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LAS ~N:nf1RECQIONES EN CUBA




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LAS


INSURRECCIONES
EN


CUBA.


APUNTES


para la historia política de esta isla en el presente siglo


POR


p~ ¡usio ;ZARAGOZA
SECRETARIO QUE HA SIDO DEL GOBIERNO POLíTICO DE LA !lABANA y


OFICIAL DE VOLUNTARIOS EN LA MISMA CAPITAL


TOMO PRIMERO


MADRID
IIIlPRENTA DE MANUEL G. HERNANDEZ


San Miguel, 23, bajo
1872


.,.




Es propiedad del a1ito'r~.




A LOS BUENOS ESPAÑOLES.


Caso natural, que sin violencia pudiera creerse, pare-
cería contar con que todos los españoles, sólo por ser ta-
les, estaban siempre dispuestos á defender como buenos
los intereses de su pátria. Pero no sucede así, desgracia-
damente. Tiempos han llegado en gue hay necesidad de
clasificarlos para distinguir los verdaderos de los que no
lo son.


Con éstos, escasos por fortuna, nada queremos, y los
abandonamos á la accion de la ley , para cuando la ley,
ménos adormecida, quiera ocuparse en ellos. Nos dirigi-
mos solamente á los buenos de aquí y de allá: á los espa-
ñoles que para ser mejores cumplen con su madre pátria
el primero de sus derechos y deberes: el deber y el dere-
cho de la defensa.


A los defensores, pues, de la integridad de España; á
los que aquí, en la prensa, en el Parlamento y como mi-
nistros han dedicado sus desvelos á tan santo fin; á los
que abandonando intereses y afecciones en Cuba, y áun




en Puerto-Rico, han venido á la Península para alimen-
tar el verdadero amor pátrio y para constituir centros de
propaganda nacional, que desvanezcan los errores, ex-
tendidos por los malos españoles en periódicos y de otros
mil modos; á los que allá., en Cuba, con las armas en la
mano, ya como marinos abandonan su suerte á los furo-
res de las olas, ya como soldados derraman su sangre en
los inexplorados maniguales, ya como voluntarios con-
sagran sus fortunas, su honor, su vida toda al loable ob-
jeto de mantener incólumes el territorio, las glorias y la
honra que sus padres les legaron; á todos los que ante-
ponen el bien pátrio á su egoismo; á todos los que, pres-


. cindiendo de las miserias de los partidos, se elevan á la
region del amor sublime reconocido desde las más remo-
tas edades como el primer amor de los pueblos; á: todos
esos dedicamos este pequeño trabajo histórico, inspirado
por nuestro entusiasmo ypor el de los Centros hispano-
ultramarinos bajo cuyos auspicios ye la luz; debiendo
manifestar, como lo hacemos, que no nos mueve otro
deseo queel de obtener el pláceme de los buenos, premio
!!Iuperior á todos los que por tal motivo pudiéramos co-
diciar.


Madrid, octubre de 1872.




LAS


1NSURRECCIONES EN CUBA.


lNTBODUCClON.


IDEH GENEG HES


SOBRE EL ORlGEN Y LA GEOGRAFIA DE CUBA.


La isla de Cuba, nombrada por Colon, en su primer viaje,
J1~ana. en honor del príncipe D. Juan, y A [fa y Omega, 6
principio y fin, cuando al doblar su extremo oriental en bus-
ca de la f~ntastica tierra de Qninsai h creyó elfinisterre
del continente índico, fué tambien bautizada p r1r algunos de
sus primeros exploradores con los nombres de Fernandina,
Santiago, San 8alvador y dsl A ve Maria, segun dice Ar-
rate (1); llamándola otros Oltbá.rJurt (2) y Lengu,a de pájaro
por su forma (:3). Pero á poco de la conquista, fué preferido y
adoptado su primitivo nombre de Cnba, ya para la mejor in-
teligencia de los descubridores en :lllS relaciones con los in-
dios de las islas vecinas, como por la pronunciacion fácil de
este vocablo para los hijos de España .
. Aquella isla que el inmortal Colon, al ver confirmada con


los hechos sú intuicion sublime. y cuand') persuadido en un
momento de beatífica inspiracion d~ poseer el dr¡n y el génio
de adivinar, creyó y aseguró, por tanto, ser un continente,
forma á la cabeza del archipi'~la~o de las Antillas (4), y como
llave del Nuevo Mundo, ciorra el gran seno mejicano y com-
pone, con hs penínsllhs de la Florida y del Yucatan, 108 ca-




x LAS INSURRECCIONES EN CUBA


nales que en aquella parte de las costas orientales de Améri-
ca recorre el gu1f stream su camino del Norte, para licuar
con las tibias aguas del mar intertropical, que arrastra, los
hielos eternos de las regiones polares.


Las islas de este archipiélago, llamado tambien cari-
be (5), forman en su posicion un arco de círculo, que, desde
las entradas del golfo de Méjico, avecinándose á aquellos pun-
tos avanzados que el continente americano destaca en dichas
penínsulas, vá de mayor á menor, de Cuba á la Granada; ex-
tendiéndose hasta frente de la múltiple desembocadura del
Orinoco, especie de Nilo de la América tropical, hácia el gol-
fo de Pária, donde las islas de Trinidad, Tortuga, la Marga-
rita y otras, parecen como fragmentos disgregados de las
inmediatas costas de Venezuela, y constituyen un grupo mé-
nos numeroso, compacto y uniforme que el de las otras Anti-
llas que circunscriben al mar de Colon, y áun de las que,
más al Norte, se sientan en la comun base del gran banco de
Bahama con el nombre de Lucayas (6).


V árias son las opiniones emitidas sobre la formacion del
archipiélago caribe. El sábio Humboldt (7) asegura, y al-
gunos contemporáneos dicen, siguiendo su mismo parecer,
que el archipiélago de las Antillas constituyó en su orígen
un continente ó una prolongacion del norte-americano, al
que suponen estaba unido por el Yucatan y la Florida, ántes
de formarse el seno de Méjico; asegurando además que la
sierra Maest'J'a de Cuba, cuya eminencia supera en mucho á
las mayores elevaciones de las montañas A zltles de la J amái-
ca, y á los picos más altos de Haiti y de las otras vecinas
islas, era el centro y principal eje de aquel supuesto conti-
nente, y que los restos fósiles de los Lamnas ó Tiburones,
dientes petrificados llamados por el vulgo á los lamodontes
del Sr. Poey, iguales á los que se han encontrado en terrenos
del reino de Méjico, son prueba irrecusable de la identidad
de orígen de aquellas y de estas formaciones (8).


Sin violencia pudiera admitirse lo de la identidad de orí-
genes, si al de los dos terrenos se le señalara la misma all-




INTRODUCCION XI


tigüedad; mas tal motivo no debe, á nuestro juicio, tomarse
como fundamento bastante para afirmar que ambas regiones
pertenecieron á un mismo continente; sobre lo cual, nece-
sario será buscar pruebas en la ciencia geológica, á la que,
como nueva, y á ella conducidos por el espíritu de análisis de
este siglo, hemos dedicado con cierta aficion algunos mo-
mentos.


Un moderno publicista ha dicho (9) que la isla de Ottba
no estuvo jamás unida al continente de América; y ésto, que
eoincide con nuestras opiniones, debemos averiguarlo, sir-
viéndonos para ello de los conocimientos que hasta el dia ha
podido la ciencia adquirir. Vemos en las páginas de esta, co-
mo punto incuestionable, que en el continente americano tiene
más antigüedad la formacion del Norte que la del Sur, y que
por consiguiente la cordillera Rocallosa, ó montañas Pedre-
gosas que presentan al estudio del observador el antiguo ter-
reno silúrico, en los actuales Estados-Unidos, pertenecen á
un período muy anterior á los levantamientos de la gran cor-
dillera de los Andes, de orígen estos coetáneo á la época ter-
cilria y sincrónico á várias conocidas formaciones del viejo
mundo. Por tanto, si terciaria es la más antigua formacion
q lle en las Antillas han reconocido recientes exploradores (10) ,
no puede corresponder sino al levantamiento de aquella for-
midable corclillera; y si en los terrenos de Méjico, producto de
rrquellevantamiento, se encuentran como en Cuba restos del
cll/trcarodon megalodon de Agazis, ó sean los lamodontes de
Poey, contemporáneas han debido ser lógicamente las forma-
eiones de ambos puntos; así como la abundancia del terreno
silúrico en las Rocallosas y la casi carencia (ll) de él en la
gran columna vertebral que partiendo del Anahuac termina en
las múltiples estribaciones de la Patagonia, hacen relativa-
mente jóven la cordillera de los Andes, respecto de las del
Norte.


Otra l'azon hay, á nuestro juicio muy poderosa, para reba-
tir las de aquellos que quieren suponer un antiguo continente,
prolongacion del americano, en las islas que hoy constituyen




XII LAS INSURRECCIONES EN CUBA.


el archipiélago de las Antillas. Verdad inconcusa es en la
ciencia que, aunque la creacion no ha hecho alto en absoluto y
continúa, si bien con manifestaciones ménos trascendentales
y conmovedoras que en las más remotas y primitivas edades,
recorrió sus primeros períodos químico-igneos, si así quiere
decirse, y dió por terminados los más principales é importan-
tes trabajos cósmicos, con la aparicion del terreno terciario:
época en que las leyes de gravitacíon y de posicion empeza-
ron á regir con regularidad, para que el hombre en su desar-
rollo admirara la creacion con todas sus perfecciones y armo-
nías. Entónces, se sujetaron al ritmo actual las estaciones;
obedecieron á reglas fijas los meteoros, los vientos, las cor-
rientes, y entre estas, el llamado modernamente guif stream
ó corriente del golfo, neutralizaba moderando, los excesos de
talor ó frio de las zonas y vivificaba con su riego las profun-
didades de los océanos, dando animacion á las aguas y obe-
deciendo y coadyuvando á la dinámica del planeta.


No nos es á nosotros posible suponer que el g1)),( stream
existiera en las edades de perturbacion cósmica, ni que una
vez señalada su marcha, variase de ruta por la formacion de
las Antillas. ¿Ni cómo suponerlo antes del levantamiento de
los Andes y de la América del Sur, con la ausencia de nieves
en los polos, todavía revueltos, y con la natural confusion en
10:3 elementos del globo? Más fácil y lógico es creer que al
regularizarse las leyes del planeta, despues del sexto yom ó
época creadora, fuera sincrónica la formacion de las islas en
la gran grieta que se abrió para establecer el equilibrio en las
aguas y fOl·mar los cauces de los grandes rios submarinos; co-
mo es de creer tambien que en el acto del levantamiento, al
profundizar con su ímpetu la corriente del golfo, y socabar el
lecho que recorre, una parte de las tierras sumergidas todavía,
y que alguna mayor fuerza volcánica hubiese hecho rebasar
la superficie de las aguas, quedaron aquellas en seco; y lo prue-
ban las huellas marítimas que la provincia de Yucatan y la:;
tierras bajas de Méjico presentan, la formacion del delta del
Mississippi, y áun los antiguos bancos madrepóricos que fes-




JNTRODUCCION XlII


tlmean gran parte de las costas de las Antillas. Quizás pueda
decirse que el mismo ímpetu del guif stream, lamiendo las
costas hubiera, despues de tantos miles de años, modificado la
forma de los continentes y de las islas Antillas; pero hay que
tener muy en cuenta, para no admitir esta suposicion, el in-
cesante trabajo de los innumerables obreros submarinos que,
con las madréporas y corales que segregan, no solo presentan
diques á la corriente, sino que revisten los bordes continenta-
les y reparan, sin descanso, las pérdidas que las costas sufren
con el roce de las aguas, y hasta rellenan las depresiones de
los mismos fondos del mar.


Reconocidas como inmutables las leyes de la creacion en
sus fenómenos terrestres, hay que convenir en que desde que
estas leyes encontraron lo creado en disposicion de ajustarse á
sus prescripciones, no han sufrido alteracion ni han dejado
de aplicarse con estricta regularidad. Pueden haber ocurri-
do movimientos volcánicos insignificantes comparados con la
inmensa mole de tierra que forma el globo, que sorprendie-
ran por su novedad; pero estos fenómenos ni han alterado, ni
han dejado·de obedecer las leyes generales, ni se han referi-
do más que á ciertas y determinadas localidades. A ellos debe
atribuirse el orígen de islas volcánicas ó madrepóricas, que
algunas han desaparecido á poco de nacer, como la isla Julia
en Italia, y otras muchas han progresado en el archipiélago
índico; y áun en los mismos continentes, es prueba tambien la
marítima formacion apalacltina que lucha con el guif stream
en el nuevo canal de Bahama, como intentando oponer un di-
que á sus corrientes, á las cuales puede admitirse teóricamen-
te que llegue algun dia á vencer, con sus formaciones sucesi-
vas, y verifique entonces la union de las Lucayas y áun de
la misma isla de Cuba, por medio de los Roques al continente
del Norte. Aquel dia, si llegase, comprobaria no sólo nuestro
aserto de que las Antillas fueron islas desde sus orígenes, sino
la marcha lenta de la creacion actual, á cuyo único medio de-
berán acaso, el formar parte del continente, al que, hasta aho-
ra, jamás en nuestro sentir han pertenecido.




XIV LAS INSURRECCIONES EN CUBA


Los mismos naturalistas á que nos referimos declaran pa-
ladinamente, que ni lafáuna ni la flora de Cuba y de las de-
más Antillas son iguales á las del continente americano, y
que muchas islas las poseen exclusivas, existiendo tan solo
algunos quelonios marinos y fluviales comunes á ambas regio-
nes. Esta declaracion confirma tambien poderosamente nues-
tros principios, pues por remota que fuera la edad en que se
verificára el supuesto acto de separarse estas islas del veci-
no continente, alguna especie existiria parecida, entre las de
carácter sedentario, á lo ménos, en la série melacológica ter-
restre, y hasta ahora no sabemos que nadie, ni nosotros mis-
mos, hemos encontrado ninguna. Cierto es que el área ha-
bitual de especies determinadas tiene reducidos limites, co-
mo sucede con la afiligranada Oylind1'ella Elliotti en Cu-
ba y la hermosa Trocatella stellata en la isla de Pinos; pero
hay algunas como el Helix auricoma, por ejemplo, C0mun á
casi toda la extension de más de trescientas leguas de la gran-
de Antilla, y áun otras várias especies que bien pudieran en-
contrarse, y no sucede así, . ni en la península de la Flori-
da, ni en la opuesta del Yucatan. Nada debiéramos decir acer-
ca de los quelonios, porque habitantes de unas aguas á tan
cortas distancias interrumpidas por islas y continentes,pue-
den con gran facilidad trasladarse de unas á otras costas vo-
luntariamente ó arrastrados por las grandes tormentas equi-
nocciales que, con desesperante regularidad, allí en otoño do-
minan. Ni pretendemos tampoco presentar como prueba los
fósiles, entre los cuales ni los naturalistas han encontrado, ni
nosotros hemos podido ver en Cuba, más que moldes de conchas
correspondientes á épocas modernas y áun algunas iguales á
las de moluscos que en el dia viven. Vestigios que no sirven
siquiera para debilitarnos en laidea que poseemos, y en la que,
mientras otros restos de la primitiva vida terrestre no se en-
cuentren con caracreres más determinantes, nos será preciso
persistir, creyendo que las Antillas, si no todas, porque algu-
na muy insignificante puede deber su orígen á dislocaciones
en trastornos volcánicr¡s posteriores, han sido en su mayor




INTRODUCCION xv


parte islas desde que salieron del fondo de las aguas en la épo-
ca del levantamiento de los Andes.


y si de las pruebas geológicas pasáramos á examinar las
históricas y tradicionales, no en contrariamos tampoco mejores
razones que confirmáran la existencia de un continente donde
hoy figuran las Antillas. Es tradicion india recogida por los
misioneros (12), que los caraibes, y los demás habitantes de
aquel archipiélago, procedian del litoral de Tierra firme ó Ca-
ribana, de donde huyeron perseguidos por el pueblo arouCl-
,r¡lM, y saltando de roca en roca, que nJ otra cosa parecen las
pequeilas Antillas vecinas al Orinoco, se corrieron ,de unas á
otras islas y las poblaron al fin todas. Siguiéronles hasta ellas
sus enemigos, con quienes empeñaron sangrienta batalla, y
pereciendo en la lucha todos los arouag1teS dejaron en poder
de los isleños las mujeres que les acompañaban, las cuales de
su natural idioma, diferente del de sus nuevos dueños, y de
su educacion áun ménos primitiva, dejaron señales en algu-
nos de los puntos que aquellos violentos pO'leedores recorrie-
ron. Tales pueden citars3 en la isla de Cuba, los nombres de
Oasiguas; pueblo situado entre Jaruco y Bainóa, é igual al d3
otro que existe en Venezuela; el de la Guanaja, aldea del
partido de Cubitas en Puerto-Príncipe, de la misma denomi-
nacíon que una isla próxima á la costa de Honduras, y otras
vários que seria prolijo enumerar y omitimos par brevedad.


Pruebas podríamos presentar tambien para rebatir elorígen
apalachino que han pretendidCl algunos reconocer en los habi-
tantes 11tca.yos y de las Antillas mayores, suponiendo que P)f
ser el Norte de América la primera parte poblada en aquel
gran continente, desde ella se extendieron los hombres en las
primeras edades pJr todas direcciones. Hay, empero, que tener
en cuenta, la falta de medios para resistir las corrientes del guif
stream en el canal de Bahama que impediriaen aquellos tiem-
pos navegar á los aborígenes por tales derroteros, y más lógi-
co es creer que cuando más tarde en numerosas sociedades se
poblaron Cuba, con otros indios, y las Lucayas con los caribes
empujados por éstos, y se perfeccionarJn y acrecieron las di-




XVI LAS INSURRECCIONES EN CUBA


mensiones de las canóas en que hacian sus correrías maríti-
mas, salvaron algunos atrevidos naveg'antes aquella parte
procelosa del mar y penetraron en los terrenos de A patache
por la Florida. Y es lógico creerlo así, tanto más cuanto que
caraibe ó caribe en lengua apalachina significa gente añadi-
da, y no pudieran por cierto llamarse de este modo, si ya ántes
hubieran sido estos isleños de aquel antiguo pueblo conocidos.


En los documentos prehistóricos poco puede estudiarse to-
davía, yen los históricos tampoco vemos nada que confirme
la existencia del sllpuesto continente. Pues si hubieran las An-
tillas formado parte de una tierra firme, y contenido algu-
na poblacion en la époc'1 terciaria en que la vida humana
apareció en el globo, se hubiesen descubierto en las Lucayas
y en la misma Cuba, por ser la principal isla situada más al
norte y más próxima á aquellos apalachinos, que se tenian
por los primitivos pobladores de la América, señales del paso
y restos de la industria del hombre antiguo. Pero hasta el dia
nada se ha visto allí, mientras en algunas regiones situadas
mucho más al sur, y en el continente meridional, como las
villas de Cáicara y Urbana en la provincia de Guayana y en
otras partes de aquella costa, se han encontrado signos de
civilizacion primitiva en rocas cubiertas de colosales figuras
simbólicas representando caimanes, tig-res, enseres domésti-
cos é imágenes del sol y de la luna allí tallad~s. Signos de
que Cuba carece, y por los que debe á la costa firme Cariba-
na atribuírsela una civilizacion y una poblacion más antiguas
que á las Antillas. y considerar á sus habitantes de tierra
adentro como los aborígenes de los caribes y de los indios del
litoral, que más tarde fueron dueños de las islas del Archi-
piélago.


Osadía inaudita é inusitado atrevimiento será quizás en
nosotros el separarnos, con esta creencia, de lo que como dog-
ma sentaron algunos sábios, y entre ellos Humboldt, en sus
obras. Mas desde que oimos á una de las personas que acom-
pañaron á tan eminente naturalista en sus excursiones por Cu-
ba, que cuando el sábio, armado de su anteojo, flanqueaba




lNTRODUCCION XVII


las cimas de altas montañas, para descubrir y dominar ma-
yores horizontes, si le apremiaba el tiempo ó se veia contra-
riado por los molestias del punto de observacion, nada raras
en los extremados climas americanos, salia dictar de corrido
al encargado de apuntar sus observaciones, que á tal latitud ó
cual longitud de la altura X, y en direccion al Norte ó al Sur
con tales ó cuales extensiones y con ángulos ó sin ellos á Le-
vante ó á Poniente, debian consignarse tantas ó cuantas mi-
llas de terreno jurásico ó cretáceo, con fallas cuaternarias ó
formaciones modernas, etc., etc.; al saber,decimos con dolor,
todo esto de una manera auténtica, no hemos podido ménos
de deducir que aquel sábio, más encariñado en verdad con sus
teorías, que partidario de los lentos trabajos que la observa-
cíon de ciertos hecho::; exige, recorrió con bastante ligereza,
estudiando de un modo muy superficial las formaciones de
los continentes y de las islas de América.


La de Cuba, pues, teatro de las principales escenas revolu-
cionarias que en el presente libro vamos á. referir; aquel deli-
cioso país cubano, que siempre ó no siempre fué isla, aunque
nuestra cpnviccion está por lo primero, es la más grande y la
mas boreal y occidental de las Antillas, situada en la zona
tórrida, entre los grados 19° 49' Y 23° 13' latitud norte y
los 67° 51' y 78° 40' longitud occidental del meridiano de
Cádiz. Confina al Este con el estrecho canal él pa:;o de los
Vientos, que la separa catorce leguas de Haiti; al Oeste y
~ordoeste con el golfo ó Seno mejicano; al Norte, con los ca-
nales de la. Florida, de Ocampo y Viejo de Bahama, dis-
tando su punta Hicacos de las tierras más avanzadas de los
Estados-Unidos, treinta y dos leguas; al Sur tiene la mar ca-
ribe ostentando variados cayos, los Jardines y jardinillos y la
isla de Pinos, y al Suroeste el estrecho de Yucatan, que por
cnarenta leguas separa los cabos yucateco de Oatoche del
cubano de San Antonio. Larga y estrecha, forma la isla
una especie de arco cuya convexidad mira á los canales del
norte, y tiene doscientas veinte leguas marítimas ó trescientas
:;etenta y seis itinerarias, de extension, desde el mencionado




XVIII LAS INSURRECCIONES EN CUBA


cabo de San Antonio hasta el oriental de Maisí; siendo su
mayor anchura de cuarenta y cinco leguas marítimas y de
siete y media la menor; con un perímetro de quinientas se-
tenta y tres leguas de costas y una superficie de tres mil
ochocientas cuatro, sin contar las isletas y cayos vecinos, y
de tres mil nuevecientos setenta y tres incluyéndolos.


Muchos y seguros puertos con extensas y resguardadas
bahías, ensenadas y embarcaderos, festonean las costas de Cu-
ba (13); y esta riqueza marítima y mercantil con que la
creacion y bs accidentes geológicos dotaron á la grande Anti-
lla, es tangible dificultad sin duda para resguardarla de las
invasiones piráticas, que pueden, además, contar con surgide-
ros en los numerosos islotes abordables que como centinelas
avanzados la rodean. Y si difíciles son de evitar en sus cos-
tas los desembarcos fraudulentos, que los corsarios en unas
épocas y los contrabandistas en otras intentaron, más difícil
se hace quizás, la persecucion de los que subrepticiamente se
introducen en la isla, no solo por lo que abundan los inextrica-
bles bosques y maniguales que aquella vegetacion prodigiosa
conserva en creciente lozanía y eterno verdor, sino por lo ac-
cidentada que es Cuba particularmente hácia el norte y en
sus extremos del oeste y oriente; cuyas montañosas regiones
han presenciado el mayor número de los movimientos inva-
sores, desde los primitivos de Colon, Ocampo y Velazquez,
y los siguientes de forbántes y fllibuste1'os, hasta uno de
Narciso Lopez, y las excursiones de los expedicionarios que
procedentes de Nassau, en Providencia, ó de los puertos de la
Am~~rica del Norte, han desembarcado en estos últimos años
para reforzar las hordas de los actuales insurrectos.


Diez son los principales grupos de montañas que forman
el sistema orográfico de Cuba, Sus nombres corresponden á
los de antiguas provincias indígenas (14), Y los ha conservado
la tradicion hasta nuestros dias, por medio de los indios ci-
marrones ó de los negros que, huyendo de la dependencia de
los blancos, con aquellos se juntaron despues en el interior
de los bosques, donde construyeron los palenques ó guaridas




lNTRODUCCION XIX


que tanto han aprovechado y aún hoy sirven á las bandas de
los sublevados en Yara. Pero aquellas provincias indias, que
se hacen ascender á treinta (15), no tienen, sin embargo, una
correspondencia perfecta con los treinta y dos distritos admi-
nistrativos que constituyen los tres departamentos, Occiden-
tal ó de la Habana, del Centro, Camagüey ó de Puerto-Prín-
cipe, y de Oriente ó Santiago de Cuba, en que está la isla
dividida. Y se . comprende que no se ajusten con exactitud
unas á otras divisiones territoriales, por las costumbres dis-
tintas entre los indígenas y los pobladores europeos.


Precisados éstos á formar centros de poblacion en los puer-
tos de las costas para extender su comercio y relaciones al
resto del mundo, fijáronse en las orillas del mar, mientras
aquellos, dominados por la propia indolencia intertropical,
sin más necesidades que las sencillas de la vida primitiva, y
temerosos siempre de las agresiones de sus vecinos los caribes
antropófagos, vejetaban en los bosques y puertos secos de
las alturas, y solo cuando la falta de cosechas ó la sequedad
de los rios interiores les hacia recurrir á la pesca, visitaban
el mar, ·nunca solos y siempre con grandes precauciones para
evitar los ataques de sus molestos vecinos. De este especial
sistema de vida ha nacido, sin duda, la errónea idea de cier-
tos historiadores, que afirman no haber existido la terrible
plaga del vómito negro en Cuba, hasta la colonizacion euro-
pea; y se comprende que así lo diga quien no profundiza las
causas, pues la accion que en las tierras bajas y regiones
marinas ejerce el maligno eflúvio que exhala el delta del
Mississippi, ni penetra al interior de las tierras, ni asciende
á las elevaciones de los montes. Y como en éstos ó en los va-
lles interiores vivian ordinariamente los primitivos habitantes
de la isla, libres estaban en su mayoría de los efectos de
aquellos venenosos miasmas, que en 1602 invadieron, por pri-
mera vez, la colonia española, cuando ya tenia cierta impor-
tancia, y cebándose despiadadamente la maligna fiebre en los
colonos, causó en su poblacion innumerables víctimas.


Verdad es que ciertos apasionados y fanáticos escritores




xx LAS INSURRECCIONES EN CUBA


cubanos, en su constante é incansable afan de alimentar an-
tipatías cuando no Mios, contra el nombre español, quieren
hacer responsables de todo.3 sus males á los que allí les lleva-
ron, con la religion yel idioma, la civilizacion de que los in-
dios carecian. Y á tanto llegó en este punto el apasionamiento
de algunos, que, al pintar á Cuba como un Edén exento hasta
de las alimañas que turban en otras regiones la tranquila
vida del campo, designan entre los animales venenosos la
abeja de España (16), que allí se introdujo en 1763 como ele-
mento de riqueza, mientras omiten citar 'el v0ráz gegén de la
isla del Coco, mosquito de tan activo veneno, que cuando se
reune en bandadas mata en una sola noche al caballo de más
vig'or, que por descuido de sus dueños tiene la mala suerte
de quedar al sereno amarrado (17). Ni citan los peces de bri-
llantes colores que convidan con su belleza y engendran en
sus carnes el más incurable de los principios morbosos, la
ciguatera, desconocida hasta ahora en el antiguo mundo; ni
las frutas malignas, ni los árboles que con su sávia producen
úlceras incurables, ni los que, como el gua o , matan con su
sola sombra.


Ciertamente que esto es de fatal necesidad donde el sol
tanto abrasa, y no solo produce las evaporaciones copiosas y
perennes que convertidas en seguras y cargadísimas nubes
dan con sus riegos periódicos inacabable verdor al campo y
sorprendente fondo á los rios, sino que acelera las pro-
creaciones haciéndolas más fecundas en la serie animal y has-
ta enriquece con notoria vivacidad la parte imaginativa
de la inteligencia humana. Indudable juzgamos que en mu-
cho hay que atribuir á las influencias climatológicas la
diversidad de los caracteres, tan moderados y de reconocida
templanza en los habitantes que viven entre las nieblas del
Norte, como ardorosos en los del Mediodía y en las tierras in-
tertropicales donde con tanta facilidad las pasiones se exaltan.


Paradógico parece, y es sin embargo evidente, que un mis-
mo asunto, y áun la propia idea se aprecian en los trópicos de
distinto modo que en las latitudes en que la Europa existe, aún




[~T RODUCCION XXI


en las más meridionales; como ~i aquel sol, que todo lo colorea
y anima, diera nuevos tonos al prisma moral y otro carácter
á los pensamientos y á los objetos materiales. De aquí, sin
duda, el que hombres de reconocido buen seso, aturdidos tal
vez por la exuberancia de vida, desvíen en Cuba sus ideas de
la corriente por donde ántes con el mayor acierto las dirigie-
ran, mientras otros de desconocidas facultades en Europa, las
desarrollan allí hasta el punto de distinguirse entre los más
capaces. De aquí el fenómeno de que hayan existido poetas
siboneyes (18) que intentaran crear una literatura exclusiva
con los elementos del idioma castellano, las reglas castellanas
y la paternidad de Castilla (18); que las ciencias tiendan al
mismo exclusivismo; que las conquistas realizadas en los
centros europeos del saber, no se adapten perfectamente á las
aspiraciones morales de aquellos habitantes; que en la po-
lítica se vean tan raras manifestaciones, y que se observe
una general t~dencia á identificarlo todo con lo que de suyo
exige la naturaleza de aquellos grados de latitud. Y estos fe-
nómenos, debidos indudablemente en gran parte al clima, y
las impresiones que allí se experimentan, casi siempre distin-
tas de las que en España produciria un acto cualquiera, cuan-
do no han sido tomadas en cuenta por los encargados de le-
gislar para aquellos habitantes, han promovido antipatías
generales, y quizás no nos equivoquemos, si entre los motivos
que ocasionaron la pérdida de la mayoría de nuestras posesio-
nes ultramarinas, incluimos la ignorancia, más ó ménos re-
conocida, en los hombres que prepararon trabajos legislativos,
que si á través del prisma europeo parecian muy aceptables,
no se miraban allá con igual b~llo colorido. Las torpes dis-
posiciones dictadas por los bien intencionados legisladores de
Cádiz, dan de ello evidente prueba, y las tan absurdas, por
suicidas, como generosas tendencias de la exagerada escuela
liberal espauola de estos tiempos. no nos han producido en el
Nuevo Mundo más que la deshonra del imprudente que no
sabe conservar el patrimonio heredado; ni de ellas hemos re-
cogido más fruto que el muy amargo de un Mio mortal al




XXII LAS INSURRECCIONES EN CUBA


convertirse en irreconciliables enemigos muchos de nuestros
hermanos que, cual nosotros mismos, han sido hasta ahora
capaces para llevar á c~bo todas las empresas, ménos la de
hacer buenos españoles de sus hijos nacidos fuera del propio
territorio de España.


De esta mala suerte, principalmente, nacieron las revolu-
ciones de América, provocadas todas por la impaciencia y la
soberbia de aquellos hijos, mal avenidas con la natural y
obligada subordinacion que á sus padres debian, pudiendo
considerarla como la primera y más patente de las causas
que movieron las conspiraciones y la actual insurreccion, en
la que, á pesar de otros pareceres, siempre creeremos que fué
islct de Cuba.




CAPÍTULO X.


l. La Europa á fines del siglo XV.-Oolon, ofr~ciendo un mun-
do, es desahuciado por los sábios de Salamanca y obtiene alfin
la proteccion de la reina Doña Isabel la Oatólica.-Preparati-
vos para el primer viaje de exploracion.


n. Primer viaje de Colon.-Sus descubrimientos.-Las Luca-
yas.-San Salvador.-Cubágua ó la isla Juana.-Separacion
de la carabela Pinta.-Descubrimiento d~ la Española ó Haiti.
-Naufragio de la Santa María.-Fundacion del puerto de Ka-
tividad.-Regreso de Oolon á España.-Recepcion del almi-
rante por los Reyes Oatólicos.-S ~gundo y t~rcer viaje.-Pri-
sion de Colon.-Ouarto viaje.-Naufragio en Jamáica.-Regreso
definitivo á España.-Muerte del almiranta.


IlI. Descubrimit.nto en el Norte del continente americano.-
Ooloniiacion de la Espaflola ó Santo Domingo.-Introduccion
de negros africanos.-Expediciones deforbantes y jilibusteros.-
Br;we historia de algunas Antillas hasta finas del siglo XVIII.


IV. Apuntes históricos acerca de las islas de Puerto-Rico, Ja-
máica y las pequeñas Antillas de barlovc:mto.-Grupo de las
islas próximas á Venezuela.-Grupo d~ las Lucayas.


V. Revolucion de la parte francesa de la Española ó isla de San-
to Domingo.-Insurreccioncs de los colonos, de los mulatos y de
los negros franceses.-Pérdida y conquista de la parte españo-
la de Santo Domingo.-Independencia di~ Haiti.


1.


Dueño de una gran idea y por ella fanatizado iba el geno-
vés Cristóbal Colon, despues de mediar el siglo XV, ofre-
ciendo un mundo á los potentados de Europa, mientras otroil
proyectistas y arbitristas, en aquellos tiempos tan abudan-
tes, prometían, con los recursos de su imag-inacion, medios




2 LA:': IXSURRECCIONES EX CUBA


hasta inverosímiles para llevar á ca,bo sus soñadas empref3as,
á los reyes y caballeros amaestrados en las aventuras guer-
reras, que eran el delirio de la época. Pero Colon, el más
sublime de los proyectistas, si acaso soñaba, en siguien-
do con espíritu razonador las indicaciones de Platon en su
Atlántida y las suposiciones de Ptolomeo, de Plinio, S~­
neca, A verróes y áun de Arist;íteles r~specto á la existencia
de tierras desconocidas más allá de Cádiz; y fundándose en
10 que sobre su viaje por tierra á la China habia dicho el ra-
bí Benjamin-ben-Jonah de Tudela, y Marco Pulo en el que
hizo á la India, calculaba que navegando siempre á Poniente
entre los paralelos de las islas Canarias y las de Cabo Ver-
de, rocien descubiertas, encontrada las costas del Asia qUi'
estos viajeros describieron.


Madurarlo su plan de descubrimientos y pensando en
quién le proporcionaría los medios de realizarlo, recorrió Co-
lon, con su o}) perspicaz de viejo marino, y de una sola mi-
rada el estado de Europa, contemplando con tristeza la poca
protcccion que esperar parlia de aquellos reinos entretenidos
en las guerras y tan mal dispnestos á los tranquilos senti-
mientos civilizadores. Vió á la marinera Venecia, ánt ~s or-
gullosa reina del Adriático, arrojada del Oriente, de Chi-
pre, de Rorras y de Candía por los nuevos señores de Bizan-
cio, y reducida á comprar humildemente un pasavante ó li-
renCÍa para atravesar los D;trdanelos: á la Italia, S1l propio
país, génio díscolo de la raza latina y hererrera inmediata d,~
sus viciosas tradiciones, la vió dividida, y cad"1 uno de sus
mi.croscópicos Estaios á las órdenes de tiranuelos que solo el
tiempo dedicaban á la perfeccion del sibwitismo ó á sus per-
sonales venganzas, á la vez que procuraban contener con
vicios ó con dádivas las irrupciones de la demagogia: la pe-
queña Francia, con cinc:) millones escasos de poblacion, ap'>'-
nas una nacionalidad era, y más bien patrimonio de señore~
feudales turbulentos é inquietos, que ni siquiera entre sí se
entendían para arrojar de su suelo á los ingleses: éstos y los
escoceses, Slli'J enemig1s do:nésticos, se g-ashban en la diso-




CAPÍTULO 1 3


ludon de la corrompida nobleza: Rusia" sin civilizar toda-
vía, seguia bajo la dependencia y vasallaje de tártaros y tur-
cos: Dinamarca, Suecia y Noruega dudosamente podian figu-
1'8.1' como reinos; y la Alemania, sin fuerza concr~ta por la
di visibilidad de sus Estados y con la triple de~gracia de su
a-patía, su pobr~za y su ignorancia, no sirviendo para recha-
zar las invasoras armas turcas, mal dispuesta debia de es-
tar y estaba para emprender aventuras. S6lo España y Por-
tugal ofrecian esperanzas al xuarino genovés, y á estos rei-
llOS dirigió sus miras.


Oprimido Portugal en los estrechos límites de su territo-
rio, buscaba ensanche en las costas de Africa, donde D. Sebas-
tian no encontró ni una tumba; y el infante D. Enrique, hijo
ne D. Juan n, alentando á los marinos en la escuela náutica de
su fundacion, hacíales visitar las islas de Cabo Verde y hasta
el Cabo de las Tormentas, que fué de Buena Esperanza, al
señalar poco despues a Vasco de Gama el camino de las In-
dias. Y la España, la cristiana y católica España, regenera-
da y engrandecida por los caractéres de Fernando de Ara-
gon é Isa~el de Castilla, y vigorizada por tantos siglos de
continua lucha, estaba dispuesta á todo; así á conquistar
nuevos dias de gloria por medio de sus numerosos guerreros,
('Álmo á luchar con las doctrinas muslímicas y á discutir en
las ciencias con los doctores y sacerdotes de Mahoma, que
del Oriente las importaron por natural tendencia civilizado-
ra, ó quizás como providencial destino para que los endebles
hijos de nuestros soldados, que en la guerra no aprovecha-
ban, las aprendieran en su esencia y las aplicasen despues
al cristianismo, cuando de la religion se hicieron ada-
lides (1).


Veia Colon terminarse la lucha de moros y cristianos, y
(~()n el oportuno enlace de Isabel y de Fernando formarse la
monarquía española; admiraba al severo Rey Católico, jamás
por amenazas conquistado, cual luego 10 probó respondiendo
á las del soberbio Gran turco con el envío de la escuadra man-
dada por Galup de Ripoll á los Dardanelos, 110 sólo para pro-


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4 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


t()ger los intereses y las vidas amenazadas de los cristianos
de Oriente, sino para obligarle a firmar un favorable tratado
+~ comercio; y atraido Colon por los esfuerzos marítimos que
;,acía España para defender á la cristiandad, que atemoriza~
la acudia á pedir auxilio contra los infieles a aquel rey, que,


{',lliticado injustamente de egoista, sabía con los hechos des-
L1 ntir tan gratuita calumnia; por todo ésto, y seducido ad~
más por la nombradía quP á los Reyes Católicos empezaba á
,lar su naciente poderío, se trasladó el marino genovés á
~ierra de Castilla, cuando hacia tiempo que como arbitrio se~
gLlro había ofrecido sus planes en su propio pais y á príncipes
y señores de otros reinos, llegando hasta el de Portugal, que
"banJonó indignado porque su rey D. Juan II, conocido en la,
Historia por el Peifecto, despues de apoderarse de la idea y
(le desechar las proposiciones del marino, envió secretamen-
te á realizar el proyecto un buque, que nada más pudo con-
'l'guir, sino poner de relieve las reales faltas de decoro y de
abuso de confianza, indisculpables siempre, no sólo en un
monarca, sino en toda persona bien nacida.


España, aunque unificándose, era, á la sazon, sin duda la
más adelantada de las naciones de Europa, así en las cien-
cias y en las artes que por puertos musulmanes se introdu-
cian, como en laboriosa actividad, en la que ell'ey se ejerci-
Llba desde que contempló la miseria por las guerras exten-
dida, mientras en un ion de su religiosa esposa, ambos á dos,
con buenos ejemplos formaban la moral pública que las mis-
Ill.lS guerras y las distintas aspiraciones de raza. tenian un
tanto quebrantada.


El año 1484 sería cuando entró Colon en España, al pro-
pio ti~mpo que su inmediato hermano D. Bartolomé, por en-
~ lrgo suyo, salia hácia Inglaterra á solicitar proteccion del
rey Enrique VII; y entró en ocasion bien poco a propósito
por cierto, porque ocupado el animo de los Reyes Católicos
Rn la. toma de Granada, era muy difícil distraerlos con em-
pr2s~s de otro genero; pero á pesar de ésto, la reina Isabel, á
quien se presentó, acogióle con benevolencia, y por medio de




CAPÍTULO I 5


su confesor D. Fernando de Talavera sometió el proyecto elel
marino al exámen de los sábios de Salamanca.


Aquellos, que como los de todos tiempos, creian que nada
podia saber quien no hablase científicamente, le interrogaron
segun las fórmulas de la época; y como Colon, que poseia
mas g0nio que dialéctica, no podia científicamente contestar-
les, aunque estaba bien persuadido de las verdades aprendi-
das en mapas viejos y en observaciones que la ciencia aún
no conocia, vió rechazados sus hipotéticos cálculos por no sa-
ber contestar á las objeciones escolásticas que. basadas en
los conocimientos dominantes entónces le hicieron aque-
llos depositarios oficiales del saber, quienes negaron, por
tanto, la aprobacion que el inspirado proyectista pretendia.
y sin duda aquellos sábios cumplian con su deber y demos-
traban tener conciencia, al par que conocimientos científicos,
no consintiendo que se expusiera la vida de algunos seme-
jantes en manos de quien no probaba silogísticamente poseer
los datos necesarios para realizar tan temeraria expedi-
cion.


Cinco·alíos necesitaron los sabios para atreverse á declarar
que no tenia razon el marino genovés, cuyo término no fué
el mas largo, sin duda, de los que en España suelen em-
plearse para resolver expedientes; y deshauciado Colon; aeu-
dió como última esperanza á los poderosos duques de J\fedina
Siionia y de Medinaceli, de los que no eonsiguió mejor for-
tuna. Abatido y triste y con la pesadumbre de cincuenta
años de trabajos y de disgustos, se retiraba ya hácia Huclva
ó Portugal, llevando de la mano a su hijo Diego, cuando
rendido de cansancio llegó á la Rábida y se acercó al con-
vento de Nuestra Señora pidiéndole al portero un vaso de
agua y un pedazo de pan para su estenuado niño. La ca-
sualidad, que tanto influye en los destinos humanos, hizo
acercar entónces al punto donde Colon descansaba al guar-
dian del convento Fray Juan Perez de~Iarchena, quien con
curiosidacl propia de frailes, pronto S3 enteró de las preten-
siones del marino, y cautivado por aquella verdadera e]o-




6 LAS INSURRE{:CIONES EN CUBA


cuencia hija de la conviccion con que se expresaba, ofrecióse
á proteger su causa; y despues de consultar al médico de Pa-
los deMQgller, Garcí-a Hernande:;¡;, que, como él, estaba algo
versada en las ciencias nuevas., entregó á Colon una carta
recomendatoria para su amigo el mencionado confesor de la
reina, Fray Feruand0 de Talavera.


Des8:ooando el camino presentóse CJlon otra vez ante los
reyes, en la villa de Santa Fé, donde la Cat6lica Isabel le aco-
gió con tanta benevolencia cuanto era el desden del rey Fer-
nando, que cansado de proyectis1:.a.s, miraba al genovés como
un extravagante. Pera al rendirse Granada, la reina, cuyo
earácter de soberbia contradiccion parecia complacerse en
mortificar á. Fernando, y tomaba creces con las oposicio-
nes (2), baciéndose pa.rtícipe del entusiasmo del marino, por
la natural tendencia de su viva imaginacion á todo lo gran-
de, por fantástico que pareciese, y animada siempre l)or sus
sentimientGs religiosos á cuanto condujera á la exaltacion de
la fé, declaróse partidaria decidida de aquellos proyectos,
hasta el punto de disponer el emp3ño de sus alhajas para que
se realizaran. N o permitieron que á tanto se llegase los protec-
tores que alIado de reina tan entusiasta y dominadora tenia
el marino en las personas del padre Daza, de Alonso Quinta-
nilla y de Luis del Angel, quienes buscaron fondos para que
se equiparan tres buques sin necesidad de empeñar las reales
joyas, en lo cual vió, despues de ocho años de fatigosas soli-
citudes, premiada Colon su constancia, como vió al fin firma-
do por los reyes, con poca satisfaccion ciertamente del grave
Fernando, el contrato presentado al efecto (3). Segun la
quinta cláusula de éste, podía el marino interesarse en una
octava parte de los gastos de la expedicion, y como carecia
-en absoluto de recursos, le suplieron los vecinos de Pa.los de
Moguer, Martin Alonso Pinzon y sus hermanos, los dos mil
quinientos duros que le correspondian de los veinte mil á que
pr6ximamente ascendió el equipo de las tres carabelas, no.m-
bradas Santa Maria, Pinta y Niña, que se armaron para
descubrir un mundo (4).




C~HíTULO 1 7


11.


Despues de cumplir como cristianos y de recibir los hom-
bres y las carabelas la bendicion de Fray Juan Perez de
Marchena, salieron los expedicionarios á la mar el viernes 3
de agosto de 1492, desde Palos de Moguer, mandando Colon
la Santa María, única de las embarcaciones con cubierta,
que era la mejor y hacia de Capitana; la Pinta, que medín,
unas cuarenta toneladas, la dirigia Martin Alonso Pinzan,
quien llevaba por piloto á su hermano Francisco; y la Niña, el
más pequeño de los barcos, armado con velas latinas, 10 man-
daba Vicente Yañez Pinzan; llevando las tres embarcaciones
unos ciento veinte hombres entre tripulantes y empleados, y
de éstos iba, como intendente ó escribano real de la expedi-
cion, Rodrigo de Escovedo.


Venciendo temporales y sin más averias que la pérdida
del timon de la Niña, llegaron las carabelas en diez dias á
las islas Canarias, donde al averiado barco se le construyó
nu~vo timon y reformaron las velas para hacer su ligereza
igual á la de los otros, y cinco semanas des pues , en la ma-
ñana del 6 de setiembre, salieron de la isla Gomera con
rumbo á Occidente, siguiendo la latitud de las Canarias,
que no pudieron conservar mucho tiempo porque la desvlacion
de la aguja náutica, fenómeno de aquellos navegantes des-
cOll0cido, diariamente alteraba el rumbo. Pasados iban trein-
ta y seis dias de navegacion entre peligros y esperanzas,
y cuando llenos de ansiedad próximos estaban á desesperar-
se los compañeros de Colon, descubrió éste confusamen-
te una luz á las dos de la madrugada del 11 de. óétubr(',
y al poco rato el marinero de la Pinta, Rodrigo dtTriana,




8 LAS INSURHRCCro~ES E~ CFB,'\


,. daba, y á voces se repetia á bordo de las carabelas, el alegre
y conmovedor grito de ¡tierra! Al fin ya no eran por capri-
chosas nubes chasqueados, y aquellos valerosos marinos veian
cierta la tierra deseada, en la cual, al siguiente dia 12
de octubre de 1492, de::iembarcaron los jefes de la expedicion
comandados por el marino genovés, quien al posesionarse de
ella en nombre de los reyes de España, y al hacerile recono-
cer corno almirante, la llamó San Salvador y supo que era la.
isla Guanakaní, llamada así por los naturales indios, la que
hoy todavía se duda si seria la Watlings island ó su vecina
la isla del Gato (Oat island) bautizadas con estos nombres, en
época posterior por los ingleses al haccrijc dueños de las Lu-
caya8.


Reconocida la isla de Guanahani, que se calculó tener de ex:-
tensíon unas quince leguas, y despues de admirar las b~l1e-
7.as de aquella poderosa vegetacion y la inocente sencillé7. de
sus habitantes; lo que impresionó vivamente á los expedicio-
narios, quienes buscaban algo más que b::)llos paisajes, in-
cluso el mismo Colon, que pensando en sus reyes á la vez
que en las cláusulas del contrato, sólo souaba en las riquezas
que podria llevar á España; lo que con preferencia llamó la
atencion de todos, fueron los pobres adornos de oro que col-
gados de las narices mostraban los naturales, quienes al ser
interrogaios respondian por señas que más al Sur se encon-
traba el punto de donde el metal procedia: quizás aquel reí...:.
no de Ophir que en 'su imaginacion fijo llevaban los conquis-
tadores. Avivada con esto su curiosidad y su codicia,. pron-
tamente abandonaron á Guanakani, llevándose siete indios,
para hacerlos intérpretes, que con dádivas fueron seducidos;
.Y dirigiéndose al Suroeste en busca de aquellas costas que
con tan brillantes y halagüeños colores se pintaban, recono-
cieron al siguiente dia un grupo de pequeiias islas, en las
que tal vez se comprendiera el actual Rum-O ay, que por el
almirant~ fueron bautizadas con el nombre de Santa ¡1'aría
de la Oonce]Jcion; recalaron luego en otra isla sin mon-
t.aña ninguna, que llamó Ji'ernandilla, y los mapas norte-




CAPÍTULO 1 9


americanos nombran Great .l!.';¡;uma; poco despues llegaron a
{)tra, quizás la actual Long is!and, á la que dió el nombr't~
de Isabela, y pasada una semana de navegacion bastan t ~
-contrariada, ya por las calmas, ya por los vientos y lluvi,;,s
otoñales, en cuyo tiempo fueron reconocidos varios cayo::i .V
bajos, á algunos de los cuales nombró Colon Is!as de A 1'enrt,
que se supone fueran las J/<fúca?'as, descubrió al anochcc('"
del sábado 27 de octubre una tierra designada por los lucayos
con el nombre de O'ubáglta Ó Ouba.


Aproximándose á ella en la mañana del 28 las carabe-
las, entraron en un rio que tal vez fuera' el de Nuevas gran-
des ó del Bayamo en Sabanalamar, llamado San Salvador
por Colon, en cuyas ag'uas fondearon; pero siendo poco capa;;
aq llel puerto, hizo levar anclas á la expedicion, que al si-,
guiente dia navegó al Oeste recorriendo la costa entre islot:s
.Y bajos; y para ponerse al abrigo de los vendabales que em-
pezaban á molestar, fondeó de nuevo el 31 en una emboca-
dura más ancha que llamó rio de J/<fares, la cual lo mismo
pudiera ser el puerto de N1tevitas, como la entrada de h
bahía de Sabina!, formada por la península de este nombre
y la isla de Guajába) en lo que no concuerdan los historia-
dores de más fama, á pesar de conocerse todavía éste último
surgidero con el nombre de Boca de O arabelas (5).


Juana fué llamada esta tierra en memória del malogrado
príncip3 D. Juan, por el almirante Colon, quien al desembar-
ear dispuso que s~ atrajese á los indios dueños de las escasas
viviendas diseminarlas en los contornos de la costa; y ha-
biendo conseguido los exploradores que se acercasen algunos
indíg~llas de los de más atrevida curiosidad, les mostraron
los adornos de oro de los lucayos, preguntándoles su pro cc-
tlencia, á lo que con mímicas respuestas dieron á entender,
señalando los montes de tierra adentro, que OubanaCait, se-
gun pronunciaban, era donde aquel preciado metal se enc:)ll-
traba. Este vocablo hizo sosp3char á Colon si seria el reino
de 01~bla.lj-Kan, descrito por Marco Polo, el punto á que los
indios se referían.




10 LAS INSURRECCrONES EN CUBA


Aquel apacible sitio, las deliCiosas brisas que en paraiso
convierten á Cuba durante la estacion fresca del año, yaque-
lla rica vegetacion siempre robusta y galana; impresionaron
tan viva mente el ánimo de Colon, que al describir la tierra
descubierta decia que «(era la más hermosa q1t'e jamás ViC'l'M¿
»ojos !tu7nttnos;» en la cual {¡¡ cada paso querian ver los des-
cubridores las plantas y los animales de la India, confirmán-
doles en su opinion la presenCia d-e los caimanes y manatic
de los rios, que suponian ser cocodrilos y vacas mat"inas de
Asia ó Africa. Pero en punto á civilizacion no debieron que-
dar muy satisfechos del grado de cultura de aquellos habi-
tantes, que en sus abandonadas chozas no poseian más que
harpones de hueso, redes de palma y otros obj~tos de pesca
que demostraban una industria bastante primitiva (6). Y si en
dudas envolvieron ya estas señales al almirante, creció su per-
plegidad cuando el intérprete judío converso, Luis de Torres,
que con perfeccion poseia el árabe, el hebreo y el caldeo, idio-
mas muy generalizados en Oriente, ni pudo comprender el de
los indios, ni de ellos hizo entenderse, más que por señas,
como los otros expedicionarios.


Desde aquel sitio, que todavía no está bien averiguado si
era el actual puerto de Nuevitas ú otro, destacó Colon un
bote con algunos españoles y un lucayo por intérprete, quie.:..
nes navegaron rio arriba por uno, que tanto pudiera ser el
Máximo, cuya corriente vá desde el Tuabaquey á la bahía
del 8abinal, como el 8ara71taguacán que desagua en la ense-
nada de lJfay(tnabo en dicho puerto de Nuevitas. Aquellos
exploradores, persuadiendo á los naturales, hasta donde les
era posible, de las pacíficas intenciones de los españoles,
consiguieron átraerse, entre otros, un indio cubano que alar-
deaba ser persona bastante principal, osrentando orgullosa-
mente la pieza de plata labrada, que de su nariz pendia;
cuyo vanidoso indígena dió á entender con gesticulaciones
y señas, que el rey de aquella tierra vivia en el interior,
como á cuatro dias de distancia. Esto decidió al almirante,
suponiendo ya si aquel seria el gran Khan y su residencia el




CAPítULO 1 11


Catlmy, á enviarle una embajada, con el intérprete Luis de
Torres y con Rodrigo de Jeréz, aoompañados de dos guías in-
dios, uno de OUbáfl'Wd. y otro l,"ayo de Guan,(¡}¡,a1'llÍ, provistos
de regalos y de las corl'esp Judien tes credenciales ó cartas de
presentacion.


Mientras ibán en busca de aquel imaginario monarca los
embajadores, á los cuales les señaló seis dias entre ida y
vuelta el almirante, dispuso éste la carena y reparftcion de
los averiados bajeles, ocupándose él, entre tanto, en buscar
los canelos, ruibarbos y nuez moscada, siempre en la con-
viccion de encontrarse en un punto de la India; péro sólo ha-
lló de importante, entre los vegetales desconocidos, la humil-
de raíz de la patata, más preciosa para la humanidad q ne
todas las especias del Oriente, como dice Irvíng; pues lo que
buscaba indicábanle los indios ancianos, á quienes Colon en-
señó muestras, qtie debía hallarse allá al Suroeste en parte
lejana, indicada por ellos con los vocablos de Babeq1re y
]joMo (7).


Cuando el 6 de noviembre regresó la embajada, otro des-
engaño tuvo que sufrir Colon, porque ni del gran Khan ni
de ninguna populosa ciudad trajo noticias, sino de la pobre
aldea donde se reunian hasta un milla:r de iuaios de ambos
sexos, que ni aun pudieron errtenderse con el ex-judío Torres.
Entre ellos se reconocian ciertamente categorías, segun los
embajadores refirieron, pero pocas señales del fausto oriental
daban, viviendo desnudos y éon los éuerpos pintados como
los demás habitantes de la costa que hasta entóMes habian
visto, de los cuales se diferenciaban, sin embargo, por el uso
que hacían del tabae ó tabaco como dístraccion, novedad que
sorprendió mncho á los espanoles, y por alimentarse con
eaztib'i ó casabe, especie de pan ó torta elaborada con la raíz
llamada yt~ca; así OOmO por ten<'lr para guardar sus vivien-
das un perro mudo que denominaban /luaniquinoje; por
servirse los naturales en lugar de catilaS de una especie de
redes colgadas por ambos e~tremos llamadas hamacas, y por
usar como armas Ó instl'umentos de guetta, lanzas de tilade-




12 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


ra endurecidas al fuego por las puntas, y unas con forma d~
-espadas que nombraban macanas.


Esta nueva decepcion en las espléndidas fantasías de los
descubridores hizo abandonar al almirante aquellos sitios
para seguir sus exploraciones, y aunque muchos indígenas
querian acompaITarle, s610 dos y una india se llevó á las ca-
rabelas, las cuales dejaron el fondeadero de Mares en 12 de
noviembre, y con rumbo al Sureste fueron en busca del
babeqzte ó bokío indicado c~m() el país del oro y de las rique-
zas, que hasta allí no se habian encontrado.


Venci3ndo dificultades, no siempre favorecidos por los
tiempos y obligados muchas veces á tomar puerto en las mis-
mas costas dJ Cuba, pa.ra rap:merse de los emba.tes del embra-
vecido canal de B:lhama, siguieron los naveg'antes; y despues
de haber visto largarse con viento favorable en la madru-
gada del dia 23 la Pinta, que mandaba Martín Alonso Pin-
zon, quien al desentender las señales de la Capitana, clara-
mente dem8straba que pretendia correr aventuras á su' cuen-
ta, dobló Colon en 5 de diciembre el cabo más oriental ele
la isla, al que, suponiéndole extremo del continente índico, lp
bautizó con el nombre de alfa y omega, hoy punta d3' Maisí;
desde donde pudo distinguir y dirigió la proa el dia 6 hácia
otra isla que los indios de á bordo nombraron Bokío.


Empezó á costearla, y atraido á la desembocadura de un
rio por la belleza y frondosidad del valle que atravesaba, allí
fondearon las dos carabelas, Santa Maria y Niña, el día
de la Concepcion, por lo cual se dió e¡;te nombre á aquel puer-
to; en cuya entrada, dispuso el almirante que como signo de
posesion se erigiese una gran cruz, así como por haber¡;e
pescado en el rio una especie de salmones, por oirse trinos
de pájaros, quizás los del sinsonte, parecidos á los del ruise-
ñor, y por la analogía de aquel valle con otros de la tierra
andaluza, nombró La Española á. aquella isla á la que los
naturales llamaban Haití (8).


Dos dias despues, fué Colon en busca de la soñada Babe-
que; pero los contrarios vientos, sólo le hicieron descubrir la




CAPÍTULO ( 13


pequeña isleta de la Tortuga, y volviendo á la Española, vi-
sitó la hahía de los Mosquitos, desde donde, mortificado por
aquellos insectos, que la dieron nombre, regresó á la Concep-
cion y se puso en relaciones con los habitantes indios, quienes
de parte del cacique de la ccmarca, le hicieron una ceremo-
niosa visita. Sabiendo por estos que los criaderos del oro es-
taban más lejos, se hizo otra vez á la vela, y, el dia de San-
to Tomás, bautizó con este nombre á un puerto donde á poco
de echar las anclas, fué visitado de parte del gran cacique
Guacanagari, por unos indios idénticos á los que ya conocia,
los que al indicar el Cibao como punto de las minas de oro,
decidieron á Colon, quien teniendo presente á Marco Polo,
alegremente tradujo por Cipango, á aproximarse al gran ca-
cique en cuyos dominios existia tan abundante el rico metal.
Volviendo la proa de la Capitana la dirigió costeando hácia
el puerto de la Concepcion; pero aquel fugaz placer del al-
mirante, que soñaba ya en la realidad de sus doradas fanta-
sías, fué dolorosamente destruido por el descuido de un timo-
nel que, mientras Colon confiado descansaba en medio de
una mar sosegada y quieta, abandonó la nave á las corrien-
tes y acercándola estas á la costa, vararon la Santa jJfaría
entre unos peñascos. Ni los auxilios de la Niña, que ya tar-
de acudió á su socorro, ni los esfuerzos de Colon, bastaron
para poner el buque á flote, lo cual obligó al marino á tras-
bordl1r toda la tripubcion á la NiFia, enviando luego emisarios
á Gltacanagari con noticia de la desgracia que al ir á visitarle
habia ocurrido; cuyo cacique en persona acudió presuroso al
lugar del siniestro, y acompañado de sus hermanos y parien-
tes, liió ejemplo y con todos los indios señaladas pruebas de
deferencia y simpatía á los españoles, ayudándoles á trasladar
á la playa y prestándose á custodiar los efectos que pudieron
salvarse del naufragio.


Siendo en extremo reducida la capacidad de la Niña para
contener además los tripulantes y el material de la desgra-
ciada Capitana, y siendo por consiguiente imposible intentar,
en aquellas circunstancias, el regreso de todos á España, tu-




14 LAS IKSURRECCIONES EN CUBA.


vo el almíra:nte que decidirse por una resolucion pronta, y
multiplicllndo con obsequios las muestras de afecto: al caci-
que, consiguió de éste autorizacion para. construir con los
destrozos del perdido buque un fuerte, en el que algunas ex-
pedicionarios quedarían custodiando los salvados efectos,
mientras él regresaba á la Penínmrla y -volvia Con otras em-
bárcaciones. Tal peticion fué acogi:da con grandes demostra.-
ciones de alegría por J.:os insuls,l'cs, que orgullosos con la alian-
za de gentes tan poderosas, creían verse ya para siempre
libres de las agresiones de los caribes sus vecinos; debién-
dose á aquel desastre la fundacion de] primer establecimien-
to español en el nuevo mundo.


Para jefe del fuerte, que se llamó de Natividad, como tris-
te recuerdo de la fecha en que -varó la Santa María, fué de-
signado Diego de Arana; nombrando Colon además dos te-
nientes para que le auxiliasen en el mando y dejándole has-
ta treinta y nueve expedicionarios, provistos de armas, entre
los cuales no faltaba médico, ni carpinteros, ni calafat'es, para
las necesidades de la colonia.


Estrechadas las alianzas con los caciques comarcanos y
despues de despedirse de éstos y de dict;t,r ti sus capitanes dis-
poeiciones p&ra el buen régimen del establecimiento durante
su ausencia, se hizo Colon á la mar el 4 de enero de 1493 en
la carabela Niña con rumbo á España, siguiendo por la costa
Norte de la isla, la direccion de Monte-Oristi; y al doblar un
cabo, que llamó Santo, descubrió el dia 6 la Pinta que á
fines de nCl'VÍembre se le habia separado en las costas de Cuba.
Tan malo estaba. el tiempo al avistarse a.mbas carabelas, que
la mandada por Colon tuvo que retrocedel' á lIIonte-O 'l'isti,
y allí fué seguida por la Pinta, cuyo capitan Martin Alonso
Pinwn intentó disculpar su falta y vindicarse, lo cual pudo
conseguir sin grandes esfuerzos, porque el almirante, aun-
que profundamente indignoo.o, aparentó su benevolencia aeos-
tmnbrada, sacrificando todos los resentimientos en áras de la
unian, más que nunca ~cesaria para dar feliz término ala
empresa. A tener más confianza en los Pinzones, quizás hu-




CAPÍTULO 1 15


biese Colon continuado entónces sus descubrimientos; pero SE'
limitó á recorrer las costas de la. Espa7iota, dand@ nombre á
algunos cabos, rios y golftls, entre ellos el de las Flec.kas ó
8amaná, y á visitar islas de earibes como la Bo,-iq1&en Ó San
Juan Bautista, h-oy Puerto-Rico, y la de ll:fantin:iano, habi-
tada por amazonas, segun asevera:eiou de los indios, hasta
que una fuerte y favorable brisa para Espaiía le internó en
el Oeéano. Viendo el marino retratado eB todas los semblan-
tes el deseo de volver á la patria, emprendió este rumbo, y
con vientos contrarios siempre y fieras tormentas, en las cua-
les otra vez se separó la Pinta, arribó la maltratada Niña el
18 de febrero, á la isla de Santa María, en las Azores, dcmde
al cumplir los expeclicicHlarios un voto que habian hecho en
medio del temporal, estuvieron á punto de ser víctimas de
los isleños portugueses, y logrando calmarlos pudieron se-
guir seis dias despues la navegacion y acercarse á Portugal,
frente á la roca de-Cintra, en la entrada del río Tajo el día 4
de marzo.


Noticiosa la córte portuguesa de la llegada del almirante, se
apresuró {t recibirle con ostentosos obsequios; y aquel mismo
rey D .. Juan que doce años á:ntes intentó abURar de los cono-
cimientos del marino, enviaba á lasailon, con .oficiosidad
exagerada, correos á los Reyes Católicos, participándoles el
regreso de los expedicionarios. Pero Colon, que no podia con
gran placer aceptar halagos de quien tan mal correspondió
á su confianza, prefiriendo embarcarse á cruzar el reino lusi-
tano, dirigióse con la Niña á Palos ele Moguer ,donde fué
triunfalmente recibido por la poblacion entera, y desde allí,
por tierra, acompaiíado de cuatro indios y con Jos objetos re-
cogidos en los paises descubiertos, pasó á Barcelona, siendo
aclamado en todas las poblaciolles del tránsito por los nume-
TOSaS habitantes que llenos de curiosidad por ver á Colon y á
los indiCils, se ~~lpaban á su encuentro. Con gran pompa é
iBusitada magnificencia fué recibido á cInediados de abril
por los reyes aquel á quien ya llamaban nuest'1'O aZmilrante
·del ma?' Océano?J 'lJire]l '!I fjf)bc?'nado?' de las islas descu-




16 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


biel'tas en las Indias, y en la córte de los Condes como en las
poblaciones que Colon recorria, victoreado era por las muche-
dumbres, y distinguido como un príncipe por grandes y cor-
tesanos (9). Mas el ya grande hombre, no tanto se ocupaba
de disfrutar de aquellos merecidos fayores 6 de prolongarlos,
cual quizás en los tiempos modernos se hubiera hecho, cuanto
de preparar, dominado por su génio aventurero, nuevas expe-
diciones que realizaran otro proyecto en que soñaba, y era el
de rescatar el Santo Sepulcro con las riquezas que le arranca-
ra al Nuevo mundo ..


Nunca jamás noticia alguna se habia extendido por Euro-
pa con tanta rapidéz, como la de los descubrimientos de Co-
lon, que más obra divina que humana la consideraban mu-
chos, y á la publicidad de la nueva y á que tomaran todos
parte en el general regocijo, contribuyó con preferencia el in-
vento del inmortal Guttemberg, que ya desde 1468 se apli-
caba en Barcelona, cuyas imprentas dieron á luz e~ vários
idiomas numerosas relaciones de los viajes del marino, que
á los pocos dias, desde los suntuosos palacios de los reyes á las
cabañas de la humilde aldea, era asunto de todas las conver-
saciones. Y en tanto, uno de los que más contribuyeron con
sus fondos y cooperacion á que se realizara el primer viaje al
Nuevo mundo, el capitan de la Pinta Martin Alonso Pinzan,
moria pobre y olvidado en Palos de Moguer, de pesar por el
cruel tratamiento recibido de los reyes y áun del mismo al-
mirante, y olvidado hasta de su propio pneblo, injusto en
aquella ocasion, como suele el pueblo serlo siempre que con
ceguedad se apasiona.


Planteado un despacho de los negocios de Indias, bajo la
superintendencia del arcediano de Sevilla D. Juan Rodri-
guez de Fonseca, despues obispo de Badajoz, de Palencia y
de Burgos, y hechos los preparativos para una importante
expedicion, se emprendió el segundo viaje al Nuevo mundo
en 25 de setiembre de 1493, saliendo del puerto de Cádiz
con el mayor bullicio y entusiasmo, no ya unas humildes ca-
rabelas como las que el año anterior zarparon del modesto rio




CAPÍTULO 1 17


de Palos, sino una respetable armada de diez y siete buques
y más de mil quinientos expedicionarios. Hizo aquella bri-
llante fldta el dia 5 de octubre escala en la G:)mera, don-
de se surtieron los bajeles de los cuadrúpedos y las aves con
que luego se pobló el nuevo mundo; con rumbo más al Sur
que en el primer viaje, recaló el 3 de noviembre en una de
las Antillas, que por ser aquel dia domingo, recibió el nombre
de la IJominica; desviándose luego al Nordeste en busca de
buen anclaje, aproximó Oolon la flota á otra isla que en me-
moria del buque que mandaba la llamó Marigalante; y dis-
tinguió á poco otra mayor nombrada por los naturales Ou-
1'ucitei1'a o Turuqueira, centro priucipal de caribes, á la que,
cumpliendo la promesa que tenia hecha á loa monjes extre-
meños de la Vírgen de Gm1dalupe, apellidó con este mmbre.
Allí supo el almirante que más al Sur existian islas y hasta
un continente; pero deseoso de visitar el fuerte de Natividad,
enfiló las naves con rumbo hácia la .B'spafiola ellO de no-
viembre, y de paso dió nombre á las islas de JJ:fonserrat,
Santa litaría de la Redonda, Santa Oruz, llamada por los
indios Ay.ay, Santa llrsula, San Juan Bautista al Boricon
ó Borinquen de aquellos isleños y las Or¿ce mil vírgenes á
un grupo de islotes; y el 22 llegó por fin la armada al golfo
de las ,flecltas en la .B'spañola, el 25 á Monte 01'isti y el 27
al anochecer ante el fuerte de Natividad, donde fué sorpren-
dido y tristemente impresionado por el silencio con que desde
la costa se contestó á. sus señales.


Sangrientos dramas se habian representado allí durante su
ausencia, provocados por los incontinentes y codiciosos guar-
dadores del fuerte. Aquella misma noche manifestaron pala-
dinamente á Colon varios indios que, capitaneados por un pri-
mo del cacique Guacanagari, subieron á bordo ele la Capitana
á referir al almirante la historia de los' desastres, que á ellos
habían contribuido todos los naturales de la isla, quienes no
pudiendo sufrir más las irregularidades y excesos en la con-
ducta de sus aliados, tuvieron que protestar violentamente al
ver que tomaban para su servicio muchas de las más escogi-




18 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


das mujeres indias. Resultado de aquel abuso de los primeros
colonos del Nuevo mundo fué la raza de los mestizos, que en-
gendrada en la hirviente sangre de las pasiones exaltadas, tan
fatal habia de ser en AJILériea para sus procreadores, y, tras-
curridos los tiempos, para los d.emás hijos de España.


Ex.aminaias de C2rC'l. pe>r Ge>lcm las quemadas ruinas del
primer establecimiento, que por h neee3idad habia fundado,
trató de inspirar nueva confianza en el ánimo de los isleños,
visitando al cacique Gu,aca,.nag.ari,que, segun aseg'uraba, por
inclinarse al partido de losesp3.ñoles, habia tenido que batir-
se con el famoso Oaanabo, señor de la Porada casa; pero que
en realidad, fingiéndose herido, s~ postró en su kamaca, usan-
ao de aquella superchería para. ocultar en su impotencia el
Mio de raza que ya en el fondo, lo mismo en él que en los
otros indios, exititia contra los espaaoles. D,~spues de tal ce-
remonia, dominado el almirante p)r tristes presentimientos,
abandonó aquel fondeadero, y dirigiéndose á otro más próxi-
mo á las minas del Oibao, eligió entre dos rios un sitio muy
pintoresco, donde se pusieron los cimientos á la primera ciu-
dad cristiana en el nuevo mundo, que c)n el I)ombre de la
Isaóela y en honor de la Reina Católica, se levantó, en cuyo
punto empezaron ya los expedicionarios á sufrir las enferme-
dades propias del clima.


Desde el nuevo pueblo fué á explorar el interior de la tier-
l'a Alonso de Ojeda, quien á su regreso reanimó los abati-
dos espíritus de los colonos con las noticias de abul,ldantes
criaderos de oro y con las muestras que del rico metal traia,
Para que tan plausible nueva llegase tÍ noticia de los reyes,
eomo para librarse de ciertos elemeubs de discordia que le
perjudicaban, envió Colon á España nueve de los buques de
la flota, cargados de indios, ya que por ent6nces no tenia
otras riquezas á mano, pr.:>p:miendo á la c5rte que como escla-
vos se trocasen por ganad.os, aves y otros efectos que el co-
mercio podía enviar á la ,colonia" con lo cual ésta se proveeria
sin gastos y el Tes(i)l'oreal ,seenriqueccria, imponiendo los
correspondiente8 derechos de exportacion.Cierto es que el




CA.PÍTULO 1 19


almirante trataba con esto de redimir multitud de almas qw'
vivian en la ignorancia de la religion verdadera, «llevándo-
las al cielo á la fuerza,» como dice irónicamente Washington
Irving; pero él creia tener derecho á conquistar iD::; países
que habia descubierto, y su opinion no debia estar tan mal
fundarla cuando hoy mismo se consideran justas las conquis-
tas, si mejoran las condiciones morales y materiales de lOS
pueblos.


No entra en nuestros prop6sitos seguir, en todos sus deta-
lles, las peripecias por que tuvo que pasar Colon ántes de es-
tablecerse los hombres de nuestra raza y de nuestras crJJn-
cias en las regiones de Occidente, por lq cual no harcmJs más
que indicar sus actos, en este segundo yen los otros dlS viaJes,
para seguir el curso de los acontecimientos en las demás tier-
ras descubiertas y p:uticularmente en las mayores y pr:nci-
pales Antillas.


Terminado en la Isabela el primer templo cristiano qUi~
inauguró el padre Boil, celebrando misa el dia d,:, Reyes, 6 ele
enero de 1494, y erigido en catedral con su correspondiente
cabi'do; sQfocadas ciertas conspiraciones promovidas por ca-
pitanes impacientes ó ambiciosos; examinadas de cerca las ri-
cas minas del Cibaó donde se levantó la fortaleza de Santo
Tomás para repeler las agresion-es indias; y constituida en
aquella primera colonia española una junta de g'obierno pre-
sidida por D. Diego, hermano del almirante, se dirigió éste
con tres carab,:,las á explorar la parte oriental y m~rirlional
de Cuba, en cuya excursion recorri,) los numerosos islotps lla-
m'tGos p:w él Jardines de la Reinrt, y aproximánios3 el 13
d'e junio á la actual isla de P ¿nos, q U3 nombró la Evangelista,
fué impulsado por los temporales á la de Januiica ó de San-
tiago, volviendo, despues de costearla, el 19 de agosto, á
11s puertos de la Española.


Tri"tes fueron las impresiones de Colon cuando regresó á
la Isabela, más desconsoladoras q uizáR que las sufridas al
contemplar las ruinas del fu~rt2 de Natividad, porque entán-
ces n:) se veian más que desastrosos efectos de h"cbos no bien


4




20 LA.S INSURRECCIONES EN CUllA


a.veriguados, mientras ahora tenia que lamentarse en presen-
cia de los excesos cometidos en los indios, por las viciosas
gente8 que, desobedeciendo á la junta de gobierno, se entre-
garon á toda clase de tropelías, y por fin, temiendo la vuelta
del almirante, apoderáronse de loo buques del puerto, aque-
llos que. más en la maldad se habian distinguido, y con el
P. BaH, principal instigador, dirigiérom,e á España; dejando
indeleble sentimiento de Mio en los indígenas que surordina-
dos.á los caciques GUUirione:c, Guacanaga'l'i, Oaonabo, BeeMo,
hermano de la bella y famosa Anacaona y Ootaba?tania, le-
vantándose estaban ya en son de guerra. Para restablecer el
6rden tuvo el almirante que auxiliar á Ojeda, asediado en el
fuerte de Santo Tomás par Caonabo; reñir batallas; sojuzgar
á los indios que, por su culpa, en gran número alimentaron y
dieron importancia al tráfico de esclavos, é imponer tributos,
y hasta el obligatorio trabajo personal. Pero á pesar de sus
esfuerzos, no pudo impedir que las bandas de españoles, sin
más guia que su capricho, se entregasen á todos los 'excesos
de la avaricia y de la concupiscencia. Para corregir ésto,
cuanto para destruir el mal efecto que en la córte hiciera el
dtlS~mbarco de los compañeros del P. Boil, y las patrañas
que para desacreditarle suponía que habrían inventado, aquel
gran hc>mbre, despues de fund3.r en la desembocadura del rio
Ozema, pr5xima á otros cria¿bns de oro, la ciudad de Santo
D:)mingo, y de construir una carabela llamada 8anta Oruz,
por haber de:;truido las otras los tempJrales, partió hácia
España ellO de marzo de 1496 con el cacique CaQnabr¡, que
Ilímri6 en la travesía, y con otros prisioneros; llegando al
-puerto de Cádiz el 11 de junio.


La opinion creada con calumniosas invenciones por aque-
llos insubordinados compañeros del p, Boil, hicieron descen-
der mucho la popularidad del almirante; pero fué aún bien
recibido por los leyes, á quienes enter6del verdadero estado de
las cosas, é incansable en su sed de descubrimientos, preparó
un tercer viaje, Partiendo de Sanlúcar el 30 de mayo
de 1498, dirigióse el 21 de junio desde la Gomera, más al




CAPÍTULO r 21


~ur, llegando á la. isla de Trinidad el 31 de julio, y descu-
briendo despues á Tobago, la Granada, Santa Margarita,
el Oaracol y el JJe1fin en la costa Oaribana. Exploró todo el
archipiélago caribe meridional y las costas del golfo de Pá-
ria, que dudó si perteneceria'1 á un gran c¡mtinente, hasta
que, enfermo y con las provisiones escasas, tuvo que dirigirse
á laE~añola, fondeando en la boca del Ouma, donde se agra-
varon sus dolencias con la afliccion del ánimo, al ver los desas-
tres y la anarquía promovida por el rebelde alcalde mayor
Roldan, quien, desobedeciendo al adelantado D. Bartolomé Co-
lon, habíase fijad.o como autoridad independiente en otro
punto de la isla.


NJ sin trabajo y sin derramamiento de sangre pudo Co-
lon, al restablecer3e, desbaratar aquellas trámas. Declaró
luego á la ciudad de Santo D:Jmingo capital de la isla, y co-
mo consecuencia de sus órdenes sc>bre agricultura, industria
.Y laboreo de minas, pasó por el dolor de ver extinguirse la
taza india bajo el pes) de las duras faenas que aquellos na-
turales rechazaban, y que :mfrian, sin embargo, á pesar de
la proteccion que les dispensaban los frailes Jerónimos, allí
importados Tomando éstos por desaire el alejamiento de
los asuntos del gobierno, en que pretendían intervenir, hi-
cieron coro con los descontentos y enemigos del marino, lle-
nando la córte con tan alarmantes noticias, que los reyes,
para cerciorarse de la verdad, comisionaron al caballero de
Calatrava Francisco Bobadilla para que como juez exami-
nase la conducta del almirante, á quien aquel imprudente
magistrado, imbuido por los perturbadores, remitió encade-
nado á España en octubre de 1500.


Cási al mismo tiempo que esto pasaba en la Española (de
mayo á setiembre de 1499), Alonso de Ojeda, que sin COl1-
scntimianto de Colon habia obt~nido permiso para hacer des-
{'uorimientos, rscorria detrás del almirant~ las costas de Pá-
¡'ía y del Orin3c3, llevando entre los expedicionarios al flo-
rentino A mérigo ó A mérico Vespucci dependiente de un co-
mm'ciante ítaliano establecido en Sevilla. Aquel avcnture~::::~"
,,~~CA 6;~,:'


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22 LAS INSURRECCIONES EN CUBA.


publicó á su regreso, pintorescas descripciones de las cos-
tas, no descritas todavía por Colon, consiguiendo, quizás sin
pretenderlo, que el público distinguiese los puntos á que se
refería con el nombre de tierras de A mérico, llamándose se-
guidamente Américas todas las del continente, d.:l que sólo
patrañas y mentiras habia referido el fbrentino, por la ca-
sualidad inmortalizado, segun poco despues pudieron obser-
var Vicente Yañez Pinzan y Diego Lope al recorrer las cos-
tas del Brasil, descubrir el rio de las Amazonas y penetrar
por el Marañon.


Grande y desagradable fué la sen sacian que produjo en
EStJaña la llegada del descubridor de un mundo. Encade-
nado, yen la misma forma con que salió de la jlspañola,
iba Colon á visitar á los reyes; pero no pudiendo éstos con-
trarestar el torrente del espíritu público, reprobaron corno in-
digna la conducta de Bobadilla, y apresurándose á extender
la especie de que se habia ejecutado la prision sin su J?anda-
to y contra sus propios deseos, expidieron órdenes á Cádiz
para que inmediatamente se pusiera en libertad 31 mari'no, y
que se le adelantasen dos mil ducados ó sea ocho mil qui-
nientos treinta Y ocho pesos fuertes, para que pudiera pre-
sentarse en la córte con el brillo que correspondía á su alta.
cat()goría y merecimientos. Así lo verificó en 17 de diciem-
bre; recibiéronle los reyes con las mayores muestras de ca-,
riJo y excusándole de hacer una vindicacion, que no necesi-
taba; restableciéronle luego como almirante en los privile-
gios y dignidades de que se hallaba privado desde la inicia-
ci:m de aquel injusto proceso, y ordenaron para satisfaeerJe,
la deposicion de B:lbadilla y el nombramiento de Nicolás ae
Ovando en su reemplazo.


No corregido ni escarment,ldo todavía con este ejemplo de
bs volubilidade3 cort"lsanas, emprendió el viejo y valetudi-
nario C:llon el cuarto viaje a sus Indias occidentales el 9 de
mayo de 1502, saliendo de Cádiz con cuatro carabelas y la
real prohibicion de tocar en la Bspañola, para que su pre-
sencia allí no diera motivo á mayores complicaciones en la




CAPÍTULO [ 23


gobernacion de la colónia. Pero á pesar de todo, encariñado
á aquella tierra, que creia suya, se aprDximó á sus costas
ell5 de abril, con el achaque de tomar otro buque; y no ha-
biendo querido recibirle Ovando, angustiado, se apart'¡ de
aquel puerto, y despues de reparar sus naves de las avrrías
pro:lucidas por el temporal, que destruyó la armada de R)-
baJilla, se dirigió hácia el Oeste en busca del estrecho ima-
ginario que le condujera desde la costa de Pária á las islas
de las Especias. Reconocida la Guanaga ó Guanaia Y otros
islotes de la costa de Honduras y áun el cabCl OáTintafl del
mismo continente, donde en objetos de cobre, ut~msilios
de barro, perfeccion en las armas de guerra y en los trajes
indios, hechos con pintados tejidos de algodon, vió un reine>
más civilizado que los que hasta entónces habia descubierto,
recorrió el almirante la costa del Sur llamada de los Mosqui-
tos, el Quiribiri y la Costa Rica, donde fu ~ recibido con ban-
dera blanca ó de paz, por los indígtlnas. Visitó á Veragua,
de cuyo nombre tomaron sus descendientes el título de duques,
y huyendo de las fuert3s tempestades por allí dominantes,
empr.:mdi& el regreso á la Española;' mas los malos tiempos
le arrojaron á Jamáica, donde, perdido su buque, vióse con
la tripulacion obligado á permanecer alIado de los indios. De
las asechanzas de éstJS le salvó el anuncio de un eclipse de
luna, pero no de la desle:1Itad de los expedicionarios, que, ca-
}litaneados por Francisco Porras, se insubClrdinaron en su ma-
yoría y d~ciclieron á Colon á que algunos de los más leabs
fuaran en una canoa á pedir auxiliJ á Ovando. Con censurable
negligencia dejó é3te pasar el tiempJ, y sólo las murmura-
ciones que en tola la colonia se levantaron por el abandono
en que tenia al almirante, negligencia qU9 hasta en los mis-
lll:JS púlpitos de Santo DClmingo fué condt>nada, le obligaron
á enviar los dese'!d JS auxilios, que se recibieron por fin en
.Jamáica el 28 de junio de 1504, en cuyo dia dejó Colon el
pu~rto de Gloria ó Caleta de DJn Cristóbal, la ]Jon Oristo-
'fJaer's OOlJe, como hoy todavía s~ llama.


El gran marino y sus olvidarlos cClmpañeros, despues de




24 LAS INSURRECCIONRS EN CUBA


un auo de sufrimientos y de peligro&> trato al lado de los
indios, llegaron á la Española el 13 de agosto, y tal fué la
afliccion del almirante al ver el desórden que reinaba, que
cási sin descansar emprendió su regreso á España, despi-
diéndose el 12 de setiembre de aquel mundo que había des-
cubierto y que no volveria á ver más. Muy enfermo desem-
barcó en Sanlúcar el 7 de noviembre y traslad6se luego {¡
Sevilla. Agravándose allí sus dolencias, pidió que ántes de su
muerte se le restituyeran los derechos y honores que le per-
tenecian; y desconfiando de obtener justicia del rey Fernando,
faltándole el amparo de su protectora la Reina Católica, que
acababa de fallecer en Medina del CampJ; y no recibiendo
siquiera respuesta á las misiones que habia enviado, de una
de las cuales fué portador aquel mismo Am~rico Vespucci,
usurpador inc:msciente de gran parte de su gloria, dirigi6Sf\
Colon á Segovia, donde estaba la córte, y se presentó al rey en
mayo de 1505. Pero de aquella visita tampoco obtuvo otra
cosa que decepciones y disgustos; y sintiéndose cada vez más
enf~rmo y atormentado por los fuertes ataques de gota, se fué
á Valladolid, donde cayó en el lecho para no levantarse más;
y despues de dirigir su última instancia al rey pidiendo la re-
paracion que se le debía yel cumplimiento de lo pactado, lleul'l
su alma de dolor, aunque con resignacion cristiana, espiró
aquel sublime proyectista, á la edad de setenta años, el dia rlf~
la Ascension, 20 de mayo de 1506.


lII.


Extendida por Europa la fiebre de aventuras que la Espa.-
ña, de natural avent\1rera, había trasmitidoeon el descu-
brimiento del Nuevo mundo y exaltado la suya propia h3st.a




CAPÍTULO 1 25


un grado inverosímil; y sedacidos por los dorados saeños de
Colon aquellos monarcas que, á poca costa, suponían pocter ad-
quirir inmensas riquezas para reponerse de los quebrantos de
las guerras, y áun desquitarse emprendiendo otras nuevas,
movieron á algunos á seguir las huellas de los descubridores
y enviaron á sus marinos en busca de tierras desconocidas,
desestimando la bula que Alejandro VI expidió en 2 de mayo
de 1496, y declaraba á los Reyes Católicos y á sus herederos
soberanos de las Indias occidentales descubiertas por Colon y
de todas las tierras situadas más allá de la línea imaginaria,
que, tirada de polo á polo, pasase cien leguas al Oeste de las
islas Terceras. "(ntesde esta bula, en 5 de rr.arzo de 1496, ha-
bia concedido Enrique VII de Inglaterra, á Juan Oabot,
autorizacion para descubrir y colonizar paises de infieles, el
cual salió de las costas inglesas en mayo de 1497, faltando ya
á las prescripciones del Pontífice, y descubrió Terranova ó
Prima- Vista y á Chesapeake, en la parte del continente
del norte que es hoy Estado de Maryland. Los franceses pre-
parábanse tambien, á pesar de la bula, para emprender ex-
pediciones, sino por la directa proteccion de su gobierno, con
el própio propósito de participar de los bienes que por médio
\le Colon. b.abia l\:\ llrovia.enci\:\ cOllcea.iO:() á Rs-paña.


Mientras el almirante habia estado descubriendo nueva-s
tierras y durante el tiempo en que, malquistado con la córte,
tenia que interrumpir sus viajes para desvanecer las calúm-
nías de que á menudo era víctima, gracias á la malqueren-
cia del superintendente y despues Patriarca de las Indias
Fonseca, siguió la lt.:spañola ~n la mR.yor confusion. Ni se
lograba. que los Bxpedicionarios entraran en órdBn, ni !Se
acertaba COll el verdadero sistema de gobierno colonial, lo que
no era por cierto extrañG tratándose del primer estableci-
miento lejano .que tenia España, que cuando un funcionario lo
hacia mal, no conocia entónces mejor remelio que separarl{),
como sucedió con el apasionado y violento Bobadilla.


Su suoesor D. Nicolás de Ovando recibió d@ los monarcas
el encargo de restablecer la concordia y el órden entre los in-




26 LA.S IXSURRBCCIONES EN CUBA
-------------


subordinados españoles, y de dispensar proteccion á los ago-
biados indios, á quienes Isabel la Católica tomaba bajo su
amparo y eximía hasta de pagar el tributo á que estaban
sujetos y era comun á todos los súbditos de la corona. Pero,
como aquellos indígenas no comprendian la libertad sin su
acostumbrado reposo y perezosa vida, se vió Ovando obligado
á hacerlos trabajar en las obras públicas y áun en las minas,
satisfaciéndoles un pequeñ'l salario; y no contentándoles
tampoco aquel jornal, pues s610 á la fuerr.a obedecian, decre-
tó luego los repartimientos para que así organizados los in-
dios entrasen en los hábitos de la vida social europea, re-
cibiendo de los patronos medios bastantes para atender á sus
cortas necesidades. Pronto dieron tales medidas origen á ge-
nerales revueltas. En ellas se puso al frente de los comba-
tientes indios, en la provincia de Jaragua, la hermosa he-
roína Anacaona, hermana del cacique Bcehio, á la cual tuvo
que combatir Ovando, quien en verdad despleg6 un lujo de
rigor improcedente hasta hacer la paz, dando por resultado
su excesiva severidad en los tres años de la lucha á una des-
poblacion tan rápida de la isla, que llegó á sorprender á los
mismos conquistadores.


Éstos, que, modificando sus proyectos, buscaban ya con
preferencia en l~ agricultura más seguras fuentes de rique-
za que en los eventuales filones de las auríferas montañas,
introdujeron el cultivo de la caña, con la proteccion de los
PP. Jerónimos y establecicron varios ing:?nios de azúcar; en
cuyos trabajos, fué talla mortandad de indios, que desde la
fecha en que el de5cubrirlor de aquel mundo murió, hasta
1511, en cinco años escasos, con engaños ó por halagos se-
ducidos, se importaron más de cuarenta mil lucayos en la
Española, ó isla de Santo Domingo, como iba ya llamándose,
tomando el nombre de su capital, aquella primera colonia
americana.


Pcro aquella tendencia y la naciente prosperidad fueron
poco duraderas, porque la conquista y colonizacion de Cuba
y los descubrimientos en el continente americano mataron el




CAPÍTULO 1 27


progreso desangrando la poblacion, á pesar del interés que en
aumentarla tenia D. Diego Colon, heredero de los honores y
del vireinato de su padre el almirante. D. Diego, sucesor de
Ovando fué á la .Bspañola con la vireina su esposa, sobrina del
duque de Alba, y una comitiva de caballeros y de señoras
que convirtieron la capital en una especie de córte; llevando
consigo y con aquel objeto autorizacion de la corona para
introducir en la Española negros de la Guinea (10), que en
gran número y con ventaja suplieron luego el trabajo de los
indios. Mas D. Diego, que, como su padre, no pudo vivir libre
de rebeldes, favorecidos cási siempre por p3rsonas influyentes
de la córte, tuvo á menudo que venir á España á desbaratar
las maquinaciones que contra él se tramaban, y habiendo
muerto en uno de aquellos viajes en la Puebla de MOlltalbán,
en febrero de 1526, su espGsa Doña María de Toledo, que se
encontraba en aquella isla, vióse obligada tambien á dejar-
la, para proteger cerca del rey los derechos de su hijo don
Luis. Tambien éste permaneció corto tiempo comG capitan ge-
neral de la isla en 1538, y cansado de luchar con la corona,
que cada· vez restringia más sus derechos, cedió á Cárlos Vel
vireinato del Nuevo mundo, motivo de tantos disgustos para
los CGlones, cambiándolo por una pension anual de mil doblo-
nes de oro.


Siguió al último Colon en el mando de la isla Española,
que en lo sucesivo llamaremos de Santo DG:ningo, D. Rodri-
go de Alburquerque, en cuyo tiempo enviaron los franceses
con1') particulares al Nuevo mundo un baque deforbantes (ll)
mandado por un segundan de la Normandía llamado d'Es-
nambuc, quien recorriendo las pequeñas Ant.illasdeBan Oris-
tóbal, Nieves y l/fonserrat, se enc1ntró con \Varner, capitan
de una compañía de ingleses ,filibusteros (12), y pactaron
ámbos una union, fundando en aquellos islotes verdaderos
dntros de piratería. É:3tas expediciones fraudulentas se veri-
ficaron por primera vez en 1524, algunos años ántes que
Fraucisco 1 de Francia enviase buques de guerra á recorrer
las costas de la india de Colon.




LAS INSURRECCIONES EN CUBA


Fueron las Antillas en.su mayor parte como se ha visto des-
cubiertas por el marino genovés, y por consiguiente de la pro-
piedad de España, .dependiendo todas de la Española en. los
tiempos en que allí residia el centro del gobierno. Mas á pe-
sar de ésto, los aventureros franceses é ingleses, favorecidos
por empresas mercantiles, en una de las cuales figuraba has-
ta el ministro cardenal Richelieu entre los primeros asociados,
llevaron expediciones á los grupos lucayo y caribe del Ar-
chipiélago; yen la pequeña isla de San Cristóbal, nombre
del descubridor, establecieron al poco tiempo dos colonias,
una d'Esnambuc y Warner la otra, dividiendo la isla por
mitad y firmando una alianza ofensiva y defensiva para re-
sistir los ataques de los españoles, sus dueños, y de lo", cari-
bes de aquellas vecindades, y para despojar ó atacar á unos
y á otros cuando las circunstancias se les presentasen favo-
rables. Pero el cumplimiento de las condiciones estipuladas
y la buena armonía entre unos y otros aventureros" duró
muy poco; y siendo natural que en gentes un tanto desafo-
radas como aquellas, se impusiera el más fuerte, los ingle-
ses, que se hallaban en este caso, ensancharon, cuando les
convino, sus dominios, pasando á la inmediata isla de las
Nieves, desde donde empezaron á obrar por su cuenta y aun
contra sus anteriores aliados. Entónces d'Esnambuc, que tn
el engrandecimiento de los ingleses veia comprometida la
existencia de su céntro pirático, fué á solicitar de la compa-
ida socorros y refuerzos para rechazar los ataques de sus ve-
cinos, y seis grandes buques, mandados por el jefe de escua-
dra CUS8aC, llegaron pr::mto á las Antillas, apresaron ó des-
truyeron á diez de los británicos, y despues de contener en
sus limites á éstos, fueron:á fundar otro establecimiento en
la inmediata isla de San Eustaquio. Desde allí se corrieron
luego á la Tortuga, yen 1538, aquellos forbantes, cada dia
más numerosos y más atrevidos, extendieron sus correrias
piráticas hasta Jamáica, apoderárollse de Sevilla la Nueva,
que los españoles se vieron obligados á abandonar, y fundaron
en su retirada á Santiago de la Vega; y despues de recogido




CAPiTULO 1 29


el botin, pasaron aquellos bandidos de las co~tas de Jamáica
á Cuba, donde redujeron á cenizas la naciente ciudad de la
Habana en el puerto de Carénas.


Pocos años habían trascurrido y era el de 1551, cuando
los ingleses, poseedores de una fuerte escuadra y de dos mil
soldados de desembarco á las órdenes de Guillermo Gansou,
jefe más bien de corsarios que dejilibusteros, no contentán-
dose ya con destruir nacientes y débiles colonias, se atrevie-
ron con la capital de Santo Domingo, en la que, si entónces
no lograron penetrar, fué por la casualidad de haber sido
descubiertos cuando de noche iban á dar el asalto, por un
centinela español, el cual disparando el cañonazo de aviso al
distinguirlos, alborotó de tal manera los asustadizos ejércitos
de innumerables cangrejos que pueblan las cercanías de aque-
llas costas, que los ingleses, al oil' tal rumor, creyéndose per-
seguidos por numerGsas fuerzas, tan atemorizados corrieron
á los barcos, que mucho;:; perecieron en la confusion de la re-
tirada. Pero si en aquella ocasion no realizaron su propósito,
algunos años más tarde, en 1586 10 consiguieron las tropas
del caballero Drake, saqueando la ciudad, permanecien-
do en ella un mes y abandonándola tan sólo mediante un res-
cate considerable. Y lo más peregrino de todo esto era que
aqu.ellos corsarios, si no autorizados consentidos por sus res-
pectivos gobiernos, cometian tales agresiones sin prévia de-
claracíon de guerra y sin otro fin, al parecer, que arruinar y
destruir las florecientes colonias españolas; entre las cuales,
la de Santo Domingo enviaba ya á la metrópoli en 1587 cer-
ca de treinta y seis mil cueros de vaca y valiosos objetos de
comercio, sin contar las grandes remesas de oro de sus mi-
nas, mientras los establecimientos del norte de América ape-
nas podian progresar en manos de ingleses y franceses.


El escandalos) saqueo de Santo D::>mingo y los contínuos
vejámenes que de aquellos centros de piratería sufrian los
(mIonos españoles en las Antillas, llamaron por fin la aten-
don del gobierno de España, quien encargó á D. Federico
de Toledo, jefe de una. poderosa flota, destinada al Brasíl para




30 J,AS INSURRECCIONES EN CUBA


batir á bs holandeses que por aquellas costas nos molesta-
ban, que exterminase de paso á los forbaJttes y filibusteros
de San Cristóbal. Cisi se consiguió esto; pues en 1630, á pe-
sar de hab3rse reuniio francJses é ingbs33 para evitarlo
resistiéndos~, sufriéron hn rudos ataques, que de lo~ prime-
ros, los pocos qm no fueron degollados se salvaron en las
vecinas islas Vírgenes y en las de Monserrat, Anguila, San
Bartol )m~ y áUll en la misma costa de Santo Doming0; y los
otros,obligaios á capitular, fueron traslaiados en buques
e.spañJhs á Inglaterra con el formal compromiso y juramen-
b de de3p~dir3e p:ua siempre de aqu311as islas. No cumplie-
1',111 en véldad Sll p:l1abra, ni fué aquéll bastante escarmien-
to para UllJS y otros; pU33 así que la escuadra española se
alejó del ArchipnlagJ, volvieron los franceses á posesionarse
de sus establecimientos de San Crist~bal, no sin luchar con
los ingleses, que durante la ausencia de aquellos se habian
apcderalo de tolas sus tbrras; y como la España. ocupada
en may0res empresas y atraida al dilatado continente ame-
ricano, ap~na3 fijaba la atencion en estas usurpacimes, no
veía siq ui3ra crecer la colonia que en la misma isla de Santo
DomingJ S3 le h'l.bia instalado, formada con los que huyeron
de Slll Crist6bal al presentarse la escuadra de D. Federico
de Toledo. Con tal abandono, prosperaban los céntros pirá-
ticos, y formáb,mse nuevos establecimientos en tolas las islas
de harlovento, arrojando á los caribes que se ib:m corriendo
de isla en isla, cu'\ndo no se prestaban á ser auxiliares de los


/ilibu,r;te1'os y forbantes en sus arriesgadas y criminales em-
presas, á lo cual se decidieron bien pronto, y al ver la analo-
gía con su modo de vivir; llegando el caso de estar tan uni-
dos é identific,d.)s unos y otros, que excepb en la antropo-
fagía, en nada S3 diferenciaban los caribes de los ingbses y
franceses.
f~stos se dividian entónces en dos clas~s, segun el sistema


de vida que lle,aban; en terrestres y en marinos. Los pri-
meros, forbantes propiamente dichos, se dedicaban á la ca-
7.a, al comercio de cueros y á la preparacion del tasajo con la




CAPÍTULO 1 31


carne de las reses que robaban, por lo cual se les dió el nom-
bre de óucaneros ó saladores (13); y los marinos tomaron el
nombre de jlibustiers ó filibusteros, y eran, segun hemos
dicho ya, los verdaiaros piratas; pero en las expediciones de
seguro y rico botin acostumbraban á r~unirse todos para
realizar las aventuras y entrar á saco en las poblaciones del
litoral.


Enriquecidos muchos de aquellos hombres con el robo y
el pillaje; fatigados de una vida de hechos sin glória y sin
nombre, y deseando legalizar su conducta, escudándose c')n
alguna nacionalidad, convinieron en 1660, los principale" in-
gleses y francese", d3slindar aquellas posesiones' d~bidas al
abandono del gobierno de España, y ponerse con sus colonias
á disposicion y bajo el amparo de las respectivas naciones.
Hecho el ueslinde, quedaron los franceses dueños de la Gua-
!lalupe, la Martinica, la Granada y otros p2queuos islotes, y
sus aliados conservaron para la Inglaterra, la Barbada, la
Nieves, la Antigua, Monserrat y alguna otra; permaneciendo
San Cristóbal comun á ambas naciones, y destinando la Do-
minica'Y San Vicente para que en ellas se reconcentraran
los caribes arrojados de las demás islas. Tácitamente acep-
taron aquel convenio de los forbantes y filibusteros las corres-
pondientes metrópolis, las que acordaron desde luego sujetar-
los a las ordenanzas de las compañías de Ultramar. pero
como la mayoría de aquellos DJragidos, habituados á la más
absoJub indepsndencia, al solicitar la proteccion oficial, no
querian abclicar sus prácticas viciosas, aceptaron el derecho
de propiedaJ que se les concedió á ellos y sus herederos de
todo lo qu') habían usurpado y usufructuaban, y áun consin-
tieron en prestar homenaje al rey, más no su aquie8cencía á las
limitaciones mereantíles, resisti:mdo taJa traba que no fuera
el libre com3rcio, Ó cási una piratería legal. Hub'l algunos
(le e1103, que pJr no sujetarse en nada á l~ ley, se trasladu-
1'on á la parte septentrional de la isla de Santo Domingo,
donde existia en salvaje independencia la pequeua colonia
que formaron los}ugitivos de San Cristóbal en 1630; desde




LAS INSUltRKCCIONES EN CUBA


donde, temiendo un ataque de la vecindad española, busca-
ron como panto de retirada la inmediata isla de la Tortuga,
á unas dos leguas al norte de aquella t y allí se fortificaron
y establecieron el céntro de su comercio de pieles, y el punto
de reunían de todos los aventureros, así Tntcaneros y forban-
les, como corsarios y piratas.


Aquella especie de caribes vestidos, que acogian por campa.-
ITeros á los desheredados y criminales de todos los países, unos
armados de fusil y cuchillo y acompañados de sus perros,
recorrian los bosques de la. Tortuga y las propiedades es-
pañolas ó de sus vecinos en Santo DJmíngo, matando reses
agenas y recogiendo sus cueros; mientras los otros, montan-
do pequeñas y veleras embarcaciones, cruzaban los mares,
caían sobre las nacientes colonias, que saqueaban sin respe-
tar nacionalidades, porque los habitantes de la Tortuga á
ninguna pertenecian, y sólo se congregaban allí para refu-
giarse ó vender los objetos robados. Unos y otros vivian sin
mujeres; unos y otros esclavizaban á los contratados ó neófi-
tos en aquella escuela del crímen, enganchados á su cuenta
en los figones y tabernas de las grandes ciudades de Francia
é Inglaterra; y de unos y otros salieron bandidos tan intrépi-
dos y osados como Pedro de Dunquerque, a quien llamaron el
grande; Miguel el Vasco, Montbars de I,anguedoc, nombra-
do el exterminador; Alejandro brazo de hierro, Roque el bra-
sileño, el Olonés saqueador de Maracaibo y Gibraltar de Ve-
nezuela, Margan el inglés, que saqueó á Puerto Príncipe ¿-
otras poblaciones de la isla de Cuba y de Panamá, y otra por-
cion de malvados á quienes las abstracciones de España y la
indolencia de los que se encontraban bien hallados en sus po-
sesiones de Santo Domingo, no pusieron á raya castigando
sus crímenes y cortando aquel vuelo, que no terminó despues.
sino en la sangrienta formacion de la república de Haití.


Ciertamente qu~ si aquellos aventureros hubiesen sido apo-
yados por sus metrópolis, habrían sin duda comprometido la
existencia de las posesiones españoles del Nuevo mundo; y te-
miéndolo así algnno8 H ños antes, los colonos ele Santo Domin-




CAPÍTULO 1 33


go acudieron al gobierno, y en 1654, siendo D. Juan Francisco
de Montemayor presidente de la Audiencia y gobernador de
la isla, arrojó á aquellos piratas y bucaneros de la Tortu-
ga, haciendo una general matanza. Mas como allí no dejó
guarnicion ninguna, se posesionaron nuevamente un ailo des-
pues otros aventureros, capitaneados por aquel Willis, que
ta.nto figuró entre los expedicionarios que eu 1655 envió Crom-
well contra las Anti1las á las órdenes de Penn y Venables,
al cual se le agregaron algunos franceses, que al poco tiempo,
apoyados por MI'. Poincey, gobernador de San Cris.tóbal, que-
daron dueños otra vez de la pequeña isla, obligando á los in-
gleses á refugiarse en la de Jamáica, recientemente arranca-
da al dominio de España.


El ensanche que los franceses habian tomado en las Anti-
llas con el dominio de la Tortnga y de gran parte de la cos-
ta norte de Santo Domingo, llamó otra vez la atenciou de la
Francia, que repitiendo lo que en las demás islas habia he-
cho ailos ántes, envió á estas nuevas pOSesiOU3S, tambien
usurpadas, como gobernador, al gentil hombre de Anjou Bel-
tran Ger.on ú Ogeron, quien al llegar en 1666 encontró la
vecina colonia española desolada por una terrible epidemia
de viruela y sarampion que todavía hoy se recuerda con el
nombre de tragedia de los t?'CS seises. Aquella calamidad fué
el principio del decaimiento de nuestro com~rcio hasta entón-
ces floreciente en la primera colonia española; pues si bien
las ciudades de Santo Domingo y SantiagJ, fuertes y ricas
toda.vía, segubn siendo por sus cómodos y sólidos edificios
motivo de envidia para los franceses, que en mezquinas ca-
bañas vivian; los colonos descendientes de los conquistadores
perpetuaban el abandono de una blanda y sosegada vida,
tumbados en sus hamacas y haciéndose mecer por los escla-
vos, miéntras la actividad vertiginosa de los nuevos aventu-
reros, invadiéndob todo, hacia temer una usurpacion, que
estos no dejaban de proyectar y que con el tiempo habia de
realizarse.


Los francese¡.; que, inspirados por la codícia sr)lamente,




3·4, LAS INSURRECCIONES EN CUnA.


cuando estaban en paz~ con España buscaban patentes de cor-
so en Portugal y en otros reinos, p:lra seguir sus correrías
contra las colonias españolas, vivian como génte sin ley
apartados de las mujeres, que difícilmente podian poseer, si
no las arr~bataban á los indios ó las adquirian en las pobla-
ciones qu~ entraban á saco. Queriendo Ogeron corregir esta
irregularidad, al tiempo que suavizar aquellos rudos carac-
teres, con las afecciones de familia, pidió cincuenta á París,
en cuyos más hediondos burdeles las f0quisaron; y puestas
en almoneda, fueron cedidas en las Antillas á los que á mejor
precio las pagaban. Pero aquellas indómitas criaturas, no
dieron por cierto los satisfactórios resultados que OgJron se
proponia, sino que fueron más bien motivo para aumentar
las disensiones entre los hombres, y esto obligó al gobernador
á r~vestirse de toda autoridad para tener á raya aquella per-
turbada colonia, que en la época á que nos referimos contaba
ya más de mil quinientos aventureros y gran número d: es-
clavos empleados en el cultivo y la ganadería.


Aquel mismo año de 1666 se declaró la guerra entr~ In-
glaterra y Francia, y temiéndo los súbditos de esta nacíon
habitantes en la Tortuga, agresiones de la escuadra ing~esa
de Jamáica, se trasladaron todos á Santo Domingo, ins-
talándose á 10 largo de la costa septentrional, desde donde
Ogeron empezó á ejecutar sus planes y operaciones para ha-
cerse dueño de toda la isla. Empezó con fortllna, apoderán-
dose de Santiago, á cuyos vecinos exigió un fuertcJ rescate;
pero no pudo adelantar más en su empresa por haber tenido
que ir á Francia, donde murió. Su sobrino y sucesor Poincey,
heredero de };)s proyectos de su tio, concentró la poblacion en
Oabo Francés, y fijando allí el e-entro de su gobierno, tuvo
que reprimir en 1678 la primera rebelion de sus negros, que
puso en peligr) la existencia de h colonia francesa, y lo mis-
mo que sus administrados, sufrió en 1691 una derrota de los
españobs mandados por el maestre de campo D. Francisco
ne S:lgura, que castigaron duramente las agresiones y dema-
sias de aquellos usurpadores. Muerto Poincey al año si-




CAPÍTULO I 35


guiente del desastre, fll~ reemplazado por Coussy, quien ya
introdujo en la colonia francesa una administracion regular
y ordenada, y continuando la política de sus antecesores, hizo
algunas excUI'siones en tierras de espai101es, hasta que por
fin, en 1691, accadiendo el débil Cárlos II de España á. las
exigencias del rey de Francia, concedió en la paz de Riswich
la parte occidental de la isla de Santo Doming'o á los aventu-
reros franceses que allí se hallaban establecidos.


Duei1a Francia de aquel pedazo de la Espai101a de Colon,
trasfirió los derechos de cierta parte del territorio á una com-
pallía mercantil, por el término de treinta años, cuya com-
pallía, llamada de San Luis, y forn::ada con un capital de
doscientos mil francos, se dedicaba con preferencia al comer-
cio de contrabando en las posesiones españolas, y al tras-
porte de colonos blancos y de esclavos negros. Pero aquella
concesíon se revocó ya en 1720, p:1sando el derecho de la de
San Luis á la compa.7ía de Indias, la que se ocup:1ba de
ig~lales neg )cios en la misma colonia francesa, annq 11e con
tan poco tacto, que produjo un general descontento, y tal ir-
ritacio11 en. los colonos, que en 1722 se levantaron en ármas
contra sus agentes, y des pues de incendiar los almacenes de
la compañía, cerraron los puertos á sus buques,


Aquel centro de la aventurera gente francesa, que segun
hemos observado acataba las disposiciones de su gobierno
sólo cuando le convenia (11.). creció con tan a,:ombrosa rapi-
deíl, que en 1726 contaba ya trainta mil blancos y cien mil
negros esclavos, miéntras la parte espai101a languidecía por
la emigracion de sus habitantes á otros territorios america-
nos. Por ésto, el rey de España D. Fernando VI se atrevió á
conceder, en 17ríO, á una compa1ía catalana, Hombrada de
N lle,.;tra S~¡}ora de MOllserrat, el derecho, entónces tan res-
tringido, de comerciar en aquella isla; en cuyo tráfico obtuvo
graneles ventajas y beneficios la compaí1ía, p:ro escaso~; au-
ment,),.; la colonia. Verrlad es que en esbs monopé)lÍJs y l'é:i-
tricciu1l2S mercantiles, no estaba en a1udla épJca, como s~
v~, mucho mús adelantada Francia qll~ Espaua.


5




36 LAS INSURRECCiONES EN CUBA


Oprimidos los franceses de Santo DJmingo en su territo-
rio, buscaban ensanche, é internándose diariamente en la
parte española, promovian contínuas reclamaciones y con-
flictos tan graves, que para terminarlos se pusieron de acuer-
do las dos metrópolis, y ajustaron en consecuencia el tratado
de límites de 1776, en el cual, bajo la direccion del jefe de la
parte española, D. José Solano, se tiró una línea desde el ca-
bo francés á Punta de la Beata, ó sea entre la ensenada de
Pitre al sur, y el fuerte Delfin y bahía de Manzanillo al
norte, estableciéndose cuerpos de guardia de infantería y ca-
ballería en la frontera, para evitar en lo sucesivo las inva-
siones del territorio español, ántes tan comunes.


En aquel tiempo, que oran las vísperas de la revolucion
francesa, se dividian y conocian los habitantes españoles de
la isla de Santo Domingo en chopetones ó caballeros (15), que
se vanagloriaban de ser españoles puros; en penins1llares ó
aventureros nuevos, que cási todos eran administradores ó
auxiliares suyos, enviados de Europa; en criollos, desc6ndién-
tes de los europeos establecidos en el país; en mestizos, naci-
dos de la mezcla de sangre europea é india; en mulatos; fru-
to de la union de blancos y negras, y en negros, importados
de Africa ó nacidos en la isla. A la vez que los habitantes de
la parte francesa se dividian en naturales de Francia, en crio-
llos y gente de color, ó sea mulatos y negros, libres unos y
esclavos los otros; perteneciendo los blancos á las clases de
plantadores, herederos de los forbántes, que residian en el
campo: de negociantes, sucesores quizás de a1gunosfllibuste-
ros, y de blanquillos, que ejercian las ártes mecánicas y el
comercio al por menor.


Santo Domingo, español, era capital de Arzobispado, po-
seía Audiencia, que extendia la jurisdiccion á Cuba y á otras
Antillas, Gobierno local Con municipalidades y jefe superior,
presidente del Consejo Supremo, y un pequeño ejército y mi-
licias. Santo Domingo, francés, tenia pueblos nacientes y
guardados por un ejército de dos ó tres mil hombres, yade-
más contaba en cada parroquia una ó dos compañías de mi-




CAPÍTULO 1 37


licias blancas, otra de mulatos y otra de negros libres, á
quienes, á pesar de esto, se les excluía de los cargos públicos
y de ciertas profesiones científicas y liberales.


Al aproximarse aquella revolucion francesa de 1789, que
todo lo conmovió, ninguna colonia se encontraba tan prós-
pera ni tan civilizada, y ninguna en tan poco tiempo habia
llegado al estado de prosperidad que la francesa de Santo
Domingo, cuyas producciones de azúcar, café, tabaco y al-
godon las contemplaba lánguida la parte española, que, con
pocas alteraciones durante el siglo diez y ocho, paralizó el
comercio con la despoblacion, y por falta de brazos para el
lahoreo de las riquezas, enflaquecia tanto, como su vecina
progresaba.


IV.


La mayor parte de las Antillas, destinadas en los tratados
de paz á figurar en la balanza de las pérdidas ó como pré-
mio de las victórias, generalmente han cambiado de dueño, á.
la par que las circunstancias pCJlíticas de las metrópolis po-
seedoras, viéndose á poco de haherlas descubierto Colon flotar
en aquel archipiélago los pabellones de las principales poten-
cias marítimas de Europa.


En el grupo más numeroso del archipiélago caribe, ó sea en
las primeras Antillas colonizadas, figura entre las cuatro ma-
yores la isla de San Juan Bautista, llamada por los indígenas
IJo'J'icon ó Borinq?ten y hoy conocida con el nombre de Puer-
to-Rico. D~sde 1!ln principio mereció esta isla escasa conside-
racion á los españoles, á quienes se mantuvieron fieles los in-




38 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


dios mientras averiguaron y se convencieron, ahogando aljó-
ven expedicionario Salcedo, de que los hijos de Espaila no eran
inmortales como suponian; y se sublevaron despues, como
los naturales de las demás islas descubiertas, al intentar im-
ponerles los conquistadores con sus costumbres un nuevo mé-
todo de vida. Descubierta por Colon en noviembre de 1493,
al llegar en su segnndo viaje al puerto que tituló de Agua-
dilla, no fué la isla reconocida y conquistada hasta que en
1508 Juan Ponce de Leon, enviado por Ovando con un corto
número de expedicionarios, tomó posesion de ella, fundando
en 1510 el pueblo de la Caparra, conocido todavía con el nom-
bre de pueblo viejo y los establecimientos de San German y
la Aguada, que muy pronto llegaron á ser poblaciones. Al año
siguiente dióse principio á la ereccion de la capital de San
Juan Bautista en el sítio donde se encuentra, y sin necesidad
de otras viviendas para alojar el corto número de habitante;;
blancos que habia, paralizáronse las fundaciones eE aquel si-
glo; se dió orígen á un solo pueblo, el de Ailasco, en el si-
glo XVII, y con la décima octava centuria empezó la vida
en aquella colonia, tomando tal vuelo desde entónces su pl'OS-
peridad, que de 1703 á 1857 se lp-vantaron sesenta y nueve
poblaciones en la isla (16).


En los primeros tiempos de la conquista, hallabase aquella
gobernada por caciques hereditarios, entre los cuales Aguei-
naba sobresalía como el principal y más importante; y sus
naturales practicaban una religion imperfecta, reconociendo
sin embargo un génio bueno y otro del mal y la inmortali-
dad del alma. Entre sus costumbres se observó una tan des-
enfrenada poligámia, que adquirían y cambiaban á su volun-
tad las mujeres; viéndose en ellos ademas gran indolencia y
aversion á bdo trabajo; muy decidida aficion á los bailes ó arei-
tos, al juego del batey ó de pelota, y á la caza y la pesca, en
que se entretenian cuando las agresiones de los indios sus ve-
einos no les obligaban á empuuar la esparIa ó macana; en cu-
yo caso, con los cuerpos grotescamente pintados y montanuo
pira!Jua.~ y canoas, cruzaban los canalizos del Archipiélago y




CAPÍTULO 1 39


hacían desembarcos en las viviendas, cane!les ó bohíos, de
las islas inmediatas.


Llevó la primera perturbacion á San Juan Bautista de
Puerto-Rico, al tiempo de la conquista, el gobernador Soto-
mayor nombrado por Colon en reemplazo de Juan Ponce, pro-
tegido y amigo de Ovando y acatado como hombre superior
por los indios. Éstos con tal cámbio se dividieron, y al su-
blevarse en 1511, empezaron, como hemos dicho, por asegu-
rarse de que los conquistadores no eran inmortales, y asesi-
nando un centenar de españoles llamaron en su auxilio á los
caribes comarcanos para deshacerse de los de:nás; pero soli-
citados y recibidos oportunamente socorros de Santo Domin-
go, fué embestido en Aymacao el ejército de once mil comba-
tientes que entre borícones y caribes se habia reunido; los
cuales teniendo la desgracia de perder al principio de la lu-
cha á s!: general en jefe, el cacique Agueinaba, muerto en
.Jagüeca, y desalentado, sse sometieron luego todos al domi-
nio español. Para que otros asesinatos ó sorpresas no tu-
vieran lugar en lo sucesivo, se trasladó la capitalidad de la
isla. en aquel auo, desde la Caparra á la isleta donde hoy es-
ta la ciudad de San Juan Bautista; y al darle forma á la
colonia, declar6se dependiente de Puerto-Rico la inmediata
isla de la Mona; se edificáron iglesias, instalóse la catedral
nombrando primer prelado á D. Alonso Manso, y fueron ele-
gidos alcaldes y regidores, que atendieron al desenvolvimien-
to de la sociedad española del mismo modo que se hacía en
las demás posesiones del Nuevo mundo. A menudo se veia
ésta atacada por los feroces caribes de las vecinas islas, ó por
los no ménos desalmados forbantes yfilibusteros, de cuyos
enemigos pudieron librarse felizmente los colonos; pero no
así del formidable pirata Drake, que en 1595, forzando el
puerto, entró á saco en la capital, ni del ataque de Jorge
Clifford, conde de Cumberland, que tres ailos despues se apo-
deró de la misma, y sólo la abandonó al ver diezmada su
gente por la epidemia tropical.


Tranquila, aunque sin grandes progresos. permaneció la




40 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


isla un cuarto de sig'lo, y hasta que, en 1625, empezaron otra
vez las agresiones. Una de las numerosas escuadras holan-
desas que entónces recorrian el archipiélago caribe y las
costas del continente americano, echó á tierra sus tropas al
mando" del general Balduiño Enrique y trató de apoderarse
aquel año de la ciudad de San Juan Bautista; pero el capi-
tan D. Juan de Amésquita, gobernador y castellano del Mor-
ro, hizo una defensa tan heróica, que desbaratando á los in-
vasores, aún les cogió un valioso botin al hacerlos reem-
barcar (17). Pocos años despues, en 1678, otra flota de veinte
y dos bajeles con tropas de desembarco, mandadas por el co-
mandante inglés conde de Streen, se acercó á las costas con
igual objeto, y embestidas por un fuerte huracan las embar-
caciones, buscaron en otra parte seguro refugio las pClcas
que salvaron de la tormenta. Otra vez los ingleses en 1720
llevaron sus agresiones á las costas de Arecibo, donde el va-
leroso capitan Correa les batió, obligándoles á reembarcar; y
finálmente, como última agresion quizás, desembarcaron los
mismos ingleses en 1797 diez mil hombres de combate en las
playas de Cangrejos, y al acercarse á las defensas de la capi-
tal, fueron repelidos con tal denuedo por los españoles puerto-
riqueños, que los agresores viéronse obligados á retirarse des-
pues de trece dias de lucha con grandes pérdidas de hombres
y de pertrechos de guerra.


Reconocidas ya por toda clase de piratas y de corsarios como
inexpugnables las fortalezas de la capital de Puerto-Rico,
no volvieron á atacarlas más desde la fecha indicada, yem-
pezó en la isla el desarrollo de sus intereses morales y ma-
teriales (18), cási al mismo tiempo que el siglo XIX se inau-
guraba extinguiendo los piratas de las Antillas, que desde
entónces quedaron reducidos al azaroso oficio de raqueros.
Se regularizó el comercio, dirigiéndolo por las vías de la lega-
lidad; levantóse de su postracion á la atrasada agricultu-
ra, y fué rehabilitado el trabajo hasta tal punto que, aque-
llos habitantes, «que eran los más pobres de todas las Amé-
ricas,» segun decia D. Alejandro O'Reilly en 1765, empeza-




CAPÍTULO I 41


ron á conocer que poseían las mejores tierras del mundo, y
á sacarlas el producto que podian dar, se apresuraron, im-
pulsados por el intendente D. Alejandro Ramirez, quien al
obtener del rey la cédula de graci~de 1815, consiguió con
las franquicias del real ordenamiento que la isla no fuera ya
gravosa en lo sucesivo á la metrópoli, y que las corrientes de
prosperidad la ascendieran al grado de esplendor en que hoy
se encuentra. Los intereses morales caminaron paralelos al
desarrollo de la riqueza, y disipando pronto las oscuridades de
la ignoráncia, dieron vida á la clase ilustrada de la isla que,
enriqueciendo cada dia sus conocimientos con las relaciones
literarias y aun con las mercantiles, se dejó arrastrar prema-
turamente por las corrientes de los tiempos creando los inte-
reses políticos. Alimentados éstos por incansables propagan-
distas de los Estados Unidos, y fomentados tambien por las
exaltadas y mal dirigidas aspiraciones de los hijos del país,
promovieron varios actos sediciosos, fracasados por fortuna, y
hasta el reciente levantamiento de Lares, que si no se sofoca
en su principio, hubiera puesto en gran peligro la seguridad
de la isla; pero que dió á conocer bastante á la España lo que
podra esperar de la mayoría de aquellos habitantes el dia
en que, por torpeza ó por descuido, se abandone al sueño con
imprudente confianza.


La isla de Jamaica, llamada Xaymaca por los indígenas, ó
sitio abundante de maderas yaguas, descubierta tambien por
Cristóbal Colon en 1494, fué el punto en donde desde el vera-
no de 1503, que naufragó en aquellas costas, hasta fines de
1504 que pudo trasladarse á la Española, sufrió el almirante,
víctima de la enemistad d"e Ovando, los mayores disgustos
quizás de su vida, al verse obligado durante un año, y junto
á los restos de su destrozada carabela, á contener las sedicio-
nes yla depravacion de sus insubordinados tripulantes, y á de-
vorar en silencio la pena del abandono en que le tenia el gob9r-
nador de la vecina colrmia, que, incapaz de administrarla con
provecho, temeroso estaba sin duda de que Colon y otros testi-
gos presenciasen los desastres y la confusion que la consumían.




42 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


Cinco años despues de abandonar los náufragos aquellas
costas, fué nombrado primer gobernador de Jamáica D. Alon-
so de Ojeda, quien fundó la colonia española con tan buenos
auspícios, que á los pocos años, en 1523, presentaba ya en sus
treinta ingenios de azúcar las bases de una gra't1 prosperidad.
Aquel brillante estado atrajo á Sevilla la Nueva, capital de la
isla, en distintas ocasiones, á los piratasjilibusteros y f01'ban-
tes, ansiosos de botin, quienes la invadían y abandonaban
luego; y pasados algunos años, atrajeron las escuadras de sir
Antony Shirley en un tiempo, y la del coronel Jackson en
otro, á las proximidades de la nueva capital, Santiago de la
Vega, de donde tuvieron que huir más de una vez rechaza-
dos por los colonos. Pero estos no pudieron ya en 1655 resis-
tir la invasion de los seis mil hombres mandados por Penn y
Venables, que condujo allí una formidable flota eIr\'Íada por
Cromwell á las Antillas, para fundar un establecimientos de
importancia, y abandonando á los invasores británicos sus
pueblos y sus bienes, retiráronse con los esclavos á las monta-
11as azules los españoles que no pudieron emigrar desde el
primer momento.


La nneva colonia inglesa, que ya encontraba viviendas
construidas y tierras roturadas, creci6 rápidamente con los
emigrantes que los acontecimientos políticos de la Gran Bre-
taña hacian numerosos, y con los realistas que por órden de
Cromwell se deportaban. Tan súbito fue su aumento, que
nueve años despues, en 1664, contaba ya 7.500 colonos y
8.000 negros y obligaron al gobernador de la isla, Cárlos Lit-
tleton á establecer una Asamblea ó concejo popular que aten-
diese al gobierno y administracion colonial: cuyos progresos
no fueron apenas interrumpidos por el terremoto y la epide-
mia de 1692, ni por la incursion que en 169·4 hizo el frances
Ducase, en la cual destruy6 gran parte de la agricultura, ni
por el incendio qlle por segunda vez redujo la cuidad de Puer-
to Real á ruinas en 1702. ~


De los españoles y sus esclavos que en 1655 se retiraron á.
las montañas azules, la mayor parte pasaron á la inmediata




CAPiTULO 1 43


iflla de Cuba ó á las costas de Honduras y de Venezuela en el
continente americano, y g-ran número de hombres de color
que no quisieron seguirles, atrincherándose en aquellas altu-
ras, declararon cruda y contínua guerra á los usurpadores
colonos, los que merlio siglo despues les veían aún descender
á la llanura, destruir sus propiedades y llevarse á sus escla-


?:#' vos para aumentar los cimarrones. Tan multiplicadas y fu-
nestas llegaron á hacerse aquellas correrías, que los ingleses
se decidieron por fin á atacarlos formalmente en 1735, llevan-
do en ]a vanguardia de sus ejercitos algunos perros de los que
para la persecucion de negros cimarrones usaban ya los espa-
ñoles en Cuba, á quienes los compraron (19); pero no consi-
guiendo tampoco ninguna ventaja importante, ni desalojarles
de las montañas, como pretendian, acordóse entónces, en 1738,
por el gobernador lord Trelawney, hacer uso de otros médios
y propuso un acomodamiento que se convino y firmó en 1.0 de
marzo de aquel año.


La paz consiguiente al cumplimiento de aquel tratado se
mantuvo hasta 1760 y fué alterada por una conspiracion de
negros escJ.avos, que atacados inmediatamente y dert'otados
en Heywood-I.{all fueron perseguidos hasta los bosques don-
de se refugiaban, Deseando los ingleses exterminar de una vez
á los jíbaros que más adelante pudieran ser germen de otros
alborotos, ofrecieron á los cimarrones leales, qu~ no habian
tomado park~ en los sucesos, recompensarles con largueza por
cada 112gro muerto ó vivo que presentaran, y estos que no
habían perdido las simpatías con sus antiguos compañeros,
motores de la sedicion, ni intentaban luchar con hombres de
su mismo color, dirigieronse al campo de batalla de Heymood-
Hall, y cortando las or2jas á los cadáveres negros, las presen-
taron como trofeo y muestra de su triunfo, y como credencial
para obtener el prewio; cuya superchería, descubierta pronto,
probó claramente á los colonos hasta que punto podian fiar
en la sinceridad de los cimarrones. Retirados estos en sus
campos, se dedicában, el tiempo que les d~jaba libre el cultivo
del maiz, al entretenimiento de la caza, y cuando allí les fal-




44 I~AS INSURRECCIONES EN CUBA


taba, hacian excursiones y merodeos por las vecinas hacien-
das, en una de las cuales fueron cogidos in fJ'aganti algunos
en el robo de cerdos el año 1795, Y sentenciados en la correc-
cion de Montego á sufrir treinta y nueve latigazos por mano
del inspector negro de Worh-House. Tal castigo, ejecutado
por un hombre de su mismo color, exasperó en alto grado los
ódios de raza. dando motivo á otra sublevacion contra los co-
lonos blancos, que estalló precisamente al embarcarse la ex-
pedicion de iord Balcarras para Santo Domingo; en cuya oca-
sion, extendiéndose por las llanuras, fueron los negros incen-
diando fincas y poblaciones, hasta que el gobierno colonial
decretó otra vez los perros de gueJ'm para someterles, lo que
consiguió al fin el general Walpole, no sin grandes esfuerzos,
á principios de 1796. Pero con la sumision no quedó comple-
tamente extinguido el fuego revolucionario; y considerando
los colonos que la isla no ::le veria tranquila mientras aquel
e1emento de inquietud existiera, convinieron con los cimarro-
nes en comprarles tierras en otros puntos y trasladarlos allí
en calidad de libres, en virtud de lo cual, fueron en junio de
aquel mismo año embarcados seiscientos para Balijax, en la
América del Norte, donde formaron la primera comarca ame-
ricana de negros libres, que costó á los ingleses 25.000 libras
esterlinas, votadas al efecto por la Asamblea de Jamáica (20).


Desie dicha época, ó sea desde fines del pasado siglo, em-
pezó aquella Antilla á disfrutar de verdadera paz, á cono-
cer el rápido crecimiento de su riqueza. De tal desarrollo se
ocuparon pronto doscientos cincuenta mil esclavos, en los se-
tecien tos setenta y siete ingenios de azúcar, que ya poseia,
en las numerosas granjas de ganado ó potreros, y en las
haciendas, donde ':le cultivaba algodon, añil, pimienta y de-
más ramos agrícolas y de comercio: todo explotado por treinta
mil blancos, que con mil cuatrocientos cimarrones sometidos
y unos diez mil negros libertos y mulatos, hacían subir el
total de los habitantes de Jamáica á doscientos noventa y un
mil cuatrocientos.


Con el creciente comercio de esclavos africanos, luego as-




CAPÍTVLO 1 45
------------- -----------


cendió el número de los de la isla á. más de trescientos mil,
que en 1812 elevaron el valor de las propiedades agrícolas á
unos doscientos treinta y dos millones de pesos y á más de
veintinueve el importe de las exportaciones; pero esta des-
proporcion de razas debía traer obligados conflictos, y, tales
los hubo años adelante, que obligaron al Parlamento inglés á
decretar la abolicion de la esclavitud en 1834, como veremos
al tratar de las socbdades abolicionistas.


Siguiendo hácia el oriente de las grandes Antillas en el
arco de círculo que to::ias ellas forman, se reconoce, inmediato
á Puerto-Rico, un grupo de cuarenta islas, islotes y cayos, á
que Colon dió al descubrirlas en 1493 el nombre de las Once
rnil vírgenes, de las cuales nunca se ocuparon los españoles,
y fueron por lo tanto abandonadas, como ántes lo estaban por
los indios caribes. En 1580, el corsario inglés sir Francis
Drake las reconoció, y de ellas se apoderaron ya losforbantes
holandeses en 1 fi48 al establecerse en la Tórtola y dedicarse
al cultivo; pero los filibusteros ingleses, que, porque así lo
pretendian, se cOllsideraban dueños de todos aquellos áridos
peilascoE, atacaron á los forbantes diez y ocho años despues,
y, en 1666, vencedores en la lucha, ofrecieron al gobierno
británico la posesion de todas las islas Vírgenes, siend') acep-
tadas y consideradas por el rey Cárlos II como dependientes
desde aquella fecha de Inglaterra. Pero no pasaron todas al
dominio de esta nacíon, pues la is1a de Santa Oruz, ó sea el
Ayail, de los naturales, la mayor de las de aquel grupo, per-
teneciente entónces á Francia, fué vendida por tres millones
doscientos mil francos á las daneses, los cuales, no sin sufrir
algunas agresiones de ingleses y españoles, tomaron de ella
posesion en 1733, cuando ya la Inglaterra habia reconocido
tambien á Dinamarca sus derechos sobre las de San Juan y
Santo Tomás, ó Santhómas, como h'ly se llama al excelente
puerto neutral de las pequeñas Antillas.


Entre éstas, y correspondiendo á las menores ó islas de
barlovento, está la de San Ba1'folomé, que, por abandonarla
lombion los esp,aole" la colonizaron los franceses~~:~,


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46 LAS IXSURRECCIOXES EN CUBA


quienes la pJseyeron hasta 1656, en que una banda de cari-
bes degolló á todos 10.3 colonos; y recobrada otra vez por
Francia en 1785, la cedió pasados algunos años á la Suecia,
á cuya nacion pertenece todavía.


La isla de San Cristóbal, primera guarida de los for-
bantes franceses yjilib1lsteros ingleses, fué descubierta por
Colon y bautizada con su própio nombre en el segundo viaje.
Despreciada por España, cual las demás pequeñas Antillas,
cayó en poder de aq uenos piratas, como hemos ya indicado
al hablar de sus expediciones, yen ella permanecieron en lu-
cha con los españoles, con los caribes y con ellos mismos,
largo tiempo y hasta que en 1713, por la paz de Utrech, pa-
só á poder de los ingleses. Du~ante la guerra americana del
Norte, tuvieron éstos que ceder ante el poderío de una formi-
dable armada francesa, que en 12 de febrero de 1782 subyugó
á San Cristóbal casi al prJpio tiemp,-' que á las vecinas islas
de Nieves y Monserrat; pero rocobráronla en la paz del. año
siguiente, y desde aquella época quedó en poder de Inglater-
ra. La isla de San Cristóbal llamó desde un principio la aten-
don de los colonizadores por ser la única de las Antillas don-
de existia cierta especie de monos; y más tarde se distinguió
tambien por conservarse en ella las bravas costumbres de los
dias en que más se dieron á conocer los forbantes, por sus
atrevidas proezas; lo cual hizo decir al historbdor RClchefort,
á mediádos del siglo xvn, refiriéndose á la;5 pequeñas Anti-
llas francesas, que la nobleza se hallaba en San Cristóbal; así
como que el estado llano era propio de la Guadalupe, la mili-
cia de la Martinica y la plebe de la Granada, retratando de
este modo la condicion de cada una de aquellas pobres co-
lonias.


La Antir¡ua, nombrada así en dedicacion á Nuestra Se-
ñora de la Antígua de Valladolid, fué una de las Antillas
deilcllbiertas por Colon, que, deilcllidada tambien por los es-
pañoles, era todavía en 1029 nido de caribes ó guarida de pi-
ratas franceses, los que, por f¡¡Ita de agua, tuvieron que aban-
donarla á pJco d'.) establecerse en ella. En 1632 la invadieron




CAPÍTULO r 47


aventureros ingleses, quienes, abriéndo algunos aljibes, se
dedicaron al cultivo de las tierras, y permanecieron fomentán-
dola. hasta 1666, en q u¿ el gobernador de la, Martinica, en
una de las expediciones que de aquella isla militar, segun
Rochefort, salían á menudo en busca de botin, saqueó las vi-
viendas de los cobnos, llevándose consigo hasta los negros
empleados en el cultivo. Abandonada de todos estuvo la An-
tígua por espacio de diez años, y en 1676, otro inglés, lla-
mado Codrington, fué desde la Barbada con algunos hom-
bres á establecerse en ella, dedicándose á la plantacion de
caña de azúcar. Como jefe de expedicion, se constituyó Co-
drington, y fué confirmado por su metrópoli en el cargo de
gobernador: sucedióle en el gobierno de la pequeña colonia
un hijo suyo, y á éste, Daniel Park, sujeto de tan antipático
carácter, que para librarse de él se sublevaron los colonos en
diciembre de 1710, arrojándole de su palacio, hecho pedazos.
A tal hecho respondió la Inglaterra, despues de enterar-
se de lo sucedido, reconociendo la justicia que á los subleva-
dos asistia, y decretando un ámplio indulto para los compro-
metidos sn los acontecimientos. Aviso debió ser aqud para
que la Gran Bretaña eligiese en io sucesivo ID':Jjores gober-
nantes, pues desde entónces no fué ya más turbada la tran-
quilidad en la colonia, que disminuyó notablemente su pobla-
cion por la falta de aguas en el verano de 1779 y la fuerte
epidemia que sobrevino á la sequía.


Cuando llegó el momento de abolir Inglaterra la escla-
vitud de los negros, ninguna de las otras Antillas fué tan
exacta como la A ntig1u6 en obedecer la ley del Parlamento;
verificando la emancipacion inmediatamente y sin que ocur-
rieran desórdenes de ningun género, á pesar de quedar libres
treinta y cuatro mil esclavos en una po01acion de dos mil
blancos nada más. Es cierto que los libertos, lo mismo que los
de .Jamáica y los de otros puntos, se manifestaron con deci-
dida aficion á ser propietarios de las fincas donde habian tra-
bajado toda su vida; pero los plantadores, con esquisito tacto,
proeuraron disuadirles de aquel error, y para que olvidaran




48 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


su pasada condici)n y tenerlos sujetos en las fincas, reem-
plazál'onles con cómodas casitas de madera sus antíguas cho-
zas, y les educaron en los hábitos y necesiiades de -la civili-
zacion y en los deberes de la vida social.


La isla de Monser1'at, descubierta tambien por Colon en su
segundo viaje, se llamó así por parecerse las crestas de sus
montauas á las de la sierra de aquel nombre en Cataluua.
Abandonada de España, como de escasa importancia, fué Ín-
vadida por unos aventureros ingleses é irlandeses que en ella
se fijaron en 1632, expulsando á los pocos inuios que había;
pero, disminuida la poblacion por las epidemias y por sus
córtos recursos territoriales, pocos pudieron ser sus progresos,
y esto explica la insignificante consideracion en que la In-
glaterra su poseedora la tiene todavía.


Situada está la isla de Nieves, entre JJ!onser'rat y San
Oristóbal, y la forma un elevadísimo monte volc<Í,nico que
arroja de sus entrauas abundante manantial de aguas sulfu-
rosas calientes. Al descubrirla los espaiiolcs encontráronla
sin habitantes y abandonada la dejaron; permaneciendo así
hasta 1628 en que nnos ingleses, procedentes de San Cristó-
bal, fundaron en ella el establecimiento colonial que en 1689
redujo á la mitad una fuerte epidemia. En 1706 fue invadida
por expedicionarios franceses, quienes despues de destruir las
plantaciones lleváronse á la Martinica los cuatro mil esclavos
que habia dedicados al cultivo; y como si estos desastres no
fueran bastantes para arruinarla, completóel cuadro de la
desolacion un furioso huracan, destruyendo al año siguiente
lo poco que quedaba. Esta pobre isla tiene por capital á
Charlestown, progresa lentamente y está administrada por
nn g ,bernador que Inglaterra nombra.


La Guadalltpe, nombrada así á su descubrimiento por Co-
lon y Ourucueira ó Turuqueira por los indígenas, perma-
neció desde aquella época cerca de ciento cincuenta auos en
poder de los indios caribes, y el 28 de junio de 1635, unos
seiscientos franceses mandados por Lolivé y Duplessis pro ...
cedentes de./Jieppe, que durante la travesía consumieron todos




CAPÍTULO 1 49


los víveres, arribaron casualmente á aquella isla, y desem-
barcando, los exigieron á la fuerza de los indios; pero éstos,
resistiéndose á dar lo que no tenian, provocaron la ira de los
invasores, quienes atacándoles y destruyendo sus aldeas y
plantaciones, dieron orígen á una sangrienta lucha que duró
más de cinco años.


Ansiosos por fin de paz unos y otros, convinieron en ha-
cer una alianza basada en la cesion de cierto territorio, y en-
tónces se fundó una céllonia francesa que rápidamente fué
creciendo con los descontentos emigrantes de San Cristóbal.
Al ver los piratas y forbantes de esta isla progresar con
tal rapidez á su vecina, empezaron á hostilizarla, y fueron
tan continuadas sus agresiones, que muchos colonos viéronse
obligados á emigrar al centro francés de las Antillas, ósea
á aquella l\hrtinica, que ya se distinguia entre las islas más
ricas é importantes, por ser á la sazon el mercado donde los
piratas iban á vender los objetos robados.


Resistic)Ddo piraterías ó siendo víctima de ellas, siguió en
interrum pido desarrollo la colonia de G1tadalupe hasta que
en 1759. tu vo que capitular ante una flota inglesa, que la
dominó desde aquel año al de 176.3, en cuya fecha, hacién-
dose la paz entre Inglaterra y Francia, volvió á poder de ésta,
gobernándose en lo sucesivo sin la dependencia de la Marti-
nica. Divididos los colonos en realistas y republicanos al
estallar la revolucion francesa, diéron ocasion en 1794 á que
otra vez se apClderasen de ella los ingleses y la conf3ervaran
por algnn tiempo en aquella ocasion, y despues, hasta que
por el tratado de 1814 volvió definitivamente á depender de
la Francia. Un largo terremoto, que duró sesenta y dos se-
gundos, movió en 8 de febrero de 1843 el apagado volean de
aquella isla, destruyéndolo todo y causando más de cinco
mil víctimas; por cuyo infausto suceso y para reparar tantas
pérdidas y proteger ó los arruinados colonos, votó la Cámara
francesa una indemnizacion de dos y medio millones de
francos; pero á pesar de este auxílio, la colonia arrastró en
adelante una vida trabajosa y poco floreciente.




50 LAS I~SURRECCIONES EN CUBA


Las tres pequeñas islas llamadas las Santas, que abando-
naron los franceses pr¡r falta de agua, 10 mismo que la Mari-
galante y la IJeseada, vecinas de la Guadalup~, siguieron
en su posesion y progresos las vicisitudes de ésta, y una
suerte igual en el tratado de 1814.


Tambien la IJominica, descubierta p)r Colon en su segun-
do viaje, fué abandonada p)r los españoles é invadida por
foro antes franceses, que tranquilamente tomaron posesion de
ella, dedicándose á la agricultura y viviendo en armonía con
los indios caribes. El cultivo del algodon que con preferen-
cia fomentaron los colonos, dió vida á un comercio tan lu-
crativo y un desarrollo tal á la colonia, que los vecinos aven-
tureros holandeses é ingleses, envidiosos de sus adelantos y
prosperidad, trataron en dos distintas' ocasiones de conquis-
tarla, y no lográildolo, movieron cuantos medios agresivos
podian tenerla en contínua alarma. Cansados por fin de lu-
char unos y otros, convinieron en declararla isla nel~tral y
al efecto firmaron las tres metrópolis un tratado, que se rom-
pió el año 1759 cuando fuerzas británicas, faltando á la fé
jurada, la invarlieron y se aporleraron de ella. Aprovechan-
do el gobernador francés de la Martinica, marquéa de Bluillé,
un descuido de los ingleses, al tiempo que la Gran Bretaña
sostenia c)n sus col:mos de la América del norte la guerra
que dió pDr resultado la fundacion de los Estados Unidos,
incorpDró momentáneamente la IJOIninica á la Francia, y en
su poder la re~u vo hasta que por el tratado de 178:3 fué de-
vuelta á sus anteriores dueños los ingleses, de quiénes toda-
vía depende. La pDblacion de aquella Antilla, segun lo;; úl-
timr¡s trabajos estadísticos, la formaban 500 blancos, :300 crio-
llos y unos 15.000 negros; y sus productos consistían en cer-
ca de tres mil b1coyes de azúcar y algunas balas de algodono


El primero que so estableció en la l1Iartinica, descnbierb
tambien y abandonada por los español~s, fur el francés
D'Esnambuc, de quien nos hemos ocupado, el cual en W:3f>,
siendo gobernador de San Cristóbal, desBmb:ll'có C111 cien
hombres en ar¡uella isla. Los inrlios recibhron PI!' d pront<J




CAPÍTULO 1 51


muy bien á los aventureros, cediéndoles las bajas regiones
occidentales y del Mediodía y retirándose á los bosques de las
montañas; p~ro al poco tiempo, viendo un tanto coartada su
anterior libertad, aliáronse con los carib3s de las vecinas islas
y emprendieron una guerra de exterminio contra los colonos
franceses. Éstos, que numéricamente eran inferiores, entraron
en tratos con los indígenas, y mediante algunas botellas de
aguardiente, consiguieron una conciliacion, que por cierto
respetaron poco los oprimidos naturales indios, á cuyas agre-
siones respondieron los invasores, tal vez demasiado inclemen-
tes en aquellos momentos, degollándolos á todos sin piedad.


Dueños así de la Martinica, organizaron los aventureros la
sociedad colunial, dividiéndose en dos clases segun su impor-
tancia, una de los plantadores, yde coadjutores ó contratados
la otra; cuya distincion siguió hasta que, terminado el tiempJ
del compromiso de éstos últimos y reemplazados en su trabajo
por esclavos negros, ascendieron á la categoría de colonos.
Desde entónces todos los habitantes blancos gozaron de los
mismos derechos, ocupándose indistintamente, por el pronb en
el cultivo del tabaco, del algodon y del añil; luego, en 1650,
en la elaboracion del azúcar de caña, y por último, en 1681,
aumentaron sus producciones con la del cacao, importado de
las próximas costas de Caribana por el judío Dacosta cuando
supo que en Francía se habia hecho de moda el consumo del
chocolate. Un furioso huracan destruyó en 1718 tod::JS los
cacaotales, que se tenian ya como primer elemento de riqu~­
za, y para que tan lucrativo ramo de comercio no desapare-
ciera de la isla, envió el gobierno francés, del mismo jardin
de plantas de París, los ejemplares de aquel arbusto regalados
al rey por los holand;)ses; cuyas especies dieron en la jJfarti-
nica los más felices resultados.


Por ser el punto céntrico de las Antillas caribes, estable-
cieron los franceses en ésta su gobierno colonial, conserván-
dolo hasta 1763 que, reconociendo más ventajoso el sistema
adoptado por los ingleses en sus posesiones ultramarinas,
nombraron un gobernaclor para cada isla.


6




52 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


Ésta de la iJfartinica, con lo:> despojo:> de los primitivos
forbantes y filibusteros, que en sus correrías saqueban lo mis-
mo los bohíos del indio que los nacientes establecimientos es-
pañoles, adquirió como mercado de presas ilegítimas y áun
de contrabando tan notable desarrollo, que en 1744, durante
la guerra con la Gran Bretaña, pudo ya armar muchos bu-
ques,corsarios, los cuales atrajeron la atencion de los ingleses
hácia á aquellas costas, é invadiendo la isla en 1759, obliga-
ron á los colonos á permanecer refugiados en los montes has-
ta el tratado de paz de 1763, que volviendo la isla á la Fran-
cia, les permitió regresar á sus propiedades. P~r.) la cesion
del Canadá á la Inglaterra, verificada en la misma ocasion,
fué tan funesta para la Martinica, que vi6 desde ent6nces
extinguir:>e !:3u comercio con la América del norte; viniendo
todavía á ménos su movimiento mercantil á consecuencia de
otro furioso huracan, parecido al de 1718, que en 1776 arra-
só las plantaciones de caila de tal modo, que ea algunos años
no pudieron reponerse, y ex:tinguiéndos,~ c:1si por completo
su prosp~ridad con la inlepmdencia d2 Haiti y la abolicion
de la esclavitud. Estas causas mat:1ron la agricultura y la
industrÍ3. en aquel brillante, aunque injustificado y un tiem-
po criminal, centro de riquezas; al que, á p2sar de sus ciento
veinte mil habitantes, 13 vimos, cuando cuatro años atrás
desembarcamos en Fort de France ó Fort Royal, arrastrar la
trabajosa vida del indigimte y haciendo grandes esfuerzos
para sacudir su abatimiento.


La isla de Santa Lucía, que sigue á la Martinica en la di-
rece ion del arco de círculo que forman las Antillas, fué asi-
mismo descubierta por los españoles, quienes, como sucedió
con las demás islas de barlovento, tampoco fundaron ningun
establecimiento colonial. Aprovechandose de este abandono los
ingleses, tomaron posesion de ella en 163g, y un año despues,
por haber aprisionado á unos caribes que surtian de frutos á
la Martinica, fueron los invasores atacados con tal ímpetu
por los naturales, r2unidos con indios de las vecinas islas,
que obligaron á huir á los que pudieron salvarse de la fiereza




CAPÍTULO 1 53




L~,,"S INSURRECCIONES EN CUBA


gros, que procederían quizás de las primeras islas colonizadas
por españoles ó del naufrágio de algun buque dedicado al co-
mercio de esclavos africanos. Instalada la colonia francesa y
bien acogida por los indígenas rojos, se dedicó á la agricul~
turacon los esclavos que habia introducido; pero irritados
los caribes negros al ver esclavizados á hombres de su mis-
mo color, y para evitar que algun dia les tocara seguir igual
suerte, se retiraron en son de guerra á lo más intrincado de
los bosques, donde á sus ~ijos re cien nacidos, para distin-
guirlos de los esclavos, les comprimían la frente hasta que-
dar aplastada.


Ouando la colonia iba desarrollando sus elementos de pros-
peridad, pasó la isla á poder de los ingleses por el tratado de
1763, y como comprendida entre las pequeñas Antillas, que al
tocar entónces en el reparto á Inglaterra tomaron el nombre
de Islas Oedeas; yal posesionarse los nuevos dominadores,
llispusieron, como primera medida, la venta de todas, las tier-
ras productoras para indemnizarse de los gastos de la guer-
ra, disposicion que, arruinando la agricultura, obligó á los
despojados colonos franceses á buscar refugio en las inmedia-
tas islas de Guadalupe y la Martinica. Los carih2s negros
que independientes vivían en las montañas, poco dispuestos
á otro dominio, corrieron á la lucha, resistiéndo con tal fúria
á las tropas británicas destinadas á sujetarlos, que obligaron
al inglés á transigir, cedit'mdoles por un convenio, que se es-
tipuló en 1773, las llanuras más fértiles de la isla. Pero no se
satisficiéron con esto las aspiraciones de aquellos indígenas,
que azuzados de contínuo por los franceses desposeidos, con
quiene,~ seguían en secretas relaciones, amenazaban cada vez
eon mayor osadía la dominacion británica; y cuando se esta-
bleció ya perfecto acuerdo entre unos y otros, desembarcaron
los colonos refugiados en ]a Martinica, y unidos con los indí-
genas, arremetieron con tal dccision á los ingleses, que viéron-
se éstos obligados á capitular y á ceder sus derechos, que-
danclo de este modo la isla otra vez bajo el dominio de la
Francia en: l77D. Cuatro años despnes de tales sucesos se




CAPÍTULO 1


ajustó el tratado de 1783, p8f el cual adquirió de nuevo Ingla-
terra la isla de San Vicente, que desde entónces la conserva
en bastante prosperidad, fomentando el cultivo del algodon,
caña de azúcar, café, cacao y p,llo tinte que producen la ter-
cera parte de las tierras, única de las que pueden dedicarse á
la explotacion agrícola.


'En un viaje de exploracion á las Indias occidentales verifi-
cado por los portugueses el siglo XVI, descubrieron la isla
Barbada, y creyéndola de escasa importancia, la abandona-
ren pronto; pero ántes, como medida de precaucion para los
navegantes futuros, ó más bien, sin duda, para aligerar ue
estiva al buque ó por falta de forraje para el ganado, des-
embarcaron una piara de cerdos destinados al comercio que,
libres de enemigos que les molestasen, se multiplicaron allí
prodig'iosamente. Algunos años despues, en 1605, otro bu-
que británico tomó posesion de la isla en nombre de Jacobo I,
sin fundar tampoco ningun establecimiento; y en 1624 fué
cedida la Ba¡'bada por aquel gobierno á un caballero inglés,
quien fundó á James Tomn, y atrayéndose colonos de las
gentes que. las emigraciones religiosas arrojaban de Ingla-
terra, aumentó considerablemente la poblacion, que sin inter-
rupcion dependió desde entónces del poder británico.


La Granada y las Granadinas, descubiertas por Colon en
1498, permanecieron más de un siglo abandonadas y sin ser
inquietados sus habitantes indígenas por ningun aventurero;
pero en 1650 el gobernador de la Martinica, Du-Parquet, an-
sioso de conquistar, envió doscientos hombres al mando ele
Le Compte para apoderarse de la Granada. Nada notable
ocurrió en ella mientras los invasores se entendieron pacífi-
camente con los naturales; mas cuando los franceses empeza-
ron á vej arles con sus exigencias, pusiéronse aquellos ,de acuer-
do, y un efecto de su irritacion fué degollar á gran número
de colonos; cuya sangrienta agresion obligó á. Le Compte á
pedir auxilios y á emprender una guerra de extermÍnio oon-
tra los .caribes. Perseguidos éstos, se replegaron en unas ele-
vadas rocas á la orilla del mar, desde donde a.corralaríos p()r




56 LAS I"'SURRECCIONES EN CUBA


las tropas y prefiriendo la muerte al dominio de los invasores,
se precipitaron en las aguas y perecieron todos, cual hubiera
hecho cualquier hijo de la Granada española; conociéndose
aquel punto en adelante con el nombre de Tumba de los
sal1Jajes. Dueños por tales medios los franceses de la Grana-
da, siguieron colonizándola hasta que Du-Parquet, que por
haberla conquisbtdo con fondos propios la tenia como suya,
vendióla al conde de Cerillac, y éste luegJ, en 1714, ála
Oompañia de las Indias, la cual al disolverse trasfirió el do-
minio al gobierno francés á quien la arrebatar m los ingleses
en 1755, reconquistándola Estaing en 1779, y volviendo por
fin al poder de Inglaterra en el tratado de 1783.


Las doce islillas situadas entre San Vicente y la Gran:1da
Dom bradas por Colon las Granadinas, nunca llamaron la
atencion de los grandes aventureros, por su escasa importan-
cia y por estar privadas de agua dulce. Sólo en la de 00-
riocú, que es la mayor de ellas, se establecieron unos france-
ses para dedicarse á la p3sca de la tortuga, á los cuaies unié-
ronse despue;; algunos emigl'a10s de la Guadalupe con sus
esclavos, y juntos todos cultivaron unos pequeiios campos de
algodon en sus fértiles tierras. Más tarde fueron otros p')bla.-
dores á la Ronda, que sigue á (Joriocú en importancia; y éstas
como el resto de las Granadinas, pasaron por diferentes tra-
tados á poder de Inglaterra, ácuyodomínio perteneceneneldia.


La isla de Tábago, separada de la TrinidaJ por un canal,
la descubrió tambien Colon en 1498, y durante algunos años
fué llamada la Isla melancólica por lo sombrío de sus pe-
dregosas costas del norte. Aquel aspecto poco risuelío ahuyen-
tó á los aventureros, quienes la tuvieron abandonada y sin p:)-
b1ar hasta 1632, en que unos holandeses se establecieron en
ella; pero recelosos los habitantes españoles, que desrle la ve-
cina isla de Trinidad guardaban las entrada.s del Ol'inoco J
temian que gentes extrañas fueran á arrebatarles el oro que
aquel rio arrastraba, incitaron á los indios contra la colonia
hohndesa, que débil para resistir tales agresiones, desapare-
ció por entónces.




CAPÍTULO 1 57


En 1654 otra colonia de la midms nacion se apoderó de
Tábago; doce añCls despuJs cayó en poder de los ingleses; la
escuadra d'Estre~s la conquistó al añ'J siguiente, queiando
en poder de la Francia por la paz de Nim~ga, y pasado a1gun
tiempo, vi~ndola inhabitada unos especuLtdores ingleses, la
poblaron y retuvieron como suya. Trató la Francia de reivin-
dic:wla, y conquistada y restituida várias veces, pasó al fin
al dominio francés por el tratado de Amiens, y definitivamen-
te por el de París en 1814.


La inmediata isla de Trinidaa, situada á la embocadura
del Orinoco, y contribuyendo con su posicion á formar el gol-
fo de Paria, es la mayor de las islas que festonean las costas
de Venezue~a, las cuales, algo separadas de las verdaderas
Antillas, constituyen un grupo, en el que se distingu~n la
Margarita, Siete IIermanos, la Tortuga, los Roques, las
Aves, Buen Aire, Ourazao, Oruba y otra porcion de cayos
€ islas, visitadas ó descubiertas casi todas por Col m ea 1493.
Hasta 1588 no se establecieron los españoles en T?'inidad,
quienes á los siete años fueron visitados por algunos aventu-
reros ingleses á las órdenes de sir Gualterio Raleigh, que
se retirarcm en seguida para buscar m3jorcs conquistas.
Cerca de un siglo vivieron tranquilos los pocos habitant3s blan-
cos de aquella isla, que, conquistada en 1676 por los france-
ses, fué restituida luego á la corona de España; pero progre-
saba tan pClCCl allí la colonizacion, que á pesar de haber per-
mitido el gClbierno español en 1786 la entrada de extranjeros
en sus cobnias, no llegó á pasar en aquel tiempo la pobla-
'Cion de T'i'inidaa de cientJ veintiseis blancos, doscientos no-
venta y cinco libres de color, trcscient0s diez esclavos y unos
dos mil indios.


A poco dil esto, las r~vueltas de Santo D )mingo llevaron á.
la isla muchJs plantadores emigrados con sus esclavos, cuyos
nuevos colonos, empleando la mediana riqueza que poseian,
unidos á algunos aventureros de Europa, dieron principio al
desarrollo de los intereses agrícolas y mercantiles; mas cuan-
do emp2zaba á dar fruto su trabajo é iban tocándose los bie-




58 LAS INSURRECCIONES EN CU"BA


nes de la prosperidad, los ingleses, que resentidQs con Espa-
ña por la proteccion dispensada á los independientes de los
Estados-Unidos, se propusieron destrllir todo lo que les re-
cordara el nombre español, enviaron contra la Trinidad una
ei!cuadra al mando del almirante Harvey. Hallábase á la sa-
zon en aquellas aguas, en febrero de 1797, la pequefrd. flota
dél general español Apodaca, quien, considerándose impotente
ante los numerosos buques británicos, q uellló los suyos an-
c1ados en Puerto España, abriendo de este modo á los enemi-
gos las puertas de la capital, que áun hoy lleva el nombre
de 8panisk Tomn, donde mandaba D. JoséChacon, el que,
obligado á capitular, pudo conseguir que se garantizaran
por los vencedores la seguridad de las propiedades privadas
y el ejercicio de la religion católica. La paz de Amiens debia
restituir aquella isla á España; pero los ingleses no quisieron
abandonar tan favorable posicion, que, cual centinela avan-
zado, les permitia vigilar la América meridional, y quedaron
desde entónces definitivamente dueños de la Trinidad.


Réstanos decir, para terminar esta desc¡'ipcion de las A.n-
tillas, que el tercer grupo separado del continente y de las
grandes islas caribes por los canales viejo y nuevo de Baha-
ma, lo forman las Lucayas, primeras tierras descubiertas por
Colon y abandonadas de España por su poca importancia, de
las que se apoderaron los ingleses, y las poseen todavía. En-
tre ellas es la más visitada la de Nueva Providencia, y aH
puerto de N assau el punto de escala de los bllq ues norte-
americanos, así como centro de contrabando alguha vez, y
el vigilante que Inglaterra tiene frente de las Antillas espa-
ñolas. Las otras islasapénas sostienen algunos pobres aven-
tureros, restos tal vez de los antiguos forbantes y piratas~
que, sin nacionalidad conocida como aquellos, y con el nom-
bre de ra(j'Ueros, asaltan las pequeñas embarcaciones que las
tormentas conducen á sus costas, 'ó las atraen para que se
estrellen, y de los despojos del naufragio viven y han vivido,
siempre que una guerra, cual la última de Santo Domingo,
no les proporcione, cual hoy la de Cuba les promete, mayores




CAPÍTULO 1 59


ganancias sirviendo con sus atrevidos cayucos de correos á
las bandas de insurrectos.


Quizás nos hemos extendido demasiado en la historia de
las pequeñas Antillas, cuando hubiéramos podido abreviarla
apuntando como afirmacion sintética, que, cual todas las ca-
lónias de la antigüedad, envolvian su origen en crímenes y
sangre, y que, cual aquellas, las islas americana,;;, depen-
dientes de España por el incuestionable derecho del descu-
brimiento, fueron todas teatro de la rapiña de los más osados
extranjeros, que, sin otra ley que la fuerza, nos las 'arrebata-
ron. Pero hemos preferido referir algunos hechos de los aven-
tureros ingleses y franceses principalmente, fundándonos en
una obra del francés MI'. Regnault, para que al hablar de
sus compatriotas no se nos calificara de apasionados, de cuya
'Ilota huimos. y para que al relatar tantos horrores se viese
de qué manera las primeras gloriosas conquistas de Colon
pasaron ensangrentadas á manos ajenas.


v.


Al estallar en Francia la revolucion de 178.9, existian éU
la parte francesa de la isla. de Santo Dumiugograndes mo-
tivos de disc()rdia entre los blancos, los mulatos y los negros
que la poblaban, provocados por los orgullosos colonos, due-
ños de esclavos, que ensob~rbeciaos por su riqneza, é irrita-
dos contra el yugo de la metr6poli, 'entraron en deseos de sa-
cudirlo al ocurrir la emancipacion de los Estados~Un'¡dos de
la América del norte, al tiempo que con su proceder yarbi-
trariedades, tenian en continua ,excitacion á las clases libres
de color, que á su 'Vez pre'tendian poseer mayores derechos




60 LAS INSURRECCIONES RN CUBA


sociales, é iban trab3jando la dormida inteligencia de los
si~rvos para arrastrarles á sus opiniones. No era extraño,
pues, que en tal situ'1cbn fuese r~cibija c)n verdaiero júbilo,
por t ldos los súb:litos franceses de aquella Antilla, la noticia
de la más asombrosa de las revoluciones modernas.


Bastante tiempo ántes, y durante los prepJ.rativos de tan
grande acontecimiento político, tenian los dominicanos fran-
ceses emisarios en París, achaque propio de todas las colonias
que lo han dacio á conocer ostentosamente en sus metrópolis,
cuyos emisarios, procedentes b mismo de las poderosas cla-
ses de plantadores y negociantes, que de la de blanquillos, ó
blancos de la clase media, y la de mulatos, trabajaban unos
p'Jr sus privilegios, y otros por sus derechos sociales; y entre
ellos, nadie en verdad obtuvo grácia tan pronto corno los mu-
latos, q;~ienes de la Asamblea nacional merecieron ya, en 19
de octubre de 1789, que reconociese en principio aquellos de-
rechos civiles y políticos que deseaban. Es cierto que los
hombres de la revolucion, concertados para bélrrar todos los
pri vile~'ios, no polian manifestarse muy propicios á los ricos
plantadores y negociantes criollos, los qU3, comprendiendo
perfectamente desde el prim'3r mo:nento las ten:l<:mcias re-
volucionarias de la metrópoli, no agu3.rdaron concesiones de
quÍ3n3s no confb.b::m obtenerlas, y constituyendo Asam-
bleas prim:1rias ó municipales en las parrJ1uias d3 la isla, é
inmeliatam~nte j untas provinciales en los tres distritos del
Cabo ó Norte, del OJste Ó Puerto Pl'Íncip3, y d; CayJs Ó Sur,
en que el territorÍ0 estaba dividirlo, prep1raron una Asamblea
~entral, en la que, co:no en las otras c)rp)racion3s, no admi-
ti3ron ningun hombre de color. Éstos, q uc por sus emisarios
de París est1b3n tambi:m ent3rados de lo qU0 allí pasaba, co-
mii:iionaron al mulato Lacomba el 2 dJ noviembre cerca de la
A:>tmblea dd Norte, para qU3 en nombre de tJda b clase
piliede por escrito, al mod) qu~ 138 de la metrópoli habian he-
cho SUil peticiones en la Asa;nblea nacional, que se procediese
á la declMa~i)u de los d3rechos del hombre; á lo cual irrita-
dos respo!ldi~ron los co~onos criollos, mandando prender al




C.UÍTULO 1 61


atrevido mulato autor de tan incendiário escrito, persiguien-
do á algunos de sus cómplices, y hasta castigando á otros
con pena de muerte.


Preparados los trabajos y verificada la eleccion de los di-
putados para una Asa;nblea general, disolviéronse las pro-
vinciales de la isla, y aquélla que debia entender en todos los
negocios de la colonia, reunióse en San 11árcos el 15 de
abril de 1790, acordando sin pérdida de tirmpo que si el
nuevo gobierno francés no les enviaba sus instrucciones en el
término de tres meses, tuviese entendido que la corporacion
asumiría el gobierno colonial; acuerdo que no llegó ootón-
ces á realizarse por haber llegado ántes del término fija-
do un decreto expedid') con anterioridad por la Asa:nblea
nacional francesa, el 8 de marzo, sancionando la reunian de
las juntas coloniales, llamándolas á París para que mani-
festaran el voto de las colonias, y dando al propi') tiempo á
conocer los derechos que la ravolucion concedia. Fundados
los criollos en el preámbulo de aquel docum8nto, que inter-
pretaban á su modo, aseguraron qu~ tales dere~h1s solo á
los blanoos podian referirse, lo cual admitido, en absoluto ex-
cluia de los beneficios del decreto á los mulatos; pero éstos,
que en las instrucciones particulares creyeron verse com-
prendidos, reclamaron en forma, y los criollos, al negar el
valor de las instrucciones ante la autoridad y letra del decre-
to, denegaron la reclamacion, y siguieron por sí solos la obra
revolucionaria y de regeneracion de la cobnia. Tan allá fue-
ron en sus acuerdos y con tan franca é imprudente claridad
expresarJn sus tendencias al decretar la Constitucion colonial
publicada en San Márcos el 22 de mayo, la que más que otra
cosa parecia una declaracion de independ\~ncia, que el poco
precavido gobernador Mr. Peynier, considerándola atentoria
á su autoridad, se apresuró, aunque tarde, á tratar á aquella
asa:::nblea como en abierta insurreccion, lo cual hizo que los
blanquillos y mulatos se inclináran en favor del representante
legítimo de la Francia, tanto por ódiJ á los colonos, cuanto
por debilitar el soberbio poder criollo. .




LAS INSURRECCIONES EN CUBA


La milicia, que siempre habia permanecido unida, se divi-
dió tambien cuntru motivo en dos bandos: el de los patriotas,
que ostentaba la escarapela roja y querian la independencia
de la colonia, y el de 10sl1ristócratas ó de la escarapela blan-
ca, que, como los blanquillIJ8,:pertenecian a las clases de ma.-
yor ilustracion, aunque ménos acomodadas, y se mostrahan
decididos partidarios del gobernador representante de la me-
trópoli. De ,las asambleas provinciales, :reunidas en medio de
la agitacio'1, se declaró la del Norte en favor tambien del go-
bierno legitimo, y la general reunida en San Marcos, que
al contrariada creia lastimados sus orgullosos fueros, en un
arranque de osadía, llamó a la barra a los individuos del
gobierno legítimo, agitando así todas las pasiones, tan :/Rci-
les de explotar donde existian los encontrado;:; intereses de la
diversidad de razas. MI". Peynier, que en presencia de un su-
ceso tan grave no pudo obtener siquiera, para el sostenimien-
to de su autoridad, el apoyo de la fuerza que guarnecia el bu-
que de guerra Bl.Leopardo, por negarse aquellos Baldados y
tripulantes á luchar con lospatrriotas,decretó entónces como
último recurso la msolucioude la Asamblea general, dBclaran ..
do rebeldes ytmidores Á los inrlh1iduos -qlAIela c~mpOll1ian~ eon
cuya medida se fClmpióya elfuegG entre ámbos p0deres, y
aquellos facciosos, viendo ,dudoso el éxito de Sil causa, ,em-
barcáronse en el mismo Leopardo para pedir en París á la
Asamblea nacional la sancion de su desobediencia; pero lo que
allí encontraron, por excitacion de Ba1'nave, fué un decreto
de prision como rebeldes. Srubida esta inesperada solucion
por los patriotas dominicanos, en los momentos mismos en
que iban a verificar.se en la isla las elecciones de diputados
para la Asamblea nacional, hicieron talesesfuerz@s para
triunfar, que al fin 10graro.n, por una considerable mayoría,
que fueran elegidos represemtantes too.os los présos em París
que habian pertenecido á la asamblea de &cm. Márcos, dando
así aquellos colonos la primera y muy ostensible muestra de
rebelion contra elgobiel'no de la llletrópoli.


Un nuevo acontecimiento suspendió en aquellos momenoos




CAPÍTULO 1 63


la agitacion política que entre los blancos dominaba; y éste
la produjo el mulato Vicente Ogé, hijo de un carnicero del
Cabo, que, procedente de Inglaterra, desembarcó á fines de
octubre en la isla, decidido á hacer ejecutar el decreto de la
Asamblea nacional del 8 de marzo; y reunió al efecto ami-
gos y partidarios, que, con las armas en la manv, se dirigie-
ron á apoyar su peticion ante la Asamblea. Los blancos en-
tónces, que ante el enemigo comun olvidaron sus particulares
disensiones, uniéronse, así patriotas como arist6cratas, para
batir á los hombres de color, á quienes pronto derrotaron, y
persiguieron hasta descuartizar, ciegos de venganza, á los
pr0movedores, que acogidos en la parte española, fueron re-
clamados del gobernador D. Joaquin García. Tal ensañamiento
profundizó, como era de esperar, el abismo que ya separaba y
hacía incompatibl~s á las dos razas; pero los inquietos colo-
nos, despu8s de tener sujetos á los mulatos, volvieron á luchar
entre sí, aún con mayor furia que ántes, dando principio con
el asesinato del coronel Manduit por los patriotas del Oeste.
Este hecho motivó la sublevacion de los blanquillos en Ca-
yes, donde esparcieron la devastacion y la anarquía, y lle-
varon á tal grado el desprestigio del poder de la metrópoli,
que el gobernador Blanchelande, sucesor de Peynier, se vió
privado de toda su autoridad é influencia al usurparle y pasar
el gobierno y la administracion entera al seno de las asam-
bleas provinciales.


Los homhres de color, no sólo mulatos, sinoya negros, que
en silencio sufrian el ilegítimo dominio de aquellos perturba-
dores, espiando estaban la ocasion de entrar en lucha; y no
tardó" por cierto mucho tiempo en preparársela la cuasualidad
con el «perezcan las colonias ántes que un principio,» ó «pe-
rezcan los blancos ántes que los negros,» que Robespierre
proclamó en plena asamblea y produjo aquel decreto del 15
de mayo de 1791, que hacía extensiva á los libres de color la
concesion de los derechos del hombre. Esta medida, que sien-
do de alegría para los mulatos, debia Causar profundo dis-
gusto en los blancos, tanto les exasperó, que declarál'onse




LAS INSURRECCIONES EN CUBA


desde luego rebeldes á la metrópoli, y reunidos en la parro-
quia de Gros-Jlforne, decidieron desobedecer todo lo ordena-
do por la Asamblea nacional francesa, y obrar como indepen-
dientes desde luego, reuniendo al efecto otra asamblea colo-
nial en el Cabo. Con este actD se consumó y tuvo fin la pri-
mera parte del drama revolucionario de Santo Domingo, y
asÍmismo termin6 el prestigio de los blancos y el papel que
les estaba destinad::J representar en la independencia de aque-
lla isla.


Huérfana la colonia, á este tiemp::J, de verdadera auto-
ridad, presenció, sill fuerzas Pl1ra resistir desde un princi-
pio, ellevantamient::J en la provincia del Oeste de numerosas
partidas de negros capitaneados p:)r otro llamado Bouk-
mann, quienes, guiados por sanguinari::Js instintos, degolla-
ban á todos los blancos que podian sorprender, y llevando
sus cabezas por trofeo, recorrian las fincas suble, ando las
dotaciones, y esparciendo el terror por el distrito. Par.a com-
batir á los insurgentes, los mulatos, que esperaban todavía su
ocasion, pidieron armas á los blancos; pero éstos, que de ellos
recelaban, no solo se las negaron, sino que, acusándoles como
instigadores de la rebelion, les trataron con igual dureza que
á los própios insurgentes negros,' lo cual acrecent:) conside-
rablemente su eterno ódio.


Derrotados algunos de los rebeldes en un combate, y fu-
silados en pelotones los prisioneros, dispersáronse los demás
en cuadrillas, que vagaron algun tiempo p::>r los campos, y
organizáronse lueg) en mayor númer,), á las órdenes de
Juan Francisco '!! Biassou; respondiendo á los castigos de
los blancos con más horrendos asesinatos é incendios, y has-
ta con el degüello de sus propios hermanos en la esclavitud,
que permanecian fieles en las fincas de sus dueños:
}~stos, como torpes políticos, trataron entónces con mayor


crueldad á sus siervos, no demostrando sino que, sólo adver-
sarios buscaban donde podian encontrar aliados; y Biassou,
que en tales torpezas veía progresar su causa, necesitando
ya un color político para presentarse en la escena de aquella




CAPÍTULO 1 65


agitada sociedad, adoptó, sin duda por instigacion de algun
español de Santo Domingo, ó eDn apoyo del mismo goberna-
dor de la parte española, la bandera realista, y dando vivas
al rey y al antiguo régimen, fué con sus tropas negras estre-
chando el poder de los colonos franceses hasta el punto de
obligarles á pedir auxilio al gober'1ador de Jamáica.


La graveda'l de tales sucesos oblig6 al fin á los blancos á
aceptar la unÍDn y el apoyo de los mulatos, y juntos, fueron
á batir á los negros, consiguiéndolo de un modo tan comple-
to en la batalla de Limbé, que despavoriélos, los cortos restos
de insurgentes que libraron de la muerte, no pararon hasta
refugiarse en lo más escondidó de las montañas.


Los mulatos, que con las armas en la mano y con el pres-
tigio del triunfo, tocaban ya de cerca la ocasion tanto tiem-
po esperada, tranquilos y comedidos pidieron á los colonos la
concesion de sus derechos pDlíticos, de.3pues de habers~ pre-
parado, eligiendo pJr jefes militares á Bealtvais, Rigaud y
Petion; y fijándose en la Crm; de los Ramilletes, cerca de
Puerto Príncipe, allí esp~raron de la asamblea del Oeste la
respuesta á su demanda. Aquellos colonos, que al vcrs~ sin
enemigos negros iban cambiando de opinion, enviaron como
portadores de tal respuesta una columna de trescientos hom-
bres entre marinos y tropas de línea, con alguna artillería;
pero habiendo sido completamente batidas estas fuerzas por
los indignados mulatos, lograron éstos tras de la victoria es-
trechar su union con los plantadores del Oeste, quienes, por
medio de un concordat::> firmado en la misma Cruz de 10sRa-
milletes, reconocieron los derechos de los hombres de color, é
inclinaron, en favor de este acuerdo} á la apurad.a asamblea
de aquel distrito, la cual declaró, pDr tanto, que la general de
la colonia se reformaria, segun solicitaban, con arreglo al ci-
tado decreto de 15 de mayo. Con tales promesas entraron en
Puerto Príncipe los victoriosos mulatos, donde, acuartelados,
esperaron la ratificacion del concordato; pero la Asamblea ge-
neral reunida en el Cabo, proclamó que el contrato de la del
Oeste era subversivo al sistema colonial; y como pOCJ des-




66 LAS INSURoRECCIONHS EN CUnA.


pues denegaba la Asamblea francesa á los· hombves libres de
color aquellos derechos que p:;¡r R)bespierre 13s habia ya cou-
cedido, quedaron los mulatos en su anterior situacion, á lo
cual no se avinieron, y creyendo tener en el compromiso d¡\
la Cruz de los Ramilletes seguro. apoyo en que fundar sus re-
clamaciones, á él se refirieron, pidiendo su exacta ejecucion
con las armas en la mano.


Un incidente desgraciado fué, durante estas réplicas,
origen de grandes desgracias. Disputando en las calles de
Puerto Príncipe un soldado blanco de artillerh con otro de
las milicias de color, éste desarmó á su contrincante en la pe-
lea, y los patriotas criollos que lo presenciaron, poniéndose
de parte del blanco, apoderáronse del negro y lo colgaron de
un farol. Al saberlo los mulatos, dieron suelta á su coutenido
Mio, matando de un fusilazo al primer artillero que encon-
traron, siguiéndose á ésto un ataque general de blancos y
artilleros contra los mulatos, á quienes libró Beauvais apresu-
radamente, haciéndoles retirar en ordenada formacion á las
montañas, despues de prender fuego á dos cm,rteles de la
ciudad; cuyo incendio exasperó tanto á los colonos blancos,
que para vengarse de las gentes de color pasaron á cuchillo,
sin distincion, á más de dos mil mujeres mulatas.


Tan horrorosas e~menas, excitar{)n cual nunca el turor de los
mulatos hácia la raza blanca, y bajando de los montes, pu-
sieron sitio á Puerto Príncipe con el apoyo de los esclavos su-
blevados, precisamente en los momentos en que tres nuevos
comisarios de la Asamblea na,.ional francesa desembarcaban.
Trataron éstos de mediar en la contienda, y vieron desco-
nocida su autoridad por los intransigentes individuos de la
asamblea general del CahJ, ll1iéntras obtenian el apoyo de las
gentes de cDlor, en su mayoría mulatos, que ofrecieron some-
terse siempre que sus derechos fueran reconocidos; y se infor-
maron en tanto de que los africanos mandados por el peque-
ño negro Jacinto derrotaban las tropas de la ciudad de Puer-
to Príncipe, y que Juan Francisco y Biassou, hacian ondear en
otros puntos la bandera blanca realÍilta. Los comisarios, que




CAPÍTULO T 67


Thpénas desembarcaron, comprendieron cuán escasos é incom-
pletos eran los conocimientos qué en Paris !:le tenian de lo que
en las colonias pasaba, regresaron inmediatamente á Fran-
cia para ilustrar' á l!i. Asamblea, la cu3ll, al tener noticia
exacta de un estado de cosas tan violento, expidió el decreto
de 4 de abril de 1792, que concedia á los mulatos y negros
libres los mismos é iguales derechos que á los colonos blan-
cos: Esta. imprudente suprema dísposicion se resistieron á
cumplimentarla las asambleas criollas; pero el goberna.dor
Blarrchelande, que contaba ya con el apoyo de los mulatos,
mand6 prender y deportó á los diputados disidentes, cuya
medida fué implícitamente aprobada por la tercera comision
de emisarios de la Asamblea francesa, que á la sazon lle-
garon á la isla declarando, con autorizacion bastante del po-
der central, que la nacíon no reconocía ya más clases de hom-
bres que libres y esclavos. D~ este modo qued6 asegurada
la posicíon de los mulatos, quienes rompieron las alianzas
con los negros al ver su causa triunfante, y al ser llamados á
los cargos públicos, que hasta entórices no habian podido
desempeñar:; y con aquel poco meditado triunfo, proporciona-
do por la agitada A!:lamblea francesa á las gentes de color, di6
fin la segunda parte del drama revolucíonario, y empezó la
emigracíon de la desairada raza blanca, que, previendo ma-
yores catástrufes, fué trasladando sus bienes á las colonias
vecinas.


Los desastres debian, en efecto, ser mayores en la tercera
parte del drama, y necesariamente habian de serlo, encon-
trándose en la escena abatida y sin prestigio la antigua y
org'ullosa raza blanca, ante las prepotentes clases de color.
Aquella, fraguando por un lado la reaccion que le devolviera
su perdida influencia; y éstas por otro, próximas á un rom-
pimiento; pues la esclava no podia ver sin envidia las súbitas
elevaciones de sus compañeros de insurreccion, los mulatos,
é intentaba, por los conocidos medios que aquellos usaron,
procurarse iguales ventajas en la posicíon social.


El primero que levantó el grito reaccionario fué el caballe-
7




68 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


"1'0 Borcel, en Puerto Príncipe, desde donde, sitiado por los co-
misarios, se le obligó á huir primero á Jacmel y despues á
Jamáica, y respondiendo á aquel grito los blancos del Su~'
ayudados de los mulatos descontentos, Rigault y Pinchinat.
se declararon en rebelion, secundados indirectamente por'
Biassou, que, al frente de sus negros, seguia proclamando
al rey y el antiguo régimen. Pero los comisarios que con la
reciente declaracion de guerra entre Francia y la Gran Bre-
taña, en mayo de 1793, temian la disgregacion del terri-
torio si aquellos sediciosos llegaban á un acuerdo) reunieron.
todas las fuerzas disponibles, y atacándoles rápida y despia-
dadamente, lograron desbaratar á un tiempo á blancos y á
negros, teniendo la satisfaccion de ver cómo más de catorce
mil de los esclavos, respondian acogiéndose al indulto que
publicaron.


Concluida la lucha armada, des~mbarcó en la ciudad del
Cabo el general Galbaud para desempeñar el cargo de gober-
nador; pero los comisarios, se negaron á" reconoce"rle, fun-
dados en que, siendo Galbaud propietario en la isla, estaba
incapacitado, segun las leyes coloniales, para ejercer el man-
do. Con la irritacion consiguiente á. tal desaire, se retiró el
nuevo goberna,dor á un buque del puerto, ocurriendo en los
muelles y en la ciudad durante su permanencia á bordo gra-
ves conflictos, por haberse opuesto los comisarios á que se
castigara, segun reclamaban las tripulaciones, al mulato que
se habia trabado de palabras con un oficial de marina. Tras-
mitida la excitacion con tal motivo á todas las clase::;, yati-
zando la de los blancos el fuego de las pasiones, encendieron
una sangrienta lucha entre marinos y naturales en las mis-
mas calles de la poblacion, que no terminó hasta que aque-
llos fueron rechazados á la playa. En lo récio del combate,
los jefes de los negros sublevaclos que salvaron de la pasada
derrota, viendo la ocasion muy propicia á sus intentos, en-
traron en la ciudad, abrieron sus prisiones á quinientos com-
pañeros que esperaban el castigo por la anterior rebelion, y
despues de pegar fuego á las cárceles y casas principales y




CAPÍTULO 1 69


de esparcir el terror con el incendio de muchos barrio;;, se
retiraron vengados. Entre tanto Galbaud, en vez de manifes-
tarse humanitario y de prestar auxilio á los consternados ha-
bitantes del Cabo, dispuso levar anclas, y acompañado de los
promovedores de aquellas escenas de desvastacion, con dos
navíos y trescientas embarcacion3s cargadas de heridos y de
víveres, se hizo á la vela para los Estados-Unidos. ¿Eran de
extrañar aquel general desacato, y la anarquía, y la con fu-
sion, cuando hasta los própios depositarios de la confianza
del gobierno frances desobedecian la autoridad de la metró-
poli'?


Cara fué la victoria ganada en aquella ocasion por los co-
misarios de la Asamblea, quienes ayudados de los mismos
negros incendiarios, trataron de recomponer la capital, despues
de arrojar al mar algunos centenares de cadáveres, y para
vengarse de los turbulentos colonos, publicaron una impru-
dente proclama concediendo la libertad á todos los negros es-
cl~vos que quisieran alistarse para combatir en favor de la
república francesa, lo mismo contra los encmigos de la isla
que contri} los ingleses, cuyas agresiones no podian esperar-
se mucho tiempo. Natural parecia que á este llamamiento
acudieran muchos esclavos, y así fué en efecto; pero muy es-
casos los que pudieron utilizarse por los comisarios, pues la
mayor parte de los emancipados, desconociendo los deberes que
la libertad exigia, abusaron desde luego retirándose á las
montañas, con las armas y vestuario que al emanciparse re-
cibieron, donde engrosaron las partidas mandadas por Juan
Francisco y Biassou. Con el corto número de emancipados
que quedaron fieles pudieron organizarse algunos pelotones
al mando de los jefes negros Macaya y Perico, de los cuales
el primero fué comisionado por los representantes de la me-
trópoli cerca de Juan Francisco y de Biassou con proposicio-
nes de paz, á las cuales éstos, despues de seducir á Macaya,
que con ellos se quedó, respondieron que como partidarios del
rey no admitian tales proposiciones (22); siguihdo á esta
negativa, hasta la desercion de las mismas tropas de línea




70 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


blancas, que animadas tambien pO-l' sentimientos realistas, se
dejaban atraer p~r la influencia¡ española que tanto d(!)minaba
en los negros.


En presencia de circoostaneia:s. tan apuradas, Monse33.rOO.
los colonos que más comprometidos: veian sus intereses con
las revueltas imrteriores y en los pr6!lcimos ataques de'lIDa ar-
mada británica, que:~ decr.etase la emancipMion general.
Llevóse ésta á efecto en 29 de agosto de 1793, mas: tal de-
creto no produjo los efectos que se, esperaban, porque los co;-
lonos.del Sur y del Oeste quedaron descontentos de la tras-
cendental medida, y los negros no cambiaron por ella su ac'-'
titud, continuando, á pesar de los esfuerzos de los mulatos y
de los eomisarios para organizarlos, viviendo en las fincas
los que no habian abandonado sus trabajos agrícolas, y con
las armas preparadas aquellos de instintos más guerreros que
pudieron adquirirlas.


Cierto número de blancos de la Grande Ensenada que se
habian declarado independientes, enviaron á este tiempo 'un
comisionado á Jamáica ofreciendo someterse al rey de Ingla-
terra, á la vez que las tropas. de Juan Francisco y de Biassou
iban .ganando terrenal y respondiendo los ingleses al llama-
miento, se presentaron el 22 de, setiembre, con.un:a. fuerte es-
cuadra en Jeremías, donde, lo: mismo que en· otnas ciudades
del Sur, sc les abrieron las puertas y fueron recibidos como
libertadores. Los comisarios, que veian traidores en todas par-
tes, apelaron entónces á medidas de rigor; establecieron la
guillotina, que viéronse obligados á suspender en seguida por
el horroroso efecto que en todos los habitantes produjo, y
continuando su torpe y fatal sistema contra los blancos, les
desarmaron, y quintaban á los negros para el castigo al mis-
mo tiempo que de ellos hacían levas obligándoles á coger las
armas.


Otra flota inglesa se presentó el 2 de febrero de 1794 ante
Puerto Príncipe y tuvo que retirarse por la enérgica resis-
tente actitud del comisario Sonthonax; pero fué mejor acogí ...
da en otras poblaciones de la costa. En esta ocasion, los mu-




CAPÍTULO 1 71


latos que no podian ocultar por más tiempo su Mio á los ne-
gros libres, provocaron la reprimida cólera del general negro
Mombrú, que manteniéndose fiel á los comisarios, poseía toda
la confianza de éstos; y empezando la colision en la misma
ciudad de Puerto Príncipe con el ataque á un regimiento de
emancipados, se generalizó luego; pues atraidas por el rumor
de la refriega las negradas de los alrededores, entraron en la
poblacion con la esperanza del saqueo, degollaron á cuantos
blancos se opusieron á. sus pasos, y lanzadas corrian vertigi-
nosamente á devastarlo todo, cuando una tercera escuadra
británica las contuvo desembarcando sus fuerzas de tierra,
que aux.iliadas por los colonos blancos y con el apoyo de los
españoles, se apoderaron prontamente de Puerto Príncipe y SUg
fortalezas. Los comisarios franceses tuvieron que huir, como
puede suponerse, y. en su retirada les alcanzó la correspon-
dencia oficial con el decreto de la Convencian que les acusaba
por sus actos administrativos y les llamaba á París en calidad
de prisioneros. Verdadero contratiempo fué aquel acto de jus-
ticia, que obligaba á confiar el poder de la Francia en Santo
Domingo á los generales mulatos Beauvais, Rigault y Willa-
te y la administl'acion al gobernador interino general Le-
vaux, quien no considerándose seguro d~ los ingleses en nin-
guna de las grandes poblaciones, trasladó su gobierno á Puer-
to Paz, frente á la isla de la Tortuga, y precisamente en el pun-
to mismo donde fundaron su primer establecimiento aquellos
forbántes que dieron origen á la colonia francesa.


Escasas eran las fuerzas de que Levaux disponia para ba-
tir las inglesas y para contener los numerosos enemigos que
con el apoyo de éstas se organizaban, y cuando desesperado
en su impotencia iba á emprender una triste retirada, aceptó
el apoyo del viejo negro Toussaint, antiguo esclavo de Bayon
de Libertas, quien alistado dos años atras en las filas de Bias-
sou en calidad de médico, ejercia gran influencia cerca de éste,
y hasta con el mismo Juan Francisco, á cuyo lado habia ser-
vido de ayudante ántes de figurar, entre los negros de la par-
te española, con el ca.rgo de coronel. Reconocido Levaux á




72 LAS INSURRECCIONES EN CUilA.


Toussaint, nombróle general de brigada, y éste con sus gen-
tes, su génio militar y su prestigio en la raza africana, con-
tribuyó más que nadie á restituir á la Francia toda la parte
norte de la isla ocupada por el enemigo, excepto el fuerte de
San Nicolás, que quedó en poder de los ingleses; y cuando al
firmarse la paz de Basilea en 22 de julio de 1795 nuestros mal
aconsejados diplomáticos cedieron á la Francia la parte que
España poseia en Santo Domingo, engrosó considerablemen-
te Toussaint sus fuerzas con las que abandonaba el general
negro Juan Francisco al embarcarse para las islas de Cuba y
Trinidad, empezando desde entónces á distinguirse entre los
jefes de más importancia, y á darse á conocer con el nombre
de Louverture, «para anunciar, segun el decia á los negros,
que iba á empezar una nueva era de felicidad.» Aquella era,
que principiando con la retirada de los ingleses, obligados á
abandonar la lucha así que les faltó el apoyo de los españoles,
y con la emigracion de gran número de estos á la vecina isla de
Cuba, no daba por cierto señales de un porvenir muy ri-
sueño.


Las glorias conquistadas y la influencia adquirida por
Louverture, excitaron la envidia de los jefes mulatos, y entre
estos Rigault, sublevando á los suyos, llegó hasta prender y
encerrar en un calabozo al general Levoux; pero enterado
Toussain, corrió con diez mil negros á libertarle, lo cual ob-
tuvo, humillando con su triunfo á los mulatos, y obligando á
aquel gobernador á que recompensara agradecido sus servi-
cios, los que vió luego premiados el viejo negro al elegirle
Levaux para el cargo de segundo teniente en el gobierno de
la isla. Medida que proporcionó, aunque no largo, un pe-
ríodo de mayor quietud á aquel agitado país.


Absuelto Sonthonax de los cargos que le llamaron á París,
regresó por este tiempo á la isla, y su primer acto como co-
mi.,ario fué elevar á Toussaint á general de division. Este,
que más que á su engrandecimiento aspiraba entónces á ase-
gurar la independencia de los hombres de su raza, tuvo ha-
bilidad bastante para hacer que en las primeras elecciones




CAPÍTULO 1 73


de diputados para el cuerpo legislativo, obtuvieran una vo-
tacicin casi unánime y fueran á representar la isla en la me-
trópoli Sonthonax y Levaux, quienes despedidos de esta in-
directa manera, se dirigieron á Francia en agosto de 1797.
Pero Louverture, que no gustaba exponer sus actos á la sos-
pecha, ni dar á conocer sus ambiciones, para que de su sin-
ceridad como gobernador no dudara el directorio, embarcó,
'en el mismo buque en que los representantes iban, á sus dos
hijos, con el aparente pretexto de que perfeccionaran la edu-
eacion en París, pero con el verdadero intento de que en la
metrópoli se considerasen como rehenes aquellas prendas pa-
la él tan queridas.


Desde los primeros actos, procuró Toussaint hacer sip1pá-
tica su gobernacion, y por eso con preferencia se dirigieron
sus propósitos á arrojar á los ingleses de las plazas que to-
davía conservaban. Pudo conseguir esto estrechándoles en
Puerto Príncipe y obligándolos á capitular, aunque con con-
diciones tan favorables, que el general Hedouville, á quien
el directorio habia comisionado para que vigilase de cerca al
jefe negro' y acababa de desembarcar, sospechó de éste y quiso
oponerse á los compromisos contraidos. Mas L<:mverture, no
le hizo caso, y aceptando los obsequios que en nombró del rey
de Ing~aterra le ofreció el general Maitland, entró triunfante en
la conquistada ciudad, si no debajo del pálio con que el clero y
los colonos blancos salieron á su encuentro, segun era cos-
tumbre recibir á los gobernadores, cual conquistador, mon-
tado en brioso caballo, llevando, como siempre, atada la ca-
beza con un pañuelo, sClbre el que descansaba su sombrero de
tres picos, y vestido con casaca azul y traje bastante mo-
desto, y acompañado de lo más brillante y escogido entre los
blancos y el estado mayor de su ejército.


Verificada la evacuacion de los fuertes por las trop9.s britá-
nicas, dispuso Toussaint que ellO de octubre de 1788 se canta-
ra en accion de gracias un solemne I'e-IJeum en la iglesia de
Puerto Príncipe, en donde, terminado el acto religioso, subió
al púlpito el general negro, y desde él proclamó el triunfo de




74 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


la repúbli<;a francesa en Europa y en S&nto Domillgo, y con-
cedió una amnistía general á todos los qlle en la pasada lucha
hubieran combatido alIado de los ingleses. Esta medida, que
se oponia á las instrucciones y á la política del comisario He-
douville, hízole, +lO solo reclamar contra ella, sino aliarse im-
prudentemente con Rigault y otros jefes mulatos para des-
truir el poq.er del viejo negro; pero no pudiendo conseguir
nada y viendo su autoridad en un verdadero desprestigio, al
propio tiempo que aumentado el desMden que él mismo pro-
vo.cara, se embarcÓ el comisario para Francia e122 de aquei
mIsmo mes.


A la marcha del delegado del directorio siguió una san-
grienta lucha de raza entre negros y mulatos, más que en
otro punto, enardecida en el distrito del Sur, donde goberna-
ba Rigault. Al poco tiempo, para reemplazar á Hedouville,
llegaron á la isla nuevos comisarios de la metrópoli trayendo
la confirmacion del nombramiento de general en jefe. de las
tropas de Santo Domingo en favor de Toussaint, y la declara-
cion del consulado de que las colonias serian regidas en lo
sucesivo por leyes especiales. No creyendo aquel general ne-
gro conveniente ni política la medida en tales circunstan-
cias, suspendió su publicacion, lo cual y otros actos de abso-
luto poder, por él ejercidos, aceleraron la salida de la isla de
Rigault, dePetion, de Boyer y de otros mulatos, que se embar-
caron para Francia en 29 de julio de 1800, ya por no reco-
nocer la autoridad de Louverture, ó más bien por miedo de
caer bajo el furor de Dessalines, de quien el general en jefe
se valia para exterminar á sus adversarios, de los que aquel
feroz caudillo habia inmolado más de diez mil.


Con el completo triunfo de la raza negra, pudo darse por
consumado el tercero y más sangriento acto del drama revo-
lucionario. Las gentes, confiadas en la política de Louverture,
se dedicaron á borrar las tristes huellas de la guerra, vol-
viendo al abandonado trabajo de los campos, y atrajeron á
muchos de los emigrados que vivian en las vecinas Antillas
yen los Estados-Unidos de América, manifestando su con-




CAPÍTULO 1 75


ii~nza . hll!$t¡l. el mismo clero, q ne., sed ucidopor las religiosas
demostraciones y la respetuosa consideracion que á sus indi-
viduos ,guardaba aquel jefe de la colonia, vÍGtimas del más
ilusorio optimismo, creian duradero tal estado de cosas.


Aquellas revueltas, las no menores de las respectivas me-
trópolis y la resistencia á !p.udar de dueño de los c.olonos de
la ptlrte espau(}la de Safito Domingo, tenían aún sin ,clamplil"
el tratado de Basilea, y Toussaint, que deseaba completar
ilUS triunfos con la sumisionde toda la isla,comisionó para
que exigiera su cumplimiento al general Agé; pero, ha-
biendo sido muy mal recibido, y expuesto á perecer en ma-
nos de los españoles, que intentaban eludir á toda costa el
dominio de hs republicanos negros, tuvo el comisionado que
huir pal'~ salvarse. Entónces el general negro se dirigió, al
frente de un formida11e ejército, hácia aquel territorio; hizo
retirar al gobernador D. Joaquin García en 16 de enero
de 180 1, Y dueño de toda la isla, obligó al clero español de
Santo Domingo á que cantase un J.'e-Deum por aquel desas-
tre nacional, en el mismo templo que, hasta poco antes, ha-
bia contenido los restos del inmortal Colon.


Sometida la isla y libre ya de enemigos á quignes comba-
tir, creyó Tousaaint llegada la ocas~on de dar el último paso
en sus ammeiosas aspiraCiones, sin las hipocresías que hasta
aquel momento le habian contenido, y encargó á ciert) nú-
mero de blancos el exámen de un proyecto de Constitucion,
que corno definitiva fué proclamada en 2 de junio de 1801.
En aquel Código se declaraba el caudillo negro gobernador y
presidente mientras viviese, atribuyéndose el derecho de de-
signarse sucesor y el de hacer los nombramientos de los em-
pleados de la isla; y para alejar de su lado toda .sombra que
le recordase la dependencia de la metrópoli, cuya soberanía
sólo á un escaso valor nominal dejaba reducida en la Consti-
tucion, mandó al comisario Vincent que llevase su proyecto á
la aprobacion del gobierno, ocupándose en el interinen mejo-
rar los ramos de la a,dministracion, en fomentar las obras pú-
blicas y en atraer á los blancos colonos á quienes, si en el




76 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


fondo odiaba, trataba de tener propicios para utilizarles en la
educacion de su nuevo pueblo.


El orgulloso cónsul Bonaparte, que no habia hecho su Cons-
titucion, por cierto, para que tan pronto le imitaran los hom-
bres de color, manifestó muy poco agrado al recibir de Vin-
eent la carta recomendatoria dirigida por «el primero de los
negros al primero de los blancos,» y respondió á esta con-
fianza del viejo negro, enviando un ejército de veteranos al
mando de su cuñado el general Leclerc, para que castigara
tan insolente atrevimiento y sometiese otra vez á la Francia
la agitada colonia.


Una considerable flota que salió del puerto de Brest á fines
de diciembre de 1801, fué reuniéndose en la bahía de Sanamá
en enero de 1802. Toussaint no se desconcertó al saberlo; y
preparándose á recibir la tempestad, anunció á los suyos,
«que armándose Francia entera para esclavizar á los ne-
gros, no les quedaba otro recurso que vencer ó morir,.» Sobre
veinte mil negros y trescientos blancos, restos del ejército
europeo, contaba entónces Louverture, y para su mando nom-
bró al general negro Enrique Cristóbal, con cuatro mil com-
batientes, para que defendiese el distrito y la ciudad del Ca-
bo; mientras á Dessalines le enviaba al Sur con cerca de doce
mil hombres, á su hermano Pablo juntamente con el gene-
ral Clervaux al Este y á la parte española, y él se dirigia al
interior de la isla. Tales disposiciones obligaron á los fran-
ceses á formar tambien tres ejércitos, que mandados por Ro-
chambeau, Boudet y Hardy, penetraron á un mismo tiempo
por la parte Norte en los distritos del Este y de Puerto Prín-
cipe, con un total de doce mil soldados; tomando varios fuer-
tes y poblaciones, y desmembrando rápidamente el poder de
Toussaint. Este, á pesar de todo y de ver á los colonos sim-
patizando y á los mulatos uniéndose á los invásores, no des-
mayó ni hizo aprecio de los halagos de Leclerc, quien para
atraerle y desarmarle le envió, como última prueba, sus dos
hijos traidos al efecto de Francia; pero tampoco fué esto bas-
tante para hacer vacilar la opinion del general negro, quien




CAPÍTULO r 77


de los hijos, á Isaac, que preferia regresar á Europa, lo de-
volvió al francés, mientras el otro, á Plácido, que quiso pe-
lear alIado de su padre, le confió un mando en el ejército.
Eclipsándose iba, sin embargo, la estrella de Toussaint, que
declarado traidor y presenciando áun en sus filas la deser-
cion de muchos negros, seducidos por la proclama en que el
general francés ofrecia que no se restableceria más la escla-
vitud, en vez de ceder continuó la lucha con ánimo resuelto.
Pero al desembarcar una nueva expedicion procedente de
Francia, yal ver que con dádivas se dejaban persuadir al-
gunos de sus generales, entre ellos hasta el mismo Cristóbal,
y que Dessalines, despues de degollar á todos los blancos de
San Márcos y de incendiar la ciudad, habia tenido que forti-
ficarse en la montaña llamada Oresta de Pierrot, Toussaint
sólo, tuvo ya que ceder á las ofertas, yentrando en tratos
honrosos con LecIerc abdicó el mando en mayo de 1802. Re-
tiróse entónces á su poseaion de Gonaives, en donde, víctima
de una celada poco digna que le preparó: el general Brunet,
fué preso y desde allí conducido á Francia y encerrado en la
fortaleza ae Toux, y luego en un calabozo húmedo de Be-
r.anzon, donde murió de frio á principios de abril de 1803.


Libres los colonos del poder de V:mvertnre y animados por
el triunfo del ejército frances, empezaron sus trabajos de
reaccion política, constituyéndose por los más distingui:los y
opulentos un Consejo. Asombrados, aunque silenciosos, con-
templaban aquello los negros, en cuyo poder estaban toda-
vía las armas; los cuales, al propio tiempo que disimulaban
sufridos, su Mio al sistema de crueldades, con que los france-
ses iban esparciendo el terror entre los de su raza, acecha-
ban la hora de vengarse, que les llegó así que vieron diez-
madas las fuerzas invasoras por la fiebre amarilla; y cuando
se enteraron de la ley que Francia acababa de enviar, dispo-
niendo la conservacion de la esclavitud, rompieron todos las
reservas, y huyendo Dessalines con muchos jefes á las monta-
ñas, se reunieron allí todos los que con él habian combatido.
Arrastrados entónces los franceses por el más impolítico espí-




78 LAS INSURRECCIONES E~ CUBA


ritu de venganza, degollaron hasta loo prisioneros, y como
de los n~gros á ninguno daban cuartel, acrecieron considera-
blemente por el terror el.ejército de Dé3salines. Este, como
general en jefe, esparcía la ,devaBtamon por todas partes,y
asaltando y apoderándo:3e de las fortalezas, se iba haciendo
dueño de todo elterritcwio, al tiempo que Leclerc, gravemen-
te enfermo, tenia que l'etirarseá la Tortuga, y poco despues,
al regre8air, mo~ria en la ciudad del Cabo, víctima de la fiebre
amarilla. Su sucesor Rochambeau, indignado al ver infructuo-
sos sus más meditados planes, aumentó á la guerra su carác-
ter de crueldad, utilizándose de los perros de presa para devo-
rar á los negros; con cuya medida se multiplicaron las huestes
enemigas, y provocando al feroz Dessalines, con aquel que era
y es para los de su raza el mayor de los insultos, se le preci-
pitó en la ejecucion de las más sangrientas y horrorosas re-
presalias, que no terminaron hasta que, estrechados los
franceses, é impelidos á entablar proposiciones con los insur-
gentes, se comprometieron, en 19 de noviembre de 1803, á
evacuar la ~sla. Pero no terminaron allí las desgracias de
aquella brillante expedicion, que en mal hora envió el pri-
mer cónsul á las Antillas. Cuando embarcado el ejército fran--
cés, se dirigia contento á su pátria, una armada británica,
que tal vez atizando la rebelion hacia tiempo que permanecía
en el Cabo, salió al encuentro de la flota francesa, y, abor-
dándola, se llevó ocho mil prisioneros á Jamáica, y al gene-
ral en jefe Rochambeau, en clase de prisionero tambien, le
condujo á Inglaterra.


Victoriosos otra vez los morenos ó negros, que á la sazon
reconocian como jefes, además de DessaJines, á Enrique Cris-
tóbal y á los mulatos Clervaux y Petion, proclamaron en 1.0
de enero de 1804 la independencia de la isla, dándole su pri-
mitivo nombre de Haiti, y seguidamente emprendieron una
sistemática é implacable persecucion, no sólo contra los blan-
cos, quienes para salvar sus vidas tuvieron que buscar pron-
to amparo en la costa oriental de Cuba, sino contra los mu-
latos, qm más decididos partidarios del francés se habían de-




CAPÍTULO 1 79


dlaradQ; presen~iándose entónces 10Si mayores crímenes, y
UD· en~mlÍeIrto que j~, ni aun en los paises y tiempos
d6lw.hl"birie, dieroUi las guerras origen. Investido· Desaali-
nes con el poder supremo, dió- principio á su maullo· organi~
zando-;un asesiru\w general de franceses y de' blancos, con la
sóia exdusion <l€ lOSlsa~epdotes y-los médicos; ycuaJildo con,..
sidel'ó que no< tenia ya más enemigps. que matar, dió al pú-
blico una proclama :declM'ando que la, venganza de los hai-
tianos estaba satismcha (24):. Pero algunos; quedaban t('Jda~
vía, yerán estos lossoldadús de una c()rta'guatrnicion fran-
cesa, que, apoyados por los españoles y' protegiérnh}\;es á la
vez de las tl'opelías de los negros, continuaban en li ciudad
de Santo Domingo .. M saberlo Dessalines, conminó Mos súh~
ditos de España, a.menl\zándoles con duros castigos si no
a;bandooaban' á ]osftan~eses\(25), y siguiendo 181 obra' á la
amenaza:; se dirigió wUá mm su ejército, olvidando: sin duda
que·iba contM españoles que han sabido siempre defenderse
mejor qui~ás que ningull' otro pueblo del mundo, y en aquella
Qc:asioR' se lo demostraron al caudillo negro, repeliéndole y
obligándole á regresar á sus dominilj)s. Ya que las armas no
le dieron á Dessalines' el brillo que destl8iba, lo bnscó por otro
larlo, y al llegar, á Haiti' coponó sUc·ambicion titulándose em-
perooor, c()nel nombre de· Jac0<DO 1, el S de octubre de 1804,
dos meses- ántes de que hiciese otro tanto Napoleon Bonapar-
te en Francia. Promulgó luego una Oonstitucion como con-
trapeso á su poder (26), que en verdad tuvo bien corta vida,
pues, odiado p)r sus brutales caprichos, el soberano negro
fuéasesinado en 11 de octubre de 1806, por los mismos ofi-
ciales y soldados en quienes tenia mayor confianza, que, can-
sados, decidieron no sufrirle más tiempo sus extravagancias.


Enrique Oristóbal, que entre los negros seguia á Dessali -
nes en importancia, se apoderó del supremo gobierno de la
isla, mientras la asamblea de Puerto Príncipe, influida por
los mulatos Petion y Geffrard, redactaba una Oonstitucion
restringiendo las ·facultades del nuevo presidente. Al saberlo
éste, publicó un manifiesto disolviendo lá Asamblea, y corrió




80 LAS l~SURRECCIONES E~ CUBA


presuroso á aquella ciudad á ejecutarlo él mismo; pero sa-
liéndole Petion al encuentro, le venció despues de una lucha
encarnizada, y entónces aquella corporacion, que continuaba
en tanto sus sesiones, destituyó á Cristóbal de su elevado
cargo en 9 de enero de 1807, nombrando presidente á su ad-
versario. Con tal decision quedó dividida la isla en dos go-
biernos, el de Cristóbal, que derrotado se retiró al Norte, y
el de Petion, que tomó el mando del Sur y del Oeste, ósea
el gobierno de los negros y el de los mulatos.


Despues de tres años de combates y de revueltas, en una
de las cuales los españoles de Santo Domingo se sublevaron,
y, expulsando á los franceses, en 11 de julio de 1809, queda-
ron dueños otra vez del departamento oriental de la isla,
desembarcó el mulato Rigault el 7 de abril de 1810 en Ca-
yes ó los Cayos, donde fué tan bien acogido por Petion, que
le obsequió con el mando del Sur; quedando de este modo
fraccionado el territorio en cuatro gobiernos, incluyendo el
de la parte española, que vió reconocida y sancionada su con-
quista por el tratado de París. En el mismo año de 1814 mu-
rió Rigault, y quedaron los hombres de color gobernados por
Petion desde Puerto Príncipe, y desde el Cabo ó Cabo francés
por Cristóbal, que, ansioso de mayor soberanía, se declaró
rey de Haiti en 2 de junio, con el nombre de Enrique 1, mien-
tras Petion continuaba contento con el de presidente, que
nunca dejó.


Pasados otros seis años de traiciones y venganzas, crímenes,
derramamiento de sangre y desórdenes de todas clases en los
dos gobiernos, el ridículo rey Cristóbal fué obligado por las
circunstancias á suicidarse, yel general Boyer, que de anti-
guo habia servido á las órdenes de Petion, y le sucedió en el
mando del Sur y del Oeste, asumió, como presidente de Haití,
el de toda la antigua colonia francesa, en octubre de 1820,
consumando el triunfo de la raza mulata. Poco ántes, y á
consecuencia del levantamiento de Riego en la Península, el
viejo abogado español de Santo DJmingo, D. José Nuñez de
Cáceres, levantó la bandera colombiana, instigado por los




CAPÍTULO 1 81


agentes de Bolívar, y proclamando la república, fué por sus
cómplices elegido presidente; mas los españoles de Santiago,
que todo lo preferian al dominio de los disidentes, entraron
en tratos con los haitianos; éstos les enviaron un ejército, que
sin grandes esfuerzos puso fin al poder de Cáceres en 26 de
enero de 1822, y desde entónces quedó toda la antigua Es-
pañola de Cristóbal Colon bajo de un sólo mando, el del mulato
Boyer, reconocido presidente de Haiti hasta por el mismo rey
de Francia Carias x, en 17 de abril de 1825 (27).


Quizás nos hayamos extendido demasiado en este asunto;
pero lo hemos hecho de propósito para que la leccion que en
el libro de la historia, con señales indelebles, ha dejado mar-
cada la revolucion dominicana, no se olvide jamás por los
buenos españoles de las Antillas, ni aun por aquellos que, no
siéndolo tanto, conserven cierta aficion á sus intereses, y al-
gun cariño, aunque no sea mucho, á la que todavía es la ma-
dre pátria. En aquellos sucesos pueden contemplar el destino
á que se verán reducidos el dia en que las pasiones políticas
les arrastren á las divisiones, que no serian más que los pre-
liminares .de la degradaciOll, pues de consecuencia en conse-
cuencia vendrian inevitablemente á humillarse, como los co-
lonos dominicanos, ante negros como el ambicioso viejo Tous-
saint, el feroz emperador Dessalines y el ridículo monarca
Enrique Cristóbal.






CAPÍTULO III


l. Historia antigua de Cuba.-Primera época.-Reconocimien-
to de las costas meridionales de la isla por Cristóbal Colon.-
Bojéo de Sebastian de Oc ampo y arribo de otros navegantes.


n. Segunda época.-Conquista de Cuba por Velazquez.-Ex-
ploracion del territorio y fundacion de las principales pobla-
ciones.-Pánfilo de Narvaez, el padre Casas y Heruan Cortés.-
Expediciones al continente americano por Córdoba y Grijal-
va.-Conquista de la Nueva España ó Méjico por Cortés.-Su-
cesores de Velazquez.-Expediciones de Hernando de Soto á
la Florida y de Mendez de A viles á la Carolina.-Coloniza-
cion.-Invasiones piráticas y jllibusteras.-Division de la isla
en dos gobiernos.-Decláras) por capital á la Habana.-Inva-
siones del vómito negro.-El obispo Valdes.-Conquista de la
Habana por lord Albema1'le.


III. Tercera época ó período civilizador.-Reformas del conde
de RicIa y de O'Reilly.-Mando de Bucarely.-Expedicion á
la Luisiana.-Expulsion de los jesuitas.-Contrabando y abu-
sos en la administracion de justicia.-Guerra é independencia
de los Estados-UnidoS.-Mando del marqués de la Torre y de
Navarro Valladares.-Guerra con la Gran Bretaña.-Libertad
de comercio.-Oonquista de la Florida.-Gobierno de Galv,:z.-
D. Luis de las Casas.-Mejoras.-Sociedad patriótica y real
consulado.-· Guerra con Francia.-Paz de Basilea.-Emigran-
tes de Santo Domingo.-El conde de Santa Olai·a.-Fin del pe-
ríodo civilizador.


1.


La verdadara historia de Cuba, cuyos orígenes se pierden
'cn las oscuras y confusas tradiciones indias, solo puede es-
tudiarse con provecho desde el primer desembarco que en las
costas del norte de la isla hizo el inmortal Colon en 1492.


Arrancando de aquel fausto suceso, han dividido los auto-
S




84 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


res cubanos dicha historia en cuatro ó cinco épocas, fijando
los límites de cada una en los acontecimientos de mas impor-
tancia; y nosotros, creyendo muy conforme aquella division
para la mayor claridad de su estudio, hemos adoptado en
principio el sistema, si bien en los deslindes de unos y otros
períodos nos haya parecido conveniente señalar diferentes
puntos de partida. Éstos, que no estan perfectamente acor-
des ni con los cuatro que se indican en la introduccion a la
Llave del Nuevo mundo (1), ni con los cinco que señala un
geógrafo cubano (2), deben á nuestro juicio dividirse en tres
antiguos y uno moderno, comprendiendo en aquellos, 1.0 elde
los descubrimientos, que abraza los hechos ocurridos en la
isla desde la llegada de Colon á la de Diego Velazquez, ósea
desde 1492 á 1511; 2.° el de la colonizacion, organizacion é
invasimtes que partiendo de esta última época termina en
1762 con la toma de la Habana por Lord Albemarle; y 3.° el
de la civilizacion, corto pero importante, que concluyó al em-
pezar el siglo presente. Debiendo comprenderse en el período
moderno ó de la prosperidad y de las insurrecciones, que
son el objeto de esta obra, los sucesos que como consecuencia
de la emancipacion de los Estados-Unidos de América y de la
revolucion francesa de 1789, se indicaron en las posesiones
españolas del Nuevo mundo y se manifestaron en el levanta-
miento de España provocado por la ambicion de Napoleon Bo-
naparte; engendrando, por fin, las aspiraciones políticas que
produjeron la pérdida de la mayor parte de aquellas posesio-
nes y el estado insurreccional de Cuba.


Habiendo dedicado gran parte del capítulo anterior á los
descubrimientos en general, hechos por el almirante, solo nos
toca referir en este período de la historia de Cuba, los sucesos
relacionados directamente con ella, que fueron posteriores al
asiento de la primera colonia europea en la vecina isla Espa-
ñola de Santo Domingo ó Haiti, y prepararon la conquista de
la que entónces todavía se nombraba isla Juana.


Dominadas las sediciones indias de la Española, estableci-
das las bases de la colonizacion de la isla y elegida por 00-




CA.PÍTULO II 85


Ion una junta de gobierno presidida por su hermano D. Die-
go, para que allí administrara durante su ausencia, se alis-
taron las pequeñas carabelas Santa Olara, que con el nom ....
bre de la Niña contribuyó al descubrimiento, la San Juan y
la Oordera, y con las tres dejó el almirante el puerto de la
Isabela en 24 de abril de 1494; decidido á reconocer el resto
de las costas de Oubágua, que él creia pertenecer á un conti-
nente ó reino de los dominios del gran KhaIl, deduciéndolo
así de lo que el año anterior habia podido comprender de las
gesticulaciones de aquellos indios, que le indicaron el Ouba-
nacan como el punto donde la riqueza existia en aquel ter-
ritorio.


Navegando por el Norte de la Española tocó momentánea-
mente en la costa de Monte Cristi; ancló por satisfacer su
curiosidad en el desastroso puerto de Natividad, y luego en el
de San Nicolás, desde donde, descubriendo á través del canal
de los Vientos el alfa y omega de Cubágua, Maisi llamado por
los naturales, dispuso Colon levar anclas, y dirigiéndose á la
parte meridional de aquel cabo, desembarcó en Puerto Gran-
de ó de Guantánamo, y reconociendo la costa se puso en re-
lacion con los indígenas. Recibidas de éstos algunas noticias,
siguió costeando hasta el puerto de Santiago de Cuba, y des-
de él, al saber que el oro que buscaba lo encontraria abun-
dante en una gran isla del Sur, inclinó el marino el rumbo en
aquella direccion, ansioso de cumplir las promesas hechas á
los reyes de encontrarles un tesoro en su segundo viaje. A las
pocas horas de navegar se aproximó el dia 3 de mayo á la isla
de Jamáica ó Xaymaca, á la que dió el nombre de Santiago,
quizás por el carácter guerrero de sus habitantes, que hos-
tilmente y montando más de setenta canoas salieron á recibir
las carabelas al aproximarse á sus costas. Apaciguados con
el regalo de cascabeles y baratijas los tripulantes de aquella
iracunda escuadra, siguió la de Colon su rumbo, anclando
por aquel dia hácia el centro de la isla en un puerto que
nombró Santa Gloria y h0y se llama de Santa Ana, y al dia
siguiente, recorriendo las costas en busca de un abrigo don-




86 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


de carenar sus naves, fué repelido por los osados y belicosos
indios de tal manera, que para ahuyentarlos y poder desem-
barcar, tuvo por primera vez que hacer uso de los perros de
pre~a, terror de los indígenas; en cuyos naturales pudo el al-
mirante observar, luego que de la isla tomó poseRion y fueron
atraidos al trato de los expedicionarios, que se distinguian
por su mayor ingénio y por servirse de más perfectos y va-
riados alimentos, que los indios de las otras tierras hasta en-
tonces descubiertas.


Alistados los barcos y exploradas las costas de J amáica en
unas 24 leguas de extension al occidente, regresó Colon á la
isla de Cuba el 18 de mayo, dando fondo las carabelas en un
surgidero de Cabo de Cruz, como hoy todavía se llama, don-
de al ir á tierra los españoles fueron afectuosamente recibidos
por el cacique de la comarca, quien manifestó al almirante
tener ya noticia de su aparicion por la costa del Norte en el
año anterior, y le aseguró que era Cuba una isla, per,o de tal
magnitud, que no sabia de nadie que hubiese viajado hasta
su fin. Tal vez para encontrarlo ó para averiguar si era un
verdadero continente, como suponia, dejó Colon aquel puerto,
y con rumbo siempre al Oeste, penetró en las estrechuras de
un archipiélago formado de innumerables islas y cayos, qui-
zá el actual laberinto de las Doce leguas, al que dió el nom-
bre de j(u"dines de la Reina; y haciéndole recordar la dispo-
sicion de aquellas costas las descripciones que de las de la
India hicieron Maudeville y Marco Polo, se abismó en nuevas
dudas considerando erróneas las afirmaciones del indio caci-
que. Amagadas sus naves de contínuos peligros y exigiendo
de nuevo repararse ciertas importantes averías, abandonaron
aquel laberinto de estrechos canales despues de desembarcar
Colon el 22 de mayo en una isleta que llamó de Santa frIa-
lJ'ía, ydistinguiendo en lontananza las elevadas cumbres de un
distrito montauoso de Cuba, á él se dirigió la expedicion; fon-
deando en la desembocadura de un rio, que tal vez seria el
.T atibónico del Sur, en la provincia llamada por los indios
0I'nqfa.1J, correspondiente en gran parte á la actual tenencia




CAPÍTULO 11 87


de gobierno de Santi Espíritus. Allí repitió el marino sus pre-
guntas sobre el país, pero aquellos naturales, que no sabian
tampoco que la isla tuviese término, le dirigieron á sus veci-
nos del Magon ó ribereños del rio Basa, que por ser más ma-
rineros podrian darle mayores explicaciones sobre el par-
ticular.


Confuso otra vez el almirante, que en la palabra Magon
pretendia ya encontrar analogía con la de Mangui, que, segun
Marco Polo, era riquísima parte del imperio del gran Khan,
siguió sus exploraciones á Poniente, recorriendo el golfo de
Jágua en Cienfuegos, donde nada encontró que le ilustrase, y
costeando llegó á un puerto habitado por indios de tan dife-
rente y grosera condicion y de tan variados dialectos, que ha-
cian muy difícil y á veces imposible entenderse con los intér-
pretes lucayos. Desde allí, huyendo de los embarazos de un
mar lleno de escollos, que hacian la navegacion penosísima,
señaló á las carabelas otro rumbo, las cuales, doblando una
punta baja nombrada por el almirante de18erafin, que seria
sin duda la actual de Matahambre, anclaron en la bahía de
Batabanó; y en la desembocadura de un rio el 3 de junio, y
navegando mar á fuera el dia 13 con direccion al Suroeste,
descubrieron la isla Evangelista ó de Pinos, que proveyó de
agua y leña á las embarcaciones expedicionarias.


Dos ó tres dias más de navegacion al Oeste habrian basta-
do al almirante para doblar el cabo Guaniguánico ó de San
Antonio, y convencerse de que Cuba era una isla; pero el es-
tado de sus barcos y el de las provisiones hízole volver atrás,
internándose otra vez en la red de cayos, donde el 30 de
junio varó una carabela, que por fortuna pudo evitar el nau-
fragio, y desenredado de aquellas estrechuras, enfiló la floti-
lla hácia la costa haciendo fondo el 7 de julio en la entrada
de un rio de la hospitalaria costa del Ornofa'!f. Dispuso Co-
lon fijar allí la acostumbrada cruz como signo de conquista,
y celebrar la festividad del domingo con el sacrificio de la
misa, que admirados y con respeto presenciaron los indios
y aplaudió el sábio cacique de la comarca, viajero que se ~":':~~':':::.:''-¡'''. ,~.\ .\ {.:',:",,'-i


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88 LA.S INSURRECCIONES EN CUBA.


ciaba de haber estado en Jamáica yen la Española, quien
reconociendo en aquel solemne acto religioso, inmensa supe-
rioridad en los hombres que de tal modo adoraban al Supre-
mo Hacedor, pidió permiso para seguirles en sus aventuras,
á lo cual se opuso el almirante, por evitar los dolores de la
separacion á la numerosa familia del indio.


Bautizado aquel rio con el nombre de Misa y tomadas por
Colon las oportunas notas de las recientes exploraciones, des-
pidióse del cacique y de sus súbditos el 16 de julio, y aban-
donando aquel fondeadero, hizo rumbo hácia la Española;
pero las rachas de viento, impidiéndoles navegar, arrastra-
ron las carabelas á Oabo Oruz, donde tuvieron que perma-
necer del 18 al 22 de julio, que saliendo á la mar en busca
de vientos favorables, fueron empujadas hasta Jamáica. Más
de un mes permanecieron allí cruzando las costas de la isla
durante el dia y anclando en sus fondeaderos por las noches,
sin encontrar brisas que las llevaran al Nordeste,. en cuyo
tiempo recibió el almirante obsequios de los caciques y díó
nombre á vários puntos, entre otros al Oabo Farol, hoy lla-
mado Poin i'1forant, hasta que el 19 de agosto, aprovechan-
do viento de Occidente, pudo tomar el rumbo deseado. A los
pocos días recalaron las naves en el cabo Tiburon, que aun
ignoraba el almirante á dónde pertenecia, y vió luego que
era de la misma Española que buscaba, y costeando por el
Sur, reconoció, aunque trabajosamente, la provincia oriental
del Higuey, territorio de los indios más belicosos de la isla;
cruzó el canal A damaney, llamado por él Saona; estuvo ocho
dias luchando con fuertes temporales, que á dos de las cara-
belas, lanzándolas mar afuera, las tuvieron separadas algun
tiempo de la capitana; yel 24 de setiembre, virando al Oes-
te, tocó la expedicion en la isla Mona, situada entre la Espa-
ñola y Puerto-Rico, que fué donde Colon, rendido por las fa-
tigas, tuvo que desistir de continuar sus descubrimientos al
Oriente y en donde,con motivo de una enfermedad que le pos-
tró en profundo letargo, los expedicionarios, creyéndole próxi-
mo á su última hora, decidieron regresar á la Española, en-




CAPÍTULO II 89


trando á los pocos dias, el 4 de octubre de 1494, en el puerto
y colonia de la Isabela.


Allí, el almirante, al despejarse de sus delirios, recibió gran
consuelo viendo junto al lecho, en lugar de las extrañas gen-
tes que ántes le rodeaban, y prestándole cariñosos cuidados,
á su más querido hermano D. Bartolomé, de quien hacia mu-
cho tiempo que estaba separado. Repuesto por fin de la enfer-
dad, dictó Colon medidas eficaces para restablecer la quietud
en la.revuelta colonia, rscientemente alterada por la repren-
sible conducta de Pedro Margarite; envió á Ojeda al frente
de una expedicion contra el insurgente cacique Oaonaóo y
aun él mismo, dirigiendo la batalla de la Vega, subyugó á los
naturales imponiéndoles luego el tributo; y cuando parecia que
el órden iba á ser por completo restablecido, fué enviado por
la metrópoli á la Española, siguiendo la inveterada yquizá pe-
culiar costumbre en nuestros gobiernos de no saber entenderse
nunca con las personas que nombran para Ultramar, ni fiarse
de aquellas en quienes depositan la confianza oficial, y llegó á
la Isabela, Juan Aguado, para investigar en nombre de los
reyes la conducta de Colon; el cual, al verse de tan extraño
modo desposeido públicamente del régio aprecio, regresó á la
Península á vindicarse, y tuvo el disg'usto de contemplar
cuánto habia descendido el nivel de su buen nombre en la opi-
nion, con las calumnias que el P. Boil y sus compañeros habian
propalado.


Conseguido aquel objeto, sin gran trabajo en un hombre de
tan puras intenciones como el almirante, y arrastrado éste
por el incanslble afan de descubrir, emprendió su tercer
viaje á las Indias occidentales, durante el cual, segun hemos
indicado, no visitó la isla de Cuba; pero en el cuarto y últimot
emprendido en mayo de 1502, tocó en julio, aunque solo por
casualidad al seguir su rumbo hácia Honduras, en Oayo ele
Piedra, uno de aquellos islotes que al reconocerlos en 1494
nombró los Jardine:,¡ de la Reina; yen 1503, al regresar del
golfo de los Mosquitos ó de Darien con sus averiados buques,
~onsiguió llegar á la Macaca cerca del Cabo Cruz, desde don-




90 LA.S INSURRECCIONES EN CUBA


de, intentando dirigirse á la Española, fué arrastrado por con-
trarios vientos á Jamáica. Siendo aquella la última vez que
Colon visitó á Cuba, segun el testimonio de los historiadores
de más crédito y autoridad.


Dan á entender algunos de éstos que el gran marino no
acabó de reconocer á Cuba, por descuido del rey D. Fernan-
do el Católico; aunque muy bien pudiera atribuirse la falta
al mismo almirante, quien á pesar de lo dicho por los indios,
jamás abandonó la creencia de que aquellas extensas tierras
formaban parte de un continente; pero sea de quien fuere la
omision, parece lo cierto que aquel rey encargó ya á Nico-
lás de Ovando, al nombrarle adelantado y gobernador de la
Española, que hiciese reconocer á Cuba y averiguase si
efectivamente era isla ó parte de una tierra firme no ex-
plorada.


En cumplimiento de la real disposicion, se alistaron dos
carabelas, que salieron de la Española hácia fines de 1508,
al mando del capitan é inteligente marino, hidalgo gallego,
y criado que habia sido de la reina Isabel, D. Sebastian de
Ocampo, compañero además de Colon en el seguudo viaje á
las Indias occidentales, á quien se le encargó el bogeo de
aquellas costas. Empezó Ocampo sus exploraciones, visitando
los mismos puntos reconocidos por el almirante en el primer
viaje; así la punta de Maternillos como el rio de Máres, y
siguiendo rumbo al Occidente sin abandonar la costa del Nor-
te, fué por los Jardines del Rey, doblando la punta de Hica-
cos, á la ensenada de Camarioca, en medio de tantos peli ...
gros, que á la desembocadura del canal de Bahama, y al
atravesar por frente de la bahía de Matanzas, estaban ya
tan horadadas las quillas de las carabelas, y tan lastima-
dos todos sus maderos, que Ocampo se decidió á fondear
en el primer puerto que encontrara. Vieron á las pocas le-
guas, en direccion del Oeste, una como desembocadura de
no, y penetrando en aquel corto canal, hallaron un hermoso y
seguro puerto, donde próximo al fondeadero, hasta betun para
carenar las naves les ofreció un manantial de asfalto, llama-




CAPÍTULO II 91


do por los indios chapapote, el cual aprovecharon entónces
los expedicionarios, y fué motivo de que Ocampo, por tan fe-
liz hallazgo, diera a aquel punto el nombre de puerto de
Oa'l'énas; cuya hermosa, amplia y segura bahía, preferida
en adelaute por los marinos, hizo levantar en sus orillas la
poblacion de San Cristóbal de la Habana, que pronto fué y es
hoy día la capital de la isla.


Listas las carabelas y siguiendo la expedicion exploradora
sin variar su rumbo occidental, dobló el cabo de Guaniguá-
nico ó de San Antonio, y empezando ya á navegar hácia el
Oriente en la costa del Sur de Cuba, llegó ala albufera de
Cortés, término de los reconociminetos de Colon en su segun-
do viaje, y atravesando luego los peligrosos pasos y canalizos
de los Jardines de' la Reina por donde el almirante se ha bia
aventurado, entró la expedicion despues de mil trabajos en
la bahía y puerto de Jagua donde fué acogida con la misma
hospitalidad y respeto, por los indígenas, que Colon lo habia
sido catorce años antes.


Muchos dias pasaron Oc ampo y los suyos entre los afables
indios de Jágua, descansando y reponiéndose de aquel peligro-
so viaje, al cabo de los cuales, partiendo la expedicion hácia
Santa Cruz Ó cabo Cruz, fondeó en un puerto, el Turquino
quizás, de la provincia de Macaca, donde ofreciéndose á ser
bautizado un cacique, se fundó con tal motivo la primera igle-
sia cristiana en Cuba. De allí los expedicionarios fueron di-
rectamente á. punta Maisi, fin y término del bojeo de la isla,
en el cual habian invertido cerca de ocho meses, y regresaron
luego en sus estropeadas carabelas á la capital de la Espa-
ñola.


Dellpues de aquella exploracion, nadie en mucho tiempo
visitó voluntariamente las costas de Cuba. Arrastrado fué en
una ocasion á las del Sur, por desgraciadas causas, el intrépi-
do Alonso de Ojeda, quien montando una carabela corsaria
alquHada á un aventurero, de los que ya entónces empezaban
á correr el Nuevo mundo por su cuenta y emancipados de
toda autoridad, regresaba de la parte de Costa firme, cuando




92 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


por una reyerta que tuvo lugar á bordo sobre quién debia to-
mar el mando del buque, quedó éste en tal abandono que,
juguete de las corrientes, naufragó en los escollos próximos á
Jágua, en cuyas costas tomaron tierra los expedicionarios.
Al ver los indios llegar á sus playas la insubordinada gente,
tan distinta en modales á las de Colon y Ocampo, huyeron
presurosos y hasta presentaron resistencia á su invasion, y
con tal motivo, Ojeda, que en vez de auxilios hallaba agresio-
nes, puesto al frente de sus parciales, intentó acercarse cos-
teando á uno de los extremos de Cuba, más próximos á las
vecinas islas; emprendiendo una angustiosa peregrinacion,
tan llena de peligros y desastres, que pasado algun tiempo,
todos creyeron perecer antes de recibir auxilio. Entónces un
marinero, lleno de valor y de abnegacion, que pesó quizás me-
jor que ningun otro la gravedad de las circunstancias, pres-
tósé á sacrificar su vida por los compañeros de infortunio, y
aventurándose en una pequña canoa, se dirigió á la inmedia-
ta isla de Jamáica, donde tuvo la fortuna de llegar felizmen-
te y luego la satisfaccion de ver terminado el sufrimiento de
los náufragos, cuando Pánfilo de Narvaez, enviado en su
busca por el gobernador Juan de Esquivel, los condujo á Sevi-
lla la Nueva, á la sazon naciente capital de aquella colonia.


Otros españoles despues de Ojeda, obligados casi siempre
por las corrientes marinas ó por la furia de los vientos, visi-
taron las costas de Cuba, en los viajes de travesía al golfo de
Darién ó á las vecinas Antillas, ántes de ser la isla definiti-
vamente ocupada por España. Aquellos navegantes, si no se
acercaban más que para guarecerse de la inclemencia de los
elementos, solían durante su estancia abusar de los inocentes
indios, que á servirles se ofrecian temerosos; pero cuando náu-
fragos libraban la muerte en los escollos del mar, difícil les
era no encontrarla al penetrar en las tierras, si aislados se
presentaban á los indígenas, quiened conocedores ya pJr las
acciones inconvenientes de ciertos expedicionarios y por las
noticias de los haitianos emigrados de la Española, que los
aventureros no eran séres tan su¿eriores como en los prime-




CAPÍTULO 11 93


ros momentos habían supuesto, empezaron á declararse hos-
tiles y á presentarse en son de guerra cuando la ocasion les
era propicia.


Ir.


Excitada la curiosidad de los reyes de España por las be-
llas y pintorescas descripciones, que tanto Colon comoOcam-
po, Ojeda y otros que habian visitado á Cuba, hicieron llegar
á la córte, encargaron en 7 de mayo de 1509 que se proce-
diese á su conquista, y reiterada la órden en 1511 al almi-
rante D. Diego Colon, virey y gobernador de la Española,
armó éste' una flota de cuatro carabelas para que fueran á la
vecina isla, dandole el mando al capitan D. Diego Velazquez,
hijo de Cuellar y compañero del gran m.arino en el segundo
viaje. Elegidos por éste hasta trescientos expedicionarios, en-
tre ellos Hernan Cortés y Fray Bartolomé de las Casas, salió
del puerto de Salvatierra de la Sabána á fines de noviembre
del último año, inaugurando el segundo período de la histo-
ria antigua de Cuba.


Ya en las costas de la isla, desembarcó la expedicíon há-
cia el extremo Sur-oriental, en un punto de la provincia de
Bayatíquirí, situado entre Guantánamo y Puerto Escondido,
que Velazquez llamó de las Palmas por las muchas que allí
habia, en cuyo territorio gobernaba á 1a sazon el cacique
Hatuey, procedente de la Española ó Haití, que, como otros
indios, se refugió en Cuba al tiempo del descubrimiento, por
no sujetarse á los trabajos que los conquistadores les impo-
nían. Aquel indio, de carácter belicoso é independiente, 1e-




94 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


vantó' el espíritu de los habitantes de la comarca al aproxi-
marse los invasores, que por él fueron recibidos en son de
guerra; pero derrotadas fácilmente las huestes indias, y pri-
sionero el mismo Hatuey, sufrió, quizás con rigor excesivo,
el' castigo de su rebeldía en medio de las llamas, muriendo
con él, ájuicio de un moderno escritor cubano (3), la libertad
y la existencia de la raza india de Cuba, sin embargo de
que el extranjero indio, pocos imitadores tuvo en los de la
isla, quienes, de natural pacífico é inofensivos, fueron, presi-
didos por sus caciques, á rendir homenaje á los expediciona-
rios españoles.


Próximo al puerto de las Palmas, en el mismo extremo
oriental aunque en la opuesta costa del Norte, supo Velaz-
quez que estaba situada una importante poblacion india lla-
mada Baracoa, y allí se dirigió estableciendo la primera ca-
pital de la isla con el nombre de Nuestra Señora de la Asun-
cíon de Baracoa, distribuyendo terrenos á los suyos, . y tra-
zando, con la ayuda de los indios esclavos que traia de la
Española, las viviendas á la europea, de la que despues,
en 1518, fué ya ciudad y capital de un obispado.


Abiertos los cimientos de la nueva ciudad, las noticias un
tanto abultadas de las riquezas y producciones de Cuba,
atrajeron rápidamente á ella numerosos aventureros desde
Haiti, y aun de la misma España, y entre ellos Pánfilo de
Narvaez, de quien hemos ya hablado, se presentó con treinta
ballesteros, y obtuvo por tanto el segundo lugar en el man-
do alIado de Velazquez. Por encargo de éste salió luego á
reconocer toda la costa meridional de la isla, donde, si por el
pronto fué hostilmente recibido, hizo retirarse en las frago-
sidades del Camagüey á los agresores, de los cuales muchos
se acogieron prontamente á su clemencia, por intercesion del
P. Casas.


Vuelto Narvaez aBaracoa, tuvo que salir otra vez para
sujetar á los caciques y naturales de la misma provincia del
Camagüey, que andaban revueltos, acompañado de Juan de
Grijalva y el P. Casas en calidad de consejero, y llevando un




CAPÍTULO II


número de tropas bastante considerable y mil indios de ser-
vicio. En aquella expedicion, como en la anterior, fueron so-
metidos los indios sin necesidad de grandes luchas, tanto por
el miedo que les infundían las armas de los soldados caste-
llanos, cuanto por la mediacion del P. Casas, que, convertido
en protector de los indígenas, de tal modo se hizo de ellos
adorar dispensándoles su apoyo y evitándoles en ocasiones
conflictos que hubieran sido muy lamentables, y á tal gra-
do llevó su prestigio, que todo mandato suyo era mejor obe-
decido que los del propio virey, pudiendo así imponerse cual
verdadera autoridad cuando lo creia conveniente. Esto ex-
plica el que, por mandato suyo, regresaran á la isla muchos
naturales que, espantados por una inmotivada matanza he-
cha en Caonao por los soldados españoles, habian huido á las
isletas y cayos vecinos; así como el que los habitantes de la
jurisdiccion de Matanzas, que en su poder tenian dos mujeres
españolas llegadas á aquellas costas en un naufragio, se las
entregaran con todos los objetos que habian pertenecido á los
náufragos, y que los de la provincia de la Habana, que á la
llegada de.la gente de Narvaez huyeron á los montes, noti-
ciosos de la emigracion de los del Camagüey, regresaran
tambien á sus viviendas, y fuesen puestos en libertad los que
en la persecucion habian sido aprisionados. Ciertamente que
era entónces el P. Casas, el español de más influencia cerca
de los cubanos; pero llevó tan allá el imprudente uso de su
prestigio, levantando él mismo ódios que con otra política hu-
biesen podido evitar, que ha llegado á decirse, y no sin ra-
zon, en nuestros dias, que él fué «quien con fanática' pluma
»escribió la primera página de las insurrecciones ameri-
»canas» (4).


A este tiempo, ó más bien desde que empezó á instalarse
la colonia en Baracoa, hubo sérios disgustos con motivo del
repartimiento de tierras, y en consecuencia, se concertaron
los agraviados para enviar al virey de la Española quejas
contra el gobernador, eligiendo al efecto por emisario á un
mancebo extremeño (5) inteligente y travieso, llamado Her-




96 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


nan Cortés, secretario y familiar que era del mismo Ve-
lazquez. Éste, que oportunamente se enteró de lo que se
tramaba, pudo evitar el escándalo que aquel acto hubiese
producido en semejantes circunstancias, prendiendo al comi-
sionado cuando iba á entrar en la bar'ca que debia conducir-
le, al cual quiso ahorcar en el primer arranque, y no lo
verificó por interceder en favor del preso várias personas
influyentes, disponiendo en cámbio su traslacion á la Espa-
ñola bajo partida de registro.


Próximo Cortés á ser deportado, logró desaparecer arro-
jándose al mar y nadando por debajo del agua, hasta que
desfallecido salió á tierra y tomó iglesia para librarse del
castigo; pero unos amores que tenia le hicieron cometer la
imprudencia de abandonar el sagrado recinto, y fué nueva-
mente aprisionado. Difícil parecia ya eludir la dura pena p:)r
su desobediencia atraida, y solo pudo conjurarla contrayendo
matrimonio con doña Catalina Suarez de Pacheco, móvil de
sus travesuras, y obligando así á la familia de su ésposa á
que pidiera gracia. Vuelto á la de Velazqueó, quien desba-
ratadas todas las maquinaciones de los enemigos, calmó un
tanto su irritacion, fué ya Cortés de la comitiva del gober-
nador en las exploraciones que verificó por el Sur de la isla,
mientras Narvaez recorria el Norte y el Norrleste. En aque-
llos reconocimientos se averiguó, segun relacion del padre
Casas, que la isla contenia unos doscientos mil habitantes
llamados siboneyes, dedicados en su mayoría al cultivo del
maiz y de frijoles ó habichuelas negras y de las raices del
ñáme, yuca ó áge con que elaboraban su pan ó cazaoe; que
vivian en pobres cabañas ó bohios y sin verdader:) culto reli-
gioso, aunque, creyendo en la inmortalidad del alma, distin-
guian dos divinidades, un génio del mal al que demostraban
mucho miedo, infundido y explotado por ciertos charlatanes
llamados behiques, y otro supremo autor del bien, al que de-
dicaban respetuosa veneracion.


Más ó ménos exactas pasaron á los rayes todas estas noti-
cias relativas á la isla, que Velazquez llamó Ji'ernandina al




CAPÍTULO II 97


conquistarla, y como á las cartas que tal decian acompaña-
ban algunos presentes, costumbre en aquel tiempo muy co-
mun y admitida, recibió el gobernador interino en 1514 rea-
les cédulas otorgando á Baracoa mercedes y franquicias idén-
ticas á las que ya disfrutaba la capital de la Española, y con-
cediéndole á él mismo facultades discrecionales para hacer re-
partimientos de indios y organizar la colonizacion. Revestido
Velazq uez con tal autoridad, pudo ya como gobernador propie-
tario ó adelantado ensanchar su esfera de acciono Por su ini-
ciativa fundaron inmediatamente sus comisionados Narvaez,
Grijalva y el P. Tesina las villas de Santiago de Cuba, Trini-
dad, Bayámo, Puerto Príncipe, Sancti Spíritus y San Juan
de lo., Remedios; á poco se erigió San Cristóbal de la Habana
en la costa del Sur, probablemente en el mismo punto donde
hoy está situado el pueblo de Batabanó (6), yal año siguiente
adquirieron vida otros establecimientos. Con largueza recom-
pemó Velazquez á los que á tales fundaciones cooperaron, así
como á los que le habian acompañado en la expedicion, entre
ellos al P. Casas en Trinidad, y á Hernan-Cortés en Santiago
de Cuba, \Í quien le repartió los indios de Manicarao en com-
pañía de Juan Juarez, con la prevencion, que era general, de
no sacrificar á aquellos indígenas con mal trato ni con traba-
jos demasiado penosos.


Estas mercedes y el buen nombre adquirido con la acerta-
da administracÍon de Cuba, extendieron en poco tiempo la
fama de Velazquez, y por ella atraidos, presentáronse en la is-
la alg'unos aventureros españoles, cansados de las penalidades
que en las costas del Darien se sufrian, los cuales al pedir
proteccion al adelantado y describirle los puntos que habian
visto, tanto avivaron su deseo de reconocer las tierras del con-
tinente, que armó al efecto dos navíos y un bergantin que
bajo el mando de Francisco Hernandez de Córdova, saiÍerón
del puerto de la Habana con aquel derrotero. Escasos fueron
en verdad los resultados adquiridos por el explorador, quien
descubierto el cabo Oatoche en el Yucatan, la poblacion de
Quimpeclt ó Campeche, el PotoncMn y otros puntos de las cos-




98 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


tas de Méxite 6 México, tuvo que regresar al puerto de Caré-
nas despues de tres meses de fatigas y de luchas, con muchas
avería:;; y contando de ménos algunos hombres que habia perdi-
do al hacer desembarcos. A pesar del poco fruto material reco-
gido, fueron de gran precio las noticias de Hernandez de C6r-
dova para acrecer en Velazquez sus ya grandes deseos de con-
quistar la tierra de Méxite; y dispuso otra expedicion de dos-
cientos cincuenta hombres al mando de Juan de Grijalva para
que realizara aquella empresa. Salí6 éste con sus gentes de
Santiago de Cuba en 8 de abril de 1518, y dirigiendo sus na-
ves á Potonchon, fué luego á Ulua, en los Estados del
príncipe Jfoctezuma, á cuyo punto nombraron San Juan de
Ulua, hoy Veracruzj desde donde envió Grijalva á Cuba á
uno de sus capitanes llamado Pedro de Alvarado, á participar-
le á Velazquez el convencimiento que tenia de haber negado al
continente que adivin6 Colon, y á pedirle consejo sobre si de-
bían ó no fundarse establecimientos en aquella tierra. Apre-
sU1'6se Velazquez á enviar refuerzos por respuesta, y tuvo que
dilatar la salida de la expedicion armada al efecto, mientras
acordaba el nombramiento del general ó jefe que debia man-
darla, por ser vários los candidatos, figurando entre los que
más se movian, nuestro conocido Rernan-Cortés, que era ya
entónces regidor en Santiago de Cuba; pero cansado Grijalva
de la inaccion á que le tenia reducido el silencio de Velazquez,
abandonó las costas á medio explorar y regresó á Cuba cuan-
do acababa de recaer definitivamente en Cortés la eleccion
pretendida.


Apresurando éste sus preparativos, se hizo á la vela en 18
de noviembre, y al recoger en Trinidad mayores fuerzas y
bastimentos, supo que Velazquez, atendiendo sugestiones de
los pretendientes desairados é inclinado á contrarios propósi-
tos, le habia destituido del mando. Mas el gran capitan extre-
meño que ante sí veia abierto ancho el camino de su gloria,
no quiso cederlo á otro, y ántes de que en Trinidad se ejecu-
tara aquella órden, medio subrepticiamente dirigióse á la
Habana, ósea Batabanó, donde al reutlirsele vários caballe-




CAPÍTULO Ir 99


ros y hoIilbl'ésde armas, llegó nuevo' emisario de Velazquez
mandando al gobernador Pedro Barba que detuviera preso á
0ortés' como rebelde. Conocedor éste del carácter de Velaz-
que21 J consideran Jo que ya' su castigo era ineludible, estre-
chado por las circunstancias se arriesgó á todo, y arengan...;
do á 108 expedicionarios, que en número de quinientos ocho
soldados y ciento nueVB marineros (7) ocupaban las naves,
consiguió con elocuentes· fr.ases que se le proclamara jefe de
la' eJépedicion; y desatendíendo todo consejo, insp~rado sólo
por su sed de nombr-e, saA.ió á la mar á mediados de febrero dl:l
1519, con rumbo hácia las costas de la que ya desde el regre;",
so de Grijalva se llamaba la Nueva España.


Aquel armamento extraordinario, dejó en tales momentos
la colonia española de Cuba pobre, deshabitada y con muy
pocas esperanzas de reponerse pr{)nto, si continuaba vigente
la órden real que no permitía ir á poblar lag Indias más que
á los vasallos de Castilla y de Leon. Inconveniente grande
era éste para calmar el irritado ánimo de Velazquez, quien á
pesar de todo, preocupado, impaciente y ansioso de castigar á
Cortés por 'Su acto de rébeldía, preparó otra expedicion en el
puerto de Carenas, atrayéndose al efecto con promesas habi-
tantes de la Española; pero ni el-estado de la poblacion, ni el
exíguo número de los voluntarios que oyeron su llamamien-
to. ni' la edad avanzada y salud achacosa del adelantado le
permitieron realizar entóncessu propósito, quien 10 único qne
en los preparativos de su venganza hir.o provechoso á la colo-
nia, en aquella ocasion, fué trasladar á dicho puerto de Ca-
renas el pueblo de la Habana, cuyos habitantes abandonaron
el' mismo año 1519 á Batabanó y abrieron los cimientos de la
que muy pronto fUl~ floreciente capital. Perseverante en su ven-
gativa idea, fué Velazquez venciendo en la nueva villa cnan-
tDS inconvenientes se le oponian, y aux:iliado por el goberna-
dor de la Española, consiguió al fin armar una flota de once
carabelas y siete bergantines, y reunir un número de hom-
bres y de e1ementbs de guerra superior al que Cortés habia.
llevado; mas al prepararse para mandar él mismo la expedi-


9




100 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


cion, tuvo que desistir por indicaciones de la audiencia de
Santo Domingo y confiar el mando á Pánfilo de Narvaez, su
segundo en el de la isla, quien imbuido por el propio espíritu
de venganza del adelantado, salió á la mar con rumbo al
continente á fines de marzo de 1520 (8).


C:Jrtés que al desembarcar en las costas de la Nueva Es-
paña quemó las naves, ya porque nadie retrocediera, ya para
aumentar con los marineros el núm':!ro de combatientes, al
tener noticia de la llegada de Narvaez, dejó la capital de
Méjico, donde kas de gloriosos combates y á fuerza de g2-
nio. habia conducido á sns guerreros, y saliéndole al encuen-
tro, le derrotó en Zempoala en 24 de mayo, y haciéndole pri-
sionero, arrastró consigo toda la gente de combate que lleva-
ba. Al saber Ve1azquez aquella, para él funesta noticia, an-
gustiado, acudió á la córte pidiendo al rey que despojase á
Cortés del mando; y preparó al propio tiempo otra armada
de siete navíos para ir en persona á castigar su rebeldía, pi-
diendo al efecto al Consejo de Indias que le indemniiase de
los cuatro mil ducados invertidos en la expedicim, de que el
capitan extremeño se habia·utilizado. Pdro éste, que por me-
diacion del obispo Fonseca, presidente de aquel Consejo, po-
seia ya el título de conquistador de Méjico, concedido por el
emperador Cárlos Ven 1522, desbarató los proyectos del ade-
lantado de Cuba, que ya p:)l' pesadilla tenia su recuerdo, y
otra vez Velazquez se vió precisado á desistir de sus proyec-
tos de venganza, tanto por e3t:lr ya legalizada la posicíon
de su adversario, cuanto porque una cruel epidemia, diez-
mando aquel año los habitantes de las Antillas, y áun del
próximo continente, le privó de los hombres de guerra que
habia reunido.


R<ttificada en el propio año de 1522 la bula pontificia que
erigia á Ruacoa en obispado, sufragáneo de Santo Domingo,
se nombró un obispo que no llegó á tomar pJsesion por haber
obtenido á poco otro nombramiento para el Yucatan; y atcn-
diemlo entonces á las condiciones de la villa de Santiago de
Cuba, preferibles por su posicion é importancia á las del an-




CAPÍTuLO n 101


tiguo pueblo indio de Batacoa, se impetró del Papa Adria-
no VI, y se obtuvo en 8 de marzo de 1523, otra bula erigien-
do la catedral de CtIba en Santiago, regularizando el servi-
cio religioso, practicado á la sazon por los frailes y clérigos
sueltos é indep3lldientes, y nombrando primer obispo á Juan
de Witte, flamenco de nacion y religioso franciscano. Mas
aquel prelado, que desde la P~nínsula dictaba reglas para la
organizacion de su diócesis, no se presentó tampoco en ella
nunca; pues al ser nombrado lu~g.) confesor de la reina de
Francia hizo renuncia de la mitra, y ésta tuvo que conti-
nUClr en su primitivo desórden los años que trascurrieron has-
ta 1536, en que se proveyó la sede vacante.


Ya que para emprender exp3diciones estaba Velazquez im-
posibilitado, se dedicó con una actividad, quizás sup3rior á
li) que sus años le permitian, á fOffi3utar el desarrollo de la
colonia esplñola. Dispensó predilecta prot~ccb:1 á la agricul-
tura, dando incremento al cultivo de la cañl; concediendo
pr~;;;tamos reintegrables, animó á los fuudadore;;; de nuevos
pu~blos; dictó dispo3iciones protectoras para los inelios; 01'-
den6, con €l fin de normalizar los asuntos eclesiásticos un
tanto embrolbdos, que se destinase una tercera parte del
diezmo á las atenciones de las iglesias, y para moralizar el
cbro, dispuso que los canónigos viviesen en sus casas, y se-
parados de los seglares. Pero achacoso, angusti:tdo y mortal-
mente herido por aquella def~ccion de Cortés, que se veia
obligado á recordar á menudo, y cada vez que el conquista-
dor de la Nueva Espa3:1 pedh á Cubil, para engrandecer sus
empresas, gentes, caballos ó bastimentas (9), y por muchos
disgustos consumido, murió Velazquez en Santiago de Cuba,
capital ya de la isla, el año 152t (10); ganeralmente sentido
y llorado, no s610 por los indígenas, que si bien recordaban
todavía la muerte del cacique Hatuey y de los suyos, no p;:¡-
dian olvidar la proteccion que del adelantado habian recibi-
do; sino por much '8 de los españoles, que, reconociendo sus
altas dotes, no intentaron oscurecer el gran número de cua-
lidades que ]e honraron, con las pruebas de ingratitud mani-




102 LAS INSGRRECCIONES EN CUBA


!estadas á su protector D. Diego Colon, ni con la extraña
cooducta de despego observada con &rijalva. Dos años' des-
pues de' muerto Velazqllez, consumió un ineendio la catedral
d'e Santiago de Cuba, donde sus restos establlll1 depositadbs,
los cuales no' pudiel'(m salvarse, encontrándose tan sóro, el
año diez del presentesig-b, entre aquellas ruinas, un pedazo
de l'ápida del sepulcro que los habia contenido.


Del mando, interino d'e la colonia estuvo encargado el al-
calde de Santiago de Cuba, Ml1nuel de Rojas, durante un año,
y hasta que en 1525, siendo ya presidente del Consejo de In-
dias Fray GarcÍa Loaysa, fué nombrado gobernador de la
Fernandina ó Cuba, Gonzalo N uñez de Guzman; represen-
tante que era de Vdazquez en la córte, Al llegar éste á la
isla precedid'O de los primeros trescientos esclavos negros,
que allí se introdujeron, publicó órdenes del emperador rela-
ti-vas al régimen administrativo, ya para que los alcaldes or-
dinarios asistieran á los cabildos de ayuntamiento, es decir,
límitando la independencia municipal, ya corrigiendo fran-
des y escandalosas ocultaciones de cédulas reales; y puso en
ejecucion, además, otros decret-os mejorando la condicion de
los indígenas, suavizando las penalidades del trabajo, que
tan frecuentes hacia las deserciones, y encargando á los re-
ligiosos dominicos y franci,;canos la mision de mirar por
3;(luellas sencillas gentes. Per::> los naturales, á pesar de ésto,
continuaron manifestándose contrarios á la civilizacion y cos-
tumbres europ2as. Como blandos para el trabajo, eran ene-
migos de toda fatiga; y exentos de necesidades imperiosas, á
la vez que animados por S11 carácter indepen:liente, deserta-
ban en masa de la vecindad de los colonos, para disfrutar en
los bosques de su predilecta aficion á la pereza y áun para
empuñar las armas en ocasiones: llegando á hacerse tan ge-
neralla desercíon, que hubo necesidad de dictar órdenes pa-
ra atajarla, en algunas de las cuales, expedidas por el empe-
rador en Barcelona el año 1529, se declararon libres á todos
los indios que no estuviesen en armas; y, con objeto de su-
plir sus brazos, insuficientes ya y escasos para atender á




CAPÍTULO II 103


las necesidades ,de la cCílkmia. seauilorizó á especuladores
ftamemtCos la introducci0ll de mayor :número de uegros gui-
Ileos (ll).


l.nstalado Gonzalo de Guzman en S:mtiltgo de Cuba, po-
bla'Ciolíl que á su llegada eontaba ya más de dos mil habitan-
tes, dendió con prefei'enoia á rnejonar la situacion económica
de la 'colonia, creando maa factoría ó delegacion de Haoienda;
activó el establecimiento del primer 'C(')J1'Vooto de Dominicos,
destinado á instruir 00 su seminari:o y á forIllar un planté!
de los religiosos 'q'lle}fllleran extender la civilizacion por:el
contineuteamericano: y dedicó tambien SlllS cuidados á re.pa-
;¡-.ar los desastres que el.incendio de la catedral habia pr0c1u-
cido en la poblacion, aplicando,oon algunos donativos del Te-
soro, el legaJo de dos mil ducados que para obras pías dejó
Velazqnez al morir. En tiempo de este gobernador fué cuan-
do Pándll(} de Na:rva,ez, procOOente de España y de la isla
Española, se rresentó el mes de abril de 1527 en el.puerto de
Jágua <:o:n una flota destinada á conquistar la Florida; cuya
ait'mada, henchida d.e,aventureros: ansiosos de riqueza y de
gloria, no· tuvo otro fin que la destruccion, ni los expedicio-
narios hallaron más que la muerte d-espues de hnrribles pena-
üdades, qu~ás menores :de las que p~r castigo merecia para
aí solo el perturbador Narvaez.


Sooed.ió á Gonz.alo de 'Guzman 'en el mando de la isla Fc'l'-
nandina, que llamaremos Cuba en lo sucesivG, porque ya este
nomhre predominaba, aquel Manuel de Rojas que ~omo alcal-
dede Santiago le habia precedido en calidad de interino. E:m.
su tiempo, llegó á tanto el.disgusto proauc-ido en todas las
clases por la elílormidad de }QS impuestos, que muca0s colonos
aba.nd.QI!laron sus h:aciendas, y a.traidlos por los descubrimien-
tos del <lontinente, allá se dirigieron -en busca -de mejor suer-
te, mientras l@s i'liI.ta,iosde.sertores, aprovechando las diside:m-
ci8s de <ilUS :duooClS, se alzaban 'en ,armas por 110 {lóntinual'
sufriend{) la -uomillacion qae eada vez les iiba siendo más odio-
sa. Los emigrados poI:' un ~ad:o y p0f Qlro lasfiebtes intertro-
picales q ll.e devoraban tantos jóvenes colonos solteros de aq ue-




104 I.AS INSURRECCIONES EN CUBA


110s que vivian en ilegítimo trato con mujeres indias, y mo-
rian sin herederos legales, aumentó considerablemente en
aquel tiempo la riqueza de las iglesias, depositarias de nu-
merosas mandas, y ésta fué sin duda una de las razones que
entónces aconsejaron reducir al uno por diez el tres que án-
tes se habia señalado al clero. Este seguia, como h~mos di-
eh1, rigiénrl03e por inspiracion propia y sin autoridad ca-
nónica á quien ob~decer; pero ya en 1533 fué consagrado
obispo y ocupó el primero la silla de Santiago de Cuba Fray
Bernardo de Mesa, natural de Toledo y de la órden de Santo
Domingo, qu~ en 1538 se instaló, confiriéndole luego juris-
diccion en las tierras de la Florida conquistadas, y señalán-
dole la dependencia de la mitra de la Espailola.


Muerto Manuel de Rojas, se dividió el mando en daoS auto-
ridades interinas; una ejercida por Francisco de Guzman des-
de Santiag0 de Cuba en el departamento oriental, y la que el
TÍrtuoso Juan de Rojas tuvo desde 111 Habana, en aquelJa par-
te de la isla, hasta la presentacion dsl ad31antado Hernando
de Soto, y durante la invasion de Jos forbantes franceses de
las pequeñas Antillas, que entraron á saco en aquella nacien-
te poblacion y la entregaron luego á las llamas.


Soto llevaba á Cuba el e~pecial encargo de conquistar la
Florida y las demás tierras del Norte, de alguna de las cua-
les habia tomado ya posesion el francés Cartier, apoderándose
en 1534 del Canadá, en nombre de Francisco 1 de ·Francia.
Así que desembarcó en la capital de la isla á me.liados de
mayo de 1538, con el nombramiento de adelantado de Cuba y
de la Florida, se enteró del incendio de la Habana, y dispuso
que Mateo Aceituno pasara con una nave para favorecer á
aquellos colonos y á reedificar su iglesia, siguiendo «la prác-
»tica constante en los conquistadores del Nuevo mnndo, de
»llevar en las puntas de sus picas la l'eligion del Crucificado
»y los fueros municipales, únicos elementos de civilizacion
»entónces,» como ha dicho el Sr. Barrantes. Aquel emisario,
sin desatender la reedificacion del templo y de las casas in-
cendiadas, construyó á la vez un castillo llamado la Puerza,




CAPÍTULO f[ 105


á la izquierda de la entrada de la bahía, y de él fué nombrado
castellano. Pocos días permaneció el adelantado en Santiago de
Cuba; pues am\ioso de realizar cuanto ántes el deseo del empe-
rador, que era su propio deseo, pasó en agosto á la Habana,
donde, alistada la expedicion, y despues de encargar del go-
bierno á su esposa D. a Isabel de Bobadilla, confiándola como Lu-
garteniente al gobernador Juan de Rojas, y averiguado cual
punto de las costas de la Florida era el más á propósito para su
desembarco; salió Soto á la mar el 12 de mayo de 1539, con
la mayor expedicion que hasta entónces se habia reunido en
la grande Antilla. Desgraciadísima fué la empresa, como
lo habian sido las intentadas anteriormente contra aquella
parte de la América septentrional, por Pánfilo de Narvaez y
otros. En ella, luchando con feroces indios apalanqttianos
ó apalackinos, con los túsculos y los alabamienses, y te-
niendo que atravesar hasta ciento veinte leguas de costa es-
casos de medios, fueron vícti:na de la fiebre del plÍS la ma-
yor parte de los expedicionarios, incluso el mismo Hernando
de Soto, que en 1540 murió á orillas del Jtlississippi. Los
que libra'ron del maligno efluvio de aquel inmenso rio, dieron
cima en medio de mil peligros á uno de los más atrevidos he-
chos militares, atravesando, á las órdenes de MoscoBo Alva-
rado, el pals de los baqueros en Tejas y todo el Nort':J da
Méjico, yendo á parar despues de insufribles trabajos al cen-
tro de Nueva España.


Hasta tres años despues, que se supieron estos desastres
en la Habana, siguió en el gobierno D. a Isabel, la cual mu-
rió de dolor al recibir la noticia de la muerte de su esposo.
Dividiéndose, durante la interinidad, otra vez en dos los go-
biernos de la isla, ámbos dependientes de la audiencia de
Santo Domingo, se desempeñaron por los tenientes de Santia-
go y de la misma Habana, que insensiblemente iba absor-
biendo todo el interés é importancia de una capital; cuya di-
vision de poder terminó en 1545 con el nombramiento de go-
bernador general, hecho en el licenciado D. Juan de Avila.


Al tiempo de encargarse éste del mando, echó una ojeada




106 LAS INSURRECOIONES EN CUBA


$obre la situaciQn de los indios, y los vióauiquilándose
y ,pereciendo, unos extenqados ,por trabl;l.jos que no 'podian
-soportar, y otros suicidándose por no .sufrirlo,alguIl08.de los
cuales~ ántes de llevar á cabo tan criminal intento, ahorca-
bt;tn á sus própias mujeres y 11 108,niños de menor edad, en
-ódio á los conqilistadol."es. ;fan l(l¡mentable ry triste espectácu-
lo, movióaJ .gobernador á conminar con severos castigo::; á
aquellos cülon()s que, procedentes de ·las más ínfimas clases
de la :sociedad en España, tM¡taban allí a ¡¡,quellos pobres
indígenas con groseros modales, y aun con bal'baracrueldad,
movidos por su insaciable codicia y bajas pasiones. AviJa,
que, como los gobernadores SUG'8sivos, ántes de que se cam-
biase la capitalidad de la isla, residiaen la Habana la mayor
parte del tiempo, propuso, :para aumantar la vida de aquella
poblacion, y así se ordenó, que hicieran escttla en ,el puerto
4e Oarenas todos los buques que, procedentes de Méjico, tl'as-
portasen riquezas á la Península. Así como su suce~or Don
Antonio de Chaves, ·para mejorar las condiciones y comodi-
dad de la llamada ,á ser capital mu,ypronto, dispuso abrir
una zanja que troF¡})ontaseá la villa,desde el rio de O asiguaguas
-óae la lJfttJrrem ;las ~uas de ,queoweoia, autorizando al
efecto al ayuntamiento de la Habana para establecer, con el
nombre de sisa de la zanja, un ·arbítrio sobr.e los ganados,
que eran ya muy principal y cási únioa riqueza entónces de
la villa la de Habana, y objeto de rica exporlacion para las
prt:rvincias del continente, que aún no los poseían.


Mas ;que ningun otro .gobernador de los que le habían pre-
cedido, :m.anifesMsn aficion á permaneee.r -en la Habana el
Dr.D. GODzaloPonce de- Angulo, nomor.ado interinamente
en 1550, quien, durante sulaJrgo Dlando, sólo salió de allí
«os veces: una para visitar las poblaciones de la isla, y otra
huyendo deljilibustero luterano, Jacques de Sores, que, in-
vadiendo:la villa, se apoderó h.asta del caatillo de la Fuerza,
defendido heroicamente "po.r veinte hombres, y saqueó por
completo lapobli\cion.


Angulo fué residenciado por la criminal debilidad demos-




,CAPÍTULO II 107


trada en aquellas ·circtmstaneias; .yal tomail' poses ion su su-
{lesor D. Diego de Mazariegos, ·que, l!l.Ombrad6 hacia tiempo,
no lo verifi.có en su :destino ·h~sta 1554 pDreBcontrarse en
iÜhiapa, se :pl'ewBtó aoompooado de veimte hombr.es de guer-
rn y seis ,eaiíones, Flor h8lOOr llegado 1'.<1 á su Boticia los ,su-
cesos de la -Habana, y los que 00 &a.ntiag.ode Cuba ha-
bían {lbligtldo :al obispo, lt~lÍ0S'Ü -de los pirMas fibib-usteros
y fOV'bawtes, ,átra,slaaar 00 iIle8itlencia. ,á Bayátmo. Lo primero
!ue que Mazariegos se ocupó, fué deestableMr en la isla el
ó.rden administrativo, ena.,pezando, para Iconssguirlo, por .li-
mitar las prerogativas del cabildo municipal de la Hab9.ua,
que anulaban la autoridad del goberlladQr J' <prÍlvarle de la.
clooe.ioo de j,ueeesó alcaldes @r<Ilillal'ios, que hacia tiemp:l ve-
nia atribuyénd0se; lo cual logró al fin, aunque no sin mediar
sérias etl8stiones y hasta litigios .ante la audiencia de Santo
Domingo, J.1eHniendo y conservando la ñurisdiccion de justi-
oía en su persona'y la <le su teniente, q.ue, durante algunos
años, fué el anciano ,Juan ,ele Rojas. Ciertamente que era di-
ficil deslin.dar las facultades de los municipios en Cuba, tan
vastasdesae un principio, que no sólo todos los empleados,
.así eclesiásticos como .civiles y ,militares, necesitahan de su
al.l.torizacion 'para .posesionar.se rde los ,destilnos, ,sino que los
cabildos aC(j)l'(laban con el gobernador la provision de 103 de
Hacienda! y hasta poniÍan el cúmplase a las órdenes reales,
sin cuyo requisito eran allí nulas y no tenían valor; p3ro WIa-
zariegos, que era partidario <IleLgobierno parsonal, no pudo
aven-irsecon las libertooes ffilll1icipales, y fué matáml01as de
la misma manera que en la metrópoli se iba haciendo. En
.cambio, .como verdadero .administrador y hombre de gobicr-
no, activó las obras de lazanjaextendielldo los arhitrios a la
carne, jabon y otros artículos; <loucen.tró en lLLl lugar próxi-
mo á la Habana, aoude tuvo orígen la pClblacion de Guana-
bacoa, los 'lndios, que, errantes por ,los campos, busoaban en
elsuioidio la muerte por no ~mjewso ,altra.baJo; hizo visitas
á las poblaciones de la isla para arreglar en las ciudades y
"illas los ·oficios ~e justicia faltos de regularidad; y, entre




108 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


otras mejoras públicas, reconstruyó el arruinado castillo de
la Fuerza, y atendió al laboreo de los terrenos auríferos de
Jágua, en los once años que duró su gobernacion.


Corto fué el mando de sus inmediatos sucesores, que así
propietarios como interinos, apenas se distinguieron por
algunas cuestiones sobre jurisdiccion ó de etiqueta, entre
ellas la sostenida con el castellano de la Fuerza, que era en-
tónces la autoridad superior militar de la Habana, y como
nueva muy celosa de sus atribuciones. Peru nombrado en
15157 adelantado de la Fernandina ó Cuba, que así se llama-
ba ya indistintamente de oficio, el caballero del hábito de
Santiago D. Pedro Mendez ó Menendez de Avilés, con el en-
cargo especial conferido por el rey D. Felipe II de destruir la
colonia protestante que en la Carolina meridional se habia
establecido, bajo la proteccion del almirante ColignYi se pre-
sentó en el puerto de la Habana con una armada formidable y
pasando al inmediato continente, exterminó aquel nueVO es-
tablecimiento, en el cual fueron sacrificados más de seiscien-
tos caro:inos, á quienes se mató, «no por francés, sino por he-
reje,» segun decian los carteles que les fijaron en el pecho.


Con el prestigio de la victoria regresó Mendez á Cuba, y
dedicando desde luego sus desvelos á reorganizar la admi-
nistracion pública, reformó la constitncion de los ayunta-
mientos, señalándoles un número fijo de regidores elegidos
anualmente, de los cuales á la ·Habana le correspondieron
cuatro, uno de ellos encargado de la recaudacion de todos los
fondos, y de liquidar sus cuentas con el gobernador; concedió,
de acuerdo con la corona, á aquellas corporaciones, la facnl.:..
tad de mercedar tierras en su respectiva jurisdiccion, y unas
ordenanzas para el régimen político y económico del munici-
pio; y atendiendo al propio tiempo las obras públicas, inau-
guró el hospital de San Felipe y Santiago, que fué luego de
San Juan de Dios, dedicado en un principio á militares heri-
dos ó enfermos en la guerra de la Carolina, y despues á los
menesterosos de toda clase.


,A pesar de no conocerse en aquellos tiempos la instabilidad




CAPÍTULO II 109


de los gobiernos actuales, no eran muy duraderos sin embar-
go algunos mandos en las colonias espauolas, siendo causa
de tales movimientos, además de los rigores del clima que
tantas víctimas devoraba, la profusion de reinos en los di-
latados territorios de América, que ofrecian á cada paso as-
censos á los que se dedicaban á servir en Ultramar.


Fué uno de los mandos de mtmos duracion en Cuba el del
sucesor de Méndez, D. Gabriel Montalvo, que en 1576 se hizo
cargo del gobierno y no tuvo tiempo más que para fundar el
convento de San Francisco en la Habana, establecer la San-
ta Cruzada, y preparar la construccion de algunos buques
para el resguardo de las poblaciones costeras, amenazadas
de ordinario por 108 piratas de las Antillas. Y otro de los
mandos cortos fué el del capitan D. Francisco Carreuo, que
desde aquel año al de 1518 se dedicó á regularizar el sistema
d0 pesas y medidas, á inaugurar la fllndacion de un con vento
de Predicadores en la Habana, y á escoger y remitir á Espa-
ña abundantes maderos de caobo, ébano, quiebra-hacha y
guayacan para el monasterio del Escorial que el rey Felip~ TI
construia:


Al licenciado D. Gaspar de Torres, que gob~rn6 desde
1580 á 1584, se debieron grandes medidas para librar á la
isla de invasiones piráticas, tales como construir lanchas
guardacostas con el producto del arbitrio llamado sisa de la
piragua, establecido en 1538, y dictar várias preve~ciones
sobre vigilancia general. A él se debió tambien la instalacion
en la Habana, villa ya la más poblada de la isla, de la cor-
reduría de lonja, yen su tiempo empezaron los disgustos
entre el gobernador y el castellano de la Fuerza, que por con-
cesiones sucesivas ó atribuciones usurpadas, se habia ido cons-
tituyendo en primer jefe militar independiente y hasta insu-
bordinado y rival de la primera autoridad. A tal grado de
complicacion llegaron las cuestiones promovidas sobre com-
petencia de facultades, que el sucesor de Torres, D. Gabriel
de Luján, fué exhonerado por aquel alcaide 6 cailtellano de
acuerdo con la audiencia de Santo Domingo, yen vista de




110 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


aquella irl'egulariaad y del pernicioso ejemplo que los coli!mos
1'ecihian ron tales es pectáculos, ¡pidió y obtuvoel.ay:u,nta-
miento de la HabaBR que en 10 sucesivo se reuruevan etl una
persona misma los dos empleos de gobernador y de castella-
no de la Fu.erz.aó jefe militar. Esta rerorma era ,de la ma-
yor impot."tanoia sin duda, cuando tanta unidad de liI.{;ci0n se
necesiliaba par.a destIlutir á les ce>rsarul/lS yjili1JU8tCMG., de los
lCU8iles, preci6amenteen aqaeHos momentos, el famoso FNilrH-
'clÍseo Drake se presentó en las agu.as de la Habana, y fué una
fortuna qne no es-tuviese enterado ,de la.s desavenencias y es-
tado de agitacionentI~ las autoridades, pues á saberlo, tarl
vez no se hubiese satisfecho, {!onocida su osadía, ,hasta lle-
varse á las pequeñas Antillas, ,depósito de sus saqueos, los
muchos esclavos africanas que aoababande desembarcar y
er.an introducidos por los tratantes que el rey habia autori-
zado para dedicarse al negocio de n~gros.


En consecuencia de aquella reclamacioB del muni.cipio de
la Habana, lfué ,ya n0mbrado ·capitan general de la isla en
1589 el maegj;re de campo ,D. Juan de Tejada, á quien el rey
dió el encargo especial de defender las costas de Cuba de las
ordinarias inv-aS<Í@oues:y oorrerías ,de piratas imglesesy fran-
ceses. Con tal objeto, empezó el Iluevu gobernador ros obrns
tic ,defensa en el puca'to de Carénas, {;on la c¡;mstrtlccion ¡de
los castillos de la Punta y delllforJ'o á derecha é izquierda
·de la entrada de la bahía, y eon el estudio de otra fDrmida-
ble fortaleza en las alturas de la Cabaña; Cqyos gast1s dc-
biansatisfacerse por las cajas de la Nueva Españaó Méjico,
que ·en adelante quedaron ,además gravadas con el pagu de
las tropas que guarnecieran aquellas fortificaciones" y1ade
la Fuerza, dotada ya con trescientas plazas, quizás como
reintegro de los que hizo V.e.lazquez para la conquista de
aquel reino á principiQs del siglo,. Arrastrado Tejada por su.
aficion á las obl'as públicas y de defensa, y al engrandeci-
miento de la Habana, terminó la UJn:ja delltusilloconducto-
,fa de las aguas potablesd.esdeel rio Chorrera á la poblacion;
wnsiguió para ésta el título de ciudad, aumentando con tal




CAPÍTULO n HI


motivo á duce el número de sus regidores; a:rtiUó las fortale-
zas y Ro-siguió' más adelante, armando dos fragatas g'llard'a-
costas, por ftl;}ta de recn'l'SOS~


No poseyéndolos mayores D. Juan Maldonado y Bart'io-
nuevo, qlle le saoedió en 1500: y gobernó- pJl" espado de seis-
añ'Os, tuvo que sufrir la contrariedad de dejar sin castigo la'
osada invasion en Santiago d'e Caiba de lOs piratas, quienes>
obligaron á aquellos ha.bitantes á retirarse-, hllyendo tierra
ad811tro ha'Sta la ciudad' de Bayilmo. Ni luego l}, Pedl'O Val-
dés, al reemplazarle en el mando, pudo c'llBtigar tampoco fl
aquellos lorbantes yjllibuste1'os- que, btt;>cando en el interiOi'
del territorio los bienes que los colonos retiraban de ia-s costas,
extendieron sus correrías, mandados por el cor.5al'io francés
Filberto Geron ú: Ogeron, hasta la hacienda de Yara, donde
fué cautivado el propio obispo de Santiago de Cuba D. Juan
de las Cabezas Altamirano al hacer la visita de su diócesÍs.
el cuál solo despues de pagar un fuerte rescate en cueros,
tasajo y cien ducados, pudo conseguir su libertad, Verdad es
que en aquella ocasion, irritados los colonos al verse sin obis-
po, levantáronse en armas y corrieron á enCGntrar al jefe pi-
rata á quien dieron illmrttl, haciendo emhargar presul'OSOS á
los que escaparon de su persecucion; p3N á pesar d~ esto el
prelado no pudiendo tranquilizarse mientras continu:ua la.
falta de seguridad de las costas, la penuria en el gobernauoI'
y la escasez de fuerzas para evitar aquellas repetidas y escan-
dalosas invasiones, solicitó trasladar su sede á la ciudad de
la Habana, El rey entónces, en virtud de las representaciones
del obiiipo y del general ValdéR, decretó con fecha 8 de octu-
bre de 1607 que el gobierno de la isla, continuando en lo su-
cesivo como capitanía general, dividiese su jurisdiccion en
dos distritos, el de la Habana, con la capitalidad, y toda la
parte del Oeste y treinta leguas al inte~ior hácia Oriente; yel
de Santiago de Cuba, con tuda la parte oriental y el centro
hasta Puerto Príncipe en el Camagüey; quedando las villas
de Sancti Spiritus, San Juan de los Remedios y la ciudad de
Triniclal excluidas de los dos distritos, acéfalas,


:./;
..... I


' .... !




112 LAS INSURRECCIONE'3 EN CUBA


el historiador Valdés, y gobernadas por sus respectivos
ayuntamientos, aungue bajo la dependencia del capitan ge-
neral de la isla. Cumplimentando la real di$posic~ion, fué de
primer gobernador á Santiago de Cuba el castellano del
Morro de la Habana, D. Juan de Villaverde, llevando alguna
fuerza y aprestos de guerra para aumentar las defensas de
aquella ciudad. Algunos historiadores se fundan en estas re-
formas y en el planteamiento del verdedero gobierno militar
de la isla, para señalar este período como el termino del de
colonizacion y principio de la época de organizacion en aque-
lla provincia española; en lo cual no estamos conformes, por-
que y en puridad declaramos que no podia contarse á la c010-
nizacion más que empezada.


Ni D. Gaspar Ruiz de Perada, que sucediendo á Valdés
gobernó ocho años sin dejar más memoria que el levanta-
miento del convento de San Agustin en la Habana; ni Don
Sancho de Alquizar, que en 1616 se trasladó del gobierno de
Venezuela al de Cuba, y sólo se ocupó del laboreo en'las mi-
nas de cobre, confiadas luego al gobernador de Santiago de
Cuba; ni en el mando interino del castellano del Morro, Don
Jerónimo Quero, en cuyo tiempo se dispuso que estos caste-
llanos asumiesen el mando superior durante las interinida-
des, hízose nada de provecho para castigar á los corsarios ex-
tranjeros, siempre dispuestos á abordar nuestras naves y á
saquear é incendmr las viviendas de los colonos españoles.
Pero en 1620 se presentó á tomar poses ion del mando de la
isla el maestre de campo D. Francisco Venegas, comandante
que habia sido de galeones, acompañado de algunos buques
de guerra, con los cuales formó una armadilla destinada á la
defensa de las costas y persecucion de los piratas, que, en su
tiempo, se mostraron ménos atrevidos. Para hacer perma-
nente tan beneficiosa institucion y atender al entretenimiento
de aquellos y otros buques costeros, se estableció de real ór-
den el arbitrio de armadilla ó impuesto de un dos por ciento
sobre la importacion de mercancías; pero 108 proyectos de
aquel general quedaron á su muerte incompletos, porque, ni




CAPÍTULO II lla


los gobernadores que interinamente le sucedieron, ni el pro-
pietario, D. Lorenzo Cabrera, que se encargó del mando
en 1626, y, procesado pJr haber vendido en la Habana un
cargamento de negros, fué remitido á España bajJ partida
de registro, interpretaron el pensamiento, ni p~rfeccionaron
el resguardo de las costas; debiéndose sólo al sucesor de Ca-
brera y juez comisionado para residenciarle, D. Francisco
Prada, la extravagante idea de cerrar la entrada del puerto
de la Habana con una cadena de tozas ó troncos de árboles,
que, partiendo del castillo del Morro, terminaba en el fuerte
de la Punta, para evitar el ataque con que los filibusteros
amagaban.


Pero ya en 1630, al presentars~ como gobernador propie-
tario el caballero de Calatrava D. Juan Bitrian de Viam:mte,
prosiguieron las obras de defensa y las reformas militares;
aumentando la guarnicion de la Hab:llla, restabbciendo la
suprimida plaza del castellano de la Fuerza, ántes anexa al
cargo de gobernador y capitan general, y preparando la
construccion de los torreones de Cojimar y la Chorrera; cuyo
proyecto, .y otros vários, tuvo que suspender Viamonte por
su estado valetudinario, que le hizo aceptar la presidencia de
la isla de Santo Domingo, y confiar la ejecucion de to:lo á su
sucesor D. Francisco Riaño de Gamboa. Desde 1634" en que
éste se hizo cargo del gobierno, dedicó sus desvelos á comple-
tar el reglamento del ctrbitrio de armadilla iniciado pJr Vene-
gas. Introdujo además las reformas económicas, recientemente
establecidas en Méjico; instaló en la Habana un tribunal de
Cuentas para el exámen de las de la isla, rle la Florida y de
Puerto-Rico, y accedió á la fundacion del monasterio de mon-
jas de Santa Clara en la capital, que era ya beaterio desde el
gobierno anteriqr; y llevando sus mejoras hasta SantÍftgo de
Cuba, levantó en aquel puerto el Morro ó castillo de S5tn Pe-
dro de la Roca, para defender su entrada é impedir la de los
filibusteros, que, incansables en su sed de saqueo y pillaje,
acababan de embestir en agosto de 1638, frente del pueblo
de Cabañas, ILandados por el terrible holandés Jo11s, los ga-




114 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


leones del marqués de Cal'aeena, que, despl:l8S' de: reñid'll
pelea, 10graroB ahuyentar á, los, de aquel corsario.


Relevado Gamboa á los cuatro- años, le tocó á su suce~O'I';
el hijo del conde deSalvallierra, D. Alvaro de Luna y gar-
miento, levantar du-rante· su' corto mando los torreones idea-
dos por Viamon1Je, para- que como centinelas avanzados, de-
fencHesen á barlovento y sotavento la ca-pital; creando para
guarnBeerlos· tres compañías de hijos del peAs, q \le fué la
primera fuerza organizada en la isla de Cuba. A la vez Luna:
activaba la edificaeion' de la' iglesia del Cristo en la Habana.
Al maestre de campo E)~ Diego de Villalba y Toledo, q\le le
reemplazó en 1647, le cupo la mala suerte de ser testigo de
los terribles efectos producídos por una epidémica fiebre pú-
trida, el vómito neg-ro ó prieto (13), que despobló regiones en-
teras, y vió tambien, sin poder remediarlb~ multiplicarse las
correrías de los piratas ingleses. PaTa librarse de ésms', el
maestre de campo D. Francisco Xélder, que en 1~50 tomó
posesion del mando de Cuba, proyectó rodear la ciudad d~ la
Habana de un canal de defensa, que por costoso no llegó á
abrirse, ínterin la edlfieacion de sus murallas se terminaba.
Pidiendo auxilios á la metr6p()li para reponer las numero-
sas bajas ocasionadas por otra terrible invasion de la fiebre
amarilla, y en vi~ta de las a-gresiones llevadas á cabo por 108
enviados de Cromwell contra las posesiones de la América es-
pañola y de la consiguiente pérdida de nuestra isb de Ja-
máica, obtuvo y le llegó un refuerzo de doscientos soldados
procedentes de la Península, y otros con pertrechos de g\ler-
1'a desde N\leva España, que por el momento atendieron á la
defensa de las ciudades y á la proteccion de muchos colonos
españoles, que, huyendb de .Tamáica, se guarecían en las
villas de Bayámo y Trinidad de Cuba.


El aumento de poblacion dtl'bido á losfugítivos jamaicanos
elevó la de la isla en aquellas circunstancias á unos tl'einta
mil habitantes. Durante la interinidad que siguió al gobier-
no ele Xelder, preñado de disgustos por las discordias y
desavemmclas frecuentes entre la autoridad política, que en




CAPÍTULO Ir 115


tales casos solia desempeñarse por un colono criollo, y la mi-
litar, servida por un jefe del ejúrcito peninsular, poco alivio
recibieron aquellos en sus temores de inminentes invasiones.
Enterado al cabo el gobierno de Felipe IV de la toma de la
eapital de Jamáica por las tropas inglesas de Penn y Vena-
bIes, que obligó á huir á más de ocho mil familias españolas
.Y á defenderse á otras, que en su retirada abandonaron allí
los negros cimarrones para que c~mtinuasen la guerra, y te-
miendo la clil"te que los ingleses hicieran seguidamente lo
mismo con la de la grande Antilla, nombró en 1656 gober-
nador de Cuba á D. Juan Montaño Blazquez, con la preven-
cion de acelerar las obras de las murallas de la Habana y de
concluir todas las demás proyectadas defensas. K o fm:ron estas
necesarias entónces, por fortuna, pues preocupados los ingletlcs
con la colonizacion de su última presa, suspendieron un tiempo
las agresiones; ni pudo tampoco dar cima Montaño á sus pro-
yectos, por haber muerto en el mismo año de llegar á la isla.


Al maestre de campo D. Juan de Salamanca, que se en-
carg;) del mando en 1638, le estaba reservado presencial' lo
que dos años antes se temia. Envalentonados con lo ocurrido
en Jamáica, lo:> ya conocidos por su osadía jorbántes yjili-
busteros franceses de la isla de la Tortuga, de acuerdo con
los piratas ingleses jamaicanos, saquearon á un tiempo,
aq uenos la ciudad de Puerto Pl'Íncipc, y estos la de Santiago
de Cuba, donde el débil gobernador D. Pedro Morales entregó
sin defensa la poblacion á las depredaciones de aquellos ban-
(Edos que, sólo desplles de apresar algunos buques mercantes
en el puerto, arreb~ltar los cañones de los fuertes y hasta las
campanas de las iglesi:ls .Y volar las fortificaciones, se reem-
barcaron al sabsr que á la ciudad se aproximaban las tropas
esp1ñalas que desle la capital enviaba Salamanca. Lleg-aron
ésbs para procesar al blando gobernador, y para pr¿teger
lup,?o la construccion de las nuevas defensas de Santa Cata-
lin't, la Pun,ta y la Estrella, que en Santiago se levantaron,
mientras el capitan general edificaba en la Habana la primera
cárcel púhliea.


lO




116 LAS INSURRECCIONES EN CUBA.


Reemplazado éste en 1663 por otro maestre de campo, Don
Rodrigo Florez y Aldana, quien durante su breve administra-
cion sólo se hizo notable por la actividad desplegada en el
amuralladó de la capital, no fué verdaderamente sucedido en
los atftques piráticos sino por D. Francisco Orejon y Gastan,
el que, continuando las obras de defensa, no pudo evitar el des-
embarco del forbante Pedro Legrand en Sancti Spíritus y del
filibuste1'o Francisco L'Ollonnois ó el Olonés (14) en los cayos
próximos á San Juan de los Remedios, quien apoderándose
además de una galera española que iba en su persecucion,
inmoló á todos sus tripulantes al saber que el capitan gene-
ral había dispuesto no darle cuartel. No supo tampoco evitar
que el tristemente célebre Enrique .Morgan dejase memoria
de sus sanguinarios instintos, en la por segunda vez saquea-
da poblacion de Puerto Príncipe; ni que se apresaran otras
embarcaciones españolas, ni finalmente que cntre Jamáica y
Santiago de Cuba se principiase un escandaloso contrabando
de mercaderías inglesas. Fama de distinguido militar tenia
aquel gobernador; pero en Cuba no dió por cierto grandes
muestras, siendo indudablemente su administracion una de
las más desgraciadas del siglo XVII.


Qllizás por no haber sabido ó podido precaver tantas lás-
timas, obtuvo el ascens:) para el gobierno de Venezuela en
1670; re:~mplazámlole otro maestre de campo, D. Francisco
Rodriguez de Ledesma, cuyo mando, si más largo que el de
su antecesor, fué ménos desgraciado, por f,Jrtuna; pues el cor-
sario Franquesnay que, enviado desde Haiti, desembarcó en
Jágua el 1678, acosado por el vecindario, tuvo que reem-
barcarse, mientras los habitantes de Puerto Príncipe repe-
lían al forbante Grammont, que desde la Guanaja inten-
taba invadirles. Espantados así los piratas, por la iniciati-
va popular, pudieron seguirse activamente en la Habana las
obras de su muralla, á las que cooperó entónces el ayunta-
miento proporcionando numerosos trabajadores pagados con
el producto de las sisas, que cada dia era más valioso; te-
niendo que abandonarse sin embargo la explotacion de las




CAPÍTULO II 117


minas de cobre, por los escasos productos que rendian. El
consejero del rey, D. José Fernandez de Córdoba Ponce de
Leon, que sucedió á Ledesma en 1680, animado de los mismos
propósitos que sus antecesores, y sin abandonar las defensas
de la capital, pudo ya con el galeon el Rosario, costeado por
los hacendados, tomar la ofensiva contra losfilibusteros de la
isla de Síguatey, centro de reuníon de los piratas lucayos, y
destruir aquel nido de criminales; si bien no logró evitar que
el bucanero holandés Graff apresase en su tiempo algunas
embarcaciones española s.


Murió aquel gobernador á los cinco años de mando, du-
rante los cuales levantó el convento de monjas de Santa Cla-
ra, y empezó á edificar, con el nombre de !termita de San I,r¡-
nacía, la que más tarde habia de ser catedral de la Habana;
cuyas obras, lo mismo que el seminario de San Ambrosio, el
hospital de B:llen para convalecientes, y el colegio de niñas
de San Francisco de Sales, llamaron la atencion y los cuida-
dos del que le sucedió en el mando en 1687, que fué el gene-
ral de artill.ería D. Diego de Viána é Hinojosa, quien lo empe-
zó interviniendo en las agrias cuestiones de los habitantes de
San Juan de los Remedios, que tanto perturbaron su gober-
nacion. Tuvieron éstas orígen, cuando más menudeaban
las incursiones piráticas de franceses é ingleses eu la isla, en
cuya época, solicitaron aquellos habitantes é insistieron des-
pues, á la presentacion del Olonés en sus costas, en trasladar
la villa á más seguro punto. La real eMula de concesion se
recibió cuando el aumento de defensas, la mejora en el arma-
mento y el mayor número de tropas hacian ménos temibles á
losjilibusteros, y con tal motivo se dividieron aquellos veci-
nos en tr;:s bandos, de los cuales dos, acatando la real gracia,
qllerian trasladarse unos al punto del Copey y otros á los ha-
tos de Santa Clara, y el tercero, formado por la mayoria de
pobladores y de los peninsulares comerciantes, decidió no
moverse de sus domicilios. Tal se exacerbaron los ánimos en
aquellas cuestiones de localidad y de procedencia, pues ya los
españoles europeos y los naturales de la isla andaban discor-




118 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


dHS, y tan grandes proporciones tomaron las desavenencias y
litigios, que el gobernador para terminarlos ordenó, que la
traslacion se llevase á efecto inmediatamente; yéndose en
c)nsecuencia unos á fundar al Copey, otros á edificar á San-
ta Clara, que luego se llamó Villaclara ó viHa de Santa Cla-
ra y hoyes la ciudad de este nombre, y quedando los mt>nos
obedientes en el mismo San Juan de los Remedios.


En esto, á 25 de enero de 1690, fué relevado el capitan ge-
n3ral por el maestre de campe> D. Severino de Manzaneda, el
que al posesionarse, reiterando las órdenes de su antf'cesor I
mandó que los vecinos de Remedios que habian desob"ldecido,
se trasladaran á Santa Clara en el término de quince dias; y
como trascurrido el plazo todavía permanecieran algunos en
sus casas, los c0misionados del gobernador las incendiaron,
dejando á los moradores á la intemperie. D3 tal magnitud fUt~­
ron entónces las reclamaciones de los perjuc1icados contra Ulla
órden tan bárbaramente ejecutada, que el goberna,lor¡ r0cono-
ciendo censurable aquella ligereza, reparó los m,lles y revocó
el mandato, resultando así dividida en tres la que era una
sola poblacion; pues que los establecidos en los otros dos pue-
blos, en ellos continuaron ya. Además de estas pob1aciones,
fundóse por Manzaneda en 13 de octubre de 1693 la villa de
San Cáelos de Matanzas en el punto indio de Yucayo, situa-
do entre los rios San Juan y Yumurí al norte de la isla, y en
las cuatro caballerías de tierra y el corral de Matanzas COlll-
prado al efecto por el rey C.1rlos II; erigi~nc1ose en la propia
poblacion yen el sitio llamado la Pltnta (Jord((, á la entrada
de la bahía, el castillo de San Severino, en el que puso la pri-
mera piedra el obispe> de la isla D. Diego Evelino de Compos-
tela.


Pero no fueron las dt~ Remedios la:,; únicas sérias cuestio-
nes suscitadas en ticmpJ de ManzaneJa, pues tambiell en
Santiago de Cuba las huho escandalosas entre el gobernador
Villalobos y el magistrado Roa, facultado por la audiencia
de Santo Domingo para intervenir sus actos. La parte de
aquel vecindario, que queria conservar viva la popularidad




CAPíTULO 1I 119


adquirida por el gobernador con su buena administracion,
inclinóse á su partido conel nombre de villalobistas, mientras
los amigos del magistrado ó roistas acusaban á los otros de
resistirse á obedecer las órdenes de la audiencia. Llegaron á
tanto la excitacion, las acriminaciones y hostilid:ld de los je-
fes de estos bandos, que se perseguian á muerte; pero, hu-
yendo Roa á España y destituyewlo el gobierno a Vil1alobos,
terminó aquella turbulenta division, en la que, como en la
de Remedios, asomaban ya las prevenciones, base de los an-
tagoni"mos, entre los hijos de las Antillas y los peninsulares.


Terminados los disgustos al tiempo que el mando de Man-
zaneda, reemplazó á éste en 1699 el general de artillería don
Diego de Córdoba Laso de la Vega, de quien dice Blanchet
(15), no sabemos con qué fundamento, que compró su empleo
en la córte por catorce mil pesos. Cierto ó no, la historia
asegura que aquel gobernador fomentó la edificacion yem-
bellecimiento de la Habana, dedicándose con preferencia á
terminar sus murallas, temiendo que de la guerra de suce-
sion en la Península se aprovecharan los ingleses para inva-
dir á Cuba: Esto no sucedió, por fortuna, úntes de ser deatinado
á la presidencia de Panamá, ni en el corto mando de su su-
cesor D. Pedro Benitez de Lugo, durante el cual, solo tuvo
que lamentarse el saqueo de Trinidad, verificado pClr el cor-
sario Grant con trescientos filibusteros.


PcJr muerte de Benitt'z se encargaron interinamente del
mando de Cuba los habaneros D. Luis Chacon, gobernador
del Morro, en la parte militar, y D. Nicolás Chirinos Van-
eleval, en la política, dcaempeñándolo cada cual por su parte
con tal acierto é iniciativa, que aprestando los buques guar-
dacostas de la Habana, persiguieron con ellos en 1704 a los
piratas en sus mismas guaridas, de las. islas de Providencia
y Siguatey, ocasiollC) ndoles pérdidas de consideracion. Dos
años despues hicieron entrega de aquel mando al gobernador
propi~tario D. Pedro Alvarez de Villarin; pero habiendo éste
muerto al llegar a la isla, lo conservaron hasta 1708, en que,
despues de ahuyentar una escuadra inglesa que se acercó á




120 LAS iNSURRECCIONES EN CUBA


la capital exigiendo la proclamacion del archiduque de Aus-
tria, se presentó D. Laureano de Torres, que era marqués de
Casa Torres, nombrado en prémio á una beneficiosa compra
de tabacos que habia hecho siendo gobernador de Panzacola
y del presidio de la Florida. A poco de llegar á Cuba, por di-
sidencias con su segundo el auditor D. José Fernan:lez de
Córdoba, fué Torres residenciado y suspenso del mando, por
acuerdo de la audiencia de Santo Domingo, y absuelto en
1713; habiendo, en aquel largo período de cinco años, ocur-
rido entre las autoridades interinas y el municipio de la Ha-
bana, competencias de jurisdiccion y muchos altercados que
por el pronto apaciguó el ilustrado obispo D. Jel'ónimo Val-
dés, y que renovadas al volver á su cargo el marqués de Casa
Torres. produjeron una real cédula dispcmiendo que en las
interinidades sucesivas se encargase de todos los mandos una
sola persona. En la segunda época del de Torres, recibieron
gran impulso las fortificaciones de la capital; fundóse la ciu-
dad de Santiago de Bejucal y el nuevo Batabanó; estableció-
se en la Habana el protomedicato como garantía de salud y
medio de expulsar el charlatanismo y los curanderos; y man-
dó el gobernador extraer del fondo del mar tres millones de
pesos y ricas mercancías sumergidas con la desgraciada flo-
ta que el general Ubilla habia sacado de Veracruz en 1715;
al tiempo que el virtuoso obispo Valdés fundaba en la misma
Habana la casa cuna 6 de expósitos, que tanto habia de ex-
tender y hacer comun su apellido en toda la isla.


Al año siguiente, 1716, reemplazó á Torres el mariscal
de camp'o, cargo militar de la nueva dinastía, D. Vicente
Rája, el cual al presentarse publicó la real cédula en que se
disponia, que en las vacantes por ausencia 6 enfermedad de
los capitanes generales desempeñasen el mando superior los
tenientes de rey, y á falta de estos los castellanos ó goberna-
dores del Morro; y trajo consigo otras disposiciones sobre su-
cesion y reemplazo en las vacantes y para el estableci miento
de la factoría de tabacos. Pero con motivo de esta última 61'-
den, á poco de tomar posesion y sin haber tenido tiempo más




CAPÍTULO Ir 121


que para fundar la parroquia de Guadalupe, se vi6 en la ne-
cesidad de embarcarse para la Península p0r el motin que
promovieron los plantadores de tabaco, quienes invadiendo la
capital en son de guerra, intentaron vengar en las personas
del general y de los empleados encargados de ejecutar aque-
lla medida la irritacion que habia producido. Mientras la
primera autoridad y cierto número de sus delegados huian,
para dar cuenta á la córte de aquel alboroto, desempeñó inte-
rinamente el mando el teniente coronel D. Gómez de Mara-
ver Ponce de Leon, segundo cabo que habia sido, quien go-
bernó sin verdadero prestigio y estuvo siempre á merced de
los regidores y personas pudientes que dirigian á los subleva-
dos, que s610 por h intercesion del obispo Valdés y del arzo-
bispo de Santo Domingo, acataron un tanto la autoridad del
gobernador, y cediendo á sus buenos consejos volvieron á sus
campos los cultivadores, y á sus faenas ordinarias los mine-
ros y guagi1'os del departamento oriental que secundaron el
alboroto, excitados, sin duda, pC)r los ambiciosC)s de influencia
que ya en las cuestiones de villalobistas y )'oistas habian
indicado la. existencia de partidos en aquel punto de la isla.


Restablecida la autoridad, tranquilizados los ánimos y pa-
sados los sinsabores de aquella violenta situacion, se hizo cal' ....
go del gobierno en 1718 el brigadier D. Gregorio Guazo.
Presentóse éste investido de extraordinarias facultades, y
al publicar el real indulto para los instigadores y los que hu-
biesen tomado parte en el reciente motin, lo verificó de un de-
creto confirmando el establecimiento de la factoría, que habia
sido tomado por motivo; reponiendo en sus destinos á los pri-
mitivos funcionarios, y ofreciendo á los vegueros anticipacion
de fondos, con la condicion y el compromiso de no vender
más que á la factoría y á determinados precios sus cosechas.
Preparándose á resistir si se repetian aquellas agr6siones,
provocadas principalmente por los hijos de la isla, planteó
una nueva organizacion en las tropas, poniéndolas Guazo ba-
jo un pié de guerra respetable, y dotando á la infantería de
fusiles con bayoneta en vez del antiguo mosquete que usaba;




122 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


m~joró las fortificaciones, activando la terminacion de las de
la capital, en cuanto la escasez de brazos lo permitia, y
cuando la tranquilidad no presentaba indicios de alterarse.
pudo preparar una expedicion compuesta de tropas blancas y
milicias de pardos y morenos, destinada á recobrar á Panza-
cola, perdida y ganada otra vez por las tropas francesas de
Mr. de Sarigny.


Suspendida momentáneamente en 1713 por el tratado de
Utrech la guerra entre el nuevo rey de Espaiia y la Ingla-
terra, siguió luego, y al mismo tiempo que la teniamos con
Francia, á pesar de los lazos de parentesco entre ambas di-
nastías; y aquel gobernador, que en Panzacola habia perdi-
do gran número de tropas, supo en aquella ocasion sacar re-
cursos de su activo génio militar y emprendedor, armando en
corso á todos los buques mercantes, para defender las costas
y castigar las demasías de los piratasfllibttste?'os. Consegui-
do ésto, y abstraido en las empresas guerreras y en las me-
didas de defensa, no pudo aplacar por completo los ánimos
de los cultivadores de tabaco del Bejucal y de otras vegas,
que cada vez manifestaban más repugnancia á las investiga-
ciones de los delegados de la factoría; y se comprende que las
repugnasen, pues aquella fiscalizacion les privaba del pe-
queño contrabando, que, en otra época, llegaron á hacer
hasta con los jilibuste?'os de la Jamaica y de otras Antillas
próximas.


Promovido Guazo á otro empleo, fué relevado en 172·4, por
el brigadier D. Dionisio Martinez de la Vega. Durante su
largo mando de diez años, siguió éste la práctica de sus pre-
decesores, desplegando el mayor celo para concluir pronto las
murallas de la capital; y pudo obtener de aquel vecindario,
que tomase las armas y ofreciese toda clase de recursos para
rechazar la armada del inglés Ozier, que amenazaba con
un desembarco. Al mismo tiempo, en Santiago de Cuba, que
iba ya singularizándose por sus instintos insul'reccionales,
se promovieron nuevas conmociones con motivo de la destitu-
cion de su gobernador, D. Juan del Hoyo, cuyo funcionario,.




CAPÍTULO II 123


amparado por aquel ayuntamiento, al intentar reducirle á
prision el almirante de la armada de barlovento, huyó á
Puerto Príncipe, donde, despues de incitar otro tumulto po-
pular, fue detenido y enviado á la Península bajo partida de
registro. Las sediciones de la ciudad de Santiago infiltraron
su espíritu en los trahajadores de las minas del Cobre, que se
rebelaron, al tiempo que los negros del ingenio Quiebra-Ha-
cha (16) y los de otras fincas se levantaban tambien, sin du-
da instigados por los agentes ingleses de Jamáica, que por
primera vez ensayaban aquel sistema, que tantos lagos de
sangre vino al fin á producir.


Dominadas por Vega aquellas corrientes insurreccionales,
dedicóse á plantear mejoras y las reformas que la buena ad-
ministracion exigia, empezando éstas por desposeer á los
ayuntamientos de las facultades íJ. ue tenian de mercedar ter-
renos, en vista de los muchos abusos cometidos en la conce-
sion de aquellas mercedes; y entre las mejoras propuestas, fué


'una de las más iffiportantes, aunque quizás poco meditada si
no impolítica, la fundacion en 173i de la universidad de San
Ambrosio.en el convento de Predicadores de la Habana, con el
objeto de evitar á la juventud que fuese á buscar su instruc-
cion literaria en Méjico, Santo Domingo ó Salamanca, se-
gun lo estaba haciendo. A Vega se debió tambien el estableci-
miento del arsenal, erigido en un principio entre el castillo
de la Fuerza y la Contaduría de Hacienda, y más tarde tras-
ladado donde hoy se encuentra, en el cual, durante el mando
de aquel gobernador, se construyeron ocho navíos de línea,
algunos armados con sesenta cañones, y varias fragatas y
bergantines.


Continuador de aquellas mejoras fué D. Francisco Güemes
y Horcasitas, que en 1734 sucecli6 en el mando al dilatado y
fecundo en acontecimientos de Vega, y que, al proseguirlo
éste en el desarrollo de los intereses morales y materiales
del país y de las tradiciones belicosas, tuvo tambien que de-
tender la isla de los inquietos piratas y de otros enemigos de
]a metrópoli. Contábanse entónces en este número los ingle-




124 LAS INSURRECCIoNES EN CUBA


ses, que otra vez estaban con España en guerra, motivada
por el contrabando que sus buques introducian en la Améri ....
ca española. Al abrirse las h03tilidades, trató una armaéta
británica de apoderarse de Santiago de Cuba, desembarcah-
do al efecto en Guantánamo el almirante Vernon, pero, repe-
lido por todos los habitantes del departamento de Oriente,
mandados por el coronel Cagigal, vióse obligado á reembar-
carse para Jamáica, con p~rdida de dos mil combatientes,
víveres y pertrechos de guerra.


Ahuyentado con tal derrota el más temible enemigo, y
mientras preparaba nuevas agresiones, aprovechó Horcasitas
aquel descanso, atendiend'O al crecimiento de la poblacion,
del comercio y de la riqueza de la Habana, y reorganizó su
ayuntamiento con el número de concejales señalado en las le-
yes de Indias para las capitales de América; en cuyo arreglo
tuvo ingreso en el municipio D. José Martin Feliz de Arrate,
autor de la Llave del Nuevo jJfundo, que hemos citado. Res-
pecto \le la pa1'te milita\' y \le d~fen¡o,a, oC'.up6se en 1736 de la
organizacion de dos compañías de caballería, reformó las ba-
terías del Morro y parte de la muralla de la capital, dispuso
la traslacÍon del polvorin, que estaba en la ciudad, al punto
de la bahia llamado el Jigüey, V lomentó la construccion de
buques de guerra. Últimament~ se hizo de su órden la lim-
pieza del puerto de Carénas ó de la Habana, y en 1744 esta-
bleció en la isla la primera adrninistracion de correos; mere-
ciendo Horcasitas del rey, por tantos desvelos, el ascenso á
teniente general, el título de conde de Revillagigedo, y el
nombramiento de virey de N neva España ó M~jico, por ser
entónces incompatible su nueva categoría con el gobierno de
Cuba.


Animado por el deseo de dejar buena memGria de su man-
do, proyectó, al tomar posesion del de la isla en 1746, el
maestre ó mariscal de campo, D. Juan 'finen y Fuertes, la
edificacion de establecimienoos de b000fioencia, empezando
por la de una casa de R~cQgidas, ql!l-e su muerte le impidió
realizar. De estas obras y del mando fué continuador} des-




CAPÍTULO II 125


pues de una corta interinidad, aquel D. Francisco Cagigal
que ascendió á brigadier por la derrota del almirante Vernon
en Guantánamo, y luego á mariscal de campo.


Conocedor de las cosas y las personas, y de las necesida-
des de Cuba, y atento con preferencia á la defensa de la isla
y á la organizacicm del ejército, aumentó Cagigal la guarni-
cíon de la Habana á cuatro batallones de tropas regulares,
creando una compañía de artilleros para el servicio de forta-
lezas, y hasta cuatro escuadrones de cabalbria. Propuso á la
córte la construccion de una fuerte defensa en los altos de la
Oabafia, que no quisieron autorizar entónces desgraciada-
m9nte los consejeros de Fernando VI; fomentó las obras pú-
blicas, y particularmente las del arsenal, consiguiendo
en 1718 que e] apostadero de las Indias se trasladara desde
Santa Cruz á la Habana, siendo su primer comandante de
marina D. Ro:irigo de Torres; aumentó el número de escri-
banos; inauguró el Tribunal de Cruzada como primer presi-
dente, y despues de presenciar el combate naval entre la ar-
mada española y el almirante inglés Knowles, frente las
aguas mismas de la Habana, en cuyo puerto se refugió lue-
go la flota británica por tener noticia de la paz hecha con
España, fué ascendido Cagigal, y ngmb"rado en 1760 virey
de Méjico, siguiendo los pasos de su antecesor.


Una corta interinidad precedió á la toma de posesion del
mariscal de campo D. Juan de Prado y Portocarrero, cuyo
mando fué corto, pero desgraciado y de imperecedera y triste
memoria. En 21 de enero de 1761, se presentó el nuevo go-
bernador provisto de apremiantes instrucciones del gobierno
de la metrópoli para reformar las defensas del recinto de la
Habana y para levantar en los altos de la Oal;aña la fortale-
za propuesta por Cagigal. Pero sus mejores deseos para rea-
lizar los prop6sitos del rey Cárlos m, se estrellaron ante la
falta de recursos y el pavor causado por una implacable in-
vas ion de la fiebre a.marilla 6 v6mito negro) que arrebat6 al
ingeniero encargado de dirigir las obras. Desdichas que no
fueron por cierto más que la indicadon de las muchas que




126 LA.S INSURRECCIONES EN CUBA.


durante su mando habia Prado de sufrir. Continuaron éstas
á los pocos meses y des pues de firmar España el funesto Pac-
to defamilia, quizás solo por Mio á la Inglaterra que se ne-
gaba á devolver las plazas de Mahon y de Gibraltar, decla-
rando Jorge lIT, rey á la sazon de la Gran Bretaña, la guerra á
las naciones por aquel convenio aliadas. Al recibir tan in-
fausta nueva, Prado, que no ignoraba que los ingleses, desde
la pasada y reciente lucha, habian retenido en las Antillas la
armada que les hacia dueños de los mares del Archipiélago,
se apresuró á preparar en la isla las defensas que las circuns-
tancias permitian, y á prevenirse para toda eventualidad que
pudiera sobrevenir, y que por su desgracia llegó bien pronto.


El 6 de junio de 1762 empezaron á presentarse en las
aguas de la Habana los buqms de aquella formidable escua-
dra, compuesta de treinta y dos grandes embarcaciones en-
tre navíos y fragatas, y de doscientas menores de trasporte, á
las órdenes del almirante sir Jorje Pocock, conduciendo ca-
torce mil hombres de guerra mandados por el jefe de la ex-
pedicion, general conde de Albemarle, y destinados á comba-
tir con los cuatro mil entre soldados y marinos y mil quinien-
tos milicianos de color que la capital de la isla contaba para
resistirles. Divididos los expedicionarios ingleses en dos sec-
ciones, una fué á anclar entre Cojímar y Bacuranao, bajando á
tierra doce mil soldados; y la otra, despues de cruzar algunos
cañonazos con las fortalezas del Morro y la Punta, hizo rum-
bo hácia punta Brava, cañoneando de paso el castillo de la
Chorrera. Apénas algull'ls horas pudo éste resistir el fuego, y
desembarcando en aquella costa dos mil hombres, para ahu-
yentar las escasas fuerzas españolas que aquel punto defen-
dian, se apoderaron luego de la loma de A róstegui al sur de la
Habana, donde más tarde se construyó el castillo del Prín-
cipe.


Conocida de Prado la actitud é intenciones de los ingleses,
así que supo la presencia de sus primeros buques, reunió un
consejo de guerra con el general de marina y los generales y
jefes que á la sazon se hallaban en la plaza (18), y en él se




CAPÍTULO Ir 127


resolvió, como medida salvadora y del momento, la salida de
la poblacion de los frailes, mujeres y niños; el armamento de
todos los hombres hábiles para el c:>mbate; la construccion de
fuerte,; defensas en los altc¡s de la Cabaña yen otros puntos, y
la destruccion de los caseríos próximos al recinto de la plaza, y
de todos los que pudieran servir al enemigo de apoyo para el
ataque. Pero en el ínterin, el conde de Albemarle, que en lá
actividad buscaba la victoria, avanzando con sus tropas, po-
sesionóse fácilmente de Guanabacoa el 8 de junio, batiendo
la débil resistencia de ginetes y milicianos que se habia
opuesto á su desembarco, y, con sigilo, dirigió en seguida
dos mil hombres á apoderarse de los altos de la Caballa, án-
tes de dar tiempo á que se fortificaran. Pero aquel punto es-
taba ya defendido, y tuvieron que retroceder los ingleses al
ser descubiertos, y hostigados por la artillería española, que,
presurosa, se habia situado allí; la cual, al acordar impru-
dentemente el cons:,jo que se clavasen los cañones la misma
noche del comb:tte, y que se pegase fuego á unas casas in-
mediatas, dejó, á la luz de las llamas, abandonada aquella
importante posicion al enemigo, que, con el incendio, se en-
teró de todas las operaciones. Otra imprudencia tan trascen-
dental como aquella, fué la de disponer que se echaran á pi-
que en la boca del puerto los buques españoles de guerra, pa-
ra impedir la entrada á la armada británica, y tambien para
cerrar la salida á los de la bahía (19), lo cual hizo desmayar
el únimo de los habitantes de la Habana, que, desde aquel
momento, empezaron á pronunciar sin ri:serva la palabra
traiciono


Libres ya de resistencias por aquella parte los ingleses,
avanzaron el dia 11 hácia las alturas de la Cabaña, ense-
ñoreándose de ellas, despues de dispersar un corto destaca-
mento de milicianos; y mientras, se reconcentraban las tropas
españolas en la plaza y en el i1:forro, únicos puntos que el
consejo habia acordado defender. Alberma1e entónces, des-
tacó varios piquetes; unos á establecerse en Puentes Grandes,
en la estancia de Juztiz, yen la posesion de San Antonio; y


.-:"""
"~ ... '.,




128 LAS INSURRECCIONES E~ CUBA


otros, para que recorrieran las cercanas haciendas de Jesús
del Monte, los Quemados, y hasta el Jubajay; y para que, sa-
queando el país é intimidando, ahuyentaran los refuerzos que
del interior pudiesen dirigirse á la capital. Reconocida por el
jefe de las tropas inglesas la ventajosísima posicion de la Oa-
baiíct, á tan poca costa conquistada, preparó el ataque del
kIorro por aquel lado, y el de la ciudad por el opuesto, si-
tuando baterías, procedentes de la Olwrrera, en la calzada de
San Lázaro.


Los sitiados que como importante auxiliar en la lucha con-
taban con la fiebre amarilla, que si bien hacia granJes es-
tragos en las filas del inglés eran, para desgracia de Cuba,
prontamente repuestos con los refuerzos de Jamáica, hicieron
prodigios de heroismo en las avanzadas yen luchas parciales;
pero como más que el valor personal era la táctica y la estra-
tegia las que debian decidir la victoria, y los jefes sitiados cui-
daban poco de estos poderosos elementos militares, se debili-
taba el número de los defensores y cundia por la parte de tierra
la desmoralizacion en las tropas. No sucedia así en la defensa
del Morro, confiada al castellano de aquella fortaleza D. Luis
de Velasco, verdadero héroe en medio de tan sangrientas es-
cenas, quien hostilizado, estrechado, con las defensas del
fuerte destruidas, minados los últimos reductos, herido, tuvo
que pasar á la plaza á curarse, de cuya corta ausencia se
aprovecharon para adelantar sus trabajos de zapa, los ingle-
ses. Tenaces éstos, volando las minas y aprovechándose de las
vergonzosas deserciones de algunos defensores aterrados por
la destruccion, pudieron entrar al asalto mandados por sir
Guillermo Keppel, hermano de Albemarle, que, solo en medio
de cadáveres y despues de una denonada, desesperatla y san-
grienta resistencia, pudo hacerse dueño de aquel memora-
ble castillo á la mitad del dia 30 de julio \20). Velasco, atra-
vesado el pecho por una bala, murió al dia siguiente en la Ha-
bana, y Albemarle, honrando al valiente á quien le habia ya
man)!e.staDD su aDJl)m}[~jD}) pDr tanta Dravllra /21), {)jspllSO )0


. suspension de hostilidades durante las exequias y que se repi-




CAPÍTULO II 129


tieran por las tropas de la Gran Bretaña, los honores que las es-
pañolas le tributaron. Más de mil soldados y milicianos y dos-
cientos prisioneros se sacrificaron en la defensa del jl:!orl'o,
perdiendo mucho más los ingleses, p3ro alcanzando una gran
ventaja con el decaimiento y enorme pena que aquel desgra-
ciado suceso para las armas espauolas causó en los habitan-
tes de la Habana, quienes vieron despues demoler hasta la
última piedra de aquella fortaIJza p:>r la artillería de los dos
campos.


No desmayaron, sin embarg3, los encargados de la defensa
de la capital, que artillando la altura de Atarés, allí recibían
ofertas de armamento y de próximo envío de tropas del inte-
rior, que no llegaron por cierto á presentarse; y disponiendo
contínuas salidas de la gU'1rnicion, procuraban desbaratar los
planes de Albemarle. Artillando éste, en tanto formidable-
mente, tüdala ií:quierda de la bahia desde el J1Iorro hasta
la Oabaíia, y posesionado de Jesús del Monte y avenidas del
Cerro y la Chorrera, tenia tan estrecharlos á los defensores,
que ellO de agosto les intimó la rendicion de la plaza ántes
de dirigirle los fuegos de su artillería. Negándose el gober-
nador Prado á rendirse, vomitaron sobre la ciudad en la
mauana del siguiente dia lIlas numerosos cauones y morte-
ros de sitio y los de la armada inglesa tal cantidad de bom-
bas y granarlas, que los angustiados habitantes obligaron á
Prado á la una de la tarde á pedir la capitulacion (22).


Acoruuda ésta, entró en la tarde del 14 de agosto en la
Habana lord Albemarle al frente de su ejército, al tiempo
que pasaban á bordo de la armada inglesa para ser conuuci-
dos á Europa, precedidos del general gobernador D. Juan de
Prado, el marqués del Real Trasporte,el conde de Sup2runda,
D. Diego Tabárcs, siete jefes, diez y siete capitanes, sesenta
subalternos y ochocientos cuarenta y cinco individuos de tro-
pa, resto glorioso ue los defensores de la plaza. Los ingleses
que, como siempre, supieron sacar de aquella victoria cuan-
tos provechos prometia, recogieron en el puerto rico botin en
buques, yen la plaza de metálico, tabaco y otros efectos que




130 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


se graduó entónces por un valor de catorce millones de pesos.
Leve cantidad sin duda para indemnizarse de las pérdidas en
la lucha y gastos de aquel armamento, «el más grande que
hasta entónces se habia dirigido á las Américas,» segun decia
Prado.


Lord Albemarle trató, al penetrar en la Habana, de hacerse
simpático á sus habitantes, no permitiendo desmanes en sus
soldados ni omitiendo actos de afabilidad siempre que las cir-
cunstancias eran oportunas; mas á pesar de todo, emigraban
de la capitctl al campo familias enteras; los prJveedor3s de la
ciudad se ausentctron, y eran los soldados ingleses asesinados
al menor descuido, y envenenados en más de una ocasion por
los naturales, mezclando en la leche que consumian la sávia
venenosa de alguno d~ aquellos arbustos. Verdad es que el
invasor, á la vez que uS'lb:1 aquella mentida benevolencia,
exigia sumas de consilleracion al vecindario y al obispo (23);
ordenaba la ereccion de templos prJtestantes; d8stf~rraba al
prelado, que desatendia sus exigencias; consentia que se fal-
tara, no á muchos, sino á todos los compromiséls de la capitu-
lacbn, cometiendo mil irregularidades y tropelías propias
de conquistadores de la raza sajona; y para arruinar el co-
mercio español, autorizaba la introduccion de negros escla-
vos y de inmenso contrabando ingl¿s en más de nueveeientos
buques armados al efecto.


A prineipios (le 176:3 dejó lord Albemarle el maullo á su
hermano sir William Keppel en ocasion en que, puestos de
acuerdo muehos jefes espailoles del interior, trataban de re-
conquistar la Habana. Inútiles hizo ya estos proyectos la
noticia de la terminacion de las hostilidades entre España é
Inglaterra, y el consiguiente ajuste de la paz, firmada luego
en París ellO de febrero, que devolvía á Esp'lñalas conquis-
tas hechas en Cuba p:Jr la Gran Bretai"ía; ccdiendole en eam-
bio terrenos de la Florida hasta el Mississippi, por los que
indemnizaba la Francia á su a1iado c')n la p::>sesion de la
LuisLma. Salieron, pr¡r tanto,. de Cuba las tropas inglesas
despues de die7. meses y veinticuatro dias de ocupacion, des-




CAPÍTuLO II 131


pedidás por ei nuevb capitan general D. Antonio Fanes Vi-
llalpando, conde de RicIa, primer gobernador nombrado para
la isla con el sueldo de diez y ocho mil pesos, que se presentó
á tamar posesion de la capital en l. o de julio de 1763, con
cuatro navíos, algunos trasportes, dos mil doscientos hom-
bres de guerra páta guárnecer la ciudad y fortalezas y nU-
meroso tren de artillería y efectos de guerra. Solemnemente
se hizo cargo del matido el dia 6, acompañlido del general
O'Reil1y, y de los tenientes de ingenieros Abarca: y Jimenez de
Cisneros; presenciando luego la slilida del puerto de sir Gui,;..
llermo Reppel y de sus tropas, que se dirigian á posesionar'-
se de Panzácola, Mobila y de los otros puntos trocados en el
tratado de París por la ciudad de la Habana; cuyo momento
era ei esperado por los leales habitantes de la ciudad para
ciMbrar con festejos y muestras de regocijo, que duraron mu-
chos dias, la terminacion del dominio britanico.


111.


Muy l:tstimados quedaron todos los intereses de la isla con
la corta, pero funesta dominacion inglesa; y tan confundidos
los diferentes ramos, dividida la opinion y alteradas las cos-
tumbres, que al inaugurar el conde de Riela en julio de 1763
el período civilizador, tercero y último de la historia antigua
de Cuba, tuvo que reconstituir aquella sociedad en todas sus
partes y encauzar las aspiraciones morales, extraviadas por la
pasion, á la vez que reducir á razonables límites los intere-
ses creados, así en las clases representantes de la propiedad,
como en las mercantiles y del trabajo, por la tendencia de


11




132 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


los dominadores, tan egoista como perturbadora. Desorgani-
zado el ejército, tuvo que formarse uno nuevo, encargándose
de este importante cometido el general irlandés, al servi-
cio de España, conde de O'Reilly. Reglamentó éste y puso
en buen órden las tropas y milicias: hizo tres batallones de
ochocientas plazas de lo que ántes fué regimiento de la Ha-
bana; formó dos de milicias blancas de infantería, repartidas
proporcionalmente en Santiago de Cuba, Trinidad, Bayámo y
las otras ciudades de la isla, y dos regimientos de volunta-
rios montados de la Habana y de Matanzas; creó un cuerpo
de caballería con la denominacion de .lJragones de América,
y otro de artillería para la defensa de las fortalezas; pudien-
do al fin, con su entusiasmo militar y muchos desvelos, con-
seguir O 'Reilly la organiz;acion de un numero de tropas ca-
paz para la primera defensa de todo ataque exterior. Mien-
tras con esto se levantaba el pedestal al debilitado poder de
España, pues no son posibles los poderes ni las nacionalida-
des donde se carece de un ejército que las repreRente· y ga-
rantice, á pesar de lo que en contrario afirmen los discípulos
de cierta escuela política; mientras O'Reilly organizaba la
fuerza con arreglo á los últimos adelantos de la ciencia mili-
tar, disponia el conde de Riela la reconstruccion del Morro;
empezaba la fortaleza de la Oabaña en las alturas de este
nombre; levantaba en la loma de Soto el castillo de A tares;
reparaba el arsenal, arruinado por los invasores; erigía hm¡-
pitales, y acogiendo benévolamente á los muchos españoles y
franceses que, no queriendo sufrir el dominio inglés en la
Florida, se trasladaban á Cuba, protegió su instalacion en la
isla, para que, segun su clase, contribuyeran á borrar con el
trabajo las tristes huellas que tras sí deja siempre una con-
quista.


Hechas las reformas militares, tocaron pronto, así Riela
como O'Reilly, la necesidad de ajustar á ellas las medidas.
administrativas, para que unas y otras fueran durables y
marcharan á un mismo fin armónica y paralelamente. Para
conseguirlo, borraron la antigua y viciosa organizacion de mi-




CAPÍTULO II 133


nistros y oficiales de la real hacienda; reformaron los nume-.
rosos impuestos del almojarifazgo ó de aduanas, los de arma-
da, armadilla, quintos reales, alcabalas, de anclaje, y los
que pesaban sobre el producto de las minas y de bebidafru-
canga (24) ó sobre los licores; y. propusieron la creacion de
una intendencia de ejército y provincia, igual á las de Espa-
ña y de los Estados de América, que fué aprobada por real
cédula de 31 de octubre de 1764, nombrándose para ejercer
el nuevo cargo á D. Miguel de Altarriba, quien estableció en
la Habana contaduría, tesorería y administracion de rentas,
y subalternas de ésta en las principales poblaciones de la isla.
El mayor número de servicios y el aumento del personal, in-
troducidos por las reformas, hicieron necesario el del situado
que abonaban las cajas de la Nueva España, teniendo entón-
ces que elevarse aquella consignacion de cuatrocientos cin-
cuenta mil, á un millon y doscientos mil pesos; pero como
nunca los pagos se verificaban con puntualidad, sufriéronse
muchos apuros, y un enorme déficit en los dos primeros años
de nueva administracion, al cabo de los cuales, ya los im-
puestos produjeron en la isla una renta de 1.002.205 pesos,
muy próximo al total de los gastos. Se debieron tan brillantes
resultados á la laboriosidad del intendente y á su acertado
sistema de recaudacion y contabilidad, que, si bien algo
complicado, era. perfectísimo en comparacion del que ántes
regia, y suficiente para servir de base al desarrollo de las re-
formas y á la iniciacion de mejoras futuras.


Arrastrado por las corrientes reformistas hasta el mis-
mo obispo de Santiago de Cuba, Dr. Morell de Santa Cruz,
introdujo en la isla, al regresar del destierro impuesto por los
ingleses, la abeja de cera blanca, abriendo un lucrativo ra-
mo a la industria y al comercio; y atendió luego á mejorar
los servicios eclesiásticos. Con estos ejemplos, todos los ha-
bitantes de la isla, á porfia, trataron de borrar las huellas
que las gentes de lord Albemarle dejaron, uniendo sus es-
fuerzos á los de las autoridades para reconstituir el país, y
acatando, hasta con exageracion, los bandos sobre policía ur-




134 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


bana y rural, en que el conde de Riela indicaba á sus gober-
nados el modo de coadyuvar á tales propósitos.


El rey Carlos III, inspirado por el ilustre conde de Aran-
da, dispuso, tambien en aquel tiempo, el establecimiento de
un servicio periódico de buques-correos entre la América y
España, que debia nacer escalaenla Habana cada tres meses,
á la vez que se planteaba un correo semanal entre la capital
de la isla y sus poblaciones más importantes del interior.


Cumplida por O'Reilly su mision organizadora, regresó á
la Península; yal año siguiente, cuando ya habian recibido
todo su ímpulso las obras dellJío1'1'o, de San Cárlos de la Oa.-
baña y de A tarés, y despues de reparar el arsenal y de dis-
poner las fábricas de nuevos buques, fué relevado el celoso y
activo conde de 'Riela, que entreg6 el ffittuuo á BU. su.cesor, el
mariscal de campo D. Diego Manrique, en 1765.


Encargado éste con preferencia por el rey de la termina-
don de las obras de defensa emprendidas, fué talla actividad
que desplegó desde el primer momento, que el excesivo tra-
bajo, perjudicial siempre á los recien llegados á aquellas
latitudes, le produjo la fiebre amarilla, y descendió al sepul-
cro ántes de los tres meses; teniendo entónces que reempla-
zarle é interpretar los deseos del monarca el brigadier Don
Pascual Jimenez de Cisneros, á quien le tocó sufrir 105 dis~
gustos, tan comunes allí, en todas las interinidades. De suma
gravedad fué el promovido por el planteamiento de un nuevo
sistema de recaudacion, y por el arbitrio que se impuso, al
tabaco, principalmente; el cual exasperó á muchos cultiva-
dores del Camagüey y de la Vuelta Abajo hasta el punto, de
preferir la destruccion de sus cosechas, antes que verse obli-
gados á venderlas á la factoría y á pagar el tributo. A tal
g'rado llegó la excitacion, que el interino gobernador tuvo
que movilizar algunas milicias, por si los medios persuasivos
no bastaban, para reducir á la obediencia aquellos disidentes;
pudiéndolo al fin conseguir sin gran efusion de sangre,
t\.Cluietanclo los ánimos, ántes ue ser relevado por el goberna-
dor nuevo.




CAPÍTULO II 135


Fué éste el bailío Frey D. Antonio María Bucarelly y
Ursúa, mariscal de campo, y á poco teniente general, que
tomó posesion del mando en 19 de marzo de 1766. Hombre
de génio organizador y con el instinto de administrar, conoció
pronto las necesidades de la isla, y atendiendo á ellas, al re-
formar el vigente bando de buen gobierno y deslindar las
atribuciones de los jueces pedáneos, dictó reglas para el me-
jor régimen de la esclavitud. Tratando de estirpar el cáncer
de los pleitos que consumia á los cubanos de aquella época, y
para borrar la mala fama de venalidad en los gobernadores
que Albcmarle hizo pública en 1762 (25), consiguió conci-
liar opuestas voluntades y con audiencias diarias atraerse al
público, víctima del saqueo que con engañosas mañas hacian
en su hacienda los oficiales de la curia y otros vendedores de
una mentida influencia oficial. Atendió con la mayor activi-
dad y acierto á reparar los desastres que en agosto de aquel
año produjeron violentos terremotos en Santiago de Cuba, y
los que en gran parte de la isla dejó patentes el furioso tem-
poral del 15 de octubre de 1768, para. cuyo remedio, y alivio
de la penuria de los arruinados cultivadores, abrió Bucarelly
una suscricion pública. Encargado de expulsar de Cuba los
jesuitas, por disposicion de Cárlos m, usó de los más dignos
y suaves medios al dar cumplimiento á aquel mandato é in-
cautarse del vasto edificio que poseian, convertido luego en
seminario de San Cárlos y más tarde su iglesia en catedral de
la Habana (26). Obtuvo de la córte autorizacion para levantar
una nueva fortaleza en la loma de Aróstegui, convertida por
los ingleses en punto de ataque, al sitiar la capital, y edificó
allí el castillo del Príncipe. Organizando, finalmente, las
fuerzas que al mando de D. Alejandro O'Reilly habian de to-
mar posesion de la Luisiana, cedida por Francia á la España
en el tratado de París, como indemnizacion de la pérdida de
la Florida:.


El 6 de julio de 1769 salió del puerto de la Habana aquella
expedicion en:cargada de someter á los franceses de Nueva
Orleans que resistían el dQminio español en la Luisiana. Con-




136 LAS INSURRECCroNH.'3 EN CUBA


siguiólo O'Reilly; aunque su tirantez política fué causa de
las emigraciones de muchos plantadores y de que los ánimos
permanecieran intranquilos hasta que, incorporado aquel go-
bierno al de Cuba, disfrutaron los colonos de más suave ad-
ministracion, y aplacáronse un tanto las malas disposiciones
que hácia los españoles habian manifestado los franceses en
los primeros momentos.


Los hábitos al contrabando, generalizados por los ingleses
durante su dominio en la Habana, llegaron á hacerse tan os-
tensibles, que tuvo Bucarelly necesidad de atajar su desar-
rollo, dictando severas medidas. Apénas bastaron éstas al
principio para ahuyentar los contrabandistas, por las propor-
ciones que en su tiempo adquirió el lujo y la decidida aficion
de los cubanos á usar telas y efectos extranjeros; pero poco
despues logró ver contenido aquel ilícito comercio, tal vez
más que por sus órdenes represivas, por haberse dedicado la
mayor parte de las embarcaciones inglesas que lo hac,ian, á
comerciar en la guerra de los colonos de la América del N ar-
te, sublevados contra la Gran Bretaña en Bastan el año 1770.
En aquella guerra tuvo Bucarelly que acatar, resignado, las
impolíticas disposiciones del conde de Aranda, que le man-
daban proteger á los insurgentes por resentimiento nada más
á la Inglaterra, y sin calcular los males que tal proteccion
habia de traer á España cuarenta años despues.


Aquel entendido y celoso general, quizás por las objeciones
que se permitiera respecto de la política anglo-americana,
fué relevado de Cuba y ascendido al vireinato de Nueva Es-
paña, al que se dirigió en 14 de agosto de 1771; dej ando
memoria de su administracion en las obras públicas, en los
nuevos caminos abiertos á la civilizacion, én el fomento del
naciente comercio de la isla y en los buques de alto bordo
construidos en el arsenal de la Habana durante su mando (27).


Otra vez á la marcha de Bucarelly recayó el mando inte-
rino en el brigadier Jimenez de Cisneros, quien más feliz que
en el anterior , pudo entregarlo libre de complicaciones, enel mes
de noviembre de aquel mismo año, á D. Felipe Fonsdévielá,




CAPÍTULO II 137


marqués de la Torre. Procedente este mariscal de campo de
Venezuela, donde acababa de ser gobernador, pasó su primer
año en la Habana, estudiando el país, su organizacion y ne-
cesidades, y para atender á ellas y dar aumento al bienestar
de sus habitantes, se propuso ser el verdadero intérprete allí
de las reformadoras ideas administrativas. del rey Cárlos m,
y á conseguirlo di.rigió todos sus afanes.


Para disipar las densas tinieblas de la ignorancia aglome-
radas en los pasados siglos, y elevar el nivel moral de aquella
sociedad, que no poseia mayores muestras de civilizacion que
una universidad muchas veces cerrada por falta de discípu-
los, fomentó la descuidada instruccion primaria y las escue-
las preparatorias, á fin de que aquel centro literario pudiera
nutrirse con mayor concurrencia, á pesar de no enseñarse en
él entónces más que la teología y las leyes. Para mejorar las
costumbres, llevó á la Habana el teatro español, desconocido
en la isla, y proyectó la fabricacion del primer coliseo de la
capital, al que ya pudo concurrir el público en mayo de
1776. Moralizó el comercio, persiguiendo con mayor severidad
que Bucarelly el contrabando que los franceses é ingleses ha-
cían desde las vecinas Antillas; y para encubrir ciertas lla-
gas sociales, planteó una casa de recogidas. Una capital como
la Habana necesitaba embellecerse, y con tal objeto y para
asemejarla á las de su importancia, fomentó el marqués de la
Torre las obras públicas y estimuló á los particulares para
que le imitaran y ayudasen. Nombró para esto una junta lla-
mada de policía, compuesta de la nobleza y de las personas
principales, que atendía á desterrar de la capital las casas
con techumbre de guano, estableciendo reglas para las nue-
vas edificaciones; á la mejora del empedrado yal arreglo de
las calles; á la construccion de un paseo fuera de las mura-
llas de la Habana, nombrado el Prado nuevo; á la edifica-
cion de puentes sobre el Chorrera y otros rios; á la reforma
de la casa-palacio, de la del ayuntamiento y cárcel pública;
á la limpieza del puerto, y á todas las construcciones, en fin,
-que por cuenta del Erario ó del municipio se hacian, ya con




138 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


los arbitros de la sisa de la zan 1'a, 6 con otros que el I\1~rqués
proponía y la eórte le autorizaba. '


Mientras l~s mejoras seguiaq ~n oreciente des~n'o~lo, 1~ev6
~, e,abo aquel inteligeJtte y lal;lorio¡;o goberr¡.lfdO,r un ce~s,()
d.~ la poblaeion de la isla, que en 1774; dió por r¡:lsjlltado total
171.610 habitantes, de ellos 96.430 blancp.8 y 7fj.l~O de co,-
lor, inclusos 44.633 esclavos; contAndo¡;¡e e1;1 +a ~apita.l (le la
Habana 75,qOO ¡llm::¡.s. Y tocá.~dole fepre~entilr el papel de
tlspeetadpr, en la guerra que entre lo~ inglese¡,; y ¡¡\lS eqlono,¡¡
de la América se habia ya extepdido desde Bós,ton á ::V~as:;;a:­
chussets yNew-York, con el motivo aparente d,e lOfl impuestos
fijados por Jorge III al té yal papel s,ella.do, trató el m,arqués
de conservar la más extricta neutralidad, y á pes~r de conocer
las antipatías de la córte española tÍ la ingÍesa, no i,utentó
c&ptarse por eso con otra conducta la ben,evolencia de los mi-
nistros de Oárlos TII, sino que, atemperándose a las instruc-
ciones p4blicas que tenia, á ambos beligerantes les prestaba
en 10.s puerto~ de lp. isla el Wisglo tra¡to en los auxilios' qu.e
I\ecesi~aban, procur¡llldo sin el+lbargo que s,u perI\1anencia
fuera siempre b:¡;eve.


Seis ~i1os iba á cu~plir el D¡larqné~ d~ l¡1o Torre en el man-
do, dlJ,rau,te los cll~les solo alguuosdi¡¡gu.stpi? tuvo con el go-
bernador de Santiago de Cuba y con el cOII\3.ndan~e ge\leral
de }Iarina, por intrm¡iones en facultades de sll'exclusiva auto-
ridad; y cuando veía próxima la termina.cion qe muchas de
:;'ll~ plantea¡das mejoras, recibió ~a qrden de ~u ascenso á te-
uien;lie generl:\l, que eql,l,ivalia á su separacion, pues sabido era
~:!il aql1ellos ~ieIDpos que precedía sielllpre la graci\!. a,l ~elevo.
N:9: Sil lfizo esperar mucho la órden de é¡;te, la qUIl fqe recil;>,i-
da con gran sent͡ID.i,ento; de los hapit~t~;; de.la i,sla, qq~ reco,
J?oG'-~dos entónces á los grandes ~acri,fi.cios que 4abia hecho por
s;u bien, y prosperidad, l~ cOlls~derl).r,9J;l mlJ,cho tiempo como
mop.elo d¡e gob~rnal\teSr, y ¡tun 40y recuet~a.n los, c1,lba,I\o~ co.u
r~~pe~í> la men:lOria del JXlarqués ® l~ Torr¡:l.
S,igu~endo 1¡a.¡¡! práctica,s de su~ p¡:eqE\oosqres, D),anifestó
g~all~ei) desf,3os de d~¡1r a¡lgun r~\lel:"d9 suyo en las obr~ pú-




CAPÍTuLO II 139


blicas el mariscal de campo D. Diego José Navarro García M
VaJ,ladares, que reemplazando á Fonsdévíela, tomó posesion á
prwcipios de junío de 1777; y viéndolas todas emprendí.,.
dG\S 6 proyectadas, fijó sus miras en otra clase de wejofas más
~e~esarias si cabe que la13 de comodid~d y emb~llecimíento.
Dedicóse sin descanso, á corI:egir las demas\aS del foro cuba-
uo, tfa~ando de acabar de una vez CQn l¡¡. arraigad,a aflcion á
10$ pleitos que las exhortaciones q.e Bucarelly no pudieron
extirpar, para cuyo resulta,do y para evi~ar upos males qu~
ponian en peligro la tranquilidad d,e tantas famihas, clispuso
que no actuasen más escriballos, que los de número, ni abo-
gasen los letrados de mala reputacion y fama, y que un t!j.sa-
d\}1' de costas aj ustase los derecb,os procesales.


Moralizada y dirigida por vías ménos tenebrosas esta tcn-
d.&tcia social, hija de la ignora1ilcia y filan explotado por los
o:fi¡ciftles de causas y otros sujetos de mal vivir, tuvo ya asun-
to en que emplear sus buenas disposiciones el general Na-
varro, y fué éste la aplicacion de la ordenan~a del rey Cár-
~os III para el libre comercio con las colonias. Aquella sábia
y c01ilvenie.nte disposicion que se dictó en 1778, reclamada por
los tie~pos, para matar de una vez el irritante monopolio
con,eed~do pOI; Cal'loE!¡ V ~ .i\u.s1;riíl- (1. los :llam,enoos é italianos,
y para 0xtinguil' la no JiIilénos: absurda práctica de que las
ftot~R! española,s no toca~e~ en su ida y vuelta de América
A1~s que en los puertos de Cádi~ y ~viIla, dió bien pronto
b,enenciosos y tangibles resuhado~. Desde aquel mismo año
elevó de una manera notable la,s reJ;l;tas públicas, haciendo
afluir á. aquella fuente de p:rrospeJridad, cerrl;Lda hasta, entón-
oe$. muuerosos buques, que así en la Habana como en San-
tiago.de: Cuba, en Batabanó, como. eR Trinj.dad y en otros
p;u~rtoS" que se habilitaron, daban m\Ís brío á la¡ arreglada
vida n¡¡,ellcantil, y ha_cian d¡ólCl,inar, ~qnsidC!¡abl~ml:mt@ el co;n-
trabando, á pesar de la, gU81'l'.3¡ qta.e, E,sllaña ¡pe h~bia, vi,sto
aorrastrada á¡ ~n~, de, ljl.uevo cop., 1~" ~I:.qI\c ~r~t~ii~ COP¡ ~o-
1¡j¡yO deL fl.We::¡to, Peg1¡(j), de fSJ;Ijlilja.,


Nªvarro" que. con I}Jlticip&cio~ !ia.'bia, (j¡liW! la pública, pro~




140 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


teccion dispensada por la Francia á los independientes de la
América del Norte habia de producir aquel rompimiento, puso
oportunamente en defensa todas las plazas fuertes de la isla
que lo necesitaban, ya que la capital las tenia inexpugna-
bles; y, autorizado por el rey, recibió en los puertos buques
de todas las naciones amigas, aunque sólo como importadores
de víveres, lo cual fué un gran bien en aquellas cireunstan-
cias, en que, por el estado de la lucha, pocas eran las peque-
ña:s naves españolas que, por proveer de víveres y efectos á
la isla, se atrevieran á eludir la vigilancia de los numerosos
cruceros y corsarios enemigos que poblaban el Océano.


Al tener noticia de la dec1aracion de guerra, el coronel go-
bernador de la Luisiana, D. Bernardo de Galvez, dependiente
del capitan general de Cuba, anticipándose á las órdenes que
esta autoridad pudiera comunicarle, se apoderó de los fuertes
ingleses de Manckak y Baton-Ronge en 1719, y de Mobila
en 1780. Con autorizacion de Navarro, y con los refuerzos
conducidos por la escuadra del general D. José Solano, que
se presentó en aquellas costas, venciendo furiosos temporales,
fué conquistada luego la ciudad de Panzacola, y seguida-
mente toda la Florida, la que, volviendo entónces al dominio
de España, vengaba la entrada de Albemarle en la Habana,
causa primordial de la cesion de aquel territorio á la Ingla-
terra por el tratado de París. Por sus brillantes hechos en
aquella conquista fué Galvez recompensado, como merecia,
con el ascenso á teniente general, y con el título de conde de
Galvez; y al año siguiente, al ser relevado Navarro en el
mando de Cuba por D. Juan Manuel de Cagigal, regresó el
nuevo conde á la Habana, y fué distinguido por el rey con el
importante cargo de general en jefe de todas las fuerzas de
las Antillas, y con una órden que sometia á su autoridad la
presidencia de Santo Domingo y el gobierno de Cuba. Con
tan extenso poder, y con el mando además de la escuadra de
Solano y de la francesa, intentó Galvez apQderarse de lai
PQsesiones británicas en América, no consiguiéndolo más que
de las islas Bahamas, conquistadas por el gobernador Cagi-




CAPÍTULO Ir 141


gal, en razon á que, dispuesta por la córte la reunion en Cá-
diz de cincuenta navíos para destruir el poder marítimo de
Inglaterra en las Antillas, permaneció inactivo, lo mismo que
Solano, sin atacar la escuadra del almirante inglés Rodney,
que se guarecia en los puertos de J amáica.


A este tiempo fué acusado Cagigal de haber introducido
en Cuba un valioso contrabando desde N assau, á su regreso
de la conquista de las Bahamas, y llamado á Madrid, nom-
bróse en su reemplazo capitan general de la isla á D. Luis
Unzaga, gobernador que era de Venezuela, el cual perma-
neció entónces, como su antecesor, á las inmediatas órde-
nes de Galvez, y dedicado exclusivamente á los aprestos mi-
litares.


Apremiados los ingleses por sus recientes desastres, aun-
que seguros de la conservacion de Gibraltar J que del apuro
en que los aliados le tuvieron, logró salvarle un valeroso ar-
ranque del almirante Dome, atravesando osado las líneas de
ataque, temieron que su bandera desapareciese del Nuevo
mundo cuando España y Francia reunieran la flota proyec-
tada, yen tan critica ocasion gestionaron la paz, que se firmó
por el conde de Aranda en Versalles, el 20 de enero de 1783;
obteniendo de ella España verdaderas ven'tajas, al parecer de
Rquel diplomático, las ventajas del suicida y no otras, en rea-
lidad, al reconocer el principio que habia de producir la pér-
dida de la mayor parte de sus posesiones en América. Des-
hiciéronse con tal motivo los armamentos de las Antillas, y
regresaron á la Península las tropas que el conde de Galvez
tenia dispuestas para hacer desembarcos en las posesiones
inglesas.


El imprudente auxilio prestado por España á las colo-
nias inglesas rebeladas contra su metrópoli y el funesto tra-
tado de Versalles que sancionaba el derecho de insurreccion,
habian de llevar sus naturales y obligadas consecuencias á
los reinos españoles de América (28), las cuales se sintieron
ya en el Perú durante las hostilidades, y obligaron al con-
de de Galvez, al tiempo de negociarse la paz con la Inglater-




142 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


ra., á destinar á aquel vireina.to parte de las fuerzas que
mandaba, para ap'c1ciguar las violentas conmociones políti-
cas, que cual explosion volcánica, la. agitaron súbitamente.
Decia en aquella ocasÍon la Gaceta de Lóndres, para desva,...
necer sospechas, que debia atribuil'se á, manejos de los jesui-
tas aquel movimiento, 10 cual uo dehiera extrañarse, cono-
cido el rencor de los individuos de la, Compañía de Jesús al
rey que doce años ántes les había expulsado de los dominios
españoles; pero no faltaban tampoco motivos para creer que
la Inglaterra promoviese aquellos trágicos sucesos, para dis-
traer las fuerzas que en América se destinaban á la destruc-
cíon de aquellos nidos de piratas,jilibust81'os y contrabandis-
tas, convertidos entónces en colonias británicas.


Fueran uno de los dos ó ambos á la vez los motivos del le-
vantamiento del Perú, es lo cierto que á fines de 1780 un in-
dígena que se decía heredero de Atahualpa y enviado por el
Sol á libertar á su patria de los conquistadores europeos, el
poderoso é instruido arriero José Gabriel Turnaro ó Josef Tu-
pac>-"Amaro-Inca COIQ.o él se titulaba, y cacique del pueblo de
Fl!lngasuc!ti, en la provincia de Tinta" forjó la trama de rebe-
lion, que ina.uguró con una crueldad sin igual, inmolando, á
su eompadre y confiado· amigo el corregidor D. Antonio de
Arriaga. El lema de la bandera de afluel pl'im:el' insurrecto
peruano, claramente se leyó en los exhortos que á la ciudnd
de Arequip()¡ y al cabildo de Cuzco dirigió, sometiénd'Üse con
aquellos dominios al rey de España, pero pidiendo pureza en
la lle1igi.on y en la. justicia (29), Y una, especie de autonomía
ó independencia.: en los d-emás ramos: d-e la administracion,
confiados entónces á funcionarios poco morales, que se apro-
v.echaban de la. distancia de la met'llópo1i para, fa.ltan á. sus
deberes. Los esfuerz0s :ktdependientes, de Tupa~, de quien
sólQ habla.mDs pon seu el: primen inlIDi'recta p~ticQ de los
reinos espa.ñoles en AméTicl\', enc(}ntrax<.mlpontrono·un:c;W.al-
so~ en el q !la., p€!nroÍeroUI tambien SUB. pa¡rtidados a.pIlÍsionados
por . laS' trO'p8:s' que Galyez envió pal'.a. apagar aqu-ella hogue-
r~ que' ElXitendida¡, a.uJlqu1.l; e.0.lt1 mé:ul@!t fue.rw,~ al Pa~uaiY' 'J




CAPÍTULO II 143


á Nueva España, fué igualmente sofocada en su· prinCIplO.
Ocupado Galvez en la organizadon militar de Cuba y en
~1 al'reglo de los gobiernos de la Florida y la Luisiana, per-
maneció despues de firmada la paz algun tiempo en la Haba-
na, donde recibió al prl.ncipe Guillermo de Lancaster, herede-
ro de la corona de Inglaterra, que á la sazon visitaba las An-
tillas; y en noviembre de 1783 regresó Galvez á España, de-
jando integra su autoridad al capitan genp.rál Unzaga. Éste,
que durante la gnerra procuró, aunque con sus atribuciones
intervenidas, impulsar la agricultura y decidir al comercio á
que se aprovechase de las libertades concedidas por la orde-
nanza de 1778, cuando entró despaes en el lleno de sus fa-
(mItades ocupóse, no s610 de las donaciones territoriales otor-
gadas por la córte á los generales y demás militares que
habian asistido á la última campaña, sino al aumento del
número de trabajadores en todas las fincas, á cuyo fin pro-
puso la importacion de negros africanos, que el rey Cár-
los UI concedió autorizando para este comercio á algunas ca--
sas españolas y francesas. Pero mientras éstas, introduciendo
en dos añ0s más de quince mil esclavos, aumentaron la pobla-
áon negra, iba la blanca disminuyendo, 'por regresa!' á sus
plantaciones de la. Florida los cinco mil colonos que se habian
refugiado en Cuba con moti"Vo de las guerras.


La proteccion que en las de la América del Norte habia
concedido España á los independientes de los Estados-Uni-
dos, se reconoció ya entónces como insigne torpeza de los
consejeros de Cárlos lII, que con su impremeditada conducta
Cl"eal'on un gran peligro y una amenaza constante á la inte-
gridad de nuestras posesiones americanas. Acudiendo, aun-
que tarde, á remediar el mal y para evitar otros inmediatos,
se intentó aislar los Estados españoles, cortando toda relacion
con los republicanos del Norte y renovando las prohibiciones
antiguas, sobre admision de extranjeros en aquellos puertos.
Encargado Un zaga de cumplimentar tal mandato en Cuba,
tuvo que expulsar de la Habana en agosto de 1783 á mis-
ter Polloek, primer cónsul y agente mercantil que el nuevo




144 LAS INSURRECCIONES EN CUBA.


gobierno de los Estados-Unidos habia enviado; cuya nueva
torpeza convirtió en amigos desdeñados, y más tarde en ad-
versarios, á los que con diferente trato se hubiera podido te-
ner como auxiliares en una futura organizacion de las in-
mensas posesiones españolas de América.


Despues de haber exigido Unzaga de los ingleses la entre-
ga de San Agustin de la Florida y de ver realizadas en la ca-
pital algunas provechosas mejoras por él emprendidas, como
la construccion de un cuartel para milicias y la instalacion
de los religiosos capuchinos en el oratorio de' San FeUpe, con-
vertido en convento; despues de -cumplimentar la real órden
que prohibia los estudios de jurisprudencia y el obtener el tí-
tulo de abogados en aquella universidad á los hijos de la isla,
medida que si hubiera continuado vigente muchos de los ma-
les que á Cuba han afligido se habrian evitado; y despues de
remediar en Vuelta Abajo la miseria en que un fuerte tem-
poral dejó á los vegueros, el mal estado de salud obligó á
aquel gobernador á dimitir su alto cargo en 1784; siendo
reemplazado por el mismo conde de Galvez, que un año ántes
se habia trasladado á España.


Pero el héroe de la Florida, sólo de paso se puede decir que
estuvo á la sazon en Cuba; pues habiendo fallecido á poco su
padre D. Matías, virey de la Nueva España, fué nombrado
para sucederle, con la mision de expulsar de Guatemala y
de Yucatan los contrabandistas ingleses que allí abundaban;
no habiéndose ocupado durante su corta estancia en la isla
más que de castigar á los hermanos Creagh, regidores del
ayuntamiento de la Habana, por sus inmoralidades y cohe-
chos en la administracion del municipio. Poco disfrutó Gal-
vez tambien del vireinato de Méjico, donde murió en setiem-
bre de 1786, perdiendo la pátria uno de sus mejores gene-
rales.


V árias interinidades se sucedieron en Cuba desde la mar- '
cha de Galvez, hasta 1790, que fué nombrado D. Luis de las
Casas para el mando en propiedad. En ellas se distinguió el
brigadier D. Benardo Troncoso por haber enviado á la Geor-




CAPÍTULO II 145


gia tropas para rechazar las invasiones que hacian las mili-
cias de aquellos Estados Unidos que, protegidos en su inde-
pendencia por España, empezaban á dar los frutos que eran
de esperar despues de la expulsion del cónsul MI'. Pollock.
Hízose notable tambien el brigadier D. José Ezpeleta de
Veyre, que en la larga interinidad de cuatro años, realizó
algunas mejoras proyectadas por sus antecesores y suspendi-
das por la guerra. Armó partidas para la persecucion de
malhechores y contrabandistas, dictó nuevos reglamentos de
policía, autorizó en 1786 el establecimiento de la primer casa
de baños en la capital, dispuso la reedificacion del vecino pue-
010 de Regla, destruido por un incendio, fomentó la introduc-
cion de negros y su venta á módicos precios, empezó á orga-
nizar el regimiento fijo de Cuba y auxilió con toda su autoridad
al comisionado del rey D. José Pablo Valiente, que durante
el mando de su antecesor pasó á la isla á estudiar las medi-
das económicas que su situacion reclamaba. Y terminaron las
interinidades por entónces con el coronel y teniente rey don
Domingo Cabello, que, por su escasa graduacion y condicio-
nes de mando, vióse bastantes veces desobedecido y despresti-
giada su autoridad. En su tiempo, atendiendo á la extension
de la mitra de Santiago de Cuba despues de la agregacion de
las :Floridas y la Luisiana, se dividió en dos diócesis la isla,
erigiéndose en catedral la iglesia que fué de los jesuitas en la
Habana, y nombrándose en 24 de noviembre de 1789 para el
nuevo obispado á D. Felipe José de Trespalacios, que lo era de
Puerto-Rico, á quien se le concedió jurisdiccion en todo el de-
partamento Occidental de Cuba y en el Central hasta Puerto
Príncipe, y su mitra quedó sufragánea del arzobispado de
Santo Domingo, lo mismo que la de Santiago de Cuba, que lo
estaba ya. El mariscal de campo D. Luis de las Casas, ascen-
dido pocos meses despues de llegar á la isla á teniente gene-
ral, desembarcó en Santiago de Cuba en 23 de junio de 1790
y tomó posesion de su cargo el8 de julio en la Habana, po-
blacion que ya conocia por haber estado de paso al dirigirse á.
la Luisiania en 1769 con su cuñado O'Reil1y:




146 LAS INSURRECCIONES EN CUDA


El talento no vülgar, carácter estudioso y actividad m-
cansahle que á las Casas adornaban, diéronle pronto á cohÓ'-
cer en sus disposiciones, dirigidas al adelanto y prosperidM
de la isla, sin embargo de no favorecerle mucho las citcurrs'-
tanCÍas ni los tiempos, alterados con el incendio que la lio'-
guera revolucionaria de Francia iba haciendo iguales en todo
el mundo. Mientras aquella llamarada, que habia por fin de
calcinarlo todo, se exténdia por las colonias francesas y en-
viaba sus reflejos á las posesiones españolas, trató las Oa,sas
de evitar que la revolucion se comunicara á Ouba desde l:1s
vecinas Antillas, prohibiendo absolutamente la entrada de
extranjeros en la isla y dictando disposiciones para la per's~­
eudon de vagos: resíduo que habian dejado allí las emig'tá."-
ciones producidas por lás pasadas guerras.


Preparado así para el cataclismo que creia inevitable, y eh
tanto que llegaba, se dedicó á aumentar la poblacirm blanca
dé la isla disponiendo que los isleños, ó seln los naturales
de las Canarias, cuya intnigracion habia fomentado su ant~­
cesor Ezpeleta, no fueran admitidos en Cuba sino con sus
mujeres ó hijos, con lo cual convirtió en permanente aquella
poblacion flotante que hasta entónces existia solo el tiempo
preciso para ahorrar un pequeño cápital, que lueg'ó iba á
explotar en su país. Y aumentado á la vez el número de bra:...
zos para la agricultura con nuevas introducciones de negros,
autorizadas por el gobierno de la metrópoli, tomó tal vuelo
aquel importante ramo de prosp~ridad que hizo proponer á
Casas para imprimir mayor impulso á éste y á los demás ve'"
neros de la riqueza cubana, la instal.acion de la Real socie'-
dad patriótica ó económica, igual á las creadas en la Penín-
sula por Aranda y Floridablanca, y á la que en Santiago de
Ouba se habia establecido años ántes bajo la proteccion del
marqués de Sonora con el nombre de Sociedad patriótica de
A migas del Pais.


Hecha la propuestlt, se eligió una diputacion para llevarla
ál rey Oárlos IV, formada del conde de casa Montalvo, D. Juan
Manuel O'Farril, D. Francisco José Basabe y D. Luis Peña1-




CAPÍTULO 1I 147


ver Cárdenas, los cuales obtuvieron el decreto real de 27 de
abril de 1791 y lo llevaron á la isla de Cuba. Aquella so"cie-
dad que ya, y cuando sólo estaba en proyecto, emprendió
inspirada por Casas la publicacion de un impreso que sirvie-
ra de conducto civilizador en la isla y extendiese entre sus
habitantes los conocimientos útile3, dió á luz ea 1790 con el
título de Papel periódico una especie de revista semanal (30)
dirigida por aq ueUa sociedad en embrion, que desde el primer
momento destinó el product::> de las suscriciones á formar y
enriquecer una biblioteca pública ó popular, que utilizaban
todos los que á su existencia contribuian como suscritore3 al
periódico.


Instalado con la real aprobacion aquel ilustrado centro, se
dividió en cuatro secciones: de ciencias y ártes, de agricultu-
ra y economía rural, de industria popular, y de comercio; y
asociadas á los fundadores otras nueve pers::>nas de las más
visibles é impJrtantes de la Habana, desplegó la Sociedad
pahiótica bajo la direccion de Peñalver la mayor actividad
en el desarrollo de aquellos intereses cuyo cuidado era de su
competencia. Sus primeros desvelos se dedicaron á la instruc-
cion pública, logrando contar al poco tiempo sesenta escuelas
y más de dos mil alumnos; amplió la enseñanza, limita-
da hasta entónces á lo más rudimentario, y señaló pre-
mios á los profesores que hicieran en la enseilanza adelantos
y á los discípulos distinguidos por su aprovechamiento.


Extendido y mejorado el cultivo de la caña y del tabaco
con los estudios prácticos de la sociedad, é iniciado el del
café con muy satisfactorios re3ultados, uno de los más ilus-
tres miembros de aquella corporacion, D. Francisco de Aran-
go, que veia en los litigios de la justicia ordinaria una traba
á toda clase de desarrollo de los intereses materiales, propuso
al gobierno por conducto del general Casas, la creacion de
una junta ó tribunal de litigios mercantiles que sirviera de
escudo así al comercio como á la agricultura. Accediendo la
corte á tan beneficioso proyecto, adquirió vida el Real consu-
lado de a!l1'iclllttt7'a, Y comercio, firme sostén de la futura.


12




148 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


prosperidad cubana y verdadero centro del fomento de los
intereses locales, compuestó de un prior, dos cónsules, nueve
conciliarios, síndico, secretario y contador, que siempre ac-
tivos y rectos en administrar justicia, desterraron cuantas
corruptelas eternizaban ántes las contiendas en los asuntos
relativos á estos ramos.


y no pararon aquí las mejoras debidas á aquel goberna-
dor durante los ocho aITos de su mando; pues además de las
indicadas, para cortar los motivos de frecuentes disturbios en-
tre los contratistas de las minas del cobre y sus trabajadores
indios, mestizos ó negros, formuló reglamentos, señalando
los jornales y las horas de trabajo y de descanso; para acoger
la orfandad desvaliJa, estableció la casa de beneficencia al
propio tiempo que, segun hemos indicado, perseguia inexo-
rablemente la vagancia; dispuso un censo de pCJblacion
en 1792, que ya dió por resultado 272.301 habitantes, ó
sean 100.691 más que en el censo hecho por el marqués de la
Torre en 1774, consistentes en 37.129 blancos y a9.957 es-
clavos de aumento, cuyo trabajo estadístico se hizo á la vez,
de su órden, en la Luisiana y las Floridas; llevó á cabo el em-
pedrado de la Habana, que tanto se necesitaba; amplió yem-
belleció al propio tiempo su teatro ó coliseo, y ensanchó y re-
formó el paseo de extramuros; mejoró las calzadas próximas
á la capital; restableció el alumbrado público, que despues de
Unzaga se habia suprimido por falta de fondos; dictó nuevas
reglas sobre la edificacion de casas, ofreciendo ventajosamen-
te solares; construyó puentes en los parajes que el furioso
temporal de 1791 le habia indicado ser necesarios; fundó
una poblacion en el puerto del Manzanillo, guarida hasta
entónces de contrabandistas ingleses, con vecinos de Bayá-
mo, á quienes estimuló concediéndoles terrenos, y a1ivió á los
plantadores, que se veian perjudicados por desastres fortui-
tos. Viendo en las rutinas del intendente y del obispo Tres-
pálacios, obstáculos al desarrollo de sus mejoras, obtuvo el
reemplazo del primero con aquel D .. Jose Pablo Valiente, que
años ántes habia estudiado la situacion económica de Cuba,




CAPÍTULO JI 149


el cual en su nuevo destino, organizando la real Hacienda con
sus conocimientos y talento rentísticos, proveyó los medios de
prosperidad general; y al obispo le contuvo dentro de sus
atribuciones, cuando intentó, para aliviar á los diocesanos,
cobrar un impuesto de los fieles á quienes autorizaba el uso
de carnes cuatro dias en cada semana de las de Cuaresma;
cuya bula de concesion no tuvo al fin efecto.


Esta plausible é inagotable actividad, tuvo Casas que de-
dicarla bien pronto, con gran perjuicio de los intereses de
Cuba; á contener las infiltraciones de la revolucion francesa.
En los principios de tan memorable acontecimiento, aconsejó
el conde de Aranda al rey Carlos IV que guardase Espa-
ña una neutralillad armada; pero la sangre de su pariente
Luis XVI, vertida en el cadalso al empezar el año de 1793,
hízole al rey declarar la guerra á aquella niveladora repúbli-
ca el 23 de mayo; resolucion que el general Casas supo al
aprehenderse unos corsarios, y que oficialmente se le participó
despucs. Previniéndose para todo evento, en presencia de ta-
les sucesos, dispuso el gobernador de Cuba fortificar ciertos
puertos y. surgideros indefensos; artillar y municionar las
fortificaciones, y, al comunicar al público la declaracion de
guerra, anunciarle que quedaba cerrada la comunicacion á
todo comercio extranjero.


Tomó Casas estas medidas en la isla, y otras semejantes en
los dominios vecinos al Mississippi, al tiempo que el repre-
sentante de Francia en Filadelfia enviaba agentes para su-
blevar nuestros Estados de la América del Sur, y mantenia
secretos tratos con el gobierno anglo-americano para invadir
nuestra Luisiana y las Floridas. Envió luego una armada á la
parte española de Santo Domingo, comprometida á la sazon
por los ataques de los franceses, que no obtuvo grandes
triunfos ciertamente, y estropeada por sus largos cruceros en
las Antillas, tuvo que regresar á la Habana para carenarse,
mientras las tropas que habia desembarcado allí tomaron la
ofensiva, al mando del presidente D. Joaquin García More-
no, quien tan incapaz como desgraciado, se vió reducido á




150 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


encerrar todo el poder de España en aquella Antilla, en el
estrecho recinto de las fortalezas de Dajabón y Bayajá, al
declararse republicano su protegido negro Toussaint Lou-
verture, y al lanzarse á todos los horrores del desenfreno
aquel otro negro, Juan Francisco, que habia merecido su pri-
vanza.


Firmóse en esto la paz de Basilea, acordada en 22 de julio
de 1795, en la que se convino que España cederia á Francia
la parte que le quedaba en la antigua Espauola de Colon.
Al saberse el acuerdo en aquella primera posesion europea
del Nuevo mundo, quizás olvidada por la metrópoli desde que
llevaba el nombre de Santo Domingo, dióse el grito de
sálvese quien pueda por los plantadores y demás espauoles,
que, temiendo ser víctimas, como ya lo habian sido muchos
franceses, de los feroces y sanguinarios instintos de las gen-
tes de color, que en indescriptible confusion tenian á Haiti,
abandonaron sus propiedades en número de más doce mil fa-
milias, emigrando á Costa firme ya la parte oriental de Cuba,
donde llevaron sin duda el gérmen de las insurrecciones, en-
vuelto en el despecho provocado por su ruina. Ciertamente
que al perderse, con la emigracion de los colonos españoles y
la anarquía de blancos y negros franceses, la riqueza azuca-
rera de Santo Domingo, hasta entónces la más abundante de
las Antillas, trasladábase á Cuba la prosperidad allí nacien-
te, en tan importante ramo de la industria; pero no era en
verdad ésta bastante compensacion, aunque anticipada, á los
males que muy pronto en Costa firme y más tarde en la gran-
de Antilla, iban á tocarse, de la hospitalidad ofrecida á los
dominicanos.


Para atender á éstos, dedicó el jefe de Hacienda Valiente,
de acuerdo con el general Casas, grandes sumas, destinadas
principalmente al auxilio de los emigrados pobres, a quienes
se les repartieron además feraces terrenos; y como entre
aquellos fueran á la isla confundidos bastantes sujetos de los
que dan ocupacion a la policía de todos los países, y necesitan
que una autoridad vigilante no los pierda de vista, renovó Ca-




CAPÍTULO II 151


sas los bandos contra la mendicidad y la vagancia, y verifi-
cándose una leva general de ociosos y mal entretenidos, pu-
dieron reunirse de éstos unos setecientos, que, destinados
oportunamente á los regimientos y á la armada, llenaron al-
gunas de las muchas bajas que aquel verano hizo en la clase
de tropa la fiebre amarilla.


En aquella ocasion pasó tambien como emigrada á Cu-
ba (31) la audiencia de Santo Domingo, que al año siguien-
te, por decreto de mayo de 1797, se mandó instalar en Puer-
to Príncipe; y recordando entónces Aristizabal, que al frente
de su armada protegia los intereses de los españoles en la aban-
donada isla, que en su iglesia mayor existian los restos de
Cristóbal Colon, los trasladó á la Habana en el navío de guer-
ra San Lorenzo, el 15 de enero de 1796, donde, recibidas
aquellas reliquias por las primeras autoridades, corporacio-
nes y personas notables, fueron depositadas en la catedral
donde hoy reposan (32).


A la emigracion de los españoles de Santo Domingo siguió
otra de los cabecillas negros, Juan Francisco, Jacinto y otros,
que, considerados como disidentes por los que en Haiti se ha-
bian apoderado del mando, tuvieron que huir; .pero Casas,
que veia en ellos un elemento de desórden si les dejaba pene-
trar en Cuba, cerróles la entrada y toda comunicacion con
la gente de tierra, y dispuso que un buque de la armada les
fuese convoyando hasta la isla de Trinidad; haciendo luego
lo mismo con Biassou, á quien destinó á San Agustin de la
Florida.


Quebrantado en su salud con tan dilatada gobernacion don
Luis de las Casas, aquel verda:iero civilizador de Cuba, pidió
várias veces su relevo al rey, y por fin, á los pocos dias de
haberse publicado en la isla la declaracion de guerra entre
España y la Gran Bretaña, entregó el mando el 7 de diciem-
bre de 1796 á su sucesor el teniente general D. Juan Proco-
pio Bassecourt, conde de Santa Clara (33).


No era ciertamente con tal principio muy halagüeña la si-
tuacion del nuevo gobernador, quien apenas empuñado el bas-




152 LAS INSURRECCIO~ES EN CUBA


ton de mando, tuvo que apresurarse á dictar medidas de de-
fensa contra los ingleses, que desde la paz de Basiléa habian
estado haciendo el comercio en la isla y en las posesiones es-
pañdas del continente, y que ya empezaban á cruzar en for-
midables armadas los mares americanos, observando el punto
que más pudiera convenirles para engrandecer sus dominios
con nuevas conquistas. La isla de Cuba era el preferido obje-
to de su codicia, incitada por el desarrollo que veian en sus
elementos de riqueza y por su estado de prosperidad, si bien
no se atrevian á seguir las huellas de Albemarle, no tanto
por estar ya borradas con hechos posteriores, cuanto por res-
peto á las inexpugnables fortalezas de la Habana. Santa
Clara, que si nada temia en este seguro puerto despues de
haber aumentado las defensas con las baterías de San Naza-
rio y la que lleva el nombre de su propio título, esperaba
que en otros más débiles realizara sus agresiones el enemigo,
para evitar daños á los colonos españoles, mandó armar las
milicias blancas, fortificar las costas que más lo requerían y
alejar de las proximidades del mar los ganados, autorizando
al propio tiempo á los buques anglo-americanos y franceses
para que pudieran surtir.de víveres á algunos puertos, á pe-
sar de las prohibiciones vigentes. En esto no hacia más aquel
gobernador que interpretar ciertas órdenes de la córte que
permitian el comercio de géneros llevados á Cuba en buques
neutrales, siempre que éstos fueran de los comprendidos en el
privilegio otorgado al conde de Mopox y Jaruco, ó que extra-
jesen los azúcares de la isla para llevarlos á la Península.


Abiertas las hostilidades por los ingleses~ se presentó el al-
mirante Harvey con su escuadra en nuestra isla de Trinidad
el 16 de febrero de 1797, ocupándola seguidamente, tanto por
la traicion de los extranjeros que allí la España amparaba y
protegia, entre los cuales se hallaban los emigrados negros
que Casas no habia querido recibir en la isla de Cuba, como
por la sorpresa de cuatro buques de nuestra armada manda-
dos por D. José Ruiz de Apodaca, que prefirió entregarlos á
las llamas ántes que al inglés. Dirigióse éste desde allí á




CAPÍTULO II 153


Puerto-Rico prometiéndose igual satisfactorio resultado; pe-
ro abandonado de la fortuna, perdió ante el arrojo de los es-
pañoles más de dos mil hombres entre muertos y heridos,
que le obligaron á reealbarcarse abandonando en la fuga to-
da su artillería, municiones, víveres y caballos; cuya derrota,
seguida de la que otra armada británica dirigida contra
Guatemala sufrió, y de la ineficacia de sus amagos en Cuba,
donde en Casilda fué rechazado y en el cabo de San Antonio
hasta se le hostilizó por el mulato Ramon Noroña, hicieron
descender mucho la fuerza moral del poder inglés en las An-
tillas, y proporcionaron á la i:;la horas de reposo y de con-
fianza á sus puertos.


A este tiempo se creó en la Península uua comision presi-
dida por el brigadier conde de Mopox, nombrado segundo
cabo inspector de las tropas de Cuba, dedicada á poblar y
fortificar la bahía de Guantánamo. Mas no habiéndose podi-
do llevar tÍ cabo aquel pensamiento, por la apatía, quizás in-
tencionada, de Santa Clara, ocupóse Mopox en estudiar la
colonizacion de la isla de Pinos, víctima á menudo de la ra-
pacidarI de los raqueros del vecino islote del Oaimán, descen-
dientes de los cási extinguidos forbantes, y fundó la pobla-
cíon de Nueva Paz; pasando luego á dar vida en la jurisdic-
CÍon de la Habana al pueblo de Jaruco, mientras el mar-
qués de Juztiz fundaba cerca de Matanzas la aldea de San-
ta Ana.


Durante aquel corto período de reposo, ideóse el proyecto
de un canal que pusiera en comunicacion la Habana con Ba-
tabanó, atravesando de Norte á Sur la isla en su parte más
angosta, cuyo pensamiento no purIo realizarse tampoco por
rehuir gastos los propietarios de los· terrenos que debia atra-
vesar. Tambien entónces, en 27 de marzo de 1798 visitaron la
isla, desembarcando eIlla Habana procedentes de la Luisiana,
el duque de Orleans, que más tarde fué rey de los franceses
con el nombre de Luis Felipe I, y sus hermanos el duque de
Montpensier y el conde de Beaujolais, quienes allí donde con
tan afectuosa deferencia fueron recibidos se hubieran queda-




154 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


do; pero temeroso Godoy de que la permanencia de los prín-
cipes en Cuba promoviese conflictos con la república france-
sa, les señaló la residencia en Nueva Orleans, que no quisie-
ron por cierto admitir, trasladándose á las islas Bahamas
6 Lucayas donde el duque de Kent los recibió amistosa-
mente.


Quizás ellos mismos le dirian al inglés cuán formidables
eran los preparativos hechos por Santa Clara para repeler
sus agresiones, y decimos esto, porque las armas británicas
no llegaron al fin á cumplir su amenaza de invadir á Cuba, y
s6lo sus corsarios de las Antillas, haciendo desembarcos en
costas desamparadas, cometieron insignificantes depredacio-
nes en las viviendas de los ribereños.


El conde de Santa Clara, que no por dedicar sus preferen-
tes desvelos á los asuntos de la guerra, olvidaba las mejoras
que el estado de civilizacion de Cuba reclamaba, realizó en-
tre otras la traslacíon á extramuros del matadero de reses
qne estaba dentro de la ciudad, encargando su estableci-
miento en el sitio del Horcon al regidor D. José Armenteros;
ensanchó considerablemente el paseo del Prado, hermoseán-
dolo con fuentes; aubrizó el establecimiento de nuevas casas
de baños; amplió el hospital de San Ambrosio, y levantó la
iglesia de Jesús y María, al mismo tiempo que su esposa do-
ña Teresa de Sentmanat extendia sus caritativas obras desde
el hospital de mujeres de San Francisco de Paula á todos los
puntos donde la desgracia reclamaba su proteccion. Pero la
ancianidad y el mal estado de salud contínuo de aquel gene-
ral, por serIe inconveniente el clima de la isla, obligáronle á
pedir muchas veces su relevo, el cual obtuvo por fin á los dos
años y cinco meses de mando, reemplazándole á mediados
del último año del siglo XVIII el mariscal de campo marqués
de Someruelos.


En el gobierno de Santa Clara damos fin al tercer período de
la historia antigua de la isla, porque en él, planteados ya to-
dos los elementos civilizadores y dispuestos aquellos habitan-
tes para entrar en una nueva vida de ilustracion y proilpe-




· CAPÍTULO Ji 155


l'idad, se completaban los propósitos de Cárlos III, que, al co-
nocer por el cariño que á Cuba maniféstaron naciones ambi-
ciosas lo que valía y pudiera prosperar, la dedicó sus predi-
léctos cuidados; y como entónces apenas el gérmen se cono-
cia allí de las tendencias insurreccionales nacidas de la revo-
lucíon francesa, que caracterizan la vida moderna de los
pueblos, empezaremos ésta con el siglo XIX, en cuyos prin-
cipios fué cuando la revolucíon española, al trasplantar su es-
píritu á los domini0s del Nuevo mupdo, desprendió de la secu-
lar monarquía de España aquellos recuerdos de nuestra glo-
ria que aún nos hacian poderosos.






CAPÍTULO IXI.


I. Historia moderna de Cuba.-Orígen y tendencias de las -di-
ferentes clases sociales de la isla.-Opinion pública al empe .
zar el siglo XIX.-Epoca de la educacion política.-Manif esta-
ciones civilizadoras y políticas.-Literatura y costumbres.-
Los poetas y las pelonas.


n. Gobierno del marqués de Someruelos.-Administracion de la
Hacienda por Valiente y Viguri.-Cesion de la Luisiana á los
Estados Unidos.-Emigrados de Santo Domingo.-Guerra con
la Gran Br~taña.


III. Sucesos en España despues del tratado de Fontainebleau.-
Motin.de Aranjuez.-EI Dos de Mayo.-Cautiverio de la fami-
lia real.-El rey José Bonaparte.-Instalacion de la junta de
gobierno en Aranjuez y en Sevilla.


IV. Efectos en Cuba del levantamiento de España.-Reunion
de notables.-Actitud de Someruelos.-Reclamaciones de la
infanta doña Carlota.-Reconquista de la parte española de
Santo Domingo.-Inconvenientes políticos y económicos en
Cuba.


V. Movimiento sedicioso en la Habana en marzo de 1809.-Ma-
nifestaciones políticas de la opinion.-Decretos de la Junta
suprema gubernativa del reino.-Convocatoria de Córtes.


1.


Ántes de referir los sucesos que caracterizaron el mando
del marqués de Someruelos, período que puede considerarse
como el verdadero principio de la época moderna ó de la
prosperidad y de las insurrecciones en la isla de Cuba, re-
cordaremos los motivos que dieron origen á los ódios de raza




158 1-.-\S INSURRECCIONES EN CUBA


entre las diferentes clases de sus habitantes, y que formaron á
fines del pasado siglo y primeros años del presente las divi-
siones en la opinion que más tarde habian de traducirse en
manifestaciones de partidos políticos y sociales. Tambien para
la natural y clara inteligencia de los hechos que en la isla se
desenvolvieron, desde el principio del mando de aquel gober-
nador á la declaracion de guerra al imperio francés, pro-
clamacion de las libertades y su consiguiente aplicacion y
desarrollo en las Córtes; y de los que siguieron á la reaccion
de 1814, hasta que la existencia, tendencias y trabajos de los
partidos políticos se manifestaron, daremos á conocer la ma-
nera cómo se iba formando el estado moral y el efecto que en
su desarrollo produjeron aquellas mudanzas políticas. A este
fin subdividiremos la historia moderna de Cuba en tres partes;
la de educacion política que terminó en la indicada r~accion de
] 814; la de propaganda ó de sociedades secretas, que tuvo por
límite el levantamiento del general Lorenzo en Santiago de
Cuba el año de 1836, y la de rebeli01¿ que, empezando entón-
ces, no ha terminado todavía.


Señalando en un pueblo su origen de conquista, implícita-
mente debe suponerse un principio de Mios; pero éstos, que
conla acciondel tiempo suelen borrarse en nacionalidades aná-
logas, se hacen perdurables entre razas diferentes. Y esto su-
cedió en América.


Los primeros compañeros de Colon, que al regresar de su
primer viaje sólo aportaban, con los átomos de gloria que por
tal empresa pretendian corresponderles, las huellas que en sus
imaginaciones dejaron aquellos ardientes rayos del sol tropi-
cal, despertaron con pintorescas descripciones la codicia de
las gentes, ya ociosas despues de la toma de Granada, que
no podian vivir sin aventuras, y á ellas se lanzaron en las si-
guientes y ya numerosas expediciones que salieron para las
Indias occidentales, paraiso dorado de los sueños del almiran-
te, en busca de los veneros del rico metal que éste solo habia
vislumbrado.


De tales aventureros y de alguno que otro criado de los




CAPÍTULO III 159


reyes y de casas de los grandes de la época, y áun de hombres
reñidos con la vida normal y con la tranquilidad pública, y
de soldados sin fortuna, componíase la expedicion que con-
dujo Sebastian de Ocampo para reconocer á Cuba, y la que
tres años despues, al mando de Diego Velazquez, fué para
tomar primera posesion de la tierra que el bojeo de Ocampo
decidió ser una isla y no parte del continente ni ninguna de
las del reino de Oipango.


Sabido lo que es una conquista, y despues de lo referido en
los anteriores capítulos, no debemos afligir el ánimo con el
detalle de sus horrores. Aunque ingénuos los indios, no pu-
dieron librarse de las consecuencias del primer trato c~m los
expedicionarios, que no entendian por cierto de sutilezas, ni
en ellas se paraban á pesar de la protectora buena intencion
de los jefes espauoles; y de aquí la prevencion y las sedicio-
nes de aquellas gentes sencillas contra los que les oprimian,
que creyerou en un principio séres superiores y les veian
despues dominados por pasiones de todo género. Yesto no
era extraño, ciertamente; pues posesionados los conquistado-
res de la especie de feudos que les correspondieron, empeza-
ron á ejercer su dominio segun las prácticas acostumbrada"
en aquellos tiempos, y como nada intentaban inventar, á la
vez que para su uso establecian la administracion munici-
pal, imitaban respecto de los indios, lo que habian visto ú
oído de los señores absolutos, ya que muchos de ellos jamás
Jo habian sido, y usaban ó abusaban del trabajo de sus sier-
vos exagerando ó no el poder de poseedores, con arreglo á
sus naturales tendencias. Ni era extraño tampoco que, priva-
dos de afecciones tiernas que dulcificaran sus rudos instin-
tos, se dejasen arrastrar con frecuencia en los actos de domi-
nio á ciertas manifestaciones más ó ménos absurdas. Era la
época la que representaban aquellos aventureros, y punto
imposible hubiera sido exigirles que la despojaran dc su ca-
racterística rudeza.


Un hombre fanático, de buena intencion ó ambicioso qui-
zás, pero poco político y nada prudente á las veccs, como lo




160 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


eran muchos de los frailes, sus contemporáneos, el P. Barto-
lomé de las Casas, obispo más tarde de Chiapa, se impuso la
obligacion de instruir á los indios y de prevenir sus ánimos
contra las demasías de los nuevos señores; y al propio tiempo
que cimentaba este Mio de raza y esparcia el primer espíritu
insurreccional, pedia á los reyes de España proteccion para
aquellas ignorantes criaturas, convirtiéndose á la vez en su
apóstol y defensor. Consecuencia natural de tales predicacio-
nes y del prestigio adquirido por Casas, debia ser el retrai-
miento de los isleños, y la mayor opresion de sus amos, á me-
dida que la primitiva docilidad disminuia; y consecuencia
tambien la rápida desaparicion de los hombres, unos, bajo el
peso de fatigosas ocupaciones, y por esconderse en los más in-
trincados bosques de las montañas, los otros, que creian
interpretar con más exactitud las palabras del padre y pro-
fundizar la intencion de sus religiosas predicaciones.


Quedaron entónces las mujeres indias, donde no las ~abian
llevado de España los exp3dicionarios, en el propio domicilio
de éstos, y de tal proximidad nacieron muy pronto mestizos,
que, criados en la casa del señor, se creian con derecho á par-
ticipar de sus propiedades ó de algunas de las ventajas, que
la superioridad orgánica sobre la raza de sus madres, les ha-
cia suponer. Mas corno estos frutos no los consideraban legíti-
mos los españoles, cuando morian, abandonaban aquellos hijos
á la ventura, muy léjos de su idea, que á la sazon se hubiera
tenido tambien por absurda, de mirarles como herederos le-
gales; y careciendo de éstos, más ó ménos inmediatos, deja-
ban su feudo ó sus bienes á los frailes recien instalados, con
lo cual se originaban males de gran trascendencia, como dis-
minuir el número de colonos, concentrando la riqueza en ma-
nos muertas, y dejar vivo un sentimiento de ódio profundo
contra los compañeros de sus padres, en el corazon de los hi-
jos del cruzamiento.


No tardó mucho, sin embargo, en atenderse, aunque im-
perfectamente, al remedio de este mal, accediendo la córte á
la regularidad de los matrimonios aconsejados por el P. Ca-




CAPÍTULO III 161


!as, y autorizando la inmigracion de mujeres europeas á las
islas occidentales. Con todo ésto no se consiguieron tampoco
resultados completos, porque el mal estaba hecho, las cos-
tumbres seguían las mismas, y eran ya numerosos los mes-
tizos que iban reemplazando á los indios que desaparecian;
cuya nueva generacion, envenenada por las decepciones y los
sufrimientos propios del abandono, ni podia entónces, ni lle-
gó nunca á ser sinceramente amiga de los conquistadores.


Cuando éstos vieron escasear la primitiva raza y la falta
de brazos para el trabajo, y Casas, entre otros, llevaron la no-
ticia á los reyes, se tuvo la funesta idea de reemplazarlos con
esclavos negros del Africa, ya que los de Andalucía se ha-
bian agotado en la Española; y realizándola desde luego, au-
torizóse su introduccion en las posesiones americanas, qui-
zás tanto para atender á esta necesidad, cuanto por lucrarse
con los tributos impuestos á las empresas concesionarias y
tambien por la perspectiva de las dádivas que de éstas reci-
bian los favoritos de la córte. Del comercio de la nueva raza,
se desprendió pronto otra, que pudiera en América llamarse
subraza., y fué la de los mulatos hijos de español y de ne-
gra, y, además, una especie distinta, resultado de la confu-
sion de mestizos, mulatos, indios y españoles, que, cual las
otras de color, jamás pudo tampoco mirar con benevolencia
la superioridad y el dominio de los hijos de España.


Corrieron los tiempos, y la poblacion europea, desde el de-
partamento Oriental donde está Baracoa, primera ciudad de los
conquistadores, se fué corriendo á occidente, donde nacian
los primeros establecimientos mercantiles; dejando, si no ais-
lados, con muy poca vida de relacíon á aquellos primitivos
pobladores de la parte oriental, quienes en su abandono,
fueron instintivamente asimilándose y formando, sobre sus
viejas costumbres, otras distintas de las del Oeste, donde por
el puerto de Carénas ó de la Habana, punto preferente de co-
municacion entre el moderno y el antiguo' mundo, penetra-
ban los aires civilizadores que los últimos aventureros traian.
Muchos de éstos, que ya no caballeros ni soldados eran, sino




162 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


agricultores y comerciantes en su mayoría, se extendieron
por todas las costas, fundando poblaciones generalmente es-
pañolas, que con el comercio de esclavos tomaban colores y
clases distintas, las cuales, afines con los hijos de las prime-
ras hibridaciones, pronto con ellos se ponian en inteligencia,
mientras los fundadores, enlazados con hijas de europeas, de
originaria pureza muchas veces cuestionable, dieron vida
á una parte muy principal de la masa del pueblo criollo ó de
los hijos del país.


Mimados éstos desde su cuna, heredando del padre, más
que su vigor fisico, las dotes intelectuales, enriquecidas con la
imaginacion que produce aquel ardoroso clima, y educados
al contacto de las perezosas gentes de color, empezaban por
resistir las faenas duras en que se ejercitaban sus mayores,
y de este primer choque con el autor de sus dias, y de la va-
na soberbia engendrada por la ilustracion, superior tí. la de
aquel, que recogian los ociosos criollos en el trato con los. últi-
mos aventureros desembarcados en las nuevas poblaciones;
así como de la instintiva tendencia á indianizarse ó identifi-
carse con su país natal, nacieron los antagonismos y hasta
los Mios de hijo á padre, de am9ricano á español, de criollo
á peninsular.


Los hijos de los hijos de jefes de expedicion ó de sujetos
principales casados con españolas, ó sea los descendientes de
los primeros pobladores de raza pura, aunque criollos tam-
bien, no tuvieron ocasion de engendrar ódios tan inmediatos,
por el aislamiento de la elevacion en que vivian y por las co-
modidades que disfrutaban; pues dueños de grandes propie-
dades desde la conquista, formaban una clase privilegiada,
núcleo des pues de la nobleza y de los notables de Cuba, que
se creia superior por antigüedad de nacimiento á las eleva-
ciones relativamente modernas hijas del comercio. Estos no-
tables, conservando su tradicional altivez, apénas se digna-
ban descender, no sólo hasta los nuevos aventureros y co-
merciantes, sino al trato de ciertos funcionarios públicos, por-
que tambien su educacion aventajaba en mucho á la de éstos,




cAPirULO In 163


y de aqui que 8tl finalizar el siglo pasado y cuando la pohla-
don él'a ya considerable y los elementos civiliztdores habian
ascendido á lliiI.yor escala, aquella clase que con la concen-
tracion de intereses y de saber habia aumentado e11 respeta-
bilid8.d, era ya distinguida (tomo la agrnpa.cion más impor-
tante de las de la ida y lÍun de la raza blanca en Cuba. Com-
pueats esta á la eáZ0l\ 00 aquellos y de estos criollos, de los
peninsulares y de lo!! extranjeros, si no se oetlpa¡ba mnchó
eh ilustrar, dirigia. su, esfllerzos á. oonservar el equilibrio
social y la tranquilidád y toutener en su esfera de trabajado-
res las variedades distint41.s de gel1tes de color.


Los blancos penini31llMes1 que en aquella époéa y aúa mu-
cho des pues no iban á la isla COMO funcionarías públioos, em-
pezaban de or.iiu8l1'io á ejeI!cer s.u actividad en el comercio,
en la indnstria ó en lff,~ grandes propiedades agrícolas en
clase de dependientes; y COII10 su ~iempo todo lo dedicaban al
trabajo asiduo y constante qlle les proporcionara, tras de una
vida ooGn6mica y laboriosa, la independiente posioion socÍla\
de las gantes a.comodadas, si no sucumbian en: la empres!lt;
lo cual sucecli8. con frecuencia por no permitir aquel clima.
sino moderada r0bustez y ordenada ocupacion, llegaban por
fu\, los diez 6dooo pOit ciel'lwque vendan la incletnencia -tí las
cont1ariedades d'e 18. s.c\leí'te, á conql1i~tar ia h-oIg&da posiciori
en que BaIlaron. Ent6nees, sus hijos criollos eran víctimas
del cariño imprudente de los padres, y éstos de la exigua
instruccion que durante su lucha con la fortuna no tuvieron
ocasion de pulir; y los criollos, que como hijos del rico iban ó.
nutrirse en las fuentes de il115tracion desconócidas de sus ma-
yores, fuentes no siemprél náeionales ni patrióticas, donde
aprendían á despreciar la ignorancia, venian despues á prac-
ticar sfis desprecios en la propia casa de 1 JS. autores de sus
días. A la muerte de estos j acelerada muchas veces por la
conducta de aquellos mismos hijos, pasaba la. fortuna na vin-
culada que pt)rreil'lll á SllS ilustradas herederos, que, en su
mayoria pronto daban de ella fin acompañados de los vicio-
sos paisftnos de tolas- claS'es, sexos y condiciones que les ayu-


13




164 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


daban á consumirla, y entt'e los cuales, abrumados por los
pleitos que la disipacion engendra, consumian la existencia.
legando á sus descendientes la miseria y la desesperacion (1).


Los empleados, que usando comunmente de las tortuosas
prácticas de la época, se enriquecian en su mayor parte, ó
regresaban á continuar sus servicios á la metrópoli, y cuan-
do no, solian enlazarse con hijas del país cuyos padres ha-
bian sido opulentos, con el fin de justificar el boato de fortu-
nas no siempre bien adquiridas; viniendo sus descendientes á
seguir de ordinario la suerte de los demás criollos deshereda-
dos. Esta especie, procedente de casas acomodadas en ruina
y compuesta de señores sin patrimonio, era el núcleo de la
clase media ilustrada; cuyos individuos, sin aficion á trabajos.
serios y al abrigo de la cúria, ó sujetos á los empleos nacidos
del impulso que la Real Sociedad patriótica habia dado al
desarrollo de todos los intereses de la isla, así en la instruc-
cion pública como en la industria, á fines del siglo XVIII
cpnstituian una agrupacion inteligente, que dió hasta poetas,
entre los papelistas y oficiales de causas y que vivia peno-
samente con el recuerdo de su procedencia y la realidad del
no poseer.


Los notables del país ó antiguas familias criollas, ricas.
siempre si habian conservado la vinculacion ó integridad
de los bienes, y poseedoras de una ilustracion relativamente
superior, representaban en determinados puntos las clases
altas de los hijos de Cuba. A ellas pertenecian los grandes
agricultores y principales ganaderos; aquellos, habitando ge-
neralmente en el departamento occidental, en la época á que
nos referimos, yen el del Centro y el de Oriente los otros.
Los primeros, seguían desde la Habana las oscilaciones civi-
lizadoras y políticas de los tiempos; y aislados los segundos
en los lejanos y extensos territorios donde vivian, apenas de
las últimas novedades tenian noticia, y si algun rumor les
llegaba, provenia más bien de los puertos secundarios rela-
donados con las islas vecinas de Santo Domingo y de Jamái-
ea, que de la capital, emporio ya entónces y estancia de la.




CAPÍTULO III 165


ilustracion europea en las Antillas. Los individuos de estas
clases en el Oeste, eran generalmente muy amantes de Espa-
ña; y ganoso s siempre de cultivar sus relaciones con las au-
toridades, y ávidos de los honores y distinciones que la córte
dispensaba, contribuyeron más que ningunos otros al mo-
vimiento civilizador de la isla, al desarrollo de sus intereses
materiales yal planteamiento de toda clase de mejoras. Fue-
ron constantes auxiliares de los gobernadores y capitanes
generales en la defensa de la integridad de la nacion, como
ya hemos visto; significándose en todas ocasiones como ver-
daderos patricios, así en los casos de guerra y de calamidades
públicas, como en la misio n altamente gloriosa de fomentar
en la Sociedad patriótica y en el Oonsulado todo~ los ramos
de riqueza y de adelanto social. De aquí el que cuando los
movimientos políticos de la metrópoli descubrieron otros ho-
rizontes, los hombres de la primera clase pedian las reformas
que aumentaran su influencia y autoridad y les facilitasen su
aproximacion á la de los gobernadores superiores; mientrae
los ganaderos del Centro y de la parte oriental, impresionados
al ménGs, sino identificados con los mestizos, que por tradi-
cion conservaban sus sentimientos de indepsndencia, soña-
ban con una libertad mayor á la que·las leyes de Indias les
concedian, y hasta pretendieron poseer de derecho aquellas
facultades de cacique que de hecho usaban en los extensos
bosques é interminables sabánas que les pertenecian (2).


La clase de los extranjeros estaba formada por lo comun
de emigrados procedentes de las próximas colonias, algunos
de los cuales ni como extranjeros podian considerarse, y
eran españoles, más bien por su procedencia de colonos domi-
nicanos, escapados y áun espectadores ó actores en los últi-
mos movimientos revolucionarios de la vecina isla Española.
Éstos, como los extranjeros propiamente dichos, proceden-
tes en su mayoría de la misma isla de Santo Domingo, dedi-
cábanse con preferencia á la agricultura y á las industrias
derivadas de ésta, sin mezclarse aparentemente entónces en
los negocios políticos.




166 LA.S INSURRECCIONES EN CUIlA.


Y, por fin, las gentes de color libres de la servidumbre,
deiheredadlls con cortas excepciones, y enemigas constantes,
no sólo del colono blanco, porque no podían pC>r la ley aspirar
á machas de sus privilegiadas ocupaciones, sino del enrique-
cido con su laboriosidad, pues eran y son refractarias á todo
trabaJo espontl'meo, alimentaban en silencio sus ódios, que
r~rimian por temor al castigo, y sola.mente los hacian esta-
llu eGaooo eontaban con la impunidad, Ó reunidos en gran-
dea masas, que gU limitado juicio creia invencibles, se lanza-
ban á 8Ublevaciones jamás en Cuba por fortuna triunfantes.


Eíita diversidad de clases engendraba la consiguiente mul-
tiplicidad de aspitaciones, y aun cierta emulacion entre ellas,
que las hacia caminar á un deslinde segun los intereses
y las opiniones respectivas; contribuyendo mucho á. la furma-
ciofi de éstas en lo polítiéO, 130 supm-iol'idad de conocimientos
prácticos que poseían los emigrados de Santo Domingo, que
por las luchas de partido y de raza, llevadas allí al tiempo de
verificarse las revoluciones norte-americana y francesa, se
vi~ron obligados á abandonar sus domicilios de aquella isla,
temerosos de perecer en las contiendas ó por no sufrir el
yugo de los triunfantes hombres de c(}lor.


Entre estas clases, las de los blancos espa.ñoles se distin-
gu:ian ya nominalmente, hácia el último tercio del &iglo pa-
sad(}, segun hemos visto en escritos de aquella época (3~, en
españoles europeos y españoles americí:!;nos ó criollos; aunque
todavía. no figurabll. la diferencia como divisa de campos po-
litiws opuestos, ni era la bandera de ódiod que se levant6
:más tarde.


Los criollos 6 hijos del pais engenaral, asilos ricos como los
desheredados, y éstos principalmente, oyendo hablar de pátria
& 108 peninsulares, y con más frecuencia á todos al emanciparse
los Estlldos-Unidos de la América del Norte, pretendieron te-
ner una própia, y sus sueños los consideraron muy prúximos
á. la realidad al ver la independencia de aquellos Estados y
al presenciar las ocurrencias de la vecina isla de Haití. Has-
ta entónces no se habian parado á meditar sobre los antago-




CAPÍTULO III 167


nismos tradicion,rues que conservaban las gentes de color, y
en a.quella ocasion empe4aron á hacerse solidarios de tal
animosidad y á distinguir por pátria própia aquella en doooe
habian nacido, con excluslon de la que era comun. á todos los
que amparaba el pabellon d.e Espa.ña. Formando de la pala-
bra. el ooneepto, dieron calor á la idea y salió la costumbre de
mira.r como compatriotas á los que habi.aJ:;l. nacido en el suelo
de Cuba; designando coo el nombre de europeos en un princi-
pio, y con otrós calificativos despues, á los habitantes espa-
ñoles de la isla, que siendo de la pátria comnn, no habían
visto por primera luz la del sol de los criollos.


Los poetas vulgarizaron más la idea {4), y cantando á la
nueva pá,tria que se habían formado los dominicanos en su
incipiente república, destruida despues de haber salido de las
tDrpes manos de su presidente, dieron vida á una aspiracion
hasta allí desconocida, y á la que el tiempo más adelante cam-
bió sus proporciones y forma. La Real Sociedad patrótica,
madre y censora á la vez del recien nacido periodismo de la
isla, que permitía en 1793 (5) «b.endecir á Dios por la obra de
»)10s patriotas beneméritos que periódicamente comunicaban al
»)público sus luces, talento y doctrina sábia, Sana y útil, qes-
»terrs.ndo de Cuba las- ti.J;úeb}as que empañaban la mente,
»ahuyents.ndo la barbarie y haciendo aparecer en el hemisfe-
»rio habano, como risueña aurora, la hermosa luz de la filoso-
»fís» (la filosofía moderna y arreba.tadora de los enciclopedis-
tas); autorizaba tambíen que en las publicaciones se mezclase
sin criterio fijo en sus primeras censuras 10 grave con lo pue-
ril, ocupándose con igual seriedad en plantear las bases de la
educaeiou primaria, que en propagar la vacuna (6), y lo mis-
mo trataba de la construccion de trojes ó ques(J()ljJ'¿(fj,es. donde
eonserV8¡U el maiz. los indio.;; del valle de Toluca (7), que de
los principios racionales del cultivo agrícola., y así de econo-
mia fUf81 c) de los adclantos de la industria. que de la venta
de bienes y de esclavos. Aquella 80cifldad patriótica tan en
ooga., como hahian es~do el malórQlfcn. y las tiranas y en-
tónces los bo101'os, ¡regun de público y áun por escrito se de-




168 LA.S INSURRECCro~ES EN CUBA.


cia, inspirando á la prensa, preparaba el terreno donde se co-
gian pocos años despues las primeras fiores de la literatura
cubana, y que convertido más tarde en campo político, pre-
2enció los combates que dieron por resultado las sangrien-
tas discordias de los tiempos presentes. .


Verdad es que en el mismo año (9), hablando la Rea18ocie-
dad patriótica por medio de su periódico, decia «que para ser
»equitativos con todo el mundo y no cometer errores grose-
»ros, no debian adoptarse los partidos,» lo cual demuestra que
ya á la sazon los habia; y es tambien verdad que en 1794 re-
comendaba la Sociedad su papel, «no como obra de polémica,
»sino como entretenimiento honesto y de diversion sensata,»
por lo cual insertaba las anécdotas, historias, escritos sobre
música y de otras materias de general utilidad. Pero es
igualmente cierto que aquella Sociedad, encargada de admitir
ó negar el pase á los artículos ó discursos, segun se llamaban
al empezar el siglo actual, que se remitian para su inse,rcion
en el periódico, como patriótica que era, mostrábase benévola
de ordinario con sus paisanos los patriotas, que al publicar
sus discursos sobre civilidad ó cortesia, no se olvidaban de za-
herir y ridiculizar á los recienllegados peninsulares de escasa
educacion; á la vez que encubrían las imperfecciones de los
indoctos naturales, aunque fueran guajiros, á cuyos hijos,
y áun á los de españoles, les estimulaban con premios en las
escuelas para que progresaran rápidamente y confundieran
con su ilustracion á los hijos de España que no habían podido
obtenerla. Y no sólo á los desdichados aventureros dirigieron
determinadamente sus censuras, sino que, cuando las guer-
ras y otras atenciones de la gobernacion tenían más preocu-
pada la autoridad del capitan general, aprovechábanse de las
circunstancias los pertinaces patriotas criollos, para repetir
con más fuerza sus ataques, así contra los comerciantes yem-
pleados, como contra los españoles ó iberos, segun decian en
alguno de sus escritos (10).


Los empleados que el rey de España destinaba á la gober-
nacíon y administracion de justicia en la Antilla, eran los pre-




CAPÍTULO III 169


feridos para blanco de sus tiros (11). Tales funcionarios,
aunque fuera cierto que ni durante el mando d~ Someruelos,
ni áun más tarde, comprendiendo la época que atravesamos,
-estuvieron .siempre á la altura de su mision en aquellos tri-
bunales, si muchas veces prevaricaron, por instigacion fué,
sin duda, de los mismos que despues les echaban en rostro
su falta, y se complacían con la murmuracion y la injuria en
desdorar el nombre español. Pero ni esto ni mucho más era
de extrañar en los que para calificar con todos los epítetos
denigrantes á los españoles, hasta se mofaban del. aflictivo
estado en que tenia á España la guerra con los franceses;
y estas mofas, con fingida inadvertencia, las dejaba pasar la
~ensura de la Sociedad patriótica (12).


Una vez en este camino, siguió la prensa su obligado der-
rotero sin que la Sociedad patriótica la hiciese desviar; y así
en la A urora y .B't .lJuende cerillO en el A viso de la Haba-
na (13), que era el segundo nombre adoptado por el primitivo
Papel periódico, no solo se censuraban por los patriotas las
reuniones que los comerciantes peninsulares tenian en sus
tiendas, y por los españoles los concursos familiares de las
mujeres criollas (14), y las tertulias que los desocupados
formaban en el placer de la Punta (15), sino que exage-
raban en articulos necrológicos las virtudes Je los cubanos
que morian, para zaherir la susceptibilidad de los peninsula-
res (16). Lamentaban que las reformas de estudios decretadas
en la metrópoli el 5 de julio de 1801 no hubieran pasado á la
América, «donde era regular que se participara de aquellas
»ventajas» (17); referian los hechos de la Francia republicana
y popularizaban canciones patrióticas, para extender las
ideas de libertad (18); ridiculizaban al intruso rey José Bona-
parte, para desprestigiar el principio de autoridad (19) y
aflojar las trabas de la obediencia, y atacaban á los maestros
de la pontificia Universidad, tratándolos de ignorantes (20).
Lanzados por esta pendiente, sin que la autoridad lo notara
ni lo evitase, decian los patriotas en un periódico, que «como
·»buenos ciudadanos no debian omitir medio alguno que se en~




170 LAS INSURRECCIONB.S EN CUBA


1>csminase á aumentar la ins1ruccion y disipar laa preoeupa-
~ones de la madre patria, ó sea Cuba»; «que tOO,o vi.viente
»pemeiael derecho de censurar cuanto veía yno le aeomooase,»)
y que «debían ponerse de relieve los abusos que exigian cor-
reecion;» entre los eU81es citaban, oomp:roodiéndola en este ca-
so, la rea16rden de 17 de junio de 1801, que mandaba consi-
derar en posesion de sus destinos á. los oficiales militares
desde el dia en que sus nombramientos se Pllblica.ran en la
Oaceta ae lifaaria.


A esta propaganda de libre ex:ámen sobre los actos y los
que empezaban á mirar como vicios del gobierno de la me-
tropoli; á esta oposicion, escudada con el broquel de sus bU0-
nas intenciones, y movida, á su decir, por sentimientos los
más patrióticos, J?8ro hecha con bastante desembozado carác-
ter político; las mujeres cubanas, que en punto á reformas
y quizás á iniciativa y á energía han ido siempre más allá
que los hombres, respondieron calurosamente mani~estando
sus simpatías al general Bonaparte porque, cuando era toda-
vía republicano, habia mandado desterrar de sus tropas el uso
de las trenzas y pelucas, al inaugurar oon esta medida sobre
policía, con el uso del pantalon y el planteamiento de sus re-
formas tácticas, la organizacion de los ejércitos modernos.


El carácter varonil de las indias antillanas llamó ya á
principios del siglo XVII la atencion de los viajeros y de los
hombres pensadores de la épooa, que lo atribuían á tI'adicio-
nales recuerdos de la procedBncia arouaflue, que hemos in-
dicado; así como la natural inclinacion á. emanciparse de los
suyos y á simpatizar con hombres de los continentes, puede
atribuirse en las descendientes de las indias á la. melIllOria de
sus orígenes de las eostas de Caribana y de su primitiva
progénie, obligada por el rapto á vivir en las Antillas. Por
esto sin duda, las cubanas, ya desciendan de indígenas, ó
por los ejemplos de la costumbre indianizádas (21); ya atrai-
das por la tendenoia bastanté natural en la mujer á sobrepo-
nerse á toda autoridad, cuando la vigilante del hombre ó el
freno del decoro no la contiene; ya tambien por la superiori-




C.A.PÍTULO m 171


dad que las dá en aquellos grados de l-a.titud la ms.yor resis-
tencia. á los rigores de. un clima, que Sil mayw a.ceion la ejer-
ce OObre el hombre convirtiéndole en indolente y ab~ndona­
do. por todo esto quizás, aparecen las antillanas GQn un valor
re~tivamente superior 31 de los BUyQS~ ~()n una inioiativa y
una acometividad desconocidas en laa mujeres de otras re-
giones, y con un carácter de independeneÚl. no propio ni co-
rnUD, ¡x>r fortun~, en el bello sexo. Pero fueran estas ó no
las razones para probar el independiente caráoter y sus va-
roniles arranques, es lo cierto, que las mujeres de Cuba, en
los tiempos á que nos referimos, manifestando á la revolucion
francesa y aun á la de la vecina isla de Haití adhesiones pú-
blicas que los hombres apénas con tímidas figuras retóricas
expresaban, pusiéronse de acuerdo~ las que eran hijas del
pals, é inauguraron á fines de 1807 la moda de cortarse el
pelo (como en 1868 siguieron la de dejarlo todo suelto), para
distinguirse de las mujeres españolas peninsulares, cuyos pa-
dres ó esposos no se habian declarado por las ideas liberales
de los reformadores franceses. La prensa suscitó oon tal mo-
tivo animadas polémicas en pró y roa contra de las que se dis-
tinguían oon el nombre de pe1a'Jt.a8. CondeIUJ.ndo la moda pi;}f
ridícula los pootas pu.ra.men:te .espa,iiQ).es {~), defepdiéronla.
los vates cubanos, y lanzaron en a.qu.élls. oeasíon por primera
vez $Obre los españoles el calificativo de flodos (23), que lue-
go se adoptó y aun se usa en muchos Estados del continente
sur-americano, que pertenecieron á España. Tales polémicas
continuaban en 18Il, y creemos que no terminaron, ijiDO con
el primer período de la revolucion liberal espa.ñol~ en 1814.
Diéronse á conocer entónces los p~etql.s Bergaño y Villegas,
Zequeil'a y Arango, J. H. de Otero, Bonilla y &a.n Jl¡lalil., Na-
zarlo Mimo, que indk--tintamente hacia uso del seudónimo B,a-
miro Nacito 6 el de Rozita Nomira, y lQS que se firmaban
Nicolasa Mes:{X)u"let, Miguel Anibal de Narea, Pedro Lojai~
sal', Láza:ro Marotillo de 'fincis, Santos Migut&. J. A. P.,
L. A. A., B. Y. E. G., Hernam.do JQIrezde Ter~n, etc. (24).


Este era el es.ta.dQ de la opinion ~n Cuba. en la primel."Q roi-




172 LAS INSURRECCIONR~ EN CUBA


tad del mando del marqnés de Someruelos, y ántes que en
Cádíz se declarasen las libertades de la revolucion de 1808 y
se tratara de la consiguiente reunion de las Córtes; opinion
formada principalmente por los cuatro grupos sociales que
hacian ya, cada uno segun sus aspiraciones, diferentes prepa-
rativos para atravesar aquella primera tormenta política. El
grupo español peninsular, se abroquelaba en elstatu quo de-
clarándose su m~s decidido defensor: el español cubano ó
criollo, compuesto de los potentados y primeras personas de
aquella sociedad, que generalmente nada deseaban sin Españ~,
abria, de acuerdo con las autoridades ó por encargo de éstas,
los caminos por donde habían de dirigirse los elementos
civilizadores: los criollos desheredados del otro grupo y de
pura raza blanca, despertando su actividad, intentaban re-
conquistar por el trabajo, si no la riqueza perdida, una in-
fluencia social cual la que sus padres disfrutaron; solo que
ménos escrupulosos que aquellos en los medios de accion, y
más despegados del cariño á la España que únicamente de
nombre conocian, no se ,cuidaban de contar con ella para la
realizacion de sus propósitos; y finalmente, en contacto con
este grupo adq uiria vida otra clase criolla más inferior, que
considerándose blanca por estar sus individuos bastante ale-
jados de los orígenes de mezcla, y sin ser mulata, pretendia
tener participacion en los actos de todos los blancos; y usan-
do de sus medios intelectivos bullia, ya que no le era posible
por su riqueza ni por su influencia darse á conocer, y embe-
becida con las nuevas ideas revolucionarias que los extranjeros
importaban, de ellas queria sacar partido para mejorar su
condiciono Eran los dos primeros grupos poco numerosos, y de
ellos el segundo el más- influyente; y entre los últimos, que
con la mayoría de los peninsulares formaban la verdadera
clase media, ninguno estaba tan extendido como el criollo
inferior, lo mismo en las poblaciones que en el campo, y así
en las pequeñas y escasas industrias,' como en las pobres pro-
piedades agrícolas, y más tarde en todas las agrupaciones polí-
ticas que debieron su formacion á las mudanzas de 10d tiempos.




CAPiTULO rrr 173


II.


Circunstancias un tanto difíciles para ensayarse en las
prácticas gubernativas, eran sin duda aquellas por que atra-
vesaba la isla de Cuba al tomar posesion del mando superior,
en 12 de mayo de 1799, el mariscal de campo D. Salvador
del Muro y Salazar, marqués de Someruelos, así por las cor-
rientes que en la opinion se distinguian manifiestamente,
como por la guerra que España sos tenia aún con la Gran
Bretaña.


Podemos asegurar, sin embargo, que animado aquel go-
bernador de los mejores deseos, inclinóse por el camino de la
prosperidad que sus antecesores trazaron, procurando mejo-
rar el estado ya floreciente de la isla, á pesar de las órdenes
y revocaciones sobre el libre comercio que el inconstante go-
bierno de Godoy entónces dictaba; disposiciones que por con-
sejo del honrado jefe de Hacienda D. José Pablo Valiente,
habia dejado de obedecer alguna vez en beneficio de la agri-
cultura y de la industria cubauas. Pero ascendido este fun-
cionario á vocal del Consejo de Indias, tocó aquel general la
primera contrariedad de su mando con el nombramiento de
D. Luis de Viguri, cortesano antiguo del Príncipe de la Paz,
y hombre que nunca habia podido salvar el círculo de las
medianías inteligentes, y que ni dotes ni espíritu de innova-
cion tenia para hacer nada de provecho. Era aquel mismo
Viguri que algunos años despues tuvo en Madrid funesto fin,
al denunciarle al pueblo como partidario del favorito un cria-
do á quien inhumanamente maltrataba.


Con todo, y aunque privado del esencial auxilio de Valien-
te, pudo Someruelos dedicarse en sus primeros tiempos de




174 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


mando á la proteccion y mejora de la casa de beneficencia de
la capital; á dictar bandos de policía urbana y de buen go-
bierno; á mejorar y embellecer, no solo la Habana, sino las
poblaciones principales; á instalar en Puerto Príncipe la au-
diencia, que ántes fué de Santo Domingo, y á establecer las
nuevas aduanas, divididas, á propuesta del anterior intenden-
te, en marítima y terrestre; mientras que, coadyuvando á sus
propósitos civilizadores, el nuevo obispo D. Juan Diaz de la
Espada, sucesor del inquieto TrespalaciO$, introducia y acli-
mataba en la isla la aplicacion de la vacuna, auxiliado del
Dr. Romay (25); ordenaba la edificacionde cementerios fuera
de las poblaciQnes~ y establecÍJ1 cáted.ras de matemáticas y
de derecho político, l1aJo la di:reccion, ésta, del presbítero cu-
bano D. Félix Varela, en el semi~rio de San Cárlos y San
Ambrosio de la capital. Pero las inquietudes por las san-
grientas escenas con que las gentes de color horrorizaban á
Santo Domingo, la. evacuacion de la capital española de la
vecina isla, yel necesario auxHÍo que a.quellos españoles re-
quel'ian; la gll.erw, QQn los ingleses, y las excu.rsiones diarias
y a.trevidas de los corsarios de las Bahamas, turbaron mucho
el repooo dtlSo~eruel()sl quien ~l propio ijempo que á estas
exigencias, tUVQ q~ pl'Ocurar~ ~ono y coloeacion á las
innumerables familias,así espaDQlas como francesas de la in-
mediata Antilla y del próximo continente~ que, huyendo, se
acogian en Cuba; y tuvo que contener la intrusion de los ex-
ptttriados insurrectos mulatos, perseguidos en Haiti por Tous-
sa.íllt Louvel'ture, hasta que, el tr~tado de Amiens. celebrado
en 27 de tnal'~ de 1801, minoró los sinsabores de su mando,
dejándole la tranq~ilidad judispensable pafa. desarrollar pro-
yectos y mejoras.


DUr8.J)te aquel intervalo de paz, bien corto por desgracia,
no estuvo ocioso el general MllrQ. Un vora~ io.cendio que des-
truyó en la capital todo ~ ~a.l'rio de Je$ÚS Maria, dejando sin
alberque á diez mil peraqna¡¡;, ~ precisó á 4acer públicos sus
sentimienw~ ~~itativO&t ye~ de ~~ en ~ en busca. de
recursQ$ para. iJO~Jrer á loa dlls.graciados: el estado aflictivo




CA.PÍTULO ni 175


de los inmigt'ántes de Santo Domingo, le obligó á distri-
bllirles terrenos rea.1e·n~, p~bl¡md() así muchos desiertos
vírgenes del departamento Oi'iefital: ejooo.t6 al propio tiempo,
en 1803, las órdenes del gobierno relativas á la evacuacion
de Nueva Orleans, capital de la Luisia.n:a, que una mistifica-
cÍón. de Bonaparte arrtLMó & Cárl/)$ rV en 1802 del dominio de
Espafía, y otra indignidad d&'aquel primer cónsul vendió tÍ los
Estad'Os-Unm pbr veinte tnm(jnes de pesos:' tuvo SOme-
rU'elos que admitir en Cuba y dilt eol<leaCion tambien á 1M
emigrados de aquellos domin'ioil' f!."átlco-espai'ióles, que hasta
SUB propiedades abandonaban p'Jt 00 sújetarse á. los nuevos
dueños: propagó por excitación de la 9(J(Jwdad pcariótica la
enseñanza JlIÚbUCá; auxHió It. la. Ftancia en su última campa-
ña contra los negros de Haiti, y acogió, finalmente, en la is-
la los últimos r~stos de la donlinaeÍon europea en aquella pri-
mera colonia del Nuevo mundo) desde emónces á hoy tan
desgraciada. Aquellos restos, no insignificantes en número,
al esparcirse por la parte oriental de Cuba, pagaron con cre-
ces por el pronto la hospitalidad que S3 les dispensaba, apl:i~
cando sus adelantad~ conocimientos agricolas en la exten.~
sión del caltivo del óafé; su más perfeccioua:da industria, en
la elaboraeion de los azú'car'$; Sl'l cieucia, su civilizaeion,
sus cO'iStumbres, su cultura, en fiu, popularizando en Santia-
go y en 3H departámento la ancion al teatro y á los entrete-
nimientos útiles y honestos; y mocIlos de tales emigrados, que
eran extranjéros en su may<>ría, prestándos3 á recibir desde
luego carta de naturalización, hasta cubrieron en el ejér-
cito los puestos vacantes, y &.1 fijar en Cuba su residencia,
elevaron la poblacion blanca de la isla en 1805 á cerca de
doscientO's mil habitantes.


Ciertamente que fueron los emigrados l'Os primeros agentes
de la revolucion agricola, industrial y 1nllrcantil que en la
grande AntiUa. se ope1'ó al emp3z1ar el presente siglo; pero
tambien es ciertO' q:ue al manifestarse, en período no lejano,
antagonistas de 1M colonos ~pañoles wferrad.t:M á sus anti-
guas prácticas, convÍ'rtreronse á. la. 'Ve&: en gé1"men d~ gran-




176 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


des discordias, y sus ideas políticas, propaladas con la viva-
cidad del carácter francés, si no primer combustible, fueron
atizador de la hoguera insurreccional, que en la isla se iba
ya encendiendo.


En 1804, y cási al propio tiempo que se erigia en cabeza
de arzobispado la catedral de Santiago de Cuba, declarándo-
le por sufragáneas las de la Habana y Puerto-Rico, y nom-
brando para la nueva prelacía al obispo D. Joaquin Osés y
Alzua, Bonaparte, convertidp aquel año en emperador de los
franceses, arrastraba á su política, por inteligencias interesa-
das con el ministro Godoy, al blando Cárlos IV, producién-
dose con tal motivo otra ruptura entre Espaiía y la Inglater-
ra. De la nueva guerra no sufrieron desde el primer momen-
to consecuencias de entidad las Antillas ni el continente
americano, por encontrarse en Europa la armada británica,
y sólo en Cuba fueron víctimas sus pequeñas poblaciones del
lit()ral, de las excursiones que á menudo hacían lo~ corsa-
rios de Providencia y de Jamáica. Raqueros éstos en su
mayoría, ni adversarios tuvieron 'lue les disputaran el mar,
pues las patentes de corso que á muchos buques españo-
les se habian concedido, tnvo que recogerlas el general de
marina del apostadero, por el· abuso que cometian, introdu-
ciendo contrabando en surgideros y puertos sin habilitacion.
Por tanto, los piratas, si en Baracoa fuerou rechazados por
espaiíoles y emigrados franceses unidos, no sufrieron lo mismo
en el Batabanó, que sorprendieron, ni en Bahía Honda,
Arcos Canasí y otros pequeños pueblos marítimos, donde
llevaron la intranquilidad y la perturbacion con sus desem-
barcos.


Tan pronto como las fuerzas navales de Inglaterra llega-
ron á los mares de América, se apoderaron de Buenos-Aires
y de nuestra fragata Pomona en las aguas y á la vista de la
misma Habana. Al saberlo Someruelos, que habia tomado
cuantas medidas de defensa creyó necesarias, y estaba pre-
parado para resistir toda agresion, temiendo al ver la aproxi-
macion del enemigo, que llevase su osadía hasta el punto de




CAPÍTULO III 177


atacar la capital, publicó aquella famosa proclama en que,
excitando á la vez que el valor el fanatismo religioso de los.
colonos españoles, les decia: «que no siendo los ingleses cris-
»tianos, debia suponérseles enemigos del género humano;» y
llamó á las armas, además de las milicias blancas que su an-
tecesor Santa Olara habia empezado á organizar, á todos los
habitantes peninsulares é isleños ó canarios útiles. Oon ellos
formó en la capital diez y seis compañías de voluntarios de á.
cien hombres cada una, distribuidas en siete divisiones, que
llevaban el nombre de las provincias á que pertenecian los
alistados, cuya fuerza tomó el nombre de Urbanos volunta-
rios de Fernando VII al terminar su organizacion, por
coincidir esta fecha con la de la noticia de haber abdicado.
Carlos IV la corona (26).


111.


En tanto que esto paliaba en América, era teatro España
de acontecimientos gravísimos que habian de aumentar con-
siderablemente las dificultades en el mando de aquel generaL
La ambicion de Bonaparte, que no satisfecha con los triunfos
conquistados en Italia y Alemania, necesitaba para saciarse
extender su dominio á la Península ibérica, declaró una injus-
tificada guerra á Portugal Y obtuvo del incáuto Cárlos IV, de
quien había conseguido ya auxilios de tropas para sus em-
presas, que permitiera el paso de las francesas hácia aquel
reino con la oferta de dividirlo despues de su conquista en
dos soberanías, una que obtendria la reina de Etruria con el
nombre de Lusitania septentrional, y la otra formada de los




178 LAS INSURltECCIONBS EN CUBA.


Algarbes y el Alentejo, desiimda a:1 prineipe de la Paz, que
tomaría. el nómbre de pt1ncipe de los Algarbes., segun las
cláusulas dél tratade 00 Fdlfltainebleo.n aeordado el 27 de oc-
tnbre d'e 1807. Ya en 1-8 de aquel mes y c~mo resultado de
las Cómpl~eneiQf:J destwntUAasde GOOK>y con Napoloolil, habia
atravesa.do el e~~Ro irandés nut:lstra frontera, y auxiliado
del esp:tñol, penetrab& él\): Portugal el lO de' noviembre. Du-
rante aqtJ'el insidioso pageo militar y como forzado detalle
sin duda, de los tenebrosos planes entre el favorito ye1 empe-
rad.or, 6eurrióel eMaIldlloSO:MTesto en el palacio del Esoo-
tü,1 del príncipe de Astlittí~ D. FeI'Mndo, de quien su des-
dichado 'fJ8Are llegó A cNer qllle atentaba contra. su vida y la
de la reina, y al que á los tres dias tuvo que concederle pú-
blico perdon, despues de obligarle á ñtmi1i' cartas humillan-
tes dirigidas á los autores de sus dias, por no irritar más la
opinion pública declarada ya sordamente en contra del ambi-
cioso favorito.


Aunque miope aquella córte, no pudo ménos de sospechar
de los proyectos napoleónicos, cuando vió que las tropas fran-
cesas iban traidora y sigilosa.m.ente ap3d.erándose de todas las
plazas fuertes españolas, y que el ejército de Murat se dirigia
camino de la capital; y para estar prevenida en todo caso,
trasladóse en diciembre al real sitio de Aranjuez, como punto
muy á propósito para emprender una más larga retirada si
las circunstancias obligaban á desdeñar aque!llas expresivas
muestras de cariño del coligado francés. Godoy, que 8. pe-
SM' de la conquista de Portugal se habitli quedado sin el prfrl-
cipado de los Algarbes, empezó;' cdn:oool', aunque tamde, en
vista de la conducta de su pi'"otectot la direecion de sns Des;
é hizo saber, quizás por primera vez, la ve'l:<il:ad á los reyes.
que por tal motivo se dispusieron para marchará Sevilla y
aún para trasladarse á las Américas, como los de Portugal
acababan de hacerlo, si las "exigencias llegaban muy al ex-
tremo. El público, que no sólo haJbri81 traslucido parte de los
proyectos reales, sino que estaba aumentando con sns rumo-
res la gravedad que envolvían, al ver la concentracion de




CAPÍTULOIII 179


tropas españolas en Aranjuez, obligó con exigencias impo-
nentes al rey á expedir la proclama del 16 de marzo de 1808
para calmar los ánimod. Documento tardío é ineficaz ya para
-evitar el alboroto que á la siguiente noche, indicada para
-emprender el viaje, se promovió en el real sitio, y produjo la
-exoneracion del príncipe de la Paz y en seguida la abdica-
'Cion de Carlos IV en su hijo el príncipe D. Fernando.


Allliempo que esto pasaba en Aranjuez, las tropas france-
sas, cual si estuvieran en territorio propio, seguian silencio-
samente la ocupacion de España, 'y cuatro dias despues de
abdicar D. Carlos yen los momentos en que como preso era
Godoy trasladado al castillo de Villaviciosa de Odon, entró
-en Madrid Murat, quien al dia siguiente quiso, con una for-
macion de su poderoso ejército, distraer la atencion pública,
preocupada con el recibimiento en la capital de su nuevo rey
Fernando VII.


Conocidos y dolorosos de relatar son los engaños de que
Napoleon se valió para atraer a Fernando y á sus padres
hasta Bayona; odioso siempre el recuerdo de Murat p::>r las
malas artes que usó para promover en Madrid las sangrien-
tas escenas del 2 de mayo, y sabidas é irritantes tambien las
amenazas empleadas por B:maparte, no solo para obligar á
Fernando a que descendiera a ser otra vez príncipe de Astú-
rias, sino para que Carlos IV abdicase en favor del coloso
francés y siguieran luego el ejemplo del padre lo mismo el
príncipe heredero que sus hermanos, á quienes el usurpador
presentó el infame dilema de escoger entre la cesion de sus
derechos y la muerte, á cuya alternativa debian ceder y ce-
dieron los jóvenes aterrados. Como son tan conocidos aquellos
hechos y no forman principal parte de esta obra, solo los
apuntamos por lo que contribuyeron como eausa á lo~ acon-
tecimientos de América y a la excitacion política de Cuba.


Al emprender Fernando su viaje para Francia, dejó forma-
da una Junta de gobierno ó regéncia de la que Murat se cons-
tituyó presidente por el derecho de la fuerza, así que mar-
charon los reyes; y dueño Napoleon de las abdicaciones de.to-.


14




18J LAS INSURRECCIONES EN CUBA


da la¡familiadeCánlo& IV, cedió el trOM 00 Españ&" ad.-qui-
ltw'E). á !aapooa; crostJa.., á su hermano José. rey á. la. Sa.r&OIl de
Ná¡po1e~, dondai oÚl.'os::&r.bones habian. sido; desil'Gnadns; que-
~ por. tales mediosaquell'l!o nadon, com(})l la espaiíala, á
IBeloftdda l~s, Bbll.l1t~ .. Par8.l dar ante la Europa; algull:
C8'Váia1Jell ele legaljdad. á" m;urpa~iones 1Jal1 escandalosas y. para
sancional' de- a};gun. modt> sus! superehería-s., aqael deswuclor
de la:repf.0s~mtacionna«ionM. y ell~migo dfrlas cm.'ponwi<mes
popultwCilS, lltllrQó áD'ayona, y los esroellzos(}'e¡ la torpft Juota
supr-ema- die Madrid reunieron, una diputacionen CÓT.teS. de,
ciel'lto ciQ,C'lWl1l.ta individ1.l0sproce!ilentes.de l3.6\ más irupoI!tan.-
tes..clasftS 8(geiales, que en medio da la ma..yor (loaccÍOfiJ yhumi-
liándose ála in11eKible voluntad deL déspota.,. deiLiberaron y
prestáronse á todas. sus exigencias hasta el puntOI deaomprla.,-
Il1eterse á: interceder cerca de las provincias de Espaiia. para
que la opinion tan justamente indignada entrase en sosiegyo.
Ta~hieI1- accedieron á, recomendar en la. misma America las
cantas qae D. José . Miguel de Azanza, alto funcionario que
ha.bia sido elll el Nuevo mundo, adicto entónces á la pauciali-
dad'.de Bonapart.e.y.ministro d.espues' dell il1ltl'WlO relil Júsé,
expidió. y se Heva.ron. POD cie.rtosemisarios. enoargadoa de
conseguía.! el reconochniento de, la .nuevadino:stí.a. Los.gran-
des de España, consejeros de Cas.tilla, de la; ltaquisicion, de.
Indias y de Hacienda y las demás notabilidades que :rormal'on
aquel CongIlesoy tal hicieron, desplles de aprobar el proyecto
de Consthtuaiouc elaborada par el mismo. empooador, y despues
de j urarlllJ,. j u.ral'Clnl tam bien aeatooniento al. nuevo rey, y
ésta, presaooso de tomar pasesion <le, sus'.dominiCls, atna:.veOO
la fhoo.¡tera el 9 de julio de 1808 ¡. ypisarulo los cadáy~s
aún calientes deJa·. batalla de RiQseco, el 14;. llügóet2@- á
Chamartin, y a :Madrid al sigllíen.te ,día de la giol'iosa batalla
de Bailé:n. 'Fanno consternó es.te hecho al gobii:}rnQ del íntJ¡uso,
que con él hUJy6 hasta, Búrgos~ al saber et d~ 30· oficialmen-
te lrollatieia.de aq¡u.el acollt-eeimiento,memorable,


.AJ.ausentarse' José Bonapante, tratóJE~l·.Con.sejo de Ca;¡tiUa,
0~a vez regente: del reino I de ponerse en inteligencia CQu·l!W'




CAPÍTULO III 181


• juntas provinciales que para la defensa de sus respectivo!:t.
intereses se habían· espontáneamente· fórtna®; pero nadia má!s
que desáires consiguió de aquellas eorporacionesqU'eeoll' antf-
cípacion habían condenado' la gra.n' debilidad, tan parecida á
la doblez, demostrada por los consejeros ante las exigencias'
napoleónicas. Aquellas juntas, aunque disidentes entre si, to-
das se dirigian al patriótico fin de la independencia de la na-
cíon y opinaban en su mayoría que se formase un gobierno
central, compuesto de dos diputados de cada una; á cuyo pro-
yecto, iniciado por la de Sevilla en 3 de agosto, se acogieron.
Despues de hacer su triunfal entrada en Madrid el general Oas-
taños, héroe de Bailén, y de proclamarse á D. Fernando VII el 23
del mismo agosto, se reunieron en la capital los diputados de
las provinciales que habian de formar la j unta de gobierno, ins-
talándose ésta el 25 de setiembre en Aranjuez con el nombre
de Junta suprema central gubernativa del reino. Los vocales
de la nueva junta, á la aproximacion del emperador Bonapa-r-
te, que entró por primera vez en España el 8 de noviem1:lre'
para reconquistar el' poco seguro trono de su hermano, y
cuando sJlpieron que el 28 pasaba SOIUosierra para estar
frente de Madrid el 2 de diciembre, aniversario de su eleva-
cíon al imperio, acordaron fijar su resid!mcht en Badajoz~ y
emprendiendo al efecto la marcha durante la, noche del 1 al
2; pasaron á Talavera y luegJ á Trujillo y Mérida. Pero per-
seguido hasta alli, aquel resto ambulante del gobierno espa-
ñol, por' las tropas francesas que invadiarr EXt'remadura y
Andalucía, se vió precisado á refugiarse en S'eviUll. el 17 de
diciembre; donde poco despues de instalarse, tuvo la des-
gracia depet'der el dia· 30 á su respetable' presidente' el octo-
g~nario conde de Floridablanca, que fué reemplazado por el
vicepresidente marques de Astorga.


Tan pronto como Napoleon pudo dispersar el escaso y mal
organizado ejercito español, y así que hubo repuesto en el
trono á sn' he'rmano, aunque ' con apariencias de rey solamen-
te, regresó·{¡, Francia., dejandéJ á su juicio dominado el reino
P()f los impcrialei!; p:?ro CéJ:t un dominio tan efímero é inse-




182 LA.S IKSURRECCIONES EN CUBA.


guro, que de:de entónces á julio de 1813 en que José Bona-
parte abandonó para siempre la corona y el territorio de Es-
paña, ni un solo dia pudo gobernar con perfecto reposo, ni
recibir obediencia y acatamiento sinceros de los españoles, que
creia súbditos porque la alevosía y la opresion les habian so-
metido.


IV.


De gran parte de los primeros y principales sucesos que
produjeron la conmocion de España, llevó noticia bastante
detallada á la isla de Cuba el nuevo intendente D. Juan de
Aguilar, al hacer Su desembarco en la Habana el dia 17 de
julio de 1808. Y si no fué del todo completa la relacion que hi-
zo el nuevo jefe de Hacienda, de los medios falaces usados por
el francés para posesionarse de las fortalezas españolas, y pa-
ra llevar á cabo el cautiverio del jóven rey y de la real fa-
milia; y si no pintó con verdaderos vivos colores las conmo-
vedoras y sangrientas escenas del glorioso alzamiento del 2
de mayo, dijo lo suficiente para agitar en general los áni-
mos, siempre dispuestos á conceder mayores proporciones á
todo lo que se conoce imperfectamente. Pero cási al propio
tiempo de la llegada de Aguilar, entró en el puerto otro bu-
que, llevando al marqués de Someruelos documentos y exci-
taciones de varias juntas de la Península, que habian decidi-
do resistir á los invasores franceses, y se declaraban tan so-
beranas como las de Sevilla para lleva~ á término sus patrió-
ticos propósitos. Perplejo el gobernador, y vacilante en pre-
sencia de acontecimientos, que ya no se prestaban á la duda,




CAPÍTULO III 183


atendiendo á la gravedad que entrañaban, se propuso desde
el primer instante no ocultarlos, y dudando acerca del ca-
mino que le convenia seguir, tanteó la opinion, ántes de re-
solverse definitivamente.


De tal indecision le sacaron pronto los hombres nota-
bles de la capital, á quienes confió sus vacilaciones; los cua-
les, como poseedores de la influencia y de la riqueza, dieron
ya á conocer sus tendencias, intentando asumir el mando su-
premo en que soñaban. Sin pérdida de tiempo y acaudilla-
dos por el concejal del ayuntamiento de la Habana, é hijo
del país, D. Francisco Arango, se reunieron en número de
setenta y tres, arrastrando en el complot á cuarenta y seis
europeos, que, con veintisiete criollos, firmaron una exposi~
cion al ilustre ayuntamiento de la capital, redactada por el
europeo mariscal de campo, D. Agustin de Ibarra, proponien-
do que, para mantener la un ion y la paz interior, se crease
una junta superior de gobierno, revestida de igual autoridad
que las demás de la Península, que cuidara y proveyese todo
lo conducente á la existencia política y civil de los solicitan-
tes (27). Someruelos, que vió un peligro grave en aquellas
indicaciones de los notables, y que sospechaba de las inten-
eiones de los criollos, principalmente, resistió el proyecto, cu-
ya realizacion tantos desastres hubiera traído sobre Cuba, y
acelerando el acto de reconocimiento y fidelidad á la pátria
de las autoridades y de los habitantes, comunicó al público,
en la. misma. tarde del 17 de julio, las noticias recibidas, y la
determinacÍon adoptada. Circuló ésta á las Floridas y á otros
reinos de la América, para que todos reconocieran como un
hecho consumado la declaracion de guerra al imperio francés,
acordada por las juntas de la huérfana monarquía españo-
la (28); y proclamando á D. Fernando VII el 20 de julio, con
general aplauso, evitó ser autor de un papel tan triste como
el que Iturrigaray se veia obligado á representar en Méjico
dos meses despues por sus torpes complacencias.


La posterior instalacion de la Junta suprema central gu-
óernativa aelreino en Aranjuez, le hizo conocer luego a So-




18t LAS I:'fSURRRCCIO:'fES EN Cl;BA


meruelos el acierto de sus acuerdos, y por tMlto, al recibir
en 25 de noviembre la noticia de aquel suceso, oonfirmó 'el
juramento prestado al rey cautivo, celebI'ándose entÓllces en
toda la isla con fiéstas públicas los ,llias 26, 27 y 28 ,de
'aq'llel mes; en cuyo 'regocijo ap:t'&vechó ~l municipio de la
Habana lospropi(!)S adornos, y dispuso que se repitieran las
'mismas,danzas, .estudiadas para solemnizar ,el año anterior
la:.cle-vaoion de Godoy á la dignidad de almirante general de
E8psña. ;Efectiwmente, un añoapeJl.Rs hacmque la capital
Y 'la Íi;}a 'Celeeraron, aquella por inieia.tiva ,del real Con-
sutát!o, las fastuosas demostraciones de pá'blica alegría, que,
desde @l '23 ·de agosto al 1.0 de setiembre '!!le 1807, entretu-
V.leF{)Iwg'l"-adablemente 3 J~ habitantes de 1 Cuba , con funcio-
nes ·dectOOitl'o, da.nE!lIS 'Sflregos artificiales, lPor ihaberseau-
mentado 'Con dicha dignidad y la de proteotor del comercio
ma:r-ttimo de ,toaos 108 dominios de la magegj¡ad de Carlos IV,


..el:-pw8No,de ;q¡quel¡nríncipe de la Baz y mortunad@ favorito;
;ouya . m~JOO.riQ, (f.X:~ml'sba;nya todOlS J¡llSespañoles, que á . sus
tGrpe03S ,a/tribUiMl las Ipa,lam~dadeB;de"1a :pátria.


fIDn '$lista. de la enél",Q'ica actitud de ~tmW>s, ante tan
imlfJpe:r&dos &CGutooimientqs paro 1as utolonias americanas,
que <de la .oro-dia'llÍdad ,a.pa.rente,de lll!l'laciooes,entl'e España y
FrOOlma no podian .por cierbo suponer tan rápida mudanza ,
aquell@s oSolicitantes, primeros autónomos de Cuba, no se
atl'emroo áUevar adelante ni poner más de relieve sus in-
1!eliit~6; 'Yconílas.c{}l*poraaignes 'Y tollas las personas notables
de i8,':c~pit81 y de ilaisla juraron, con el eapitan general y
gobemador,fidelidad íá la pátria y ásu Jlegítimo cautivo mo-
naroo. Dirigidas por este camino l8ts oCM'l'ientesde la opinion,
fueron aquellos notables los primel'os que se ofreeieron á sa-
crifiear en ·defensa de tan 'queridos ebjetos lSUS vidasé 'inte-
reses, 'Y 'Rnunciaron en -comprobacion de ·estas ofertas, no sólo
sUSGr-iciones ·públicas para '8lender á los .gtU3tos de la guerra
contra el tiMnode Europa, aíno su pretension de alistar lo
más41orído de los hijos del país en las ~(Jffipañías de volunta-
rios peninsulares, que para resistir al inglés se estaban orga-




CAPÍTULO UI


ni(llando. Y por ciert0 que para este mbjeto no 'eran ya muy ,
neltesams, pues noticiosos las comand'ltntes de l(1)~¡;bWll'l:esil-e
la <8rm&ua bnitánica 'q:ue ,nooorrm ias ,0000stJasdelagmnde
A~i1la.,:de las últimas novedaaes de la. :Fooímm1a, d,ieron ful
át-0m:a hostilidad; :=ooovírtiénd<DSe rtegnidMIl:ente em.o.'lÍxiliatle6
contTa la .Francia l~s que ;ooa,baban-de 'Ser ,~l!l€E;troselN1Íllli­
gos. Tan hiencomprnmdieron estos~eeliH~Í1fl):~r'me>mél!Úlo
á. lb que les obligaba ;el 'l'ooi~te OomprOmd.80 rde 'Su naci~
con España, que luego :CIlt1'a.T()n á descansar y á. '8'Urtirse,de
víveres en el puerto de la Habana, ry áun ~co~iliendo á los d-e-
seos de Someruelos, contribuyeron efiCM:1Uerite con su apoyo
al triunfo de D. Juah Sanchez Ramirez y de otros patricios
de Santo DJmingo, que rebe1ándose oontra el dominio francé¡¡
y pr~la.mandoá Fernando VII, izaron en aquel1a isla el pa-
bellon de Castilla arriado desde la paz de Basilea.


Ya sólo de resistir á los napJleones, como llamaban á los
franceses, se ocupó el pueblo cubano en su mayoría. Es ver-
dad que algunos disentian del ganeral parecer, y eran éstos
ciertos patriotas :y deudos ó a.migos ,de' los O'Farril y de 103
marqueses de Oasa-Calvo y de 'Monte-hermoso, que se ha-
bían declarado áfrancesgdos 6 parciales del rey intrusó; cuyós
patriotas, si 'Se mostmron simpáticos sin gl'andesreservas en
los pti,m~OS'lliOmentos, á los innovadores extránjeros, á quie-
nes m'ás que aficiones les ligaban compromisos formales, no
se atrevieron tÍ. tanto y s610 con grandes precauciones comu"-
nícábam;e sus ideas, al ver el unánime pronunciamiento de
la opinion contra las iniquidades y violencias del usurpador.
Tal fué el arranque patriótico de los españoles en aquellos
dias, que segun dice Toreno, «no se limitaron en sus declara-
»cionesá vanos clamores, nísu expresion á estudiaaas frases,
»sino que acompañaron tÍ. lino y otro cuantiosos ,donativos
»quef1l1eron de gran socorro en la deshecha tormenta de rfi~
)>lles de 1808 y principios de 1809.»


Efel5tivamente, doscientos ochenta y cuatro l'nillones-de
reales recibió la Junta central en todo el.año de 18G9, de las
snscricianes hechas en América para aliviar lasltuaclO'Ilde.




186 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


la madre patria. Una conducta tan desinteresada como pa-
triótica, provocó el decreto de 22 de enero de aquel año, que
no vacilamos en calificar de imprudente por las circunstan-
cias en que ·:se expedia, en el cual, la agradecida Junta su-
prema declaraba, que no debian considerarse ya más como co~
lonias los vástos dominios españoles d.,e Indias, sino como
parte esencial é integrante de la monarquía; y en consecuen-
cia convocaba para representarlos en su seno, un individuG
por cada uno de los vireinatos y capitanías generales inde-
pendien tes de ~.\.mérica y de Asia.


La perturbacion consiguiente que debia producir esta mu~
danza en la ordenada vida colonial de Cuba, se agravó con
los trabajos de los agentes de José Bonaparte ó los de sus
parciales los Calvos y Cárdenas; con las insinuaciones oficia-
les que del gobierno del francés recibió la primera autoridad.
á que Someruelos respondia entregando á las llamas las ór-
denes del intruso como papeles subversivos; con las excita-
ciones de la Junta central, que eran acatadas, aunque en
silencio discutidas, pór aquellos que, viendo frustrados sus
proyectos de establecer una junta propia y burladas las as-
piraciones de formar parte de ella, iban inclinando sus ten-
dencias á ideas reformistas que les acercasen al mando; y fi-
nalmente con las pretensiones, de Doña Carlota .Toaquina,
infanta de España y princesa de Portugal y del Brasil. Aque-
lla hermana del que era ya considerado como rey Fernan-
do VII, decia en sus escritos á los delegados de España en el
Nuevo mundo, que tratando Bonaparte de exterminar y aca-
bar su real casa y familia, como trataba de destruir todas las
legitimidades para realizar su sistema de monarquía univer-
sal, se consideraba autorizada y obligada á ejercer en la
América española las veces soberanas de su padre Cárlos IV,
euya abdicacion no reconocía, y los derechos de su real fami-
lia, cautiva á la sazon en Europa, mientras los que lo tenian
legítimo á la soberanía, no estuvieran en libertad; haciéndo-
lo conocer así en aq ueHos dominios para que como tal la re-o
conocieran (29).




CAPÍTULO 1II 187


Someruelos, á quien algunos historiadores no le conceden
brillantes dotes para el mando, pero que, á nuestro juicio.
poseía en cambio un gran instinto gubernativo, y las mejo-
res y las más patrióticas intenciones, &upo dominar la in-
quietud producida por las reclamaciones de una y otra parte,
con medidas tranquilizadoras; y salió del aprieto en que la
carta de la princesa D.R Carlota le colocaba, respondiéndole
en nombre y con el acuerdo del ayuntamiento de la capital,
que presidia, que la islá de Cuba habia ya jurado y recono-
cia como rey de España al Sr. D. Fernando VII; cuyos de-
rechos,como el acatamiento á los de hHlinastia de la casa
de S. A.la infanta, estaban todos los habitantes de la isla de-
cididos á sostener (30).


Pero no fué éste, ciertamente, el único entorpecimiento que
se opuso á la conservacion de la tranquilidad en aquellas
complicadas circunstancias. Otro ~e los motivos de perturba-
cíon para el mando del capitan general de la grande Antilla,
era la permanencia en ella de los emigrados franceses. Vi-
gente estaba la árden de abril de 1807, que disponia la salí-
tla de todos los agentes extranjeros de los dominios españo-
les de Ultramar; y Someruelos, que á los refugiados de la
parte francesa de Santo Domingo yde la Luisiana, estable-
cidos en Cuba, les habia concedido carta de naturalizacion,
suspendió otorgar más cédulas, y, de acuerdo con el manda-
to de la junta central de Sevilla, comunicado por D. Martin
Garay en 18 de febrero de 1809, dispuso la salida de los ex-
tranjeros no naturalizados; estableciendo juntas de vigilan-
cia para el cumplimiento de tan dura, cuanto necesaria dis-
posicion, como para el mantenimiento del árden y amparo de
los mismos expulsados. Aquellas juntas procedieron, por des-
gracia, con demasiada lentitud para lo que las circunstan-
cias exigian, y de su falta de eficacia se siguieron los suce-
sos, de que luego hablaremos.


Otra de las causas que alteraban el reposo un tanto, aun-
que en sentido diverso, era el apoyo que, segun hemos indi-
cado, prestaba Someruelos en inteligencia con el capitan ge-




188 LAS INSURRECmONB8 EC'i CUBA


neral de Puerto-Rico, ;al pa.tricio 'dominica.no D. J,aan San-
chez Ramirez, qmien,g,urttame.lilte raon''€)f¡ros compatriotas ,y
algunos puerto""'tiq~ii!(j)tt, ,,,,eti~ros ama.utes de ,España,
trataron de destruir 1R caDr.aide "Basilea.., ¡~roclamando en la
ciudad de 'Santiago ·<á"D. ~~ndo VIL, -en .noviembre
de 1808. -Con <61 &poyo <le }os .jQg~&, : tluestras nuevos-alia-
dos, y' con 1.os· alTXiid.i(JS, Ue Cuba. y' ele Pllerto ... Ri~o, Bbnsigl'lie-
ron aquellos'l'eales españoles arrojar .d.tl a.llí eld@minio del
francés; -evita.r que eln~gro Oristóbal 'Y el mulato 'Petion les
hosti1imuan desde Ha.iti,y'Vel' 'lue el1rillnfante "pabellon es-
pañol ondease ya á; fines de junio d~ 1809 en ¡¡¡quel territo.rio,
del que, eh recompenSa de su arrojo $ decisi~n .fué 'namg,ra-
do capitan general su reconquistador Sa.nchez Rtl;mirez (31).


Los franceses, ltsi q1iesupieronlalluptura erttI"'e Espa,ña y
su nacion, 'empeml'On -á'molestar -eon SIllS corsarios nuestros
buques; 'y Msde que, batid0s en $anto D0filingo, se vió
su jefe Ferrand obligado á suicidarse, Y todos á huir, multi-
plicaran 'Sus:ataques por mar con tal osadia, q US, para con-
tenerles,_bo ileeEtsidaa: tIe atInar en 'carao muchos buques
méD"nantes, rqvre,alen1ados ?ór el reomercio de la Habana,
principalmerrte, :altn~e'ntar@n C3QU!i}UOSD1leVas. '¡ol'bantes Ó
fllibuster(J$,que si el pabeHon frllneés ostental3a,n, no se
distinguian mucho en su conducta, (J¡e la que tan funes-
ta celebridad hizo adquirir á los pritneros piratas de las An-
tillas.


'\' no poco contribuyó ~:mbien, 'en tal Masion, á la inquie-
tud ;liI:elos ánimos en Cuba, la clausura de los puertos norte-
americranosoal comercio español, en reciprocidad á nuestras
estrechas miras mercantiles. Aquella falta de transacciones
con la vecina repúblic:a,pronto.se hizo sentir con ~l~stan­
camiento de los frutos coloniales, que, por otDO lado, estaban
privados de ir á la Península y á otras partes de Eupqpa" {lor
el bloqueo de la enemiga armada fi!llrueesa; pero Somcruelos,
entónces, para atenuar "tan. gra.ve mal ,saltando por encima
de las leyes prohibitivas v·igentesde acuerdo con ,el ayunta-
miento de la Ha.bana y del consulado~ ,dió entrada á los 1>11-




C.\PÍTULO IU 189


ques mercantes extranjeros. ¡en ¡los puertos de la isla, y pudo
asi salvar de futuras penalidadas tá la agricultura y sus in-
dustrias, y al comercio, ¡que Já riJa :smnbra de éstas prospe-
raba (32).


v.


'El estado -de viva e.x;citac.il1nen que, last)&u,sas apuntadas
fenmn los ánimos en -Cuba, provooaba ff .cl&hia· IlJ.'oducir de
necesidad, manifestaciones externas másó ménos pronto.
Porque no es fácil siempre encerrar ~n ·la prudencia las pa-
s1@nes de los pueblos, ilíl:clinadGls 'o1'dIDa1'iam~nte, ¡por los es-
pontá:neosilentimieatoo deleót'azon, áciert0s desahogos, que
sue1encon i!'reflexiva preeipitaci()u toalI.a1!Se, .cuando los en-
carga.llC!>s de Ngitrlos no les :¡p1'(}poreicman paula.tinGs ar.ran-
ques generosos, 'queles ,desvien ciélrcatninodel absurdo, pre-
ferido con frecuencia por el instinto de las ciegas muchedum-
bres. Uno de estos tristesdesahog()sse presenció,despues dI')
haber publicado-el Aviso ile la Hi!Jbanl! del dia 12 de marzo
mm ¡proclama de Someruelos, disponiendo que todo francés
que se encontl'8il'a sin carta.-de nat,uralizaciGD, ,6 ,sin licencia es-
crita:delcapitan general,ó que '-posej"tlSe alguna de fecha pos-
temor .á aquella ,en que .se estab1ecian ,las juntas de vigilan-
cia, .fuera desde luego retenid0 ·en la. 'ool'oel hasta que se ave-
riguase el .mGtivo de su estancia, y si el 6prehendido era de
los contraventores á las ÓNlenes de 16 ,primera autoridad que
despues de \expubados se ,4nti'oducian en la ~sla fl'&udu.lentá-
mente.


meen much@s, y no sin fundamento, que en épocas de ór-




190 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


den deben los gobiernos en sus manifestaciones parecerse al
misterioso crecimiento de las plantas, en el cual quien más
atentamente observa, rendido de cansancio acaba por ver mé-
nos, mientras recojen seguros frutos aquellos que llenos de
confianza esperan de la bondad de las eternas é inmutables
leyes de justicia sus consecuencias obligadas. Pero en los
tiempos en que hasta las gentes más indoctas se creen indis-
pensables consejeros del que manda, discútense de ordinario
por los gobernados las disposiciones aún ántes de dictarse,
y de aquí el que todos se crean autorizados á vulgarizarlas
demasiado, y de aquí el que despues de la discusion y de in-
terpretarlas á su modo nadie las observe. En la época á que
nos referimos, los aires patrióticos libres de todo freno, por-
que así parecia convenir á las aspiraciones de los unos y de
los otros, dirigiendo sus desbordadas corrientes hácia el libre
exámen, hicieron nacer, hasta en los hijos de la obediencia le-
gal, la absurda idea de imponerse á las clases superiores,
más que ellos inteligentes, pesquisando sin equitativo crite-
rio la conducta de los que consideraban pertenecer al bando
de los enemigos de la pátria. Y ésto, que debia producir los
obligados disgustos, fué en efecto orígen del que no dudamos
en calificar con el nombre de primer movimiento sedicioso,
sino insurreccional de la isla de Cuba, ocurrido en 21 y 22
de marzo de 1809.


«A las tres de la tarde de el primero de estos días, dice el
»81'. Pezuela en su Ensayo kistórico de la isla de Ouba, se
»presentaron en la puerta de Tierra dos franceses á caballo,
»procedentes del campo, para entrar en la capital. Detenidos
»allí por el oficial que mandaba el puesto, quizás por carecer
»de las licencias de que hablaba la proclama del 12, siguie-
»ron despues con un ordenanza hácia la casa del capitan ge-
>meral. Los transeuntes, casi todos muchachos y gentes de
»color, creyendo que iban presos, comenzaron á seguirlos y á
»decirse unos á otros: á ese napoleon, á ese francés; y hubo
»algunas pedradas; pero habiéndose, casi instantáneamente,
)}aumentado el tumulto, atizando al populacho algunas su-




CA.PÍTULO III 191


»gestiones malignas, allanaron y saquearon algunos grupos
»la casa de un platero francés, que, habiendo herido á uno
»de los agresores en defensa de su propiedad, murió en se-
»guida asesinado por los otros. En ménos de una hora fueron
»saqueadas hasta seis casas de franceses, pero sin haber más
)muertes.»


Enterado el capitan general de aquellos acontecimientos,
perplejo, débil por lo irresoluto, y aterrorizado sin duda por
consejeros faltos de firmeza, y quizás de decoro, se valió para
aplacar el tumulto de los alcaldes y de los frailes más in-
fluyentes, que nada, por cierto, consiguieron con sus exhor-
taciones (33); siendo la noche, más que otra cosa, la que es-
parció el espíritu de desórden y de robo que dominaba. Sor-
prendido además Somoruelos con un hecho que no habia ja-
más imaginado, y oyendo llegar hasta él los gritos de indig-
nacion y los clamores del alarmado vecindario, al ver dueñas
de la capital á las gentes perdidas, que á salva mano seguian
su pillaje y depredaciones, entró al siguiente dia 22 en me-
jor acuerdo y consejo, y adoptando el del brigadier D. Fran-
cisco Montftlvo, se decidió por restablecer la calma con las ba-
yonetas, ordenando á los beneméritos voluntarios este patrió-
tico serviciQ. Aunque noveles y poco familiarizados con las ar-
mas, hicieron aquellos defensores del órden callar pronto á
los fingidos fanáticos, que al grito de «viva Fernando VII y
»mueran los franceses,» allanaban y saqueaban las casas, tal
vez instigados por algun impaciente patriota; y dispersando
á los revoltosos, y aun amedrentando á sus instigadores, vol-
vieron los buenos españoles á la capital la tranquilidad sus-
pirada. Evidentemente no fué aquel movimiento invencion
de los que lo realizaron, y pruebas de ello se vieron á la sa-
zon, en la gran tibieza que en los triunfos de los españoles ma-
nifestaron, aunque tímida y embozadamente los que, criollos
en su mayoría, simpatizaban con los innovadores; y más
tarde, en las expresivas acusaciones que en 1812, y durante
el ámplio ejercicio de la libertad de imprenta se dirigieron los
periódicos representantes de opuestas tendencias. En aquellas




192 LAS INSURRECCIONES BN CUBA


polémicas, más razones irrebatibles aduj.ellon los que repre-
sentaban el elemento:español, llamado, para zaherirle, reac-
cionario Ó frailuno, que los defensores de los revoltosos; quie-
nes no pudiendo resp!Duder airosamente:, rehuialll toda soli-
daridad en los, hechos;, Y' com:test8ibancon; cUocarr:eríaa, para
poner en ridículo á sus adversarios, siendo en esta táctica,tan
poco felieas, q1l16 ni: proo,1Jlljeron el deseadClf efeeio~ nii lograron
con sus.réplicas destruidas. aausaoiones. Can! todo; ya, se de~
mostró entónces que el elenmnto reformista· iba:ga;nando ter-
reno, y bien pudiera sin exagerrueion afirmarse, qu~ el tu-
multo de marzo estaba. por eskechoS' vÍllculos relacionado,
con los que. poe0 despues' hubo. en' losi remoo: del continente
americano.


Si vacilante se mostroí Sol.'M1'uelosJ y pillOO oonocedor' de, los
resortes que deben por lar autoridad. moverse,. para. COmLtenel'
la multitud extraviada, fué en' cambio muy humano con los
perseguidos franceses, á quienes parID libertades. deli ex:alta-
do pueblo les sujetaba ,l͡ las juntas de vigilancia (34); 'conce-
diendo á muchos aún cartas de naturalizacion·, á pesar de las
supremas prohibiciones, cuando acreditaban su buena COll-
ductayarraigo en el país y prestaban juramento de fideli ....
dad á España. Sin embargo de ésto, tuvo que pasar por el
inevitable trance de disponer el embarco en buques america-
nos de numerosos emigrados, así que los libró del rencor de
los alborotadores; presenciando con dolor la salida por tal
motivo de la isla, de algunos millares de brazos útiles á la
agricultura y á la industria, que no pudieron por entónces,
ni en mucho tiempo, ser reemplazados.


Aquel primer ensayo que se hizo en la Habana de la prácti-
ca en los alborotos, dió á conocer á sus instigadores, si no
la blandura, la poca idoneidad de Someruelos para lidiar en
las luchas políticas, y aumentó tanto el atrevimiento de los
que simpatizaban con las ideas nuevas, que, desde luego, en
los remitidos ó artículos de los periódicos" se' notaron méllOS
metáforas y mayor desenvoltura. Llegó la osadía hasta el
punto de desviar la juventud criolla de su. naturales ímpetus




CkPÍrrULO¡ IU 193


beilicosoSl, aL Cllitarse las compañías: de 1JolNAVt(J/rios, dirigién-
dole~. predicaeiones, ea que se~ les,dema,: «proseguid, ama-
»d.os paisanos, en .eh~radable;templo~<l~ Minerva., cultivan-
»do, las ciencias\ y'no, las, .abandoaeis por, segl1ir los, aparen-
»tes briUos-deMarte. Las arIUQS,sangrientas:sólo,se inYenta-
)HOO para destruccion de la. hHmanidad, per:o , las ciencias
»siempre: han, sid(j); aimentadas, y no, han llevado otrCl objeto
»que, la ins1ruccion, u1lilidw} Y felicidad del hombr@, No'
»abaadoneis, os. reitlll'O, vli.eiltrashonrosas, tareas ..... (35).)
Lo cllal, dicho pnocisamente cua.n<io Españ,a estaba en san-
grienta guerra.. con el, usul'paQor-BOnaparte, no dejaba 00 ser
una muy clara .expresioll de antagonismo. Semillas fueron
aqueHas que germinaron más' adelante; y si no se repitieron
PtJll entónc~-las manifestaciones t'l'lmultuarias, se debió á la
actitruil: de los voluntarios, convertidos ya en guardadores del
reposo público, aunque la opinion se iba rápidamente forman-
do y enmarañándose cada vez más. Contribuyeron á ésto en
gran manera, los violentos y á la sazon indispensables de-
cretos, expedidos por la junta de Sevilla el 7 de abril y 2 de
mayo de .1809, y publicados por Someruelos el 29 de agosto
en los que se declaraban presuntos reos de alta traicion los
obispos, títulos de Castilla y personas visibles, que hubieran
abrazado el partido napoleónico, entre los cuales estaban
comprendidos los cubanos que hemos indicado (36). Y coad-
yuvó asimismo al aumento de la excitacion política, la tras-
cendental medida decretada el 22 de mayo por aquella
Junta suprema gubernativa del reino, restableciendo la re-
presentacion legal y conocida de la monarquía en sus anti-
guas Córtes, é indicándose expresamente, en el decreto, los
asuntos ú objetos de que la futura asamblea se ocuparia
y la parte que debia1¿ tener las A méricas en las i16ntas de
aquellas aórtes (37).


Con tal iniciativa de la patriótica junta sevillana, desper-
tárons8, como era natural, las aspiraciones de los hombres
que no creian les llegase tan pronto la deseada oportunidad;
los cuales, la recibieron como agradable sorpresa, y señala-


. ~ .... ~<.h .... ~ .'f~ ;",:~~\7-:~~~"-;' ,~::'.
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~"" . I




194 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


ron ya el verdadero principio de la vida política en Cuba.
Desde aquel momento no se desaprovechó en los peri6d.icos
ninguna ocasion en que pudiera hablarse de libertad y de
guerra á los til'anos, En el trato familiar, como en las reunio-
nes públicas, cada cual, y todos, se convirtieron en apóstoles
del patriotismo, é intentaban sobreponerse á los sentimientos
de los que no se servian de exageradas manifestaciones. Cor-
rientes de independencia eran aquellas, en las que la misma
autoridad dejó arrastrarse, por no fijar su atencion en el di-
ferente sentido que esta palabra iba teniendo en aquellas co-
lonias: corrientes que manifestaban al público todos los cu-
banos, presentando por idolo de sus adoraciones al cautivo
Fernando VII, y por signo de redencion á la Junta suprema
de gobierno, cuyo aniversario celebraban con brillantes fun-
ciones y ricos donativos (38); pero en privado era ménos
ruidoso y más temible el culto que rendian, pues, seiíalando
ya á sus ideas un objetivo, preparaban los ánimos para las
futuras y próximas mudanzas. .




CAPÍTULO XV.


I. Efectos en la Nueva España ó Méjico de la abdicacion de Cárlos
IV y proclamncion de Fernando VIL-Comisionados de la junta
central de Sevilla.-Deposicion del virey Iturrigaray.-Conse-
cuencias de aquel suceso.-Interinidades.-Movimientos sedi-
ciosos.


II. La Junta central gubernativa del reino ante la revolucion de
España.-Sus actos y sus adversarios.-Invasion de los france-
ses en Andalucía.-La Regencia.-Reunion de las Córtes en la
isla de Leon.


nI. Levantamiento de algunos Estados de América.-Caracas.-
Buenos Aires.-Quito y Santa Fé de Bogotá.-Rebelion del cura
Hidalgo'en Méjico.-Acuerdos de las Córtes respecto de las pose-
siones de Ultramar.


IV. Orígende las diferencias entre España y los Estados-Unidos.-
Actitud de la Unionamericana durante nuestra guerra con
Francia.


V. Emisarios bonapartistas en Cuba.-Castigo de Aleman.-Pró-
roga del mando de Someruelos.-Mejoras y desastres.-Conse-
cuencias de las libertades concedidas á la América.-Ley de im-
prenta.-Sus funestos efectos.-Conspiracion del negro Aponte.
-Manifestaciones patrióticas.-Costumbres públicas y vicios so-
ciales.


I.


Dice el conde de Toreno, en su historia de la revoll1cÍon de
España (1), «que las alteraciones de América tuvieron princi-
»pio al saberse en aquellos paises la invasion de los franceses
»en las Andalllcías y el malhadado deshacimiento de la Jun-


15




196 v •. s INSURRECCIONES BN CUBA.


»ta central.» Mas á nuestro juicio, no debe ciertamente fijar-
se aquel como orígen de las revueltas en nuestras posesiones
del Nuevo mundo, pues ya ántes del levantamiento de Ca-
racas, que cita como el primero, triunfó en Méjico la sedicion
de] 16 de setiembre de 1808, que por entónces no hizo más
que desposeer del gobierno al virey Iturrigaray, y en 21 y 22
de marzo de 1809 ocurrió en la Habana el alboroto que hemos
mencionado. Pero si en este punto no es muy preciso, afirma
en cambio con gran exactitud aquel nobilísimo historiador,
que la inclinacion de los americanos españoles á la indepen-
dencia, indicada en el Perú por el levantamiento del inca
Tupac en diciembre de 1780, yen Caracas por la conspira-
cion del mallorquin Picornel y del venezolano generai Miran-
da en 1796 (ambas sofocadas á tiempo), la fomentaron, no
solo los ingleses, temerosos de la caida de España en manos
del emperador Bonapal'te, aunque nosotros supongamos que
arrastrados tambien por su ambicion egoista; sino los fr;tnceses
y emisarios de José, que intentaron apartar aquellos paises de
la independencia del gobierno de Sevilla y Cádiz, que ape-
llidaban insurreccional; los anglo-americanos, que hacian
su propaganda en Méjico y claramente manifestaban la idea
de extender por allí sus dominios; y la infanta Doña Carlo-
ta, residente en el Brasil con un gobierno independiente de
Europa, que enviando emisarios al Río de la Plata, daba en
la América meridional un ejemplo tan malo como lo habia
sido para la del Norte la separacion de los Estados-Unidos.
Tambien aquí el ilustre conde, por cariño sin duda á los hom-
bres que fueron sus compañeros en la obra política de Cádiz,
calla en su historia, ó con intencion olvida, que la revolu-
cion americana fomentáronla á la vez principal y directa-
mente, además de los abusos del poder de aquellos vireyes,
gobernadores, presidentes de audiencias y dignidades ecle-
siásticas, las divisiones de las juntas creadas en la Península
á la invasion de los franceses, y los emisarios que la Central
de Sevilla dirigió al continente americano y provocaron, más
que los otros instigadores, el primer acto rebelde que hemos




CAPÍTULO IV 197


indicado, ocurrido en Méjico la noche del 15 al 16 de setiem-
bre de 1808.


Gobernaba la Nueva España aquel año como virey, el te-
niente general D. José de Iturrigaray, quien ya entónces,
despues de seis años de mando (2) y de observar en tan largo
tiempo el estado de ánimo de aquellos habitantes, sabia per-
fectamente que la cohesion política y los vínculos de unidad
moral entre los españoles de Europa y los de América, ántes
tan afianzados, habian ido poco á poco debilitándose por vá-
rias causas. Los vicios de los pasados gobiernos, empeñados
en dirigir á los hombres por el estímulo del temor y no del
interés recíproco; la manía de querer monopolizar los reyes
de España las ventajas que ofrecian las relaciones con el
nuevo continente, como temiendo que la cavidad del mundo
fuese todavía estrecha para los españoles; la inoportuna in-
tervencion y mano que habian siempre tenido los Acuerdos
de las audiencias para tiranizar á las municipalidades en su
gobierno interior y económico; la rivalidad además incesan-
temente de aquellas corporaciones con la autoridad de los vi-
reyes, que ménos sistemática y con menores pretensiones de
científica, no hubiera sido sin duda nunca tan peligrosa como
la de un cuerpo facultativo, que marchaba precedido del
aparato regulador de las leyes; y la guerra intestina que este
desnivel encendió entre tohs las autoridades, podríamos
apuntarlos entre los motivos que hicieron tan dificil el mando
en América, donde ya la contradiccion de principios en el go-
bierno, producía la relajacion cada vez mayor en el respeto y
la obediencia debidas por los gobernados á sus gobernadores.
A todo esto contribuia tambien y no poco el establecimiento
de una soberanía en el continente americano, que con su as-
tucia, ántes de destruir desorganizaba, valiéndose para ello,
no sólo en Méjico, sino en otros puntos de América, de espí-
ritus revoltosos é insubordinados que por la decidida propen-
sion á las novedades, ó por reparar los estragos de sus vicios
y disipaciones, ó por aversion á las autoridades solamente, se
aprovechaban con estudiada habilidarl de los descuidos, hijos




198 LA.S INSURRECCIONBS EN CUBA.


de la indolencia, ó de un momento de disgusto, para poner
en fermentacion aquella parte de la masa social siempre dis-
puesta á. mudanzas ruidosas.


Cási al propio tiempo que á manos del virey Iturrigaray
llegaban los decretos relativos á la causa del Escorial, cuya
publicacion, circunspecto y prudente, suspendió por no creel'-
la oportuna, salió de Cádiz el 24 de abril de 1808 la barca
(Jó,rmen conduciendo á la América noticias de la abdicacion
de Cárlos IV y de la exaltacion al trono de su hijo D. Fer-
nando. Las nuevas y documentos que de ésto trataban, los
recibió el virey el 8 de junio en la hacienda de San Agustin
de las Cuevas, y dispuso celebrar el suceso el dia 10 con re-
gocijo público y con solemne Te-.Deum el 14; causando
la natural sensacion en las personas más próximas á la pri-
mera autoridad aquel inesperado acontecimiento, en el que
unos y otros veian caracterizada la violencia y la explo8ion
de pasiones mal comprimidas en el mismo seno de la .familia
real española. Unos dias despues, otra barca, la Corza que
habia abandonado el 14 de mayo el puerto de Cádiz, llevaba
á la América relacion de los acontecimientos del memorable
día 2 y de la traslacion de los reyes á Rayona; hech1)8 que
conocidos en Méjico el dia del Corpus 23 de junio, y confir-
mados el 14 de julio oficialmente con las Gacetas de Madrid
del 13, 17 y 20 de mayo, conducidas á Veracruz por la bar-
ca Ventura, decidieron á Iturrigaray, de conformidad con el
real Acuerdo, á no reconocer ni acatar como legítimo sobe-
rano reinante sino á D. Fernando VII, á pesar de las abdica-
ciones á la fuerza exigidas por Napoleon dentro de Francia.
Ya por entónces habia quemado el virey públicamente y has-
ta en la misma sala de su palacio, várias proclamas de Bo-
naparte introducidas por viajeros de un buque francés, y ha-
bia detenido á dos generales extranjeros que por Nanquitoches
se dirigian á Méjico, con propósitos demasiado trasparentes
para desconocer las intenciones del coloso de Europa, que por
la gloria ensoberbecido, fáciles creia ya hasta las más insu-
perables empresas.




CAPÍTULO IV 199


En vista de todo esto, y enterado tambien por la circular
de Someruelos del 17 de julio de la actitud que en Cuba se
había tomado para afrontar las circunstancias (3), dispuso
Iturrigaray para el 30 de aquel mes la pública proclamacion
de Fernando VII por el pueblo mejicano; celebrándose al
mismo tiempo el levantamiento de la Península, conocido
aquel dia por los papeles que condujo en su último viaje la
barca Esperanza, con salvas de artillería, repiques de cam-
panas, procesiones en que se llevaba el retrato del nuevo rey
vitoreándole, á la vez que se daban mueras al emperador de
los franceses, y con un solemne Te-IJeum en la catedral, don-
de el arzobispo celebrante exhortó al público á que con suju-
ramento confirmase la fidelidad que tenia manifestada. El
propio virey, acompañado de su esposa, salió aquella noche á
recorrer las calles, adornadas con rica tapicería y vistosas
iluminaciones, para aumentar la animacion del pueblo; aun-
que tambien para autorizar con su presencia los desmanes
que son inevitables en toda gran reunion convocada por sen-
timientos ó con fines patrióticos, cuando animan á los con-
gregados. opiniones distintas, como ya entónces ocurria en
Méjico.


Ocho dias ántes de aquel acto, habia representado el
ayuntamiento de Veracruz al virey, con fecha 22 de julio, y
al tiempo de llegar á aquel puerto las noticias alarmantes de
la metrópoli, protestando de su adhesion y fidelidad á don
Fernando VII, y ofreciéndole en este sentido su apoyo para
resistir toda sugestion francesa; á lo cual Iturrigaray res-
pondió, no solo con aquelia pública proclamacion, sino con el
envío de circulares á Guatemala, Lima, Guayaquil, Habana
y hasta Manila y otros dominios españoles, manifestando su
actitud é indicando, como en 20 de agosto y 3 de setiembre
siguientes expresó á la Suprema junta de Sevilla, que «todos
»los habitante~ del reino de Méjico estaban dispuestos, como
»los de la Península, á derramar su sangre valerosamente en
»obdequio de unos objetos tan sagrados como la paz nacional
'i>y la libertad del monarca.»




200 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


Pero de aquella espontaneidad de carácter y de las com-
placencias de Iturrigaray, al popularizarse más allá de lo
que debe un gobernante celoso de la incolumidad de su
prestigio, nacieron pronto gérmenes de disgustos, tan gra-
ves, que andando el tiempo habian de traer la pérdida de
aquel extenso y poderoso reino, y á sus naturales la confu-
sion y la más triste y duradera de las anarquías.


El· real Acuerdo ó real audiencia, funesta institucion para
España, desde el descubrimiento de las Américas hasta el
dia, pretendió desde la proclamacion de Fernando VII asumir
el mando del reino; y en una de sus reuniones propuso el fis-
cal Sagarzurrieta, que al efecto se declarase al virey desti-
tuido. El ayuntamiento de la capital se enteró de tales pro-
yectos, y creyéndose, no sin fundamento, con más legítima
representacion en los negocios políticos que los empleados del
poder judicial, compuesto cási todo de oidores sin crédito ante
el pueblo de mucho tiempo atrás, hizo presentes al gober-
nador, por instigacion del licenciado Azcárate, sus dudas
acerca de la forma ó persona que supliese la soberanía de
la metrópoli, que segun las últimas noticias, estaba sin ver-
dadadero gobierno y sin otra representacion del poder, que
las juntas regionales formadas para resistir la invasion fran-
cesa.


Viendo Iturrigaray en aquellas desembozadas ambiciones
que por todos lados se trataba de reemplazarle, y débil para
imponerse cual la gravedad de las circunstancias exigia, y
áun para proceder como dias ántes lo habia hecho Somerue-
los en Cuba, reunió el 9 de agosto una diputacion de todo lo
más notable de Méjico, para comunicarle lo resuelto por el
real Acuerdo y pedirla consejo sobre su continuacion en el
mando ó su reemplazo, si lo consideraban conveniente á lo¡¡
intereses pátrios. Tal reunion exasperó grandemente á los
enemigos de Iturrigaray, que consideraron muy irrespetuoso
que en ella se prescindiera del voto corporativo así del ayun-
tamiento como de la audiencia. Conformes, sin embargo, las
personas diputadas en que siguiera en el gobierno el virey,




CAPÍTULO IV 201


le ofrecieron su adhesion y coadyuvar en todo á la realiza-
don de sus propósitos; y le decidieron á publicar el dia 11
una proclama á los habitantes de Méjico (4) en la que, con-
tando con aquella diputacion ó junta provisional, declaraba
no reconocer otro gobierno soberano que el que se encargase
de defender la causa de la nacion y de Fernando VII; consi-
deraba legítimas las autoridades constituidas en la Nueva
España, y subsistentes sin variacion en el uso y ejercicio que
les concedían las leyes pátrias y sus respectivos despachos y
titulos; y decia, por fin, que cualesquiera juntas que en clase
de supremas se establecieran en la Península ó en América,
no serian obedecidas por Méjico si no fuesen inauguradas,
'creadas ó formadas por S. M. ó por sus lugartenientes au-
ténticamente legítimos.


En tales momentos llegaron á Méjico los comisionados de la
junta de S8villa, D. Manuel Francisco Jáuregui y D. Juan
Jabat, quienes al desembarcar en Veracruz se habian enten-
dido directamente con aquellas autoridades sin la vénia del
virey (cosa muy propia de nuestro carácter un tanto insubor-
dinado), y exigieron luego de la primera autoridad que reco-
nociera la soberanía de la Suprema junta de gobierno. Mas
Iturrigaray que ya en la proclama habia expuesto sus prin-
cipios, y no veia en aquellos delegados poderes bastantes, ni
una verdadera y ganuina representacion del monarca, tuvo
que negarse; atendiendo tambien á que vArios Estados del
reíno, querían reconocer á determinadas juntas y no todos á
la de la capital de Andalucía.


Natural era, conocidas sus tendencias, que se apresuraran
aquellos emisarios irritados por la negativa, como sucedió
desgraciadamente, á engrosar las filas de los enemigos del
virey; los cuales, para despopularizarJe y para soliviantar los
ánimos, esparcian absurdas noticias atribuyéndole hasta el
propósito, que si tenia no realizó nunca Iturrigaray, de cons-
tituir un Congreso con representantes de todas las provincia.s
de la Nueva España, para que se le confiriesen las atribucio-
nes de la soberanía. El virey, que veia. formarse á su alrede-




202 LAS INSURRECCÍONES EN CUBA.


dar una furiosa tormenta, trató de conjurarla reuniendo al
efecto en 31 de agosto la misma diputacion de notables. An-
te ella expuso las pretensiones de los comisionados é hizo pre-
sente, que si por su conducto pedia la j unta de Sevilla recono-
cimiento y obediencia, lo mismo exigia la de Astúrias y quer-
rian luego las de Valencia y las de otros puntos; por lo cual,
era su resolucion, continuar gobernando como virey, no obe-
decer á ninguna y auxiliar á las dos y á todas con recursos
para resistir la invasion del francés. Unánimes se conforma-
ron los diputados con tal acuerdo, pero no los disidentes, que
capitaneados por el mismo comisionado Jabat, empezaron
una conspiracion directa contra la persona del gobernador.


El 9 de setiembre llamó éste para su tercera reunion á la
junta provisional, y en ella por. ~onsecuencia sin dudit de las
instigaciones de los conspiradores, no hubo ya unanimidad
de pareceres, disintiendo diez de los ochenta vocales de que se
componia; pero aún se decidió no obedecer á ninguna de las
dos juntas que lo pedian, y se propuso con conocida mala fé
por algunos oidores, que para dar más fuerza á los Acuerdos se
convocara una reunion mayor con diputados de las principa-
les poblaciones del reino. Esta mocion, en la que patentemen-
te veía Iturrigaray los trabajos de los conspiradores para
enagenarle la confianza pública; ciertas expresiones impru-
dentes vertidas por algunos vocales, y los pasquines, anóni-
mos y libelos contra su persona que profusamente circulaban,
le hicieron consultar al Acuerdo el mismo dia 9 de setiembre
la renuncia del mando en el teniente rey ó segundo cabo don
Pedro Garibay; fundándose en que tenia ya sesenta y seis
años, y en la necesidad de tranquilizar á su familia alarma-
da de continuo con amenazas anónimas y áun más ó ménos
manifiestaa. Pero habiéndole suplicado el decano del ayunta-
miento de la capital y otras importantes personas, que no les
abandonara en tan críticos momentos, accedió por el pronto
á su cariñosa súplica, aunque disgustado y poco convencido
ni dispuesto á continuar por mucho tiempo (5).


Las vacilaciones de la autoridad alientan siempre á los




CAPíTULO IV 203


enerrdgos del órden, y por la situacion en que colocaron la
del virey los que debian estar más interesados en fortalecerla
con su apoyo, se hicieron luego públicas las disidencias en
las diferentes clases sociales, saliendo á luz muchas recrimi-
naciones y un profundo desacuerdo, hasta entónces encubier-
to, entre europeos y criollos.De fatal necesidad era esto cuan..;.
do hasta el obispo de Guadalajara afirmaba que D. José de
Iturrigaray no merecia la confianza del pueblo, lo cual todos
los fieles sin distincioIl, de clases y razas se veian en la pre-
cision de creer: cuando los europeos, instrumentos de la am-
bicion del real Acuerdo ó de las primeras personas de Vera-
cruz, que conniventes con los comisionados de Sevilla figu-
raban ya en la disidencia, esparcian rumores sediciosos con-
tra el virey: cuando se acusaba á los criollos de ser los pro-
movedores de la reunion de la junta general, pedida por los
oidores y negada por Iturrigaray, aunque sometida á la deli-
beracion de la diputacion d~ notables; y finalmente, cuando
los habitantes de las provincias de Méjico, y en particular
los de Durango, decian que la division entre criollos y eu-
ropeos reconocia por causa original los pasquines subversi-
vos y escritos sediciosos, que salian de los mismos centros ofi-
ciales, donde el gobernador tenia sus mayores enemigos, y
de las imprentas de la capital, residencia á la sazon de los
comisionados de la junta de Sevilla.


Tales proporciones tomó la agitacion aquellos días, que el
virey, privado de tropas, tuvo que llamarlas á su lado, pues
para la defensa del órden solo contaba en la ciudad, igno-
rando hasta qué púnto le seria fiel, con el regimiento del
Oomercio. Componíase éste de personas ricas y de distin-
guidas circunstancias, que para librarse de las penalidades
propias del soldado en las horas de faccion, alquilaban de or-
dinario, si no diariamente como sustitutos, hombres de no
muy buena reputacion llamados en Méjico zaragates, que
más se inclinaban á las revueltas y á la vida disipada, que á
los sérios y sagrados deberes militares. Iturrigaray concentró
por tanto en la capital, el regimiento de Oelaya, y los dra-
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204 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


ganes de NUe1Ja Granada, cuyo jefe era de la devocion su-
ya, pero no con el propósito de desarmar á los europeos, co-
mo se decia por los conspirado~es. Viendo éstos contrariados
sus intentos en aquellas medidas de propia conservacion,
rompieron el dique de su iracundia, y excitando más y más
el ánimo de las masas, hasta circularon la calumniosa pero
perturbadora especie de que el virey habia recibido un nom-
bramiento del duque de Berg, de aquel Murat asesino del
pueblo de Madrid el 2 de mayo, y que trataba de imponerse
para arrastrar la Nueva España á las plantas del intruso
José Bonaparte.


Como en tiempos de perturbacion revolucionaria no hay
elemento reñido con el órden que no salga á la superficie y
busque el nivel comun, aunque proceda de las más escondidas
mansiQnes del crímen, se presentó á la vista del público en
aquella ocasion entre los más bullidores y haciendo propa-
ganda independiente, un padre Talamantes, fraile originario
y escapado del Perú, residente en Méjico, que se decia comi-
sionado por su convento y los demás de la órden para pasar
á España. Con el fin de halagar al pueblo y apartarle de los
deberes de la obediencia, empezó el inquieto fraile á predicar
la extincion de todos los subsidios y contribuciones eclesiás-
ticas, excepto las medias anuales y las dos novenas, y á pro-
pagar la idea de un Congreso americano para someterle e1
reconocimiento de la persona que debiera acatarse cual sobe-
rano legítimo de España é Indias. Respetando su carácter,
se consintieron unos dias las imprudencias del fraile; mas al
constarle con certeza al virey que estaba en relaciones estre-
chas con D. Ignacio de Allende, que luego fué compañero del
sacrílego cura Hidalgo, y con otros perturbadores por tem-
peramento ó por compromisos contraidos, le mandó prender,
y por motivo aprovecharon tambien éste los de la conspira-
cÍon para hacer á Iturrigaray blanco de otras graves ca-
lumnias (6).


Hábilmente combinada la accion de éstos contra el princi-
pio de autoridad que intentaban representar destruyéndolo,




CAPÍTULO IV 205


3gitaron en los mismos dias los inconscientes elementos del
comercio, por lo regular agenos á las cuestiones políticas, y
que por bien y conveniencia de la Hacienda pública debieran
estar siempre alejados de las esferas del gobierno; y un don
Gabriel del Yermo, peninsular acaudalado que gozaba sobre
los europeos, además del ascendiente que da la riqueza, el de
la usura que tenia á muchos sujetos á su voluntad, formó
una union federativa contra el virey, principalmente entre
los contrabandistas veracruzanos y los enemigos de la lega-
lidad, resentidos de su gobierno porque de ella no habia que-
rido prescindir á su instancia y en su provecho. Fundándose
entónces en que la guarnicion de tres mil hombres era insu-
ficiente para defender su ciudad y el fuerte de San Juan de
Ulua de cualquiera agresion francesa, empezaron á atacar al
virey porque en el próximo canton de Jalapa, punto más
sano que el de Vera cruz y libre de la accion de la fiebre
amarilla, que tan frecuente es en aquella marítima capi-
tal de las tierras calientes, tenia doce mil hombres dispues-
tos á entrar en campaña; y siguieron conmoviendo al público
diciéndole que estaba allí aquel ejército apartado de la costa
con el solo objeto de facilitar á los enemigos que se hicieran
dueños de la plaza. Levantando sobre este tema montes de
desconfianzas contra la autoridad, y para hacerla más sospe-
chosa, inventaron que Iturrigaray no se prestaria á la entre-
ga hasta despues de castigar vigorosamente al ayuntamien-
to y á los habitantes de Veracruz, á quienes tenia ojeriza por
~us manifestaciones en favor de la Junta de Sevilla, que era
la representacion genuina de la pátria.


Tantos elementos de combustion hacinados y unidos al
encono de algunos concusionarios, amigos de Yermo, á quie-
nes el virey habia entregado á los tribunales, y atizada ade-
más la hoguera por el disgusto de los oidores, que habiendo
creido disponer soberanamente del gobierno durante la cau-
tividad de Fernando VII, veian sus sueños desvanecidos; en-
sancharon la masa de los descontentos, que, impacientes y
anhelosos de venganza, contra el que desbarataba sus planes




206 LAS INSURRECCIONES EN CUBA.


y se oponia á sus irregulares manejos, incitaron á D. Gabriel
del Yermo, en quien reconocian á la sazon más resentimien-
tos que en ningun otro, por habérsele exigido recientemente
que eutregase á la Hacienda unos fondos que la pertenecian,
y con él concertaron, hasta los mismos magistrados de la au-
diencia, al tomarle por instrumento, que, «sigilosamente,
»una noclte, desde las doce en adelante, evitando el mal, '!I
1>sin ltacer mal á nadie, se prendiese al virey y se pusiese
»ot'l'O en su lugar, de acuerdo con las autoridades togadas.»)
Aquel plan debía realizarse en la noche del 14 de setiembre,
y no tuvo efecto por haberlo denunciado á Iturrigaray uno
de los conspiradores, arrepentido; pero se difirió á la del 15
al 16, en que, conniventes los conspiradores con la guardia del
general, entraron en palacio en número de 232, sin más obs-
táculo que asesinar á un pobre centinela, esclavo de su de-
ber y ageno al secreto, y se apoderaron del virey, familia y
deudos, que allí se hallaban, retirados en sus aposentos la
mayor parte (7). Los cómplices en aquel escandaloso suceso,
que arrojaba por el suelo la soberanía de España en Méjico,
acudieron presurosos despues· de la sorpresa, así el real
Acuerdo, como el arzobispo y el mariscal de campo, D. Pedro
Garibay, á recoger los pedazos de aquel principio de autori-
dad, por ellos vilipendiado, para dejarlo en las temblorosas
manos del viejo teniente-rey; hombre que, conocido por sus
limitados alcances, probó en aquella ocasion que ni com-
prendia siquiera hasta dónde las leyes del honor alcanzaban.
Consumado el escándalo, acordó con los demás que, depues-
to Iturrigaray, fuese llevado á la Inquisicion; y no habiendo
querido admitirle aquel tribunal en sus prisiones, por no ver
en él delito para el caso, fué de allí conducido al convento de
Betlemitas, y luego trasladado al castillo de San Juan de
Ulua, en Veracruz, pueblo donde estaban sus más numero-
sos y enconados enemigos, en cuya fortaleza se le unieron su
esposa é hijos, víctimas tambien, en los primeros momentos,
de injustificados atropellos (8).


Este y no otro fué el principio de la independencia de Mé-




CAPÍTULO IV 207


jico: provocada por la impaciente ambicion de altos emplea-
dos, que no siempre ejercitaron sus funciones en actos de la
más pura moralidad, y secundada por la insaciable codicia
mercantil de unos pocos mal contentos, á quienes, para rea-
lizar sus fines, no se les habia permitido trasgredir las pres-
cripciones legales.


El nuevo virey interino Garibay, colocado en el mando co-
mo instrumento nada más, segun se deduce de la proclama
hipócrita é insidiosa, fijada en las esquinas de la capital á las
doce de la mañana de 16 de setiembre (9), dispuso en un ban-
do de circunstancias, publicado en la Gaceta de Méjico del
sábado 17, que todos los habitantes de la capital usaran la
cucarda del amado soberano Fernando VII, con el claro
propósito de desviar la opinion, justamente alarmada, y
para hacer recaer sobre Iturrigaray la nota de poco afecto al
rey cautivo. En la misma Gaceta tambien, con una de las
más perversas intenciones, y para exaltar el fanatismo de
las pobres gentes extrañas á las luchas politicas, se atribuia
el feliz suceso del desposeimiento del mando al anterior vi-
rey, á la.intercesion de la milagrosísima Madre de Dios, Vír-
gen de Guadalupe, cuya novena acababa de verificarse.


Mucho sentimos no poder estar en la apreciacion de estos
sucesos, acordes en un todo con el juicio que sobre ellos tiene
formado el Sr. Navarro y Rodrigo, en su obra titulada Itúr-
oide (10). Atribuye el Sr. Navarro á D. Gabriel de Yermo el
más puro patriotismo al acometer tan trascendental empresa
y (<no querer tomar parte alguna en el nuevo poder que se
»c'l'eaoa,» y nosotros, por el contrario, opinamos, que anima-
do Yermo al entrar en la conspiracion, nada ménos que por
sentimientos de venganza y de la más vulgar codicia, é inte-
resado como estaba en no pagar á la Caja de Consolidacion el
completo de las cantidades que la debia, y se le habian recla-
mado, se creia premiado suficientemente consiguiendo despues
de aquello ciertas benevolencias, que obtuvo, en las cuestio-
nes de los contrabandistas, sus cómplices (11). Y, en verdad,
que tal conducta no debe extrañarla el Sr. Navarro, si tiene




208 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


presente que en las revoluciones de América, más que en las
de Europa, el interés mercantil ha dominado siempre á las
ideas políticas de progreso ó civilizaioras¡ desde la contribu-
cíon sobre el té, impuesta por Jorge III á los colonos del Nor-
te, que produjo la fundacion de la república de los Estados-
Unidos, hasta el arreglo de los aranceles y el monopolio én las
aduanas, que Baez y otros pequeños jefes de las repúblicas de
la América latina han tomado por motivo, para recibir en SUil
levantamientos el apoyo de los comerciantes.


La elevacíon de Garibay no satisfizo, por cierto, á nadie.
Si en la gran mayoría de criollos se manifestaban ódios al an-
terior virey, era más bien por el que tenian á la dominacion
española algunos que no realizando en el cambio sus propósi-
tos, continuaron, aunque ocultos en un principio, dando vida
á sus graves proyectos de todos modos; y con tal actividad al
leer el decreto de 21 de setiembre, que aplazaba la apertura
de los pliegos de providencia, y hacia aparecer, con cierto
carácter de poder usurpado, el gobierno del viejo gene-
ral (12), que éste, lleno de recelos, se vió obligado á publicar
en la Gaceta del 8 de octubre un decreto del 4, condenando
los pasquines, anónimos y libelos, que con profusion circula-
ban diariamente. No satisfizo tampoco el nuevo gobier'no á
todos los comerciantes seducidos por Yermo que, esperando
mayores franquicias para aumentar su lucro, no quisieron
contentarse con las adulaciones que Garibay les dirigió en la
Gaceta del 17 del mismo setiembre, diciéndoles que á ellos se
debia tan sólo el hecho, que la posteridad apreciada, de la
deposicion de Iturrigaray, 'y la nueva feliz ,era en que Méjico
habia entrado. Sin duda el virey interino no sospechaba, al
santificar la insurreccion, que pronto iria él mismo á recor-
rer el camino de todos los poderes usurpados; como se le in-
dicó ya en la noche del 30 al 31 de octubre, en que, los mis-
mos facciosos que le habian elevado ú otros, iban á precipi-
tarle de su puesto, y sólo por una casualidad pudo entónces
evitarse.


Ocupada á este tiempo la Junta central de Sevilla en los




CAPÍTULO IV 209


asuntos de la guerra contra los franceses, y en sus propios
disgustos, no pesó cual debia la gravedad de los aconteci-
mientos de Méjic), ni atendió á prevenir los males que pu-
dieran sobrevenirles al irregular gobierno del anciano y dé-
bil D. Pedro Garibay, y al siguiente del arzobispo D. Javier
de Lizana, no más enérgico que el de aquel, y que, llevando
la mancha del mismo pecado original, tenia, como aquel,
que transigir y distribuir ~l poder, con todos los que habian
contribuido á arrebatárselo á Iturrigaray. Y es que con go-
biernos sin garantías y sin legítimo orígen, es fatalmente ne-
cesario que el principio de autoridad pierda su fuerza y se ar-
rastre por el más bajo nivel tanto, cuanto más débiles ó inep-
tas son las manos encargadas de sostenerlo.


Esto, que en todas partes sucede á la larga, se aceleró en
Méjico por el abandono en que tenian las cosas de América
las juntas de Sevilla y Cádiz, y por la ignorancia de los hom-
bres que las formaban, segun en sus obras demostraron. Y
como era lógico que á la sublevacion de los más altos de-
legados del poder siguieran allá otras de los inferiores gerár-
quicos, é.stos acabaron por levantarse y usurparle á los que,
tambien violentamente, lo habian adquirido. Dos años y un
mes hacia que Iturrigaray, pasaba aprisionado del palacio
de los vireyes á la Inquisicion de Méjico, cuando, en la pro-
vincia de Guanajuato, el cura de Dolores, D. Miguel Hidal-
go y otros partidarios sin duda del fraile Talamantes, toca-
ron en la feligresía de aquel y en San Miguel el Grande la
trompeta de la rebelion, el 16 de octubre de 1810 imitando,
aunque con ménos cautela, á aquellas inquietas primeras au ...
toridades, en el propósito de destruir la Nueva España de
Grijalva y de Cortés.


Pero ántes de pasar adelante en la historia de las turbu-
lencias de Méjico, que sólo como incidente deben figurar en la
presente obra, y para no alterar el órden cronológico de los
sucesos, veamos qué causas pudieron influir más directamen-
te en los levantamientos que á poco se verificaron en todo el
continente americano.




210 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


11.


En tanta que la Junta central gubernativa del reino, fuédi-
rigida por la inteligencia práctica del conde de Floridablan-
ca, se dedicó con algun acierto á los asuntos de gobierno y
organizacion, tan necesarios como difíciles en los primeros
momentos de explosion popular, con motivo de la guerra de
independencia; pero las desazones que al huir de Aranjuez
á Sevilla sufrieron los vocales, aceleraron la muerte de aquel
anciano é ilustre hombre de Estado, ocurrida á poco de lle-
gar á la capital de Andalucía, y por tan triste suceso pasa-
ron las riendas de la gobernaciou" á las manos méuos hábiles
y no tan respetables del marqués de Astorga. Éste, qu.e como
la mayor parte de sus colegas, adolecia de un natural intran-
sigente apego á las máximas de la vieja escuela política, y
que nuevo además en el mando no habia podido todavía per-
suadirse del cambio de los tiempos y de las diferentes exi-
gencias que consigo traian, se aturdió al verse rodeado de
complicadas c;.¡estiones nacidas de la perturbacion cada dia
creciente, tanto por la guerra, cuanto por los improvisados
ambiciosos, y por' los reformistas discípulos de la escuela en-
ciclopedista, simpatizadores si no instrumentos algunos, delos
agentes del invasor; y ni él como presidente, ni con los de-
más vocales de la junta, á pesar de las grandes dotes de Jo-
vellanos, lograron por el pronto hacerse imponer, ni respe-
tal', ni aparecer por consiguiente cual verdadera autoridad
suprema ante los poderes locales, improvisados y constitui-
dos en vários puntos de la Península por sí propios 6 por el
voto y aquiescencia popular. Para conseguir el acatamiento
que pretendía, envíó la Junta delegados suyos con el carácter
de comisarios á las provincias, á la vez que para contener la
irrupcion en el mismo seno del gobierno, de los conspiradores




CAPÍTULO IV 211


y agentes del r3y intruso, estableció, á imitacion del que aca-
baba de plantear José Bonaparte en Madrid, un tribunal de
seguridad y proteccion para juzgar los delitos de infidencia.
Pero ni aquellos comisionados obtuvieron gran cosa de las
juntas provinciales, á las que sólo entorpecieron en sus tra-
bajos de defensa, por no ajustarse generalmente los proyec-
tos de la Suprema á las corrientes establecidas por la opinion,
ni el tribunal de seguridad mereció la aceptacion del público,
que, cansado de poder3s arbitrario!:!, aspiraba al imperio de
una verdadera legalidad. Y esta era ciertamente ilusoria,
viéndosela con dolor olvidada al juzgarse en la sombra del se-
creto, silenciosa é inquisitorialmcnte, los delitos contra la pá-
tria sorprendidos el 9 de abril de 1809, al ex-fraile D. Luis
Gutierrez, redactor que habia sido en Bayona de una gaceta
en español, y comisionado por el intruso José para disponer
los ánimos de los habitantes de América en su favor; cuyo
agémte, ajusticiado en la noche de aquel mismo dia, fué ex-
puesto muerto al público á la mañana siguiente. Los escasos
amantes de las reformas y de la nueva legalidad, no tenian,
sin embargo, en cuenta, que aleccionados por la Inquisicion
y por una larga tiranía, no sabian de tales prácticas pres-
cindir nuestros padres en aquella época.


La excitada opinion pública, temerosa de bdo al creerse
privada de gobierno, pues no consideraba como tal al que
por debilidades dominado se hacia eco de todos los absurdos
y juguete de todas las osa1ías, y enterada además de que dia-
riamente ya por medio d::l! comisionado Sotelo trataba José
de establecer inteligencias con la Junta de Sevilla, ó ya por
conducto del general S,~bastiani se hacian proposiciones á Jo-
vellanos, á las que siempre, en verdad, la Junta contesta-
ba que solo admitiria negociaciones bajo la base de la resti-
tucion del rey cautivo y la evacuacion del territorio por las
tropas francesas; el público, decimos, seguia intranquilo y
desconfiado y extendiendo y alimentando alarmas cada vez
má,s conmovedoras. Tales fueron, que obligaron á la Junta
en 18 del mismo abril é inmediatamente despues de la rota


16




212 LAS INSURRECCIONES EN CUBA.


de Medellin á decir al país, que no trataba de trasladarse ni
á Cádiz, ni á las Américas, ni á ningun otro punto, como
los propala:dores de noticias aseguraban, y que «nunca mu-
»daria su residencia sino cuando el lugar de ella estuviera en
»peligro ó alguna razon de pública utilidad lo exigiese.»
Pero esto á la parte ardiente del pueblo no le satisfacia, por-
que ante todo deseaba ver suelto el freno que tenia sujeto su
enérgico vigor, y le impedia utilizarlo contra el enemigo; cre-
yendo, por tanto, insuficiente para conseguirlo el ensanche
de la 1ib~rtad de imprenta debido á los innovadores Calvo de
Rozas y Jovellanos, que se formuló en el decr~to de 15 de
abril; como ya habia reconocido ineficaz por su demasiada
vaguedad el de 22 de marzo que tímidamente restablecia la
representacien legal de la monarquía en sus Antiguas Córtes,
y ofrecia convocarlas para el año próximo, ó para ántes si las
circunstancias lo permitian. Demostrado está por la historia
que los pueblos aumentan sus exigencias á medida de ~o nece-
sarios que se consideran, ó cuando adulándoles se les dá á en-
tender lo que valen; y en aquella ocasion manifestáronse des-
contentos é impacientes por lo poco que se les daba y que dias
ántes hubieran considerado excesivo, los mismos que sabian
que en tales circunstancias de su actitud dependia la salvacion
del gobierno y la expulsion del francés. No era pues extraño
que aquellos impacientes se lanzaran luego por el camino de
las conspiraciones, frustradas entónces por fortuna, en las que
la inadvertida Junt~ vió ya sin embargo con toda claridad, lo
mismo que en el escaso efecto producido por sus decretos, que
no era la idea de rechazar al enemigo la única que dominaba y
movía el espíritu insurreccional de todas las masas, sino en
muchas el sentimiento de las reformas que rápidamente iba pe-
netrando en los ánimos. Por si aquello no fuera bastante para
tomar el pulso á la opinion, acabaron aquellos patricios de
convencerse de la gravedad del mal, con el frio recibimiento
que generalmente merecieron del público los nombres de cier-
tas personas, refractarias á los innovadores, que en la convo-
catoria figuraban para la comislon de Córtes, y las disposicio-




CAPÍTULO IV 213


nes de la Junta sobre el restablecimiento de los Consejos, que
hasta sus mismos partidarios censuraron por mandarse reunir
todos en uno supremo,


Tal estado de cosas animó al gobierno británico, nuestro
aliado ó nuestro génio del mal quizás, á aconsejar á la Junta
que rompiera de una vez con las viciosas y viejas tradiciones,
y que entrase de lleno en el camino de las reformas. Aquella
oficiosidad, más que de consejo, tenia visos de una exigen-
cia, pues precisamente se formuló en ocasion en que se hacia
el desdeñoso sir Arturo de Wellesley, elevado en 28 de julio
de 1809 por la batalla de Talavera á vizconde de Wellington
y á capitan general del ejército español, quien queria reti-
rarse del frente del ejército por disidencias con la Junta su-
prema, á la que pretendia imponerse. Se avino al fin por los
buenos oficios de su hermano el marqués de Wellesley, em-
bajador de la Gran Bretaña, desembarcado e14 de agosto en
Cádiz y convertido en mediador cerca del gobierno de Sevi-
lla, que hizo además inclinar á éste, aunque no decidirle por
el pronto, á seguir un rumbo político más en armonía con
las circu~stancias y con las tendencias inglesas. Yes que en-
tónces se sabia ya, que José Bonaparte para halagar la opi-
nion, dictaba en Madrid disposiciones relativas á la enseñan-
za pública, á la administracion de los municipios y sobre ju-
risdiccion civil, criminal y eclesiástica, y planteaba reformas
en la Hacienda, ideadas en junio por el proyectista Cabarrús,
entre las que se abolía el oneroso voto de Santiago.


PeroWellesley no pudo de una vez hacer caminar tan de
prisa como su gobierno deseaba á los hombres de la Junta,
que estaban divididos por los debates que á fines de agosto y
en el mes de setiembre se riñeron, en el seno de la corpora-
cion, con motivo del proyectado establecimiento del Consejo de
regencia y la propuesta de nombrar regente único al carde-
nal de Borbon, presentada por el vocal D. Francisco Palafóx y
apoyada en la opinion por la más alta clase de Sevilla. Nada
podia hacer tampoco por impedírselo las luchas de la Junta
centraJ con el Consejo, á la que éste intentaba arrancar su




214 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


soberania y matar al propio tiempo las provinciales á las que
consideraba más perturbadoras que beneficiosas á los intere-
ses pátrios; y como nada le era posible hacor al diplomático,
esperó á que álguien triunfara en aquella lucha de tenden-
cias, en las que el Consejo representaba las más antiguas tra-
diciones, para influir directamente sobre la parte que obtu-
viera la victoria. Pero seguidamente el fuego de los debates
se comunicó á las provincias, entre cuyas juntas, la de Va-
lencia por ejemplo, enojada contra el Consejo, pidió la sepa-
racion de las potestades legislativa y ejecutiva; y la de Ex:-
tremadura se entendia directamente con Wellington, á la
vez que los partidarios de Palafóx se aprestaban para conse-
guir por las armas que sus opiniones prevalecieran. Unas y
otras exigencias obligaron á la Central á tomar medidas y á
proponer en 19 de setiembre la formacion de una Oomision
ejecuti'lJa, encargada del despacho de los asuntos ele gobierno
mientras ella se reservaba los negocios que requirieseJl plena
deliberacion, y á convocar las Córtes extraordinarias del rei-
no para ell.O de marzo de 1810. Nada consiguió, sin embar-
go, por la confusion que para impedir estos acuerdos introdu-
cian el marqués de'la Romana y sus partidarios; y como el
plazo de las resoluciones definitivas se alargaba, impacien-
tado el marqués de WeUesley dirigió al vocal de la Junta. é
individuo de la comision de Córtes, D. Martin Garay, aquel
consejo amistoso (13), que tanto contribuyó á decidir la ins-
talacion de la Oomision ejecutiva y á que se publicase el
decreto de 28 de octubre, aplazando la convocatoria de las
Córtes para el próximo l.0 de enero de 1810 y el principio de
las sesiones á igual dia del siguiente marzo.


Funesta fué sin duda para los intereses de la pátria aque-
lla Oomision gubernativa, que se compuso con individuos de
exigua talla, influidos además por los disidentes; á la que,
por sus desacertadas disposiciones, se la supuso responsahle
de la rota de Ocaña que tanto la aturdió, y que al esparcir el
decaimiento y el dolor en todos los ánimos, cimentó el prin-
cipio de su impopularidad. Por fortuna para el país~ la .J unta




CAPÍTULO IV 215


central que no entendia ya en ninguna materia de gobierno,
y trataba en sus sesiones solamente de asuntos generales so-
bre arbitrios y de otras materias legislativas, pudo entónces
librarse de la justa animadversion pública; aunque poco du-
ró tambien aquella tranquilidad, porque los inquietos ambi-
ciosos, conde de Montijo, Palafóx y marqués de la Romana,
alma de la Comision ejecutiva y orígen de sus desaciertos,
hicieron penetrar su espíritu perturbador en la Central, á la
que convirtieron pronto con sus intrigas en un semillero de
chismes (14), que hacian caer por tierra su crédito, y antici-
paban su ruina por los mismos medios de que se habian va-
lido para anular la Ejecutiva.


Durante estas tristes é infecundas luchas personales, la
Central, que se ocupaba del exámen de la proposicion sobre
libertad de imprenta, pasó el expediente en consulta al Con-
sejo, en el que, fundándose en su vetusta política, fueron to-
dos contrarios al proyecto, excepto aquel entendido jefe de
Hacienda que fué de Cuba, D. José Pablo Valiente, que emi-
tió su voto favorable. Pero nada pudo acordarse tampoco
acerca d~ tan importante asunto, por haberse tenido que pa-
sar luego a otras comisiones y sabido es ya, por lo natural
y corriente entre nosotros, que cuando en España se pretende
eternizar:una resolucion, no hay más que remitirla á informe
de las corporaciones de cualquier género que sean; aunque
en aquel caso contribuyó tambien mucho á paralizar ciertos
asuntos, el concluirse el mes de diciembre de 1809 y estar
próxima la convocatoria de las Córtes.


La comision respectiva de la Central sentó el principio de
conceder igualdad de representacbn á todas las provincias
de España, y de dividir las Córtes en dos cuerpos, electivo el
uno y el otro de privilegiados del clero y de la nobleza. Ex-
pidió al efecto las convocatorias respecto de los individuos
que hubieran de componer la Cámara electiva, contando con
que las elecciones en el estado en que el país se encontraba
necesitarian mucho tiempo para verificarse; y suspendió la
circulacion de las órdenes relativas á los privilegiados, para




216 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


hacerse más adelante el llamamiento personal; resultando de
esto la falta de la alta Cámara el dif1 de la apertura del Par-
lamento.


Los desaciertos que hemos indicado y otros muchos de la
Gomision ejecutiva, aconsejaron su reforma, yen consecuen-
cia, se renovó parte de su personal aquellos dias. Cási al pro-
pio tiempo fué anunciada con sorpresa del público la invasion
de Andalucía por los franceses; y como seguidamente se dió
á luz el decreto del 13 de enero de 1810, en el que la Junta
central, al anunciar que debia ha~larse reunida en la isla de
Leon elLo de febrero con el objeto de preparar la apertura
de las Córtes, manifestaba que se disponia á dejar á Sevilla;
la alarmada opinion pública, predispuesta y trabajada por
Palafóx, Montijo y los otros partidarios del desórden, mani-
festó su desagrado en un abierto motin que estos provocaron
en la ciudad y que no pudieron los centrales evitar ántes de
marcharse.


El mismo 20 de enero en que José Napoleon, al frente· de
cincuenta y cinco mil hombres, pasaba por Despeñaperros,
con el objeto de disolver la Junta suprema, principal foco, co-
mo él decía, de la insurreccion española, y poder que inutili-
zaba el suyo, usurpado; abandonaron á Sevilla algunos de
los centrales, y otros por el rio ó por tierra se dirigieron á la
isla de Lean en la noche del 23 y madrugada del 24. Los
primeros lograron llegar á salvo al término de su viaje; pero
no los segundos, que fueron maltratados en los pueblos donde
ya se tenia noticia del motin de la capital.


Al estallar éste el mismo dia 24, y tan pronto como salieron
de allí los vocales todos de la Junta central, aquellos constantes
conspiradores partidarios de la Regencia que lo habian dirigi-
do, se constituyeron al momento en gobierno supremo. Decla-
raron nacional la junta de la ciudad, y esparciendo contra los
legitimas poderes acu¡¡aciones graves, entre otras la de que
abandonaban al gobierno y huian cuando eran las circunstan-
cias más apuradas, trataron de inutilizarlos para hacer el suyo
duradero. Tan de prisa anduvieron como gobernantes aque-




CAPÍTULO IV 217


llos sediciosos, temiendo sin duda que el tiempo les faltara,
que inmediatamente formaron una junta ;nilitar para que de-
signara jefes á las tropas, la cual nombró en seguida al
marqués de la Romana general en jefe del ejército de la iz-
quierda; y con las formalidades de un verdadero gobierno,
dictaron órdenes á las provincias para que reconocieran y
obedeciesen el suyo, y circularon otras á las posesiones de
América, que por fortuna no llegaron á ser ejecutadas. Pero
si en osadía revolucionaria fueron notables los Montijo, Ro-
mana, Eguía, Palafóx y demás consortes, en aquella ocasion,
no así en la defensa de los intereses pátrios, pues al saber que
el general francés Víctor se acercaba á Ja ciudad, todos ellos
la abandonaron con vario::! pretextos, dejando sin cabeza á la
turba de sus comprometidos y á los sevillanos sin jefes que
atendieran á la defensa de sus hogares. Ninguna extrañeza
nos debe causar esto, sabiendo que en todos lo~ tiempos no
han sido los revolucionarios, á pesar de sus alardes de patrio-
tismo y vocinglería impertinente, los más fervientes defenso-
res prácticos de los verdaderos intereses nacionales.


Los dispersos miembros de la primitiva y legítima Junta
central llegaron en tanto y ántes de terminar enero á la isla
de Leon, donde temerosos de no ser obedecidos despues de 10i
recientes dolorosos acontecimientos y atropellos sufridos, de-
cidieron dimitir sus cargos, sin esperar la congregacion de
las Oórtes, y nombrar la Regencia exigida por los conjurados;
en lo cual manifestaron ciertamente una debilidad impropia
y punible en aquellos momentos. Acordado así, decretaron en
29 de enero la instalacion de la nueva soberanía, encargada
de ejercer la potestad ejecutiva en toda su plenitud hasta que
se reunieran las Oórtes que, segun el decreto, y siguiendo la
primera idea, deberian componerse de dos Estamentos, uno
popular y de dignidades el otro (15). Para regentes fueron
designados desde luego cuatro españoles europeos y uno de
las provincias ultramarinas, recayendo la eleccion de éste en
D. Estéban Fernandez de V~on; mas tuvo su nombramiento
que anularse porque no habia nacido en Am~rica, aunque




218 LAS INSURRECCIONES EN CUBA.


pertenecía á una familia arraigada en Qaracas, y fué en se-
guida reemplazado por D. Miguel de Lardizabal y Uribe, na-
tural de la Nueva España. Era el 12 de febrero el dia seña-
lado para la instalacion de la Regencia; pero los centrales que
anhelaban librarse cuanto ántes de responsabilidades, y cal-
mar la inquiet.ud de aquella parte del público más ávida de
mudanzas, quizás por lo ansiosa que estaba de tranquilidad,
aceleraron las operaciones en cuanto fué posible y pusieron
en posesion á los elegidos el 31 de enero; disolviéndose inme-
tliatam~nte despues que en una procla.ma dieron á la nacion
cuenta de sus actos y se declararon víctimas de los hombres
que desde la «instalacion de la junta trataron de destruirla
»por sus cimientos; de los mismos que introdujeron el dcsór-
»den en las ciudades, la division en los ejércitos, y la insu-
»bordinacion en los cuerpos;» es decir, de los sediciosos de
Sevilla.


Estos inc~nsables instigadores de alborotos, que tenian por
más cómodo perturbar el país y gastar y destruir los gobier-
nos con armas de mala ley, que esgrimir las del patriotismo
contra los enemigos de la independencia nacional, huyendo
del ejército francés, que invadia á Sevilla, se tra~ladaron á
Cádiz. Exaltando allí las ardorosas imaginaciones de aquel
pueblo, y atizando la sedicÍCln en los ánimos, á ella dispues-
tos, le inclinaron á formar una junta popular el 29 de enero,
y ántes de instalarse la Regencia, para que á ésta sirviera de
entorpecimiento, como lo fué sin duda, y para que continuase
los ódios contra los centrales, á pesar de estar ya desposeidos
del mando. Con la más injustificada saña lanzaron sobre éstos
todo género de calumnias, acusándoles hasta de haber in-
tentado trasladar el gobierno á las Américas, y de malversa-
cion de sumas que se les confiaron; y movieron las masas á
tan injustas y violentas persecuciones, que la Regencia tuvo
que ampararlos para librarles de la irritante agresion de los
revoltosos difamadores. No fué, sin embargo, la proteccion
tan sincera como tenian derecho á esperar; pues el nuevo po-
del', por si llegaba el caso de exigirles responsabilidaded, ó la




CAPÍTULO IV 219


egoista ocasion,de ofrecer en sacrificio, para salvar su popu-
laridad, á alguno de aquellos miembros de la Central, á quie-
nes debia su existencia, les permitió tan sólo dirigirse, cual
en destierro, á las provincias, excepto á. las de Ultramar. Y
áun descendiendo en sus estrechas miras, y como haciéndose
cómplice de los alborotadores, hasta sujetó la Regencia á
los centrales á la vigilancia de las autoridades militares res-
pectivas, y consintió que el pueblo. instigado por la junta de
Cádiz y por el Consejo, que aun creia usurpado é ilegítimo el
poder que la Suprema habia ejercido durante catorce meses,
les insultara al marcharse, y en forma de grosera muche-
dumbre, dirigida por los amotinados de Sevilla, les vejase,
aún en l~s propios embarcaderos, suponiéndoles portadores d~
grandes riquezas, cuando se retiraban de sus destinos, pobres
y maltrechos.


Aquella Regencia, de la que fué elegido presidente el obis-
po de Orense, aunque en realidad era el general Castaños,
vencedor en Bailén, quien dirigia al prelado en todos los ne-
gocios gubernativos, demostraba grandes y señaladas ten-
dencias al antiguo órden de cosas, y por ello tuvo pronto en
frente y por émulo, á la injustificada junta de Cádiz, órgano
é instrumento de los revóltosos de siempre. Con ésta se vió
obligada á transigir en presencia de los acontecimientos, ca-
da momento más graves, á que tenia, presurosa, que aten-
der, ya para defenderse del ejército francés, situado delante
de la ciudad, como para cubrir las apremiantes necesidades
del exhausto Erario. Aparentando para esto halagar á su con-
traria, y con el verdadero objeto de salvar los apuros metá-
licos, decidió la Regencia encargar á aquella junta la ges-
tion de la Hacienda pública, autorizándola recargos sobre
la exportacion, la propiedad urbana y el inquilinato, y otros
arbitrios que pudieran, por el pronto, satisfacer las más ur-
gentes atenciones de la guerra. Pero en política no concedi6
más que ofrecimientos para cuando los malos tiempos pa-
saran: usando ya del achaque propio de gobiernos sin con-
ciencia, cual es el de ofrecer, que ha sido en nuestra Es-




220 LAS INSURRECCiONES EN CUBA


paña primordial orígen de muchos de los males que lamen-
tamos.


En tanto el intruso José, dueño de Sevilla, trató de convo-
car allí unas Córtes; dispuso al efecto, en decreto de 10 de
abril, hacer el censo general de la poblacion de España, á
la vez que dividia el reino en treinta y ocho prefecturas, y
mandaba organizar en Andalucía la milicia, por él creada
en 1809. Los leales defensores de la integridad nacional, qUE'
no veian responder á la excitacion de Bonaparte con el cum-
plimiento de ninguna de las ofertas sobre reformas, que pu-
dieran mitigar sus males, y que sentian cada vez más el pe-
so de la invasion, excitaban á la Regencia, para que fuera,
cuando mEmos, tan activa en sus resolucionei:l como lo eran
los invasores. Pero sorda ésta en un principio á los clamores
públicos, á pesar de haber jurado reunir en marzo las C6r-
tes, en la forma establecida por la Junta central, dilataba
cumplir su compromiso, no tanto por las exigencia:s de la
guerra, que la abstraian, como por la poca aficion que á ellas
mostraban los regentes; quienes, halagando en el ínterin á
los habitantes de Ultramar con circulares, llenas tambien de
promesas, para obtener recursos, en vez de calmar, enarde-
cian los ánimos, allí donde el calor ménos se necesitaba. Lle-
gó, sin embargo, un mo.nento en que los representantes de
las juntas de provincia residentes en Cádiz, estrechados por
la opinion, se acercaron á la Regencia, y la obligaron á expe-
dir y publicar, en 18 de junio, el decreto que mandaba reunir
las Córtes en el próximo mes de agosto (16); cuya resolucion
produjo gran contento en el país, que, cansado de gobiernos
provisionales é ineficaces para dominar las circunstancias,
esperaba de las luces de los diputados, que se apresuró á ele-
gir, remedio á los males cada dia más insufribles.


Siguió al decreto la decision de varias dudas sobre h for-
ma de las elecciones, sobre el número de diputados que de-
bían representár los estados de América y del Asia, el cual
se fijó en veintiseisj y sobre el de los Estamentos que, á pe-
sar del decreto de la Central, acordaron los regentes que fue-




CAPÍTULO IV 221


ra una Cámara, al aceptarse la idea de nombrar tambien di-
putados suplentes. Procedióse en consecuencia, y desde lue-
go en Cádiz á la eleccion de éstos, presidiendo el acto la Cá-
mara de Castilla, respecto de los de España, y el consejero
de Indias, D. José Pablo Valiente, en la que se referia á los
de las posesiones de Ultramar.


Hechas las elecciones, y viendo la Regencia en los miem-
bros del futuro Congreso jóvenes de ilustracion y de avanza-
das ideas en su mayoría, y adversarios por tanto de las an-
tiguas prácticas politicas, temió por su existencia y la de sus
principios, y para defenderse, conservar su poder y presen-
tar un obstáculo á las pretensiones del que iba á inaugurar-
se, decretó en 16 de setiembre de 1810 yen vísperas ya de
la reunion de Córtes, el restablecimiento de los Consejos bajo
la planta antigua. Acto impremeditado fué aquel sin duda
y motivo de desconfianzas para los diputados de las provin-
cias, que ya anticipadamente recelaban de la sinceridad de
los regentes, á los que miraron en adelante con mayor pre-
vencion.


En agosto y setiembre fueron llegando á Cádiz 105 elegi-
dos que debian inaugurar el dia 24 de este mes los trabajos
legislativos, y examinados sus poderes ó actas de eleccion por
los seis diputados que al efecto eligió la Regencia, se les fué
admitiendo por la comision, figurando ya como primero y
entónces único enviado de América y representante de Puer-
to-Rico, aquel D. Ramon Power que tanto habia contribuido
recientemente á la reconquista de Santo Domingo. Termina-
dos estos actos preliminares, se trasladó la Regencia el dia 22,
antevíspera de la apertura, desde Cádiz á la isla de Leon ó
San Fernando, en donde el 24 por la mañana, los diputados
reunidos en las casas consistoriales pasaron á la iglesia á oir
la misa del Espíritu Santo celebrada por el cardenal arzobis-
po de Toledo D. Luis de Borbon, y á hacer el juramento de
conservar la religion, la integridad nacional y el trono de don
Fernando VII y de desempeñar fiel y lealmente el encargo
conferido por sus comitentes. Acto continuo pasaron la Regen-




222 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


cia y los diputados al salon de Córtes preparado en el coliseo
ó teatro, donde los representantes de la nacían fueron con
aclamaciones entusiastas recibidos, por los concurrentes que
la Regencia habia dejado penetrar ,en las tribunas y los pal-
cos, con el fin de que promovieran algun escándalo que des-
acreditase desde su principio la representacion de las Córtes.


Pero no consiguió su objeto, ni el de destruirla.s que t~nia
meditado para el dia en que se instalasen (17); pues temero-
sa de ser arrollada por los ciudadanos y militares que tantas
simpatías manif¿staron á los diputados desde el primer mo-
mento, y aunque por fórmula habian los regentes presenta-
do la renuncia de sus cargos al presumir que vencedores en
la conspiracion contra el nuevo poder seguirian su gobierno
arbitrario, tuvieron que resignarse en la misma noche del 24
de setiembre á prestar obediencia á las Córtes soberanas, an-
te los cien diputados que estaban presentes en la primera se-
sion, de ellos dos terceras partes propietarios y suplentes los
demás.


No cejó sin embargo la Regencia en conspirar contra la
representacion nacional, si bien valiéndose ya de otros me-
dios. Usó como más eficaz el de conferir empleos á los dipu-
tados, especialmente á los americanos, que creia más dóci-
les, con el fin de desautorizar el sistema; pero advertido á
tiempo el diputado Capmany, decidió, por medio de una pro-
posicion a las Córtes, a que declararan nulas todas las merce-
des recibidas por los diputados, y las que se otorgaran por
recomendacion suya hasta un año despues de dejar ellos la
diputacion. Practica que si siempre se hubiera conservado,
alguna mayor pureza y prestigio tendria sin duda entre nos-
otros el sistema representativo.


No siendo nuestro propósito seguir paso á paso los de la
revolucion española, y como sólo para explicar ciertos hechos
en América hayamos apuntado estos de la metrópoli. pasare-
mos a referir sus consecuencias en aquellos reinos, para enla-
zar despues los sucesos insurreccionales de Cuba promovidos
por la misma perturbacion política.




CAPÍTULO IV 223


111.


Inconscientemente conspiraban contra los intereses de la
pátria los políticos españoles de aquella época. Desconocedores
en su mayoría de las cosas de América y concediendo la ra-
zon, no sólo á los que deponían en Méjico á Iturrigaray, si-
no á los que dirigian sus trabajos á la independencia y sepa-
racion de España, pensaban y decían á los españoles de aquí y
de allá, que «todos los hombres y todos los países, teniendo un
»derecho imprescriptible para buscar su felicidad, lo tenian
»igualmente para tratar de remediar sus males, reformar sus
»abusos y mejorar sus instituciones.» (18) Semejantes ideas,
formuladas por un procurador ó diputado, en las Córtes de
Cárliz, constituían ya un sentimiento, uua aspiraeion en cier-
tos políticos, de los que empezaban á llamarse liberales,
en ámbos hemisferios, que, embebecidos en la doctrina de los
filósofos 'que prepararon ó hicieron la revolucíon en Europa á
fines del pasado siglo, nada ménos pretendian que seguir sus
pasos. Era la realizacion de aquellas ídeas, esperanza en mu-
chos extendida, cuando la incontinencia de ciertos favoritos
hacia desear á los pueblos otros reyes que más no los des-
honraran; y era tambien objeto de trabajos fijos y constan-
tes en muchos hombres, para reconquistar su dignidad, per-
dida ó humillada, ante la tiranía de los ídolos de la fortuna y
del capricho,


En España, y áun en las posesiones americanas, se vieron,
á principios del presente siglo, estas corrientes; pero con la
diferencia de que en la metrópoli, tocadas de cerca las cosas,
podía apreciarse la realidad y perder con ésto su hiperbóli-
ca importancia, ahuyentándose consecuencias trascenden-
tales; mientras que en América, á tan larga distancia, bas-
taba señalar la más pequeña deformid.ad en cualquiera ma-
nifestacion del poder central, para que allí adquisiese esas




224 LAS INSURRECCIONES E~ CUBA


monstruosas proporciones que la imaginacion dá á las ideas
incompletas, confiadas entónces por la escasez de órganos
que las trasmitieran á la comunicacion de la correspondencia
epistolar.


De aquellos favoritos, generalmente odiados, nacieron los
efecto~ funestos de la mala administracion, no sujeta, por lo
comun, en aquel tiempo, á más leyes ni consideraciones que
á la arbitrariedad de empleados que, si algo temian, era per-
der la gracia ó benevolencia de sus favorecedores. Cuando al
ocurrir la invasion francesa y el cautiverio de los reyes de
España, se formaron juntas para organizar los medios de de-
fensa y centralizar luego el gobierno, se atendió á tan gra-
ves males corrigiéndose en la P~nínsula algunas de aquellas
corruptelas; mas no sucedió lo mismo en América, que, des-
cuidada, y privada de la representacion concedida á todas las
provincias españolas de Europa en aquel centro nacional, no
tuvo influencia para tanto. Los innovadore.3 de allá viéronse
precisados á contentarse, aunque en algunos de sus reinos,
Estados y capitanías generales lo hicieran con ciertas vacila-
ciones, con reconocer en su mayoría las primeras juntas, y la
Central al constituirse; manifestando así otra vez los senti-
mientos patrióticos de que se hallaban animados aquellos ha-
bitantes. Pero al disponer el conde de Floridablanca, con poca
meditacion sin duda, que cada vireinato enviase un diputa-
do á la Central, y dos cada una de las provincias de la Pe-
nínsula; y cuando á la invasion de Andalucía por los fran-
ceses, se trasladó aquella junta desde Sevilla á la isla de
Leon, y la que usurpó su poder huyó despavorida despues, y
se creyó necesaria la formacion de la Regencia; como entre
los cinco individuos de ésta; uno sólo representaba las pose-
siones ultramarinas, aquellos españoles trasatlánticos, que
sin nada nuevo se hubieran contentado, porque si lanzaban
clamores, era directamente contra los viciosos instrumentos
de la administracion, ó contra ineptas 6 inmorales autorida-
des, hijas del favoritismo, se hicieron exigentes. Y esto era
muy natural; pues viendo olvidados sus intereses con la con-




CAPÍTULO IV 225


sentida continuacion de los perjudiciales funcionarios públi-
cos, á la parquerecibian muchas aduladoras manifestaciones
de las distintas juntas que les pedían dinero para la guerra,
trataron de hacerse oir; y descubriendo á este tiempo abierto
para todas las aspiraciones por el sentimiento de la integri-
dad nacional, a1luel ancho camino, inesperado y desconocido
hasta entónces, por él se lanzaron los imp~ovisados ambicio-
sos, hasta en un número superior á los puestos que podian
satisfacer su inclinacion. Tantos fueron que, estrecho para
contener la muchedumbre de sus pretensiones, procuraron
ellos ensancharle y pasar de un salto á la altura de la metró-
poli, sirviéndose, como instrumentos para el caso, de mani-
festaciones de disgusto, que producian grande efecto, proce-
diendo de los que facilitaban recursos, y de razonamientos so-
bre 'la injusticia de la medida que no concedia á los america-
nos igual representacion que á los peninsulares en el gobier-
no popular. En verdad podemos decir que, ignorantes en
cosas lejanas los radicales de aquella escuela política españo-
la, apoyaron hasta cierto punto las pretensiones de los colo-
nos de América. Alentados éstos, así por aquellos incautos
liberales, como por la~ instigaciones de los norte-america-
nos, adoradores ya de la política de atraccion; por los emi-
sarios del intruso rey, y hasta por los mismos ingleses,
nuestros aliados, quienes, ántes que ver aquellos extensos
territorios bajo el dominio de un francés, los querian indepen-


. dientes; por todo ésto movidos, y para saciar todas las am-
biciones nacientes, imaginaron los americanos constituir so-
beranías propias, y á éste fin, por medios más Ó ménos
hipócritas ó indirectos, empezaron y dirigieron sus trabajos
separa tis tas.


El gobierno de España, compuesto de inteligencias limi-
tadas ó poco prácticas en la ciencia gubernativa, ocupado
como estaba á la sazon, en resistir al ejército de Bonaparte,
yen contener á los conspiradores exaltados ó retrógrados,
que le asediaban, no podia, ó no queria distraer la atencion
en otros asuntos. Sin embargo, aprovechó unos momentos pa-




226 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


ra agradecer las bien querencias, y para manifestar su
reconocimiento á los americanos, por los donativos que, en
bien de la pátria, hicieron desde el principio de la guerra. Con
tal motivo y al mismo tiempo, pensó por primera vez la Jun-
ta, aunque no con gran exactitud, que nunca las Américas
habian sido éonsideradas como parte integrante de la nacion
á que correspondian, y que se las habia tenido siempre en
dura dependencia, sin permitirlas prosperar, para que no
imaginasen ni pudieran sacudir el yugo; no teniendo en cuenta
aquellos depositarios del poder, que ni Grecia, ni Roma, ni la
enMnces ilustrada Inglaterra, habian jamás creido que las
eolonias debieran gozar iguales privilegios que la metrópoli.
En consecuencia, declararon imprudentemente, y s610 por el
brillo de los donativos deslumbrados, aquellos vocales de la
Suprema, que todos los dominios ultramarinos formaran una
parte integrante de la nacion; y que, debiendo en lo sucesivo
disfrutar de los mi;;mos derechos, enviasen desde luego diputa-
dos al Cuerpo soberano. Declaracion precipitada en demasia,
y sancion, extemporánea sin duda, de los movimientos auto-
nómicos, todavía no reprimidos y nunca como ent6nces re-
prensibles, que excitaba á su repeticion hasta en las provin-
cias, que ciegamente habian prestado acatamiento á los po-
deres creados en la Península por las mudanzas políticas.


Lo;; facciosos, partidarios de los viejos poderes públicos,
que, de tiempo atrás y en diferentes ocasiones, habian ma-
nifest.ado sus tendencias á derribar la Junta central, para
reemplazarla con una Hegencia, que al continuar las tra-
diciones del absolutismo, matase toda aspír<lcion reformista,
de las ya bastante extendidas en el país; aquellos alborotado-
res de que hemos hablado, que al invadir las Andalucías el
ejército francés, prévio el motin ruidoso de Sevilla, declara-
ron soberana su junta provincial, y se constituyeron en go-
bierno supremo; expidieron á toda prisa decretos; hicieron
nombramientos, en virtud del que se habían, por usurpacion,
atribuido, y redactaron para la América esr-ritos, que, por
fortuna, no pudieron enviar á su destino. Pero de tal pertur-




CAPíTULO IV 227


bacion, comunicada á todas las provincias, y de los trastor-
nos, que claramente demostraban la ausencia de un verdade-
ro poder acatado, del que, en ciertos momentos, se encontró
la nacion huérfana; de todo aquello, indiscretamente comen-
tado, llevaron á los paises ultramarinos noticias detalladas
las cartas particulares, conducidas por los barcos del comer-
cio, que de Cádiz y de otros puertos andaluces salieron á prin-
cipios de febrero de 1810; mientras los buques correos es-
taban detenidos, hasta que un gobierno constituido y legiti-
mado les encomendara la correspondencia oficial. De aquellos
barcos particulares, un bergantin, nombrado Nuestra Seño-
ra del Oármen, llevó á Puerto Cabello, el 15 de abril, cor-
respondencias, que al dia siguiente se leian en Caracas, ca-
pital de Veuezuela, y produjeron el efecto que era de es-
perar.


Los caraqueños, que se hallaban resentidos con las anti-
guas autoridades, y entre ellos los no escasos aficionados á
la novedad, comprendiendo al leer los pliegos de España que
aquella era la ocasion de poder impunemente continuar el
plan iniciado años ántes por Picornel y Miranda, pusiéronse
de acuerdo, y concertado por los disidentes el movimiento,
verific6se el estallido insurreccional. «Sin convenio anterior
»entre las diversas partes de la América,» dice el conde de
Toreno (19), y nosotros pudiéramos añadir que por abandono
del gobierno de lametr6poli en conservar antipáticos y perju-
diciales funcionarios en aquellos dominios, que si no conveni-
dos de antemano, tenian cuando ménos á la mayor parte de
sus habitantes en la misma disposicion de ánimo.


Dos dias despues que el berga.ntin citado, ó sea el 17 de
abril, ancló en el puerto de la Guayra un correo del gobierno
español. «¡Siempre de España llegan tarde los remedios!» (20)
Y así fué, en efecto. Aunque á la mañana siguiente todo el pú-
blico estaba enterado por los papeles de oficio, y por las
correspondencias pa rticulares, del establecimiento de la Regen-
cia y de la deposicion del comisionado de la Suprema junta
central que allí existia, no pudo esto destruir ya los trabajos


17




228 . U.S INSURRECCIONES EN CUBA


sediciosos empezados. Los sucesos, por consiguiente, no de-
bian tardar en presentarse; pues los comprometidos en la rc-
belion, entre los que figuraban gran parte de las clases y
tropa del ejército, imposibilitados de volver atrás sin expo-
nerse al furor de la venganza ó al castigo como autores de
conspiracion fracasada, alegaron para acallar su conciencia y
seguir adelante el movimiento, el estado de anarquía en que
se encontraba la metrópoli; y en la mañana del 19, al tiempo-
de entrar en la catedral de Caracas el general gobernador
D. Vicente Emparán, amenazáronle los conjurados con la
muerte si intentaba resistirse, y le condujeron seguidamente
á la casa consistorial donde en presencia de los miembros del
cabildo secular, y de los principales instigadores de lo ocur-
rido, se le obligó por la fuerza á renunciar el mando (21). No
contentos ya los caraqueños con sublevar la capital, trataron
de levantar tambien contra España con seducciones, amena-
zas y áun á la fuerza, los pueblos y provincias inmediatas,
consiguiéndolo con gran facilidad en todas al poco tiempo ,
excepto en Coro y Maracaybo, que se mantuvieron tranqui-
las y en buen órden por la firmeza del gobernador D. Fernan-
do Miyares.


A los dominios del rio de la Plata, donde eran las comuni-
caciones más difíciles, no llegaron noticias del estado de la
Península hasta cerca de dos meses des pues que á Venezuela..
Un buque inglés procedente de Málaga, que ancló en el
puerto de San Felipe de Montevideo, capital más tarde de la
república del Uruguay, el 13 de mayo, las llevó de los desas-
tres de Andalucía ántes de tenerse partes oficiales q.e la ins-
talacion de la Regencia. Al saberse tan alarmantes nuevas en
la vecina ciudad de Buenos Aires, reunió por sí el cabildo, el
dia 22, á las personas más notables del pueblo, las que tras
de una larga discusion acerca del estado político de la metró-
poli, acordaron unánimes que la autoridad del virey capitan
general D. Baltasar Hidalgo de Cisneros quedara subrogada
en una junta provisional de gobierno, ínterin se elegian los
diputados de toda la provincia para tomar la resolucion que




CAPÍTULO IV 229


las circunstancias reclamaban; y así lo hicieron inmediata-
mente. Reunido aquel congreso juró obediencia y subordina-
cion al gobierno nacional que representara al rey cautivo,
pero no disolver la junta popular; decretando en consecuen-
cia el 8 de junio que reconoceria la Regencia cuando oficial-
mente se le comunicase su instalacion.


Sabido es que cuanto más se aumenta el mando más se
aviva el deseo de acrecerlo y conservarlo, y á esto se debió
sin duda que, al recibirse de la isla de Leon avisos direc-
tos del nuevo gobierno, los vocales de aquella junta que se
habian aficionado ya bastante al suyo para que no les fuera
sensible desprenderse del brillo de su improvisada posicion,
tomaran por pretexto la ilegitimidad de las comunicaciones
oficiales y aplazaran el reconocimiento de la Regencia hasta
que otras las confirmasen; dejando así la resolucion para al-
gunos meses más tarde. Aprovechando en tanto el tiempo
procuraron aquellos disidentes dirigir la opinion por verdade-
ras corrientes antipatrióticas; ya recordando y poniendo de
relieve los sufrimientos que por España habian tenido en dis-
tintas ocasiones que pasar; ya extraviando el sentimiento
nacional en todos sentidos, y sembrando y llevando la division
y las desconfianzas hasta tal punto, que haciendo germinar
grandes Mios entre los habitantes europeos y los naturales, y
arrastrando á unos y á otros por medio de la pasion al terre-
no de las violencias, promovieron una guerra civil que acabó
tan sólo al declararse aquellos colonos independientes del do-
minio español.


Pronto se propagó desde la provincia de Buenos Aires á
las del Paraguay y del Tucuman el fuego insurreccional,
atizado por las influencias de la infanta doña Carlota, que en
toda la América española pretendia representar la soberanía
desu padre D. Cárlos IV. La Regencia al saberlo, y tal vez
más que por defender los intereses de los españoles por espi-
ritu de oposicion á aquella incansable pretendiente, envió á
Montevideo COmo gobernador de la plaza á D. Gaspar de Vi-
godet, militar de toda confianza, que logró tener á raya á los




230 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


consPiradores agente's dé la princesa, y reanitnando 1@B sen-
tinii1íritM del partido español, aterrádo por 1M éimehas de los
V'eCin:os réinos, pudo inclinarle á la defensa de los intereses
¡JlLtrios y luego á qu:e acatase la soberanía del gobierno oons-
tituido eh Cádiz.


Siguiéndose en el reino de N lleva Gi"anádll el impulso de
jfu. inmediato el de Venezuela, se depuso tambien al débil y
'\I'itlétudiríatio D. Antonio Arhat y Borbon, y d~sde el 20 de
jrilio de uno funcionó Uná junta de gobierno Mino la de los
útrds Estados disidenteS. Buscando los neo-granadiriós, á i1ni~
'tácion de los caraqueÍios, cómplices en aquel acto de desleal-
tltd., éxtendieron él movimiento revolucionario á las regiones
dét Pacífico, dando vida á las escenas sediciosas de Quito y
de Santa té de Bogotá, aunque teniendo que hacer alto eh
Chile, donde el conde de la Oonquista les contuvo, yapar-
'tando sus propósitos del Perú, gobernado por el enérgico virey
D. Pedro Abasca!, quien con su actitud y la del partido es-
~Mol qUe todá~ía recordaba la insurreccion promovida á fi-
néS del paliado 'Siglo por los indios que capitaneaba el inca
Tupac Amaro, y viV1a por tantó pre'Venido, pudieron conte-
Mi' la opinion que excitadn por los separatistas caminaba y
hasta se precipitaba por una pendiente asáz resbaladiza.


Por poco que los hombres de Oádiz hubieran fijado su
atencion entónces en aquellos levantamientos de América, se
habrian persuadido de la política que allí convenia seguir;
vi~ndo clarainente que en los puntos como Ouba, Montevi-
deo, Chile, el Perú y otros donde las autoridades supieron
sobreponerse á las exigencias de los conspirad'Órés, habia el
dominio español permanecido incólume; mientras én Méjico,
Caracas, Buenos Aires, Quito y Santa Fé de Bogotá, deján-
dose imponer los débiles gobernantes por las locas muche-
dumbres, envalentonaron á estas que á poco arrastraban por
el suelo el nombre de España. Pero preocupada la Regencia,
lo mismo que la Junta central éstuvo ántes, por los asuntos
de la guerra, y no sabiendo de los de Ultramar más la una
que la otra, aquellos poderes que en América no veían otra




CAPÍTULO IV 2.31


cosa queb.wmos españoles haciendo donativo,s p¡lY~ <lestruir
al francés, ~yeron que los hl~bita.nte~ de todas las r~gionei)
tra¡mtdáAti!}as estaba,n a.~iJllados de los ~ismos sentimientos.,
y ~ vez de r~mpli\Zl:l.r los gobernadores de Godoy reconoyi-
da¡nente ineptos, con en~rgica$. ~utorid~des españolas, envia-
Nn oomísiona.~Qs pa.ra trocar prow.es¡¡.~ ¡}. caijlbiQ qe dona.ti-
VQ8 y O¡eQfljlt~ron di~PQ¡¡ic~~ r,efor~if>~M ;t&.p. iqQPortUJl~íl
como stti~idas. .


Dos ailos y U/1 :¡ne,s ju~tQS ltacia., :segw;t l:wmp,s diclw, .qw~
Iturrigaray era depuesto pQI' la ~ed,icioU, j)Opul,ar, qqe prep¡:¡.-
raron a,mbioioso,g funcionarios yalguno¡,¡ e,spiritus inquietos Ó
disgll~tq.dos con aquel virey, cuando tm un .pl,1ebJo ll&maQ.Q
hoy pohres-Hidalgo de la provincja <le Guanajuato, fronte-,.
rlfiO á, l!\ <l~ Q!1Ew~ta.ro, region d~sq.e eptóaces !lasta la, muer-
te d~ desdkb.a.do emperador }4axin;Liliauo de lfJ.s más turblJ-
lea~&s de Méji<io, se levant6 COlllO caudillo de la insurrecyion
contra aquellas primeras autoridades, qlle habían qesposeid9
del ~1l11dp al que legítimamente lo ejercia, el clérigo cri()U~
D. }tfig"el Ilidalgo de la Oostilla, hOll1bn~ fla,gf¡¡z~ de bqep. en-
tw.cHmiento, de modal~¡; cultos, y no ·muy a,rr-egla!las COJ-
tumbres, enemig.o de lQ.?; ~Pllñ()les ellrQPE:qs, y qOIl,$p¡ra¡!lQr
CP~l~ ¡;q !:lwuin\ü desde qpe. oyó y ¡¡,tendió la¡,¡' instiga,cloues
de lo~!@i~ri(')s de José Bonaparte . .t\.quel vaudillo, acompl:j¡-
ñado de los c¡apitanes D. Ignacio Allende y D. JuaI1 de AIQ.!1-
ma, de A.basQlo y de otros, entre ellos el corregirlor del pue-
blo de SU feligresí&, entró en ésta y e11 San Miguel el Gpap~e,
donde !>8 llnió el regimieI1to provincial de la Rcinfl (¡. su ej~­
cito de iudios y ele mestizos; tocando la tro~peta de la repf)-
!jon, e116 de octuQre de 1810.


La avalancha que precipitada de¡;¡de eleya;dp mPllte inv¡:¡,de
la llanuPíl!~ no causa, más devastacioIl que la ~~tendida por la
formidable masa. ip.SUfl'ecta.Formada d,e g.eij.tes de cq].Qri:lf>
distintos, anim.a4&s de ip.nobles p&siQnes, y fapa.~¡~das 4 la
ye2; por los m!J.lva,dos Caudillos, á la sombra <wl pendo» pon
la insjgnia de 1ft Vírgen q.e Gqadalllpk!! ~~cialmn sus Mios de
raz@, asesinawio·(¡. ~l,UmtO& peQÍn¡;\ll~:ves l1¡:¡,lUJ.ban al paso, y




232 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


satisfacian las exigencias de todos los malos instintos, sa-
queando á Guanajuato y las minas de este nombre y de Za-
catecas~ y esparciendo la muerte y la ruina por donde pasa-
ban. Mas por fortuna para los elementos tranquilos del rei-
no, cuando aquella nube de siniestras tintas habia ya inva-
dido el Michoacan, despues de dominar en VaMadolid donde
se organizó y pertrechó el rebelde ejército, y cuando fiera
se dirigia por Toluca á la capital de Méjico, llegó á la N ue-
va España, para reemplazar en el vireinato al arzobispo Li-
zana, el general D. Francisco Javier Venegas, militar vale-
roso y gobernador inteligente, que con oportunas y acerta-
das disposiciones desbarató pronto los planes del enemigo.
Contuvo á éste en la accion del .71:fonte de las Oruces, donde
por primera vez se distinguió el jóven oficial mejicano don
Agustin de Itúrbide, héroe despues de Salvatierra y más tar-
de insurrecto tambien; siendo por fin aquellas bandas derro-
tadas en Aculeo y destruidas en el puente de Calderon, pro-
vincia de Guadalajara, el 17 de enero de 1811. Al dispersar-
se allí las masas facciosas fueron aprisionados los principales
cabecillas, quienes en Chihuahua, en Jerez yen otras partes
sufrieron el castigo con el rigor que merecian (22).


Y no fué ésta por cierto la única hoguera revolucionaria
que entónces se encendió. Secundando el grito de Dolores don
José María Morelos, clérigo tambien, ppro ignorante, feroz
y de costumbres más estragadas que Hidalgo, levantó el
grito de rebelion hácia la costa del mar del Sur, mientras el
cabecilla Liceaga discurría por otros puntos, y terribles par-
tidas de bandoleros como la de Albino García y guerrillas de
1atro~facciosos, adversarios ya todos del nombre español,
mantenian conmovido el reino, é intranquilo le tuvieron con
sus devastaciones hasta fines de 1817, que se dió por defini-
tivamente terminada aquella sangrienta y larga lucha.


No aseguraremos, ciertamente, en absoluto, que los tan
imprudentes como exagerados liberales de Cádiz, la alentasen
en Méjico y demás puntos de Am~rica, influidos por los di-
putados ultramarinos. Pero bastante significativa para creer-




CAPÍTULO IV 233


lo así, era la conducta que en las Córtes observaban éstos, vo-
tando siempre con el partido reformista y radicalmente inno-
vador, y oponiéndose, con la voz del diputado suplente por
Santa Fé de Bogotá, D. José Megía, á que se trataran en
público los asuntos de Ultramar relativos, por ejemplo, á la
concesion de amnistías para aquellos países. ¿, Sería por pru-
dencia, ó por temor de que resonaran en ellos las palabras
halagadoras de los buenos españoles, pronunciadas en las
Córtes, que pudieran ser funestas al intento de los separatis-
tas, apoyados todavía en terreno poco firme? Lo evidente fué,
que los radicales del Congreso, á los pocos dias de abierto
éste, fueron arrastrados por los diputados ultramarinos (23).
Autorizaron ya el decreto de 15 de octubre de 1810, que ex-
tendia á las colonias los mismos derechos de la metrópoli, y
otorgaba una amnistía general y sin límites á los que reco-
nocieran la autoridad soberana de la nacion; amnistía que en-
tre los enemigos de España produjo los mismos efectos que
con posterioridad, hasta el dia de hoy, han dado las infinitas
que, con impolítica benevolencia, se les han concedido (24). Y
no contentos todavía con ésto aquellos indiscretos liberales,
como si tanto despilfarro político no bastara á satisfacer los
ánimos más exigentes, para confirmar doblem,mte que los ha-
bitantes de los dominios españoles en América iban á formar
una sóla nacion, y una familia única con los de la Penínsu-
la, declararon en las Córtes la libertad de cultivo, de indus-
tria, de pesca y de buceo de perlas; suprimieron en los vireyes
y capitanes generales las facultades extraordinarias que te-
nian, para castigar los delitos de infidencia; abolieron la ntita
6 servicio personal de los indios, las matrículas de mar y los
estancos menores; acordaron establecer ayuntamientos y di-
putaciones de provincia, y dispusieron la admision de sus
productos y efectos como coloniales, aunque fueran conduci-
dos á la Península por buques extranjeros. Se hizo, por fin,
despues, extensiva á la América la Constitucion en toda su
integridad; y, ¿cómo respondieron aquellos dominios á éstas
imprudentes debilidades de los radicales de España? Con la




234 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


independencia, proclamada al son de los atropellos y asesina-
tos de españoles europeos, y con la maldicion del nombre es.-
pañol en los reinos más halagados, y luego en todos, excepto
en Ouba y Puerto-Rico, que, pobres entónces y bien regidos,
se mantuvieron fieles, y á su amparo tuvieron que acudir los
españoles arrojados ó huidos de los paises que la rebelion
devoraba.


Verdad es que aquellos americanos, ya ántes, ha,bian in-
tentado alguna vez, y despues trataron más desembozada-
mente de imponerse á la metrópoli, siempre que ésta pasaba
por momentos angustiosos, y cuando podían contar con la
probabilidad de no ser rechazados; pero ésto no lo veian nues-
tros miopes políticos. A cambio de las reformas, ofrecieron
los ultramarinos auxilios metálicos á la Junta central de Se-
villa, y acosándola, consiguieron sucesivamente, la declara-
cion de igualdad de derechos entre España y América, la
sustitucion de la colonia por la provincia, y la concesion de
un diputado por cada una de ellas; y cuando todo ésto te-
nian, usaron, como era natural, de las obligadas consecuen-
cias de lo otorgado en principio. Y ésto era lógico; pues de
allí en a.delante, aparentando encontrarse en el ineludible de-
ber de crear juntas en aqueUas novísimas provincias, á la io-
vasion de Andalucía por los franceses, las reunieron; y como
de estas soberanías interinas á las efectivas no habia más
que un paso, lo salvaron los promovedores tan pronto corno
adquirieron alg'unas de las prácticas del poder, convirtiendo
las juntas en congresos soberanos, y declarando en seguida
la absoluta independencia de Espaila. La puerilmente confia-
da Regencia, influida tambien por los agentes americanos, y
aturdida con el clamoreo de lOil gofos radicales, nada apren-
dió con los ejemplos que la Junta le legaba, y todavía benig-
na, y áun cándida, remitia á la América invitaciones para
que fueran á la isla de Leon y á Oádiz, hasta los represen-
tantes de aquellos desagradecidos Estados disidentes que, sin
respetar siquiera la buena inteneion,· respondian como el
Congreso de Venezuela, promulgando el acta de su indepen-




CAPÍTULO IV 235
-


dencía, ó como los separatistas de otros puntos, derranw,ndo
'la sangre de los buenos españoles, amantes de su verdttdera.
pátria.


Tofias aquellas desdichas que nos desprestigia,.rouen el
mundo, nos empobrecieron y nos deshonraron con medidas
tardías y violencias inoportunas, se debieron 'principalmente
á los radicales españoles; ciegos por el apasionamiento y la
exaltacion, ignorantes de las necesidades de los pueblos, con-
fiados hasta. la temeridad en las esferas del gobierno, que por
eso nunca les serán bien conocidas aunque las tengan muy
frecuentadas; sobre los cuales, que en arrepentimientos pos-
teriores intentaron rehabilitarse, cayó entónces la. mancha de
i-ooptitud gubernativa que no lavarán jamás.


IV.


Ántes de entrar de lleno en la relacion de los efectos pro-
ducidos en Cuba por las dispJsiciones de las juntas de Sevi-
lla, y por los acuerdos de la Regencia y de las Córtes de la is-
lá de Leon y de Cádiz, veamos cuál era la actitud que res-
pecto de España y de ·sus posesiones ultramarinas guardaban
los Estados-Unidos de la América del Norte.


El triunfo obtenido por éstos en la guerra contra su metró ....
pon y la ereccion en república independiente, sabido es que
se debió al apoyo de Francia, y más si cabe al de la España;
cuyo gobierno, por satisfacer la pasion de Mio que Cár-
lOs In tenia á Inglaterra, cometió el fa1i8i1 error de dar aquel
IDal ejemplo á las col~mias españolas, no previendo que ense-
ñándolas el camino de la emanoipaeioo; trabajaba en su pro-




236 LAS INSURRECCIONES EN CUBA.


pio daño, al conceder unas protecciones en que ninguna ven-
taja moral ni material podia prometerse. Digno hubiera si-
do que la nueva Union americana, por gratitud siquieraálas
naciones que la habian dado vida, y particularmente á Es-
paña, que en el tratado de 1795, imbuida por una exagerada
benevolencia, hasta la concedió un depósito á orillas del Mis-
sissippi, en la misma ciudad de Nueva Orleans, para facili-
tarle la salida al Océano de los frutos del interior; digno y
natural parecia, decimos, que los independientes norte-ame-
ricanos, hubieran procurado con política elevada estrechar las
buenas relaciones con los Estados españoles sus vecinos. Pero
aquellos mimados hijos de la fortuna, habiendo salido con fe-
licidad de $U primera osadía, se ensoberbecieron á poco; y fal-
tando á toda consideracion, nada creyeron ya imposible y
empezaron á sentar como dogma las doctrinas que iba exten-
diendo el jóven Diego Monroe; premiado luego por sus predi-
caciones con la cartera ó nombramiento de secretario de ne-
gocios extranjeros y más tarde con la presidencia de la re-
pública.


Aplicando ya tales doctrinas y con el fin de arrojar de la
América septentrional á las naciones que en ella tenian colo-
nias, comisionaron los Estados-Unidos despues de 1800 á los
agentes Pike, Lewis y Craik para que recorrieran Méjico,
Cuba, Puerto-Rico y otros reinos españoles, con el objeto de
tomar datos de las producciones y riqueza de los respectivos
paises, y hacer estudios topográficos de aquellas posesiones.
En consecuencia, levantaron planos de puertos, ciudades y
fortalezas, mientras el gobierno de Washington, animado
por la propia idea, dirigia reclamaciones á España contra su
intendente de la Luisiana porque éste, para extirpar el con-
trabando que aquellos desagradecidos huéspedes hacian por el
Mississippi y mataba el comercio y la hacienda española,
habia suprimido el depósito pactado en el convenio por tres
años y que llevaba de existencia cerca de ocho. El gobierno
español, á pesar de los perjuicios que sus colonos sufrían con
la continuacion de aquel establecimiento, siguió todavía sien-




CAPÍTULO IV 237


do benévolo; restableció el depósito y consintió ser juguete á
sabiendas de la mala fé de aquellos republicanos.


A este tiempo cedió el blando Cárlos IV la Luisiana á Na-
poleon Bonaparte en cambio de un reino de Etruria que no
llegó la España á poseer; y el jefe del gobierno francés, para
acallar las reclamaciones que le hacian diariamente los norte-
americanos, por 1013 perjuicios que su comercio habia sufrido
de los corsarios de la Francia durante su alianza con Espa-
ña, les vendió dicho Estado de la Luisiana por veinte millo-
nes de pesos, deduciendo en el pago el importe de la indemni-
zacion. Satisfecha por este lado la Union americana, dirigió
igual peticion á España por haber admitido en sus puer-
tos las presas de aquellos corsarios franceses; y nuestro país,
con su indolencia característica y para ganar tiempo en sus
negocios internacionales, embrollados por las miras dobles de
Godoy, ni rechazó vigorosamente la absurds. reclamacion, ni
concluyó en definitiva un arreglo en las negociaciones abier-
tas al efecto en 1802 entre ambos gobiernos. En ellas solo se
dilucidó con el convenio del 11 de agosto el primer punto dé
la cuestion, que trataba de satisfacerse completamente los da-
ños recíprocos; pero acerca del segundo ó sea de la indemni-
zacíon, que envolvia un gran fondo de injusticia, se acordó
que cada gobierno reservase para sí y sus súbditos respecti-
vamente los derechos que pudieran asistirles, á fin de deducir-
les en mejor ocasiono Mas al aceptar nuestros gobernantes
estos debates, reconocian implícitamente un derecho á pro-
moverlos; y el dejar en pié la cuestion envalentonó tanto
á los yankees (25), que viéndose próximos á triunfar en
otro acto de osadía, y aprovechándose de nuestra gUerra de
la independencia, dirigieron ya públicamente sus trabajos á
anexionar se nuestros territorios vecinos á los suyos. Consi-
guiéndolo en Baton-1'ouge; les condujo su ambicion á la isla
Amalia y á Mobila, de que se apoderaron tambien; yal recla-
mar nuestro representante en Washington contra aquella
violenta usurpacion, respondia con el más hipócrita descaro
el presidente de la república, que sólo se tomaban aquellos




238 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


territorios en depósito hasta la terminaoion de las rací!a.m;a,clo,..
nes pendientes; con lo cual se dejaba engañar el diplomátioo
español. Y no fueron éstas ciertamente las únicas pruebas de
mala fé que en aquella oeasion recibimos del pueblo norte,...
americano, sino que abusando de nuestra posicion y faltando
además tí los debel1Bs de nacion amiga, continuó su eon1ma-
bando de todo género eon nuestros dominios del continente, á.
la vez que ayudaba en todas las empresas á l()s reconoeidos
enemigos de España.


Aquel convenio de agosto no quiso ratificarlo el Senado de
Washington; quien, tomando la indecision española por asi-
dero para formular intempestivas exigencias, y pretextan~
do hacer un arreglo, aunque con el nn, más bien, de apro-
vecharse de nuestros apuros; para concluir el staeu q1{¡O, q¡ue
España queria continuar mientras se desenvolvía de otrQ&
complicados asuntos europeos, indujo tí ~tl gobierno tí enviar
á Madrid al apóstol de los anexionistas, ciudadaJíl.o Monroo,
el que apoyado por el representa.nte MI'. Pikney, entab16
nue\l'as negociaeiones. Partier0ll éstas del expl'8Sadaconv:~,..
nio de 1802; pero alllegal' al artículo sexto, qu~ t),'atab~d~
la absurda é injusta reclamaciOOl de las presas heeha,s por
corsarios franceses, no fué posible la a~nencia, y por tjl¡lwQ-
tivo abandonó aquel comisionado de repente su enoo,rgo,
quedando otra vez suspensos los debates. Durante éstos, Cl'e-
ciendo siempre en osadía los americanos, hasta reclamllr-
ron tambien por los daños y perjuieios, que los ciudadano~
de aquellos Estados habian sufrido con la suspension mo.,.
mentánea del depósito de Nueva Orlea.ns, que, como hemo$
dicho, autorizó s610 por tres años el tratado de 1795, y pOl'
una benevolencia injustificada del gobierno de España, hacia.
ya ocho años que estaba establecido.


Esto, que sucedia en 1804, lo comunicó España á Fran-
cia; y pidiéndole parecer aOBrea de tales a.suntos obtuvo la
opiuíon del caballero Tailleyland, quien, como .nuastroo mis-
mos diplomMioos, creía. que era, verdaderamente absurdo y
fuera de razon cuanto intentaba.n loo 1/ankees (26). Mas te-




CAPÍTULO IV 239


naces éstos éIi su idea, dispuestos á no dejarse convencer,
ul'lándo éada Vez de mayor d.escaro; y llenos de la mala fé de
siémpre, al vernos envueltos en complicaciones europeas, ore-
yamn llegado el momento de realizar su sueño de arrojarnos
00 la América, yen uh plan de transaccion, presentado el 11
d~tt\A;yo de 1805, pidieron yá, qnepara cortal' todas las di-
~retlXlia8 sob'te indemnizlldones, se les cediera la Florida
oécidental. Cómo Esptl.ña rechaznse pretension tan infunda-
da, y no quisiera continuar ninguna negooiación bajo esta
bMe, convirtióse aquella repdbHc8. en abiei'to centro de ac-
ción de nuestros efiémigos; consintiendo. y áun apoyando
SU gobierno, el armamento directoó indirecto de expedicio---
hes contra nuestros dominios, de las cuales, la del teniente
americano Pike se dirigió sobre las provincias de Méjico, y
el caraqueño Miranda, insurrecto ya en 1796, aprestó otra
p.:tta invadir é insurreccionar las provim~ias de Venezuela,
y otras de la América meridional.


Conocida por esta públic-a actitud la tendencia de los Es-
tados~Unidos, poco bueno podia ya esperarse de ellos duran-
te nuestro apuros. Efectivamente; tan pronto como empezó la
guerra de España contra el emperador N apole<m, multiplicaron
aquellos "Sus agresion-es, y atrajeron á todos los aventurerós y
gente desaforada de Europa y América, para que hicieran
ati'narnentos en su territorio y con el odioso carácter deflli-
busteros, piratas ó corsarios, invadiesen nuestros dominios y
arruinaran el comercio español. Verdad es que en manos de
España 'estuvo el haber ó no consentido la existencia de aque-
lla república en 1795, cuando por el más impolítico de los
e1"rores, hasta le entregamos la defensa de nuestras posesio-
nes en lDs Natckes, y luego, en 1802, consentimos la venta
de la Luisiana, asintiendo á una cábala indigna de N apo-
leon; pero el'l tambien muy cierto que la ingratitud humana
se habia manifestado siempre del mismo roodo, y no siendo
nueva en el mundo, ni aquel su primer ejemplo, hn'biera po-
dido servir de norma á los diplomáticos españoles, para ser
más precavidos.




240 LAS INSURRECCIONES EN CUBA.


Tanto llamó la atencion, por lo irregular, la conducta yan-
kee durante nuestra guerra de la independencia, que la Jun-
ta central de Sevilla tuvo que enviar en 1809 á los Estados-
Unidos, como representante, á D. Luis de Onís, para que,
cerca de aquel gobierno, gestionara la conservacion de las
posesiones españolas en el Nuevo mundo, y reclamase contra
la proteccion que á los perturbadores de nuestras colonias se
les dispensaba. Poco obtuvo en aquella ocasion el diplomáti-
co español allí, donde, segun dice Torrente, no encontró más
que «desvío, deslealtad y oposicion á todo lo que pudiera re-
»velar una buena correspondencia.» Claro vió esto cuando al
pedir una entrevista para entregar sus credenciales al pre-
sidente, que 10 era entónces el ciudadano Maddison, y para
visitar á su secretario de Estado, Diego Monroe, se le respon-
dió, que no podia ser reconocido como agente diplomático,
en tanto que durase la lucha de la Francia con la Espa-
ña, que tenia dividida la nacion en dos partidos hostiles; por
lo cual, se habian propuesto los Estados-Unidos mantenerse
neutrales y simples espectadores, sin tomar parte alguna en
la contienda. Que era una iniquidad tal respuesta, y que
más sarcástica que ésta no podian darla, lo probaba la con-
tinua salida de agentes, emisarios y espias, desde el territo-
rio de la Union á Méjico, Venezuela y Santa Fé, para infla-
mar los ánimos de los pueblos contra España; á cuyos emi-
sarios, ligados con los de Napoleon y de José Bonaparte, en
presencia del mismo representante de España, les proporcio-
naban medios públicos para realizar los planes de emancipa-
cion é independencia de las colonias españolas. Y lo probaba
doblemente la conducta del norte-americano Jackson, que
invadia mientras con sus tropas la Florida occidental y nos
arrebatab3. á Panzacola, despues de haber entrado ya en
Mobila.


Pago, sin duda, por nuestras torpezas merecido, fué aquel,
pero tambien enseñanza que los posteriores gobiernos de la
Península hubieran debido tener muy presente en sus rela-
ciones con tan ingrato pueblo, y que, hoy ménos que nunca




CAPÍTULO IV 241


debe olvidarse, si se quiere salvar de sus asechanzas lo único
que nos queda en la vecindad de sus dominios. La asediada
isla de Cuba, tan requerida por todas las naciones mercantiles
desde que en la prosperidad se dió á conocer por su riqueza
y se comprendieron las ventajas de la posicion estratégica
que ocupa en los mares de Occidente. Pero como más adelante
hemos de continuar trat.ando de estas cuestiones internacionales,
seguiremos ahora, parano alterar el órden cronológico, la rela-
cion de los hechos de aquella isla, coetáneos á los que acabamos
de referir.


v.


Conocida la situacion de los Estados hispano-americanos
en presencia de la revolucion de la metrópoli, así comc> el orí-
gen de nuestras primeras disensiones con los yankees, y las
indignidades que el gobierno de la Union usaba con aquellos
dominios nuestros, podemos ya enlazar la historia de las in-
surrecciones en Cuba refiriendo los sucesos ocurridos con
posterioridad al alboroto de los di as 21 y 22 de marzo
de 1809.


Desechadas por Someruelos las pretensiones que, además
de la carta oficial de que hemos hablado, le expresaron par-
ticularmente en otras de 11 de mayo de 1809, la princesa do-
ña Carlota y su esposo D. Fernando José de Braganza, quie-
nes no sabiendo conservar su propio reino en Portugal se ha-
bian visto precisados á refugiarse en el Brasil; y contenidas
en su principio las aspiraciones independientes de los crio-
llos, las afecciones creadas luego por la Junta central de Se-




242 LA.S INSURRECCIONES EN CUBA.


villa, y las de aquellos que consideraban legítimo el dereoho
de la princesa hermana de D. Cárlos IV, que no eonseguió fln
verdad otra cosa con su impremeditada conducta, sino diti-
cultar la gobernacion de la América es-pañola en sus no esea-
sas complicaciones; aquel honrado general, para acabar de
vencer los asedios puestos á su autoridad, comprendió que el
mejor medió era la energía, la que empleada por primera vez
por los gobernantes que de buena fé recorren el camino de la.
rectitud, ha vencido en todas las edades y vencerá siempre las
aspiraciones injustas, y adoptó este sistema. Se propuso
hacerse respetar y lo consiguió; sosteniendo tranquila la isla
enfrente de la deshecha tormenta que rugía en los vecinos
reinos del continente.


Someruelos tenia muy en cuenta que los enemigos de Es-
paña no se olvidarian de Cuba, como así era en verdad, al
preparar sus tentativas de sedicion revolucionaria cerca de los
criollos más inquietos y desautorizados, que en un general
trastorno confiaban mejorar su suerte yposicion; y para tener
á éstos á raya, púsoles en frente á los comerciantes y demás
buenos patricios, que, con las armas en la mano, habian de-
cidido conservar espanola la isla, y al rendir á aquellos en el
ensayo insurreccional que hicieron los dias 21 y 22 de mar-
zo les señalaron para lo sucesivo los limites de la subordina-
cion y del deber (27). Someruelos no ignoraba tampoco que
los agentes norte-americanos y los emisarios de José Bona-
parte recorrian los Estados espanoles; y para ahuyentarlos
del territorio de su mando, publicó la órden que señalaba
duras y severísimas penas á los encubridores de aquellos co-
misionados de los enemigos de Espana (28). Contribuyendo
esto sin duda á que el navarro D. Gregorio Anduaga, porta-
dor de una mision del rey intruso, que procedente de Bayo-
na de Francia desembarcó á principios de marzo en Santiago
de 'Üuba, no obtuviera en sus gestiones resnltado alguno y se
reembarcara para Venezuela seguidamente. Someruelos sabia
por fin, porque ya conocia el ca.rácter intertropical, que un
castigo oportuno evitaria males mayores, y por eso fué inexo-




CAPÍTULO IV 243


rabIe con el agente mejicano D. Manuel Rodriguez Aleman,
que llegó á la Habana el 18 de julio de 1810 con pliegos del
gobierno de José Bonaparte, y declarado por ésto reo de alta
traicion, si pudo librarse de la indignacion pública excitada
por los buenos españoles, no así de la horca, donde sufrió la
pena que BU delito merecia (29).


Aquellos patrióticos servicios, que Someruelos prestó en
los momentos de mayores angustias, no pasaron desaperci-
bidos por cierto; pues, reconocida la Junta central de Sevilla
á la conducta puramente española que observó al desechar
las pretensiones de la princesa Doña Carlota, y al contener
las de aquellos patriotas criollos que intentaron preparar
la emancipacion de Cuba, con la formacion de una junta de
gobierno própia, los recompensó con el ascenso á teniente ge-
neral. Sin embargo, Someruelos, á quien ya en 1803 y ántes
de cumplir los cinco años señalados entónces al mando de la
isla, se le prorogó por otros cinco en premio á su acertada
política y á instancia del ayuntamiento y personas notables
de la Habana, al saber en 9 de marzo de 1809 que el conde
de Montarco, de quien era hijastro, se habia inclinado al
partido del rey José, elevó, inspirado por sentimientos de la
mayor delicadeza, una exposicion á la Junta central, protes-
tando de su lealtad al gobierno de la nacion que reconocia al
legítimo monarca, y dimitiendo al propio tiempo el cargo si
de su ndhesion se dudaba en la metrópoli. El Consejo de re-
gencia, que examinando antecedentes se enteró de la con-
ducta loable y digna de Someruelos, y queria á la vez satis-
facer los deseos de las personas más notables de la isla que
en aquella ocasion pidieron nuevamente que continuara de
capitan general, respondió á la renuncia confirmándole en
su cargo por otros cinco años y anulando el nombramiento
que para reemplazarle había hecho, el mismo año 1810, en
el teniente general D. José Heredia (30).


Con motivo de la invasion de Andalucía por las tropas na-
poleónicas á principios de aquel año, se extendieron por
América tan alarmantes noticias sobre armamentos franceses,


Ix




244 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


que obligaron al impresionable marqués de Someruelos á to-
mar grandes medidas de defensa, y á prepararse, para todo.
evento, artillando las fortalezas y poniendo sobre las armas
las milicias disciplinadas y los cuerpos de voluntarios; ya que
las fuerzas del ejercito veterano tenian en aquellos momentos
más oficiales que soldados, segun dice Valdés. Por fortuna,
no fueron necesarias tales precauciones, ni se confirmaron los
·rumores, ni de ellos hubo que lamentar otras consecuencias
que las de una inquietud pasajera; pues la Francia, si tenia
semejantes intenciones, no contaba á la sazon con medios pa-
ra enviar armadas á los mares de Occidente. Sabiéndolo lue-
go así aquel gobernador y aprovechando la corta trégua de
tranquilidad que se le presentaba, dedicóse con su reconocido
celo á animar el abatido comercio de Cuba, utilizando á este
fin la abundante cosecha de azúcares obtenida en la zafra de
1809 á 1810. Mas cuando empezaba á vislumbrar un risueiío
porvenir y el consiguiente premio á los desvelos empleados,
los bienes que sus medios prepararon fueron interrumpidos
por el furioso temporal que, en 25 y 26 de octubre del último
de estos años, anegó buques, devastó ricas plantaciones y
destruyó caseríos en los puntos más poblados de la isla vícti-
ma de sus furores.


Otro huracan, mucho más temible que los que desde el frio
lecho que en la América del Norte tienen las tormentas, des-
cienden periódicamente al templado clima intertropical, á
robar el calor que para suavizarse necesitan los rigores del
polo; huracan sordo en sus principios, pero de seguras con-
secuencias ruinosas, comenzaba á conmover á Cuba desde
el Oeste á Levante. Por tal debia considerarse el diario desem-
barco en los puertos occidentales de la isla, de familias nu-
merosas procedentes y escapadas de los Estados del vecino
continente, por no ser víctimas, como gachupines ó gOMS,
nombres con que los insurrectos designaban á los hijos de
España, de los atropellos que, ciegos de Mio, cometian los
criollos ingratos. Y no era ésto sólo; sino que los tristes efec-
tos de la tormenta política se aumentaron además, con




CAPÍTULO IV 245


las noticias que diariamente traian las correspondencias pri-
vadas y oficiales procedentes de Levante, de otro temporal no
ménos deshecho, promovido por la imprudencia y la ignorancia
que, respecto de las cosas de América, tenian los legisladores
de Cádiz. Siguiendo éstos su sistema \le concesiones políticas,
no sólo prematuras é ineficaced, sino hasta perjudiciales á la
conservacion de la integridad nacional, desqui~iaban, sin
presumirlo tal vez, lo poco que las restringidas facultades de
los capitanes generales podian conservar ordenado y tran:-
quilo. Es cierto, y ésto les disculpa en parte, que no fueron
espontáneas y directamente emanadas de la Junta, de los di-
putados peninsulares, ó del gobierno de la Regencia, algunas
de las más trascendentales disposiciones, sino producto de la
influencia qué los representantes ó emisarios ejercian cerca
de aquellos poderes. En prueba de esta afirmacion, podemos
apuntar lo que sucedió, por ejemplo, respecto del decreto
de 17 de mayo de 1810, debido, más que á la iniciativa de
los gobernantes, á las indicaciones y travesura criolla de Don
Claudio Martinez de Pinillos, de quien despues nos ocupare.-
mas, que. produjo hasta el arresto y procesamiento del minis-
tro de Hacienda (31); y tambien lo que sucedió acerca de las
reformas necesarias en las posesiones ultramarinas. En tal
asunto, inclinando las opiniones de los diputados á favor
de su propaganda el que representaba á Puerto-Rico, D. Ra-
mon Power, quien, rodeado del prestigio adquirido en la re-
conquista de Santo Domingo, no parecia natural q ne se hicie-
ra sospechoso, fué uno de los que más contribuyeron, no di-
remos que intencionadamente, á aumentar los males que r.n
aquellos dominios produjeron las concesiones por él pedi-
das (32).


Una de éstas, y no de las de ménos gravedad y de trascen-
dentales resultados, fué el funesto decreto sobre la libert~d
de imprenta, que en el continente americano solo sirvió para
que los enemigos de España, á pesar de las juntas de censu-
ra, plagaran aquellos reinos de procla31as y de escritos incen-
diarios.




24G LAS INSURRECCIONES EN CUBA


Afortunadamente tal disposicion no produjo en la isla de
Cuba desde los primeros momentos todos los males que podian
esperarse, y debido fué este bien á la energía de Someruelos,
que no permitió plantearla en el territorio de su mando ántes
de instalar en 18 de febrero de 1811 una junta de severa fis-
calizacion compuesta de censores seglares y presbíteros ilus-
trados y eruditos, que tuvieron á raya los desmanes de la aca-
lorada juventud literata, instigada por los emisarios de los
enemigos de la patria (33). Mas como, segun las prescripcio-
nes de aquella ley (34), no podia el gobernador impedir la
entrada en la isla á los periódicos de Cádiz, donde tantas lo-
curas se permitian los exajerados radicales, que hasta discu-
tian sobre la existencia de la esclavitud, subvencionados qui-
zás, como parecen estarlo algunos de los'de hoy, por los abo-
licionistas ingleses; ni podia prohibir tampoco la circulacion
de las gacetas de la América, todavía española, que incita-
ban á la independencia ridiculizando el gobierno español de
la revolucion y haciéndole blanco de calumniosas acusaciones;
y como no contaba la autoridad gubernativa recursos dentro
de la ley para contener la invasion de la anarquía; se valió
de medios especiales para dirigir la opinion, é invitó á al-
gunos escritores sensatos para que enseñaran al público el
uso que de la libertad de escribir debia hacerse; disponiendo
publicar al efecto artículos llenos de cordura y de templanza
que sirvieran de andadores, en sus primeros inciertos pasos, á
los jóvenes que sé lanzaban con la impremeditacion propia
de la inexperiencia, en el campo de la política (:35). El decreto
sobre imprenta, tan funesto para la América, fué conocido en
Cuba por haberlo copiado el.Diario de la Habana correspon-
diente al lunes 21 de enero de 1811 de otro periódico de la
Península, aún ántes de comunicarse oficialmente al capitan
general; quien el 19 de febrero, á poco de recibirle, dispuso ya
la instalacion de la indicada junta de censura, y declaró se-
guidamente en vigor el libre uso de imprimir en la isla.


Hasta aquella fecha y partiendo del primer año del siglo,
además del Papel Periódico, convertido segun hemos indica-




CAPÍTULO IV 247


do en el Á '1)iso y luego en el Á 1)iso de la Babana, que desde
1810 llevaba el nombre de .IJiario de la Habana, no se habian
publicado en Cuba más periódicos que la Aurora, La Lonja
mercantil, El Mensajero y el Regañon. De entre éstos ha-
bia adquirido el último más importancia yaceptaeion que
ningun otro de la época, por el escogido estilo del único re-
dactor que lo publicaba, quien, ocupándose de literatura, de
diversiones y de costumbres públicas,- trataba con moderada
crítica de corregir los abusos y vicios sociales; consiguiendo
el autor que sus producciones fueran miradas con suma be-
nevolencia por los habaneros, «no tanto,» decia «por el mé-
»rito de la ejecucion, como por las buenas intenciones y el
»ánsia con que procuraba hacerse útil al país el compatriota,
»que lo redactaba» (36). Mas así que se estableció la libertad
de imprenta, no sólo vieron la luz nuevos y numerosos pe-
riódicos, sino cual combustion largo tiempo comprimida, es-
talló la polémica violenta; y las pasiones, rotos al parecer
los miramientos que las contenian, se manifestaron al públi-
co desnudas. Siendo lo más peregrino de aquel tiempo, que en
un misIllD periódico se publicaran escritos de contrarias ten-
dencias, haciéndose la oposicion que hoy por lo general solo
se consiente y acostumbra en órganos de diferentes matices.


Así por, ejemplo, el.IJiario de la Habana del 19 de marzo
de 1811, al hacer reflexiones sobre la libertad de imprenta,
decia: «Si la prerogativa concedida por Dios de pensar y co-
»municar á los demás séres nuestras ideas no se nos hubiera
)msurpado, la España no estaria envuelta en una guerra aso-
»ladora, ni. se hubiese visto dominada por el despotismo, ni
»juguete de los gabinetes, ni sumida en la ignorancia; por-
»que se hubiera clamado contra el trasgresor de las leyes,
»contra el desórden de la administracion y del uso de las
»rentas públicas, contra la prodigalidad en sostener empleos
»innecesarios ocupados por sujetos ó ineptos ó ambiciosos; y
»la voz pública al defender sus derechos violados, hubiese
»abierto al mérito la carrera de los empleos, evitando así
»tantos errores en la economía política ruinosos y difíciles de




248 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


>5reparar». Cuyo artículo terminaba manifestando gran ad-
tni1'acion porque «la España, despues de haberse visto ba-
»jo el mayor sistema de opresion, hubiera conservado tanto
»heroismo, tanta lealtad y patriotismo, tanto amor á una li-
»bertad que por el largo tiempo de su carencia debia creerse
»extinguida; pero que no lo estaba, porque el pueblo tenia
»idea de aquella libertad y la reclamó vigorosamente en la de
»imprenta, la pidió como restitucíon de un derecho inaliena-
»ble que no conoce restriccion, pues el hombre no disfrutaría
»la libertad de pensar si no tuviera la facultad de comunicar
»sus pensamientos, y al conseguirla todo español podia ya
»decir: he recobrado mi dignidad, soy libre». A este ditiram-
bo liberal, respondia el mismo periódico en 23 de marzo que
«el gobierno de Cádiz sólo para combatir la ignorancia de la
»nacion española decretó la libertad de imprenta, que habia
»extendido á la América, no con iniencion directa sino por
»ser en ámbos puntos igual el motivo;» y en el nún;tero del
3 de abril, contestando el IJia1'io de la Habana á un artículo
del Mensa}ero encabezado con el proverbio Per me ,.eges reg-
nan, con ideas diametralmente opuestas á las de escritos in-
sertos dias ántes, decia el articulista alarmado por la aplica-
cíon de las doctrinas nuevas: «Desde el momento que resonó
),en mis oidos la lúgubre voz de libertad de imprenta, desde
»el momento en que ví conceder ál hombre, indistintamente
»considerado, la facultad de expresar libremente sus concep-
»tos, se cubrió mi corazon de la más negra y cruel melanco-
»lía, y mi alma, penetrada de los más vivos sentimientos de
»dolor, por medio de las más tiernas y copiosas lágrimas,
»parece presagiaba el más funesto y lamentable éxito á tan
»ilimitada libertad. Por medio de la cua!», añadia, «se propo-
>men algunos sembrar la zizaña en la fecunda miés de la mo-
»narquía, usando de la licencia y no de la libertad decretada
»los falsos filósofos, que nos abruman con sus escritos, y que
»harán decir á la posteridad: Nuestros padres arruinaron
»la pátria por no haber contenido las nuevas doctrinas de
»los Mjos de los filósofos df! la sacrílega Francia.»




CAPÍTULO IV 249


Sin embargo, tambien la imprenta de ent6nces empez6 tí
ucuparse de mejoras públicas y de intereses materiales, si
bien al aconsejar el lJiario del 21 de abril que los hacen-
dados usaran de aquella libertad para ponerse de acuerdo y
hacer un fondo comun de azúcares y cafés, para sostener en
la plaza un precio igual, se trataba ya por espíritu político,
nada ménos que de imponer los propietarios, criollos general-
mente, su voluntad á los comerciantes, que eran. peninsulares,
tí quienes en los apuros de su no siempre ordenada economia
doméstica, tenian que acudir con frecuencia. Así tambien, al
usar de la imprenta para dar consejos sobre el método de ins-
truccion primaria más conveniente á la isla, encargaban los
de la Sociedad patriótica en el IJiario del 21 de marzo, que
sobre todo se castigara á los niños que fueran soplones y di-
jeran en sus casas lo que en la escuela pasaba; cuyas máxi-
mas ú otras parecidas, aplicándose á los hijos de los peninsu-
lares, supo explotar auos des pues con gran provecho el gran
pedagogo criollo D. José de la Luz Caballero, para crear un
plantel de irreconciliables enemigos de España.


El primer periódico hijo de la libertad de imprenta, que al
solo anuncio de haberse acordado pJr las Córtes de Cádiz, y
ántes de regir en Cuba la ley, salió á la palestra, fué El Lin-
ce, que se publicó tres veces á la semana desde el viernes pri-
mero de febrero de 1811; dedicándose á copiar noticias de la
guerra de España y de .Méjico y á trascribir artículos de los
p2riódicos de Cádiz ó de los vecinos Estados-Unidos (37).
Hácia primeros de marzo y poco despues de la publicacion
del decreto, salió á luz El Hablador (38), que se repartia
gratis á los suscritores á El lJ1ensajero, y fué redactado en
sns principios por los poetas D. Manuel Zequeira y D. José
Antonio de la Ossaj ocupándose de costumbres públicas y de
corregir los vicios sociales, dirigiendo tambien sus censuras
á los empleados que no cumplian con sus deberes y á las au-
toridades que tenían descuidados ciertos servicios públicos.
En el propio mes de marzo de 1811 y cási al mismo tiempo
empezó á publicarse El Oorreo de las lJamas (39); ye18ema-




250 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


Mrio Mercantil, que ya salia á luz, cambió su nombre por el
de .IJiario lIfercantil de la Habana al exhibirse tres veces se-
manalmente y dedicarse á tratar los asuntos que su nuevo tí-
tulo indicaba.


Tímidos en los primeros momentos los directores de aque-
llos periódicos, empezaron, con el ejemplo del Robespie'l''l'e es-
pañol y de otras publicaciones andaluzas, á querer competir
en violencia de estilo. En el Patriota americano, imitacion
del que con este título veia la luz en Cádiz, en el Fraile y
en otros despues, se trataron ya en la Habana en noviembre
de 1811 yen los meses sucesivos cuestiones políticas con un
calor tan subido, que El (Jensor universal en su número 42
correspondiente al 21 de dicho mes, publicaba un artículo
con la firma de un sargento de voluntarios, que so color de
dar un plan para la organizacion del instituto á que pertene-
cía, hablaba de la existencia de recientes correspondencias
criminales entre algunos habitantes de la isla y los disidentes
del brindis de Cartagena de Indias, y demás desleales del
continente; añadiendo que en la propia Junta económica ó pa-
triótica y en el Real consulado se habia tratado de un go-
bierno republicano federal para la isla de Cuba, á consecuen-
cia de cierto plan famoso que presentó y leyó el secretario
ante la corporacion. Airadísimo el .IJia'l'io de la Habana,
órgano de esta sociedad contestó el dia 27 calificando aque-
llas «aseveraciones de cáfila de embustes y calumniosos chis-
»mes, lanzados al público con el fin de atraer sobre personas
»determinadas el ódio de la multitud irreflexiva,» y manifes-
tando que «los autores de aquel libelo ó folleto sedicioso que
»hab1aban de fanáticos gobiernos y se tenian por represen-
»tantes de las ideas reformistas y liberales de los revolucio-
>marios de Cádiz, no eran más que entes sospechosos y
»secl'etos compañeros de los sublevados del continente, co-
»bardes desertores de la España é instrumentos ocultos de los
»franceses y de Napoleon; quienes por promover con tales
»medios las disensiones de los pueblos, que era por donde em-
»pezaban sus calamidades y desastres, debian declararse reos




CAPÍTULO IV 251


»de lesa nacÍon y castigárseles como merecian.» ¿No par@ce
probar tan apasionada defensa que algun fundamento tendrían
aquellas imputaciones?


Libre de freno más tarde, fué un verdadero vértigo la car-
rera que siguió la prensa periódica en aquel pueblo de ima-
ginaciones ardorosas. Tanto se turbaron los juicios, que el
mismo Oensor ttniversal anatematizado en 1811 por su des-
enfado y su color subido, no habiendo hecho progresos en el
camino de las violencias exageradas y de la difamacion, que-
dó tan atrás de los partidarios de las doctrinas y sistema que
él mismo habia iniciado, que cuatro años más tarde figuran-
do en la escuela conservadora y como predicador de la tem-
planza, se veia obligado á denunciar duramente las exage-
raciones de sus discípulos, que á nada ménos que á la disolu-
cion social conducían con sus predicaciones insensatas (40).
Sin embargo el desbordamiento de la imprenta puede fijarse
desde que empezó á hacerse uso del decreto de libertad; pues
ya por auto del diocesano de 21 de octubre del mismo 1811,
lile condenaron los escritos de D. Simon Bergaño y Villegas,
publicados en el Oorreo de las IJamas por lascivos, obscenos
y contrarios á las buenas costumbres (41); y fueron condena-
das tambien las IJeclamaciones contra el despotismo del po-
der judicial que el famoso doctor D. Tomás Gutierrez de Pi-
ñeres empezó á publicar en el mismo año, no ya por tratar
de asuntos políticos ó literarios, sino de hechos de la vida
privada y de acusaciones virulentas principalmente contra los
jueces y magistrados.


Es cierto que no fué aquella la época en que los encargados
de administrar justicia y los funcionarios públicos más se dis-
tinguieron por su pureza, pues el mismo IJiario de la Ha-
bana, órgano del gobierno y conocido por su moderacion, en
un discurso ó artículo titulado Todos liJOmbres de bien y mi
capa no parece, censuraba duramente e115 de abril la apatia
de los encargallos de administrar justicia, desde juez á escri-
bien~e, y los abusos de éstos en tener á los presos encerrados
sin la instruccion de las correspondientes causas. Confirma"n-




252 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


do con esto más y más lo que en 23 de marzo habia dich~ al
hablar de corrupciones en la administra.cion pública y afir-
mar, respecto de la de justicia, que en ella llama. verdadera.-
mente entorpecimientos, «pero que en gran parte debian atri-
»buirse á los propios litigantes, en los que dominaban á la:pm-
»que el interés la vanidad en el vencimiento, los cutrlc'S par".
»triunfar hacían uso del medio tentatiuo del dinero, lo cua.l
»probaba que la riqueza, más que la ignorancia, producía 111
»corrupcion. »


Aquellos periodistas que la libertad de imprenta improvisó,
llenos de ambicion á poco de ser escritores, empezaron á ata-
car al gobierno que egoista, segun decian, todos los cargos,
todas las gracias, todos los beneficios los reservaba para los
peninsulares. En lo gue estaban sin duda equivocados, cuan-
do al número del periódico El Hablador, que tal dijo, le re-
plicó el IJiarío de la Habana del 23 de marzo, que «Uo era
»cierto que los americanos hubiesen ocupado puestos secun-
»darios solamente en la administracion pública, y muy con-
»tados en la clase elevada, puea no habia ninguna capital de
lilas pl'ovincias de la Peninsula que tuviese tantos titulos de
»Castilla concedidos en igual número de años como la de
»Ouba, que contaba dos casaa honorarias de Grandezas de
»España, llaves de gentiles-hombres de Cámara y cruces de
»1a real y distinguida órden de Cárlos III; que de las familias
»de la Habana salian en la carrera eclesiástica para mitras y
»prebendas; que los hijos de Cuba ocupaban cási todos los
»curatos y beneficios de la isla más opulentos; que en la cal'-
»rera militar habian llegado á teniente general y muchos á
»mariscales de campo, y en la marina se habian contado y
»existian áun diferentes jefes; no pocos en los gobiernos, bas-
»tantes en la política y con los honores de la toga, muchos
»en los altos puestos de la Hacienda, y finalmente, que en
»toda clase de oficinas habia un copioso número de hijos del
»país.» «No tiene la Habana por qué quejarse,» añadia, «del
»gobierno de la metrópoli que mantiene florecientes en la isla
),la agricultura y el comercio; que ha establecido entre otras




CAPÍTULO IV


~mejoras la Sociedad patriótica, el Real consulado, la Uni:'"
»versidad, Seminario, escuelas particulares, dos biblioteC8í1
»públicas y hasta profesores de bellas artes; que ha dec]anl-
»do libres vários puertos, y sigue el útil t1'ájico de 1&efl'l'O$
»dando por resultado una inmensa riqueza en lSr c~pital.>}
A pesar de todo, aquellos jóvenes recien salidos á.la ~idaplÍ'­
blica querian algo para sí, ya que lo concedido hast~ entón ....
ces lo disfrutaban otros por susmereeimientos; pretendial1 de
un salto llegar á lo alto de la escala de los honores y de la pó'-
aicion, y con el ejemplo de las improvisaeiones que presencia-
ban entre los vecinos disidentes de VBnézuela, tenian por c()sa
muy vulgar y baladí empezar por el principio; pareciéndose
en esto á nuestros modernos radicales, que soberbios de po~
seer una omnisciencia de muy problemática condicion, todo
lo creen poco para satisfacer sus osadas pretensiones, cuando
ni siquiera han llegado á conocerse y apreciar los quilates de
su valer.


Hácia mediados de noviembre del año 1811 tantas veces ci-
tado, empezó á publicarse en la Habana otro periódico con el
título de Gazeta lJia1'ia, órgano de los principios liberales,
exagerado muchas veces, sensato algunas, y siempre espa-
ñol en la forma, aunque en el fondo se inclinaba al exclusivo
patriotismo cubano. Aquel periódico aplaudia las conquistas
liberales de la metrópoli como medio, y las reformas como
principio de otras concesiones. Llamado al público, cuando
las polémicas iban encrespándose cada dia más y las pasiones
políticas extendiéndose por todas partes, fué uno de los ecos
que en 1812 manifestaron el ruidoso estado de la opinion en
Cuba; y uno de los que han podido llegar hasta nosotros con
el Patriota americano, que dejó de publicarse á fines de ju-
nio; El Fraile, que nació en la primavera de aquel año; El
00 nsolador , que empezó á verla luz en mayo, y que estálbas-
tante calificado diciendo que aplaudia al Dr. Gutierrez de
Piñeres; El Oanario, cuyo canto primero se oyó á mediados
de junio; La Mosca, que nació en 26 del mismo mes, y lfl
Redactor general, que desde el 3 de julio dió al público los




254 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


domingos, martes y viernes un compendio ó extracto de las
noticias de los periódicos de dentro y fuera de la isla relati-
vas, principalmente, á la politica nacional y á los asuntos re-
lacionados con las guerra~ de Napoleon.


Conocida la intemperancia de cierta parte de la prensa ra-
dical gaditana, y la no ménos violenta actitud de los periódi-
cos de los estados disidentes en la vecina Costa firme, cuya
introduccion y circulacion en la isla eran muy difíciles de
evitar; y conocida tambien, por lo que hemos indicado, la in-
terpretacion que se daba comunmen.te á la palabra libertad en
Cuba, donde la esclavitud era un hecho incuestionable, y más
aceptado sin duda por los patriotas hacendados y reformistas
de posicioll; que por los mismos peninsulares, comerciantes en
su mayoría, parecia natural y lógico, que respondiendo á las
tendencias de general desórden, no se hicieran esperar algu-
nas demostraciones en las gentes de color. No tardaron éstas
por cierto en presentarse; y fueron consecuencia, no sólo de
las predicaciones de los reformistas de Cádiz, de las de aque-
llos disidentes de Tierra firme, y de las ideas extendidas por
los dominicanos acogidos en la isla y áun de las de sus pro-
pios criados negros, que Gontribuian y no poco á promover
la sedicion entre sus compañeros, hablándoles de la abolicion
de laescla vitud realizada por Francia en la vecina isla; sino
consecuencia bmbien de la propaganda de los ingleses, cuyo
Parlamento se ocupaba ya de la emancipacion de los escla-
vos; y efecto de las predicaciones de los periódicos cubanos,
de los cuales algunos, ni se paraban siquiera en medio de sus
insensatas exageraciones, que en último término eran sus es-
critos un atentado contra sus propios intereses y áun contra
su existencia.


En los últimos tiempos del mando de Someruelos, quien á
pesar de haber obtenido del gobierno de la Regencia próro-
ga por cinco años no llegó á cumplirlos, y allá por los meses
de febrero y marzo de 1812, la gente de color, quedespues de
la introduccion de las libertades en la isla no estaba bastan-
te vigilada y hacia tiempo que bullia inq meta, empezó á ma-




CA.PÍTULO IV 255


nifestar criminales tendencias, cometiendo asesinatos é incen-
dios en fincas del departamento Oriental y en la parte de
Puerto Príncipe, huyendo en pelotones á los bosques, yatra-
yendo á las negradas de las haciendas con el objeto de for-
mar grandes masas y emprender agresiones en mayor escala.
Al frente de los levantados y como principal iniciador figuró,
en aquella formidable conspiracion, un negro libre llamado
José Antonio Aponte, de capacidad no comun en los de su ra-
za, y de tan perversas condiciones de carácter, que dió origen
al adagio de «más malo que Aponte», con que aún hoy se
indica en Cuba á los malvados; cuyo cabecilla negro, con tra-
mas perfectamente meditadas y con habilidosa exactitud se-
guidas, tuvo ciertos momentos en verdadero peligro á la isla.


Efectivamente, á un tiempo mismo, y obedeciendo á se-
creta consigna, en vários ingenios del departamento de la
Habana, yen otras fincas de las vecindades del Bayámo y
Holguin, en la extremidad oriental de la isla, empezaron los
negros á inquietarse, movidos por los agentes de Aponte;
quien no aspiraba á otra cosa que al dominio de su raza so-
bre la blanca, pretendiendo imitar lo que fln Santo Domingo
habia sucedido. Pero alarmados aquellos patriotas que, ante
todo tenian aficion á sus intereses, se unieron para defender
éstos en primer término, y, acaudillando las negradas leales
de algunas haciendas, desbarataron en Occidente los planes
funestos de los insurrectos y cimarrones, mientras en el Ca-
magüey, los prohombres de allí, entónces decididos y hasta
fanáticos partidarios de Fernando VII, tales como los Beten-
courts, Agüeros, Socarrás, Varonas, Loinaz y Mirandas, cu-
yos hijos y nietos han buscado en estos tiempos la muerte
entre las filas de Céspedes, contribuyeron muchísimo, más
que la misma autoridad, á sofocar aquellos planes, y á pren-
der á los criminales denunciados por los mismos seducidos.
Ahorcando á Aponte con ocho de los principales agentes
suyos, y azotando públicamente en el Camagüey un cente-
nar de los negros más temibles, de los cuales sentenció tam-
bien algunos á presidio la Audiencia del territorio, dió fin




256 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


aquella extensa conspiracion, en la que la humanitaria con-
ducta, y la severa prudencia de Someruelos, dice Valdés que
fueron las mejores recomendaciones sobre la bondad de su
mando.


Prudencia verdadera· necesitaba en aquel tiempo toda au-
toridad para mantener su prestigio y conservar íntegro el
territorio que le estaba confiado; pues desatadas las conside-
raciones sociales con la instigacion contínua de los revolu-
cionarios del continente y de los de España, la corrupcion
contenida por el qué dirán y por el respeto á las leyes, salió
á la superficie en aquel período perturbador; viéndose á la
sazon, como cosa corriente, á muchos potentados del Oama-
güey, de los que estaban más instruidos en la vida del juego
y del concubinato que en los deberes de la familia y de la
sociedad, corromper á los magistrados de aquella Audiencia,
para poder, con los injustos fallos de los pleitos, hallar re-
cursos para alimentar sus vicios (42). Semejantes procederes
iban acompañados comunmente de algaradas ruidosas en fa-
vor de Fernando VII, en cuyos actos, desprestigiando, más
que dando brillo, á los principios monárquicos, quizás no
manifestaban sus aficiones al rey cautivo, sino porque en-
Mnces representaba la oposicion. Verdad es que en aquellos
dias no eran más puras las costumbres en aquel departamento
que en los otros puntos de la isla. En la misma Habana, los
frailes, entre los cuales quizás sólo el P. Valencia podia con-
tarse como bueno, segun nos 'refieren las tradiciones de aque-
lla época, vivian en tal corrupcion y escandaloso amanceba-
miento, que al ser reprendido por el obispo Espada uno lla-
mado Gondra, qlle acababa de ser guardian, y á quien todo
el mundo conocia por verle contínuamente ébrio, respondió
al prelado que él no era jugador ni cometia otras faltas
obscenas, y que sólo se embriagaba por no presenciar los vi-
cios de sus compañeros. Con tales costumbres, y con seme-
jante ley de imprenta, ¿,era extraño que la prensa periódica
se manifestara tan desbordada, y que creciese cada vez más
su descaro?




CAPÍTULO IV 257


Nada debe extrañarse cuando los pueblos olvidan las leyes
de la dignidad y del decoro; y á ello hay que atribuir las
manifestaciones en la opinion que caracterizaron el mando
del sucesor de Someruelos, quien fué relevado en 14 de abril
de 1812 del gobierno, de la capitanía general, y áun del apos-
taderJ de la Habana, por el teniente general del ejército y
de la armada, D. Juan Ruiz de Apodaca, entendido astróno-
mo, que llevaba además á Cuba el nombre y el prestigio que
le lió el haber rendido en 1808 en las aguas de Cádiz una
escuadra francesa, y el haber representado como embajador
á España en Lóndres.


A poco de tomar posesion aquel general del mando de la
isla, salieron á luz algunos periódicos, de los que hemos ya
indicado con los nombres de El Oonsolador, El Oanario,
La Mosca, y El Redactor general, y despues El Oentine-
la (43), El Noticioso, que nació el 12 de setiembre de 1813
y subsistió hasta 1835 (44), El Filósqfo Verdadero (45), El
Esquife (46), La Oena y otros de doctrinas cada dia más
desordenadas y anárquicas. Y tambien en el mismo mes de
abril, en.que Apodaca se hizo cargo del mando, declaró se la
guerra entre los Estados-Unidos y la Gran Bretaña, en la
cual, por mandato del gobierno de Cádiz, tuvo que observar
una estricta neutralidad, á pesar de obligarle las circunstan-
cias á expedir muchas patentes de corso, para librar las cos-
tas de Cuba de los piratas norte-americanos y áun france-
ses, que todo lo aprovechaban para dedicarse al pillaje pro-
pio de jllibtlsteros .


Estas atenciones le impidi~ron á aquel gobernador dedi-
carse, cual de su celo y conocimiento era de esperar, á la
mejora de los ramos administrativos. Sin embargo, con el
intento de proporcionar recursos al exhausto Tesoro, á la vez
que con el propósito de dirigir por otro camino la aficion al
juego, tan extendida y generalizada en la isla, estableció el
de la lotería que, segun Valdés, se compuso en un principio
de diez mil acciones de cuatro pesos cada una, contenidas en
otros tantos billetes, divididos en medios, cuartos y octavos,




258 LA.S INSURRECCIONES EN CUBA.


y distribuia cincuenta y ocho premios: de diez mil pesos el
primero, de cinco, dos y un millos siguientes, y de á dos-
cientos y cien pesos los treinta últimos.


A los tres meses de gobernar Apodaca, y con fecha 13 de ju-
lio, llevó á la Habana la goleta Oantábria, de la marina real,
1a Constitucion política de la monarquía española, promul-
gada en Cádiz el dia 19 de marzo, la cual fué solemnemente
jurada dos dias desplles, con asistencia de Someruelos y del
anterior comandante general del apostadero, que esperaban
buques para embarcarse; y dió motivo á los periodistas y á
los poetas á manifestar sus exaltados sentimientos libera-
les (47), y á batir palmas á los reformistas y á los indepen-
dientes, que en ella veian muy allanado el camino que nece-
sitaban recorrer para conseguir sus fines. «Cimiento aquel de
»la futura libertad de España, dice el Sr. Pezuela, y obra de
»varones de rectitud, y ciencia, aunque no aleccionados to-
»davía en la escuela de las revoluciones, era de aplicacion
»peligrosísima en posesiones, cási todas entónces ya insur-
»rectas, y pobladas de castas tan diversas.»


Pronto los hechos confirmaron las torpezas de tales varo-
nes, tocándosp. desastrosas consecuencias en todos los domi-
nios españoles. y áun en Cuba, que hasta aquellos momentos
habia sido, de las posesiones de América, la que más leal y
más contenida en los límites del deber pilrmanecia, y en la
que se sintieron luego los tristes efectos de tan injustificada
libertad. De todas las desdichas que la Constitucion llevó á la
grande Antilla, en nadie tanto como sobre los primeros dipu-
tados que la representaron en,las CGrtes, D. Andrés de Jáu-
regui, por la Habana, y D. Juan Bernardo O'Gaban, por
Santiago de Cuba, debe recaer la responsabilidad histórica;
por no haberse opuesto oportunamente á que se trasplanta-
ran tan excesivas y monstruosas novedades á un pueblo de
escasa instruccion, propenso á exaltar sus pasiones, y poco
dispuesto á desarraigar inveteradas costumbres. Como re-
snltados fecundos de aquellas imprudentes concesiones, ape-
nas puede citarse tan sólo el alistamiento de algunos patrio-




CAPÍTULO IV 259


-las voluntarios para sostener, á las órdenes del mariscal de
campo D. Carlos de Urrutia, residente á la sazon en la Ha-
bana, y sucesor de D. Juan Sanchez Ramírez, la parte re-
conquistada por éste en la isla de Santo Domingo (48). Los
demás efectos, todos fueron adversos; no dando ningun fruto
provechoso, ni la organizacion de los ayuntamientos, que la
experiencia demostró á poco que eran innecesarios; ni la in s-
talacion de las diputaciones de provincia, muy perjudiciales
y nada beneficiosas, porque, convertidas desde el princi-
pio en centro más bien político que administrativo, no pare-
cían tener otra mision que la de dar con sus debates, no
siempre comedidos, alimento diario á los periódicos exalta-
dos; ni dió fruto bueno, por fin, la aplicacion de otras liber-
tades constitucionales, muy difíciles de aclimatar con la ra-
pidéz que sus adoradores pretendían. Tampoco éstas produje-
ron allí otra cosa que grandes inquietudes y general per-
turbacíon, ya en la universidad donde los reformistas dispu-
taban á los fundadores, por ser frailes, sus derechos para
desempeñar los cargos del claustro; y ya en todos los círcu-
los sociales que, por la laxitud de la nueva ley, tenian re-
signados que sufrir hasta sacerdotes jurisconsultos como el
inquieto Dr. D. Tomás Gutierrez de Piñeres, jefe de la ban-
dería política donde se acogian todos los difamadores (49); á
cuyo indigno clérigo se vió luego la autoridad precisada á
encarcelar, para prevenir los males que sus escándalos y su
génio díscolo causaban en la opinion pública.


La libertad de imprenta sobre todo, llegó á hacerse tan in-
sufrible, y á desbordarse tanto publicando obscenidades é in-
sultos los periódicos, que éstos ya solo eran «cosa útil para ta-
cos en caso de faltar estopas», segun decia uno de ellos mismos
el 20 de diciembre de 1813 (50); añadiendo, que si servían de
algo, únicamente se aprovechaban como medio para reñir
batallas los liberatos JI servilíos, trasladando los primeros á
sus colúmnas artículos de los papeles andaluces en que se ha-
blaba, «contra frailes, contra clérigos, contra canónigos, con-
»tra obispos, contra todas las corporaciones eclesiásticas, con-


19




260 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


-»tra las prácticas religiosas, contra la disciplina y áun contra
»10 que se roza con el dogma», mientras los servilio8 ó servi-
les copiaban á su vez á otros periódicos de los que á lo «cris-
»tiano viejo creian en Dios á pié juntillas y honraban á su
»Iglesia profanada por aquellos que solo engendrar supieron la
»locura antireligiosa,» (hoy todavía por cierto extendida en
muchos maniáticos radicales). «Pero que pronto todo acabaria,
»porque el reinado del absurdo tiene en las sociedades muy li-
»mitados períodos, y aproximándose el término del de los libe-
»ratos, podían estos ir preparando el luto que habian de vestir
»durante largo tiempo».


No tardó ciertamente aquel luto, profetizado por el perió-
dico á los liberales, pero luto alegre al propio tiempo para
todas las gentes sensatas y para la mayoría de los habitantes
de Cuba, quienes cansados de vivir en la inquietud producida
por las exageraciones radicales, ansiaban un cámbio de políti-
ca á todo trance. El cámbio se sospechó ya en 22 de marzo de
1814 al penetrar Fernando VII por Cataluña despues de seis
años de ausencia; se esperó del decreto de 4 de mayo, en que
al dar aquel monarca su primera muestra de real ingratitud,
derribó como un castillo de naipes la obra de los constitucio-
nales; decreto que si en la Península causaba un mal, produ-
cia en cambio ventajas inapreciables en las posesiones ultra-
marinas y especialmente en la sociedad cubana próxima á
disolverse, segun hemos visto, si continuaba algun tiempo
más el dominio del absurdo; y por fin se tocaron ya en la isla
los bienes de las suspiradas mudanzas, cuando á primeros de
julio de aquel año se publico la real órden que restablecia la
censura prévia en materias de imprenta, y suspendia los
efectos del Código constitucional.


Con tan unánime general aceptacion fueron recibidas en
Cuba aquellas medidas de orden, que sólo se mostró en la
Habana públicamente simpático á los liberales de Cádiz un
loco, oficial retirado de marina, fanático patriota, que por con-
sideraciones de la autoridad y benevoiencia del público no
estaba en la casa de dementes. El infelíz al saber la caida de




CAPÍTULO IV 261


la Constitucion en España, salió arrebatado á la calle y recor-
rió algunas seguido de curiosos que no le hacían caso y de
gentes de color que secundaban sus vivas con· gritos desafo-
rados, y promovió una pequeña alarma, que pudo apaciguar
bien pronto el coronel de dragones D. Juan Tilly, jefe á la
vez de los voluntarios de la capital, sin consecuencias des-
agradables que lamentarse. Nadie ya movió con tal motivo
excitaciones patrióticas de ningun género, ni se ocuparon del
loco más que para 'compadecerle; pues entónces, como ha
ocurrido siempre que los partidos radicales han ocupado al-
gun tiempo el poder, tenian los pueblos hambre del órden
que ellos jamás han sabido dar ni es fácil que den con su po-
lítica aventurera y temerariamente confiada, y con la falta
de habilidad para atraerse partidarios, de prestigio. Tienen
verdadera desgracia en no haber sabido nunca, ni aún hoy
mismo, ejercer su atraccion más que sobre los díscolos y los
reconocidos en política por locos, en todas las agrupaciones de
todas las localidades.








CAPÍTULO V.


I. Mando del general Ruiz de Apodaca.-Reaccion de 1814.-Me-
didas de gobierno en Cuba.-Estado de la insurreccion en el con-
tinente americano.-El general Cienfuegos y el intendente Rami-
rez.-Sus medidas políticas y económicas.


n. La esclavitud.-Abolicion de la trata en las colonias inglesas.
-Tratado de España con Inglaterra.-Supresion de la esclavitud
en las posesiones de América.-Proyecto de colonizacion de las
Antillas españolas.


III. Colonizacion en Puerto-Rico y Cuba planteada por el inten-
dente Ramirez.-Fin de las primeras diferencias entre España y
los Estados-Unidos por el tratado de febrero de 1819.-Juicio so-
bre la políticn norte-americana y la vida social de aquella re-
pública.


IV. Mando de D. Juan Manuel Cagiga1.-Reformas del intendente
Ramirez y su influencia en el desarrollo de todos los intereses de
Cuba.~Filosofía, política y literatura.-Maestros, hombres no-
tables y padres de la civilizacion de la isla.-El P.Agustm, Ve-
lez, Varela.-Introduccion del vapor.-Monopolio de la enseñan-
zll..-Orígen de las escuelas políticas.-Sus discípulos.-Resú-
men de las mejoras intentadas por Ramirez.


1.


Encargado Ruiz de Apodaca de plantear el nuevo sistema
politico que restablecia las cosas al estado que tenian ántes
de la guerra de España con Bonaparte, aunque obligado á
ajustarle á las nuevas costumbres é intereses creados por la
revolucion, se dedic6 en primer término y sin abandonar las
atenciones que la actitud de los americanos le imponia, á en-




264 LA.S INSURRECClONES EN CUBA.


mendar los desperfectos y borrar las huellas de la Constitu-
cion, «que en Cuba no habia ocasionado más que males,» se-
gun afirma el Sr. Pezuela; «porque era demasiado democrá-
»tica para los tiempos en que se formó,» dice en confirmacion
otro autor cubano un tanto amigo de los actuales disiden-
tes (1). Tambien se dedicó aquel general con preferencia á
procurarse así con la lotería que acababa de establecer, como
por otros medios, los ingresos que para cubrir los servicios de
la isla y los gastos extraordinarios de la Florida, faltaban en
las apuradas cajas públicas, despues de haberse suspendido
la remesa del situado que el vecino reino de Méjico envió,
hasta que en aquel reino empezaron las revueltas políticas.
Las producciones de azúcar aumentadas considerablemente
á pesar de la expulsion de los franceses, por haberse dedica-
do al cultivo de la caña muchos brazos de los que ántes tra-
bajaban en los cafetales, empezaron á importar mayor rique-
za; las relaciones mercantiles con los norte-americanos,
quienes sin cuidarse de la guerra extraían de Cuba sus pro-
ductos, dejaron en la isla pingües ganancias, é introdujeron
además en cámbio el numerario y los efectos que la hacian
falta; y el patriotismo de los verdaderos amantes de España,
auxiliando á la autoridad, y cooperando al mismo fin con sus
adhesiones, hasta los ménos españoles, que viendo cómo se
precipitaban los disidentes de los reinos sublevados, prefirie-
ron conservar lo que tenian á lanzarse en aventuras políticas,
en las que por el pronto no se tocaban más que desdichadas
consecuencias; todo esto lo aprovechó en seguida aquel go-
bernante, para mejorar el estado de su administracion y para
plantear el desarrollo de los intereses materiales de Cuba,
suspendido durante el ejercicio de las malhadadas libertades.


Con estos elementos estableció Ruiz de Apodaca su sistema
de gobierno.


Para librar las poblaciones costeras de ataques de los pira-
tas, que como por ensalmo se improvisan en los mares de las
Antillas, al menor anuncio de guerra con alguna de las na-
ciones que allí poseen dominios I los protegió guarneciendo sus




CAPÍTULO V 265


fortificaciones; á la vez que, con la cooperacion del consula-
do y con donativos de particulares, aparejaba cañoneras para
vigilar las mismas costas, y activaba en el arsenal la cons-
truccion de buques de alto bordo, desde navíos á bergantines,
á fin de estar prevenido cuando llegase la hora de romper las
hostilidades marítimas, que temia, con los yanltees ó con cual-
quiera otra nacíon.


Procuró evitar los arbitrários actos de venganza de los
reaccionarios políticos, que en España y en sus domínios, co-
mo faltando á la ley universalmente reconocida así en lo físico
como en lo moral, de que la reaccion correspanda á la accion
impulsiva, han ido siempre más allá de los límites debidos;
provocando y siendo sin duda esta la causa de la profusion de
revoluciones infecundas. Para lograrlo tuvo que contener á
los apasionados adoradores del viejo absolutismo, y á los clé-
rigos comisionados de la reinstalada Inquisicion que en aquel
tiempo recorrian los pueblos del interior de la isla, donde
apénas en el nombre se conocia tan repulsivo instituto; suje-
tando señaladamente á aquellos inquisidores porque más
atendian á sus propios é inmorales intereses particulares, que
á la misio'n religiosa. Y finalmente, para borrar el doloroso
recuerdo que habia dejado la aplicacion absurda de las liber-
tades constitucionales, y para hacer el órden simpático hasta
á los intransigentes patriotas, contuvo á todos los habitantes
sin distincion en la esfera de sus deberes y empezó su política
conciliadora expulsando de la isla á los más díscolos, y entre
ellos hasta algunos agentes de aquel tenebroso Tribunal. No
le fué sin embargo posible evitar entónces la emigracion de
ciertos hombres tímidos y la de los que como más exagerados
liberales se habian distinguido en la pasada época, con insen-
satos alardes, en lo cual poco perdió ciertamente la isla por el
pronto y ganó en cambio mucho la tranquilidad pública; pero
más tarde fueron aquellos los representantes que para pertur-
bar la grande Antilla tuvieron los reformistas é independien-
tes de Cuba, cerca de Bolivar y de los otros caudillos de la.
revolucion sur-americana.




266 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


Esta se enseñoreaba ya de uno á otro mar; desde Buenos
Aires y Venezuela en las costas del Océano, se habia extendi-
do por el interior, á Santa Fé de Bogotá y hasta el Pacífico
por el reino de Chile y vecindades del Perú, donde con las ba-
tallas de Vilcapugio, Agruma y últimamente en Viluma la
contuvo el futuro primer marqués de este nombre D. Joaquin
de la Pezue1a, uno de los mejores gobernadores que entónces
tenia España en el mundo occidental (2).


El nuevo gobierno del rey Fernando, más celoso del bien
de la monarquía en América 6 ménos torpe en los asuntos
de Ultramar que el de los liberales sus predecesores, dispuso
al terminarse la guerra con el francés, enviar al continente
americano ejércitos que sometieran á los independientes que
por medio del terror tenian intimidados á aquellos habitantes.
El gobierno sabia que los más tranquilos y los más pensado-
res colonos del Nuevo mundo, lamentaban que los patriotas
peninsulares no hubieran podido más que reconquistar el tro-
no para su muy amado y deseado rey, y que fueran tan des-
graciados para conservar la integridad nacional; y lo lamen-
taban doblemente porque no habiendo obtenido de aquellos
movimientos sediciosos, que creian prematuros, otra cosa que
males y decepciones, deseaban volver á la dependencia de la
nacion que les dió á conocer las luces civilizadoras, para que
completara su educacion política, ya que hasta entónces no
habia hecho más, sin duda por falta de ocasion y de tiempo,
y para que les pusiera en posesion de todos los bienes morales
que necesitan los pueblos para ser libres. El gobierno que tal
sabia, deseaba que España cumpliera su mision en América,
y emprendió con tal fin la reconquista.


Llave del Nuevo mundo Cuba, y punto de parada la Ha-
bana de todas las expediciones así guerreras como mercanti-
les, procedentes de Europa ó del continente americano, pudo
mantenerse tranquila al firmarse la paz entre los Estados-
Unidos y la Gran Bretaña y dedicar mayor actividad al des-
arrollo de sus intereses interiores. Prestó á la vez gran-
de apoyo á las tropas españolas que al mando del general




CAPÍTULO V 267


D. Pablo Morillo iban á Venezuela, y ahuyentó los piratas
que con bandera de insurrectos venezolanos atacaban ya
nuestros buques en las mismas costas de la isla. Dos nos
apresaron los corsarios en Bahia-honda el mes de julio de
1816, de los que nuestra armada se reintegró pronto, co-
giéndoles una flotilla de siete en la Guanaja y Nuevitas. Y
aquellos bandidos del mar, al ver vencidos á sus partida-
rios por el general Morillo, que en poco tiempo hizo recorrer
á las vencedoras tropas españolas todo el país que estaba in-
surreccionado, decayeron y trocaron su oficio por el de con-
trabandistas cerca de las poblaciones del litoral, que en lo
sucesivo se entendieron con los que ántes eran corsarios, ha-
ciendo el comercio de géneros extranjeros, que introducian
á trueque de frutos del país muy buscados á la sazon por el
poco valor en que los naturales los apreciaban.


Tranquilizada la isla y normalizados sus servicios, pare-
cia lógico que el general Apodaca continuara desarrollando y
dando aplicacion alli á todo su sistema gubernativo, mas no
sucedió así. Como por desgracia en nuestra moderna Espa-
ña la raz9n y la lógica suelen con frecuencia ser sofocadas
por las pasiones de los partidos, aquel gobernador, que debia
su nombramiento al de los constitucionales, fué reemplazado
por otro que los consejeros del rey procuraron que fuera per-
fecta hechura é intérprete directo de sus sentimientos reaccio-
narios. Quizás tanto por la procedencia de su empleo, cuanto
por instigacion de los agentes del Tribunal de la Fé, poco con-
formes con recibir de un militar reprensiones, cual las que
Apodaca se permitió aplicarles por sus irregularidades, ó tal
vez por considerarle como tolerante hombre de gobierno, muy
á propósito para las tareas árduas; al removerle de Cuba fué
destinado á la dificilísima empresa de tranquilizar el reino de
la Nueva España, que tan desgraciado se guia desde el levan-
tamiento de los partidarios del fraile Talamantes y del cura
Hidalgo. Pero ántes de dejar el mando aquel general, se
vió en la precision de poner mano sobre las muchas personas de
mal vivir que durante la época de los liberales, tolerantes poI'




268 LAS INSURRECCIONES EN CUBA.


lo comun con tales gentes, se habian consentido, y que aún
pasados aquellos momentos de anarquía bullían en la vagan-
cia, en eljuego, yen las malas industrias que éste engendra.
Severo tuvo que ser Apodaca con tales sujetos, que en épocas
turbulentas suelen llamarse patriota.s, y así viven en la disipa-
cion y en el vicio, no pudiendo acomodarse jamás al cumpli-
miento de los deberes públicos que el órden exige; y así sue-
len manifestarse despues, unos cual escórias ó resíduos so-
ciales propagadores del crímen, como lo fué entónces el
jefe de malhechores José Ibarra, autor de muchos asesi-
natos y entre otros el del general Solano en Cádiz en
1808, á quien justamente mandó ahorcar el gobernador
de Cuba el mes de abril de 1816; y otros aparecen in-
compatibles con la tranquilidad, y como trastornadores de
oficio ó por temperamento, no pudiendo vivir sin tur-
bulencias, no vacilan tampoco en hacer la guerra hasta á
su propia pátria, como sucedió con D. Francisco Mina, y con
algun otro de los patriotas emigrados en 1814, que peleando
contra España murieron tu,mbien en Méjico y Venezuela; de-
jando indeleble mancha, áun en aquel10s tiempos de ménos
impureza política que los presentes, en las abigarradas masas
de los radicales españoles.


El teniente general de artillería D. José Cienfuegos, suce-
sor de Apodaca, llegó á la Habana e12 de julio del expresado
año 1816 con algunos buques de la real armada y cerca de
mil soldados para las guarniciones. Y por cierto que de su
gobernacion presagiaron muy mal los agoreros, por haberse
incendiado en el puerto de la capital, el mismo dio. de su llega-
da, la fragata de guerra A tocka que le condujo; pero los he-
chos probaron más tarde que fué aquello una casualidad, co-
mo otras de la vida, consentida y no preparada providencial-
mente. Despues de hacerse cargo del mando el nuevo capitan
general, todavía permaneció su antecesor en el apostadero
marítimo hasta el dio. 31, en que tuvo ocasion de dirigirse á
Méjico; donde á fines del siguiente año 1817 vió dominado ya
aquel formidable primer amago de la lucha de razas, y dis-




CAPÍTULO V 269


puesto el país á recibir los bienes de su administracion, tan
benévola como su propio carácter, que planteó levantando las
rentas á las cifras de sus buenos y prósperos tiempos. Res-
tableció tambien luego la confianza pública y la tranquilidad,
que habrian sido dqraderas, si en la reaccion de 1814 no se
hubieran guardado por el rey tantas complacencias con cier-
tos demagogos quede un extremo político pasaron á otro; y si
se hubiese contenido con mano firme á los exaltados de am-
bas escuelas, á la vez que á algunos de la liberal se les dejaba
vivir en determinados puestos oficiales ó á la sombra del po-
der; pues en aquel tiempo como en el actual, sabido es que
los patriotas se mostraron capaces de todas las abnegaciones
cuando se les conservaba en puestos inmerecidos, ó se les per-
mitia el roce de igual á igual con clases y personas que es-
taban acostumbrados á respetar.


Sometidos cási al propio tiempo que Méjico, los insurrectos
reinos de Venezuela, de Santa Fé, Quito, Perú y Chile, s610
permaneció independiente el de Buenos Aires, merced á la po-
lítica brasileña iniciada por la princesa 0.8 Carlota. Prometia,
por ta~to, ser fecundo en mejoras, como lo fué en efecto, el
mando de Cienfuegos; ayudándole y no poco á consolida.:r en
Cuba la paz pública el gobierno del rey, que algo más conoce-
dor y mejor aconsejado que el de los patriotas de Cádiz, de los
sentimientos, tendencias y aspiraciones de los hijos del Nue-
vo mundo, supo atraerse á los indecisos disidentes con opor-
tunas mercedes. Para que como tal sirviera, se creó la real ór-
den americana de Isabel la Cat6lica, el 24 de marzo de 1815,
con destino á premiar la lealtad acrisolada y los servicios he-
chos en América en favor de los intereses de España. Es cier-
to que desde su principio, esta condecoracion, en el dia tan
depreciada, empezó á perder algo de su estima por haberse
concedido á personajes y particulares, que ni las posesiones
americanas habían pisado siquiera; lo cual ha sucedido tam-
bien, quién sabe si para destinarle igual porvenir que á aquel
distintivo, con otro creado recientemente para los defensores
de la integridad nacional en Cuba; pero á pesar de todo, fué




Z70 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


entónces el de Isabel la Católica motivo para que muchos
partidarios del provincialismo, que tibiamente se decian espa-
ñoles, se congratularan y acudiesen á recibir la venera que la
autoridad les ofrecia como lazo de union y para estrechar sus
vínculos á la madre pátria.


Las agresiones piráticas de algunos buques, que para ejer-
cerlas ostentaban el pabellon adoptado por los efímeros go-
biernos de los Estados disidentes, alteraban alguna que otra
vez la tranquilidad en las costas de Cuba, y para ahuyentar
Cienfuegos á aquellos malhechores hasta de los más desam-
parados fondeadores, puso en estado de defensa á Bahía-hon-
da; Cabañas, el Mariel, Jaruco y otros donde se acercaban;
reconstruyendo las arruinadas torres y creando luego para su
guarnicion los voluntarios de mérito, autorizados por real
órden y compuestos de los militares que habiendo obtenido
5US inválidos ó hallándose propuestos para ellos, quisieron
continuar en el servicio guarneciendo y cubriendo con desta-
camentos fijos los puntos principales del litoral (3). Aquella
especie de carabineros ó de guardacostas, por primera vez
establecidos en Cuba,· prestaron muy buenos servicios, preca-
viendo principalmente el ya escandaloso contrabando, que
desde las vecinas antillas inglesas y francesas y desde los Es-
tados-Unidos se importaba en la isla; y para que fuera la
obra completa, imitando Cienfuegos á su predecesor, excitó
las buenas disposiciones de los habitantes de las costas, quie-
nes coadyuvando á los buenos deseos de su general, le faci-
litaron cuantos medios fueron necesarios para construir nue-
vas lanchas cañoneras y áun buques de altura que contuvie-
ran los de aquellos nuevosjilibusteros. Tan alarmadas tenian
éstos á ciertas poblaciones, que de ello fué muestra lo ocurrido
el 19 de mayo de 1819 en San Juan de los Remedios; donde,
habiéndose declarado un incendio, se dió el acostumbrado to-
que de generala, y creyéndose los habitantes ~magados de
los piratas, tomaron las armas y corrieron á la playa para re-
chazarlos; descuidando en el ínterin el verdadero motivo de
la alarma, que era el fuego, cuyas llamas consumieron desde




CAPÍTULO V 271


las diez de la mañana á las cinco de la tarde más de cien ca-
sas (4). Pero construidas ya las embarcaciones con el produc-
to de la suscricion popular, tranquilizaron á las poblaciones de
las costas, s3stuvleron verdaderas batallas navales contra los
corsarios, de los que muchos apresaron ó echaron á pique, y
levantando así el espiritu de la marina y de los habitantes
todos, se ofrecieron para lo sucesivo al comercio mayores se-
guridades que las que ántes habia tenido.


Al propio tiempo que á esta policía marítima, tuvo Cien-
fuegos que dedicar sus desvelos á la vigilancia y castigo d.e
aqueJlls escorias sociales de que hemos hablado, que en cua-
drillas de salteadores, ladrones y áun de rateros, recorrian
los pueblos y los campos, cometiendo tales depredaciones, que
muchos dueños de fincas se vieron obligados á abandonarlas
por la falta de seguridad. Para tenerla en las poblaciones,
estableció rondas nocturnas por barrios, de las que ni él se
eximia en el suyo, dando así ejemplo á los demás; y para los
campos organizó partidas de vigilancia, mandadas por los
capitanes y tenientes de partido y formadas de mozos de sus
jurisdi.cciones, asalariados con fondos del comun, y gratifica-
dos por el Tesoro en cada aprehension de malhechores que hi-
cieran; con cuyas medidas y con otras de policía, olvidadas
durante la época constitucional, consiguió aquel gobernador
restablecer la integridad del órden público, por demás per-
turbado.


Necesarios eran naturalmente sacrificios metálicos para
disfrutar de estos bienes; pero como cuando los gobiernos lo-
gran inspirar confianza á los pueblos, todo lo encuentran
sencillo y hacedero, fácil le fué á Cien fuegos conseguir que
se aceptara el tributo que impuso de veinte pesos anuales á
cada ingenio, diez á cada cafetal, y hasta el máximum de
cinco á los dueños de potreros y otras fincas, con destino al
sostenimiento de las cuadrillas encargadas de limpiar el país
de gente mala. En tanto el intendente D. Alejandro Ramirez,
el mejor sin duda y el más probo de los jefes de Hacienda que
han ido á las Antillas españolas, se ocupaba con otras medidalil




272 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


económicas de los demás servicios del Tesoro público, bastante
recargado y oprimido por la situacion de los vecinos reinos
del continente.


En 1813 se creó en la isla de Cuba la Superintendencia de
la real Hacienda, cuando servia como intendente aquel don
Juan de Aguilar y Amat que hemos mencionado, el cual di-
rigió la gestion económica desde 1808 hasta el mes de abril
de 1815 con tan acertado tino, que logró en sus dos últimos
años de administracion y á pesar de los tiempos calamitosos
que corrian, aumentar las rentas en un millon de pesos cada
uno. La creacion de la nueva oficina fué debida, tanto á la
independencia y vida propia que tuvo que adquirir por pre-
cision la isla, al faltarle los auxilios que Méjico la facilitaba
con el nombre de situados, cuanto al aumento de sus rentas
y á la aplicacion del comercio libre, que á poco fué decretada,
sin duda más que por otros medios, por los perseverantes es-
fuerzos en Puerto-Rico del intendente Ramirez.


Llegó éste á la Habana al mismo tiempo que Cienfuegos,
llevando la aureola y el renombre de funcionario inteligente,
integro y activo, que desde muy jóven se habia. conquistado;
y snpo con sus reformas económicas y sn sistema de recauda-
cion, ensanchar el área á la descuidada hacienda de Cuba,
qne desde que salió de las manos de D. José Pablo Valiente,
su primer organizador durante el mando de D. Luis de las
Casas, sólo un poco habia progresado en manos de Aguilar.
Para dar á las rentas toda la importancia que debían tener,
y que mermaba considerablemente el monopolio, que el comer-
cio de Cádiz habia obtenido de los gobiernos que durante la
guerra estuvieron en aquella ciudad, propuso Ramirez la
ámplia declaracion del comercio libre en la, isla, valiéndose
como mediador en sus gestiones del ilustre cubano D. Fran-
cisco de Arango y Parreño, que habiendo sido elegido dipu-
tado por la isla para las Córtes de 1815, se encontró allle-
gar á la Península variado el sistema político y obtuvo del
rey unft plaza de consejero propietario de Indias. Resultado
de aquellas propuestas fué la pnblicacion del real decreto de




CAPÍTULO V 273


10 de febrero de 1818, enel que, sin las cortapisas del regla-
mento expedido por Cárlos III en 12 de octubre de 1778, que
sólo abria el comercio de la América á los principales puertos
de la Península, se concedió á los de la isla de Cuba el libre
tráfico con todos los mercados extranjeros. Multiplicáronse
así las transacciones mercantiles y el valor de los frutos ántes
detenidos y depreciados, consiguiéndose en las rel)tas tal
crecimiento, que aquellas cajas públicas, alimentadas hasta
entóncescon los sobrantes de la Nueva España, cubrieron ya
las atenciones locales, las cargas exhorbitantes que ocasio-
naban las guerras de Venezuela y las Floridas, y otras exi-
gencias militares y civiles que correspondia abonar á los rei-
nos del vecino continente.


Al tiempo que conseguia Ramirez de la córte esta benefi-
ciosa concesion, se dedicó, para tener una base en que fundar
los impuestos futuros, á los trabajos estadísticos, empezando
por un censo de poblacion publicado en 1817, del que resul-
taron 553.033 habitantes en toda la isla; 239.830. blancos
y 313.203 de color, y entre ellos 199.145 esclavos, contribu-
yendo al total la poblacion de la Habana con 84.075 almas.
Despues de este trabajo empezó á formar los estados del Te-
soro, que segun D. Ramon Sagra arrojaban el año 1818 un
ingreso en las cajas reales de 6.150.424 pesos, cifra que com-
parada con la cantidad de 3.536.074 pesos, á que ascendió
cuando más, el situado de Méjico, daba un sobrante de consi-
deracion para atender á la guerra de las otras posesiones es-
pañolas en América, incluso el mismo reino de Nueva Espa-
ña, que desde los primeros tiempos de la conquista habia dado
vida á Cuba. Y pensando aquel intendente en el porvenir, para
promover la revolucion en la marina, iniciada con la aplica-
cíon del vapor, y para dar más ingreso á las rentas multi-
plicando el movimiento mercantil, concedió en octubre del
mismo año 1818 á D. Juan de O'Farril el establecimiento
en la isla de aquellos nuevos buques; cuyo permiso fué apro-
bado por el gobierno español en real órden de 24 de mayo
de 1819, ál1tes de que en la Península y en otros puntos




274 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


de Europa se conociera esta conquista de la mecánica mo-
derna (5).


Rá:pidamente se desenvolvian en su desarrollo todos los ele-
mentos de prosperidad en Cuba con el impulso comunicado
por aquel activo innovador, cuando vino á preocupar á los
hacendados, tanto como á los comerciantes y á todas las cla-
ses dedicadas á negocios en la isla, el tratado propuesto por
Inglaterra á Fernando VII en 1814, durante las conferencias
de Viena, y celebrado en Madrid en 23 de setiembre de 1817,


. para la completa abolicion del tráfico de negros esclavos.
Concertado fué aquel convenio con el más perfecto conoci-
miento de los perjuicios que iba á producir á la riqueza de las
Antillas, segun manifestacion del mismo ministro que lo ela-
boró y autorizó; pero el rey que ansiaba volver á su tro-
no, rey además fácil en prometer, se dejó persuadir sin
grandes esfuerzos por la Inglaterra de que era una necesidad
social y una exigencia del estado de civilizacion que las con-
quistas morales de los últimos siglos habian llevado á la ma-
yorparte de los reinos de Europa, la supresion de aquel tráfico;
y dada por Fernando VII su real palabra, tuvo que soste-
nerla y la cumplió firmando aquel inconveniente tratado, más
bien producto del egoismo británico que de una exagerada, y
risible, filantropía.


11.


Mucho se ha discutido acerca de la esclavitud antigua J
moderna, así por teólogos y filósofos, como por publicistas y
negociantes; habiendo sido tratada por unos de crímen social,




CA.PÍTULO V 275


mientras que otros la elevaban á la mayor y más loable de las
obras de caridad cuando el hecho recaia en el sencillo hijo de
la naturaleza, ignorante de los deberes del hombre civilizado
y expuesto, por tanto, á ser víctima del más fuerte que en el
trascurso de su vida nómade]e cortaba el camino como á ani-
mal salvaje, para tenerlo pendiente de su voluntad ó para sa-
tisfacer en él su apetito.


El origen de las sumisiones se pierde en la remota edad de
la primitiva familia humana, en que ya habia hombres débi-
les y fuertes; y su organizacion puede decirse que arranca
desde que las sociedades crecieron, y las religiones, regulando
sus deberes y derechos, dieron vida á las leyes y á los inte-
reses permanentes. Hasta entónces era el esclavo en unas
partes devorado y en otras se le sacrificaba por capricho ó
para que no fuera gravoso á su dueño; despues, y á medida
que los pueblos iban civilizándose, le utilizaron en el trabajo;
y cuando de la palabra legal en que los caudillos romanos, al
prohibir que se matasen los cautivados en la guerra, y man-
dar, por el contrario, que se conservasen (servare), tomó el
esclavo ell'elativamenti moderno nombre de siervo, pasó con
él á una condicion mejor y á una existencia algo ménos pre-
cária, en las últimas sociedades del mundo antiguo que la
historia con más dintinta claridad nos dá á conocer.


Las religiones tenidas por más sábias y verdaderas consi-
deraron, sin embargo, la esclavitud como cosa muy natural,
segun vemos en el Antiguo restamento, en el Oódigo de
Manú y en otras teogonías del Oriente; pero ya el criatianis-
mo, admitiendo en su seno muchos esclavos atraidos por las
predicaciones sobre la igualdad, modificó poco á poco los
principios del derecho, asi el de gentes como los de la guerra,
yel de vida y muerte que sobre el siervo tenian los dueños; el
cual empezaron á abolir los emperadores de Roma cuando
fueron ya cristianos, suavizando además con otras concesio-
nes la condicion de los pueblos sometidos por las armas.


Siguiéndose en la cristiana España la obra de redencion
traida por los tiempos, fué con ménos lentitud que otras na-


20




276 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


eÍones quitando dureza á la servidumbre legal. El derecho de .
esclavizar en la guerra se limitó ya por los ordenamientos
reales del siglo XIV, sólo á los infieles ó enemigos del cris-
tianismo, en cuyo caso se encontraban al principiar la edad
moderna y descubrirse la América, como se encuentran hoy
todavía, los pueblos bárbaros de Africa; en los cuales aun el
débil vive á discrecion del fuerte, como en los primitivos pue-
blos de Europa estaban los hombres ántes de forfi.1arse las
nacionalidades históricas de Grecia y Roma.


A poco de realizarse por Colon el descubrimiento de las
Indias Occidentales, y cuando se vió por los conquistadores
lo endeble é ineficaz de aquella raza de habitantes para los
rudos trabajos de las minas y de la agricultura, que empe-
zaron los españoles á explotar, se propuso, como ya hemos
dicho, por el padre Bartolomé de las Casas, titulado protec-
tor de los indios, despues de haber cedido los de su encomien-
da, la introduccion de esclavos africanos en las Antillas. Los
Reyes Católicos, acogieron el pensamiento á pesar de oponer-
se elP. Soto, y concediendo permisos, se dió principio á la
traslacion á la Española de los negros y muladies ó mulatos
andaluces ya cristianados, para que pudieran instruir en la
religion de Jesucristo á los ignorantes hijos de aquellas islas.
Pero luego fué considerado insuficiente el número de los im-
portados para atender á los trabajos de explotacion, y como
cada dia aumentaba la demanda desde las otras Antillas,
hubo necesidad de dar vida al comercio de trabajadores, ex-
tendiéndose entónces á casas de naciones extranjeras los
asientos ó permisos para trasladar directamente de Africa á
América esclavos. Tal desarrollo tomó el tráfico y llegó á tal
apogeo á fines del pasado siglo, que la libre introduccion de
negros en nuestras posesiones de Occidente, se permitia á los
buques de todas las banderas, como ya lo verificaban los in-
gleses, holandeses y franceses en sus colonias del Archipiéla-
go caribe arrancadas al dominio de España.


Era entre éstas la mayor que poseia Inglaterra, desde que
Penn y Venables, enviados por Cromwell, la invadieron y de




CAPÍTULO V 277


ella se apoderaron, seguu hemos dicho, la isla de Jamáica,
la Antilla sin duda que con mayor rapidez se pobló despues
de arrebatarse á España, porque además de encontrarla colo-
nizada los invasores, atrajeron allí á los emigrados realistas
que á la muerte de Cárlos I abandonaron la Gran Bretaña, á
los deportados por dicho Cromwell con motivo de las guerras
de Irlanda, y á los mismos partidarios reformistas de aquella
revolucion que gozaban de influencia cerca del Protector y
obtenian concesiones ventajosas en la colonizacion americana.


Aquellos puritanos, que ántes que nada eran ingleses y co-
merciantes por consecuencia, fueron negreros como todos sus
compatriotas de las otras Antillas y todavía más negreros, si
cabe decirlo así, los de Jamáica, porque para conservar la im-
portancia de sus plantaciones, tuvieron gran prisa en reponer
las bajas de los esclavos que, seducidos por los cimarrones re-
beldes, habian desertado á las montañas azules. Así fué, que
muchos colonos se enriquecieron pronto con la profusion de
trabajadores; y algunos de ellos, temerosos en la opulencia de
ser víctimas de sus propios negros, levantados ya distintas
veces por la dureza con que se les trataba para tenerlos someti-
dos, vendieron sus bienes y regresaron á la metrópoli. Al en-
contrarse opulentos en su país, volvieron, quizás por su con-
ciencia argüidos, á practicar de nuevo las severas reglas del
puritanismo, un tanto olvidadas en la vida colonial, y busca-
ron médios de figurar en la sociedad por los caminos que los
parvenu de todas épocas han encontrado abiertos en Ingla-
terra, donde es tan difícil de adquirir la propiedad territorial,
cuales son los de las empresas; tomando parte en las más nue-
vas y las más absurdas, como era entónces la de proponer al
pueblo inglés, cuyos principales veneros de riqueza estaban en
la costa de Guinea, la abolicion del tráfico de negros.


Los primeros esfuerzos para lograrlo, dice Mr. Regnault,
se manifestaron por los (htákeros, ó Sociedad de amigos
quienes, en los primeros años de propaganda, no hicieron más
que ensayos individuales y predicaciones tímidas y aisladas.
Pero el año de 1727, procediendo la Sociedad como fuerza




278 LAS INSURRECCiONES EN CUBA


~olectiva, hizo ya contra la trata su primera declaracion pú-
blica; la que se repitió en 1756, apelando al celo evangélico
de los sócios para proveer á los medios de mejor logro en la
abolicion; y creciendo cada vez más el calor y prosélitos de
los propagandistas, formularon el año 1761 en el seno de la
asociacion, el acuerdo de desautorizar á todo miembro de la
misma que directa ó indirectamente tomara parte en el co-
mercio de esclavos.


Con medios tan conminatorios, si no se consiguió por el
pronto mayor número de sócios, se obtuvo en cambio que
fueran más sinceros los que iban inscribiéndose. Persuadi-
dos, sin embargo, de que el celo individual conseguia exíguas
ventajas en la ap1icacion, intentaron asociar á sus propósitos
las corporaciones científicas y los poderes públicos, algunos
de cuyos hombres propusieron á la Sociedad que elevara sus
pretensiones al Parlamento. En consecuencia, presentó aque-
lla en 1783 una solicitud pidiendo la abolicion de la trata, á
la vez que indujo á la universidad de Cambridge y otros
centros oficiales á que formularan y dirigieran exposiciones
encaminadas al mismo fin.


Lanzada así la cuestion en el terreno político y acogida en
el Parlamento, mereció allí el apoyo de Wilberforce, Middle-
ton y Pitt, secretario á la sazon del Exchequer, quienes en
9 de mayo de 1788, sometieron al juicio de la Cámara de los
Oomunes una proposicion que decia: «En los primeros dias de
»la próxima legislatura, la Cámara tomará en consideracion
»las circunstancias expresadas en las antedichas peticiones,
»re1ativamente al tráfico de negros, para ver si es dable ha-
»l1ar un remedio conveniente á los males designados.» Cuya
propuesta fué aceptada y pasó á la Cámara de los Lores,
aunque no sin oponerse violentamente el partido esclavista.


Al abrirse las nuevas sesiones del Parlamento, Burke,
Pitt, Fox y Grenville apoyaron la proposicion Wilberforee;
pero sus adversarios negreros, en cuyo número se contaban
los representantes de la ciudad de Lóndres, instaron para
que se procediera á una extensa informacion ántes de tomar




CAPÍTULO V 279


acuerdo. Inclinándose á este parecer la mayoría, decidió la
Cámara que oportunamente examinaria aquel documento;
y la operacion tuvo ya efecto durante la legislatura de
1790, en que se repitieron los mismos violentos y acalorados
debates de dos años atrás, sin conseguirse tampoco ningun
resultado definitivo.


Al siguiente año 1791, se volvió á abordar la cuestion por
elleailer del abolicionismo, Wilberforce, quien dándola ma-
yor desarrollo, reprodujo en 18 de abril la consabida mocion
que fué tambien desechada despues de largas y ardorosas
discusiones, por 163 votos contra 88. Pero persistente aquel
político en su propósito, y excitado de contínuo por los pro-
pagandistas cuákeros cada vez más tenaces, insistió aún
en 2 de abril de 1792; presentando en apoyo de sus afirma-
ciones datos relativos á la mortalidad de negros á bordo de
unos buques dedicados al tráfico de esclavos, y expresándose
con tal calor y persuasiva elocuencia que, impresionada pro-
fundamente la Cámara, votó en principio la abolicion, aun-
'1 ue difiriéndola hasta el año 1796, Y pasó un biU á <la de los
Lores, donde fué el pensamiento combatido y aplazado inde-
finidamen te.


En la nueva legislatura pidió otra vez Wilberforce que se
ac')rdase la abolicion inmediata, y fué rechazada su peticion:
creyó en 1794, al ver benévola la Cámara de los Oomunes á
sus proyectos, conseguir la realizacion de éstos, y nuevamente
halló un dique en la de los Lores, que persistiel'on en su voto
negativo. Aquel incansable abolicionista continuó, no obstan-
te, sin desmayar sus perseverantes esfuerzos en las legisla-
turas de 1795 á 1799, Y aunque sin resultado propício, vol-
vió á la lucha en 1804, en que ya pudo obtener por 124 votos
contra 49 el permiso de proponer un bitt relativo á la aboli-
cion; que aunque muy combatido, fué al fin adoptado por los
Comunes, y por la Cámara alta contestado con otros aplaza-
mientos iguales á los anteriores. En la siguiente legislatura
de 1805 no obtuvo tampoco en los Lores mejor acogida.


La propaganda de setenta y ocho años consecutivos hecha




280 LA.S INSURRECCIONES EN CUBA.


por los abolicionistas, y los continuados debates del Parla-
mento, llamaron por fin la atencion pública, que inclinándose
á los argumentos de apasionada filantropía expuestos por los
cuálteros, con preferencia á los de interés y conveniencia na-
cional en que sus adversarios se fundaban, incitó á los pode-
res públicos á que fijaran su atencion en un asunto que ab-
sorbia la general del país y dictasen al efecto las necesarias
medidas. En consecuencia de esto, el gobierno de aquel pue-
blo, que tanto considera y respeta á la opinion pública por-
que ésta sabe allí existir é imponerse, no amparando por lo
comun ni la injusticia ni el absurdo, como en otras partes
sucede;' el gobierno inglés, decimos, publicó entónces, en
1805, las primeras disposiciones prohibitivas sobre la trata,
restringiendo mucho la introduccion de nuevos esclavos en
las colonias británicas, y no aboliéndola por completo, puesto
que exceptuaba ciertos, aunque muy determinados casos. En
la legislatura de 1806, al confirmarse por el voto del Parla-
mento aquellas disposiciones, se prohibió en un acta ó pres-
cripcion legal á todos los ingleses ocuparse del tráfico de ne-
gros hasta con paises extranjeros, y en el mes de junio del
mismo año adoptaron las Cámaras nuevas medidas para lo-
grar la definitiva supresian de la trata.


Rápidos en sus decisiones los hombres públicos de aquel
país, que tanto las meditan ántes de llevarlas al terreno de
la ejecucion, decretaron ya en 25 de marzo de 1807 severas
penas contra los que en lo sucesivo se ocuparan de extraer
negros del Africa, ofreciendo á la vez recompensas á cuántos
denunciaran trasgresiones de aquella ley; y resultando to-
davía ineficaces estas ámenazas oficiales, para cortar de raiz
el contrabando que, á pesar de todo, hacian los capitanes
negreros, se promulgó en 1811 un acta clasificando la trata
entre los delitos de traicion y sometiendo á los contravento-
res á los más duros castigos. Tampoco fué esto bastante para
reprimir el abuso, y tuvo que recurrirse finalmente por otra
ley á considerar como un acto de piratería el que los súbditos
británicos se ocuparan en el comercio de esclavos.




CA.PÍTULO V 281


A este tiempo fué derribado Napoleon de su poderío; yal
regresar Fernando VII al trono de España, conservado en
parte por los ingleses, con el apoyo que todos conocemos, las
circuustaucias obligaron al rey á acoger las proposiciones
que por la iniciativa de aquellos le hicieron los aliados en el
Congreso de Viena, respecto á la supresion del comercio de
negros, y se comprometió en el articulo segundo adicional
del tratado que firmó en Madrid el 5 de julio de 1814, á dic-
tar órdenes al efecto tan pronto como tomase las riendas de
la gobernacion.


Tres años habian trascurrido ya sin que Fernando cum-
pliera su real palabra, cuando por las excitaciones continuas
de Inglaterra, que jamás descuida lo que se propone y le
conviene, se le instó á firmar el tratado de 23 de setiembre de
1817 que celebraron en Madrid su ministro de Estado Don
José Garda de Leon y Pizarro y D. Enrique Wellesley, mi-
nistro plenipotenciario del rey Jorge III de la Gran Bretaña.
En aquel conv.enio, ratificado en 22 de noviembre del mismo
año, se establecieron las Comisiones ó tribunales mixtos de
presas que habian de instalarse y residir uno en las posesio-
nes coloniales de España en América, y el otro en la costa de
Africa; y seguidamente se publicó la real cédula de 9 de di-
ciembre que psrmitia hasta el 30 de mayo de 1820 la extrac-
cion de bozales negros de la costa de Guinea. Disposicion que
habia de producir y produjo por negligencia en su cumpli-
miento, tantas reclamaciones y disgustos internacionales,
que quizás aún no han terminado y están, cuando más, en
suspenso de~de que en 1868 se dió en Cuba el grito de insur-
reccion (6).


Debilidad reconocida por el propio Fernando VII fué aque-
lla, sin duda, cuando el ministro Pizarro, el mismo que au-
torizó el convenio, manifestaba el daño que la supresion de la
trata iba á causar á la agricultura de las Antillas españolas,
y decia al capitan general de Cuba al comunicarle en 18 de
enero de 1818 varias instrucciones reservadas sobre la ejecu-
cion del tratado que, «tanto para evitar las violencias de los.




282 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


»ingleses, como para atender al desarrollo futuro de la raza
»negra en nuestras colonias, se cuidase mucho de que los
»armadores de expediciones para Africa fuesen españoles, lo
»mismo que los buques en que las hicieran, y de que retor-
»nasen siempre por lo ménos con una tercera parte de hem-
»bras, para que propagándose la especie se hiciera ménos
»sensible en lo futuro la supresion del tráfico.» (7) Y cuando
tales disposiciones dictaba no era tan escaso el número de ne-
gros de ámbos sexos que existian en Cuba, pues del censo
hecho en 1817 por el intendente Ramirez, resultaron 313.203,
y de ellos 199.145 en la servidumbre; apareciendo de los
cálculos del Sr. la Sagra relativos á aquella época, que los li-
bres de color estaban en una proporcion de 52 varones por 48
hembras, mientras la de los esclavos era de 62 y 38 respec-
tivamente. Verdad es que la raza en vez de multiplicarse dis-
minuía de un modo extraordinario, como lo demuestra la com-
paracion entre el número de negros existentes y los importa-
dos en la isla desde el tiempo de la conquista (8); pero hay á
nuestro juicio que tener en cuenta para apreciar estas bajas,
lo que influyeron las guerras, allí constantes hasta los pri-
meros años del presente siglo, y las traslaciones al continen-
te próximo, cuando era todavía nuestro, de no pocos hombres
de color, así soldados como siervos, y dependientes de los co-
lonos de aquellos reinos.


Muchos de los abolicionistas ingleses que á la vez estaban
interesados en el nuevo comercio de las Indias Orientales,
viendo despues de la supre::!Íon de la trata que no disminuia
la prosperidad del Sur de los Estados-Unidos, ni la riqueza
agrícola de la isla de Cuba, en la que ya fijaban á menudo
sus envidiosas miradas, trataron de seguir adelante sus pre-
tensiones, pidiendo la absoluta abolicion de la esclavitud como
acto humanitario. ¿No seria más bien con el propósito de matar
el comercio en América, para que adquiriera mayor vida el na-
ciente de las posesiones británicas de la India Oriental?


Cual consecuencia lógica del triunfo completo obtenido en
la primera concesion, lanzaron al público el proyecto de aca-




CAPÍTULO V 283


bar por completo con la esclavitud, llevando adelante su pro-
pósito con más fuerza desde un principio de la que emplearon
al ocuparse de la supresion del tráfico, y áun con mayor efi-
cacia, porque las sociedades filantrópicas, nacientes en aquel
tiempo, habian ya adquirido gran vigor y poderío con la aso-
ciacion de muchos importantes hombres públicos. Contaron
entre éstos algunos de los que en los gobiernos representati-
vos toman la política como género mercantil, los cuales diri-
gieron mutiplicadas peticiones al Parlamento, organizaron-la
parte de la prensa que se halla siempre dispuesta á defender
todas las causas cuando con largueza se la remunera, y áun
se crearon periódicos al efecto para la polémica violenta sobre
el asunto, con el fin de atraer hácia él la públiea atenciou. Y
dispusieron tambien de las sectas, tan numerosas en Inglater-
ra, de los cuákeros, metodistas, anabaptistas, y otras, que
por su parte agitaron los ánimos en el templo, en los clubs y
en meetings, mientras los colonos de las Antillas recurrian al
gobierno y al país con repetidas reclamaciones contra aquellos
filántropos, predicadores de la ruina de la propiedad agena,
para acrecer y dar más valor á la própia.


En una de aquellas representaciones, decian los propieta-
rios de la isla de San Cristóbal al gobierno en 13 de diciem-
bre de 1828: «Si el ministerio desea sacrificar las Indías Oc-
»cidentales á los filántropos del Parlamento inglés, á fin de
»asegurarse sus votos, desearnos que el sacrificio tenga lu-
»gar cuanto ántes; pero debe entenderse que en tal caso, el
»que posea alguna cosa'en nuestra infortunada isla, maldeci-
»rá la credulidad con que habia confiado en el honor é inte-
»gridad del gobierno británico.») Y en otros escritos llegaron
hasta el punto de amenazar al mismo gobierno «con aban-
»donarlo todo, inclusas sus propiedades, si no se les atendia,
»dejando que las consecuencias que pudieran originarse re-
»cayesen sobre los poderes públicos, quienes de ellas debe-
»rian dar estrecha cuenta á la civilizacion.») Pero los aboli-
cionistas no cejaron y dieron, para extender la publicidad,
cada vez más calor á la polémica.




284 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


L03 rumores de ésta y del tumulto producido con semejan-
tes discusiones, natural era que llegaran á las chozas de los
esclavos, yen ellos despertasen, como sucedió, el sentimiento
de sus derechos, nunca ántes de aquel tiempo conocidos y
entónces enseñados por los teóricos libertadores, quienes con
el terco prurito de exhibir su celo filantrópico, intentaron
hasta borrar el sello moral y los distintivos de raza guinea
con que la naturaleza habia formado á los bozales. Presentá-
ronlos descriptivamente en su afan hiperbólico como perfec-
ciones antropológicas, víctimas de la injusticia humana, y
merecedores muchos quizás de figurar en las primeras ele-
vaciones sociales; si bien, y ésto es tan práctico que nos-
otros mismos lo hemos visto, ninguno de aquellos sé-
ríos ingleses hubiera nunca estrechado en la intimidad de
la vida doméstica, ni estrecha jamás con. su mano la de un
negro, aunque sea tan libre como los desdichados que hizo
Lincoln por ódio á los plantadores del Sur. De la agitacion
levantada en las negradas, que fué haciendo cada dia más
dificil el estado de las colonias, é imperiosamente necesaria
una solucion del gobierno británico, tuvo que tomar éste
acta por fin, y fijándose en el asunto con igual interés que
cuando se trató de suprimir el tráfico africano, empezó á es-
tudiar los medios de encaminarlo á la solucion ménos peli-
grosa y que ménos lastimase los derechos de la propiedad
particular.


Animados en el ínterin los siervos de Jamáica con las pre-
dicaciones de los antiesclavistas, y manifestándose en conse-
cuencia poco sufridos ya los que durante tres siglos habian
estado conformes con su suerte de trabajadores, se lanzaron
en las tenebrosidades de la conspiracion, y cuando por las
demoras del gobierno y de las Cámaras británicas les hicie-
ron comprender los agentes de la propaganda, que era exce-
siva una resignacíon, en la que colectivamente jamás los ne-
gros habían pensado, se sublevaron éstos el año de 1831, J
convirtieron los campos de aquella isla en lagos de sangre.
Tan de salvajes fué la acometida, que á pesar de las rápidas




CAPiTULO V 285


medidas de rigor que se adoptaron para contener la horroro-
sa rebelion, durante la cual se incendiaron campos y fincas,
indemnizadas luego en más de 20.000 libras esterlinas, que
fué preciso matar unos 10.000 rebeldes para lograr que los
.otros se sometieran á la autoridad de sus patronos. Aquel
sangriento acto sedicioso lo tomaron por motivo los jilántro-
pos para reanimar violentamente las medio apagadas polé-
micas sobre abolicion, 'en las que los colonos acusaban á los
abolicionistas de haberlo provocado con sus imprudentes dis-
cursos, y éstos les respondian, fundando sus réplicas siempre
en una exagerada é hipócrita filantropía, y haciendo alarde
de ser los más legítimos defensores de la humanidad; como
si á ella no pertenecieran las innumerables familias de blan-
cos inmoladas por las sanguinarias turbas negras. Estrecha-
da así la Cámara de los Oomunes por las quejas de unos,
las acriminaciones de los otros y las exigencias de la opi-
nion pública, nombró por fin una comision para qua infor-
mara acerca del verdadero estado de las colonias, y particu-
larmente de la de Jamáica, y sobre los medios de verificar la
abolicion en ellas; cuya comision informativa, en el dictámen
presentado en 11 de agosto de 1832, declaró paladinamente
que urgía adoptar medidas prontas y eficaces para sacar las
posesiones inglesas en las Antillas de la situacion angustio-
sa en que se encontraban.


En el punto á que con ésto habian las cosas llegado, no
podia ya el gobierno retroceder, yentónces fué cuando lord
Stanley, secretario de Estado y de las colonias, propuso al
Parlamento, con fecha 14 de mayo de 1833, la abolicion de la
esclavitud en todas las posesiones de la Gran Bretaña. Como
no podia ménos de esperarse, estando la opinion tan hecha y
trabajada, mereció el proyecto ministerial la aquiescencia y
el voto favorable de ámbas Cámaras, y obtuvo fuerza de ley
en 1.0 de agosto de 1834; pero con el objeto de que los ne-
gros esclavos no pasaran repentinamente á la libertad com-
pleta, de la que hubieran sin duda abusado, y para que fue-
ra paulatina la perturbacion que una medida tan trascen-




286 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


dental habia de producir en las colonias de América, se creó
una posicion intermedia de aprendizaje. Quedaban por ella.
todos los libertos mayores de seis años sujetos en casa de sus
dueños hasta 1839 Ó 1840, segun procedieran de la clase de
trabajadores rurales ó de la de domésticos y urbanos; y á la..
vez fué votada una indemnizacion de veinte millones de li-
bras esterlinas para compensar á los dueños, cuando aquel
plazo terminase, de las pérdidas que la ejecucion de la ley
les ocasionara (9).


Al tiempo de publicarse la ley, se nombraron magistrados
especiales para que pasaran á las colonias á dilucidar las
cuestiones que forzosamente habian (le suscitarse entre due-
ños y aprendices, y para que su presencia allí activara el
reconocimiento del acta de abolicion por parte de las Asam-
bleas locales. Compelidas éstas por la urgencia de las cir-
cunstancias, tuvieron unánimemente que asentir á todo, y en
consecuencia sus hombres, temiendo que la situacion se agra-
vara con nuevas complicaciones si la abandonaban á sí pro-
pia, dedicáronse desde luego á redactar reglamentos para
mantener la disciplina en aquellos aprendices, que tan esca-
sos de inteligencia como poco dispuestos á una buena volun-
tad, no sabian ó no querian contener á un tiempo en su ce-
rebro la idea, ni hermanar la obligatoria ley del trabajo con
los preceptos de la emancipacion; y promovian diariamente
graves disturbios, aumentados además con su poca confor-
midad en la distincion que aquella establecia entre los apren-
dices rurales y los que no lo eran, pues todos pretendian ob-
tener al mismo tiempo la libertad completa.


Tan frecuentes llegaron á hacerse entónces la~ represiones
oficiales por el espíritu de insubordinacion dominante entre las
gentes de color, que, segun manifestó el gobernador de Ja-
máica, lord Sligo, al gobierno inglés en 22 de junio de 1836,
los castigos que habian tenido qne aplicarse en la isla á los
aprendices desde 1.0 de agosto de 1834 hasta aquella fecha,
ascendian á 25.395; lo cual no habla muy alto ciertamente
en favor de la filantropía y prevision británicas; sobre cuyo




CA.PÍTULO V 287


asunto decia oficialmente tambien sir Lyonel Smith, sucesor
de lord Sligo, en 27 de octubre de 1837, que la condicion de
los aprendices era ya mucho más insufrible que la primitiva
esclavitud (10). Y nada, en verdad, tenia esto de extraño,
pues no habiéndose operado más cambio con la aplicacion de
la nueva ley que el de sustituir la autoridad del magis-
trado á la del dueño respecto de los negros, si alguna dife-
rencia notaban éstos en su modo de ser despues de publicada
la abolicion, era negativa, como lo eran asimismo las venta-
jas sociales, entre las que no podian por cierto tener tal nom-
bre la intranquilidad contínua en los ánimos y el cansancio
de los propietarios y cultivadores. Deseando éstos salir de
una vez de tan violento y peligroso estado, y realizar pronto
sus fortunas los que esperaban indemnizaciones, acordaron,
por el despecho imbuidos, la emancipacion general, la que
sin excepcion llevaron á término en 1.0 de agosto de 1838,
lanzando de golpe al campo de la libertad 350.000 esclavos,
aunque para hacerles frente apénas llegaban á 20.000 los
blancos colonos de la isla.


Funesto fué tal arranque de despecho, en la más impor-
tante de las Antillas inglesas, para la riqueza agrícola é in-
dustrial. Las fuentes de prosperidad fueron desde luego aban-
donadas por aquella raza, refractaria siempre á todo trabajo
espontáneo; cuyos hombres, segun dice Mr. Shoelcher, dedi-
cáronse á pescadores y á otras perezosas ocupaciones, y al
üficio de costureras las mujeres más honradas, así que se
les hizo comprender, al cambiar la situacion, que el nuevo
estado de libres no les daba derecho á la propiedad de los
campos, donde hasta allí habian trabajado, ni á la de las
fincas de sus pasados y recientes dueños que pretendian usu-
fructuar; aferrándose tanto en estas erróneas pretensiones al-
gunos de los libertos, que hubo precision de expedir órdenes
enérgicas para contenerlos en el límite de sus deberes (11).
Lanzados en la vagancia aquellos numerosos grupos de ne-
gros, no podian permanecer mucho tiempo sin causar gra-
ves perturbaciones en la paz pública, y para evitarlas se ace-




288 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


leró por los plantadores la organizacion del trabajo libre; pero
al llegar el momento de fijar el precio de los jornales yel de
los alquileres de las viviendas que los jornaleros habian de ocu-
par en las propiedades de' sus anteriores dueños, fueron tan
exorbitantes los tipos que los negros impusieron á su trabajo
personal,como los que fijaron los propietarios á sus casas;
resultando del espíritu intransigente y del ódio que á unos y
á otros animaba, destempladas discordias, en las que tuvo la
antoridad que mediar tambien para que no se convirtieran en
sangrientas colisiones.


Cual fruto esperado del tiempo perdido en las disputas y en
las resistencias, tanto de los libertos como de los colonos,
apareció en seguida la natural depreciacion en las propieda~
des, el decaimiento en las producciones, el inmediato desór-
den y la consiguiente miseria, en fin, comparada con la
prosperidad que aquellos brazos bien dirigidos hubieran po-
dido continuar dando; y vinieron despues las escenas de san-
gre y luto de necesidad precisas donde la emancipacion se
verifica precipitadamente; lo cual, presenciado en Jamáica y
en las demás Antillas inglesas, puede esperarse en cuantas
colonias se planteen parecidos sistemas. Lo propio poco más
ó ménos ha ocurrido en todos los puntos donde se ha dejado
á los negros sueltos ántes de educarlos; así en los Estados-
Unidos, que primero que nadie decretaron la emancipacion
de los del Norte el año de 1807, como en Méjico, que la llevó
á cabo en 1824; y así en las colonias francesas planteada
desde 1793 á 1814 Y definitivamente en 4 de marzo de 1831,
como sucede en los Estados del Sur de la Union americana,
donde concluyó la servidumbre cuando Lincoln, para destruir
aquellos ricos territorios, empezó por arruinarlos con el de-
creto de abolicion de 22 de setiembre de 1862, que publicó,
es cierto, apremiado por las exigencias de la guerra civil,
promovida, no sólo para dilucidar si la autoridad federal po-
día ejercerse sobreponiéndose á la local en las cuestiones de
esclavitud, sino por Mios de raza y envidias del Norte á los
Estados meridionales, y que terminó con la devastacion de




CAPÍTULO V 289


aquellos ricos territorios de la república y la infelicidad de
cinco millones de habitantes de color, desdichados de8de que
son libres (12).


Estos hechos tan elocuentes no los aducimos aquí, en
verdad, pam declararnos en absoluto adalides de la esclavi-
tud, pues torpes estariamos, sin duda, en apadrinar un ana-
cronismo y en seguir una opinion asáz sospechosa en los
tiempos en que vivimos, sino sólo para probar" que la raza
negra, bastante inferior á la nuestra en dotes "intelectivas,
necesita ser dirigida, necesita ser estimulada al trabajo, ne-
cesita depender de una raza superior como han necesitado
vivir y vivirán siempre subordinados el pobre al rico, el pri-
vado de dotes intelectuales al hombre de talento, el ignoran-
te al sábio, y los desdichados á aquellos á quienes la suerte
halaga. Creemos y estamos profundamente convencidos de
que la esclavitud de la raza negra tiene en sí una cosa muy
mala, y ésta es el nombre, que hoy ya no suena bien. Trái-
gase aquella esclavitud, la de las Antillas españolas, única
ya en el Nuevo mundo, tráigasela al proletariado europeo
con la diaria y sana manutencion que el negro disfruta, con
el abrigo que en dos trajes anuales recibe, con la esmerada
asistencia facultativa, con el prudente descanso que tiene en
el trabajo y con el usufructo del conuco ó pequeña huerta
que para sí explota, y como de su propiedad y en beneficio
propio se concede al esclavo, para que pueda con los ahorros
que le produce coartarse paulatinamente, ya que en los bienes
morales es bien poca la diferencia de los que ambas clases
obtienen de los teoristas modernos, y con la tiranía de aque-
lla esclavitud desaparecerá la mayor parte del proletariado
de los pueblos de España, convirtiéndose á poco en clase mé-
dia y pasando sus individuos á una situacion mucho más des-
ahogada y feliz que la que hoy arrastran. Pero en cambio
llévesele al negro toda la opresion de las libertades que nomi-
nalmente disfrutan en su mayoría los trabajadores y jornale-
ros de las naciones de Europa, llévese le toda la miseria y to-
das las desdichas que consumen la vida del esclavo blanco, y




290 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


entónces sí que será el negro víctima de la más cruel, de la
más inhumana y de la más insoportable de las esclavitudes.


Tal vez estas exclamaciones arranquen alguna sonrisa de
compasion á ciertos apóstoles filántropos, abolicionistas de
esos que reciben con puntualidad sus sueldos por serlo y por
mostrar al mundo la abnegacion de que son capaces y sus
públicos sentimientos caritativos. De esos que cuanto más di-
cen, como Lincoln, que «dando la libertad al esclavo se asegu-
'J"a la libertad del libre», porque el libre se impondrá, como ya
en sus huelgas lo ensaya; y de esos blancos, en fin, escla'Vos
de los esclavos negros, porque de la existencia de estos viven,
y sus desdichas explotan. Mas desde que hemos con certeza
averiguado que algunos de tales filántropos se prepararon á
emprender el oficio de apóstoles humanitarios abjurando el
de negreros ó vendiendo á sus madres ó hermanos de leche
quizá á diferentes compradores, no les hemos hecho gran ca-
so, ni debiera hacérselo la sociedad, poco conocedora de lo
que ellos se encargan de explicarle para engañarla, ántes de
convencerse de la procedencia, de la moralidad, del patriotis-
mo y del modo de vivir de tales sujetos (13).


Sin la pretension nosotros de oponernos á las modernas
corrientes, que no otra cosa seria el defender ahora la conti-
nuacion de la esclavitud negra en dominios blancos, diremos
con toda la sinceridad de nuestras convicciones que aquella
institucion, aunque fatalmente necesaria en la familia huma-
na, debe ya cambiar el nombre; porque la hora ha llegado de
recibir nueva forma, porque debe el esclavo convertirse en
trabajador, porque los que obligados han vivido á tener una
religion y á depender de una disciplina natural y social que
les subordinaba al más poderoso y al más inteligente, deben
ya pasar al goce nominal de los derechos sociales, ~l patrona-
to del que quiera ocuparles y á regirse por sí y sin la protec-
cion de dueño alguno blanco, en una sociedad donde hay
muchos que le pueden engañar, y le engañarán ciertamente;
porque debe por fin ser el negro ciudadano y no ser siervo,
y pasar ya por hombre y no considerársele como máquina,




CAPÍTULO V 291


cual dan á entender los neo-filántropos que han sido conside-
radas hasta el presente las gentes de color en las partes civi-
lizadas de la zona tórrida. Para esto se necesita reglamen-
tarles, sin duda, sujetarlos á las penalidades de un duro Có-
digo, como lo son para el sencillo hijo de la raza etiópica
los que se elaboran por los legisladores que tratan de corre-
gir las maldades del hombre de la civilizacion; se necesita
poner al negro bajo la vigilancia de comisiones oficiales y de
filántropos con servicio obligatorio, que no podrán evitar,
quizás, que el hombre de color eche á poco de ménos la es-
clavitud, cuyo nombre ni siquiera le será permitido pronun-
ciar por lo disona~te de la palabra, aunque perezca de mise-
ria; ni que deje de recordar al patrono que, en su primitiva y
humillante situacion social, se encargaba de pensar por él y de
atender sus necesidades, y de procurarle sencillos goces sin
exigirle más en cambio que el trabajo consentido por las pro-
tectoras leyes de Indias.


Pero así y todo, con la artificiosa condicion de ciudadanos,
~serian realmente libres los negros en una sociedad de blan-
cos'? A nosotros, que hemos visto de cerca á los libertos de
color con el carácter de trabajadores rurales y no rurales, no
nos ha sido posible distinguir entre ellos los signos induda-
bles que al verdadero ciudadano distinguen, como en los Es-
tados regidos por negros, que pretenden basar su organiza-
CÍon social y política en Constituciones pensadas por hombres
blancos, no hemos visto tampoco más que caricaturas de los
gobiernos que intentan parodiar. Yes que en la creacion
cada cosa tiene su manera de ser, y limitado su círculo de
actividad, y habiendo señalado entre sus leyes inmutables
desde los tiempos históricos la necesaria y fatal de la exis-
tencia de las razas, éstas propenderán siempre á moverse y
distinguirse por sus peculiares caractéres, entre los cuales,
la tendencia á la unificacion y el espíritu de ódio á las razas
contrarias, no desaparecerán nunca sin la destruccion de una
de las partes contendientes. Así lo han comprendido y prac-
tican con éxito, y no sabemos si con el nombre de indispensa-


21




292 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


ble filantropía, los norte-americanos respecto de los indíge-
nas ó pieles rojas y de los habitantes del Sur, descendientes
en su mayoría de nobles familias españolas y francesas; y
aunque con interés opuesto hacen lo mismo los partidarios
indios de Juarez en Méjico, con los descendientes de los con-
q uistadores del Anah uac.


Por eso nosotros, ya que parece haber llegado la hora de
la desaparicion de la esclavitud, creemos que cuantas dispo-
siciones se dicten para organizar la raza negra en nuestras
Antillas, no deben llevar el carácter de permanentes y defini-
tivas, sino el de provisionales, y sólo por el tiempo necesario
para sustituir los brazos negros con trabajadores blancos, y
mientras la colonizacion de europeos ahuyente los restos de
la raza de color. Porque restos únicamente quedarán en esta
á poco de declararse libres; pues cuando dos razas vivenjun-
tas con iguales derechos, sabido es que una de ellas no pue-
de ménos de estar sometida á la otra, y como la 'blanca no
consentirá jamás estarlo á la que considera inferior, tendrá
su contraria que desaparecer por la extincion ó por las emi-
graciones.


Lo primero seria todavía ménos humanitario que la pro-
pia esclavitud, y lo segundo, como dice muy bien y con gran
conocimiento del asunto el Sr. Vazquez Queípo en su In-
formeflscal (14), no podria verificarse sin gran injusticia y
con la más notable falta de tino político, si en su ejecucion
se seguían la práctica de los Reyes Católicos con los judíos,
ó la de Felipe III respecto de los moriscos. En la proporcion
en que negros y blancos están en nuestras Antillas, los pri-
meros no tendrán más remedio que desaparecer cuando sea
un hecho la emancipacion; y los poderes públicos, antici-
pándose á la marcha natural y obligada de los acontecimien-
tos, deberian ya procurar que paulatinamente, y á medida
que la colonizacion blanca creciera, fuesen á la zQna que la
naturaleza les tiene señalada trasportados los libertos ne-
gros, quienes siempre llevarian allí, para disminuir la barbá-
rie de sus progenitores, algunos átomos de la ilustracion y de




CAPÍTULO V 293


los principios religiosos aprendidos entre los blancos, y coad-
yuvarían á realizar la más grande y verdadera de las hu-
manas conquistas, introduciendo nociones civilizadoras en
las hordas de aquellos hijos de la naturaleza. Inconvenientes
sin duda se tocarian en la aplicacion de estas mudanzas, y
muy sensibles para el corto número de afortunados de nues-
tras Antillas, que hoy obtienen un fabuloso rédito á, su capi-
tal, y despues tendrian que contentarse temporalmente con un
equitativo y módico interés; aunque esos opulentos, ante la
obligatoria realizacion de tan humana y tan beneficiosa idea,
no vacilarian quizás en prestarse y contribuir al bien general
con su desprendimiento y abnegacion. Ellos saben y todos de-
ben saber que, si nuestras posesiones de América han de con-
tinuar siendo españolas y no más sostenedoras de la esclavi-
tud, tienen que blanquearse tanto como los Estados-Uni-
dos están blanqueando sus territorios del Oeste y del Sur, pa-
ra unificarlos y hacerlos suyos por mucho tiempo; compren-
diendo, como nosotros creemos, que las razas de color no
pueden ser libres sino viviendo sólas, pues aunque posean
escritos los "má,::; ámplios derechos liberales, jamás evitarán
la tutela tácita ú oficial, mientras permanezcan juntas con
los hombres blancos.


Ántes de terminar éstos párrafos sobre la esclavitud, y
" ampliando las indicaciones que preceden, con el fin de con-
jurar ú tiempo los males fatalmente necesarios en nuestras
Antillas, cuando al decretarse la emancipacion se coloquen
una en frente de otra dos razas libres de diverso color y de
distintas tendencias, nos atreveremos, contagiados tal vez por
el espíritu proyectista que hoy, cual en las épocas de gran
perturbacion moral, en todas las esferas domina, á exponer
un medio que á nucstrü juicio pudiera usarse para que no
se realicen los conflictos esperados de un acto de tal gra-
vedad.


El últimJ ccns) de la poblacion de Cuba, veríficaio el año
1867, daba una existencia de 605.461 habitantes de color, y
entre ellos 379.523 esclavos: cuya gente de color, despues de




294 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


cuatro años de guerra y sin la introduccion de expediciones afri-
canas, podemos, siguiendo los cálculos del Sr. la Sagra (15),
considerarla sin exageracion reducida á 290.000 esclavos
y 190.000 libres pr6ximamente, 6 sea un total de 480.000
habitantes amenazados de ser ciudadanos tan pronto como la
ley de emancipacion se plantee. Ent6nces éstos, por costum-
brey por inferioridad, continuarán, á pesar de todo, sirviendo
y obedeciendo á los 700.000 blancos, que poco más 6 ménos
habitan enla isla (16); y como la vida de los libertos será en
seguida de la abolicion la del condenado al exterminio, segun
la tendencia que respecto de los negros libres hemos podido
observar en estos últimos años, y de la que hablaremos más
adelante, deben la caridad cristiana, que es la verdadera fi-
lantropía, al mismo tiempo que una sábia política prevenirlo,
y separar al efecto del campo del peligro á los séres que aún
pueden llenar un fin en la historia de la humanidad como
instrumentos civilizadores.


N o se nos ocurre medida más eficaz para conseguir ésto
que la traslacion al. Africa de aquella considerable masa de
criaturas humanas; imitando el procedimiento que los norte-
americanos usaron con sus negros del Norte para formar la
república de Monrovia ó Liberia en 1821, Y más tarde las co-
lonias de Bassa Cowe y otras; pero no verificando la trasla-
cion de una vez, ni en un sólo año, porque seria material-
mente imposible, sino de un modo regular y paulatino. Ex-
trayendo cada anualidad, por ejemplo, de la isla de Cuba
para las costas de Africa 15.000 individuos de color, de ellos
5.000 pertenecientes á la actual clase de libres y 10.000 á la
de esclavos, y cuidando con esmero de que en cada expedicion
fueran familias completas y allegados de la misma nacion y
procedencia, para que allá formaran centros de po blacion que
pudieran desarrollarse y defenderse de sus progenitores los
salvajes, se conseguiria en diez años extinguir la raza negra
en Cuba, contando al efecto tambien con las enórme;; bajas
naturales que tiene; y siguiéndose el mismo sistema en la isla
de Puerto-Rico, desapareceria por completo la esclavitud de




CAPÍTULO V 295


las posesiones españolas. No deben alarmarse, no, con este
proyecto los hacendados é industriales que en el trabajo ne-
gro tienen fundada su riqueza, pues para no trastornarlo en
los primeros momentos de la reforma, que en todas las apli-
caciones son siempre los más difíciles, tienen ya para reali-
zarlo concedida la reciente autorizacion qUé permite introdu-
cir en Cuba 50.000 canarios, habitantes hoy en el continente
americano, y por consiguiente aclimatados, que podrian con
ventaja reemplazar en las faenas agrícolas y suplir á los
10.000 esclavos que habria de ménos el primer año del plan-
teamiento.


Para el segundo y siguientes años se tendrian sin duda
emigrantes con exceso siempre que á los primeros se les
cumplieran las promesas ajustadas, y podria tambien á la
vez fomentarse la emigracion de los hijos de nuestras costas,
que en gran suma se prestarian á embarcarse si en cambio
se les eximia del servicio militar donde se exige, y particu-
larmente los de las provincias del Norte y las Vascongadas,
desde las que cada año, en número de 20 á 30.000 hace
tiempo qu~ á Méjico, á Venezuela, á Buenos-Aires, á Mon-
tevideo y á otros puntos de la América se trasladan solos,
y que entónces por familias enteras preferirian ir á las Anti-
nas con las mismas ventajas que á los canarios se ofrecen.
Estos emigrantes evitarian indudablemente que la agricul-
tura y la indústria se conmovieran de la manera trascenden-
tal que temen los potentados plantadores de Cuba, quienes,
si bien en un principio, aunque es dudoso, obtendrian de su
capital agrícola un interés algo menor del que en el día sa-
can, le verían á poco acrecer con la ap1icacion de la maqui-
naria modernamente ensayada en 10:; campos de Europa, tan
fácil de manejar á los inteligentes trabajadores blancos.


y aún si la inmigracion blanca peninsular é isleña no fue-
ra todavía bastante á satisfacer las exigencias de los planta-
dores, y para extraer de los campos de las islas españolas to-
da la riqueza que contienen, otro medio se presenta ante
nuestros ojos, humanitario y civilizador, fácil de aplicar




296 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


siempre que los pactos de buena fé se cumplan y las leyes
penales se apliquen con estricta puntualidad. Es este medio el
de introducir en nuestras Antillas marroquíes,jelahs 6 campe-
sinos egipcios y habitantes de la Abisinia ó antigua Etiopía y
de la Nubia, con el carácter de contratados, en cuya íntro-
uuccion sabemos que se ha pensado no há mucho, con el fin de
reemplazar los brazos del esclavo que diariamente y con
gran celeridad disminuyen, desde que empezó en Cuba la in-
surreccion. Tales egipcios ó nubios, que sólo con el nombre
de colonos tendrian que penetrar en nuestras islas, deberian
convenirse, no con el mismo compromiso que el de los actua-
les asiáticos, nunca con exactitud cumplido, sino con el de
servir ocho años justos bajo un régimen militar, aunque sin
más armas que los instrumentos agrícolas 6 industriales. Su-
jetándose el contingente de su introduccion á 20.000 cada
anualidad, entre ellos un tercio cuando más de hembras, lle-
garian á formar al terminarse el primer período de la con-
trata un número por lo ménos de 160.000, que se haría cons-
tante y seria suficiente con la paulatina inmigracion europea
para el no interrumpido desarrollo de los intereses materiales
de Cuba.


Terminado que hubieran estos colonos su compromiso, du-
rante el cual seria el Tesoro español en las islas el deposita-
rio de los ahorros que de sus jornales resultaran á cada con-
tratado, por cuyo medio se intervendria además directamente
en ellos, al presentar cada trimestre el patrono el, las res-
pectivas autoridades dichos ahorros y notas del estado de ca-
da uno de sus trabajadores; cuando éstos, decimos, tuvieran
que volver á su país, llevarian su peculio aumentado con el
interés ánuo de un cinco por ciento, y serian trasladados por
cuenta de las compañías explotadoras del negocio y bajo la
salvaguardia de un delegado oficial. Pero no sin que ántes
fueran sin excepcion examinados porJas juntas que los pode-
res gubernativo y judicial designaran, para cerciorarse de que
los patronos habían cumplido el compromiso que firmaron en
las contratas, de enseñar á sus trabajadores el idioma caste-




CAPÍTULO V 297


llano, los principios del cristianismo y los rudimentos de la
instruccion primaria, sin cuyos requisitos no podria conside-
rarse terminado el contrato ni libre el patrono de las respon-
sabilidades que por la ley se le exigieran.


Se dirá quizás que, dando esta forma á la organizacion del
trabajo, vendria á convertirse el hacendado en más esclavo
del trabajador de lo que es al presente; pero no sucederia tal
cosa, no, si el patrono cumplía nuestras leyes, siempre en
América humanitarias, y si con alguna abnegacion que en
muy poco afectase sus intereses, se prestaba sinceramente á
apoyar la medida, que realizaria uno de los mayores y más
positivos bienes de la España moderna. Con tal sistema daria
nuestra nacion, no sólo riqueza y vida exenta de sospechas á
sus p:>sesiones del Archipiélago caribe, sino una satisfaccion á
la humanidad en general; ya que con él tendria Cuba traba-
jadores africanos, el Africa civilizacion y la España, llevando
miles de familias cristianas y españolizadas á las misteriosas
regiones de la zona tórrida, crearia pueblos que pudieran en
el porvenir ser lazo político de union entre las nacionalidades
hechas ó las que por los contratados se fundaran. Y siendo
las Antillás españolas en lo sucesivo la escuela cristiana de
los africanos salvajes ó idólatras, el pueblo español cumpliria
la más grande de las misiones de su existencia histórica, ex-
tendiendo la civilizacion sin esclavizar, y conquistando afec-
ciones y reconocimcnto en el mundo sin el sacrificio de los
hombres.


La aplicacion de este proyecto no seria tan sencilla y fácil
como la exposicion de tan halagüeua teoría, po irán objetar al-
gunos, fundándose principalmente en el egoismo del pueblo
inglés, siempre prevenido para oponerse á todo bien en el
que no se le da participacion; mas hay que suponer, por los
quP. cual nosotros abunden en la buena fé, que cuando la In-
glaterra y las otras naciones vieran á España cumplir exac-
tamente la ley de emancipacion; cuando la vieran quitar
para siempre la esclavitud en sus dominios y ocupada en
convertir á sus negros en ciudadanos de un Estado indepen-




298 LAS INSURRKCCIONES EN CUBA


diente y protegido; cuando la viesen reunir en pueblos las
diseminadas hordas que salvajes han permanecido hasta aho-
ra, la Inglaterra y las demás naciones que tambien tienen el
deber de civilizar, aunque algunas lo ejerciten vejando á los
inocentes hijos de la naturaleza y cobrándose de ellos antici-
padamente enormes intereses, por un acto que sólo por la ab-
negacion y la filantropía debe ser inspirado; todos los pue-
blos, decimos, tendrian que aplaudir, en vez de censurar, las
buenas intenciones e::;pañolas. Además, ¿no formó Napo-
leon III sus Zouaves de africanos, y el Khedive Ismail-Pa-
chá engancha áun sus trabajadores y recluta soldados hasta
en las regiones más próximas á los orígenes del Nilo'? ¿Se ha
opuesto la Inglaterra acaso'?


Tambien se nos podrá argüir que parecido sistema se está
aplicando ya en los chinos sin conseguirse grandes resulta-
dos, y que pudiera aún extenderse á toda la raza lj.siática. Sin
embargo, nosotros, que hemos considerado siempre un mal
para la América la introduecion en sus dominios de colonos ó
contratados de Asia, omitimos indicar este medio, porque
aquellos hombres, más endebles, más viciosos, peor intencio-
nados y más sagaces que los de las demás razas, ni convie-
nen para el trabajo rudo y de fuerza, ni debe consentírseles
entre nosotros por el exagerado espíritu de absorcion que los
distingue, y porque aquella raza vieja, difícil de fundirse
con la nuestra, jamás prescindirá de su tendencia á dominar
y nos someteria á la larga con las habilidades que le son pro-
pias y con la constancia de sus propósitos.


Cuba latina, de los latinos solamente debe ser, y por eso
sólo consentirse pueden en ella y en períodos más ó ménos
largos trabajadores de razas sencillas ó de la caucásica que,
organizados con arreglo á nuestra bien meditada ordenanza
militar, se convirtieran por ella en soldados del trabajo los
contratados transitorios, á los cuales, perteneciendo á las cla-
ses de color, ni el dejar muladies ó mulatos permanentes debia
permitírseles, por las perturbaciones que la gente de san-
gre mezclada suele en los pueblos producir, ni que dejaran




CAPÍTULO -r 299


más huellas de su paso por las islas que la frondosidad en los
campos y el aumento en las balanzas mercantiles como pro-
ducto de su trabajo.


Con este nuestro proyecto, que únicamente indicamos por-
que la índole del libro no permite extendernos más, pero que
oportunamente pudiéramos desarrollar, seria posible despues
de algunos años la formacion en Afriea de nacionalidades que
ensalzaran el nombre del Dios de los cristianos en el propio
idioma que usó Santa Teresa de Jesús, y que no sólo exten-
diesen las luces de la civilizacion desde los lugares donde hoy
la barMrie impera á las misteriosas soledades del interior del
desierto, sino las relaciones mercantiles comunicadas con
signos de la escritura castellana, bastante distinta de la ára-
be para que se confundieran; obteniéndose además la reden-
cion de una raza esclava desde las más remotas edades, y
otra irrebatible prueba de que las razas no viven libres sino
cuando viven solas y civilizadas, pues ya la historia nos en-
seña que cuando dos distintas habitan juntas, una de ellas,
la más poderosa, ha de absorber y absorbe fatal é indispen-
sablemente á su contraria.


Por eso opinamos nosotros y aconsejamos á los poderes pú-
blicos, inspirados en los más humanitarios sentimientos, que
la abolicion de la esclavitud no se precipite, que no se sacri-
fiquen nuestros intereses, el povenir de muchos séres desgra-
ciados y hasta nuestro honor á las exigencias de algunos
filántropos por subvencion, y que cuando el momento llegue
de decretarse, se limpien de manchas negras las Antillas es-
pañolas.




300 LA.S INSURRECCIONES EN CUBA


111.


N o es por cierto de estos tiempos la idea de colonizar á
Cuba. El ilustre cubano vocal del Consejo de Indias D. Fran-
cisco Arango, ántes Citado, hizo ya presente al gobierno de
Madrid, cuando se firmó el tratado ab::>liendo el tráfico de
negros bozales, la necesidad que habia de adoptarse algunas
medidas anticipadas para reponer la falta de trabajadores
que resultaria suprimiendo la introduccion de los de Africa;
pero medidas eficaces que tranquilizaran á los colonos de las
Antillas españolas, quienes justamente alarmados al ver la
desprop::>rcion en los sexos de las gentes de color, temian que
la explotacion de las propiedades agrícolas terminase con la
extincion próxima de la raza esclava en las islas. Atendiendo
entónces los ministros de Fernando VII á tan prudentes ob-
servaciones, no sólo acordaron la real cédula que se publicó
en 21 de octubre de 1817, autorizando al general Cienfuegos
y al intendente Ramirez para que estimularan la coloniza-
cion blanca en la grande Antilla, sino la Real órden de 18 de
enero de 1818, que en parte hem::>s trascrito, disponiendo que
hasta el cumplimiento del pacto convenido con la Gran Bre-
taña, cargasen las expediciones negreras una tercera parte
por lo ménos de hembras para la propagacion de la especie
en Cuba y Puerto-Rico.


El incansable jefe de la hacienda cubana, D. Alejandro Ra-
mirez, que ya con anterioridad al recibo de aquella autori-
zacion, se habia ocupado con incesante empeño, de acuerdo
con el consejero Arango, en coadyuvar á los deseos que
éste le habia manifestado de parte del monarca, ofreció á to-
dos los europeos sin distincion, que quisieran trasladarse co-




CAPÍTULO V 301


IDO colonos á la grande Antilla, el pasaje gratuito y una
pension alimenticia durante los seis primeros meses de per-
manencia en la isla, además de una caballería de tierra (17)
en propiedad á todo el que hubiese cumplido la edad de diez
y ocho años. A los extranjeros se les ofrecieron las mismas
ventajas, y los derechos y privilegios de la naturalizacion, y
á los hijos que llevaran consigo igual gracia, despues de cin-
co años de residencia en la isla, aunque con la dura condicion
en cambio de obligarse á permanecer toda su vida en Cuba.


Estas disposiciones, aplicadas ya por Ramirez dos años
ántes en Puerto-Rico, al llevar á cabo el mismo pensamiento
de colonizacion, autorizado á su instancia en 10 de agosto de
1815, fueron confirmadas por la córte respecto de Cuba en la
citada real cédula de 21 de octubre de 1817 (18). Puestos de
acuerdo, en su vista, aquel activo intendente yel gobernador
Cienfuegos, acogieron unánimes el proyecto que les presentó
á principios de 1819, el coronel D. Luis Clouet, plantador
de la IJuisiana, para establecer en las proximidades de la
bahía de Jágua una colonia de cuarenta familia::; de labrado-
res;' las cuales con sujecion á las condiciones del real ordena-
miento se instalaron el mismo año en aquellos feraces terre-
nos, dando vida á un pueblo que el fundador Clouet bautizó
con el :p.ombre de Oierifuegos en memoria y por gratitud al
general que tanto ha bia protegido la realizacion de su pro-
yecto. Con tal rapidez creció la nueva poblacion, que es hoy
una de las más florecientes de la costa del Sur de Cuba.


Fué sin duda aquel plantador el primero que, previendo las
desdichas que la incalificable política del gobierno de los Es-
tados-Unidos reservaba á los colonos de las costas españolas
del Seno mejicano, se anticipó á los malos tiempos, decidién-
dose, ántes que la emigracion se hiciera general, á emprender
el camino que más tarde muchos tuvieron que seguir para
librar sus vidas; ya que los intereses y sus haciendas no po-
(lian salvarse de la rapacidad de aquellos hipócritas invasores
que, aún revistiendo sus codiciosos instintos con el brillante
atavío de las más virtuosas y simpáticas teorías republicanas,




302 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


descubrian sn repugnante fondo de maldad, lanzándose sin
consideracion ni respetos á la inj ustificada usurpacion de los
bienes agenos.


Es cierto que ellos á cada agresion ó usurpacion contesta-
ban con una amistosa promesa; pero iban mientras asediando
todas nuestras plazas de la Luisiana y de la Florida, hasta el
punto de que los gobernadores de Cuba, convencidos ya de la
mala fé de aquellos ambiciosos vecinos, tuvieron que prepa-
rarse para contenerlos en su camino. En los momentos á que
nos referimos, atendió el general Cienfuegos, con los medios
que el intendente Ramirez 'pudo proporcionarle, al abasteci-
miento de las plazas y al refuerzo de las guarniciones espa-
ñolas, con el fin de evitar una lucha abierta de nacion á na-
cion; para la cual presentaba sin duda motivos bastantes la
escandalosa piratería contra el comercio de España, desple-
gada con mayor encono desde que fué restituido al trono
Fernando VII, y el no ménos escandaloso contrabando ejer-
cido por numerosos corsarios yanltees, organizados despues
de hacer la paz con Inglaterra descaradamente y cual si fue-
ra asunto de la más legal y admitida especulacion, en la ma-
yor parte de los puertos de la república.


Tan indiferentes se mostraron el gobierno y los tribunales
de los Estados-Unidos á las contínuas reclamaciones que con-
tra tales abusos presentaban el representante de España en
Washington yel gobernador de Ouba, que éste se vió preci-
sado á corregirlos por sí mismo, deteniendo y encerrando en
los fuertes de la Habana á algunos americanos cómplices de
aquellos atentados, al saber las contestaciones que el presi-
dente de la república daba al diplomático español Sr. Onis.
Este pedia en debida forma que se pusiera fin en los puertos
de la Union al escandaloso armamento de expediciones aven-
tureras, que atacaban las poblaciones y propiedades españolas,
invadian nuestros dominios, y cargadas de presas adquiri-
das por la violencia, iban luego á aumentar con eUas la ri-
queza yankee. Y aquel jefe de Estado, con la más refinada
hipocresía, respondia «que las autoridades y tribunales del




CAPÍTULO V 303


»país velaban sobre la observancia de las leyes; que él como
»presidente habia adoptado un sistema imparcial de neutrali-
»dad, por 10 respectivo á la lucha entre España y América;
})que los administradores de las aduanas tenian órden de ad-
»mitir toda clase de buques sin detenerse en el carácter ó cir-
»cunstancias de su pabellon, con tal que pagaran los dere-
»chos establecidos y no turbasen la paz ó el buen órden en
»el país; que en caso de infraccion legal ó de delito probado,
»competia el recurso á los magistrados y tribunales de justi-
;l>cia y no al poder ejecutivo; que los gobernadores de cada
»uno de lQs Estados velaban sobre la observancia de la ley;
» que nada veia suficientemente probado en los casos de que
»se les habian presentado quejas; y que la Constitucion del
»Estado concedia entrada libre en él á todos los individuos de
»la especie humana sin excepcion, como no pertenecieran á
»reino ó potencia que se hallase en guerra con los Estados-
»Unidos» (19).


No eran verdaderamente tanto de extrañar estas incon-
gruentes respuestas en un gobierno, cuyo interés se combi-
naba con el del pueblo, y al que la tolerancia ó proteccion á
la piratería no dejaba de serIe lucrativa, como peregrina
cuanto absurda fué la pretension del general Andrés Jakson.
Pidió éste á Cienfuegos la libertad de los americanos presos
en la Habana por piratas, al tiempo que se apoderaba insi-
diosamente de San Marcos de Apalache, y con fuerzas nume-
rosas ponia en asedio á Panzacola, que á costa de mucha
sangre ocupó al fin, en 28 de mayo de 1818, por capitula-
cían de los 300 valientes españoles que la defendian ante
los 8.000 que Jakson mandaba. El gobernador de Cuba, in-
dignado, como no podia ménos, respondió á aquel general
enviando á nuestro ejército refuerzos, que reconquistaron á
poco, en febrero de 1819, esta última plaza; y el gobierno de
la metrópoli, que hasta entónces no habia querido conven-
cerse de la mala fé, de la pcllítica innoble, y de los medios po-
co dignos que en sus relaciones internacionales usaban los
Estados-Unidos, empezó á tocar la realidad y á cambiar ele




304 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


sistema. Otra cosa no podia suceder, cuando veia á aquellos
republicanos, que para proporcionarse fondos conque soste-
ner sus Bancos y hacer el comercio de la India, establecian
públicamente en la ciudad de Baltimore compañías para ar-
mar corsarios con bandera insurgente, ó más bien expedi-
ciones piráticas, comprometidas «á llevar á los diversos puer-
»tos de la Union el producto de sus robos, hechos, no sólo
»contra España y Portugal, sino contra buques de las dé-
»más naciones» (20). El gobierno de España, que habia ago-
tado ya todos los recursos de la política más deferente y per-
suasiva, y que no contando con fuerzas para una guerra con
aquellos Estados, porque desangrada la nacion por la de la
independencia, y las que se guia en la América española, su-
blevada todavía, nada le era fácil concertar, se convenció al
fin de que era el norte-americano un pueblo con el que no se
podia tratar más que por la fuerza, é imposible de reducir
por la lógica de los razonamientos y tuvo que ceder ante las
exigencias de la impotencia material y de la debilidad moral
en que nos habian colocado en América las torpezas de los
constitucionales de Cádiz; viéndose precisado á tratar con los
yankees el convenio de 22 de febrero de 1819. Degradante,
en verdad, para el altivo carácter español, pero tambien in-
evitable en el estado de inanicion en que nos encontrábamos.


Cedió España por aquel tratado á la república americana,
que tanto habia contribuido á nuestras desgracias, todos los
territorios que le pertenecían al Este del Mississippi, exten-
didos desde la márgen izquierda de aquel gran rio hasta las
costas del Océano, y conocidos con los nombres de Florida
Occidental y Florida Oriental; cuyos límites se fijaron en-
tónces en la desembocadura del Sabina, en el Red River ó
rio rojo de Nanquitoches, yen el Arkansas; acordándose á la
vez que fuera comun á ámbos pueblos la navegacion por es-
tos rios. Con tal cesion creyó Fernando VII zanjar todas las
reclamaciones que entre España y los Estados-Unidos per-
manecian vivas desde el convenio de 11 de agosto de 1802,
y no fué así, sino más bien puede decirse que con tal mo-




CAPÍTULO V 305


tivo obtuvo la pertinacia norte-americana una victoria so-
bre nuestro fatalísimo no importa, despues de diez y ocho
años de discusiones. En ellas tuvo ocasion de adquirir nues-
tro gobierno pruebas bastantes, y en su resultado final un
perfecto, aunque muy caro y doloroso convencimiento, de
que la ambiciosa política de aquella república, reclamaba por
nuestra parte seguir en lo futuro una muy distinta de la
confiada, condescendiente y por demás caballerosa que en
todos tiempos habiamos usado con tales gentes. Pero de na-
da sirvió la enseñanza, ni probablemente servirá en lo su-
cesivo, cuando los que se dicen politicos del porvenir, ósea
muchos de nuestros exagerados hombres de partido, con sen-
timientos ménos españoles de lo que debieran, se empeñan,
ciegos por un injustificado apasionamiento, en pintar entre
nosotros á la Union americana como un acabado modelo de
virtudes políticas, para fascinar tal vez y hacer simpáticas
las ideas republicanas federales á los neófitos de la moderna
escuela, á quienes presentan aquel pueblo adornado con be-
llezas imponderables, que lo serian sin duda si fueran ver-
daderas, pero que en realidad carece de cuanto idealismo y
perfecciones sus admiradores lo revisten.


Lo que la Union era en la época á que nos referimos,
no necesitamos nosotros decirlo, ni queremos, para evitar que
se nos tache con la nota de apasionados, présentarla en el mo-
mento de la,~ cesiones de territorio, ni en los tiempos en que,
aprovechándose de nuestras distracciones durante las guer-
ras que sosteniamos, usaba de sus medios de usurpacion mé-
nos escrupulosos para aumentar sus Estados; pues ésto recono-
cido está ya por todo el mundo que fué la más insigne de las
injusticias, y no debemos ya recordarlo. Tampoco creemos ne-
cesario, por lo doloroso, poner de relieve el error en que estaba
España al pensar, en SU'l períodos de afliccion, que con políti-
ca deferente desarmaria el brazCl de los yankees y contendria
sus irrupciones; ni diremos otra vez que traduciendo p}r sig-
no de impotencia y como falta de resolucion lo que era prue-
ba de la más delicada conducta por nuestra parte, léjo~:_~~,~:::,::.·., ' .


. ' :.,' "


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306 LA.S INSURRECCIONES EN CUBA.


hacerles mostrar propicios les envalentonaba, y llenándo-
les de orgullo, hasta se figuraron que podrian ejercer im-
punemente toda clase de vejaciones en los dominios españo-
les; ni, finalmente, hablaremos, por lo sabidas, de las agre-
siones y desafueros de aquellos hombres de mala fé, que,
despues de estipularse en el tratado de 1819 que se manten-
dria una paz sólida é inviolable entre ámbas naciones, sin
excepcion de personas, ni de lugares, no sostuvieron sino
una paz nominal y engañosa, consentida sólo por el abandono
de los gobiernos de España, que no quisieron entónces estu-
diar, como despues no han estudiado tampoco, cuán poco te-
nia de real y cuánto de fantástica la organizacion de la
Union americana, basada en el egoismo más exagerado y
más refractario á la existencia de colectividades patrióticas,
capaces de sacrificarse por el interés público. Nada intenta-
mos decir de nuevo: no queremos hacer ni una sola aprecia-
don por nuestra propia cuenta sobre la vida de aquella re-
pública, dejando que todo lo digan las descripciones que has-
ta ahora, tanto en español como en inglés, y sin refutacion
plausible, han sido publicadas por personas que entre los
norte-americanos han vivido muchos años, como los citados
Torrente y Onís, conocedores profundos de la organizacion y
de las costumbres de aquel pueblo, en los tiempos anterior 6
posteriormente próximos á la fecha del tratado que acaba-
mos de mencionar.


Dice D. Mariano Torrente, fundando muchas de sus afir-
maciones en las del diplomático Onís, al ocuparS3 del primer
elemento de vida de los Estados-Unidos, ó sea del crédito
público y mercantil, que en aquel tiempo era allí tan escaso
el numerario, comparado con la masa de papel en circula-
don, y tan exorbitantemente desproporcionada en los Ban-
cos la cantidad de éste con sus fondos efectivos, que el pú-
blico, aunque habia perdido la confianza en ellos, tenia que
sufrirlos, únicamente por la consideracion de no perderlo to-
do; lo que no era difícil en vista de la descarada inmoralidad
general, de que daban pruebas patentes las exposiciones que




CAPÍTULO V 307


el Congreso recibia con frecuencia, denunciando fraudes es-
candalosos y robos cometidos hasta por sus propios emplea-
dos. El engaño constituia un sistema tan corriente y usual,
que llegó al extremo de decirse que ántes se habia conside-
rado á los judíos capaces de engañar en todas partes al hom-
bre más sagaz y más prevenido; pero desde que en la Union
se iban tocando los frutos de su Constitucion política, pasaba
ya por máxima nacional que eran ineficáces ante las de un
anglo-americano todas las innobles habilidades del judío
más astuto y más bellaco. Tan gratuita comO poco honrosa
máxima, confirmábase todos los dias por cien bancarotas,
allí tan comunes, entre las que apénas podia contarse un~
que no fuera frauaulenta; por ser el país donde con más ar-
dides, con más dolo y mayor escándalo se traficaba, y el
punto donde más de cerca se veia la poca consideracion que
la buena fé merecia al especulador, quien, guiado sólo por. la
ley del propio interés, ni obedecia más impulso que el de la
codicia, ni prestaba respeto alguno á otra cosa que al dine-
ro. «De ahí, dice aquel historiador, que aunque los anglo-
»americanos reunen robustez y cualidades idóneas para la
»milicia, son malos soldados, ya porque creen que no hay de-
»recho á turbarles en el ejercicio de sus ocupaciones propias
»si no se les paga bien, ya por su exagerado orgullo, por
»el que así se creen superiores á los demás hombres; y,
»excitados todos por el turbulento espíritu de libertad, se
)llenan de arrogancia, carecen de disciplina y de subor-
»dinacion, y nunca serán buenos soldados bajo las leyes,
)gobierno y costumbres que les consideran á todos igua-
»les.»


La prueba de que el patriotismo, 10 mismo que todas las
demás santas afecciones, se subordinan allí al interés del di-
nero, se vió á principios del presente siglo cuando la Gran
Bretaña declaró la guerra á aquella república; en cuya so-
lemne ocasion, necesitando la pátria sesenta y dos mil solda-
dos para defenderse de los enemigos exteriores, no llegaron
los alistados ni á trece mil ochocientos, á pesar de ofrecer el


22




308 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


gobierno federal á cada voluntario ciento cincuenta pesos de
enganche y por premio, además, ciento cincuenta ácres de
terreno (21). Verdad es que en la última guerra que acaM
con la ruina de la mitad de la república, demostraron su va-
lor del modo más horroroso y hasta inhumano, como demos-
traremos al ocuparnos de la influencia que ella ejerció en la
isla de Cuba; pero hay que tener en cuenta que fué la pro-
movida entre los Estados del Norte y los del Sur una cues-
tion doméstica, en que iban comprometidos los intereses de
muchos; una guerra de despojo y de amor propio á la vez; y
sabiendo que aquel pueblo, por el período de fortuna que des-
de su independencia disfrutó, tenia la imaginacion fascinada
y su vanidad en la mayor exaltacion, no era de extrañar que
tanto se distinguiese con los horrores de un valor rabioso,
exento por cierto de la abnegacion que los grandes capitanes
y los héroes de la historia nos enseñan.


Creia el pueblo americano, en la época á que Torrente se
refiere y aun hoy mismo cree, que sus instituciones, copiadas
de las inglesas, Son las mejores del mundo, no pensando, en-
vanecido por los halagos de una loca fortuna, que la propia
Constitucion federal encierra en sí elementos de discordia y
los de su disolucion; por chocarse los intereses de cada Esta-
do, porque ni el Código nacional ni los particulares bastan á
contener las pasiones y los vicios de los diferentes habitantes,
que al fin serán arrastrados por aquellas calamidades socia-
les, y porque incansable el gobierno federal en adquirir nue-
vos territorios, si bien con arreglo á la ley, y pror.urando sin
cesar la extension de los límites del país, no prevé que las
distancias estimularan las divisiones y que con la extremada
grandeza siembra la semilla futura de su fraccionamiento
político. Creia aquella república que su felicidad no inter-
rumpida hasta entónces por las naturales y fuertes tormen-
tas que los pueblos sufren, se eternizaría creciendo y progre-
sando siempre, y aun hoy, borradas apénas las huellas de la
pasada guerra, tiene la vanidad de considerarse el primer
pueblo del mundo, sin presumir siquiera que más pronto 6




CAPÍTULO V 309


más tarde ha de purgar el pecado de su extraordinaria va-
nidad, y ha de rendir tributo á su viciosa organizacion, á la
perversion de sus costumbres y á los rigores usados con los
vencidos del Sur, que jamás llegarán á fundirse con los ver-
daderos yankees.


Los Estados-Unidos del Norte de América se devorarán
sin que nadie atice sus pasiones, porque el poder ejecutivo
está mal combinado con el legislativo y con el judicial, y por-
que los poderes nacen allí de la corrupcion de las elecciones,
por medio de las cuales, á poco de hacerse aquellos dominios
independientes de Inglaterra, se sobrepusieron ya las masas
de demócratas ó pueblo bajo á los federales ó republicanos,
que era la gente más rica e ilustrada del país. Porque los
partidos se han hecho siempre una guerra á muerte para
asaltar los destinos públicos, á pesar de los esfuerzos de
Monroe á principios del siglo, y de otros hombres despues,
para conciliarlos. Porque en los Congresos dominan general-
mente las facciones y la intriga, y si algunas veces el ejecu-
tivo ha logrado armonizar las funciones de los poderes ó ava-
sallar alguno, han protestado ruidosamente los demócratas,
que no pudiendo vivir más que por la turbulencia, temen
que las influencias legítimas se sobrepongan, aunque á la
larga los Estados se someterán sin duda á un órden que ema-
ne del saber y de la riqueza, e imponiendo la dictadura dé
fin á la existencia de los aventureros políticos. P0rque la ad-
ministracion de justicia es bastante eJástica, y con el fárrago
de las leyes inglesas y las que sucesivamente se han ido ha-
ciendo por el Congreso, es cada vez más imperfecta, cada vez
más venal, cada vez más escandalosos los medios que para
enriquecerse usan los innumerables abogados; quiénes sostie-
nen el pr6 y el contra, con la misma impavidez, quiénes se
coligan para que duren los litigios, quienes ni una verdade-
ra jurisprudencia tienen todavía, aunque todos ellos han
adoptado una fija, inmutable y por demás monstruosa, cual
es la de castigar siempre al extranjero que quiere hacer pre-
valecer la justicia entre los yankees. Tal es la desmoraliza-




310 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


cían en este punto, que hasta los jurados, que podrán ser ex-
celente institucion en un pueblo morigerado, sábio y regido
por leyes sencillas, claras y terminantes, son un embrollo
allí donde se absuelve á los criminales y núnca se falla en fa-
vor de los extranjeros. La incuestionable laxitud en las le-
yes y la arbitrariedad que éstas permiten á laR jueces se tra-
ducen á cada paso en hechos sin nombre, como quedar sin
castigo los perjurios en aquel pueblo tan comunes, consentir
el mútuo saqueo y autorizar otros desórdenes de los que
abundan cuando la inmoralidad campea; y como cuando re-
caen condenas, que es rara vez, usan lo mismo el presidente
de la república que los de todos los Estados, del derecho que
para indultar poseen, allí, donde se desconocen casi por com-
pleto las conmutaciones, suele el indulto ser absoluto, é iluso-
ria por consiguiente la accion de la justicia y la satisfaccion
ó vindicta pública, quedando los reos en la más irritante im-
punidad.


Obra el poder judicial de los Estados-Unidos en una esfera
separada é independiente del roce con los otros poderes, en
los que no puede influir, ni tomar parte en las luchas y con-
flictos que entre ellos existen á menudo, por la naturaleza de
la Constitucion. Por tal motivo, podría ser el regulador de
las costumbres públicas, podria ejercer la santa mísion de
elevar el nivel moral de aquel pueblo materializado, á quien
para ennoblecerlo podría imbuirle las aficiones á lo honroso,
más propias de la dignidad humana que la insaciable codicia,
el abuso de la mala fé para aumentar el capital, y la falta
de cariño á los semejantes, ahogado allí por el alarde y la
vanidosa ostentacion que se hace de la habilidad en engañar.
Pero aquel poder nada de esto practica, porque arrastrado
por la corriente y subyugado á la tendencia comun, se ejer-
cita tambien en las inmoralidades, y esto le quita la fuerza J
la respetabilidad que necesitaria para imponerse, lo cual no
seria tampoco tarea fácil, ni se conseguiría sin hacer g-ralldes
esfuerzos en presencia de la lucha de los otros dos poderes,
cada dia más trascendental y cada dia proporcionada á los




CAPÍTuLO V 311


progresos que está haciendo la corrupcion de costumbres, y
al vuelo que en el país toman la ambician y las otras pasio-
nes desprendidas de la general de la política. El poder judi-
cial que, donde existe la pluralidad de cultos, debia represen ....
tal' al religioso enseñando prácticamente la santidad del de-
ber, nada hace ciertamente allí; pero el dia quizá no muy
remoto del verdadero choque entre demócratas y republica-
nos, que se presentará como anuncio de la disolucion de aquel
pueblo, embriagado hasta ahora en su vanidad, y como prin-
cipio de la separacion del territorio en dos ó más repúblicas,
empezará para él la expiacion y la responsabilidad ante la
historia de tales conmociones; como será igualmente respon-
sable el poder judicial de España, reformado por la revolu-
cion de 1868 parodiando al norte-americano, de todas la~
calamidades que se anuncian á la pátria, para dentro de un
plazo más ó ménos breve, por una prensa que no sabe ó no
quiere sujetar, si oportunamente no quiere ó no sabe inter-
pretar con acierto la ley y ejercer una eficaz accion protec-
tora sobre los intereses sociales que la misma ley le confia.


La mayoría de aquel pueblo americano, del que somera-
mente hemos hablado, pues hay que confesar la existencia
de una parte si exígua muy digna enla Union, es, á pesar de
cuanto acabamos de decir, el más perfecto y acabado modelo
de pueblos libres para los Lah:mleye franceses, para los Cas-
telar espaiíoles y para todos los propagandistas de las exce-
lenCÍas de lo desconocido. Es lo desiderable de los federales
europeos simpáticos de la Oommune y de sus absurdas doc-
trinas, que se creen muy honrados con ser discípulos de los
hombres de mala fé, quebrados fraudulentos y criminales de
todo género, que habiendo huido de Europa por librarse de
la accion de los tribunales de justicia, suelen allí ocuparse,
cuando la imaginacion les pres'ta recursos, en el oficio de
enemigos de todas las pátrias, el cual explotan hasta que
una riqueza bien ó mal adquirida, que eso en los Estados-
Unidos no se averigua, les permite acercarse á los prohom-
bres de su misma procedencia. Cuando aquellos malvados,




312 LAS INSURRECCiONES EN CUBA


ennoblecidos por su propia afirmacion, penetran en lo~ círcu-
los decentes, como no pueden improvisar las costumbres y
formas de la buena sociedad, intentan ocultar las faltas de
cultura detrás del aparato de una vanidad grosera, y de
aquí el que se inclinen por más cómodo al desprecio de todos
los biene~ morales de que carecen, y pretendan imponer su
absurda ley á los demás hombres; viniendo de exageracion
en exageracion á caer en la ridiculez de considerarse aque-
llos ciudadanos en su mayoría los mejores de la familia hú-
mana y los únicos destinados á hacer ruido en el mundo.
Motivos hubo, sin duda, para no extrañar que así se formara
el carácter de la generalidad de los norte-americanos, pues
desde los primeros momentos de su indellendencia, fué aquel
pueblo abandonado á su própia inspiracion, sin ocuparse de
él ni influir en sus actos las naciones sérias que le ayudaron
á emanciparse; las cuales, en vez de ridiculizar ó corregir sus
excentricidades, las tomaron como arranques propios de ni-
ños aturdidos y mal educados y hasta aplaudieron SUB pri-
meras travesuras cual gracias infantiles, lo que contribuyó y
no poco al desarrollo de su vanidad, hoy tan exagerada, y
fundamento del pueril orgullo democrático, alma y móvil de
las manifestaciones de los yankees que tienen por grandeza la
magnitud y extension territorial, cuando aquella nunca ha
consistido más que en el número de las virtudes que las na-
ciones atesoran y practican.


Hasta los tiempos presentes á nadie del viejo mundo le
habia ocurrido imitar los absuruos de aquellos ciuuauanos, y
esta gloria parecia estar reservada á nuestros demócratas
europeos, quienes alucinados sin duda por la brillantez de
ingénio de los que instigan las justicias populares bajo la ley
de Linch, se han declarado sus admiradores; á cuyos demó-
cratas quisiéramos decidirles, pues vivamente 10 deseamos,
á que imiten en todo y cuanto antes a sus tipos, pues tiempo
es ya de que los pueblos de Europa, donde el buen sentiuo se
conserva todavía, aunque ya no con toda su pureza é inte-
gridad, conozcan lo que es la verdadera pcrturbacion social




CAPÍTULO V 313


y se dispongan, despue;; de conocida, á combatir á esos mo-
dernos bárbaros de la política popular.


IV.


A poco de firmarse entre España y los Estados-Unidos el
tratado de 22 de febrero de 1819, de que acabamos de ocu-
parnos, el general Cienfuegos, que en diferentes ocasiones
habia Példido su relevo, por no serIe conveniente el clima de
Cuba, consiguió por fin que la renuncia le fuera admitida,
siendo relevado en 29 de agosto del mismo año 1819, por el
teniente general D. Juan Manuel de Cagigal (22). Dejó Cien-
fuegos a.l marchar un buen recuerdo de su acertada gobu-
nacion, por haber limpiado durante su breve pero provecho-
so mando, las costas de la isla de corsarios, y de bandidos el
interior del territorio; por haber contenido con vigilancia
constante y persecucion activa y eficaz el desarrollo de las
sociedades secretas, alentadas así por los propagandistas de la
revolucion en la Península, como por los emisarios de la in-
surreccionada América española, cada dia más osados; y por
haber mejorado con la no ménos activa é inteligente coope-
racion del jefe de Hacienda D. Alejandro Ramirez, todos los
ramos de la riqueza pública.


Tres mil hombres de fuerzas veteranas, de las que porman-
dato de Fernando VII se reunian en Andalucía para pasar á
los reinos españoles del continente americano, aún insurrec-
cionados, llegaron á la isla con el nuevo gobernador, para
cubrir las bajas del ejército más bien que para ser dirigidos
en caso de guerra por Cagigal, quien si no muy viejo, por lo




314 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


valetudinario y achacoso no era por cierto el hombre que en
aquellas circunstancias necesitaba Cuba. Con su buen deseo-
podia continuar la marcha civilizadora iniciada por Cienfue-
gas y Rarnirez, mientras las complicaciones no se precipita-
ran y los tiempos siguiesen tranquilos; pero no reunia, en
verdad, Cagigal ni energía ni condiciones bastantes para
conjurar los peligros que amenazaban, así de parte de la me-
trópoli, trabajada con insistente ahinco por los conspiradores
del partido liberal, como de los vecinos reinos de América,
que no satisfechos ya Gon ser rebeldes, procuraban envolver
en su causa á los habitantes de todos los punto::; donde se
hablaba el idioma castellano en el Nuevo mundo. Y que no
era la autoridad reclamada por los tiempos, se vió tan pronto
como los momentos graves y difíciles se presentaron.


Estos no debían en efecto tardar, segun se estaban anun-
ciando, y su aproxímacion iba manifestándose cada vez más
distinta en el estado de los ánimos de los jóvenes cubanos.
Educada en las ideas nuevas aquella juventud, que d'urante
el período constitucional de 1810 á 1814 se aficionó á los es-
tudios políticos, fascinada por las ventajas de posicion y de
nombre que su aplicacion habia reportado á sus contemporá-
neos de los reinos disidentes, y prometiéndose representar pa-
peles parecidos en Cuba" se 1anzó por todos los caminos usados
en la época; así por los públicos como por los que la lega-
lidad tenia cerrados, y lo mismo por el de la ciencia filosófi-
ca consentida, que por los tenebrosos de las sociedades secre-
tas, importadas ya en gran número por los emigrados hui-
dos de la Península á la instalacion .de Fernando VII en el
trono, ó por los revoltosos de Tierra firme; y preparóse, ganosa
de nombre, á una lucha en cuyo triunfo encontrará la reali-
zacion de sus aspiraciones. Era que, aquellos discípulos de
los fundadores de la SJciedad patriótica, al ver premiados á
sus primeros directores D. Luis de Peñalver y D. Francis-
co de Arango y Parreño, el primero con la mitra auxiliar de
la Luisiana y el segundo con una plaza de número en el Real
Consejo de Indias; aquellos discípulos, dirigidos desde los pri-




CAPÍTuLO V 315


meros años y educados en las propias ideas que predomina-
ban en los principales miembros de la corporacion, donde habian
conseguido merecida nombradía los ilustres D. Juan Manuel
O'Farril, D. José Agustin Caballero, el maestro Fr. Pedro
Espínola, el propagador de la vacuna D. Tomás Romay, el
conde de Buena Vista y otros; aquellos discípulos, no tenian
paciencia para esperar más tiempo y querian de una vez
emanciparse de sus maestros. Así lo indicaron ya, cuando en
7 de setiembre de 1813 promovieron un verdadero conflicto
en la Universidad de la Habana, al elegirse las personas que
debian ejercer los oficios del c1áustro, con arreglo á la bula
que vinculaba tales cargos en los P. P. Predicadores que la
fundaron; pretendiendo tener participacion en aquel centro
del saber y hasta suprimir los efectos del mandato pontificio.
Aquellos discípulos de la moderna escuela que, si bien con
gran falta de criterio, habian manifestado á donde iban, en la
turbulenta prensa periódica de los años constitucionales, no
podian ya sufrir más tiempo el ver ocupados todos los pues-
tos á que creian tener legítimo derecho, y empezaron luego
á bullir Q.e un modo peligroso hasta para sus propios maes-
tros. Estos, con el fin de contenerles, usaron de la proteccion
y de los halagos; pero con la intencion más maliciosa y el peor-
y el más impropio de 109 métodos que para obtener provechosos
resultados podian aplicarse, en un país tropical donde la pro-
pension á exaltar las pasiones, hace muy fácil la desviacion
de las Ueas de su conveniente centro. Tal fué, el de lanzarles
en una esfera de filosofía especulativa más ámplia que las que
hasta ent6nces conocian y habian recorrido, en vez de con-
tener sus lucubraciones en prudentes límites, para evitar los
frutos que luego se cosecharon, y fueron, como no podian
menos de ser, contrarios en un todo á los que se proponian
alcanzar.


El plantel de los maestros contra los que aquella juventud
empezaba á rcb3larse debióse, si no á la exclusiva iniciativa
científica del inmortal gobernador en los anales de Cuba, Don
Luis de las Casas, á la proteccion cuando ménos que éste




316 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


prastó al plan de reforma en los estudios que el año 1795 le
propuso el Dr. D. José Agustin Caballero, llamado el padre
Agustin por los cubanos. En aquel plan, basado en la mejora
del método de enseñanza de las escuelas de la isla, que se-
guian aún tributarias escrupulosas del peripato, se introducia
el estudio de las matemáticas, de la química, de la anatomía
práctica y de otras ciencias, que Casas planteó sin esperar la
real aprobacion del gobierno de la metrópoli; estableciendo
desde luego una cátedra de matemáticas en el seminario de
San Cárlos y un profesor de botánica en el jardin de plantas.
y como al exhibirse cualquier novedad en un pueblo con
tendencia á los adelantos, suelen hasta los ménos aficionados
á mudanzas ser sus adoradores y dejarse llevar por la opinion,
sucedió entónces que el obispo D. Juan José Diaz de la Espa-
da, con el santo y patriótico propósito de secundar los del
gobernador general, ó con el no tan piadoso de participar de
la nombrad.ía que aquel iba adquiriendo, fué arrastrado por
la corriente de las reformas, y echando de ménos en la isla
el estudio del derecho pátrio, estableció en el colegio del ci-
tado Seminario cátedras de Dzrecho y Economía política. La
direccion de las aulas la encomendó al licenciado y sacerdote
D. Justo Velez, entusiasta sostenedor de las doctrinas más
avanzadas en los diferentes ramos de la administracion so-
cial (23), Y nombró primer profesor propietario de la cátedra de
Derecho político, erigida con fondos de la real Sociedad eco-
nómica, al venerable D. Félix Varala, reganerador de la filo-
sofía en Cuba y en gran parte de América, segun le lla-
man algunos de sus apasionados partidarios de la escuela car-
tesiana (24).


Durante la revolucion española y la permanencia del go-
bierno en Cádiz, fueron los protactores de la enseñanza y de
la juventud antillana, así como de los demás intereses ameri-
canos, el Lact~l1dista y vocal del C::msejo de Indias D. José
Pablo Valiente, el diputado por Puerto-Rico D. Ramon Power,
algunos otros diputados del continente americano, los suplen-
tes por Cllba D. Joaquin de Santa Cruz y el marqués de San




CAPÍTULO V 317


Felipe y Santiago y los que luego representaron en propiedad
á la misma isla, D. Andrés de Jáuregui y D. Bernardo O' Ga-
ban; influyendo tambien con éstos, aunque en otras esferas
del gobierno y de los centros de la política, D. Claudio Marti-
nez de Pinillos, quien usó de la intriga que tan bien maneja-
ba, así para la publícacion de los decretos sobre ampliacion
de la libertad de comercio, como en la concesíon de reformas
políticas, yen todas las demás medidas civilizadoras que ele-
varan, á ser posible y cual él pretendía, el grado de ilustra-
cion de aquellos dominios al nivel de los países más adelan-
tados de Europa.


En aquella época liberal, conocida por la de 1812, el sábio
cubano Varela, de quíen decian sus adeptos que nunca dejó
de conceder su proteccion á los desvalidos, puesto al frente
de la filosofía en Cuba, educaba hasta con vertiginosa acti-
vidad, y como si el tiempo hubiera de faltarle, á cuantos neó-
fitos podia atraer á sus doctrinas. Cooperaba á sus afanes el
elocuente D. Nicolás María de Escobedo, á quien por susti-
tuto tenía en el colegío, y contribuía en gran manera á ex-
tender la aficion á los estudios del derecho D. Prudencio de
Hechavarría y O'Gaban, que explicando la misma ciencia en
la Universidad pontificia, tenia á su vez por ,suplente al emi-
nente Dr. D. Evaristo Zenea y Luz.


Suprimidos fueron estos estudios, como era de esperar, á
la caida del sistema que enseñaban; pero contando con bas-
tante influencia cerca del gobierno absoluto, los mismos re-
presentantes de América que aconsejaron con tan poco acier-
to á los innovadores de Cádiz aquellos fatales absurdos,
obtuvieron despues de la reaccion de 1814 tal benevolencia
en la metrópoli respecto de los asuntos de la Antilla, que
~onsiguieron la continuacion de todos los estudios y de cuan-
tos se refirieran á la mayor extension de sus bienes morales
y materiales.


Sólo á las aspiraciones políticas se las puso prudente freno,
y concedióse en cambio ménos limitado campo al desenvolvi-
miento de la ciencia; siendo intérprete en Cuba de los proyec-




318 LA.S INSURRECCIONES EN CUBA.


tos de la córte en este punto, el entendido y activo intenden-
te D. Alej andro Ramirez.


Era bien extraño por cierto, que cási en los mismos mo-
mentos en que los reaccionarios de la Península se prometian
trocar las universidades por escuelas de tauromaquia, se con-
cedieran aquellas gracias, y redactara Varela é imprimiese
para los exámenes de 1814 y 1816 unos elencos ó programas
con el epígrafe de «IJoctrinas de lógica, metafísica JI mo-
ral,» tomado éste de MI'. Batteaux, escritor muy apreciado
á la sazon como filósofo entre los literatos. ¡Y aquella juven-
tud estaba descontenta todavía! Varela dedicó su trabajo á
los discípulos, de los cuales fueron ya examinados al mediar
el mes de julio de 1818, hasta el número de veinte, que for-
mando escuela, pronto constituyeron el primer núcleo de los
políticos cubanos.


En el mismo año de 1818, y mediando muy poco desde que
D. José Agustin Oaballero, sectario del peripato ó de Aris-
tóteles, daba á luz su método llamado Ecléctico, Varela, que
habia adoptado hasta respecto del criterio el método de Des-
cartes, publicó unos apuntes filosóficos para la direccion del
espíritu humano; y explicando en sus doctrinas las más pu-
ras y adelantadas de su época, segun sus admiradores, los
deberes del hombre tanto en la vida social, pública y domés-
tica, cuanto en sus relaciones con la divinidad, intercalaba
aquel entre las distintas proposiciones de su sistema, todo lo
que pudiera' contribuir á enseñar el derecho natural, así pri-
vado como social. Rehuia siempre, sin embargo, las aplica-
ciones políticas por no ser las circunstancias á propósito, ni
pertinente el asunto, sino muy peligroso en los tiempos que
corrian, y lo .rehuia hasta el punt,o de advertir á sus discí-
pulos que si alguno intentaba salirse del terreno filosófico, pe-
netrando en los terrenos prácticos, no debia extrañar que
eludiese la contestacion.


Tales evasivas en un génio superior como el de Varela,
¿no pudiera muy bien manifestarlas como incentivo á la
juventud escolar, tan ansiosa de invadir el terreno de las




CAPÍTULO V 319


prohibiciones y de penetrar en el estudio de lo desconocido?
Nada tendria de extraño, aunque no era raro tampoco,


que aquella juventud todo lo pretendiera invadir y escudri-
ñarlo todo, atendidas las condiciones en que se encontraba, y
las que se habian exigido á cada uno de los escolarés para
poder serlo; condiciones que crearon un privilegio, que se
tendria por mucho más odioso que en aquellos tiempos, hoy
que los modernos niveladores hasta han pretendido negar las
diferencias que entre las razas existen.


Los requisitos que para ser colegiales del seminario donde
Varela explicaba se éxigian, por voluntad expresa del fun-
dador (25), no llevaban sin duda otro objeto que vincular el
saber alIado de la riqueza, y c~ntralizar toda la influencia
en las clases acomodadas descendientes de los primeros con-
quistadores ó de las familias opulentas que con posterioridad
se instalaron en la grande Antilla, segun se desprende del
reglamento ú ordenanzas interiores del colegio, debidas al
Ilmo. señor obispo de Cuba, D. José Hechavarria Yelgueza.
Entre las prescripciones de tal estatuto hemos leido los si-
guientes articulos, que señalaban quiénes no podian ser ad-
mitidos en aquel centro del saber:


«3. 0 Los que no desciendan de cristianos viejos, limpios
de toda mala raza de judíos, moros ó recien convertidos á
nuestra Santa Fé Católica.


»4. o Los que procedan de negros, mulatos y mestizos,
aunque su defecto se halle escondido tras de muchos ascen-
dientes, y á pesar de cualesquiera consideraciones de paren-
tescos, enlaces, respetos y utilidades; porque todo es ménos
que la autoridad, decoro y buena opinion del seminario, que
vendria á caer en desprecio y á merecer una sospecha gene-
ral contra todos sus alumnos, si tal vez se abriera la puerta á
semejantes sujetos; fuera de otros inconvenientes que nues-
tro sínodo ó propia experiencia nos persuaden haberse tocado
de resultas de iguales gracias.


»5. o Los descendientes de penitenciados por el Santo Ofi-
cio ó reconciliados por los delitos de heregía y apostasía ha9-




320 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


ta la segunda generacion de la línea masculina, y hasta la
primera de la femenina.


»6.0 Los que traen orígen de personas infamadas con al-
gun otro castigo 6 ministerio vil de aquellos que producen
afrenta y mancilla en el linaje.


»7. o Finalmente, los hijos de oficiales mecánicos. Y por
punto general, los que carecen de cualquiera de las cualida-
des necesarias 6 se hallan atados con cualquiera impedimen-
to canónico para recibir Orden Sagrada.»


No hay duda que el obispCl Hechavarría, perteneciente á
un linaje de los que han dado á Cuba hombres ilustres, de-
mostró comprender perfectamente las tendencias y necesida-
des de aquellos habitantes, al centralizar en una clase privi-
legiada de pura raza, el saber y todas las consideraciones so-
ciales, y demostraba tambien sus buenas tendencias al con-
signar en primer término la muy patriótica de conservar á
Cuba siempre de España, é incólume el principio de autori-
dad en la raza blanca española; sabiendo muy bien que en
un pueblo como aquel, de castas diferentes, era necesidad
muy perentoria la de tener siempre dispuesta, y para todo
evento, una importante agrupacion de lo más escogido de la
sociedad cubana.


El previsor obispo de Cuba veia cuál se iban desarrollando
intereses, hasta su tiempo desconocidos en las colonias ex-
tranjeras del Nuevo mundo; unos fundándose en los princi-
pios reformistas de los puritanos que contenian las posesiones
inglesas del continente americano y de las Antillas; y otros
basados en los instintos de bravía libertad y de forzoso des-
pojo, á que ob~decia la criminal organizacion de los for-
bántes franceses y de los corsarios de otras naciones estable-
cidos en el Archipiélago caribe. Veía además nuestros reinos
de Tierra firme demasiado opulentos para poder ser conser-
vados mucho tiempo sin agresiones extrañas; y, finalmenticl.
veia agitarse ya aquellos criollos desheredados, y á la otra
clase cubana de los hijos del cruzamiento, llenos de aspira-
ciones y de osadía, desde que empezaron á leer libros y á




CAPÍTULO V 321


aprender idiomas extraños por medio del trato mercantil; á
los cuales creyó preciso contener, y pretendió con::;eguirlo re-
legándoles á la esfera de las ocupaciones mecánicas, de la
agricultura y de la industria, y cerrándoles las puertas del
templo de la ciencia. Ciertamente que con ésto no lograba ex-
tinguir los Mios á la clase pura de la procedente de todas las
mezclas, ni cortar su vuelo para que no traspasara los lími-
tes que se la seualaban; pero comprendiendo que los ódios
habrian de todas maneras de existir, y que no serian me-
nores aproximándola á las clases privilegiadas, quiso cuan-
do ménos estorbar, al iniciarse una nueva vida en los intere-
ses morales de la isla despues de la conquista de la Habana
por los ingleses, que invadieran aquellos individuos de du-
dosos color y procedencia, el terreno que, á su juicio, debia
estarles prohibido, para el caso en que, con los recursos de
la viva imaginacion, propia de los que tienen más de una
sangre, intentaran recobrar la posicion de sus predecesores
blancos, imprudentemente derrochada, y promovieran con-
:flictos como los que en algunas colonias se iban indicando,
y dieron á poco en el suelo con la floreciente parte francesa
de Santo Domingo.


La doble vista del obispo de Cuba, distinguia las compli-
caciones del porvenir, y procurando conjurar los males que la
revolucion de Francia hubiera llevado á la. grande Antilla,
manteniéndose vivas las aspiraciones de la gente bicolor, hi-
zo un bien efectivo conteniéndola, á la vez que creaba con la
juventud blanca los hombres que más tarde dieron forma á su
pensamiento con la instalacion de la Sociedad patriótica. Pe-
ro como el espíritu civilizador, á la manera de lo que sucede
con lo más sutil, y áun con el aire atmosférico, por más que
se le quiera aislar y comprimir, siempre encuentra rendijas
por donde escaparse, no pudo evitar la prevision del prelado
que parte de aquel espíritu penetrara en los hombres des-
heredados que aspiraban á elevarse, los cuales, ya que no
podian legal y directamente poseer las ciencias, disfrutaban
de su sombra, no tan densa que careciera de un rayo de luz;




322 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


y si prohibido les estaba, por ejemplo, ser letrados, solían,
en cambio, hasta aleccionar á éstos mismos, bullendo en la
cúria como oficiales de causas.


Llegaron más tarde los tiempos en que las libertades pro-
damadas por los reformadores de la Península, abrieron á
todas las clases las puertas del mundo moral; y entónces fUél-
ron ya periodistas aquellos criollos, y atacaron los privile-
gios (26); firmaron con sus nombres las composiciones poéti-
cas, que ántes sólo manuscritas ó recitadas se conocian en
las reuniones familiares, y constituyeron una agrupacion so-
cial, no amiga de la privilegiada todavía, ni considerada por
ésta, aunque en su vitalidad daba á conocer lo que en no
lejanos di as podria representar. La reaccion de 1814 no pu-
do influir en la naciente clase ilustrada, ni afectarla, por-
que no era aún poderosa, porque era española en sus mani-
festaciones públicas, y porque tal reaccion no fué en Cuba,
verdaderamente, sino una revolucion en las ideas; puesto
que, destruyendo las exageraciones de la prensa extraviada,
úrdenó el estudio de la civilizacion por medio de los maes-
tros de la filosofia, del derecho y de todas las ciencias allí
importadas, y extendidas bajo el impulso del verdadero gé-
nio revolucionario de la grande Antilla en la época á que nos
referimos, el del más activo y eficaz de los reformadores,
cual fué D. Alejandro Ramirez.


Procedente de Alcalá de Henares, cuya contaduría de ren-
tas decimales dejó á los diez y siete años, pasó empleado Ra-
mirez al reino de Guatemala, y allí, dándose á conocer por
sus talentos, fue propuesto para la intendencia de Puerto-Ri-
co por el diputado de aquella isla, vicepresidente á la sazon
de las Córtes de Cádíz, D. Ramon Power, así que la fama
popularizó el nombre del economista; quien en 1813 tomó
posesion del cargo, que hasta entónces habia permanecido
anexo al del capitan general y gobernador de la isla. Duran-
te su corto desempeño organizó la administracion, creó la
riqueza, amortizó el funesto papel-moneda, que mataba el
crédito público, abrió puertos al comercio, facilitó la inmi-




CAPÍTULO V 323


gradan extranjera y fundó instituciones provechosas, algu-
nas de las cuales subsisten todavía. Estableció un .lJiario eco-
nómico, destinado á generalizar los conocimientos mercanti-
les, cuyo periódico no pudo sobrevivir despues de su parti-
da para la isla de Cuba por falta de inspiradores, consiguien-
do mejor y más favorable éxito la creacion de la Sociedad
Económica de A migas del Pais, que desde su época existe;
é inauguró la ilustracion de los tiempos presentes, institu-
yendo cátedras de idiomas, de matemáticas y de dibujo, que
han inmortalizado en BOl'inquen la grata memoria de aquel
ilustre funcionario (27).


Trasladado Ramirez á Cuba con el general Cienfuegos,
continuó allí el impulso civilizador de las Antillas empezado
en Puerto-Rico, así en lo referente á los asuntos económi-
cos, por cuya reconocida competencia se les confirió el nue-
vo destino, como en los de colonizadon y en los demás de la
vida social que quedan expresados. Y cuando á Cienfuegos le
relevó Cagigal, como el estado valetudinario de éste le im-
pedia dedicar largas tareas á los negocios públicos, puede
decirse que el superintendente fué el verdadero iniciador, si
no autor, de muchas ó de todas las mejoras que los inte-
reses cubanos recibieron en aquel tiempo.


Para cortar de una vez los pleitos ruinosos, controversias y
disgustos de todo género, que produjo el acuerdo de las auto-
ridades de la Habana de 6 de mayo de 1818, relativo á los
terrenos realengos y á las mercedes por repartimiento, compo-
sicion ó compra, decretó Ramirez en el mismo año, que se
reputaran como títulos legítimos de dominio las antiguas
mercedes de los cabildos que tu vieran la facultad de mercedar
ó mercendear, concedidas hasta 1772; y á falta de estos títu-
los de propiedad, dispuso que se admitieran, reconociesen y
respetaran los títulos de propiedad de justa prescripcion, en-
tendiéndose por tales la posesion no interrumpida de cuaren-


, ta años conforme á derecho; debiendo los poseedores en este
segundo caso presentarse á justificarla en las oficinas res-
pectivas. Para asentar sobre sólidas bases la prosperidad de


23




324 LA.S INSURRECCIONES EN CUBA


la isla, expedió benéficos decretos en favor del comercio, de
la agricultura y de la poblacion; que si por el pronto no pro-
dujeron todas las ventajas que eran de esperarse, por la falta
de seguridad y quietud interior y de francas comunicaciones
marítimas, prepararon bienes futuros al Tesoro público, ya
con la instalacion del depósito mercantil, como con la for-
macion de los aranceles, que encomendó á los vistas y em-
pleados de las aduanas y aprobó en 29 de setiembre de
1819; desde cuya fecha tuvieron ya un avalúo fijo los ar-
tículos de comercio, y una verdadera proteccion los alambi-
ques y máquinas de todas clases, aplicables á la agricultura
6 á la industria, que pagaron hasta entónces un derecho de
importacion de cuarenta y tres por ciento, y lo redujo al seis
para lo sucesivo.


Pero al conceder esas ventajas quiso tambien, como repre-
sentante del Fisco, que los importadores correspondieran por
su parte, y dispuso para el ordenado despacho de las adua-
nas y como complemento de su sistema, que los derechos de
adeudo por artículos de consumo, dedicados al abasto gene-
ral, se cobraran dentro del mes en que fuesen introducidos y
despachados; cuya medida produjo al plantearse a1gunas re-
clamaciones de parte del comercio, respecto á la forma en que
los despachos debian hacerse para que no se le irrogaran
perjuicios de consideracion; mas fueron prontamente zanja-
das y quedó en beneficio de todos establecida la práctica in-
troducida por la intendencia, y cortadas las corruptelas que
ántes se siguieron y que á pesar de las leyes continuaron en
estos últimos años con gran perjuicio del Tesoro público, que
todavía hoy posee en Cuba muchos y considerables créditos
muy difíciles si no imposibles de rel11izar.


Para acrecer los rendimientos con que subvenir á los ser-
vicios militares, cada vez más precisos y urgentes por el es-
tado de guerra de los vecinos reinos españoles, creó aquel
jefe de Hacienda en octubre de 1819, un recurso sohre la
contribucion ordinaria que se venia pagando por el arbitrio
de vestuario del ejército, disponiendo además que se cobrara




CAPÍTULO V 325


de las importaciones extranjeras tres reales por cada barril
de harina, de vino, vinagre y aguardiente, y una cantidad
proporcional por las cajas de licores y otros envases de cal-
dos procedentes de reinos no españoles; cuyo impuesto, que
favorecia sin duda las producciones de nuestros dominios, se
denominó auxilio provisional ti la tropa de la guarnicion, y
fué aplicado en beneficio de esta, mejorando con carne sus
ranchos.


Tales ventajas concedidas al soldado, coincidieron con
lapublicacion de la Real órden de 26 de julio de 1819, que
hacia extensivo el decreto de las Córtes de 23 de octubre
de 1811, á los que murieran en la guerra de pacificacion de
los dominios de España en América, cuyo decreto, que conce-
dia á los padres pobres de los oficiales fallecidos en campaña,
ó por consecuencia de sus heridas, la pension respectiva al
empleo de sus hijos, animó el espíritu militar, y fué un in-
centivo para que éstos cumplieran como buenos en la defensa
de los intereses pát.rios. Que todo esto se necesitaba entón-
ces para alentar al ejército, y conducirlo á la conquista de la
paz, no.es discutible siquiera; pues si bien en Méjico sola-
mente bandidos quedaban de la pasada insurreccion, mero-
deando por el distrito de Guanajuato, y cometien.do en otros
de riqueza minera robos y depredaciones; y podia confiarse
á la policía la conservacion del órden público, y esperarse la
tranquilidad de que estaba dando pruebas el envio á la Pe-
nínsula desde aquel reino, á mediados de 1819, del navío
A sia cargado con más de dos millones de pesos en plata y en
onzas de oro, con numerosos zurrones de grana ó cochinilla
y bultos de cacao, vainilla, piedras minerales, alhajas, ci-
g'arros, etc.; en Caracas, por el contrario, seguia la rebelion
sin decidirse la victoria, á pesar de los esfuerzos de Morillo.
Al frente éste de 12.000 hombres, recobraba la fortaleza de
San Fernando de Apure, derrotaba á Bolívar y Paez, yen-
grosaba sus filas con oficiales y s'lldados ingleses que se
unian á los suyos, en cuyo honor y beneficio se daban funcio-
nes en el teatro de la Habana; mas no conseguia reducir por




326 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


completo el espíritu disidente del país. En Panamá sucedia.
algo parecido; pues si el pueblo de Portobelho, del que se
apoderó el aventurero inglés sir Gregor Macgregor, se re-
conquistaba pronto por nuestro comandante general del Ist-
mo, D. Alejandro Hore, el país no por eso desistia tampoco
de simpatizar con los rebeldes; y los chilenos en la punta de
San Luis, para profundizar más y más el abismo que por
siempre les separase de la metrópoli, cometian en 8 de febre-
ro el más horroroso de los crímenes, inmolando bárbaramente
á los prisioneros españoles de la batalla de Maypú, que con-
fiados vivian en las leyes de la guerra y de la humanidad, y
en los halagos mentidos y criminal afecto con que los sica-
rios de San Martin y de Dupuy les trataban. Ramirez que en
aquellos horrorosos sucesos (28) y en las tendencias de los in-
surrectos, veia borrados por completo los humanos senti-
mientos españoles en sus rebeldes hijos de la América meri-
dional, y descubierto el verdadero carácter de la guerra, co-
noció la necesidad de halagar al soldado para animarle, y usó
de todos los medios que condujeran á un fin tan patriótico.


No satisfecho aquel digno funcionario con mejorar los ra-
mos que le competian relacionados con la Hacienda, extendió
á todas partes su espíritu innovador. Excitando al ayunta-
miento de la capital para que le imitase, consiguió la publi-
cacion de un arancel para la venta del pan; y comunicando
su inspiracion á todas las jurisdicciones, logró qne éstas res-
pondieran y que muchas personas se le acercasen, ya como
intendente ó como director que á la vez era de la Real socie-
dad patri6tica, consultándole ó proponiéndole adelantos en
todo lo que era susceptible de recibirlos.


Fué uno de éstos el introducido por D. Martin Lamy en la
elaboracion del azúcar, por medio de una máquina movida
con fuerza animal que daba cerca de dos y media revolucio-
nes por minuto, y en la caña de trece meses de edad despe-
dia un chorro de guarapo mayor que el de los trapiches co-
munes, lo cual era en aquel tiempo una mejora indudable y
pmlitiva; y otros de los adelantos fueron resultado del impul-




CAPÍTULO V 327


so que se dió á la instruccion pública, por aquel incansable
innovador que, siempre ocupado en el fomento de los intereses
del país, puesto al frente de la civilizadora corporacion pa-
triótica de Cuba, pudo hacer muchísimo más bien del que
hasta entónces se habia conseguido; debiéndose esto, tanto á
la influencia que le daba su elevada posicion oficial en la isla,
como á la que le conquistaron en la córte sus acertadas me-
didas administrativas. Así fué que solo en los años de 1818
y 1819 coadyuvó á la reimpresion y adquisicion de los libros
que los profesores solicitaban para instruir á la juventud;
alentó 11 las juntas rurales de la Güira, de Arroyo Arenas,
del Quemado y de otros puntos para la creacion, fomento y
conservacion de escuelas, y para el establecimiento en Ta-
paste de un pupilaje de enseñanza bajo el método de Lan-
caster, animando á los que como suscritores facilitaban fon-
dos para eiltos servicios civilizadores; instaló escuelas de ni-
ños pobres en los barrios intra y extramuros de la capital,
debiéndose la del de Jesús María y José á la iniciativa del cu-
rador de las escuelas D. José de Arazoza, y hasta al coman-
dante general de marina le animó á que abriera otra de pri-
meras letras anexa á la de náutica del pueblo de Regla;
facilitó la inauguracion en el convento de San Agustin de
la Habana de la escuela de filosofía, confiada al profesor
Fr. Francisco Lechuga; fomentó las disertaciones públicas
sobre las ciencias, á la sazon nuevas, como las matemáticas
y otras; y áun el mismo Ramirez, como director de la Socie-
dad, no solo para alentar reconocia públicamente la conve-
niencia y ventajas del establecimiento de los colegios ca11/,-
pest1'es y presidia exámenes premiando á los niños estudiosos,
sino que presentaba un programa en la clase de Economía
política para que los estudios de esta ciencia se hicieran prác-
ticos en la isla (29).


Como el estado de salud de Cagigal no le permitia ocupar-
se de la gobernacion con toda la asiduidad que el intendente
Ramirez necesitaba, para que las mejoras fuesen generales,
tenia éste muchas veces que formular lo mismo que aconse-




328 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


~ jaba y proceder por sí, debiendo por consiguiente atribuirle
la iniciativa de la mayór parte de las disposiciones que en-
tónces se dictaron; no siendo extraño al decreto que el capi-
tan general, como presidente de la Audiencia de Puerto Prín-
cipe, expidió en 1819 para moralizar la curia, reglamentan-
do la administracion y manejo de las penas de Cámara, con
el fin de corregir la negligencia en la recaudacion que ha-
bia llegado á una decadencia extrema, y los fraudes y ar-
bitrariedades que en la inversion de sus fondos se cometian.


En aquel tiempo en que ya existia un servicio periódico de
correos entre la Habana, Puerto-Rico y Costa firme, no fué
tampoco Ramirez extraño al proyecto de hacer más frecuen-
tes las comunicaciones en el interior de la isla, contribuyendo
mucho á que se plantease por medio del vapor Neptuno, el
primero introducido en los dominios españoles, un servicio
semanal entre la misma Habana y Matanzas (30). Tambien
en su tiempo fué embellecido el teatro de la capital; se aten-
di6 al ornato y á mejorar la policía urbana, hasta el punto
de encargarse á los comisarios y ministros de justicia, que
desterraran de las calles la costumbre poco culta, hasta. allí
consentida á los vagos, de molestar con insultos y chacota á
los pobres contrahechos ó sin completo juicio' que suele haber
en los pueblos; y como apunta el doctor D. Ramon Zambra-
no (31) en elogio de aquel reformista, «no s610 dió eficaz J
)}prudentísimo ensanche á la libertad de comercio, abriendo
»ámpliamente las puertas á la prosperidad de Cuba, sino que
)}impulsando vigorosamente la ed ncacion, consolidó los ci-
»mientos de su moralidad y su cultura.»


Elevando de uno á tres los ingresos del Tesoro, pudo remi-
tir cuantiosas sumas á Costa firme, Santa Féyel Perú, y so-
correr á Puerto-Rico, Santo Domingo y la Florida; haciendo
cesar la doble alcabala en los censos reservativos y los dere-
chos de las maderas de la isla; interviniendo en la fundacion
y rápido progreso del Mariel y de Nuevitas, de Guantánamo
y de Ságua, yen el engrandecimiento de Matanzas; fundan-
do la cátedra de Economía política y la escuela de Química,




CAPÍTULO V 329


abriendo las puertas del jardin botánico y las de la Acade-
mia de dibujo y disponiendo la fundacion del Museo anatómi-
co; mejorando los hospitales, proporcionando recursos á la
casa de Misericordia, asegurando la policía de los campos y
ocupándose en fin de todos los intereses morales y materiales,
cuya mejora exigian los tiempos, se conquistó Ramirez un
glorioso y merecido renombre y el unánime aplauso de la pos-
teridad.


Pero aquel adorador de la civilizacion moderna, en sus án-
sias de hacer mucho, y arrastrado por su génio verdadera-
mente revolucionario á la vez que por ciertos excesivos de-
seos de nombradía, fué en sus reformas muy de prisa, sin
comprender, ó sin querer darse por enterado si lo conocia,
que no se consigue la felicidad de los pueblos dándoles mu-
chas novedades de golpe, y más de lo que pueden abarcar y
digerir, sino lo que les conviene, sólidamente cimentado J
enlazado con lo que ya tenian; para no divorciar unos inte-
reses de otros, y para no conmover los vínculos sociales ni
trastornar bruscamente las costumbres, que son su vida.
Con certeza sabia Ramirez que trabajaba para la edad fu-
tura, y soñaba hasta en forzar la marcha de los tiempos pa-
ra acercar á los suyos los presentes; pero con su gran impa-
ciencia para recoger frutos, si en lo económic) preparó una
prosperidad inmediata, en lo político fué sembrando la insur-
reccion, no remota.


Un bien indudable fué la multiplicacion de las escuelas de
las primeras letras, debida á su iniciativa; pero mayor hu-
biera sido crear ménos y hacerlas más españolas desde sus
orígenes, poniendo al frente mayor número de maestros y
maestras con apellidos españoles, educad)s en la :Península
y no en el vecino continente y en otros países. Otro bien fué,
asimismo, la extension de los estudios económicos; p9ro ma-
yor hubiera sido el consentirles ménos politica, ó sólo p::>lítica
esencialmente nacional. Y si al plantear las demás medidas
que hemos apuntado, lo hizo con ánimo civilizador y en pro-
vecho de aquel pueblo, incurrió en el lamentable olvido de no




330 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


establecer una prudente vigilancia en los estudios, que aban-
donó en su desarrollo á la propia iniciativa de los profe-
sores, muchos de los cuales, llevando sus ideas y sus aspira-
ciones más allá de la conveniencia pátria, no tardaron en
desvirtuarlos, y rebasando los discípulos la línea por aquellos
señalada, pronto se extraviaron por campos no explotados, ó
de tránsito peligroso.


Mientras á Cagigalle anulaban sus dolencias, no atendia
tampoco Ramirez, embelesado en la contcmplacion de sus re-
formas, á lotl rumores levantados en el Camagüey por la
turbulenta y poco moralizada cúria de Puerto Príncipe, ni á
las predicaciones del oidor J. C. Vida urre, quien emigrado
del Guayaquil dcspucs dI( haber sido uno de los que más con-
tribuyeron á la emancipacion de su país natal, propagaba en
la isla ideas separatistas, acogidas y prohijadas entre otros
por D. Gaspar B~tancourt, conocido más tarde con el nombre
dellugarejio. No reparaba Ramirez en el séquito que atraía
el talento de los jóvenes D. José de la Luz Caballero y Don
José Antonio Saco, ni en los versos del adolescente D. José
María Heredia, ni en la nueva pléyade de discípulos del pa-
dre Agustin, de Velez y de Varela, que unos por la enseñan-
za filosófica, otros por la económica y la política, ó cantando
las bellezas de la libertad platónica, creaban la opinion cu-
bana, qne pretendió á poco, si no divorciarse en absoluto de la
puramente española, señalar cuando ménos una línea divi-
soria entre ámbas.


No debieron llegar hasta Ramirez, sin duda, noticias dela
organizacion de las sociedades secretas, ni de los trabajos de
la clase desheredada, que ilustrada á espaldas de las áulas,
preparaba su porvenir, ni del movimiento de las demás aspi-
raciones políticas, excitadas por los rebeldes del continente;
y no debió conocerlo, cuando ni se distrajo de sus ocupacio-
nes civilizadoras, ni previó, ni se preparó á recibir la tor-
menta que en los primeros meses de 1820 iba á desencadenar-
se en todos los dominios españoles, segun referiremos en el
capítulo que sigue.






CAPITULO VI.


1. Política de Fernando VII y actitud de los partidos desde 1814 á
1820.-Sociedadcs secretas y sediciones militares.-~1ina.-Por­
lier.-Richard.-Lacy.-Bertran de Lis.-Rebelion del ejército
destinado á las Américas.-Riego.-El conde de La Bisbal.-
Decretos del rey.-Triunfo de la revolucion.-Reunion de las
Córtes.


n. Sedicion militar en la Habana.-Autores de las rebeliones mi-
litares.-Restablecimiento de las corporaciones populares, y de
la libertad de imprenta.-Excesos de ésta.-Milicia nacional.-
Motín militar del 26 de noviembre.-Rclevo de Cagigal por ~lahy.­
Sociedades patrióticas y elementos perturbadores.-Política de
Mahy.


UI. Las Córtcs en la segunda época constitucional.-Estado polí-
tico de la naciou.-Partidos.-Neg¡·os y serviles.-Los diputados
americanos en el Congreso.-.Movimientos republicanos y realis-
tas.-Traslucion del gobierno y del rey á Sevitla.-Invasion del
príncipe de Angulema.


IV. Efectos en Cuba del gobierno constitucional.-Muerte de Ra-
mircz.-Contrabando.-Pinillos.-Entrega de las Floridas.-Re-
belion de Itúrbide.-Plan de Iguala.-O'donojú en Córdoba.-
Triunfo de Itúrbide.-Estado de Cuba.-Medidas de Mahy.-La
prensa y los revoltosos.-Lógias secretas.-El Dr. Piñeres, Vi-
daurre y otros.-Perturbaciones en el interior de la isla.-Godos;
tárta,ros é indianos; peninsulares y criollos.-Trastornos en la uni-
versldad.-;\fucrte de Mahy.


V. Mando interino de Kindelan.-Sociedades políticas en el Ca-
magüey.-Lus corporaciones populares ante las autoridades.-
Luchas entre peninsulares y cubanos.-Elecciones de 1822.-Su-
cesos desagradables.-Desprestigio de Kindelan.-Persecucion de
corsarios.-Nombramiento de Vives para el gobierno de Cuba.


1.


Los constitucionales españoles, que tan sorprendidos que-
daron con las primeras medidas de política reaccionaria y
absolutista, dictadas por su muy amado Fernando VII al salir




332 LAS INSURRECCIONES EN CUBA.


del cautiverio en 1814, no podian explicarse aquella ce-
guedad del monarca, y apénas se atrevieron á creer el con-
tenido del decreto de 30 de mayo que condenaba á expatria-
cíon perpétua á millares de familias; no tantas de las que por
simpatía á las instituciones francesas se habian alistado en
las filas del intruso José Bonaparte, como de las que, ani-
madas del más puro y hasta exagerado patriotismo, sellaron
con su sangre la sublime obra de la defensa nacional bajo la
bandera levantada por las juntas y por los legisladores de
Cádiz. Sorprendidos quedaron, y no sin motivo, al ver des-
preciada la influencia que creian legítima, aquellos hombres
que abandonaron sus hogares para dictar medidas salvado-
ras en los supremos momentos que la pátria atravesaba, y
que reuniendo los dispersos caudillos del legítimo partido na-
cional, formaron ejércitos para conservarle el trono al rey
cautivo, humillando la insultante arrogancia de las águilas
napoleónicas. Y más sorprendidos todavía, porque tal influen-
cia veian explotarla á muchos traidores de la guerra de la
Independencia, y á gentes aduladoras y poco dignas, que
arrastrándose por la antesala de la Cámara de Castilla, pri-
mer alto poder que Fernando se habia reservado, creandolo á
su capricho, formaban una cohorte baja y deshonrosa que
tomó el nombre de camarilla, y contenia personajes como
Pedro Collado, ex-vendedor de agua de la fuente del Berro,
conocido entre los suyos por Ohamorro, y otros de la misma
estofa muy del agrado del rey, capitaneados por el poco
decoroso real favorito, duque de Alagan. ¿Era en verdad
extraña la sorpresa, habiéndose seis dias antes leido aquella
circular del 24 en que para halagar á los reinos de América,
les prometia la representacion nacional, contradiciendo l!l. con-
ducta que casi en los mismos momentos con los constitucio-
nales se seguia? (1) Todos estos cayeron en el mas doloroso
abatimiento al ver luego restablecida la Inquisicion , alejadas,
no sólo de palacio, sino de sus hogares, las personas que ha-
bían por sus acciones merecido la gratitud de la patria, y
llamados á los cargos públicos los absolutistas más intransi-




CAPÍTULO VI 333


gentemente fanáticos y oscuros, á quienes se confirieron has-
ta los altos puestos del Supremo Consejo y el depósito de los
destinos de la nacion.


Peroe1 dolor, rebosando los límites del sufrimiento, se con-
virtió en indignacion bien pronto, y así que los hombres que
más sacrificios habian hecho para conservar el trono al rey
no dudaron del porvenir que les esperaba, al publicarse los
decretos restableciendo los jesuitas, prohibiendo las máscaras
y otras fiestas públicas nacionales, y hasta los pasatiempos
más honestos; y cuando se dictaron disposiciones previniendo
la obligatoria asistencia á los templos, señalando los trajes
con que los fieles debian visitarlos y la compostura que habia
de guardarse.


Estos sentimientos de indignacion tan naturales y espon-
táneos cuando acababa de salirse de una larga guerra que,
como todas, habia aflojado ciertos deberes sociales y trazado
á las costumbres nuevo rumbo, no los ocultaron los que se
creian con derecho á ser considerados, y fueron por los rece-
losos palaciegos traducidos como actos de rebeldía al monar-
ca; tomando las censuras públicas por las conspjraciones que
buscaban en todas partes, y que en verdad aún no existian,
aunque aquellos reaccionarios incitaban para saborear el pla-
cer de dominarlas, y presentar la oficiosidad como mérito
para obtener posiciones superiores á las injustificadas que en
su improvisacion disfrutaban. A pesar de esto, los hombres
que pudieran ser conspiradores, no respondian á los deseos de
las gentes de la camarilla, no por falta de intencion, sin du-
da, sino de medios para hacer ruidosas manifestaciones, pro-
testando de la conducta inesperada del rey, y de la funesta
política de tirantez, que ya todos los soberanos de Europa
habian desterrado en la restauracion.


Sin embargo, los medios se les vinieron pronto á la mano,
y á ello contribuyó mucho la salida de Napoleon de la isla de
Elba, su desembarco y vuelta al trono de Francia para dis-
frutarlo cien días más; en cuyos momentos, aconsejado Fer-
nando por el miedo, y para atraerse á todos los que las cir-




334 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


cunstancias pudieran obligarle á necesitar, contuvo las cor-
rientes absolutistas con promesas de mejor sistema político,
y dió. á los oprimid()s tiempo para reponerse y concertar el
modo de destruir aquellas asociaciones teocráticas que ten-
dian á hacer del jóven monarca otro Cá.rlos n, y á sumir la
Espaíla en una existencia más desdichada de la que trabajo-
samente iba arrastrando.


Resultado fueron del primer concierto de los liberales dis-
gustados, algunas conspiraciones;más insensatas que impo-
nentes, frustradas en Cádiz, pero que dieron ya señales del
estado de la opinion; y consecuencia fué tambien el grito de
libertad levantado por el caudillo Espoz y :Mina, q uíen pri-
mero que nadie manifestó franca y lealmente su oposicion á
la política del rey, acompañado de su sobrino el guerrillero,
aquel que peleando contra su pátria murió en América, y se-
guido de algllnos otros, los cuales desde Pamplona, despues
de dar el grito en el mismo año 1814, tuvieron todos que
huir por falta de parciales que les siguieran en la empresa.
Durante los cien dias que permaneció Napoleon en Francia,
que fueron los de más suave absolutismo para España, apro-
vecháronse de esta trégua la lógia masónica del Gran
Oriente establecida en Granada y otras asodaciones secretas,
infiltrando en las filas del ejército con misteriosa reserva sen-
timientos sediciosos y proyectos de trastorno liberal; mas
cuando con la batalla de Waterloo y la humillacion del coloso
se repusieron los reyes de Europa, y entre ellos Fernando, del
miedo que la proximidad de Bonaparte les infundia, volvie-.
ron los intransigentes de la camarilla española, á declarar su
injustificada é injusta guerra á todos los que les tenian mala
voluntad, y se contuvo la propaganda revolucionaria al pro-
seguir las persecuciones. No solo se dirigian éstas ya contra
los que en la época de la independencia se distinguieron co-
.mo patriotas sino contra los mismos absolutistas como Escoi-
quiz, que con el canónigo Ostolaza, denunciador de sus com-
pañeros los diputados liberales de Cádiz, fueron privados de la
real gracia; y áun contra los ministros del rey, que exonera-




CAPÍTULO VI 335


dos por éste, solian á menudo pasar directamente desde el
ejercicio de sus altas funciones, ora al destierro, ora al presi-
dio de Ceuta.


Consecuencia de tan insensata politica, de atropellamientos
tan fuera de tino y de razon organizados, y de la propaganda
eficaz de las lógias en el ejército, fué otro levantamiento mi-
litar dirigido en Galicia por el general D. Juan Diaz Porlier,
quien al trasladarse desde la Coruña, donde dió el grito en
19 de setiembre de 1815, á la ciudad de Santiago para ex-
tender el fuego insurreccional, tuvo que rendirse á los mis-
mos que debian secundarle en el movimiento, y fué luego
ahorcado en el punto de partida. Por la deslealtad de aquel
rebelde militar, se conocieron las tendencias de una parte del
ejército, al que sin descanso iban catequizando las sociedades
secretas; y por el poco tino político de los consejeros de Fer-
nando, cualquiera podia asegurar que no seria el de Porlier
el último de los trastornos liberales de la época, sino que, co-
mo siempre los víctimas de la política candente suelen ser
glorificados por sus correligionarios, de allí en adelante y en
cuantas. ocasiones diera el gobierno á las masas inquietas al-
gun inoportuno respiro de libertad, habría que esperar
como demostracion de gratitud un acto sedicioso y una recla-
macion pública contra los responsables de la sangre derra-
mada.


Esta marcha ya antigua é iniciada entónces por los que
se llamaban patriotas ó liberales, á quienes nosotros se-
guiremos nombrando 'radicales porque de ellos arrancan
nue8tras desdichas presentes; esta marcha y tal sistema ha
sido continuado con tan exacta regularidad por ellos, que no
parece sino que se adoptó como base fundamental de su dog-
ma político, el responder con el abuso á las libertades que los
poderes públicos les conceden; lo cual no puede ménos de lla-
mar ya la atencion y hacer meditar á los razonables hombres
de Estado, con más detenimiento que hasta aquí, sobre la con-
veniencia de servirse en lo sucesivo de mayor actividad y
energía de la que ántes han empleado, para procnrar que s~


.. ~~.~.,~
>


/




336 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


borre y desaparezca de esos partidos ignorantes y apasiona-
dos el absurdo fanatismo que los caracteriza,


Al segundo escarmiento que estos sufrieron con el fracaso
de la sedicion gallega, sucedió la calma de algunos meses,
durante los cuales tomaron mayor extension los trabajos se-
cretos y fueron ménos perseguidas las lógias, porque preocu-
pados el rey y su gobierno con las noticias que se recibian
de los reinos de América, concertaban médios para reducir á
los disidentes por la fuerza de las armas, El sistema era, á
nuestro juicio, el más acertado que podia seguirse; disintien-
do en esta apreciacion de las opiniones de D. Modesto La-
fuente, quien inspirándose más en su buena fé progresista que
en el conocimiento del carácter de aquellos habitantes, sienta
en su Historia de España, que más oportun,a y provechosa
hubiese sido una política suave que la severidad adoptada; y
nos apartamos de su opinion, pJrque es bien sabido que á los
enemigos de raza, y tales eran aquellos en su mayoría, sola-
mente la fuerza y el rigor les impone, como de ello tenemos
ejemplos recientes. Faltó, sin embargo, en aquella ocasion que
hubiera sido la fuerza dirigida por un príncipe español, como
el mismo historiador indica, lo que habria traido mejores
y seguros resultados; pero como príncipe no existia para el
caso; como no fué allá bastante ejército para hacer respetar
la bandera española, por los motivos que apuntaremos luego,
de los que siempre será responsable ante la historia el parti-
do patriota; y como pOlo otra parte los intransigentes de la ca-
mitrilla h3.bian ya aconsejado el acto ménos político y nunca
bastante anatematizado, de establecer el absurdo y vicioso
tribunal de la Inquisicion, orígen de crímenes de todo género
en aquellos dominios de razas y de pasiones diferentes, los
insUl'reccionados no se sometieron, y perdió España los más
extensos y ricos pedazos de su monarquía.


Tambien despues de sufocarse la sedicion de Porlier, Fer-
nando VII, que á veces solia cansarse de ser instrumento de
una apasionada é ignorante teocracia y de ver desafecta una
gran pa.rte de importantes hombres políticos, pensó ensayar




CAPÍTULO VI 337


algunas reformas y conceder franquicias que hicieran más
simpática su gobernacion; y con este objeto, al empezar el año
1816, dictó un decreto conciliador y de templanza, expresando
su real deseo de que desaparecieran ya del uso comun las vo-
ces de serviles y liberales, y que todos los españoles se unie-
ran y formaran una masa general de los amantes del bien y
del engrandecimiento de la pátria. A tan prudentes y hala-
gadoras exhortaciones, y á la benigna disposicion del monar-
ca para borrar las diferencias que separaban á unos de otros
partidarios, y para atraerse á los que más alejados vivian de
los puestos oficiales, respondieron los conspiradores, como
siempre, acelerando la ejecucion del intento que la Sociedad
del Triángulo preparaba y tenia por fin matar al rey en el
paseo que acostumbraba dar fuera de la puerta de Alcalá;
cuyo plan descubierto, llevó al patíbulo á D. Vicente Richard,
comisario de guerra denunciado por dos sargéntos de marina
que con él formaban triángulo, y á la horca tambien por sos-
pechosos de complicidad á Plaza, Yandíola y fray José.


Motivo era este sin duda bastante, para justificar el rigor
que sig!lió inmediatamente á la benignidad real poco corres-
pondida, aunque fué la reaccion dema:;¡iado dura para los
que, agenos á la aventurera política, tenian incuestionable
derecho á disfrutar de la aparente tranquilidad social; y tan
excesiva dureza, usada principalmente con los generales que
habian hecho la pasada guerra, y no ocultaban su disgusto
por tenerlos apartados de los puestos públicos, fué motivo de
otra rebelion, que se anunció e15 de abril de 1817 en Calde-
tas, pueblo de la provincia de Tarragona, capitaneada por
Milans y el teniente general D. Luis Lacy. Descubierta tam-
bien, huyó Milans al ver que muchos de los comprometidos
se retraian; y abandonado Lacy por las tropas que mandaba,
fué preso y conducido desde Barcelona, que se agitaba para
libertarle, á Mallorca, donde fué ejecutado el 5 de julio.


Por este tiempo se trasladó á Madrid la junta masónica del
Gran Oriente, que permanecia en Granada, y fué á la vez
elevado al ministerio D. Martin Garay, que era una garantía




338 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


para los patriotas; pero no pudo siquiera atraerlos, porque á
poco, en setiembre de 1818, se le destinó ya al destierro á
que parecian condenados todos los hombres públicos que se
fiaban del inconstante carácter del rey, ni éste tampoco con-
siguió reducirlos á pesar de las promesas que de mejorar su
gobierno frecuentemente hacia. Continuaron por tanto los
conspiradores, que pertenecian ya á várías sociedades secretas,
sus incesantes y cada dia más extensos trabajos, con mayor
reserva para no despertar la atencion oficial, ni alterar la
perfecta tranquilidad que en apariencia se disfrutaba, y
dispusieron para el primero de enero de 1819 un movimiento
en Valencia, que debia inaugurarse prendiendo al general
Elío en el teatro é inmolándole al grito de libertad y Cons-
tit16cion. Denunciado el plan, fué atacado de frente, y sor-
prendiendo el mismo Elío, á los conjurados militares en la casa
del Porche donde se reunían, hirió al coronel D. Joaquin Vi-
dal, quien de resultas de la herida murió al pié del patíbulo
cuando iba á ser ajusticiado, y sufrieron la última pena en
horca D. Félix Bertran de Lis y doce más de los comprometi-
dos. A estos conspiradores habian de responder otros en
Murcia; mas descubierta su trama á tiempo, fueron presos el
brigadier Torrijos, Lopez Pinto y Romero Alpuente, yencer-
rados en el castillo de Alicante.


Cinco conspiraciones descubiertas en los cinco años que
Fernando VII llevaba en el trono, debían precisamente pre-
ocupar en gran manera á todo el que supiera, y él no lo ig-
noraba, que en las luchas políticas siempre la osadía tenaz
ha vencido á la larga; y como no le era desconocido tampoco
el disgusto, no ya de hombres, sino de importantes clases que
unian sus trabajos á los de las sociedades secretas, cada vez
más numerosas y extendidas, el rey creyó conjurar la tormen-
ta que rápidamente se aproximaba, cambiando ministerios,
que en nada mejoraban ciertamente la situacíon; porque,
víctimas de la camarilla y de sus intrigas, solian luego salir
para el destierro, ó descender los hombres que los formaban
con la humillante exoneracion por recompensa. En la época




CA.PÍTULO VI 339


á que nos referimos contaban dichas sociedades entre sus afi-
liados, á la mayoría de los jefes, oficiales y tropa del ejército
que á principios de 1819 se reunia en los alrededores de
Cádiz, y estaba destinado al tenaz y temerario intento de so-
meter por la fUe7,za de las armas las provincias de Ultra-
mar, segun dice Lafuente con la equlvocada inteligencia que
hemos indicado; cuyas sociedades, conteniendo además en su
seno gran número de americanos agentes de aquellos sepa-
ratistas, hacian causa comun con éstos, y presentando á los
soldados del ejército expedicionario, como muestra de su por-
venir, los enfermos é impedidos que regresaban de las guer-
ras de América, fomentaron la repugnancia de las tropas de
Andalucía á embarcarse y la consiguiente inclinacion á la
rebeldía ántes que verificarlo. Tal publicidad llegó ya á darse
á estos trabajos, hasta entónces clandestinos, que llamaron
por fin la atencion del gobierno del rey.


y no era ext~año que á oidos de los ineptos servidores de
Fernando VII, llegaran en aquella ocasion tan alarmantes
nuevas, pues las sociedades tituladas el Soberano Capítulo
y el Taller Sublime, donde con calurosa elocuencia peroraba
D. Antonio Alcalá Galiano, secretario nombrado para la le-
gacion del Brasil, incitaban á los militares de Cádiz para que
no fueran á las Américas, y sin recato ya, si no pública y des-
caradamente, propagaban la idea revolucionaria. Procediendo
el gobierno por primera vez con algun acierto, ordenó, al en-
terarse, el rdevo de la guarnicion de Cádiz, contagiada toda
ella por los conspiradores, yel arresto de los jefes que en el
Palmar del Puerto de Santa María habian convenido rebe-
larse; siendo por tanto castigados, en julio de 1819, el gene-
ral jefe de la expediciOll conde de La-Bisbal con el reemplazo
por el viejo D. Félix Calleja, conde de Calderon, y separados y
presos los coroneles y comandantes Arco Agüero, Quiroga,
O'Daly, San Miguel, Rotten y otros.


Los hilos de la conspiracion rotos con tal motivo, fueron
pronto reanudados en los clubs por el mismo Alcalá Galiano
y por D. Juan Alvarez y Mendizábal, dependiente que en


24




340 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


Cádiz tenia la casa de comercio de Bertran de Lis; quienes
si bien tuvieron que luchar en un principio con grandes di-
ficultades para entenderse con los jefes de las tropas, por
encontrarse éstas muy diseminadas en los cantones sanitarios
establecidos á consecuencia y para preservarlas de la fiebre
amarilla, desarrollada y extendida entónces por todos los pun-
tos de la costa, consiguieron al fin poner en inteligencia á
aquellos jefes con las sociedades secretas. Por su acuerdo
ofrecieron dichos emisarios al general D. Juan O'donojú, que
mandabaenSevilla, la direccíon del movimiento, y rehusando
éste colocarse al frente, fué por votacion de las lógias desig-
nado el coronel D. Antonio Quiroga, preso á la sazon en Al-
calá de los Gazules, el que, al comunicarle la eleccion y
aceptar el cargo, convino con los patriotas que el grito de li-
bertad se daria en los primeros días del año entrante; pasando
al efecto conocimiento del acuerdo á todos los jefes y oficiales
comprometidos en la conjuracion.


Hallábanse situadas á fines de 1819 las tropas que debian
embarcarse para la;! Américas, en Cabezas de San Juan,
Arcos de la Frontera, Villamartin, Alcalá de los Gazules y
otros puntos próximos á Cádiz, esperando el primer dia de
1820 para cumplir el compromiso contraido con los sediciosos.
Llegó aquel dia de las deslealtades, de triste memoria para el
mundo de Colon, y anticipándose ó creyendo sin duda que en
los mismos momentos, que eran los señalados para dar el gri-
to, se levantarian todos los destacamentos conjurados, pro-
clamó el comandante del batallan de Asturias D. Rafael del
Rieg'o, en Cabezas de San Juan, á banderas desplegadas, la
Constitucion de 1812; y dirigiéndose á Arcos de la Frontera,
donde se encontraba el cuartel general, arrestó al jefe del
ejército expedicionario, conde de Calderon, y á los generales
Blanco, Salvador y Fournas en el fuerte de San Pedro; y
uniendo á las suyas las tropas que éstos tenian allí, lo mismo
que las de Villamartin, marchó con todas á la isla de Leon.


El coronel Quiroga que hasta el dia 2 de enero no pudo
romper sus prisiones, púsose al frente del batallan de España,




CAPÍTULO VI 341


y dando el grito convenido en Alcalá de los Gazules, sediri-
gió tambien á la isla de Lean. Pasó el puente de Suazo y fué
á San Fernando con el intento de penetrar en Cádiz, mas no
pudo lograrlo por la actitud de aquellas autoridades, ni lo
consiguió tampoco des pues de juntársele el dia 6 de enero las
fuerzas de Riego, con las cuales ascendió á 5.000 el número
de los sublevados; los cuales con más entusiasmo que disci-
plina se pusieron á las órdenes de Quiroga, no sin celos y
descontento del comandante de Asturias, que habiendo sido el
primero en dar el grito, pretendia tambien serlo en el mando.


Dividióse en consecuencia la isla de Leon, en dos partidos
por la energía de las autoridades del rey, cuya entereza no se
doblegó á pesar de las excitaciones que á los gaditanos se di-
rigian, ni á pesar de los emisarios del ejército libertador, que
con grandes instancias apremiaban á los comprometidos en
Cádiz para que les secundasen. El partido de los del gobierno
firme en el cumplimiento de sudeber, hizo vacilar al de los re-
beldes, quienes viendo que nada conseguian y que en vez de
recibir noticias satisfactorias eran á poco estrechados por el
general Rreire, se fraccionaron, despues de sorprender yapo-
derarse del .arsenal de la Carraca; quedando allí Quiroga y
marchándose el dia2~l Riego con San Miguel y 1.500 hom-
bres hácia Algeciras, para extender la sublevacion en las
otras provincias. Tan poco felices fueron los sublevados en
aquella correría, y tal tibieza encontraron en el país, que in-
tentaron retroceder, y siéndoles ya imposible regresar á la
isla de Leon por haberla ocupado Freire, se dirigieron á Má-
laga, donde en vez de la buena acogida que Riego esperaba,
fueron sus tropas perseguidas y batidas en las mismas calles
de la ciudad por las de D. José O'Donnell, hermano de La Bis-
ba1. Huyendo de allí, desalentados llegaron á Córdoba el 7 de
marzo los restos de aquel ejército liberal, reducido ya á mé-
nos de 400 hombres, fatigados, sin aliento y dispuestos sólo
á rehuir los ataques y evitar la mala voluntad que en todas
partes se les manifestaba; lo cual alimentó tanto lasdesercio-
nes, que al lleg'ar Riego á la línea divisoria de Andalucía y




342 LAS iNSURRECCIONES EN CUBA


Extremadura, solo 45 hombres de los más leales llevaba con-
sigo, que no por ser pocos eran con mayor afecto recibidos en
los pueblos; cuyos habitantes, ni interés, ni gran simpatía
mostraron por cierto á los iniciadores de aquella rebelion mi-
litar.


Esta habria sin duda muerto al nacer, como las intentadas
anteriormente en Cádiz y las de Mina, Porlier, Lacy, Ri-
chard y Vidal, si el gobierno con mejor acierto hubiera or-
ganizado las fuerzas de su defensa; recomendando al mismo
tiempo á las autoridades de las provincias toda la vigilancia
y toda la energía necesarias para contener á los revoluciona-
rios, que han sido siempre atrevidos en proporcion al aban-
dono en que se les ha dejado. Pero en vacilaciones perdió el
tiempo que pudo emplear en el golpe decisivo. Cuando,
abultados los sucesos por la duracion, se ocupaban en mover
los ánimos, atribuyendo imaginarios triunfos á los rebelados,
sus simpatizadores de la córte y de las provincias lejanas al
teatro de los hechos, decidióse el gobierno á decir claramente
y con verdad que la insurreccion andaluza iba extinguiéndo-
se; mas cuando se preparaba á colocarse á la altura de las
circunstancias, era ya tarde, pues al movimientorespondia el
coronel D. Félix Acebedo el 21 de febrero en la Coruña y lue-
go en el Ferrol y Vigo, y otros puntos importantes se dispo-


. nian á secundarlo. Así sucedió en Zaragoza, donde, reunidos el
pueblo y el ejército con las autoridades locales al frente, se
levantaron el 5 de marzo; yen Barcelona el dia 10, obligando
á marcharse al general Castaños; y seguidamente en Tarra-
gona, Gerona y Mataró; yel dia 11 en Pamplona que procla-
mó la Constitucion, quizás al saber el levantamiento de Zara-
goza ó el del conde de La-Bisbal.


Podemos atribuir el iniciado por éste, sin miedo de equivo-
carnos, más bien que á sus aficiones revolucionarias, al dis-
gusto en que le tenia la torpe administracion de los hombres
que formaban el gobierno de Fernando; quienes aturdidos
por las proporciones con que les llegaron las primeras noticias
de los acontecimientos andaluces, multiplicaron con su ánimo




CAPÍTULO VI 343


intranquilo las torpezas, aconsejando al rey que hiciera nue-
vos ofrecimientos al país, que de ellos no podia hacer gran
casp sabiendo que nuncade proyectos pasaban, y presentándole
como medida salvadora el decreto que publicó la Gaceta el
dia 4 de marzo. La-Bisbal, que se encontraba en Ocaña orga-
nizando el ejército de la Mancha, destinado á impedir que el de
los sublevados penetrara en Castilla, queriendo tal vez evitar
otra inconsecuencia á su voluble monarca, proclamó el dia 5,
al frente del regimiento infantería Imperial Alejandro, que
mandaba su hermano, la Constitucion de 1812. Aquel acto
decidió indudablemente el porvenir de la revolucionj porque
alentando á los políticos de Madrid, hasta ent6nces por el te-
mor contenidos, les hizo salir de su quietud, infundiéndoles
osadía para murmurar en público y para que, envalentonán-
dose luego con la impunidad y con el desconcierto g·uberna-
tivo que se traducia de dicho decreto, en que el Rey con más
preciso ofrecimiento que los de otras ocasiones se prestaba á
reunir las Córtes, creyendo ya que la esperada hora del pue-
blo habia llegado, formaron grupos tumultuarios y recorrie-
ron las calles dando gritos amenazadores para imponer al
inconstante y tímido Fernando, quien por las masas ame-
drentado, se decidió á jurar la Constitucion que á los suble-
vados servia de bandera, manifestándolo así al público en
otro decreto del dia siguiente 7 de marzo.


Triunfante el pueblo, acaudillado por algun antiguo y mu-
chos improvisados patriotas liberales, ya no encontró dique
que contuviera sus aspiraciones. Los que con una prudente
libertad se hubieran contentado ántes, con nada se satisfa-
cian ya; exigían que se multiplicaran las proclamaciones en
favor de los intereses de aquel pueblo que nada comprendia;
yen muchedumbres reunidos, se agolpaban á Palacio para
hacer suyo y convertir en su instrumento al rey execrado el
dia anterior; pero humillándole tanto, con intencion ó incons-
cientemente, cuando le obligaban á jurar la Constitucion y á
ser manoseado por los individuos del ayuntamiento de Madrid,
repuestos en los cargos que tuvieron en 1814, que más que




344 LA.S INSURRECCIONES EN CUBA.


enaltecer con aquellas groseras muestras de afecto al ídolo
del dia, le deprimian con gran despre¡;tigio del monarca y de
la misma insti tucion real.


Mientras llegaba la hora de abrirse las Córtes, y siempre por
los patriotas estrechado, tuvo Fernando que dictar, mitre otras
trascendentales disposiciones, la instalacion de una Junta con-
sultiva provisional, que entendiera en todos los negocios de
gobierno; la cual hizo entónces un bien y prestó verdaderos
servicios por el acierto y sensatéz de los templados hombres
que la formaban. Es cierto que no pudieron, arrastrados por
la corriente de los acontecimientos, evitar, ni dejar de contrí-
buir á que el rey firmara el Manijiesto á la nacion del 10 de
marzo, que tanto desprestigiaba al trono; pero aconsejaron
otras medidas que fueron salvadoras en los primeros momen-
tos para contener las masas desbordadas. Dedicó aquella
Junta suo primeros decretos á abolir la Inquisicion y á resta-
blecer la libertad de imprenta el dia 11; restableció tambien
el suprimido ministerío de Ultramar, para el cual fué nom-
brado el de Hacienda D. Antonio Gonzalez Salmon; cambió
completamente la administracion pública; creó la Milicia na-
cional, y tal vez por los patriotas cohibido, tuvo que cometer
la debilidad de decretar el encierro en vários conventos de los
69 diputados que con el nombre de los Persas se dieron á co-
nocer en 1814. Tuvo tambien que sancionar un verdadero
acto de tiranía liberal, cual fué el de exigir que lajura de la
Constitucion se hiciera individualmente y sin reservas men-
tales; y tuvo por fin que acceder ála ridícula á la vez que im-
política medida reclamada por los patriotas, de crear cáte-
dras para la obligatoria enseñanza del sistema constitucional,
no sólo en las escuelas, colegios y Universidades, sino hasta
en los seminarios y conventos donde tan pocos partidarios
contaba.


Una de las pocas medidas de gobierno que aquella Junta
aconsejó y propuso, fué el decreto de 22 de marzo relativo á
la reunion en 9 del proximo julio de las Córtes ordinarias pa-
ra las legislaturas de 1820 y 1821. Disponia tal decreto, res-




CAPÍTULO VI 345


pecto de Ultramar, que ínterin llegaban al Congreso los di-
putados que eligieran aquellas provincias, se acudiese á su
falta por medio de suplentes, nombrados con arreglo al acuer-
do del Consejo de Regencia de 8 de setiembre de 1810; y que
t!lles suplentes, que serian en número de treinta com0 el de
los diputados (2), se designasen entre los ciudadanos natu-
rales de aquellos paises que se hallaban en la Península, p0l'
una junta formada en Madrid bajo la presidencia del jefe su-
perior político de la provincia. Natural parecía que esta con-
cesion fuera bastante para contentar álos agentes americanos,
que tanto habian contribuido al pronunciamientD liberal;
pera éstos, trás los pocos momentos que se distrajeron enin-
fluir para que se les nombrara suplentes, no cesaron de bullir
y de perturbar entre los revolucionarios, siempre animados
del prop:'Jsito, no sólo de desprestigiar la revolucion pDr cuyo
triunfo se habian sacrificado, sino todo lo que á España se
refiriera. Para conseguirlo, incitaron ála opinion pública con
el fin de que fueran liberalmente premiados los jefes militares
de la reb:;lion, quienes desde coroneles y comandantes pasa-
ron de u:p. salto á mariscales de campo, con gran escándalo
del país y de la Europa toda; y con el fin tambien, de que el
ejército expedicionario de América, que era lo que más les
importaba, fuera licenciado á la vez que se disolvian los
provinciales y la guardia real. Entre los militares que en aquel
despilfarro de liberalidad se elevaron á los primeros puestos
del ejército, fueron los más favorecidos D. Rafael del Riego y
D. AntonioQuiroga, nombrados respectivamenfepara el man-
do como generales de las divisiones de Sevilla y de la isla de
Leon, subordinados á la autoridad del capitan general de An-
dalucía D. Juan O'donojú.


Consecuencia inmediata, y bien triste por cierto, de la fal-
ta de órden y de autoridad moral en el gabierno, así como
del general abandono en la administracíon pública, y del
desquiciamiento en que suelen en tiempo de revolucion en-
contrarse todos los servicios; y efecto obligado é irimsdiato de
la salida de las cárceles de muchos criminales, que para ob-




346 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


tener conmiseracion se fingian víctimas de la idea liberal, y
en sus filas se alistaban, fué la plaga de bandidos y salteado-
res de caminos y de ladrones en los centros de poblacion
que, contando con la impunidad, ó escudados con el nombre
de patriotas, aumentaban considerablemente el trastorno y el
malestar de las gentes honradas. Y no era extraño que en
las más bajas esferas sociales esto sucediera, cuando en las
mayores elevaciones administrativas se penetraba como por
asalto, cual nos lo prueba el haberse impuesto al rey como
ministro de Marina aquel D. Juan Jabat, compañero de Jáu-
regui, en la comision que la Junta de Sevilla destinó en 1808
á Méjico, segun hemos ya indicado, y que tanto contribuyó,
de acuerdo con Yelmo y con los otros conspiradores, á arras-
trar por el suelo el principio de autoridad y á mancillar el
nombre español en aquel reino.


Ni era de extrañar tampoco que tal anarquía dominase,
cuando los propios sublevados, ascendidos á generales en
premio á su deslealtad, se convertían por la violencia en ayu-
dantes del monarca, á quien tenian cohibido y como prisio-
nero; y cuando las sociedades secretas, que se atribuian el
triunfo de la revolucion celebrando sesiones, hasta perma-
nentes á veces, en el café de Lorencini y en otras partes,
imponian condiciones á los poderes públicos, dictaban las
minutas de las resoluciones, indicaban el personal adminis-
trativo que debia destituirse y nombrarse, lanzaban anate-
mas de proscripcion, reconocian como títulos honoríficos las
licencias de presidio, é influian en todos los actos de gobier-
no más que el ministerio, más que la Junta consultiva y más
áun que el mismo rey, como hoy influye y decide cierta aso-
ciacion en los asuntos del partido radical. De precision es es-
to en los partidos de sospechoso orígen, yen lasque fundan su
sistema en bases deleznables; los cuales, por respetar tradicio-
nes ó fanatismos, suelen glorificar hasta los más absurdos
principios; lo que practicado entónces y repetido hoy por los
hombres de aquella escuela, prueba evidente esde lo poco que
han aprendido y adelantado en el trascurso de medio siglo.




CAPÍTULO VI 347


T81ntos elementos de desórden no podian conducir por fin á
otra cosa sino al triunfo de la demagogia; mas aquel gobier-
no revolucionario que toleró la audacia y las imprudencias
de los afiliados en los clubs, y que áun transigió con ellos,
viendo ya que él mismo podia ser arrastrado por la corriente,
si en asunto de tal entidad no ponia mano pronta, se revistió
un momento de energía y disolvió la sociedad de Lorencini.
Pero falto de fuerza, ó sin intencion bastante para castigar
cual se merecian aquellos conspiradores públicos de todas las
escuelas, que tenian por comun objeto lanzar al país en la
más negra anarquía, consintió aún que aquella tertulia se re-
produjera luego en la Fontana de Oro, donde las exagera-
ciones fueron tan allá y de tal manera propagadas, que, ex-
tendiéndose por las provincias su espíritu, originaron á poco
la tentativa reaccionaria del 14 de mayo en Zarag'oza, las
conspiraciones que costaron la vida á Barzo y Erroz, y al-
gunas otras que no estallaron por esperarse el resultado de los
trabajos legislativos (3).


Por fortuna llegó la época de abrirse las Córtes y de em-
pezar la inauguracion de los actos parlamentarios, esperados
con ánsia por todos los buenos españoles que no tenian inte-
rés en cubrir sus pasiones con la máscara del patriotismo, y
que suspiraban solamente por la tranquilidad yporun gobier-
no que realizara el bien de la patria, ofrecido tantas veces y
tantas veces (lefraudado.


11.


Con loable perseverancia y éxito lisonjero iba Ramirez des-
arrollando en Cuba sus reformas y proyectos civilizadores~




348 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


aunque preocupado á menudo por los achaques de Cagigal,
que contrariaban su iniciativa, y por la situacion, cada di,a
ménos satisfactoria, de los reinos del vecino continente; que
con frecuencia le pedian recursos para sostenerse, y él socor-
ria con los del Tesoro cubano, por sus medidas económicas
enriquecido. Cuando esperaba que un triunfo de las armas
españolas le librase de la carga que oprimía su administra-
cion, llegó á la Habana el 21 de agosto de lS19 la fragata
Hornet, procedente de Nueva-York:, con noticias de Cádiz,
que alcanzaban al 2 de julio, entre las cuales extendió la
alegría entre los habitantes de la capital la del próximo em-
barque para la América de veinte mil soldados que, reunidos
en los alrededores de Cádiz, estaban terminando su equipo,
y sólo esperaban que se hallasen listos en los arsenales de la
Carraca los buques de guerra que habian de trasportarlos al
punto de la Tierra-firme, donde la rebelion se enseñoreaba.
Pero las alegres esperanzas de Ramirez y las de lo~ que en su
viva fantasía forjaban ya discursos para estimular á los pa-
cificadores á su paso por la Habana, se defraudaron pronto,
porque el tiempo trascurria, la expedicion no llegaba, y, por
el contrario, fatídicos anuncios, minando la tranquilidad, so-
brecogian los ánimos y generalizaban el malestar, notándo-
se cierto órden sistemático en la propalacion de las alarmas
y determinadas tendencias, para que tan criminal trabajo no
fuera del to:io infructuoso al intento de sus autores. Esto ha-
cia suponer, y era verdad, que aquellas maquinaciones par-
tian del centro formado en la isla por varios jóvenes, de los
que en la pasada época constitucional apénas pudieron levan-
tar el vuelo, y que contando entónces mayores fuerzas para
lanzarse á más elevadas esferas, esperaban, como predi-
lectos agentes de los propagandistas americanos, y por estar
en relaciones con las sociedades secretas de la Península, que
serian los primeros en disfrutar los bienes de la futura y
próxima aurora de libertad.


Mientras los buenos lamentaban las que, segun los datos
públicos, les parecian injustificadas demoras en el embarco




CAPÍTULO VI 349


del ejército expedicionario, y los conspiradores extendian sus
trabajos, apénas conocidos por la enfermiza primera autori-
dad de la isla, trascurrieron los últimos meses de aquel año
y los inmediatos primeros de 1820. Tanto se aprovechó este
tiempo por los revoltosos, que al llegar al puerto de la ca-
pital en la mañana del 14 de abril un buque procedente de
la Coruña, portador de periódicos que daban noticias hasta
el 13 de marzo de los recientes acontecimientos de la Penín-
sula, cual si fuera cosa preparada que sólo aquel anuncio
esperase, estalló unánime la opinion de muchas gentes en
favor del cambio político. Hicieron á éstas coro todos los ami-
gos de los iniciadores y de novedades, quienes tanto calor
manifestaron desde un principio, que no fué bastante á con-
tenerlos la a10cucion en que Cagiga1 pedia el dia 15 una tré-
gua hasta recibir órdenes oficiales á que subordinar su con-
ducta, ni ninguno de los otros medios conciliatorios que em-
pleó y que nadie sino las autoridades débiles, ó sin fuerza
para resistir, suelen usar en casos semejantes.


Por el contrario: fué tal el efecto que produjo aquella alo-
cucion hasta en las mismas tropas, trabajadas, es verdad,
por algunos de los oficiales iniciados y principales agentes
en la conspiracion, que, segun dicen los historiadores de Cuba
que hemos citado (4), «en la tarde del siguiente dia (16 de
»abril) á la hora en que los cuerpos francos de servicio acos-
»tumbraban pasar lista en la plaza de Armas, estando forma-
>idos los batallones de Málaga y Cataluña, dos oficiales de
»este último, D. Manuel Elizaicin y D. Manuel ValIs, procla-
»maron la Constitucion, respondiendo la tropa con vítores
»de verdadero entusiasmo. En medio de la efervescencia que
»reinaba en la plaza, corrieron varios pelotones del paisanaje
»y la tropa mezclados al palacio de la capitanía general, y
»sin oposicion de la guardia que lo custodiaba, penetraron en
»la estancia del Cagigal, atacado entónces de un ataque de
»asma, y con gritos descompuestos y áun con amenazas, le
»obligaron á salir á la plaza cási sin vestirse, á proclamar el
»grito de Constitucion con voz medio apagada, en la misma




350 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


»tarde del 16 de abril. Seguidamente partieron grandes im-
»precaciones de las filas de Cataluña y Málaga contra el ba-
»tallon de Tarragona, que, mantenido en perfecta disciplina
»por su coronel D. Tomás de O'Connelly, jefe querido del sol-
»dado, no concurrió al lugar donde estalló la sedicion, á pe-
»sar de las pérfidas excitaciones de algunos de sus oficiales,
»que se separaron vilmente de sus filas. Ya aquellos cuerpos
)}marchaban á atacarlo en su cuartel y á dar undia de sangre
»al pacífico pueblo de la Habana, cuando Cagigal despachó
»órdenes para que saliese á la plaza de Armas é imitara el
»ejemplo de los otros. De esta asonada militar, perpetrada por
»pocos y cobardemente tolerada por muchos, fueron instiga-
»dores algunos forasteros, y acaso el más principal el brigadier
»de caballería D. Juan Antonio Aldama, que procedente de
»Costa firme se hallaba de paso para España. La noche que
»siguió se pasó toda en luminarias y canciones, y muchos ve-
»cinos recogieron sumas de dinero para gratificaciones de la
»tropa.»


Esta extraña forma y para entónces raro procedimiento de
proclamar el cambio de un sistema político, fué en la grande
Antilla, como en la Península había sido, resultado de la se-
dicion militar, preparada en las sociedades secretas que re-
cibían el aliento de los disidentes activos y pasivos del conti-
nente americano. Y bueno es consignar aquí, para que nunca
se olvide, que al partido de los patriotas españoles debe con-
siderársele el primero de los que dieron á conocer en nuestro
país las sediciones militares, ó pronunciamientos, que tales
dias de luto, de desquiciamiento y de miseria han traido á
España en los cincuenta años que se practica. Sistema tan
censurable, imitado y seguido despues de los patriotas, por
otros políticos más conservadores que tambien buscaron la sa-
tisfaccion de sus ambiciones en la facilidad de seducir y
corromper las filas del ejército, ya predispuestas á dejarse ha ...
lagar, trajo la perversion actual de los sentimientos de leal-
tad y la lamentable perturbacion moral de santificar el medio
comun y vulgar de las rebeliones militares cuando respon ...




CAPÍTULO VI 351


dian á la aspiracion y deseos de un partido. Así arrastraron
éstas al país al triste estado en que hoy se encuentra, tan ma-
lo y tan desesperado, que su remedio sólo puede ya encon-
trarse en heróicos revulsivos, que extirpando los vicios mor-
bosos, restauren las sanas fuerzas sociales y la enérgica
voluntad nacional, para ejercerla en un tiempo necesario y
prudente y con ánimo recto é inflexible, preservándole de re-
caidas en la funesta dolencia política que le consume yani-
quila.


Consiguiente á la sedicioD militar del 16 de abril y á la so-
lemne jura de la Constitucion, que en eso de ser aparatoso
nadie le gana al partido patriota, se llevó á cabo, sin prévio
aviso de la metrópoli, la reinstalacion de las corporaciones po-
pulares de 1814, como en la Península se habia hecho, lo
cual fué prueba patente de la connivencia entre unos y otros
conspiradores; se resucitó la· libertad de imprenta, muerta
seis años ántes por sus extravíos bajo el peso de la indigna-
cion pública; y á la sombra del entusiasmo liberal, se come-
tieron tan frecuentes robos y asesinatos, que obligaron á la
autoridad superior á restablecer las antiguas medidas de po-
licia, un tanto olvidadas por la blandura de su carácter, y á
ordenar en el servicio de rondas nocturnas una exactitud
igual á la que su antecesor Cienfuegos exigia y practicaba.
Pero como cada ciudadano liberal se creia en aquellas cir-
cunstancias una autoridad independiente de toda ley, y de su
creencia hacian alarde apoyados en las armas que, como vo-
lunta·ri08 urbanos, habian recabado del capitan general, así
que de la Península se recibieron partes oficiales relativos al
establecimiento del nuevo sistema; y como la primera auto-
ridad gubernativa, careciendo de fuerza y falta de energía pa-
ra imponerse, no podia resistir, cedió y tuvo que pasar por la
humillacion de su desprestigio al dejar abandonados el órden
y los intereses de la sociedad á la exclusiva inspiracion de los
turbulentos patriotas.


Veinticuatro compañías de Milicia nacional y un escua-
dron de caballería, compuesto de gente escogida, se formaron




352 LAS INSURRECCIONES EN CUBA.


,~ntónces en la Habana; ingresando muchas personas acomo-
dadas, no tanto por seguir la corriente ó seducidas por el es-
píritu de los patriotas, como para tenerlos á raya si llegaba
el caso, no difícil, de que arrastradas las mayorías por los
exagerados, pocos en número pero bulliciosos, intentaran lle-
var las cosas más allá de la conveniencia pública (5). Aque-
llas fuerzas contuvieron sin duda las maquinaciones de los
conspiradores que, dueños de la voluntad del ejército, habían
ae ~ptado la jura de la Constitucion española, como medio y
principio para realizar más tarde sus proyectos de indepen-
dencia; pero fueron al organizarse, como todas las fuerzas
armadas sin disciplina obligatoria ni sujetas á la severidad
de la ordenanza militar, un elemento perturbador y una
constante amenaza al s:)siego público, cual lo serán siempre
,ue sirvan de instrumento político y no se las destine á la
R'l,nta y gloriosa mision de defe~der la integridad nacional.
Este peligro no era en tal ocasion por fortuna inmediato, á
pesar de provocarlo diariamente las demasÍas de la imprenta,
(1 ~sbordada desde que revivió, que imbuida por los emisarios
le Bolívar, tendia á hundir la i:31aen el mismo triste estado
m que los separatistas habian sumido á los reinos rebeldes
lel continente.


Aquella prensa periódica, dice el Sr. Pezuela, «resucitó
»ITlOrdáz, estrepitosa y vomitando todas las amarguras y las
»quejas que seis años de sujecion y de mutismo habian de-
'>positado en el corazon de sus redactores,» y esto lo prue-
bl, citando al Tia Bartola, periódico chistosamente escrito,


,,'ts calumniador y punzante que ningun diario de la ante-
.'inr época .de libertad, y con la aparicion de otras varias pu-
,licaciones dedicadas más á difamar que á instruir, y más
li"puestas á hacer coro con los enemigos de la pátria que á
.' ¡mentar los intereses generales de Cuba. Figuraban entre
:B nuevos periódicos El Oonse1'1Jador, El Botiquin, El Ob-
"'!rvador habanero, El Esqui-fe, El Indicador constitu-
.:ional, El Mosquito, El Americano libre, El Imparcial (6),
E't AJ'gos (7), La Gaceta constitucional de Oayo Puto (8) y




OAPÍTULO VI 353


La Gaceta ó Aurora de Oayo Guinékos (9), publicados caSI
al mismo tiempo que aquel; Los Precios Oorrientes, que vió
la luz en 1822 ydespues de cincuenta años existe todavía,
El Impertérrito constitucional (10) y algunos más que tras
corta vida solían resucitar con otro nombre.


'Tambien se lanzaron como instrumentos de guerra en
aquella sociedad, durante la época perturbadora de 1820 á
1823, una coleccion de folletos, hojas sueltas y libelos infa-
matorios de todo género, tan abundantes como variados y
peligrosos; siendo entre sus autores el que, como más censu-
rable, figuraba en primer término por su desenvoltura, mor-
dacidad é imprudencias, aquel presbítero y doctor D. Tomás
Gutierrez de Piñeres, del que ya nos hemos ocupado y vo1-
ve'rernos á hablar ,quien nevaba por séquito todos los jóvenes
malaconsejados y peor dirigidos, procedentes de aquellas
clases que, no pudiendo legalmente recibir instruccion en los
establecimientos oficiales de la enseñanza superior, tuvieron
que buscarla en colegios privados ó en el extranjero. Para
darse á conocer, lanzaban éstos contra las clases privilegiadas
todo el veneno que en su desheredamiento habian acumulado
en escritos .iolentos dictados por las exaltadas pasiones, y tan
perturbadores como pudieran serlo los más incendiarios de la
más intransigente demagogia; pues impulsados á la vez por
los emisarios de Bolivar y seducidos por el halago que reci-
bían en las sociedades secretas, creian sus inexpertos autores
un verdadero mérito el llevar la intranquilidad á todas par-
tes con sus alarmantes predicaciones sobre la independencia
cubana. Fueron aquellos jóvenes, con su insensata conducta,
los primeros promovedores quizás de la division entre pe-
ninsulares y cubanos, que tantos infortunios habia de traer á
la isla.


Al jurarse la Constitucion en ésta é instalarse las corpora-
ciones populares en todas las poblaciones, y en algunas de
cierta manera muy parecida á la violenta que usaron los se-
diciosos de la Habana, los individuos de la diputacion provin-
cial que contaban amigos patriotas entre los presos por in-




354 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


fidencia que encerraba la fortaleza de la Cabaña, enviados
por el virey de Méjico durante los mandos de Cienfuegos y
del mismo Cagigal, expusieron ante aquella corporacion, con
tan vivos y siniestros colores pintadas, las duras é injustas
penalidades que aquellos estaban sufriendo, que ésta conmo-
vida ó deseosa de hacer alarde de su poder usurpado, y atri-
buyéndose una plenitud de autoridad que no tenia, sacó de
los calabozos donde acababa de morir el turbulento Renova-
les, á muchos de los presos; repartiendo los otros en diferen-
tes y más cómodos sitios provisionalmente, pues cási todos
declarados luego libres fueron á engrosar, como era natural,
las filas <fe los perturbadores.


Tales abusos propios de los patriotas de todos tiempos, tan
fáciles de precipitarse por la pendiente de las usurpaciones del
poder, arrastraron por el suelo los más legítimos, que priva-
dos de toda fuerza material y de prestigio moral para im-
ponerse, quedaron anulados y sometidos al grosero capricho
de los insubordinados militares y de turbulentos milicianos;
cuya humillacion impresionó tanto á Cagigal, ya por las fati-
gas del destino y por sus viejos achaques abatido, que por
no sufrir más, para atender al restablecimiento de su salud,
vióse obligado á hacer entrega del mando al segundo cabo y
á pedir con insistencia su relevo.


Ciertamente que el intendente Ramirez, alma de la gober-
nacíon de Cuba en los últimos años, hubiera podido durante
la interinidad inspirar medidas salvadoras; pero como en tiem-
pos de revueltas suele ser la sensatez menospreciada, y la
diputacion, entónces, sorda á toda indicacion y suspicaz en
demasía, no queria ni oir nada que pareciera amenguar en lo
más mínimo las facultades gubernativas que se habia atri-
buido, aquel inteligente funcionario se retrajo, rehuyendo
hasta el tomar participacion en el consejo, y dedicándose con
la actividad que le era peculiar á la gestion económica de su
competencia y al desarrollo de la riqueza del país á que consa-
graba con predileccion sus afanes.


Entre las primeras disposiciones del gobierno liberal que




CAPÍTULO VI 355


llegaron á la isla, fué una el decreto del 22 de marzo convo-
cando las Córtes generales, el cual, respondiendo á la mayor
aspiracion de los patriotas americanos, se apresuraron á cum-
plimentarla en Cuba, procediendo desde luego á las elecciones;
en las que estuvo tan cohibida la parte sensata de los habi-
tantes por los exagerados patriotas, que muchos electores es-
quivaron la lucha de intrigas y de desórdenes, en medio de los
que, dice el Sr. Pezuela, «salieron elegidos en 22 de Agosto
»de 1820 el teniente general D. José de Zayas, y el magis-
»trado del Tribunal Supremo de Guerra y Marina D. José
»)Benitez, naturales de la Habana, y el oficial de guardias
»)españolas D. Antonio Modesto del Valle por la capital, y
»por Santiago de Cuba el canónigo de la catedral de la Haba-
»na D. Juan Bernardo O'Gaban, miembro de las antiguas
»)Córtes constituyentes.»


Pero fué aquella elecCÍon declaracla defectuosa porque, con el
propósito de satisfacer mayor número de ambiciones, amaña-
ron los aspirantes á diputados un censo de poblacion superior
al de 1817, que estaba vigente para la Córtes; las que no que-
riendo r8conOCé~r el nuevo y eliminando en consecuencia la
mitad de los electos, autorizaron sólo á los dos primeros para
ingresar en el Congreso como representantes de Cuba en la
legislatura de 1820.


Mejorado Cagigal de sus dolencias con el corto apartamien-
to de los negocios públicos, volvió en 25 de octubro á ejercer
aqnel mando del que esperaba ser pronto relevado, y al en-
cargarse de nuevo dirigió una alocucion á los habitantes d'él
la isla aconsej,indoles prudencia y sensatez en el uso de las
libertades proclamadas, y el necesario póltriotismo para no de-
jarse seducir por los enemigos de la integridad de la monar-
quía. Tan poco efecto hizo la alocucion en aquel apasionado
pueblo, seducido por las predicaciones de las sociedades se-
cretas y á ellas sólo obediente, que desdeñando la política
conciliadora que Cagigal ensayó para contenerle en sus de-
masías, la tradujeron por debilidad, como en América se tra-
ducen cási siempre los actos de benevolencia del que manda,


2;)




356 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


y creyendo que podian abusar impunemente, promovieron las
mismas sociedades secretas una insubordinacion en el ejér-
cito el 26 de noviembre. A la hora de la parada, y cuando
iban á montar el servicio de aquel dia, reclamaron tumultua-
riamente sus licencias absolutas los soldados cumplidos, que
por la enérgica actitud del coronel y de algunos oficiales del
regimiento, no convirtieron en hechos sus amenazas y entra-
ron luego en razono Pero aunque sin consecuencias inmedia-
tas, obligaron á Cajigal, el nuevo acto sedicioso y la contínua
alarma en que los conspiradores tenian los agitados espíritus,
á publicar otra proclama más expresiva que la anterior, des-
mintiendo las especies que los trastornadores inventaban pa-
ra conmover y amenazando áun á éstos con castigos si no de-
sistian de sus intentos. Tampoco la palabra de la primera
autoridad encontró eco en el" público , y no era ciertamente ex-
traño, porque la voz de aquel general estaba ya desautoriza-
da, su poder desatendido por contínuos desaires no reprimi-
dos, y todas las malas pasiones sobrepuestas y dominando
como nunca al buen sentido, precisamente cuando más se
necesitaba de éste allí para salvar los sagrados intereses so-
ciales.


Por fortuna para Cajigal tanto como para Cuba y para los
intereses de Espau a, poco tardó ya en llegar á la isla su su-
cesor, el anciano y reputado teniente general D. Nicolás
Mahy; quien procedente de Burdeos, desembarcó en la Ha-
bana e13 de marzo de 1821, Y pretendiendo desde el primer
momento adquirir entre sus correligionarios de la escuela
liberal, mayor popularidad y simpatías de las que pudieran
conquistarle el prestigio de su nombre y de sus largos servi-
cios á la nacion, se presentó ante las tropas y la muchedum-
bre que fué á recibirle, dando tres calurosos vivas á la Cons-
titucion de 1812.


Bien necesitaba de aquella popularidad y de las simpatías
qne pretendia, porque el estado de la isla no era en verdad
nada halagüeño, y para resistir la efervescencia de las pa-
siones populares y la insubordinacion de las tropas, le era




CAPÍTULO VI 357


preciso, ántes de intentar restablecer el tan humillado princi-
pio de autoridad, inspirarles confianza á los que violenta-
mente se apoderaron y eran dueños de la situacion desde el
16 de abril del año anterior. Vió Mahy movidas las pasiones
populares y alimentadas por las lógias masónicas y las so-
ciedades secretas de carácter político, conocidas con los nom-
bres de la cadena, los soles, los comuneros, los carbonarías
y los anilleros (11); entre los cuales, los masones del rito de
España y los comuneros, eran en su mayoría europeos y anti-
independientes; los masones del rito de York y las sociedades
de la cadena y de los soles, estaban por el contrario formadas
de cubanos y naturales de las provincias rebeldes, que repre-
sentaban las ideas disolventes de aquella parte de la juventud
desheredada y del pueblo, y aspiraban á realizar la indepen-
dencia de la isla; los carbonarías, aunque de exaltados prin-
cipios liberales, constituian un partido conciliador entre am-
bos extremos, y más inclinado al gobierno y á la integridad
de la monarquía que á la separacion de la metrópoli; y los·
a1~íUM'OS y otras várias, contribuian á aumentar cada una
por su parte la perturbacion de la tranquilidad pública (12).


Alteraban tambien ésta con muy temidas consecuencias y
gran peligro para la sociedad, las tropas y cuerpos sueltos
procedentes del ejército de Costa firme, de que la capital es-
taba llena; las cuales, afiliadas en todas sus clases, hasta la
del soldado, en las ménos españolas de aquellas sociedades
políticas, alimentaban sus exageraciones refiriendo hechos
heróicos de Bolivar, y glorificando en el nombre de éste á to-
dos los liberales é independientes del pueblo americano; á la
la vez que desobedecian á sus própias autoridades y fomen-
taban la indisciplina de los demás cuerpos regulares de la
guarnicion.


Tan anárquicos elementos los unia y agitaba la prensa pe-
riód ica, convertida en primer poder, y en valentonada desde que
con sus denuncias y amenazas se habia impuesto á las gentes
tímidas; que la veian cometer impunemente todo género de de-
masías é influir en la opinion de los exagerados patriotas que




358 LAS INSURRECCiONES EN CUBA


disponian del mando, y de ello se servian para sostener una
pugna violenta con las autoridades militares que dentro de
las leyes de ludias querian conservar la plenitud de sus fue-
ros. La punible conducta de tales periódicos y la de los nue-
vos funciouarios civiles, que con el nombre de constituciona-
les pretendian inmiscuirse en todos los ramos de la adminis-
tracion como representantes de los intereses del pueblo, con-
virtieron el desórden en estado norrp.al, las leyes en letra
muerta y la anarquía en principio de gobierno, teniendo á la
isla en la más lamentable y grave de las situaciones hasta
entónces conocidas.


En vista de semejante desconcierto, aconsejado Mahy, em-
prendió, con prudente y atinad.a política, para no irritar la
susceptibilidad de los patriotas, el ímprobo trabajo de hacer
el órden y de restablecer la coufianza en los abatidos ánimos.
Procuró discipliuar el ejército veterano limpiándole, hasta
donde las circunstancias lo permitian, de los jefes y oficiales
-revoltosos y de malos antecedentes y costumbres, de los
que muchos fueron remitidos á la Península; y ocupó al sol-
dado en ejercicios yen otras prácticas de la vida militar que
le hicieran conocer y respetar los preceptos de la ordenanza.
A la Milicia nacional, que empezó á halagar vistiendo su
propio uniforme, la impuso luego nueva organizacion, ex-
purgándola de los hombres enviciados en los tumultos, dan-
do en ella entrada á vecinos pacíficos y honrados, entre
los que eligió las personas de mayor prestigio y valía para
los cargos de jefes y oficiales, y sujetándola en los actos de
servicio á las mismas ordenanzas del ejército. Contuvo la
prensa periódica dentro de los límites del deber y de la de-
cencia, subordinándola á la censura de fiscales ó jueces de
imprenta, que pronto, con beneplácito de la sociedad inju-
riada y zaherida por calumniadores anónimos, se ejercitaron
denunciando por sus libelos difamatorios al presbítero D. To-
más Gutierrez de Piñeres, mengua de su sagrada clase, quien
fué condenado y sufrió el castigo de un año de reclusion en
un convento de la Habana, desde el cual todavía derramaba




CAPÍTULO VI 359


la ponzoña de su pluma y la extendia por medio de agentes
y discípulos de su perversion, hasta el punto de «hacer incon-
»ciliable con el órden público y con el decoro de las antori-
»dades la permanencia en la isla de un genio tan inquieto y
»disolvente,» segun decia Mahy en el gobierno supremo. Di-
rigió tambien aquel general, en cuanto le fué posible, su ac-
cion contra las sociedades secretas, aunque con ménos felices
resultados de los que se prometia, pClr lo esparcidos que es-
taban sus numerosos afiliados en todas las clases sociales, y
por la dificultad de disponer de buenos y leales servidores
que le auxiliasen en la empresa. Yen todos los asuntos ad-
ministrativos y de gobierno puso mano para arreglarlos á la
legislacion, entónces vigente, aunque teniendo que transigir
á cada paso con los llamados patriotas, para no excitar su
susceptible liberalismo.


111.


Cuatro legislaturas ordinarias y dos extraordinarias se
contaron desde julio de 1820 hasta marzo de 1823; no inclu-
yendo entre éstas por su corta duracion las muy extrañas y
especiales reuniones del Congreso celebradas en Sevilla y Cá-
diz de abril á setiembre del último año. En estos cuatro pe-
ríodos legislati vos de aquella segunda época constitucional, los
diputados que constituyeron los Congresos, elegidos por me-
dio del complicado sistema de juntas electorales de parro-
quia, de partido y de provincia, trataron de aclimatar en Es-
paña las prácticas del poco conocido gobierno representativo,
y con un optimismo pueril presumieron, que ellos podrian re-




360 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


coger prontamente los frutos de la aclimatacion. Cosa en ver-
dad bastante difícil era esta á la sazon, no tanto por la calidad
de la mayoría de los hombres destinados á realizar tal propó-
sito, y por el espíritu que les animaba, influidos como no po-
dían ménos de estar por los elemento~ dominantes en las so-
ciedades secretas, á que habian ellos pertenecido ó aún perte-
necían; cuanto por los vicios que entrañaba la misma Cons-
titucion, punto invariable de partida de aquellos políticos,
cuyo Código, basado en principios esencialmente revoluciona-
rios, no era el más adecuado ni propio, por cierto, para ins-
pirar confianza á las clases conservadoras del país, tan con-
trarias de las demasías de un absolutismo inconsiderado,
como de las exageraciones de los patriotas iniciadores de la
futura demagogia. Y era tan difícil, porque aquella época,
como la actual, más que liberales creó reaccionarios del sis-
tema, por lo poco simpáticos que se hicieron, cual lo han sido
siempre, los principios llamados de libertad aplicados por im-
posicion y con violencias.


El primer Congreso hijo de la rebelion militar triunfante
en la primavera de 1820, se reunió á principios de julio; y á
pesar de haberse elaborado bajo la exclusiva influencia y
presion de los revolucinarios, vióst:le á poco dividido en dos
partidos, el de los exaltados, c0mpuesto de los políticos más
jóvenes é intransigentes fortalecidos con los residuos y des-
echos de banderías gastadas, y el de los 1rwderados, donde
militaban viejos adalides de la pasada época constitucional,
propagando la sensatez y la templanza; si bien ámbos reco-
nocian por comun legalidad el Código de 1812, y eran conoci-
dos con el apelativo de negros por los parciales del antiguo
y recien derrocado régimen monárquico, á quienes aquellos
en cambio llamaban realistas ó serviles.


Natural y politico parecia que el primer ministerio que se
presentara en aquel Congreso fuese el mismo de la revolu-
cion, como sucedió en efecto; el cual inspirado por las ideas
de ódio, que desde el campo de las conspiraciones traian sus
hombres contra los de la época pasada, dejóse arrastrar ~f?




CAPÍTULO VI 361


por las vulgares pasiones que por la conveniencia guberna-
tiva, abriendo un período de imprudentes venganzas. Fué
una de éstas, el procesamiento de los sesenta y nueve persas
que cometieron la apostasía de 1814, á los cuales se les puso
en libertad, aunque despojándoles de sus honores y considera-
cion social; y entre otras dictaron varias medidas de pareci-
da índole, que en vez de conciliar y de atratlr partidarios al
nuevo sistema, le enajenaban ad.hesiones en la opinion públi-
ca, que es en la que aquel gobierno y todos los de su género
deben apoyarse y buscar simpatías y aficiones. El país, ade-
más, segun dec1aracion de los mismos ministros, vivia in-
tranquilo por la inseguridad personal que alimentaban los
llamados patriotas con sus impertinencias, pGr la abundan-
cia de malhechores en pGblaciones y caminos, por la escasez
del ejército, que no estaba tan mal armado y vestido como
falto de disciplina y de subordinacion, y por el exceso de fa-
natismo patriótico, que llegó al extremo de considerar como
subversivos los vivas al rey sin el ad.itamento de constitu-
cional.


Esto unido á las públicas y violentas decisiones de las so-
ciedades patrióticas, que excluian de su comunion á los di-
putados ministeriales cuando no se prastaban á sus capri-
chos políticos, y celebraban las sesiones á puerta cerrada
para hacer más imponentes sus misteriosos acuerdos; unido
ésto á los violentos discursos de los diputados genuinamente
representantes de la idea revolucionaria, que en el santuario
de las leyes fomentaban la general inquietud, ya declarando
como Romero Alpuente que «el Plteblo estaba autorizado para
»hrtcerse justicia por sí mismo,» ó ya prop:miendo que se ins-
cribieran en el salon de sesiones del CongresCl los nombres de
Porlier y de Lacy, honrando la m'lm0ria de unos delitos pe-
nados en las ordenanzas del ejército, y estableciendo por
principio el premio á la deslealtad; y unido además á la con-
tínua alarma promovida por los algareros que formaban sé-
quito ruidoso para aplaudir las imprudencias de los caudillos
como Riego que, general y todo, cantaba en el teatro el Mm-




362 LAS INSURRECCIONES EN CUBA.


n.o que le dedicó su ayudante San Miguel y el trágala á los
vecinos pacíficos, que buscando solaz honesto en aquellas re-
unionei:\ eran así insultados; todo esto contribuia á que el sis-
tema perdiera terreno y á que la generalidad de la opinion
pública, cohibida por los alborotadores, le rechazara hasta el
punto inverosímil de preferirse por los indiferentes en política
como más quieto y más imparcial el despotismo con todos sus
absurdos. A tanto llegaron ya las exageraciones, que las
Oórtes, á pesar del poco templado espíritu que las animaba, no
pudiendo sufrir más el desbordamiento de la prensa periódi-
ca, decretaron en octubre una ley de imprenta; no querienuo
consentir tampoco, sin desdoro y humillacion de los dipu-
tados, que les impusieran sus inspiraciones los comisionados
que las sociedades secretas delegaban cerca del Congreso,
para exigir determinados acuerdos ó reclamar contra otros,
decretaron tambíen en 21 del mismo octubre la supresion de
aquellas seciedades, si bien se permitió que continuara abier-
to el café de la Cruz de Malta, donde se reunia la de este
nombre; y no queriendo por fin permitir los escándalos de
las colectividades turbulentas, pusieron las Córtes despues
mano en el derecho de asociaciol,l y en otros que el Código
político concedia, tanto para dar una satisfaccion al país jus-
tamente alarmado, cuanto para evitar que ellos mismos fue-
ran arrastrados por los excesos de la demagógia.


Cada vez iba ésta ganando más terreno y acreciendo sus
prosélitos, hasta en los hombres que tibios para decidirse;
fueron empujados por el enardecimiento de los dos grandes
partiuos, de constitucionales ó negros y de realistas ó servi-
les, que deslindados ya en la opinion yen las sociedas secre-
tas, se declararon luego la guerra en la prensa y con las ar-
mas en la mano. Mucho contribuyeron en aquella ocasion á
atizar las pasiones de la anarquía los diputados americanos,
que dividiendo las opiniones dentro del mismo Congreso, ha-
cian política propia y útil solamente á sus intereses al propo-
ner, como medida salvadora para los reinos españoles del Nue-
vo mundo, el establecimiento allí de una administracion auto-




CAPÍTULO VI 363


nómica como la del Canadá, que descansara sobre la base de-
tres secciones de Córtes en América y un régimen político y
económico como el q ne desarrollaron en el proyecto de 24 de
junio de 1821 (13). Siempre perturbando consiguieron ade-
más los diputados ultramarinos, apoyando á los de Cuba, que
se anularan los aranceles que restringian la libertad de co-
mercio en aquella isla, elaborados por los hombres que sir-
vieron en este trabajo de instrumento á los monopolistas ga-
ditanos especialmente; é hicieron figurar este triunfo parla-
mentario entre las victorias ganadas contra el dominio de
España en América y en favor de la causa de los disidentes
de aquellos reinos (14), como lo hacian siempre que comba-
tiendo y anulándose por su iniciativa un proyecto de los pe-
ninsulares, encontraban motivos, que aprovechaban para
alentar á sus amigos de allá, haciéndoles conocer los grados
de su influencia, muchas veces decisiva.


«No fueron los diputados americanos,» dice el Sr. Lafuen-
te confirmando nuestras opiniones (15), «los que ménos con-
»tribuyeron al lamentable giro que aquellas (las Córtes) lle-
»Varon, ~iendo de su interés debilitar el gobierno y cooperar
»á la desorganizacion política de la metrópoli, para que allá
»pudiera realizarse más á mansalva la emancipacion de las
»insurrectas colonias, á cuyo fin se unian siempre á los más
»exaltados, así en el Congreso como en las logias y demás
»sociedades, alentando ó apoyando las reformas más exage-
»radas y las más anárquicas proposiciones, teniendo de este
»modo la nacíon española, en los que debian ser sus hijos ó
»hermanos, allá enemigos armados de la madre pátria, acá
»parricidas que la mataban escudados por la ley.» Lo cual
habia ya sucedido en la primera época constitucional, y pue-
de servir de ejemplo, así para rebatir lo que el mismo Sr. La-
fuente en otras páginas dice al asegurar que bastaban medi-
das suaves para restablecer la paz en los reinos españoles de
América, cuando sólo por el rigor y con el conveniente uso
de la fuerza se les podia someter y conservarles obedientes,
como puede servir tambien de enseñanza á los que pretenden




364 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


conseguir la felicidad de nu:estras posesiones en las Antillas,
llamando á la metrópoli sus diputados, que cuanto ménos se-
rán siempre egoistas de los intereses de su localidad, y un
grave inconveniente en todas ocasiones para el desarrollo de
la política nacional. Así lo han comprendido los gobiernos de
otros países, que despues de estudiar detenidamente la cues-
tion, ó han mantenido sus posesiones lejanas en la absoluta
dependencia del organismo colonial, ó les han concedido vida
propia ó autonómica al amparo de un protectorado retri-
buido (16).


Las noticias de la revolucion de Nápoles, de los desórde-
nes en Sicilia y de las mudanzas políticas en Portugal y en
el Piamonte; y los públicos acuerdos de la Santa Alianza en los
Congresos de Troppau y de Laybach, poco tranquilizadores
por cierto para los constitucionales españoles, motivos fueron,
á este tiempo, para alentar á los demagogos que ya, aunque
un tanto incompletos, exhibieron sus planes de república en
Barcelona, y en Zaragoza donde mandaba Riego, al que, por
considerársele cómpUce, le destituyó el gobierno de la capita-
nia general. Dióse asímismo á conocer la demagógia, en los
trastornos que en Madrid ocurrieron al verificarse una proce-
sion en que se paseaba el retrato de aquel perturbador; y co-
mo el castigo no seguía inmediatamente á tales escándalos,
se envalentonaron tanto los anarquistas avanzados como los
retrógrados. Unos promovian sucesos graves en Cádiz y en
Sevilla, conmociones ruidosas en Zaragoza, y varios con-
flictos en Madrid, donde las turbas, hasta acometian en las
calles y en sus propias casas á los liberales moderados, co-
mo Martinez de la Rosa y Toreno, por los discursos que pro-
nunciaban en el Congreso, y áun atropellaban á la hermana
de éste último, viuda del general Porlier, glorificado poco
ántes por aquellas masas. Los otros en Cataluña se levanta-
ban en armas, ó provocaban lamentables choques en Pamplo-
na y en Barcelona, yen Valencia donde toda la demagógia
unida, amenazando con sus puñales y trabucos, no sólo pe-
dia ya la vida, sino tambien la hacienda de las gentes aco-




CAPÍTULO VI 365


modadas, y el repartimiento general de los bienes, ó sea el
comunismo práctico. ¿Pero eran estos excesos tan de extra-
ñar, cuando las mismas Córtes, reunidas el 7 de octubre
de 1822 , expedian un decreto autorizando al gobierno para
que exigiera de los empresarios de teatros, sin considcra-
cion á los derechos constitucionales, que cuando las autori-
dades Jo acordasen, dieran al pueblo funciones patrióticas pa-
ra promover su entusiasmo'? ¿Y era de extrañar, cuando por
manifestarse adoradores del Código de 1812 conculcaban todos
los derechos. hasta los del buen sentido, aquellos que se en-
vanecian con llamarse negros, cuando no eran en verdad más
que unos mulatos de la ciencia política'?


Aquellos gobiernos constitucionales, que ya con e~ nombre
de exaltados ó ya con el de moderados, turnaban en el po-
der y se sucedian con tal frecuencia, no lograron, como se
vé, ni dominar siquiera el estado de anarquía en que la na-
cion se encontraba; ni de las Córtes, que ya con el nombre
de ordinarias, ya con el de extraordinarias, se sucedian tam-
bien frecuentemente, sabian recibir inspiraciones ni oportu-
nos consejos para mejorar la situacion y hacer el órden. Este
bien precioso faltaba ya en Cataluña, donde numerosas fac-
ciones realistas respondían con las armas en la mano y con
destemplados actos á las exageraciones de los llamados pa-
triotas; faltaba en otras provincias que se preparaban á la
lucha contra el sistema, que tan poco tiempo necesitó para
desacreditarse, y que si no habia sido ya violentamente su-
primido, consistia en el exceso de mansedumbre que á este
buen pueblo español caracteriza, y en la indolencia y falta de
cohesion en sus adversarios para constituir una formidable
fuerza agresiva.


Autorizados aquellos realistas secreta, aunque oficial-
mente por el rey Fernando, constituyeron un verdadero cen-
tro de agresion en la llamada Regencia de Urgel, que, con
el carácter de delegada de la magestad de España, enviaba
su representante al Congreso de Verona, mientras el gobier-
no constitucional, tan descuidado como torpe, estaba sin re-




366 LAS INSURRECCIONES EN CUBA.


presentacion ninguna en aquel brillante concurso de reyes y
políticos de la mayor parte de las naciones de Europa. Pero
en cambio, y para no desmentir sin duda la especialidad de
su raza política, arrojaba el guante al monarca, á la vez
que insultaba á los hombres del partido liberal moderado
lanzados del poder, por la influencia decisiva que en el ánimo
del rey ejercian las amenazadoras masas tumultuarias; eli-
giendo, para contentar á los perturbadores y para dar una
satisfaccion á las sociedades secretas, al general y diputado
D. Rafael del Riego, nada ménos que para la presidencia de
las Córtes ordinarias de 1822, terceras desde la revoluciono
Con tal presidente, las novedades de sensacion parecian obli-
gadas, y en verdad que no se hicieron esperar, como se vió
bien pronto en aquella grotesca farsa, que por indicaeion su-
ya, sin duda, se representó, y fué la de recibir en la barra del
Congreso una comision de individuos de todas las clases del
regimiento de Asturias, para manifestarles los represcntan-
tes de la nacion, en medio del entusiasmo acostumbrado en
tales casos, que habian merecido bien de la pátria por ha-
berse negado, al sublevarse en Cabezas de San Juan, á de-
fender los intereses de España en América.


Con tal Congreso, con tal interpretacion de los sentimien-
tos del deber, con tal decaimiento y postracion del sistema
que trataban de acreditar, ¿con qué prestigio podian aque-
llos hombres dominar las distintas aspiraciones de las múlti-
ples clases de revoltosos, cuando para excitar la pasion y ali-
mentar los ódios, autorizaban como gobierno y contribuían
como particulares á la celebracion de ostentosas fiestas, cual
la del 15 de setiembre de 1822, en conmemoracion de las
víctimas por los acontecimientos del 7 de julio, recientes to-
davía, ocurridos dos meses ántes, y cuando consentian el pú-
blico banquete, de cerca de ocho mil cubiertos, que el 24 de
setiembre se celebró en el salon del Prado'? Allí, confundidas
toda clase de personas y de categorías civiles, políticas y mi-
litares, á la sombra y con el amparo de los poderes públicos,
se ensayaban alegremente las bacanales de la anarquía; ter-




CAPÍTULO VI 367


minando con danzas ruidosas, y el obligado entusiasmo cons-
titucional por las calles de Madrid.


No era fácil, por cierto, conseguir la tranquilidad pública,
cuando á la sociedad Landaburiana, fundada por los que se
decian vengadores del oficial Laudaburu, asesinado meses
atrás en las puertas del palacio, su mismo presidente y dipu-
tado á la vez, Romero Alpuente, llamado el pequeño Danton,
la titulaba con el mayor de los sarcasmos el moderarlor del
órden, mientras en las tribunas y en público proclamaba con
frecuencia « la necesidad de que pereciesen en ttna noche ca-
»torce ó quince mil habitantes de Madrid, para purijicar la
»atmósfera politica.» ¿Y cómo conseguir el órden y buscar,
por fin, reposo, donde un tal Morales, apellidado el pequeño
Marat, hacia uso de sus derechos patrióticos proclamando
diariamente en la Fontana de Oro, que «era la guerra civil
»un don del cielo?» (17) .


No debia pues causar extrañeza á aquellos hombres, que
tales exageraciones autorizaban, que tanta presion ejer-
cian sobre el monarca, y que por tan fatal pendiente precipi-
taban los destinos de España, de que se habian apoderado
por la violencia, que sus absurdos llamasen sériamente la
atencion de los gobiernos de Europa; y que éstos, despues de
creer sofocada y muerta la causa de los primeros revolucio-
narios franceses, con el cautiverio de Napoleon en Santa Ele-
na y con el triunfo de la restauracion, quisieran evitar nue-
vas hecatombes de sangre y que se repitieran en la PenÍnsu-
la las justicias reales. Pero á pesar de todo, se sorprendieron
y no poco al saber que Luis XVIII, que ya preventivamente y
con el pretexto de establecer un cordon sanitario, habia man-
dado acercar á la frontera las numerosas tropas que luego se
convirtieron en ejército de observacion, acababa de indicar
en su discurso á las Cámaras francesas, el propósito de inter-
venir en España para dar fin á la anarquía del bando liberal
que en cautividad tenia al rey Fernando. En gran manera
movió esto á los constitucionales á solicitar con premura el
apoyo de Inglaterra; pero el g\binete británico, aunque no




368 LAS INSURRECCIONES EN CUBA.


aprobaba el medio trascendental de la intervencion, nada
respondió clara, ni satisfactoria, ni oportunamente á las peti-
ciones del español, y este tuvo que decidirse, en virtud de
tal silencio, á tomar prontas resoluciones así que los movi-
mientos del ejército francés, mandado por el príncipe de An-
gulema, le dieron á conocer la proximidad del peligro con la
evidencia de la invasion del territorio.


Entónces acordaron las Córtes y el gobierno trasladarse
con el rey á punto más seguro; y oidas sobre el particular
las opiniones del Consejo de Estado y de la junta de generales
reunida al efecto, en las que se proponia la ciudad de Sevilla
como la mejor residencia de los podere::! públicos, en tan aza-
rosos momentos, aconsejaron á D. Fernando la traslacion á
Andalucía. Opuso el rey en un principio resistencia y has-
ta una formal negativa, y accediendo al fin á continuas insi-
nuaciones, más ó ménos amenazadoras, se prestó á salir de
Madrid y emprendió el viaje en 20 de marzo; siguiéndole el
22 las Córtes, el gobierno y muchos milicianos nacionales de
la capital, de los más fervorosos adoradores del sistema, que
decididos iban á ser custodios del Código político mientras
alientos tuvieran para guardarlo.


En once de abril llegaron la córte y su comitiva constitu-
cional á Sevilla, donde se reanudaron las sesiones de Córtes
el 23; y el ejército del príncipe de Angulema, que cuatro dias
ántes de abandonar el rey á Madrid, prévia una proclama del
general en jefe calcada en las mismas declaraciones hechas
por Luis XVIII en las Cámaras, empezó á atravesar el Bida-
soa, siguió sin oposicion su marcha á pesar del decreto que
se le hizo firmar á Fernando VII el dia 24 declarando la
guerra á Francia. No encOl;J.trando aquellos cien mil france-
ses resistencia alguna en el país, que por el contrario, cansa-
do hacia tiempo de liberales, ansiaba el órden, y les prestó de-
cidido apoyo por medio de las partidas realistas de catalanes,
navarros y provincianos que se le unieron y formaban la
vanguardia, terminó su primer paseo militar, libre de agre-
siones en la capital el 23 de. mayo; donde facilitándosele la




CAPÍTULO VI 369


entrada por el realista general Zayas, cubano de nacimiento,
estableció una Regencia en nombre del rey de España el
26, suprimiendo la provisional deOyarzun. ¡Tan escasas eran
las simpatías que el sistema constitucional tenia ya!


El rey Fernando, en cuyas condiciones de carácter resal-
taba la de «anteponer la ley de las circunstancias á la ley
»de la necesidad, contentar á todos si así lograba el triunfo,
»y ceder siempre para tener el derecho de protestar» (18), al
ser requerido por el gobierno en Sevilla, cuando las tropas
invasoras se aproximaban, para verificar su traslacion á Cá-
diz, opuso mayor resistencia que para salir de Madrid; sin
bacer caso del compromiso que con la nacion habia contraido,
al prestarse á firmar el manifiesto aconsejado por sus minis-
tros y la declaracion de guerra. Cansado el rey de seguir por
más tiempo el sistema de calculado disimulo, queria mostrar-
se una vez con voluntad entera, delante cási de sus salvado-
res los franceses; pero respondiendo á aquella rotunda nega-
tiva las Oórtes, influidas por el diputado Alcalá Galiano, con
una proposicion de este declarando al monarca en estado de
demencia y nombrándole una RegencÍa provisional, tuvo
Fernando que ceder ante tan grave procedimiento y acatar
las disposiciones del gobierno emprendiendo el viaje. En 2 de
junio salió de Sevilla acompañado de la real familia 'y de la
impuesta Regencia, llegando e115 á Cádiz, donde desde luego
se declaró oficialmente haber recobrado ya el rey la plenitud
de sus facultades intelectuales y que cesaban los regentes en
sus funciones. ""las cohibido, y prisionero, y obrando sólo co-
mo instrumento de aquellos ministros y de aquellas Córtes,
inspiradas por el génio malo de la anarquía, fue obligado á
firmar inconvenientes contestaciones al príncipe de Angule-
ma, extemporáneas proclamas, y ofrecimientos difíciles de
cumplir y contrarios á su conciencia, como los del decreto de
30 de setiembre; hasta que, estrechados los constitucionales y
sin salvacion posible, accedieron á la reclamacion que de la
persona del monarca español hizo el jefe del ejercito francés,
desde el Puerto de Santa María, el mismo dia del real decre-




370 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


to de las promesas. Con ostentoso aparato pasó Fernan-
do VII al lado del principe de Angulema, desde donde, al dia
siguiente primero de octubre lanzó, sorprendiendo al mundo,
aquel famoso decreto, fruto del Mio álos constitucionalesacu-
mulado en tres años y medio, anulando todos los actos de
gobierno que tuvieron lugar desde el 7 de marzo de 1820
hasta aquella fecha.


IV.


Los actos que sucintamente acabamos de referir, verificados
por el atropellado gobierno constitucional y por aquellas Cór-
tes tan faltas de templanza, no ofrecian en verdad grandes
garantías á los delegados de la metrópoli en lejanas tierras; los
cuales más que apresurarse á acatar las disposiciones supremas,
tenian muchas veces que eludir su cumplimiento, para poder
salvar el principio de autoridad comprometido y áun salvar-
se ellos mismos, de las asechanzas y agresiones directas de
los agentes, que, con el consentimiento ó tácit11 autori;r,acion
del mismo gobierno, se dirigian á los puntos leales de Amé-
rica en comision de los disidentes americanos, que por medio
de sus diputados se servian como de instrumentos de los que
hacian gala en llamarse patriotas españoles. Así sucedió, que
muchos gobernadores de los reinos y provincias del Nuevo
mundo, cuando en los casos graves sabian inspirarse en el
más puro y verdadero patriotismo, solían suspender la ejecu-
cion de algunas órdenes ó encargos de los comisionados, has-
ta que se les confirmaban contestando las consultas que sobre
su inconveniencia hacian; pues los que ciegamente, ó por




CAPÍTULO VI 371


simpatizar con torpes acuerdos del apasionado gobierno, se
prestaban á todo, expusiéronse en más de una ocasion á su-
frir las consecuencias obligadas del absurdo. Por eso quizás,
por la ineficacia de sus mandatos ó por la mala disposicion
de algunos gobernadores en interpretarlos, el gobierno, de
acuerdo con las Córtes, nombró comisionados para procurar
la sumision de los territorios rebeldes; que nada consiguieron
de provecho, ni era posible, cuando el mismo sistema de la
metrópoli y los mismos hombres encargados de desarrollarlo
la dificultaban. ¿,Ni cómo pretender de los americanos el aca-
tamiento al órden de cosas creado por la revolucion de la Pe-
nínsula, que era despues de todo cual la suya, cuando en
ámbas se trataba de desprestigiar y hundir las autoridades
consagradas por la ley, y de sobreponer al derecho la des-
obediencia á todo lo legítimo, concediendo á la anarquía el
dominio en todas las esferas?


El general Mahy, aunque alardeando continuamente de
pertenecer al partido de los patriotas, conoció bien pronto
el peligro que corria echándose en brazos de sus correligio-
narios en. Cuba; y aunque les halagó, como hemos dicho, pa-
·ra identificarse con ellos é inspirarles confianza, prefirió á
todo restablecer el quebrantado principio de autoridad, si bien
para adquirir simpatías tUYO alguna vez que descender hasta
la adulacion de las corporaciones populares, como sucedió en
el caso en que dejándose arrastrar por una locuacidad impru-
dente, para conquistarse algunos aplausos, se expresó con tal
inconveniencia, que sin presumirlo fué causa de la muerte de
D. Alejandro Ramirez; del ilustrado, sábio, justo, benéfico y
virtuoso intendente, segllll le llamaba un periódico de su
tiempo. Mahy creía sin duda que se trataba de algun pa-
triota poco delicado, al dirigir duros é injustificados cargos
á aquel pundonoroso alto funcionario, en el estrambótico
discurso que pronunció ante el ayuntamiento de ]a Habana,
contestando al dictámen que la corporacion municipal habia
emitido respecto de unas exposiciones pidiendo la separacion
del intendente; no sospechando tal vez que aquellos memo-


2fi




372 LAS INSURRECCtONES EN CUBA.


riales pudieran estar suscritos por ciertos comerciantes y em-
pleados, de los que de ordinario están reñidos con la legalidad
y que no podian sufrir la severa honradez con que el jefe 'd~
Hacienda perseguia la defraudacion (19). Si el general hu-
biera adivinado el papel que se le hacia representar. la pér-
dida 'que iba á sufrir y las desgracias que sobre la parte mer-
cantil del país 'caian, haciéndose eco de las calúmnias con
que alguhos malvados, abusando de los derechos de la Cóns-
titucion, llamados hoy derechos individuales, trataban de
manchar una de las más puras reputaciones, habrfa evitado
que la amargura y el ddlor' acib::traran los últimos dias de
Ramirez, quienuo pudiendo resistir tantos disgustos,ataca-
do de un accidente apoplético, bajó al sepulcro en 20 de mayo
de 1821. Y que fué su pérdida por el pronto irreparable, y
que á las acusaciones calumniosas que la produjeron no eran
extraños algunos funcionarios subordinados al intendente,
q'UÍzás de aquellos que más reconocidos debian estarle, se no-
t6 ántes de trascurrir un mes, en que los más probos comer-
cianWs de la Habana, pa.ta patentizar el móvil de los perversos,
elevaron una exposición al mismo ayuntamiento (20), qne-
já:ndose del escandaloso contrabando que gehacia en los mue-
lles'y que no se reprimía por el contador encargado interina-
mente de la intendencia (21).


Era éste aquel D. Claudio Martinez de Pinillos, protegido
del primer organizador de la Hacienda de Cuba, D. José Pa-
blo Valiente quien, como hemos dicho en otras páginas, lo
llevó consigo á la Pe"nínsula en 1805. Pronto el jóven criollo,
intrigante y travieso, mostró cuanto de él podria esperarse
en ciertos terrenos del campo cortesano, «cooperando con el
»oficial Albuerne á. la mentida providencia de gobierno,»
como llama el conde de Toreno (22) al decreto sobre libertad
de comercio en América, expedido en 17 de mayo de 1810,
que produjo el procesamiento del marqués de las Hormazas,
ministro de Hacienda en la Regencia del reino. Allí representó


'Pinillos al ayuntamiento y consulado de la Habana cerca del
gobierno de Cádiz, y tomó despues parte activa en la guer-




CAPÍTULO VI 373


ra de la independencia, mereciendo á su conclusion, y siendo
ya teniente coronel de infantería, que se le nombrara conta-
dor general de rentas nacionales y de las aduanas de la isla
de Cuba en 20 de marzo de 1814; donde mucho pudo apren-
der al lado del gran Ramirez, á quien se propuso imitar
cuando algunos años despues ocupó su mismo sitio en la in-
tendencia (23).


Cuando el general Mahy tuvo planteado su sistema políti-
co en la isla, con arreglo á las bases constitucionales, si siste-
mapolítico podia llamarse con exactitud el abdicar de las más
preciadas atribuciones de su autoridad, poniéndolas á dis-
posicion de todas las corporaciones y de todas las colectivi-
dades turbulentas, que más alardeaban de un exagerado li-
beralismo para realizar mejor sus fines anti-patrióticos; y
cuando dejándose convencer por su extrema buena fé, creyó
que la tranquila gobernacion de Cuba estaba asegurada y
podia dedicarse á los asuntos exteriores, atendió con prefe-
rencia los del reino de la Florida, donde los muy exíguos
dominios que nos quedaban, se habian mandado entregar por
nuestro gobierno al de los Estados-Unidos, en virtud de los
convenios concertados con aquella república. Mahy, que de-
bia disponer la entrega, la estaba eludiendo á pesar de las
exigentes reclamaciones que, desde la misma Habana, hacian
los comisionados americanos que allí se trasladaron á las órde-
nes del coronel Forbes, y la entorpecia sin más excusa ni otro
motivo que la repulsion á separar para siempre de España
aquella rica parte de sus dominios. Los' agentes americanos,
que tal comprendieron, intentaron vengarse de las demoras
que con frívolos pretextos oponian los delegados españoles, y
principalmente el gobernador de Cuba que era el encargado
de comunicar las órdenes; y para acelerar éstas, cuanto pa-
ra aprovechar de alguna manera el tiempo y disponer de
un medio de intimidacion, trataron de proporcionarse planos
de las fortalezas de la capital y de otras plazas de la isla.
Esto obligó á Mahy, viendo el peligro que tales propósitos
entrañaban, á ordenar á los coroneles Callaba y Coppinger,




374 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


que respectivamente mandaban en Panzacola y San Agustin,
que sin pérdida de momento pusieran en posesion de aquellas
plazas, únicos restos que de vastas provincias nos quedaban
al Sur de los Estados-Unidos, á los comisionados del gobier-
no de la república (24). Callaba hizo entrega al mismo
Jackson en 17 de julio de 1821 de Panzacola y sus fuertes;
pero resistiéndose á franquear el archivo, como el g'eneral
americano pretendia, fué arrancado por órden de éste desde
un banquete de despedida, donde se hallaba reunido con mu-
ch)s jefes y oficiales, y llevado entre bayonetas á la cárcel
pública, de la que salió al dia siguiente, cuando ya el archi-
vo habia sido usurpado, Aunque en otra forma, sucedió lo
mismo en San Agustin, en donde tambien por la fuerza se
apoderó el gobernador 'W ortington del archivo español con-
tra la voluntad del coronel Coppinger. Aq ue;los escandalosos
atentados, muy propios de la mala fé norte-americana, le-
vantaron tal grIto de indignacion en todas partes y una pro-
testa tan enérgica de Mahy, contra atropellamientos jamás
usados por ningun gobierno digno, que el de la ingrata re-
pública se vió obligado á devolver los archivos, si bien el
gobierno liberal de Madrid ninguna reparacion exigió para
salvar la honra del ejército español, lastimada en la persona
del coronel Callaba.


A poco de haber llenado Mahy la triste mision de interve-
nir en el desmembramiento de la pátria, tuvo que fijar tam-
bien su atencion en los asuntos del vecino reino de :3>féjico.
Conmovidos los ánimos, así de las clases oficiales como de la
poblacion peninsular, conservadora en su mayoría, que dis-
gustadas estaban ya con la metrópoli por el poco tino en
dictar medidas gubernativas, se temia que, como consecuen-
cia del triunfo de los revolucionarios de la Península, volvie-
ran allí con la concesion de imprudentes libertades, pertur-
baciones parecidas á las que el cautiverio de Fernando VII,
é inmediata deposicion de Iturrigaray, el cambio de sistema
político, las rebeliones de una parte del clero y el nom-
hramiento de diputados, produjeron años ántes. Y no fué, en




CAPÍTULO VI 375


verdad, infundado su temor, ni vanos sus tristes presenti-
mientos; pues del estado de fermentacion y general descon-
tento; de la perturbacion, cada vez más crecida, y alenta-
da por las sociedades secretas y por los agentes norte-ame-
ricanos; y de la anarquía de opiniones dominante á poco de
proclamarse la Constitucion del año 12 en España, y de ser
trasplantada allí, nada bueno podian esperar los amigos del
órden que, conociendo los innumerables ambiciosos que en la
confusion bullían, sólo intranquilos aguardaban que uno de
ellos, el que tuviera más osadía para imponerse, aprovecha-
ra la ocasion primera y señalase direccion al desbordamiento
de las masas agitadas. La fatalidad tenia destinado este pa-
pel á D. Agustin de Itúrbide, criollo mejicano é hijo de es-
pañol (25), que lo representó, sin decaer, hasta los últimos
trágicos momentos de su vida, que fueron semejantes á los
que suelen pasar la mayoría de los políticos osados.


«Era Itúrbidc, simpático á los españoles, porque habia com-
})batido á su lado contra los insurrectos, no sospechoso á los
»)hijos del país, porque era mejicano valiente, y ejercia sobre
»los demás la fascinacion de su valor, hábil Y solapado como
»buen criollo, pero tanto más temible cuanto parecia más
})franco y abierto, de afables y corteses maneras, insinuante
»y de amena conversacion, jóven áun, algo corrompido en
»verdad, pero de esa corrupcion brillante con que transigen
»las honradeces del siglo, despilfarrado como todos los am-
»biciosos que improvisan por malos medios su fortuna y se la
»dejan arrancar con calculada indiferencia por los amigos,
»porque esperan encontrar en ellos cómplices obligados de
»sus nuevos robos y sus nuevas liviandades ... » Tal es el re-
trato que de él hace el más moderno historiador de sus he-
chos, D. Cárlos Navarro y Rodrigo (26).


Con doblez hábilmente ataviada, y encubierta con el man-
to del más puro patriotismo, supo aquel caudillo mejicano,
jefe entónces del ejército español, cautivar, con la dulce in-
sistencia india que tan aprendida tienen muchos criollos de
América, y apoderarse de la voluntad del virey de Nueva




376 LAS INSUrtRECCIO:'<ES EN CUBA


España, Ruiz de Apodaca, c(jnde del Venadito; consiguiendo
que le nombrara comahdante general del Sur y del rumbo de
Ac\'tpulco, y le comisionase como tal para limpiar el territo-
rio de los pocos guerrilleros que quedaban, cual restos de la
última insurrección, Salió Itúrbide para su destino en 16 de
noviembre de 1820: obtuvo que á sus; órdeneS' se pusieran
desde lliego el' regimiento de Celaya (27), del quehabia sido
jefe, y el batallo n de Murcia, y que se le concediesen cuan-
tos auxilios y aumentos de tropa pidió; y cuando dominados
ó atraidos bs rebeldes, y cuando extendida la propaganda de
sus ideas, dispuso de numerosas é importantes adhesiones á
su persona, y de fuerzas y recursos considerables para im-
ponerse, rompió el velo del fingimiento, y mostrando clara-
mente al público sus propósitos de independencia, proclamó
en Iguala. el 24 de febrero de 1821, su Plan de las tres ga-
rantías. Reducíase éste, en resúmen, á jurar obediencia á la
religion católica, á la independencia del reino mejicano, y á
Fernando VII, si adoptaba y juraba la Constitucion que se
hiciera por las Córtes de la América septentrional; cuyo plan,
muy parecido al proyecto de autonomía americana presenta:-
do por el diputado ultramarino, D. José Miguel Ramirez, al
Congreso español, en la sesian del 25 de junio de 1821 (28),
juraron muchos habitantes de Méjico, que con el gobierno
de la metrópoli tenian resentimientos; distinguiéndose los in-
dividuos de las órdenes religiosas que, durante la conspi-
racion, fueron los mejores auxiliares de que se valió Itúr-
bide (29).


Sin autoridad moral ni fuerzas materiales para resistir, y
abandonado por la opinion y por la mayor parte del ejército,
tuvo Ruiz de Apodaca que ceder, y arrojado cási literalmente
de la ciudad de Méjico, vióse en la precision de retirarse á
Veracruz. Allí llegó á poco para relevarle, aquel D. Juan
O'donojú, comprometido con los sediciosos de Andalucía en
el levantamiento de 1820, cuyo patriota general fuése desde
luego á tomar posesion del mando de la Nueva España; y á
pesar de saber que ya en algunas partes habian resonado los




CAPÍTULO VI 377


vivas á Agustin I, tuvo la debilidad de oir á los emisarios de
Itúrbide. y de concerta,r con éste una entrevista e124 de agos.,-
to en Córdoba, donde por su liberalismo alucinado, ó por otros
motivos más reprensibles, cometió O'donojú la indignidad de
firmar el documento conocido con el nombre de Tratado de,
Oórdoba (30). En él, sin poderes: bastantes del gobierno de la
metrópoli (31), y s6lo en su deslealtad inspirado, reconDció la
independencia del reino mejicano, vendiendo de la más infame
manera las conquistas de Cortés á un puñado de rebeldes Y: á
unos pocos malos españoles. y tanto fué así, que á los pocos
dias penetraba en la capital de Méjico el triunfante Itúrbide,
quien al proclamarse jefe del nuevo Estado, señaló á la poste-
ridad toda la infamia que acababa de caer sobre los rebeldes
de la isla de Leon, que, cubriéndose con el manto de un men-
tido patriotismo para ocultar su repugnancia á embarcarse,
de tal manera desgarraron las entraiías de la pátria.


Consecuencia de aquella venta aleve de O'donojú, fué el
decaimiento del prestigio y del nombre español entre los
americanos y el aumento de la perturbacion en Cuba, donde
creciendo. en osadía los cómplices de los emigrados, favoreci~
dos doblemente desde entónces por los agentes de la inde-
pendencia, pusieron en gran peligro la seguridad de la isla y
las vidas de los leales al gobierno de España. Agrupados és-
tos al rededor de Mahy, supieron inspirarle medidas salvado-
ras que él, por fortuna, tuvo el buen acuerdo de adoptar; ya
resguardando al ejército de las seducciones que en él ejercían
los llamados patriotas, á quienes el general miraba con mé-
nos aficion desde que conoció los móviles de su conducta; ya
captándose la adhesion de la Milicia nacional, con la que, si
no destruir, -pud.o contener al ménos el -primer amago agre-
sivo; y ya haciendo frente con decision á la prensa periódica,
no bastante contenida á pesar de la rigidez que tenia enco-
mend.ad.a á los iueces de imprenta, Cluienes obligados á revi-
sar sólo en la capital 22 periódicos, apénas podian evitar
los disgustos que con su incontinencia provocaban á :t;r.l.e-
nudo.




378 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


Uno muy ruidoso ocurrió á mediados de abril de 1822 con
motivo de haber sido insultado por el Esquife arranchador
el capitan jefe de la partida de dragones destinada á la per-
secucion de malhechores, D. Domingo Armona. Sin otro con-
sejero que su irritacion, se presentó aquel militar eú la im-
prenta del periódico y apaleó á sus redactores, cuya accion
tuvo que castigarla Mahy, suspendiendo á Armona y disol-
viendo aquella partida de vigilancia, con gran perjuicio del
órden público, sólo para dar una satisfaccion á la prensa pe-
riódica, que ya por otro lado trataba de reprimir.


Tal acontecimiento trató de explotarlo el general Moscozo,
residente a la sazon en la isla, que pretendiendo reemplazar
en el mando á Mahy, trataba de hacerse simpático á los pa-
triotas á toda costa; y para conseguir en aquella ocasion los
fines de su ambicion bastarda, no se detuvo ante la gravedad
de las circunstancias, y olvidando hasta las nociones del honor
militar, atizó con la enseña del patriotismo liberal las ma-
las pasiones populares.


La gobernacion de Cuba, que era, como se vé, superior á
las fuerzas de aquel capitan general, no fué sólo por tales
acontecimientos entorpecida, sino que sufrió además los obli-
gados efectos de las torpezas que las Córtcs y el gobierno á
sabiendas ó inconscientemente cometian. Barrenando la con-
cesion real, por la que la isla disfrutaba dellíbre comercio, y
disponiendo el planteamiento de unos aranceles que mataban
con aquella libertad el próspero desarrollo de la riqueza, rnal-
quist<lbanse con los habitantes de las Américas por favo-
recer los intereses de los monopolistas gaditanos (32); y ha-
ciendo inconvenientes nombramientos como los de los oficiales
Elizaicin y Valls, el uno para tesorero general y para co-
mandante del resguardo el otro, mantenian viva la agitacion
en Cuba; pues prácticos éstos como otros muchos en la prepa-
racionde motines, recorrian los cuerpos de guardia incitando
á los soldados á que pidieran sus licencias absolutas y se
sublevasen si no se las concedian. Aleccionado Mahy, por
personas entendidas, logró librarse de las asechanzas oficia-




CAPÍTULO VI 379


les que menoscababan su autoridad, suspendiendo laejecucion
de las desastrosas disposiciones económicas, que luego fueron
anuladas en virtud de reclamaciones hechas por los diputa-
dos americanos á instancias de los de Cuba; y sumariando y
remitiendo á la Península á aquellos dos inquietos militares
empleados y á todos los que se hallaban en su caso, propor-
cionó un verdadero bien á sus administrados, aunque adqui-
riéndose imperdonable animadversion y ódios en las lógias
secretas, que tenian por agentes á Valls y Elizaicin.


Estas lógias, no era sólo en la Habana, donde secundadas
por la mal contenida prensa, estimulaban las malas pasiones,
sino en los principales pueblos de la isla, en los que, á pesar
de disfrutarse aparentemente de una tranquilidad, que nada
más que aparente podia ser rigiendo las exageradas institu-
cione:,; constitucionales, tan opuestas á los sentimientos de la
inmensa mayoría de los habitantes honrados, tenian los áni-
mos en agitacion perenne y dispuestos á un rompimiento, con-
tra aquella mascarada política, que solamente contuvo la sen-
satez de los que hacian el sacrificio de su resignacion por no
comparar 'sus manifestaciones á las que acostumbraban aq ue-
Has locos cási oficiales. Puerto Príncipe, Matanzas, Trini-
dad, Cuba y Bayárno, teatro eran de grandes discordias.


En el primero de estos puntos, la mala semilla sembrada
por el bullicioso doctor Piñeres, por Vidaurrt' y por otros,
habia producido sus esperados amargos frutos, que el pú-
blico con sorpresa y e:,;cándalo veia y tocaba, en los ataques
calumniosos á la magistratura, en el desórden promovido y
atizado de continuo en el foro y en las polémicas sobre los
jueces de letras, poco simpáticos en verdad al pueblo, pero
motivo aprovechado por los perturbadores que de él se valian
y lo explotaban publicando comunicados violentos, en los que
se incitaba á la rebelion y se santificaba ésta, si iba su objeto
dirigido á la íntegra conservacion del Código constitucional,
que para la mayor parte de los revoltosos significaba la
consolidacion de la base en que más tarde se asentara la obra
de la independencia (33). Allí la asociacion política titula-




380 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


da la Oade.na eléctrica, especie de hijuela de la de los ca;róa-
narios, fundada y puesta enfrente de la sociedad de los Trei~
tary dos labradores que representaban el interés peninsular,
incitaba constantemente al trastornQ (34); y como si no fue ...
ran todavía bastantes estos motivos para tener el Camagüey,
en incesante perturbacion, se presentó para" aumentar los.
conflictos la época electoral, siempre enJos pueblos agitada,
y más allí donde tan opuestas soluciones iban á prejuzgarse,
y sobrevino á la vez un incidente desgraciado al celebrarse
la fiesta patriótica. del Dos de Mayo. La fatalidad dispuso
aquel dia que al hacerse por la tropa de la guarniciolllas
descargas de ordenanza, por descuido y falta de precauaion
en los soldados del piquete, fuese muerta una niña blanca y
herido un mulato, y crey.éndose intencionadas estas desgra-
cias por los enemigos del ejército, poco afectos á España,
promovieron grandes escisiones y aun refriegas entre la tro-
pa y los naturales, de las que resultaron algunos muertos y
bastantes heridos, y sólo concluyeron con el relevo de las
fuerzas que ocasionaron el cQnflicto.


No era menor la intnanquilidad que en Santiago de Cuba
dominaba, donde además de los disgustos promovidos por lps
excesos de la prensa y con la frecuente desobediencia del
ayuntamiento á la autoridad del gobernador, presenciáron-
se hechos terminantes de la division en las opiniones políticas;
pudiendo citar como ejemplo el atentado cometido por los
reaccionarios ó por los independientes amigos de. trastornos,
con la lápida de la Constitucion. Semejante suceso dió már-
gen á fanáticas escenas impropias de pueblos sensatos, á in-
creibles extravíos en desagravio de aquella inconmensurable
ofensa, y á las calurosas manifestaciones que por la integri-
dad de la pureza del símbolo político hicieron los milicianos
de la Habana y de otros puntos (35).


En Matanzas. se padecia la misma fiebre liberal; contribu-
yendo y no poco á aumentar su . intensidad, aparte del mal
estar que con los libelos y lus declamaciones demagógicas de
los revoltosos se producian, las poesías del cubano Heredía,




·CA.PÍTULO VI 381


quien en versos que le acreditaban de un verdadero vate,
cantaba desde las repúblicas del continente, donde residia:,
lag ideas de independencia á sus convecinos de aquella po~
blacion (36), yen un arranque poético dedicado á la Estrella
de Venus (37), creaba el símbolo que más tarde habia de re-
saltar en el pendon, de los separatistas cubanos.


Trinidad era teatro de las mismas desazones; y en,el viejo
distrito del Bayámo, principal residencia de descendientes de
los hijos mestizos de los primeros conquistadores, fundando
en el ódio de raza el desarrollo de las libertades recibidas con
la aplicacion del Código constitucional~ no ya sólo se aspira-
ba á la eterna conservacion de este Código y á la obtencion
de mayores reformas políticas, sino á la absoluta indepen-
dencia de la isla y á conseguir la supremacía y triunfo de la
raza siboney sobre la europea y la africana. A estos fines y
no á otros dirigían sus tendencias, secundados por muchos
camagiieyanos y por habitantes del departamento de Oriente,
que quizás no fueran extraños al agravio constitucional que
los de Santiago de Cuba lavaron con tan pomposo aparato.


La anulacion de las elecciones de la, isla, verificadas para
contentar á mayor número de ambiciosos, con arreglo á un
censo de poblacion que no era el legal y vigente, segun he-
mos dicho en otras páginas, fué causa de que muchos carac-
téres suspicaces y recelosos, aún de entre los mismos patriotas,
empezaran á dudar de la sinceridad del gobierno de la metró-
poli, atribuyéndole doblez en sus manifestaciones, y de que
tratasen en la prensa de usurpadores á los peninsulares y
hasta á las personas influyentes de Cuba adictas á España;
diciendo de éstas, para mortificarlas, que les era más amable
la dominacion que la independencia, y que gustosas consen-
tian en llevar cadenas con tal que á su vez encadenasen la
porcion que les correspondiera en el reparto (38). En aquella
ocasion declararon los que esto escribian, sin consideraciones
de ningun género y aún con tono amenazador, que ellos
eran habaneros de eorazon que amaban cuanto á su pát1'ia
favoreciera; pero que tendrian por enemigos á todos los que




382 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


les dañasen, aunque ántes les hubieran hecho felices (39).
Roto así y en otras formas el dique de los miramientos,
otros escritores de la misma escuela y tendencias se espa-
ciaron ya á su capricho, y no satisfechos con llamar godos á
los peninsulares para zaherirles, empezaron á figurar en
ciertos artículos determinadas escenas novelescas ocurridas
en una isla ]i'ormosa, habitada por tártaros é indianos; ex-
tranjeros aquellos que llevaron á la isla la civilizacion, y
víctimas los otros de las leyes y de la tiranía del gobierno
tártaro. Tales calificativos no llegaron ciertamente á hacer
fortuna, por haber prevalecido desde entónces los de penin-
sulares y criollos que al mismo tiempo tuvieron orígen (40).


Para exaltar más los ánimos, comparaban algunos perió-
dicos los hijos de Cuba al pueblo de Israel, citando en su
apoyo capítulos del Exodo; otros decian en son de amenaza,
que era la libertad un yunque que acabaria con todos los
martillos; otros, deseosos de explorar los campos políticos, ex-
citaban al diario del gobierno constitucional, órgano yeco de
los sentimientos de la Sociedad patriótica, para que mani-
festara si su color habia subido ó continuaba con el anticua-
do que todos conocian; otros, como representantes de la opi-
nion de laR sectas masónicas, publicaban, en nombre de éstas,
felicitaciones á los alcaldes y síndicos nombrados entre sus
consócios (41); otros satisfacian su aspiracion liberal ense-
ñando en verso á los ciudadanos los principios en que se fun-
daba la Constitucion española (42); aconsejaban otros al jefe
político que usara de mucho rigor con los escritores públicos
que provocaban conflictos con su falta de patriotismo, de
prudencia ó de decoro, y que persiguiera y castigase á los
promovedores de sediciones como la frustrada en la cárcel de
la Habana el 13 de agosto de 1821; y otros, en fin, suponien-
do estar la libertad navegando entre Scila y Caribdis ó entre
el servilismo y la exaltacion, ~reian necesario variar de rum-
bo para evitar uno y otro escollo; y censurando por una par-
te las extremadas exageraciones, aplaudian por otra el de-
creto de las Córtes que desterraba de los dominios españoles,




CAPÍTULO VI 383


como contrario al pudor, á la decencia y á la dignidad hu-
manas, el castigo de los azotes que todavía hoy se aplica en
la ilustrada Inglaterra. Pero las publicaciones templadas y
partidarias del órden eran las ménos por desgracia; pues
hasta en los escritos redactados por hombres que tenian el
deber de dar ejemplo, aunque no fuera más que por decoro de
los cargos que desempeñaban, solian prevaricar, como suce-
día con el magistrado de la Audiencia D. Manuel Vidaurre,
quien consideraba como el mayor de los bienes que pudieran
desearse «el perecer entre los cimientos del templo de la li-
bertad americana» (43), y con otros que distinguian como lo-
bos y corderos á los peninsulares y cubanos (44), ó trataban
de exterminar á los perjuros é hipócritas, ósea á los insulares
defensores del nombre español, «que se oponian á que brilla-
»se con el más vivo esplendor el horizonte de la indepen-
»dencia. »


Otro elemento, móvil tambien en aquella época de eontí-
nna perturbacion, era 1a Milicia nacional, en la que, á poco
de organizarse, en abril de 1820, se notaron ya ciertas riva-
lidades políticas entre los individuos de la quinta campañía
del segundo batallon, con motivo del reglamento provisional
ructado por el g,meral Mahy. De aquella falta de armonía se
aprovecharon los agitadores para ahondar las divisiones,
atrayéndose y haciendo instrumento de sus miras á los mili-
cianos, que repugnaban conformarse con las prescripciones
reglamentarias que trataban de convertir la institucion en
elemento de órden, subordinándole á la autoridad por los pre-
ceptos de la ordenanza militar. Mas lográndose combatir
desde el principio semejantes sugestiones, por medio de la
exhortacion y consejo de los jefes, que los periódicos se en-
cargaron de comunicar al público (45), contuviéronse los ma-
los efectos que eran de temer, y entónces el general, llevando
adelante la reforma del instituto, cubrió en las filas los hue-
cos que los expulsados dejaban, con personas de verdadera
posicion social y de ideas conservadoras, cuyo s610 nombre
garantizase la tranquiJidad; y para popularizar la Milicia,




384 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


procuró que en su brillo tomaran parte todas las clases de la
bu~na sociedad; .de las que, en aquel pueblo, dispuesto siem-
pre á. todo lo pintoresco, se prestaron hasta las mismas hijas
de las primeras familias á ofrecer banderas, por sus manos
bordadas, á los batallones de milicianosdgnde servian per-
sonasde su cariño (46). No fueron exclusivos de la Milicia de
la Habana los amagos dedesórden, ni las excitaciones de los
enemigos del reposo se ensayaron allí solamente, pues en
las principales poblaciones del interior,como ecos de la ca-
pital, se representaron tambien escenas, siempre lamenta-
bles. Y es que el pueblo armado jamás ha servido con gran
provecho sino para defender la integridad nacional, yen to-
dos tiempos ha demostrado ser, como institucion política, un
gran inconveniente para los verdaderos gobiernos,y una
amenaza constante á la paz pública, como lo era á la sazon en
la isla, por tan multiplicadas y contradictorias tendencias
agitada.


Hasta Ja misma Universidad llegó á convertirse por aque-
lla época' en elemento deperturbacion. Contagiada por el
grave mal quehabia invadido al país, ya ni clases ni institu-
cionesrespetaba, y Tenovó en 1821 las cuestiones que en
aquel centro científico se suscitaron en la . anterior época
constituCional, respecto de la provision de los oficios del
cláustro. Fundándose los reformistas en que los cargos pú-
blicos debian desempeñarse por ciudadanos españoles, y en
que los frailes no eran tales ciudadanos, segun la Constitu-
cion,trataron de despojar á los padres Predicadores de los
derechos que les concedian los estatutos de fundacion de la
pontificia Universidad, lo cual dió motivo á destemplados
debates, y áun á procedimientos judiciales, de resultado ad-
verso para los autores del conflicto, porque en la conciencia
de todos estaba que el orígen de éste partía de dos patriotas
diputados provinciales, 'que eran á la vez doctores, quienes
pretendian dirigir las cátedras recientemente aprobadas por
el gobierno que, para explicar el Código liberal, habia crea-
do el rector en el establecimiento literario. La opinion pú-




CAPÍTULO VI 385


blica, manifestando su unánime censura contra la conducta
de aquellos ambiciosos, aceleró sin duda la decision de los
jueces encargados del procedimiento, que por referirse á per-
sonas de carácter político, les tenia un tanto remisos, y ate-
niéndose á los más estrictos principios de justicia, declararon
el derecho que á los padres Predicadores asistia, y la imper-
tinencia de las pretensiones de los que obligados estaban, por
razon de su oficio, á ser guardadores de la ley, y no á difi-
cultar con obstáculos su cumplimiento (47).


Estas inconveniencias, cometidas por patriotas impruden-
tes, justificaban en parte el que· algunas corporaciones po-
pulares, á pesar de' ser genuina! representacion de los elemen-
tos liberales yrevoll1cÍoual'ios, no pndieran verse libres de
censuras,' de átaques rudos, ni áun .del ridículo en que la
prensa ,ya en los :periódicos Ó por medio de libelos, procura-
baextender, para desprestigiarlas y para aumentar el des-
órden, tan fácil de prod.ucir ,atendidos los vicios del sistema
que dió á esta institucion orígen (48).


La accion incesante de todos los elementos que acabamos
de indicar no debia, conocidassusterrdencias, tenerporcier-
to muy tranquila á laprimera"aútoridad de la isla,aunque
tan alto cargo estuviera desempeñado por persona que hiciera
lés alardes de liberalismo del general MahYi sin' embargo,
á éste le faltaba, para sostener con éxito el papel de pa-
triota, el calor, que no podía ya darle su edad septuagena-
ria; así coino para mostrarse enérgico, carecía de la inspira-
cion de un buen gobierno que le escudara, y de fuerzas mili-
tares que le apoyasen. No contaba tampoco con el necesario
vigor físico para sufrir los encontrados y contínuos embates
de la gobernaciOll; los que tanto, al fin, le rindieron, que,
agobiado por la fatiga, y por el desaliento extenuado, á la
'vez que por el dDlar que le o~asionaronnuestros desastres del
vecino continente, sucumbió á los rigores de una enferme-
dad, que le llevó al sepulcro en 22 de julio de 1822, siendo,
á pesar de sus debilidades políticas, generalmente sentido en
la isla.




386 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


v.


Sucesor interino de Mahy fué el brigadier segundo cabo
D. Sebastian Kindelan, quien con el poco prestigio que han
tenido siempre en todas partes las autoridades provisionales,
mayormente en los gobiernos alejados de la metrópoli, y con
el insuperable inconveniente de su avanzada edad, no pu-
diendo imponerse, ni sirviendo para el caso aún en circuns-
tancias ménos difíciles, tampoco le fué posible contener el
torrente de las pasiones, acrecido con la union hasta de los
políticos ménos arriesgados, que al ver un gobernador tan
débil, no vacilaron en aumentar la masa de los que ya se
consideraban irresistibles y creian indisputable su triunfo.
Dictó no obstante el viejo soldado acertadas disposiciones,
que por 10 oportunas fueron aplaudidas y contuvieron la
agresion de los corsarios armados, que como agentes de Bo-
livar y puestos de acuerdo con los conjurados de la isla,
amagaban sublevarla, cuyos planes afrontó y pudo conju-
rar por el pronto sus lamentables efectos, á pesar de las di-
visiones en la opinion y del encrespamiento de los ódios polí-
ticos que existian tanto en las poblaciones del interior como
en las litorales.


Pero de aquel estado de exaltacion, producto obligado del
sistema político, si no resultó la inmediata lucha armada por
falta de organizacion de la gente bulliciosa ó por exceso de
confianza en el triunfo, se produjo el deslinde de los campos;
declarándose ya públicamente en la isla los dos partidos, que
por razon de la procedencia de sus individuos tomaron los




CAPÍTULO Vi 387


nombres de peninsular y cubano, y debieron sin duda su orí-
gen al poco tino gubernativo de Mahy. Cuando tocó éste du-
rante su mando las dificultades de entenderse como autori-
dad con sus correligionarios los patriotas y vió enfrente de
los trastornadores un gran elemento de órden en los hijos de
la Península y en los de las familias mas respetables de
Cuba, declinó en él su confianza, prefiriéndole al de la mayo-
ría de los cubanos donde abundaban los partidarios de la re-
forma y de la independencia; y Kindelan, que su más débil
autoridad apénas podia ·sostenerla, tuvo que apoyarse tam-
bien en los mismos elementos, representantes a la vez de la
fuerza, para resistir el exagerado liberalismo y la osadía de
los cltbanos, que si bien contaban en su partido con jefes más
ilustrados, hábiles y dispuestos para crear inconvenientes,
no lo estaban tanto para llegar á las manos. Por tal motivo,
la lucha que los recelos engendraron, tomó cada dia mayo-
res proporciones, aumentadas con el desden del partido pe-
ninsular, que descansando en la conciencia de su deber y en
la seguridad de un indudable triunfo en el terreno de la fuer-
za, irritó las susceptibilidades de los cubanos, quienes le
resp::mdian con violentas excitaciones dirigidas á dividir el
compacto elemento del órden.


y esto no ocurria sólo en la Habana, sino en otras partes de
la isla. En el departamento del Camagüey, para defenderse
los peninsulares del inmenso número de sus adversarios, tu-
vieron que organizar, con el título de Los treinta y dos labra-
dores, la sociedad ántes indicada, que fué combatida por la
que los puerto-principeños formaron con la denominacion de
La cadena eléctrica, centro entónces de toelos los planes polí-
ticos y electorales en los que siempre la superioridad del nÚ-
mero les hacia triunfar. Lo mismo ocurría en Bayámo yen
otras poblaciones del departamento Oriental, teatro á menudo
de lamentables conflictos entre los dos partidos, cuyos extre-
mados excesos y ri validades obligaron á Kindelan, en más de
una ocasíon, á echar mano de las fuerzas del ejército para
contener las demasías de aquellos ayuntamientos que, capita-


Z7




388 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


neando las masas de sus respectivas localidades, deprimian el
principio de autoridad humillando por medio de la violencia
á los gobernadores civiles y militares. Y como las fuerzas del
ejército, instrumentos del órden y representantes del partido
peninsular, eran el freno que contenia el empuje de los albo-
rotadores cubanos, contra ellas volvieron éstos tambien su
animadversion y malquerencia, á la vez que contra los fun-
cionarios públicos que aconsejaban las represiones. De un mo-
do tal llegaron á manifestarse las antipatías que, segun dice
el Sr. Pezuela, lo mismo en la Habana que en las demás po-
blaciones «apénas muerto Mahy, no habia jefe, empleado ó
»patricio distinguido que no tuviera que sufrir insultos ó
»atropellos;» los que solian verificarse, ya reuniéndose varios
milicianos para abofetear ájefes del ejército, como sucedió con
el comandante de artillería Oalleja, ó ya usando en la prensa
del reprobado sistema de los denuestos y las provocaciones,
como las que el insolente Piñeres dirigia al general conde de
O'Reilly y al apreciable patricio D. Francisco Arango.


Las consecuencias de cuanto acabamos de indicar respecto
de la irritacion de aquellos partidos, se tocaron seguras y tris-
tes en las elecciones que en la Habana, como capital del depar-
tamento de Occidente, se verificaron en 1822, de las que salie-
ron elegidos el presbítero D. Félix Varela, que tanto contri-
buyó á la revolucion de las ideas en Ouba (49), D. Tomás Ge-
ner y D. Leonardo Santos Suarez. Dice sobro tales elecciones
el Sr. Pezuela:


«Aproximábase una época terrible por lo fecunda en albo-
»rotos y desórden, la de las elecciones para diputados á Oór-
»tes en la legislatura de 1823. Debian éstas hacerse en prin-
»oipios de diciembre y se celebraron sin novedad notable las
»juntas electorales de parroquia desde el primero de aquel
»mes. El 5 sólo quedaba por concluirse en el convento de San
»Agustin la de la parroquia del Oristo. Un oficial de dragones
»)l1amado D. Gaspar Rodriguez, zaherido por un dicho de
>mno de los asistentes tuvo la imprudencia de abofetearle. i\
~pesar de la ira que en los concurrentes excitó aquel porte,




CAPÍTULO VI 389


»sacóse á Rodriguez de aquel sitio, siguió la votacion y no se
»suspendió hasta la hora acostumbrada para continuar al
»otro dia. Disolvióse la junta y se retiraron el presidente y la
»compañia de nacionales que daba allí el servicio; pero las
»pasiones se quedaron trabajando. Agriados los jefes piñe-
»ristas Ó exaltados con la inu.tilidad de sus esfuerzos en
»aquellas elecciones, habian sugerido á los muchos peninsu-
»lares de buena fé de su partido, que componian la mayor
»parte de la milicia urbana, la funesta especie de que iban á
»estallar un plan de independencia y á perecer todo es-
»pañol.


»Habiendo permanecido en San Agustín despues que se
»disolvió la junta, los que se habian mostrado más resentidos
»del atropello de Rodriguez, desde el cercano convento de
»San Felipe destacóse á dispersarlos un piquete de la guar-
»dia de prevencion de la Milicia nacional que allí se acuarte-
»laba. Pusiéronse en defensa los de San Agustin, que eran hi-
»jos del país, y viéndose muy débil aquel piquete, retrocedió
»á su puesto, llamó á las armas á los otros y tornó en núme-
»ro mayor al punto don~e la escena habia empezado. Cruzá-
»ronse dicterios de «godos y mulatos; » la efervescencia crecia,
»pero los alcaldes y algunos sugetos de autoridad é influjo 10-
})graron aquietarlos y que unos y otros se retirasen sin des-
»gracia.


»El daño, sin embargo, estaba hecho: la ofensa de unos po-
)¡cos se hahia extendido á muchos, y en el segundo batallon
»de la Milicia, que era de peninsulares Cáili todo, generaii-
»zóse hasta tal punto, que intentó acudir formado á exigir de
»Kindelan que le hiciera dar satisfaccion. Contúvose, no obs-
»tante, á la voz muy respetada de su comandante D. Rafael
»O'Farril, y bajo la promesa de que él mismo pasaria á pe-
»dirla aquella misma noche.


»Convocados á junta la diputacion, el ayuntamiento y los
»jefes militares de la guarnicion y de la plaza, como los des-
»contentos no hubiesen presentado quejas contra determina-
»daspersonas, se acordó sólo que se les dirigiese una alocu-




390 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


»cion conciliadora. Pero fué la voz de Kindelan tan desoida,
»que reunido el batallon al amanecer del 6 en el citado local
»de San Felipe, se mantuvo sobre las armas todo el dia y la
»siguiente noche, dando espacio á que sucesivamente se re-
»uniesen los otros batallones nacionales en las plazas del Cris-
»to, de la Constitucion, de la Merced y de San Francisco. Ni
»las órdenes de Kindelan, ni los ruegos y consejos de autori-
»zadas personas bastaron á hacerlos retirar, consternando á
»todo el pueblo con su actitud hostil y sin que la sedicion
}>pudiera reprimirse con los cuerpos veteranos de la guarni-
»cion, en cuyas filas tambien habian los piñeristas esparcido
»préviamente el mismo calumnioso error que en la Milicia.


»Al dia siguiente 7, el segundo batallon se trasladó desde
»San Felipe al convento de San Francisco, y, con él, otro á
»quien tocaba el servicio de reten, continuando los demás so-
»bre 1as armas en los mismos puntos que la víspera. La apa-
.»riencia amenazadora y las provocaciones de esta fuerza 11e-
»garon al fin á conmover al pueblo. Reuniéronse en las afue-
»ras de la Habana numerosas masas de paisanos, que arma-
»dos muchos de ellos y militarmente colocados, diputaron á
»Kindelan á uno de los alcaldes poniéndose á sus órdenes, y
»análogos mensajes recibió aquella autoridad de uno de los
»batallones nacionales de extramuros y de otros corros que se
»formaron con gente del campo y de los pueblos más vecinos.


»Aunque formada con la laudable mira de sostener al go-
»bierno y á las leyes, tan ilegítima era esta reunion de gente
»como la de la Milicia, y tanto más expuesta cuanto que con-
»tenia en su seno maléficos espíritus, agentes forasteros que
)}acechaban la primera oportunidad de hacerla mudar de
»indole.


»El coronel D. Joaquin Miranda Madariaga propuso á
»Kindelan, que se hallaba cási aislado, el arbitrio más nece-
»sario que legal de convocar á junta para en ella entenderse
}>unos y otros con más órden, una comision de cada uno de
»los batallones sublevados y otra de cada uno de los demás
»cuerpos veteranos y milicianos de la plaza. El pensamiento




CAPÍTULO VI 391


J.>era acertado. Medios coercitivos no podian emplearse, la su-
»blevaeion del paisanaje era inminente, y en la alternativa
»de dos males, creyó Kindelan que se escogia el menor dándole
»desde luego su aquiescencia. Salvó á la Habana la insta-
»lacion de la propuesta junta, que á no contar con hombres
»de buena fé, despejo y amantes de la metrópoli y del órden,
»hubiera sido un congreso tumultuario, y el más fijo princi-
»pio del desastre mismo que se intentaba' precaver. De esta
»asamblea de comisiones que se reunió el mismo dia 7 en el
»palacio de gobierno se lograron felices resultados. Disolvié-
»ronse á su voz en el momento las imponentes masas de pai-
»sanos y milicianos de extramuros, y las de lo interior de la
»ciudad depusieron tambien las armas aquella misma tarde
»bajo la influencia y los razonamientos de D. Rafael O'Far-
»ril y sus diputados. Mostráronse con todo más reacios los de
»San Felipe, pero cedieron despues de alguna discusion á laB
»intimaciones que les hizo el coronel D. José Cadaval; acaso
J>tambien á sus amenazas de venir' él mismo á reducirlos con
»su batallon de Cataluña.


»Mas.no se consiguió este desenlace sin haber accedido
»Kindelan á algunas extrañas exigencias, como la deposi-
»eion de algunos jefes y oficiales de la Milicia, la de várioB
»empleados y la supresion de dos periódicos. Quedaba tan
»destruido el prestigio de su poca autoridad, que cierto dia,
»concurriendo ante ella en demanda de justicia D. Segundo
»Correa Botino y D. Rafael Gatica, hicieron armas UllO COll-
»tra otro en su presencia, y al separarlos recibió una herida.


»Al dar cuenta de aquel grave trastorno, que tuvo á la
J>Ísla al borde de su pérdida, «no puedo dispensarme, decia
»Kindelan, de manifestar á V. E. que á proporcion que
»muckos buenos españoles trabajaban en calmar la eferves-
»cencia, kabia otros que se esforzaban en reanimar la cizaña,
»invitando á los batallones de nuevo, aunque ocultamente, tÍ
})no abandonar la empresa. Estos indignos sugestores no ce-
'JJsarán jamás de maquinar la ruina de la isla de Ouba, y
»e8 p~síti1JO que si al eclesiástico J). Tomás Gutierrez de




392 LAS INSURRECCIONES EN CUilA


»Piñeres '!I á otros cuatro ó seis de sus más inmediatos agen-
»tes no se les hace salir de esta ciudad, la isla apreciable de
»Ouba, tan digna de la munificencia '!I protecci01/' de su mar-
»gestad, vendrá, '!I tal vez no muy tarde, á ser teatro de des-
»gracias lamentables.»


»Muy á tiempo, á la verdad, habian depuesto sus resenti-
»mientos los partidos de la Habana: la disciplina militar de
»los cuerpos veteranos se habia relajado desde la muerte de
»Mahy: pululaban por el pueblo agentes secret05 de Itúrbide
»y de Bolivar, y por las costas sus corsarios: las sociedades
»políticas en que se dividia la poblacion la contagiaban más
»y más con sus errores y sus dóctrinas imposibles.» (50)


Maltratada quedó, como hemos visto, la autoridad del
brigadier Kindelan en aquellas escenas terminadas, más que
por sus esfuerzos, por los mismos perturbadores; y tan per-
dida su fuerza moral ante la opinion pública, que ya de im-
periosa necesidad era su relevo para que á Cuba no volvieran
momentos tan angustiosos como los que acababan de pasar,
y se viese más libre de peligros y ménos comprometida en lo
sucesivo por las asechanzas de sus numerosos enemigos.


El gobierno de la metrópoli, que al tener noticia del movi-
miento de los corsarios disidentes, humilde habia solicitado
proteccion del gabinete británico por medio de aquel D. Juan
Jabat, cuyo nombre parecia predestinado á figurar unido al
de nuestras desdichas en América, quien representando en-
tónces á España en Ing'laterra, gestionó y obtuvo que los bu-
ques de aquella nacion, estacionados en los mares de las An-
tillas, humillaran á los de nuestra Escuadra persiguiendo á
los corsarios; el gobierno español, decimos, que en taloca-
sion, corno siempre que de los llamados patriotas se ha com-
puesto, dió muestras de una servil condescendencia y de una
debilidad punible en los asuntos internacionales, corno te-
miendo sin duda que los extranjeros se vengaran de sus ex-
travagancias,haciéndolas públicas y dando á conocer al mun-
do la negligencia de los patriotas en estud.iar la ciencia del
gobierno, jamás, en verdad, por ellos bien poseida; el gobier-




CAPÍTULO VI 393


no, de la que se distinguió por la orgullosa España cuan-
do no se llamaba liberal, si para los corsarios buscó ajenas
manos que castigaran, no supo encontrarlas para someter á
los revoltosos de la Habana, ni ajenas ni propias, y dejó im-
pune aquel escandaloso atentado; contentándose con relevar al
general que no habia sabido hacerse obedecer, no tanto tal vez
por ésto, cuanto porque desempeñaba interinamente el cargo.


Fué entónce~ destinado á mandar la grande Antilla el ma-
riscal de campo D. Francisco Dionisio Vives, quien desde se-
tiembre de 1822 habia recibido tres nombramientos y 109 tres
habia rehusado, fundándose unas veces en su insuficiencia
para el desempeño de cargo tan importante, otras en lo per-
judicial que para su salud seria el clima de la Habana, y la
tercera vez, en que ya estaba enterado de los acontecimien-
tos de diciembre, insistiendo en su insuficencia, decia que en
aquel mando iba á perder su reputacion militar y comprome-
ter quizás la existencia de la provincia española que se le
confiaba. Rebatiendo el ministerio las excusas de Vives, dictó
varias reales órdenes, y corno término de su resolucion le diri-
gió una, ,diciéndole en nombre del rey que «8. M. exigia el
»sac1'ificio de su opinion y que obedeciese,» acudiendo en
tanto á las Córtes impetrando autorizacion para recoger los
despachos á aquel general, si continuaba resistiéndose á ad-
mitir un mando de los más honoríficos, con pretextos de en-
fermedades que no padecía. ¡Qué feliz seria Cuba en los mo-
mentos presentes si muchos de los sucesores de Vives hubie-
ran rehusado por insuficiencia aquella capitanía general!
¿Pero aquel veterano, podia despues de tales instancias y de
la presion para que aceptara el nombramiento, dejar de ad-
mitirlo aunque conociera ya exactamente el verdadero estado
de Cuba? ¿Podia presentar más excusas ó hacer pública la
verdadera, que era sin duda su repugnancia á ser instrumen-
to de la torpe política de los patriotas en aquella importante
provincia ultramarina? Tan difícil creyó prolongar la resis-
tencia, que aceptó por fin, yen 2 de mayo de 1823 se hizo
cargo de aquel mando tantas veces rehusado.






CA.PÍTULO VIL


1. Mando del general Vives.-Amagos sediciosos.-Conspiracion
de los Soles de Bolívar y de otras sociedades secretas.-Cambio
del sistema político.-Suspension de las libel·tades constitucio-
nales.-Muerte de Riego y de otros patriotas .-Política de Vives.-
Facultades extraordinarias.-Los partidos en Cuba.-Primero.
junta patriótica cubana.-Fracaso de un Congreso en el istmo de
Panamá.


n. Plan de Vives para defender á Cuba.-Nuestros desastres en el
continente-Tentativas de los disidentes.-Conspiracion en Puer-
to-Príncipe.-Castigo de Agüero.-Division militar de la isla.-
Estadística.-Intendentes interinos.-Pinillos en propicdad.-El
marino D. Angel Labordc.-Fin de Itúrbide.-Expedicion para
reconquistar á Méjico.-Barradas y Santana.-Desgracias de la
expedicion.


lII. Sediciones de negros.-Trabajos y propaganda de la legion del
Aguila negra y proceso de sus cómplices en la isla.-Doctores y
bachilleres conspiradores.-Benignidad de Vives.-Los filósofos,
estadistas, literatos y hombres de ciencia en Cuba.-Mejoras pro-
puestas por Pinillos.-Mejoras y política de Vives.-Proyecto de
segunda expedicion á Méjico.-Caida de los Borbones en Fran-
cia.-Renuncia y relevo de Vives.


IV. Mando de Ricafort.-Estado económico y político de la isla.-
Mejoras.-Orígen de las camarillas en Cuba.-Estado de civiliza-
cion y de moralidad.-Cambio político de Fernando VII.-Dero-
gacion de la ley sálica.-Nacimiento de doña Isabel n.-Trabajos
de los partidarios de D. CárloS.-Invalidacion de la Pragmática.-
Despacho de los negocios por doña María Cristina.-Amnistía por
delitos políticos.-Sus efectos en Cuba.-Invasion del cólera mor-
bo.-La guerra civil en España.-Regencia de doña María Cristi-
na.-El Estatuto Real.-Reformas políticas.-Relevo de Ricafort.


1.


Así que el general Vives tomó posesion del enMnces poco
envidiable gobierno de la isla de Cuba, tuvo que atender á
reprimir el movimiento sedicioso que para la noche del 14




396 LAS INSURRECCIONES EN CUDA


al 15 de mayo tenian concertado en Santiago de Cuba las
tropas del cuerpo de este nombre, incitadas sin duda por las
sociedades patrióticas, y con el pretexto de reclamar los
atrasos que se les debian; cuyo estado de agitacion logró
aplacarlo sin aparato y con habilidosa política, reemplazando
por otro jefe al brigadier gobernador, que tan poca energía
habia demostrado en aquellas circunstancias. En este ensayo
de mando, dió ya Vives á conocer al público sus dotes, á la
vez que él pudo formarse idea del verdadero y poco halagüe-
ño estado del ejército, y convencerse de la necesidad induda-
ble de corregir, sin perder momento, con tino y entereza los
errores de conducta de la fuerza armada, consentidos y au-
mentados por la blandura de Kindelani así como por la cons-
piracion que á primeros de agosto le denunció en la Habana
un negro, partidario decidido y amante del gobierno y de
los españoles, conoció hmbien hasta dónde podia fiarse de
muchas de las personas próximas á su autoridad, y de otras
que contaban con muy distinguida influencia en el público.


Fué aquella conspiracioIf la llamaba de los Boles de Boli-
'Var, que tenia por fin la iudependenci¡¡. de Ouba, y que, co-
nocida á tiempo, pudo pronto desbaratarse, merced al celo
y patriotismo del alcalde, D. Juan Agustin Ferrety, á quien
Vives le encargó como juez aquel procedimiento, despues
de haberse con varias excusas negado y resistido á serlo los
que tan adictos se decían del gobierno de España, como Don
Pedro Diago, D. Francisco Arango y otros que, sin duda por
ver á sus paisanos demasiado comprometidos, no querian in-
tervenir en el asunto (1). Esto nD era nuevo, por CÍlilrto, y
aún hoy mismo sucede con personas de la primera represen-
tacion de la isla que, cuando llega el caso de declararse con
decision partidarios de una ó de otra causa, suelen con ha-
bilidad eludir el compromiso para aparecer siempre bien con
los dos bandos; cuyo fenómeno, habiendo sido muy notable
en determinadas circunstancias, no debían olvidarlo los go-
biernos cuando dictaran acuerdo$ de genera.l inter.és político
en las Antillas.




CAPÍTULO VIl 397


Más de seiscientos eran los complicados en aquella cons-
piracion, de los euales, la mayor parte y sus principales di-
rectores, habian huido al extranjero, y extranjeros se llama-
ban ya entónces los reinos españoles de Méjico y Venezuela,
quedando otros ocultos. Como Vives, sin disponer de gran
base en apoyo de su autoridad, no podia atacar con rigor á
todos los iniciados en el crímen, ni á sus simpatizadores, los
numerosos promovedores de desórdenes de todo género, tuvo
por el pronto que transigir con benignidad y blandura, aun-
que cuidando mucho de no aparecer débil, para que, cual
habia sucedido con sus predecesores, no se le sobrepusieran
los llamados patriotas de allí, donde tan frecuente era, y es
todavía, traducir la condescendencia de los gobernantes por
miedo, y su dulzura por ineptitud oficial. Aquella conspira-
cion, como su mismo nombre lo indica, fué inspirada por los
partidarios de Bolivar, ellibel'tador de la América meridio-
nal, quien no sólo hizo comprender á los cubanos que, próxi-
mo á sucumbir en la Península el régimen político, serian
víctimas pronto los habitantes de la isla de una desolacion y
ruina mayor, y de venganzas y persecuciones superiores á
las que en España se sufrieron al terminar la primera época
constitucional, y que para librarse de las desdichas que ame-
nazaban, podian contar con sus auxilios para llevar á cabo
la obra de su independencia, sino que excitaba á los mismos
españoles peninsulares, dici6ndoles que las negociaciones elel
plenipotenciario Jabat cerca del gobierno inglés, que por im-
prudentes condenaban los buenos patricios, no tenian, como
de público se aseguraba, por objeto buscar el apoyo de los
buques británicos para p8rseguir á los corsarios colombianos
con desdoro de la armada española, sino más bien sentar los
preliminares del tratado de venta de la isla de Cuba á In-
glaterra, en pago de sus servicios á España durante la guer-
ra con el francés (2).


Algunos peninsulares, aunque pocos, cayeron en el enga-
ño, y por no pasar la vergüenza de ser 'Vendidos, dejáronse
arrastrar por los instigadores; pero las mayores pruebas de




398 LAS INSURRECCIONES EN CUBA.


delinq uimiento en la fracasada conspiracion, se encontraron
contra los cubanos y naturales de Costa-firme residentes en
la Habana. Entre los más comprometidos, figuraba D. Juan
Jorge Peoli, comerciante caraqueño, en cuya casa recogió el
gobierno banderas y paquetes de escarapelas semejantes á las
que usaban los soldados de Bolivar, yel signo acordado por
los conspiradores de Cuba cual enseña de su libertad, que l()
representaba un sol con siete rayos. Para jefe activo se con-
taba con el coronel habanero al servicio de Colómbia D. José
Francisco Lemus (quizás pariente del D. José Morales Le-
mus que tanto ha figurado en los últimos acontecimientos),
principal comprometido, de quien dice Guiteras que «era
»hombre de no comunes prendas como militar, hábil, astuto,
»amable y valeroso;» apareciendo como principales iniciados
en la isla, el doctor D. José Manuel Hernandez y D. José
Teurbe Tolon de Matanzas, mientras lo eran en Puerto Prín-
cipe y en todo el departamento del Camagiiey, donde habían
siempre abundado los desidentes, y trabajaban con actividad,
D. José María de Tejada, D. José María Ortega, D. Tomás
Estrada, D. Francisco Cossio, el teniente coronel D. José Ba-
rona, D. Miguel Machado, D. Agustin Arango, D. Pedro
M. Agüero y el abogado D. Alonso Bethencourt; todos ellos
preparados para alzar pendones por la república de Oubana-
can el día 17 de agosto de 1823.


La confidencia de que hemos hablado, y segun otros, la de-
nuncia que en la noche del 16 hizo el secretario de Lemus,
produjeron la prision de éste, de Peolí, de D. José Dimas Val-
dés, del regidor del ayuntaJ;niento D. Francisco Garay, de
D. Pedro Recio y Sanchez, D. Rodrigo Martinez y de un pia-
montés llamado Bion, en la Habana; y la detencion en Ma-
tanzas de Hernandez, de Tolon y de otros; desbaratándose así
el formidable plan político, primero de los más graves por
que ha pasado la isla en el presente siglo. Vives, que por falta.
de fuerzas para hacer una política vigorosa cuanto por su na-
tural benigna inclinacion no creyó, como decimos, conveniente
ensañarse entónces con los enemigos de España, extirpando




CAPÍTULO VII 399


por completo la semilla de los desleales, usó de una blandura
encomiada hasta por los mismos enemigos de los españoles; y
confinando al cabecilla Lemus á Sevilla, de donde huyó á
Gibraltar trasladándose luego al continente americano, si no
autorizó directamente, consintió al ménos que Peolí y Tolon
se escaparan á Méjico, y que otros de los comprometidos, aún
ántes de terminarse su causa, se embarcasen para las nuevas
repúblicas vecinas de la isla.


No otra cosa podia tampoco hacer Vives, sabiendo como
luego supo por las averiguaciones judiciales, que no era la ló-
gia de los soles la única que estaba comprometida en aquel
movimiento, sino que á él se unieron muchos caaenistas, de
los de Puerto-Príncipe, resentidos todavía de las persecucio-
nes de Mahy, algunos carbonaríos, no pocos individuos de
las milicias y bastantes del ejército veterano, oficiales exalta-
dos principalmente, que enterados de la in vas ion de la Pe-
nínsula por el ejército de Angulema, pretendian sostener la
Constitucion aún cuando se suprimiera en la metrópoli. Y
siendo tan numerosos los restos displJrsos que de aquellos
conspiradores quedaron despues de desbaratado su plan, ¿era
político el ensañamiento, ni oportuno, cuando más que por
la fuerza, tenia el capitan general que sostener su autoridad
con complacencias'? Vives, que segun el retrato que de él ha
hecho un cubano (3), «era de natural afable, descuidado en
J>apariencia, compasivo é inclinado al bien, de carácter rc-
»servado y penetracion aguda, muy activo cuando lo reque-
»rian las circunstancias y perseverante en sus propósitos,)¡
hubo de prescindir de algunas condiciones de su carácter,
que las circunstancias no le permitian demostrar, y de ciertos
propósitos, hasta mejor ocasiono


Además de las sociedades secretas que hemos dicho esta-
ban unidas á la de los soles, en la conspiracion separatista,
existia otra en la Habana, que más bien podia llamarse pú-
blica por la poca reserva que sus iniciados guardaban, cual
era la de los comuneros; temible por su importancia, y com-
puesta por los ultra-exaltados liberales, que inspirados por el




400 LAS INSURRECCIONES EN CUBA


fogoso presbítero Gutierrez de Piñeres, aplaudian en sus jun-
tas los eseritos de éste esencialmente demagógicos. Utilizan-
do Vives la falta de circunspeccion de los asociados comune-
ros, pertenecientes en su mayoría al vulgo inculto é indocto
y por consiguiente impresionable, que se conocian con el
distintivo de piñe'l'istas, tuvo la feliz idea de aconsejar á al-
gunas personas de su íntima confianza que se inscribiesen
en aquel club, para que con sensatas predicaciones influye-
ran y procurasen contener las absurdas aspiraciones de los
inconscientes instrumentos de la maldad del turbulento pres-
bítero; obteniéndose por tal medio los más satisfactorios re-
sultados é inapreciables bienes la tranquilidad pública, dis-
persando y retrayendo de las sesiones á muchos fanáticos.


No por haber fracasado la conspiracion de los soles deja-
ron de proseguir sus agitadores trabajos los agentes secretos
de Méjico y Colómhia. Aprovechando todos los medios perti-
nentes á sus fines, hasta se valieron como instrumentos de


- propaganda separatista de los mismos soldados españoles,
que en número de tres mil desembarcaron en Santiago de
Cuba el mes de julio procedentes de Costa firme, donde la in-
capacidad del general Morales, consumando la pérdida para
España de aquellos territorios, habia desacreditado nuestras
tropas, que con la falta de la moral militar que acompaña
siempre á los ejércitos vencidos é impregnadas además de la
anarquía y de la desmoralizacion que en aquellas nacientes
repúblicas reinaba, mejor que de garantías del principio de
autoridad sirvieron en Cuba de elementos disolventes, que ya
censurando en público la ineptitud de sus jefes, como enalte-
ciendo el valor de los contrarios. daban aliento á los que por
el fracaso de sus maquinaciones habian caido en la desani-
macion. Al saber éstos con certeza, que de aquellos extensos
reinos sometidos por nuestros grandes capitanes del siglo XVI
nada más que la plaza de Puerto Cabello en Venezuela
y el fuerte de San Juan de Ulua, defendido por el hábil bri-
gadier Lemaur, nos quedaban presenciando los últimos mo-
mentos de agonía del gran poderío español en el Nuevo mun-




CAPÍTULO VII 401


do; y al enterarse tambien de las excitaciones contlnuas que
el almirante de la escuadra francesa estacionada en la Barba-
da y el gobernador de la Martinica dirigian á Vives, para
que reconociera la Regencia del duque de Angulema estable-
cida en Madrid, cobraron ánimo esperándo que el decaimien-
to por los descalabros del continente y las vacilaciones del
general, fueran provechosas á su causa, y facilitaran las in-
teligencias entre los comprometidos en la isla y los corsarios
colombianos que no dejaban de cruzar aquellos mares. Pero
Vives, que disponiendo estaba auxilios para Lemaur, y que
oficialmente desconocia aún los últimos acontecimientos de la
Península, al reanimar la opinion rechazó con entereza las
proposiciones del francés y hasta se preparó á la defensa,
distribuyendo en las costas las tropas y milicias para el caso
en que aquellos buques intentaran algun acto de agresion.


Llegaron en esto á la isla y á manos del capitan general,
el 8 de diciembre de 1823, diez y nueve dias despues de
anunciados, los documentos oficiales que daban cuenta de los
cambios ocurridos en la Península despues del 30 de setiem-
bre, y los reales decretos publicados en 1.°y20 de octubre que
anulaban todos los actos del gobierno constitucional, y vol-
vían las cosas políticas al ser y estado que tuvieron el 7 de
marzo de 1820. Así que de tal mudanza tuvieron noticia los
restos dispersos procedentes de los soles, los piñeristas y de
otras asociaciones patrióticas, que desde la intimacion á Vi-
ves del almirante francés se estaban agitando, y crecian en
fermentacion á medida que llegaban á sus oidos m:evas de
sucesos antiliberales en la metrópoli; y así que oficialmente
las vieron confirmadas, mostraron HU actitud belicosa, yatra-
yéndose las milicias urbanas y los exaltados del partido es-
pañol, en el que no faltaban algunos peninsulares, con el apa-
rente pretexto de resistir la supresion del régimen constitu-
cional, trataron de crear una junta de gobierno que asumiera
todos los poderes bajo la enseña de España, y de deponer á
las autoridades que se opusieran á la :rápida y fácil realiza-
cion de la soñada independencia de at~banacan.




402 LA.S INSURRECCIONES EN CUBA.


Vives, que en el cambio de sistema político veia el triunfo
del principio de autoridad, allí donde tan necesario era para
ir restableciendola, empezó serenando con el espíritu conci-
liativo qUJ sobresalia en el fondo de su carácter los más agi-
tados ánimos; preparó la opinion, ya que no podia hacer uso
de la fuerza pública, porque la que no era rebelde estaba in-
disciplinada así en el ejército como en las milicias; y cuando
la reaccion hácia el órden S"l iba verificando, con una energía
y una firmeza de carácter sorprendentes y no esperadas en
circunstancias de tal gravedad, publicó en la capital con el
aparato y pompa de costumbre, ordenando que se imitara én
las otras poblaciones, el bando que suprimia la Constitucion
en España y sus dominios. Dispuso en seguida que sin gran
ruido se arrancaran de los sitios públicos las lápidas y los
motes constitucionales, lo cual se verificó la misma noche del
8 de diciembre en que se recibieron las noticias de oficio;
consiguió que aquella numerosa é inquieta Milicia nacional
entregase las armas sin alborotos; hizo entender á las corpo-
raciones populares que debian cesar y pacíficamente dieron
fin á sus perturbadoras tareas; callaron los treinta periódicos
que tenian los ánimos de la isla en contínua agitacion, y con
aquel modesto vig,w convirtió, como por ensalmo, el trastorno
en calma y la crónica locura política en sensata y tranquila
vida social. Y era que, como con gran acierto dice el señor
Pezuela en su obra, refiriéndose á la época en que la dió á
luz (4), «Cuba no necesitaba de nuevas instituciones políti-
»cas: bastábanle la observancia de las antiguas leyes y la li-
»bertad que ya gozaba su comercio para empujarla á muy
»alto p~ríodo de riqueza;» á lo cual añadimos nosotros que,
siernprJ que no se trate de la vida propia local, aquel como
todos los pueblos laboriosos preferirán en todo caso y tiempo
su conocida y practicada legalidad, á la intervencion que en
los intereses nacionales quiere dársele por los innovadores
modernoB, que no ven en este siglo más cosa desiderable
para los hombres que sin pretensiones llenan su fin social en
sus respectivos oficios, que obligarles á ejercer una accion




CAPÍTULO VII 403


directa, en los asuntos que no siempre entienden, por medio
de la representacion en Córtes.


Las sociedades secretas recibieron los tranquilos y ejecu-
tivos actos de Vives, cual amenaza y principio de una série
de mayores acontecimientos; y como protesta y para conju-
rarlos, anduvieron con premura y reserva en tratos para
promover el conflicto; pero vieron sus planes desbaratados
por la persistencia callada y eficaz del general, quien al
mismo tiempo que aplacaba resentimientos y contenia la
exaltacion de los ánimos irritables, remitia á España con su-
puestas comisiones ó bajo partida de registro á los jefes y
oficiales del ejército más comprometidos ó ménos prudentes.
Uno de éstos, de quien hemos ya hablado, aquel D. Gaspar
Antonio Rodriguez, que en diciembre de 1822 produjo du-
rante las elecciones, el conflicto de la milicia urbana que tan-
tos disgustos dió á Kindelan, temeroso de ser deportado y
corregido con mayores castigos, ó tal vez obligado por sus
correligionarios, levantó el grito de emancipacion en la pla-
za de Armas de Matanzas el 23 d