oidos á las reclamaciones
de los pueblos, y estos no puedan pasar por otro punto que por re-
presentar continuamente, y cada vez con mayal' energía, ¿será inútil
este derecho de peticion? ¿Y han hecho otra eosa las autoridades? ¿De
qué medios se ha valido el gobierno para calmar la justa irritacion de
los pueblos? De un silencio ominoso, y del despl'ecio de los que han
representado. ¿Y es este el anodino político que debia aplicarse á los
pueblos? ¿De este modo deben ser gobernados? No: y pOI' esto se han
valido del derecho de peticion, cada dia mucho más, clamando sin ce-
Rar contl'a el estl'avío de las pasiones y miseria de algunos de los go-
bernantes, hasta que por último han sido oidas y calificadas de justas
sus quejas por el cuel'po legislativo. Se ha dicho que las autoridades,
como un cuel'po de reserva, deben arrostral' todos los peligros, y que
deben resisti!' y oponerse con valentía contra estas peticiones. Señor,
¿quil\n me asegura á mí que no se repitiesen las escenas de Cádiz,
Cartagena y Granada, siempre y cuando hubiese la misma inmovilidad
del gobierno, que fué causa de dichos sucesos, y no el haber abusado
del derecho de peticion? Se dirá que es menester evitar la repeticion
de aquellos desórdenes, y que es necesario poner una valla para con-




DEL DERECHO DE PET1CION. 365
tener á los autores de ellos; pero, señor, no es necesaria ninguna
otra cosa más que lo que previene la ley fundamental.


HEI derecho de peticion no debe estar sujeto á más restricciones
que las que le pone la misma ley; y cualquiera que tenga buenas ideas
de derecho público, convemlrá fácilmente en dar el nombre de trabas
perjudiciales á las que dan márgen á esta discusion. Observará en
este proyecto algunas monstruosidades, cual es la de que las diputa-
ciones provinciales y los ayuntamientos no puedan lIsar de este dere-
cho de peticion; que es decir, que Pedro, ciudadano, puede dirigir al
trono ó á las eórtes las peticiones que crea convenientes; pero si este
mismo Pedro es autoridad, debe estar con las manos atadas y los la-
bios cerrados, pues se le prohibe aquella facultad. ¿Y se puede dar
cosa más monstruosa? Aun la misma constitucion quiere que los
ayuntamientos la ejerzan, puesto que á ellos les está encargada la
buena administracion de los pueblos, conservar su tranquilidad y pro-
mover su felicidad. Así, pues, si un ayuntamiento constitucional ve
que corre riesgo la patria por la ineptitud ó maliciade un ministerio,
¿debe estar pasivo é indolente, presenciando cómo se van rompiendo
los diferentes anillos de la cadena social. sin poder representar contra
este des6rden? ¿Qué podrá hacer sobre los negocios que á él le están
encomendados, habiendo un mal gobierno? ¿Sin gobierno, puede ha-
ber patria? ¿Sin esta, puede haber la administracion económica de que
deben cuidar los ayuntamientos? Resulta, pues, que los ayuntamien-
tos pueden y deben absolutamente representar contra un mal gobier-
no. ¿Cabe en un sistema politico poner esta especie de línea divisoria
entre las facultades que la ley debe dar á estas autoridades, puesto
que todas sus facultades deben considerarse como otras tantas ruedas
de la máquina política, que aunque mayores en sus funciones unas
que otras, tienen sin embal'go entre sí la más rnútua dependencia?
Pues, señal', ¿estos ayuntamientos se desentenderán de todo lo que
la ley no marea literalmente como rueda principal de la máquina de
sus operaciones? ¿Mirarán á sangTe fria que una de las ruedas esen-
ciales, cerno es el gobierno central, est¿ parada ó desordenada en tér-
minos que corra el riesgo de una destruccion tolal? Nadie hasta
ahora ha puesto en duda el principio eterno salus popult' suprema lex
est; y así no solo los ayuntamientos, sino cualquiera ciudadano que




366 DISCURSO EN DEFENSA
por su posicion particular en la sociedad vea el peligl'O que corre la
patria, no puede desentendel'se de representar al gobierno, y por lo
mismo debe hacerlo siempre que obs81've que este no marcha como
debe. Dirá la comision que la reslriccion del derecho de peticion por
lo que toca á los agentes del poder, no estú contraida precisamente á
las utribuciones suyas; de modo que de esto se sigue que no puede
representar sino cosas propias de su destino un empleado público, y
aunque vea perecer la patria, aunque vc[\. abrasarse el mundo cntero,
dirá: «(esto no es de inspeccion mia.)) Pues, señor, los ciudadanos que
abriguen en su pecho sentimientos en favor de su patria, ¿podrán
descansar tranlluilos en el testimonio de Sil conciencia? Se dice que
podrán representar como ciudadanos particulares; que podrán aso-
ciarse con otros ciudadanos que sean de la misma opinion. Pero, se-
ñor, cuando en el órden moral están los hombres conformes en una
opinion ; cuando esta que se Ilmna opinion pública llega á ser tan ge-
neral que toca al corazon de todos los ciudadanos, ¿qué razon hay para
que se compliquen tantos espedientes, tantos viajes, y para que se
represente individualmente? ¿Por qué se ha de poner esa traba de res-
ponsabilidad á los cinco primeros que firman?


)) Yo no quiero molestar al congreso haciendo un exámen ana-
litico de 13. circunstancia, tan anómala como escandalosa, que aquí
se pone y que acabo de indicar. ¿A dónde vamos á parar con unas
formalidades tan multiplicadas que impedirán del todo el derecho de
peticíon? ¿Los que firman no deben responder todos ante la ley?
¿Para qué se ha de exigir la responsabilidad el los cinco primeros?
¿Qué sucederá? Que algunos podrán falsificar la firma diciendo: nos-
otros no tenemos responsabilidad, y comprometeremos de este modo
el honor de los cinco primeros, y desacreditaremos el derecho de
peticiono Con que, señor, si los pueblos de España solo han hecho
uso del derecho de peticion cuando han creido que así lo exigia la
salud de la patria; si el congreso ha canonizado de justas las peti-
ciones que se han hecho; si los pueblos no se han escedido, es evi-
dente que las restricciones sobre el derecho de pelicion, que en otras
circunstancias podrian tener lugar, en el dia de ningun modo le tie-
nen; pues, como he dicho, los males que ha habido deben atribuirse
á causas muy diferentes.




DEL DERECFlO DE PETICION. 367
)) Yo creo muy bien que algunos enemigos de la libertad han


tenido parte en el modo de usar del derecho de peticion, y que han
dado lugar á. síntomas que no tienen ninguna analogía con el uso
legal que debe hacer todo ciudadano de este derecho; pero, como he
dicho otras veces, todo esto no es efecto de esta causa. El derecho
de peticion puede ser una especie de concausa, y algunos indiscretos
podrá.n siempre USClr legalmente del derecho de peticion no acer-
tando en el modo; ¿pero por esto habrii de destl'llirse? Examinado
pues todo esto filosóficamente, no hay motivo suficiente para que se
pong'an telntas restricciones y trabas embarazosas á un uso que debe
ser libre, como la libertad ele la imprenta. No tralo ele autorizar los
abusos de estos 110s derechos, no: me opondré siempre á ellos, como
me opondré á los abusos del poder; pero por algunos pocos des-
aciertos, no se pongan unas restricciones que parece van á destruir
la Iíbertad. Elltombre pensador examina las cosas con detencion, y
pesa los male!) y las ventajas que preponderan, tomando este ó el otro
partido. Desengañémonos: examínense como se quieran estas res-
tricciones, siempre son trabas á la libertad: podránse justificar por
algunos sucesos particulares; pero miradas en grande, como debe
mirarlas el legislador, son antipolíticas y sumamente perjudiciales.
No demos lugar ú la maledicencia pam que diga qur. obt'amos con
precipitacion, y que escuchamos solo las pasiones del g'obiel'llo. Por
último, señor, si se quita esta facultad á los militares del modo como
propone la comision, se acabó pam ellos el derecho de peticion.


No entraré en los detalles circunstanciados que podrian hacerse
sobre lo útil que ha sido este derecho de peticion ejercido por los
militares, recorriendo la histot'Ía ele nuestro cambio político, porque
creo que ningun señor diputado lo dejarii de conocer; pero sí citaré
un hecho particular que prueba que aun donde se ha temido más
que se abusase de la verdadera libertad racional, no solo no se ha
privado de este derecho de peticion á los cuerpos militares, sino que
estos hicieron el mayor servicio iÍ la patl'ia en diferentes casos
mando de ()!. Citaré el hecho en que un general francés, trasla-
dii.ndose desde Italia á Paris, presentó varias peticiones en nombre
de aquel ejército, en que se proponian medidas interesantes á la
tranquilidad, seguridad y prosperidad de la Francia; y es una Yer-




368' DISCURSO EN DEFENSA DEL DERECHO DE PETICION.
dad que á este espediente se debieron los saludables efectos del 18
fructidor en que tanta sangre y tantos horrores se economizaron.


))¡Los militares, el ejél'cito español es reprimido acerca del de-
recho de peticion en el año 22! No escandalicemos, señores: no
hablemos mas de esta materia, cuyo discurso nos pudiera condu-
cir hasta el punto de ser reconvenidos de inconsecuentes y aun de
ingratos.


))Por lo dicho, y otras varias reflexiones que omito, opino que
no debe haber lugar á votar sobre la totalidad del dictámen de
la comision.))




~VV vVV"JV J\/'JV -A/VV'J',../"J'\,/V"JV'..,/VV JVV'V"\f\.fVI./V vVVVVVVVVVVV\f'JVV~


GARELLI.


Son las circunstancias morales, las buenas cualidades
privadas de los políticos, base muy segura en ocasiones
para fundar su reputacion de gobernantes, de publicis-
tas óde oradores. Y no es porque aumenten en el hom-
bre que las posee el talento, la ciencia ó las disposicio-
nes oratorias, sino porque prestan á esas prendas del
hombre público cierta autoridad, cierta sancion, cierto
prestigio que las realza y sublima, sirviéndole de escudo
contra la envidia, la murmuracion y la maledicencia. La.
historia política y literaria de todos los paises nos sumi-
nistra ejemplos palpables de esta verdad.


Las arengas de lUirabeau en los últimos tiempos de
la Asamblea legislati va producian la mitad del efecto que
debieran en la córte, entre sus compaíleros y enlas ma-
sas, porque el desarreglo de sus costumbres para los
unos, su dudosa moralidad para los otros, su cinismo
privado para todos, desvirtuaba sus arranques de desinte-
resado patl'iotismo, sus manifestaciones de libertad y de
igualdad.


¿Qué precipitó mas á Dantan en el camino de la gui-
llotina? No fue otra cosa que su apego á los intereses, su
sibaritismo que lo puso en contradice ion con sus an-


l!4




370 GARELLI.


ter lores catilinarias contra los nobles y los ricos. Por el
contrario, ¿con qué aumentaron su l'eputacion de orado-
res y de patriotas MaNa y Robespierre? Este con la aus-
teridad de sus costumbres y la sencillez de su traje;
aq uel con su trato frugal y miserable, con su desaseo
personal y con sus prácticos alardes de pobreza.


No cabe duda que una misma idea, una misma frase
parece más bella y más s:lblime en libios de un orador
que tenga fama de hombre honrado y de buena fó, que en
los de otro político desacreditado en su vida privada á
los ojos de sus oyentes.


A plicando las anteriores observaciones al personaje
á quien consagramos esta ligera biografía, no titubeamos
en asegurar que, tanto coe.1O su talento y su instruecion,
contribuyeron á la elevacion política del Sr. GaJ'elli su
proverbial honradez, su carácter leal, justo y conse-
cuente.


El exámen de la vida política del S1'. Gltl'elli, ha
traido á nuestra imaginacion el recuerdo de un inci-
dente de la guerra de la Independencio.; tan terrible
como glorioso, que vamos á dejar consignado aquÍ, como
un pequeño tributo de admiracion y de gratitud que con-
sagramos á nombre de la patria.


A su paso por Valencia en 1814 Fernando VII, el
Sr. Gm'elli coneibió la patriótiea idea de proponer á
sus disdpulos una suscricion, á que contribuyó el pri-
mero, para vestir lujosa y uniformemente á doee huér-
fanos de padres que· hubiesen muerto en defensa de la
patria y ele su rey, al cual fueron presentados como para
recordar al libertaelo monarca los sacrificios ele los es-
pañoles; recuerdo que algo tenia de reproche en aquellos
dias en que el rey acababa de abolir todo Jo hecho por
las córtes Je Oáeliz, que tanto contribuyeron i exaltar




GARELLl.


con sus actos el patriotismo de muchos y el entusiasmo
de todos.


El mayor de aquellos niños, que dirigió al monarca
una breve y sentida arenga, compuesta por el SI'. Ga1'elli
en sentido patriótico y constitucional, era hijo del in-
fortunado cuanto insigne español D. José Roméu, que
como el capitan l'J1Iol'eno en Granada, prefirió ser ajusti-
ciado en Valencia po~' los franceses, antes que reconocer
á José Bonapal'te y faltar de ese modo á sus juramentos
de defender su patria, su religion y su rey.


Al recordar el heróico sacrificio de aquellos dos
héroes, que no tiene igual en la historia de nuestro pais,
duélenos sobremanera la indiferencia de las córtes es-
paüolas. que no han colocado ya en las lápidas de su
palacio los preclaros nombres de MOl'eno y de Roméll,
mártires de la indepemlencia y de la libertad de Espafni
los más dignos, los más gloriosos, los más merecedores
de la admiracion y de la gratitud de sus conciudadanos.


Distinguido profesor, reputado jurisconsulto, de fama
no comun como hombre de letras, apareció el SI'. Gar'e-
Ui en la escena política en 1820 como diputado por la
pi'ovincia de Valencia. Desde el primer dia que juró su
cargo, desde el primer discurso que pronunció en las
primeras córtes ele la segunda época constitucional, ya
ocupó entre sus compafíeros un lugar distinguido, si no
como orador, como publicista y hombre de gobierno.


Sin vacilar en un principio, C01110 otros muchos di-
putados del bando moderado, sin contemporizaciones
con la revolucion, sin sacrificar sua ideas al despótico
poder de las circunstancias, constituyóse el Sr. Gal'elli
en [erv0roso defensor de la causa del órden y del princi-
pio de autoridad, teniendo la abnegacion de despreciar
los aplausos del pueblo, tan fáciles de alcanzar entonces,




:372 UAnELLI.


y tan ansiados por casi todos los representantes de las
córtes de los tres aÍlos.


Con una constancia. LEgna. de toda alabanza, con una
energía propia de la rectitud de su conciencia, con peligro
á veces de su reputacion y de su persona, cOr.lbatia los
desórdenes de la revolucion, las tendencias desorganiza-
doras de los revolucionarios, todas las reformas p0líticas
y sociales inoportunas y perj udiciales, y cuantas leyes se
proponian que no estuviesen basadas en la justicia y en
]a conveniencia.


Así le vemos en el congreso de 1820 oponerse á la
mdical reforma de los monacales, y á sus razones y á
su prestigio se debió la conservacion provechosa de los
escolapios, y la escepcion del Escorial y otros monumen-
tos, páginas glorIosas de nuestra historia, en el decreto,
que no pudo evitar, de la venta de los bienes de los
frailes.


Con gran copia de razones históricas y filosóficas, con
juiciosas apreciaciones hijas de la esperiencia y del más
sano criterio, v6mosle más adelante combatir la organi-
zacion de las sociedades patrióticas, gérmen de pertur-
bacíon y de trastorno en la mencionada época. ~ada
más exacto que las siguientes consideraciones con que
defendia el dictámen de la comision de que formaba
parte, encargada de proponer un proyecto de ley que
reprimiese los contÍnuos y escandalosos escesos de aq ue-
llos clubs.


«Las ideas de libertad en política, decia el Sr. Ga I'e-
lli, de critica 1'2cional en materias eclesiásticas, de prin-
cipios exactos en asuntos científicos, inoculadas super-
ficialmente en los ánimos de una muchedumbre no
pI'eparada, solo sirven para producir hombres díscolos é
inobedientes á la legítima autoridad, incrédulos ::n reli-




GARELLI. 373
gion, pedantes insufribles..... El proyecto de crear un
pueblo de filósofos seria el proyecto de un loco.»


Pcro donde el Sr. Gal'elli sc elcvó á gran altura
como hombre ele justicia, como político de conciencia y
aun en algunos pasajes como orador vehemente é inspi-
rado, fué en el dis~urso que pronunció anatematizando el
asesinato político del capellan Vínuesa, el primero y más
sangriento desmán de la desatentada demagógia de la se-
gunda época del gobierno representativo. Al final de esta
biografía copiarnos el sentido y patriótico discurso que
pronunció el Sr. Garelli en la memorable sesion en que
se dió cuenta de tan horroroso suceso, y en él verán
nuestros lectores el grito de indignacion de un hombre
honrarlo, de un ciudadano recto, de un político que no
tiene otro norte que el respeto á la ley, la conservacion
dcl árden público yel bicnest'lr de su patria. Nombrado
ministro de Gracia y Justicia en el gabinete que pl·esi-
dió cn 1822 cl Sr. Jlm'tinez de la Rosa, luchó leal y
noblemente defendiéndose como sus compañeros de los
bruscos ataques de la demagágia y de las insidiosas ase-
chanzas de ]a córte, y cayó del poder en los famosos
sucesos del 7 (le .Julio víctima, como los demás minis-
tros, de su buena fe, de su lealtad, <le su rectitud.


En la l'cstauracion del sistema constitucional en 1834
volvió á ocupar el Sr. Gal'elli la silla ministerial bajo
la presidencia del mismo i~Iartinez de la Rosa, y como
las circunstancias eran muy parecidas á las de 1822, y
aquellos gobcrIl1.ntes p:n' su carácter y sus ideas los me-
nos á propósito para contener, ó cuando menos para di-
rigir una revúlucion en el peligroso perío(10 de su des-
al'1"ol1o, abandonó el ministerio, si no tan estrepitClsamente
como entonce8, con la misma fama de inesperto gober-
na.nte y de político imprevisor.




374 GARELLI.
Nombrado prócer y elegido senador más tarde, su


autorizada palabra dejóse sentir en las discusiones de
política elevada, en que se trataba de reformas sociales
flc grande importancia, como el arreglo del clero, la 01'-
ganizacion de vinculaciones y otras de igual índole, en
cuyas disensiones mostró sus vastos conocimientos en
las ciencias j nrídicas y eclesiásticas, su amena erudi-
cion, su sano criterio, producto de un talento claro, de
un corazon recto y una conciencia pura.


De los ligeros apuntes que hemos trazado referentes
á la vida públlca y parlamentaria de D. Nicolás Ma-
ría Garelli, resulta que su carácter recto y blando á 1(1.
vez, sus ideas de tolerancia, su cándida confianza en los
hombres y su imprevision en la política, le hacian el
menos á propósito para desempeñar un ministerio en
tiempos de trastornos y revueltas, si bien en epocas
tranquilas pudo haber sido un escelente gobernante, por
su prudencia, instrnccion y rectitud.


Como orador distinguióse el Sr. Ga1'elli por el fondo
y solidez de sus discursos, si bien era sencillo por de-
más en el estilo, llano en la frase y humilde en la ento-
naclon.


Didáctico en la forma, puro y castizo en el lenguaje,
si no brilló cntre nuestros oradores por lo elocuente y lo
brillante, no por eso dej6 de ocupar cm señalado lugar
entre ellos como discutidor profundo y atinado.


Discurso sosteniendo la eontestacion á un mensaje de S. M.


«Señores: Habia resuelto no hablar en estacuestion segun Ioma-
nifesté anoche á mis compañeros en la comision, y aun allol'a hablaré
poco: pero es forzoso no enmudecer de todo punto, ni dejar sin con-
testacion lo que acaba de oir:le; á lomenos, seria para mí un rcmOf-




DISCURSO CO~TESTANDO Á eN MENSAJE DE S. ;11. 375
dimiento cruel que me acompañaria hasta el sepulcro el haber guar-
dado silencio en este momento.


))¡Señor, en el Gentro del congreso se apologiZll el asesinato! .un
asesinato él sangre fria, (Iue es el peor de los síntomas. Si se dijese
que se habian reunido 20,000 almas, que la fermentacion habia du-
rado dias, que durante ellos se habian sacrificado 100 ,.íctimas,
me hubiera afectacl0 menos, porque semejantes escesos pueden ser
efecto de un arrebato estraordinario, de un estravío, reprensible si,
pero indeliberado de lo que se llama verdaderamente pueblo, pues
este pueblo que ama sinceramente el bien, aunque no acierte en los
medios, pasada la efervescencia oye con docilidad la voz de la razono
Pero habiéndose cometido el crimen de que se trata, prévia, pOI' de-
cirlo así, una citacion ante dl·em, con una marcha pausada, casi en
formacion, con allanamiento Je un edificio público de la ley como es
la cárcel, á las tres de la tarde, estanJo congregadas las córtes, y
contando al parecer con el derecho de participarlo tranquilamente al
pueblo, puesto que aquelia tarde misma se dijo en un periódico que,
si bien el juez habia condenado al reo á diez años de presidio, una
porcion de ciudadano:", que hace muchos dias le habian condenado á
muerte, se dirigieron á la cárcel y acabaron con su vida. ¡Qué escán-
dalo, señor! Esto tiene raices muy profundas. Yo descubro aquí clara-
mente que el hecho se reputa como el ej8rcicio de una jurisdiccion
ordinaria. Pero ¡ay de la naciún! ¡ay de la libertad si este principio
llega rl consag-rarse! ~o se quiera desfigural' el suceso, ni estraviarla
cuestion, indicando amagos de altas conspiraciones, de tramas muy
profundas. Yo no acuso ni disculpo á nadie. Todos los diputados que
me han precedido han hablado bajo el principio de que la constitu-
cíon mira á la per~ona del rey como sagrada é inviolable. Salvando,
pues, esta clav8 8sAllCial de nuestl'O g-mndioso edilicio, acótense he-
chos, cítense á personas, y yo seré el primero que contribuya a. sa-
crificar é inmolar en las aras de h ley á cualquiera, sin distincion de
rango, elase ó cará~]ter, que trate de contrariar el arraigo del siste-
ma. Pero quiero que se hag'a justicia ante la ley, es decir, que no se
oiga en el congreso español que cuando se asesina para defender la
constitucion, es el asesinato justo. (Se le interrumpió por el Sr. Ro-
mero Alpuente, y siguió.) Esto es lo que me parece ha dicho elseñor




376 . DISCURSO SOSTENIENDO lA CON TES"! ACION
Romero Alpuente, no con las mismas palabras, sino descartando los
adornos y circunloquios. Yo no creo haber hecho más que traducir su
concepto con precision y exactitud y sin rodeos, á no ser quP, me hu-
biese equivocado en entenderlo. ¡Ojala fuera así!


))Digo, pues, que habiendo estos antecedentes, no es posible Ulla
eircunspecdon igual á la que la comision ha observado; y yo por mi
parte debo decir aquí francamente, que mi deseo era de que la co-
mision hubiese avanzado más. El congl'eso sabe, y lo saben mejor los
compañeros de comision, que tuve el placer de cooperar muy eficaz-
mente á la formacion de la ley contra los faeciosos; porque retirán-
dome á las doce de la noche con el apunte de las ideas en que había-
mos conveniJo, á las nueve ele la maüana siguiente presenté esten-
dido el proyecto ele esta ley muy propia de las circunstancias, pero
fundada en las bases constitucionales, y. no ley marcial como la ha
llamado el Sr. Golfin. Partiendo del principio de que en toda Budan-
za de sistemll se presentan naturalmente dos clases de estorbos: uno,
pOI' parte de los oprimidos que pugnan por levantar de nuevo su
cerviz y volvel' á los antiguos desórdenes, y otro por parte de los
cooperadores ó auxilial'eg. rle la mudanza, algunos de los cuales se
figul'lln que cada dia puede alterarse (¡ modificarse la ba~e ya reco-
nocida y admitida, con cualquier pretesto; toca al legislador contener
á entrambos con una espada de dos filos que abata vigorosamente
cuanto se rlesnivele de la ley. Así es que yo, al dictal' la citada ley con-
tra los facciosos, hubiera querido mús estension; y presentándose
nuevos motivos con el suceso del dia, mi dictámen en la comision era
el que hubiésemos hecho dos cosas: primera, contestar al mensaje
cláusula por cláusula; y segunda tomar pié precisamente de estemen-
saje para que, así COl1l0 se dictó una ley contra facciosos, se dictase
otra para la conservacion del órden público; porque desde el momen-
to en que se turbe este, aunque sea con los pretestos más plausibles,
desde este mismo momento no existe ya la Jibcrtarl, si por libertad no
se entiende el que un pequeño número de personas, por sí y ante si,
se declaren los únieos soberanos para dictar y ejecutar como ley lo
que resolvieron en un café. Tanto por el ejemplar presente como por
otros que puedan sobrevenir, convendrá además dictar una ley, que
ya creo tiene pedida el Sr. Ledesma, relativa á la policia del órden




A u" MENSAJE DE S. M. 377
interior de los pueblos. Esta ley existe en todas las naciones del mun-
do, aun en las más libres, como en Inglaterra y en los Estauos-Uni-
dos, y la antigüedad la conoció tambien en Roma libre. Esta fué mi
opinion particular; y, sin embargo, cediendo á las luces de los demás
sello res de la eomision, convine en que el mensaje se arreglase en
todas sus partes á la comunicaciOl1, como se ha hecho, sin que pueda
tachársele en ningun sentido.


»En él se diCe que empleó el poder ejecutivo lodos sus medios
para contener á los enemigos del ónlen, añadiendo más, á saber;
que las c¡)rtes se habian anticipado á dar medidas legislativas que
pudiesen allanar el camino para marehar sin embarazo por la senda.
ele la constítuciol1; y concluye diciendo, que siempre y cuando se
presentase por el poder ejecutivo alguna indicacion dirigida á es citar
la energía de las córles para alguna de las providencias legislativas
que están en las atribuciones de estas, podrá contar con su coopera-
cion. Pero el entrar la comision á hablar de si el hecho es de esta ó
de la otra manera, si la causa dimana de esto ó de lo otro, esto no le
tocaba á la comisiono El señor diputado que ha hablado de estas cau-
sas, que las diga si las sabo, y cite las personas en quien esté la cul-
pa; y yo seré el primero que pediré la responsabilidad, no digo de un
ministro, sino de los siete juntos; pero lo demás es querer envolver
la cuestion p:\r3o desfigmarla. Si el señor preopinante se hubiera
avanzado á proponer un perdon del crímen, seria menos chocante;
pero querer que las eórtes se comiertan en apadrinadoras de asesina-
tos) ¿dónde cabe, señor? ¿Á dónde ibamos á parar? Momentánea-
mente se callaria tal vez, pero muy luego escitaríamos la indigllaeion
pública, y sin disputa la posteridad nos miraria con oprobio, y nues-
tros nombres pasarian con este borron horroroso á ella. Yo miro la
cosa en grande; yo he venido aquí á sostenCt' la representacion de
70.000 almas, y aun la de la nacíon entera junto con los demás di-
putados, pero dentro ele la esfera de la cOIlstitucion; y dentro de ella
me encontrará siempre el congl'eso dispuesto ,'t, trabajar y sufrir, y
como individuo ele la comision en particular, y Gon el carácter general
de diputado, impediré con tocIos mis esfuerzos que se consigno en
nuestras actas, sin contrauiccion, espresiones semejantes á las que se
acaban ele oir.




378 DISCURSO CONTESTANDO Á UN l\IJ!.:'\SAJE DE S. !tI.
»POr Jo demás, yo respeto la libertad, no solo de los diputados


sino la de cualquier español, la de cualquier hombre, y la he respe-
tado durante toda mi vida. Si ha habido otros asesinatos, como ha
dicho el Sr. Quirog-a, ¿quién quita que se haga aquí la rlenuncia en
debida forma contra el poder jurlicial, para que se exija la responsa-
bilidad de los jueces que hayan andado omisos en su castigo? ¿Quién
el que se escite al gobierno para que se administre justicia pronta y
cumplidamente? Si ha habido otros escesos y escándalos, ya se han
mandado visitas por parte de las cÓl'tes, y se han pedido notieias del
estado de las causas. En suma, si á pesar de lo que pl'eseribe la
constitucion, del decreto de responsabilidad que comprende hasta lo~
mismos ministros; si á pesar de todo esto se cree que una reunion
de dos ó trescientos individuos en cada capital de provincia, han de
tener un derecho de inspeccion en representacion de la nacion ente-
ra; si esta reunion en uso de su pretendido derecho ha de ser árbi-
tra de deeidit' si se ha faltado á la ley ó no, entonces, seña!', esto se
acabó; empezará por causas al pal'ecer plausibles; pero se sabe que
cuando se abre una g!'ieta en un edificio, el resullado es que, si se
deja sin tapar, viene á abrirse con el ti ampo un gran portillo, y á
al'ruina!'se al fin el cllificio entero. Podrán ciertas gentes satisfacer
por de pronto su ambician, sus vengallZüs; pero á largo á anda!'
serian víctimls de sus demasías, y lo serian con oprobio eterno. Pam
calmar la ansiedad del congreso y la del señor lliputado Romero AI-
puente, yo suplicaria al señor presidente se leyese, mientras está re-
ciente esta idea, la contestacion de la comision; y se verá qne la eo-
mision, sin meterse en chismes, ha procurado coutestar categórica-
mente á cada cosa, desentendiéndose de todo género de calificacion;
porque hasta el apodo de horrible, que usa S. M" hit sido suprimido
corno ha dicho el Sr. Martinez de la Rosa; pero si se quiere que se
suprima hasta la palalJra atentado; si se pretende que se diga que la
accion fué «presentar un puñal delante de la constitucion, y para de-
fenderla, aunque accidentalmente, causó algun daño de rechazo,» no
se dirá tal bajo mi firma, no, señor.))




ROIVIERO ALPUENTE.


Aparecen ciertos hombres en las revoluciones que, :i
irnitacion de los inquisidores, procuran purificar la liber-
tad con la sangre de sus enemigos, como procuraban
aq ueIlos acrisolar la fé religiosa fln el fuego de las ho-
gueras.


Políticos de accion más que de ideas, no hallan
otros medios de persuadir á sus contrarios, de dominar-
los y de vencerlos que el medio del terror, como si el
terror fuese lógico y no exasperase á sus víctimas en vez
de convencerlas ó sujetarlas.


No comprendiendo esos ciegos apóstoles de la liber-
tad qne éstH, así como la religion, no se impone sino que
se enseña, y que una idea noble I un principio humani-
tario, un sistema beneficioso llevan en sí mismos todo
su poder, todo su atractivo, y que solo necesitan para
dominar y arraigarse en la sociedad una buena forma
de enunciacion, ó una oportunidad en su desarrollo y
planteamiento; esos terroristas, repetimos, apelan en las
revoluciones al rigor y la fuerza, armas siempre veda-
das y de doble filo, que sirven únicamente para hacer
odiosa la causa más noble, y para suicidarse con ellas los
mismos que las esgrimen.




380 ROMERO ALPUEl'iTE.
A esos prácticos revolucionarios, á esos políticos de


hechos, que pregonando libertad, igualdad y fraternidad,
y llevando por heraldo al verdugo, ejercen una inícua
tiranía, la tiranía de la fuerza, pertenecia en el período
parlamentario de 1820 á 1823 el diputado llomero Al-
puente, ejerciendo en la fraccion exaltada notable in-
fluencia, ya que no por sus sobresalientes dotes de ora-
dor, por la audacia de sus ideas y su energía revolucio-
naria.


Más á prop6sito para agitador de las turbas que para
legislador y hombre de Estado, resentíanse las perora-
ciones de Romero Alpuente del estilo vulgar y chocar-
rero unas veces, intencionado y epigramático otras,
siempre nervioso, imprudente y apasion.:tdo, de gran
efecto en las plazas públicas, pero impropio é inconve-
niente en las asambleas legislativas.


Partidario acérrimo de la escueIa de Robespierre, á
quien salia citar y alabar en S


'
1S discursos, era visiona-


rio como su maestro, y hacia estribar la salvacion de la
libertad en la destruccion de sus enemigos, y el plan-
teamiento de su política en la voluntad de las turbas.


De aquí sus coatinuos ataques al poder real, á los
ministros, á todo lo que se opusiese á la licencia de las
masas que, en su exaltada imaginacion, en su estraviado
juicio, confundía lastimosamente con la verdadera liber-
tad. De aq ui sus envenenados til'os á la persona del mo-
narca, sus constantes acusaciones contra las autoridades
q lle resistian 6 castigaban los desmanes de la plebe, y
de aquí, pOI' último, la proclamacion y sancion legal que
quería dar á las venganzas de los revoltosos, que el cu-
lifi~aba cm el nombre fascinador de .Justicia p()pula1'.


Como síntesis de sus ideas dis~l ventes, de sus amil'-
quicos principios, proclamaba la soberanía de las turbas,




ROMERO ALPUENTE. 381


no la soberanía do la nacion; la soberanía del puñal, no
la soberanía de la ley. Y esa dictadura de las masas, esa
tiranía del pueblo alborotado, querh que se sobrepusie-
se á todos los poderes constituidos, que se colocas~ sobre
la jurada constitucion, y que fuese respetaéia y obede-
cida por el gobierno, por el rey, y hasta por las córtes
mismas.


Sosteniendo el absurdo y desorganizador sistema de
la fuerza sobre la ley, de la anarquía sobre el órden, pro-
clamaba Romel'o Alpuente desde la tribuna parlamen-
taria ideas tan destructoras, principios tan disolventes,
que se escandalizaban hasta log más exaltados de su
pal'tido.


Dominado por el tel'r'ol'isnw y por una recelosa sus-
picacia y desconfianza sin límites, como su modelo el
convencional francés, su calenturienta imaginacion ha-
cíale ver conspiradores en todas partes, enemigos disfra"-
zados hasta en los más probados liberales, y se exaltaba
y peroraba como un energúmeno, pidiendo deposiciones
de empleados, procesos contra los ministros, medidas de
seguridad contra las asechanzas del rey, y destierros y
castigos para los indiferentes y sospechosos.


Era el corla-cabe;:,as de la revolucion de los tres
años, y á tener más prosélitos sus doctrinas, se hubieran
reproducido entre nosotrGS algunas sangrienta.s escenas
de la revolucion de Francia.


Oonocidas ya las tCJl(lencias revolucionarias del di-
putado Romero Alpuente, no se estrañal'á. que al ocu-
parse las córtes en diciembre de 1821 de los alborotos
de Oác1iz y Sevilla, cuyas ciudades se negaron con las
armas en la mano {t ohedecer las órdenes elel monarca
y de su gobierno, pronunciándose en abierta l'ebelion,
esclamase ..... "Porque si el gobierno mismo ha dado




382 ROMERO ALPUENTE.
motivo para esta desobediencia infundiendo desconfian-
za, y creyendo los gobe!'nados que va en ello la consti-
tucion, en mi opio ion sed, su desobediencia más bien un
heroismo que un atentado.»


No se puede proclamar de una manera más franca y
terminante el derecho de insurreccion.


Disculpando, ~i no d~fendiendo, en otra ocas ion el
asesinato del capellan de honor Vinuesa, sacrificado
inhumanamente en la cárcel en una de las frecuentes
asonadas de aquella época, es clamaba Romero Alpuente:
«Aquí ha sido poner un puñal delante de la constitucion,
aunque de rechazo é involuntariamente pudiera herirla,
porque podria, sobrevenir un gran desórden; pero la in-
tencion de los autores del asesinato, tan lejos está de
haber querido ofenderla, y aun de mirarla de mala cara,
que pusieron delante de ella los puñales como un impe-
netrable escudo para defenderla y salvarla.


»¿Quién podrá dudar que este ha sido en el pueblo
un esceso de amor á la constitucion y á lajusticia, por-
que creia, aunque equivocadamente, que la manera de
conservarla era ~jecutal' lo que no ejecutaban los en-
cargados públicos de su guarda y de su administra-
cion?))


Ni Robespie'rrJ, ni Mm'at proclamaron nunca con
más claridad la justicia del pueblo, la ley de la fuerza,
la dictadura de la plebe.


En su famosa catilinaria contra los ministros mode-
rados de 1821, cuya deposicion pedia coa afan, escla-
maba: «Ya llegó el tiempo, á fuerza de tantos atropelb-
mientos, en que los pueblos abrieran los ojos, y recono-
cieran el camino derecho por donde la imprevision y la
ceguedad de los ministros los llevan á las cadenas.


, Pero ¿para qué cansarnos? En una palabra; todo es




ROMERO ALPUENTE. 383
confusion: la anarquía vino á ser casi un hecho; hay go-
bierno en 11, constitucion, pero no hay ministros en el
gobierno; ellos mismos lo han reconocido. Para hacerse
obedecer necesitan la cooperacion de las cortes; luego
por sí no pueden contar con la obediencia. ¿Y por qué'?
Porque perdieron la fuerza moral. ¿Por qué? Porque sus
ordenes son desacertadas, y como desacel'tadas no deben
ser obedecidas. »


No era estraño que merced á estas ideas que tanto
halagan siempre á las masas, y merced tambien á la
vehemencia con que las espresaba, á la viveza de sus
ademanes y á la serenidad y desenfado con que perora-
ba, tuviese entre las masas una influench;¡, y un prestigio
como pocos ó ningun diputado de las primeras cortes de
aquella época pudo alcanzar.


Por esta razon, en la cámara era Romero Alpllente
más temido que respetado. Sus tribunicias arengas es-
candalizaban más que convencian, y su imperturbabili-
c1a(1 y provocativos ataques irritaban á los moderados
flue luchahan con él, y lo aplastaban bajo el peso de la
razon, de la justicia y de la elocuencia.


No carecia Homero Alpuente de facilidad para espre-
sarse, si bien su estilo no era nunca elevado ni profundos
sus razonamientos. rromaba parte en casi todas las cues-
tiones ele una manera superficial y vaga, y discutia so-
bre cualquier ll1ateria con más imaginacion que talen-
to, habiendo en sus discursos más palabras que ideas,
mas declamaciones que argumentos, más forma que fon-
do. Hablaba desde la tribuna, colgado de la tribuna,
desde el Lanco, en medio del salon, en cualquier parte y
de cualquier modo, y siemp¡'e con suma frescura, con
l10taLle desemb.1razo.


En merlío ele su contínua palabrería, notábanse cier-




384 DISCURSO PlDIEi'\IlO
tos rasgos de originalidad y ciertas frases más atrevidas
que bella~, que no dejaban de hacer efecto. Hubiera sido
un mediano orador á haber podido dominar su exaltada
imaginacion, dado más gravedad á sus ademanes y más
entonacion á su estilo.


Repetimos que Romero AlpuBnte brilló en la segun-
da época constitucional más que como orador como re-
volucionario, pues conociendo su impotencia en las cór-
tes, buscó su fuerza en las turhas y su apoyo en las so-
ciedades secretas, siendo presic1ente de la célebre de los
comuneros, y tomando el sarcástico título de mode1'Ctd01'
del órden. Se ocupaba más ele las personas que de los
principios, y como un eco de los clubs, venia á propo-
ner á las cortes lo que en ellos se decretaba.


Antiguo magistrado, era muy versado en lajurispru-
dcncia, pero no por eso dejaba de anteponer la conve-
niencia á la ley, el espíritu de partido á la justicia.


Discurso pidiendo la destitucion de los ministros.


«(Señores: Me opongo al dicLárnen Je la comision, porque lo quc
propone me parecc poco con respecto á los ministros, y anticonsti-
tucional y oficioso en cUllllto á la invitacion sobre nuevas medidas.
Esto último se demuestra con solo la observacion de que al poJc!"
ejecutivo toca hacor ti. las cúrtes estraordinarias las propuestas que
tenga por conveniente, para que el legislativo pucda ofrccerlc lo qne
necesite. Lo primcro, ú lo relativo á los ministros, me parece poco,
porquc la separacion ha de ser Je touos, todos los aetuales; y su re-
emplazo ha de hacerse con otros tantos, que á las calidades de sus
respecti vos uestinos juntcn la de una firmeza varonil de carúclel', y
la de ser conoeidamente amantes de la consLitncion.


»Hace mucho tiempo, señor, que formé juicio de que estos mi·




LA DESTITUCION DE LOS MINisTROS. 385
nistros no eran á propósito para las circunstancias; que no tenian
todos aquellos conocimientos y aquella energía que era menester
para resistir á tantos enemigos como habian de atacarlos, y que, se-
ducidos por sus arterías palaciegas, los convertirian en instrumentos
de sus pérfidas miras y de nuestra esclavitud. Este triste vaticinio
iba á cumplírse de lleno, si Cádiz no hubiera levantado el grito; y la
demostracion de tan amarga como importante verdad formará elob-
jeto de mi presente discurso.


nAcaban las córtes de oÍ!' el empeño que algunas de las otras
naciones tenian en que los ministros pasados fueran separados de
sus destinos. Es imposible que el congreso haya olvidado el mismo
empeño que nuestros enemigos interiores del sistema, ó la junta
suprema de conspiradores que hay oculta en Madrid, habia formado
para llevar al cabo sus tramas, y sobre todo salvarse del peligro que
corria por haber cogido los ministros los hilos de ellas, como con
referencia ú documentos lo aseguró al congreso en la legislatma
pasada la comision de su seno nombmda para informarle sobre el
estado de la nacion. Mucho menos han podido olvidar las córtes la
simultánea y sorprendente separacion de todos los ministros pasados,
de que se les dió parte en los momentos en que eran más necesa-
rios, como los primeros dias de la legislatul'i.l, por deber enterarlas
del estado de la administraeion públiea en sus respectivos ramos.


n¿Quién pues podrá dudar que esta sepamcion repentina y simul-
tánea de los ministros fué la obra y el triunfo de los gabinetes es-
tranjeros y de la junta de conspiradores; y que consistiendo sus
ventajas en arrancar primero de Jos ministros los hilos de las tra-
mas para salvarse del peligro, y trabajar des pues seguros dentro y
fuera de España en nuestra ruina, todos sus tiros con los nuevos
ministros habian de dirigirse al prineipio á poner las tramas de su
eonspiracion tan á cubierto, que para siempre jamás se perdiesen sus
hilos, y despues á hacer por sus manos lo que em imposible á las
suyas? Siga conmigo el que lo dudare el camino que ha de llevarnos
al conocimiento de estas verdades.


))Los hilos de la trama estaban en los ministros impropia é in-
directamente; ni podían estar de otra manera en los agentes del po-
i!pr ejecutivo: estaban porque los sabian, y los sabian porque los


21)




386 DISCURSO PIDIENDO
jueces interinos que habían puesto querían y sabian cogerlos. Los
hilos estaban propiamente en las causas formadas, y las causas en
poder de jueces amantes de su patria, sabios é incorruptibles. Estaba
la mayor y más interesante parte de ellas en Guerrero de Murcia,
en Serrano de Valencia, en Lanuza de Alcalá de Henares, y en Cas-
tejon de Madrid. Guerrero y Serrano habian estado presos por amor
á la constitucion los dos últimos años del despotismo; y Serrano es
el que firmó la sentencia de muerte contra Elío, y ha sido nombrado
diputado para las próximas córtes por la provincia de Valencia,
siendo natural de la de Aragon. Lanuza es un hombre venerable por
sus vastos conocimientos, por su acendrada probidad, por su decidido
amor al sistema, y por sus canas, digno de ocupar una silla en el
tribunal supremo de Justicia. Castejon fué síndico de Madrid luego
que se restableció la constitucion: era uno de los abogaJos de su co-
legio más acreditados por su ilustracion, sensatez y virludes: nom-
brado juez interino de primera instaneia de esta córte, fué condeco-
rado con los honores de la magistratura; y en estas elecciones ha
sido nombrado diputado á cúrtes por la provincia de Madl'Íd como
vecino, y tambien por la de Aragon como hijo suyo.


llTales eran las manos que tenian cogidos los hilos de la trama;
y manos tan respetables aun para el gobierno más absoluto, era
preciso despedazar, y despedazar con ignominia en un gobierno re-
presentativo, para conseguir que los hilos desapareciesen para siem-
l)\'e, como se pretendia.


)) A. pesar pues de todo, manos tan respetables se despedazaron
con ignominia, porque estos jueces interinos dejaron de serlo: las
causas pasaron á otras manos, y los hilos de la trama se perdieron
para no cogerse jamás: ¡cuáles serian los esfuerzos de Jos conspira-
dores, y cuánta la imprevision ó debilidad del ministerio para una
injusticia tan ofensiva al pudor y tan escandalosa! Siempre hubiera
sido increible quedar sin sus juzgados Guerrero, Serrano y LamIza,
porque aun cuando no estuviesen entendiendo ya en cstas causas,
debia buscárseles, y rogárseles que se encargaran de ellas; pero la
injusticia nunca seria tan escandalosa y tan ofensiva á las leyes del
pudor como la ejecutada con Castejon, porque ni las causas de los
otros estaban en ~fadrid, como las de este, ni la gravedad de las dr.




L.\ DESTlTUCIOX DE LOS )IiCiIST!WS. 387
afuera era igual á la de las de esta corte: ninguno tenia los hono-
res de magistrado que Castejon; y Castejon, señores, propuesto por
el consejo de Estado para la propiedad del juzgado en el primer lu-
gar de una terna, no fué nombrado; y vuelto á proponer por el
mismo consejo para la propiedad tambien en el primer lugar de otra
terna, segunda vez fué desatendido.


))Pondere ahora el ml.nistro su patriotismo y virtudes: nunca po-
drá negar que este fué el triunfo más difícil y completo que pudieron
imaginar los conspiradores, y que para la seguridad, tanto de los
buenos como de las libertades patrias, fué un golpe casi mortal. Si
así no lo conoció, confiese Sil ignorancia; si lo conoció y no pudo
resistirle, confiese sn debilidad. .


»La debilidad y la ignorancia son dclflctos ó vicios en las personas
particulares; pero en los ministros son orímenes, tanto más peligro-
sos, cuanto son menos notables, más fáciles de cometerse, y de con-
secuen<;ias más ruinosas al Estado que los verdaderos crímenes de
accion, como la concllsion y el prevaricato: y aunque nunca se con-
fundirán los prin<;ipios de donde proceden unos y otros, la falta de
malicia podrá librados de las penas criminales; pero la falta de previ-
sion ó de fortaleza siempre los arrojará con ignominia de unas sillas
destinadas para almas más grandes.


nConsecuencia terrible, pero cierta: nos quedamos, no solo sin
los hilos de la trama, dejando en absoluta seguridad á los conspirado-
res, sino tambien sin justicia criminal para los enemigos del sistema.
Porque si unos jueces de tanta rectitud como los cuatro de Murcia,
Valencia, Alcalá y :\Iadrid perdieron sus juzgados interinos, y no ob-
tuvieron la propiedad por ser justos é inflexibles contra los enemigos
del sistema, ¿qué juez tendria ya valor para no mirarlos sino con el
mayor respeto, para no huir de donde pudiera tropezar con ellos, y
para no examinar y volver á examinar los testigos hasta desvanecer
los mayore~ cargos? Si, señor, la España se quedó desde entonces sin
justicia criminal para sus enemigos, porque así se ha castigado á los
jueces que trataban de administrarla; y al contrario, bay injusticia
criminal para. los amigos de la patria, porque hay un interés muy
grande en su esterrninio; y lejos lle ser esto un crimen, puede ale-
ga.rse corno un mérito distinguido para los ascensos.




388 DISCURSO PIDIEl'iDO
»IIay escándalo de justicia, sí, señor, porque no la hay; los en-


cargados de ella llegan á temblar, porque hay muchos que quieren
confundirse con los Yinuesas, habiendo dado lugar á esto el ministe-
rio mismo, porque con su conducta ha ligado las manos á los jueces,
y ha forzado al pueblo á que se la administre ..


»De aquí ha provenido que hasta los mejores magistrados, como
la mayor parte de los que entendieron en la causa qel'revocador,
amigos mios y hombres sin mancha, hayan sido comprometidos y
confundidos con los perversos, por haber perdido su fuerza moral la
administracion de justicia en España desde que el ministerio la pros-
cribió con el escandaloso ejemplo de los cuatro jueces.


nSigamos ahora la historia de sus c0ntemplaciones y condescen-
dencia con nuestros enemigos. Libres ya del horroroso peligro que
corrian en manos de jueces tan incorruptibles, reemplazándolos otros
probablemente á propósito para servir menos á su patria qne á los
protectores de ellos, no les quedaba que hacer sino proseguir impávi-
damente los planes de la conjuracion; y como para ello era menester
que el pueblo, que es el campo en que estaban trazaJos, se prepa-
rase para recibir todo su impulso, hieieron lo que era muy natural,
apretar Je nuevo las vendas á sus ojos para que no conociera los er-
rores en que le habian criado, ni viera las ventajas que le ofrecia el
ventul'Oso nuevo sistema.


»Para e3to no se debia de hacer novedad con los malos obispos, y
las órdenes dadas sobre la secularizacion de religiosos habian de en-
torpecerse por los mismos obispos, de acuerdo con el nuncio y Su
SantiJad: porque secularizados sin dilacion los regulares, se hubieran
derramado sin meJida las luces; y estrañados los malos obispos, los
hubieran sustituido gobernadores que no hubieran consentido el uso
del confesonario ni el del púlpito sino á los dignos ministros del Dios
de paz, ni hubieran hecho á los pueblos las visitas que algunos para
alucinar á los incautos, y fijando su vista en el aumento de contribu-
dones apartarla de la baja de los Jiezmos, para que, en vez de conocer
la ganancia, no hallasen más que pérdidas en el sistema, y en lugar
Je estirpar los errores de la supersticion arraigarJos más, disponiendo
los ánimos á la rehelion contra la lápida augusta, asegurando la más
colmada cosecha de sus trabajos, cuyas muestras se dejaron ver ya




LA DESTlTUCIOII DE LOS IIIlNISTROS.


muy á los principios en Alcañiz, y segun el correo de hoy se han de-
jado ver tambien en Caspe, Calatayud y Hllesca, habiéndose arran-
cado la lápida en esta ciudad, y capitaneado á los rebeldes un sobrino
del obispo de Tarazi:ma.


nPero para tanta~ medidas era preciso ganar los ministerios: el
de Estado para que no nombrara un representante sabio, firme y ar-
diente patriota cer'ca de la córte de Roma, que diera á conocer á Su
Santidad y á su nuncio los derechos de la España, y no hiciera uin-
guna mudanza en sus empleados : el ministerio de la Gobernacioll,
para que pnsiera por jefes políticos á militares que supiesen esgrimir
la espada y no la pluma, como convenia para descubrir los facciosos,
vigilarlos y perseguirlos: el' ministerio de Gracia y Justicia, para que
las representaciones que Ilovian contra los malos obispos de Catalu-
ña, Aragon y Castilla la Vieja, quedasen desatendidas; las reclama-
ciones contra las visitas que hacian pOI' los pueLlos , no para edificar-
los, sino para destruÍl'los, se echasen bajo de la mesa; los acuerdos
Jel congl'eso que le facilitahan el estrañamicnto de 1015 que lo mere-
eiau, especialmente el de los obispos de Osma y Calahorra, descubier-
tos en la insurreccion de Mel'Íno , fuesen dados en vano: el ministerio
de la Guerra, para que no solo consintiera en los cuerpos los jefes
sospechosos y malos, no solo aumentase su número dando ya decre-
tos para que los ascensos fuesen por antigüedad, ya plazas de oapi-
tanes á pajes del rey admitidos en su servicio en estos seis últimos
años, habiendo más de dos mil oficiales sobrantes, sino que los for-
zara á cal!ar, privándoles la reunion en cuerpo para el ejercicio de
su derecho de peticiono


»Empresa era bien difícil reunir tantos ministros para lantos
puntos, todos tan convenientes á los enemigos de la patria; empresa
tanto más difícil, cuanto envolvia el empeño de que estos ministros,
encargados de llevar adelante el tl'ánsito de la esclavitud á la libertad,
estaban obligados por una parte á disponer las cosas de manera que
los enemigos del sistema se hiciesen sus amigos, (1 se les redujese
á la impotencia absoluta de hacernos'llaüo, y pOI' otra á conservar el
ardor de los amigos nuestros, y aumentar su número y su fuerza; y
los conspiradores venia n á pedirles todo Jo contrario. ¿Y lo consiguie-
ron? .El éxito escediú sus esperanzas,




390 DlSCURSO P1DlENDO
nEl ministerio de Estado, no solo no hizo novedad en los cónsu-


les, enviados y ministros cerca de las córtes estranjeras, manteniendo
de cónsul en Burdeos á ~Iontenegro, que fué de la camarilla, en Ha-
yona á otro cónsul que no inspira la mayor confianza, en su secreta-
ría á todos los oficiales que habia antes; sino que para la embajada
de Portugal, tan importante en estas circunstancias, nombró á Rcvi-
llagigedo, cuyas pruebas de amor á la constitucion podrán ser las
que se quieran, pero carecen de la publicidad que tienen las de otros
conocida mente á propósito para una comision (Ir, tanta consecuencia:
el ministerio de París, más delicado aun que la embajada de Portu-
gal, le ha provisto en Casa-Irujo, que ha servido bien al despotismo;
y cuando más que nunca reclamaban los derechos de la nacion mi-
nistros intrépidos por la libertad, y sabios en touos ramos, especial-
mente de la diplomacia en las córtes de Roma, Viena y Petersburgo,
por las notas pasadas á las otras córtes injuriosas á la nuestra, los
tiene vacantes; porque' aunque el de Petersbul'go le proveyó en Sal-
mon, este patriota y juicioso español no ha sido admitido por aquella
córte.


))Si de esta manera el mini3terio de Estado ha hecho á los cons-
piradores el gran servicio de poder trabajar impunemente en las na-
ciones estralljeras y á las puertas de nuestra casa cuanto convenga á
sus pérfidos plancs, pagándoles la nacion los agentes que la vendan,
callándole cuanto le convenga saber, y comunicando y haciendo cuanto
á ellos les importe para llevar adelante su conjuracion, no es menor
el servicio que les han hecho los otros ministerios.


nBien decidido estaba el de Guerra á formar un ejército ominoso
á los enemigos interiores y respetable á los esteriores. Sin noticia de
ellos sin duda, y por descuido suyo, pasó á la junta de inspectores
la 6rden de separar los jefes sospechosos, y formal' causa á los que
fuesen criminales; pero la junta la devolvió sin cumplimiento por pa-
recerle que habia inconvenientes, y al fin sucumbió como el de Es-
tado á sus ataques. Ya no volvió á hablal'se de unas mudanzas sin las
cuales es imposible tener la unidad de fuerzas que nos convenia; y no
contento con esto, continuó el decreto real sobre dar á la antigüejad
los ascensos en perjuicio de los otlciales de la Isla, que aunque anu-
lado por las córtes á pl'Opllesta mia, no dejó de producir sus funestos




LA DESTITUClON DE LOS MINISTROS. 391
resultado3. :'\ada más propio para initar al ejército que teniendo más
de dos mil plazas sobrantes de oficiales, enviarles cinco pajes del rey,
admitidos cuando era absolut~, con otras tantas plazas de capitanes
arrebatadl1s á los oficiales beneméritos.


llNo le bastaba el consejo de Estado para cubrir sus atenciones,
pues con el Iwetesto de autorizade las córtes para valerse de las per-
sonas que le pareGiesen para arreglo de la ordenanza, formó una
junta consultiva compuesta de siete generales con sueldos de campa-
ña, y las atribuciones de informl1r de cuanto le remitiera, pidiéndole
su dictámen, agraciando con este paso anti-constitucional á siete
hombres que, aunque fuesen de los más beneméritos, no podian me-
nos de ser un aumento de gastos escusa bies , y objeto de envidia á los
muchísimos acreedores á igual gracia, ni de ofender las prerogati-
vas del consejo de Estado, único del rey. Si este servicio, unido al
que ya dejaba hecho el de Gracia y Justicia, no estuviera enlazado al
del ministerio de Hacienda, mucho hubieran adelantado los enemigos,
porque no pudiendo la patria contar con una fuerza moral y física
vigorosa, no podria prometerse muchos adelantamientos en su nuevo
feliz sistema; pero no debia con todo eso desmayar, porque habiendo
tiempo y prudencia, las mayOl'es dificultades se vencen.


» El servinio más importante que en esta situacion podia hacel'le el
ministerio de Hacienda era dejar ú. todas las clases sin dinero, porque
el vientre, como suele decirse, no tiene orejas, y el descontento del
hambre no hay orador que le quite sino la comida. Pocos empeños
baslaron para logral' rIel ministerio de Hacienda una gracia que con
solo no hace!' nada estaba hecha. A mayor abundamiento se agolpan
las visitas, las mudanzas de empleados y del sistema, y el resultado
salió il medida de los deseos de nuestros enemigos, el mismo que es-
tamos tonando; estrujarse ú. todos para el pago de contribuciones y
timbres, y no pagarse á ninguno.


nEs imposible que para unir tanto ministerio en el acuerdo de
tantas medidas todas contrarias al sistema constitucional y á la mar-
eha que reclamaba del patriotismo de todos, no fuesen los esfuerzos
de los conspiradores los estraordinarios, y los apuros ú conflicto en
que pusieran á los ministros no fuesen los más dignos de cumpasion,
si á ella hubiese lugar en lances tan críticos y de tanto tamaño.




392 DISCURSO PIDIK'iDO
nN'o sin fundamento decia el ministro de la Gobernacion de la


peninsula que les dolian los brazos, las piernas y el cuerpo sin serIes
posible moverse, corno si luviet'an trabas ó grillos lIe un modo que no
podia esplicarse. Pero sea de estas trabas ó grillos lo que se quiera,
lo cierto es que con tan asombrosos elementos dentro y fuera de la
península, creados incautamente por nues~ros mismos ministros para
nuestra ruina, empezal'on los conspiradores sus movimientos hostiles
con el objeto de dejat' sin destinos, sin opinion y fuera de combate á.
los más esclarecidos patriotas, pues para arrastrar impunemente la
conslítucion no necesitaban más que lIejarla sin los principales cau-
dillos de sus defensores.


nLa calumnia de republicanismo les salió bien con Audinot en el
año 13, pues lograron poner en opinion de republicano hasta á don
Agustin ArgüeIles. Reprodujéronla á los primeros dias del restableci-
miento de la constitucion; pero se cortó el fuego con la prision de
Velasco, dejándose yer en los papeles que estaba imprimiendo, y eu
lo que siempre habia estado trabajando por la tiranía, la impostura
impudente de semejante republicanismo, corno reconlarán las córtes
lo acreditaba la causa traida al congreso para yer si habia ó no lugar
á exigir la responsabilidad al tribunal especial de Guerra y Marina,
que la resolvió con una pena benigna, muy diferente de la grave que
impuso el auditor. Para dar valor á esta atroz calulllnia de republi-
canismo hicieron los conspiradores venir de Francia emisarios, espe-
cialmente por Aragon y Valencia, y aun hasta Madrid, que escilan-
do á muchos patriotas el deseo del gobierno republicano como prefe-
rible al constitucional, pudieron recoger algunas medias palabras y
papeles dictados por ellos mismos, con que proporcionar á los cons-
piradores la prueba de su inyencion, y perder como republicanos á
los constitucionales más decididos.


nLos estranjeros nada dejaron por hacer para servir á tan ini-
cuos planes, y resuelta su vuelta á Francia pilr no hallar entre los
patriotas otro yoto que el de constitucion ó muerte, creyeron los
conspiradores que así como hasta entonces habian logrado seducir á
los ministros para cometer cuantos yerros convenian á su perfidia,
asi conseguirian ahora alucinarlos con la presentacion de medias de-
cla!'acÍones y palabras oidas ó escritas, y les harían ver como real su




LA DEST1TUClO:'i DE LOS ~IlN1STROS. 393


figurado republicanismo; y habiéndoles tendido esta nue,-a red, los
cogieron en ella.


)) HA aquí los estmordinaríos para Zaragoza: hé aquí las prisio-
nes de los republicanos de aquella heróica ciudad, reducidas por
junto á la única del patriota Villamor, oficial segundo ó tercero de
una contaduría: hé aquí envuelta en esta agitacion y ruido la sepa-
racion del mando del inmortal Riego, y su destino de cuartel á Lé-
rida: hé aquí la difamacion más sutil y más disimulada, pel'O más
segura y espantosa del héroe de las Cabezas, sin asegurar su com-
plicacion, pero dándola á entender de un modo tan claro que no lm-
bo en Aragon un pueblo que no la creyese positiva, y que no convir-
tiese en ódio ó compasion el respeto y la gratitud que como á liber-
tador de todos le tributaba antes: hé aquí un golpe, que fué mú's
allá de lo que se habian propuesto los enemigos; porque limitadas
sus intenciones ú hacer revivir el valor de su calumnia republicana,
despues de lograr qlle muchos incautos lo creyeran en Villamol',
consiguieron que al héroe de las Cabezas se quitara el mando y se le
confinara, llevando consigo las sospechas de republicano.


»Como su pensamiento no habia caminado tan lejos, y á yeces
un gTan triunfo es peol' que una denota, cl'eyeron preciso que el jefe
polilico de Aragon hiciese despnes de algunos di as un género de de-
claracion que desyaneciese las ideas equivocadas contra nuestro hé-
roe, á que habia daJo lugar, á pesar de su inocencia, el cúmulo de
circunstancias, de casos y de personas enteramente diferentes, ocur-
rido en unos mismos dias y casi á unas mismas horas. Estas espli-
caciones no llenaron los deseos del ministerio, porque en vez de cal-
mar exasperaron los ánimos; pero sí llenaron los deseos de los cons-
piradores, porque vieron á los patriotas tomar una posicion que infa-
liblemente habia de comprometer á los ministros para obral' contra
los constitucionales por su amor propio, lo que con las intrigas usa-
das hasta entonces no podrian esperar. Estaba en el órden natuml
declamar contra el ministerio por el modo con qne habia tratado al
libertador de la España; y al mismo tiempo hacer demostraciones del
aprecio y de la gratitud con que le miraban, y con que deseaban
tranquilizar su espíritu inquieto por las medidas del gobierno, que
ponia en duda su cíncero y ardiente amor patrio.




394 DISCURSO PlllÍENDO
llDel mismo modo era natural que estas demostraciones de júbilo


se oyesen como una acusacion y aun un desprecio de sus procedi-
mientos; y aun cuando los ministros tuviesen bastante fortaleza para
disimularlas, no era posible que picado sn amor propio con las pon-
deraciones de insulto que les harjan sus falsos amigos para que preci-
pitados en la venganza yen el abuso de su autoridad las prohibieran,
cayesen tambien en este lazo para compromete!' á los mils decididos
patriotas y comprometerse en su esterminio. Y en verdad que, segun
acreditó la esperiencia, no se ofreció á sus intrigas una ocasion como
esta de interesar á los ministros en hacer suyos, sin conocerlo, los
medios de sus planes.


»Cada señal de irritacion que daban por los vi\'as y paseos triun-
Cales del cuadro del Riego, era un nuevo incentivo y motivo de em-
peño para vitorearle y pasear su retrato en los pueblos de la penín-
sula. Vinieron á declarar ser un crímen este hecho, y á su conse-
cuencia castigar con cál'celes y destierros á los autores verdaderos ó
presuntos, y separar de sus empleos á las autoridades faltas de vo-
luntad ó de energía para impedirle.


»Llegó la tarde del 18 de setiembre, y el paseo triunfal se hizo
en Madrid sin contradecirle la tropa de la guarnicion ni las milicias,
hasta que dado el último paso al frente del jefe político, tUYO este por
necesario oponerse con las milicias que estaban allí á sus órdenes, y
dar lo que llaman algunos periódicos la batalla de las Platerías. Las
consecuencias de esta batalla fueron para los enemigos del sistema
tan satisfactorias como se lo prometían: la tribuna de la Fontana fué
cerrada; sus oradores principales presos; el regimiento de Sagunto)
eminentemente constitucional, sacado de Madrid, y á muy pocos dias
reducidos al cuartel de Guardias sin comunicacion los ilustres patrio-
tas su coronel Serrano, su teniente coronel Ceruti, y el capitan Chin-
chilla. Cualquiera creeria que para estos procedimientos tan ruidosos
contra un cuerpo y unos jefes tan queridos de la nacion habia de ha-
ber unos fundamentos en estremo graves. Pues nada, nada, señores,
resulta que sea de alguna consideracion: yo lo he visto por mí mis-
mo; nada hay notable sino tales prisiones acordadas sin fundamento
por las declaraciones de unos testigos contradictorios é insignifican-
tes, y siendo la base de todo un anónimo. Esto que ya en sí es muy




LA DESTlTUelO:; DE LOS MIl'iISTROS. 395


escandaloso, y manifiesta bien la decision del ministerio á seguir una.
marcha únicamente propia para acabar con los constitucionales, cuya
posicion lo habian procurado con sus ardides los conspiradores, era
proeul'sor de otros mall3s de la misma olase, pero mayores.


))Esta idea la desenvolvió el ministerio cumplidamente en su cir-
cular reservada de 21 de setiembre, tres dias despues de aquella me-
morable batalla: ¡Jlles asegurando en ella, á vista de suceso tan re-
ciento, que había llegado á noticia de S. JI. haber una casta de hom.
bees mas malos que los serviles, pOl'que los seniles atacaban de
frento la constitllcion, y aquellos so color de amarla la hacian peda-
zos, ¿no autorizaba á los enemigos para decir, citando esta circular:
hé aquí los republicanos, hé aquí los enemigos del trono? ¿Y esto es
una adivinacion, ó es una verdad pUl'a?


))Es una verdad tan pura la de que nuestros enemigos se creye-
ron autorizados con esta circular para decÍl' que los constitllcionale~
eran republicanos, que hasta muchísimos liberales llcg'aron á creer que
esta idea de republicanismo era positiva; y como la circular, por cspe-
dida con tal illrnediacion al suceso del cuadro, á la salida de Sagunto
y á las prisiones, daba á entender que á esL!. clase pertenecian los
promovedores de semejante paseo, era muy fácil persuadirse de que,
en concepto del gobierno, debian tenerse por republicanos cuantos
pensasen y obrasen de esta manera, y por consiguiente los constitu-
cionales má, decididos; aquellos que de los 100 los 99 no desean ni
pueden desear más que constitucion; que no quieren vi vil' sin la liber-
tad, que aprecian más que todos los tesoros del mundo, porque saben
yi vil' tan alegres con una peseta como otros con 25 doblones, y que
aman su patria constitucional más que á sí mismos, porque el que no
tiene tal patria tampoco tiene leyes que le aseguren su persona, sus
bienes ni su vida, y mucho menos la gTan prerogativa de poder pedir
cuentas á sus gobernantes, y no estar obligado jamás á obedeeer al
hombre, sino á la ley.))






FLOREZ CALDERON.


Es la desgracií1. en política título de gloria y de cele-
bridad más duradero y brillante que el que se conquista
por el talento ó las virtudes. Los partidos políticos en los
dias del triunfo, más por venganza qt:e por gratitud, más
por orgullo quc por justicia, elevan gloriosos monumen-
tos á la memoria de sus héroes y de sus mártires, rele-
gando al olvido al mismo tiempo á los que con su sabi-
duría y sus esfuerzos de imaginacion ó de talento defen-
llieron su causa en las épocas más te:'ribles de la lucha.


y es que la apoteosis de las víctimas políticas son
una protesta viva y perenne de la tiranía del partido
contrario, y su ensalzada memoria una bandera de ven-
g:::,nza enarbolada á cada instante por los vencedores ante
los ojes de los vencidos.


y es que los partidos políticos, basando siempre sus
conquistas más bien en la violencia de los hechos que en
el prestigio de las ideas, dan más importancia á un cons-
pirador que á un fil6sofo, á un general revolucionario
que á un orador de parlamento.


Ré ahí la única razon por qué en las lapidas de los
congresos se graban en letras de oro los nombres de las
víctimas sacrificadas por la causa que esos congresos re-




398 FLOREZ CALDERON.


presentan, y quedan olvidados, al menos en la aparien-
cia, los publicistas, los filósofos y los oradores que con
sus obras ó sus discursos iniciaron y defendieron el sis-
tema, y prepararon el triun:o de la causa en cuya defen-
sa material fueron sacrificadas aquellas víctimas.


No es esto censurar que los partidos políticos honren
la memoria oe sus héroes y de sus mártires, levantándo-
les monumentos que recuerden á las generaciones futu-
ras su heroicidad y su martirio, sirviendo en ocasiones
semejantes de estimulo á los tibios y de bandera á los
esforzados. Lo que no nos parece ni justo, ni natural, lli
oportuno, es que las lápidas de los congresos sirvan para
otros nombres que los de aquellos repúblicas que, como
gobernantes ó como oradores, hayan conquistado nnare-
putacion por la que merezcan la gratitud y la honra de
su patria.


¿No seria más natural y más propio que el partido li-
beral hubiese alzado un monumento á los mártires de su
causa, y que en las lápidas del congreso español solo se
viesen inscritos los nombres de nuestros más famosos
repúblicos, y de nuestros más celebrados oradores?


¿No seria más adecuado que en lugar del nombre de
Riego se leyese el de Argüelles, y en el sitio que ocupan
otros nombres se viesen inscritos los de Jovellanos, ltlu-
ñoz Torrero, Martinez de la Rosa, Calatrava, Donoso
Cortés, Lopez y otros hombres notables de nuestra re-
volueion, glorias imperecederas de la tribuna parlamen-
taria espaflola?


Sin ser ese nuestro ánimo, nos hemos engolfado en una
série de consideraciones sugeridas por la memoria del
hombre público cuyo retrato vamos á bosquejar; consi-
deraciones que hemos creido oportuno consignar aquÍ,
para probar lo que apuntamos al principio ele que la des-




FLOREZ CALDERON.


gracia en políti~a es siempre un título de gloria y de
fama más brillante y duradero acaso que el que se con-
quista por el talento ó las virtudes.


D. Lorenzo Florez Calderon, diputado en las últi-
mas legislaturas de la segunda época constitucional,
dióse á conocer desde su presentacion como orador de
fácil palabra, de imaginacion florida, de más sentimiento
que de instruccion. Liberal exaltado, político de buena
fé y de convicciones, revolucionario de acci011 y de em-
puje queria llegar al fin atropellando los medios, como si
las conquistas políticas fuesen duraderas y provechosas,
emndo no van acompañadas de la oportunidad, de la
necesidad y de la justicia.


No era el diputado Florez Calderon de los que ha-
blaban con mas frecuencia en el congreso, pero haciendo
uso de la palabra en las sesiones más solemnes, arrastra-
ba el ánimo de sus compañeros por la lógica irrebatible
de sus argumentos, por la profunda conviccion que re-
velaba en las materias que discutia, y por la mall3ra
persuasiya é insinuante con que presentaba sus opinio-
nes, cspolliendo los hechos de una manera clara y sen-
cilla, y sacando las mas lógicas y naturales consecuen-
cias. Varonil en sus pensamientos, fogoso en sus ideas,
vehemente en su lenguaje, hacia alarde otras veces de
un estilo florido, Je imágenes delicadas, de rasgos poé-
ticos.


Nada más tierno, más elevado en su misma sencillez,
más patriótico en medio de la dulzura y suavidad del
lenguaje, que el discurso que copiamos al final de esta
biografía, pronunciado por el Sr. F'lorez Calderon como
presidente de las cortes, al reanudar estas en Sevilla sus
trabajos legislativos el dia 23 de abril de 1823, despues
de su salida, ó más bien su fuga de Madrid.




400 FLOREZ CALDERO~.
Al leer esa fácil y sentida arenga, recuerda la me-


moria aquellos discursos de los girondinos en que tan
hábilmente mezclaban la poesía del corazon con los se-
veros pensamientos de libertad y patriotismo, y aun al-
guna de las peroraciones de Robespier1'e, en que, aban-
donando por un momento sus ideas de persecucion y de
muerte, dejaba volar su imaginacion por el cielo de la
poesía, y se recreaba su alma con sensaciones más dul-
ces, con pensamicntos más suaves, ensalzando las mara-
villas de la naturaleza, la inmortalidad del alma, ó los
puros goces de la familia, revistiendo sus ideas filosófico-
revolucionarias con las galas de un sentimiento tranqui-
lo y dulce, con las descripciones de la abundancia y de
la paz, y las efusion8s de un puro y delicado patriotismo.


Contrasta con el discurso :i que nos referimos, el pro-
nunciado en las mismas córtes apoyando el dictámen que
aprobaba la conducta del ministerio en la cuestion sobre
la intervencion estranjera, y en el cual se notan frases
tan enérgicas y elevadas como las siguientes: «La paz,
don seguramente apreciable, es sin duda el primero de
todos los bienes; pero, ¿es posible disfrut:tr paz dónde la
seguridad y libertad no existen? El reposo sin la libertad
no puede ser más que la inmoralidad que produce la
violencia; es el espasmo del terror ó del espanto; es, en
fin, la muerte social y el silencio vaporoso del sepulcro. »


y más adelante: « La voz elocuente de la espada y el
caüon es toda la filosofía y la única razon del despo-
tismo. »


Hundido el sistema constitucional, y perseguido y
emigrado Florez Calderon, fué uno de los que más tra-
bajaron en el estranjero por la restauracion en la Penín-
sula del gobierno representativo, y alentado como tantos
otros por la Revolucion francesa de 1830, penetró en Es-




FLOREZ CALDERON. 401


paña con otros conjurados, y fué víctima de su temeridad
y liberalismo en una de las descabelladas invasiones ó
conspiraciones insensatas de aquella época, como lo fue-
ron Chapalangal'l'a, Torrijos, .Manzanares, Lopez Pinto
y otros, cuyos nombres con el suyo figuran en las pare-
des del congreso cuma homenaje consagrado á los már-
tires de la libertad.


Este fin desastroso ha dado al Sr. Flo1'ez Caldel'on
la nombradía política que tiene en los anales de nuestra
revolucion, sin que por eso deje de ser ¿igno, como
diputado de prestigio y orador de alguna fama, de figu-
rar, en segundo termino, entre los euadros de esta gale-
ría parlamentaria


Discurso pronunciado en la instalacion de las córtes de Sevilla.


«Señores: Acabamos de oir el acta del dia 22 de marzo de este
año, en que se suspendieron las sesiones de las córtes en Madrid,
para continuarlas en esta ciudad de Sevilla.


nEn medio de mil obstáculos, y mal que les pese á los autores
de tantas imposibilidades como entonces se propalaron, bemos dado
á la Europa entera un nuevo desengaño, trasladándonos tranquila,
lcnta y apaciblemente desde las riberas del Manzanares, tan fecun-
das en héroes y virtudes, á las anchas, amenas y deliciosas llanuras
del Guadalquivir, conduciendo en triunfo la libertad, sostenida, por
decirlo así, en los hombros del dignísimo general y los valientes que
nos acompañaban, dignos de eterno 1001' por su disciplina celosa y
enérgica adhesion.


nAI oir este nombre sagrado, los pueblos todos conen y se apre-
suran á felicitarnos: acatan el .3ac1'O nombre quc nos guia y anima,
y gustosos ofL'ecen, si es necesario, víctimas voluntarias en sus aras,
antes que permitir se atreva nadie á profanarlas.


)) El fUDgO sagrado'y la tierna emocion con que entre mil ansias
'26




402 DISCURSO PRONUNCIADO
y en el contraste de varios sentimientos encontrados dimos el último
adios al heróico ayuntamiento de ;\fadrid, á quien yo no pude, sin
que mis ojos se arrasasen, recordar tantos dias de gloria como les
Jebcmos, parecian haberse difundido por todas ral'les y preparado
todos los corazones.


»Los jefes políticos á la cabeza de las diputaciones provinciales,
los ayuntamientos constitucionales, los militares de todas armas, los
magistrados y jueces, clero secular y regular, los estableoimientos
de instrucoion pública, ofreciéndose muy pocas escepciones, lodos á
porfia nos esperan en las poblaciones, y aun salen on medio de los ca-
minos á presentar sus votos, y manifestar sus deseos de contribuir á
la dicha y prosperidad de nuestra patria, cimentada en su indepen-
dencia yen la conservacion del Código fundamental que tan de veras
han jurado observar.


nLa M. N. L. V. de ambas armas, poca en toda la provincia de
la Mancha, conforme á su poblaoion, y no lanto como debia ser en
las de Jaen, Córdoba y Sevilla, atendiendo al génio de SLlS habitan-
tes, y al fuego y patriotismo que les caraeleriza, se distinguen muy
particularmente por su entusiasmo y dccision.


nEn ellas se ven brillar los morriones y ondea!' los penachos y
plumeros sobre cabezas ilustres, que Jos años han encanecido,
as! como adornar tambicn la de una multitud de jóvenes gallardos,
que sin hacer mérito de la edad anticipan á la patria sus servicios.
La sangre fria de la edad provecta se encuentra reunida al valol' ar-
diente de la juvontud, y la prudencia se nivela con el celo y la enel'-
g[a. Todo parece haberse combinado en esta institucion hGnéflca para
defender y consolidar nuestra naciente libertad, y dejarla como un
legado seguro á nuestros nietos. Hasta las madres de familia, dig-
nas por mil títulos de nuestro respeto y gmtitud, y jr')\,enes tan vir-
tuosas como amables, nos preparan himnos de gloria, y mezclan en
lo (lespoblado de los uaminos donde se habian colocado, dejando las
eomodidades de sm casas, los acentos encantadores de su voz lt los
rasgos del carácter decidido y patético con que Jos animan.


nAlgunas que apenas han conoddo las dulzuras del amor con-
yugal, despiden alegres á sus esposos Mcia los campos ele la gloria
y el honor, donde se hallan arrostrando intrépidos los peligros pOI'




EN LA INSTALACION DE LAS CÓRTES DE SEVILLA. 403


defender la libertad, mientras que ellas la propagan aqtlÍ, hacién-
dola amable con sus gracias.


llAs! es, señores, cómo la comisíon de córtes ba hecho su carrera
verdaderamente triunfal. ASÍ es cómo los hechos han acreditado
vuestra prevision y la del gobierno de S. M.; y así es cómo los ene-
migos de nuestra dicha han visto desconcertaclos los planes de su per-
fidia, y puesta en descubierto la grosería de sus errores y la falsedad
de SUR fatales pronósticos.


llElIos no han podido impedÍ!' el que, alegTes hoy aquí reunidos,
elijamos y consagremos este nuevo y augusto santuario, que, sir-
viendo ele asilo {¡ nuestra independencia y libertad, la pone á cu-
bierto de las repentinas, violentas y furibundas convulsiones de la
decadente y rlecrépita aristocracia, de la perfidia de algunos gabinetes,
y ele las arterías y rateras combinaciones de esa ciencia de embustes
y de mentiras que han querido honral' con el nombre de diplomacia.


llAqllí es clonde esperamos impávidos propuestas que nunca han
hecho, pero que fingen hacer para seducir á los incantos y alucinar
ú los débiles. Aquí se les rcpetirá que al formar nuestra constitu-
cion, ni quisimos dejarla espllesta á las versatilidac1es del capr'icbo,
ni darla una eternidad é invariabilidad que no sufran las cosas hu-
manas, sujetando en consecucncia las varianiones que el tiempo y la
esperíencia pucllen hacer necesarias á reformas fijas y precisas; que
la nacíon pondrá en práctica cuando convenga, sin que ningun otro
pOller sobre la tierra tenga la facultad de alterarlas, ni arrogarse una
iniciativa qut' confnnde y trastorna los más sagrados derechos.


nAql1i volverán á esperimentar que nunca transigimos con la
iniquidad, ni con nada de cuanto puede comprometer nuestro honor
ni el deeoro de la gTall nacían que ba puesto en nuestras manos
sus destinos. Aquí verán una y otra vez disueltas sus intrigas, las
más finas, sin oponerles mAs que nne3tra característiea probidad y
energía, y el instinto certero siempre del honor y la virtud que nos
conducc, y desde aquí en I1n les repetiremos las lecciones que nunca
han debido olvidar, y de las que encuentran tantos monumentos
como pasos clan en el sagmdo territorio que se han atrevido por des-
graeia su ya ú profanar . Vengan, pues que as! place á la tiránica
ambicio n de esos hombres para quienes conquistamos con nuestra




DlSCURSO DEFENDIENDO


sangre, no solo la consideracion que habian perdido, y que acaso
nunca merecieran, sino aun el pan que hasta entonces habian men-
digado. Atropellen todas las consideraciones y respetos, y despre-
cien cuanto hay de m[lS santo y más sagrado en las naciones y en
los pueblos. Traigan esa manada de hombres oprimirlos ó alucinados
que les sirven de instrumentos desgraciados. No importa. I1allaráll
los huesos de sus hermanos insepultos y calcinados por el tiempo,
á los que para desdicha del género humano y oprobio de algunos
hombres desgraciados se acumularán tam bien los suyos, haciéndoles
ver que nadie es capaz de insultamos impunemente, ni atropellar
nuestros derechos.


nTal será el objcto de los trabajos que vamos hoy á continuar.
Puestos ya en seguridad nuestro rey constitucional y su real familia,
y á cubierto de todo insulto en el alcázar sagrado (~ inviolable que
nuestros pechos sabrán siempre proporcionarle, repeler la fuerza con
la fuerza es nuestro deber principal.


nNo es solo nucstra libertad la que atacan; es nuestra imlepen-
dencia á la que quieren atentar. Quieren no solo mandarnos á nos-
otros y constituirnos en una esclavitud vergonzosa, sino que acercán-
dose con impudencia á ese hermoso trono constitueional, sin acatar
antes la augusta majestad que le rodea, intentan empaliar su esplen-
dor, y mancillar la gloria del gmn monarca que le ocupa, por no te-
ner el valor de imitarle, ni de emular siquiera sus virtmles y justa
decision.


nFirmes y constantes por lo mismo en nuestro propósito, y dig-
nos representantes de la heróica nacion española, mientras con una
mano vamos propol'cionando la eonsoliclacion, y aun la perfeccion y
adorno del templo santo que nos hemos propuesto levantar á la li-
bertad y tt la virtud, tendremos siempre en la otra la espada dispuesta
para defenderle de todos los que intenten destruirle; y, si necesario
fuese, confundidos con nuestros conciudadanos en las filas, nuevos
ejemplos de vÍI'tud y de valor harún ver al mundo entero lIue cada
dia somos más dignos de la animadversiotl y ódio de los tiranos, del
amor y gratitud de todos los pueblos libres, y de la admiracion de
las naciones. '" y de los siglos.)}




SANCHO.


Ocurre un fenómeno en la organizacion de los parti-
dos digno de observarse, y es que generalmente los par-
tidarios de más Reso y cordUl'a~ los po) íticos más pru-
dentes y conciliadores son los más respetados, aun de los
co-religionarios más exaltados é imprudentes.


Es por lo mismo muy eomun en las circunstancias
más peligrosas, en las ocasiones más trascendentales de
la política, ver á los más impetuosos, á los mas intrasi-
gentes, oir con agrado y demandar con afan los conse-
jos de la espericncia y del buen juicio, no por humildad,
sino por cálelllo; no por consideracion á la prudencia ó
á la sabiduría de sus compa,líeros, sino con la interesada
mira de sal val' las apariencias, de buscar la forn~a más
admisible y conveniente para los proyectos más atrevi-
dos y desatentados, para las medidas ó las reformas más
peligrosas y violentas.


Así vemos en todas las cámaras deliberantes y al
frente de los opuestos partidos de que se componen, cier-
tos individuos que no tienen otra mision, otro encargo
que el de dar llUena direccion á la marcha política del
bando en que estún afiliados, buscando fórmulas y pro-
poniendo trnnsacciones, que sin desvirtuar en nada la




406 SANCHO.
creencia de aquella política la amoldan á l!'!,s circuns-
tancias, abriéndole con maiia la puerta en la region de
los hechos.


En comprobacion de esta verdad vamos á delinear
con rapidez la vida del antiguo cliputado D. Vicente San-
cho, uno de los individuos más respetables del partid o
progresista, y uno de los diputados de más autoridad y
prestigio en la segunda época del gobierno representati-
vo, de cuyos oradores nos vamos ocupando.


Al triunfar la revolucion en 1820, simbolizada en el
sable del comandante D. Rafael del Riego, aun creía
Fernando VII que podria inutilizar su triunfo, y para
entretener su marcha hasta poder sorprenderla y est3r-
minarla, nombró una Junta provisional consult'iva que
se encargase de la direccion de los públicos negocios
hasta la instalacion de las córtes.


Componian el nuevo gobierno personas de gran 1'e-
presentacion social, y aunque liberales algunas de ellas,
con fama tedas de prudentes, de cuerdas y moderadas.


Indudablemente el vencido monarca contaba. en su
carácter imprevisor y confiado, que la revolucion habia
de darse por satisfecha con la instalacion de aq ueUa J un-
ta suprema, y que esta con medidas paliativas y con-
temporizadoras enervaría el espíritu dominador de los
vencedores, y pondria las cosas de manera que con fa-
cilidad se lograría en un breve término la nueva restau-
racion del gobierno absoluto.


No contaba sin duda Fernando VII en sus planes
reaccionarios con que era secretario de la mencionada
corporacion el brigadier D. Vicente Sancho, liberal por
conviccion, h')mbre de carácter firme y consecuente, y
aunque de condicion templada y conciliadora, reformista
apasionado y constitucional fervoroso.




SA~CHO. 407


No defralldó en lo más mínimo el secretario de la
.Junta provisional las fumhdas esperanzas que concibiera
el partido revolucionario al colocar al Sr. Sancho en
puesto tan importante. A su iniciativa é influencia debié-
ronse las radicales y en parte revolucionarias medidas
de la J unta, que empezó por resucitar las más peligrosas
y trascendentales reformas de las córtes de Cádiz, con-
vocanclo además las nuevas de la segunda época, segun
lo ofrecido por el rey al jurar la constitucion.


Con estos precedentes de liberalismo, con la impor-
tancin. de una considerable posicion política, y con gran
reputacion de talento, de instruccion y práctica de los
negocios de gobierno ocupó un asiento el Sr. Sancho en
las córtes de 1820 .


.Fácil es de suponer que ejerciera desde un principio
entre sus compañeros no poca influencia yautoridad. Así
fué en efecto. Individuo de las comisiones más importan-
tes, al diputado Sancho se debió la redaccion de los pro-
yectos más trascendentales y la iniciativa de las más ra-
dicales reformas, ~omo la estincion de monacales, la
abolicíon de los diezmos y señoríos.


Exacto en sus juicios, claro en sus discursos, hablaba
pocas veces y con brevedad y oportunidad. Sostenedor
de los derechos populares, apóstol de las reformas en
sentido avanzado, le desagradaban las exageraciones de
su mismo partido, y luchaba tenazmente por quitar al sis-
tema constitucional toda idea de violencia, toda aparien-
cia de inj usticia. Dominado de esa severidad constitucio-
nal, nunca desmentida, de sus constantes é inflexibles
principios de legalidad, de órden y de tolerancia, vié-
ronle las córtes levantarse en la sesion de 9 de febrero
de 1822 y anatematizar con una energía de ideas, con
una vehemencia de lenguaje, por él desusadas, losescan-




408 SA~CHO.
dalosos atentados de las turbas del dia anterior contra sus
compañeros de diputacion Martinez de la Rosa y Tore-
no, cuya política, por otra parte, combatía Sancho deci-
di¿all1ente en aquellas mismas córtes en cuantas ocasio-
nes hallaba oportunidad.


Nada más digno, más sentido y más patriótico que el
discurso pronunciado por el diputado S(tncho en tan
memorable sesion, que reveló sus condiciones de orador
elocuente, de improvisador espontáneo y fácil, de de-
clamador vehemente y apasionado.


Hé aquí algunos párrafos de tan notable peroracion:
«Yo celebro que haya llegado este momento· para


manifestar mis opiniones y los principios que jamás he
desmentido y nunca desmentiré. Prescindo de las pür-
sonas de los diputados; pero atacada la constitucion, la
patria, la nacion entera, es de absoluta necesidad cor-
regir abusos de esta especie en su orígen mismo, y si no
queremos faltar vergonzosamente á nuestros deberes. Yo
no quiero vivas ni mueras cuando recaen sobrc mis vo-
taciones, y lo mismo se me insulta de un modo que de
otro. Quiero proceder con honradez, votar lo que pienso,
lo que creo con7enientc á la nacion espaflola, cualquiera
que sea la opinion de los demás, y sin esto creo que no
habria libertad, no habria constitucion, no habria córtes.


» Si las córtes mirasen con indiferencia los sucesos de
ayer, ¿qué se diriade nosotros? ¿qué patrimonio de decoro
y dignidad dejaríamos á nuestros sucesores? No, señor:
es menester es terminar una faccion miserable de hom-
bres que buscan el desórden. Los que quieren el desór-
den no pueden querer la libertad. Esta es enemiga esen-
cialísima del desórden, y en este concepto ha dicho un




SANCHO. 409
filósofo que la libertad es un yugo mucho más duro que
el mismo despotismo.


)) y o desprecio el aplauso igualmente que la reproba-
cion de la muchedumbre. Aquí en mi pecho es donde
tengo el juez de mis acciones; aquí y solo aquÍ, y no
quiero otro. Así deseo que se trate de esto, y he mani-
festado mi opinion de que estamos muy lejos de haber
perdido la libertad: seria lo más vergonzoso que una fac-
cíon que nada vale, pudiera quitar la libertad á los di-
putados de la nacion española.


») Se vé directamente á dónde se va; se trata de quitar
la libertad á los diputados en la discusion de unas leyes
con las que se pretenden remediar abusos tan conocidos;
pero los malvados no quieren que se remedien. Por lo
que á mí toca he votado lo que me ha parecido: lo voté
ayer; lo votaré hoy y lo votaré tambien mañana i pero
digo) francamente que siento no haber sido ayer de la
opinion que desagradó á los quc han cometido esos in-
sultos, para manifestar hasta el punto que desprecio el
aura popular. ¡Miserables de los que se pagan de ella!


"A pl'etesto de defender la libertad de imprenta, que
no conocen y que no saben lo que es, porque no saben
materialmente leer, un puñado miserable de facciosos
quisieron hacerse dueños de nuestras discusiones, diri-
girlas a su antojo, y bajo título de defender la libertad
de imprenta, lo que defienden es la tiranía, el despotis-
mo, el desórden, porque todo es lo mismo.)


Emigrado 8a,ncllO como los principales diputados de




410 SANCHO.
la segunda época constitucional, dedicóse en el estran-
jero al estudio de las prácticas representativas, y al to-
mar asiento cm 1834 en el estamento ele procuraelore~,
hizo aplicacion de aquellos estudios, y dirigió á la mino-
ría exaltada con su~ consejos y advertencias, con su tacto
y su tino parlamentarios.


Desde entonces, aunque no en primera linea, vino
figurando D. Vicente Sancho en el partido más avanza-
do, si bien su práctica y su buen juicio le obligaban á
amoldar sus ideas y aspiraciones á las circunstancias, de
suerte que hubo un tiempo en las córtes reformadoras
de 1837 que era tachado por sus más fogosos correligio-
narios de moderado y de tímido en su conducta, si bien
nadie le negaba consecuencia y fijeza de principios.


Aquella época parlamentaria en que se discutió y
planteó la constitucion de 1837, fué indudablemente la
más lucida elel diputado Sancho, pues como presidente
de la comision para proponer el nuevo código tomó una
parte activa en aquellos célebres debates, contribuyendo
no poco con su templanza y espíritu conciliador á la fo1'-
macion de una constitucion hecha por progresistas con
elementos moderados.


En resúmen: D. Vicente Sancho, muerto no hace
muchos años á una edad algo avanzada, ha dejado en su
partido una grata memoria como liberal con~ecuente y
de severo constitucionalismo, y en los anales de nuestra
moderna revolucion el nombre de un ciudadano probo y
honrado, de un político prudente, de un orador mediano
y juicioso.




SANCHO. 411


Discurso en defensa de la cámara vitalicia,


((Señores: Este úlsi es el único artículo que ha venido á las cúr-
leR presentado por la oomision, en que esta no h1ya estado unáni-
me. De aquí pueden inferir llts córtes que habrá sido el artíoulo que
más se haya discutido en la comision, y que habrán sido poderosas
las razones que haya tenido la casi totalidad de los inclividuos de ella
para mantenerse en. la idea de que el cargo de senador debe ser vita-
licio, sin embargo de haberse hecho cargo de las razones que presen-
tó el Sr. Olózaga, las euales le han movido y le han mantenido en la
iJea de que debe ser temP?t'al.


)) El St'. Olózrtga, habiéndose opuesto en la comision al artículo que
se discute, tuvo la delicadeza de firmar el dictámen de la comision, y
no presentar un voto particular. Su señoría dió ayer otro testimonio
de delicadeza, tomando la palabra antes de que hablase ningun indi-
viduo de la comision, para no verse comprometido á contestar á los
argumentos que la comision presentase en favor de este artículo. Yo,
siguiendo la delicada consideracion que ha tenido el Sr. Olózaga con
la comision, no contestaré á su discurso, y me limitaré á decir las ra-
zones que han obligado á la comision á establecet' que sea vitalicio y
no temporal el cargo de senador; y con este objeto me propongo de-
mostrar dos cosas: primero, que la oalidad de vitalicio es de la esencia
indispensable del senado; segundo, que desde el momento que las
c6rtes han decretado que los senadores han de ser nomhrados á pro-
puesta popnlat' y á la eleccion del rey, lógicamente hablando han
determinado que sea su carg'o vitalicio.


» Yo no me propongo contestar á las objeciones que se han he-
cho, pues todas 3C apoyan en cotlsidel'llciones secundarias, no en la
considel'acion capital de :niral' el senado como Ulla institucion indis-
pensable en el gobierno representativo.


»Las observaciones que se han hecho examinando la esencia del
senado, quedarán reconocidas pOI' el curso de mi raciocinio, y á las
demás creo que no hay necesidad de contestar, porque todas son de
un órden muy secundario.




412 DISCURSO El\' DEFENSA
n Yo, señol'es, en esta cuestion me propongo no hacer más que


raciocinios sencillos al alcance de todo el mundo, apoyados en hechos
irrefragables que han pasado en nuestros dias. El primer hecho que yo
siento para probar la primera parte de mi argumento, es que hasta
ahora ninguna constitucion ha podido existir con un solo cuerpo re·
presentativo.


»Este es un hecho evidente. Todas las constituciones que existen
hoy, al menos en los estados conocidos de alguna importancia, en
donde esté establecido el gobierno representativo de un modo regular,
en todas se estable cen dos cuerpos colegisladores.


nPodrá decirse que en· Suecia no hay más que una cámara; pero
hay brazos diferentes del Estado qlle establecen la representacion na-
cional; no habrá dos cámaras, pero hay cuatro brazos; así que esta
objecion que no prueba nada, probaria en todo caso en favor dc mis
doctrinas.


nNinguna constitucion de las que establecian una sola cámara
existe boy, y hemos visto que los ensayos que se han hecho hasta
aquí con una sola cámara, son las causas ocasionales que han becho
que todos hayan sido desgraciados. ¿Y cómo esplican este hecho
los publicistas que mejor han tratado estas materias? ¿Cómo? De un
modo muy sencillo. Los publicistas dicen que todo podel' ejercido por
hombres, es indudablemente espansivo, ambicioso, invasor de todo
otro poder. Estableced, dicen los publicistas, dos únicos poderes, por
un lado la corona, po\' otro el cuerpo legislativo; se disputarán nece-
sariamente la preeminencia y la supremacía; y ó bien el poder ejecutivo
conseguirá. por todos los medios que tiene á su disposicion, tanto de
corrnpcion como de fuerza física, destruir el poder legislativo, ó bien
este á su vez cuando tenga la ocasion, aprovechándose de una mino-
ridad por ejemplo, ó de otras circunstancias, tratará de destruir el
poder de la corona, y acabará por spbreponel'se á él enteramente.


HEjemplos tenemos de esto en la historia, y en la historia de nues
tros dias, pues todos los ejemplos que se pueden citar del gobierno
representativo son modernos, escepto los de Inglaterra. Digo que te-
nemos ejemplos, y todos nos convencen de esta verdad. Cuando el
poder ejecutivo puede más que el legislativo, el despotismo es irreme-
diable; cuando el poder legislativo vence al ejecutivo, se debilitan to-




DE LA CÁMARA VITALICIA. 413
dos los lazos de la sociedad y se cae en la anarquía; pero corno la
anarquía no puede sel' un estado permanente, se cae tambien en el
uespotismo. As! es que de esta lllcha qlJe prodllce la constitucion,
qlle solo estableGiJ un curso legislativo, nace el que no pueda tener
lal'ga rida, y el que conduce necesariamente al despotismo, bien di-
recta ó bien imlirectamente.


llPCro dicen los mismos publicistas: el remedio á este mal es muy
sencillo, establecer un tercer cuerpo, y tocIos los peligros desapare-
cen. Vamos á ver si este remedio es eficaz, y sólidas las razones en
que se fumIa.


Dicen los publicistas: si á los dos cuerpos que, encontrándose ais-
lados lino en frente de otro tienen cierta tendencia á chocarse y á des-
trnirse recíprocamente, añádese otro Guerpo, otro poder, ese poder
necesariamente destruirá los efectos de esa rivalidad; ese cuerpo dará
la vida á la constitucion, y destruirá aquel gél'men de insubsistencia
y ue muerte que tenia antes vuestra constitucion.


))Con que ahora si el pode e popular ataca al ejecutivo, el senado,
porque voy á usar de la nomenclatura aprobada ya pOI' las córtes,
si el congreso ataca al poder ejecutivo, el senauo se pondrá de parte
del poder ejecutivo, lo pl'otegerú y defenderá, y el poder legislativo
ú la cámara popular 110 tendrá tantos medios ni tanta facilidau para
Llestl'Uir el porler ejccntil'o como si estuviese solo, aislado. Por el con-
trario: si el poder ejecutivo ataca á la cámara popular, el senado
vendrá en su apoyo y la sostendrá.


))Pero el senado ¿hará siempre esto? El senado no puede dejar
de hacerlo, e3 absolutamente imposible, porque los cueepos lo mismo
que los individuos tienen el instinto de la propia conservacion, que es
el que dirige todas las acciones humanas, tómese n aislamente ó en cuer-
pos colectivos .. \si, el senado tendrá necesariamente que defender á
Gualquiera de los dos cuerpos que sea atacado por consenarse á sI
mismo; porque si el poder ejecutivo acabase con el popular, ¿podrá
existir el senado un solo minnto? De ninguna manera. Por el contra-
rio, si el poder popular acabara con el ejecutivo, ¿se sostendrá el se-
nado? Tampoco. De consiguiente, sellOres, el senado tiene que apo-
yar al poder más débil contra el más fuerte para conservarse á si
mismo.




414 DISCURSO EN DEFENSA


»Aquí !'e ve esencialmente el objeto del senado: se ve que el se-
nado es una especie de gran juez, digámoslo a~¡, entre el poder eje-
cutivo y el popula¡'. Cuando se trate de una cueslion en que cual-
(luiera de estos CUCl'pOS ll'ate de usurpar el podor del otro, enlonces el
senado con su veto da su fallo contra el poder que quicre invaLlil', y
de esta manera se opone á que sea destruido el podm', tiene más
fuerza. El sena jo hace el papel de un gran juez, es el supremo juez
político de la sociedad IHra dirimir las desavenencias entre el cuerpo
popular yel poder ejecutivo.


»Se dirá qlltl a'Jaso la lucha pueLle establecerse, no entre estos dos
poderes, sino entre el senado y cualquiera de ellos. Esto no es fáuíl,
señores, podrá haber diferencia de opiniones, negar la sancion á Ul1lt
ley pl'Opuesta Ó aprobarla por el otl'O cuerpo, el senado negará la
sancion ora para apoyar á un pOlle¡', ora p:lra apoyar al otl'O, pero
en la lucha nunea puede entrar como parte prinripal el senado, por que
es un cuerpo esencialmente débil.


nUna escepcion hay en esto, que es la que presenta la cámara de
los lores de Inglaterra. El gran poIer que esta ejercia, tenia su orí-
gen en un vicio social de que nosotl'05 estamos libres, nacia Jel prin-
cipio aristocrático, proscrito ya por las córtes cuando han declarado
qne no serán hereditarios los scnadol'es. Fuera de este caso, el cuer-
po popular es fuerte, porque detrás de él está la nacion ente ra y el
poder ejecutivo por las inmensas prerogativas de que está revestido,
y porque dispone de tocIa la fuol'za material LId Estado. POI' lo tanto
creo dejar demostrado que no pnet'le haber ,"sta lucha entre ('1 eon-
gl'eso y el senado, y qlle este sel'á el que defenderá al poder más dé-
bil contra el más fuerte, y 10 hará por Sil 'propia conservacíon.


»Tonemos, pues, definida la esencia del senado. Veamos ahora si
la comision propone su organizacion de manera qne satisfaga cum-
plidamente al objeto de su misíon. Para esto, señol'es, PS menestel'
mirar al senado bajo otro punto de vista que el que lo hemos mirado
hasta aquí; es rnene,ter considerar que el senado es esencialmente un
cuerpo repI'esentati 1'0; si no fuera representati 1'0 era una esrrescen-
cia inútil en el sistema representativo. La cámara alta de Inglaterra ya
se sabe que representa los intereses de la clase aristocrática del pais.
Aun cuando el senado es nombrado en algunos paises por el rey di-




DE LA CÁMARA VITALICIA. 415


rectamente, es en representacion del pueblo, entonces el reyes el
grande elector; pero el senado es por esencia suya representativo y
debe representar lo que la cámara popular no representa. Vamos á
ver qué es lo que no puede representar la cúmara popular y tiene
que representar el senallo, pues de esta manem establecemos el sis-
tema representativo completo.


llPara ver lo qne representa una Cllmara de eleccion popular, to-
dos nosotros hemos visto bastantes eleer:iones. Cuando hablo de re-
presentar, digo CJue el sistema completo debe representar íntegramen-
te el inLerés nacional, la opioion general de la nacion, que se com-
pone dc todos los intereses y opiniones particulares. Uso indiferente-
mente de las palabras interés ú opit!io/J, porque para mi en este caso
son sitl6llimas, porque no puede haber ningun intel'és que no cree
una opinion que le proteja; así me valdré de la palabra interés que
creo es mas propia para mi objeto.


llDigo que el senado debe representar la parte de intereses nacio-
nales que la eÚI!1ilra popular no representa completamente, y digo
(IllC hemos visto bastantes elecciones para haber notado c6mo se ha-
cen, y po:ler juzgar con bastante probabilidad qué es lo que repre-
senta un cuerpo popular. Hemos visto cuatro elecciones hechas por
el sistema eon~tiLucional, una por la convocatoria de la junta central,
dos por el método del estatuto, y una pOI' el método directo; y aun
muchos dc los que estarnos aqui y hemos teniJo la desgracia de vi-
vir muchos años fuera de España, hemos podido observar elecdones
en otros paises, y podemos juzgar aun con más latitud.


nI pregunto, señores, en todas las elecciones CJue hemos visto,
¿cu(ll es la clase que ejerce más influencia, que más se agita, que
más producto da en el resultado general de la eleccion? La juventud.
La jllvenlud, señores, es imlullalJlemenle mas actira en todo movi-
miento social; la .iuventud tiene nüs intereses, porque tiene más por-
venir. ¿Qué pOl'venÍl' tiene un hombre de muchos años? el sepulcro.
I un j 6ven de 20 altos ¿qué tiene delante ele sí? Su vida entera, y por
coasiguiellte su interós en los negocios públicos ha de ser infinita-
mente mayor que el del anciano. Así, combínense las elecciones como
se quiera, por la esencia mísma de las cosas y Je la naturaleza hu-
mana, el prOl111cto de toda eleccion popular representarú más bien




416 DISCJJBSO J:N DEFENSA
las esperanzas que la posesion, el elemento del progreso más bien que
la estabilidad y el sosiego; es decir, que la juventud, la esperanza, el
movimiento están representados completamente en el cuerpo popular,
y no lo están del mismo modo ni con la misma pel'feccion, la edad
provecta, la seguridad de las fortunas y de las pasiones sociales, el
sosiego y la estabilidad.


nDe aquí se infiere una COS:l, y es que pucs todos los intereses
deben sel' representados tan completamente unos como otros, es pre-
ciso que el senado para que llene su objeto, represente lo que no
puede representar el cuel'po popular; que represente la edad proyecta,
que represente no la esperanza y el porvenir, sino la realidad, lo que
existe; no el movimiento, no el progreso que tienen en otra parte su
representante, sino la tranquilidad y el sosiego.


nPor estos principios, señores, se ve no solamente cuál es el ob-
jeto del senado, sino la esencia que debe constituide. Veamos ahora
lo que la comision ha propuesto para averiguar si este objeto se llena
completamente. En todo el título del senado hay cierta conexion que
no permite se analice un solo artículo aisladamente, y as! mc veré en
la necesidad de decir algo, aunque lo menos posible, relativamente {t
otros artículos.


nLas córtes han aprobado ya que los senadOl'es sean nombra(los
por el rey, á propuesta en lista triple de los colegios eleelorales, y un
cuerpo nombrado de esta manera, si no tuviera algun cOlTectivo, no
representaria los intereses que debe. Las ternas ó propuestas serán
producto de la eleccion popular, luego han de adolecer del mismo d8-
fecto, y han de representar lo mismo que los diputados representan.
y no se diga que el rey tiene la eleccion, porqlle el rey no tiene más
que la eselusioIl, en virtud de la cual puede escluir de tres personas
dos; pero no puede escluir el elemento que constituye el todo de las
propuestas, y este elemento será el mismo que forma el cuerpo popu-
lar. Así, si nosotl'OS est'lbleciésemos el senado de eleeJion entera-
mente popular, sin algun eorrectivo, no habremos llenado el objeto
de su creacion, que es que represente lo que la cámaril. !lO puede re-
presentar. Pues ¿qué correctivo se ha puesto á esa eleceion? Las di-o
ferencias esenciales que debe haber entre una y otra cámara.


)) Las córtes han aprobado ya en las bases de la constitucion, que




DE LA CÜIAnA VITALICIA. 417


haya diferencia en las cualidades personales ele los senadores y en la
duracion de su encargo. Las cllalidaues de los individuos ¿cómo se
pueden dctcrminar? Por los principios que acabo de establecer. La
c:'tmara popular representa la juventuu, pues la otra debe represen-
tar la edad provecta; y ¿eúmo la representará? Siendo de edad pro-
veeta los individuos que la compongan. No entro ahora en si han de
ser 30 allos, Ó 35 ó 40, porque esa es una cuestion secundaria; ha-
blo ahora solo del principio, que cs dc absoluta necesidad. Los sena-
dores no pueden menos de ser de mayor edad que los diputados, y
por eso la comision les ha dado el nombre de senadol'es mas viejos.


n¿Cuál es la otra circunstancia esencial que deben tencr Jos sena-
dores para diferenciarse de los diputados? ¿No hemos dicho que el
congreso de los diputados representa la esperanza, el porvenir? Pues
bien; aquí debo estar ]u. fortuna ya hecha, la posicion social ya adqui-
rida. Por eso" la comision propone que deben los senadores tenor mo-
dios de subsistencia diferentes y superiores á los diputados, porque
de esa manera representan verdaderamente la existencia actual y ase-
gurada. Así, sellares, hasta ahora vamos viendo que el senado 1 se-
gun la üomision ha propuesto, va satisfaciendo á los elementos que
son illLlispensalJles en ese cuerpo.


nPcro nos falta otro, porque hemos indieado que el congreso de
los diputados representa el progreso y el movimiento, y que el se-
nado uebe representru' la resistencia y la inmovilidad. Plles esto lo
propone por el medio de lJllG sean vitalicios. Necesitan, pues, ser vi-
talicios para tener esta eualitlad; y lo necesitan tambien por la COIl-
sicl0racion que indiqué al principio de mi discurso de ljue el sonado
ha de ser un gran juez, no solo tle los ministros, que esa es ya una
consiLleracion secundaria, y se porIria huscar otro merlio de juzgar
estos, aunque nunca seria tan bueno como este, sino que ha de juzgar
de las grandes cuestiones políticas, en las divisiones y contienclilS que
se puedan suseitar entre los otros poderes.


» Y si para los jueces C01t1UllCS ljue han de juzgur de los casos 01'-
dinLlrios, y de intereses mucho menor para la sOGieuarl, se exige que
sean vitalicios como cualidad illilispensable de independencia, á este
gran juez, ill gran juez político, ¿se le ha de negar esta eirüunstan-
cia? Si se reqilirm~ par:l jlleces que, sin tralar de nÍngun modo de
~7




418 DISCURSO E" DEFEliSA
ofenderlos, llamaré yo máquinas ele aplicacion, porque han de obrar
encajonados dentro de las leyes, sin que se puedan salir de ellas, ¿no
será más necesario que donde se ha de juzg'ar , no sobre las lAyes
escritas, no sobre derechos parliculares, sino sobre los graneles in-
tereses públicos de uua manera enteramente discrecional? Me parece
que las córtes se contradecirian notablemente si pretendiesen que los
mag'istl'llclos comunes sean inamovibles, porque tic ese modo serán
independientes, y prescinllirian de esa cualidad en este gran juez,
que necesita rnuu]¡o más.


lJPoro, soñares, se hace una objecion á este sistema ¡JI] la eomi-
sion de que sean vitalicios los senadores, y se dice qlle el senado, aUIl-
que de eleccion popular, si no se sujeta á la reeleccioll y á los tran-
ces de la urna electoral, olvidará su orígen, y se inclinarú ú defelltler
más de lo que debe las prerogativas de la corona, de la cual todo
hombre en sociedad tiene algo que esperar. Señores, yo tengo sobre
esto una opinion particular, que para mí es de 1[\ última evidencia, ~l
saber: que los señores que pretenden que el senado se renueve perió-
dicamente, para que consene en accion el inten':'s pOlmlar, van ú con-
seguir lo contrario, pues el único modo de obtenerlo cs que sean vi-
talicios. Esto parece una paradoja, pero voy ú dcmo:'ll'arlo.


llSe supone, señores, que el poller poplllar y el ejoL:ulivo están 1311
l~na especie de pugna. No es tan cierta esta hipótesis; pero en aten-
eion á que se han apoyaLlo en ellas observaciones de los que impug-
nan el artículo, es indispensable partir de este supuesto. Supongamos
dividido el senado en flos secciones, una monárquica ell estremo, y
otra tambien en estroma popular_


nDicen los que impugnan el dictámcn: si sujetamos ú los sena-
dores ú la renovacion, ú que sean reelegidos, se les impctlir{L que se
pasen á defender la corona más allá de Jo que deben en perjuicio de
los derechos rlel plleblo. Este es el argumento, es I'cnlaLl; pero las
córtes han determinado que la decaion no sea solo hecha por el pue-
blo, sino que ha de ser con intenencion de la corona. SlIpol1g'amos
clividida la cámara de senadores en la forma qne he didlO; es nece-
sario hacer otra obsenac:ion, y es que en c:ada UlJa ele las Llos seceio-
!les en que esta se divida, habrá una docena (1e personas Cjue bien
pOI' su elocuencia ó por su instmecion, ó por otra cualidad, resaltará




DE LA CÁMARA VItALICIA. 419


sobre los demás, y será el alma por decirlo así del particlo. Pues á
esta docena de personas de cada partido tendrá interés en eliminar
elel senado la corona (¡ los colegías electorales cuando llegue el caso.
y en esta contienda de eliminaciones, ¿quién será más diestro, quién
más consiguiente, qnién más perseverante; en una palabra, quién ven-
cerá? Supongamos que la corona y los cuerpos electorales consiguen
su objeto con igual éxito, y que quedan eliminadas todas las notabili-
dades 0ulminantcs de los dos partidos, ¿á qué qUedará reduódo en-
tonces el cenado? Al cuerpo más insigniflcante del mundo, que en
méwera ninguna podrá llenar los altos flnes de su instituto. Ocuparán
solo los asientos del senado esa clase de hombres insigniflcantes y
llulos que en todas épocas prosperan, porque no sirven para nada;
aquellos que tan bien se avenian con el gobierno de Calomarde, como
con el de Cea, con el dcl estatuto y con la constitucion. Estos que
sirven para touo preeisamente , porque en la realidad no sirven para
nada, esos serán los únicos no eliminados.


»Pero hasta aquí hemos supuesto iguales ventajas de una y otra
parte en este cuerpo jmleflnido de eliminaciones sucesivas, y esta su-
posicion es absolutamente falsa. La corona en esta parte es inflnita-
mente más poderosa que los colegios electorales; pues que su accion
es más concentrada, y se ejerce por un corto número de personas que
no pasan del monarca y sus ministros. ¿Y qué sucecle por el contra-
rio en las provincias al tiempo de las elecciones? ¿No se hacen entre
los electores eÍArtas transacciones? En mi provincia, por ejemplo, ¿so-
mos lodos los elegidos de igual color? ¿,No está demostrado que en la
eleecion han mediado algunas transacciones? Esto sucede en todos los
paises elel mundo. Por manera, que á la sombra de estas transaccio-


\
nes, á la somhra tIe los amaños, á la sombra del crédito indi vidual de
los mismos caIli lillatos de la corona, pasarán estos si no en una pro-
vincia en otra, al paso que no pasarán por el veto del ministerio los
candiuatos queridos del pueblo. As! que los que piensan poner un
remedio á los defectos del principio vitalicio para establecer una cá-
mara más popular, se han equivocado completísimamente. Esto debia
haberse eonsitlcrado antes de hé.lborsc uecretado lo que se decret6
ayer 6 antes de ayer. Abara la consecuencia legítima, 16gica, es que
para que tonga popularidad es preciso que sea vitalicia.




420 DISCURSO EN DEFENSA
IlEs menester no caer en esa inconsecuencia, que será perjudi-


cial al elemento popular, al pueblo, y no á la corona, pues resullará
un senado precisamente contrario á lo que se proponen lós auversa-
rios políticos de la cuestion actual, á los cuales puede decirse: «(¿Quc-
reis elemento popular? Dejad la cámara vitalicia. ¿Quereis que se re-
nueve por eleccion? Estad seguros de que en ella dornimrú el ele-
mento ultra-monárqnico.»


))Pero estos defectos tc']üvjü no son los mils capitales; yoy ahora
á manifestar el defu,to capitalísimo que tiene la rcnovacion. ¿Para
qué hemos dicho que debe estahlecerse el senado? Para evitar los
efectos de la lucha entre el cuerpo representativo y la corona, por-
que de ellos puede venit, la !'uina de la libertad de la patria.


nAsí he dicho al principio que los grandes publicistas deducen de
aqulla necesidad de nn tercer cuerpo; pero esa lucha de suyo po-
dria terminarse, porque la cualidad del cuerpo represcntativo es que
sca variado y de corta variacion sus poderes; y así, (¡ bicm por con-
cluir estos, ú bien ponlue el rey use de la prcrogativa dc la disolu-
cion, podrá de suyo tcrminar esa lllcha. Pero ahora vamos á esta-
blecerla entre dos cuerpos eternos, invariables, inamovibles, entre el
cuerpo electoral y el monarca. Antes estaba entre el congreso de
diputados y el rey, y queJ'iendo evitar esto no hemos de establecer el
senado de modo que la lucha exista entre el cuerpo electoral y el mo-
narca, entre esos dos cuerpos que son eternos, inamovibles, que no
admiten ningun cuerpo intermedio que los concilie.


nAs!, señores, si se hiciese esta variacion en el arlícll!o, el sena-
do, lejos de llenar el objeto que le dan tOilos los puhlicistas, cstabli'ne-
ria una lucha mucho más peligrosa por la ese:1cia ele lo.' poderes que
entrarian en la contienda.


nPor manera, señores, qne es una consecuencia indispensable de
lo aprobado ya que el senado sea vitalicio, y es de esencia suya el
que lo sca. Yo creo qu'; estún prohadas las dos proposiriones. Tal vez
las razones espuestas lIO tendrún fuerza bastante para algllnos señores
pcro para mí la tienen hasta el último grado de evillcllcia; cuLla uno
tiene su cabeza, su lógica y su modo de ver; por eso be dicho al prin-
cipio, que no trataba de satisfacer á las objecimws lInc se han hecho,
sino solo de presentar algunas razones, que pararní son delmayorpeso.




DE LA CÁMARA VITALICIA. 421
nSin embargo, se ha hecho una objecion á la cual sí contestaré, y


la comision va á dar un testimonio de sus deseos de conciliacion, su-
poniendo alguna modificacian en el al't. 14, para lo cual estoy auto-
rizado por todos los inrlividuos de la comision, incluso el Sr. Olózaga,
que aunque en esta parte se ha separado Je la comision, en aquel
artículo está conforme con ella.


nSe ha dicho que el sr;nado, tle la m:lllera que se establece, tiene
una consistencia, una inalterabilidad, por dceirlo así, que puede ser
perjudicial; que estableciém10se un senado vitalicio con un número de
individuos dcterrniuaLlo, imariable, en el caso que ocurra una coli-
sion de opiniones, una divergencia de pareceres entre ambos cuerpos
sobre una ley importante, que en tal caso no se presenta remedio
ninguno por la comision.


))1a comision le daba en el curso natural ele la facultad que tiene
el rey de disolrer el congreso de los dipulmlos. Ha partido de un
principio, y ha dicho: supongamos que el 8enaelo desaprueba una ley
importante ql1e haya sitio ap!'Oha(la en la otra cámara; el gobierno,
por lo importante tle la ley, se V8 en el caso de disolver esta; el pueblo
toma parte eula cucstion porquo so iulcresa; viene la nueva cámara,
y entonces el senallo, quo ha visto pronunciarse la opinion pública de
un modo solemne é inequÍl'oco, ¿se ha de resistir? imposible. Ha par-
tido de este principio; pero hay algunos señores que creen que es po-
sible que rm;ista, á pesar de lo que entiende la comision.


llDigo, señor, qne cala opinioll de la comi3ion nunca puede veri-
/lcarse la resistencia llespues ele pronunciü:da la opinion de una ma-
nera solemne, por medio de unas elecciones latas, libres y es tendidas
corno se proponílrán, hechas ad hoe. La opinion de los señores, que
sin embargo de osto recelan que pueda verificarse, podria sostenerse
hace dioz ó doee años; pero han mediado despues hechos de talnatu-
raleza, quo llestruyen esos tumores completamento.


llDos voy ú referi¡' que han pasado á nuestra vista, los cuales
tlestruyen esas cloctrina" y e~os temores. Los c:,~critoT'es sientan sus
teorías, obsenalHlo los hechos y gener;:t1izándoJos; nosotros estamos
en el caso de haber obscnado ciertos hechos posteriores á esas doc-
trinas, que calinean el temor de nuestros impugnadores do un t¡;mor
ideal, y el caso que proponen de puramente metafísico.




422 DISCURSO EN DEFJ!:NSA
)) Un hecho. En Inglaterra el Estado estaba organizado de una


manera singular, que era menester tmiesen presente los que quieren
presentarla siempre como modelo. Allí el cuerpo poderoso, el único
poderoso era la ciÍmara de los lores, más quo el rey: así se dice vul-
garmente, que el rey no es más qne el primer lord. No hablemos de
su poder respecto á la cámara de los comunes. Esta no era más que
Ilm yerdaLlera acopcion, porque era nombrada casi esclu~ivtlmente
por los [ores y por la COrOllCl. Todo el porlet' polItico oelaba en las fa--
milias aristocráticas, que eran 1l1lOñüs cn.si esclusivas drl territorio;
pero el progreso ele los tiempos y ele la riqueza comercial y fabril
han llegado á formar intereses ele nn nuevo órilen, superiores en illl-
portanoía á los de la riqueza territorial, y entonces el pueblo ha di-
ellO: la parte que á mí me toca de la aclministracion del Estallo, renga
aquí. Esto era una revolucion grande, estraodinaria: la cúmara la
resistia; sin embargo, el pueblo lla cli,;ho: el interés mio es 01 primero,
el más poderoso; y tú que has hecho hasta ahora el primer P,lP81,
baja en adelante á hacer el segundo. El pueblo lo pidió, la opinion
pública lo exigió con fuerza; la opinion pública pidi() que se refor-
mase el parlamento, y eL parlamento se reformó; y puede decirse con
toda verdad que la aristocmcia tu\'o que suicidarse con el puñal
popular.


))Otro hecho, señores. La Fran(;ia tenia tambien establecido el
principio aristocrático, el prineipio hereditario. La Ctlrta de Luis XVIII
componia la segunda cámara de pal'es hereditarios y pares vilalicio~;
pero como esta, amalgama heterogénea esencialmente monstruosa
é insubsistente, el elemento hereditario se sometió, por decirlo así J tll
elemento vitalicio; de modo que cllanllo vino la revol'Jcion del aüo 30,
puede clecir~e que emB hereditarios todos los pares, escepto los de
la última jornada (le MI'. Polignac.


»Al pueblo frllllCé5, sobre el cual babi:lll pasado muchos siglos
en pocos lUJOS, siempre babia cansado gTan repugnancia el elemento
aristocrático, que la revolucion habia estirparlo para ~iempre, y lo bu-
biera becho desaparecer ele la carta la rcrolucÍon de julio, si no 8C
hubiesen puesto en práctica grandes intrigas para dilatar la cllcslioIl
hasta que se reuniesen las cámaras posteriores.


)) Vino el tiempo de las elecciones, y entonces el pueblo manifestó




DE LA CÁMARA VITALICIA. 423
su apinion, y dijo: eámara hereditaria, de ningul1 morlo. Fueron los
diputarlos, se abrió la disclIsion, y el famoso Casimiro Perier defen-
dió C011 el mayor calor e~ta institucion. Xada ha defendido con tanto
interés, ni la libertul, yeso que ha sido uno de los más esclarecidos
y ardientes defensores, hasta el punto de decir que apelaba en aquella
cuestion ele la Francia ciega y fascinada, á la Francia cuenla y tran-
quila. La oámal'll tle los diplltildos decretl! sin embargo la proscrip-
cion del principio llOreditario, y po,só h ley el la otra c8.mara. Esta, que
era hereditllria, que tenia Lodas las pretensiones de los antiguos no-
bles, qlIO subian su prosapia ú los tiempo~ do Cárlo ~ragno y los de
los mariscales del impprio y ele los grandes tlOmbres que habia creado
la revolueion, ¿r¡llé es lo que hizo? ~i diseutiria casi siquiera; llora-
ron, se lamelltaron de Sil mala suerte, pero al fin tomaron el puñal
que les daba el pueblo, y se suicidaron.


))1<:slos dos hechos, señores, demuestran hasta la última eviden-
cia que los temores que IJay hora son infundados: ¿qué cucstion se
pueLle proponer jamús que mús repugnancia presente al senado? Este
senado que nos proponemos formar aIJora, ¿tiene que defenrler inte-
reses propios:! Si no los tiene, si no los representa, si no es más que
un yitaIlr;io que 110 tielle lliug'un {lri "ilegio Lle clase ni de familia que
defender, si solo ha ele tratar cuestiones de interés general, ¿cómo
se ha de suponer que opondrú \Ina resistencia obstinada al voto de
lo, cámara de los diputados, manifestado solemnemente por dos veces
consecllti vas'? ¿Cómo es posible esa resistencia siendo el misllio se-
mdo jlroducto ele la eleecion pO]llllar? Ese caso, elice la comision que
es ideal y puramente metafísico, y esta es la razon por qué ha pro-
puesto el ürtir.:ulo de ese mOllo, y hO, creido que no habia necesidad
de c:::o fJue se llama quehrar la l1l'lyoría para ponerla de acuerdo con
la otra CÚllJürlt.


))Sill embargo, la I:omisiolllta oido aquí II algunos señores, que
qui"iuran cino en E'l arlicnlo 1 í se hiciera una alteracion, á saher:
qno ce estableciese un múximo y un mínimo, qnp el mínimo fuese el
estado normal, habi tual de la eúmara, y que la diferencia del míni-
mo al mlnimo fuera el medio que la ca rOlla tu \'icse ú su disposi-
cion para poder alterar la mayoría del senado en casos estraordina-
rios: por supuesto que el nombramiento de esa diferencia habia de




424 DISCURSO EN DEFE~SA DE LA CÁMARA VITALlCIA.
ser tlel mismo origen que el todo del senado. La comision, seiiOl'es,
lo deelam por mi órgano solemnemente, y todos sus individuos están
convenidos en ello, que puesto que muchos seilOl'CS diputados desean
esta reforma, retirará el artículo 14 y hará esta variacion cuando
llegue el caso, no porque la crea necesaria, sino porque juzgo que
no es perjudicial. La comision desea el acierto, y no pnerle tener
más interés ni otras miras que hacer la felicidad de csta pobre pa-
tria en cuanto alcance.


»Pero respecto del artículo 19, en cuanto á la calidau vitalicia,
la comision no puede ceder de su primer propósito, porque la cree
esencial rIel cuerpo que propone, y porque en el momcnto que las
córtes han declarado que los senadores han de ser elegidos por el
rey á propuesta de los electore:'i, desde aqu81 momento crcyó indis-
pensable qne el senado sea vitalicio; porque de otra manera los que
pretenden que por ser Ile origen popular debe ser temporal su du-
racion, van á resultados directamente opuestos de sus deseos, y no
lograrian más que hacer desaparecer los elementos populares de la
prirnem eleccion, que tal yez en las otlas no se volverian á repro-
ducir.))




PALARÉA.


Son las guerras y las revoluciones para las almas ar-
clientes lo que la primavera para ciertas plantas tropica-
les: que germinando ocultamente entre la tierra durante
el invierno, brotan de repente á las primeras lluvias, y
álzanse erguidas y fronrlosas asombrando por su vigor y
lozanía al poco tiempo de haber brotauo.


Esto cabalmente sucede con ciertos hombres. Oscu-
recidos y al parecer tranquilos en tiempos de calma, sa-
len á la superficie á la menor alteracion de la sociedad,
en cuyo seno dormian, y descollando entre sus conciu-
dadanos instantáneamente por su v[llol' Ó por su talento,
conquistan un nombre y alcanzan una reputacion qUé) á
ellos mismos asombra, porque como los rlemás ignoraban
ó no conocian bien esas cualidades especiales á cuyo im-
pulso se han elevado.


Las revoluciones y las guerras, repetimos, son la
piedra de toque á cuyo contacto revélanse en todas épo-
cas y paises los verdaderos génios, los hombres dotados
de s.lma ardiente y levantado COl'azon, ue espíritu firme
ó de elevada inteligencia.


Merced á las guerras y á las revoluciones, registran
varias naciones en sus anales nombres como los de Vi-




426 PALARÉA.
riato, Cromwell, Napoleon y Cabrera, célebres perso-
najes en sus respectivos paises que, á haber vivido en
tiempos de calma y de ón1cn, hubieran si(1o natuntl-
mente un oscuro pastor el primero y un rico cervecero
el segundo; el héroe frances un buen oficin.1 de artillería,
y el generc\l carlista un call1'.~Ql'a de pueblo.


Aunque en menor escala, y sin que pretendamos de
ningun modo establecer cOllllJal'iLCiolles, Ú la gucITa de
la inrlcpc/l(lcllcia y á la re \'01 ue ion politica y social que
en la pellÍnsula produjo, hall clelJitlo muchos (1e nuestros
hombres públicos su l'eputacion ele tales, y entre otros el
diputado Palaréct, que á no haher sido pOi" las circuns-
tancias de lROR hubiese muerto prolJablemcnte en .Mur-
cia ejerciendo con más ó menos t~lll1a su profesion de
médico.


Convertido de pronto en guerrillero en la época men-
cionada, como otros muchos que abandonaron sus hoga-
res y traharon la lucha con los franceses, lucha de muer-
te entre peligros y sacrificios sin cuento, no tardó el
m6rlico Palcu'á¿ en clistiuS'uir:se por S11 arrojo, por su
talento de organizaeion, por su capacicbd militar.


Libertada la nacion del yugo estl'anjero y ascen-
dido á jefe del ejercito; siguió Pa!(lJ'é!t la conducta de
la mayor parte de los guerrilleros cspaúoles, 'lue ofus-
cados por la fortuna, mal apagada la mnlJicion que or-
dinariamente engendra el espíritu militar, y dominados
por su carácter inquictü y por la necesidad de movi-
miento y agita'2Íon ú que los lenia acostumbrados la
guerra; se hicieron políticos, y contribuyeron más que
todos y en diyersas épocas á <1 ne la revolucion espa1101"
eaminúra con m'l~ ó menos prudencia, con más ó menos
utilidad para el p:Jís, hasta el punto en que ha llegado.


Nomlmulo PalaJ'éci diputado en lR20, afiliose desde




PALARÉA. 427


un principio en el bando exaltado, y tomó una parte ac-
tiva en cuantas cu~stiones políticas de alguna trascen-
dencia se ventilaron en:lq nellas eórtes.


Defensor acérrimo de la libertad en su más ilimitadct
aplicacion, disculpaba los escesos del pueblo, pedia eon
frecuencia medidas de rigor contra los palaciegos y cons-
piradores, y éxigia la destitucion de los empleados tibios
y de los ministros moderados.


Acusaw10 al ministerio de 1821 de inepto y de in-
fractor de la Constitucion, esclamaba con notable yehe-
mencia: cCuando aquí un diputado trata de exigir la
responsabilidad de algun funcionario público, llO habla
corno individuo particular, sino como represenümte de
la nacion, en cumplimiento del debcr sagrado que la pa-
tria le impone de sostener la constitucion y defenderla ~t
todo trance. Eso hemos jurado; á eso se nos envió ú este
augusto congreso; así lo prometimos al Supremo Hace-
dor del universo.


D Como individuo particular respetaré ti cac1a uno de
los ministros; pero como representante de la nacion pe-
diré cuando haya motiyo su responsabilidad, y cumpliré
así mi deber, aunque supiese que al concluir mi dipu-
t::tcion habia de quedar sumido en la Illiseria, aunque
supiese que al salir por aquella puerta hahia de caer mi
caher,3, de los hombros. »


General del ejército de la reina e1l la tercera época
constitucional que vamos atravesando, tOllJÓ asiento en
el congreso de diputado>; en las primeras legislaturas,
pero sin distinguirse por la palabra, pues, con muy lige-
ras escepciones, los oradorcs de 1820 quedaron oscure-
cidos entre los diputados moc1emos, más elocuentes, más
arrebatadores, mús brillantes que los de la segunda épo-
ca constitucional de que nos vamos ocupando.




428 DISCURSO


Discurso sobre la sub1evacion militar de 1835.


«Sellare,,: Conmovido mi corazon por las escenas de antes de
ayer, no sé si acertaré todavía, á pesar del tiempo que ha trascurridQ,
á espresar mis sentimientos, y á esponel' con la debida calma mis
opiniones. Antes de ayer fué un dia de crísis para la libertad de nues-
tra patria, un dia de lulo para todo amante de las leyes, del ól'den,
de la libertad legal de los españoles y del trono de nuestra augusta
reina Isabel II. Identificado con ella, . ,i puello, voy ú hahlar en esta
materia con la franqueza que me es caracteríslica, y de que teug'o
dadas muchas pruebas, tanto en las córtes actuales como en las de
los años 20 y 21, de las que tuve el honor de ser diputado tambien
por la misma provincia qne en las presentes.


))Io no lml'l:-' señore", la protestacion de fé de mis principios po-
liticos; proclamados hace mús de 2í3 años, sellados con mi sangre,
con el sacrificio co~t030, pero yolnntario, de cuanto el hombre tiene
más apreciable sobre la tierra, no creo necesario el csponeL'los, y me-
nos en este augusto recinto, llonde tantos mo conocen, hasta en las
particularidades de mi yicla pril'ac1a. Testigo es tambien tollo Madrid
de mi conducta patriótica é invariable, tanto en la próspera como en
la adversa fortuna. Militar por patriotismo, jefe desde 1809, y ha-
biendo escogido, desplles de II na llladura deliberacíon, el hacer la
guerra en estas provincias al tirano USllr¡xllior que destrozaba nuestra
p~tria, soy y seré siempre, íntimamente eoni'cncido de su importal1-
cia, uno de los sostenedores de la severidad ahsoluta de Lt disciplina
militar. Sin ella no hay victorias, sin ella no hay (¡rden, sil) ella no
hay libertad, sin elh no hay ejército. Desde el momento mismo que la
disciplina se piQrde (¡ se relaja, la fllerza armarla deja de ser el illS-
trnmento sostenedor de las leyes, de la libertad y de la independencia
nacional, y no viene á S81' más que la C<1.usa de las desgl'acias de la
nacion. Mientras que d ejército de Homa fné modelo de la disciplina,
Roma fué la conquistadora del mundo y la señora de todos los impe-
rios; yen cuanto decayó lit disciplina, Roma fué presa de los búr-
baros.




SOBRE LA SUDLEVACION MILITAR DE 1835. 429
)) Yo censuraré y criticaré siempre la falta de disciplina que se


cometió antes de ayer; pero ¿debemos nosolros mirar el hecho de
aquel dia solo bajo el aspecto de la insubordinacion é indisciplina? No,
señores; lo debemos mirar bajo de dos aspedos: primero, debemos
atender á las Gircunstancias que nos rodean; y segundo, debemos mi-
rar ú los promotores de la rebelion. Los ejecutOl'es de este crímen no
son más que un instrumento; la mano oculta que los movió, el delin-
cuente principal es el que se oculta todavía, y el que debe casti-
garse. Yo \'í el aquellos individuos que no eran todo un batallon
(es menester no aumentar ni disminuir); yo les vi salir de la casa de
Correos, tambor b:tliente, la bayoneta armada, y la piedra puesta en
la llave: yo lo~ \'í desfilar, y los conté casi exactamente, y eran ele
570 á ;)80 hombres nada m[ts. ¿Y pudieron creer que esta corta
fuerza habia de dar la ley á la nacion española? Qué ¿habia de ser su
yoluntad la espl'esa lle toda la ilustre gual'nicion de Jladrid, de su
milicia urbana, y de tocIos los halJitantes de esta herúica capital? Si
no contaron con otra cosa; si no se les hubiera hecho creer que ha-
bia algunos más que ellos en la trama, y comprometidas porsonas de
más eatogoría, no se hubieran arriesgado á eometer el crimen que
cometicron. Yo no lo puede creer. ¿(Jué dig'o? á voz cn grito lo pro-
cL¡maron ellos mismos. A1luellos desgraciados manifestaron púlJlica-
meate que se les babia hecho creer que habia otros muchos individuos
y otros cuerpos, y aun pJl'sonas de alta categoría, que se pondrian á
su cabez:i.; qne so uniria á ellos mucha parle de la püblacion, etc., etc.
Yo lo oí de boca de muchos que se lo habian oiLlo á ellos: yo llegué
al momento L1e marcharse, y lo confieso francamente, las lágrimas se
me sallaron de los ojos al ver un batallon tan valiente que hubiese
cometido un crímen, fjne os el colmo de la insubordinaeion en la mi-
licia; y si o';tuyiora en disposiciün, al deeto yo pediria á la reina Go-
hernadora el ponelmr: al fl'cnle ¡le ellos para ir á pelear cOlltm Zuma-
lacárt'egl1i, seguro de küil' á fuorzas tres veces superiorc::i. Yo decla-
mo, y declamaré siempro, conlra los autores do este orímen y de las
desgracias que hubieran podido suceder; y si no demos una ojeada, y
VCdmos los acontecimientos cúmo sucedieron, y cúmo debieran suce-
der si hubiera llegado la noche, y Ei simpatizando con estos indivi-
duos, porque daban io~ mismos gritos de ISélbel Ir y liberlmi que los




430 DISCURSO


sitiadores, se les hubieran unido algunos esparciendo el Jcsórden y
la Jescol1fianza, ¿y entre quiénes? entre los liberales, que eran los
únicos cUyil sa~lgre se derramaba. Los verdaderos enemigos no se
presentaron, no: yo no ví en el suceso de antes Je ayor, lo conlieso,
sino la mano primorJial, la principal que lo movió, la que quedó
oculta; yo no vi sino al partido del Pretendiente, que siempre nos
está. amagando para introducir la division y la cliscorJia entre los li-
herales. ¿Cuál ser~t el efecto que pro:luzca esta noticia cuando llegue
á las provincias por el grito Jc los satélites Jc nucstros encmig'Os?
¿cuál será en las naciones estranjeraf:, donde encuentra simpatías ese
pilrtido retrógado, amante del despotismo? Nuestro crédito perderá,
y se dirá que entre nosotros hay un gran partiJo que trata de fomen-
tar estos desórdenes; en una palabra, qne pucela tener esperanzas de
que nos suceda lo que en el año '1823, JlorlJue la division ha entrado
ya entre los defcmores de Isabel Ir; y 116 aquí por lo que yo creo que
km siJo sugestiones de nuestros enemigos, pues hay j 6venes ines;¡er-
tn,'; que seducidos pOI' las voces mágicas de Isabel y libertad, y vien-
do en su fantasía peligros <]ue_ no pueden existir mientras los esta-
mentos se hallen reunidos, se arrojen á cometer un crimeIl.


),ElrGsultado es que en mi opinion particular, y creo que no me
ci)uiroco, el suceso de antes de ayer es una yietoria para el sangui-
lurio preteIl!liente que tI'ata de USllpal' el trono de Isabel Ir, y poner
(ll yugo feroz que no consentirá la nacíon española,


))Lo que ha dado mayor impulso, y ha sido orígen inmediato, y
el verdadero motivo de este fnnesto acontecimiento, en mi opinion, no
es otro que la descontlanzrr que se ba tratado de infulldir entre los
patriotas, no solo por las hablillas generales que ha lmhido, ~ino basta
por los mismos periódicos, ¿y qué periódicos? Es mrnester decirlo; los
mismos llamados ministeriales, constituirlos hajo la cfmsnra, han di-
cho que se trataba Lle un cambio de ministros; que no habrá union
entre los individuos lIue componen el actual gabinete; y que este
cambio, de que se trataba, era en ~entido retrógrado.


nEsto han dicho los ministeriales que lJan alabado en otras oca-
siones Imsta las medidas que el estamento juzgaba inoportunas; y ú
fuerza de repetirse esto, y por personas que parece qne debian estar
bien informadas, ¿cuál era el resultado necesario? La desconfianza;




SOBRE LA SUIlLEVACION ~llLlTAR DE 1835. 431
consecuencia quc uo tendrá nildil de pilrticulilr. Los individuos de imil-
ginacion ardicmte y de poca reflexioll tratan constantemente de la li-
bertad) porque es la comersaeion elel dia. lo mismo que durante la
gllcrra (le la llldcpemlcucia lo rué de las operacioncs militares; y así
como vimos cnlonces hastil las verduleras en S113 puestos, los agua-
dores en lo. fuentc, y las cocineras fregamlo CH sus cocinas hablar de
los generales en jefe y de las opcraciones militares con un tono tan
decisivo y m'lgi"tl'ill, como pudieran haherlo hecho TUl'cna, Fe-
derico JI ú Xapolcon; de b misma manera en el diil hombrcs
fine no conocen la lihcrtild sino de boca, hablan del modo de ar-
l'eg ~aj' el golJicrno y la sociedad con un tono y de una manera quc
es preciso tOlla li1 tolerancia dc los venlallet'os liberales para oirlos
tram¡uilal1l811tc. Pucs individuos de esta clase se han dejado seduc'ir;
y sin sabei'lo ellos, nOlltra sus ¡:entimientos, contra sus opiniones, ~e
han dejado alucinar por el partido enemigo, por el Cjtle jamús triuil-
fará de lu lilJertlld é illLlcpemlc)I¡cia ¡Ju la nacion, identiOcadas con Al
trono de nuestra júvcn reina. ¿Y Ú e~lla clesconOanza, quién ha dedo
mOlÍro? Yo lo diré con fratH]UeZil y con sentimiento; en mucha parte
el mini'lc,.io. Yo re')Joto, diré mús, amo ú sus individuos; compañe-
ra de liJ. J1]ayoría del actl1al ministerio en j 820 Y 1821, conozco y
respeto sus "irtucles cívicas, sus talünlos, su ciencia, su patliolismo
y sus conocimientos; pero no es lo mismo esto qUA haber adoptado
para gobermr el sistOfn:J. ql1e mejor convenga á la nacion. Como lo
il1llicú ilycr el Sr. Comlc de las Xavas, no todos los hombres son para
todo; y como di.io el señor presidente nel ConsAjo de ministros, no es
lo mismo tener celo patriMico que acierto. Yo creo que este es el quo
les lla faltado iÍ. los ministro.~: a"í S~ hél yisto en muchas de las mo-
llidas r¡110 han tomado, y pn]' lo cllal mUc!JÍsimas \'eces he votado
contra ellos; PO]'(lll0 en ;ni concicneia, clospues do Imbcr mellitallo
bien sobre la malcria, ¡le ercil]O quo no ilcort"ball Cll los medios do
asegurar la rljlil:iLlad ¡lJ la nacion.


nHcn:os rcc!annllo, señores, d()';C]c el principio de esta legislatura
quo fuesen sanriona¡Jos, C·OlTí.O conseeuo!1cía rIel Estatuto Real, los de-
redlOs de los españole:::; hemos reclamado la libertad de imprenta;
¿so nos ¡¡él eonnc·lidu'( ~o. ¿Es necrsaria? Sí; prccisamente los hechos
de antes ¡Jc aycr son una conlll'macioll de esta verdad. En el año




432 DISCURSO
de 1808 la opinion estraviada por manejos ocultos dió rn{lrgerfá
iguales sucesos que el de antes de ayer. El benemérito genoral San
Jnan fué sacrificado en falavera de la Reina bajo el pretesto de ha-
bel' sido traidor, ¿y quiénes deeian esto? Los que huyeron del campo
de batalla, ,.dondo dicho general se qucLló el último poleando ro-
deado de enemigos. En otra ocasion qued(J tambicn solo con su
plana mayor cn el campo de batalla el ilustre general Blakc que la
mandaba; muchos indiriduos apellidándole traidor huyeron vergon-
zosamente, habiendo algunos que para correr mejor aualldonal'on los
cllballos.


nEstas calumnias se esparcian, y la opinion se estraviaba. ¿I
cómo se corrigieron tales abusos? ¿y cómo se restableció la dis-
ciplina en los ejércitos? La libertad de imprellta que se SílllCiollÚ
en 1810 fué un poderoso correcti \'0 que ilustní la opinion, rectificó
muchos errorcs, y ()ontribuyó á establece!' la r.lisciplina, demostrando
su necesidad y su importancia, y las Ínjusticias y los crímenes que se
habian cometido por la insllbonlinacion y la indisciplina. Cuando la
opinion tralaba de manchar la conducta militar de algun general, la
libertad de imprenta evitaba estos desórdenes; ella es el correctivo de
todos los males en un gobierno constitucional; y si causa alguno~ per-
juicios momentáneos, ella misma los cura á imitacion de la lanza de
Aquiles, que segun las ficciones de los poetas curaba las heridas que
ella misma causaha. Si nosotros tuviéramos libertar! de imprenta ver-
dadera, sin prévia censura, las calumnÍas que se han propagado estos
días no hubieran proclucido el funesto efecto de !laber sido asesinado
el capitan geneml de esta pl'orincia pOI' tropas que estaban ú sus úr-
clenes, ó enemigos ocultos que han ocasionado esta insubordinacíon
y este crímen.


n Ya se dijo ayer por algunos señores preopinantes que no ha y en
el ministerio ni la union ni la conformidad y armonía de sistema ne-
cesarios para llevar á cabo las instituciones íjue nos rigen; y para creer
esto el estamento tienc datos positi \'05. Pues qué, ¿no es falta' de uni-
dad en el ministerio estarse pidienuo en este estamento la abolicion
de las medidas sanitarias como se hallaban establecidas, y al dia si-
guiente salir publicado en la Gaceta por el ministerio do lo Interior
un real decreto anulando todas las que existían, cuando el mismo día




SOBRE LA SUDLEVACION MILITAR DE 1835. 433
anterior el señor secretario del despacho de Estado y presidente del
Consejo de ministros lo ignoraba? Esta es una prueba positiva de la
discordancia del ministerio. Yo no me estenderé á referir más casos
que se pudieran citar; porque no es mi objeto hacer una relucion de
ellos, y sí solo manifest:u' que ha babido fundamento para que el pue-
blo sospeche que no hay la union ni la uniformidad que se necesita
en un gobierno representativo, y sin la cual, señores, no se puede
marchar: primero, debe existir la union entre los individuos que com-
ponen el ministerio; y segundo, entre estos y el estamento. De la
falta ue aquella he presentado, entre muchas que podria citar, una
que no tiene respuesta. De la falta de la segunda es otra prueba in-
contestable la presente Lliscusion, pues si fuera así, si el ministerio
tuviera con el estamento la union que debe, si tuviera en él la con-
fianza que corresponue, ¿hubiera aguardado á que nosotros hubiése-
mos tomallo casi por asalto la presente discusion? Yo bien conozco
que hemos saltado por las fórmulas: cuando he votado lo he mirado
bien, porque conozco asimismo el reglamento y las trabas que nos
ligan, y lo que se podrá decir; pero tambien conozco mis deberes
como prOCUl'adOI', y las críticas eircunstancias en que nos encontra-
mus; y que el gobierno debia haber sido el primero que nos hubiera
invitado á entrar en esta discusion dándonos parte de las ocurrencias
del dia, de sus espel'::tuzas y de sus temores, y de si necesitaba 6 no
de nuestra cooperacion para triunfal' mas fácilmente de los enemigos
de la libertad y del 6rden, Porque el triunfo, como dijo muy bien el
señor presidente del Consejo de ministros, es seguro, cierto, infalible:
pero el que sea más 6 menos costoso es lo que importa mucho á los
procuradores de la nacion; pues si con el sacrificio de 10 6 de 20 lo
podemos consflgllir, debemos panel' los medios de logl'arlo mejor que
con el de 100. Este es nuestro deber y el del ministerio: el no haberlo
hecho así el gobierno, es una falta de confianza en los estamentos.


))Hay otro motivo de desconfianza para el público y para el esta-
mento, que es la g'uerl'a de Navarra, la cual, lejos de haber ido en
disminuciOli, de un año á esta parte ha ido en aumento, ¿y por ~ué?
Porque no se han tomado desde el principio las medidas que se debie-
raIl, las meoidas convenientes; en una palabra, porque no se ha dirigi-
do bien la glel'l'a; porque se la ha constituido mal desde el principio,


28




434 DlSCURSO
POI' un esceso de delicadeza, por un respeto, que no sé calificar, al
Estatuto Real y alreglamonto, no he reclamado sobre esta materia.
Esperaba poderlo hacer cnanclo se tralase del presupuesto de Guerra;
y cuanclo esta discusion ltcgú no lo hice, con tanto mús motivo, cuanto
el ministl'O á quien echo yo la mayor parte de la culpa de la dllracion
de la guerra de Nal'alTa InlJia caido, y no queria yo que se dijese de
mí aquello de quo «á mol'O muerto gran lanzada. 1) Pero no, no dejaré
de decir que se han cometido muchos errores militares y políticos; que
se han cometido gl"aves faltas, y que el resultaclo ha sido muy úbvio
y muy natural. Un año hace que esta guerra va en aumen:o: el go-
bierno ha tenido reeUl'sos para concluirla: ¿lo ha hecho? No, pues
que va progresando. Habrá hecho todo lo imaginable, y con el ma-
yor celo; pet'O ¿el resultado corresponde? No: pues yo digo entonces
del ministerio lo que decia un historial lar hablando de un célebre ge-
neral de la guerra de la Independencia, «que sus ponderados talentos
y sus profundos conocimientos militares se hallaban en contrac1iccion
con su fortuna.))


llPasemos de esto á la administracion de justicia: es 11n clamor
general el de que no es buena. Se ha dicho ar¡uí por algunos de mis
compañeros, yen particular por mi cligno amigo y paisano r,l Sr. Lo-
pez, que el poder judicial es independiente, y que debe existir con
todas las facultades que le conceden las leyes. Soy tambien de esa
opin¡on; pero creo que al mismo tiempo debea los lndiviJnos qne lo
compongan estar identificados con el sistema que nos rige. Ejemplos
tenemos en Madrid de la administracioll de justicia que exasperan ú
los pat!'Íotas. Hemos visto con muy pocos dias de diferellcia á 1111 jó-
ven de 19 años, por habérsule hallado con efeüt'Js rohados ele \"alor de
unos 50 á 60 ¡'s., entre ellos algunas, estampas y otras cosas estro-
peadas y viejas, subir al garrote y pagar con la vida el crÍlncu de que
parecia disculparle su corta edad, la sencillez de sus declaraciones y
el no haberse mezclado en los asesinatos del 17 de julio; y á los oeho
dias hemos visto perdonado y cehado á presidio ¿á qUÍ<~n~ al capitan
general de Castilla la N lleya nombrado por Cárlos V. Esta ley ancha
para los enemigos del trono de Isabel II y de la lib'l'taLl, y esta rigi-
dez contra un infeliz que habia cometido un pequeño crímen son es-
traordinarias. ¿Y esto qué pl'neba? Yo nunca pediré> grac;a ó escep-




sonnE LA SUBLEVACIOK MILlTAR DE 1835. 135
cion paJ'a ninguno, sino justicia igual para todos. Y ¿qué medidas se
han tomado para cortar e~te desúrden? lLos magistrados que faltan
con tal desigualdad estáll aun en sus sillas! POI' otra parte, yo ignoro
si la eausa á que me refiero se ha mandado \isar. Se nos ha dicho
ayer, y yo lo he oido con sorpresa, eon sentimiento y dolor, que hay
una so~it.)lbd scerela que trata de IleVal'll03 más adelante. Yo repito
lo que dije en otro tiempo: Cjue lo mismo me batiré siempre contra
los que caminen á la izquienb que contra los que caminen á la dere-
cha; e~ decir, contra los que quieran una libertad ilimitada é ilegal,
que contra los que (Itlieran restringir esta ó restablecer el despotis-
mo. El SOUOl' pl'csÍlLJlIte uel Consejo de ministros ha manifestado que
hay un partido Cjue se ocupa en promover la anarquía, y ha aüadido
que estas no son fantasmas como las llamó mi digno compaüero y
paisano el Sr. Lopcz, y que si lo son, son fantasmas que asesinan.
Pero en mi concepto siempra son fantasmas; y yo quisiera, y aun me
atrcveria á pedir, que se averigüe del modo mAs enérgico, y por to-
dos los medíos que el gobierno tiene en su mano, qué es lo que hay de
rwdidad y de positivo. As! yo suplicaria al gobierno que trate de exa-
minar cuál ha siJo la mallO oculta que promovió el suceso de ante-
ayer, euál fu6 la qne hizo más que los infelices ilusos de correos. Pero
hay otra roflexion muy oportuna" que hacer, y es que tos mismos te-
mores (lile ahora fie tienen se tuvieron tambien en 1822. En enero
lle aqnel año se mani restaroll C11 lus córlcs dichos temores cuando se
¡ll'G.3entaron li:l.s loyes restrictivas; y me acuerdo que me espresé en-
tonces lo mismo que ahora contra los que querian exigir más que
la conslilllcion; y entonces lambien nos anunciaron que los anarquis-
tas nos conducirían al precipicio. Yo bien sé que bajo la aparicncia de
un celo exaltaJo hay vel'llatleros anarquistas, porque en todas las
naciones los ha y, porque en todas las naciones existen hombres quo
tratan de sacar su provocho por medio de desórdenes, que intentan
sobrepujar y sobrCpOUel'3C Ú los hombres de mérito, á cuyo lado no
se podrian coloDar; pero de intentarlo y emprenderlo hasta conse-
guirlo hay una inmensa distancia. Yo quisiera que se me clijera en
\'ista de nuestros bábitos, de nuestras costumbres, de nuestras ideas
y aun de nuestras preoDupaciones, de nuestra educacion y del estado
de la ci\'ilizacion nacional; yo quisiera, repito, (llle se me dijera á qué




136 DISCURSO
está más pl'opensa la nacion española, si á dejarse engañar ó serlneü'
por los que promueven la anarquía, ó por los que quieren el despo-
tismo: por los que desean una libertad inmoderada, ó por los que
ansían el poder. ¿Cuántos hombres inlere~ados habrá en esa anarquía
y desónlen que se quiere eSlablecer, segun S8 dice, por esa libertad
sin límites? Ninguno ó muy pocos. Y por el contrario, ¿cuántos hay
interesados en el restablecimiento del despotismo, ele los abusos, de
los privilegios y de la arbitrariedad? Innumerables, infinitos. ¿Cuál es
el poder de los primeros? Ninguno. ¿Cuál el de los segundos? Inmen-
so, inconmensurable. i Y con estos últimos parece qne se quiere tran-
sigir, que se qlliere contemporizar, ó á lo mcnos tratarlos con leni-
dad, y á los otros perscguirlos y castigarlos eon el mayor rigor.


))Yo quiero que se les castigue á todos; pEro quiero ql1e la le-y sea
la misma para unos que pam otros. La ley debe sel' IllJa, constante,
inmutable. Yo sé bien lo que ha sucedido on las naciones estranjeras;
pero no leng'o quo ir á buscar fuera lo que tengo dentro de Cilsa. En
la época constitucional huho algunos desórdenes, y la milieia nacio-
nal existente entonces destruyó varios: entre ellos me acuerdo de un
gmpo que sacó el retrato del inmortal y desgraciado Riego en octu-
bre de 1821 eon el objeto ¡le promovel' desórdenes. Figuraba en este
grupo, y era uno do los que lo capitaneaban, un sugeto bien eonoeido
y que pasaba por ser uno do los más decididos defensores (le l<J.s insti·
tueiones que enlonees regian: hablo del infame Regato. Se presentan
los perturbadores del órden delante (le la milicia nacional, y una de
sus oomrañías de granaderos bate y dispe]'~a el grupo y se apodera
del cuadro. So les censuró por entonces por un estremo, y pOI' alg'llll
tiempo fueron antes calumniados por el otro estos benemrritos con-
servadores del ól'den; pero muy pronto la espcl'icncia hizo re)' que
sabian pelear tambien y con mayor bizarría contra los defensores del
absolutismo. En el memorable 7 de julio ele 1822 la esperiencia hizo
VOl' que no querian aquellos villientes m:ís qne la v(,!'Ilndera libertad;
y desplegando en dieha ÓpOf!ét erítica virtud0s cívicas adminbles, una
moderacion noble y una generosidad y valor herúieos, se cubrieron
de una gloria inmot'lal, y serún siempre el honor ¡le 0sta e/irte los in-
dividuos que componian su distinguida y hOl1flmórita milieia nacional.


))Lo mismo ce ha intentado ahora calumniar á la milicia urbana




SOBRE LA SUBLEVACION MlLlT AR DE 1835. 437
de Madrirl, y se ha tenido desconfianza de esa milicia que ha mani-
festado con su prudente condncta desde el mes de julio hasta el dia si
es ¡'l.cl'eeilora <J no it eso.:; carg'os, á e3D. desconDanza. Yo no puedo
menos de dar l::ts gTacias en G3te momento al seüor secretario act ual
de ID. Guerra por las distinciones con que ha procmado condecorada,
y;í, que es bien il,(~rc'()clora. E,tos mismos miliciano~, ahora Ul'hanos
y antes nacionales) es claro, es evidente que son el llIllS firme apoyo
de las libertades pátrias consignadas cm el estatuto real y del trono
de doña Isabel n. Nll dndo anunciarlo, seguro de que lo cllmplirán,
y de lo cual han dado ya sUDcientes prl1cbas.


)) De consiguiente, á fin dA qne esta discusion no tenga un objeto
inútil; á fin ele que resulte alguna rcntaja para la patria, y de que el
estamento de procuradores !la pierda la única fuerza que tiene, la.
fuerza moral, no ]luello menos de suplicar á tuuos los que tienen pe-
dida la palabra que se e~fuel'cen Jo modo que consigamos que el mi-
nisterio se reUDa y I'orme un cuerpo homogéneo é itlentitlcado eon el
estamento, y que se no, concedan las garantías pedidas por el esta-
mento, y que la nacion l'er.:lama con tanta urgencia, sobre todo esa
lihertad de imprenta, salvaguardia del mismo ministerio, pues si la
hubiera habido, acaso no hubiese ocul'J'ido el lamentable suceso de
anteayer. Yo me prestaré siempre á tollo lo que sea en beneficio de
mi patria, y mientras vea que el ministerio camina por la senda del
estatuto real tenrlrá mi apoyo; pero cuando vea que no la sigue, ()
C¡1l8 por medirlas inop0l'tnnas no camina de aenerdo eon las córtes,
no potll'(~ menos de negé'trsele. Por lo tanto espero que de esta disCll-
sion rC~lllte UIla csplicacion franca de contiucta que nos baga visihle
la uni¡)l1 entre los paLIeres del Esta'Jo, para asegurar el pronto y fe-
liz éxito elel sistema constitucional en que estamos comprometidos y
que. todos hemos jurado defender.))




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GASeo.


Es regla muy general en política que al triunfar la
revolucion y al encargarse por completo del supremo po-
der, trate de elegir entre sus adeptos para que aseguren
su conquista y realicen sus aspiraciones á los hombres
ce accion mas bien que {L los üe talento, á los políticos
de práctica con preferencia á los políticos de teoría.


Los publicistas y los oradores, que con sus libros ó
discursos han ido preparando el triunfo de la revolucion
no son los mas á propósito para la aplicacion de sus máxi-
mas revolucionarias, porque viviendo en la region de
las ideas, en el mundo de las ilusiones, desconocen las
circunstancias, las creencias y las costumbres del país
que piensan gobernar con el sistema político que predi-
can; y sus mas halagüeños proyectos, sus concepciones
más sublimes, al descender al terreno de los hechos,
vienen á ser absurdos y monstruosidades, porque son
imposibles.


Hay además, que esos filósofos que preceden á las
revoluciones, acostumbrados á ver la sociedad por el
prisma deslumbrador de sus ideas, no conocen que el
triunfo de la revolucion va acompañado siempre de la
ambicion y la venganza, y que al posesionarse aquella




440 GASeo.
de un estado atiende mas á su conveniencia que á lajus-
ticia, más á los hechos que á las ideas, más á las perso-
nas que á los principios.


Esta es la razon, y no otra, de que al triunütl' la 1'8VO-
lucion aparezcan en primer término y dirijan su m;¡,rcha
los politicos de accion, los hombres mas osados y em-
prendedores, que obran sin discutir, que ejecutan sin
filosofar, y que sin acordarse de los publicistas y ele los
oradores, caminan impávidos al fin, al objeto de la 1'e-.
volucion, atropellando cuanto á sus pasos se opone, y
saltando por todo hasta llegar al punto que aquella les
marcara.


A esa regla invariable y natural en las revueltas de
los pueblos debió su nombradía en 1822 el diputado Gns-
CO, de cuya vida pCllítica y parlamentaria ligeramente
vamos á ocuparnos.


Diputado en las primeras córtes de la segunda épo-
ca constitucional, dióse á conocer bien pronto más que
como orador, como político, mas que por su talento por
su fibra, más que por la elevacion de su estilo y por lo
sublime de sus conceptos, por b atrevido de sus ideas,
y el tinte revolucionari0 de sus principios.


De imaginacion un tanto sombría, poco espansivo en
sus afectos, más razonador que sentido, sus discursos ni
entusiasmaban ni conmovian. Pero aquella misma tiran-
tez en las ideas, aquella sequedad en el lenguaje, aque-
lla falta de sentimiento en sus peroraciones, dábanle
cierta importancia entre los suyos, que creian ver detrás
del orador impasible, monótono y severo, al político re-
suelto, al revolucionario audaz, inflexible y empren-
dedor.


No por esto hacia Gnsco un papel desairado entre los
oradores de 1820. Improvisador notable, de fácil locu-




GASeo. 441
cíon, razonado y metódico en sus discursos, claro en la
enunciacion de las ideas, atinado y profundo en las apre-
ciaciones, no podia, sin embargo, brillar mucho en una
Cámara política donde las f01'lnas esteriores de la orato-
ria son el todo, dÜ'lr1e la forma, los accidentes, las cua-
lidades físicas del orador producen mas efecto en el au-
ditorio que la esencia misma de sus discursos, donde va-
le cuando menos tanto como lo que se dice, la manera
con que se dice.


El diputado Gasco no reunia ninguno de esos atrac-
tivos personales que tanto realce dan á la oratoria. Pe-
queño de cuerpo, aunq:.le de voz sonora y campanuda,
era frio en sus ademanes, monótono y pesado en la en~
tonacion, y carecia de variedad en el estilo, de flexibili-
dad y modulacion en el acento, de conformidad yarmo-
nía en los tonos con las ideas.


Pero ya hemos dicho que Gasco era mas conside-
rado como polítieo que como orador parlamentario; así
es que al triunfar el partido exaltac1ü en los memorables
acontecimientos uel7 ele julio de 1822, el uiputac10 va-
lenciano fuó uno de los escogidos por la revolucion para
plantear el sistema de radicales reformas que proyecta-
ba, y Racar á sal vo su caUS:1 en fuerza de osadía, de pre-
cipitacion y terrorismo.


El ministro revolucionario Gasco no fué de los que
menos contribuyeron con su energía y decision á crear
la violenta situacion de 1823, que terminó como terrni-
nan siempre las situacioneR violentas, estrellándose al fin
en la insul:Jerable barrera de la justicia y di=) la con ve-
niencia pública.




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SAN lVIIGUEL.


Si es verdad que en las revueltas políticas, en las
perturbaciones sociales, suelen elevarse á cierta altura
hombres que en tiempos normales hubieran vivido os-
curecidos sin dejar á su muerte otro recuerdo que el que
conserváran sus familias, tambien lo es que los que por
efecto de las circunstancias conquistan e11 política una re-
putacion sin méritos y sin condiciones que la j ustifiq uen
ó la sostengan, húndense en el olvido cuando aquellas
desaparecen, y vuelven sus nombres p')r necesidad á la
nada de donde salieron.


Pero si por el contrario, los que deben su reputacion
y su nombradía política á las circunstancias, tiene~ cua-
lidades no comunes, que aunque desconocidas hasta
entonces, vienen á probar que no es usurpada aquella
reputacion, ni inmerecida aquella nombradía, esos, aun-
que pasen las circunstancias que los favorecieron, logran
conservar, si no del todo, entre sus conciudadanos la po-
sicion que ocuparon y el renombre que adquirieron,
apoyados, no ya en el ÜtVOl" de la fortuna, sino en sus
prendas personales.


El general D. Eval'isto San Miguel, cuyo retrato
político vamos á bosquejar, fué uno de estos hombres,




444 SA~ MIGUEL.
Oficial ilustrado y valiente del ejército revolucionario
de la Isla de Leon enlR20, contribuyó como el que más
con su ilustracion y su arrojo al feliz éxito de aquellos
sucesos, organizando con su palabra en las sociedad e s
secretas y con sus escritos en la opinion pública, la cons-
piracion de aquella época que derribó al gobierno con
tanta sorpresa (le los absolutistas como ~1e los mismos
conspiradores.


El comandante San Miguel, mancjando más en aque-
llos acontecimientos la pluma que la espada, ayudó efi-
cazmente á su desenlace favorable á la causa liberal,
rerhctando con Alc(dá Galútno y otros conj urados el
boletin de campaña del ejército de Riego, y las procla-
mas revolncionarias que propagaban el movimiento po-
pular hasta en las más lejanas aldeas.


N o habiendo tenido entrada en las primeras córtes
de 1820, como no la tuvieron Riego, Galüuw ni los de-
más jefes y caudillos de la triunfante conspiracion, afi-
lióse San Miguel como sus compañeros en las socieda-
des patrióticas y secretas, y c1esconte:1tos de la modet'a-
cion y templanza de los primeros ministerios liberales,
prepararon el planteamiento de una revolueion práctica
y radical, que estalló por fin el 7 de julio de 1822, mer-
ceel á la impaciencia del monarca y :1 la imprudencia
de los absolutistas.


Grande era la influencia por entonces del coronel
San llIiguel en las trastornadoras sociedades, y particu-
larmente en la de los masones, que era la que en .:.vIa-
drid y en las provincias daba el tono á la revoluciono


Dueña absoluta del poeler supremo esta sociedad, no
buscó para la, direccion de los públicos negocios á los
hombres de gobierno, á los hombres de idea, sino á los
políticos de accion, á los de más fibra y osadía, á los de




SA~ }lIGUEL. 445
carácter firme y cOl'azon entero, tales como se necesita-
ban para arrostrar los peligros que sobrevinieselJ., y con-
jurar á fuerza de arrojo y energía la tempestad que se
formaba ya contra el régimen constitucional, no solo en
el interior de la península, sino en los palacios de los
monarcas de Europa,


Sin anuencia de Fernando VII, que vi"ia en su r<'~gio
alcúzar con apariencias (le prisionero, y á qui8n el ayun-
tamiento de l\Iaclrid, verdadero rey de España, decia, al
remitirle una esposicion de los n~as fogosos tribunos:
Sepc¿ el rey (jite tal es leL voluntad de los patriotas de
ltladrid; sin la menor participacion de las córtes, cuyo
po del' é iniciativa habíanse trasl3;dado al club masónico,
eneargóse San Miguel de las riendas elel gobierno, ocu-
pando la presidencia del nuevo ministerio y el despacho
ele Estado,


Impropio; cuando menos, pareció entonces y ha pare-
cido siempre semejante nombramiento á favor de una
persona sin práctica de gobierno, sin reputacion de hom-
hre